La Gallega, nave capitana de Colón en el primer viaje de descubrimientos: Celso García de la Riega

 

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http://archive.org/details/lagallega00garcrich – La Gallega, nave capitana de Colón en el primer viaje de descubrimientos (1897)

 

 

AL PUEBLO DE PONTEVEDRA,

El tínico éxito que ambiciono para este libro, es el de que sirva de estímulo ú empresas provechosas para Ponteve­dra. Hubiera querido que en sus pági­nas se dibujase, claramente un.acabado cuadro de la importancia de nuestro pueblo en oíros siglos, que despertase las energías de sus hijos g de sus veci­nos i} que les impulsase d utilizar los poderosos elementos que el progreso mo­derno proporciona fácilmente á quie­nes ejercitan una decidida voluntad, porque no en vano se dice que querer es poder; pero mis fuerzas no alcanzan d trazar dicho cuadro ij me limito d ex­hibir algunos datos que atestiguan aque­lla pasada grandeza, ya que me facilita ocasión para ello el deseo de reivindicar una gloria de que se ha pretendido des­pojarnos.             ■

Si los pueblos viven de sus gloriosos recuerdos, es porque el ejemplo de los hítenos tiempos tiene la virtud, ó debe tenerla, de alimentar el perseverante pro­pósito de acrecer los bienes presentes y de recobrar los perdidos; es porque mer­ced á dichos recuerdos, no se apoderan del ánimo, ó por lo menos pueden ser combatidas con fruto, la indiferente pa­sividad y la descuidada indolencia, ca­rriles ciertos por donde se llega á la ex-Unción de toda fuerza y, por consiguien­te, á la mas completa anulación.

No es cierto que Pontevedra carezca de bases para hacer el debido honor rí su pasado. Por su situación y la del in­mediato puerto de Marín, que en nada ceded los demás de. Galicia y aun les su­pera en la condición de que los buques no necesitan práctico para entrar y fon­dear en él, puede convertirse en centro mercantil y fabril de una extensa y po­blada comarca: para ello, solo se re­quieren unión y amor al trabajo.

Tales son las ideas que originan esta dedicatoria, en la cual, no solo por gra­titud, sinó también por sentimiento de justicia, debo incluir desde luego el nom­bre del Sr. Marqués de Riestra, amante hijo de Pontevedra, bajo cuyos aus­picios publico el presente estudio, y quien, por la instalación de grandes industrian ij por su constante coopera­ción á cuanto engrandezca moral y ma­terialmente á nuestra pueblo,-ha inicia­do en éste el seguro camino para la re­conquista de su pasada prosperidad.

Dedico, pues, mi modesto trabajo á Pontevedra, cuyo nombre ha querido Dios enlazar al de la carabela «La Ga­llega», desde cuyo castillo vio Colón, en memorable noche y cual ansiado faro, la luz reneladora de un nuevo mundo.

¡Aunque descubierto ese mundo en bien de la humanidad y de la civiliza­ción, haya costado á España tantas lá­grimas y tantos sacrificios!

Celso G. de la Riega.

Pontevedra, Mayo de 1897.


I.

Emprendemos la difícil tarea de restable­cer ía verdad sobre detalles de grandiosos hechos acaecidos al principiar la Edad mo­derna, pretensión temeraria indudablemente en toda ocasión y mucho mas cuando es preciso analizar afirmaciones de altas auto­ridades científicas y cuando la situación creada en los archivos, en los libros, en las tradiciones y en las demás fuentes históricas por el trascurso de cuatro siglos de cons­tantes perturbaciones y por los apasíona- mientos de los hombres, es poco favorable á la investigación de lo pasado por los que no poseemos las condiciones que se requie­ren, en primer término, para examinar, es­coger y ordenar los elementos de prueba, y luego, para utilizarlos con la eficacia apete­cida.

El deseo de acertar, unido ála confianza en la bondad de la causa que nos propone­mos defender, pueden acaso evitar aquella deficiencia y, fundados en este sincero raciocinio, no hemos vacilado en acome­ter la empresa, realizando así nuestro an­helo. desde hace mucho tiempo bien sen­tido, de rectificar aseveraciones que hemos juzgado caprichosas y que vienen reclaman­do, desde que se han estampado por la im­prenta, clara y adecuada respuesta.

Quizás aparezcamos en algún momento dominados por el orgullo; mas aparte de que este sentimiciito pudiera justificarse por la honrosa historia del pueblo en que he­mos nacido, afirmamos desde luego que estamos muy poseídos de la verdad que defendemos y que á este convencimiento deberá atribuirse la severidad ó la altivez de nuestros juicios.

 

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II.

La historia del Descubridor del Nuevo Mundo ofrece diversos incidentes que han sido, son y serán durante mucho tiempo ob­jeto de minucioso estudio y de animadísima discusión. Lapátríay origen del primer Al­mirante de las Indias; el día, ó por lo me­nos, el año de su nacimiento; su infancia, educación, juventud y vida anterior á su aparición en Castilla; la calidad de sus pa­rientes; la fecha y el lugar de su casamiento en Portugal: sus relaciones amorosas en Córdoba y otras interesantes circunstancias

 

de su existencia, permanecen envueltas eñ la obscuridad.

Luchan varias poblaciones por la gloria de ser indisputable cuna del eximio nave­gante; discuten historiadores y críticos con el debido interés sobre los varios puntos de controversia; documentos tras documentos brotan de los archivos produciendo alterna­tivas en el aspecto y en las momentáneas re­sultancias déla perenne información abierta; y aunque al parecer la confusión crece y ame­naza convertir en arcano aquella obscuridad, es indudable que en el fondo de las cuestio­nes planteadas la verdad vá labrando su di­ficilísimo camino, y probablemente, porque tal es el objetivo de las ciencias históricas, resplandecerá un día en toda su plenitud.

Cuanto se refiere á los hombres extraor­dinarios que sobresalen en la historia del mundo como fundadores de las religiones, como genios de la cienckij como conquista-

 

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dores de la tierra, ejerce sugestión muy ac­tiva en la mente de las clases cultas y en el ánimo de los pueblos. El estudio ele las virtudes que han brillado en su caracter; de las particularidades de su vida y hasta de sus defectos; de los actos que llevaron á ca­bo; de la época en que vivieron; de las per­sonas y colectividades que intervinieron en su empresa; de los acontecimientos que de* tuvieron ó apresuraron la ejecución de sus altos pensamientos; de los medios que tu­vieron á su alcance ó que la Providenciales proporcionó ostensiblemente para la obra inmortal que realizaron; y, por último, de los ínfimos instrumentos de su misión en la humanidad, constituye una parte esencial del culto que podemos rendirles cuantos no hacemos otra cosa que nacer, vivir y morir sin dejar huella alguna de nuestro paso por la tierra.

La gloria de los grandes hombres se re-

tleja en todo lo que les ha rodeado y, con relación á ellos, el único finá que podemos aspirar los simples mortales, es el de preten­der que una parte de esa gloria encumbre aquello que á todos inspira también espon­tánea y ferviente pasión: el pueblo en que se ha nacido.

Tiene, por consiguiente, para nosotros grande atractivo el estudio de ciertos de­talles del primer viaje de descubrimientos emprendido por Colón desde el inmortal pueblo de Palos y cuyo feliz éxito transfor­mó radicalmente las ideas, los conocimien­tos científicos, el comercio, las aspiraciones sociales, la vida entera de la humanidad, co-‘ mo uno de los más sorprendentes y maravi­llosos sucesos acaecidos desde la Creación. Tres pequeñas embarcaciones españolas di­rigieron sus atrevidas proas hacia el desco­nocido Occidente, á cuyo extremo la fanta­sía popular creía que se desbordaba el te-

nebroso piélago que había sepultado en re­mota edad extensos continentes y numero­sos pueblos, é imaginaba abruptas liberas pobladas por deformes séres y constante­mente asaltadas por iracundas olas; y, en verdad, que si Colón alcanzó gloria imarce- sible por su inteligencia, no menor la logra­ron por su corazón aquellos pobres tripu­lantes que no poseían la perseverante fé cleí Génio que les guiaba, ni la fuerza persuasi­va de la Ciencia á que servían.

Nuestra insignificancia 110 impedirá que saludemos con orgullo y con respeto la me­moria de aquellos humildes marineros, ni que dediquemos éntusiasta aplauso á la aristocracia española que, pocos años há, es­culpió los nombres de dichos inmortales tri­pulantes en el monumento de Madrid, por ella erigido noble y patrióticamente.

 

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III.

Tres fueron, como nuestro» lectores sa­ben, los buques que Colón guió en su pri­mer viaje: las carabelas Santa Marín. 6 La Galle ¡ja, la Pinta y ta ¡Si ña: las dos últimas

del puerto de Palos y la primera del de………

Estos puntos suspensivos indican e¡¡ objeto de las presentes páginas: dejamos en blan­co ese espacio por más que nosotros, ple­namente convencidos, pudiéramos reempla­zarlo con una afirmación.

Interesante cuestión se ha suscitado acer­ca de si la nave capitana de dicho primer

 

viaje era carabela ó nao, y parece resuelta en favor de les que han opinado que La Ga­llega era tal carabela, pues los mismos eru­ditos críticos que en un principio sostuvie­ron el concepto de nao como forma especial de aquel barco, vinieron luego, más ó me­nos francamente, á adhprirse á la opinión triunfante, que por cierto defendió con ga­llardía y con sólidas razones el distinguido é ilustrado General de Infantería de Marina Don Pelayo Alcalá Galiano.

No pretendemos intervenir en dicha po­lémica, ni renovarla; pero de ella debemos recojer, para nuestros raciocinios y para nuestra demostración con respecto al puerto de que procedía la Santa María, ciertas no­ticias, mejor dicho, apreciaciones, que un doctísimo académico de la Historia y escla­recido marino, Sr. Fernández Duro, se deci­dió á autorizar con su valiosa adhesión; apreciaciones que seguramente hubiéramos ignorado, (ya porque no es posible leer todo lo que se escribe c imprime, ya por otras preocupaciones del ánimo y de la vida) si los estudios que hubimos de emprender desde hace poco tiempo no las hubieran puesto ante nuestra vista, y son las siguien­tes, conviene á saber: en su notable trabajo histórico «Pinzón en el descubrimiento de las Indias,» año de 1892, página 44, dice que para el mencionado primer viaje de Co­lón «se fletó además una nao de Cantabria fuerte y buena» y en la Revista del Cente­nario, cuaderno 6.a, página 252, afirma que «Juan de la Cosa era capitán y propietario de la Sania María, capitana nao construida en Cantábria expresamente para la carrera de Flaudes.*

Respecto á la primera proposición, y á una parte de la segunda hemos advertido desde luego que la misma vaguedad del con­cepto destruye la aseveración; cuanto á la de

 

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haber sido Juan de la Cosa propietario de La Gallega, conocíamos el documento que el ilustre Navarrete ha incluido en su «Bi­blioteca maritima’b. esto es, la carta de los Reyes Católicos, que dice: «Por faser bien »y merced á vos Juan de la Cosa vesino de »Santa María del Puerto porque en nuestro »servÍcio e nuestro mandado fuistes por amaestre de una nao vuestra a los mares »del Océano donde en aquel viaje fueran descubiertas las tierras e islas de la parte »de las Indias e vos perdistes la dicha nao c »por vos lo remunerar e satisfacer por la »presente vos damos licencia e facultad pa- »ra que vos o quien vuestro poder hobiere »podades sacar de la cibdad de Jerez de la »Frontera 0 de otra qualquicr cibdad o villa so logar de Andalucía doscientos cahises de »trigo &n &»            .

Esta Real carta, expedida en Medina del Campo á 28 de Febrero de 14941 no ofrece

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ningún otro detalle ó frase que se preste á estudio ó á interpretación interesante.

Y, por último, en su hermoso libro titula­do «La Marina de Castilla», el Sr. Fernán­dez Duro, al hablar de la gigantesca empre­sa de Colón, dice así: «La actividad de Pin- »zón organizó en breve escuadrilla en que, >ypor caprichos del azar, eran componentes »dos carabelas del puerto mismo de Patos, » fuertes y veleras, y una nao de mayor por- »te, propiedad de su maestre Juan de la Co- »sa, tripulada por cántabros como él, cur­tidos en la navegación del norte de Euro- »pa. Los tres bajeles, en su pequenez bus- »cada, representaban á los de Andalucía, le- »brcles de los moros, á la vez que ti los de »las Cuatro villas, Vizcaya y Guipúzcoa, »émulos de cualquier otro en Flandes como »en Vcnecia.» «Eran síntesis de la marina «castellana que, acabado el servicio de su »nación, iban á servir á la humanidad.»

 

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IV,

«5c /Zeíó arfemos una nao de Cantabria fuerte y buena.»

Según todas las noticias que se tienen del período angustioso que Colón pasó en Palos organizando su pequeña armada de descu­brimientos, se hizo lo que se pudo, esto es, se fletaron los barcos que se encontraron á mano. No hubo elección, ya porque 110 exis­tían en aquel puerto otras naves, ya porque todo el mundo esquivaba tomar parte en una empresa considerada como absurda y de fa­tales consecuencias.

 

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Conocidas son las amarguras que sufrió el insigne navegante en la preparación de su escuadrilla y las dificultades de todo gé­nero que se le presentaron, unas de oposi­ción manifiesta, otras de resistencia pasiva, no obstante las apremiantes órdenes de los Reyes; hacíanse mal y volvían á hacerse peor las obras que requerían los dos barcos con que aquel puerto tenía obligación de servir á la Corona, embargados para el via­je; desert?ban los tripulantes contratados y huían los que temían ser alistados por la fuerza; habíase formado terrible atmósfera que amenazaba destruir todas las esperan­zas de Colón       ¡Es que se trataba de los

proyectos descabellados de un extranjero visionario que, por ambición ó por extrava­gante manía, pretendía arrastrar á ignora­dos tormentos y á horrorosa muerte á cuan­tos tuviesen la debilidad de seguirle! Es po­sible que sin los piadosos consuelos y las

 

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animosas exhortaciones de los [franciscanos de la Rábida, el Descubridor de las Indias se hubiera entregado á la desesperación; porque, en efecto, tarea sobrehumana era la de vencer las preocupaciones de las clases inferiores, despues de haber luchado duran­te siete años con las de las elevadas; la de alcanzar el consentimiento del pueblo, des- pues de haber logrado el apoyo de la Córte. Antes, había encontrado enfrente de sí la ciencia oficial y la altivez de arriba; des- pues, veía obstruido su camino por la igno­rancia y por el fanatismo de aquellos que eran brazos indispensables para realizar su obra.

El mérito de los Pinzones y de Juan de la Cosa estriba precisamente en la decisión con que por fin favorecieron los planes de Colón; pero no existió, lo repetimos, verda­dera eleccción de buques y se alistaron los que á su alcance y disposición tuvieron los

 

mencionados ilustres marinos. No había tiempo ni sobraba dinero para ir de puerto en puerto examinando buques ó para encargar á Cantábria una nao fuerte y buena: acaso la llegada á las aguas de Palos, en recalada de viaje comercial al Mediterráneo, de La Gallega, conducida por su maestre Juan de la Cosa, fue causa de que éste se enterase al pormenor de las científicas teorías de Colón y se determinase á secundar sus proyectos, pues indudablemente poseía, como los Pin­zones, conocimientos, experiencia y ánimo suficientes para comprender ía verosimilitud de la empresa patrocinada por los Reyes Ca­tólicos; y así la Providencia proporcionó á Colón un buque de carga. (1.) El mismo se­ñor Fernández Duro dice en La Marina de Castilla, que las tres carabelas componían, por caprichos del asar, la escuadrilla orga­nizada en Palos,

Examinaremos mas adelante si La Ga­llega era ó nó de Cantabria: veamos por de pronto, en pocas líneas, el grado de impor­tancia que tienen los adjetivos «fuerte y buena:» El docto Sr. Fernández Duro no los ha estampado seguramente en oposición á los de «débiles y malas» como condicio­nes de las otras dos carabelas de Palos, pues en el párrafo de La Marina de Casti­lla, arriba copiado, afirma que eran fuertes y veleras; quiso indudablemente expresar que en Cantabria se construían barcos fuer­tes y buenos, en el sentido de tener mu­cha, bien curada y bien trabada madera, porque los marinos de una parte de la costa cantábrica lanzábanse denodadamente hacía el Norte y el Noroeste, en busca de las ba­llenas, donde tenían que luchar y chocar con la fuerza de estos monstruos, con la constante bravura det Océano y con los flo­tantes y temibles témpanos de hielo que se desgajaban de la zona glacial. Mas en

 

la Revista del Centenario», según hemos dicho, vemos enunciada otra idea, afirma­da sin vacilación alguna, como verdad in­concusa y averiguada: la de que la nao Santa Mario, fue construida «en Cantabria expresamente para la carrera de Flaudes», esto es, para el comercio de las regiones del Norte, y por consiguiente, requería la condición de fuerte unida á la de buena que comprende las necesarias para que rindiese provecho positivo á su propietario y á los mercaderes que la fletasen; pero es de ob­servar qtie estas condiciones 110 eran exigi­das exclusivamente á los buques destinados á la carrera de Flandes, sino también á los que hubieren de navegar por los demás ma­res conocidos, que en todos ellos los peligros son idénticos y frecuentes. No creemos que el Sr. Fernández Duro quiso expresar que solo en Cantabria se construían naves fuer­tes y buenas, y en las demás regiones es­pañolas débiles y malas; á nosotros se nos figura que su propósito fue, por una parte, adornar, y por otra justificar indirectamente su aseveración de que La Gallega fué cons­truida en Cantabria.

Este es uno de los puntos que nos propo­nemos analizar en nuestro trabajo. La ex­presada aseveración del Sr. Fernández Du­ro, que á primera vista aparece concluyente, en el fondo es vaga, incierta; se vé la exis­tencia de una convicción, pero de una con­vicción que 110 descansa en fundamentos decisivos, que quizás se deriva tan solo del raciocinio, sobradamente débil, de que sien­do Juan de la Cosa marino cántabro, el bar­co de que era maestre ó propietario debía ser producto de la industria de Cantábria. Si La Gallega hubiera sido construida en alguna de las Cuatro villas ó en alguno de los puertos vascos, noticia necesaria para hacer la mencionada afirmación, el Sr. Fer-

 

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nández Duro no hubiera usado la voz gené­rica «Cantabria», sino empleando la indi­vidual: «construida en Castro, en Laredo, en San Sebastian», Así que las circunstan­cias que contiene la carta de los Reyes Ca­tólicos, no son fundamento bastante, dice el Sr. Alcalá Galiano, para que una perso­na tan erudita afirme que la Santa Marta era nao construida en Cantabria expresa­mente para la carrera de Flandes; y añadi­remos que no constando, siquiera por indi­cios persuasivos, que haya sido fletada cu una de las villas cantábricas para formar parte de la expedición de Colón al Occi­dente, se nos antoja que hubiera sido muy singular su aparición en un puerlo como el de Palos, tan alejado de aquella carre­ra, con lo cual queda desautorizado el ad­verbio «expresamente»; mientras que no resulta violenta, ni mucho menos, la presun­ción de que, dedicados muchos barcos de

Galicia al trasporte de la sardina salada, del abadejo y otros pescados curados á los puer­tos del Mediterráneo, tornando algunos con sal, arroz, especias, aceite, telas de seda, y demás artículos de aquel comercio, y otros en lastre buscando carga por el litoral, se ofreciera á Colón y á los Pinzones la ocasión de fletar La Gallega en el Puerto de Santa María ó en el mismo de Palos. (2}

 

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En materia de tanta importancia históri­ca y trascurridos cuatro siglos desde los su­cesos que se examinan, no basta hacer de­terminadas afirmaciones, por grande y por merecida que sea la autoridad de los escri­tores que las consignen: es imprescindible presentar la correspondiente justificación, porque, como dice el P. Mariana’, «la histo­ria no pasa partida sin que le muestren quitanza.»                                 .

Al lado de la aserveración que origina los presentes comentarios no vemos las prue*

bas, ó indicios serios por lo menos, de que los contemporáneos de Colón daban capri­chosamente la denominación de La Gallega á la nave Sctnta María-, ni hallamos indica­da siquiera la causa de que el navio man­dado por Juan de la Cosa tuviera aquel so­brenombre, ni cita, dato ó documento algu­no que justifique la sospecha, siquiera, de que dicho barco fué construido en Canta­bria.

Ua manuscrito existente en el Archivo deludías consigna, según el Sr. Alcalá Ga- üano, que Colón ‘salió de Palos con tres carabelas, la mayor llamada La Gallega; en la Colección de documentos inéditos de Indias, tomo XIV, página 563, se consigna también que «de las tres naves era capitana La Gallega; Gonzalo Fernández de Oviedo, cuya Historia general de Indias, escrita á principios del siglo XVI, está reconocida como fuente histórica de primera importan­cia, denomina repetidas veces La Gallega, en el capítulo 5.0 del tomo primero, á la carabela capitana,

«Debeys saber que desde alli (Palos) prin­cipio su camino con tres caravelas, ¡a una »c maj’or de ellas llamada La Gallega,— »De estas tres caravelas era capitana La vG’.illega en la qual ybala persona de Co- »lon.—Se llamo L% Gallega, dedicada a »Santa María.—Y a la entrada del Puerto íReal toco en tierra la nao capitana llama­s-da La Gallega e abrióse.—E figo hacer «un castillo quadrada a manera de palen- »que con la madera de la cara vela capitana »/,£í Gallega.»

