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Los restos de Colón – R. Cúneo-Vidal

Del Instituto Histórico del Perú y C. de la Real Academia de la Historia de Madrid

   

En el año 1504, estando de virrey y gobernador en la Isla Hispaniola, hoy de Santo Domingo, ajeno de pensar en que la muerte habría de sorprenderlo lejos del continente por él descubierto, Cristóbal Colón pensó en lo efímero de la humana existencia, y se preocupó de mandar construir en la iglesia mayor de la villa de la Concepción de la Vega, perteneciente a dicha Isla, el sepulcro el que descansarían, llegada que fuese su hora, sus restos mortales y los de sus descendientes.

Más tarde, encontrándose en Valladolid, en 19 de mayo de 1506, sintiendo que su vida se acababa, más por efecto de desengaños que de males físicos, hizo su testamento, y en repetidas cláusulas ordenó que siempre que el mayorazgo por él instituído el año precedente en cabeza de su hijo Diego produjese renta suficiente, se edificase en la dicha villa de la Concepción, «donde la tenía principiada», una capilla que se llamase «de los Colón», en la que se rezasen tres misas diarias para descanso de su alma, «en honra y reverencia de la Santísima Trinidad».

Muerto en dicha villa de Valladolid, en 20 de agosto de 1506, en las circunstancias que son generalmente conocidas, sus restos fueron trasladados a Sevilla en 1509, bajo la vigilancia de su mencionado hijo Diego, y depositados en la Cartuja de Santa María de las Cuevas.

De allí, al ofrecerse ocasión favorable, los restos venerables seguirían viaje a la dicha Isla Hispaniola en demanda del enterramiento cuya terminación el descubridor del Nuevo Mundo dejaba encargada y encomendada a la piedad de sus deudos y herederos.

Diego Colón, que intervino en aquel fúnebre negocio, aprovechó su estada en Sevilla y su presencia en la dicha Cartuja de Santa María de las Cuevas para hacer su propio testamento.

Este lleva fecha 16 de marzo de 1509, y por lo que hace al enterramiento del testador, contiene las mandas siguientes:

«Manda segunda. -Item mando que, cuando finamiento de mí acaeciere, mi cuerpo sea honradamente depositado o sepultado donde estuviese depositado o enterrado el cuerpo del almirante, mi señor padre, que santa gloria haya…

«Manda oncena. -Item mando que hasta que yo o mis albaceas y herederos tengamos disposición y facultad para lo que pertenece a la sepultura perpetua del Almirante mi señor padre, que Dios haya, que la dicha limosna del diezmo de la renta de mi mayorazgo sea dado a los padres del monasterio de las Cuevas de Sevilla, adonde yo mandé depositar el dicho cuerpo en 1509, diez mil maravedís en cada año, mientras que allí estuviese depositario, para que rueguen por su alma y de quienes es obligado…

«E por cuanto yo no tengo asignado lugar cierto para la perpetua sepultura del Almirante mi señor padre, que santa gloria haya, ni del mío, digo que mi voluntad sería y es que se hiciese una sepultura muy honrada en la capilla de la nueva iglesia mayor de Sevilla, encima del postigo, que es frontero a la sepultura del cardenal Mendoza; y cuando allí no pudiese ser, mando que mis albaceas escojan la iglesia y lugar que más competente fuese para nuestra honra, estado y salud; que allí se fabrique y haga la dicha sepultura perpetua, dándole perpetua renta y dotación…»

 


Catorce años más tarde, esto es, en 8 de septiembre de 1523, el mismo Diego, «…estando en esta ciudad de Santo Domingo, en las casas de mi morada que en ella tengo, e estando de partida para Castilla…», hizo su segundo testamento, por el cual se saca en limpio que los restos de su padre continuaban depositados en la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla.

«Item mando -se dice en aquel documento- que cuando Nuestro Señor fuese servido de me llevar desta presente vida, si en esta Isla Hispaniola muriese, mi cuerpo sea honradamente depositado en esta dicha ciudad de Santo Domingo, en el monasterio de Señor San Francisco, e si en otra parte, en lugar donde falleciere, e si no la hubiese, fágase el dicho depósito   —480→   en una casa de la dicha orden; e si acaeciese mi fallecimiento en Sevilla, mando que mi cuerpo sea depositado en el monasterio de las Cuevas con el cuerpo de mi señor padre, que está allí; e ruego y mando a mis herederos y albaceas que por amor de Dios, e por que hallen quien cumpla sus últimas voluntades, tengan cargo e especial cuidado que, en habiendo aparejo, e estando en estado el monasterio que mando hacer, de que abajo se hará mención, para poder ser en él sepultado, de hacer llevar e poner en él el cuerpo del Almirante mi señor padre, que está depositado en el dicho monasterio de las Cuevas de Sevilla, e traer asimismo allí el cuerpo de doña Felipa Muñiz, su legítima mujer, que está en el monasterio del Carmen, en Lisboa, en una capilla que se llama de la Piedad, que es de su linaje de los Muñices, e traiga asimismo al dicho monasterio el cuerpo del adelantado don Bartolomé Colón, mi tío, que está depositado en el monasterio del Señor San Francisco de esta ciudad de Santo Domingo; e encargo y mando a los herederos del Almirante mi señor e míos, que de nuestra sepultura perpetua tengan mucho cuidado, pues nuestro Señor tuvo por bien de hacer gracia al Almirante mi señor que con sus trabajos fuese el primer edificador de estos bienes y estados que tenemos, aunque indignos ante nuestro Señor; e encargo y mando a mi sucesor en el mayorazgo que siempre faga decir tres misas continuas, etc.

 

El Almirante Virrey Don Diego Colón Segundo».               

 

En este segundo testamento del hijo y heredero de Cristóbal Colón el enterramiento, que en el primero, de 1509, es cosa no del todo resuelta y de ubicación no definida, toma orientación y capacidad determinadas, pues resulta que deberá ser edificado en Santo Domingo, en una casa de la Orden Seráfica, y contener, a mayor abundamiento de los restos del descubridor del nuevo mundo, los de Felipa Muñiz, los del adelantado Bartolomé Colón, y desde luego los del testador, Diego Colón.

Toma en tal forma el carácter de un enterramiento, o dígase de un mausoleo de familia.

Es este un punto «de la mayor importancia», que deberá ser tenido en cuenta, desde este momento, bajo los aspectos siguientes: El enterramiento de la iglesia mayor de Santo Domingo,   —481→   en el que se ha dado en ver, equivocadamente, la tumba exclusiva de Cristóbal Colón, el descubridor del Nuevo Mundo, fué un enterramiento colectivo, prevenido para más de un cadáver, en el que si convenientemente explorado se han debido encontrar hasta «cuatro» cadáveres de la genealogía de los Colón, y en el que, si «dos» Cristóbal Colón hubo en el mundo -que sí los hubo: abuelo y nieto, y ambos almirantes-, «dos» se han debido encontrar, como con efecto se encontraron.

En 1526 Diego Colón dejó de existir.

La muerte lo sorprendió en España, en la Puebla de Montalván, a seis leguas de Toledo.

Su cadáver fué trasladado a la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla, tal como lo tuvo ordenado en vida, y depositado al lado del de su padre, a la espera de una ocasión favorable para su traslación a Santo Domingo.

En 1537, su viuda, doña María, mujer de grande ánimo y de altos merecimientos, obtuvo de la majestad de Carlos V el derecho de patronato sobre la capilla mayor de la catedral de Santo Domingo en favor de su hijo primogénito don Luis Colón y Toledo, con facultad de transferir al enterramiento de familia que en la misma edificase los restos de su suegro Cristóbal Colón, el descubridor de América, y los de su esposo Diego Colón, que a la sazón se hallaban depositados en la tantas veces mencionada Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla.

La traslación, en esta forma autorizada, de los restos mortales de Cristóbal y Diego Colón, con prescindencia de los de Felipa Muñiz, los cuales continuaron descansando en el consabido enterramiento de los Muñices existente en el monasterio del Carmen de Lisboa, se llevó a cabo poco tiempo después, pues Fernando Colón, el historiador, hijo natural del descubridor en Beatriz Henríquez, lo menciona como cosa hecha en su testamento de 1539.

Fué aquella una traslación como quién dice, con trasbordo en Nombre de Dios, y con una primera tumulación provisional en el templo de San Francisco de Santo Domingo, donde se hallaban enterrados desde 1514 los restos del adelantado   —482→   Bartolomé Colón, mientras se terminaba el mausoleo de familia autorizado por el César español.

En 1548 se hace mención de dicho mausoleo en el testamento de la mencionada doña María de Toledo, viuda de Diego Colón, extendido en Santo Domingo el 27 de septiembre, en los siguientes términos:

«Item, mando que cuando nuestro Señor fuese servido de me llamar de esta presente vida, mi cuerpo sea enterrado con el hábito de Señor San Francisco en la capilla mayor de esta ciudad de Santo Domingo, donde están sepultados los almirantes mis señores; «no» en la misma sepultura del almirante don Diego Colón, mi señor marido, sino abajo de él, en el suelo de la dicha capilla, junto al presbiterio del altar mayor, porque estemos juntos en la muerte como Nuestro Señor hizo que lo estuviésemos en vida…»

 

Amorosa y sumisa así en la muerte como en la vida, quiso la abnegada mujer que sus restos mortales «no» fuesen depositados en la huesa que guardó los despojos de Cristóbal y Diego Colón, sus únicos ocupantes hasta ese instante, sino al pie de la misma y bajo el busto marmóreo de su malogrado esposo, como para poner de manifiesto por los siglos su amoroso rendimiento; tierna manifestación de amor conyugal, vencedor del no ser, muy propio de la mujer española, por lo que de amorosa sumisión le transmitieron sus árabes abuelas.

A todo esto, en 3 de febrero de 1572, hallándose desterrado en Orán de Africa por el delito de poligamia, pasó a mejor vida don Luis Colón y Toledo, tercer almirante titular de Indias, primer duque de Veragua y primer marqués de Jamaica, hijo del mencionado don Diego Colón y de doña María de Toledo, marido legal de cuatro mujeres vivientes.

Sus restos mortales, llevados en primer término a la Cartuja de las Cuevas de Sevilla, como lo habían sido los de su padre y abuelo, lo fueron más tarde a la Catedral de Santo Domingo, con lo cual el enterramiento de familia de los Colón contuvo en lo sucesivo los siguientes huéspedes macabros:

«Cristóbal Colón, primer almirante de Indias; Diego Colón, segundo almirante; Luis Colón y Toledo, tercer almirante».

 

En su testamento, hecho en 1572, el mencionado don Luis   —483→   nombró heredero del almirantazgo de Indias a su hermano Cristóbal Colón y Toledo, de cuyo fallecimiento, ocurrido el año anterior no tenía noticia y a falta de él, a su sobrino Diego Colón y Pravia, hijo del dicho Cristóbal, no sin expresar el deseo de que dicho Diego tomase por mujer a su hija Felipa Colón, como en efecto ocurrió, con lo cual el favorecido pasó a ser cuarto almirante de Indias, segundo duque de Veragua y segundo marqués de Jamaica.

Pero es el caso que durante los veintiún años que duraron las ausencias del andariego don Luis Colón, el polígamo de tres continentes, pues fué casado legal y contemporáneamente en Indias, en España y en Marruecos, fué cabeza y personero de los de su apellido en la isla de Santo Domingo su hermano menor, el mencionado Cristóbal Colón y Toledo, nacido en dicha isla en 1522, estante y habitante en la casa solariega de la ciudad de Santo Domingo, depositario del nombre, fortuna, prerrogativas y distinciones sociales de los de su apellido.

Se sabe de él que estuvo emparentado con la mejor nobleza antillana y peninsular; que fué tres veces casado: con doña Leonor Suazo, en quien no tuvo sucesión; con doña Ana de Pravia, en quien procreó a Diego Colón y Pravia, futuro almirante potencial de Indias, y a Francisca Colón y Pravia, que casó con un Obregón, y finalmente con doña Magdalena de Guzmán y Anaya, en quien tuvo una hija, que casó con un Avila.

Ventajosamente colocado en la vida de la naciente colonia; dueño de un floreciente ingenio de caña -el de N. S. de Montealegre-, en el que cien esclavos negros sudaban para allegarle cuantiosa fortuna, de que disfrutó en vida, llamado, como quien dice, por derecho inmanente a ocupar los puestos públicos de mayor realce y lucimiento, nuestro don Cristóbal fué para sus conciudadanos todo un prócer; fué, en toda la extensión de la palabra, «el ilustre y esclarecido varón don Cristóbal Colón, Almirante», cuyos elogiosos calificativos grabaron sus deudos, con entera propiedad, sobre las tapas de la caja mortuoria que contuvo sus restos.

Muerto en 1572, ¿dónde habían de ser enterrados sus restos sino en el clásico enterramiento que autoriza el gran Carlos V en los siguientes términos de su Real cédula de Valladolid   —484→   y 1537: «…hacemos merced al dicho almirante don Luis Colón de la capilla mayor de la dicha Isla Hispaniola, y le damos licencia y facultad para que pueda sepultar los dichos restos del dicho almirante don Cristóbal Colón, su abuelo, y sepultar los restos de sus herederos y sucesores en su casa y mayorazgo, agora y en todo tiempo para siempre jamás…», en el mausoleo, decimos, de los Colón, terminado a sus expensas, mientras su mencionado hermano Luis, indiferente a todo lo que no fuesen faldas mujeriles, corría sus farras matrimoniales en el viejo mundo?…

De suerte que hubo «dos Cristóbal Colón», y de consiguiente «dos» ha debido de contener -como los contuvo- el clásico enterramiento de Santo Domingo, por haberlos recibido a ambos, en el orden siguiente:

Cristóbal Colón y Fontanarrosa, el primer almirante, entre 1538 y 1539, y Cristóbal Colón y Toledo, tercer almirante, en 1572.

Con todo, cabe decir que no fueron éstos los únicos individuos de apellido Colón que gastaron el nombre de Cristóbal, pues hubo un tercer Cristóbal Colón, esto es, Cristóbal Colón y Carbajal, nacido en 1578, hijo del tantas veces mentado polígamo Luis Colón y Toledo, en su «cuarta» mujer, doña Luisa de Carbajal, el cual pudo ser el que pasó a Potosí, en 1590, con el mercader italiano Alvaro de Perestrello y el que procreó al altoperuano Severino Colón, del que hace mérito en sus «Crónicas» el cronista Martínez Vela.

Sabido es que en el año 1795, en los momentos de entregar España a Francia la sección española de la isla de Santo Domino, en cumplimiento de las cláusulas contenidas en el tratado de Basilea, el teniente general don Gabriel Arestizábal, comandante de las fuerzas españolas en aguas dominicanas, tuvo el hidalgo arresto de llevar consigo, a tierras sobre las que continuase flameando el pabellón de Castilla, los restos mortales del descubridor del Nuevo Mundo.

Abierto, al cabo de doscientos cincuenta y ocho años el enterramiento de la capilla mayor de la Catedral de Santo Domingo, que la tradición popular tenía en cuenta de tumba individual del primer Almirante, con desconocimiento de su condición de mausoleo   —485→   de «familia» de «los» Colón, los encargados de cumplir las órdenes del honrado marino echaron mano del primer cofre que se ofreció a su mirada, el cual resultó conteniendo, por una feliz casualidad, los restos que buscaban, queremos decir los de Cristóbal Colón, «el descubridor del Nuevo Mundo», que son los que a la fecha descansan bajo las bóvedas de la majestuosa Catedral de Sevilla.

Ochenta y ocho años después, encontrándose en Santo Domingo, monseñor Cocchia, en calidad de nuncio apostólico, ocurrió el hallazgo de los restos del segundo Cristóbal Colón (y Toledo) en el tantas veces mencionado enterramiento «de familia» de los Colón.

El cofre que los contuvo llevaba en sus costados las iniciales A. C. C., que el prelado italiano y sus acompañantes interpretaron en la forma de «Almirante Cristóbal Colón», título, nombre y apellido que correspondieron, efectivamente, en vida, a don Cristóbal Colón «y Toledo», nieto de Cristóbal Colón el descubridor.

Llevaba, además, la especificación siguiente:

D. DEL A.
PR. ALMIRANTE,

que monseñor y sus amigos interpretaron, menos acertadamente esta vez, en la de «Descubridor de la América, Primer Almirante», olvidando que en buen romance se debió decir: «Descubridor de América», siempre que en 1506 se hubiese acostumbrado a decir «América» y no «Indias»; y por otra parte, siempre que los hijos y herederos del gran genovés hubiesen sido capaces de la atroz herejía que hubiese importado el grabar el nombre de «América» sobre los restos mortales, hartos de desengaños, de su ilustre progenitor.

Monseñor Cocchia y sus amigos han debido leer:

«Descendientes del Adelantado y Primer Almirante», o simplemente «Descendiente del Primer Almirante», que tal fué la calidad del mencionado don Cristóbal Colón y Toledo.

Abierto el dicho ataúd se halló grabada en la cara interior de su tapa la siguiente inscripción, destinada a calificar al muerto:

ILUSTRE Y ESCLARECIDO VARÓN
DON CRISTÓBAL COLÓN.

  —486→  

Monseñor Cocchia, olvidado de que el enterramiento en que pareció dicho hallazgo era el de «los Colón», de Santo Domingo, exclamó: «¡Los restos verdaderos de Cristóbal Colón, el descubridor del Nuevo Mundo!», exclamación que corearon el clero y el pueblo dominicanos, interesados cual estuvieron en poseer los restos venerables de que se creyó desposeerlos en 1795, errada mas no maliciosa suposición, debido a que la crítica colombiana, en la que han sobresalido andando el tiempo los Harisse, los Vignaud, los Staglieno, los Lollis, estaba, por entonces, al nacer.

Con criterio de igual manera equivocado el señor Colmeiro, individuo de número de la Real Academia de la Historia de Madrid, vió en el hallazgo, para él inesperado, de un segundo Cristóbal Colón, una duplicación del único personaje de tal nombre, y desde luego una audaz mixtificación.

Nosotros, volviendo sobre lo dicho en otra oportunidad, repetimos que aquello de «ilustre y esclarecido varón», fuera de lugar tratándose del Descubridor, al que se ha de nombrar Cristóbal Colón a secas, por la razón de que con los genios como Homero, Dante, Bacon, Galileo y Cervantes huelgan los calificativos con que gustan exornarse las mediocridades se explica y justifica tratándose del nieto del descubridor, el dicho Cristóbal Colón y Toledo, esclarecida medianía, en sus días, de la capital de la isla de Santo Domingo.


Está dicho cuanto teníamos que decir:

De Cristóbal Colón, el descubridor de las islas del mar Océano y Tierra Firme, virrey y gobernador del Nuevo Continente, almirante de Indias, adelantado en aquellos diferentes cargos al zarpar de Palos de Moguer en 1492, son los restos que España custodia bajo las bóvedas de la Catedral de Sevilla.

De Cristóbal Colón y Toledo, hijo de Diego Colón y de María Toledo, nieto del primer Cristóbal Colón, son los que la nación dominicana guarda en el antiguo enterramiento de «los Colón», en el presbiterio de la iglesia mayor de la capital de la Isla.

Lima, MCMXXI.

Nueva lista documentada – continuación

JUAN RODRÍGUEZ BERMEJO, marinero; vecino de Molinos, en tierra de Sevilla. Fué quien vió primera la tierra, y por eso se ha identificado con RODRIGO DE TRIANA. Iba en la Pinta.

Fuentes y citas. (Para Juan Rodríguez Bermejo): Tres testigos de los Pleitos, uno de ellos testigo de vista. (Para Rodrigo de Triana): El Sumario del Diario de Colón y las Historias de Las Casas, Fernando Colón y Oviedo.

Arch. Indias, Pto. I I 5/12, Pieza 23, fols. 70, 37 vto. y 63 vto.; impresos en Pleitos, II, págs. 220, 148 y 210, y en varias historias modernas.

