La Patria de Colón – revista La raza española

A PROPOSITO DEL LIBRO DEL DOCTOR D. RAFAEL CALZADA

RazaEspanola_1Desde hace años, no pocos ya, cuanto se relaciona con lia vida y con la labor del primer Almirante de las Indias, ha su­frido un profundo cambio. Se han desvanecido muchas de las cen­suras que los apasionados apologistas de Colón lanzaron sobre Es­paña, tachándola de ingrata con el hombre que la había regalado un Mundo; se han rectificado los juicios acerca de las condiciones morales y la cultura del descubridor; se ha puesto en claro la importantísima participación que en el descubrimiento tuvieron marinos españoles, como los Pinzones, y se ha evidenciado que nuestra patria se hallaba perfectamente preparada para poder apreciar científicamente los planes del (llamado navegante genovés.

Se ha andado mucho camino; pero la labor no ha terminado, y lo que aún resta por hacer, aunque no afecte directamente al concepto dé la obra de España, tiene el interés que ofrece siempre cuanto se refiere a las grandes figuras de la Historia.

Los historiadores, aun los más entusiastas, de Colón, aun los que aceptan como verdades inconcusas cuanto dijo aquél y cuanto escribió su hijo D. Femando, no han podido desconocer que la biografía del primer Almirante de las Indias resulta muy incom­pleta. Es una serie de interrogaciones, a las cuales se ha preten­dido contestar, ora con hipótesis más o menos fundadas, ora con documentos que la crítica no puede admitir sin detenido examen, ya apelando a los asertos contradictorios del mismo Colón, o de su hijo D. Femando, ya invocando el testimonio de los compa­ñeros y amigos del Almirante, que no pudieron decir nada de ciencia propia, sino repetir lo que a aquél oyeron.

¿Dónde y cuándo nació Colón? ¿Quiénes fueron sus padres? ¿Cuál fué la condición social de éstos? ¿Cómo se deslizó la ju­ventud de Colón? ¿Cuándo salió éste de su patria, si es que real­mente nació en Génova? ¿Dónde adquirió ‘los conocimientos que poseía, si sus primeros años los pasó en un modesto taller de cardador y en una humilde taberna, y su juventud luchando unas •veces con las olas y otras contra los enemigos de la que se dice fué su patria?

De la existencia de Colón anterior a su venida a España, ape­nas si hay dato alguno realmente histórico. Suposiciones, conje­turas, asertos más o menos verosímiles, pero nada más.

Natural es, por tanto, que todo esto haya llamado la atención de los historiadores, y que acerca de todo ello se haya escrito mu­cho. Lo relativo a la patria de Colón, especialmente, ha sido ob­jeto de larga controversia: sólo que antes ésta se limitaba a las va­rias poblaciones de Italia que se disputaban el honor de haber visto nacer en su seno al descubridor del Nuevo Mundo, pues aunque en 1880, el Padre Martín Casanova sostuvo que Colón había na­cido en la isla de Córcega, y esto apasionó de tal suerte a la opi­nión francesa, que dos años después, el Gobierno de la República aprobó la erección de una estatua a. Colón en la plaza de lá ciudad de Calvi, no tardó en quedar demostrado plenamente que se trataba de un error; antes apenas si había quien se atreviese a negar el origen italiano de Colón, y desde hace algunos años la polémica ha tomado nuevos rumbos, habiendo ya muchos que creen que aquél nació en España.

Claro es que, cuando por primera vez se lanzó esta idlea, se tomó a broma la tesis. Afirmar que Colón había nacido en Pon­tevedra parecía una genialidad o un capricho inspirado por el amor a la tierruca. Pero cuando D. Celso García de la Riega des­arrolló su pensamento en el libro titulado Colón, español, la cues­tión varió de aspecto. Los asertos del Sr. García de la Riega po­dían ser o no exactos, mas no cabía pronunciarse acerca de ellos ligeramente, sino que merecían reflexivo y desapasionado examen.

Esta necesidad de un examen severo e imparcial de esa tesis, se ha afirmado desde el momento en que el Sr. Belirán y Rózpide ha evidenciado que el Cristóforo Columbo de que hablan los documentos italianos no es el Cristóbal Colón que descubrió el Nuevo Mundo, porque si resulta desmentido cuanto se venía diciendo acerca del origen y die la juventud del primer Almirante de las Indias, ¿por qué se ha de desechar a priori la hipótesis de que haya nacido en España, posponiendo la verdad histórica al amor propio de los que olvidan, que, como dijo Menéndez y Pela- yo, el historiador es un perpetuo estudiante? Y no desechándola, ¿no estamos obligados a estudiar, sin prejuicios de ninguna es­pecie, cuanto acerca de esta materia se dé a luz? Por esto juz­gamos indispensable consagrar algunas líneas al libro que hace pocos meses publico en Buenos Aires D. Rafael Calzada, con el título de La patria de Colón.

La obra del elocuente ex diputado español no sólo merece ser examinada por el interés que el tema ofrece, sino porque no es la labor de un sectario, sino la de un hombre que podrá equivocarse en sus juicios, pero que busca honradamente la verdad. Y la prue­ba de esto es que, aun abrigando un profundo convencimiento, “lejos de mí — escribe — la vana pretensión de haber arribado a una demostración que no admita réplica”, y que, en cambio, de­clara que le mueven el generoso deseo y la esperanza de que los antecedentes por él expuestos, “sean siquiera tomados en consi­deración por aquellos — ya sean individuos, ya Corporaciones — que tienen la misión y el deber de velar por la pureza de la His­toria, a fin de que, dedicando al magno asunto el atento y con­cienzudo estudio que merece, hagan la luz de una vez por todas, ya que es hoy posible, sea en el sentido que fuere, alrededor de aquello mismo que Colón, como se ha dicho, pretendió que fuese un misterio para todos.”

Ante todo, el Sr. Calzada considera el aserto de que Colón era genovés como un dogma histórico petrificado, es decir, como uno de tantos asertos que van pasando sin examen de uno a otro his­toriador. Y, en efecto, la frase “porque de Génova salí y en ella nací”, que se le atribuye, no es más que esto, eso: un dogma histórico petrificado, un aserto que han repetido muchos historia­dores, sin que conste que ninguno de ellos haya visto el original o una copia debidamente autorizada del testamento de Colón, en el cual se dice está inserta aquélla.

De todos modos, admitiendo como un hecho comprobado por el testimonio de distintas personas que el Almirante afirmó ser genovés, es también notorio que siempre hizo misterio de su origen, según reconoce D. Femando Collón, al escribir en su Vida del Al­mirante: “De modo que cuanto fué su persona a propósito y ador­nada de todo aquello que convenía para tan gran hecho, tanto menos conocido y cierto quiso que fuesen su origen y patria.”

Y  si este aserto del hijo es verdad, resulta que aquel otro del padre era una invención, porque de no serlo, no habría podido ‘ escribir D. Femando la frase subrayada. O mintió el hijo, y no se alcanza el objeto, o había mentido el padre.

Que Colón no es muy de creer, lo demuestra el Sr. Calzada, recordando el juicio que ha merecido a Lombroso. ‘‘Como acón-‘ tece a los psicópatas —escribió el eminente tratadista —, Colón carecía de sentido morail, mucho más que el hombre medio, aún de su época”… “El hábito de la mentira científica le era fami­liar”. Y habiéndosele preguntado más tarde si creía posible que el Descubridor hubiese simulado su patria, buscando facilitar así la realización de sus planes, contestó sin vacilar: “Si le convenía, o le era necesario, es lo menos que pudo haber hecho”. El aserto de Colón de que era genovés, no merece crédito alguno; pero, ¿ por qué ocultó su origen y su patria ?

El Sr. Calzada, partiendo del supuesto de que Colón era ga­llego, y recordando que Galicia se había declarado a favor de la Beltraneja, pregunta: “¿Se concibe que fuese recibido en ella (en Castilla) con benevolencia un hombre enteramente desconocido, procedente de un país enemigo y rebelde, como Galioia, que aca­baba de alzarse en armas contra Isabel la Católica, mucho más, dada la manera un tanto despectiva como fueron siempre tratados en Castilla los hijos de aquella región?” Había, a su juicio, otra razón, y es ,1a de que comprendiendo Colón que se cerraba el ca­mino para alcanzar los altos cargos a que aspiraba si confesaba su origen plebeyo, a lo que se unía su carencia de todo servicio prestado a España, parece lo más natural que pensase en ocul­tarlo, para lo cual no le quedaba otro remedio que el de ocultar su propia patria.

A esto se añade, en concepto del Sr. Calzada, el ser más que probable que Colón fuese de origen hebreo, lo cual le habría difi­cultado, más aún que su ascendencia plebeya, el acceso a los altí­simos puestos que ambicionaba. Recuérdese que en España existía gran número de israelitas en esa época, y que, precisamente en Pontevedra, según el ilustre historiador Murguía, era grande la cantidad de judaizantes que había por aquellos tiempos. Corrobo­ran esa sospecha el carácter avaro de Colón; el haberse relacio­nado con muchos judíos y cristianos nuevos; la protección que le dispensó el converso Luis de Santángel, casado con la conversa Juana de la Cavallería; el dejar en su testamento un legado para un hebreo que moraba a la puerta de la judería de Lisboa; el in­vocar constantemente en sus escritos el Antiguo Testamento, y su proyecto de reconquistar Jerusalén.

Por estas o por otras razones, Colón quiso pasar por extran­jero, y como nadie tenía motivo entonces para poner en duda sus palabras, fácilmente lo consiguió. Sin embargo, examinados ahora sus escritos y sus hechos surge, cuando menos, la duda sobre su naturaleza y origen.

Hace notar el Sr. Calzada que Colón, que escribía bastante bien el castellano, no conocía el italiano. “En su correspondencia— dice — con el famoso cosmógrafo Toscanelli, al consultarle sus proyectos, ni se llama nunca compatriota de éste, siquiera para hacérsele más grato, ni emplea jamás el italiano, tanto que Tos­canelli le tenía por súbdito del Rey de Portugal, así lo dice en su carta de 1574”. También escribió en castellano su mensaje a la Señoría de Génova. Sus cartas de carácter íntimo, por ejemplo, las dirigidas a su hijo, están todas en castellano; y aunque esto pudiera explicarse por no saber D. Diego el italiano, puesto que había nacido en Portugal, ¿cómo se explica que, si era genovés, no enseñase a su hijo el idioma que él había aprendido en el regazo de su madre? ¿No es sorprendente que hasta sus cuentas, sus papeles más íntimos, los redactase en castellano, y que el único juramento que usó, según testimonio de D. Fernando Colón, fuese uno tan castellano, como decir: “Por San Fernando”?

No contento con esto, el Sr. Calzada trata de demostrar que el idioma italiano no era el de Colón, que apenas lo conocía. Para ello reproduce una nota puesta por aquél en uno de los Códices de la Biblioteca Colombina, nota considerada como uno de los autó­grafos más indubitados del Almirante, y la reproduce de texto tan autorizado como el discurso leído por D. Simón de la Rosa, biblio­tecario de la Colombina, al ingresar en la Real Academia sevillana de Buenas Letras. El Sr. Calzada afirma que en esa nota se mez­clan palabras castellanas e italianas, y que éstas están escritas en una forma que revela un verdadero desconocimiento del idioma italiano.

Tal vez se diga que no es que lo desconocía, sino que lo había olvidado; pero esto es inadmisible. Si hubiese salido de Italia de cuatro o seis años, podría ser; mas saliendo ya de veintidós años— puesto que había nacido en 1451, y en 1472 y 73, era aún cardador de lanas en Saona — y viviendo luego en barcos genoveses, con marinos genoveses, resulta demasiado raro ese olvido. Además, coa esos marinos, que mandaban Nicolás Spínola y Juan Antonio di Negro, llega a Portugal en 1477, y se establece en Lisboa, don­de vivía a la sazón numerosa colonia de genoveses, y donde, natu­ralmente, seguiría hablando con éstos esi italiano. Siete u ocho años más tarde, a fines de 1484 o principios de 1485, llega a Es­paña. ¿Es que en siete u ocho años pudo olvidar completamente su idioma nativo? Esto es verdaderamente extraño, tan extraño como que en ese tiempo, viviendo en Portugal, aprendiese el cas­tellano — nuestro romance, como él dijo en alguna ocasión — y lo hablase y escribiese, según hace observar el Sr. Calzada, em­pleando frecuentemente, no palabras portuguesas, sino gallegas.

En mi concepto, esto es importantísimo, y se hace preciso que autoridades en materia de filología examinen los escritos de Co­lón y decidan si realmente son gallegos los giros y las palabras que señala el Sr. Calzada; porque si, en efecto, son gallegos y no portugueses, esto constituiría un indicio grave y concluyente, que unido a los demás, darían un principio de prueba muy difícil, sino imposible de destruir.

De gran interés sería también que se examinase con deteni­miento la letra de Colón — el cual, según D. Simón de 1a Rosa, empleaba dos distintos caracteres; la redonda y la cortesana —, y se comparase con la que en aquel tiempo se usaba en España y en Italia. El tipo de letra que se aprende en los primeros años no se suele cambiar, y si Colón era italiano, lo lógico es que su letra fuese también italiana.

Paso por alto el capítulo que el Sr. Calzada consagra a de­mostrar que Colón, con sus hechos, es decir, con los nombres que dió a las islas y puertos que descubrió, reconoció tácitamente su origen español; y lo paso por alto, porque aun siendo esto im­portante, es el argumento más manoseado; pero hay en él una observación, no del Sr. Calzada, sino de Humboldt, que tiene singular interés. “El fervor teológico que caracteriza a Colón—es­cribe el ilu9tre historiador alemán — no procedía, pues, de Italia, de ese país republicano, comerciante, ávido de riquezas, donde el célebre marino había pasado su infancia; se lo inspiraron su es­tancia en Andalucía y en Granada, sus íntimas relaciones con los monjes del convento de ía Rábida, que fueron sus más queridos y útiles amigos… La fe era para Colón una fuente de variadas inspiraciones; mantenía su audacia ante el peligro más inminente, y mitigaba el dolor de largos períodos de adversa fortuna con el encantos de sueños ascéticos… Estas ideas de apostolado y de inspiraciones divinas que con tanta frecuencia expone Colón en su lenguaje figurado, corresponden a un siglo que se refleja en él, y al país que llegó a ser su segunda patria.

Y  añade, muy oportunamente, el Sr. Calzada: “Como se ve, Humboldt, con verdadera sorpresa, sin poder explicárselo — no cabía que sospechara siquiera lo de la invocación de una falsa patria, para lo cual no tenía base ninguna — encuentra retratado en Colón, no al hombre de la Italia negociante y republicana, sino al español, al español creyente y fervoroso, en quien ve perso­nificada su segunda patria; y hallando para caso tan extraño una explicación razonable, recurre a la única posible: a su estada en Andailucía y a sus estrechas vinculaciones con los monjes de la Rábida; como si la idiosincrasia, las ideas de un hombre ya en­canecido, puediesen mudar fundamentalmente en breves años por un simple cambio.de país y de relaciones.»

Me he extendido demasiado y necesito concretar.

En los siguientes capítulos de su obra, el Sr. Calzada trata de demostrar que el apellido de Colón era el del descubridor; que en Italia no se conoció nunca semejante apeUido, que es netamente español y existía en Galicia en el siglo xv y existió bastante después; pero no deja de reconocer que el Almirante, por razones que apunta su hijo D. Fernando, y acaso por otras, usó también los de Colombo, Columbus y Colom; afirma que Colón no se na­turalizó en España, como lo hicieron Boccanegra, Magallanes, Vespucio y otros, extrañándose de que los Reyes Católicos hu­biesen permitido a un extranjero que, además de representar sus personas para gobernar, administrar justicia civil y criminal, et­cétera, tuviese una considerable participación en sus rentas; habla de la amistad fraternal que existió entre Fr. Diego de Deza y Colón; apunta que D. Femando Colón recorrió la Liguria y es­tuvo en Génova sin encontrar un solo pariente; habla después de los impugnadores y propugnadores de la tesis “Colón, gallego”, examinando los prinoipales argumentos de unos y otros, así como los documentos de La Raccolta y las alegaciones de los varios pueblos de Italia que pretenden haber sido la cuna de Colón, y, por último, defiende a España del cargo de haber sido injusta con el descubridor.

Tal es, en imperfecta síntesis, la obra del Sr. Calzada. No se llega en ella a una conclusión definitiva, ni se lo propuso el autor; pero con un estudio muy detenido de la materia, con gran lógica y con observaciones muy atinadas, por regla general, se sientan conclusiones que constituyen indicios graves en favor de la creen­cia que honradamente profesa el autor.

No puede decirse hoy, en mi concepto, que Colón fuese ga­llego; pero creo, sí, lealmente, que después del notable trabajo del Sr. Beltrán y Rózpide y del interesante libro del Sr. Calzada, cabe afirmar: 1.° Que el Cristóforo Columbo de los documentos italianos no es el Cristóbal Colón descubridor del Nuevo Mundo. 2.° Que hay poderosos motivos para creer que Colón no era ita­liano. 3.° Que existen también graves indicios para presumir que era español. 4.° Que los documentos encontrados en Pontevedra demuestran que en el siglo xv existían en esa región personas que llevaban el apellido de Colón. Y nada más.

¿Se llegará algún día a establecer documentalmente relación de parentesco entre esos Colones de Pontevedra y el almirante Colón? ¿Se logrará trazar la verdadera biografía de éste? ¡Quién sabe! Acaso en el momento menos pensado un feliz hallazgo nos ponga en posesión de la verdad; acaso no sepamos nunca cuál fué la cuna del inmortal navegante, y siga esto sumido en las som­bras y en el misterio en que aquél quiso envolver su origen.

Por ello, debemos continuar trabajando para descorrer el velo que nos oculta la verdad; pero trabajando serenamente, impar- cialmente, sin apasionamientos, sin prejuicios, sin empeños de amor propio, sin otro anhelo que el de disipar las tinieblas que envuelven la vida de Colón hasta que vemos aparecer a éste en las puertas del convento de la Rábida.

Después de todo, ¿qué importa que Colón fuese genovés o lusitano, lo que se quiera, si la obra del descubrimiento fué esen­cialmente española, porque sólo aquí encontró aquél ayuda y pro­tección; porque España fué la que dió sus barcos, sus hombres, sus recursos; porque la Nación que en plena Edad Medlia inició la exploración del mar tenebroso, fué la que al terminar el si­glo xv rompió por completo el misterio que a aquél envolvía, des­truyó la leyenda que había detenido a tantos navegantes, reveló la existencia de un Nuevo Mundo y realizó la epopeya, sin igual en la Historia, de la conquista y civilización de América?

Jerónimo Becker.

Colón, por Arthur Brisbane y Valentín Letelier

 Publicado en la revista cubana «Cultura gallega» 1936 – La Habana

Era un católico. Su madre según las mejores pruebas históricas, era una judía, cuyos parientes ayudaron a financiar su viaje. Ella ocultó su re­ligión, como hicieron otros, a causa de que con­fesarla hubiera significado que la quemaran viva. ¿Por qué, pues discutir acerca de la religión? Un amigo religioso hizo objecciones a la declaración de que la madre de Colón fuera judía. Pero, si el Sefior escogió a una judía para que fuera ma. dre de su propio hijo, ¿por qué otra judía no podía ser madre de Colón? Arthur Brisbane, 1922. (Norteamericano).

 

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No hemos de renunciar jamás al parentesco que nos une al Cid Campeador y D. Alfonso el Sabio, a Cervantes y Quevedo, a Murillo y Ribera y mu­cho menos al que nos une al más grande de los españoles, al hijo inmortal de Pontevedra, a Cris­tóbal Colón, cuya nacionalidad española se acaba de comprobar, documentalmente, de manera irre­futable, 1910. Dr. Valentín Letelier, Rector de la Universidad de Santiago de Chile.

Espacio y tiempo – Salvador Freixedo

 

A las puertas del V Centenario del descubrimiento de América, Salvador Freixedo defiende en este documentado y polémico artículo el origen gallego del Descubridor. Y lo hace con una serie de argumentos convincentes, más irrefutables que los que proponen otros orígenes. Según las pruebas que ha reunido Freixedo, Colón fue un judío gallego, natural de la ría de Pontevedra; y en Galicia están su patria, su casa y su herencia.

Una razón profunda y poderosa movió al Almirante a ocultar su cuna y sus raíces: el conocido encono y la persistente hostilidad que siempre demostraron los Reyes Católicos y la Iglesia contra Galicia y contra los judíos.

 

Estamos entrando en el 1992, cuando se cum­plen 500 años del des­cubrimiento, o redescu­brimiento, de América, y por ello es muy natural que vuelva a ponerse sobre el tapete el tema de la cuna del Almirante de la mar océana. La literatura en torno a ello es muy abun­dante y para escribir este artí­culo he manejado no menos de veinte libros, aparte de los viajes que he hecho a la que, según creo, es la cuna del Descubridor.

No desconozco, por tanto, las tesis de los que defienden que Colón era mallorquín, ibicenco, castellano, por­tugués, catalán o corso, y, por supuesto, tenemos en cuenta la tesis oficial del Colón genovés.

Pero si algo sabemos hoy con segu­ridad es que Colón no era italiano, por la sencilla razón de que nadie puede olvidar su lengua materna, cuando la ha hablado hasta los 23 años, tal como nos dicen los docu­mentos italianos de la Raccolta. Posteriormente, cuando hablemos del lenguaje de Colón, haremos hin­capié en lo extraño que resulta ver a alguien que escribiendo a una per­sona importante de su propia tierra, y más para pedirle un favor, lo haga en otro idioma diferente al de ambos. Por ello tenemos derecho a sospechar que no sabía escribir italiano ni genovés; y llegamos al pleno convencimiento de lo mismo, cuando vemos que las pocas líneas que Colón escribió, o intentó escribir, en italiano son un completo disparate; algo que parece proceder de una mente desquiciada, tal como comenta Madariaga.

 

Si algo sabemos hoy con seguridad es que Colón no era italiano.

 

La tesis genovesa se cae además debido a las fechas que los mismos documentos italianos nos dan. Si Colón nació cuando ellos dicen, no tuvo tiempo de aprender las artes del mar – y menos aún de una manera tan eminente como él las sabía – para la época en que nos lo presen­tan como un marinero ya consuma­do, y hasta como capitán de barco.

En la actualidad hay veintiuna ciuda­des o lugares italianos que se dispu­tan el honor de haber sido la cuna de Colón: Albisola, Bogiasco, Calvi, Cogoleto, Cossería, Cúcaro, Cugureo,- Finale, Fontanabuona, Chiavari, Módena, Nervi, Oneglia, Palestrello, Pradello, Piacenza, Quinto, Terrarosa y Casale Montferrato, además de Génova y Savona. Frondosa imagina­ción italiana. Veintiún lugares son demasiados y no hay más remedio que aplicar el dicho escolástico: «quod nimis probat, nihil probat» (lo que prueba demasiado, no prueba nada). El resumen de toda la cues­tión lo da el académico Ricardo Beltrán y Rózpide en su trabajo Cristóbal Colón y Cristóforo Colombo: «El Colón de los documentos españoles no es el Colombo de los documentos italianos» y «el Colombo de los documentos italianos no pue­de ser el Colón que descubrió el Nuevo Mundo».

 

Últimamente ha hecho una incursión, en la palestra en la que se discute la cuna del Almirante, un documento aparecido en los forros de un libro del siglo XVI de un bibliófilo italiano. Es un bre­ve texto llamado «Borro- meo», por haberlo escrito un tal Juan Borromeo, de una muy ilustre familia italiana.

En él, el mencionado Juan Bor/omeo afirma que no quiere irse a la tumba con el cargo de conciencia de no haber dicho la verdad sobre el origen de Colón. Y esta verdad consiste -según su confesión- en que «Colonus Christoforens era de Ma­llorca y no de la Liguria».

Dejemos al buen Belarmino con sus escrúpulos de con­ciencia, que bien pudo haberlos hecho públicos en vida o a la hora de morirse, en vez de dejarlos escondi­dos en los forros de un libro para que los encontrase Dios sabe quién y cuándo. El «documento», en vez de solucionar el problema, lo embrolla aún más.

Documentos directos en los que se muestre la existencia de una familia apellidada Colón o de Colón, tal como firmaba y afirmaba el Almirante, y no Colom, o Columbus, o Coullon, o Coulomp, como quieren otros, sólo los tienen los defensores de la tesis gallega.

En cuanto a que su apellido fuese en realidad Columbus o Colombo, y que él lo cambiase al llegar a España por Colón, es algo que no tiene sentido y que, además, va con­tra la tesis genovesa. Si él quiso que creyesen que era genovés, es absurdo que teniendo un nombre auténticamente genovés lo abando­nase por uno que no lo era. No es extraño, pues, que, años más tarde, su hijo Fernando confesase que después de haber buscado entre los Colombo de la Liguria no encontró nada en concreto.

EL ORIGEN JUDÍO DEL ALMIRANTE

¿Qué poderosas razones tenía Colón para ocultar con tanto em­brollo el lugar de su naci­miento? A nuestro parecer eran dos: el ser judío de origen y el ser gallego.

Hoy día apenas hay dudas acerca de lo primero. Colón pertenecía al grupo de judíos conversos que vivían en el barrio de la Moureira de Pontevedra, adonde habían llegado huyendo de las persecu­ciones, y que, al parecer, estaban emparentados con los Colom baleares y catalanes y con los Co­lombo genoveses. Abona en favor de esta tesis la abundancia de nombres judíos que hay en la fami­lia de Colón.