Diversos escritores, tanto de la época co­mo de las subcesivas, distinguen con el mis­mo sobrenombre á la nave capitana; y, por último, el propio Colón dio á una isla la de­nominación de La Gallega, siendo de pre­sumir que para ello no tuvo otro motivo que

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el noble pensamiento de dedicar un recuer­do al barco en que realizó la idea que había acariciado al través de múltiples amarguras: el descubrimiento de las Indias Occidenta­les. En carta que dirigió á los Reyes desde Jamaica, fecha 7 de Julio de 1503, dice que «el navio Sospechoso había echado á la mar, por escapar, (de la tormenta) hasta la isla la Gallega.» La antecedente noticia es muy importante para nuestra demostración, pues Colón 110 debió haber dado caprichosamen­te aquel nombre á la mencionada isla; y re­petimos bajo esta forma la consideración an­tes apuntada, porque creemos necesario de­jar bien inculcada en el juicio de nuestros lectores, tan evidente prueba de que Gonza­lo Fernández de Oviedo cumplió su obliga­ción de historiador puntual y fiel, trasmi­tiendo á la posteridad el nombre «La Galle­ga» que vulgarmente se daba á la nave capi­tana de Colón al emprender su primer viaje,

 

VI.

¿Por que la nave capitana de Colón se lla­maba La Gallega á pesar de que su maes­tre era Juan de la Cosa? ¿Por su forma de construcción, esto es, por su corte, por sus líneas y por otras singularidades de su casco y de su arboladura? ¿Por haber sido cons­truida en Pontevedra, enNoya, en la Coru­lla, en Vivero? ¿Por su historia desde que flotó en el mar? ¿Por los viajes comerciales que verificaba? ¿Por ser gallegos sus propie­tarios antes de adquirirla el piloto de Sati- toña? Por serlo los copropietarios, dado que

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Juan do la Cosa no fuese su único dueño, de la misma manera que la Santa Clara, por pertenecer en gran parte á la familia de los Niño, tenía el sobrenombre de La Niña?

Estas presunciones pueden sin violencia alguna expresar la verdad histórica ó acer­carse á ella y ser además suficientemente razonables para que el Sr. Fernández Duro 110 tuviera escrúpulo alguno en permitir, mientras no dispusiera de pruebas irrefuta­bles, que alcanzase á ia marina de Galicia un reflejo de la gloria que irradia del des­cubrimiento del Nuevo Mundo, Bien es ver­dad que el ilustre académico de la Historia no ba querido descender al estudio de la marina gailega de la Edad Media. Véase su notabilísimo libro titulado «La Marina de Castilla,» del cual resulta que la marina castellana de aquellos tiempos estuvo redu­cida á los barcos de las Cuatro villas y á los de Vizcaya y Guipúzcoa. Ligcrísitnas indi-

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cacioncs con respecto á Sevilla y algún otro puerto de Andalucía; leves alusiones á uno ó dos de los de Galicia y de Asturias, es to­do lo más que en su libro les concede bon­dadosamente. Gijón, Avilés, Vivero, Riva- deof Coruña, Noya, Pontevedra, Bayona de Mignor, debieron presentarse ante el alto criterio del Sr, Fernández Duro como escon­didas charcas donde flotaron algún día, si acaso, míseros bateles de pescadores de ca­ña, á pesar de constarle que en 2 de Sep­tiembre del año do- Í3á3 el rey Eduardo de Inglaterra reclamó al de Castilla por los da­ños que en las costas y en los barcos de sus dominios hicieron varias «naos de Arribe- deu, Vivcrro, La Croinlic, Noic, Pount De- berre e Bayeu Demyor.» Para ocasionar ta­les daños es de presumir que dichas naos eran tan «buenas y fuertes,» como las de Cantabria. No extrañen nuestros lectores ?ste lenguaje, un tanto nervioso^ porque sin

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que seamos llorones, nos afecta que persona tan autorizada por relevantes títulos y por considerables méritos, haya preterido en su libro una parte interesante y extensa de la costa del reino de Castilla como es la de As­turias y Galicia, sobre todo después de asen­tar que el glorioso fundador de la marina castellana fué el célebre arzobispo de Santia­go de Compostela, D, Diego Gelmirez, en el siglo XII.

Que el animoso prelado hubiese traido á ios llamados «puertos bajos» de Galicia, des­de Francia é Italia, maestros de construc­ción naval, demuestra que á la sazón no los había más cerca, esto es, en las Cuatro vi­llas y demás puertos cantábricos; y sería muy lógico pensar, si no lo hubieran justifi­cado sucesos, noticias, datos y documentos de los tiempos posteriores, que á !a iniciati­va del arzobispo respondió el desarrollo en Galicia de la industria de construcción de barcos, porque no se pretenderá afirmar que habiendo instalado Gelmirez aquellos elementos de progreso en las rías bajas ga­llegas, su esfuerzo hubo de ser en ellas completamente estéril, resultando en cam­bio fecundo allí donde no existieron dichos maestros y obreros de construcción naval, esto es, un despropósito parecido al de sos­tener que la siembra que se hace en campo propio dá sus frutos en el del vecino.

Puesto que el arzobispo de Compostela crcó tan útil industria en las villas marítimas de su señorío, en ellas fué donde debió arrai­garse y florecer; y de esta manera racional puede explicarse, á nuestro juicio, el miste­rio que el Si*. Fernández Duro consigna en las siguientes palabras: «A los diez años (de la iniciativa de Gelmirez) una escuadra respetable figura ya, sin saberse como fué formada.»

El docto académico, que por el simple

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hecho de haber sido Juan de la Cosa maes­tre de La Gallega y por el de existir comer­cio entre la costa del norte de España y los paises comprendidos entonces en la deno­minación de Flandes (3) sacó libremente la consecuencia de que aquella carabela filé construida en Cantabria para dicho co­mercio, bien pudo, y con verdadera lógica, ligar la iniciativa de Gelniirez á la existen­cia, diez años después, de una respetable armad?; á no ser que se establezca el pre­juicio de que en Galicia los efectos no son congruentes con sus causas, como arriba hemos insinuado. Pongamos al obispo de Burgos en lugar del arzobispo de Santiago, y seguramente el Sr. Fernández Duro adi­vinaría como se había formado aquella es­cuadra y en cuales puertos cantábricos, ¿Cómo fué formada? I£n gran parte, des­de luego, con los elementos reunidos por dicho prelado; en los astilleros que él creó

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en sus dominios, y con ios mareantes, ya gallegos, ya cántabros, que debieron con­currir para tripularla. Así se instaló y des­arrolló la industria de construcción naval en Galicia; así pudieron los reyes de Castilla hacer más eficaz la guerra con los moros y premiar con notables privilegios y franqui­cias especialísimas el auxilio que obtuvieron de los puertos gallegos; así fué despertán­dose la afición de los nobles de los mismos puertos y comarcas de éstos á la marina mi­litar y así se vió en la Edad Media salir de Pontevedra almirantes como Payo Gome/, Charino, Alfonso Jofre Tenorio, Alvar Paez, (4) y más tarde otros marinos famosos co­ma Juan da Nova, Sarmiento de Gamboa, los Nodal, los almirantes Matos &.a (5) ¡Quién sabe si la historia de la marina de Galicia reserva á dicho distinguido académico algu­na sorpresa extraordinaria!

Consideraciones tan razonables parecen

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invitar á una prévia averiguación, y si aquél erudito escritor hubiese querido investigar por sí ó encargando de ello á persona com­petente, en los archivos de los concejos y de las cofradías de los puertos gallegos, por él olvidados, noticias relativas á la historia marítima de éstos, tenemos la seguridad de que hubiera no solo incluido en La Ma­rina de Castilla datos muy interesantes, si­no también suavizado con oportunas salve­dades la escueta afirmación de haber sido construida en Cantábria la carabela La Ga – llega. Creemos también que no hubiera re­ducido á las Cuatro, villas y puertos vascos la representación que, por su sola autoridad, adjudica á la nave capitana de Colón en el primer viaje al Occidente.

VII.

Los privilegios que gozaban varios puer­tos de Galicia desde antigua fecha y espe­cialmente el de Pontevedra á consecuencia de la conquista de Sevilla en la que, según el concienzudo Riobóo, tomaron parte vein­tisiete naves de dicha villa y diez y siete de la de Noya, fueron elementos poderosos para que en ella se desarrollasen el comercio y la construcción naval. En el número de di­chos privilegios figuraba el de que sus veci­nos y mareantes podían traer libremente de cualquiera parte á los reinos de Castilla y

 

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vender con franquicia en sus naves, esto es, sin pago de alcabalas ni de impuesto alguno, un quinto de las mercancías que condujesen, y si hubiesen de morir por mandato de justi­cia, se ejecutase en ellos la pena como en personas nobles. (6.)

Tan extraordinarias franquicias fueron in­mediato origen de la gran cofradía de ma­reantes de Pontevedra, pues se vió la nece­sidad de hacer constar en todo momento y en todo lugar cuales mareantes y cuales na­ves eran de dicha villa y podían disfrutar aquellas ventajas. Establecióse antes que la Hermandad de las villas cantábricas y mu­cho antes que la cofradía de San Roque de Santiago, puesto que al decretarse la festivi­dad del Corpus Christi, 1311, ya tenía im­portancia suficiente para tomar esta advo­cación (Corpo de Deus) y encargarse del culto correspondiente, que llegó á celebrar con la mayor esplendidez.

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Inscribiéronse en dicho gremio los puer­tos y los mareantes de la llamada costa baja de Galicia, formando una verdadera liga ó hermandad que defendía los intereses y per­sonas que la componían, y del grado de im­portancia que llegó á adquirir puede juzgar­se por el siguiente hecho, extractado de una ejecutoria que consta en el archivo del gre­mio. Habiendo impuesto el Arzobispo de Santiago, D. Alonso de Fonseca, como se­ñor de la tierra, un derecho sobre el pesca­do y sobne el par de millares de sardinas, que cobró durante los años de 1472 á 1478 inclusive, promovióle pleito el gremio de mareantes en defensa de sus privilegios de tiempo inmemorial, y después de correr to­dos sus trámites y apelaciones, terminó en la Chaticillería deValladolid por sentencia de­finitiva á favor del gremio. La Mitra procu­ró demorar el cumplimiento del fallo que le había condenado á una indemnización de

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343.64.9 maravedís y la correspondiente su­ma por costas, transigiéndose esta cuestión, derivada de la principal, por escritura de concordia celebrada en Santiago, en virtud de la cual quedó reducida aquella indemniza­ción á 105.66g maravedís, pues los marean­tes, según el texto de dicha escritura, apro­bada por el Prelado, asuspenden, quitan, remeten, é perdonan á su Señoría» el resto de la cantidad señalada por la sentencia. Lo elevado de la suma de 343.649 maravedís, que seguramente, atendiendo á 1^ calidad y altura de uno de los pleiteantes, no revela la verdadera recaudación obtenida en los siete años, demuestra el florecimiento increí­ble de la pesca y de la salazón en la ría de Pontevedra á mediados del siglo XV.

No es esta ocasión adecuada para dar no­ticia circunstanciada y completa de tan po­deroso gremio; lo haremos en otro trabajo, pero creemos oportuno indicar que, sin du-

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da por desconocer su existencia, el Sr. Fer­nández Duro, en su citada obra La Marina de Castilla, se extraña de que los puertos de Galicia no hayan tenido representación en la junta celebrada en Castrónrdiales para el establecimiento de la Hermandad de las villas cantábricas. No es de suponer que el erudito crítico, al manifestar su extrañeza, ha querido expresar que Castrourdiales era en aquellos tiempos cabeza de la costa com­prendida entre la desembocadura del río Mi­ño y la del Behovía y que todos los puer­tos de ella debieron acudir con afán á inscri­birse en el gremio que se creaba; y no lo suponemos, porque no había entonces ca­pital ó capitales oficiales de jurisdíciones marítimas, ni en el terreno de la realidad disfrutaba aquella villa cantábrica superio­ridad señalada ó evidente con respecto á gran parte de las demás, aunque, en efecto, fuese importante y rica, ni la instalación de

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la hermandad era cosa nueva para las que, como Pontevedra, ya disfrutaban los benefi­cios de la asociación y de privilegios no con­cedidos á ninguna otra.

 

Era también muy importante en Ponte­vedra la cofradía de San Juan Bautista, formada poi- los carpinteros de mar y de tierra. Poseía grandes propiedades territo­riales y en el primer tercio del siglo XV constituyó muchos foros y censos; según el cartulario de 1431 á 1562, sus vicarios y procuradores podían penorar (embargar) á los deudores por pensiones, fueros y ana­les sin intervención de los jueces y aléat­eles, facultad que se extendía á «quitar las

 

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puertas de las casas (penetrar en el domi­cilio) por dineros y heredades.»

Los constructores de barcos y carpinte­ros de mar que la constituían en gran par­te, disfrutaban desde tiempo inmemorial ia franquicia de no satisfacer alcabalas ni impuesto alguno por la madera, clavazón y brea, ni por razón de «empreytada e tra- ballo das suas maos e personas» ni por ha­cer autos, naves, barcas, baixeies, cara­belas, pinazas, barcos, e baleéis e todas e quaesf/uier fustas mayores c menores para marear aunque las figesen c labrasen a cote o a jornal o en qualqm’cr manera cna dita villa de pontevedra» según sentencia del arzobispo de Santiago, Don Rodrigo de Luna, fecha 8 de Junio de 1456, en el pleito de la cofradía de mareantes (á que también pertenecían los constructores de barcos y los obreros correspondientes) con Miguel Ferrandcz arrendador de las alcabalas de

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los navio? de Pontevedra en el año de 1449- (7-)

Estos y otros privilegios, repetimos, die­ron notable impulso á la industria de cons­trucción naval, que resultaba en Pontevedra menos costosa que en otras partes, y acre­centaron su población y su comercio; para demostrarlo, bastará que apuntemos las siguientes noticias:

Apoderado de la villa, en 1476, el famo­so Madruga, Don Pedro Alvare?, de Soto- mayor, conde de Camiña, el arzobispo de Santiago, para recuperarla, tras la inútil ten­tativa anterior realizada con el auxilio de la armada de Don Ladrón de Guevara, pidió al cabildo de su catedral veinte mil marave­dís pares de blancas y organizó una legión de «maravillosas doscientas lanzas, dice Vasco de Aponte, y cinco mil peones, bue­nos hombres»; pero 110 logró tomarla villa, y habiendo sido derrotado por el de Camj-

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ña, tuvo que levantar seguidamente el cer­co y huir con el conde de Monterrey que le acompañara en la empresa. Por cierto que el Sr, Murguía, en su libro Galicia, ha padeci­do la equivocación de rebajar el menciona­do auxilio del cabildo á dos mil maravedís y los cinco mil peones á quinientos, á pesar de haber tomado separadamente las citas; la primera, de ta obra del docto Sr. López Ferreiro, «Galicia en el último tercio del si­glo XV» en cuyo primer tomo, página 177, se inserta el documento relativo á los veinte mil y no dos mil maravedís; y la segunda, del mismo Sr. López Ferreiro y de la cróni­ca de Vasco de Aponte, que escriben «cinco mil peones» y no quinientos; como que el conde de Camiña disponía, dentro de Pon­tevedra, de dos mil.

Estas cifras patentizan la importancia de un pueblo que á mediados del siglo XV, co­mo consta en el Libro del Concejo, ya tenía

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Lonja (S) y calles de Platería nueva y de Platería vieja.

Otro dato especial revela el grado de pro* greso á que la villa había llegado al finali­zar la Edad Media; dato que siempre fué considerado como signo indudable de la ri­queza y de la cultura de un pueblo, cual es la existencia de un hospital para /asarados y otro para pobres, titulado también de «Corpo de Deuss, engrandecido á principios del siglo XV por la caritativa vecina Teresa Perez Fiota. ¡Cuántas poblaciones á las cua­les se pretende adjudicar, con los más leves fundamentos, lauros y glorias fantásticas, no pueden exhibir el elecuente dato de haber sostenido un establecimiento de beneficeiv cia en la época de su supuesta grandeza!

En el siglo XVI, los canónigos visitado­res del arzobispado de Santiago llaman á Pontevedra el «mayor lugar de Galicia, y con razón, puesto que contaba más de siete

— So —

rail vecinos; el licenciado Molina, malague­ño, ensalza el comercio é industria del mar de la «gran villa de las primeras del reino»; y Ambrosio de Morales la denomina «lugar grande y ríco con más naranjos y arrayanes que Córdoba.» Ya en el siglo XIV el cro­nista francés Froissart la distinguía con el dictado de «bonne ville.»

Como señal indudable en todos tiempos de la abundancia de recursos para la vida y de la prosperidad de un pueblo, Pontevedra presenta la existencia en ella y en sus cer­canías de varios monasterios poseedores de grandes bienes terrenales: el de Santa Clara, en que profesaban las damas de la nobleza de Galicia y aun de Castilla; los de Santo Domingo y de San Francisco, que soste­nían estudios de Teología y de Filosofía; y los de Lerez y Poyo con iguales estudios y antiquísimas mercedes de los reyes. De es­tas dos comqnidades eran respectivamente abades perpetuos, á principios del siglo XVI d noble romano Príncipe ele Monfiore y Don Juan de Vibena, Cardenal de Santa María in Pórtici. Muy cerca también de Pon­tevedra alzábanse el Real monasterio de San Pedro de Tenorio, el de Santa María de Armentera, el de San Fructuoso de Tambo y el de monjas de Tomeza; todos ellos en una comarca de poco más de una legua de rádio.           ,

No debemos olvidar la industria de fabri­cación de armas, también muy floreciente en Pontevedra. En sus armarían no solo se labraban aquellos famosos escudos de que habla la ordenanza de Tarazona, dada por los Reyes Católicos é.incluida en la Nueva Recopilación, sino también ballestas, viro­tes, dardos, lanzas, adargas, espadas, puña­les, cuchillos y quizás aquellas corazas y ar­mas de fuego que tanta superioridad dieron al célebre conde de Camina, Tenemos vn-

 

rios contratos de aprendizaje del oficio de la armaría y antes del año 1440 aparecen co­mo maestros Ruy de Nantes, Pedro Velas- co, Diego Yans, Fernando Gotierrez Sobre- ferro y otros, vicarios de la cofradía de San Nicolás, formada por armeros, cuchilleros y herreros. La fama de los escudos de Ponte­vedra, oficialmente reconocida por los Reyes Católicos, nos sugiere la conjetura de que tal vez no hubo solución de continuidad en la vida de dicha población desde remotos tiempos y que los escudos galaicos que Si lio Itálico alaba al describir las legiones de Aní­bal, procedían de Pontevedra y de la co­marca que es su vecina inmediata por el Oriente, que comprende la tierra de Teno­rio y de Cotovad, denominada por los ro­manos país de los escuta Has, de que habla el cronicón Iriense á propósito de los lími­tes de la diócesis de Iría Flavia. Creemos que el nombre de esciUartos no significa-

 

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ba la clase ó calidad de escuderos como su­pone algún escritor, sino de fabricantes de escudos, pues no debe prescindirse de que él de Tenorio viene de Tttnoiraa, Tenerías, se­gún demuestra el P. Sarmiento; y muy sa­bido es que en dichas armas defensivas se empleaban antiguamente los cueros con mayor ó menor armazón metálica/ A nues­tro juicio, ambas ideas justifican la interpre­tación que damos á la palabra escutarios y la creencia de que la fabricación de escu­dos, juntamente con la de oti’os artefactos de defensa y de ataque, se mantuvo sin in­terrupción en Pontevedra: lo cierto es que en cualquiera sitio en que se remueve el suelo de la villa se encuentran con frecuencia mul­titud de escorias que acusan antiguas for­jas. No es aventurado presumir que los re­yes de la reconquista se proveían de armas en sus talleres.

Esta industria continuó ejerciéndose y

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prosperando hasta el año de 1719 en que los ingleses incendiaron la maestranza; algunas de las bombas reventaron sobre el templo de Santo Domingo, causando su ruma, se­gún manifestación escrita hecha al ayun­tamiento, en solicitud de ciertos auxilios, por el Prior de aquel Monasterio. (Archivo municipal.)

Por último, la importancia del movimiento de su puerto puede calcularse también por el hecho de existir todavía, aunque rui­nosos en gran parte, veintiséis muelles, de los cuales son los más antiguos ocho ó nue­ve que miden diez y seis á veinticinco me­tros de largo por doce á cuarenta de an­cho, con sus correspondientes graderías al frente. Construíanse los barcos en los am­plios espacios que dichos muelles dejan en la ribera y aún no hace muchos años que presenciamos la botadura de una gallarda corbeta, postrer aliento de aquella flore-

 

cíente industria creada en el siglo XII por el arzobispo Gelmirez: de los astilleros ape­nas queda rastro.