Sumario, Ms. en la Bibl. Nacional; impreso muchísimas veces. (Véase el día 11 de octubre.)

Las Casas, t. I, pág. 287.

Fernando Colón, Historia del Almirante, cap. XXV, o sea t. I, página 100 de español moderno.

Oviedo, lib. I, cap. V, es decir, t. I, pág. 24, de la edición completa de la academia.

Documentación. Los tres testigos para Juan Rodríguez Bermejo son: Francisco García Vallejos, Manuel de Valdovinos y Diego Fernández Colmenero. Todos contestan al mismo interrogatorio, hecho por el Fiscal en 1515, y en el que se les pregunta acerca del papel desempeñado por Colón y por Martín Alonso y del hallazgo de la tierra poco después de que se mudó el rumbo por consejo de Pinzón61.

  —756→  

Francisco García Vallejos (Pza. 23, fol. 70, Pl. II, pág. 220)62. En esto aquel jueves en la noche aclaro la luna, e un marinero que se dezia Juan Rodrigues Bermejo, vezino de Molinos, de tierra de Sevilla, como la luna aclaro, del dicho navio de Martin Alonso Pinzon vido una cabeza blanca de arena, e alzo los ojos e vido la tierra; e luego arremetio con una lonbarda e dio un trueno: ¡Tierra, tierra! e se tovieron a los navios fasta que vino el dia, viernes, onze de Octubre63 el dicho Martin Alonso descubrio a Guanahani ya ysla primera e que desto tanto sabe e que lo sabe porque lo vido a vista de ojos.

Manuel de Valdovinos (Pza. 23, fol. 37 v.; impreso, Pleitos II, página 148). Por lo que sabe de lo contenido es que oyo dezir al dicho Vicente Yañez Pinzon y a otros hombres vºs de Palos que yvan con el viaje que fue este testigo con el dicho Viceynte Yañez64… que al sol puesto dixo el dicho Colon a todos los que alli yvan que mirasen por tierra e que la verian e que toda la gente subidos por las gavias e por los castillos miraron hasta que el sol se cerro, e que ninguno honbre de todos los navios vido tierra sino el mismo Colon al poner del sol, e diz que les dixeron: La veys, no la veys? e que nunca ninguno de los que yvan con el la vido; e que al quarto de la prima rendida, el dicho Colon mando hazer guardias en las proas de los navios, e que yendo navegando al otro quarto vido la tierra vn Juan Bermejo de Sevilla, e que la primera tierra fué la ysla de Guanahani.

Diego Fernandez Colmenero (Pza. 23, fol. 65 vto., Pl. II, pág. 210). Oye lo contenido en la dicha pregunta65 a los mismos que venían del dicho viaje, e que del navio del dicho Martin Alonso un marinero que se dezia Juan Bermejo, vido la tierra de Guanahani primero que otra persona, e que pidio albrycias al capitan Martin Alonso Pinçon; e que ansy desqubrio la tierra primero.

 

La documentación para Rodrigo de Triana es tan conocida que todo americanista tiene que saberla casi de memoria; debemos pedir perdón por repetirla otra vez; pero lo juzgamos necesario para que sean estas citas completas.

  —757→  

Fernando Colón, Historia del Almirante, cap. XXI, o sea t. I, pág. 100:Las Casas, Historia, t. I, página 287:
Teniendo el almirante por cosa cierta estar vecino a tierra, ya de noche acabada la Salve, que segun costumbre cantan los marineros todas las tardes, hablo generalmente a todos, refiriendo… pues él tenia muy cierta esperanza de que aquella noche habia de descubrirse tierra, hiciese cada uno guardia por su parte porque ademas de la merced de 30 escudos de renta que sus altezas habían señalado al que primero viese tierra, le daría él un jubon de terciopelo.Despues de anochecido, el tiempo que dijeron la Salve, como es la costumbre de marineros, hizo una habla… por que el tenia gran confianza en nuestro señor que aquella noche habían de estar muy cerca de tierra o quizas verla, y que cada uno pusiese diligencia en velar por verla primero, porque allende la merced de los 10.000 mrs. que la reina había concedido al primero que la viese, él prometía de darle un jubon de seda.
Dicho esto estando despues el almirante en el castillo de popa, dos horas antes de media noche, vió una luz en tierra, pero dice que era de modo que no se atrevía afirmar que fuese en tierra, por lo cual llamo a Pedro Gutierrez, maestresala66 del rey, y le dijo que mirase si via la luz, y le respondió que sí; y luego llamaron a Rodrigo Sanchez de Segovia, para que mirase hacia donde se via pero no pudo verla por que no subió tan presto ni despues la vieron mas que una o dos veces… se dasaparecia y volvia de repente con tana prontitud que pocos creian por aquella señal estar cerca de tierra…Estando Cristobal Colon en el castillo de popa con los ojos más vivos hacia adelante que otro, como aquel que más cuidado dello tenia, porque más le incumbía que a todos, vido una lumbre, aunque tan cerrada o añublada que no quiso afirmar que fuese tierra pero llamó de secreto a Pero Gutierrez repostero de estrados del rey, y dijole que parecía lumbre, que mirase él lo que le parecia; el cual la vido y dijo que lo mismo le parecía ser lumbre; llamó tambien a Rodrigo Sanchez de Segovia que los reyes habían dado cargo de ser veedor de toda la arriada, pero este no lo pudo ver. Despues se vido una vez o dos, y diz que era como una candelilla que se alzaba y bajaba. Cristobal Colon no dudo ser verdadera lumbre y por consiguiente estar junto a la tierra, y ansi fué…
Dos horas despues de la media noche la Pinta que iba delante por ser muy velera hizo señal de tierra, la cual vio el primero Rodrigo de Triana, marinero, y estaba a dos leguas de distancia de ella.Velando pues muy bien Cristobal Colon sobre ver la tierra, y avisando a los que velaban la proa de la nao que no se descuidasen como la carabela Pinta donde iba Martin Alonso Pinzon
  —758→  
pero no se le concedió la merced de los 30 escudos, sino al Almirante, que vió primero la luz en las tinieblas de la noche, denotando la luz espiritual que se introducia por él en aquellas tinieblas.fuese delante de todas por ser mas velera, vido la tierra que estaria dos leguas a las dos horas despues de media noche y luego hizo las señales que de haber visto tierra por la instruccion que llevaba debia hacer, que era tirar un tiro de lombarda y alzar las banderas. Vido la tierra primero un marinero que se llamaba Rodrigo de Triana, pero los 10.000 mrs. de juro, sentenciaron los reyes que los llevase Cristobal Colon, juzgando que pues el habia visto primero la lumbre fue visto ver primero la tierra. De donde podemos colegir un no chico argumento de la bondad y justicia de Dios.

 

 

Sumario (fecha 11 de Octubre). Y porque la caravela Pinta era mas velera e yva delante del Almirante, hallo tierra y hizo las señas quel Almirante avia mandado. Esta tierra vido primero un marinero que se dezia Rodrigo de Triana: puesto que el Almirante a las diez de la noche, estando en el castillo de popa, vido lumbre, aunque fue cosa tan cerrada que no quizo afirmar que fuese tierra, pero llamo a Pedro Gutiérrez, respostero destrados del rey, e dixole que parecia lumbre, que mirase el; y asi lo hizo y vidola; dixolo tambien a Rodrigo Sanchez de Segovia quel Rey y la Reyna enviaban en el armada por veedor, el cual no vido nada porque no estava en lugar do la pudiese ver. Despues que el almirante lo dixo, se vido una vez o dos, y era como una candelilla de cera que se alçaba y levantaba, lo cual a pocos pareciera ser indicio de tierra. Pero el Almirante tuvo por cierto estar junto a la tierra. Por lo cual cuando dijeron la salve, que acostumbran dezir e cantar a su manera todos los marineros y se hallan todos, rogo y amonestolos el Almirante que hiziesen buena guarda al castillo de proa, y mirasen bien por la tierra, y que al que le dixese primero que via tierra le haria luego un jubon de seda, sin las otras mercedes que los Reyes avian prometido, que eran diez mill maravedis de juro a quien primero la viese. A las dos oras despues de media noche parecio la tierra, de la cual estarian dos leguas.

Oviedo, Historia, I, Cap. 5: t. I, pág. 24. Andando assi, un marinero de los que yban en la capitana, natural de Lepe, dixo: ¡Lumbre! ¡Tierra! E luego un criado de Colom, llamado Salcedo, replico diciendo Esso ya lo ha dicho el almirante mi señor; y encontinente Colom dixo: Rato ha que yo lo he dicho y he visto aquella lumbre que está en tierra. Y assi fue: que un jueves a las dos horas despues (sic) de media noche, llamo el almirante a un hidalgo dicho Escobelo, repostero de estrados del Rey Catholico, y le dixo que veia lumbre. Y otro dia de mañana, en esclaresciendo, y a la hora que el dia antes avia dicho   —759→   Colom, desde la nao capitana se vido la isla que los indios llaman Guanahani, de la parte de la tramontana o norte. Y el que vido primero la tierra quando ya fue de dia, se llamaba Rodrigo de Triana, a once dias de Octubre del año ya dicho de mill e quatrocientos y noventa y dos… Aquel marinero que dixo primero que veia lumbre en tierra, tornado despues en España, porque no se le dieron las albricias, despechado de aquesto, se paso en Africa y renego de la fé. Este hombre, segund yo oy decir a Vicente Yañez Pinçon y a Hernan Perez Matheos, que se hallaron en este primero descubrimiento, era de Lepe, como he dicho.

 

Observaciones. Hemos puesto en columna doble lo dicho por Fernando Colón y por Las Casas para que resalte el hecho de que, a pesar de las dos traducciones que ha padecido el texto de la Historia del Almirante, las palabras son casi idénticas67. Esto se puede explicar de dos maneras: por haber copiado Las Casas de la obra de Fernando Colón, o por haber copiado los dos directamente del Diario. Vimos cuando hablábamos de las fuentes históricas en general que la última hipótesis es la más verosímil68 y lo es tanto más en el caso presente porque en toda esta parte de su narración, Las Casas emplea mucho los papeles del Almirante, y los largos extractos a la letra del Diario empiezan con el salto en tierra. Tan idénticas son las palabras susodichas de los dos escritores, que creemos probable que si cambiásemos la tercera en primera persona, tendríamos aquí lo escrito por Colón; lo que Las Casas tantas veces llama «palabras formales del Almirante». Pero al hacer el Sumario Las Casas ha trocado la sucesión cronológica, contando primero el hallazgo a las dos de la mañana, hablando después de la luz ya vista a las diez de la noche, y narrándonos, por fin, las amonestaciones y esperanzas de Colón a la hora de la puesta del sol69. Parece como si hubiese empezado por sintetizar   —760→   mucho; pero que mientras copiaba se había vuelto más de una vez a anotar algunos detalles omitidos; parece también como si por las mismas frases que tenemos a la vista se hubiese dado cuenta de que un sumario no bastaba; porque en el momento de llegar a tierra dice: «Eso que se sigue son las palabras formales del almirante70

Así es que hemos puesto en tercer lugar el Sumario, aunque a primera vista parecería que debiera ser lo más importante de todo.

Volviéndonos a los Pleitos, y resumiendo lo que se dice del marinero de la Pinta71, vemos que todas las historias están   —761→   de acuerdo en llamarle Rodrigo de Triana, y que todos los testigos están de acuerdo en llamarle de otra manera. Mirado bien, parece que cada nombre proviene de dos fuentes, y es raro que una de estas fuentes, para uno como para otro nombre, parece haber sido lo dicho por Vicente Yáñez Pinzón. Es todavía una razón de más para ver que los dos nombres tienen que pertenecer a la misma persona.

En cuanto a los testigos que hablan de Juan Bermejo, o Juan Rodríguez Bermejo, García Vallejos es testigo de vista, y los otros dos refieren lo que oyeron cuando iban en el viaje de Vicente Yáñez en 1499-1500; Valdovinos cita directamente al mismo Vicente Yáñez, y aunque Diego Fernández Colmenero no le cita, era su sobrino político (casado con una hija de Martín Alonso, después de la muerte de éste), y es probable que él también tenga sus informes de aquel Pinzón.

Pero es como Rodrigo de Triana72 como el tripulante ha pasado a la historia y a la literatura, y para este nombre Ihemios visto que tenemos tres versiones fundadas en el Diario de Colón (que son: las del Sumario, Las Casas y Fernando Colón), y tenemos también la Historia de Oviedo. Bien sabemos que para el Sumario, como para la Historia más larga. Las Casas trabajó sobre una copia, y no sobe el original del Diario, el cual original quedó con toda probabilidad   —762→   en Barcelona, en manos de la Reina73. La copia devuelta por ella a Colón debe de ser la que empleó Fernando Colón y (después de él) Las Casas; hay suma probabilidad de que estos dos historiadores empleasen el mismo manuscrito, propiedad de la familia Colón. Esto explicaría el hecho de que hubiese la misma equivocación de letra en las tres autoridades citadas; y si hay tal equivocación en verdad, la achacamos, no a los historiadores, sino al copista de 1493. Pero esto no tiene nada que ver con Oviedo74. Que sepamos, Oviedo no manejaba los papeles de Colón; él tenía informes orales por haber hablado con personas, las cuales, aunque fuesen muy inexactas en general, no podrían estar influídas por una equivocación de pendolista, de que ni debían saber nada. Oviedo cita a Vicente Yáñez y a Hernán Pérez Mateos; es verdad que escribe muchos años después de la muerte de Vicente Yáñez; pero así y todo es muy curioso que éste sea citado para una variante y para otra.

Desde el tiempo de Navarrete (el primero que empleó modernamente los Pleitos) se ha identificado a Juan Rodríguez, de tierra de Sevilla, con Rodrigo de Triana, y ya en 1825 ofreció Navarrete la explicación de que Colón hubiera escrito Rodrigo por Rodríguez75. A nosotros no nos   —763→   parece fácil que el mismo Almirante se equivocara así, pero que otros que no conocían al tripulante hayan copiado una s final por una o final, tratándose de nombre propio quizás abreviado, esto es cosa tan fácil que a ninguna persona acostumbrada a las siglas de los Mss. le extrañaría el hallar Rodrigo puesto por Rodrigues, Pero por Peres, Nuño por Nuñes, etc.. El hecho de que Las Casas lo copió en el Sumario como Rodrigo, y no como Rodrigues (ni mucho menos Rodríguez) es un hecho indiscutible, y por eso la identificación estriba en lo positivo de ambas aserciones acerca de un acontecimiento de tanta singularidad y tanta importancia, imputado en ambos casos a un marinero de la Pinta.76

Todos sabemos que las albricias se dieron por los Reyes al mismo Almirante, y que hubo discusión sobre la justicia del hecho. Pero nadie habla de ninguna rivalidad entre dos marineros de la Pinta, y si Rodrigo de Triana y Juan Rodrigues Bermejo no fuesen un solo hombre, seguramente habría surgido tal rivalidad. Una vez admitido que el ver la luz la noche anterior equivalía a ver la tierra, sí que hubo disputa sobre la posibilidad de que un marinero anónimo de la capitana, el «marinero de Lepe» hubiese visto esta luz antes que Colón. Oviedo es el único que nos habla de este hombre, y aunque dice poco, parece que el Almirante tenía razón. Es tan claro que el marinero de Lepe era de la 77   —764→   capitana, que nos extraña mucho el hecho de que tantos escritores le han confundido con el marinero de la Pinta que vió la tierra cuatro horas después78. El mismo Navarrete parece confundirlos. Muchas obras vulgares hacen a Rodrigo de Triana natural de Lepe, y hasta le imputan la ida a Africa donde «renegó la fe», que nos cuenta Oviedo a propósito del marinero de Lepe79.

Llamamos otra vez la atención al hecho de que nuestro reo de muerte, Pero Izquierdo, es vecino de Lepe, y es el único de Lepe que se conozca hasta ahora en la flota. Si hubiese de verdad cuestión sobre la primacía, quizás el ser un condenado le haría perjuicio; pero por la manera como Oviedo nos lo cuenta no vemos que hubiera de verdad duda de que el Almirante fuese el primero que vió la luz. Oviedo es el único de los verdaderamente coetáneos que habla del marinero de Lepe.

Rodrigo de Triana es uno de los pocos tripulantes de 1492 que tienen monografía propia. Todo lo que se pueda   —765→   decir acerca de él y del «marinero de Lepe», con el cual se ha confundido, se hallará en el Boceto Histórico… Rodrigo de Triana, del señor don Manuel Serrano Ortega (Sevilla, 1892)80. Hay muchos Juan Rodríguez entre los marineros de Indias en los primeros años, pero no hemos vista alusión que facilitara el identificar a ninguno de ellos con el de la Pinta, de 1492, ni a éste con el Rodrigo Bermejo, maestre, empleado por la Contratación en años posteriores.

En cuanto a Molinos, no hemos podido identificar el lugar. Véase lo que dice Serrano, pág. 54.

JUAN ROMERO, marinero, probablemente de la Niña.

Fuentes y citas. Su pago adelantado en el Rol.

Arch. Alba, Ms.; impreso, Nuevos Autógrafos, pág. 8.

Documentación. Dice el Rol:

Juan Romero, marinero de Pero Gonsales Ferrando, quatro mil maravedis… iiii U.

 

Observaciones. La frase marinero de fulano ocurre tres o cuatro veces en el Rol81, y la interpretamos como aludiendo a individuos que se traspasan de un amo a otro. Pero sentimos que en ninguna ocasión hemos podido identificar claramente ni al amo ni al buque que dejan tales marineros; por eso ofrecemos todavía la interpretación con algo de recelo.

JUAN RUIZ DE LA PEÑA, marinero, vizcaíno; probablemente de la Niña.

Fuentes y citas. Su pago adelantado en el Rol.

Arch. Alba, Ms.; impreso, Nuevos Autógrafos, pág. 7.

Documentación. En la lista de marineros leemos:

Juan Ruis de la Pena, biscayno, quatro mil maravedis. recibiolos Viceynte Añes por el… iiij U.

  —766→  

Y en el margen está la nota ya citada para Juan Martínez de Açoque:

Fyolos Iñigo de la Orden vecino de Deua82 al dicho Juan Ruiz de la Peña83 e a Juan Martínez de Açoque.

 

Observaciones. Este es el único a quien el Rol califica de vizcaíno. Su compañero Juan Martínez de Açoque parece ser vasco guipuzcoano, y por sus procedencias los dos parecerían tripulantes probables de la Santa María si no fue se que por el hecho de recibir Vicente Yáñez sus dineros, resulta todavía mayor la probabilidad de que fueran en la Niña. Nos felicitamos del hecho, porque de este modo su presencia no contradice la hipótesis de que el Rol representa solamente los tripulantes de las dos carabelas de Palos, y de que los de la Santa María tenían sus pagos de otra manera y en otra ocasión, hipótesis que nos parece útil.

Hay mucho escrito recientemente sobre la parte tomada por los vascos en el descubrimiento84; y no cabe duda de que fuera una parte bastante importante. Sabemos definitivamente de siete vascos en la tripulación de 149285, sin contar a Juan de la Cosa, el de la vizcainía tan discutida. La conocida frase de Colón, diciendo que los marineros de este maestre de la Santa María eran «todos o los más de su tierra», nos asegura de otros muchos marineros del norte, entre los cuales debe de haber vizcaínos. Pero los cinco vizcaínos muertos en la Navidad son bastantes para justificar las palabras de Las Casas y de Fernando Colón, los cuales cuentan, entre los pocos detalles que se podían colegir acerca de la matanza, que «juntáronse ciertos vizcaínos contra los otros, y ansí se dividieron por la tierra»; «que se dividieron   —767→   en muchas cuadrillas y varias partes, y que habiéndose juntado algunos vizcaínos, llegaron a un lugar en donde todos fueron muertos»86.