No quiero repetir ahora los argumentos en que se ba­san Madariaga, Wasserman y otros autores para defender la «judeidad» de Colón, porque sería dema­siado prolijo. Únicamente fundamentaré un poco más su tesis dejando ver la inclinación de Colón a bautizar lugares del Nuevo Mundo con nombres relativos a la cultura judaica: David, una pequeña bahía en Jamaica; San David, un cabo y una ensenada en la isla de Granada y una ensenada en la isla Dominica; Isaac, una punta de la isla de Santa María la Antigua; Salomón, un cabo de la isla de Guadalupe; Sinaí, un monte de la isla de Granada.

Frente a esta realidad está el hondo rechazo – debido a su fanatismo reli­gioso – que la soberana sentía por los judíos, y, por otro lado, el com­plejo que ambos reyes tenían al verse rodeados – y, en cierta manera, económicamente dominados – por una gran cantidad de judíos o cripto – judíos, que tenían una gran influen­cia no sólo en el pueblo, sino en la propia corte. La drástica medida de la expulsión de los judíos fue como una explosión de este hondo com­plejo, que era mitad resentimiento y mitad miedo. Un Colón abiertamente judío oídos de palacio más cerrados de lo que los encontró.

Examinemos ahora la otra causa que el futuro Almirante tenía para ocultar su origen: su condición de gallego. Para ello será conveniente que conozcamos cuales eran los sentimientos de los Reyes Católicos hacia el reino de Galicia, y en ver­dad hay que decir que no se distin­guieron precisamente por su amor a esta tierra; aunque también habrá que reconocer que los nobles galle­gos tampoco tenían demasiado afecto a los reyes de Castilla.

GALICIA Y LOS REYES CATÓLICOS

Unos pocos años antes del descu­brimiento, cuando Colón andaba por tierras lusitanas pidiendo ayudas para sus sueños, don Fernando y doña Isabel recorrían las tierras gallegas derribando castillos y forta­lezas (alrededor de 50), arrebatando tierras y privilegios a los levantiscos nobles y quitándoles a algunos has­ta la cabeza, como al mariscal Pardo de Cela y, como dice el cro­nista aragonés Jerónimo Zurita, dedicados a la «doma y castración del pueblo gallego».

 

Este rencor hacia los gallegos tenía su razón, que resume así un histo­riador: «Debido a que en Galicia se oponían a que Isabel sucediese en el trono a su hermano Enrique IV, abogando y hasta luchando fiera­mente en favor de la «excelente Señora» doña Juana la Beltraneja, hija de aquél y de Juana de Portugal, nunca Isabel pudo perdo­nar a los gallegos por tan enconado apoyo a su sobrina».

 

«Cuando mayores fueron los sufri­mientos de Galicia fue desde su unión con Castilla, cuyos Reyes Católicos nos castigaron de una manera inmisericorde, impropia de cristianos». Para «domar aquella tie­rra de Galicia» y someter a «la gen­te de aquella nación» no bastaba imponer la ley del «palo y tente tie­so», por medio de las armas y de una Audiencia montada con jueces castellanos, sino que aún hubo que acudir a una cédula de los tales reyes en que se ordenaba que, «para gobernar y administrar a los fieros gallegos», había que proce­der «sumariamente, de plano, sin escritura o figura de juicio». Tampoco bastaba con privar a Galicia de representación en las Cortes durante varios años, para «no escuchar sus justas quejas», ni con ajusticiar al mariscal Pardo de Cela y a otros hidalgos, sólo porque «los gallegos, por ser gente feroz, todavía no sosegaban».

 

Y  para que esta «doma» fuese efi­caz llegaron a la increíble crueldad de dictaminar «pena de muerte para todo funcionario público que dictase sentencia en idioma gallego». Es decir, que pretendieron castellani­zar a los gallegos en su lengua, destruyendo su manera de comuni­carse.

Esto en cuanto a la reina. Por lo que hace al rey Fernando todos los historiadores están de acuerdo en decir que simpatizaba aún menos con Colón y su aventura, aunque probablemente por otras razones. Y en cuanto a financiar el viaje se lavó las manos y lo dejó todo bajo la responsabilidad de su esposa, como no queriendo saber nada del asunto. El soberano de Aragón se inhibió ante la empresa y algo de esto podemos ver en el lema que más tarde se hizo popular: «Por Castilla y por León, nuevo mundo halló Colón».

Otro de los focos de poder en Galicia era la Iglesia, que, salvo el obispo Fonseca, tampoco mostraba simpatía por los afanes centralistas de los reyes, y por eso éstos la sometieron a los dictámenes de Valladolid al igual que la administra­ción de la justicia.

«Fue preciso para los Reyes Católicos el convertir a Galicia en nación proletaria, apagándole todas las luces de su elevada cultura. La enseñanza de los conventos domi­nicos de Galicia existió desde su fundación con Estudios Generales, desde el año 1250, hasta que la infausta reforma en tiempo de los Reyes Católicos vino a cortarla de raíz».

Algo por el estilo se puede decir de los monasterios benedictinos y del Cister, de los que en toda la Galicia medieval hubo una gran cantidad. En general, pasaron a depender de otros de Castilla; y así han estado las cosas casi hasta nuestros días. En mis años de jesuíta pude com­probar todavía un resto de esta mentalidad viendo có­mo el su­perior de todos los jesuítas gallegos residía nada menos que en Palencia, que era donde radi­caba la Curia Provincial.

Conociendo todos estos ante­cedentes, pense­mos en cuál hubiese sido la suerte de Colón si se hubiera presentado ante los Reyes Católicos a cara descubier­ta, es decir, confesando su origen judío y gallego. ¿Qué le hubiese esperado, sino un rechazo tajante? De hecho, a pesar del barniz genovés con el que se presentó, eso fue lo que obtuvo durante varios años, y sólo su tozudez y su fe inquebranta­ble en la posibilidad de la gesta fue­ron las que lograron vencer el obstá­culo.

Vayamos ahora a las pruebas de nuestra tesis. Las podemos dividir en seis apartados:

1.- Documentos, 2.- Idioma de Colón, 3.- Venta de unos terrenos, 4.- Negativa de Colón a recalar en Galicia, 5.- Tradición viva en Porto Santo, 6.- Toponimia del Nuevo Mundo.

DOCUMENTOS

He aquí lo que Enrique de Gandía escribe en su Historia de Cristóbal Colón: «Celso García de la Riega creyó ciegamente en un Colón gallego, porque en los archivos de Pontevedra tropezó con unos documen­tos en los que figuraban, a fines del siglo XV, nada menos que un Domingo Colón, El Viejo, un Cristóbal Colón, un Bartolomé Colón, un Juan Colón, un Diego Colón, una Blanca Colón, una Constanza Colón – en fin, todos los parientes y antepasados del descubridor  y personas apellidadas Fonterosa como la madre del Almirante…»

Tras el entusiasmo inicial «cayó un descrédito enorme sobre De la Riega, pues se le acusó de falsificar los documentos. Paleógrafos impar­ciales estudiaron los documentos acusados de adulte­raciones y comproba­ron que, en efecto, el nombre de Colón esta­ba retoca­do; pero no para trans­formar en Colón un

apellido diferente, sino para hacer resaltar las letras desteñidas por el tiempo. De la Riega había avivado las tintas ingenuamente para que la lectura resultase más fácil. No pensó que esa acción iba a traerle tan serias consecuencias. Hoy se ha comprobado la buena fe del erudito y no hay duda de que ciertos documentos, en Pontevedra, contienen real­mente los apellidos Colón y Fonterosa. Pero son muchos los publicistas que aún se refieren con injusticia a los documentos gallegos como piezas burdamente falsifica­das. Repetimos que los retoques descubiertos no disminuyen en nada el valor de tales documentos».

Esto dice Enrique Gandía, a pesar de ser un defensor de la tesis geno- vista y doliéndole mucho, porque en los documentos italianos no aparece ni un solo Colón.

Hoy día, pasados más de 70 años, después de los dictámenes de los «peritos», y con unas técnicas mucho más desarrolladas, podemos asegu­rar con toda certeza que García de la Riega no adulteró ningún docu­mento, y que en los pocos casos en que se permitió retocar alguno fue para hacerlo más legible. Y hay que advertir que los «peritos» sólo exami­
naron una mínima parte de los docu­mentos y que hay muchos otros en los que De la Riega no hizo retoque alguno-, porque él no fue el que los encontró, y también en ellos apare­cen los apellidos Colón y Fonterosa. Dejemos, pues, de repetir estúpida­mente, como loros, que los documentos de De la Riega son falsificados. Ya los quisie- % ran para sí los defensores de las otras tesis, que, en este ^ particular, tienen que conten­tarse con conjeturas o zanjan radi­calmente la cuestión cambiando a su antojo el apellido de Colón.

Y, si se tratase sólo de dos o tres documentos, podríamos tener dudas, pero lo cierto es que se trata de una veintena de documentos en los que aparecen todos los nombres y apelli­dos de la familia de Colón. Documentos que, además, están res­paldados por hechos que confirman que estos Colón son, precisamente, los parientes inmediatos del Colón que cruzó el Atlántico por primera vez. De esos documentos he selec­cionado cinco para que el lector de E.T. tenga alguna idea de ellos: 1431. Escritura de aforamiento por la que se obliga a pagar al abad del monasterio de San Salvador de Poio 274 maravedises a Blanca de Colón. (Es importante resaltar que Colón tuvo una hermana llamada Blanca y que en este mismo documento apa- rece Bartolomé de Colón «o vello»).

  1. Aforamiento de una viña colin­dante con la de Jacob Fonterosa, El Viejo.
  2. Se manda pagar a Benjamín Fonterosa y Domingo de Colón 24 maravedís por el alquiler de dos acémilas que llevaron con pescado al arzobispo de Santiago. (Domingo era el nombre del padre de Colón).

1444. El Consejo de Pontevedra manda devolver unos maravedises a Diego Colón y Bartolomé Fonterosa. (Aquí tenemos los nombres del hijo y del hermano de Colón).

1496. Aforamiento a María Alonso de un terreno colindante con la heredad de Cristóforo (xpfi) de Colón.

Como hemos dicho, todavía quedan alrededor de quince documentos más en que estos nombres y apelli­dos de la familia de Colón se repiten y se barajan. De ellos se deduce que justamente en los tiempos de Colón había en Pontevedra gentes que se apellidaban Colón, que se dedicaban a navegar y a las faenas de la mar, que tenían precisamente los mismos nombres que conoce­mos de la familia de Colón y que, además (y éste es un detalle impor­tante que está contra los defensores del Colón mallorquín o balear), no sólo se apellidaban Colón a secas, sino que con frecuencia aparecen con el «de» por delante, tal como don Cristóbal dice taxativamente en su testamento y en la Institución del Mayorazgo, si este documento es auténtico: «que nadie que no se lla­me «de Colón» es de su verdadera familia y antepasados». Por lo tanto, mucho menos Colom o Colombo.

Y por si los papeles o pergaminos no fuesen suficientes, tenemos el apellido de Colón grabado en piedra en dos lugares diferentes de Pontevedra: uno en la Iglesia de Santa María, en una lápida en la que se lee textualmente (ver foto adjunta): OS DO CERCO DE YOAN NETO A YOAN DE COLON FECERON ESTA CAPELA. ¿Falsificaría también el Sr. García de la Riega esta inscripción?

La otra inscripción se halla, ¡oh casualidad!, a tres metros escasos de la casa natal de Colón en el barrio de Porto San­to y con la fecha inscrita de 1490. Está en la base de un cru­cero llamado tra- dicionalmente «O cruceiro de Colón» y dice así, textualmen­te: «Joao Colón. Rº. Año 1490″.

Pero dejemos el tema de los documentos, a sabien­das de que se les puede sacar mucho más partido. Pasemos al segundo argumento.

 

EL IDIOMA DE COLÓN

Aquí los genovistas permanecen mudos, porque todo está en contra de ellos. Como dijimos, Colón no sabía italiano. Lo entendía escrito, pero no sabía hablarlo ni escribirlo. Los que sí dicen algo, o intentan decirlo, son los catalanoparlantes. Pero si es cierto que logran encon­trar algún vestigio de catalanismo en los escritos del Almirante, los defen­sores de la tesis gallega les pode­mos enseñar diez galleguismos por cada palabra catalana que ellos nos muestren.

¿Aboga esto algo en favor de la tesis del Colón gallego? Mucho, por­que del idioma dominante que un individuo se puede deducir con cier­ta facilidad su origen y lo cierto es que el idioma de Colón está plagado de galaicismos. El Almirante tiene una cierta aversión a la diptonga­ción, cosa normal en el idioma galle­go. Si tiene que decir puerta no será raro que diga porta; y si tiene que escribir ciego, nuevo, fiesta o salieron es frecuente que se le escapen cegó, novo, festa y saliron.

Conozco muy bien lo que Menéndez Pidal arguye sobre la lengua de Colón y conozco también lo que Romero Lema dice para refu­tarlo. Y estoy totalmente de acuerdo con és­te, cuando afir­ma que las for­mas arcaicas verbales que Menéndez Pidal llama «lusitanis­mos» son autén­ticos galleguis­mos, hoy ya en desuso, pero todavía vivos en tiempos del Almirante.

Don Ramón Menéndez Pidal, a quien considero un gallego ilustre, pero un poco descastado, se equi­voca al decir que la forma «ouve» (tuvo) y algunas más son lusitanis­mos puros, cuando se pueden encontrar en documentos gallegos antiguos, y, en concreto, cuando Colón dice fame (hambre), Menéndez Pidal dice que es lusita­nismo, sin advertir que en portugués se dice fome, y no fame, que es la forma gallega.

Además, es curioso el prejuicio que contra el gallego tiene el ex director de la Academia de la Lengua al no querer ver en el lenguaje de Colón una muestra de cómo hablan aún muchos campesinos gallegos, cuan­do pretenden hablar castellano: poerta, acoerde, esfoerzo, coenta, etc. Lo cierto es que lusitanismos o galleguismos, el lenguaje de Colón está plagado de ellos, y no de cata­lanismos. En ocasiones, frases ente­ras, a pesar de haber sido la inten­ción de Colón escribirlas en castella­no, le han salido en gallego, y no en portugués, como cuando escribe esta apostilla al libro «Historia di Plinio»: «que non synte fame ny sede»; en portugués, como ya diji­mos, se dice tome, y no fame. Sólo le faltó añadir otra n a la palabra ny para que fuese un gallego perfecto.

Y  casi lo mismo se puede decir de esta otra; «Y desque saliron de Egipto»… En portugués se dice sai- ram, mientras que en gallego es más corriente saliron.

Este argumento del idioma de Colón es de gran importancia, si se le quiere sacar toda la fuerza que tiene. Pero dejémoslo aquí y reconozcamos que en lo que atañe a la lengua del Almirante sólo los portugueses pue­den presentar cara a la tesis gallega.

 

VENTA DE UN TERRENO

El argumento es breve, pero contun­dente. Se trata de la venta de un terreno que los duques de Veragua, que como se sabe son los descen­dientes directos de Colón, hicieron en el año 1796. ¿Y qué hay de extra­ño en que los duques de Veragua hayan vendido un terreno? Hay dos cosas extrañas: la primera es que ese terreno es la finca llamada aún hoy «la Puntada», que colinda preci­samente con el lugar donde la tradi­ción oral sitúa la casa de Colón y que, por otra parte, está a no más de 150 metros de donde se construyó la carabela que Colón pilotó en su pri­mer viaje (la «Santa María» o «Gallega ), y, segunda cosa extraña, el documento de venta dice: «al per- tenecerle por herencia de sus finados padres». Lógicamente, preguntamos: ¿de dónde puede haberles venido a los descendientes de un genovés una pequeña parcela de terreno en la ría pontevedresa? ¿No se la habrían ganado con sus peces y sus singla­duras los Bartolomeus, Domingos, Joaos y Diegos que vemos en los documentos?

¿POR OllÉ NO LLEGÓ A GALICIA?

Este es un argumento secundario y que, en cierta manera, presupone lo que hay que probar; pero no deja de tener cierta fuerza. Colón se jugó temerariamente la vida y la de toda su gente al enfrentarse al temporal durante toda una semana, cuando lo más cuerdo hubiese sido hacer lo que hizo Martín Alonso Pinzón. ¿Por qué Colón no siguió el mismo rum­bo? Porque hubiese ido a parar, tal como le sucedió al piloto an­daluz, a Galicia.

Colón sa­bía que con el tortísimo viento del sur y del suroeste el único lugar posible de arribada era Ga­licia, pero prefirió jugarse el todo por el todo antes de ser reconoci­do por sus paisanos.

Amainado el temporal y vivos de milagro, se dirigió al este, entrando, destrozadas las velas, «a palo seco» en Lisboa, el 4 de mayo, mientras Pinzón llevaba ya en tierras espa­ñolas desde el 22 de abril. Esta tozudez del Almirante, corriendo el riesgo de que Martín Alonso se le adelantase con las noticias a los Reyes, es muy digna de tenerse en cuenta.

 

TRADICIÓN EN PORTO SANTO

Cuando escribíamos este artículo visitamos de nuevo Porto Santo y, al mismo tiempo que nos encontramos con la desagradable sor­presa de que el «cruceiro de Colón”, a po­cos pasos de la «casa de crus», había sido derribado por un ca­mión (es­peramos que pronto sea repuesto en donde es­tuvo durante cin­co siglos), tuvimos la satisfacción de encontrar a un nativo del lugar, llamado El «negro» Escudero, buen conocedor de su terruño, que nos aseguró que en su familia siempre se había diqho que

Colón había nacido en Porto Santo. Pero añadió un detalle hasta ahora inédito. Según lo que se decía en su familia, Colón no había nacido en la «casa da crus», sino en «o Eirado», una loma un poco más arri­ba, que dista unos escasos cien metros de la «casa da crus».

Esta variante, lejos de debilitar la tesis de Porto Santo, la fortale­ce. No se trata, como en Italia, de ciudades diferentes; se trata, dentro de un mismo pequeño lugar, de determinar en qué sitio exacto nació, y en esto es natural que haya discrepancias. Es muy posible que la «casa da crus» fuese la casa principal de los Colón, ya que, como hemos visto, eran unas cuantas las familias que llevaban ese nombre.

 

TOPONIMIA

Entramos con esto en otro de los argumentos fuertes, sobre el que se podrían escribir muchas páginas. Trataremos de resumir. En cuanto a bautizar las tierras encontradas, el Almirante era extremadamente ce­loso y en alguna ocasión en que Martín Alonso anduvo separado de Colón y bau­tizó por su cuenta algu­nos lugares, el Almiran­te le dijo ta­jantemen­te que se olvidase de los nom­bres pues­tos, porque allí el único que bautizaba era él.

Nito Verdera, el adalid ibicenco, nos dice que encontró ocho nombres de su isla que Colón usó en el Nuevo Mundo. Nosotros tenemos más de un cente­nar, con el agravante de que no se trata de nombres genéricos, sino, en muchas ocasiones, de nombres pro­pios que no existen en otra parte. Colón utilizó nombres de las rías bajas gallegas y, en concreto, de la ría de Pontevedra en la que él había nacido.

A continuación el lector podrá ver los mapas de J. Mosqueira Manso, y aquí es de justicia reconocer el gran trabajo que sobre esto realizó el Sr. Mosqueira. Por haber sido marino mercante y patrón de barcos de vela, conocía muy bien las costas gallegas y las del Caribe, que había visitado muchas veces debido a su trabajo. Él fue el que cayó en la cuenta de los muchos paralelismos en las nomenclaturas.

Entre estos nombres tenemos que hacer una triple distinción; en primer lugar están los religiosos, que no son indicativos de nada, como no sea del cerrado fanatismo de aque­llos tiempos; luego, los descriptivos, que muy probablemente no ponía el Almirante acordándose de ningún sitio en particular, sino, simplemen­te, limitándose a describir lo que veía en aquel momento, por ejem­plo, «Punta Alta» o «Isla larga»; y por fin aquellos nombres propios que no significan nada en concreto y que ciertamente son indicativos de que quien los nombra, cuando lo hace, se está acordando de algo o de alguien.

Para que el lector se haga cargo de las abrumadoras semejanzas y rela­ciones que se pueden encontrar entre los topónimos caribeños y los de la costa gallega, pondremos aquí, deshilvanadas, unas cuantas notas;

–  Colón describe con entusiasmo la actual bahía de Baracoa, en Cuba, en una carta a Sus Majestades los Reyes. Pues bien, a esa bahía la llamó «Puerto Santo”, que tanto sig­nificaba para él. Y no se quedó ahí, sino que repitió este nombre dos veces más, en La Española y en Venezuela.

–  Como hemos dicho, su casa natal, según una tradi­ción, es la «Casa da Crus».

Pues bien, aparte de los varios nombres referentes a la cruz, que dada su religio­sidad no tienen nada de extraño, en la isla Trinidad a un pequeño cabo no lo llamó «de la Cruz» a secas y en castellano, sino que lo llamó «Cabo Casa da Crus», como por muchos años han lla­mado en Porto Santo a la casa «do que descubreau as ilhas».

–   El nombre de Santa Catalina lo repitió tres veces. ¿Por qué tres veces? Porque Santa Catalina es la patrona de los mareantes de Pontevedra. Y en ocasiones, como cuando bautiza, en un corto tiempo o espacio, cabos o montes con los nombres de San Miguel, San Juan Bautista, Santa Catalina y San Nicolás, no se trata de unos santos cualesquiera. Son, precisamente, los patrones de los gremios de los mareantes de Pontevedra, que hace siglos desfilan juntos con sus estandartes en la procesión del Corpus.

–   Puso tres veces el nombre de San Salvador, porque tres eran los San Salvador que él recordaba de su infancia: San Salvador de Poio, su parroquia, donde seguramente fue bautizado; San Salvador de Lérez, un pequeño monasterio muy cerca de su casa, donde pro­bablemente aprendió a leer; y San Salvador de Meis, un santuario no lejos de Porto Santo.

–  Bautizó a veces con nombres de lugares que estaban muy próximos entre sí en Galicia otros que también lo estaban en el Nuevo Mundo. Por ejemplo, cuando llamó «Mar de Santo Tomé”, «Punta Dos Her­manas» e «Isla de las ratas» a puntos que están muy cerca unos de otros en la costa norte de Haití y en la ría de Arosa.

Lo mismo sucedió cuando llamó «Punta Santa», «Islote del Gallo» y «Punta del Arenal» a lugares que están muy próxi­mos entre sí en la isla de Trinidad y que se correspon­den con «Punta Santa» «Punta do Areal» y «Fonte do Galo” en la misma ribera de la ciudad de Vigo, hoy cam­biada por los relle­nos de la ría.

–   Puso tres veces el nombre de Santiago, el patrón grande de Galicia.

–   No llamó «Isla de Todos los Santos», como hubiese sido lo correcto, a una isla, sino «Los Santos» a secas, refiriéndose a «Los Santos de Mollabao», frente a su barrio natal, al otro lado del río.

–  De los pocos nombres que aporta Nito Verdera uno es el de «Galera». Efectivamente, lo puso tres veces. Pero en Galicia no nos quedamos atrás, porque tenemos cuatro «Galeras»: el barrio Galera, frente a Porto Santo, en donde se hacían las galeras para la flota de Castilla; Punta Galera, en la isla de San Martín de las Cíes; Punta Galera, en la isla Onesa, una de las que cierran la ría de Pontevedra; y «Monte Galera», al oriente de la ensenada de Camota, en la ría de Muros.

Puso tres veces el raro nombre de «Tolete» ¿Tienen algo que comentar acerca de este nombre los catalanis­tas o genovistas? Los gallegos, sí: Tolete fue uno de los dos almirantes salidos del barrio judío de «La Moureira» al que pertenecía Porto Santo. Según la tradición, Tolete fue el almirante que estaba al mando de la nave en la que el rey Urco entró victorioso en Pontevedra. Segu­ramente es a este almirante al que Colón se refería cuando escribió: «no soy el primer almirante de mi familia».

–    En la isla Margarita llamó «Constanza» a un promontorio. ¿No tendrá que ver este nombre con dos «Constanzas», probablemente tías de Colón, que aparecen en los docu­mentos? Una se llamaba Constanza Correa, esposa de Fonterosa, y otra, Constanza de Colón, esposa de Joao Colón. ¿O habrán sido también estos nombres falsificados por De la Riega?

–  Transcribo de Mosqueira Manso: «El 18 de diciembre de 1492, festivi­dad de Santa María de la O, patro- na canónica de Pontevedra, esta­ban fondeadas en la costa norte de Haití las carabelas Santa María y la Niña. Al amanecer de ese día Colón determinó celebrar tal festivi­dad, «ordenando empavesar las dos naos y hacer las salvas con las lombardas». Ha sido ésta la única conmemoración religiosa que realizó el Almirante en sus cuatro viajes.»

–  No hay que olvidar tampoco que Colón llevó en sus cuatro viajes tres naves llamadas «Gallega». Reco­nozco que esto no es argumento para probar nada, pero es bueno consignarlo como nota curiosa. Sin embargo, sí es muy notable que en el primer viaje, a pesar de ser «La Gallega» (rebautizada «Santa María») la menos marinera de las tres, Colón la haya escogido como capitana. Es lógico pensar que, si había sido construida al lado de su casa (como consta históricamente), él la conociese muy bien y hasta le tuviese un especial cariño.

–  En cuanto a nombres propios, que ahora recuerde, puedo consignar los siguientes, que son práctica­mente exclusivos de las costas gallegas: Bao, Cotón, Muros, Caxiñas, Lobeira, Punta do Corvo, Mondego.