Nada puede ofrecer aspecto más descon­solador que esta desierta ribera, ni sugerir ideas mas tristes que la contemplación de sus ruinas, sobre todo á las horas en que la pleamar dibuja la línea de sus descoyunta­dos y corroídos muelles: la hermosura singu­lar del paisaje no logra desterrar del ánimo la dolorosa impresión que causa la muda elocuencia de aquellos restos, testimonio irrefutable de grandezas desvanecidas. Al evocar lo pasado, surgen en rápida visión las naves entrando y saliendo del puerto; los peirados ó muelles rebosando en movi­miento de mercancías, marineros y merca­deres; los astilleros mezclando el martilleo de sus obreros con el canto de los marean­tes al levar ancla ó al cargar las velas, y los bateles de las embarcaciones cruzando en

 

–         sé – –

todos sentidos las siempre apacibles aguas de la mágica ensenada         El tiempo conti­núa su serena y misteriosa marcha: acaso el silencio que allí impera será reemplazado en breve por nueva y fecunda agitación de las modernas industrias que ya asoman sus altas chimeneas, sus potentes grúas y sus acerados carriles por las poéticas márgenes del rio, (9) con cuyo motivo empiezan á sur­car sus aguas algunos buques. Dichas in­dustrias traerán otras; los primeros pasos, que son los mas difíciles, están dados, para honra de su iniciador, con verdadera intre­pidez. Si Pontevedra se convence de que la asociación, la ciencia y la voluntad son fecundas fuentes de renacimiento, no tar­dará en recobrar su prosperidad de otros tiempos. ‘

 

IX.

Apoyados en algunos de los anteceden­tes expuestos, sin esforzar la imaginación y sin dejarnos arrastrar por la fantasía, podría­mos afirmar que en Pontevedra existía uno de los mas importantes astilleros de Casti­lla en la Edad Media; pero basta al objeto del presente libro haber demostrado que ha­cia la segunda mitad del siglo XV se halla­ba floreciente en dicha villa la industria de construcción naval, porque de ello puede deducirse, sin apurar el raciocinio, que

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la nave Santa María llevaba el segundo nombre de La Gallega á consecuencia de haber sido construida en un puerto tan im­portante de la costa de Galicia, de la misma manera que, según el Sr. Asensio en su li­bro «Cristóbal Colón», á la carabela Santa Cruz construida en 1496 en la Isabela (Isla Española) «vulgarmente dieron en llamar La India, por haberse allí construido.» (10)

Era costumbre en aquella época, y siguió siéndolo por mucho tiempo, según los se­ñores Alcalá Galiano y Capmani, dar á los buques dos nombres, uno el vulgar con que comunmente se les designaba, y otro por devoción á algún santo ó santa en el acto de bendecirlas; la carabela ¡Sitia se llamaba legalmente Sania Clara, y el de La Gallega era sin duda alguna el nombre vulgar de la Sania María.

El Padre Sarmiento, que jamás hizo afir­mación alguna que no fuera resultado de es-

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ludios concienzudos y de noticias ó datos se­guros, dice que es verosímil que la carabela La Gallega se hubiese labrado en los astille­ros de Pontevedra, esto es, en el Arrabal ó Pescadería de la villa y que fuese dedicada á Santa María la Grande, «que es la parroquia de todos los marineros en parroquia separa­da,» de cuya manera el ilustre sabio vino á corroborar estas palabras del historiador Fernández de Oviedo, ya copiadas; «Se lla­mó La Gallega, dedicada á Santa María.» Más el Sr. Murguía, en su hermoso libro Galicia, después de consignar esta opinión del erudito benedictino, le aplica distraída­mente y sin necesidad alguna, la palmeta con que corrige (nosotros carecemos de au­toridad para decir si justa ó injustamente) á Strabon, á Plinio, á Fomponio Mela y á otros historiadores y escritores antiguos y modernos, lanzando apresuradamente la si­guiente rectificación; «No lo creemos. El es-

 

tar dedicada á la Virgen no es razón; ni un solo puerto de Galicia deja de tenerle dedi­cada su primera y principal iglesia parro­quial.» Decimos que le rectifica distraída­mente, porque de las palabras del P. Sar­miento no se deduce que intente, siquiera, afirmar que el hecho de haber sido dedica­da á Santa María la nave capitana de Colón demuestre que ha sido construida en Ponte­vedra; y añadimos sin necesidad alguna, porque ni de cerca ni de lejos vemos que la cita y rectificación del Sr. Murguía, sirvan para apoyar ó para aclarar el texto, pues el historiador gallego dice en éste que «da fé de su naciente industria, á mediados de la décima quinta centuria, el hecho de que en sus muelles se fabricaban las pequeñas em­barcaciones del tiempo.» Como se vé resul­ta que la rectificación de lo dicho por el P. Sarmiento, más bien destruye que con­firma la aseveración del texto; pero no lie­mos de hacer hincapié en este detalle y aprovecharemos la oportunidad para rectifi­car á nuestra vez lo dicho por el Sr, Mur­guía.

La construcción naval no era en Ponteve­dra industria naciente á mediados del siglo XV, sino arraigada efe antiguo. Lo prueba la confirmación del privilegio de exención del impuesto de la galea por D. Alfonso XI en Toro á 22 de Agosto de 1316, que cita­mos en la nota núin. 4, pues se refiere al he­cho de que el rey D. Sancho dispuso que la galera construida en Pontevedra para pagar, por fuerza mayor, dicho impuesto, no saliera de su puerto y se pudriera en él: de modo que en el siglo XIII se construían galeras en la expresada villa. Demuéstralo también la sentencia del arzobispo D. Rodrigo de Luna, ya citada, fechada en 1456, en la que se enu­meran todas las embarcaciones mayores y menores que entonces se fabricaban en la mencionada villa. Esta fabricación no se verificaba en los muelles, sínó en los sitios de la ribera apropiados al caso por la inclinación del terreno y por otras con­diciones; los muelles ó peírados (algunos con cubierta y entrada especial, esto es, no libre) eran necesarios para el desahoga­do movimiento del tráfico mercantil, (n,) más importante en Pontevedra que en nin­gún otro puerto de Galicia; y claro es que con dicho tráfico habría de caminar parale­la la industria de construcción naval. Las afirmaciones sobre puntos históricos deben ser acompañadas, insistimos en decirlo, de las correspondientes pruebas: la autoridad literaria no es suficiente para dar á los pue­blos patentes de mayor ó menor importan­cia en esto ó en otro sentido.

Rogando á los lectores que nos perdonen la anterior digresión y volviendo al punto que examinábamos, diremos que el sabio

 

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P. Sarmiento tenía plena conciencia de cuanto decía, y lo que dice se reduce á «que es verosímil se fabricase en Pontevedra la carabela La Gallega y se dedicase á Santa María», que se nos figura una cosa comple­tamente distinta de la que supone el comen­tario del Sr. Murguía. (12)

La opinión del P. Sarmiento es suma­mente valiosa; nosotros le damos toda la autoridad que universalmente merecen cuan­tos juicios ha emitido el insigne fraile de San Martin de Madrid, y no terminaremos este capítulo sin recordar su aseveración re­lativa á que el más antiguo faro de Galicia, el de la Lanzada, .cuyos restos de especial contextura betuminosa revelan su construc­ción por los fenicios, designaba exclusiva­mente á los navegantes la entrada de la ría de Pontevedra, dato-interesante para paten­tizar la importancia que tenía en remotas edades, quizás por hallarse situada en su fon-

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do (como opina también el ilustre P. Fita) la ciudad de Lambriaca, cuya resistencia á las legiones de Décio Junio Bruto le dio señala­do puesto en la historia.

 

Al llegar á este punto de nuestra tarea, creemos que ya es ocasión de presentar una prueba decisiva para aclarar la cuestión que ventilamos.

En nuestro afán de recojer por doquiera documentos antiguos de toda clase, secun­dando dentro de nuestra modesta esfera las útiles, nobles y patrióticas labores de la So­ciedad Arqueológica de Pontevedra, presi­dida por nuestro docto, activo y querido

 

amigo Don Casto Sampedro, digna por to­dos conceptos de la consideración que dis­fruta y de ser protegida por el país, por las entidades oficiales de toda clase y por las personas ilustradas, (13.) hemos logrado reunir diversos instrumentos del siglo XV. Algunos son escrituras en pergamino y en papel, completamente formalizadas; otros pertenecen á minutarios notariales con todas las condiciones apetecibles de autenticidad en esta clase de documentos, por el papel, por la redacción, por la letra, por la tinta y por esas otras particularidades que solo el prolongado trascurso del tiempo imprime en los objetos.

La escritura que á continuación copia­mos, manchada en varios sitios y deteriora­da en alguno de sus bordes, pero sin que ninguna de estas circunstancias perjudique á lo esencial del documento, ni dificulte la lectura y apreciación de sus términos, ende*

—      6y —

rra á nuestro juicio un valor inestimable pa­ra la historia.

La primera página de la primera hoja contiene la mayor y última parte de un con­trato de censo anual que hace García Day, mareante, por valor de nueve maravedís viejos, blanca en tres dineros, á favor de «di­ta cofradía e cofrades déla»: creemos que se trata de la de San Juan Bautista ó de la de Santa Catalina. Comienza la segunda pági­na de la misma hoja con un breve apunte de préstamo que Constanza Alfonso facilita á Alfonso Alvariño: su letra es igual á la del contrato anterior. Sigue, en la misma letra, un recibo de la manda que en su testamen­to había dejado María García á su padre Gar­cía Ruiz da. Correaría; subrayamos este detalle para fijar en él la atención de nues­tros lectores. Al final de cada una de estas escrituras figuran los testigos asistentes á ca­da acto, Y á continuación se encuentra el si-

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guíente contrato, escrito por la misma mano que los precedentes.

«Año de lxxxuij [ cinco dias do dito mes «dejulljo | St (Sabean todos) qeu luis mns «(Mendez, Martínez ó Muñiz) mercader be- «siño da villa de pontvedra q soo presente «en nom de afon vaasqs.mercader besiño da «villa de aveiro do regno de portogal aña – «dell (?) dos bes (la segunda sílaba no se lée «á causa de un borron de tinta) de caualo | «Qbestas de cabalo?) do q1 dto a° bs | eu ey «poder pra faser e outorgar esto aqui adeant «contenido p hna carta de poder firmada do «nom e signal de jua colago cabellan (¿chani- cbelan?) da dita villa de aveíro polo señor «Infante [ do q1 dta ca de pder o tenor atal «he | (Sigue un espacio de cuatro líneas en blanco, con que termina esta página: em­pieza la primera plana de la segunda hoja con otro espacio de ocho ó nueve líneas, tam-

_ 6g —

bién en blanco, en donde habría de insertar­se la carta de poder.) «por ende en nom do «dito aa vaasqs po el e po vertude da dta «carta de pder Afreto de vos ferna cervyño «besiño da dta villa o boso nabio ¡ q deus

«salue q dise por nom sta m (Santa María) «o q1 agora esta a o porto da pont da dta «villa de pontvedra pa q plasendo a deus «o d0 a0 vaasqs ¡ carrege o d° navio de sal «en o prto da dta villa de a veiro | pa a dta «villa de pontvedra ou pa a villa de pdron | «o q1 nabio deue de aquí de partir a tomar «a dta carrega doje este dia ata quise dias «logo siguentesdando lie dous qo desevarjen «e do dia que arribare a o dto prto de avei- «ro ata cinco dias siguentes o d 0 navyo de- «ue de ser cargado do dto sal e deue de par- «tir co a boa bentura do prmo (primero) fctpo (tempo) q lie deus de e vyr tato a vían «(¿.Viana do Castelo?) como a o prto de mor

—      fo —

«(Bayona de Mignor?) e ende pousar ancla «e estar dous dias siguentes e en estos dtos «dous dias o d° a° vs deue dar deuysa (di- «visa) se o dto navio yra descarregar o dto «sal en dta villa de pontevedra (ou) se yra «descarregar a a dta villa de pdron j e do «día q o dto navio la g (ininteligible: ¿la «Gallega?) arribare a cada hiinadas dtas vi- «lias a a sua descarrega ata oyto dias o di­sto nabio deue ser descargado do……………………………………………………..

«e vos o d 0 m c (dito maestre) pago de voso «frete conuen a saber o frete q auedes de

«auer de cada leiro (?)……. ……. qo dQ navio

«trouxer por frete e seuo e crauos e…………….

« | e caabres tresentos e des mrs de mone­ada vella contando a branqa en tres diñé­is ros ¡                                 e alamajas (¿almácigas?) e

«alamari (?) grande e petite sean sobre o d0

«mercader sopna (so pena) v U ^ (cinco p # 0 «mil maravedis.) ts (testigos) Ruy gs (Go-

«tierrez) carpentero f o lops (Fernando Lo*

apez) alfayate | ……………….. (Carcomido el

papel en la esquina inferior, pero viéndose

                       Q

trazos superiores de letras) «de foroda e g n.Uujs mrs e outros ¡ (de Foronda y García Ruiz mareantes y otros.) Por los bordes la­teral y superior de un borrón de tinta salen claramente, como en otras escrituras, los trazos de fta (feita, hecha) con parte de un signo ó rúbrica. Los puntos suspensivos in­dican palabras que no hemos podido leer ó descifrar; este documento no contiene ras­paduras ni enmiendas, y para inteligencia de nuestros lectores en cuanto al puerto de la puente, diremos que el de Pontevedra te­nía tiene fondeaderos para buques mayo­res; el de Ja Puente, el de la Barca y el de los Buraces, hoy de la Corbaceíras. A di­chos fondeaderos se Ies llamaba puertos: actualmente están casi cegados.

 

© Biblioteca Nacional de España

¿”mÚMimí&iiuiUiíiittuii&im

XI

El navio San la María, á que se refiere el anterior contrato de flete, ¿era la nao capita­na de Colón en su primer viaje de descubri­mientos? Acaso nos impulse la alucinación, pero no vacilamos en responder afirmativa­mente.

Nao, navio, nave y bajel son voces genéri­cas que se usaban indistintamente en el siglo XV; la primera, sin embargo, expresaba á la vez mayor capacidad que la ordinaria ó a> mente en buques de una misma forma y ai*-

—      7 4 “

boladura;y por esta raEÓn, como lo han de­mostrado varios eruditos críticos, á la cara­bela La Gallega, se le llama con frecuencia nao con relación á la ¡Unta y á la Niña; en la denominación genérica vulgar de navíos eran incluidos todos los barcos, naos, pina­zas, carabelas, barcas y fustas mayores y menores que hacían la guerra ó el comercio. Navíos llaman Herrera y otros historiadores, diversas veces, á las tres carabelas de Co­lón; en las instrucciones y cartas reales de la época también se usa la misma voz genéri­ca; y vemos en varios documentos, relativos al puerto de Pontevedra, citar Was alcaba­las de los navíos», el «seguro que el concejo hacía de los navíos y de las mercancías» (14} «la armada de navíos de Gonzalo Co­rrea», el «navio de Gonzalo de Camoens», al que también se le llama carabela, «el navío Santa María del Camino» llamado asimismo pinaza, la barca «San Salvador,

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la naao de Alvaro López» y otras em­barcaciones, á las que se daba á la vez el nombre de navios, empleándose el de na­ves y el de bajeles en lenguaje más culto. No hay, pues, reparo alguno que oponer respecto al hecho de que á la Santa Haría se le llame navio en el contrato copiado.

Trátase en dicho documento de un bu­que de carga, y lo era también ta carabela 1.a Gallega, como lo asegura Pedro Mártir de Angleria, contemporáneo de Colón, en sus Ocho décadas, libro primero, que al ha­blar de los tres barcos del primer viaje al Occidente dice: «tría navigia: unum onera- rium caveaíam, alia dúo mcrcatoria levia sine cavéis,» esto es, la una de carga con gavias, otras dos mercantes, ligeras y sin gavias, (cofas actualmente, según el Sr. Al­calá Galiano.) (15.)

Ninguna de estas circunstancias y la de haberse hecho el contrato en el año de

 

1489* tan próximo ni que constituye una de las fechas más memorables de la Historia, bastarían para sugerirnos la convicción de que el navio Santa María, fletado en Pon­tevedra por el mercader de Aveiro, era la misma nao La Gallega de Colón, si el do­cumento de que se trata no exhibiese un detalle muy favorable á nuestro criterio. En él aparecen como testigos del flete dos ma­reantes, uno apellidado de Foronda, sin nombre á causa del deterioro del papel, y otro llamado García Huís, quienes, á nues­tro juicio, son los mismos García Ruiz y Pedro de Foronda que respectivamente figu­ran en la relación de tripulantes de La Ga­llega y en la lista de desventurados que, al mando de Diego de Arana, quedaron en la Isla Española al regresar Colón de su pri­mer viaje y fueron asesinados por los indí­genas, (16.)

Es posible que hayan sido distintas perso-

 

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nas; pero no es de presumir, dado que unos y otros eran marineros, que se trata de una embarcación con el nombre de Sania Ma­ría, fletada tres años antes del descubri­miento det Nuevo Mundo, en un puerto de Galicia que florecía en la construcción de naves, y que, por otra parte, se trata tam­bién de la que fué capitana de Colón, cuyo nombre de bendición era Santa María y el vulgar La Gallega. No es probable, por lo tanto, que estas circunstancias sean meras coincidencias. Es verdad que el nombre y apellido de García Ruiz, juntos en una mis­ma persona, eran muy comunes en aquellos tiempos, demostrándolo el recibo de man­da testamentaria que precede al contrato que examinamos, en que aparece un Gar­cía Ruiz da Correaría (calle de Pontevedra) que nosotros suponemos diverso del marine­ro testigo del flete (pues la indicación de la calle ó barrio servia para distinguir á indi- -78 –

viduos de iguales nombres} pero acompa­ñándole un Foronda, apellido nada vulgar, y constando ambos en las listas antes men­cionadas, la cuestión cambia de aspecto y no es aventurado ni caprichoso dar á este detalle la interpretación que desde luego le damos.

El Pedro de Foronda que formó en el destacamento sacrificado por los indios, aparece en la lista citada sin indicación det pueblo de su naturaleza, y hay que notar la circunstancia de que, á más de figurar un Foronda en el contrato de flete, figura tam­bién en el acta del concejo de Pontevedra, reunido á 16 de Abril de 1437, entre otras personas, un Ruy da Fronda; y no es preci­so gran esfuerzo para admitir que este ape­llido y el de Foronda son uno mismo, de­mostrándose así su existencia en la mencio­nada villa. (17)

García Ruiz figura en la relación de tri-

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pulantes de la carabela Santa María (La Gallega) en esta forma: «García Ruiz, de Santoña». Parece que ya no es posible ha­cer objeción alguna, pues nada más sencillo que siendo Juan de la Cosa natural de aque­lla villa, le acompañara algún marinero pai­sano suyo, por más que el piloto de Santo- ña hacía nuicho tiempo que se había aleja­do de su pueblo y se hallaba avecindado en Tuerto de Santa María: sabido es que la ve­cindad no se adquiría de cualquiera mane­ra. Más revisando dicha relación de tripu­lantes de La Gallega, apercibimos un error de importancia por cierto, y es el siguiente: aparece en aquella relación un «Pedro de Villa, de Sanloña» que en otro documento de la época, irrefutable, nada menos que el Diario de navegación de Colón, se dice ser de Puerto de Santa María. Cuando al regre­sar del primer viaje el ínclito Descubridor del Nuevo Mundo y los tripulantes de la ca-

 

rabeta jitla (Santa Clara), se vieron en in­minente peligro de naufragar, elevaron sus ojos al Cielo y ofrecieron echar á la suerte tres romeros; dos de ellos habrían de ir en peregrinación á Nuestra Señora de Guada­lupe, en Extremadura, y á Nuestra Señora de Loreto en Ancona, Italia; el tercero ha­bría de velar una noche en Santa Clara de Moguer. Echadas las suertes, tocó el pri­mer voto y el último á Colón; el segundo á «Vedro de Villa, marinero del lJuerlo de Sania María y el Almirante le prometió de le dar dinero para las cosías del camino Es de creer que el error está en la lista de ia tripulación de La Gallega, que es un do­cumento muy moderno, y no en el Diario de navegación citado; y ahora bien ¿no pu­do padecerse igual equivocación al señalar también la naturaleza de Santoña á García Ruiz? Porque hay que tener en cuenta que los manuscritos ordinarios ó corrientes del siglo XV son muy difíciles de traducir, so­bre todo en lo que toca á nombres de per­sonas y de pueblos, para los cuales se usa­ban generalmente por los oficinistas y curia­les de la época abreviaturas singulares, ca­si indescifrables.