JUAN VERDE DE TRIANA, marinero; probablemente de la Pinta.

Fuentes y citas. Su pago adelantado en el Rol.

Arch. Alba, Ms.; impreso, Nuevos Autógrafos, pág. 8.

Documentación. Entre los marineros del Rol, dice:

Juan Verde de Triana87, quatro mil maravedis; recibiolos Martin Alonso Pynçon por el… iiii U.

 

Observaciones. Imputamos el tripulante a la Pinta porque Martín Alonso recibe este dinero. No conocemos otra mención de Juan Verde de Triana, ni de Juan Verde88; pero de Juan de Triana se habla más de una vez. Hay un Juan de Triana puesto en lista por el señor Tenorio y copiado por Vignaud, el cual hemos trasladado a los dudosos, porque vemos que lo que se dice de él ni prueba ni desmiente su ida. Habla de él el testigo Cerezo89 cuando contesta en 1535 a una pregunta acerca de los preparativos en Palos y de los navíos facilitados por Martín Alonso. Dice que «…lo oyo decir a Bartolome Colin90 e a Andres Martin de la Gorda e a Juan Bermudez, el que halló la Bermuda, e a Juan de Triana v.º de Moguer e a otras personas». Por eso admite el señor   —768→   Tenorio a Juan Bermúdez y a Juan de Triana; pero, no obstante, excluye a Andrés Martín de la Gorda y da otra documentación para Colin; no encontramos clara la distinción. De los tres así admitidos, nosotros negamos rotundamente a dos (Colín y Bermúdez); no hacemos tanto para Juan de Triana, y hasta nos parece muy probable que fuera en el viaje y que sea el mismo que el Juan Verde de Triana del Rol (como dice también Vignaud91, aunque éste los presenta con dos documentaciones distintas); pero también nos parece que el testimonio de Cerezo no tiene nada que ver con el caso. No trata la pregunta de los que fueron ni de informes sobre acontecimientos después de la salada sino de los preparativos; y lo que sacamos en limpio es que estos cuatro citados debían de anclar por Palos en 1492, y que hablaban mucho de la importancia de Pinzón; recordemos que en el Rol Martín Alonso Pinzón recibe por Juan Verde de Triana.

No pretendemos una ironía al decir que quizás Juan Verde de Triana y Juan Bermejo de Triana o de Sevilla se apellidaron así para distinguirse; en un caso como en el otro podría usarse de vez en cuando el apellido más corto92.

En el segundo viaje fueron dos carabelas de Juan de Triana distinguidas por «la caravela nueva» y «la caravela vieja»; además en 1500 se pagó a un Juan de Triana por sus servicios en Indias, y por sus compañeros de cuentas parece probable que estos servicios hayan debido de empezar con el segundo viaje.

  —769→  

JUAN VEÇANO, marinero; probablemente de la Pinta.

Fuentes y citas. Su pago adeantado en el Rol.

Arch. Alba, Ms.; impreso, Nuevos Documentos, pág. 9.

Documentación. En la lista de marineros hay el asiento:

Recibio Martín Alonso por Juan Veçano quatro mil maravedis… iiij U.

 

Observaciones. En el Ms. hay una raya larga encima del apellido Veçano, y nos parece bastante probable que sea en señal de abreviatura por Veneciano. Le imputamos a la Pinta solamente porque Martín Alonso recibe por él; lo mismo hemos hecho con Antón Calabrés (el cual era además criado de Pinzón), y notamos que esos adjetivos «calabrés» y «veneciano» armonizarían muy bien con los conocidos viajes italianos de Martín Alonso Pinzón en la Pinta93.

JUAN DE XERES94, marinero, vecino de Moguer.

Fuentes y citas. Cinco testigos en los Pleitos, que son: Juan Rodríguez de Mafra, Juan de Escalante y Gonzalo de Sevilla, con Juan Viñas y Juan Roldán95. (La confirmación por su propio testimonio, siendo indirecta y capaz de varias interpretaciones, se hallará con las Observaciones.)

Arch. Indias, Ptº I I 5/12, Piezas 3, 4 y 5; impreso, Pleitos, II, págs. 77, 81, y I, 430 y 189; Colón y Pinzón, pág. 260.)

Documentación. Juan Rodríguez de Mafra y Juan de Escalante contestan en Cuba en 1515, Gonzalo de Sevilla contesta en Puerto Rico en 1514, y aunque los interrogatorios no son   —770→   idénticos, contestan todos a preguntas claras y directas sobre el primer viaje y las islas que entonces se hallaron. Dicen:

Juan Rodriguez de Mafra (Pieza 3; impreso (con errata), Pleitos, II, pág. 77). La sabe porque oyo dezir lo en ella contenido a un Juan de Xeres, marinero que hera en aquella sazon96; el qual avia venido a descubrir con el dicho don Christoval almirante; e que asy mismo lo oyo a otras muchas personas97 que avían venido en el dicho viaje, puede aver veynte e tres años e veynte e quatro98; que lo oyo estando en la ysla Española, porque este testigo vino luego el segundo viaje con el dicho almirante.

Juan de Escalante (Pieza 3, impreso, Pl. II, pág. 81). A oydo dezir lo contenido a ciertas personas de las que vinieron con el dicho almirante a descubrir las yndias especialmente a uno que se dize Juan de Xeres, que vino con el dicho almirante; e que los demas no se acuerda de sus nombres; a diez e seis o diez e siete años.

Gonzalo de Sevilla (Pza. 4, fol. 42 vto.; impreso, Pleitos, I, pág. 430). Lo oyo dezir lo contenido en la dicha pregunta a vn Francisco Niño e a Juan de Xeres, que dezían aver venido con el dicho almirante, y dixeron aver descubierto las yslas contenidas en la dicha pregunta.

 

Juan Viñas testifica en Santo Domingo en 1512 ó 151399, por otro interrogatorio, cuyas preguntas 9 y 10 se refieren al afán que tenían otros capitanes de buscar a los pilotos o los marineros que hubieran viajado con Colón; dice sobre esto:

Juan Viñas (Pza. I, fol. 44; impreso, Pl. I, pág. 188). Que vydo   —771→   venyr al dicho almyrante don Cristoval Colon la primera vez que descubrio estas partes, e que nunca antes oyo dezir que otra persona aca vinyese, e que entonces quando el dicho almyrante vyno se descubrieron estas yslas e se abrio camino por donde los otros vynieron a descubrir a estas yslas e tierra firme donde el avya descubierto… Vyo que Pero Alonso Nyño e Juan de Xeres e Juan de Moguer e Pero Arraez vynyeron con el dicho almyrante la primera vez que descubrio esta ysla Española e otras yslas, e que desto que dicho tiene este testigo vido quel dicho Pero Alonso Nyño e Juan Nyño e este testigo en su compañía fueron a Paria como dicho ha.

 

Y por fin tenemos a Juan Roldán, el cual no testifica hasta fines de 1535, cuando Juan Martín Pinzón trata de probar que su padre Martín Alonso obligó a Colón a seguir adelante. Sobre esto dice el testigo solamente que Martín Alonso no se dejó llevar por los deseos de los marineros.

JUAN Roldán (Pza. 5, fol. 125 vto.; impreso, Colón y Pinzón, página 260). Oyo… a un Juan de Xeres, vecino desta villa, que se hallo en el dicho descubrimiento… el dicho Juan de Xeres le digo muchas vezes a este testigo e a otras personas, que yendo el en la dicha armada y aviendo andado setecientas o ochocientas leguas, los más de los marineros dijeron a Cristobal Colon que no querian ir más adelante porque el agua iba hacia alla a donde ellos iban, y el viento tambien, y que no podian volver, y que Martin Alonso Pinzon les rogo que no se volviesen; y en efecto de que se querían volver el dicho Martin Alonso habia dicho: Yo no tengo de volver el viaje hasta hallar tierra, vuelva quien quisiere volverse; y que asi fueron e que desde un dia o dos habian hallado la tierra; y que el dicho Juan de Xeres habia dicho a este testigo y a otros que el habia sido el primero que habia saltado en la tierra, por ganar cierta promesa que el dicho Colon habia hecho al primero que saltase en tierra, y que oyo decir que era la isla llamada la Deseada, y que este testigo la a visto100.

 

Observaciones. Después de tanto testimonio ajeno, nos dirigimos con atención al testimonio dado por el mismo interesado, a quien el almirante Diego y también el Fiscal llamaron en el año de 1513, como a persona muy enterada de los hechos del Almirante. Desgraciadamente, no pidieron ningunos detalles sobre 1492; la lucha era acerca de lo que Colón había visto en Tierra Firme, y especialmente en Paria; y por ser solamente la Tierra Firme de lo que se trata, llaman «el primer   —772→   viaje» al viaje de 1498, al que nosotros tenemos costumbre de llamar el tercero (de Colón, siempre entendido)101. Pero no por designar así como primero el viaje de 1498 a Paria, dejan de hablar a veces del viaje primero de todos los viajes a Indias, y hay que mirar siempre al contexto, necesidad algo peligrosa. Realmente vemos que si no supiésemos la verdad por otro conducto (a veces por otro dicho del mismo Juan de Xeres) no habríamos interpretado algunas de sus palabras como en efecto las interpretamos.

Lo que dice Juan de Xeres es (en resumen) que no fué con Colón a Paria, pero que antes del viaje de Ojeda y Cosa en 1499-1500 había andado dos veces con el Almirante; por eso se deduce fácilmente que fué de los tripulantes de 1492 y de 1493. Pero sus palabras son algo desconcertantes, a causa de esta ambigüedad del «primer viaje». Los detalles resultan de la probanza del fiscal en noviembre de 1513; el Almirante ya le había presentado en marzo de «1512»102, para que respondiese a ciertas preguntas, no a todas; las que el Almirante quitaba eran las preguntas acerca de Veragua y de las otras tierras del cuarto viaje, como también   —373→   acerca de las mercedes hechas por los Reyes; dejando que le preguntasen sobre Paria y sobre el empleo por otros descubridores de personas que ya habían navegado con Colón. Por el mero hecho que el almirante Diego quitase las preguntas sobre el cuarto viaje; podríamos inferir que el testigo no había ido en él; pero además de eso tenemos de su propia boca lo que sabía acerca de los dos últimos viajes del Almirante, y vemos que le preguntaban sobre Paria porque allí había estado con otros, aunque no con Colón; no había estado en Veragua con nadie.

El Fiscal no le quita ninguna de las preguntas; las que nos interesan son las 2, 4 y 8.

Pregunta 2.ª (Pl. I, pág. 293). Si saben o vieron o oyeron dezir quel dicho Almirante don Cristobal Colon (no) descubrio en lo que agora llaman la tierra firme syno una vez, que toco solamente en la parte de la tierra que llaman Paria en la boca del Drago y no en otra parte… e no vio ni descubrio otra cosa de la tierra firme en aquel viaje?

Contesta Juan de Xeres (pág. 294). Que al tiempo quel dicho almirante fue a descubrir, este testigo quedo en Castilla, e despues quel Almirante bolvio de descubrir este testigo vido la carta que de aquel viaje se hizo e que segund la muestra della quel Almirante descubrio el golfo de Paria e salio por la Boca del Drago… e que la carta que este testigo vido es la que los pilotos hizieron que fueron con el dicho Almirante en aquel dicho primero viaje.

Pregunta 4.ª (pág. 294). Iten sy saben que en este tiempo Alonso de Hojeda e Juan de la Cosa, piloto, e los que fueron en su compañia, descubrieron en la costa de la tierra firme hazia el poniente, desde los Frayles e los Gigantes hasta la parte que agora se llama Cuquibacoa; y que antes desto el Almirante ny otras personas algunas no abian tocado en la dicha costa…?

Contesta Juan de Xeres (pág. 302). A la quarta pregunta dixo… que sabe que antes desto, el dicho almirante no avia allegado ally ny otra persona. Preguntado como lo sabe, dixo que por el fue dos vezes con el dicho almirante, ecebto en el primero viaje, y que nunca alli llegaron ny oyo dezir que hirviese llegado.

 

Hemos subrayado las palabras más interesantes. En cuanto al argumento, la exploración de Ojeda y Cosa de que se habla tuvo lugar en 1499;Colón había hecho tres viajes, y en el viaje de Paria no fué Juan de Xeres; así si nuestro tripulante «antes desto» había andado «dos vezes con el almirante», claro esta que las dos veces tienen que ser en los viajes de 1492 y 1493. Pero seguramente las palabras «ecebto   —774→   en el primero viaje» tomadas por sí y sin fijarnos en el hecho de que acaba de llamar al de 1498 «el primer viaje», nos habrían hecho quitar a Juan de Xeres de la presente tripulación103. Fijándose bien, no le debemos quitar.

La otra pregunta toca al cuarto viaje:

Pregunta 8.ª (pág. 295). Yten, sy saben que despues desto el dicho almirante fue a descubrir e descubrio una parte de la tierra que agora llaman Veragua, e que de alli se bolvio a la Española…?

Contesta Juan de Xeres (pág. 304). A la octava pregunta dixo, que la sabe segund en ella se contiene, porque al tiempo que el almirante fue a descubrir la postrera vez, este testigo estava en Sevilla, e lo vido partir, e despues vido venir de descubrir al dicho almirante a esta ysla Española e de ay se fue a Castilla, e este testigo con él, e le oyo dezir…

 

Podría surgir momentáneamente la duda si esta vuelta con el Almirante en 1504 fuera una de las dos veces que «fué» con Colón104; pero habla de estas dos veces para probar que «antes desto» que es claramente antes de 1499, «el dicho almirante no havia allegado allí, ni otra persona». Verdad es que es estricta lógica, «antes desto» no califica la ida del testigo con Colón, y cuando dice «ny ayo dezir que huviese llegado», en estricta lógica podría ser cinco años después, volviendo   —775→   entonces a España con el Almirante, cuando no lo oyó; pero sería una interpretación muy forzada: No obstante, por si acaso pareciera posible eso a algún lector, hemos desistido de poner su propio testimonio entre las pruebas de su vida, y nos contentamos con decir que nos parece que concuerda con lo que otros dicen acerca de su persona, aunque es testimonio tan indirecto y tan pobre que nos dejaría, mal satisfechos si no supiésemos de su presencia en la tripulación por medio de otros testigos105.

Volvamos a los cinco testigos. Hemos puesto primero a Juan Rodríguez de Mafra por ser persona de importancia, bien enterado de las circunstancias de la salida de Palos106, además de ser compañero de Juan de Xeres en el segundo viaje. Juan de Escalante también puede ser llamado persona de importancia, si es el mismo Juan de Escalante procedente de Palos que fue compañero de Guerra, y llegó a capitular en su propio nombre en 1501107. Cuando testifica en 1515 es vecino de Cuba, y no nombra a otro informante que a nuestro Juan de Xeres para todo lo que dice de los viajes de 1492 y de 1493; por la fecha que señala, han debido de hablar sobre estos viajes cuando Escalante volvió del tercer viaje de Colón, y Juan de Xeres vio la carta de Paria hecha por el Almirante y sus pilotos en aquel viaje.

Gonzalo de Sevilla fué en el segundo viaje, y seguramente fué entonces cuando oyó de sus dos compañeros Juan de Xeres y Francisco Niño los detalles acerca del viaje primero.   —776→   Sobre Juan Viñas se nos ocurre que su propia ida en 1492 explicaría bien su familiaridad con los nombres de los tripulantes que fueron con otros capitanes después de ir con Colón, que no hay nada que sepamos en contra de tal ida propia, y que hay en el Rol un Juan Grumete de quien nada se sabe108. Sin esta hipótesis, debemos imputar sus conversaciones con Juan de Xeres a la fecha cuando volvían los marineros de Niño y Guerra, y el mismo Juan de Xeres nos dice que habló con ellos en Sevilla109. Viñas habla mucho de este viaje de Guerra, con el cual había ido; en uno de sus testimonios casi no se ocupa de otra cosa. Aparece como testigo dos veces en fechas no distintas. Habla en Cuba; una vez es «marinero que está en los arroyos de Coçia»110, lugar que no reconocemos; la otra vez es vecino de la Gran Canaria. Estos cuatro testigos citan a Juan de Xeres casualmente, sin que demuestren ningún interés   —777→   especial por él. El único detalle pintoresco y particular, el del salto en tierra, proviene de un testigo de veinte años más tarde, del Juan Roldán, quien habla en 1535. Tenemos pocas particularidades que sirvan para apreciar de antemano lo que valga su testimonio; sabemos solamente que aunque viajaba en Indias era siempre vecino de Moguer, llegando a ser regidor por 1552, y que en la probanza sobre los servicios de los Niño habla como persona que les conoció a todos. Claro está que confunde el primero con el segundo viaje; la isla Deseada es tan claramente de 1493 como Martín Alonso es de 1492; pero es imposible precisar cuáles sean los equivocados entre sus dichos inconsistentes111. Lo que nos parece a nosotros más probable es que todo el episodio sea sencillamente cosa del segundo viaje, y, además, que Juan de Xeres haya hablado de ver la tierra, y no de saltar en ella. No solamente parece mucho más natural que las albricias se den por ver y «cantar» tierra, es decir, por una primacía que no turbe nada a la disciplina, y no para que nadie salte en tierra fuera de su turno, sino que también vemos que en este caso sería verdaderamente la isla Deseada de la que se tratara, mientras que no fué en ella sino en la Marigalante donde saltaron en tierra y tomaron posesión.

Poco juicio tendría un crítico que se fiara ciegamente de un testigo que, además de hablar después de más de cuarenta años y de oídas, señale la calidad de su testimonio por llevar a Martín Alonso Pinzón a la isla Deseada; pero no obstante, los detalles ridículos impugnan a veces la memoria, y no la veracidad, y los rasgos grandes pueden destacarse en claro de entre nubes de detalles absurdos. En nuestra opinión particular, el testigo vale para establecer la ida de este tripulante en 1492 y para que le imputemos, en alguna fecha, una demanda a Colón por albricias; siendo así, tendrían que ser las albricias o del primero o del segundo viaje, y la   —778→   presencia de Juan de Xeres en la nao a la cual asigna Chanca la vista de tierra en 1493 nos inclina a esta segunda fecha. Las palabras de Chanca son:

A tres días de Noviembre, cerca del alba, dijo un piloto de la nao capitana: ¡Albricias! que tenemos tierra.

 

Ahora Juan de Xeres iba en la capitana (la Marigalante), y si hubiese sido piloto a la sazón no habríamos dudado sobre el incidente mal contado por Roldán cuarenta y dos años después. Pero como en 1493 no era todavía piloto, tendremos en eso que desmentir al doctor Chanca, cosa bastante más atrevida, a nuestro parecer, que desmentir a Juan Roldán.

Bastante complicadas son las albricias de 1492 sin que se introduzca otro pretendiente para ellas, y seguramente Juan de Xeres no puede ser el «marinero de Lepe» quien pasó a Africa y renegó de la fe; ni creemos nada probable que sea el marinero, por cierto también un Juan, «de Molinos, tierra de Sevilla». Pero si alguien quiere sostener que «Rodrigo de Triana» tenga aquí todavía otro alias, he aquí la evidencia, valga lo que valga.