–  Moa lo repite en tres lugares cer­canos, al igual que en Galicia tene­mos «punta da Moa», «Cova da Moa» y «Cabezo da Moa», muy cerca de donde el Almirante nació.

–   Otro de estos nombres propios que nos tienen que hacer pensar es el que puso a un río de Jamaica. No le puso Guadalquivir o Tajo, mucho más conocidos e importantes. Haciendo una excepción, traicionan­do un poco su intención de disimular su origen, y dejando hablar por una vez a su corazón, le llamó Miño, el río grande de Galicia. Admitimos que pudo haber sido una sugerencia de algún marinero gallego, pero no deja de ser curioso.

–  Sin embargo, en esto de la toponi­mia el investigador imparcial no pue­de menos que sospechar mucho, cuando se encuentra con el detalle que enseguida mencionaré, pues nos demuestra sin lugar a dudas el conocimiento detallado que Colón tenía de los accidentes más recóndi­tos de la costa gallega. Aquí ya no se trata de ningún nombre genérico, ni del de ningún patrón o santo que puede referirse a muchos lugares diferentes. Estamos ante un nombre propio y concretísimo, que no puede ser inventado en el momento ni rela­cionado con nada que no sea el lugar original.

Colón llamó a un río que descubrió en la costa sur de Jamaica, río «Xallas» (Yallas o Jallas).

El sabía, porque en su navegación inicial de cabotaje había pasado por allí muchas veces, que en la costa sur de la provincia de La Coruña había un pequeño río que, curiosa­mente, desemboca en el mar for­mando una cascada. Pues bien, cuando en Jamaica se encontró con el mismo fenómeno, no lo dudó un momento. Su memoria le trajo al ins­tante aquel otro pequeño río de su Galicia natal que él había contem­plando tantas veces, y le llamó «Xallas», que no significa nada ni se puede encontrar en ningún otro lugar.

En la actualidad, Porto Santo y todos los lugares por los que Colón correteó cuando era niño están sufriendo una gran transformación, debido al paso de la autopista de La Coruña a Vigo. Hoy día ya no queda nada de los astilleros que por mucho tiempo allí hubo. Únicamente queda, como mudo testigo de aquella activi­dad, el nombre del puente (de la Barca) y el del barrio colindante (Galera). La gran explanada al lado mismo del puente en donde hasta hace pocos meses se veían barcas de los pescadores o en construc­ción, ha sido aprovechada para que por ella pase la ancha calzada de la autopista. Esperemos que lo poco que queda de la «Casa da Crus» sea conservado en su estado actual y restaurado en lo posible, y el cruce­ro derribado sea restituido a su pedestal y defendido de los odiosos vándalos del siglo XX.

 

 

El nuevo mundo: Colón y Pontevedra – Historia ilustrada de Pontevedra

 

 

Carta a FARO DE VIGO

HistoriaIlustrada_Página_1El 13 de noviembre de 1.928, FARO DE VIGO publicaba una carta del fundador del Museo de Pontevedra, Casto Sampedro, correspondiente de la Real Academia de la Historia, en la que el ilustre erudito se refería a la tesis del origen gallego de Co­lón. Entre otras cosas decía:

“Con motivo de la publica­ción en “El Debate” del ex­tracto de un segundo informe de la comisión especial de la R.A. de la Historia sobre va­rios documentos colonianos, en la noticia de esta capital que inserta el número del FARO de hoy, se dice que di­chos documentos fueron re­mitidos por un enemigo de la tesis del Colón pontevedrés.

Lo importante sería comba­tir el informe …; pero los pa­ladines de este asunto se irritan contra mi humilde persona, y de re­chazo contra el señor Obispo de Madrid-Alcalá. Contra tal imputación de enemigo tengo que rectificar…; lo que sí es conforme a la verdad es que yo fui el iniciador de la tesis, pero para el efecto de estudiarla…”.

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La descendencia de Colón:

Buhígas hace referencia a la des­cendencia supuesta de Cristóbal Colón en Pontevedra. Citando archivos de Alejandro Mon, So­brino Buhigas se refiere “a Mi­guel Enríquez Flores y Colón de Portugal, que vivía en Ponteve­dra en 1672, fundador del mayo­razgo de las Colonas. Su esposa doña Gerónima de Vargas Ma­chuca, sus hijos Catalina Colón de Portugal, y Josefa Colón y su marido José Onís. Constan igual­mente los hijos de doña Catali­na… Miguel Henríquez o Miguel Colón de Portugal, alcalde mayor que fue de Nueva España, donde consta ausente en 1749…”.

Una pugna entre el Norte y el Sur

 

El ilustre erudito Hipolito de Sá, a quien cita Philippot, recoge en una conferencia dada en Pontevedra en el marco de la “Semana de Colón gallego” una curiosa explicación para el enconamiento de la polémica entre defensores y de­tractores de aquella tesis. De Sa alude a dos tertu­lias: una, la pontevedresa de Jesús Muruais, en la que está también García de la Riega, y otra que nace en Madrid y en la que figura Murguía, que después llega a A Coruña . Hipólito de Sa atribuye a ésta “cierta oposición al núcleo cultural de Pontevedra” y concreta esa oposición en “las tesis contrapuestas sobre el origen de Galicia: para los pontevedreses, ese origen sería He­lénico y para los coruñeses -de los que después, surgiría el galeguismo- Céltico, con el mito de Breogán… Una es­pecie de pugna entre el Norte y el Sur, que se ha repetido en otros temas durante años.

 

Colón y Pontevedra

Con anterioridad hemos visto cómo el binomio Pontevedra y el mar, que está presente desde un principio y que, en su primera fase, vincula a la villa con su Ría, crece después hasta alcanzar el Mediterráneo e incluso las costas atlánticas de Francia. Hubo marineros gallegos y pontevedreses en las batallas y en el comercio y, como era natural-, los habría también en la aventura que cambió la Histo­ria de la Humanidad: el descubrimiento del Nuevo Mundo por el almirante Cristóbal Colón.

El interés que la figura del descubridor despierta entre his­toriadores, escritores, e incluso novelistas, es constante. A fina­les del siglo pasado, un erudito pontevedrés, Celso García de la Riega, elabora una teoría acogi­da con cierta expectación y rá­pidamente combatida e incluso escarnecida: Colón habría nacido, según esa teoría, en los alrededores de Pontevedra, en lo que hoy es el municipio de Poio. En definitiva, García de la Riega afirmaba que Colón era gallego.

Seguidor de las líneas generales de esa tesis, y defensor a ultranza del apartado principal, el vigués Alfonso Philippot Abeledo escribe un voluminoso libro, “La identi­dad de Cristóbal Colón”, que seguiremos en este fascículo de forma exclusivamente descriptiva, sin asumir, o negar, los fundamentos de su exposición. Philippot recuerda que la tesis pontevedresa de la cuna de Colón la establece García de la Riega a partir del hallazgo -casual, dice- de algunas actas notariales e inscripciones lapidarias de los siglos XV y XVI en las que figuran varios individuos de apellidos Colón y Fonterosa.

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El propio García de la Riega se refiere a esas escrituras, halladas en el monaste­rio de Poio, y establece que se trataba de escritos de aforamiento a favor de Juan de Colón y su mujer Constanza, circunstancia de la que se hizo eco el periódico madri­leño “El Imparcial”.

El erudito pontevedrés dice que “la aparición de tales apellidos en Pontevedra me inspiró el raciocinio lógico de que -pues se habían revelado en tres documentos- podrían repetirse en otros de fechas más o meos anteriores, habiéndome propuesto por lo tanto indagar nuevos datos en cuantos papeles pontevedreses del siglo XV mis gestiones pudieran alcanzar. Y, en efecto, secundado por personas de buena voluntad, a quienes había manifestado mis temerarias sospe­chas, he tenido la suerte de conocer y examinar los muy interesantes documen­tos de que doy cuenta.

Los hallazgos de De la Riega despier­tan curiosidad, expectación y polémica. Philippot recoge una larga relación de personas que se interesaron por ellos y da cuenta de las primeras reacciones contrarias, encabezadas por un sacerdo­te, gallego también, Eladio Oviedo y Ar­ce, al que siguió Serrano Sanz, catedrático de Zaragoza, que es el primero en acusar a los documentos aportados por el erudito pontevedrés de falsedad, “por tener raspaduras y sobreescritos”.

Un grupo de investigadores, encabezados por Casto Sampedro, presidente de la Sociedad Arqueológica de Pontevedra, descubrió nuevos manuscritos y al derrum­bar un viejo altar de madera en la iglesia de Santa María, una inscripción mural: “Os do cerco de Joan Neto e Juan de Collón fixeron esta capela”. Pero la polémica  no hace sino crecer y se exacerba cuando Oviedo y Arce emite un informe que fu considerado injurioso, incluso por académicos de la Real de la Historia. Con ante rioridad a él, en 1917, una comisión pontevedresa solicitó de la Diputación de Pon tevedra que cursara una invitación a la Real Academia de la Historia para que algu nos de sus miembros viajase a Pontevedra y estudiase in situ los documento señalados por De la Riega. Hubo respuestas favorables, pero cuando los comisiona dos iban a viajar a n Pontevedra, una huelga ferroviaria frustró el desplaza­miento.

Es preciso hacer un alto en el relato y recordar, con Philippot, otros indicios que pudieron alimentar la teoría del Colón gallego y pontevedrés. Por ejemplo el hecho de que su nave capitana, la Santa María, se llamase así y fuese conocida como “La Gallega”, y que pudiese haber sido construida en astilleros pontevedreses. El padre Sarmiento recuerda los privilegios dados a Pontevedra por Enrique IV, los reyes Católicos quienes concedieron a los mareantes de la villa que no pudiesen ser ajusticiado sino como nobles, salvo en delitos de alta traición-, y la obligación de usar el escudi de Pontevedra. El padre Sarmiento dice que “es mucho concurrir todo eso para que sea inverosímil que la mejor nave, en la que montado Colón descubrió en su prime! viaje el Nuevo Mundo, haya sido fabricada en el Arrabal o Pescadería de Pontevedra y que se dedicase a Santa María la Grande, que es la Patrona de todos los mariñeros en parroquia separada”.

 

Estábamos, pues, en que la expedición de la Real Academia no pudo desplazarse a Pontevedra para examinar in situ los documentos de De la Riega. Una promesa de ver al año siguiente no llegó a cumplirse, y dice Philippot que al negarse la comisión pontevedresa que había solicitado su mediación a remitirle a Madrid la documenta­ción, la Real Academia dio por terminada su intervención en el asunto.

 

A finales de 1926, y con la excepción de algunos originales, los documentos fueron remitidos por la Sociedad Arqueológica de Pontevedra al obispo de Madrid-Alcalá, Leopoldo Eijo-Garay, y fueron examinados en su presencia por una comisión de expertos -de la que formaba parte Claudio Sánchez Albomoz- con la colaboración del laboratorio del Cuerpo de Ingenieros del Ejército. El exa­men se realizó sobre las actas del llamado “Libro do Concello”, el Cartulario muni­cipal y un minutario notarial de escrituras del siglo XV.

El informe de la Comisión fue desfavorable para la tesis pontevedresa. Concluía en cuatro puntos la falsedad de los documentos, en un texto que decía, entre otras cosas que “los documentos que se contienen en las tres coleccio­nes examinadas han sido objeto de una manipulación sistemáti­ca, dirigida a modificar o su­plantar varios nombres propios de personas… En conclusión, los documentos carecen absolutamente de Valor y no es posible, por tanto, admitirlos como fundamento ni en apoyo de una seria investigación histó­rica”.

Philippot dice que hubo oposición a esas conclusiones y, citando a Emilia Rodrí­guez Solano, señala que en 1964, y revisada entonces mediante la aplicación de mo­dernas técnicas fotográficas, análisis de tinta, etcétera, se concluye “que no hay falsificación, si bien es cierto que algunos aparecen recalcados. Pero éstos carecen de importancia, mientras que los que realmente la tienen están libres de manipulación alguna”. La citada autora señala también que “aunque no se aporta prueba mate­rial de que Colón era gallego, sí creemos haber levantado la losa que, como consecuencia de los informes aludidos, pesaba sobre la tesis gallega de Colón.

Una vez saneada la prueba documental,  existen las bases precisas para estructurar una hipótesis que dé satisfacción a las pretensiones pontevedresas. Y para finalizar, es preciso tener en cuenta que conforme fue decli­nando la obra de García de la Riega hasta ser anulada como consecuencia de los ataques que recibió, y que tanto habían de beneficiar a la tesis genovesa, tampoco ésta salió muy bien librada de los duros golpes que tanto De la Riega como sus seguidores le habían asestado. Por tanto, las reivindicaciones de Galicia como patria de Colón continúan en pie”.

Alfonso Philippot la sigue, y en su obra citada, hace un concienzudo recorrido por los indicios que la fundamentan. Con trabajo propio de documentación, y una revi­sión a fondo de escritos anteriores, recorre la cuestión de los apellidos, los nombres que Colón dio a sus descubrimientos en el primer viaje, se detiene en un estudio de las vicisitudes de la casa, en Poio, que se considera por cierta tradición como la natal del almirante, recoge correspondencia desde Nueva España y profundiza en una serie de datos, coincidencias, indicios y hasta leyendas en las que puede sustentar su tesis.

Hoy, la cuestión sigue abierta. La hemos traído aquí, a la Historia Ilustrada, ha­ciendo un paréntesis en el desarrollo puramente temporal, porque resulta útil para conocer mejor el pasado. Cómo fue y cómo pudo haber sido.

 

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COLON, ESPAÑOL – Por Tiburdo Pérez Castañeda (Cubano)

Publicado en la revista cubana «Cultura gallega» 1936 -1937″miniatura

Por los datos que teníamos y los nuevamente aportados por el señor Zas, que se significa por su plausible constancia en descubrirlos y aducirlos, creemos que Cristóbal Colón nació en España, y precisando más, en Galicia.

Ya no se disputa sobre si fué un nórdico, Leif Ericsson o Cristóbal Colón, el que descu­brió este Continente, pues Colón ya se sabe que fue el que lo descubrió.

No son sólo los de origen español y los es­pañoles los que creemos que Colón fué español. El peruano doctor don Luis Ulloa, dado a re­gistrar archivos, aseguró que Colón era es­pañol; y ahora el doctor Theodosio Noell, pro­fesor del Seminario Oriental de la Universi­dad de Berlín, que es uno de los hispanistas de gran reputación, acaba de publicar en la Vossiche Zeitung, de Berlín, un trabajo en el cual se señala como convencido y esforzado pa­ladín del origen español del gran descubridor de este Continente americano.

¿Por qué—se pregunta Noell—aceptó el mun­do, sin debatirlo, el nacimiento en Italia, en Génova, de Cristóbal Colón?

Todo el mundo lo decía, añade Noell, pero nadie lo ha probado. Los historiadores del día afirman que Colón era ‘genovés, solamente por­que los de ayer así lo decían y toda esa repe­tición tiene su origen en las siguientes pala­bras de Colón a Isabel la Católica: «Vengo de Génova, donde nací”. Noell recuerda a pro­pósito de este error por repetición, las palabras del jurisconsulto español Altamira, al decir «que es una petrificación de un error histó­rico”.

Ya habían notado muchos escritores que ha­bía pocos rasgos del carácter italiano en la manera de ser de Colón. Humbold decía “que el celo religioso de Colón no había surgido de Italia, sino que era típicamente español”.

 

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¿Tuvo alguna razón Cristóbal Colón, de esas que embargan el ánimo y privan de toda in­dependencia. para decir a la Reina Católica que procedía de Génova?

Y dice Noell que tenía no sólo una razón o motivo para expresarse con falsía, sino que fueron tres.

Primera: la obsesión del proverbio bíblico bien conocido en España, nación profundamen­te religiosa, que “Nemo est propheta in patria sua”. Nadie es profeta en su patria.

Ni es posible, añade Noell, que Cristóbal Co­lón al hablar así a la reina Isabel, recordase que el Almirante Bonifacio, que muchos años antes había pasado ante el Rey Fernando de Castilla como genovés para obtener la sanción de proyectos que, de otro modo, no le hubie­sen sido aprobados.

Segunda: Cristóbal Colón, había nacido en Galicia, cuya Provincia en la guerra civil an­terior al reinado de Doña Isabel, era toda ella partidaria de Doña Juana contra Doña Isabel.

Y    es evidente que no hubiera sido apropiado que Cristóbal Colón se presentase a Doña Isa­bel como natural de una Provincia de España que trató de privarla del Trono.

Tercera:  Si Cristóbal Colón era de origen judío, era una razón, quizás la más poderosa de todas, para no revelar a la Reina Isabel el secreto de su religión judaica, que era inten­samente anti-semita.

Escritores del tiempo de Colón, las obser­vaciones de sus amigos v compañeros y las car­tas de su hijo don Fernando Colón, que exis­ten en el Artíhivo de Indias de Sevilla, indican que Oistóbal Colón tenía los rasgos físicos, mentales y morales, inequívocos de la raza judía, tanto de sus cualidades como de sus defectos.

Esos motivos se consideran como razones por las cuales Cristóbal Colón quiso guardar el secreto de su origen español.

Después hay otras coincidencias y sucesos que también autorizan a pensar que Cristóbal Colón quisiese guardar el secreto de su origen español.

En Génova no se manifestó ningún regoci­jo por el descubrimiento de América en 1492 y ni un solo habitante de esa ciudad hubo que manifestase su orgullo o contento por el des­cubrimiento de América.

Y    sólo un siglo después fué cuando apare­ció allí ese contento por la obra maravillosa de Cristóbal Colón, levantándole estatuas, de­dicando poesias a su memoria y enorgullecién­dose del origen italiano de Cristóbal Colón, a quien llamaban Christóforo Colombo.

España, claro está, no tiene inconveniente en que se honre a Colón en todas partes del inun­do, es decir a Christóforo Colombo, comercian­te de vino en la hermosa ciudad de Génova, pero los honores de descubridor del Nuevo Mundo y de navegante insigne, deben reser­varse para Cristóbal Colón, el español natu­ral de Porto Santo, en Galicia.

Sobre esto el historiador español Beltrán y Rozpide dice: “El descubridor de América no puede ser el dibujante Christóforo Colombo,
porque el navegante, Cristóbal Colón, dice en sus cartas, que se hallan en el Archivo de Sevilla, que todos sus antecesores fueron ma­rinos.

Además se sabe por las cartas de Colón, que de los años 1470 a 1473 navegó sin inte­rrupción por todos los mares conocidos, mien­tras que de los documentos que se refieren al Colombo genovés se sabe que en 1470 es­taba. en Genova.

En estos documentos de Genova consta que el Colombo genovés compareció el trece de octubre de ese año de 1470, ante el Notario Jacopo Calci como menor de edad acompañan­do el consentimiento de su padre; y en el tre­ce de Octubre de ese mismo ano compareció ese Colombo genovés ante el Notario de Rag- gio. diciendo que tenía diez y nueve años de edad.

Y    como Cristóbal Colón murió en Valladolid en 1503 a la edad de setenta y tres años, en 1470 debía tener treinta y siete años y no diez y nueve como el Colombo italiano.

Además el navegante Don Cristóbal Colón nunca se llamó a sí mismo Colombo. En todas sns cartas, y hasta en las negociaciones con el Key de Portugal, antes de tratar con la Rei­na Isabel, siempre se llamó a sí mismo Cris­tóbal Colón, y este nombre no es italiano, sino geiminamente español y el cual tienen’ hoy romo apellido muchas familias españolas.

Es sabido que en Porto Santo, de Galicia, se ha descubierto una inscripción en los mu­ros de una casa que dice: Colón, año 1490.

 

CRISTBAL COLON, el más grande de los Des­cubridores de todos los tiempos, español, de con­formidad con los más (serios estudios realizados durante los últimos treinta años, por eminentes y laboriosos historiadores que pusieron a contri­bución de tan noble como plausible tarea, todas las ramas del moderno saber humano. Sólo el pru­rito de puro formalismo documental de nuestra Academia do la Historia da motivo a que se siga discutiendo una cuestión que hace tiempo está resuelta en la conciencia de todas las personas desapasionadas.

 

COLON NO HABLABA MAS QUE ESPAÑOL

Todas las cartas de Cristóbal Colón y otros de sus escritos, tales como Las Profecías, y hasta sus notas privadas, están en español, con excepción de dos cartas escritas en ita­liano muy malo, del llamado macarrónico. Cier­to que tampoco el castellano de Colón era de una fuerza extraordinaria, pues que nació y se crió en Galicia, y en España nos codeamos con gentes muv cultas, como por ejemplo don Eugenio Montero Ríos, que tenía un acento gallego muy marcado; y Cristóbal Colón cuan­do tenía una falla en el castellano, era una o varias palabras en galaico.

El doctor Noell añade que Cristóbal Colón (lió el nombre de sitios bien conocidos por el sur de Galicia, a las nuevas tierras y mar°s filie iba descubriendo, detalles éstos interesan­tes,pero que han «ido bien notados por otros autores.

A la Isla de S. Salvador, que fue la pri­mera en que puso su planta Cristóbal Colón   desde cuya ni aya elevó la primera oración de gracias a Dios por el descubrimiento del Nuevo Mundo, la llamó San Salvador y nunca (lió, ni por casualidad, un nombre italiano a las tierras que descubría. San Salvador era el nombre del pueblo en que nació Colón.

Y    cuando Colón desembarcó en Cuba (lió al primer punto que vió el nombre de Porto Santo, que es el de la ensenada donde están las ruinas de la casa llamada de Colón.

La firma de Colón que sólo se puede desci­frar con ayuda del dialecto o idioma gallego dice: “Jesus María y José, salvadme, que soy mensajero de Cristo”.

Cada día se irán haciendo nuevos descubri­mientos que comprueben más y más que Cris­tóbal Colón era español.

El origen de Cristóbal Colón – Suplemento ABC 1969

El 11 de octubre del pasado año, víspe­ra del Día de la Raza, tuve el honor de presentar a la Real Academia un informe en el que hacía la siguiente afir­mación.

“El apellido del Descubridor de Améri­ca no tiene relación alguna con los Colom- bo genoveses, ni con los Colón de Ponte­vedra, ni con los Colom de Córcega o de nuestras tierras de Levante, ni con alguno de los considerados, hasta ahora, como , as­cendientes del Descubridor. El Colón de Don Cristóbal es, simplemente, otra forma más del sobrenombre de “Coulon” o “Coul- lon”, con que fue conocido en Francia su pariente el vicealmirante de Luis XI, Gui­llermo de Casenove.”

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Mi afirmación no pudo ser más clara y sencilla, y pasado mi informe a la Comi­sión de Indias, tuve la satisfacción de es­cuchar, en la sesión siguiente, que la Co­misión consideraba interesante el informe por mí presentado y me pedía lo docu­mentara.

En apoyo de lo que afirmaba, ya hice en mi informe una ligera exposición de cuáles eran los documentos base de mi te­sis. Considero que la mejor manera de do­cumentar ésta, es ir aportando las prue­bas cronológicamente, tal como fueron apareciendo en crónicas e historias. Y co­mo, en realidad, versan en su mayor parte sobre el primero de los Almirantes Colón, famoso corsario gascón, al servicio de Fran­cia, comenzaré refiriéndome a Alonso Fer­nández de Falencia, primer cronista caste­llano que lo cita, en el capítulo VII del li­bro 24 de su famosa obra «Los treinta libros de los anales de España”, escrita en latín y traducida al castellano por el ilustre ar­chivero señor Paz y Melia.

 

AÑO 1475: EL CORSARIO ALMIRANTE FRANCES COLON COMIENZA A FIGURAR EN LA HISTORIA DE ESPAÑA

La acción que transcribimos ocurrió a mediados del año 1475, antes de que se firmara el Tratado de alianza de 8 de septiembre de dicho año, entre don Alfonso V de Portugal y Luis XI de Francia.

“Infestaba el mar de Occidente un pi­rata llamado Colón, natural de Gascuña, al que sus afortunadas expediciones habían permitido reunir gruesa armada y os­tentar el título de Almirante del rey de Francia. Por él se habían hecho los france­ses aptos para la navegación porque antes se les consideraba o descono­cedores de tal ejercicio, o poco experimen­tados en las expediciones náuticas. Des­pués de combatir largo tiempo en Francia con los ladrones, casos adversos de fortuna le sumieron en la desgracia, y ya hacia la mitad de su vida, se consagró a la del mar y <se enriqueció rápidamente merced a sus crueles y pérfidos procedimientos de pi­rata.”

 

 

COLON ERA SOBRINO DEL ALMIRANTE FRANCES GUI­LLERMO DE CASENOVE, DE SOBRENOMBRE «COLON»

EN LAS NAVES DE SU TIO, CRISTOBAL COLON ATACO LOS NAVIOS Y LOS COSTAS DE FERNANDO EL CATOLICO

Esto explica el misterio de que se ro deó el Descubridor al venir a España

QUEDA TOTALMENTE DESCARTADA LA TESIS GENOVESA, QUE ES UNA PA­TRAÑA HISTORICA. CRISTOBAL COLON NADA TUVO QUE VER CON ITALIA

COMO SU TIO. EL ALMIRANTE FRANCES. COLON ERA GASCON

 

 

“Buscó para compañeros a algunos vas­congados, gascones, ingleses y alemanes, aficionados a aquella vida; construyó una gruesa nave reforzada en las bandas con fuertes vigas, para resistir el choque de las máquinas enemigas; inventó otras de di­versos géneros y en épocas determinadas salía del puerto de Harfleur, plaza de Normandia, en la costa del océano, frontera a Inglaterra, y atacando furiosamente a cuantas naves mercantes se encontraba en la travesía, se apoderaba de sus ri­quezas.”