Después de todo, haya habido error ó no en la confección de la lista de que se trata, para esclarecer si el navio Santa María fle­tado en Pontevedra por un mercader de Aveiro en 1489, es la nao La Gallega capi­tana de Colón, el hecho de haber presencia­do e! contrato de flete un Foronda y un García Ruiz, fuese de Santoña, fuese de Pon­tevedra, reviste verdadera importancia; na­da más frecuente que al cambiar un buque de amo y señor, como entonces se decía, ó dé maestre, continúen alguno ó algunos marineros perteneciendo á su tripulación y esto pudo haber sucedido aí encargarse Juan de ía Cosa de La Sania María, en Pon-

 

tevedi’a ó en otro puerto, j-’a como propie­tario ó copropietario, ya como capitán ó maestre, y pudo suceder también que dichos mareantes, con posterioridad al acto de ser testigos del flete, hubiesen entrado á formar parte de la expresada tripulación.

Hay que añadir á las anteriores conside­raciones las siguientes. Vemos entre los tri­pulantes de la Pinta á un Juan de Sevilla, de quien no se indica pueblo de naturaleza, por desconocerse ó quizás por haberse concep­tuado su apellido como dato elocuente, ra­ciocinio que en verdad no tiene sólido fun­damento. En el Libro del concejo de Pon­tevedra. que empieza en 1437 y termina en 1463, aparecen desde 1438 varios Juan de Sevilla; uno como alcalde ordinario y luego como procurador de dicho concejo, otro co­mo alcabalero y otro como mareante, algu­no de ellos como testigo, repitiéndose el nombre y apellido con mucha frecuencia.

 

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¿Habrá pertenecido á alguna de estas fami­lias Sevilla el marinero de la Pinta, por ha­ber pasado á ella, en el arreglo de las tripu­laciones, si lo hubo, desde la Santa Haría ó La Gallega?

Análoga sospecha nos inspira la circuns­tancia de llamarse Cristóbal García Sar­miento (iSl el piloto de la Pinta, apellidos que en aquell? época, y aún hoy, formaban uno solo nada vulgar y muy notorio á la sa­zón en la comarca de la actual provincia de Pontevedra comprendida entre el curso ba­jo del río Miño y el río Lerez, así como en dicha villa. Los García Sarmiento, señores del castillo de Sobroso, después condes de Salvatierra y de Gondomar, poseían propie­dades territoriales en el interior y en la costa de que era puerto principal el de Bayona de Mignor; una de sus ramas se había unido tiempo atrá¿ á la familia de los Sotomayor, de las más ilustres de Galicia, por el casa-

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miento de Fernán García Sarmiento con D.“ María Paez Charino, (tercera hija del al­mirante Payo Gómez Charino) sepultados en la iglesia de Bembibre, Poseían capilla y enterramientos en la del Monasterio de San Francisco de Pontevedra; uno de los in­dividuos de la misma, que el Sr, López Fe- rreiro escribe García Xarmiento, fué prisio­nero del Conde de Camiña en el siglo XV, y otro, á principios del XVI, árbitro nombra­do por los concejos de Pontevedra y de Portonovo para dirimir la cuestión que ven­tilaban sobre uso de los cercos de mar. (Enor­mes aparatos de pesca.) Posible es, y muy probable, que un segundón de dicha familia hubiese abrazado la profesión de marino y que, por conocer prácticamente aquella par­te del Occéano, hubiese dirigido la proa de la Pinta, en el viaje de regreso y pasada la borrasca, al citado puerto de Bayona, en el cual fondeó, ¿Habría sido piloto de La Ga~ llega antes de que esta carabela formase parte de la expedición al Occidente? Nues­tra presunción no tiene , nada de extrava­gante; por el contrario, su fundamento es racional, y creemos que puede admitirse mientras no vengan nuevos datos á des­truirla.

Por último, haremos constar que tene­mos el evidente recuerdo de haber leido que el criado de Colón en su primer viaje era natural de Galicia, pero nuestros esfuer­zos para comprobar este recuerdo y atesti­guarlo con la cita correspondiente, han si* do inútiles, ya por haber trascurrido varios años desde que hemos visto la noticia en le­tras de molde, ya por ser muy extensa la colección de libros, folletos y artículos pe­riodísticos dedicada á la vida del revelador del Nuevo Mundo y á su glorioso descubri­miento. Despertóse en nuestra memoria al reparar que figura, como criado de Colón,

 

en la mencionada lista de tripulantes, un Diego de Sal’cedoi en quien concurre la cir­cunstancia de apellidarse con el nombre de una parroquia limítrofe de Pontevedra y ri­bereña de su ría; y por mas que lo antedi­cho es simple conjetura, no hemos vacilado en apuntarla, porque tratándose de la acla­ración de remotos sucesos, el mas insignifi­cante detalle puede producir la luz.

Formaron, pues, en nuestro concepto, parte de las tripulaciones que acompañaron á Colón á la realización de su memorable empresa, los gallegos Cristóbal García Sar­miento, Pedro de Foronda, Juan de Sevilla, Diego de Salcedo, García Ruiz probable­mente, y quizás habrán tenido la misma na­turaleza algunos individuos de los que figu­ran en las listas sin indicación de su pueblo natal, pues de ser hijos de Andalucía, como la mayor parte de los tripulantes de las ca­rabelas, hubiera sido también mas conocida

 

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su procedencia y puntualizada en los docu­mentos de la época. De manera que, á mas de nuestra legítima satisfacción en consig­nar aquellos nombres unidos al glorioso des­cubrimiento de las Indias de España, nos parece que dejamos demostrada en parte la inconveniencia de que se estampen, en li­bros dedicados á exclarecer la historia, afirmaciones aventuradas y de ellas se deri­ven pretericiones injustas.

 

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XII.

Llegamos ahora al exámen de otro inte­resante punto; el relativo á que la carta de los Reyes Católicos, demuestre que Juan de la Cosa era propietario de «la Gallega.»

A nuestro juicio, 110 lo prueba plenamente ni mucho menos. Hasta los tiempos moder­nos, en que los correos primero y el telé­grafo después, pusieron á las compañías ó á ¡as personas que eran amos y señores de las embarcaciones, en fácil y frecuente comuni­cación con los maestres, capitanes ó patro-

 

nes que las gobernaban, estos tuvieron fa­cultades generales y asumieron, digámoslo así, la propiedad del buque de su mando, á fin de que en toda ocasión pudiesen obte­ner ó aprovechar las ventajas que las cir­cunstancias les ofreciesen, ya en lo refe­rente al comercio, esto es, á los Retes y trasportes, ya cuando las averías ó el estado de los barcos imponían gastos de repara­ción ó la venta de los mismos. La buena fé era en el siglo XV una condición muy general en las relaciones sociales y en los negocios; pero á mayor abundamiento y con gran frecuencia, los maestres de r:avíos tenían en la propiedad de ellos una parte más ó menos importante, que en cierta ma­nera garantizaba á los demás copropietarios el buen gobierno de las naves; y aunque así no fuese, los últimos tenían que entre­garse siempre á aquella buena fé y á la hon­radez de dichos maestres, que en todos lu-

 

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gares ostentaban la absoluta representación de los dueños, aunque no poseyesen parte en los buques y, con mayor motivo, en el caso de poseerla; así vemos que en los documentos, en los libros y en el lenguaje se decía, y hoy aun se emplea una forma equivalente, vuestra nao, vuestra carabela, vosí navio, vosa barca. vosa pinaza, &n, de cuya manera se abreviaban las frases de «la nao, la carabela, el navio, la barca, la pinaza de que sois maestre ó capitan.» Que esta interpretación se halla dentro de la verdad ó se acerca mucho á ella, lo demues­tra el mismo contrato de flete del navio uSanta ¡Varía», antes copiado, puesto que empieza diciendo: «afreto de vos fernan cervino besíño da dita villa o boso navio» y luego: «o dito navio debe ser descargado do dito sal e vos o dito maestre pago de vo­so frete.» En buena lógica, no debe deducir­se de dichas frases que Fernan Cervino era propietario del barco de que aparece como maestre, que no es suficiente para ello el pronombre uoso aplicado al sustantivo na­vio,.

La expresada orden de los Reyes ofrece la especialidad de haber sido expontánea, es decir, de no haberla precedido gestión oficial de Juan de la Cosa, porque en este ca­so, y dado el estilo formalista y ?nachacon délos documentos de aquella época, se hu­biera referido seguramente á la demanda ó súplica del piloto de Santoña: lo prueba también la circunstancia de la vaguedad ó indeterminación con que se halla redactada la carta real. «En nuestro servicio e nuestro mandado fuistes por maestre de una nao vuestra.» No parece sino que los oficinistas reales ignoraban cual nao era la perdida y que no tenían á la vista una demanda, súpli­ca ó instancia, que hoy se dice, de Juan de la Cosa, en que éste hubiera de consignar

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forzosamente que la carabela naufragada era la Sania María: ni somos, por cierto, los primeros que reparamos en la omisión que del nombre de la nave hace el expresa­do documento. Este debió ser, por consi­guiente, resultado de una gestión privada, quizás de una recomendación y por esta causa, ala claridad, repetición y machaque) formalista de las decisiones recaídas en los expedientes administrativos de aquellos tiempos, reemplazó la expresada frase vaga de «una nao vuestra.» Tenemos la seguri­dad, y en ella nos acompañarán las personas conocedoras de estos asuntos, de que si di­cha orden real hubiera sido resultado de una súplica oficialmente hecha y cursada, empezaría diciendo, como en las demás de esta clase: «Vimos vuestra súplica ó deman­da» «Por cuanto vos Juan de la Cosa acu- distes &.a» pues con estas fórmulas ó con otras análogas empiezan ó terminan siem-

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pre, absolutamente siempre, las provisiones otorgadas á consecuencia de solicitudes ofi­cialmente tramitadas; á más de esto, en una resolución derivada de antecedentes en forma no se hubiera omitido, según ya he­mos dicho, el nombre de la nao naufragada. Por el contrario, la orden real para remu­nerar esta pérdida exhibe ese carácter de brevedad y de indeterminación propio de todo lo que en las oficinas antiguas y mo­dernas se hace expeditivamente y sin visla de documentos, informaciones, tasaciones y demás requisitos que daban y dan larga vida á las reclamaciones particulares contra el Estado, convirtiendo á los interesados en porfiados pretendientes ó en asendereados peregrinos.

Pudo Juan de la Cosa no ser amo y se­ñor, es decir, propietario de La Gallega y recibir como maestre de ella una indemniza­ción por el naufragio y pérdida de la em-

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barcación; los dueños ó copropietarios re­cogerían luego el quiñón que les correspon­diese, y hubiera podido venderla, que á su tiempo rendiría las cuentas consiguientes. Esta manera de ser de tales negocios marí­timos se demuestra por los siguientes docu­mentos de un minutario notarial del siglo XV, depositado en el Museo Arqueológico de Pontevedra.

«Dous dias do mes de nobembre. Sabean »todos que nos vasqo rrodrigues da correa- íria e Ruy gotierres marineros vesiños da »villa de pontvedra que somos presentes »outorgamos e conoscemos que rescebemos »de vos juan de vibeiro marin° besiño da »dita villa que sodes presente toda a contia »de maravedís porque vos bendestes o na- »vio Santiago de que nos eramos pargoeiros * (copropietarios) en tres quartos del e eso smesmo vos erades del maestre e pargoei- H’o en o outro quarto | por quanto o ben-

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»destes por noso nom eso mesmo conosce- »tnos e outorgamos que rcscebemos de vos »o dito juan de bibeiro | toda a nosa parte »e quiñón de todlos fretes e gaanancias e spercobros que o dito nabio gaanou e per- scobí’ou o tempo que asi del fostes maestre » ] e rescebido por nos e de todo elo nos » outorgamos por entregados e pagos a toda «nosa voontade ben e compridamente | e »renunciamos a ley de non numerata pecu- »nia «por ende desde oje este dia da­dnos por líbre e quito de dita contia de »mrs a vos o dito juan de vibeiro c bosos »bees para todo sempre de todo pago do di­sto nabio e os seus aparellos que bendestes » [ e eso mesmo de todos los ditos fretes »e gaanancias que del asi oubo e gaanou o »dito tempo de que asi del fostes maes­tre &.a»

«En vinte e seys días do mes de Abril »Sabean todos que eu estebo de saines es-

 

»cudcro de pedro bermudes de montaos »que soo presente Afreto de vos juan de ba- syona marin» j vesiño da villa de.pontve- »dra que sodes presente a barcha que di-^ »sen por nom sant salvador que deus..&s^e »de que vos sodes maestre Jipará que pra »sendo a deus carrege ena dita barcha tres »mill ceramins de myllo medidos po la »medida dita da praga da dita villa de Fon- »tvedra | pa a costa de biscaya | a qual dita »¿>osa barcha debe ser cargada do dito millo »doje ata quinse dias siguentes e debe de »partir a boa ventura do pritn0 boo tempo »que He deus de e yr en scguemento de seu sbiajen ata o porto de laredo [ e ende pou- »sar ancla e estar tres dias hun en pos de »outro [ e debo eu o dito mercader de dar sdebysa se iremos descargar a a vitl? de »bermeu ou a a villa de sant sebastían &a e »vos maestre debedes de me dar a dita vosa »barcha ben afranqueada de agoa de costado

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^(calafateada) eben aparellada de boos mas- tos bergas e treu e de ancoras e de caabres »e de todos los outros aparellos «E de »todo percobro que nos deus de a aver e ga- »anar en agoa doce ou salgada en esta viajen »debe de ser as duas partes de vos maestre »e compaña e a terga parte de min o dito »mercader &“ Eu o dito juan de bayona j maestre sobredito asi rescebo e outorgo o ídito fretamento por lo dito prego [4500 ma- »i’avedís vicjosj devisas maneras c condi- »goes sobreditas [ e esto todo como dito he »debe ser conprido e goardado entre nos o xdito maestre e compaña e mercader a a «boa fe de .dcus e sen muto engaño Por los anteriores documentos se vé at maestre de un navio, que solo tenía un cuar­to de propiedad en la embarcación, vender­la libremente y los demás propietarios re­cibir despues la cuantía de maravedís ó im­porte de la venta y darse por entregados

—   99 — ■ y pagos, aprobándola tácitamente, sin re­ferirse á poder especial previo ó anterior, pues con las palabras «bendestcs por noso nom» se reconocían y consagraban, al liqui­dar cuentas, las omnímodas facultades del maestre del navío, Vese también que éste había contratado libremente los fletes, pues­to que sus socios en la propiedad otorgaban carta de pago de los que había servido el barco y demás ganancias; por dichas razo­nes, y solo por ellas, se advierte que en las escrituras de dichos fletes se dice voso >íéi* vio con relación á la persona que io manda­ba, en la forma que expresa el segundo do­cumento, esto es «duas partes de vos maes* tre e compaña e a terga parte de inin o dito mercader», así como en la de «vos o dito maestre debedes de me dar a dita vosa bar­ca.» Nótese como los contratantes para cumplir y guardar lo convenido, se entrega­ban á la buena fé de Dios sin mutuo enga-

— ÍOÓ — ño; á pesar de ello, los verdaderos dueños de los barcos sufrían alguna vez las conse­cuencias de la absoluta necesidad en que es­taban de confiarse á la honradez de los capi­tanes. Aún en tiempos mas cercanos á los nuestros, á fines del siglo XVII, cuan­do el poder del Estado era más eficaz y cuando se hallaba más adelantada la legisla­ción marítima, dióse el caso de acudir al Juez de Pontevedra el clérigo Simón de Mo- reira y Saabedra, dueño del navio llamado nada menos que «La Santísima Trinidad, Santa Cruz, Soledad y Ánimas» pidiendo se hiciese información con los tripulantes de dicha embarcación existentes en la villa, porque habiéndole sido fletada para llevar vino á Londres, y despues en esta capital de Inglaterra para traer tabaco á Bilbao, el capitan no le había dado cuenta de los fletes ni de la venta del navio, que por sí había hecho. Esta información solo aparece inicia-

da; quizás no prosiguió por haberse pre­sentado el qapitan al dueño del barco y ha­berle rendido dicha cuenta, (Archivo del Ayuntamiento.)

Creemos, pues, que no vamos descamina­dos en nuestra argumentación y que, en efecto, la carta de los Reyes Católicos no demuestra que Juan de la Cosa era propie­tario de La Santa María ó La Gallega.

El marino de Santoña pudo ser tan solo copropietario de la capitana de Colón, pudó no serlo también y, sin embargo, al referir^ se á dicha nave y á su maestre decírsele vuestra nao ó una -futovuestra, porque tal era la frase corriente, el uso consagrado y la costumbre establecida hasta en los docu­mentos notariales de contratos de fletes. En ningún caso relativo á otra clase de propie* dades puede hacerse igual interpretación: los maestres ó capitanes de buques, por el carácter peculiar á este género de bienes,

—   102 — eran en verdad y plenamente, dueños de tas embarcaciones que gobernaban. Nadie exa­minaba, en ningún caso, si eran ó nó pro­pietarios de ellas: se les decía «vuestra íia- ue», cuya frase no es seguramente un indis­cutible título de propiedad legal y absoluta.

 

XIII.

Otro documento reclama nuestro estudio, Carece de la indicación del año, pues debió pertenecer á un libro ó cuaderno notarial donde tenía su lugar per orden de fechas; pero la circunstancia de figurar entre ios testigos un Lopo de Montenegro, caballero de mucha notoriedad en el último tercio del siglo XV, nos induce á creer que dicha es­critura se.hizo, poco más ó menos, cuando el contrato de flete del navio Sania María, H1 expresado documento empieza en esta

 

—   IÓ4 — forma: «ihus.= en seys dias do dito mes de «Janeiro | Sabean todos que eu pedro filio »de sueiro ferrandes e de sua raoller maria »soares que deus perdone moradores en co­cedero j que he en térra de astu rias que wsoopresente ¡ non costreñído de forga nen »por engaño rcscebido mais de mina libre »e propia vootande prometo e outorgo de »servyr a vos juan do rio j mar0 ¡ vesiño da »villa de pontbedra que sodes presente eno »voso oficio de mariñajen de mar en nabíos »quando vos en eles foredes e eso mesmo »eno oficio de mareantes e en todas las ou- »tras cousas que vos me mandaredes faser »que de ben sejan | por tempo doje este dia »ata dous anos &.a» Siguen las condiciones del contrato, entre las cuales es muy singu­lar la de que el Pedro habría de dar á Juan del Rio, al término de los dos años, seiscien­tos maravedís viejos, á mas de «dous gabaas de fustán# y «un balandrane hun corpo de

—   ÍÓ$ — paño de raso que valla cada vara un frolin de ouro ( ou sua valía.» Presenciaron el acto de contrato como testigos: «juan ferrs agalla noto cjuan de la c e Iopo montene­gro mos (moradores) de pontvedrae outros.»

Iín nuestro concepto, Juan del Rio era un profesor de náutica: la circunstancia de ex­presarse en el contrato dos oficios, uno de «marinajeen de mar en navios» y otro de «mareantes» solo puede referirse á la ense­ñanza de los conocimientos científicos á la sazón existentes y á la de los prácticos; en­señanza que se contrataba ante notario, in­gresando así en la carrera de marino los jó­venes de regular ó de noble familia. Esta de­bía ser !a condición social de Pedro Ferran- dez, dada la calidad de los testigos y visto el prccio en moneda y trajes que se estipu­ló en dicho contrato, pues un pobre marine­ro no habría de costear su carrera con tales condiciones, ni venir de Asturias á Ponteve-

—   io 6 — dra teniendo mas cerca las villas cantábricas, en las cuales suponemos que debían existir también iguales estudios.

Pero si la calidad de los testigos es una de las causas que nos inspiran la anterior reflexión, no deja también de sugerirnos la sospecha, y aun la evidencia, de que el Juan de la C.® que entre ellos figura, es el ilustre piloto de Santoña, maestre de La Gallega. Posible es que se trate de otro apellido, pues nada tiene de particular el hecho de que no hayan llegado á nuestros tiempos noticias de las personas de alguna notoriedad que han vivido en los pasados y sobretodo en los del siglo XV, que ya pue­den considerarse remotos, nopudiendo, por lo tanto, descifrarse aquella abreviatura; pero la circunstancia del nombre vulgar que tenía la capitana de Colón; la de haberse fletado en Pontevedra un navio Santa María y la de que en el contrato de dicho flete

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aparezcan como testigos ciertos marcantes con íos mismos nombres y apellidos de los que figuraron en las tripulaciones de las ca­rabelas del primer viaje, forman conjunto sobrado notable para que, alerta el espíritu, aprecie exagerada, ó fantásticamente si se quiere, los mas frívolos indicios,

¿Por qué no habría de ser Juan de la Cosa el Juan de la C.“ de quien se trata? ¿Hubiera sido imposible acaso que el piloto cánta­bro, por las peripecias de la vida de mari^ no, se encontrase en Pontevedra, 110 sólo alguna vez, sino también como morador ó residente por mayor ó menor tiempo?