En cuanto a pormenores sobre Juan de Xeres en otros años, gran parte de lo que sabemos se deduce de su propio testimonio, y algo ya se ha referido, cuando hablábamos de las oportunidades que habían tenido los otros cinco testigos de tratarle112. Vuelto del primer viaje, se alistó en el segundo como marinero de la nao Marigalante, desde la cual pasó a la Cardera, en donde figura el 12 de junio de 1494, cuando el famoso auto sobre la insularidad de Cuba. Quedó en las Indias hasta que volvió con Colón en 1496. Además de estos viajes con Colón, fué otras varias veces a las Indias antes de la muerte del Almirante, porque fué por piloto con Vicente Yáñez en 1499-1500, y fué también en la flota de Ovando en 1502, volviendo con Bastidas y Cosa para salir otra vez en 1503 con las carabelas de Juan Sánchez de la   —779→   Tesorería113. Se hallaba en la española cuando en 1504 Colón llegó desde Jamaica con los sobrevivientes de su cuarto viaje, y ya hemos visto que con él volvió a Castilla nuestro Juan de Xeres. Podemos señalar tres viajes después de la muerte del Almirante114; pero seguramente, hizo bastante más de tres, porque seguía ejerciendo su oficio de piloto de las Indias por muchos arios, y cuando testifica en 1513 se encuentra en Santo Domingo, pero es vecino de Moguer115. Tomó muy en serio su oficio de piloto, como se ve por las muchas veces que habla de cartas de marear116. Incidentalmente nos da testimonio de lo más interesante acerca de una carta hecha por Cosa en su viaje con Ojeda, carta   —780→   precursora del famoso mapamundi. Por el énfasis que pone sobre lo que ha visto en las cartas de marear, nos sorprende mucho que no supiera firmar117.

Por lo que dice sobre presenciar las salidas y vueltas de otras expediciones en alas cuales no iba, sacamos algo sobre sus propias estancias en Sevilla, Cádiz o Moguer. De sí mismo dice en síntesis que quedó en España cuando salió Colón para Paria -suena algo como si hubiese estado con él y le hubiese visto salir-; que sabía de la partida, y que vió la llegada de Ojeda y Cosa; que vió partir a Diego de Lepe un poco antes de la salida de Pinzón, con quien iba el testigo por piloto, y que (vuelto ya de este viaje con Pinzón) vió a Niño y Guerra en Sevilla con sus perlas. (Mientras tanto, había ido Alonso Vélez con Luis Guerra, unos cuatro o cinco meses después de Pinzón.) Vió el testigo a Bastidas con Corsa cuando partieron de Sevilla, y los vió naufragados en la Española (adonde él había pasado con Ovando)118, volviéndose con ellos a España (sería en octubre de 1502).

Cuando le interrogaban sobre viajes de otros descubridores contestó que había conocido a todos los nombrados, sin escoger ni hacer excepción ninguna, y resulta ser uno de los testigos que ayudan en el arreglo y cronología de los muchos viajes simultáneos o sucesivos de los años 1499-1504. Pero nos llama mucho la atención el hecho de que varios detalles de su testimonio contradicen a fechas conocidas, o por lo menos admitidas. Señalaremos algunos de estos detalles, dejando al lector que procure explicárselos119. No vemos que   —781→   hubiese motivo para mentir, y no apodemos dar más explicación   —782→   que la reflexión general de que muchas veces nuestras   —783→   dificultades estriban en el hecho de que somos hoy más escrupulosos al cotejar los testimonios que los de aquel entonces al deponerlos. A nuestro parecer, los marineros burdos e ignorantes hablaban entonces como tal gente habla hoy: despreciando las exactitudes (si llegasen a comprenderlas), contestando a preguntas anteriores cuando ya se trataba de otra cosa, casi sin darse cuenta de los detalles de lo que decían, con tal que no fuesen detalles que para ellos mismos tuvieran importancia; y todo eso sin intención de falsificar. Así es que confunden los varios viajes de un solo descubridor y los varios descubridores de una sola costa; y hubo muchos viajes de Ojeda, de Cosa, de Guerra y de Niño. Los letrados de aquel entonces podrían desenredar los dichos por los hechos conocidos; pero nosotros arreglamos los hechos por los dichos, tarea bastante más difícil120.

No nos hemos atrevido a señalar la carabela, pero pensamos en la capitana, a pesar de su procedencia, porque su presencia allí explicaría quizás su no inserción en el Rol121. No obstante, hay varios Juanes con pago en el Rol de los cuales no se sabe nada más y no debemos decir fijamente que no habrá seguido su carrera con otro sobrenombre122. Pero   —784→   no hay absolutamente ningún testimonio para sospechar una identidad con Juan de Xeres sino la ausencia del nombre de éste, y nos parece menos extremado suponer que se alistase después, o que estaba ya alistado en la Santa María. Cuando ésta se fletó es posible que toda la tripulación no se conformase con un viaje tan fuera de lo corriente, y que hubiese de llenarla con otros, naturales de la comarca. Así sabemos, por ejemplo, que el «marinero de Lepe» iba a bordo de la capitana, y ha podido haber otros alistados en fecha posterior al Rol.

También es posible, y tan posible, que ya tuviera Cosa entre sus tripulantes varios que no fueran del Norte; eran «todos o los más» de su tierra, en la frase muy conocida del Almirante123.

Nueva lista documentada de los tripulantes de Colón en 1492

(Continuación)

—[721]→

JUAN DE LA COSA, maestre y dueño de la Santa María.

(Se tratará de este tripulante después de los otros Juanes.)

JUAN MARTÍNEZ DE AÇOQUE, marinero, vecino de Deva. Probablemente era de la Niña.

Fuentes y citas. Su pago adelantado en el Rol.

Arch. Alba, Ms. Impreso (con errata), Nuevos Autógrafos, pág. 8.

Documentación. Le tiene el Rol entre los marineros, dice:

Juan Martínez de Açoque, vecino de Deua1 quatro mil maravedis; recibiolos Viceynte Añes… iiij U.

 

En el margen está escrito:

Fyolos Iñigo de la Orden, vecino de Deua2 al dicho Juan Ruiz de la Peña3 e a Juan Martinez de Açoque.

 

Observaciones. Los dos así juntamente fiados por un vecino de Deva, son los únicos de los cuales consta en el Rol que proceden de las costas del Norte4. Generalmente, tal   —722→   procedencia es una indicación de tripulante de la Santa María, pero en esta ocasión el pago del dinero a Vicente Yáñez indica la Niña, además de que, en nuestra opinión personal, el mero hecho de estar en el Rol hace improbable el ser de los que traía Juan de la Cosa en su buque.

No podemos ofrecer noticia ninguna sobre Iñigo de la Orden.

JUAN DE MEDINA, sastre5; marinero, vecino de Palos. Es probable que muriese en la Navidad.

Fuentes y citas. Su pago adelantado en el Rol.

Arch. Alba, Ms.; impreso, Nuevos Autógrafos, pág. 9.

Documentación. El Rol lo tiene entre los marineros; dice:

Juan de Medina, sastre, vecino de Palos… iiíj U.

 

Observaciones. Como el sastre que quedó en la Navidades para nosotros anónimo, no hemos puesto entre las citas las frases que nos cuentan que allí hubo un sastre; pero tales frases son confirmatorias e importantes. Habla de este sastre de la Navidad el Diario de Colón (día 2 de enero) y también la Historia de Las Casas (t. I, pág. 414). Fernando Colón dice en la versión italiana que Colón dejó un «sarto», palabra traducida por Barcia como «tallador». Ya hemos dicho6 que si este sastre es Juan de Medina, es el único caso, además del de Diego de Arana, de una víctima de la Navidad que figure también en el Rol; a pesar de esto, no nos parece probable que hubiera dos sastres en una armada tan pequeña. Nótese que el Rol lleva los dos calificativos, de sastre y de marinero, combinación algo rara, y nótense das palabras en el Sumario del Diario de Colón.

…entre aquellos un carpintero de naos y calafate, y un buen lombardero que sabe bien de ingenios, y un tonelero, y un físico y un sastre, y todos diz que hombres de la mar.

—723→

En la Historia más larga de Las Casas esta última frase está algo cambiada:

Dejo asimismo un carpintero de ribera que es de los que saben hacer naos y un calafate y un tonelero, un artillero o lombardero bueno y que sabía hacer en aquel oficio buenos ingenios. Tambien les quedo un sastre; todos los demás eran buenos marineros.

 

Nos parece como si a Las Casas le extrañase el reunir oficios tan distintos como los de sastre y de marinero, y por eso rectificaba en cierto modo las palabras que él mismo tenía copiadas del Diario, palabras que concuerdan tan bien con el Rol, que parecen confirmar la identidad del sastre del Rol con el del Diario.

La cantidad adelantada es lo corriente para marinero llano; no llevaba ni más ni menos por ser también sastre.

En cuanto a la carabela, el sastre dejado en la Navidad no pudo ser de la Pinta. No nos atrevemos a escoger entre los otros buques. Por su procedencia como por el apero hecho de estar en el Rol, no nos parece nada probable que fuese de la tripulación originaria de Juan de la Cosa, pero habría podido ir en la Santa María, tomándole Colón para la capitana a causa de su oficio; a causa del oficio también lo habría dejado en la Navidad.

JUAN DE MOGUER7, marinero; vecino de Palos, reo de muerte.

Fuentes y citas. Su pago adelantado en el Rol; su perdón con motivo de haber ido con Colón; el testimonio de Juan Viñas.

Arch. Alba, Ms.; impreso, Nuevos Autógrafos, pág. 8.

Arch. Simancas, Sello, mayo de 1493; impreso en el BOLETÍN de marzo de 1920.

Arch. Indias, Pto. I I 5/12, pieza I, fol. 44 vto.; impreso, Pleitos, I, pág. 189.

Documentación. Dice el Rol:

Dice el perdón, con fecha de 22 de mayo de 1439 (es decir, dos meses después de la vuelta del primer viaje):

A vos, Juan de Moguer, v.º de la villa de Palos… acatando los seruicios que nos aveys fecho, especialmente que por nuestro mandado fuistes a descobrir las yslas de las Yndias por el mar oceano…

—724→

Dice el testigo Juan Viñas, hablando en 1512 en Santo Domingo8:

Que vyo que Pero Alonso Nyño e Juan Nyño e Juan de Xeres, e Juan de Moguer, e Pero Arraez, vynyeron con el dicho almyrante la primera vez que descubrio esta ysla Española.

 

Observaciones. Aparece otra vez en el Rol, porque sale como fiador de un tal Pedro Tegero, grumete, cuyo nombre nos sugiere pueda ser el Pedro Yzquierdo que le ayudó en el delito de soltar a Bartolomé de Torres, aunque no hay ningún testimonio para hacer tal identificación.

Ya hemos dicho varias veces que los criminales conocidos en la tripulación componen un grupo de un solo homicida y de tres amigos suyos (entre ellos Juan de Moguer) que no hicieron más que libertarle de la cárcel9. Recientemente nos hemos enterado de una disposición penal de la época, que parece explicar la severidad de la sentencia de muerte en contra de dos tres; es que en aquel entonces los que libertaban a un preso incurrían siempre en la misma pena (fuese grande o pequeña) que llevase el libertado10.

—725→

Vignaud pone dos Juan de Moguer en su lista. No viene   —726→   argumentada la duplicación, pero se ve que toma «de Moguer» por procedencia en el Rol, y por apellido en lo que dice Viñas. Seguramente andaba más de un Juan de Moguer por la comarca de Palos en aquellos años; pronto tendremos que hablar de homónimos11; pero la única razón que sepamos para hacer dos personas del varias veces mencionado como tripulante de 1492 provendría de una frase del perdón, frase que tiene que ser de pura fórmula si el criminal es el del Rol12. Pero como en efecto tenemos otras razones para creerla formularia, no nos parece que valga por argumento. Recapitulado el crimen, dice el perdón:

En ausencia vuestra la justicia de la dicha villa de Palos vos condeno asy juntamente con el dicho Bartolome de Torres a pena de muerte y a perdimiento de todos vuestros bienes y ansy dis que fasta aqui dis que aveys andado absentado asy de la dicha villa de Palos…

 

Es difícil creer que sea estricta verdad esta ausencia. La presencia actual de Juan de Moguer cuando Colón «puso tabla» el 23 de junio está confirmada por el hecho de salir como fiador de Pedro Tegero, ni podemos pensar que esta fecha sea anterior a la condena, porque el perdón dice que el crimen fué cometido y la sentencia dada «puede haber año y medio poco más o menos»; palabras que llevan fecha de 20 de mayo de 1493. Por inexactos que suelan ser estos plazos señalados, nos parece imposible que se llamase «año y medio» a un intervalo que no llegara a un año completo. La cédula de la reina aplazando todo proceso en contra de cualquier criminal haría innecesaria tal ausencia; pero quizás la omisión de la frase formularia hubiera necesitado explicaciones largas, y no nos parece improbable que se dejasen estas frases de costumbre sin modificarlas. Y aunque la existencia de dos homónimos explicaría de otro modo la presencia de uno en el Rol, habría que recordar que el criminal también se embarcó de un modo u otro, y habría que pensar en los otros tres compañeros. En los cuatro perdones se emplean frases semejantes, y allí en la flota iban los   —727→   cuatro hombres. Si fuese verdad a la letra su ausencia, tendríamos que añadir otra hipótesis todavía más improbable, la hipótesis de que se hubiesen alistado en otra parte, es decir, que hubiesen huido a Canarias, entrando allí en los buques de Colón13. Por otra parte, si aceptasen el amparo   —728→   ofrecido por la cédula de la reina, hubiera sido prudente que su alistamiento fuese lo más público, posible, que se inscribiesen públicamente en el Rol, y no que se introdujesen a bordo secretamente en vísperas de zarpar14. En verdad, no es tan sorprendente el hallar a Juan de Moguer en la lista como el no hallar a sus compañeros15.

En resumen, se explica fácilmente por un descuido la duplicación hecha por Vignaud en la persona de este tripulante. Fundar una duplicación en otro razonamiento nos trae como consecuencia una aglomeración de improbabilidades, en las cuales no hubiésemos ni pensado, si no fuese por el hecho de que Vignaud interpretó las mismas tres palabras de dos maneras.

Juan de Moguer en el segundo viaje es marinero de la nao Marigalante, es decir de la capitana. No podemos dar la fecha de su regreso; pero sospechamos que regresara con Torres. De todos modos, cuando va Aguado a las Indias en 1495, Juan de Moguer es ya piloto, y va en la nao de que es maestro Bartolomé Colin. No sabemos más de él hasta unos años más tarde, cuando ya tropezamos con dos homónimos, que nos hacen mirar con recelo toda mención de Juan   —729→   de Moguer. El primero de estos homónimos es un grumete del Santiago en el cuarto viaje. Ha debido de ser grumete inferior, porque está en un grupo de tres que comparten el sueldo de dos16. Así sería imposible confundirle con el marinero y el piloto. El segundo homónimo es un testigo en 151517, el cual conoció a Cristóbal Colón, pero que no puede ser ni el del primer viaje ni el del cuarto, porque habla solamente de oídas del primero, y en cuanto al cuarto, «no lo sabe». Como este testigo habla en Lepe, de donde es vecino en 1515, tampoco puede identificarse con un Juan de Moguer que en 1514 y en 1515 es vecino de Bonao, en la Española. En cambio este último (que, ha debido de ser persona de alguna importancia porque, además del hecho de que le dan naborias18, es uno de nueve vecinos de Bonao, cuyo poder llevó Diego Méndez para que pidiera en la corte franquicia y libertades19, no nos parece improbable que sea el piloto criminal, ya retirado en tierra y avecindado en Indias; pero   —730→   de ninguna manera lo afirmamos. De tal apellido hubo, sin duda, muchos homónimos.

JUAN NIÑO, maestre y dueño de la Niña, vecino de Moguer.

Fuentes y citas. Tres testigos en los Pleitos, y once testigos en un Informe de Servicios, con los dos interrogatorios y la carta preliminar del dicho Informe20. Los testigos son: (de los Pleitos) Juan Viñas, Francisco Niño, Francisco Morales; y (del Informe) Gonzalo Toredo, Melchor de Velasco, Bartolomé de Santiponce, Leonor Vélez, Francisco Ruiz Santarem, Juan de Aragón, Alonso Hernández Camacho, Francisca Beltrán, Juan Roldán, Francisco Quintero y Marcial Contreras. El Informe es de Servicios de Alonso Vanegas, nieto de Juan Niño, y se hizo por él mismo en Guatemala, y en España por su padre Francisco Vanegas, yerno de Juan Niño.

(Para los Pleitos) Arch. Indias, Pto. I I 5/12, Pza. I, fol. 44 vlt.; Pza. 4, ff. 31 vlt. y 38 vlt. seg.; impresos, Pleitos, I, pp. 188-9, 399, 419 y 421; (Para el informe) Arch. Indias, Pto. I 2 6/26; por la mayor parte inédito, algo de ello impreso en el Apéndice, p. 263, t. I, del Colón de Asensio, y desde allí copiado en otros libros.

Documentación. En los Pleitos hablan Juan Viñas, Francisco Niño y Francisco Morales21, de los cuales el primero «vió»   —731→   mientras los otros dos «oyeron». Viñas habla en 1512 ó 1513, en Santo Domingo, sobre la ida, con otros capitanes, de pilotos y marineros que habían ido antes con Colón; los otros contestan en Puerto Rico, 1514, a preguntas directas sobre el primer viaje.

Juan Viñas (Pleitos, I, págs. 188-9). Vio que Pero Alonso Nyño e Juan Nyño e Juan de Xeres e Juan de Moguer e Pero Arraez vynieron con el dicho almyrante la primera vez que descubrio esta ysla Española e otras yslas, e que desto que dicho tiene este testigo vydo quel dicho Pero Alonso Nyño e Juan Nyño e este testigo en su compañía fueron a Paria como dicho ha en la quarta pregunta.Francisco Niño (Pleitos, I, pág. 399). Lo… oyo dezir al tiempo que almirante don Cristoval Colon yba de descobrir el dicho primer viaje puede aver veynte e un años poco mas o menos, lo qual oyo dezir a Juan Niño, señor e maestre de una caravela que vino con el dicho almirante el dicho viaje primero, e a otros muchos que con el vinieron a descobrir.Francisco Morales (Pleitos, I, págs. 419 y 421). A oydo dezir lo contenido en la dicha pregunta al dicho don Cristoval Colon, e a los que con el dixeron que avian venido en el viage contenido en la dicha pregunta, muchas vezes, puede aver veinte e tres años poco mas o menos; e que lo oyo, a Terreros maestresala del dicho almirante, e a Pedro de Savzedo que hera su paje, e a Juan Niño, maestre de la caravela Niña, que dixeron aver venido con el dicho Almirante.

(Pleitos, I, pág. 421). Viniendo este testigo el segundo viage con el dicho Almirante, oyo dezir este testigo a un Juan Niño que venia por maestre el segunde viage en una nao que se dezia la Niña, quel primer viage quando el dicho almirante vino a descubrir viniendo a medio golfo e algo más, se juntaron los maestres de tres navíos que traya   —732→   el dicho primer viage, e que se pusyeron en requerir al dicho almirante que se bolviese a Castilla, porque segund los tiempos reynavan levantes en el golfo que no creyan sy mas adelante yvan de poder bolver en España, y quel dicho almirante le respondio que no curasen de aquello, que Dios que les daba aquel tiempo les daria otro para bolver e que oydo aquellos por los maestres e marineros les dixeron que no se pusyese en aquello que no se lo avian de consentir, e que para esta tomaron armas, e quel dicho almirante les dixo que no hiziesen aquello que querian hazer, porque en matarle a el e a sus criados que heran pocos, no harian mucho, pero que tuviesen por cierto que su muerte les seria muy bien demandada por el rey e reyna nuestros señores; pero que hiziesen una cosa, que le diesen termino de tres o quatro días y que navegasen el viage que llevavan, e sy en este tiempo no viesen tierra, que hiziesen la buelta que quisiesen, e que con este concierto pasaron adelante syguiendo su viaje, e que en aquel termino vieron tierra, e que cree por lo que a oydo que si el dicho almirante se volviera syn ver tierra, que no fueran descubiertas estas partes.