“En esas correrías habla llegado a las , costas de Portugal y al Estrecho de Cá­diz, dirigiendo sus principales ataques con­tra portugueses y genoveses, por lo que el rey de aquella nación, don Alfonso, aliado entonces del inglés contra Francia, había enviado una armada en persecución del pirata…”

“Entre tanto, el rey Luis, ya amigo de don Alfonso de Portugal, deseando des­ahogar con España un innato prurito de guerra, antes de declararla, mandó a Co­lón que se reuniera con los marinos portu­gueses. Arribó el pirata a las costas de Lisboa y entró en la desembocadura del Tajo, con siete gruesas naves, y púsose en espera de los mercaderes vascongados que llevaban a Flandes vino, aceite y otros gé­neros. Muy ajenos estaban ellos de temer nada de Colón, con quien tenían frecuen­tes tratos, a quien algunas veces habían acogido benignamente y en cuyas naves iban muchos marineros de Vizcaya, Con­fiados, además, en el afecto que los de es­tas provincias se profesan cuando están lejos de ellas, nada recelaban del pirata, pero éste, al divisarlos, cuando doblaban el Cabo de San Vicente, puso hacia ellos las proas. Seguros entonces de que venían a su encuentro marchaban confiados a re­cibir al que creían amigo, sin cuidarse, por tanto, de tomar las armas, y según costumbre de la gente de mar, le pregun­taron con qué intención venían en su bus­ca. Colón, dándose por muy amigo de los patrones de las naves, se limitó a indicar pasasen a la suya para ver por las relacio­nes de carga, si entre la de los andaluces habían introducido alguna los genoveses. Sin demora obedecieron los incautos vas­congados y el pérfido pirata les obligó trai­doramente a que le entregasen las nueve naves. Dos lograron huir merced a la as­tucia de cierto vascongado, pero se apo­deró de las otras siete y envió a Inglaterra a vender el cargamento de vino y aceite, géneros de que allí se carece.”

 

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1) Facsímil de la carta del Rey Juan II de Portugal, que constit la mejor prueba del parentesco don Cristóbal Colón con el almirante corsario gascón Guillermo de Casenove. Ambos eran bien conociodos por Don Juan, desde que éste, 1474, había asumido la dirección de los asuntos de Harina por delegación de su padre, Don Alfonso.

2) Circular cursada por los Cónsules de Mar de la ciudad de Barcelona a to las villas, castillos y lugares de la 00 de Levante, avisando estén alerta por I ber sido avistado en la costa de Valen a un corsario llamado Colón con una armada de siete naos el 20 de septiembre. La circular es de 6 de octubre de 14 Esta circular prueba la verdad de la armación hecha por Cristóbal Colón a Reyes Católicos en su carta dirigida desde Cuba en 1495, refiriéndoles el intento que tuvo hallándose como corsario al vicio del Rey Renato de Anjou, pretendiente a las coronas de Aragón y Sicilia de atacar a la galera “Fernandina”, que no llegó a ejecutar por haberse enterado que estaban con ella otras dos na y una carraca. Fue sin duda como capitán de una de las naos de su pariente corsario Colon, en su expedición al Mi diterráneo en ayuda del pretendiente.

 

 

 

 

La amistad del corsario con los capitanes vizcaínos, y el hecho de llevar en su arma­da una buena parte de la marinería viz­caína y gascona, parece indicamos como lugar de su nacimiento, algún pueblo pró­ximo a la frontera franco-española.

La miserable acción que acabamos de relatar, cometida como hemos indicado a mediados de 1475, debió de tener gran re­sonancia en el pueblo vascongado con el que siempre, hasta entonces, había estado en excelentes relaciones.

 

AÑO 1476: MES DE JULIO. EL ALMI­RANTE FRANCES COLON ATACA LAS COSTAS DE ESPAÑA

Al año siguiente, declarada ya la guerra entre España y Francia, salió el almirante Colón de Harfleur, con nueve grandes naos, camino de Fuenterrabía, y al pasar por Brest, encontró en su puerto cuatro naos de súbditos del Bey Católico, logrando apo­derarse de dos de ellas, a cuyas tripula­ciones aniquiló. Las otras dos pudieron huir. Llegado a Fuenterrabía el día 8 de julio, en ayuda del ejército de tierra del rey de Navarra, estuvo diez días a la vis­ta de dicho puerto, y desembarcó su gente, “y con la que había en la Fuerza de la villa (cuenta Isasti en su Compendio His­torial de Guipúzcoa), hubo un recio en­cuentro y volvió el corsario a sus navíos con pérdida de cien hombres”.

Seguimos con los “Anales de España”, de Alonso de Palencia, que nos relata en su libro XXVn, capítulos IV, V y VI la segunda aparición del almirante Colón por las costas de España. El Capítulo IV termi­na con los párrafos siguientes referentes al corsario y a su partida de Fuenterrabía.

“Al dirigirse a Bermeo, una recia tormen­ta arrojó al mayor de sus navíos contra la costa enemiga, y viendo a los otros em­pujados sobre las rocas a punto de es­trellarse, dio rápidamente orden de salir a alta mar. Al dar vista a las costas de As­turias y Galicia, trató de compensar con alguna póresa la pérdida de su navio, mas al querer atacar a Bibadeo, los vecinos, ya prevenidos a la defensa con tropas auxi­liares, le mataron mucha gente, y de tal modo le escarmentaron, que amedrenta­do con el doble descalabro huyó a Portugal en busca de tranquilo refugio.” Efectivamente debió de huir, sin dete­nerse a ayudar a Pontevedra, Vivero y Ba­yona, que se habían alzado en Galicia a favor del rey de Portugal, y que fueron, pocos días después, tomadas por la Escua­dra de treinta navios que, al mando de don Ladrón de Guevara había ordenado el Bey Católico se organizara en Guipúzcoa y Vizcaya para salir en persecución del corsario, y que sólo se tardó días en orga­nizar. Isasti, en su Compendio historial antes citado nos cuenta este episodio y agrega que “el rey don Femando se halla­ba entonces en Galicia y visto lo que hi­cieron los guipuzcoanos alabólos mucho con palabras públicas, de grande honor y agra­decimiento, porque en estas guerras derra­maron tanta sangre propia y de sus ene­migos. en servicio de su Beal Corona”.

 

MES DE AGOSTO. COMBATE NAVAL DEL CABO DE SAN VICENTE

En el capítulo siguiente, V del mismo li­bro, nos describe Palencia el terrible com­bate del Cabo de San Vicente, que tuvo lugar, aproximadamente, un año después de la traición llevada a cabo por el corsa­rio Colón a sus amigos los vascongados, y en el mismo emplazamiento de aquel su­ceso, el 7 ó el 12 de agosto de 1476.

“Exasperado Colón con el naufragio de su nave junto a Bermeo y con el daño re­cibido en el ataque a ribadeo, anunció al rey de Portugal en cuanto entró en el puer­to de Lisboa, que había resuelto barrer de de las costas andaluzas hasta el Estrecho de Gibraltar, cuantas embarcaciones en­contrase. Llegó de seguida la noticia del ataque del Castillo de Ceuta y entonces don Alfonso reunió gran número de sus nobles y a toda prisa despachó dos galeras que habían escapado a los pasados desastres, la “Beal” y la “Lope Yáñez”, las tripuló con gran número de portugueses que también embarcaron en las once de Colón y las en­vío a la defensa de aquella plaza. Al mismo tiempo zarparon del puerto de .Cádiz, con rumbo a Inglaterra, tres gruesas naves genovesas, una galera grande y otro navio flamenco llamádo de Pasquerio, sin temor a otro peligro que el de las tormentas, por la magnitud de las embarcaciones y la numerosa tripulación, aumentada enton­ces por la previsión de experimentados genoveses para asegurarse contra los ata­ques de Colón. La fortuna lo dispuso de otro modo. Al divisar estas cinco embarcaciones, las trace unidades del rey de Portugal y de Colón, destacó éste una carabela a enterarse de quiénes eran y qué se proponían. Contestaron los genoveses que bien conocía Colón la firme alianza que con los franceses tenían, en cuya vir­tud disfrutaban de libre navegación por todos los mares. Pero él, con igual astucia que la emplead» con los obedientes vascon­gados, dijo qué el almirante, los maestres de las naves y los principales mercaderes podían pasar a la suya para enseñarle sus papeles. Como los genoveses no habían ol­vidado la pérfida conducta del pirata, se negaron a lo propuesto y empuñaron las armas. Adelantóse entonces Colón con la “Real” contra una de las tres galeras genovesas; la “Lope Yáñez” se arrimó al cos­tado de otra, y una tercera clavó su arpón en la elevada, borda de la flamenca de Pasquerio. Las otras dos galeras genovesas, seguras de los ataques de las naves más pe­queñas del pirata, auxiliaban a los suyos. Ante la tenaz resistencia de las galeras genovesas, Colón dio orden a otra de las suyas, también atestada de combatientes escogidos, de arrimarse al otro costado, a fin de apoderarse antes de ella entre las dos. No veía otro recurso más eficaz para combatir que el empleo de los artificios de fuego, con los que haciendo volar por los aires llamas de azufre y chispas encen­didas, aterraba y vencía a sus enemigos. En aquella ocasión, sin embargo, unos y otros sufrieron el daño, porque cuatro naves del pirata, la “Real”, la pegada al costado de la genovesa, la que combatía con la galera grande y la que trataba de incen­diar la flamenca, fueron, como las enemi­gas, presa de las llamas. Siete quedaron casi destruidas, y también hubieran sido las otras dos genovesas al no haber logra­do extinguir rápidamente él fuego que em­pezaba a prender en ellas. Al defenderse de los ataques de otras embarcaciones, per­dieron gran parte de la gente. También perecieron todos los genoveses y alema­nes de las otras galeras, menos ciento cincuenta que se salvaron a nado y reco­gieron las carabelas portuguesas, cuyos tri­pulantes miraban, desde la playa de La­gos, qué término tendría aquel encarniza­do combate que duraba diez horas. Quinientos nobles portugueses perdieron allí la vida, hundidos en las aguas a causa del peso de las armaduras. Además, dos mil franceses y portugueses perecieron entre las llamas o al filo de las espadas. Colón, con unos pocos, logró a duras penas subir a otras naves. Tal fue el terrible desastre de este pirata, tan funesto también para los ladrones franceses y para la nobleza lusi­tana…”

“Perdiéronse siete grandes naves, a saber: cuatro de Colón y portuguesas, una de las tres mayores genovesas y la urca y la cor­beta de Flandes. Lograron arribar a Cádiz dos de las genovesas, cuya tripulación la­mentaba tristemente la pérdida de la ma­yor parte de sus compañeros en el com­bate. Ocurrió éste el 7 de agosto de 1476, no lejos del Cabo de Santa María, en la costa andaluza, a unas noventa millas de Sanlúcar de Barrameda. Achacaban al­gunos el desastre de las dos armadas a la fortuna del rey don Fernando, por ser genoveses y portugueses enemigos de la Corona aragonesa y del poder de Castilla. Don Femando, sin embargo, lamentó mu­cho el descalabro de los primeros, porque trataba de reconciliarlos con los catalanes y hacerlos amigos de los castellanos, si­guiendo los consejos de su tío don Fernán- do de Ñapóles, que, a la sazón, negociaba alianza con los genoveses y quería tener a su lado por auxiliar en esta negociación a su sobrino.”

El relato del mismo combate que nos da Mosén Diego de Valera en el capítu­lo XXI de su “Crónica de los Reyes Católi­cos”, en nada difiere de la anterior, por cuyo motivo lo omitimos, no sin indicar que Mosén Diego nos señala como fecha la del 12 de agosto, en lugar del 7 que nos fija Patencia.

Cotejando estos relatos con los de fray Bartolomé de las Casas, en su “Historia de las Indias”, y don Femando Colón, en la Biografía de su padre, nos encontra­mos que éstos señalan la presencia de Cristóbal Colón en el combate (cosa que Falencia y Valera ignoraron) y que afir­man, al mismo tiempo, que Cristóbal Co­lón era pariente del almirante corsario. Como estas afirmaciones tienen una im­portancia capital en nuestra prueba, va­mos a dar cuenta de ellas, transcribién­dolas literalmente. Comenzamos por las de fray Bartolomé.

“Según todos afirman, este Cristóbal era genovés de nación; sus padres fue­ron personas notables, en algún tiempo ricos, cuyo trato en manera de vivir de­bió ser por mercaderías por la mar, se­gún él mismo da a entender en una carta suya; otro tiempo debieron ser pobres por las guerras y parcialidades que siem­pre hubo y nunca faltan en Lombardía. El linaje de suyo dicen que fue genero­so y muy antiguo, procediendo de aquel Colón, de quien Comelio Tácito trata en el libro XH al principio, diciendo que tru­jo a Roma preso a Mitridates, por lo cual le fueron dadas insignias consulares y otros privilegios por el pueblo romano, en agradecimiento a sus servicios. Y es de saber que antiguamente el primer sobre­nombre de su linaje dicen que fue Co­lón; después el tiempo andando» se lla­maron Colombos los sucesores de dicho Colón romano o capitán de los romanos…, pero este ilustre hombre, dejado el ape­llido introducido por la costumbre, quiso llflimirsp Colón, rAgtit.iiyp»r>ringo al vocablo antiguo.”

Hace más de sesenta años que Henry Vignaud, en sus “Etudes Critiques sur la vie de Colomb”,  descubrió que este cuento, que relatan Don Femando y Fray Bartolomé, del Colón, capitán romano, ci­tado por Comelio Tácito “en su Libro XH, al principio”, no tenía base alguna. El historiador francés demostró que en el texto de Tácito el que lleva preso a Roma a un Rey Mitridates, y recibe como premio las insignias Consulares, se llama Junius Cibo, y no Colón. Difícilmente podría derivarse de Cibo el apellido Colombo, pero no me­nos difícil seria el explicamos cómo Don Crstóbal, “dejado el apellido introducido por la costumbre, quiso llamarse Colón, restituyéndose al vocablo antiguo”.

También conviene señalar en este pá­rrafo de fray Bartolomé, el parecido exis­tente de los antecedentes de los padres de Colón, “personas notables, en algún tiempo ricos”, con los que del propio Guillermo de Casenove, nos dejó Alonso de Falencia: y la afirmación que sigue de “cuyo trato en manera de vivir debió ser por mercaderías por la mar, según él mismo da a entender en una carta suya”, tan distinta de la supuesta en la tesis genovesa.

Después de estudiar lo que, referente al origen del apellido Colón, aparece en el capítulo n de la Historia citada de fray Bartolomé, pasamos ahora al capítulo IV en que nos hace una relación del comba­te, dándonos cuenta antes de la razón pol­la cual don Cristóbal tomaba parte en él.

“Como fuese, según es dicho, Cristóbal Colón tan dedicado a las cosas y ejerci­cios de la mar, y en aquel tiempo an­duviese por ella un famoso varón, el ma­yor de los corsarios que en aquellos tiem­pos había, de su nombre y linaje, que se llamaba Columbo Júnior, a diferencia de otro que había sido nombrado y señala­do antes, y aqueste Júnior trajese gran­de armada por la mar contra infieles y venecianos, w otros enemigos de su nación, Cristóbal Colón determinó ir e andar con él, en cuya compañía estuvo y anduvo mucho tiempo. Este Columbo Júnior, te­niendo nuevas que cuatro galeazas de ve­necianos eran pasadas a Flandes, esperó­las a la vuelta entre Lisbona y el Cabo de San Vicente, para asirse con ellas a las manos; ellos juntados, el Columbo Júnior a acometerles y las galeazas de­fendiéndose y ofendiendo a su ofensor, fue tan terrible la pelea entre ellos, asi­dos «tinos con otros con sus garfios y ca­denas de hierro, con fuego y con las otras armas, según la infernal costumbre de las guerras navales, que desde la mañana hasta la tarde, fueron tantos los muertos, quemados y heridos de ambas partes, que apenas quedaba quien de todos ellos pu­diese ambas armadas, del lugar donde se toparon, una legua mudar. Acaeció que en la nao donde Cristóbal Colón iba o lle­vaba quizá a cargo, y la galeaza con que estaba aferrada, se encendiesen con fuego espantable ambas, sin poderse la una de la otra desviar, los que en ellas queda­ban aún vivos ningún remedio tuvieron sino arrojarse a la mar; los que nadar sabían pudieron vivir sobre el agua algo, los que no, escogieron antes padecer la muerte del agua que la del fuego, como más aflictiva y menos sufrible para la es­perar; el Cristóbal Colon era muy buen nadador y pudo haber un remo que a ratos le sostenía mientras descansaba, y así anduvo hasta llegar a tierra que es^ taría poco más de dos leguas de donde y adonde habían ido a parar las naos con su ciega y desatinada batalla…”

“Ansí que llegado Cristóbal Colón a tie­rra a algún lugar cercano de allí y co­brando algunas fuerzas del tullimiento de las piernas, de la mucha humidad del agua y de los trabajos que había pasado, y curado también, por ventura, de algu­nas heridas que en la batalla había reci­bido, fuese a Lisbona que no estaba lejos.»

Veamos lo que nos refiere don Fernan­do Colón sobre el por qué se halló su pa­dre en el combate de San Vicente. No re­cogemos el relato que hace de este com­bate por parecerse extraordinariamente al que hemos transcrito de fray Bartolomé. En el capítulo V nos dice don Feman­do lo siguiente: “El principio y causa de la venida del Almirante a España y ser tan dado a las cosas del mar, fue un hombre muy señalado de su apellido y fa­milia, muy nombrado por mar por la Ar­mada que gobernaba contra los infieles y también la de su patria. Tal era su fama que espantaba con su nombre hasta a los niños en la cuna. Es creíble que este su­jeto y su Armada fueron muy grandes, pues una vez apresó con ella cuatro gale­ras venecianas gruesas, cuya grandeza y fortaleza no será creída, sino de quien las hubiera visto armadas. Llamaron a este general Colombo el Mozo, a diferencia de otro más antiguo que fue gran hombre de mar.”

Antes, en el capítulo I de la Biografía de su padre, nos declara su incertidum- bre sobre el origen de su apellido con las siguientes palabras:

“El Almirante, conforme a la patria donde fue a vivir y a empezar su nuevo estado, limó el vocablo para conformar­le con el antiguo y distinguir los que pro­cedieran de él, de los demás que eran pa­rientes colaterales, y así se llamó Colón; esta consideración me mueve a creer que así como la mayor parte de sus cosas fueron obradas por algún misterio, así en lo que toca a la variedad de semejante nombre y sobrenombre no deja de haber algún misterio.”

Del cotejo de estas cuatro relaciones re­sulta evidente que fray Bartolomé y don Fernando hacen referencia con su almi­rante Colombo el Joven al almirante cor­sario Colón, falseando su nacionalidad y su sobrenombre y falseando al mismo tiempo las nacionalidades del atacante y del atacado. El combate, como se demues­tra claramente por los relatos de Palencia  y Valera, fue entre la escuadra aliada franco-portuguesa, a las órdenes del pi­rata y la escuadra genovesa. Es de supo­ner que en esta acción iba don Cristóbal a las inmediatas órdenes de su pariente, y es seguro que el recuerdo de su parti­cipación en esta batalla le quemaba de remordimientos su conciencia, cuando al otorgar en Valladolid, viendo ya cercana su muerte, en 19 de mayo de 1505, agre­gó a continuación de su codicilo, una Me­moria o relación de ciertas personas a quienes manda se entreguen determinadas cantidades, indicando “háseles de dar en tal forma que no sepa quien se las man­da dejar”, y en ella figuran parte de los propietarios de los navios genoveses ata­cados en el combate del Cabo de San Vi­cente.

Por otra parte, al atribuir Fernando Colón al Almirante genovés que llama “Colombo el Joven”, entre sus hazañas, la de las cuatro galeras venecianas que los historiadores franceses la cuentan co­mo una de las más famosas del Almiran­te corsario Colón lo identifica claramente con éste.

Entre los partida­rios del Colón genovés hay todavía quien sostiene, para no aceptar que el Descu­bridor venía en la Ar­mada del corsario, que don Cristóbal for­maba parte de una de las tripulaciones de Génova. Don Sal­vador de Madariaga, autor de la—a mi jui­cio—mejor biografía que se ha escrito so­bre el Descubridor (obra que he consul­tado muchas veces para escribir este tra­bajo), siempre ecuá­nime, como debe ser un verdadero histo­riador, da en su nota 9 al capítulo V de su “Vida del muy magní­fico señor don Cristó­bal Colón” dos argu­mentos en contra de los que afirman figuró éste como combatiente genovés. El primero que como han proba­do eruditos italianos no figura el nom­bre de Colón en la lista de ninguna de las tripulaciones genovesas, y el segundo que si Vignaud aduce que en el testamento de Colón, como es cierto, lega ciertas canti­dades de dinero a algunos genoveses, lo hace, como ya indicamos anteriormente, movido indudablemente por remordimien­to de conciencia. También resulta para la tesis genovesa, no menos extraordinario, que don Bartolomé Colón, hermano de don Cristóbal, hijo según esa tesis, de modes­tos artesanos genoveses, viviera hospe­dado un año aproximadamente en el Pa­lacio Real de París, en la parte de él en que habitaba madanie Ana de Beaujeu, hermana entera de Luis XI y regente que había sido de Francia. Esto es compren­sible siendo don Bartolomé sobrino del vicealmirante Casenove, pero no de una modesta familia de taberneros italianos. Recuérdese que esto sucedía en el siglo XV.

 

CRISTOBAL COLON EN PORTUGAL

Llegado a nado Cristóbal Colón, según nos cuenta don Fernando y fray Bartolo­mé, al puerto de Lagos, de aquí pasó a Lisboa, donde conoció según manifiesta fray Bartolomé “en un monesterio que se decía de Santos, donde había ciertas Co­mendadoras (de que Orden fuese, no pue­de haber noticia) donde acaeció tener práctica y conversación con una Comen­dadora de ellas, que se llamaba doña Fe­lipa Moñiz, a quien no faltaba nobleza de linaje, la cual hubo finalmente con él de casarse. Esta era hija de un hidalgo que se llamaba Bartolomé Moñiz del Perestrello, caballero criado del infante don Juan de Portugal”.

Ignoramos si fue verdad lo del monas­terio, pero sí lo fue el matrimonio con doña Felipa, y probada la nobleza de su linaje, a poco que se conozca la orga­nización social del siglo XV, con la di­ferenciación de clases, se comprenderá la imposibilidad de que un aventurero ge­novés, hijo de un tejedor tabernero, se ca­sara con una noble portuguesa, relaciona­da con la familia real.

Su parentesco con el almirante corsario Colón fue lo que sin duda le f acilitó el situarse en el lugar que le correspondía y abandonar su arriesgada profesión de corsario. Más tarde, sus tra­tos con navegantes portugueses algunos de ellos descubridores, le llenaron su ima­ginación, ya de natural fantástica, de en­sueños de llevar a cabo grandes descubri­mientos. Atrevióse como consecuencia a proponer al rey _ don Juan II sus pro­yectos. Como estaban basados en el cálcu­lo  erróneo de don Cristóbal sobre la longi­tud del grado ecuatorial, no fueron apro­bados, por lo cual, y habiendo muerto doña Felipa, pasó a España en el otoño de 1484, pensando que quizá en ella encontraría la ayuda que necesitaba.

 

AÑO 1484: CRISTOBAL COLON, HA­CIENDOSE LLAMAR CRISTOBAL CO­LOMO, LLEGA A ESPAÑA

Llegado a tierras, de Huelva, parece ló­gico suponer que su‘primera visita fuera en ellas dedicada a sus dos concuñados que residían en aquella ciudad, Pedro Correa y Miguel de Muliart, y que éstos fueran

los que le recomendaran visitar en el con­vento de Santa María de la Rábida al padre franciscano fray Juan Pérez. Hay que pensar que el Descubridor llevaba consigo, además de un equipaje en el que abundaban los libros, a su hijo Diego, de cinco años de edad. La llegada de don Cristóbal a La Rábida, como antes indico, debió ser preparada con anticipación. El Cristóbal Colomo extranjero, presentado como tal por fray Juan Pérez a los duques de Medinasidonia y Medinaceli, y al que este último sigue llamando Colomo en 1493, al regreso triunfante del Descubri­dor, hace pensar que recién llegado a La Rábida, fray Juan Pérez supo, o sabía ya de antemano, quién era su visitante. En cuanto el asunto pasó a manes de los Re­yes Católicos, fray Juan Pérez debió expo­ner a éstos la verdad. No era el Rey Cató­lico persona fácil de engañar, y es seguro que si no se lo hubiera declarado el re­ligioso, lo hubiera él averiguado, ordenan­do se hicieran toda clase de pesquisas con objeto de conocer la procedencia y cuan­to en su vida había realizado el Descubri­dor.

En el año 1487, el 5 de mayo, figura co­brando “Cristóbal Co­lomo extrangero” tres mil maravedís de la tesorería de los seño­res Reyes Católicos. En 17 de agosto se le paga por la misma tesorería otros cuatro mil maravedís más. Al año siguiente de 1488, en 18 de julio, Cristóbal Colomo co­bra otros tres mil ma­ravedís. Pero no ter­minan en esto las ayudas prestadas a Cristóbal Colomo “ex­trangero” por los Re­yes Católicos, pues el 11  de mayo de 1489, por una real cédula, ordenan que tanto a Colomo como a los suyos “se les den bue­nas posadas sin di­neros”.