Establecido como hecho indudable el de que Juan de la Cosa fué maestre de una na­ve construida en Galicia, podemos admitir como hechos muy probables el de que compró La Gallega en la misma comarca, el de que era partícipe en la propiedad de dicha carabela con otro ó con otros marean­tes ó mercaderes gallegos, ó el de que pudo encargarse del mando de la embarcación en Pontevedra; en cualquiera de estos casos nacía tiene de violento creer que residió en dicha villa y asistió al contrato acompañan­do á un alto caballero como Lopo de Mon­tenegro, de nobilísimo linaje y Juez por el Arzobispo de Santiago, y al lado del notario Juan Fernandez Aguila, también persona distinguida, no sólo por el cargo público que ejercía, sino por pertenecer á una de las dos familias, los Aguila y los Ponte, que te­nían el privilegio de presentar al Prelado Señor de Pontevedra, las ternas para desig­nación de los dos alcaldes de la villa. (19.) Si fué Juan de la Cosa el expresado testigo, es lícito presumir que el Pedro Ferrandez habría venido desde Cantábria recomenda­do á dicho piloto y á los dos mencionados caballeros; no puede explicarse de otra ma­nera el hecho de que personas tan calífica-

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das hayan asistido á ia celebración de uní contrato vulgar,        ‘

Pueden demostrar también la (residencia^ temporal de Juan de la Cosa en Ponteve­dra las dos siguientes reflexiones. Primera; á los tres testigos se les adjudica la calidad de moradores, palabra perfectamente esco­gida por el notario para 110 faltar á la ver­dad de los hechos, porque siendo Lopo de Montenegro y Juan Fernandez Aguila na­turales y vecinos de la villa, y no siéndolo Juan de la Cosa, que sólo era residente temporal, dicha palabra moradores com­prendía á los tres testigos, y empleándola, el notario abreviaba además la redacción del contrato. Segunda; los artículos en genitivo del y de la, de la lengua castellana, son en dialecto gallego do y da, únicos usa­dos en los documentos redactados en di- cli3 dialecto, sin escepción alguna para los apellidos de los naturales, como Juan do

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Rio, Juan do Outeiro, Ruy da Fronda, Pe­dro da Nova: el artículo de la en el testigo Juan de ¡a C.a designa, pues, no un hijo del país, sino un forastero castellano,

Por otra parte, no debía serle desagrada­ble al maestre de La Gallega la residencia en Pontevedra, ya por las condiciones de la localidad, ya por el movimiento marítimo, comercial y aun científico que en ella exis­tía. En sus numerosos petrados ó muelles amontonábanse los géneros de importación y exportación, y de barco en barco, cam­biarían impresiones y noticias comerciales, náuticas y geográficas tos maestres y pilo­tos que navegaban por el mar Mediterráneo, y por los de Portugal, Francia, Flandes, In­glaterra c Irlanda, pues con todas estas re­giones sostenía mayores ó menores relacio­nes mercantiles el puerto de Pontevedra.

En sus conventos de Santo Domingo y de San Francisco había cátedras de Teología

—   III — moral y de Filosofía; podríamos citar los nombres de vários doctores que pertene­cían á cada una de ambas comunidades, En el año de 1484 existía un «Maestro de la orden de Ja Trinidad» que predecía los eclipses. (20) No faltaba en la familia de los Vélaseos quien trazaba cartas de marear, (21) A un G,uo de Correa, hijo sin duda del que se cita en el libro del Concejo {22) le ha­bía encargado esta corporacion la.venta «das bu jolas» (brújulas) (23) que la misma tenía estancadas sin duda, por ser dichos instru­mentos garantía para la vida de los nave­gantes y solo podían confiarse á quien su­piese cuidarlos y, acaso, enseñar su empleo.

Es muy probable también que por las mencionadas y por otras cultas personas de Pontevedra, al hablarse de los proyectos de Colón, sin duda muy conocidos en las po­blaciones marítimas, se recordase al pontc- vedres Payo Gómez de Sotomayor (biznieto

—   112 — de Payo Gómez Charino) Mariscal de Cas­tilla, caballero de la Banda, que había pe­netrado y vivido en Asia durante tres años como Embajador del rey D. Enrique III al Gran Tamorlan, y que debió traer á su pue­blo noticias extraordinarias relativas á nu­merosas gentes y á populosas y ricas ciuda­des del extremo Oriente; noticias segura­mente exageradas y fantaseadas, sin haber leído á Marco Polo, por los propagadores y comentadores de vecindad.

Estos y otros elementos de ilustración pu­dieron haber contribuido á cautivar, ó pre­parar por lo menos, la singular inteligencia de Juan de la Cosa, dado que hubiese esta­do en Pontevedra como es de sospechar, para que al asistir á las conversaciones de Colón, de los Pinzones y de los Francisca­nos de la Rábida, el convencimiento pene­trase en su ánimo y le decidiese á secundar los gigantescos pensamientos del inmortal

 

Descubridor del Nuevo Mundo, pues soste­nemos que el piloto de Santoña no fue obli­gado, como pudiera deducirse déla real carta de remuneración por el naufragio de La Ga­llega, á tomar parte en el primer viaje de descubrimientos, sino perfectamente per­suadido de que los planes de Colón no eran fantásticos.

Creemos que los fundamentos en que nos hemos apoyado para todo lo antedicho, son tan razonables como exactos, y que no pue­den ser rechazados sin perjuicio de la ver­dad histórica.

 

 

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XIV.

En las primeras páginas de este libro he­mos copiado el párrafo que en «La Marina Castilla» dedica el muy respetable y docto académico Sr. Fernández Duro á las carabelas con que Colón emprendió su pri­mer viaje de descubrimientos: en él dice que la nao Sania Murta (La Gallega) era pro­piedad de su maestre Juan de la Cosa, tri­pulada por cántabros como él.

Examinada la relación de tripulantes de las tres naves, no se vé á tales cántabros,

lié —

porque Pedro de Villa era de Puerto de Santa María y García Ituiz ofrece duda respecto á su naturaleza, aunque la proba­bilidad de haber sido pontevedrés es muy evidente; pero aun concediendo que fuesen cántabros, no solo ambos mareantes, sino también algunos otros tripulantes de La Ga­llega consideramos tan exclusiva como in­justa la aseveración de que la nave capitana representaba en la gloriosa empresa de Co­lón «á las Cuatro villas, á Vizcaya y á Guipúzcoa.» ¡Singular obsesión la del Señor Fernández Duro, tanto al prescindir de que bastaba el nombre vulgar de La Gallega, que tenía la carabela Santa María, para recordarle la existencia y los timbres ele Ga­licia, como al reducir la costa y los puertos del reino de Castilla á la exclusiva cita de las cuatro villas y de las del país vasco!

Nación era ya la española, en que se ha­bían reunido al fin los diversos territorios

—   i 17 ~ antes disgregados; y las tres naves, La Ija- llega, la Piula, y la Niña no eran solo sín­tesis de la marina castellana, sino de la ma­rina nacional, que ya comprendía los bra­vos marinos catalanes, valencianos y ma­llorquines, así como á los atrevidos audalu- ces y á los perseverantes gallegos, asturia­nos, castellanos y vascos,—Si fué Doña Isa­bel quien dijo la última palabra á favor d^é los proyectos de Colón, lícito es presumir y muy justo afirmar qu^, dadas las condi­ciones personales de aquella insigne Reina, como soberana y como esposa, y vista la intervención oportuna del aragonés Luís de Santángel, secretario del Rey Don Fernán- nando, no se realizó la empresa sin el reser­vado acuerdo y consentimiento de éste, á pesar de que su previsión, juzgaba compro* metedores para la soberanía de los reyes, y antipolíticos, los altos cargos y títulos que exigía Colón para sí y para sus suceso-

—   11 s —

res, concedidos luego en la estipulación de Santa Fé.

Creemos, además de lo dicho, que en los tiempos actuales no deben ser estimulados los exclusivismos regionales, pues una cosa es aclarar y establecer los hechos históricos acaecidos en cada territorio de la península ibérica, y otra, distinguirlos con mayores ó menores pretericiones en meros giros de la retórica. Persuadidos de la exactitud y conveniencia de esta idea, esperamos que el Sr, Fernandez Duro nos perdone que re­chacemos la exigua representación que ad­judica álas carabelas Gallega, Piula y ¿Vi­ña y que digamos: «eran síntesis de la ma­rina española que, para gloria de la nación; iban á ensanchar los dominios del progreso humano»

 

Llegamos al término de nuestra tarea; condensaremos, pues, nuestros raciocinios y pruebas en las siguientes conclusiones.

Primera. No existe justificación alguna para la afirmación de que la carabela Sania María ó La Gallega era nave construida en Cantabria.

Segunda. Es muy problemático el hecho de que la mencionada embarcación haya pertenecido en propiedad al piloto Juan de la Cosa.

ti

—   I2Ó —

Tercera. Basta el nombre de La Gallega, con que era conocida al tiempo del descu­brimiento de las Indias Occidentales, para que pueda afirmase, sin excrúpulo alguno, que no procedía de las villas cantábricas si­tuadas en Asturias, Santander y provincias vascongadas.

Cuarta. En la de Pontevedra, población de importancia marítima y comercia!, se construían en el siglo XV embarcaciones de toda clase, merced al desarrollo de la indus­tria existente en dicha villa desde el siglo XII, creada en ella, en Padrón y en Noya por el arzobispo Gelmirez, y protegida por sus sucesores y por los reyes.

Y    quinta. Por el contrato de flete del na­vio Santa María, tres años antes del descu­brimiento, y por los detalles relativos á Eos tripulantes Pedro de Foronda, García Ruiz, Juan de Sevilla y Diego de Salcedo, y al piloto Cristóbal García Sarmiento, unidos

—   121 —

á los demás antecedentes expuestos, puede afirmarse que la nave capitaua de Colón, Ltt Gallega, haya sido ó no propiedad del ilus­tre marino Juan de la Cosa, procedía de los astilleros de Galicia, y, seguramente, del puerto de Pontevedra.

Suum cuique.                                  .

 

© Biblioteca Nacional de España

Debemos evitar á nuestros lectores el tra­bajo de adivinar las causas de la decadencia de Pontevedra, por más que lo harían fácil­mente recordando que las alternativas de la vida son análogas para los pueblos y para los individuos; que el tiempo trascurre para todos y que, si ha sepultado fuertes impe­rios y borrado de la tierra hasta los cimien­tos de populosas ciudades, con mayor mo­tivo pudo ejercer su incesante acción sobre una villa de relativa importancia, aunque no

      124 —

llegó á aniquilarla, merced sin duda á su incomparable emplazamiento.

Es de creer que tras varias centurias de modesta existencia, las comprendidas entre la conquista de Galicia por los romanos y el siglo XII de nuestra era, empezaron á acre­centarse la población y el tráfico en Ponte­vedra por virtud de las mercedes con que D. Fernando II de León premió la victoriosa resistencia que la villa hizo al rey de Portugal y á la eficaz ayuda que le dió para tomar al monarca lusitano el castillo de Cedofeita, (24) situado en un cástrelo próximo al mo­nasterio de Lerez y, por consiguiente, á po­co más de un kilómetro de Pontevedra, Gran importancia concedía á esta comarca el rey, cuando se consideró en el caso de venir á defenderla personalmente.

Toco después el arzobispo de Santiago obtuvo el señorío de la villa y puede decir­se que reyes y prelados §e esmeraron en

 

concederle con frecuencia todo genero de franquicias y de regalías; merced á esta constante protección, creáronse cu ella los gremios para los diversos oficios y profesio­nes, con el nombre de cofrat’ias bajo la ad­vocación de santas y santos, y desenvolvié­ronse las industrias, aumentándose el vecin­dario y el tráfico en tal grado, que U ‘ ”

dolo el hecho de que á mediadps-def siglo XIII el arzobispo Santiago D. Juan

Arias dispuso que hombres buenos de Pontevedra recopilasen las ordenanzas que la regían, á fin de que la villa de Noya se gobernase por ellas, según documentos que el docto Sr. López Ferreiro ha publicado en su notabilísima obra «Fueros municipales de Santiago y su tierra.»

A fines del mismo siglo XIII, Ponteve­dra sufrió, lo mismo que otras villas y luga­res de Galicia, Asturias y Castilla, breve

 

—   126 — período de decadencia, ocasionado 110 solo por la guerra, sino también por las conti­nuas conquistas que á los moros hacían los reyes castellanos, pues eran tantas y tales las ventajas que se concedían á los nuevos pobladores de las ciudades y tierras con­quistadas, que se despoblaron aquellas, tras­ladando su domicilio así las clases popu­lares, como los mercaderes, los hidalgos y los nobles. Pontevedra quedó reducida á un vcncindario insignificante y pobre; pero bien pronto se repuso del quebranto sufrido, gracias á que su inmejorable situación y sus industrias, no abandonadas del todo, le pro­porcionaron fuerzas para renacer y progre­sar.

Con objeto de facilitar á la población ru­ral el aprovisionamiento de los géneros y de los artículos necesarios para la vida, se celebraban en la villa varias ferias anuales, siendo la principal la de San Bartolomé, que,

—   127 — en el reinado de D. Enrique IV y por pri­vilegio de este rey, se convirtió en feria franca (25) que duraba los quince dias an­teriores y los quince posteriores al del San­to: en virtud de dicho privilegio, los que á dicha feria concurrían no podían ser dete­nidos por deudas ó por otras causas, ni em­bargadas sus mercancías.

Esta ocasión no e3 la mas oportuna para describir la vida civil de Pontevedra en las pasadas épocas, ñipara enumerar todas las franquicias, regalías y libertades que en ellas disfrutaron sus vecinos y aun sus moradores temporales; pero nos consideramos en el deber de consignar, atendiendo á la verdad histórica, que el señorío de los arzobispos conipostelanos en Pontevedra, donde resi­dían con frecuencia largas temporadas, ya habitando su palacio y fortaleza de las To­rres, ya hospedados en los monasterios, fue benigno, patriarcal, sin que exista memoria

„ 128 — ó noticia de período alguno de tiranía y sin que jamás intentaran destruir el derecho ó privilegio de los vecinos «de inmemorial uso y costumbre» de no ser detenidos ni presos sin orden del Juez ordinario. (26) Cuando en algún caso (muy contados por cierto) eran olvidados ó mal interpretados los privi­legios, se originaba seguidamente una cues­tión, y en muy pocas ocasiones llegaron los pleitos á la chancillería de Valladolid ó al Consejo real, pues la mayor parte de las ve­ces terminaban en los primeros trámites por concordia ó por real reconocimiento de di­chos privilegios: haremos notar, por último, que ia. Inquisición 110 dejó en Pontevedra huellas de sus tremendos rigores ni de sus caprichosas y despóticas persecuciones, á pesar de que la villa sostenía grandes rela­ciones conFlandes, Inglaterra y Francia.

Tantas inmunidades y una administración sumamente cuidadosa y vigilante, (27) aun-

—   129 —

que’ dominada por los defectos propios de aquellas épocas, juntamente con su benig­no clima, y con la belleza y fecundidad agrícola de su término, daban á Pontevedra especialísímas condiciones para el bienestar de sus habitantes, que alcanzaron el apogeo de su prosperidad en el primer tercio del sigla XVII: inmediatamente y con suma ra­pidez, sobrevino su decadencia á causa de la rebelión de Portugal, de las pestes y de la trasformación de la marina.

Convertida Pontevedra en cuartel general de las tropas que pasaban luego á invadir por el Miño el territorio portugués ó que de ella se destacaban para defensa de la fron­tera y de la costa, y exhausto de recursos el real erario, cayó sobre la villa la abru­madora carga del servicio y morada de los generales, jefes, clases y tropas de dicho cuartel. Menudeaban los alojamientos y los repartos vecinales; repetíanse los préstamos

 

del Concejo y los donativos forzosos de los mercaderes y de los vecinos acaudalados; tomábanse y consumíanse, según dicen do­cumentos de aquel tiempo (28) los navios de los mareantes, (cuyo número pasaba en­tonces de ochenta) para la conducción de tro­pas, vituallas y municiones é inútil es añadir que eran constantemente hollados los pri­vilegios y regalías del vecindario, además de verse atropellado en sus propiedades y hasta desposeído de frutos y ganados en cuanto se aglomeraban fuerzas militares en la villa y faltaban ¡os ranchos para estas. ¿Oué importaba la ostensosa devoción reli­giosa del Capitan general de Galicia y de sus subordinados, ni la atención ceremonio­sa de dicho supremo jefe pidiendo permiso al Gremio de mareantes, y obteniéndolo por escritura notarial, (Archivo del Gremio) para asistir humildemente á la procesión de Corpus Christi entre los alumbrantes cid

 

— i 31

Santísimo Sacramento, (á los mareantes per­tenecía exclusivamente tal privilegio) si en cambio 110 podía contener el merodeo de las partidas de soldados, verdaderos salteado­res entonces, ni devolver los préstamos, ni prescindir de tomar los granos, los vinos y los barcos, y de tener angustiados con los alojamientos, que producían pérdida de bie­nes y de honra, á los habitantes de la villa? Baste decir que se llegó al extremo de arrebatar las caballerías á los más pobres arrieros.

Despoblóse Pontevedra por masas; huye­ron los mareantes á otros puertos llevándo­se las industrias del mar; desapareció la concurrencia de embarcaciones y de mer­cancías, anulándose las corrientes del comer* ció con la península y con el extranjero; de­jaron de cultivarse los campos, de podarse las viñas y, en resumen, la miseria se ense­ñoreó de la villrt. Desde esta tremenda é in-

—   132 — merecida calamidad no ha podido reponerse Pontevedra; y verdaderamente, si por haber existido en ella un cuartel general sufrió tan enorme quebranto, del cual nunca obtuvo re­paración, es, entre lasque recientemente se han disputado una capitanía general, la única ciudad que tendría derecho d esta clase de indemnización; mas, como ya hemos dicho, otros elementos de mayor solidez son los que debe utilizar para recobrar lo perdido.

Unióse á tantas desdichas la de una es­pantosa peste que agobió á los pocos veci­nos que quedaron en la villa y, por último, hasta el poético rio Lerez, con repetidas ere* cidasj cegó los fondeaderos, á la vez que el progreso aumentó el tonelaje y el calado de los buques, circunstancia que fué verdade­ramente la causa principal de la decaden­cia de Pontevedra.

Nuestros lectores podrán figurarse que humor tendrían sus habitantes para celebrar

—   133 ~ la paz con Portugal, esto es, la pérdida de una parte de la nación, después de las pro­pias calamidades, con fiestas impuestas por el gobierno de Madrid. Hubo festejos; pero ]qué diferentes de los que á principios del mismo siglo motivó el nacimiento de! prín­cipe heredero] Entonces Pontevedra era ri­ca; entonces, no habiendo parecido dignos del suceso los festejos celebrados de orden de D. Maximiliano de Austria, arzobispo de Santiago, se realizaron expléndidamente otros durante ocho dias con nueve danzas de espadas, cintas y arcos, presentadas por los gremios, cuadrillas de vistosas libreas, Juchas de caballeros en diversos juegos, fun* cioncs religiosas, caza de delfines, penlas engalanadas de valiosas alhajas a cargo de las ochenta y rfo.? panaderas de la villa, co­rrida de cuatro toros por el gremio de car* niceros en la plaza del cantón do Regó (hoy plaza de Teucro) y paseos por las calles de

—   i 34 — la Nao, vistosamente empavesada; dato este último que demostrará al Sr. Fernandez Du­ro que dicha nao no era, como crée, singular alegoría del triunfo de la Iglesia en la proce­sión det Corpus Christi, sino representación de una gloria de Pontevedra, que se osten­taba en las ocasiones solemnes.

No tenía fuerzas de ninguna clase la mal tratada Pontevedra para celebrar la paz, por mas que gracias á ella, pudiese prome­terse que se vería libre del famoso cuartel (jcneral que en ella existía desde la rebelión de Portugal y que fuese indemnizada con­venientemente, para poder restablecer su pasado bienestar.

Hiciéronse grandes esfuerzos por los arzo­bispos y por los vecinos para reponer en lo posible las fuerzas de la villa; pero Dios lo dispuso de otro modo, pues á principios del siglo XVIII vino la guerra de sucesión, con cuartel general (29) y consiguientes aloja­
mientos cíe tropas, gastos y extorsiones, con la irrupción incendiaria de los soldados in­gleses y, como repetición del drama del si­glo anterior, con otra asoladora peste.

Restablecida la tranquilidad de España, se realizaron con algún éxito, hasta 1808, varias tentativas para dar nueva vida á Pon­tevedra y tomaron, en efecto, cierto vuelo las industrias de pesca, salazón y construc­ción de buques menores; estab1“”1“-“”’-” lares de lienzos de lino, fábric;

ros, (una de ellas titulábase

panas y otra de tejidos de algodón; mas la

guerra de la:ncia primero, luego

guerra

las luchas civiles y por remate, extrañas y mal consideradas gestiones, arrebataron á Pontevedra, que á la sazón 110 tenía, corno en los siglos anteriores, (30) hijos ó vecinos in­fluyentes que la amparasen, diversos me­dios de existencia, y gracias á la justicia de sus méritos y á la excelencia de sus con-

10

 

(.liciones, pudo obtener la capitalidad de la provincia de su nombre.