 

Las probanzas de Servicios de Alonso Vanegas, nieto de Juan Niño, contienen dos interrogatorios, uno de los cuales en Guatemala (1551), hace hincapié en los hechos del mismo Vanegas en las Indias, mientras que el otro (en Moguer y su comarca, 1552), es una probanza adicional que trata de los servicios de su familia, empezando con el abuelo Juan Niño. En esta probanza, siete de los nueve testigos hablan claramente de la ida de Juan Niño con Colón. Además, en el otro interrogatorio hay unas preguntas preliminares en donde se habla de él, y aunque la mayoría de los treinta y un testigos pasan por encima estas preguntas, hay tres que asienten a ellas, y además una (la cuñada del mismo Juan Niño) que habla en claro.

Exposición Preliminar de Vanegas, 1551 (Pto. I 2 6/26, fol. 3). Alonso Banegas clerigo residente en esta cibdad de Santiago de la prouincia de Guatemala, digo: Que al tiempo y saçon questas partes se descubrieron que abra mas de cinquenta años, por el almirante don Xpoual Colón, que poblo e pacifico la ysla Española y otras partes destas Yndias, en la primera armada que se hizo para el dicho descubrimiento vino en ella por capitan con un navio suyo a su propia costa Joan Nyño mi abuelo padre de Leonor Niño mi madre, por que en la dicha armada y descubrimiento solo venieron, dos (sic) navios, la una fue la del dicho Joan Niño mi abuelo y la otra fue del dicho don Xpoual Colon y la otra de un fulano Pinçon el qual dicho Joan Niño despues de se hauer hallado en el dicho descubrimiento, descubrio y conquisto y pacifico las demas yslas y tierras comarcanas y subjetas a la dicha Española, donde anduvo e trauajo mas tiempo de veynte   —733→   y cinco o treynta años22 hasta que fallescio en el servicio de su magestad.

 

En el primer interrogatorio rezan las preguntas 2, 3 y 4 como se sigue:

Pregunta 2. ª Yten si saben que… su madre fue hija legitima del dicho Juan Niño su aguelo primer descubridor de las Yndias e capitan que vino a ellas con vna nao suya por mandado de los rreyes catolicos, juntamente con don Xpoval Colon almirante que las descubrio…?Pregunta 3.ª Yten si saben que puede aver sesenta años poco mas o menos que por mandado de los dichos rreyes catolicos, don Fernando e doña Ysabel de gloriosa memoria, don Xpoval Colon almirante que primero descubrio estas Yndias especialmente la ysla Española, San Juan e Cuba e Cubagua e la costa del mar oceano23 e Las Perlas, y que al tiempo que vino en el dicho descubrimiento vino con tres naves la una de las quales hera del dicho almirante y la otra fue del dicho Juan Niño mi aguelo que vino con el en ella por capitan e descubridor, e la otra fue de un fulano Pinçon, e fueron las tres primeras personas que entraron en la dicha Española e la descubrieron…?Pregunta 4.ª Yten si saben que dende a veynte y cinco años que el dicho Juan Niño mi aguelo vino a las dichas Yndias e obo descubierto la dicha ysla Española e las demas tierras e provincias deste destrito con el dicho don Xpoval Colon, abiendo trabajado mucho e gastado grandes quantias de pesos de oro de su hazienda en los viages que hizo desde España a estas partes en dar aviso a sus altezas de lo que avia subcedido, fallescio en su real servicio?

 

A estas preguntas contestan los siguientes:

Gonçalo Toredo (fol. 104 vto.) y Melchor de Velasco (fol. 107 vto.) Que así lo han oído dezir.Bartolome de Santiponce (fol. 133). Es notorio y público que Juan Niño y un fulano Pinçon vinieron con Colon.Leonor Velez, cuñada de Juan Niño (fol. 137). El dicho Juan Niño era cuñado desta casado con una hermana desta testigo… sabe que es publico e notorio que Juan Niño hera el primero que bino a las Yndias a las descubrir con don Xpoval Colon, almirante, porque en el dicho tiempo esta testigo hera niña de poca edad, e como tardo en la benida tanto hisieron luto sus parientes pensando que hera muerto…   —734→   que fue con Colon con un navío suyo y a su costa… Juan Niño bolvio de la dicha ysla Española e de las demas yslas que descubrio en companya del dicho don Xpoval Colon para Castilla a dar abiso a los rreies catolicos, e asy torno otra vez a estas partes e puede aver treynta años poco mas o menos byno fama a la tierra como hora fallescido el dicho Juan Niño andando en servicio de su magestad24.

 

Cuando llegamos a la otra probanza (hecha en España), en donde el abuelo y demás parientes de Vanegas tienen el primer lugar, entonces el testimonio es abundante y claro. Damos la cuarta pregunta y las contestaciones a ésta de siete testigos25:

Pregunta 4.ª Si saben que el dicho Juan Niño abuelo del dicho Alonso Banegas fue con don Xpoval Colon en el descubrimiento de las Yndias en el primero descubrimyento que se hizo por mandado de los rreyes catolicos y el dicho Juan Niño llevo una nao suya llamada la Niña, y fueron con el hermanos y parientes suyos?Francisco Ruiz Santarem, el viejo (fol. 166 v.). A la quarta pregunta dixo… que se acuerda este testigo que podra aver sesenta años poco mas o menos quel dicho Juan Niño… fue con un navío suyo al primer descubrimiento de las Yndias con don Xpoval Colon y fueron con el otros hermanos suyos que se dezian Pero Alonso Niño y Francisco Nyño y Xpoval Niño, y este testigo se vino huyendo de Sevilla porque lo querían llevar allá el dicho Juan Niño e sus hermanos, y el navio que llevo el dicho Juan Niño abuelo del dicho Alonso Vanegas clerigo se acuerda este testigo que se llamaba la nao Nynia, y questo sabe gesta pregunta.Juan de Aragon (fol. 168; impreso por Asensio, t. I, págs. 263). Que podía aver tiempo de cinquenta e cinco años antes mas que menos questando este testigo en la dicha villa de Moguer que fue al tiempo que desta tierra se fueron los judios, este testigo se fue por grumete en un navío yendo por la mar a la salida del rrio de Saltes vido quel dicho don Xpoval de Colon estava presto con tres navíos para yr a descubrir las Yndias que entonces nonbravan, Antilla, y destos tres navios hera una caravela del dicho Juan Niño que se dezia la Niña, en la qual yba el dicho Juran Niño e sus hermanos e parientes y esto seria por el mes de Agosto o Setiembre; y despues bolviendo este testigo del viaje despues de ayer dexado los judios en las partes de aliende, en otro año viniendo por la mar encontraron con un navio de un Martin Alonso Pinson, el qual le dixo a este testigo y a los demas que el dicho don Xpoval   —735→   Colon y Juan Niño y sus hermanos y parientes avian descubierto Yndias y avian desembarcado en Lisbona e yban a Barcelona a demandar albricias al rrey don Hernando; y después vido este testigo en Barcelona al dicho Juan Niño con el dicho don Xpoval Colon y alla supieron muy cierto como las Yndias se avian comenzado a descubrir por los sobredichos, y en la nao queste testigo fue, truxeron al dicho Juan Niño a Moguer.

Alonso Hernandes Camacho (fol. 178 v.). La sabe como se contiene, porque asi lo vido como la pregunta lo dize y este testigo ayudo a botar la dicha nao del dicho Juan Niño estando (?) en la ribera de Moguer en la qual dicha nao fue el dicho Juan Niño e sus parientes con Colon y lo vido en la villa de Moguer.

Francisca Beltran (fol. 178). La sabe como en ella se contiene, porque este testigo se acuerda quando se hizo la dicha nao e la vido adereçar en la rribera de Moguer e quel dicho Juan Niño llevo quando fue con Colon sus parientes e tres hermanos a las Yndias, porqueste testigo bivia en Moguer y navio en Moguer.

Juan Roldan (fol. 171). A la quarta pregunta dixo que la sabe… porque este testigo vido que Pero Alonso Niño e Xpoval Niño e Bartolome Niño e Francisco Niño, hermanos, y el dicho Juan Niño su primero hermano (sic) e (claro) vºs desta villa de Moguer fueron por pilotos a descubrir las Yndias con don Xpoval Colon e los vido venir despues de descubrir las Yndias, e vido las bodas e banquetes que hizieron despues de la venida de los susodichos e sabe e bido quel dicho Juan Niño a la dicha sazon llevo un navio suyo en compañia del dicho don Xpoval Colon.

Francisco Quintero (fol. 169 v.). A la quarta pregunta dixo quest testigo se acuerda siendo niño pequeño que el dicho Juan Niño abuelo del dicho Alonso Vanegas clerigo fue en una caravela suya que se dezia la Niña en compañía del dicho don Xpoval Colon, e llevo consigo a los dichos sus hermanos e parientes que fuese primer descubrimiento de las Yndias e ansi fue muy publico e cierto; y este testigo se acuerda e tiene noticia dello aunque hera niño a la sazon.

Marcial Contreras (fol. 176 v.). Que oyo decir lo contenido en la pregunta publicamente en la villa de Moguer, quel dicho Juan Niño fue con el dicho don Xpoval Colon al primer descubrimiento de Yndias en un navio suyo que avia por nombre la Niña, el y un hermano suyo.

 

Resumiendo: tenemos en los Servicios un testigo que huyó para no ir; uno que era grumete en otra flota que se encontró con la de Colón (este testigo ha debido observar todo con ojos de marinero); uno que ayudó a botar la Niña y cuatro que, aunque eran pequeños a la sazón, se acordaban de haber visto hacer aderezar o salir la Niña, y volver «con bodas e banquetes» después que los parientes de Juan Niño ya se habían puesto de luto. Hay además otros dos   —736→   que hablan de oídas, pero dan testimonio claro; por fin hay dos que se limitan a asentir a lo que dice el interrogatorio acerca de Juan Niño26.

Observaciones. Ya hemos dicho que, en cuanto a las historias coetáneas, lo más sorprendente son las omisiones, y que entre ellas las dos más notables son las omisiones de los nombres de los dos maestres Juan de la Cosa y Juan Niño27. En las historias que hemos podido ver hasta los días de Fernández Duro, el nombre de Juan Niño brilla por su ausencia. El mismo Navarrete salta por encima de los tres testimonios en donde le nombran. Fernández Duro, por haber estudiado mucho los Pleitos de Colón, puso a Juan Niño en la lista, y después aparecieron más detalles con los Informes de Servicios.

En el Archivo de Indias hay dos Informes sobre la familia Niño, hechos por dos nietos de Juan y de Peralonso Niño, respectivamente, y cada uno incluye con su hoja de servicios personales una probanza menor acerca de los servicios del abuelo y de otros parientes suyos28. Pero como el objeto   —737→   no era aclarar la historia, sino hacer constar los méritos de los interesados, hablan casi exclusivamente de los parientes cuyos herederos son; y en el Informe del nieto de Juan Niño (el que ahora empleamos) hay muy poco acerca de Peralonso, mientras que el nieto de éste no nombra siquiera una vez a Juan Niño. Ambos hacen relación de los servicios de varios parientes y dar sobre el parentesco detalles que no hemos podido armonizar. Entre los testigos sólo hay uno, Juan de Aragón, que sea llamado por los dos interesados, y describe en las dos probanzas el mismo acontecimiento: el de haber visto a Colón saliendo por la barra de Palos con sus tres naves y de haber encontrado después a la Pinta en Bayona (con otros detalles pintorescos); pero en una probanza habla siempre de «Colon y Juan Niño», mientras en la otra habla de «Colon y Peralonso Niño». Vale la pena de cotejar palabra por palabra: salimos convencidos de que éste ha debido de ser persona de más inteligencia que los testigos corrientes, porque notamos que contesta netamente lo que se le pregunta; por eso parece, a primera vista, que dice cosas diferentes en las dos probanzas. Los interesados están de acuerdo en una cosa: dejan de lado a los Pinzones con algo de desprecio, en lo que nos aparece asoma la envidia. Hablan de «un fulano Pinzon», «uno que se dezia Pinzon», etc. Hay testimonio muy claro y espontáneo (sin pregunta sobre el asunto) en cuanto al motín de los marineros y a la firmeza de Colón, de Peralonso Niño y también del «que se dezia Pinzon». Y aunque sea muy confuso el parentesco y los cargos que ocupaban, no nos puede quedar duda alguna de la ida de Juan Niño y de Peralonso Niño, idas de que tratamos al presente.

En cuanto al cargo que llevaban y a la propiedad de la Niña, hay que tener siempre en cuenta la rivalidad entre los dos nietos, partidarios de sus respectivos abuelos, al tiempo de los Informes29. Por eso miramos con especial interés los   —738→   Pleitos de Colón, donde dos de los tres testigos que nombran a Juan Niño dicen que era maestre de la Niña. Uno de ellos (el testigo Francisco Niño) habla de lo que había oído de ambos compañeros de Colón: de «Per Alonso Niño, piloto mayor que dixo que hera de la armada», y de Juan Niño, «señor e maestre de una caravela que vino con el dicho almirante el dicho viaje primero». No nos da su propio parentesco con los citados, y nos parece que si hubiese sido hijo de uno a de otro lo habría dicho, aunque siempre es algo peligroso argumentar así30. No vemos que tenga prejuicio en favor de uno ni de otro; por eso darnos a su testimonio valor especial.

Juan de Aragón, el testigo llamado para los dos Informes, dice que «destos tres navíos hera una carabela del dicho Juan Niño, que se dezía la Niña, en la qual yba el dicho Juan Niño e sus parientes»31; mientras que acerca de Peralonso Niño dice que «fué por piloto y maestre mayor de las naos quel almirante Colon llevaba». Los demás testigos suelen repetir como cotorras lo que contiene la pregunta, y nos fiamos más de los tres citados; pero, resumiendo todas las opiniones, vemos que nadie llama piloto a Juan Niño y nadie imputa propiedad de la Niña a Peralonso, mientras que esta propiedad la dan a Juan, con palabras nada dudosas, su nieto, su cuñado y su pariente Francisco Niño, con otros que hablan más vagamente del «navío suyo». Además de eso, en los pagos del segundo viaje se habla de «la caravela de Juan Niño», y como después de pocos meses la compró Colón para la corona, nos parece probable que la frase indica la propiedad más bien que el ser maestre de ella, aunque fué como tal   —739→   en el segundo viaje. En cuanto a ser maestre, además de dueño, en 1492, aunque parezca bien establecido en la documentación susodicha, debemos notar, no obstante, que cuando llegamos a la probanza de Peralonso, allí, en el interrogatorio y en los testimonios se dice repetidas veces que Peralonso Niño «fué por maestre de una nao», «por maestre de una de las naos que llevaba e per piloto en la navegacion», «por maestre y piloto»; y bien sabemos que los maestres de los otros dos buques eran Juan de la Cosa y Francisco Martín Pinzón32.

En el caso de testimonios claros pero contradictorios, el juicio crítico y la ponderación de las probabilidades están aún más indicados que en el otro caso de testimonios insuficientes. Ponderando lo susodicho parece que «fallamos y debemos fallar» que Juan Niño era a la vez maestre y dueño de la Niña, y que Peralonso iba de piloto; pero dejemos a los marinos discurrir técnicamente sobre tal cargo como el de «piloto y maestre mayor de las naos», que es la frase empleada por Juan de Aragón.

Ya hemos visto en la discusión sobre propiedad de la Pinta (véase Cristóbal Quintero) que hay más de una afirmación de que Pinzón facilitó dos carabelas; pero cuando se hace una distinción siempre se le imputa conexión más íntima con la Pinta33. Como llegamos a la conclusión de que, a pesar de estos testigos, la nuda propiedad de la Pinta no era suya, tanto más debemos menospreciar lo insinuado acerca de la Niña. Lo que no nos parece nada imposible es que Pinzón tuviese alquilada la Pinta y quizás la Niña también, y que entre propietario, arrendador, embargador y maestre la palabra «suya» nos llega con sentido muy discutible.

—740→

En aquel entonces los navíos solían llevar nombre propio, generalmente con advocación religiosa; pero se llamaban también y más frecuentemente por nombre derivado del de su dueño o de su maestre. Resulta que muchas naos parecen tener dos nombres, como habíamos notado en muchos documentos antes de darnos cuenta de que Fernández Duro y otros ya habían llamado la atención acerca de esta costumbre marítima34. El nombre dado a la Niña era Santa Clara35, per o pocas veces se la llama así. La Colina, la Prieta, la Cardera, la carabela Bermuda, nos ofrecen otros ejemplos de la costumbre, casi universal en tiempo de Colón, de indicar a una carabela por adjetivo formado del nombre del que la mandaba, costumbre en cuyos detalles entraba por mucho la eufonía. Algunos escritores han dicho, y suponemos que otros muchos han tomado por evidente, que Pinta y Niña se referían a los apellidos Pinzón y Niño. No lo dudamos ni un momento del segundo; pero en cuanto a Pinzón su femenino es Pinzona, que se emplea varias veces en documentos que conocemos, aunque siempre para mujer, no para carabela. Había una familia Pinto en Huelva y en Palos, y nos parece posible que en otro viaje algún Pinto hubiese tenido el mando de la Pinta; pero no hemos logrado hallar evidencia alguna sobre esto, y tenemos que limitarnos a afirmar que Pinta no es de ninguna manera femenino de Pinzón; el nombre dado a la carabela puede aludir a un Pinto, o puede ser nombre verdaderamente propio dado a la carabela. Pero no hay ninguna duda de que la carabela propiamente bautizada como la Santa Clara, era llamada por los marineros la Niña a causa de que Juan Niño la mandaba. Después que Colón la compró y puso en ella por maestre y piloto a Alonso Medel, parece   —741→   que el mismo Colón hizo esfuerzo para que fuese llamada Santa Clara36; pero, a pesar suyo, continuaba el apodo37.

—742→

En cuanto a la biografía detallada de Juan Niño sabemos poco.

Por el testimonio susodicho de Morales tenemos lo que decía acerca del motín de los marineros en 1492. Por el testigo Juan de Aragón nos llega una noticia pequeña de Juan Niño en Barcelona con Colón a la vuelta del primer viaje y del hecho de que volvió desde Barcelona a Moguer en la misma nao (no sabemos de quién era esta nao) en que servía el grumete que testifica después de unos sesenta años. Fué con la Niña (ya lo hemos dicho) otra vez en 1493, siendo maestre hasta que la carabela se vendió al Almirante como al representante de los Reyes38, y suponemos que su dueño regresaría entonces con Torres y sus doce navíos, porque no tenemos noticia de su estancia después de aquella fecha, y sabemos fijamente que la Niña tuvo otro maestre desde enero de 149439. No fué en el tercero ni en el cuarto viaje de Colón, ni tenemos noticias de más trato con el Almirante; pero fué con los demás de su familia en el viaje a la Costa de las Perlas40, viaje que se conoce por los nombres de   —743→   Peralonso Niño y de Cristóbal Guerra, y suponemos que acompañó otras veces a su hermano Peralonso; pero ha debido de ser más modesto o menos emprendedor, a pesar de ser el propietario en el primer viaje, porque hay muchas más noticias acerca de Peralonso. De Juan Niño se dice vagamente que seguía viajando a Indias, y en verdad nos extraña el no tener datos más exactos. «Los Niños» parecen haber viajado mucho como parientes muy unidos. Peralonso murió antes de julio de 1504, «en la capitana, en el viaje de las Indias»41; pero ni aun después de muerto este hermano más conocido tenemos más noticias definitivas de Juan Niño, aunque parece que sobrevivió a todos los otros oficiales de importancia que fueron en 1492. Los Pinzones, Juan de la Cosa, Peralonso Niño y el mismo Colón habían muerto todos antes de 1515, mientras que la muerte de Juan Niño no ocurrió sino hacia los años 1518-152242. Murió en Indias, después de unos treinta años de viajes, según los testimonios, algo vagos, de varios testigos, y no podemos señalar el lugar en que muriera.