Al parecer cobran­do como “Cristóbal Colomo extrangero”, cosa desusada enton­ces en la Tesorería Real, sin expresar la naturaleza del cobrador, hace creer se trata de algún secreto de Estado, que convenía, cuantío menos de momento, no aclarar. Al firmar las capitulaciones redactadas, como se sabe, por el gran pro­tector del Descubridor, fray Juan Pérez, y el tesorero de Aragón Coloma, firma por primera vez el futuro Almirante como “Cristóbal Colón”, con el sobrenombre con que hasta entonces era conocido en el ex­tranjero.

El Rey Católico perdonó, sin duda, y dio al olvido los ataques que de los dos cor­sarios Colón, Cristóbal y su pariente, ha­bía recibido en sus navíos y en las costas de sus territorios.

 

AÑO 1488: SE CONFIRMA EL PARENTESCO DEL ALMIRAN­TE FRANCES CON DON CRIS­TOBAL

S25C-113061311100223Ahora bien, en 10 de marzo del año 1488. es decir, un año anterior a la Real Crédu­la citada, Cristóbal Colón había recibido una carta del rey de Portugal, en la que. contestando a una que Colón le había di­rigido, le daba aquel monarca seguridades para mi ida a aquel reino. En ella el rey en el sobrescrito dice:

“A Xpoual Collon noso especial ami­go en Sevilla”, y en el texto de la carta aparece dirigida a “Xpoual Colon”.

“Nos Dom Joham per graza de Déos, Rey de Portugal!, á dos Algarbes; da aquem é da allem mar om Africa; Senhor de Guiñee vos enviamos muito saudar…” a XX días de marzo de 1488. El Rey.”

Esta carta de don Juan II es la que más valor tiene para la prueba del pa­rentesco de don Cristóbal Colón con el cor­sario Colón, vicealmirante de Francia. Don Juan II de Portugal fue encargado por su padre el rey don Alfonso V, en el año 1474, de la dirección de las Armadas y descubri­mientos geográficos del reino vecino. Fue. por tanto, quien con el corsario francés organizó el ataque a los puertos españoles en el -estrecho -de Gibraltar, que jio llegó a realizarse como consecuencia del desas­tre de la Armada franco-portuguesa en el combate antes citado del cabo de San Vi­cente. El corsario había muerto en 1483, y el hecho de concederle, tan­to en la carta como en el sobrescrito, los sobrenombres de Colón y Collón, que usó el corsario, demuestra claramente—a mi modo de ver—que al rey don Juan le constaba el cercano parentesco que unía al Descubridor con el almirante francés, y que le daba dos de los sobrenombres que éste usó y con los que fue conocido, pareciendo considerarle hasta cierto pun­to como uno de sus herederos. Este testi­monio del parentesco es el tercero, ya que anteriormente hemos señalado las decla­raciones sobre el mismo, dadas por fray Bartolomé y por don Femando.

Existe un cuarto testigo de este pa­rentesco y es el propio don Cristóbal, que en la carta que lleno de amargura escri­bió al llegar a España preso en 1500, a dona Juana de la Torre, ama del príncipe don Juan, le dice: “Yo no soy el primer almirante de mi familia.” Y esto era cier­to, porque el primer almirante Colón co­nocido en España fue, como queda de­mostrado, el corsario francés, y el segun­do almirante que llevó el sobrenombre de Colón fue don Cristóbal.

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SE ACLARA QUIEN FUE EL ALMI­RANTE FRANCES COLON

S25C-113061311110Precisa averiguar ahora cómo se llamaba el que hasta entonces, sin nombre propio, figuraba como almirante francés Colón.

El historiador francés Henry Vignaud nos dice en sus “Etudes critiques sur la vie de Colomb”, en el capítulo I, que se titula: “Colomb, corsaire fameux, grand homme de mer”. “Guillaume de Caseno- ve, dit Coullon”. “Son véritable nom”, “Fernand Colomb, comme on l’a vu, parle de deux Colombo célébres, membres de sa fa- mille, dont l’un, marin redoutable, était appelé le Jeune, pour le distinguer de l’autre qui était également un grand homme de mer. C’est tout ce qu’il dit de ce demier. Mais dans les documents et écrits du temps, on trouve nombre de mentions de ce personnage sous les noms de Colombo, Columbus, Cullam, Colon et méme Coror. En France, il était connu sous le nom de Coullon, dont les Italiens ont fait Colombo. Nous savons que c’est bien de lui que Fernand Colomb a vou- lu paiier, parce qu’il eut souvent maüle á partir avec les Siciliens, les Génois, les Flamands, et les Castillans, et que les documents contemporains oü ces incidents sont mentionnées le désignent sous les différents noms qui viennen d’étre rappelés.

On sait aujourdliui que c’était un cadet de Gascogne qui s’appelait de son véritable nom, Guillaume de Casenove.”

Como se ve el origen gascón señalado por Alonso de Falencia en sus Anales Que­da confirmado con lo que nos dice Hen- ry Vignaud. Probado como queda ante­riormente el parentesco de don Cristóbal con el corsario Casenove, del cual heredó su sobrenombre de Colón, dicho parentes­co y herencia hacen presumible el origen también gascón de don Cristóbal. Las manifestaciones de diversos testigos de que al Descubridor se le sentía extranjero en Castilla y que en su manera de hablar el castellano se le conocía que no era na­tural del Reino de los Reyes Católicos eran, desde luego, ciertas y lógico el que se lo notaran. Su idioma nativo fue pro­bablemente el gascón, o acaso el vascuen­ce, idiomas que hablara con sus familiares y con la marinería. Los gascones, vascones romanizados, de origen ibérico, es decir, hispano, habían ocupado en la antigüedad toda la Aquitania, que comprendía desde el nacimiento del Garona en los Pirineos hasta su desembocadura en Burdeos, y la costa del llamado golfo de Gascuña hasta la provincia de Labourd.

Dadas las relaciones que Guillermo te­nía con los vizcaínos y los gascones, según hemos podido ver en los textos de Alonso de Palencia, el nacimiento de estos dos al­mirantes Colón debió tener lugar en el antiguo reino de Navarra, frontera con la provincia de Guipúzcoa, o acaso en la mis­ma Guipúzcoa. Calculando los años en que ambos actuaron, si nacieron en Na­varra, es muy posible fuera en tiempos en que el rey don Juan 31 de Aragón, como marido entonces de doña Blanca de Hebreux, su primera mujer, era rey con­sorte de dicho reino. Por muerte de doña Blanca recayó su corona en su hijo, el no­ble, culto y desgraciado don Carlos, príncipe de Viana, habiendo don Juan contraído segundo matrimonio con doña Juana Enrí- quez. madre del Rey Católico, surgieron graves desavenecias entre el príncipe y su padre, a poco de ser aquél coronado. Estas desavenencias terminaron en una san­grienta guerra civil, en la cual; Navarra y sus alrededores fueron campo de batalla durante años entre beamonteses y agra­menteses: los primeros partidarios de don Juan y los segundos del príncipe.

Los Casenove, tenían dos ramas de su li­naje en la zona de combate y una tercera muy cercana a él. En el lugar de Bardos, en el Labourd, hoy Cantón de Bidache, al­za todavía sus viejos muros la casa palacio de Casenove, muy posiblemente la nativa de Guillermo. Otra, encontramos en Pam­plona, donde en su archivo de la Dipu­tación existe un documento del año 1568, litigado por Berenguer y Sancho de Casa- nova, hermanos, en que prueban ser hijos legítimos de un Juan de Casanova que demostró anteriormente ser descendiente de las casas y palacios de Echéverz y Ca- sanova, «en tierra de vascos”. La terce­ra, se hallaba, y se halla situada en la ciudad de Fuenterrabía, y por estar lin­dante con el reino pirenaico y enlazadas familias de esa zona con las de Navarra, puede considerarse como zona de combate. La rama de Puenterrabía era tenida como una de las principales de dicha ciu­dad y estaban dedicados sus familiares a la carrera del mar, dando la coincidencia posiblemente casual, de que en el siglo XVI figuran un Casanova que se llama Cristó­bal y otro que se llama Diego.

Creer, dada la manera de ser de Gui­llermo de Casenove, que sí, como supone­mos, nació en el reino de Navarra, no hu­biera tomado parte en esas guerras civi­les, me parece imposible. Sería cosa lógica que él, como navarro y luchador, teniendo en cuenta que Bardos, donde pensamos que acaso nació, era señorío de una línea fundada por Sancho García de Agramonte, feudatario del conde de Foix—que luego afrancesada se hizo famosa con los títulos de duque de Gramont, príncipe de Bida­che y conde de Guiche—, tomara el ban­do agramontás, contrario al rey don Juan n, y acaso se hallara en la desgra­ciada jornada de Aybar, en 1452—en la que el príncipe de Viana cayó prisionero en manos de su padre—, y como conse­cuencia de ello se viera obligado a abando­nar su tierra natal y emigrar a Normandía.

Esto me hace suponer, también como po­sible, que las luchas con los ladrones a que hace referencia Alonso de Falencia, fueran luchas sostenidas contra los bea­monteses, dado el que unos y otros com­batientes tenían, como en casi todas las guerras civiles—y en algunas que no son civiles—, mucho de ladrones. Lo cierto es que después de su inicua acción contra los vizcaínos, Guillermo, como súbdito, en su carrera de pirata, del rey Luis XI de Francia, procuró atacar cuanto pudo a las costas y naves de don Fernando, rey de Aragón y Castilla. El Descubridor se formó a su lado, según nos declaran fray Bartolomé y don Femando Colón, afir­mando que pasó con él muchos años, y acaso el episodio como corsario a las ór­denes del rey Renato de Anjou, por don Cristóbal recordado en su carta de 1495 a los Reyes Católicos, y que debió de tener lugar en la primera mitad de la octava década del siglo XV, lo realizara por de­legación de su pariente Guillermo.

Es imposible comprender cómo los que han estudiado a fondo los orígenes de nuestro primer Almirante del Mar Océano, no hayan resuelto este problema hace ya mucho tiempo. Solamente la labor enre­dadora de fray Bartolomé y don Fernan­do, inventando la oriundez genovesa del Descubridor, apoyada entusiásticamente por una serie de falsificadores italianos, ha podido cegar hasta ahora a los investiga­dores, en tan terrible forma. Nuestro gran Fernández de Navarrete demostró hace más de ciento cincuenta años que el úni­co documento en que don Cristóbal mani­festaba haber nacido en Génova era falso, ya que en él, que no es nada menos que la fundación del mayorazgo de Colón, otor­gado el 22 de febrero de 1498, figura la siguiente súplica, que demuestra claramen­te su falsedad: “Y asimismo lo suplico al Rey y a la Reina nuestros señores, y al Príncipe Don Juan, su primogénito nues­tro Señor.” Recorde­mos que el malogrado Príncipe Don Juan había muerto el 6 de octubre del año ante­rior. Igualmente de­mostró la falsedad del codicilo militar.

Desgraciadamente el inventario de la Sec­ción del Patronato Real de nuestro ma­ravilloso Archivo de Indias de Sevilla, ma­ravilloso por su ar­quitectura y por su riqueza documental, se redactó pocos años antes de la publica­ción del trabajo del que fue ilustre direc­tor de esta Real Aca­demia, y como con­secuencia, esos dos documentos falsos, que al que formó el inventario le parecie­ron de una autenti­cidad clara e indiscu­tible, recalcada por con entusiasmo, si­guen confundiendo a los investigadores co­lombinos a su llega­da, que como cusncia, siguen afe­rrados a la tesis Cristóbal novés.

Se hace preciso por ello—si la Real Aca­demia considera probada mi afirmación, hecha el 11 de octubre—rogar a la direc­ción de dicho Archivo señale en las mis­mas páginas donde aparecen inventaria­dos los citados documentos, su demostrada falsedad.

 

ORIGEN DEL SOBRENOMBRE DE «COLON»

Hacia el año 1452, acaso coincidiendo con la desgraciada batalla de Aybar, es­tablecióse en el puerto de Harfleur, ya de mucho tiempo atrás nido constante de piratas en la costa de Normandía, Gui­llermo de Casenove. (Parece lógico supo­ner que si el año 1461, según afirma Ha- rrisss, era ya vicealmirante del Almiran­tazgo de dicha región, debió comenzar su vida de corsario ocho o diez años antes.) Hombre inteligente, belicoso y bravo, ro­deóse, sin duda, de marinos expertos, mer­ced a lo que pronto se hizo, si antes ya no lo era, gran conocedor de la vida del mar.

Construyó, como ya antes indicamos “una gruesa nave, reforzada en las ban­das con fuertes vigas”, y con ella se dedicó al corso. El lugar donde organi­zó su guarida se prestaba a ello, por ser ruta obligada de todo el comercio maríti­mo del Mediterráneo y de la Península Ibé­rica con los Estados de Flandes. Su fama se extendió rápidamente por el norte de Francia y los pescadores bretones y nor­mandos le consideraron como un héroe. Dieron, por ello en llamarle “Colón”, “Coullon” o “Coulón”, por las numerosas presas que realizaba, y con estos sobrenombres fue conocido y temido por la malina co­mercial europea, a excepción—en cuanto a temor—de la Francia.

Es indudable que el sobrenombre, en sus varias formas, halagó a Casenove, quien no sólo lo aceptó complacido, sino que lo usó detrás de su nombre y apellido. Como “Guillaume de Casenove, dit Coulon” fi­gura en el encabezamiento de varios do­cumentos y hay que agregar que cuando tuvo que signar algún papel de carácter ofi­cial, sólo lo firmó, en grandes letras, con el sobrenombre de “Coullón”.

Vignaud, en “Etudes Critiques sur la vie de Colomb”, nos afirma que en Francia se ignora de dónde le venía a Casenové tal sobrenombre, y en nota, a este propósito, nos cuenta que a Jal, le producía gran extrañeza que a un corsario de las calidades de Casenove se le denominara “Coulon”, que los historiadores franceses traducen erróneamente por “Paloma”, en vez de haberle apodado “aguilucho” o “azor”. Vignaud nos cuenta también que Charles de la Ronciére suponía fuera de­bido a la gran nave “rápida y ligera” que construyó, que si nos atenemos a la descripción que de ella nos hizo Alonso de Palencia, contemporáneo de Casanove, es difícil pudiera ser rápida y ligera. Al encontrar que ninguna de las explicaciones dadas sobre el origen del sobrenombre me convencía, opté por consultar diversos dic­cionarios franceses e ingleses, y en ellos encontré la solución.

El Diccionario francés de Litaré, al tra­tar de la palabra “Coulon” nos da las acep­ciones siguientes:

“Un des noms vulgaires dg pigeon—Üou- lon chaud—. un des noms vulgaires de tourné-pierre. oiseau. — Coulon de mer, un des noms vulgaires de la mouette. — E. Latín Columbus. Coulon ou Colon était, dans l’aneienne langue le nom du pigeon.” El Diccionario Enciclopédico Le Grand Larcuse da a su vez del mismo vocablo las acepciones siguientes:

**Lat. columbus» pigeon. Nom usuel dans les départements du nord de la France, du pigeon domestique. Coulon de mer, nom sous lequel les peeheurs du Fas de Calais désignent les mouettes.

Hemos de señalar que según el Diccio­nario inglés de Oxford, en la costa sur de Inglaterra, al norte del Canal de la Man­cha, encontramos que “mouette”—en cas­tellano “gaviota”—, se dice indistintamen­te “Gull” y “Sea Gull”, correspondientes a “Coulon” y “Coulon de mer”, y a “gavio­ta” y “gaviota de mar”, de donde clara­mente se deduce que vale tanto simple­mente “Coulon” como “Coulon de mer”. Pero en el Diccionario inglés, se hace una aclaración interesante: que “Gull” es vo­cablo derivado de “Voilenno” de origen céltico del cual derivan también el voca­blo del bretón inglés “goelann” y el del bretón francés “goéland”. Continuando esta investigación he de agregar que en el Diccionario Grand Larousse, confirman­do esta cita del vocablo “Goéland”, al tra­tar de él nos dice: “n. m. (mot bas bretón signif. mouette). Nom usuel des grosses mouettes”; resulta, por lo tanto, ser mascu­lino. En el Diccionario de Littré, al ocu­parse del vocablo “mouette” nos indica que es “s. f. Oiseau de mer de l’ordre des palmipédes, et á longues ailes. genre Gavia de Bresson: nom donné á plusieurs espé- ces de genre Larius de Linne, lequel com- prend les goélands et les mouettes”. Anote­mos que es femenino. Y algo después agre­ga: “Pour établir un terme de compa- raison dans cette échelle de grandeur, ncus prendrons pour goélands tous ceux qui scnt de cas oiseaux dont la taille sur- passe celle du canard, et qui ont dixhuit ou vingt pouces de la pointe du bec á l’extremité de la queue, et nous appellerons mouettes tous ceux de ces oiseaux qui sont au-dessous de ces dimensions.”

 

Esta misma diferencia de denominación por tamaños nos la da al tratar de la pa­labra “mouette” el Grand Larousse asegu­rándonos, no en pulgadas, sino en centí­metros, que varía de 25 a 65, Al tratar de la palabra “Goéland” ese mismo Diccio­nario la fija de 0,25 a 0,70 m. Estas pe­queñas contradicciones encuéntranse en todos los diccionarios.

A mi entender, las distintas acepciones que dan los dos Diccionarios franceses a la palabra “Coulon”, son el resultado de la fusión en una sola, de dos antiguas pala­bras francesas de distinto significado, ori­gen y género y de parecida ortografía. La una, “Coulon”, “Coullon”, “Colon”, todas con “n” final, de origen céltico, como de­rivados de la palabra del bajo bretón fran­cés “Goéland”, vocablo masculino, equi­valente a “grande mouette”, y cuyo pa­rentesco con el bretón inglés, antes citado, de “Goelann” es indudable. La otra “Cou­lomp” de origen efectivamente latino, con “mp” finales, derivado ciertamente “ de “Columbus”, sinónimo de “Pigeon” (en castellano “paloma”) y de género femenino. (En uno de los documentos que se con­servan del almirante Casenove, e1 escri­bano que redactó el documento le da el sobrenombre de “Coulomp”, a pesar de que en su firma se lee claramente “Coullon* . lo cual demuestra que la palabra “Cou­lomp”, hoy desaparecida en el léxico fran­cés, existía en tiempo del almirante.)

Por otra parte, parece lógico pensar que si al parecido literal de los vocablos “Cou­lon” y “Coulomp” acompaña, como es in­dudable, un gran parecido físico entre “mouettes”, “Goélands”, por un lado, y “Figeons” por otro (gaviota, gaviotones y palomas), a pesar de ser bien distintas en costumbres y de distintas familias avícolas, al fundirse en uno aquellos dos vocablos, posiblemente en la Edad Moderna, el pue­blo francés debió agregar a las primeras para diferenciarlas de las segundas, el “de mer”, que antes no hacía falta existiera.

Aclarado ya que “Coullon” es derivado del bretón francés “Goéland”, se ve clarí­sima la razón por la cual los pescadores bretones’ bautizaron con dicho sobrenom­bré a Guillermo de Casenove. Es fácil su­poner cuál hubiera sido la reacción del corsario ante la persona que le hubiera llamado “Pigeon”, pues no era precisamen­te Casenove una inocente paloma. Llamá­ronle “Coulión” por “Goéland”, que en castellano correspondería más bien a “Ga- vioton” que a “Gaviota”.

Gaviotón, gaviota, ave nqiarina voracísi­ma, con una vista sumamente penetrante que le permite divisar en sus vuelos a los peces que sobrenadan en el mar, para caer en vertical a hacer cruel presa en ellos. ¿Qué otra cosa hacía Guillermo de Case­nove, “dit Coulión”, con los desgraciados navegantes que divisaba en la costa cerca su guarida de Harfleur?

 

CONSIDERACIONES FINALES

Demostrado ya el origen del sobrenombre de Colon, con que fue conocido el almiran­te Guillermo de Casenove; demostrado el parentesco que unió a don Cristóbal Colón con Guillermo, con quien convivió muchos años; demostrado que don Cristóbal usó este mismo sobrenombre, con el que fue conocido por el rey don Juan n de Portugal, queda probada la afirmación he­cha por mí ante la Real Academia, el 11 de octubre. El apellido del descubridor de América ninguna relación tiene con Colombo, Colón gallego, Colom, etc.; es simple­mente el sobrenombre que bretones y normandos dieron a Casenove, de quien lo heredó, o acaso lo usufructuó al mismo tiempo, nuestro gran almirante del Mar Océano. El origen gascón de Casenove hace presumible fuera también el de su pariente don Cristóbal, y es lógico se ten­ga por tal mientras no surja un documento auténtico que lo contradiga.

Lamento que Génova e Italia entera ten­gan un gran desengaño, pero la realidad es que sólo España, Francia y Portugal es­tán verdaderamente relacionadas con el descubridor de América. La primera por la probable oriundez ibérica del autor, por haberse realizado a expensas de España, bajo nuestros estandartes y en nombre de los Reyes Católicos Femando e Isabel. La segunda, por haber estado a su servicio du­rante muchos años como corsario don Cris­tóbal Colón y ser el vocablo “Colón” del idioma antiguo francés el que como ape­llido inmortalizó el Descubridor. En cuan­to a nuestra hermana ibérica Portugal, de no ser por la estancia de ocho años de don Cristóbal en sus dominios, donde se ave­cindó, donde se casó, donde nació su hijo don Diego, y donde respiró el ambiente obsesionante de los descubrimientos que llevaban a cabo los portugueses, probable­mente nunca se le hubiera ocurrido pasar de capitán de corsarios a Descubridor.

Fernando del VALLE LERSUNDI

C. de la Real Academia de la Historia

Artículos en la revista «El Faro a Colón» nº 20 1958

CRISTOBAL COLON JAMAS OFRECIO SU EMPRESA A PORTUGAL

Artículos de Julio Tortosa Franco y carta al director de Antonio Fernández y Fernández

Los dos artículos hacen referencia y defienden la nacionalidad gallega de Cristóbal Colón

S25C-113061219540AMBIENTE DE LAS CIUDADES ITALIANAS EN EL SIGLO XV

“Lo único que primeramente debemos considerar, estu­diando a Colón, es el medio ambiente, como decimos ahora, en que vive y crece. Hombre maravilloso, en quien se unen acción y pensamiento, fantasía y cálculo, el espíritu generalizador de los filósofos y el espíritu práctico de los mercaderes; verdadero marino por sus atrevimientos y casi un religioso por sus deliquios; poeta y matemático; el tiempo y el espa­cio en que nace y crece nos dan facilidades grandísimas para conocerlo y apreciarlo…

El Papa de un lado y el Emperador de otro; la nobleza mayor y la nobleza media; el mercader artista y el pueblo en oficios distribuido; los señores montados sobre su trono y so­bre su corcel, así como los condotieros esparcidos por todas partes; una Monarquía española en Sicilia y Nápoles con un Ducado casi francés en Milán y Lombardía; los francos por las montañas del Norte y los griegos por las riberas medite­rráneas navegantes, casi a la moderna, en Pisa y Génova, pe­ro navegantes parecidos a los que pululaban por los tiempos en que se mezclaban las navegaciones con las piraterías por Venecia; discordias entre todas las ciudades convecinas, como Sienna y Pisa, como Pavía y Milán; tiranos entre las agi­taciones de aquella vida en oleaje continuo, como Guinigos en Luca, como los Bentivolios en Bolonia, como los Esforzas en Lombardia; y dentro de todas estas cortes deslumbradoras asambleas elocuentes, repúblicas formadas de poetas y pinto­res, juegos a la manera helénica y torneos a la manera feudal, certámenes donde se recogían coronas frescas de laurel y vasos cincelados de oro, las paredes animándose con frescos cí­clicos que parecían epopeyas vivas, el coro de los teatros an­tiguos repetido por melodiosas voces en las plazas y frente a las iglesias cristianas, las naves resucitando las teorías o procesiones clásicas de Atenas, yendo en socorro de las islas griegas o en busca de tierras consagrada por los siglos evan­gélicos a Jerusalén para enterrarse las ciudades en ella, el ar­te y la libertad unidos por hermosas nupcias, de las cuales provienen obras inmortales que honran a toda la Humanidad, esmaltan todo el planeta y nos glorificarán en todas las eda­des.

Poned un alma como el alma de Cristóbal Colón en una ciudad como Génova, durante el período último de la Edad Media, y os explicaréis las propensiones por la educación lar­ga sobrepuestas a las naturales y nativas aptitudes…”. (Emi­lio Castelar. Historia del Descubrimiento de América).

Magnífico cuadro descrito por la extraordinaria pluma de Castelar, que nosotros hemos escogido de entre todos los autores porque nadie como él ha sabido plasmar con mayor acierto el ambiente pagano, mercantil y artístico de la Italia del siglo XV, demostrando con ello, sin proponérselo, la im­posibilidad de que el alma mística y franciscana de Cristóbal Colón, animada de altos y nobles impulsos, rebosante de au­téntico apostolado católico, pudiera ser fruto del ambiente li­cencioso de orgías y pendencia, de naturalismo y descreimien­to de aquel siglo.

 

AMBIENTE DE PONTEVEDRA EN EL SIGLO XV

Poned, en cambio, un alma como la suya en la Ponte­vedra del siglo XV y encontraréis, como dice Castelar, la ex­plicación del móvil de su empresa y del por qué su alma poé­tica cantaba a la naturaleza y sembraba de cruces las tierras que iba descubriendo.