Por su emplazamiento, repetimos, junta­mente con su belleza, debe aspirar no solo á renovar su antigua prosperidad, sino tam­bién á lograr mayores bienes; para ello so­lo se necesita que el elocuente ejemplo da­do por un distinguido hijo suyo, creando fábricas, sirva de norma á los demás.

 

 

 

NOTAS

Preliminar.—Nos duele sobremane­ra contradecir y rectificar opiniones emiti­das por persona tan respetable y de tanta erudición y autoridad como el digno acadé­mico Sr. Fernandez Duro; pero nos hemos visto en la precisión de hacerlo así á fin de restablecer la verdad histórica, tal como no­sotros la concebimos, sobre algún hecho de los que son objeto de nuestro estudio. Salva­mos, pues, desde luego la alta considera­ción que nos merece dicho ilustre escritor, y para inteligencia de los lectores de este libro, creemos oportuno manifestar además que el concepto en que usamos la palabra «Cantábria» es el mismo que establece el Sr. Fernandez Duro al decir, en La Marina de Castilla, que la nave capitana de Colón representaba (aunque no lo demuestra) en la escuadrilla del primer viaje, «á las Cua­tro villas y á los puertos de Vizcaya y de Guipúzcoa.» Excluida así de la denomina­ción geográfica Cantábria el resto de la cos­ta del norte, esto es, la que limita Asturias y parte de Galicia, nos hemos visto obliga­dos, repetimos, á raciocinar sobre esta ba­se, y, por consiguiente, debe entenderse que empleamos la palabra mencionada refirién­donos, también exclusivamente, á la costa de Santander, Vizcaya y Guipúzcoa.

Núm.o 1.

No hemos vacilado en defender á Juan déla Cosa en los términos que contiene el texto, interpretando como concepto gene­ral, no como especial ó imposición ineludi­ble á aquel piloto, la alusión que á órdenes

—   139 — anteriores (que fueron por cierto muy estre­chas) hace 3a carta de los RR. CC. en la si­guiente frase: «porque en nuestro servicio é nuestro mandado fuistes por maestre &.a» Sabido es que en los documentos burocrá­ticos se estampan frases hechas, digámoslo así, cuya significación 110 es la literal ó la que se contrae á la propiedad de cada una de sus palabras cuando no perjudican á la materia esencial del documento, sino que abarcan un sentido lato que comprende va­rios conceptos; y creemos que las frases «nuestro mandado» y «.una nao vuestra» tienen aquel carácter. De todos modos, este no es lugar adecuado para analiEar y discu­tir tal cuestión.

Núm.o 2.

Poseemos varias escrituras de contratos celebrados en Pontevedra desde principios del siglo XV, ya de fletes de navíos, ya de obligación de entregar en fecha determinada (generalmente el mes de Noviembre) tantos ó cuantos «millares de sardina salada, pren­sada é boa, que sea de dar e de tomar de

 

mercader a mercader» fijándose como pena, de no entregarla en el plazo convenido, el importe del género irá como valere en Sí villa, Vajengia, Alicante, Barcelona, Januva y aun «.-I Uündi’Ct» que nosotros interpretamos Ale­jandría por no hallar nombre de población * *

comercial y marítima mas parecido á la pa­labra subrayada. Esta sopeña indica clara­mente que Pontevedra sostenía con aquellas ciudades activo comercio de dicho artículo; no de otra suerte podrían sus marcantes sos­tener siete cercos (inmensa red que ordina­riamente sacaba del mar millón y medio á dos millones de sardinas). Por otra parte, la industria de salazón era nuiy antigua y flo­reciente en dicha villa á juzgar por un di­ploma de D. Alfonso IX, fechado en ella á 27 de Septiembre de 1229, y copiado de una compulsa judicial hecha en 1 577 y exis­tente en el archivo de la catedral cotnpostc- lana, por el Sr. López Ferreiro en su obra «lrueros municipales de Santiago y su tie­rra.»

Y    por carta del Rey San Fernando, fe-

 

— Mi — . chada en Valladolid á 6 de Noviembre de 1238, entre todos los puertos de Galicia, solo los de Pontevedra y Noya estaban fa­cultados para la fabricación del saín.

Por estos y otros datos que enumeramos en el presente libro, demostrativos de la im­portancia de Pontevedra en la Edad media, se comprenderá que 110 estaba bien infor­mado el Sr. Murguía cuando dijo en su obra «Galicia» página 699, que «cien años ántes apenas se le conocía» á propósito de que en una información de la Inquisición, año de 1607, se léc que Pontevedra era puerto de mucho comercio «no solo con España, sino ■:on Inglaterra y Francia.» Precisamente en ti mismo siglo XVII empezó su decadencia por causas que mencionamos en las últimas páginas del texto,

Núm.o 3.

En la denominación de Flandes se incluía generalmente no solo la Bélgica y la Holan­da, sino también una parte de la costa nor­te de Francia, la de Alemania (Hamburgo), Dinamarca y aún Suecia y Noruega,

 

Pontevedra mantenía relaciones maríti­mas con Flandes, siendo notable el hecho de que mercaderes de Burgos se sirviesen de los barcos de aquella villa, como lo demues­tra el siguiente documento que copiamos á la letra.

«xxviij0 dias de setujuan domle flamen- go besiño de burgos dou seu poder cunplido a al’on yans jacob notario de pontvcdra pa que por ele enseunom pódese rescebir e rc- cabdar e avere cobrar todlas mercadorias de coyros e outras quaes quer cousas que el car­gase ena nao de pedro falqon este dito ano de que juan de san b° era mr pa frands e pa rescebir conta do pago e dar carta ou car­tas de pago testigos juan got3 do ribeyro e alonso rrodrigues de cordoba e outros» (Mi­nutario notarial de 1434 depositado en el Museo Arqueológico de Pontevedra por el vecino de la misma D. Joaquín Nuñez,) Num.° 4,

Pavo Gumez Chakino.—Por no haber querido enterarse, el Sr. Fernandez Duro estuvo á punto de excluirle de la lista

 

—   143 — de almirantes de Castilla; aparece firman­do como «Almirante mayor», no en un solo privilegio, como dice el ilustre académico, sino en varios; y en una confirmación á fa­vor de Pontevedra, datada en Toro por Don Alfonso XI á 22 de Agosto, era 1354, dicho rey se refiere ai tiempo de su abuelo Don Sancho «seyendo don pety gontez su alnii- … raníe de la mar.» No atinamos con la cau­sa en virtud de la cual el docto escritor (reba^/l ja cuanto puede la figura de Charínq^-pócas paginas después de decir que «al supremo puesto de Almirante 110 se llegaba sin ha­ber dado antes verdaderas pruebas de pe­ricia cii la navegación y de bravura en los combates marítimos,»

Sabemos que el Sr, Alvarez Gimenez, ilustradísimo Director del Instituto de Pon­tevedra, prepara un trabajo histórico para refutar los comentarios y rectificar las noti­cias equivocadas que el Sr, Fernandez Duro incluye en «La Marina de Castilla» con res­pecto á Chariuo y á la conquista de Sevi­lla y tenemos la seguridad de que el Sr. Al-

—   144 — varez Giménez lo hará cumplida y elocuen­temente. Omitimos, pues, ío mucho que pu­diéramos dccir acerca de esta materia, y solo nos permitiremos manifestar nuestro asombro al ver que el Sr. Fernandez Duro admite con la mayor scncillcz la acusación de que la respetable comunidad de Francis­canos de Pontevedra 1ia consentido la comi­sión de una superchería, ó de una falsedad, en el punto más visible del templo, cual es el crucero en el lugar inmediato á la capilla mayor, donde se alza la sepultura de Chari­no. Kl Sr. Fernandez Duro cierra los ojos y acepta las negaciones del apasionado pote- mista Pérez Reoyo, hasta el punto de dccir que el Monasterio mencionado fue construi­do en el si’¡¡la .VI’ y que aquel almirante no fue señor de Rianjo, ¿Qué trabajo le hubie­ra costado al Sr. Fernandez Duro pedir da­tos respecto á lo primero á los Sres. P, Fita y Fernandez Guerra, (de no merecerle crédi­to la Historia de la Orden Franciscana de Galicia por el P, Castro), y en cuanto á lo segundo á personas de Pontevedra, que luí- bieran tenido mucha complacencia en pro­porcionárselos?

Alonso Jofre Tenorio, derrotó á Pe- zatillo, jefe de las armadas del rej’ de Por­tugal. Por sus padres, D. Pedro Rodríguez Tenorio y ]Xa Teresa Paez de Sotomnyor, hermana de Charino, y por el hecho de exis­tir, aún á principios del siglo XV, una calle en Pontevedra denominada de Jofre Tanoi- ro, se evidencia que 110 desvariaron Gari- bay y otros escritores al afirmar que dicho almirante fue gallego. Poseemos dos con­tratos de aforamiento, hechos respectiva­mente por Fernando da Nova y otros en 13 de Mayo de 1436 y por el concejo de Pon­tevedra en 19 de Abril de 1437; el prime­ro á favor de Gonzalo García y de su mujer María da ¡Sopa, y el segundo á favor del clérigo Pedro de Montes, teniente lugar de Rector de Santa María la Grande, ambos por fincas en la citada Rúa de Jofre Tanoiro. A una legua de Pontevedra y en la parro­quia de Tenorio, donde nació también, á 19 de Mayo de 1328, D. Pedro Tenorio, Arzu- — 14<5 —

bispo de Toledo, aun existen grandes restos de los castillos de aquellos caballeros, cuyo apellido popularizó el insigne poeta Zorrilla; alguno de ellos tomó parte en las Cruzadas, pues arqueólogos ingleses encontraron re­cientemente en Chipre lápidas sepulcrales con el nombre de Tanoírus: acaso el de Jo- fre es reducción del de Godofrcdo, adoptado en memoria del más esclarecido jete de hts Cruzadas, Godofrcdo de Bouillon. La linea principal de esta familia vino á refundirse en la de los Duques de Sotomayor, mar­queses de Tenorio, señores de Cotobad Ausak L’aez de Sotomayor, hijo de Payo Gómez Charino. Firma como Almirante ma­yor en dos privilegios fechados á 27 de Julio y 12 de Noviembre de *302 y en una con­firmación de D, Fernando IV, á 17 de Fe­brero de 1303, de las mercedes otorgadas por D.n Urraca y su esposo el conde D. Rai­mundo al monasterio de San Juan de Poyo. De su vida solo tenemos noticias muy pro­blemáticas, como la de haber sido herido en 1111 combate naval con los moros acaecido

—   i 47 — cerca de Tarifa y la de hallarse enterrado en el convento de Santa Clara de Ponteve­dra. Respecto á la primera, se supone que los privilegios de la Casa de Alemparte pro­vienen de los servicios prestados por Albar Paez en dicha guerra; cnanto á la segunda, aunque en la iglesia de aquel convento hay, en efecto, una sepultura de arco en sitio pre– ferente, carece de inscripción y se ignora quien yace en ella.

Núm.° 5.

Juan ha Nova, de quien da brillante no­ticia como marino (/allego el Dr. Sophus Ruge, profesor del Instituto politécnico de Dresde en su «Historia de la época de los descubrimientos geográficos» incluida en el tomo VII de la Universal de Oncken, entró al servicio del rey’ de Portugal, quien le dio en 1501 el mando de cuatro naves de ex­pedición á la India, regresando cubierto de laureles y de botín, y con el descubrimiento de las islas de la Ascensión y de Santa He­lena. El monarca portugués le hizo en Lis­boa un recibimiento tan ostentoso como el

que cerca de dos siglos antes había hecho el castellano á Jofre Tenorio en Sevilla des­pués de haber derrotado á Pezaño; y le col­mó de mercedes. Mientras no vengan nue­vos documentos á destruir nuestras conje­turas, no vacilamos en atribuir á Juan da Nova la patria pontevedresa atendiendo á los siguientes datos que demuestran la exis­tencia en Pontevedra de la familia Nova en el siglo XV y principios del XVI.—Kti primer lugar, el papel citado en la nota an­terior con relación al Almirante Jofre Teno­rio, en que figuran Fernando y Maria da Nova. Además, una escritura relativa á cen­so de seis maravedís de moneda vieja, que á favor de la cofradía de San Juan Bautista de Pontevedra, en 2 de Noviembre de 1428, hizo Teresa Garcia, mujer que fué de Afonso Yans, en presencia de los procu­radores y cofrades de dicha cofradía «Jiarto- lameií de colon y a° da nona».—-En 1457 figuran en Pontevedra como alcabaleros de la sal Pedro Fariña y Pedro da Nova.—La ejecutoria de la sentencia dada por la Au-

—   149 — diencia de la Corufia en el pleito del Monas* terio de Poyo con D. Melchor García de Fi- gueroa y Cienfuegos, alcalde ordinario de la villa, sobre la huerta de Anduríque (limítro­fe de Portosanto, parroquia de San Salva­dor de Poyo) ejecutoria expedida á 13 de Agosto de 1616, incluye por copia lite­ral y como prueba, una escritura de foro he­cha en 3 de Octubre de 1519 en nombre de D. Juan de Vibona, Cardenal de San­ta María in Pórtici, Abad perpétuo del Mo­nasterio de Poyo, á favor del mareante de Pontevedra Juan de Colon y de su mujer Constanza de Colon representados por Juan Nova, también mareante de dicha villa. Esta noticia ha sido publicada en la notable obra «El rio Lerez» porD. Luis de la Riega, po­seedor del expresado documento.

Pudro Sarmiento de Gamboa, á quien historiadores ingleses llaman el primer vcflanle del siglo .Y 17, parece haber nacido en Alcalá de Henares, hijo de Bartolomé Sarmiento, pontevedrés, y de una señora vizcaina. Estudió la náutica en Pontevedra

 

y la tradición señala todavía la casa que ha­bitaron él y sus padres: es probable que ha­ya sido pariente de Cristóbal García Sar­miento, piloto de La i’inlü, y de Antonio Sarmiento Montenegro, Juez ordinario de dicha villa en 1540-.

Los Nodal, también famosos marinos en dicho siglo, y los Matos, que vivieron en el siguiente, son muy conocidos; más respecto de estos últimos, consignaremos que sus ser­vicios fueron notables, según las certifica­ciones que existen en el archivo de! Gre­mio de Mareantes: servicios verdaderamen­te eminentes, premiados con las más al* tas categorías de la marina militar. Juan de Matos, el viejo, fné Almirante de la escuadra de Barlovento; su hijo Juan de Matos, Almi­rante del mar Occcano y de las Escuadras de Galicia; y el sobrino de este último, hijo de su hermana D.a Teresa y del alferez Se­bastian García, llamado también 1). Juan. Almirante de la Escuadra de Nápoles,

El Sr.- Murguía, dice en su libro «Galicia» que D. Juan Matos y Eandiño, sobrino de

 

—   I$i —

uno de estos Almirantes, «fué mejor marino que su tío, según se decía.» No sabemos á cual pariente se refiere el distinguido histo­riador de Galicia, ni que fundamentos tiene la frase «según se decía», ni que el Fandiño haya figurado en escala superior á la de cual­quiera de dichos ilustres marinos.

Núm,° 6.

Los privilegios á que nos referimos cons­tan, á falta de los documentos originales, destruidos en las perturbaciones del presen­te siglo XIX, en una compulsa judicial he­cha en 24 de Agosto de 1748 por el nota­rio de la villa José Antonio Rodríguez de Vera, en virtud de auto acordado y provchi- do por los señores Justicia, alcaldes y regi­dores, á petición de los procuradores gene­rales de! ayuntamiento; el testimonio fué comprobado por los notarios Andrés Nuñez de Montenegro y Sebastian Nimez y com­prende además el amplio privilegio de de­clarar á los habitatores de Pontevedra* tam presentes qitam futuro,v» libres de los tribu­tos llamados «luctuosa, fonsadera, goyosa,

n

 

¡mal, navigio, pedidalla, moneda &.“» Otra franquicia de los mareantes pontevedreses era la de vender libremente el pescado, sin que se les pudiera poner precio ni peso, se­gún la undécima ordenanza de las que re­gían de tiempo inmemorial en la villa, testi­moniadas por el notario Martin de Segura á 27 de Febrero de 1609. Estos privilegios y franquicias, juntamente con los demás, fueron concedidos unos y renovados otros por D. Fernando el Santo á consecuencia de la conquista de Sevilla, así como por diver­sos reyes, y confirmados todos por D. Enri­que IV en líadajoz y por el Emperador Don Carlos en la Coruña.

Núra.° 7.

«Don Rodrigo de Luna por la gracia de Dios et de la santa iglesia de Roma arzobis­po de la santa iglesia e arzobispado de Santiago capellan mayor de nuestro señor el rey et su notario mayor del regno de león oydor de la su abdiencia y del su con­sejo vimos una carta de sentencia dada por el juez que era á la sagon de la nuestra villa

 

tic pontevedra escripta en pergamino de cuero firmada del nombre de dicho juez et sellada en pendente de su sello e firmada otrosy del nombre de Ruy g” escribano que era en la abdiencia del dicho juez ante nos presentada por juan basante carpentero por sy et en nombre de los otros carpenteros vecinos e moradores de la dicha nuestra vi­lla de pontevedra de la qua! sentencia su thenor es el siguiente

Sabean quantos esta carta de sentencia viren como ante min gongal peres juez lu­gar teniente de gontjal sanches de vaamon- de juez ordinario da villa de pontevedra pa- resceron en juicio miguell ferrandez verde arrendador da alcauala dos navios o ano pa­sado de mili e quatroceutos e quorenta e nove anos Et por palabra demandou a afon de montes y a fernati mmez e afon juan e a juan basante y esteno rrodriguez carpen- teros moradores en a dita villa que como eles e outros seus consortes feceran e labra­ran asy a enpreytada como por razón de bragalajeen e afan das suas maos certos na-

vios e pinadas e outros en o tempo de seu arrendamento que estimauan alcauala que entendían do.que He poderian deucr confia de dous rnjll mrs Et pedia a o dito juez que líos mandase pagar y logo os ditos reos di- seron que Jle negauan sua tal estimaron e pedian a o dito juez que lies mandase dar por sy y en nombre dos outros que quise- sen scer en ajuda do dito pleyto o traslado e término de dreito a que respóndese Et o juez mandoullo dar e responder a nouc dias e a este termino troixesen procuraron de quales quier que quixeren seer en sua fa­vor e ajuda do dito pleito et a o dito termino parescesen as ditas partes et outros conteni­dos en huna procuraron ende mostraron ct discron que eles non eran tiudos a tal alca- imla de navios que eles fegesen e labrasen por seus jornas por cuanto alguos marean­tes querían facer seus navios cnpreytada e atallamento et lies ciaban sen breu et rezina crauos e madeyra Et eles por alan de seus jornaas e corpos lies davan certa con Lía de mrs por razón de sen traballo de suas manos

 

—       155 ~

et afan de sen corpo Et aay dezian que nun­ca se acostumbran grandes tiempos son pa­sados c oje en día lie non pagaran alcavala alguna e dezian que en tal posesion estauan e pedían a o dito juez que selle esto fose ne­gado po lo dito miguet ferrandez alcaualero que pedia ser rescebido a prouar de lo sobre esto dito o dito miguel ferrandez diso que eso meesmo el quería ser rescebido á pro­na r lo que ei demandaría Et sobrestp^a-^ílT- tas partes me pedí ron que librase o que a cha-‘ se por dereito et concludiíín Et en ouve o dito pleito por concluso et asigney termino partí o librar cao termino por mya asigna­do en presencia das ditas partes dey una pronun^iac-ion que decia que rrcsccbia anbas las ditas partes conjuntamente a prouar a os ditos reos suas defensiones et a o dito abtor sua demanda para o qnal lies asigney yertos términos e prodnros para faccren mas pro- lias E lies mandey que en o dito termino po- sesen seus enterrogatorios e pronas para se presentaren suas testymonias e interloquen- do o pronunciey asi en o qual termino os di-

 

tos carpenteros trouxeron suas testymonias e en presenea do dito aleaualero foron aju~ ramentados e despois tomados seus ditos apartadamente y cada un sobre sy et despois abertas e publicadas et dadas o traslado as partes a que dixesen o seu dereito E sobre esto dixeron e rrazoaron quanto dicer e ra- razoar quixeron íasta que concludieron e me pidieron que librase o que achase por direi- to E eu o uve opieyto por concluso e asigney termino e dey esta sentencia que tal he… Et cu juez sobredito visto e diligentemente exa­minado hun proceso de pleito ante my tra­tado entre partes conven a saber entre mi- gnell ferrandez verde arrendador da alcauala dos navios da villa de pontevedra o año pa­sado de mili e quatroccntos c quoarenta e nove anos abtor de huna parte c afun de montes c juan basante e afon juan e ferrand nunez e esteuo rrodriguez carpenteros de navios da dita villa de que se mostraron procuradores reos da outra parte

E visto en como as ditas partes conjun­tamente foron por min rebebidas aproua de

 