En cuanto a la familia, su mujer era Marina González, pero no nos atrevemos a identificar a sus hijos. El parentesco de 1a familia Niño resulta, no solamente confuso, sino contradictorio. Lo mejor que podemos hacer en ayuda del lector que quiera entrar en tal maraña, es señalar unas pocas verdades que amojonen algo el terreno, y dejarle libertad para dar crédito al testigo que desee. Lo verdaderamente importante al presente es aclarar el parentesco entre los tres Niño «seguros» de 1492.

En cuanto a Juan y a Peralonso, los más importantes de la familia a la fecha, nos parece claro que fueron hermanos. Nadie les da otro parentesco, a no ser que quisiésemos interpretar el «Juan Niño, su primero hermano» de Juan Roldán,   —744→   como si dijese primo hermano. Pensando en lo que dicen los otros testigos, y en la frase «tercero hermano» empleada por otro testigo en esta misma probanza, nos parecería tal interpretación violenta e innecesaria. Francisco Vanegas (yerno de Juan Niño) dice en el interrogatorio que Juan y Peralonso eran hermanos; lo dice claramente el testigo Santarem, y nos parece que lo dice el Juan Roldán que acabamos de nombrar. Además, los testigos Juan de Aragón, Marcial de Contreras y Francisca Beltrán, aunque no nombran a Peralonso, dicen que Juan Niño llevó consigo a un hermano o a hermanos. Dudamos que la palabra deba estar en plural, lo cual no quiere decir que opinamos en contra, sino que nos parece verdaderamente dudoso, por no resolver el problema.

Además de Juan y de Pero Alonso, se habla de varios Niño: de Alonso, Andrés, Bartolomé, Cristóbal y Francisco, y también de Alonso Pérez, Bartolomé Pérez y Cristóbal Pérez; y los testigos no están de acuerdo en cuanto al parentesco que les dan o les indican. En el Informe de Vanegas la probanza de Guatemala contradice a la de Moguer, que la acompaña. La de Guatemala dice que Juan Niño, el del primer viaje, casado con Marina González, dejó cuatro hijos, que fueron: Andrés, Alonso, Francisco y Leonor, siendo esta última la madre del interesado. Se dice repetidas veces, dando detalles de la carrera en Indias de los tres hermanos de Leonor, y ningún testigo de los treinta y uno llamados pone en duda este parentesco, aunque muchos saltan por la pregunta y otros lo saben sólo de oídas. Hay uno que repite los nombres de los tres hermanos de la madre de Vanegas43; pero no hay sino un solo testigo de primer orden, que es Leonor Vélez, cuñada de Juan Niño por ser hermana de su mujer, y por eso tía-abuela del interesado Vanegas. Parece que ella debe saber cuántos hijos tenía su hermana, como parece también que Vanegas debe saber cuántos hermanos tenía su madre, y no puede haber testimonio más terminante que lo dicho por ella y por él. Si no hubiese otra probanza, no se   —745→   nos habría ocurrido siquiera que pudiera haber duda sobre estos cuatro hijos, es decir, tres hermanos y la hermana Leonor. Pero pocos meses después de hacerse esta probanza en las Indias, el padre de Alonso Vanegas, es decir, Francisco Vanegas, viudo de Leonor Niño44, hizo otra probanza en Moguer, llamando por testigos a muchos que vieron nacer, casarse y morir a toda la generación pasada de los Niño. Cuanto debemos preferir a los testigos de Guatemala para hazañas en las Indias, tanto debemos preferir para cuestiones de parentesco a los testigos de Moguer y de su comarca. Ahora, en esta segunda probanza, el interrogatorio hecho por el marido de Leonor hace hijos de Juan Niño sólo a Alonso y a Leonor45, llamando a Andrés y a Francisco «sobrinos del dicho Juan Niño». Ni podemos pensar en una duplicación -por lo menos en cuanto á Andrés-, porque Andrés Niño es persona muy conocida, quien sirvió al rey tanto como cualquiera de los Niño, y sus hazañas por el Mar del Sur y la Tierra Firme, con Pedrarias y Gil González Dávila, se cuentan por menudo en ambas probanzas. Las preguntas en general no recaen sobre el parentesco sino sobre la ida a Indias o la muerte allí en servicio del Rey de los individuos nombrados; por eso los testigos hablan de los contenidos en la pregunta o les dan sus nombres, sin decir nada directo sobre el parentesco: pero ningún testigo niega el parentesco imputado en el Interrogatorio.

No vemos razón para dudar de que Alonso, el que muere en la isla de la Trinidad con Sedeño, fuese hijo de Juan Niño.   —746→   Lo dicen ambas probanzas, y no hay nada que sepamos en contra. Sobre Andrés esperamos que algún documento del Archivo de Indias pueda todavía aclarar la duda acerca de persona tan conocida; mientras tanto digamos que dos que se dicen su sobrino carnal y su tía carnal, le llaman hijo de Juan, mientras que uno que se dice su tío político, y también el testigo Juan Roldán, le llaman «sobrino del dicho Juan Niño», y Marcial de Contreras le conocía a «Andrés Niño, sobrino que se dezia del dicho Juan Niño, porque este testigo lo vido muchas vezes en Sevilla». No cabe duda de que estos testigos hablan de la misma persona. Nuestra opinión personal es que sea más probable que fuera sobrino. Pero cuando llegamos a Cristóbal y a Francisco no tenemos opinión personal. Cristóbal aparece como sobrino en el interrogatorio de Moguer, aunque notamos que ningún testigo repite la palabra, aunque tampoco la niega; pero cuando contestan a otras preguntas, hay testigos que nombran a Cristóbál como si fuese hermano de Juan y de Peralonso (son los testigos Santarem y Juan Roldán).

Francisco tiene el papel triple de hijo, sobrino y hermano, y es un caso difícil, porque había varios Francisco, y no tenemos completa seguridad de que los testigos hablen siempre del mismo. Ya hemos dado un Francisco en nuestra lista como tripulante de 1492, fundándonos en el testimonio de Gonzalo de Sevilla en los Pleitos, y en los Informes de Servicios; pero quizás pensará el lector que las frases siguientes hayan debido ponerse allí con la documentación. Las damos ahora como testimonio sobre la ida en 1492 de otros parientes muy cercanos a Juan y Peralonso, sean hermanos, hijos, sobrinos o primos. Por supuesto, la gran dificultad estriba en el hecho de que para los testigos el grado exacto de parentesco carecía completamente de importancia, y que además, los viajes y las muertes después de 1492 les parecían de mucha más importancia, en cuanto a servicios personales a la corona. Una de las preguntas habla de ir a las Indias muchos Niño «con el dicho Juan Niño o después».

—747→

Juan Roldan (cinco hermanos, fol. 171). Este testigo vido que Pero Alonso Niño e Xpoval Niño e Bartolome Niño e Francisco Niño, hermanos, y el dicho Juan Niño su primero hermano… fueron por pilotos a descubrir las Yndias con don Xpoval Colon, y los vido venir despues de descubrir las Yndias, e vido las bodas e banquetes que hizieron despues de la venida de los susodichos.Santarem (cuatro hermanos, fol. 166 v.). Juan Niño fue con un navío suyo al primer descubrimiento de las Yndias con don CristobaI Colon, y fueron con el otros hermanos suyos que se dezian Pero Alonso Niño y Francisco Nyño e Xptoval Nyño, y este testigo se vino huyendo de Sevilla porque lo querian llevar alla el dicho Juan Niño e sus hermanos.Francisca Beltran (cuatro hermanos, fol. 178). El dicho Juan Niño llevo quando fue con Colon sus parientes e tres hermanos a las Yndias.

Francisco Quintero (tres hermanos, por lo menos, fol. 169 v.). Se acuerda siendo niño pequeño que el dicho Juan Niño… llevo consigo a los dichos sus hermanos e parientes. (Así habla la pregunta, de hermanos e parientes, sin nombrar ni enumerarlos. Quintero vuelve más tarde a decir hermanos en el plural.)

Juan de Aragón (tres hermanos, por lo menos, fol. 168). Una carabela… en la qual Iba el dicho Juan Niño e sus hermanos e parientes.

Marcial Contreras (dos hermanos, fol. 176 v.). Oyo dezir… el dicho Juan Niño fué con el dicho don Xpoval Colon al primer descubrimiento de las Yndias… el y un hermano suyo46.

 

Quizás dirá el lector que con arreglos de puntuación una lista a veces puede cambiar bastante de sentido. Tiene razón; pero le rogamos que trate de arreglar la puntuación de las frases susodichas, haciendo toda variación posible en las pausas. Por lo que dice Roldán, Bartolomé y Francisco tienen que ser hermanos, y hermanos de Juan Niño, y como hemos decidido ya que Peralonso era hermano de Juan, es hasta ridículo violentar la puntuación para quitar a Cristóbal de esta serie fraternal, aunque es el que con más facilidad se quita, como se podría quitarle también en lo que dice Santarem; pero también con alguna violencia al sentido corriente de tales frases. La verdad es que estos esfuerzos para   —748→   armonizar los dichos contradictorios no resultan, y nos parece que la cuestión se resuelve escogiendo los testigos que parecen más verídicos, y tratando también de explicar, en cuanto podamos, las inexactitudes de lo que dicen los demás. No es tan difícil comprender que un marinero de ochenta años que a los veinte hubiese servido a los Niño como grumete diga un disparate sobre su parentesco, aunque este mismo marinero (es Santarem) tenga la escrupulosidad de no identificar a Vanegas por hijo de Leonor Niño porque «está siego de los ojos». Podemos suponer que Alonso Vanegas, residente en Indias desde hace muchos años, había olvidado, o no había sabido nunca, el parentesco exacto que le unía a Andrés Niño. Es más difícil suponer eso en cuanto a Leonor Vélez; pero supongámoslo por el momento, para que veamos que ni con tal esfuerzo de la imaginación llegaríamos a armonizar lo que dicen los testigos. Lo dejamos al juicio crítico del lector.

Salimos con la convicción de que Juan y Peralonso fueron hermanos, y que otros parientes les acompañaron en 149247.

JUAN DE LA PLAÇA, marinero; vecino (probablemente) de Palos.

Fuentes y citas. Su pago adelantado en el Rol.

Arch. Alba, Ms.; impreso, Nuevos Autógrafos, pág. 8.

—749→

Documentación. Entre los marineros del Rol, leemos:

Juan de la Plaça, vecino desta villa, quatro mil maravedis… iiij U.

 

Observaciones. Interpretamos «desta villa» como de Palos; pero el asiento anterior es de un vecino de Deva, y el apellido Plaza es tanto del Norte como de Andalucía. Los había de este apellido en Lequeitio, en Santoña y en Laredo; pero seguimos con la opinión particular de que «desta villa» se interpreta mejor como de Palos48.

Hubo un Johan de la Plaça, vecino de la villa de Palma, el cual se alistó para la flota de Aguado en 1495, dando por su fiador al capitán Juan Aguado49. «Ovo de yr a seruir por seyscientos mrs. de sueldo cada mes»; pero se ausentó, y no fué en la flota, y desde Sanlúcar escribió el fiador sobre la deserción. Puede ser que se trate de nuestro Juan de la Plaza de 1492, a pesar del cambio de vecindad; los Portocarrero, señores de Moguer, lo eran también de Palma, y ha debido de haber bastante comunicación entre las villas. Pero el sueldo de 600 en vez de 1.000 maravedís mensuales, y las palabras «yr a seruir» nos suenan como si se tratase de habitantes para la colonia más bien que de marineros para la flota, y nos inclinamos a pensar que los dos Plaza son diferentes.

JUAN QUADRADO, grumete. Hay una pequeña indicación de que fuera de la Pinta.

Fuentes y citas. Su pago adelantado en el Rol.

Arch. Alba, Ms.; impreso (con errata), Nuevos Autógrafos, pág. 9

Documentación. En la lista de grumetes leemos:

Juan Quadrado, dos mil e seiscientos e sesenta e seis maravedis; fyolo Juan Quintero fijo de Argueta (ilegible)50… ij U delxvj.

Observaciones. El fiador es el contramaestre de la Pinta; por eso esta carabela parece la más probable para este grumete; pero la indicación no es nada terminante.

—750→

JUAN QUINTERO DE ALGRUTA51, marinero y contramaestre de la Pinta, vecino de Palos.

Fuentes y citas. Su pago adelantado en el Rol, y cuatro testigos en los Pleitos.

Dos de ellos le llaman netamente Juan Quintero. (El testigo Juan González no dice con palabras absolutas que fué, pero su testimonio lo implica tan fuertemente que le hemos incluido con los demás.)

Arch. Alba, Ms.; impreso. Nuevos Autógrafos, pág. 9.

Arch. Indias, Pto. I I 5/12, Pza. 3, fols. 13 y 25 v., pza. 2352, fol. 51, Pza. 5, fol. 112 v.; impreso, Pl. II, págs. 46, 90, 173; Colon y Pinzon, pág. 259.

Documentación. En el Rol, entre pagos a marineros, leemos:

Juan Quintero fijo de Argueta (ilegible)53, diez e ocho ducados, seis mil e setecientos e cinquenta maravedis… vi U dccl.

 

En 1515 los testigos Pedro Enríquez y Juan González contestan a preguntas directas sobre el primer viaje, y dicen:

Pedro Enriquez (Pza. 3, fol. 13; impreso, Pleitos, II, pág. 46). Al tiempo que el dicho almirante del dicho viaje venia, un navío suyo en que venya Martin Alonso Pynçon por capitan, llego a Vayona de Galizia, y este testigo vido allí los yndios que trayan de la ysla de Guanahany, e allí le dyxeron como el señor almirante avia descuvierto las yslas con Hayty e las más contenidas en la dicha pregunta, y este testigo ovo al presente quatro pesos de oro que le dyo el contramaestre de la nao que es Juan Quintero de Algruta, vezino de Palos, y que desto esto sabe.Juan González (Pza. 23, fol. 51; impreso, Pleitos, II, pág. 173). Oyo   —751→   dezir asy lo contenido… a un Juan Quintero de Argenta vezino desta villa, e a otras personas que fueron el dicho viaje, queste testigo no se acuerda de sus nombres.

 

Los dos que le llaman Juan Quintero (sin darle el Algruta) son Diego Rodríguez Ximon (el cual contesta al mismo interrogatorio en Huelva, 1515) y Juan Domínguez (el cual no habla hasta 1535, y por otro interrogatorio). Este último es el que suele aparecer como «Fernando Martín Gutiérrez», por errata muy complicada de un copista.

Diego Rodríguez Ximon (Pza. 3, fo. 25 v.; impreso, Pl. II, pág. 90).Que oyo dezir lo contenido a muchas personas vezynos de Palos, especialmente se acuerda que lo oyo dezir a Juan Quintero e a Rodrigo Monge e a Hernan Perez, que paso de la manera questa pregunta lo dize, e que los susodichos fueron con el dicho don Cristoval Colon a la sazon a descobrir las dichas yndias.Juan Domínguez54 (Pza. 5, fol. 112 v., impreso con errata, Colon y Pinson, pág. 259). Que al tiempo que vino el armada de hacer el descubrimiento, este testigo oyo a un su sobrino que se llamaba Juan Quintero, que había ido con ellos el dicho viaje que estando engolfados en la mar ya que habían andado mucho tiempo y no hallaban tierra, que don Cristobal Colon había dicho que se volviese que ya iba desconfiado de hallar tierra e que Martin Alonso Pinzon había dicho: Adelante, adelante!… y decía entonces el dicho Juan Quintero a este testigo que el dicho Martín Alonso Pinzon había visto unos pajaros… y decía el dicho Juan Quintero que por industria de Martin Alonso Pinzon se había hallado la tierra.

 

Observaciones. En el Rol impreso, se lee «Juan Quintero, fijo de Algruta Arráez (?)», poniendo una coma antes de la palabra fijo. Para nosotros, una coma después de fijo resulta mejor; Algruta nos parece más bien geográfico que no patronímico. Hemos evitado el decidirnos, dejándole la frase sin puntuación ninguna para que juzgue el lector. Acabamos de ver que el testigo Juan Domínguez era tío del contramaestre, y en otra parte de los Pleitos aparece su hijo Antón Quintero; pero de su padre no tenemos directa noticia. Se nos ha ocurrido pensar si la palabra ilegible pudiese ser maestre?

Resumiendo: sabemos por el Rol que un tripulante, Juan Quintero, fijo de Algruta, llevaba un sueldo mayor que el   —752→   corriente para marineros llanos, sueldo que parece adecuado a contramaestre55, y sabemos además, por testimonio definitivo de los Pleitos, que el contramaestre de la Pinta se llamaba Juan Quintero de Algruta, y era vecino de Palos. Otro testigo cita al mismo Juan Quintero de Algruta, vecino de Palos, como su informante sobre detalles del primer viaje, lo cual implica fuertemente que fuese de la tripulación, aunque no se dice de manera terminante. Por otros dos testigos sabemos que hubo en la armada un Juan Quintero, quien parece muy partidario del capitán de la Pinta; pero ponemos separadamente a éstos que no le dan el segundo apellido o sobrenombre, porque hubo tantos Quinteros en Palos, Moguer y Huelva, que no sería nada improbable la ida de dos homónimos, aunque no tenemos razón especial para sospechar tal duplicación más que el mero hecho de que el apellido fuera tan corriente.

El homónimo más conocido es un Juan Quintero Príncipe, vecino también de Palos, el cual seguramente no fue en 1492. Si lo que dicen los testigos de sus propias edades es verdad, éste no puede ser el padre que buscamos para nuestro Juan Quintero fijo; siempre hay la posibilidad de que no sea verdad. Los dos están juntos en la presentación de testigos por el Almirante en 1515, y suponemos que es por miedo de confundir a estos dos por lo que se añaden tantas veces los sobrenombres; desgraciadamente, no los añaden siempre.

Nuestro Juan Quintero de Algruta no aparece claramente otra vez hasta el cuarto viaje; notamos que en las listas de quel viaje aparece sencillamente como Juan Quintero, aunque el testigo Enriques, arriba citado, le llama de Algruta. Notamos también que Juan Quintero Príncipe no fue en aquel viaje56, y por eso no había necesidad de distinguirles a cada momento.

—753→

Juan Quintero Príncipe aparece como testigo en 1514, siendo claramente distinto de otro testigo Juan Quintero del año 1515. Este último, llamado por las dos partes, Fiscal y Almirante, nos parece ser nuestro Juan Quintero de Algruta. Dice que «fué criado del dicho almirante don Cristobal Colon»; que sabe precisamente lo que Colón descubrió en Paria, porque «anduvo de continuo con el de su compañía»; «este testigo fué con el dicho don Cristobal Colon quando descubrió a Paria y a todas las tierras que descubrió». Resulta que los dos Juan Quintero fueron en el tercer viaje, y que Quintero Príncipe volvió en seguida a Paria con Vicente Yáñez, mientras que Quintero de Algruta se quedaría con el Almirante.

No tenemos noticia de su presencia en el segundo viaje de Colón, pero como estuvo en los otros tres, y «anduvo de contino con él», nos parece muy probable que fuera también en 1493, aunque repetimos que no tenemos seguridad. En los Pleitos le llaman a veces marinero y a veces piloto, refiriéndose, sin duda, a la misma persona.

Si dice verdad, tenía unos veintiséis años en 1492. No sabía firmar, aunque cita lo que ha visto en las cartas de marear. Como conoce también Urabá y el Darien, tiene que haber ido a la tierra firme con otros, además de haber ido con el Almirante; pero no podemos señalar sus otros viajes. Ni podemos decir tampoco cuál de los dos Juan Quintero sea el que en diciembre de 1511 está obligado por la Contratación a pagar los 30 ducados que debe a un cambiador de Sevilla; pero sabemos que este Quintero vivía en la calle de la Ribera en Palos. Por los años 1525-35 había un piloto Juan Quintero de Palos al servicio de la Casa de la Contratación; pero no sabemos si el nuestro estaba todavía en vida.

JUAN REYNAL, marinero, vecino de Huelva. (Hay indicaciones, aunque tenues, que pudiera ser de la Pinta, con cargo de alguacil.)