El Padre Samuel Eiján dice en su obra “Franciscanismo en Galicia”, entre otras cosas, lo siguiente: “Carecía nues­tra tierra, al igual que toda Europa, de las delicadezas espi­ritualizadas del amor y sentimientos cristianos. Ni obsta adu­cir en contra la existencia de juglares en continua acción por pueblos y pueblos, toda vez que sus versos y sus cantos trova­dorescos, exaltando profanos amores o hazañas bélicas, le­jos de conjurarla, agravaban más bien situación tan poco estable, en la que contrastaba vivamente con el esplendor na­tural la indigencia del espiritualismo.

Semejante cuadro es el que contempla Basilio Alvarez, como en espera de algo sobrenatural que lo complete y real­ce, cuando he aquí que ve penetrar en el mismo al Padre Se­ráfico, y exclama: Sólo necesitábamos eso. Porque el por­diosero de Asís vale más que toda Europa y todo el mundo junto. Es la mayor cantidad de espíritu sangrando por los caminos en una envoltura humana. Es el ejemplo más subli­me en predicación constante, a fin de que el heroísmo no sé, interrumpa. ¡Es la ternura!— Y aquel siglo de nuestra Gali­cia, tuvo un crisol: ¡San Francisco de Asís!”

Así se explica que desde mediados del siglo XIII aparez­ca como aurora de consuelo, la musa popular dando vida a un género de poesía que no es turbulenta ni nerviosista, sino que florece a la sombra de los templos, dándose a los aires en dulces notas, que esto son indígenas —observa Menéndez y Pelayo en su Antología de poetas líricos, T. III, p. XVII— no cabe duda; lo demuestra su misma ausencia de carácter bélico, la suave languidez de los afectos, el perfume bucólico que nos transporta a una especie de Arcadia relativamente próspera en medio de las turbulencias de la Edad Media Y, concluye: El ideal que esa poesía refleja es el que corres­ponde a un pueblo de pequeños agricultures dispersos en ca­seríos y que tienen por principal centro de reunión santua­rios y romerías”.

La actuación de los hijos del Serafín de Asis es algo nuevo, insólito en la sociedad gallega. Basta ver sus tem­plos construidos en los siglos XIII, XIV y XV —considerados hoy como preciosas joyas de arte— en donde labró sus mau­soleos la gran mayoría de las familias nobles de la región pa­ra reconocer que los llamados apóstoles del pueblo habían llegado ya con su influencia a lo más alto. Pero lo más cu­rioso fué el procedimiento hasta entonces sin actuación en las tierras de Galicia en las restantes de Europa: el ministerio permanente de la predicación por pueblos y lugares y para ha­cerla más atractiva empleaban el canto en sus excursiones. Sustituyeron el latín decadente por el uso habitual de las len­guas romances, generalizando así su práctica. Creó el San­to de Asís —nos dice Pardo Bazán— una escuela de elo­cuencia, que sacudía el yugo de las lenguas hasta entonces acatadas, declarándose romática e innovadora; que para ma­nifestarse empleaba medios y hasta palabras desusadas en el pulpito, y tenía método propio y caracteres especiales…

Resumiendo, pues, estos tres elementos de innovación en la propaganda franciscana, o sea, el lenguaje popular, el can­to y la oratoria sencilla y persuasiva, característicos de la Or­den Seráfica, concíbese muy bien la influencia de los fran­ciscanos en la Galicia medieval. “Juzgar —exclama Castelar— una sociedad férrea en que comienzan a gustarse los goces del espíritu y un pueblo verdaderamente oprimido que aguarda de labios inspirados promesas para su alivio en el mundo y su bienaventuranza en el cielo; una lengua popular naciente de sobrenatural virtud sobre las almas, al aire libre y el espacio abierto; plazas henchidas de auditorio fervoroso; un fraile joven que desde ambulante ambona,según llamaban entonces al pulpito, como desde una ara celestial, predica; y comprenderéis que llegue la electrización de quienes oyen hasta enajenarse y perder su voluntad tras el encanto de sus oidos y la sacudida de sus nervios como el poder de quien habla en una especie de fiebre intelectual, hasta conmoverlo y seguirlo…”

COMO INFLUYERON EN COLON LA ORDEN FRANCISCANA Y LAS LEYENDAS DE PONTEVEDRA

En estos cuadro queda reflejado con verdadero acierto los ambientes italiano y gallego en la época inmediatamente anterior al nacimiento de Colón. El ambiente italiano lo cap­tó Castelar pensando en Colón genovés; el cuadro gallego lo describe el Padre Samuel pensando en San Francisco y en la historia de su Orden en Galicia, sin que por su pensamien­to pasara una sola idea sobre Colón y sin embargo, poca pre­paración se necesita para comprender fácilmente que los eflu­vios franciscanistas de que estaba inundada toda Galicia y con ella Pontevedra, fueron los que impresionaron el alma de Colón de misticismo y apostolado.

Pero si la ingenua y expresiva poesía con que Colón canta las impresiones que su alma percibe al contemplar la belleza de las nuevas tierras; si el continuo caminar en bus­ca de más islas y tierra firme que evangelizar; o el gesto ca­tólico de ir plantando cruces por doquiera iba pasando para enseñar a los indios cómo tenían que venerarla, así como ir­les inculcando el rezar colectivamente al aire libre en com­pañía de los españoles, tienen el sello inconfundible de la Seráfica Orden de Asís, su proyecto de descubrimiento de­bió engendrarse en la vitalidad que tienen para toda alma infantil y romántica las leyendas e historias de Pontevedra. Basta para ello imaginarnos a Cristóbal Colón asomado al atrio del monasterio de San Salvador de Joyo en las tardes radiantes de la primavera o en las grises del otoño, mirar ex- tasiado el incomparable panorama de los montes poblados de pinos y al pie la verde campiña sembrada de vides y mai­zales y las airosas palmeras reflejadas en el espejo de la ba­hía de Porto Santo, para comprender que su mente recorda­ba la tan popular tradición de Santa Trahamunda, “aboga­da de la saudade”, que siendo prisionera en tierra de moros la libertó el Señor llevándola a Pontevedra en una barca de piedra con una palma en la mano entre un concierto de cam­panas en la alborada de San Juan; y si dirigía la mirada a la ría, allí, la isla Tambo, como atalaya frente a Pontevedra, le mostraba el santuario de Nuestra Señora de la Gracia, la Reina de aquellos lugares donde se aplica el milagro de San Fructuoso, cuando hallándose “senbarquiero nen remador”, atravesó el mar sobre las olas. Y si dejaba la contemplación de estos bellísimos lugares cargados de celestiales leyendas para marchar por la mañana muy temprano al convento de los Franciscanos donde recibía la educación y estudios de Gramática y Latín, Matemáticas y Geografía, Dibujo y Cali­grafía, al terminar de oír la misa y antes de empezar la cla­se, giraba su visita al mausoleo que guardaba los restos del Almirante de la Mar, D. Pay Gómez Chariño, héroe que con su nao capitana rompió las cadenas que interceptaban a los cristianos el paso por el río a la ciudad de Sevilla, cuando las fortalezas y murallas detenían la hueste que, acaudillada por San Fernando, la cercaban por tierra. Suspenso ante el mau­soleo, fijos sus ojos en la inscripción: “El primeiro señor de Riatijo que ganó Sevilla siendo de moros y los privilegios des- ta villa” debió soñar que él también sería capaz algún día de lograr la hazaña de desatar las cadenas que cerraban el “Mar Tenebroso”.

No puede darse un ambiente más propicio para formar el alma y el carácter que mostró el futuro descubridor de un mundo. Si por el franciscanismo de su alma candorosa y poé­tica logró identificarse perfectamente con las de Fray Anto­nio de Marchena, Fray Juan Pérez y la no menos francisca­na de doña Isabel de Castilla, las leyendas de su tierra y los heroicos ejemplos de sus ilustres paisanos formaron la férrea voluntad del que está convencido que, contando con Dios y para su servicio, nada hay imposible para el hombre pleno de fe. Después, con el estudio y la experiencia de los viajes por mar, logró dar cuerpo científico a estos proyectos que acarició en su infancia, inspirados en la genial instuición del franciscano Raimundo Lulio.

A los diecinueve años, según se desprende del anagrama y el número 19 grabados en la cerradura de una de las ar­cas de libreros que dejó a su fallecimiento, entró en la mar para dirigirse a Lisboa, o bien a Francia o Flandes, al obje­to de comprar los libros que luego, después de traducidos y multiplicados en copias manuscritas, había de vender en las ferias de Medina del Campo, o en otras plazas de la penínsu­la hispánica, ejerciendo el oficio de librero y mercader de libros de estampa que ya no habría de abandonar hasta el año de 1491, en cuya fecha firmó el primer asiento para ir al Descubrimiento.

ORIGEN NOBLE DE COLON

Creemos sinceramente en el origen noble de la familia de Colón. Apoyamos nuestra opinión en el hecho de autori­zarle los reyes a unir a las armas de Castilla y León “las de su antiguo linaje Asimismo avala nuestro aserto a la des­cripción que hacen de su persona los primeros cronistas, pues­to que no parece factible a fines de la Edad Media que un plebeyo reúna las singulares circunstancias de poseer una se­ñorial presencia y elegantes maneras; dotes de prudente re­serva y elocuencia en el hablar; sabiduría en matemáticas y cosmografía y ser gentil latino; tacto para tratar con natura­lidad e intimidad a la escrupulosa y soberbia nobleza de entinces y unirse solamente a mujeres de noble prosapia; dig­nidad y respeto para pedir la restauración de su honra y una gran veneración y amor por los reyes sus señores naturales; y, por último, darle un sentido misional y de apostolado al descubrimiento y una orientación política de factura impe­rial al proponer a los reyes que familias castellanas se ave­cindaran en las islas, única manera de trasplantar a las Indías el alma española. Todas estas circunstancias reunidas demuestran en Colón nobleza de sangre y alma de español.

PORQUE SALIO DE CASTILLA

Entró en Portugal huyendo de Castilla el año 1476, cuan­do las tropas castellanas derrotaron en Toro a las portugue­sas acaudilladas por don Alfonso V, esposo y paladín de la princesa doña Juana la Beltraneja. La inmensa mayoría de gallegos y asturianos habían tomado partido por esta prin­cesa; de aquí el que los hermanos Colón, gallegos e hidalgos, fueran adictos a esta causa, por cuya razón hubieron de re­fugiarse en Portugal, donde ya tenían amistades y tratos con portugueses y genoveses debido a su profesión de libreros. Mucho se ha especulado por la erudición genovista sobre las amistades de Colón con genoveses en Portugal y en España, cogiendo por los pelos esta verdad para justificar afinidades de patria; pero basta con leer el testamento de su hijo Fer­nando para dar con la causa que justificaba el trato con genoveces, ya que de manera terminante dice: “porque en ca­da lugar ha de comprar libros y llevallos de uno a otro le se­ria dificultoso, si no se socorriese a los genoveses; digo que en cualquier lugar destos sepa si hay genoveses mercade­res…” Esta elocuente explicación, así como más conocedor de los mercados del libro, nos releva de otros razonamientos.

Debió conocer Colón con anterioridad a 1476 a la fa­milia Perestrello, pues no se explica de otra manera el hecho de enamorar y casarse después con la noble Felipa Monir, eí mismo año de avecindarse en esta nación, y, por otra parte, no es posible trabar amistad ni aun siquiera dialogar con una joven, estando ésta recluida en un convento, si no se tie­nen buena amistad y autorización de la familia.

POR QUE SALIO SECRETAMENTE DE PORTUGAL

Casó con Felipa Monir de Perestrello a fines de 1476. Era Felipa, por línea paterna, prima hermana de los hijos de don Pedro Noronha, los que a su vez eran sobrinos del conde de Barcelos, después duque de Braganza, y por línea materna, su abuelo fué el secretario del gran condestable, pa­dre de Beatriz, primera mujer del duque por cuya razón los Monir Perestrello estaban ligados con fuertes lazos políticos a la Casa de Braganza. Por su matrimonio quedaba también Colón ligado a la casa del Duque. Este interesantísimo da­to, que fué mencionado por los eruditos Texeira de Aragao y G. de la Rosa, es necesario tenerlo en cuenta, porque justi­fica plenamente y a satisfacción el hecho de que cuando su­bió al trono, en septiembre de 1481, don Juan II, fueron con­siderados la casa ducal de Braganza y sus amigos como ene­migos irreconciliables del rey, por lo que Colón, siendo ya viudo de Felipa, al desencadenar aquél, en 1482, la cruel per­secución contra la casa ducal y sus partidarios, tuvo que to­mar precipitadamente a su hijito y salir de Portugal a pie por caminos menos frecuentados, a fin de evitar que lo des­cubrieran y ser detenido. Así fué cómo llegó a la Rábida, in­digente y agotado por las caminatas y el calor, demandan­do pan y agua para su hijito y para él. Esta huida por la per­secución de don Juan, la justificará después el salvoconduc­to que le envía a Sevilla dándole seguridades por si tiene al­gún recelo de su justicia civil y criminal.

De su estancia en Portugal, pocos datos poseemos, pe­ro no creemos tengan importancia los que no hemos podido lograr, ya que siguiendo la ilación de los hechos, conforme los documentos auténticos los muestran, Colón siguió allí ejer­ciendo su profesión de librero —que después continuaría en España, como lo atestigua Bernáldez—-, haciendo la vida tranquila del comerciante que había creado un hogar feliz, felicidad que se vio aumentada con la llegada del hijo pri­mogénito, al que le impuso el castellanismo nombre de Die­go, hecho que nada tiene de particular en un padre gallego, pero en cambio lo tiene y mucho en un padre genovés, pues­to que Diego es la forma castellana de Jacobo italiano, se­gún afirman los genovistas, por cuya razón es imposible que un genovés que no conoce Castilla bautice a su hijo con la forma castellana de un nombre italiano. Fallecida Felipa, en fecha que aún no ha podido fijarse, aunque está fuera de duda acaeció antes de la salida de Portugal, el único hecho extraordinario que merece analizarse e investigarse hasta el agotamiento es la falsedad de la oferta de la empresa al rey portugués.

IMPOSIBILIDAD DE OFRECER LA EMPRESA AL REY PORTUGUES

Hemos expuesto con la lógica que se desprende de los hechos, las circunstancias de encontrarse el futuro almiran­te en situación de alta traición al subir al trono don Juan II, por esta causa no es posible, que don Juan dialogara con un ene­migo y mucho menos que Colón se atreviera a acercarse al trono. Pero hay otro hecho importantísimo con el que toda la Crítica está de acuerdo y nosotros también, cual es la im­posibilidad, aun siendo amigó del Rey, de que éste pudiera entender en el negocio del descubrimiento antes de 1484, por cuyo motivo la Crítica siguiendo en esto, como en todo, a Bartolomé de las Casas, da para el ofrecimiento la data de 1484, o principios de 1485. Nosotros, siguiendo fieles a nues­tro propósito de poner al descubierto las falsedades de las Casas, vamos a rectificar esta importante data demostrando con los documentos y testimonios que el Almirante llegó a La Rábida en 1482, en la primavera, con toda seguridad.

 

SU LLEGADA A LA RABIDA EN 1482

En la joya documental conocida por “Hoja suelta de fi­nes de 1500”, Cristóbal Colón empieza así: “Señores: ya son diez y siete años que yo vine servir estos Príncipes con la impresa de las Indias: los-ocho fui traído en disputas…”. Restando del año 1500 diez y siete años nos retrotraemos al año 1483, y si restamos delaño 1491, fecha del primer asien­to, los ocho años de disputas nos lleva al año 1483, fija por tanto el Almirante de manera inequívoca la fecha de 1483 como la del comienzo del ofrecimiento de su empresa a la

Corte de las Españas. Los hijos, en el interrogatorio de pre­guntas al Rey Católico en el pleito, dicen en la primera : “Primeramente quando el Almirante su p’adre vino a estos vuestros regnos y se ofreció que descubriría estas tierras; Vs. -45. lo tenían por imposible y por cosa de burla; y en la se­gunda. “iten quel dicho Almirante anduvo más de siete años suplicando a V. A. que tomase asiento con él y favoreciese la negociación y que descubriría las dichas Indias, y V. A. lo sometió a los arcobispos de Sevilla y Granada que platica­ron con el dicho Almirante para ver si traya camino lo que  dezia”. Más de siete años suplicando, hacen los ocho en dis­putas, Jos que restados al año 1491 nos llevan a 1483, con­firmando los hijos la data dada por,el padre. Ahora bien, em­pezar el servicio a los Reyes no es llegar a Castilla; este hecho lo confirman el físico Alonso Vélez y Fernando Valiente. El primero al describir un niñico que era niño, emplea el mismo grafismo que empleamos los andaluces para designas a ni­ños menores de cinco años. Diego nació en los años 1477- 78, tenía por tanto, a mediados de 1482 cuatro años y medio o cinco, edad que cuadra perfectamente con la expresión del físico. Alonso Vélez y Fernando Valiente coinciden en ma­nifestar que Cristóbal Colón antes de marchar a la Corte vi­vió mucho tiempo en La Rábida y lo mantenían los frailes. Mucho tiempo no puede ser menos de un año; luego si mar­chó a la Corte en 1483, llegó a La Rábida en 1482, fecha, por cierto, coincidente con la iniciación de la persecución de D. Juan II.

FALSEDAD DE LA TRAICION DEL REY DE PORTUGAL

Con estos documentos y testimonios, queda plenamente demostrado que el Almirante volvió a España desde Portugal el año 1482. Con la identificación de esta importantísima da­ta, resalta la falsedad del ofrecimiento de la empresa de In­dias al rey de Portugal, ofrecimiento relatado con todo lujo de detalles por el falsario y antiespañol Bartolomé de las Ca­sas en su doble obra “Historia de Indias” y “Vida del Almi­rante”, para lo que hace entrar al almirante en Castilla el año 1484 o principios de 1485, porque sabía perfectamente que antes de esta fecha era imposible justificar los tratos con don Juan II. Por esta razón, Las Casas falsea la verdad a sabiendas, haciendo de Colón un apátrida que va ofreciendo su empresa a la Corte que primero crea en él; pero lo más significativo en las Casas es su deliberado propósito de denigrar a los espa­ñoles allí donde los encuentra, ya estén dentro de España o fuera de sus fronteras; ya sean encomenderos o nada tengan que ver con los indios, como lo demuestra esta leyenda in­ventada por él de la traición inferida a Colón por el Rey por­tugués motivada por consejo del influyente español doctor Calzadilla, Obispo de Ceuta, llenando así de vilipendio la memoria de este ilustre cosmógrafo por el solo hecho de ha­ber nacido en España.

(Cortesía del Exmo. Señor Embajador de España» Dr. Alfredo Sánchez Bella).

 

 

 

CARTAS AL DIRECTOR

Vigo, 25 de Febrero de 1958.

Sr, D. Fernando Arturo Garrido Secretario Tesorero del Comité Ejecutivo del Faro de Colón Ciudad Trujillo D. N. República Dominicana.

Muy. Sr. mío:

He recibido a su debido tiempo el recorte de una revista que Ud. tuvo la amabilidad de enviarme, titulado “Interpre­tación de las Iniciales de la Firma de Cristóbal Colón” y cu­yo autor es D. José C. López Jiménez.

Después de agradecerle su atención, paso a hacerle al­gunas consideraciones sobre este trabajo: primeramente di­ré que me alegra el que otra persona participe de la idea de que la interpretación de las siglas es cristiana y que las tres eses se refieren a la Santísima Trinidad.

Al examinar el título vemos que reza: “Interpretación de las Iniciales de la Firma…”. O sea, que el concepto genérico es que las siglas son todas iniciales, y los puntos de abre­viatura. Esto se comprueba porque al copiarlas pone un pun­to a continuación de cada letra de las siglas, lo que coincide con el concepto que expresa el título del trabajo.

Observará Ud. en cualquier fascímil de las siglas, que todas están perfectamente ejecutadas, que los puntos no están ni son los colocados tal como los presenta el señor López Ji­ménez, o sea:

S.                                                               .S.

S. A. S. en vez de poner               .S. A .S. o sea, un punto a cada lado de las eses, y las X, M. Y, sin ellos.

X. M. Y.                                                   X M Y

Esto de los puntos es fundamental, pues tal como los coloca el Sr. López Jiménez no coinciden, ni en número ni en posición, con los de las siglas del Almirante, perdiendo, además, su carácter simbólico, para pasar a ser simples pun­tos de abreviatura.

Interpreta bien que las tres eses representan a la San­tísima Trinidad, pero para reforzar este significado da a la A una significación distinta a la nuestra y que no conside- deramos necesaria por estar sobradamente justificado el sím­bolo de la Trinidad con los puntos, que el Sr. Jiménez ni co­loca en su sitio ni interpreta.

Sitúa Colón los puntos que acompañan a las eses, uno a cada lado de dichas letras y hacia la mitad de la altura de ias mismas, y no en la parte baja, lo cual es sin duda para que no se confundan con los de abreviatura.

.S.

.S. A .S.

X M Y

:Xpo FERENS./

Colón jamás puso puntos a las X M e Y como se los co­loca el señor López Jiménez, precisamente para que no se confundan con los otros.

Estoy conforme con la interpretación de la X y la M que hace en el artículo que comentamos el Sr. Jiménez, pero no con la Y griega, que transforma en J para hacer la trilojía Jesús, María y José, sin razón alguna. Aún en el caso de Josephos no existiría esta razón, pues fué introducido en Es­paña por el cardenal Cisneros y, de no ser posterior a esta forma de firmar de Colón, no cabe tuviese la popularidad su­ficiente para adoptarla éste.

No me extraña el que muchos piensen que parece una irreverencia el colocar a Isabel al lado de las Divinidades, pero, a mi modesto entender, hemos de tener en cuenta que Colón dice que “Dios la escogió como muy amada hija y heredera de las Indias”, por lo que se justifica tal colocación a su lado.

La significación de los dos puntos (:) iniciales, y el punto y raya (./) final, aún no me he atrevido a darla a co­nocer por no disponer de datos suficientes para fundamentar­la. Colón pone estos signos con tan sistemática constancia en su firma, que no queda más remedio que atribuirles algún significado : Xpo FERENS./. Los dos puntos iniciales, creemos equivalen a “es” y el punto y raya final a “nada más”. Para atribuir a estos signos tal significación nos basa­mos en la que se le da en aritmética, cosa que no conocería Colón sobradamente. En cuanto al punto y raya aun hoy es- costumbre cuando se quiere dar por zanjado cualquier asunto- to, o sea, decir “y nada más” exclamar ¡ punto y raya ! Con esto la significación completa de las siglas sería: Al­mirante (por la A. central) rodeado, amparado, defendido por la Santísima Trinidad, Jesús, María e Isabel es Cristó­bal Colón y nada más o nadie más. De todas maneras con­fieso que me parece un tanto atrevida y rebuscada esta in­terpretación, por lo que no me he decidido a lanzarla a la crítica.

El día 15 de febrero he recibido las revistas que Ud. me envió en 12 de Diciembre, así como los libros, ¡muchísimas gracias! Desde luego, creí que por el hecho de que en Vigo suelen hacer escala la mayor parte de los trasatlántico los envíos llegarán mucho antes, sin embargo parece que no es así.

Con esta fecha le remito dos ejemplares de cada uno de mis nuevos trabajos sobre Colón, titulados: Colón en la Cor­te Española y Colón en La Rábida. Los demás aun no han salido de la Imprenta, en cuanto estén impresos tendré mu­cho gusto en remitírselos.

Sin otro particular por el momento y con repetidas gracias por su atención le saluda cordialmente, s. s. s.

q. e. s. m.

Antonio Fernández Fernández

Ingeniero Industrial

Príncipe 49 – 2o. VIGO -ESPAÑA

Para los que aún dudan que Colón era judio

Publicado en 1963 en la revista Comertario por Rafael Pineda Yáñez
pindeda_1Seguramente la prevención con que se ha juzgado en ciertos pueblos de Europa al judío apartó de él la mi­rada de los entendidos e investiga­dores y muchas facetas de su activa per­sonalidad quedaron oscurecidas o cegadas para la curiosidad del estudioso. Por mi parte me inclino a creer que su sed de aventura marina, su amor por el mar abier­to, ha sido tan espontáneo y vocacional co­mo el de sus hermanos de estirpe, los feni­cios, de los cuales no lo separaba más que una delgada lonja de tierra que, en reali­dad, era una misma patria. Toda la gloria náutica de la antigüedad recae sobre Tiro y Sidón olvidándose que unos kilómetros más allá de la costa mediterránea los he­breos mantenían con fervor esa tradición tan notoriamente atribuida a tirios y sidonios y de la cual, en las escrituras bíblicas se traduce por la celeridad de las flotas salomónicas que iban a Ofir, a Sofala y Tarsis, en la península ibérica. Empero, pa­ra esclarecer esa consagración del judío a la náutica, baste señalar que en el alma de aquel pueblo existe un impulso subyacen­te que lo empuja hacia el mar. No en va­no los dos pequeños lagos que decoran el paisaje palestino llevan los nombres de Mar Muerto y Mar de Galilea y que el primero se halla situado a más de 400 me­tros bajo el nivel del Mediterráneo y sus aguas son más salobres que las de éste.

LA enigmática figura del Almirante por antonomasia, ha atraído la atención de numerosos escritores, historiadores y novelistas, que en las distintas formas de la creación han que­rido aportar luz sobre aspectos más intuidos que verificados, en la vida del descubridor del Nuevo Mundo.

Pocos autores tienen la erudición y los antece­dentes de Pineda Yáñez —colaborador del ma­tutino bonaerense «La Nación»—, que en nu­merosos artículos, libros y conferencias, ha aportado nuevos enfoques sobre tan debatido tema como es todo lo que atañe a la vida sin­gular y novelesca de Cristóbal Colón.