—         i57 — suas entengoos E o dito abtor non prouou cousa alguna do por el demandado E visto a pronanga sobrelo feyta polos ditos reos por sy e en lióme das ditas mas partes e as contraditas e tachas por lo dito abtor opostas a seus testigos as quaes 11011 foron legítimamente ne con as solepnidadei do dreito segund se requería en tal caso nen as prouou E visto todo o dito pleito e abtos del e todo cuanto era necesario de ver ávi­do sobrelo meu acordo e plenarya delibe- ragíóncon letrados acho que o dito reo por por sy e en nome dos ditas partes prouou ben c conpridaniente sua entengon conuen a saber nunca ser costunie en na dita villa deqos taes carpenteiros dos ditos navios pagaren a tal alcauala dos navios pinagas e batees que fazian e tomauan a sua ventura por razón de enpreytada c traballo das suas maos e personas nen da niadeyra e clu- uagon c breu pagauan a lioso señor o Rey et á seus arrendadores sua alcabala e cíes que a cunprauan segund ley do dito qua- derno eran quitos Et por ende dou por libres e quitos a os ditos carpentciros e a seus bees a cada un deles da dita alcabala agora e darjui endcante das pinagas e navios e batees que asy fegeren por razón de enprey- tada a sua ventura E poño sylen^io perpe­tuo a o dito miguel ferrs alcaualcro sobre dito e aoutro qualquier que arrendare a di­ta alcauala dos navios que de aqui en dean­te non demanden non molesten nen enquie- ten sobrelo a oí: ditos carpentciros por ra­zón da dita alcauala E por myña sentenga definitiva o julgo mando declaro e discer~ no todo asy en estos escriptos E por eles dou esta sen tenca testemonias que estauan presentes diego tendeiro e juan eerreíro c lopo castaño e juan inacriño e juan dedo- mayo e outros dada día sabado dez e septe días do mes de janeiro ano do nascemento de noso señor yhxpo de myll e qtiatrocen- tos e quarentae nove anos. A qual setitenca asy dada o dito mygueell ferrnz diso que apclaua por palabra e entendía apelar por cscripto en no termino de dereito—g”° pe­res Rodcricus gundisaluus escriptof

—       iS9 —

E la dicha sentencia asy ante nos pre­sentada fuenos pedido e suplicado por el dicho juan basante pediendonos por merced tovyercmos por bien de Íes confirmar la di­cha sentencia et todo lo en ella contenydo mandandola goardar e cumplir en todo E por todo doy en adelante para syempre costrencndo e aprcmyando á los alcauale- ros c cogedores de las alcaualas de la di­cha nuestra villa en renta o fieldat o en otra qualquier manera que agora son e fueren de aqui adelante que les non de­manden ias tales alcaualas de labrar e fa­cer navios naves barchas baixeles carauclas pinacas barcos c batecls ct todas e quaes quier fustas mayores e menores para marear aunque las fiziesen e labrasen acote et a jor­nal o en otra qualquier manera en la dicha villa de pontevedra et en sus prayas et nías c términos et jurdieoos deila mandando á los juezes e allcaldes e mayordomos de la dicha villa que agora son e fueren de aqui en adelante que los defiendan con todas Jas causas acerca de la dicha alcauala en la

—        IÓO —

dicha sentencia contenydas e que non con­sientan que alguno nin algunos non va­yan contra ella por gelo amenguar o que­brantar en alguna manera nyn por alguna ra­zón quanto mas que los derechos e leys e ordenamientos reales non les obligan a pa­gar trebuto alguno de lo que ganan de sus oficios de carpintaria por afan y trabajo de sus manos asy por razón de enpreytada c braralajeen como en otra qualquier manera suplicándonos todavía que le confirmare­mos la dicha sentencia Et nos viendo la di­cha petición ser justa et en como la dicha sentencia fue et es racionabele jurídica amo- logada c passada en cossa julgada touímos por bien de les confirmar e por la presente confirmamos e aprouamos en todo e por todo la dicha sentencia et mandamos que le vala e sea goardada e coinprida segund e por lo modo e manera que en ella se con­tiene Et que alguno nyn algunos no sean osados de los yr nin pasar contra ello nin contra parte de ello en alguna manera nyn por alguna rrazon por gela menguar e que-

 

brantar et defendemos firmemente a todos e aquales quier cogedores e recabdadores en rrenta o en fieldad o en otra qualquier manera que agora son et serán de aqui ade­lante de las alcaualas de los navios e naves e fustas de qualquier manera que sean para marear que les non puedan demandar nyn demanden las tales alcaualas en la dicha vi- lía e sus términos e jurdiciones pues que son quitos et exentos dellas segunt el thenor de la dicha sentencia e por semejan­te vi a mandamos álos dichos juezes e all- caldes e mayordomos de la dicha nuestra villa e sus lugares tenientes asy á los que agora son como los que daqui adelante fue­ren de ía dicha villa e suas prayas e rrias e términos e jurdieoos que anparen e de­fiendan a los dichos carpenteros que agora son e fueren de aquí adelante vecinos de la nuestra villa de pontevedra gerca de las co­sas en la dicha sentencia contenydas Et los unos c los otros non fagades nin fagan de ende al sopeña de la nuestra merced y de excomoníón e de diez mil mrs a cada un

He vos e dellos para la nuestra camara que lo ansy facer et conplir non quisyere en testymonyo de lo quaí les mandamos dar e damos esta nuestra carta confirmatoria firmada de nuestro nombre et sellada con nuestro sello en pendiente et por mayor fir­meza mandamos a ahiaro de casteenda no­tario de la nuestra cibdad de Santiago que la signare de su signo ¡ dada en la nuestra dicha cibdade oyto dias del mes de junyo ano del nascimento de noso señor Ilnixpo de mil e quatrocientos e cincuenta e suys anos estando presentes por testigos el car­denal martin lopez e juan de la parra canoi- go de la dicha nuestra iglesia c el bachiller Rodrigo bailo nuestro familiar e otros | Ro- dericus arcliiepiscopus conpostellanus. Et eu alvaro de casteenda notario publico ju­rado de santiago por la igllia de Santia­go a esto que sobredito he en hun con os ditos testigos presente fu}’. E por man­dado de meu señor o arcobispo de Santia­go don Rodrigo de luna esta sobredita con­firmatoria escripui e fige meu noine e signo

 

puse que tal he en tcstimonyode verdade.»

(Copia sacada del cartulario de la cofra­día de San Juan Bautista de Pontevedra, que empieza en 1431 y termina en 1562,- publicada en la Revista «Galicia diplomá­tica.»)

De este documento se deduce también, aparte de lo manifestado en el texto, i,°: Que solo se trata del período de un año, de que fué alcabalero Miguel Ferrandez Verde, y que durante dicho período, los capintex^ ros reclamantes y sus consortes labraron «certos navios e pinazas e outross, circuns­tancia que acusa actividad y variedad en la construcción naval. 2.0, que existían á la sazón leyes y ordenamientos reales que eximían de los tributos á los constructores de barcos, con lo cual se comprueba el go­ce en Pontevedra de privilegios especiales.

Y 3.0, que la industria debía ser muy im­portante, pues 5i las alcabalas representaran una suma pequeña, el arrendador expresa­do no habría seguido un pleito bastante costoso por su duración de seis años.

Núm.o 8.

Por acuerdo del Concejo, que consta en el Libro del mismo á 27 de Junio de I44°i se mandó pagar á Pedro Falcon la cantidad de cien maravedís por transporte del vino del Arzobispo desde la Lonja á la ribera. Parece ser que esta lonja se dedicó posterior­mente á casa consistorial, ocupándose al efecto el piso alto para sala de sesiones y oficinas, dedicándose los bajos á la contra­tación. A causa de la extremada decadencia de la villa en el siglo XVJI, fué suprimida, sustituyéndole una simple alhóndiga para granos.

Núm.° 9.

Aludimos á la vía férrea de Pontevedra á Carril y Santiago, cuyas obras se realizan actualmente; al ámplio muelle de desem­barco del material de las mismas, que-ser- vírá en lo sucesivo para el tráfico mercantil de dicho camino; y, por úlLimo, á las im­portantes fábricas de productos cerámicos y de labrar madera, instaladas con todos

 

—        i¿5 — los perfeccionamientos modernos, ambas del Sr. Marqués de Riestra.

Merece también ser mencionada la de fun­dición del Sr. Pazo, cuyos productos, son tan sólidos como de buen gusto. Al entre­gar estas notas á la imprenta, nos entera­mos de la noticia, comunicada desde Madrid por el Sr. Gobernador de la provincia, Don Augusto González Besada (tan interesado por el bien de Pontevedra, de que el Sr. Mi­nistro de Fomento ha resuelto que se ejecu­ten por administración las obras del muelle de las Corbaceiras y que se estudie el en- cauzamiento del rio: la ocasión es oportu­na para que los pontevedreses, por el pode­roso recurso de la asociación, procuren se­cundar la animosa iniciativa del Sr. Marqués de Riestra. Las corporaciones, las socieda­des, ias actuales cofradías y gremios, y la prensa local debieran estudiar detenidamen­te esta cuestión é impulsar al vecindario en la dir ccien convciaenle.

Núm.° 10.

Por cierto que el Sr, Asensio, como es-

 

critor cultísimo que no desciende al terreno de las vulgaridades, no quiso dar una sola vez en su reciente, voluminosa y notable obra citada, Cristóbal Colón, el sobrenom­bre vulgar de La Gallega á la Santa María, atendiendo sin duda á aquella frase: « Yo con perdón de Vd.. soy gallego.» No puede ex­plicarse de otro modo la contradicción de consignar el sobrenombre de La India que tenía la Santa Cruz y omitir cuidadosamen­te el de La Gallega con que era conocida la Sania María, teniendo esta carabela ab­soluta notoriedad en la historia y no ha­biéndola alcanzado aquella.

Núm.o 11.

En !a parte de alcabalas de la mar que el Rey tenía á su disposición, se hallaban si­tuados, precisamente á mediados del siglo XV, los sueldos del Arzobispo de Santiago como «Oydor de la Abdicncia del Rey* y como sCapeltan mayor», este de 19-331 maravedís, (carta de toma de D. Rodrigo de Luna al Concejo de Pontevedra fecha 20 de Mayo de 1451, inserta en el Libro de dicho

Concejo) y aquel de 50.000 maravedís vie­jos, (caita idem, ídem, fecha 6 de Diciem­bre de 1450) así como dos juros de á 10.000 maravedís cada uno, concedidos para siem­pre jamás por el Rey D. Juan II, (carta de D. Lope de Mendoza á dicho Concejo fecha 7 de Mayo de 1440) sin perjuicio de que el arzobispo, cuando lo había menester, ó cuando el monarca Ic encargaba apercibir su gente, castillos y fortalezas, tomaba an­ticipadas al Concejo mencionado, por cuen­ta de la recaudación real, sumas mayores de veinte mil maravedís, alguna de cuaren­ta y ocho mil quinientos. (Cartas del Arzo­bispo al Concejo en Julio de 1442, Diciem­bre de 1443 y Julio de 1444.) Con estos da­tos precisamente, lo repetimos, de media­dos del siglo XV, se demuestra la actividad comercial de Pontevedra, puesto que, sien­do muy módicos los impuestos de alcaba­las, y 110 cobrándose, en virtud de los privi­legios, otros tributos de mayor rendimiento, es indudable que para producir sumas co­mo las que el recaudador del Rey, entonces

1?

qn judío llamado Don Salomon Bagero, te­nía en sus cajas para hacer aquellos pagos álos arzobispos, además de los derechos que estos Prelados cobraban de las fieldades por su Señorío, d movimiento mercantil de dicha villa debía ser considerable.

Núm.° 12,

No es tal distracción la única padecida por el Sr, Murguía con relación al P, Sar­miento. En la página 664 de su «.Galicia.» escribe lo siguiente. «Y asi el nuevo burgo «(Pontevedra) fue conocido en los primeros «tiempos de nuestra era con el nombre de «Diios Pautes, no porque los tuviese á ia «sazón, como quiere el P. Sarmiento, Si.*» Para justificar la imputación subrayada, el distinguido historiador gallego inserta en la misma página esta nota: «En su Viaje (eí idel P. Sarmiento) se lee: La primera noli* «da que hallé de Pontevéteris aun 110 pasa «de U03. Pero siendo ya entonces Puente «vieja, es preciso retroceder mucho y supo­nerla fabricada y es creíble que Pontevedra «sea el Ad dúos ponles del Itinerario de An-

 

«tonino y el Ambas Puentes de las donacío- «nes de Santiago y de la pertiguería del «Conde de Lemos.» No hemos omitido una sola sílaba de la nota y como se vé, no se infiere de ella directa ni indirectamente que el P. Sarmiento quiera que Pontevedra tu­viese á la sazón dos puentes. Habla en sin­gular llamándola Puente vieja, y el nombre de Ambas Puentes se refiere á las donacio-^ nes; hallábase perfectamente eatei’aíío^’e! ilustre sabio, demostrándolo el título de Juez de Pontevedra á favor de Tristán de Montenegro, expedido por el Arzobispo D, Alonso de Fonseca, fecha 6 de Septiem­bre de 1463, inserto en el Libro del Conce­jo, pues le hace la merced de dicho cargo y del «judgado de Entramas las puentes, su anexo.»

A más de esto, la explicación de! Señor Murguía relativa á que Dúos pon tes era la denominación de la comarca comprendida entre Pontevedra y Puente San Payo, es la misma, exactamente, que dió hace mas de un siglo el P. Sarmiento en su descripción

 

—       í 70 — de dicha vü]a. El sabio benedictino, apo­yándose en fundamentos de consideración, entre ellos las noticias que Pomponio Mela nos dá de las rias bajas de Galicia, opina también que Pontevedra es la antiquísima Lambriacat á cuya opinión se ha adherido el P. Fita; pero el Sr, Murguía define que los historiadores romanos se hallaban mal informados.

De todos modos haremos constar que, por diversos títulos, tenemos la obligación de defender, -aun en nuestra pequenez, aí P. Sarmiento, y la cumplimos sin propósito alguno de menoscabar la justa fama del mo­derno c ilustrado historiador de Galicia, á quien ésta debe singular reconocimiento.

Núm.o 13.

Sociedad Arqueológica,

A ella pertenecen varios de los documen­tos que utilizamos en el presente libro, al­gunos facilitados por D. Joaquín Nuñez, ve­cino de Pontevedra; y consideramos inelu­dible y grato deber el de dar noticia, siquiera

— i7i — sucinta, de la Sociedad que nos ha honrado con el título de socio de mérito.

El Sr. Sampedro, que citamos en el texto, es el creador de esta útilísima y distinguida sociedad, á cuya actividad é ilustración se de­be que en el corto tiempo que lleva de exis­tencia haya reunido multitud de objetos ar­tísticos é históricos de primera importancia. Tanto las autoridades civiles y eclesiásticas de la provincia, como las corporaciones pro­vincial y municipal de Pontevedra, como el Ministerio de Fomento, han auxiliado cons­tantemente á dicha Sociedad, aunque no en la medida que quisieran dichas entidades, á causa de la penuria de los tiempos; y es jus­to mencionar la decidida protección que á la misma han otorgado y otorgan los seño­res Riestra, Vincenti, Ordoñez (D. Ezequiel), Besada {D. Augusto) y otros distinguidos funcionarios y personas particulares de Pon­tevedra y de la provincia, ya coadyuvando á los íines de la Sociedad) ya concediendo á su museo ó depositando en él valiosos ob­jetos,

 

Ha celebrado ya dos notables exposicio­nes, que han llamado jListamente laatención; y el museo, dividido en dos secciones, (co­locadas por ahora en locales separados) es constantemente visitado y alabado, especial­mente por eruditos extranjeros, que con­templan en él y admiran, curiosísimos re­cuerdos tle los tiempos remotos.

La primera sección situada en las her­mosas ruinas ojivales de Santo Domingo, (cuyas primeras reparaciones de conserva­ción, fundamento de las posteriores, se de­ben al patriotismo de D. Rogelio Lois) ofre­ce inestimables ejemplares arqueológicos de piedra, romanos, suevos y góticos, figuran­do en ellos, como inscripciones inéditas en todas las colecciones, las dedicadas á los emperadores Licinio Licíniano, Cnco Seve­ro, Carino, Maximino, Máximo y Numcria- 110, además de las de Trajano, Adriano, Constantino el Grande, Cesar Decencio, y otras. Aras, lápidas funerarias, capiteles, imágenes del arte bizantino, molinos de ma­no, sepulturas, escudos nobiliarios, vénse allí reunidos merced á las gestiones de la Socie­dad Arqueológica y á las donaciones de las personas de buena voluntad.

La segunda sección, instalada en des sa­lones cedidos por la Diputación provincial comprende muebles, telas, cuadros, retra­tos, grabados y dibujos, porcelanas, objetos de cerámica, bronces, hierros, medallas y monedas, libros y pergaminos antiguos, pei­netas notables, armas europeas y ultramari­nas, reproducciones en yeso de detalles ar­quitectónicos clásicos y árabes, maderas ta­lladas, adornos y enseres de la edad de piedra, de los celtas y délos romanos, ob­jetos de vitrina como relojes, tabaqueras, sellos, esmaltes, abanicos y demás dignos de figurar en un museo arqueológico. Am­bas secciones reclaman la formación de un catálogo, merced al cual los visitantes y ios aficionados puedan darse cuenta de las muchas curiosidades reunidas en un museo que honraría á cualquiera población de pri­mera clase.

Todo ello se debe principalmente á la singular perseverancia del Sr. Sampedro y así lo consignamos con la mayor satisfac­ción, seguros de que, con nosotros, los pon- tevedreses y los amantes de la cultura pú­blica le tributan el mas sincero recono­cimiento, así como á los demás socios, á los Sres. D. José Casal, D. Luís Sobrino, D, Rogelio Lois y D. Luís de Gorostola que le acompañaron en los primeros diííci- les pasos de la fundación, y á los Señores Obispo y Cabildo de Tuy, Mon (D. Alejan­dro) Becerra Armesto (D. Manuel), D. José Salgado de Caldas, l’azos Espéz, Cicerón, Sanabria y otros muchos, que donaron al Musco ó depositaron en él, objetos de gran importancia histórica y arqueológica.

Núm.o 14.

«Ano domini de mili e quatrocentos c triti­ta e sete dia quinta feira quatro dias do mes de Juílyo j sabean todos que estando o con­cello c hornees boos da villa de pontvedra ajuntados em seu concello &,a diseron que por rason que alguns mercaderes c suas liiercadorias e nabios se temían e re^eaban

—        175 — de byr a esta dita billa e seus portos con as ditas suas mercadorias e nabios entendendo de ser prendados e penorados por las mer­cadorias que goncalo correa tomara eno dito porto e lcbara ena bai cha chamada por nom rostro frcmoso &.a por ende que eles todos juntamente en hun acordo por sy e por tod- los outros bezios e moradores da dita billa doje este dito dia endeante seguraban e se­guraron a todos o a quaesquier mercaderes e todas suas mercadorias e nabios que a a dita billa e sen porto biesen que se temesen de ser prendados e penorados por rason do sobredito | ca eles por la presente se obliga­ban c obligaron delles teer e goardar o dito seguro e nolles seer feito dapno nen desa­guisado alguo en suas personas e nabios e mercadorias por rason do sobredito sub obligaron dos bees do dito concello e vc- zios e moradores desta dita billa que pa elo obligaron=testigos Ruy de lugo pedro qun o uello gongaluo de camoens mercaderes Ruy braqero scriban gongaluo fiel moor- domo bezios e moradores ena dita billa de  i y6 — pontuedra e outros».—(Libro del Concejo.)

Núm.° 15.

El Sr. Alcalá Galiana, en su notabilísimo folleto «Nuevas consideraciones sobre las carabelas de Colón» ha dejado perfectamen­te establecidas las razones en virtud de las cuales el adjetivo cavealum y el sustantivo cavéis, (cuevas, huecos, bodegas) usados por Pedro Mártir, deben traducirse en el presen­te caso en el sentido de que La Gallega te­nía gavias y de que carecían de ellas La Pinta y La Nina; de cuya manera se recti­fica el error en que importantes historiado­res han incurrido, por traducir nial aquellas palabras, de que dichas dos embarcaciones menores no tenían cubierta. Era verdadera­mente incomprensible que la Pin la y la Ni­ña hubiesen soportado y vencido, en el via­je de regreso, los peligros del occéano: los viajeros que hayan atravesado el Atlántico y sufrido un mediano temporal, podrán cal­cular la imposibilidad de que unos barcos tan pequeños hubiesen resistido, sin cubier­ta, las terribles borrascas del mar,

— 117 —

Andando el tiempo, dióse á las gavias el nombre de cofas, según el mismo autorizado escritor.

Núm.o 16.

Lista de los individuos que acompañaron á Colón en el primer viaje y regresaron con él al puerto de Palos, según el Sr. Fernán­dez Duro.

Nao Santa María.