Fuentes y citas. Su pago adelantado en el Rol.

Arch. Alba, Ms.; impreso, Nuevos Autógrafos, pág. 9.

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Documentación. Dice el Rol:

Juan Reynal, vecino de Huelva, doze ducados, quatro mil e quinientos maravedis… iiiii U d.

 

Observaciones. La suma adelantada supera a la suma corriente en 500 maravedís; si se adelantaba por cuatro meses, equivaldría a un sueldo de 13.500 en vez de 12.000 maravedís por año. Juan Reynal va en el segundo viaje como alguacil de la Marigalante, y como tal muere el 5 de noviembre de 95. Este empleo en el segundo nos aclara, quizás, la particularidad de su pago en el primer viaje. Ya hemos dicho en la Introducción57 que el tener noticia de dos alguaciles, a bordo de la Santa María y de la Niña, respectivamente, nos hace esperar otro que sea de la Pinta, y la estancia de Reynal en el Rol a mediados de un grupo de tripulantes de la Pinta, considerada en relación con su pago algo superior al de los marineros llanos, concuerda con su cargo de alguacil de la capitana en el año siguiente, para hacer sospechar que tengamos en éste al alguacil que nos faltaba para la Pinta.

Los alguaciles de capitana han debido de tener jurisdicción en toda la flota (eso se dice claramente de Diego de Arana en el primer viaje), y sus sueldos eran mayores, siendo de 2.000 al mes: lo sabemos, en cuanto a Diego de Arana, en 1492, y de este mismo Reynal en 1493. En 1492 no sabemos lo que se pagaba al alguacil de la Niña58; pero parece por el asiento susodicho que Reynal llevaba 1.125 al mes, aunque cuando se paga en dineros que no son maravedís siempre queda alguna duda, porque la suma exacta debida no tendrá siempre su equivalencia en un número exacto de ducados o de medios ducados. En tales casos de pagos por ducados o por doblas no sabemos si las diferencias se arreglasen por unos pocos maravedís aparte, o si se dejasen en cuenta para la próxima vez.

Parece probable que Colón tuviese su dinero en varias   —755→   formas, y que no era por gusto, sino por necesidad, que a algunos les dé ducados y a otros doblas. Hemos visto tal caso en pequeño cuando Ochoa de Landa pagaba a Francisco de Huelva y a Gonzalo Franco59. Sería natural que el dinero menos corriente se diera a los hombres más instruídos y viajados; los del Rol que reciben ducados son dos pilotos, este Juan Reynal y un grumete por el cual recibe Reynal60; así que podemos considerar los dos últimos como un solo ejemplo de tales pagos; y el asociar a Reynal con los dos pilotos del Rol confirma otra vez nuestra impresión de que llevaba cargo especial.

JUAN RODRÍGUEZ BERMEJO, marinero; vecino de Molinos, en tierra de Sevilla. Fué quien vió primera la tierra, y por eso se ha identificado con RODRIGO DE TRIANA. Iba en la Pinta.

Fuentes y citas. (Para Juan Rodríguez Bermejo): Tres testigos de los Pleitos, uno de ellos testigo de vista. (Para Rodrigo de Triana): El Sumario del Diario de Colón y las Historias de Las Casas, Fernando Colón y Oviedo.

Arch. Indias, Pto. I I 5/12, Pieza 23, fols. 70, 37 vto. y 63 vto.; impresos en Pleitos, II, págs. 220, 148 y 210, y en varias historias modernas.

Sumario, Ms. en la Bibl. Nacional; impreso muchísimas veces. (Véase el día 11 de octubre.)

Las Casas, t. I, pág. 287.

Fernando Colón, Historia del Almirante, cap. XXV, o sea t. I, página 100 de español moderno.

Oviedo, lib. I, cap. V, es decir, t. I, pág. 24, de la edición completa de la academia.

Documentación. Los tres testigos para Juan Rodríguez Bermejo son: Francisco García Vallejos, Manuel de Valdovinos y Diego Fernández Colmenero. Todos contestan al mismo interrogatorio, hecho por el Fiscal en 1515, y en el que se les pregunta acerca del papel desempeñado por Colón y por Martín Alonso y del hallazgo de la tierra poco después de que se mudó el rumbo por consejo de Pinzón61.

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Francisco García Vallejos (Pza. 23, fol. 70, Pl. II, pág. 220)62. En esto aquel jueves en la noche aclaro la luna, e un marinero que se dezia Juan Rodrigues Bermejo, vezino de Molinos, de tierra de Sevilla, como la luna aclaro, del dicho navio de Martin Alonso Pinzon vido una cabeza blanca de arena, e alzo los ojos e vido la tierra; e luego arremetio con una lonbarda e dio un trueno: ¡Tierra, tierra! e se tovieron a los navios fasta que vino el dia, viernes, onze de Octubre63 el dicho Martin Alonso descubrio a Guanahani ya ysla primera e que desto tanto sabe e que lo sabe porque lo vido a vista de ojos.Manuel de Valdovinos (Pza. 23, fol. 37 v.; impreso, Pleitos II, página 148). Por lo que sabe de lo contenido es que oyo dezir al dicho Vicente Yañez Pinzon y a otros hombres vºs de Palos que yvan con el viaje que fue este testigo con el dicho Viceynte Yañez64… que al sol puesto dixo el dicho Colon a todos los que alli yvan que mirasen por tierra e que la verian e que toda la gente subidos por las gavias e por los castillos miraron hasta que el sol se cerro, e que ninguno honbre de todos los navios vido tierra sino el mismo Colon al poner del sol, e diz que les dixeron: La veys, no la veys? e que nunca ninguno de los que yvan con el la vido; e que al quarto de la prima rendida, el dicho Colon mando hazer guardias en las proas de los navios, e que yendo navegando al otro quarto vido la tierra vn Juan Bermejo de Sevilla, e que la primera tierra fué la ysla de Guanahani.Diego Fernandez Colmenero (Pza. 23, fol. 65 vto., Pl. II, pág. 210). Oye lo contenido en la dicha pregunta65 a los mismos que venían del dicho viaje, e que del navio del dicho Martin Alonso un marinero que se dezia Juan Bermejo, vido la tierra de Guanahani primero que otra persona, e que pidio albrycias al capitan Martin Alonso Pinçon; e que ansy desqubrio la tierra primero.

 

La documentación para Rodrigo de Triana es tan conocida que todo americanista tiene que saberla casi de memoria; debemos pedir perdón por repetirla otra vez; pero lo juzgamos necesario para que sean estas citas completas.

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Fernando Colón, Historia del Almirante, cap. XXI, o sea t. I, pág. 100:Las Casas, Historia, t. I, página 287:
Teniendo el almirante por cosa cierta estar vecino a tierra, ya de noche acabada la Salve, que segun costumbre cantan los marineros todas las tardes, hablo generalmente a todos, refiriendo… pues él tenia muy cierta esperanza de que aquella noche habia de descubrirse tierra, hiciese cada uno guardia por su parte porque ademas de la merced de 30 escudos de renta que sus altezas habían señalado al que primero viese tierra, le daría él un jubon de terciopelo.Despues de anochecido, el tiempo que dijeron la Salve, como es la costumbre de marineros, hizo una habla… por que el tenia gran confianza en nuestro señor que aquella noche habían de estar muy cerca de tierra o quizas verla, y que cada uno pusiese diligencia en velar por verla primero, porque allende la merced de los 10.000 mrs. que la reina había concedido al primero que la viese, él prometía de darle un jubon de seda.
Dicho esto estando despues el almirante en el castillo de popa, dos horas antes de media noche, vió una luz en tierra, pero dice que era de modo que no se atrevía afirmar que fuese en tierra, por lo cual llamo a Pedro Gutierrez, maestresala66 del rey, y le dijo que mirase si via la luz, y le respondió que sí; y luego llamaron a Rodrigo Sanchez de Segovia, para que mirase hacia donde se via pero no pudo verla por que no subió tan presto ni despues la vieron mas que una o dos veces… se dasaparecia y volvia de repente con tana prontitud que pocos creian por aquella señal estar cerca de tierra…Estando Cristobal Colon en el castillo de popa con los ojos más vivos hacia adelante que otro, como aquel que más cuidado dello tenia, porque más le incumbía que a todos, vido una lumbre, aunque tan cerrada o añublada que no quiso afirmar que fuese tierra pero llamó de secreto a Pero Gutierrez repostero de estrados del rey, y dijole que parecía lumbre, que mirase él lo que le parecia; el cual la vido y dijo que lo mismo le parecía ser lumbre; llamó tambien a Rodrigo Sanchez de Segovia que los reyes habían dado cargo de ser veedor de toda la arriada, pero este no lo pudo ver. Despues se vido una vez o dos, y diz que era como una candelilla que se alzaba y bajaba. Cristobal Colon no dudo ser verdadera lumbre y por consiguiente estar junto a la tierra, y ansi fué…
Dos horas despues de la media noche la Pinta que iba delante por ser muy velera hizo señal de tierra, la cual vio el primero Rodrigo de Triana, marinero, y estaba a dos leguas de distancia de ella.Velando pues muy bien Cristobal Colon sobre ver la tierra, y avisando a los que velaban la proa de la nao que no se descuidasen como la carabela Pinta donde iba Martin Alonso Pinzon
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pero no se le concedió la merced de los 30 escudos, sino al Almirante, que vió primero la luz en las tinieblas de la noche, denotando la luz espiritual que se introducia por él en aquellas tinieblas.fuese delante de todas por ser mas velera, vido la tierra que estaria dos leguas a las dos horas despues de media noche y luego hizo las señales que de haber visto tierra por la instruccion que llevaba debia hacer, que era tirar un tiro de lombarda y alzar las banderas. Vido la tierra primero un marinero que se llamaba Rodrigo de Triana, pero los 10.000 mrs. de juro, sentenciaron los reyes que los llevase Cristobal Colon, juzgando que pues el habia visto primero la lumbre fue visto ver primero la tierra. De donde podemos colegir un no chico argumento de la bondad y justicia de Dios.

 

 

Sumario (fecha 11 de Octubre). Y porque la caravela Pinta era mas velera e yva delante del Almirante, hallo tierra y hizo las señas quel Almirante avia mandado. Esta tierra vido primero un marinero que se dezia Rodrigo de Triana: puesto que el Almirante a las diez de la noche, estando en el castillo de popa, vido lumbre, aunque fue cosa tan cerrada que no quizo afirmar que fuese tierra, pero llamo a Pedro Gutiérrez, respostero destrados del rey, e dixole que parecia lumbre, que mirase el; y asi lo hizo y vidola; dixolo tambien a Rodrigo Sanchez de Segovia quel Rey y la Reyna enviaban en el armada por veedor, el cual no vido nada porque no estava en lugar do la pudiese ver. Despues que el almirante lo dixo, se vido una vez o dos, y era como una candelilla de cera que se alçaba y levantaba, lo cual a pocos pareciera ser indicio de tierra. Pero el Almirante tuvo por cierto estar junto a la tierra. Por lo cual cuando dijeron la salve, que acostumbran dezir e cantar a su manera todos los marineros y se hallan todos, rogo y amonestolos el Almirante que hiziesen buena guarda al castillo de proa, y mirasen bien por la tierra, y que al que le dixese primero que via tierra le haria luego un jubon de seda, sin las otras mercedes que los Reyes avian prometido, que eran diez mill maravedis de juro a quien primero la viese. A las dos oras despues de media noche parecio la tierra, de la cual estarian dos leguas.Oviedo, Historia, I, Cap. 5: t. I, pág. 24. Andando assi, un marinero de los que yban en la capitana, natural de Lepe, dixo: ¡Lumbre! ¡Tierra! E luego un criado de Colom, llamado Salcedo, replico diciendo Esso ya lo ha dicho el almirante mi señor; y encontinente Colom dixo: Rato ha que yo lo he dicho y he visto aquella lumbre que está en tierra. Y assi fue: que un jueves a las dos horas despues (sic) de media noche, llamo el almirante a un hidalgo dicho Escobelo, repostero de estrados del Rey Catholico, y le dixo que veia lumbre. Y otro dia de mañana, en esclaresciendo, y a la hora que el dia antes avia dicho   —759→   Colom, desde la nao capitana se vido la isla que los indios llaman Guanahani, de la parte de la tramontana o norte. Y el que vido primero la tierra quando ya fue de dia, se llamaba Rodrigo de Triana, a once dias de Octubre del año ya dicho de mill e quatrocientos y noventa y dos… Aquel marinero que dixo primero que veia lumbre en tierra, tornado despues en España, porque no se le dieron las albricias, despechado de aquesto, se paso en Africa y renego de la fé. Este hombre, segund yo oy decir a Vicente Yañez Pinçon y a Hernan Perez Matheos, que se hallaron en este primero descubrimiento, era de Lepe, como he dicho.

 

Observaciones. Hemos puesto en columna doble lo dicho por Fernando Colón y por Las Casas para que resalte el hecho de que, a pesar de las dos traducciones que ha padecido el texto de la Historia del Almirante, las palabras son casi idénticas67. Esto se puede explicar de dos maneras: por haber copiado Las Casas de la obra de Fernando Colón, o por haber copiado los dos directamente del Diario. Vimos cuando hablábamos de las fuentes históricas en general que la última hipótesis es la más verosímil68 y lo es tanto más en el caso presente porque en toda esta parte de su narración, Las Casas emplea mucho los papeles del Almirante, y los largos extractos a la letra del Diario empiezan con el salto en tierra. Tan idénticas son las palabras susodichas de los dos escritores, que creemos probable que si cambiásemos la tercera en primera persona, tendríamos aquí lo escrito por Colón; lo que Las Casas tantas veces llama «palabras formales del Almirante». Pero al hacer el Sumario Las Casas ha trocado la sucesión cronológica, contando primero el hallazgo a las dos de la mañana, hablando después de la luz ya vista a las diez de la noche, y narrándonos, por fin, las amonestaciones y esperanzas de Colón a la hora de la puesta del sol69. Parece como si hubiese empezado por sintetizar   —760→   mucho; pero que mientras copiaba se había vuelto más de una vez a anotar algunos detalles omitidos; parece también como si por las mismas frases que tenemos a la vista se hubiese dado cuenta de que un sumario no bastaba; porque en el momento de llegar a tierra dice: «Eso que se sigue son las palabras formales del almirante70

Así es que hemos puesto en tercer lugar el Sumario, aunque a primera vista parecería que debiera ser lo más importante de todo.

Volviéndonos a los Pleitos, y resumiendo lo que se dice del marinero de la Pinta71, vemos que todas las historias están   —761→   de acuerdo en llamarle Rodrigo de Triana, y que todos los testigos están de acuerdo en llamarle de otra manera. Mirado bien, parece que cada nombre proviene de dos fuentes, y es raro que una de estas fuentes, para uno como para otro nombre, parece haber sido lo dicho por Vicente Yáñez Pinzón. Es todavía una razón de más para ver que los dos nombres tienen que pertenecer a la misma persona.

En cuanto a los testigos que hablan de Juan Bermejo, o Juan Rodríguez Bermejo, García Vallejos es testigo de vista, y los otros dos refieren lo que oyeron cuando iban en el viaje de Vicente Yáñez en 1499-1500; Valdovinos cita directamente al mismo Vicente Yáñez, y aunque Diego Fernández Colmenero no le cita, era su sobrino político (casado con una hija de Martín Alonso, después de la muerte de éste), y es probable que él también tenga sus informes de aquel Pinzón.

Pero es como Rodrigo de Triana72 como el tripulante ha pasado a la historia y a la literatura, y para este nombre Ihemios visto que tenemos tres versiones fundadas en el Diario de Colón (que son: las del Sumario, Las Casas y Fernando Colón), y tenemos también la Historia de Oviedo. Bien sabemos que para el Sumario, como para la Historia más larga. Las Casas trabajó sobre una copia, y no sobe el original del Diario, el cual original quedó con toda probabilidad   —762→   en Barcelona, en manos de la Reina73. La copia devuelta por ella a Colón debe de ser la que empleó Fernando Colón y (después de él) Las Casas; hay suma probabilidad de que estos dos historiadores empleasen el mismo manuscrito, propiedad de la familia Colón. Esto explicaría el hecho de que hubiese la misma equivocación de letra en las tres autoridades citadas; y si hay tal equivocación en verdad, la achacamos, no a los historiadores, sino al copista de 1493. Pero esto no tiene nada que ver con Oviedo74. Que sepamos, Oviedo no manejaba los papeles de Colón; él tenía informes orales por haber hablado con personas, las cuales, aunque fuesen muy inexactas en general, no podrían estar influídas por una equivocación de pendolista, de que ni debían saber nada. Oviedo cita a Vicente Yáñez y a Hernán Pérez Mateos; es verdad que escribe muchos años después de la muerte de Vicente Yáñez; pero así y todo es muy curioso que éste sea citado para una variante y para otra.

Desde el tiempo de Navarrete (el primero que empleó modernamente los Pleitos) se ha identificado a Juan Rodríguez, de tierra de Sevilla, con Rodrigo de Triana, y ya en 1825 ofreció Navarrete la explicación de que Colón hubiera escrito Rodrigo por Rodríguez75. A nosotros no nos   —763→   parece fácil que el mismo Almirante se equivocara así, pero que otros que no conocían al tripulante hayan copiado una s final por una o final, tratándose de nombre propio quizás abreviado, esto es cosa tan fácil que a ninguna persona acostumbrada a las siglas de los Mss. le extrañaría el hallar Rodrigo puesto por Rodrigues, Pero por Peres, Nuño por Nuñes, etc.. El hecho de que Las Casas lo copió en el Sumario como Rodrigo, y no como Rodrigues (ni mucho menos Rodríguez) es un hecho indiscutible, y por eso la identificación estriba en lo positivo de ambas aserciones acerca de un acontecimiento de tanta singularidad y tanta importancia, imputado en ambos casos a un marinero de la Pinta.76

Todos sabemos que las albricias se dieron por los Reyes al mismo Almirante, y que hubo discusión sobre la justicia del hecho. Pero nadie habla de ninguna rivalidad entre dos marineros de la Pinta, y si Rodrigo de Triana y Juan Rodrigues Bermejo no fuesen un solo hombre, seguramente habría surgido tal rivalidad. Una vez admitido que el ver la luz la noche anterior equivalía a ver la tierra, sí que hubo disputa sobre la posibilidad de que un marinero anónimo de la capitana, el «marinero de Lepe» hubiese visto esta luz antes que Colón. Oviedo es el único que nos habla de este hombre, y aunque dice poco, parece que el Almirante tenía razón. Es tan claro que el marinero de Lepe era de la 77   —764→   capitana, que nos extraña mucho el hecho de que tantos escritores le han confundido con el marinero de la Pinta que vió la tierra cuatro horas después78. El mismo Navarrete parece confundirlos. Muchas obras vulgares hacen a Rodrigo de Triana natural de Lepe, y hasta le imputan la ida a Africa donde «renegó la fe», que nos cuenta Oviedo a propósito del marinero de Lepe79.

Llamamos otra vez la atención al hecho de que nuestro reo de muerte, Pero Izquierdo, es vecino de Lepe, y es el único de Lepe que se conozca hasta ahora en la flota. Si hubiese de verdad cuestión sobre la primacía, quizás el ser un condenado le haría perjuicio; pero por la manera como Oviedo nos lo cuenta no vemos que hubiera de verdad duda de que el Almirante fuese el primero que vió la luz. Oviedo es el único de los verdaderamente coetáneos que habla del marinero de Lepe.