Las conclusiones a que arriba Pineda Yáñez, luego de arduos estudios, sólo son posibles cuando como lo hace el autor, los prejuicios son abandonados en el rincón de los trastos inútiles. Claro está que la discrepancia es posi­ble pero la argumentación de Pineda Yáñez es fruto de exhaustivos estudios y, por ser él mismo ajeno a la grey mosaica, insospechables de parcialidad, lo que los hace, a nuestro juiício, doblemente valiosos.

 

A todos esos incrédulos, a todos esos sis­temáticos negadores del judaísmo de Colón me dirijo en este instante para señalarles, ante todo, un camino y, después de todo, las constancias que conducen a la defini­ción de esa incógnita ejemplar que ha sido la ocultación maliciosa del hebreo Colón y su transformación en el Colombo genovés. Aprovecho al mismo tiempo esta circunstancia para destacar un fenómeno que se repite, sostenida e invariablemente, en lodos los investigadores actuales, aún en aquellos que aceptan su judaísmo y su cuna gallega: la convicción de que el propio Almirante ha sido el voluntario autor de todos sus enigmas, guiándose, acaso, por las palabras de su hijo Femando cuando di­ce: «Esta consideración —la del cambio de nombre de Colombo por el de Colón— me mueve a creer que así como la mayor par­te de sus cosas fueron obradas por algún misterio, así en la que toca a la variedad de semejante nombre y sobrenombre, no deja de haber algún misterio”.

Así, con esos ingredientes y semejante levadura, estaba integrado Cristóbal Colón, raíz, carne y alma de aquella estirpe. Sin embargo, es posible registrar una incorregi­ble resistencia en historiadores de todos los tiempos, y aún coetáneos, que se niegan a admitir su nacionalidad judaica. Cierta­mente, es difícil probar de una manera do­cumental esta afirmación —para mi ya in­discutible— particularmente para quienes sólo acatan, y al pie de la letra, sin el me­nor análisis crítico, la falsa y enrevesada tesis del Colombo genovés. Para éstos bas­ta el “ginovés” como justificación de to­das las tropelías que se han cometido a los efectos de enderezar y amañar uno de los más escandalosos fraudes de la historia: la leyenda lacrimosa del Cristóforo Colombo, lanero tejedor y tabernero que descu­bre un mundo y muere olvidado en su mi­seria.

El caso es que ese “misterio» que su hijo descubre para disimular cuanto se ma­nipuló en el sentido que hoy palpamos quienes buscamos la verdad en torno de este proceso, tal vez no se deba a su mano, a la de Femando, sino a quienes modifi­caron y recompusieron sus originales inter­calando en ellos lo que les pareció indis­pensable para soslayar la realidad. Porque lo cierto es que esos originales fueron des­truidos y sustituidos por otros falsos que basta ahora hacen fe, como el apócrifo mayorazgo del 22 de febrero de 1498, do­cumento que, autoridad tan respetable co­mo la de Samuel Eliot Morison, estima como auténtico e insospechable. Bien es -verdad que Morison juzga igualmente co­mo insoportable la idea de un Colón judío.

Pero para demostrarle al historiador nor­teamericano y a otros que como él opinan, entre ellos infinidad de españoles tan emi­nentes como don Ramón Pidal y don Clau­dio Sánchez-Albornoz, que Colón era ju­dío y que no fue él quien ocultó ese ras­go de su personalidad, sino que lo mantuvo en lo posible bien alto en sus apreciacio­nes y escritos fundamentales, me bastará decir que todos esos documentos esclarece- dores han desaparecido de la manera más misteriosa. Desde el Diario de Navegación del primer viaje —glosado y acomodado al propósito que se perseguía por fray Bartolo­mé de las Casas, hasta infinidad de papeles que sabemos salieron de su mano, pero que no llegaron jamás a las nuestras, como car­tas a los Reyes, su mayorazgo de abril de 1502 —el auténtico— extendido por lo me­nos en seis copias, ninguna de las cuales se ha encontrado, en el cual tuvo que de­clarar sus orígenes y parentesco; sus me­morias y hasta el original de la “Vida del Almirante, escrito por su hijo, que sólo co­nocemos a través de una versión italiana en la que se advierten infinidad de agregados dubitativos, increíbles en quien fue el his­toriador de la familia y un espíritu curioso e indagador como el de Femando Colón.

Mas si algo de esto no fuera suficiente para probar mi punto de vista, me limito a esta observación: si el Al­mirante hubiera sido realmente el autor de tanto misterio, a su muerte no pocos de sus secretos habrían sido revelados. Allí quedaban sus hermanos Bartolomé y Diego, que conocían toda la trayectoria familiar; allí estaban sus hijos Diego y Fer­nando, herederos de su nombre, que podían ignorar no pocos detalles de sus antepasa­dos, pero no sus orígenes hasta el mutis­mo total; allí estaban los Arana de Córdo­ba, con su amante Beatriz, madre de Fer­nando y sus contertulios de la rebotica de Esbarraya, que conocían sus antecedentes porque eran los mismos de aquella grey que se reunía al caer la tarde cordobesa; allí estaban los frailucos de la Rábida y fray Gaspar Gorricio, que algo sabían también • de esas ocultaciones y los historiadores que lo trataron como Andrés Bemaldez, Pedro Mártir de Anglería, Gonzalo Fernández de Oviedo y fray Bartolomé de las Casas, a cuyas manos fueron a parar los papeles fa­miliares de los Colón. Y no olvidemos en esta enunciación a sus enemigos, como los Pinzón y el mismo Miguel Muliart, su concuñado, así como sus parientes de Por­tugal que estuvieron en contacto con él.

¿Y qué ocurrió frente a estos posibles testimonios e informantes, indiscretos o reservados? El silencio más absoluto. Ni hermanos, ni hijos, ni nietos, ni amigos, ni historiadores, ni enemigos, dejaron una sola palabra de este extraordinario persona­je, de eso que después se llamó “asombro de la humanidad”. Todos callaron y no por propia voluntad sino porque los obligaron. Por toda España y aún por el extranjero donde el poder de los Reyes alcanzaba, pasó una inexorable y celosa máquina in­quisitiva que destruyó todo aquello que perjudicaba la leyenda maravillosa y la glorificación del Almirante, es decir, esa que conocemos a través de los siglos. La verdad fue aplastada y retirada de la circu­lación. Nadie pudo hablar ni dar un de­talle, ni la mínima referencia sobre Colón y su familia. Ni el más oscuro testigo se permitió filtrar, siquiera, un indicio cierto de aquella personalidad.

Por esa razón fray Bartolomé de las Ca­sas, que tuvo en su poder toda la docu­mentación esclarecedora de los Colón y que sabía precisa e inocultablemente dónde había nacido y quiénes eran sus padres y antecesores, cuando habla de su cuna no se atreve a dar el dato concreto y terminan­te y recurre a un expediente tan descon­certante como éste: “Una historia portu­guesa —señala— que escribió un Juan de Barros, portugués, no dice sino que to­dos afirman que este Cristóbal Colón era genovés de nacionalidad”. Y Juan de Ba­rros se atenía, naturalmente, a lo que ase­veraban los autores españoles, pues él care­cía de las pruebas que poseía las Casas, vivía en otro país y escribía décadas des­pués del fallecimiento de Colón.

Y algo más terminante en este proceso de ocultación: cuando Celso García de la Riega descubre los documentos de Ponte­vedra que testimoniaban la cuna gallega de los Colón —acontecimiento que conmo­vió las fibras más íntimas de la hispanidad, del americanismo y de la italianidad— se produce en España un revuelo inquietan­te. La Academia Real de la Historia se sobresalta. Todo el mundo creía por esas fechas que el “asunto Colón” estaba total­mente dilucidado y que aquel judío era «ginovés” y no podía ser otra cosa. Tal ha­bía sido la sistemática destrucción docu­mental y el silenciamiento de cuanto pu­diera revelar algo en contrario. A más de veinte años de distancia del descubrimien­to de García de la Riega, Pontevedra invi­tó a la Academia de la Historia para que enviara una delegación e investigara las realidades que la ciudad galaica ofrecía como probanza de la cuna de Colón. La ilustre corporación, por intermedio de An­gel Altolaguirre, presidente de la delega­ción que se proponía estudiar todo aque­llo, dejó correr el tiempo; después alegó la imposible concurrencia en virtud de una famosa huelga ferroviaria que paralizó a España en 1918; finalmente invocó las vacaciones de sus miembros y al cabo de todo esto la Academia se negó a verificar aquellos testimonios que probaban la cuna pontevedresa del Almirante y sus antepasa­dos. Seguidamente, Altolaguirre produjo un informe sosteniendo que los documen­tos de Pontevedra eran falsos y que la úni­ca v verdadera patria de Colón era Génova. Es decir, que no cabía innovar en aquel problema porque ya hacía muchos siglos que estaba resuelto.

Sin embargo, el escozor que produjo el hallazgo de los papeles por García de la Riega, determinó una medida drástica. ¿Cómo habían podido conservarse en cua­tro siglos de tenaz búsqueda y destrucción aquellos comprobantes y nada menos que en Pontevedra, escudriñada hasta lo inde­cible? Era, en efecto, un milagro de la su­pervivencia. Esos documentos se encontra­ron en un depósito, al parecer olvidado O’ desconocido de la escribanía Vázquez, de la ciudad gallega. ¿Pero, habría algo más? De todas maneras, para evitar probables sorpresas, un día las llamas consumieron el archivo documental de la escribanía Vázquez. Naturalmente, ese incendio se consideró puramente casual. Pero así ter­minó la posibilidad de nuevos hallazgos de­cisivos con respecto a la cuna única y ver­dadera de quien figura en la historia de aquella ciudad y en sus tradiciones como’ «descubridor de las Indias”. Y de esa ma­nera gordiana Pontevedra concluyó aque­lla empresa esclarecedora que iniciara Gar­cía de la Riega.

Afortunadamente quedaron las raíces y éstas siguen elevando sus ramas en busca de la luz. Todavía hay otros detalles elo­cuentes de esa ocultación: cuando ciertas, personalidades españolas pretendieron pro­poner que las Indias Occidentales “Inven­tadas y descubiertas” por Colón, llevaran su nombre y no el de Américo, inmediatamen­te acallaron sus voces, pues un judío no podía ser objeto de tamaño homenaje des-

Después de la expulsión de sus hermanos de a Península. Para España seguía siendo ese mundo nuevo las Indias Occidentales, aunque después de 1949, o sea del descu­brimiento de Vasco da Gama, esas Indias eran una falsedad más en la historia de Cristóbal Colón. Empero, el nombre de Américo, aunque injusto —recuérdese que no existe en este continente una sola esta­tua levantada en su honor— era tolerado por la metrópoli con tal de que llevaran estas tierras el de Colón. Y semejante re­sistencia al nombre del judío Colón, sólo se advierte cuando, independizadas las colonias españolas, una fracción del viejo Imperio llevó inmediatamente el nombre de Colombia. O sea cuando las autoridades españolas ya no podían impedirlo. Hasta entonces había sido imposible.

Digamos para terminar con este aspecto que García de la Riega fue uno de los primeros que señalaron el origen judío de Colón al reconocer un documento en el cual aparecían los nombres de los judíos Benjamín y Susana Fontanarosa, esta últi­ma presunta madre del navegante, de la cual, así como de su padre, Domingo Colón, jamás se habló en España, sino a través de los documentos genoveses.

M ese al cuidado que se puso en el desbrozamiento de todo aquello que pu­diera interpretarse como elementos indiciarios del judaísmo de Colón, el libro de su hijo Femando deja en descubierto no pocos signos de la frecuencia con que el Almirante acudía a las fuentes bíblicas —memoria de su grey— para autorizar y fundar sus reflexiones. Así, el domingo 23 de septiembre de 1492, mientras la escuadrilla navegaba hacia Poniente en busca de las tierras que descubriera antes que él Alonso Sánchez de Huelva y en las cuales debía dejar como pobladores a 39 hombres de su estirpe que se negaban a convertirse y que abandonaron a España el último día de plazo de la expulsión, es decir el 2 de agosto de 1942 a las 12 de la no­che, ese día, repito, aquellos 39 judíos, que a medida que se prolongaba el viaje pro­testaban de la lejanía a donde los iban a depositar, Colón apunta en su Diario de Navegación: “Los revoltosos no tuvieron que responder cuando vieron la mar tan alterada. Por lo cual —transcribe su hijo — dice aquí Cristóbal Colón que hacía Dios con él y con ellos como Moisés y los ju­díos cuando los sacó de Egipto”.

Y en su memoria del tercer viaje, diri­gida a los Reyes Católicos explica cómo nadie creía en sus proyectos salvo dos frailes que siempre fueron constantes: fray Diego de Deza y Antonio de Marchena — todos de origen judaico— y agrega: ‘Yo bien que llevase fatiga, estaba seguro… porque es verdad que todo pasará y no la palabra de Dios y se cumplirá todo lo que dijo, el cual tan claro habló de estas tierras por la boca de Isaías en tantos lugares de su escritura, afirmando que de España les sería divulgado su santo nombre”.

Asimismo cuando describe la costa de lo que sería Venezuela, el Almirante ha­bla de los ríos que salían de la tierra fir­me y del mar, «el cual todo era de agua dulce y por autoridad de Esdras que dice en el capítulo 3 del cuarto libro (de la Biblia) cien de siete partes de la esfera es­tá una sola cubierta de agua”.

Pero en ningún momento de esta vergon­zante confesión del judaísmo de su padre es tan categórico su hijo Femando, como cuando reproduce un párrafo de la carta que Colón escribe a doña Juana de la To­rre, ama del príncipe don Juan, v que no deja ninguna duda, ni aún en el ánimo de aquellos historiadores que, empecinada­mente siguen negando tan visibles y ter­minantes pruebas. Aquí afirma Cristóbal Colón: «No soy el primer Almirante de mi familia. Pónganme el nombre que quisieren, que al fin David, rev muy sabio, guardó ovejas y después fue hecho rev de Jerusalén; y yo soy siervo de Aquel mismo Señor que puso a David en este estado”. Es decir, Jehová.

Y para mayor confirmación y certifica­ción de que ese Dios a quien invocaba y cuyas voces percibía era ese v ningún otro, el mismo Colón se encarga de probárnoslo elocuentemente en su famosa carta dirigi­da a los Reves y escrita en la isla de Jamaica el 7 de julio de 1503. Se bailaba, cuando esto ocurre, en tierras de la hoy América Central donde había fundado un puerto que llamó, precisamente, Belén y estaba sufriendo los más horrorosos contras­tes. En esta ocasión, escribe el Almirante y Virrey: «Cuando me adormecí gimiendo, una voz muy piadosa oí diciendo: “¡Oh estulto y tardo en creer y servir a tu Dios, Dios de todos! ¿Qué hizo él más por Moisés

o  por David su siervo? Desde que naciste, siempre él tuvo de ti muy grande cargo; cuando te vido de esas, de que él fue con­tento, maravillosamente hizo sonar tu nom­bre en la tierra. Las Indias, que son parte del mundo, tan ricas, te las dio por tuyas… ¿Qué hizo el más alto pueblo de Israel cuando lo sacó de Egipto, ni por David, que de pastor hizo Rey de Judea? Tómate a él —es decir, vuelve a Jehová— y conoce tu yerro, o sea: renuncia a esa presunta conversión en que caíste y falsea tus con­vicciones y las de tus antecesores judíos. “Su misericordia es infinita: tu vejez no impedirá toda cosa grande; muchas hereda­des tiene él, grandísimas. Abraham pasaba de cien años cuando engendró a Isaac. Ni Sara era moza. Tu llamas por socorro in­cierto. Responde: ¿quién te ha afligido tanto y tantas veces? ¿Dios o el mundo?… Dicho tengo, lo que tu Creador ha hecho por ti y hace con todos. Ahora me muestra el galardón de estos afanes y peligros que has pasado sirviendo a otros”.

Y      estos «otros” a quien servía Cristóbal Colón no eran sino los cristianos, mediante ese antifaz que se colocaban los conversos y que modificaba el rostro, pero no lo que se mantenía vivo en el pensamiento. Por eso aquella voz de Jehová que escuchaba en sueños era algo así como el eco de su arrepentimiento por haber servido a fal­sos poderes enemigos de su pueblo y una invitación espiritual para retomar —como lo apremiaban de lo alto— al seno de Je­hová que jamás debió haber abandonado para favorecer a demoledores de su reli­gión. Esta carta la escribió Colón al tér­mino de su cuarto viaje, es decir, en los postreros años de su vida. En la reseña que dejamos transcripta, no sólo está reflejada toda su amargura y arrepentimiento por haber beneficiado a los perseguidores sem­piternos de su estirpe, sino su inocultable decisión de volver al Dios que favoreció a Moisés y encumbró a David. Y esto es tan definitivo que asombra cómo hasta ahora no se le prestó más atención y crítica. El judío convertido, alentado por títulos, po­deres y riquezas delirantes, vuelve a la creencia del Dios de Israel. Nunca co­mo en este período de angustia el judío subyacente aparece tan claro y revelador.

Y   esta declaración no admite contradic­ciones.

De todas maneras, si Cristóbal Colón no hubiera sido judío, nadie podría expli­car satisfactoriamente por qué aquel santo varón que fue propuesto para los altares y adoración de la cristiandad, después de la expulsión de los hebreos de España, se complacía en bautizar las costas que iba descubriendo con nombres específica e inconfundiblemente judíos. Tales son: Abraham, dado a una ensenada de la Isa­bela, en las Lucayas; Isaac, a una punta de la isla Santa María la Antigua, de las Pequeñas Antillas; Salomón, a un cabo de la isla Guadalupe, del mismo conjunto; David, a una caleta de Jamaica; San Da­vid, a una ensenada de la Dominica y a una punta y ensenada de la isla Granada.

Y   Sinaí a un monte de esa misma isla. Decididamente nada de esto tenía que ver con ese presunto y devotísimo catolicismo que gratuitamente se le atribuye.

Por lo demás si, efectivamente, era tan cristiano como afirma la mavoría de sus historiadores y si como sostienen los pri­meros cronistas de las Indias v sus conti­nuadores con una clara unanimidad mate­mática e irreversible, los posadores ini­ciales del Nuevo Mundo eran “cristianos” y no otra cosa, resulta imposible com­prender por qué aquélla expedición pri­mera, íntegramente “cristiana”, no lleva­ba un solo sacerdote a bordo para enca­minar las almas de sus devotos componen­tes al cielo o, simplemente, para bende­cir la toma de posesión, en nombre de Dios, de aquellas tierras que se iban a descubrir. Ese inquietante pormenor no ha sido esclarecido aún en los cuatro si­glos que dura tan tremenda incertidumbre.

Concretemos, pues, las vagas pero sugestivas conclusiones que la historia, tímida y desgranadamente, nos presenta:

1º) Cuando Cristóbal Colón llega a nado a la costa del cabo San Vicente, en Portugal, se acoge al único lugar que po­día recibir a un marinero náufrago: la Escuela de Pilotaje de Lagos, aislado cen­tro poblado a varias leguas a la redonda, fundado por el Infante don Enrique, glo­ria del desenvolvimiento marítimo lusita­no. Esa escuela estaba regentada por ju­díos desde que, allá por 1430, Jehuda Cresques o Jaime de Ribes, el famoso ju­dío mallorquín, imprimió directivas a ese emporio de conducción oceánica, conoci­do con el nombre de Academia de Sagres. Allí fue donde Cristóbal Colón aprendió cuanto supo y exhibió. Justamente porque era un instituto regido por judíos, ni su hijo Fernando, ni Las Casas, ni los his­toriadores que los siguen, dijeron una so­la palabra de su existencia, en ese lugar.

Y  la sabiduría de Colón o fue fruto de la Universidad de Pavia, a la cual nunca concurrió, o del genio autodidacto, cuan­do no de la inspiración divina. Para mí, lo bebió en la Escuela de Pilotaje y esa era judía.

2º) La leyenda afirma que Colón, des­de el cabo San Vicente, fue directamente a Lisboa, donde existían muchos indivi­duos “de su nación”. Y esta “nación” se supone, naturalmente, era la genovesa, aun cuando aparecen entre esas relaciones de primer grado varios conocidos descen­dientes de Abraham, especialmente Di Ni- gro y aquel “judío que estaba en la puer­ta de la judería de Lisboa” y al que dejó en su testamento una suma de media co­rona por deuda contraída tres décadas atrás.

3º) Sin alternativas, o sea poco tiempo después de radicarse en Lisboa aquel náu­frago sin recursos y sin otros anteceden­tes que sus amistades y las referencias del «cardador, tejedor y tabernero ligur» se enamora de Felipa Moniz, descendiente de las casas reales de los Lusignan de Chi­pre y de los Braganza de Portugal, y la desposa. Y el hecho es tan absurdo que hasta ahora nadie lo supo explicar. Bien es verdad que su hijo Femando y el padre Las Casas, sus directos intérpretes, hablan de un cierto Perestrello cuyo nombre de pila es reemplazado por otro, como si lo hubieran olvidado y muestran con no po­co misterio, para destacar únicamente el apellido Moniz que era, en efecto, el emi­nente. Y voy a decir por qué: ese Bartolo­mé Perestrello y su antepasado Felipe Pe­restrello, al caer en manos de Henri Vig- naud, el distinguido investigador norte­americano, fue objeto de una minuciosa investigación en los archivos portugueses e italianos. De esa compulsa interesantí­sima, que voy a dilatar aquí, se despren­den estas conclusiones que Vignaud des­perdició lamentablemente: Felipe Peres­trello, al parecer, no era un noble italiano, como se lo presenta, sino un judío portu­gués que huyó a Italia perseguido por al­gún motivo grave y cuando se olvidó su delito pudo regresar a Portugal. Pero en­tonces ya no era el Peres Trelles o el Pe­dro Estelo conocido en Lisboa, sino ese apellido refundido por el habla popular italiano —que no existe en Italia— y que conocemos por Perestrello. Esas conjetu­ras serían vanas especulaciones si no es­tuvieran abonadas por un hecho concre­to: Felipe Perestrello tuvo que probar, en 1396, la pureza de su sangre y esta cir­cunstancia revela, sin necesidad de ma­yúsculas demostraciones, que sus orígenes no eran muy claros. Esto explica fehacien­temente por qué Femando Colón y fray Bartolomé de las Casas equivocan los nom­bres de los Perestrello y pasan sobre ascuas ante este apellido para detenerse única­mente en el de Moniz.

4º) Ni Fernando ni Las Casas opinan seriamente acerca de los motivos que de­terminan la huida de Colón de Portugal. La atribuyen al propósito de Juan II de despojar al navegante de sus primicias, cuando es evidente, por la carta de Juan II, del 20 de marzo de 1488, que esa de­terminación de escapar de Lisboa se debió a cuentas pendientes de Colón con la jus­ticia lusitana, «así civiles como crimina­les”, tal como revela esa preciosa misiva. ¿Eran cuentas impagas? ¿Era algún des­ahogo criminoso? ¿Eran despojos a una parentela que jamás reconoció su autori­dad ni aun cuando fue Almirante y Vi­rrey de Castilla? Nunca lo sabremos. Pero sí nos consta que Colón huyó de Lisboa con su hijo, no porque éste descendiera de la realeza de los Lusignan, de los Bra­ganza y de los Moniz, sino porque los ju­díos Perestrello gravitaban poderosamen­te en su parentesco y descendencia.

5º) Cuando Colón huye de Lisboa y acude a Huelva con su hijo Diego, en aquella villa de pescadores del sur de Es­paña se había refugiado, no sabemos por qué, el matrimonio formado por Miguel Muliart y Violante Perestrello, hermana de Felipa Moniz, la esposa de Colón. Es­ta radicación es por demás sugestiva si nos atenemos a la vida de sociedad, a la im­portancia que estos Moniz-Perestrello asu­mían en los altos círculos lusitanos. No olvidemos que eran primos hermanos de los cinco hijos, reconocidos, del arzobis­po de Lisboa, don Pedro de Noronha, amante de dos hermanas de los Perestrello.

Pero el hecho más incomprensible es éste: por qué ese matrimonio Muliart-Pe- restrello, tan bien ubicado en la alta so­ciedad liboneta y en los accesos reales, abandonan un día esas ventajas y en lu­gar de establecerse en cualquier zona de Portugal o en sus colonias se instala oscu­ra y anónimamente en aquella villa de pescadores que era Huelva. Ninguna luz alumbra estas tinieblas, Muliart y Violan­te han renunciado a la soberanía portu­guesa y se acogen a la soledad de aquel olvidado puerto andaluz, al parecer, para que nadie los molestase. No quiero ex­traer conclusiones de este episodio de por sí jugoso. Quienes renuncian al boato y a la fácil convivencia y se sepultan en la estrechez y el olvido, no es voluntariamen­te, sino forzados por algún imperativo. Muliart y Violante fugaron de Portugal como lo hizo posteriormente Colón con su hijo Diego. Pero cuando Colón recu­rre a sus parientes de Huelva para que le ayuden y para dejar allí a su hijo, sobrino de Violante, halló las puertas cerradas y tuvo que refugiarse en el convento de La Rábida. Sospecho que Muliart era igual­mente judío y esta presunción está avala­da por un comportamiento estrechamente vinculado con la actitud de los revoltosos de Roldán en la Española y a los cuales se sumó Muliart en contra de Colón.