Juan de la Cosa, maestre, de Santoña. Sancho Ruiz, piloto.

Maestre Alonso, de Moguer.

Maestre Diego, contramaestre.

Rodrigo Sanche/, de Segovia, veedor.

Pedro Gutiérrez, Rodrigo de Escobedo, de Segovia y Diego de Arana, de Córdoba, quedaron en la isla Española.

Terreros, maestresala.

Rodrigo de Jerez, de Ayamonte.

García Ruiz, de Santoña.

Rodrigo Escobar.

Francisco de Huelva.

Rui Fernandez, de Huelva,

Pedro de Bilbao. de Larrabezúa.

Pedro de Villa, de Santoña.

Diego Salcedo, criado de Colón.

Pedro de Acebedo, paje,

Luis de Torres, judío converso, intérprete.

 

tre……………………………………. :

Cristóbal García Xaliniento, piloto.

Juan Jerez…………………………..

Bartolomé García, contramaestre _>de Palos.

. ■

Juan Perez Vizcaíno………………… ¡

Rodrigo de Triana, de Lepe.

Juan Rodríguez Bermejo, dc Molinos.

Juan de Sevilla.

García Hernández…………………..

García Alonso.. ……………………..

Gómez Rascón………….. t …. I

Cristóbal Quintero Juan Quintero.. . Diego Bernuidez. , Juan Berauidez. .

—       179 —

Francisco García Gallegos. . . .), ,,

Francisco Garda Vallejo…………… F’ Mo*”r

Pedro de Arcos, de Palos.

Carabela Niña.

Vicente Yañez Pinzón, capitan; los demás tripulantes eran, unos de Palos, otros de Moguer.

En una minuta del pregón llamando á los herederos de los difuntos en Indias, se incluye una nómina de los que quedaron en la Española, en el primer viaje de Colón, y fueron asesinados en ella por los indios. Contiene cuarenta y un nombres, entre ellos el de Pedro de Foronda, sin pueblo de su naturaleza.

Núm.o 17.

«En este dito día (16 de Abril de 1437) estando o concello e homes boos dentro ena iglesia de san b° presentes y pedro ares de aldaan alfonso velasco jurado ¡ mandaron a juan bieites ramos que dese a afonso Sán­chez de Valladolid quatro mili mrs de nione-

 

da blanca contando blanca en cinco dine­ros j para en conta e pago dos mis que o dito concello devya por obligaron signada do signo dc femando peres notario e el en- prestara para a Armada de navios que fege- ra gonzalo correa e recebese del carta de pago | e que lie serian rescebidos para en conta e pago dos mrs que o dito concello o alcanzara por conta que 11c ficara devendo da renta das posturas dos anos pasados | tes­tigos p° qun o mogo p° de montes clérigo gonzalo falcato vasco muñiz Ruy da frontil e outros. | » (Libro del concejo.)

Núm.f 18 En la lista que el Sr. Asensio atribuye al Sr. Fernández Duro, se escribe García Xal- miento y nosotros creemos que es García Sarmiento, mal escrito en el documento de que se copió dicha lista. En algunos pa­peles de la época se vé Xannienlo y Sar­miento, hablando de una misma persona; por esta razón hacemos notar en el texto el he­cho de que el Sr. López Ferreiro lo escribe del primer modo en su obra «Galicia en el último tercio del siglo XV», con relación al prisionero del Conde de Camina: nada más frecuente que el cambio de la r en lf Sal~ miento. Por último, el nombre de Cristóbal era muy usual en Pontevedra, según docu­mentos de dicho siglo.

Núm.o 19 Es desconocido en absoluto el origen de este singular privilegio; pero nos permitire­mos explicarlo por medio de una conjetura, como materia á discutir. Dado que otros privilegios importantísimos de los vecinos y marcantes de Pontevedra provienen del rey D. Fernando III el Santo á causa de la conquista de Sevilla, posible es que los dos apellidos de Aguila (aguja) y Ponte (puente) se deriven de la hazaña realizada en dicha conquista por dos naos de Pontevedra al mando de Gómez Charino, que rompieron la cadena y el puente de barcas que unía las riberas del Guadalquivir. (Cronicón de la Bétiea, traducido del árabe por Sandovai, según D, José Renito Amado, notable poe­ta, escritor y Diputado constituyente, en sus «Misterios de Pontevedra, 1840.») Dichas dos naves fueron provistas de un refuerzo en la proa, sin duda á manera de espolón (aguja) y quizás estas circunstancias dieron origen á los apellidos Aguila y Ponte, en un concepto parecido al que tuvieron el de Girón, el de Vargas Machuca y otros. En una capilla de la incomparable iglesia de Santa María la Grande de Pontevedra, edi­ficada por el gremio de mareantes, vése un escudo de armas con el siguiente cuartel: un barco á toda vela embiste la cadena ten­dida entre dos castillos. Se nos ha dicho que estas armas pertenecen á la familia de los Aguila, materna del regidor perpetuo D. Benito de Arango y Sotomayor, sepul­tado en dicha capilla; y entre los muchos datos que vienen á corroborar la tradición relativa á la conquista de Sevilla, figuran los de la existencia en Pontevedra de la Torre «tío ouro» (del 010) y del campo de la Ta­blada. Dicha torre fue aforada por el con­cejo en 10 de Marzo de 1492 á Martín de Bougoos, según escritura notarial que posee todavía.

Núm.° 20.

Noticia del P. Sarmiento y del Sr. López Ferreiro en el tomo I de «Galicia en el úl­timo tercio del siglo XV» con relación al Tumbo de Santa María del Ca maestro de la Trinidad, de quien era el que estaba encargado de r Pontevedra las limosnas para..redencióa d€ cautivos, santa ocupación de los,írinitaríosf cuya orden había manííado’á los principales pueblos de España, en que no tenían casa, frailes que hiciesen dicha colecta en virtud de la provisión de los RR. CC. fecha 2 de Octubre de 1475. En pueblos de poca im­portancia, desempeñaban tal comisión el párroco ó algún vecino calificado.

Núra,0 21.

En el libro del concejo figúrala siguiente relación de acuerdo. «Item mandaron (los «del concejo) que p.° f,ft (Pedro Fariña «consta como alcabalero de la sal en el «mismo libro) dese das posturas que se co- « menearan en San juan de junyo tres fro- «lins de ouro a g vsco (G. Velasco) po la ca «(carta) do mundo para noso señor o argbpo «(arzobispo) de Stiago.» Acaso fué un re­galo curioso al Prelado, dueño y señor de Pontevedra.

Núm.° 22.

Véase la nota núm.° 17,

Num.0 23

«It. mandaron que por mortede p,°vs.í0 (Pedro Velasco) venda as bujolas gu0 de correa» (Libro del concejo.) En el dialecto gallego, la j tiene pronunciación francesa: en dialecto levantino también se llamaba bu- xolasá. las brújulas.

Núm.o 24.

El castillo de Cedofeita, Cito facía, fué reedificado por el obispo Sisnando para de­fensa del país contra las irrupciones de los normandos y escandinavos. Herculano, en su historia de Portugal, al referir la expedición á Galicia del rey Don Alonso, sitúaequivoca-

 

clámente dicho castillo en la actual provincia de Orense, según demuestran varios escri­tores. Los restos de esta fortaleza y las tie­rras contiguas pertenecían á fines del siglo XV á la noble familia pontevedresa de los Montenegro, según testamento otorgado en 17 de Enero de 1491 por Gonzalo López de Montenegro, de que poseemos testimonio notarial.

La resistencia de Pontevedra al ataque del portugués se apoyó en sus fosos, barba­canas, muros y torres; de estas fortificacio­nes tenemos noticias precisas por multitud de documentos que en gran parte y en ex­tracto publicó la Sociedad Arqueológica, así como por los recuerdos de los vecinos ancianos que alcanzaron á ver cási comple­tas las expresadas murallas y torres, y tam­bién por los restos existentes, alguno de los cuales no ha sido estudiado y revela á nuestro juicio, haberse construido en época remota; quizás sea la única reliquia que nos queda de la antigua ciudad de ¡Ambriaca.

Un documento existente en el archivo del Ayuntamiento (exposición á S. M. en 1834 pidiendo para Pontevedra el título de ciu­dad) cita el privilegio concedido por el rey Don Ordoño á la Catedral de Santiago, año 955, en el cual se mencionad suceso de la invasión de los moros y de haber sido Pontevedra refugio de los obispos de Gali­cia y de muchos señores del reino. No he­mos podido aun comprobar la cita, pero creemos que, sin base alguna, no se hubiera hecho en aquel documento. Esta noticia, unida á la circunstancia de llamarse ¡lloá­rente una de las parroquias limítrofes, situa­da en las colinas del Este, y Mouretra el arrabal extramuros de la villa por el sud­oeste, puede justificar la conjetura, que no es nueva, de que los moros no tomaron á Pontevedra, limitándose á acampar ante ella durante el breve período en que aso­laron el país, derivándose de este hecho los dos nombres expresados,

Núm.° 25.

El privilegio tiene la fecha de 7 de Mayo de 1467, y decimos que ya existía la feria, porque en escrituras de préstamos, deudas y transaciones mercantiles como las relati­vas á anticipos de numerario con garantía de la salazón de pescado, á pagos de den- das &.% correspondientes al primer tercio del siglo XV, se fija el mes de Noviembre en unas y la íéria de San Bartolomé en otras, como fechas para el cumplimiento de los compromisos que se adquirían. La seña­lada merced de Don Enrique díó extraordi­naria importancia á dicha feria que, unida á otros privilegios y al que ya disfrutaba Pontevedra de ser único puerto de carga y descarga, (Ley II, libro IX, título XXIX de la Nueva Recopilación) de la extensa costa comprendida entre las «Estelas de Bayona y los Tranqueros ó Castros de Aqui ño ó Aguiño» (ambos nombres se consignan en los documentos) fue una de las principales fuentes de prosperidad y de riqueza para la villa.

Núm.o 26

En la escritura de «pauto, contrabto y avynza» que hicieron á 2S de Diciembre de 1445 concejo de Pontevedra y Suero Gó­mez de Sotomayor, dueño de muchos y grandes señoríos y mas tarde Mariscal de Castilla, para defenderse mutuamente en vista de que «eno tempo presente ocurren de cada día ¡noytos bandos, pelejas, desas­tres, revoltas, roubos, péñoras, furtos é ou- tros moytos dapnos» promete el segundo «goardar los usos c costumes» entre los cua­les figura el de que «él nen seu lugar te- nente nen seus hornees que agora son ou sejan daqui cndcante non posan prender nen prendan nen mande prender vesiño nin­gún da dita víla» sin requerir antes á la jus­ticia.

Núra.o 27.

Según documentos que obran en el archi­vo del Ayuntamiento relativos á órdenes dc pagos por diversos conceptos, verificábanse, á fines del siglo XVI, visitas semanales á los barrios de la villa y á sus arrabales, por un cirujano, el regidor semanero y el escri­bano del concejo, para enterarse del núme­ro dc enfermos y clase dc enfermedades, pagándose al primero de aquellos dos’ducados por cada visita.     .

La isla de Tambo, que hace pocos años fué destinada á lazareto, hizo igual servicio en otros tiempos: en 13 de Abril de 1598, (la más antigua fecha que hemos hallado) el concejo manda pagar doscientos veinte rea­les para la «carne y rrefresco que se enbya para la infantería que vino en la almiranta del general Pedro Qubiauz e está aislada en la isla de timbo por sospecha de enferme­dad de peste.»

Hacíanse también semanahnente por ios regidores de turno, escribano y testigos, vi­sitas de tiendas y reconocimiento de alimen­tos, pesas y medidas- existen en el mencio­nado archivo muchas relaciones de las dili­gencias que para tales fines se practicaban en la visita, extendidas con la minuciosidad y formalidades consiguientes.

. Num.° 28.

En 15 de Octubre de 1672, el procura­dor general de la villa de Pontevedra, Don Melchor Mosquera deSotomayor, caballero

—       190 — del Hábito de Santiago, presentó al ayun­tamiento una petición para que se «procure la restauración de la anterior importancia del pueblo, a Enumera las diversas causas de su decadencia: no las copiamos por no repetir lo que consignarnos en el texto.

Núm.o 29 De un expediente que existe en el archi­vo municipal, extractamos los siguientes elocuentes datos:

Estuvieron alojados en Pontevedra: du­rante treinta dias, 400 franceses de la es­cuadra de Mr. Chaternaut.=El tercio de la armada, con 600 hombres, al mando del maestre de campo Pacheco, 283 dias. Los tercios de Don Bcrnardino Delgado, de As­turias, de Aldao, del marqués de San Mi­guel y del de Oranic, durante 506 dias.— Las compañías de caballos de A maza y de Villarroel, un teniente general de Artillería, un gentil-hombre, condestables, y sesenta artilleros, durante 577 dias.—Eí Marqués de San Vicente y sus ayudantes, 122 dias; y ocho camas de respeto para personajes dy

comitiva, 55 dias.—El duque de Híjar, con cuatro ayudantes, S72 d:as,=El mar­qués de Risbourg, con tres oficiales mayo­res y trece camas de respeto para su comi­tiva, 69 dias.=Varios capitanes de recluta y los tercios de infantería de Castro y de Cisneros, y uno de lanceros, hasta que se reunieron 4.000 reclutas, 220 dias.— Ade-‘ más del Hospital del pueblo, dedi^árorise cuatro casas á los soldados enfermos y heri­dos, con los corresijííadiéntes socorros,= Ocupáronse otras dos casas por el Teniente general de Caballería y por la compañía de; caballos de Pignateli.

Diéronse alojamientos, en las marchas y retiradas, á varios tercios de infantería y compañías de caballos. Todo eiío ocasionó- crecidos gastos y angustias al ayuntamiento y al vecindario, que además soportaron los suministros de víveres, con mucha frecuen­cia, y los de forrajes, bagajes, Atarazana y otros, á diario.

No consta que Pontevedra haya obtenido- indemnización de ninguna clase, .

 

Núm.o 30 Lista (incompleta) de hijos ilustres de Pontevedra, deducida en su mayor parte de ejecutorias, informaciones, pleitos, y otros documentos del archivo municipal.

Sorred Sotomayor, camarada de Don Pelayo,

Lupo Montenegro, que ayudó á Don Fer­nando II de León en la guerra al Rey de Por­tugal y en la toma del castillo de Cedofeita. Payo Correa, maestre de Santiago,

Payo Gómez Charino de Sotomayor, Al­mirante.

Payo Marino, que acompañó al anterior en la conquista de Sevilla,

Lorenzo Suarez Gallinato, secretario de Don Femando III.

Ruy de Sotomayor, magnate de la corte ■de Don Sancho IV,

Pedro Tenorio, Arzobispo de Toledo. Alfonso Jofre Tenorio, Almirante.

Alfonso Fernández de Valladares, co­mendador de la Banda, muerto en la bata­lla de las Navas.

Albar Paez de Sotomayor, Almirante.

Ñuño Eatel de Qun, Justicia de Ponteve­dra, muerto en la defensa de la villa contra ■-«1 duque de Lancastre.

Payo Gómez de Sotomayor, Embajador de Enrique III al Tamorlan de Persia, Ma-, riscal de Castilla.

Pedro Ares de Aldaan, jefe de Hermán- dad en el siglo XV.

Ares García de Raxoo, jefe de una arma­da de navíos.

Gonzalvo de Correa, ídem.

Gonzalvo de Camoens, alcalde, mercader y dueño de carabelas. Le citamos á causa de su ilustre apellido.

Suero Gómez de Sotomayor, Mariscal de Castilla.

Tristan de Montenegro, constante adver­sario del famoso Madruga, (conde de Cami­na). Muerto en la toma de Pontevedra á la condesa del mismo título.

Juan Fernandez de Sptomayor, Mariscal de Castilla.

Cristóbal García Sarmiento, piloto de La Pinta.

Pedro de Foronda, tripulante en las cara­belas de Colón.

Juan de Sevilla, idetn,

Diego de Salcedo, idem.

Juan da Nova, famoso marino al servicio de Portugal.

Gonzalo y Bartolomé de Nodal, fatnosos- marinos: descubridor el primero del estrecho de Lemaíre.             .

Juan de Gonsende, capitán, que figuró en . la heroica defensa de la Coruña contra Dra- ke. Ascendiente del Padre Sarmiento.

Alonso de Sotomayor, gobernador de Pa­namá, vencedor de Drake.

Antonio M. Rodríguez de Pazos de Pro­ven, obispo de Córdoba, Presidente del. Consejo de Castilla.

Juan García de Saavedra, insigne juris­consulto, que dedicó al anterior, como pai­sano suyo, la obra «De expensis.»

García Sarmiento, justicia de Pontevedra,, corregidor de Granada, capitán general de.- Canarias.

Pedro de Valladares, maestre de campo,..

 

—           195 — fundador de la Obra pía para dotación de doncellas nobles, subsistente en Pontevedra.

Juan de Matos el viejo, Almirante de Barlovento.

Juan de Matos, hijo del anterior, Almi­rante del mar Occéano.

Juan García de Matos, sobrino del ante­rior, Almirante de Nápoles.

Gregorio Hernández, escultor

Pedro de Aldao. virrey de Navarra.

Benito Marino de Lobera y Valladares, maestre de Campo,

Cristóbal Marino de Lobera, maestre de campo.

Gonzalo de Valladares Sarmiento, maes­tre de campo.

Juan de Valladares Sarmiento, Asistente de Sevilla, del Consejo real.

Fadrique Valladares del Villar, maestre de campo.

Antonio Marino de Lobera, Gobernador de Gante,

Pedro Ramón de Aldao, Gobernador del Henault, en Flandes,

Fernando Montenegro y Sotomayor, del Consejo real.

Jorge de Andrade, que donó grandes su­mas para la construcción del Colegio de la Compañía de Jesús en Pontevedra.

Jorge de Andrade, hijo del anterior, dis­tinguido capitán dc marina en Indias, fun­dador de Obra pía en dicho colegio.

Antonio de Mendoza, embajador en Venc- cia, virrey de Valencia, padre del Patriarca Cardenal.

Jacinto Sarmiento Valladares y Barraga­nes, conde de San Román.

Pedro Mosquera de Sotomayor, Gran Prior de Castilla.           .

Fernando dc Montenegro, Regente deNá- poles.

Fr. Tomás Sarria, Arzobispo dc Taranto: en su testamento destinó once mil ducados á la fundación de un monte de piedad en Pontevedra.

Juan Feíjóo y Sotomayor, maestre de campo.

Lope dc Montenegro, gran canciller en Milán,

Conde de Maceda, virrey de Navarra.

Miguel Enriquez Colón de Portugal, Al­calde mayor en Méjico.                ■

Fernando Gustillos y Azcona, Brigadier.

Isidoro Casado de Rosales, Enviado ex­traordinario de Don Felipe V en Mantua, primer marqués de Monteleon.

Pedro Casado de Rosales, Embajador en Italia y en Inglaterra, segundo marqués-de Monteleon.    J

Froilan Feíjóo y Sotomayor,. AsigÉénte y Justicia mayor de Santiagía^y.:;;tfe..siu-arzü-‘’ bispado.

Fr, Martin ^Sarmiento: en escritos suyos llama «patria» á Pontevedra.

Duque de Patiño, gobernador de Milán, ministro de Marina.

Teniente general conde de Maceda.

Teniente general conde de San Román.

Fr, Sebastian Malvar, Arzobispo de San­tiago.

Pedro Acuña y Malvar, Ministro de Gra­cia y Justicia.

Pedro Acuña y Malvar, Dean de Santiago.

Francisco Javier Losada, Teniente gene­ral.

Matías Ferraz, Brigadier dc Artillería.

Vicente Ferraz, Brigadier de Ingenieros.

Vicente Fernández Iglesias, Mariscal dc campo.

José Miranda, Brigadier.

Santiago Escario, Brigadier.

Francisco Ant.° Diz, Brigadier

Fernando, José y Francisco Javier Sara- bia, coroneles de Artillería.

José Arias Teijeiro y Correa, ministro universal del pretendiente Don Carlos.

Claudio González Zi’miga, historiador de Pontevedra.

Antonio M.a Montenegro, Brigadier.

Eduardo Gasset Artime, fundador dc El !mparcial, Ministro de Ultramar.

Indalecio Armesto, filósofo y escritor.

Títulos del RemoVsiglps XV al XIX, se­gún recuentos del vecindario de Ponteve­dra, informaciones’, escrituras notariales, pleitos y otros documentos del archivo mu­nicipal.

Condes de Camina, de Salvatierra, de Gondomar.—Marqueses de Valladares, de Guimarey, de Aranda, de Villagarcía.— Condes de Maceda.—Marqueses de la Sie­rra, de Figueroa, de Montesacro.—Condes de San Román,—Duques de Estrada.—Viz­condes de la Vega de Gondar, de Fefiñanes, de Sati Tomé de Cambados.—Marqueses de Santa María del Villar, de Monteleon, de Leis, de Astará.—Condes de ia Vega,— Duques de Patino.—Condes de Oleiros.— Marqueses de Riestra.