6º) Otro detalle revelador: el Almiran­te, ni aún en el período de máximo es­plendor —el año 1498— en el cual impar­tía sugestiones para ser puestas en ejecu­ción por el sumo Pontífice, pudo jamás obtener una canonjía o siquiera el mínimo cargo eclesiástico para su hermano Diego, “hombre de Iglesia” —como lo llamaba Co­lón— y del cual no se sabe que pertene­ciese a alguna orden religiosa o que hu­biera estudiado las necesarias disciplinas para ejercer un ministerio de esa natura­leza. Ni en España, ni en las Indias, Die­go Colón asumió nunca una función re­ligiosa, prueba evidente de que su origen racial era incompatible con aquellos car­gos eclesiásticos, por lo menos en aquellos momentos o tal vez demasiado conocido racialmente como para ostentar un cargo semejante.

7º) Los primeros historiadores de las Indias también nos dan asidero, pero con mucha cautela, como para no dudar de los orígenes raciales de los Colón. Pe­dro Mártir de Anglería nos transmite es­ta información que, seguramente, obtuvo de muy buena fuente: “Dicen que el nue­vo gobernador (Bobadilla) ha enviado a los suyos cartas escritas por el Almirante en caracteres desconocidos, en las que avi­sa a su hermano, el Adelantado —que es­taba ausente— que venga con fuerzas ar­madas a defenderlo contra todo ataque, por si el gobernador intentase venir con­tra él con violencia”. Esos «caracteres des­conocidos”, para un hombre tan bien in­formado por su proximidad a los sobera­nos, como Anglería —recuérdese que había sido instructor del príncipe heredero y co­nocedor de los idiomas corrientes— no se refería, claro está a ningún dialecto italia­no, al ligur, por ejemplo, sino a caracteres judaicos o cabalísticos que Mártir no se atrevió a precisar o no le dejaron hacerlo.

A su vez fray Bartolomé de las Casas se adelanta a la sospecha de sus lectores en lo concerniente a las actividades astro­lógicas frecuentadas por Colón. Y esa ob­servación es tan insólita en él que nos está revelando, precisamente, lo contrario de cuanto pretende explicar. Cita fray Bartolomé la carta del Almirante dirigida a los Reyes que comienza así: «De muy pequeña edad entré en la mar” y cuando llega a la frase: «en la marinería se me hizo abundoso, de astrología me dio lo que abastaba”, el clérigo sevillano se cree obligado a escribir esta nota marginal a su manuscrito de la “Historia”, para aclarar: “Dice abastaba porque tratando con hom­bres doctos en astrología alcanzó de ellos lo que había de menester pa,ra perfeccio­nar lo que sabía de la marinería, no por­ que estudiara astrólogía, y ya antes se ha­llaba vinculado, según dice él en el itine­rario de su tercer viaje, cuando descubrió a Paria y la Tierra-Firme”. Este llamado al margen y por tal circunstancia relativo a la astrología, ciencia cultivada por los judíos, muy especialmente en la Edad Media, posee un sentido intencionalmente inclinado a la justificación por ese término sospechoso que emplea.

El mismo Las Casas, cuando habla de la religión que se descubría en Colón, no lo afirma categóricamente, como era de esperar de quien en todo el transcurso de su obra no hace más que exaltar su devo­ción. Y así se expresa al respecto: “En las cosas de la religión cristiana, sin duda era católico”. ¿Tan difícil era comprobarlo que necesitaba apoyarlo con el “sin duda”.

Por su parte fray Juan Trasierra, uno de los franciscanos que vinieron al Nuevo Mundo, escribió al cardenal Cisneros a poco de haber sido depuesto el Almiran­te y remitido encadenado a España, estas frases inocultables de su aversión a los hermanos Colón: “Por amor de Dios que pues Vuestra Reverencia ha sido ocasión que salyese esta tierra del poderío del Rey Faraón —alusión clarísima a Cristóbal Co­lón, judío— que haga que él, ni ninguno de su nación —la nación judía— venga en estas islas”. Tras esta solicitud se toma vi­sible que el futuro cardenal Cisneros era, junto con Rodríguez de Fonseca, uno de los más esforzados en anular el influjo judaico en el Nuevo Mundo y que tra­taba por todos los medios a su alcance de cancelar los poderes gubernativos acorda­dos a Colón. Las mismas expresiones del Padre Trasierra demuestran que ese re­moquete de “Rey Faraón” y “los de su nación” era justamente el equivalente de “judíos”, palabra que los religiosos elu­dían con eufemismos del tipo de “farao­nes” o “ginoveses”, como veremos más ade­lante.

8º) Llama la atención a quien no está atado y comprometido por un arraigado prejuicio este hecho singular: las amista­des más firmes y consecuentes de Colón en España —como en Portugal—1 están regidas por el signo hebraico. Deberíamos suponer, tal como nos lo muestran los tes­timonios de su devoción católica, que sólo los cristianos viejos escucharon y apoyaron sus pretensiones. Y esto no ocurrió, si exceptuamos al duque de Medinaceli. Veamos, pues, quiénes lo socorrieron y en­caminaron al llegar huido de Portugal: En primer término fray Antonio de Marchena, honda certera que lo lanza en la circunstancia y asegura su retirada. Fray Antonio distingue de inmediato al judío por sus inocultables rasgos físicos, característicos de un tipo determinado: ojos azules, cabello rojizo, la tez pecosa y arrebatada, la nariz aguileña… y lo reco­noció, asimismo, por su afán marinero y descubridor. Marchena era, por entonces, guardián del convento de La Rábida, pe­ro, además un conocido astrólogo o estre­llero y de sospechosa raigambre judía. Fray Antonio lo dirige al duque de Medinasidonia que lo rechaza y luego al de Medinaceli que lo hospeda cerca de dos años en su palacio de El Puerto de San­ta María. Al cabo de un tiempo ese mag­nate lo transfiere a los Reyes que lo ponen en manos de Alonso de Quintanilla y éste lo vincula con fray Diego de Deza, des­cendiente de judíos, obispo de Palencia, preceptor del príncipe heredero, profesor de Salamanca, posteriormente arzobispo de Sevilla y, tras la muerte de Torquema- da, inquisidor general. Este personaje dis­ponía que se pagara a Cristóbal Colomo —que así se llamó Colón en España des­de que llegó de Portugal hasta firmarse las capitulaciones de 1492— aquel jornal ma­rinero de un poco más de mil maravedís mensuales. Deza no dejó de proteger a Co­lón y ese reconocimiento está asentado en dos cartas junto con los nombres de fray Antonio de Marchena y de Juan Cabrero. También se cita en esta asociación de hombres que le ayudaron a fray Juan Pé­rez, posterior guardián de La Rábida y no por cierto confesor de la Reina, como se ha dicho, pero que jamás fue, sino re­colector de gabelas, oficio casi exclusiva­mente en manos de los judíos. Pero si hu­biera alguna duda con respecto al origen judío de fray Juan Pérez, me limitaré a señalar que un sobrino suyo, Rodrigo de Escobedo, fue el tercer jefe de los 39 ju­díos que quedaron en el Fuerte de Navi­dad y uno de los que no quisieron con­vertirse en España. He de citar asimismo, a Hernando de Talavera, ese sí confesor de la Reina y descendiente igualmente de una judía, que pasó a la historia como enemigo de Colón, no por haberse opuesto a sus proyectos, sino porque consideró que la soberana, después de haber firmado un acuerdo con Portugal, no podía autorizar una expedición por los mares reconocidos como controlados por los portugueses. No obstante ello, Talavera protegió y ayudó a Colón, especialmente cuando después del tercer viaje llegó aherrojado. En su palacio del arzobispado de Granada lo mantuvo y atendió durante su eclipse.

9º) Justamente allí, en Granada, el ju­dío Colón escribió su “Libro de las Profe­cías”, uno de esos documentos claves de su origen hebraico, tan estrechamente li­gado a su tradición israelí. Y lo curioso de este libro, donde tal vez algo se revelaba de sus antecesores, es que de él han sido arrancadas numerosas páginas por una mano anónima que seguramente tenía or­den de extirpar de él todo lo que no con­viniera a su buen nombre cristiano. Pero no faltó quien dijera —y esto está regis­trado en la historia— que en esas páginas destruidas se hallaba “lo mejor y más in­teresante” de aquella obra.

10º) Al lado de esas palancas judías fi­guran algunas otras-de singular relieve y poderío en la corte castellano-aragonesa: los marqueses de Moya, Andrés Cabrera y Beatriz Bobadilla. Andrés, alcaide del alcázar de Segovia, fue uno de los pri­meros partidarios de Isabel cuando era pretendiente al trono de Castilla. El triun­fo y la ascensión de la princesa determina­ron el encumbramiento al marquesado de Cabrera y Beatriz y ésta, a su vez com­prometió aún más el reconocimiento de la soberana, al recibir una cuchillada de un santón moruno que en el sitio de Málaga intentó matar a la Reina y sólo hirió a Beatriz Bobadilla. Andrés y Beatriz eran de ascendencia judía y firmes sostenedo­res de Colón. Item más: allí estaba para socorrerlo, Juan Cabrero, camarero de Femando el Católico e igualmente de ori­gen judío. Un documento del Almirante lo señala a Cabrero como factor esencial del descubrimiento de las Indias. Citemos por último a Luis de Santángel y a Ga­briel Sánchez y a los cuatro hermanos de éste, altos funcionarios en la corte de Ara­gón y descendientes de judíos y los que en primer término batallaron para que Co­lón obtuviera lo que pedía. Léase el ca­pítulo que Las Casas dedica a la entrevis­ta de Santángel con la Reina, para com­prender cuánto pesó la palabra del escri­bano de ración de Fernando V en el áni­mo de la soberana y, por encima de todo, el millón y pico de maravedís que entre­gó de su peculio particular para que el viaje, tan largamente postergado, se rea­lizara con el dinero de un judío. Las his­torias hablan muy cautelosamente de es­ta intervención de Santángel para decidir a la Reina y jamás aluden a su estirpe; en cambio enaltecen sin cesar a los ecle­siásticos que, como Diego de Deza, Marchena y Pérez no dieron los pasos reso­lutivos que movilizaron las naves y con­cluyeron la negociación: es decir, los que determinaron la voluntad de la soberana de Castilla y los recursos necesarios que fueron la obra exclusiva del judío San­tángel y no de la inspiración de Isabel y del empeño de sus joyas como aún se en­seña y se cree. Por eso las cartas escritas por Colón a Luis de Santángel y a Gabriel Sánchez desde las Azores, antes que las dirigidas a los Reyes desde Lisboa, mues­tran fehacientemente el agradecimiento del judío Colón a esos dos hermanos de raza, aun cuando tiene buen cuidado de no citarlos en su correspondencia con los monarcas y sí a los mencionados frailes co­mo factores decisivos de victoria.

Ahora bien: si Colón no hubiera sido judío ¿porqué tantos descendientes de Abraham —y tan pocos cristianos— se em­peñaron, trabajaron y comprometieron pa­ra elevarlo en tal grado como lo eran dig­nidades tan altas y supremas como el Al­mirantazgo y el Virreinato, en vísperas de la expulsión de los hebreos de España? Hay que suponer que ningún marrano hubiera ayudado a un enemigo o a un perseguidor de su religión. Por lo tanto los judíos encumbraron a uno de los suyos a los puestos más altos del Estado, para contrarrestar el efecto de aquella prevista y pavorosa Diáspora.

11º) El «negocio” de las Indias, come lo califican los primeros cronistas —fue en efecto, un negocio— cuyos participan­tes eran judíos. No solamente Navarrete inserta en su Colección documental prue­bas del comercio que realizaban emisarios y socios del Almirante, tan activos como Francisco Ribarol y Juan Sánchez, herma­no de Gabriel, tesorero de Aragón, casti­gados por real cédula de 1501 con un em­bargo de 200.000 maravedís, sino que mer­ced a esa negociación en la que entraban por igual judíos que deseaban abandonar a España para liberarse de la Inquisición, como mercancías para las nuevas tierras halladas, nos enteramos por intermedio de fray Antonio de Aspa, padre Jerónimo, en­viado como investigador a la isla Española por el cardenal Cisneros en 1512, quié­nes eran esos comerciantes y a qué nacio­nalidad pertenecían. Aspa los califica de «ginoveses” y afirma que en las manos de estos “ginoveses”, comandados por Cristó­bal Colón, se hallaba el transporte y la venta de productos, tanto europeos como indígenas. Pero aún aclara mucho más: sostiene que en el primer viaje de Colón fueron como tripulantes de las tres naves muchos más de los que se contaron y entre ellos “cuarenta ginoveses”. Y ahora sabe­mos positivamente que esos “40 ginoveses” eran los 39 judíos que embarcaron en Pa­los el 2 de agosto de 1492, último día de plazo acordado para la expulsión y que fi­nalmente guarnecieron el Fuerte de Na­vidad, en la isla Española, porque no po­dían regresar a España, ni querían con­vertirse. Y estas cosas el padre Aspa las conocía muy bien porque el propio Colón las declaró cuando, en 1497, de regreso de su segundo viaje, pasó una temporada en el convento de los jerónimos de La Me­jorada, cerca de Olmedo, en cuya casa profesaba fray Antonio de Aspa. De don­de se desprende que por aquellas fechas la palabra “ginovés” se aplicaba a los ju­díos, fueran o no ligures, con tal de no re­petir el vocablo judío, que después de la expulsión de la grey mosaica, sonaba muy mal y traía un enjambre de dolorosos re­cuerdos y amargos resquemores.

De tal manera Cristóbal Colón figura en la historia y en la leyenda como “gino­vés”. Y aun cuando esto parece «un chiste macanudo”, tal cual lo calificó alguien en una revista que por ahí circula y como invento del que habla, el hecho queda lo suficientemente testimoniado como pa­ra no dudar de su efectividad. Era Colón, ineludiblemente un “ginovés” que no ha­blaba ni escribía una sola palabra de su presunto dialecto natal y en cambio se expresaba correctamente en castellano, ga­llego y portugués. Un “ginovés” que tra­bucaba todos los nombres y apellidos genoveses e italianos y nunca se acordó de su patria, ni de sus figuras proceres, ni bautizó ningún lugar del Nuevo Mundo, sino con denominaciones hispanas y es­pecialmente gallegas. Un “ginovés” cuyas relaciones más íntimas se contaban entre familias judías y cuya amante, Beatriz Enrique de Arana, que antes se apelli­daba Torquemada, madre de su hijo Fer­nando, era también de esa estirpe. Un “ginovés” que por judío y por la carga de judíos que llevaba en su primer viaje, no necesitó de un sólo sacerdote cristiano que salvara su alma y bendijera las tierras que iba a descubrir. Un «ginovés” que a pe­sar de todo su catolicismo, de su diaria de­voción y de su providencial misión de transportar como San Cristóbal en sus hombros a Cristo, —cuando en verdad lo que transportó fueron judíos—, dos veces fue rechazado por la Iglesia para escalar los altares y adorarlo como santo.

12)   Y, finalmente, si no fuera judío ¿es concebible que se hubieran acumulado en torno de su nombre, de sus orígenes, de su familia, tantos enigmas y contradiccio­nes? Eso basta para afirmar rotunda y ca­tegóricamente que Cristóbal Colón era ju­dío. Para borrar esas huellas fue necesa­rio destruir documentos, ocultar rastros, silenciar conciencias, falsificar papeles. Todo antes que el mundo advirtiera que un judío era Almirante y Virrey de Cas­tilla y que en las Indias ocupaba el lugar del Rey. ¿Cómo podía admitirse semejan­te monstruosidad? Por eso, y nada más que por eso, Cristóbal Cólón aún sigue siendo “ginovés”.

LA NACIONALIDAD DE CRISTOBAL COLON

 

lavanguardia«A B C» ha publicado el siguiente artículo, 7 abril de 1926:

¿Por qué se ha creído y aún sigue creyén­dose por innumerables personas que Cristó­bal Colón era genovés?

Porque así lo declaró Colón ante los Reyes Católicos, diciendo: «De Génova salí y en ella nací».

¿Pudo tener Cristóbal Colón decidido inte­rés en ocultar su nacionalidad?

Seguramente. La modestia de su origen, el pertenecer su madre a la raza judía, tan per­seguida por los Reyes Católicos; la seguridad, entonces, como ahora, «de que es difícil, ser en su tierra profeta», indujeron a Colón decir que había nacido en Génova.

¿Y por qué en Italia y no en Portugal, Fran­cia o cualquier otro país? Por la gran fama que en aquella época gozaban los marinos genoveses y venecianos, lo que les permitía ser bien acogidos en todas partes.

Cristóbal Colón, al hacer la afirmación «de Génova salí y en ella nací», no sólo tuvo en cuenta la seguridad de que sería así bien aco­gido en la corte de los Reyes Católicos, sino también el éxito anteriormente logrado por el almirante Bonifaz, que, para conseguir que el rey Fernando III el Santo aceptara sus planes de navegación, se fingió también ge­novés, siendo castellano y nacido en Burgos.

En la obra «Colón, español», del ilustre es­critor, ya fallecido, don Celso García de la Reguera, y en los notables trabajos de los se­ñores Otero, Calzada, Beltrán y Rózpide, Re­guera Montero y otros varios, queda demos­trada de modo claro y concluyente la nacio­nalidad española de Colón.

Una de las pruebas más terminantes de que el descubridor del Nuevo Mundo no fue geno­vés la ofrece su apellido Colón, no Colombo. La genealogía de los “Colombos” italianos no tiene nada de común con la de Cristóbal Co­lón, cuyo nacimiento se disputan con Génova las diez y seis poblaciones italianos siguien­tes: Albizola, Bogliasco, Colvi, Cosselia, Cuccaro, Cuyeres, Chiavarri, Ferrosa, Finali, Mocieña, Nervi, Oneglia, Plusencia, Pradello. Quinto y Soana. Y no es argumento el afir­mar, como lo han hecho -algunos escritores, que Cristóbal Colón suprimió la última sílaba de su apellido para acortarlo y facilitar así su pronunciación.

El apellido COLON es y ha sido siempre es­pañol y tiene rancia antigüedad en nuestra patria. Desde un obispo de. Lérida (año 133.4), que se llamó Colón, hasta las numerosas per­sonas que lo han llevado y lo siguen llevando en Pontevedra, son muchas las familias es­pañolas do este apellido.

En Porto Santo, pueblecito do la ría de Pon­tevedra, hay una casa en ruinas que, según la tradición, perteneció a la familia de Cris­tóbal Colón. Don Prudencio Otero Sánchez, uno de los más tenaces perseguidores de la verdad en el nacimiento de Colón, contem­plaba aquellas piedras, cuando le pareció no­tar una inscripción que la humedad había ido recubriendo de musgo y hierba. Limpiando ia piedra, llegó .a leer Juan Col, y reanudando el trabajo en unión de don Luis Gorostola, miembro de la Sociedad Arqueológica de Pon­tevedra, lograron al cabo leer la inscripción, completa, que decía: «Juan Colón, R° Año 1430. Este nombre, perfectamente comprobado es de gran importancia, pues él demuestra que el apellido COLON existía en Galicia an­tes del descubrimiento de América,

El insigne escritor antes citado, don Cel­so de la Riega, encontró unos pergaminos, que entregó en la citada Sociedad Arqueoló­gica, en los que constan ciertas cantidades adeudadas a D° de Colón.

No hay duda, por tanto, de que el apelli­do Colón exista muy de antiguo en Galicia.

Dominico Colombo que murió en 1498, y que, según la genealogía italiana fue padre de Cristóbal Colón, era tabernero en Saona, pe­queña población próxima a Génova, y jamás tuvo relación alguna con el descubridor del Nuevo Mundo, lo que confirma su propio hi­jo don Fernando, en la «Historia del almiran­te D. Cristóbal Colón», al decir que no juzga exacta la afirmación de su padre de haber na­cido en Génova.

A las citadas y documentadas pruebas pue­de añadirse esta otra irrefutable: Cristóbal Colón no podía ser italiano, por no haber ha­blado ni escrito jamás este idioma, que le era en absoluto desconocido.

Cuando, al dirigirse a los Reyes Católicos en diversas comunicaciones, escritas todas ellas en español, encontraba alguna dificul­tad para expresarse, no acudía al italiano, como hubiera sido natural, de ser éste su idio­ma materno, sino «al gallego». Y así en sus escritos pueden leerse vocablos tan galaicos como «inchir», por llenar; «carantoña», por careta; «esmorecer», por desfallecer; «oscura- da», por obscurecer, etc. Lo que prueba fue el gallego el idioma nativo de Colón. Y así, al pisar la primera tierra que descubrió, no. la llamó «San Salvador» en recuerdo del Salva­dor del mundo, pues, de haber sido éste su pensamiento la hubiese titulado «El Salva­dor», la llamó «San Salvador», cuyo Salvador no existe en el martirologio, porque así se titula la iglesia parroquial del pueblecito de Poyo, en la provincia de Pontevedra.

En los sucesivos descubrimientos fue tam­bién designando con nombres gallegos—nunca italianos—muchas do las nuevas tierras con­quistada. «Porto Santo», lugar -donde- fue fun­dada, según la tradición, Pontevedra. «Puerto de San Nicolás» y la «Trinidad», cofradías populares en Galicia «Punta de la Galera» y «Punta Lanzada», nombres pertenecientes a la ría de Pontevedra. «La Gallega» denominó a una isla y «El Gallego» al buque en que em­barcó su hermano Bartolomé.

De ser Colón genovés, ¿cómo se explica que no se hubiese acordado del nombre de algún pueblo italiano?

Cuando Américo Vespuccio, italiano de na­cimiento, aun cuando educado y naturaliza­do en España, realizó su primer viaje al Nuevo Mundo, bautizó con el nombre de «Golfo de Venecia» al primer mar que des­cubrió, y lo mismo han hecho todos los des­cubridores y conquistadores: denominar con títulos familiares y en el idioma nativo los lugares visitados o los hechos en que han intervenido.

Don Ricardo Beltrán y Rózpide, de la Real Academia de la Historia y de la Real Socie­dad Geografía, en su obra titulada «Cristóbal Colón y Cristóforo Colombo», hace en sus conclusiones esta categórica afirmación:

«El Colón de los documentos españoles no es el Colombo de los documentos italianos.»

La discutida nacionalidad de Cristóbal Colón – ABC 1926

concurso_ABC_colonLa Prensa de Italia y va­rias Asociaciones culturales de dicho país se ocupan ac­tualmente de la nacionali­dad del descubridor del Nuevo Mundo, con el íin de demostrar que Cristóbal Co­lón es el Cristófforus Columbo nacido en Génova, en donde vivió hasta su ma­yor edad.

Varios escritores italia­nos fundamentan sus argu­mentos en lo que dicen al­gunos españoles, que, en la duda sobre el origen de Co­lón, no han vacilado en afir­mar la nacionalidad italiana del mismo. ¡ i Asi se hace Patria!!

Con el fin de que quede esclarecido de una vez para siempre el lugar del naci­miento del gran navegante, ha abierto A B C el concur­so cuyas bases publicamos a continuación, ya que ja­más se habría podido deter­minar la nacionalidad de Colón en una polémica pe­riodística, aun pudiendo probarse documentalmente que Colón nunca nombró a la carabela en que realizó su glorioso viaje la Santa Ma­ría, y sí la GALLEGA, en recuerdo, por lo visto, de haber nacido en Génova.

Próximo a cumplirse el plazo en que se na de reunir el Tribunal internacional —Abril de 1927—. espera­mos, confiados, que ante éste quedarán demostrados todos los hechos que han formado el convencimiento de cuantos creen, como cree ABC, que no sólo se debe al valor y al genio de la raza hispana la conquista y la ci­vilización de América, sino que. Cristóbal Colón era tan español como los Reyes Ca­tólicos.

Bases del concurso

Primera. El diario espa­ñol ABC premiará con 50.000 pesetas (cincuenta mil pesetas) el escrito que, a jui­cio de un Tribunal arbitral internacional, demuestre la nacionalidad española de Cristóbal Colón, descubridor del Nuevo Mundo.

Segunda. Este Tribunal $erá elegido entre eminentes personalidades españolas y extranjeras, bajo los auspi­cios del Gobierno español.

Tercera. Los trabajos de­berán presentarse en cuarti­llas escritas a máquina por una sola cara, firmados por el autor, con su nombre y apellidos e indicación de su residencia, acompañando al ejemplar en español, uno en italiano y otro en inglés.

Cuarta. Sin derecho a premio—pues éste queda re­servado para recompensar el trabajo que demuestre la na­cionalidad española de Co­lón—se admitirán y entre­garán al Tribunal arbitral los escritos que impugnen la citada nacionalidad, siempre que su autor cumpla lo que queda establecido en la base tercera.

Quinta. El Tribunal arbi­tral internacional podrá ejer­cer todos los derechos que estime pertinentes para es­clarecer y fallar sobre los dos únicos temas que se somete­rán a su estudio, y que son:

a)       ¿Puede afirmarse que Cristóbal Colón, el descubri­dor del Nuevo Mundo, era español ?

b)       ¿Puede afirmarse que Cristófforus Columbo, nacido en Génova, e hijo de Domini- cus, fué el descubridor del Nuevo Mundo?

Sexta. Los escritos serán recibidos, hasta el día i.° de Abril de 1927, en la casa so­cial de A R C, Serranof 55, Madrid.

Séptima. El autor del tra­bajo premiado disfrutará, respecto al mismo, de todos los derechos de propiedad li­teraria, pero se entenderá que cede a favor de A B C la facultad de editarlo o pu­blicarlo, si lo considera opor­tuno, total o parcialmente, o en extracto, en cualquiera de los idiomas citados. En inglés, por ser, con el español, los que se hablan en América. En italiano, por el interés que para Italia tiene la naciona­lidad de Colón.—En Madrid, año de 1926.—Torcuato Luca de Tena, director de A B C