Rodrigo de Triana es uno de los pocos tripulantes de 1492 que tienen monografía propia. Todo lo que se pueda   —765→   decir acerca de él y del «marinero de Lepe», con el cual se ha confundido, se hallará en el Boceto Histórico… Rodrigo de Triana, del señor don Manuel Serrano Ortega (Sevilla, 1892)80. Hay muchos Juan Rodríguez entre los marineros de Indias en los primeros años, pero no hemos vista alusión que facilitara el identificar a ninguno de ellos con el de la Pinta, de 1492, ni a éste con el Rodrigo Bermejo, maestre, empleado por la Contratación en años posteriores.

En cuanto a Molinos, no hemos podido identificar el lugar. Véase lo que dice Serrano, pág. 54.

JUAN ROMERO, marinero, probablemente de la Niña.

Fuentes y citas. Su pago adelantado en el Rol.

Arch. Alba, Ms.; impreso, Nuevos Autógrafos, pág. 8.

Documentación. Dice el Rol:

Juan Romero, marinero de Pero Gonsales Ferrando, quatro mil maravedis… iiii U.

 

Observaciones. La frase marinero de fulano ocurre tres o cuatro veces en el Rol81, y la interpretamos como aludiendo a individuos que se traspasan de un amo a otro. Pero sentimos que en ninguna ocasión hemos podido identificar claramente ni al amo ni al buque que dejan tales marineros; por eso ofrecemos todavía la interpretación con algo de recelo.

JUAN RUIZ DE LA PEÑA, marinero, vizcaíno; probablemente de la Niña.

Fuentes y citas. Su pago adelantado en el Rol.

Arch. Alba, Ms.; impreso, Nuevos Autógrafos, pág. 7.

Documentación. En la lista de marineros leemos:

Juan Ruis de la Pena, biscayno, quatro mil maravedis. recibiolos Viceynte Añes por el… iiij U.

—766→

Y en el margen está la nota ya citada para Juan Martínez de Açoque:

Fyolos Iñigo de la Orden vecino de Deua82 al dicho Juan Ruiz de la Peña83 e a Juan Martínez de Açoque.

 

Observaciones. Este es el único a quien el Rol califica de vizcaíno. Su compañero Juan Martínez de Açoque parece ser vasco guipuzcoano, y por sus procedencias los dos parecerían tripulantes probables de la Santa María si no fue se que por el hecho de recibir Vicente Yáñez sus dineros, resulta todavía mayor la probabilidad de que fueran en la Niña. Nos felicitamos del hecho, porque de este modo su presencia no contradice la hipótesis de que el Rol representa solamente los tripulantes de las dos carabelas de Palos, y de que los de la Santa María tenían sus pagos de otra manera y en otra ocasión, hipótesis que nos parece útil.

Hay mucho escrito recientemente sobre la parte tomada por los vascos en el descubrimiento84; y no cabe duda de que fuera una parte bastante importante. Sabemos definitivamente de siete vascos en la tripulación de 149285, sin contar a Juan de la Cosa, el de la vizcainía tan discutida. La conocida frase de Colón, diciendo que los marineros de este maestre de la Santa María eran «todos o los más de su tierra», nos asegura de otros muchos marineros del norte, entre los cuales debe de haber vizcaínos. Pero los cinco vizcaínos muertos en la Navidad son bastantes para justificar las palabras de Las Casas y de Fernando Colón, los cuales cuentan, entre los pocos detalles que se podían colegir acerca de la matanza, que «juntáronse ciertos vizcaínos contra los otros, y ansí se dividieron por la tierra»; «que se dividieron   —767→   en muchas cuadrillas y varias partes, y que habiéndose juntado algunos vizcaínos, llegaron a un lugar en donde todos fueron muertos»86.

JUAN VERDE DE TRIANA, marinero; probablemente de la Pinta.

Fuentes y citas. Su pago adelantado en el Rol.

Arch. Alba, Ms.; impreso, Nuevos Autógrafos, pág. 8.

Documentación. Entre los marineros del Rol, dice:

Juan Verde de Triana87, quatro mil maravedis; recibiolos Martin Alonso Pynçon por el… iiii U.

 

Observaciones. Imputamos el tripulante a la Pinta porque Martín Alonso recibe este dinero. No conocemos otra mención de Juan Verde de Triana, ni de Juan Verde88; pero de Juan de Triana se habla más de una vez. Hay un Juan de Triana puesto en lista por el señor Tenorio y copiado por Vignaud, el cual hemos trasladado a los dudosos, porque vemos que lo que se dice de él ni prueba ni desmiente su ida. Habla de él el testigo Cerezo89 cuando contesta en 1535 a una pregunta acerca de los preparativos en Palos y de los navíos facilitados por Martín Alonso. Dice que «…lo oyo decir a Bartolome Colin90 e a Andres Martin de la Gorda e a Juan Bermudez, el que halló la Bermuda, e a Juan de Triana v.º de Moguer e a otras personas». Por eso admite el señor   —768→   Tenorio a Juan Bermúdez y a Juan de Triana; pero, no obstante, excluye a Andrés Martín de la Gorda y da otra documentación para Colin; no encontramos clara la distinción. De los tres así admitidos, nosotros negamos rotundamente a dos (Colín y Bermúdez); no hacemos tanto para Juan de Triana, y hasta nos parece muy probable que fuera en el viaje y que sea el mismo que el Juan Verde de Triana del Rol (como dice también Vignaud91, aunque éste los presenta con dos documentaciones distintas); pero también nos parece que el testimonio de Cerezo no tiene nada que ver con el caso. No trata la pregunta de los que fueron ni de informes sobre acontecimientos después de la salada sino de los preparativos; y lo que sacamos en limpio es que estos cuatro citados debían de anclar por Palos en 1492, y que hablaban mucho de la importancia de Pinzón; recordemos que en el Rol Martín Alonso Pinzón recibe por Juan Verde de Triana.

No pretendemos una ironía al decir que quizás Juan Verde de Triana y Juan Bermejo de Triana o de Sevilla se apellidaron así para distinguirse; en un caso como en el otro podría usarse de vez en cuando el apellido más corto92.

En el segundo viaje fueron dos carabelas de Juan de Triana distinguidas por «la caravela nueva» y «la caravela vieja»; además en 1500 se pagó a un Juan de Triana por sus servicios en Indias, y por sus compañeros de cuentas parece probable que estos servicios hayan debido de empezar con el segundo viaje.

—769→

JUAN VEÇANO, marinero; probablemente de la Pinta.

Fuentes y citas. Su pago adeantado en el Rol.

Arch. Alba, Ms.; impreso, Nuevos Documentos, pág. 9.

Documentación. En la lista de marineros hay el asiento:

Recibio Martín Alonso por Juan Veçano quatro mil maravedis… iiij U.

 

Observaciones. En el Ms. hay una raya larga encima del apellido Veçano, y nos parece bastante probable que sea en señal de abreviatura por Veneciano. Le imputamos a la Pinta solamente porque Martín Alonso recibe por él; lo mismo hemos hecho con Antón Calabrés (el cual era además criado de Pinzón), y notamos que esos adjetivos «calabrés» y «veneciano» armonizarían muy bien con los conocidos viajes italianos de Martín Alonso Pinzón en la Pinta93.

JUAN DE XERES94, marinero, vecino de Moguer.

Fuentes y citas. Cinco testigos en los Pleitos, que son: Juan Rodríguez de Mafra, Juan de Escalante y Gonzalo de Sevilla, con Juan Viñas y Juan Roldán95. (La confirmación por su propio testimonio, siendo indirecta y capaz de varias interpretaciones, se hallará con las Observaciones.)

Arch. Indias, Ptº I I 5/12, Piezas 3, 4 y 5; impreso, Pleitos, II, págs. 77, 81, y I, 430 y 189; Colón y Pinzón, pág. 260.)

Documentación. Juan Rodríguez de Mafra y Juan de Escalante contestan en Cuba en 1515, Gonzalo de Sevilla contesta en Puerto Rico en 1514, y aunque los interrogatorios no son   —770→   idénticos, contestan todos a preguntas claras y directas sobre el primer viaje y las islas que entonces se hallaron. Dicen:

Juan Rodriguez de Mafra (Pieza 3; impreso (con errata), Pleitos, II, pág. 77). La sabe porque oyo dezir lo en ella contenido a un Juan de Xeres, marinero que hera en aquella sazon96; el qual avia venido a descubrir con el dicho don Christoval almirante; e que asy mismo lo oyo a otras muchas personas97 que avían venido en el dicho viaje, puede aver veynte e tres años e veynte e quatro98; que lo oyo estando en la ysla Española, porque este testigo vino luego el segundo viaje con el dicho almirante.Juan de Escalante (Pieza 3, impreso, Pl. II, pág. 81). A oydo dezir lo contenido a ciertas personas de las que vinieron con el dicho almirante a descubrir las yndias especialmente a uno que se dize Juan de Xeres, que vino con el dicho almirante; e que los demas no se acuerda de sus nombres; a diez e seis o diez e siete años.Gonzalo de Sevilla (Pza. 4, fol. 42 vto.; impreso, Pleitos, I, pág. 430). Lo oyo dezir lo contenido en la dicha pregunta a vn Francisco Niño e a Juan de Xeres, que dezían aver venido con el dicho almirante, y dixeron aver descubierto las yslas contenidas en la dicha pregunta.

 

Juan Viñas testifica en Santo Domingo en 1512 ó 151399, por otro interrogatorio, cuyas preguntas 9 y 10 se refieren al afán que tenían otros capitanes de buscar a los pilotos o los marineros que hubieran viajado con Colón; dice sobre esto:

Juan Viñas (Pza. I, fol. 44; impreso, Pl. I, pág. 188). Que vydo   —771→   venyr al dicho almyrante don Cristoval Colon la primera vez que descubrio estas partes, e que nunca antes oyo dezir que otra persona aca vinyese, e que entonces quando el dicho almyrante vyno se descubrieron estas yslas e se abrio camino por donde los otros vynieron a descubrir a estas yslas e tierra firme donde el avya descubierto… Vyo que Pero Alonso Nyño e Juan de Xeres e Juan de Moguer e Pero Arraez vynyeron con el dicho almyrante la primera vez que descubrio esta ysla Española e otras yslas, e que desto que dicho tiene este testigo vido quel dicho Pero Alonso Nyño e Juan Nyño e este testigo en su compañía fueron a Paria como dicho ha.

 

Y por fin tenemos a Juan Roldán, el cual no testifica hasta fines de 1535, cuando Juan Martín Pinzón trata de probar que su padre Martín Alonso obligó a Colón a seguir adelante. Sobre esto dice el testigo solamente que Martín Alonso no se dejó llevar por los deseos de los marineros.

JUAN Roldán (Pza. 5, fol. 125 vto.; impreso, Colón y Pinzón, página 260). Oyo… a un Juan de Xeres, vecino desta villa, que se hallo en el dicho descubrimiento… el dicho Juan de Xeres le digo muchas vezes a este testigo e a otras personas, que yendo el en la dicha armada y aviendo andado setecientas o ochocientas leguas, los más de los marineros dijeron a Cristobal Colon que no querian ir más adelante porque el agua iba hacia alla a donde ellos iban, y el viento tambien, y que no podian volver, y que Martin Alonso Pinzon les rogo que no se volviesen; y en efecto de que se querían volver el dicho Martin Alonso habia dicho: Yo no tengo de volver el viaje hasta hallar tierra, vuelva quien quisiere volverse; y que asi fueron e que desde un dia o dos habian hallado la tierra; y que el dicho Juan de Xeres habia dicho a este testigo y a otros que el habia sido el primero que habia saltado en la tierra, por ganar cierta promesa que el dicho Colon habia hecho al primero que saltase en tierra, y que oyo decir que era la isla llamada la Deseada, y que este testigo la a visto100.

 

Observaciones. Después de tanto testimonio ajeno, nos dirigimos con atención al testimonio dado por el mismo interesado, a quien el almirante Diego y también el Fiscal llamaron en el año de 1513, como a persona muy enterada de los hechos del Almirante. Desgraciadamente, no pidieron ningunos detalles sobre 1492; la lucha era acerca de lo que Colón había visto en Tierra Firme, y especialmente en Paria; y por ser solamente la Tierra Firme de lo que se trata, llaman «el primer   —772→   viaje» al viaje de 1498, al que nosotros tenemos costumbre de llamar el tercero (de Colón, siempre entendido)101. Pero no por designar así como primero el viaje de 1498 a Paria, dejan de hablar a veces del viaje primero de todos los viajes a Indias, y hay que mirar siempre al contexto, necesidad algo peligrosa. Realmente vemos que si no supiésemos la verdad por otro conducto (a veces por otro dicho del mismo Juan de Xeres) no habríamos interpretado algunas de sus palabras como en efecto las interpretamos.

Lo que dice Juan de Xeres es (en resumen) que no fué con Colón a Paria, pero que antes del viaje de Ojeda y Cosa en 1499-1500 había andado dos veces con el Almirante; por eso se deduce fácilmente que fué de los tripulantes de 1492 y de 1493. Pero sus palabras son algo desconcertantes, a causa de esta ambigüedad del «primer viaje». Los detalles resultan de la probanza del fiscal en noviembre de 1513; el Almirante ya le había presentado en marzo de «1512»102, para que respondiese a ciertas preguntas, no a todas; las que el Almirante quitaba eran las preguntas acerca de Veragua y de las otras tierras del cuarto viaje, como también   —373→   acerca de las mercedes hechas por los Reyes; dejando que le preguntasen sobre Paria y sobre el empleo por otros descubridores de personas que ya habían navegado con Colón. Por el mero hecho que el almirante Diego quitase las preguntas sobre el cuarto viaje; podríamos inferir que el testigo no había ido en él; pero además de eso tenemos de su propia boca lo que sabía acerca de los dos últimos viajes del Almirante, y vemos que le preguntaban sobre Paria porque allí había estado con otros, aunque no con Colón; no había estado en Veragua con nadie.

El Fiscal no le quita ninguna de las preguntas; las que nos interesan son las 2, 4 y 8.

Pregunta 2.ª (Pl. I, pág. 293). Si saben o vieron o oyeron dezir quel dicho Almirante don Cristobal Colon (no) descubrio en lo que agora llaman la tierra firme syno una vez, que toco solamente en la parte de la tierra que llaman Paria en la boca del Drago y no en otra parte… e no vio ni descubrio otra cosa de la tierra firme en aquel viaje?Contesta Juan de Xeres (pág. 294). Que al tiempo quel dicho almirante fue a descubrir, este testigo quedo en Castilla, e despues quel Almirante bolvio de descubrir este testigo vido la carta que de aquel viaje se hizo e que segund la muestra della quel Almirante descubrio el golfo de Paria e salio por la Boca del Drago… e que la carta que este testigo vido es la que los pilotos hizieron que fueron con el dicho Almirante en aquel dicho primero viaje.Pregunta 4.ª (pág. 294). Iten sy saben que en este tiempo Alonso de Hojeda e Juan de la Cosa, piloto, e los que fueron en su compañia, descubrieron en la costa de la tierra firme hazia el poniente, desde los Frayles e los Gigantes hasta la parte que agora se llama Cuquibacoa; y que antes desto el Almirante ny otras personas algunas no abian tocado en la dicha costa…?

Contesta Juan de Xeres (pág. 302). A la quarta pregunta dixo… que sabe que antes desto, el dicho almirante no avia allegado ally ny otra persona. Preguntado como lo sabe, dixo que por el fue dos vezes con el dicho almirante, ecebto en el primero viaje, y que nunca alli llegaron ny oyo dezir que hirviese llegado.

 

Hemos subrayado las palabras más interesantes. En cuanto al argumento, la exploración de Ojeda y Cosa de que se habla tuvo lugar en 1499;Colón había hecho tres viajes, y en el viaje de Paria no fué Juan de Xeres; así si nuestro tripulante «antes desto» había andado «dos vezes con el almirante», claro esta que las dos veces tienen que ser en los viajes de 1492 y 1493. Pero seguramente las palabras «ecebto   —774→   en el primero viaje» tomadas por sí y sin fijarnos en el hecho de que acaba de llamar al de 1498 «el primer viaje», nos habrían hecho quitar a Juan de Xeres de la presente tripulación103. Fijándose bien, no le debemos quitar.

La otra pregunta toca al cuarto viaje:

Pregunta 8.ª (pág. 295). Yten, sy saben que despues desto el dicho almirante fue a descubrir e descubrio una parte de la tierra que agora llaman Veragua, e que de alli se bolvio a la Española…?Contesta Juan de Xeres (pág. 304). A la octava pregunta dixo, que la sabe segund en ella se contiene, porque al tiempo que el almirante fue a descubrir la postrera vez, este testigo estava en Sevilla, e lo vido partir, e despues vido venir de descubrir al dicho almirante a esta ysla Española e de ay se fue a Castilla, e este testigo con él, e le oyo dezir…

 

Podría surgir momentáneamente la duda si esta vuelta con el Almirante en 1504 fuera una de las dos veces que «fué» con Colón104; pero habla de estas dos veces para probar que «antes desto» que es claramente antes de 1499, «el dicho almirante no havia allegado allí, ni otra persona». Verdad es que es estricta lógica, «antes desto» no califica la ida del testigo con Colón, y cuando dice «ny ayo dezir que huviese llegado», en estricta lógica podría ser cinco años después, volviendo   —775→   entonces a España con el Almirante, cuando no lo oyó; pero sería una interpretación muy forzada: No obstante, por si acaso pareciera posible eso a algún lector, hemos desistido de poner su propio testimonio entre las pruebas de su vida, y nos contentamos con decir que nos parece que concuerda con lo que otros dicen acerca de su persona, aunque es testimonio tan indirecto y tan pobre que nos dejaría, mal satisfechos si no supiésemos de su presencia en la tripulación por medio de otros testigos105.

Volvamos a los cinco testigos. Hemos puesto primero a Juan Rodríguez de Mafra por ser persona de importancia, bien enterado de las circunstancias de la salida de Palos106, además de ser compañero de Juan de Xeres en el segundo viaje. Juan de Escalante también puede ser llamado persona de importancia, si es el mismo Juan de Escalante procedente de Palos que fue compañero de Guerra, y llegó a capitular en su propio nombre en 1501107. Cuando testifica en 1515 es vecino de Cuba, y no nombra a otro informante que a nuestro Juan de Xeres para todo lo que dice de los viajes de 1492 y de 1493; por la fecha que señala, han debido de hablar sobre estos viajes cuando Escalante volvió del tercer viaje de Colón, y Juan de Xeres vio la carta de Paria hecha por el Almirante y sus pilotos en aquel viaje.

Gonzalo de Sevilla fué en el segundo viaje, y seguramente fué entonces cuando oyó de sus dos compañeros Juan de Xeres y Francisco Niño los detalles acerca del viaje primero.   —776→   Sobre Juan Viñas se nos ocurre que su propia ida en 1492 explicaría bien su familiaridad con los nombres de los tripulantes que fueron con otros capitanes después de ir con Colón, que no hay nada que sepamos en contra de tal ida propia, y que hay en el Rol un Juan Grumete de quien nada se sabe108. Sin esta hipótesis, debemos imputar sus conversaciones con Juan de Xeres a la fecha cuando volvían los marineros de Niño y Guerra, y el mismo Juan de Xeres nos dice que habló con ellos en Sevilla109. Viñas habla mucho de este viaje de Guerra, con el cual había ido; en uno de sus testimonios casi no se ocupa de otra cosa. Aparece como testigo dos veces en fechas no distintas. Habla en Cuba; una vez es «marinero que está en los arroyos de Coçia»110, lugar que no reconocemos; la otra vez es vecino de la Gran Canaria. Estos cuatro testigos citan a Juan de Xeres casualmente, sin que demuestren ningún interés   —777→   especial por él. El único detalle pintoresco y particular, el del salto en tierra, proviene de un testigo de veinte años más tarde, del Juan Roldán, quien habla en 1535. Tenemos pocas particularidades que sirvan para apreciar de antemano lo que valga su testimonio; sabemos solamente que aunque viajaba en Indias era siempre vecino de Moguer, llegando a ser regidor por 1552, y que en la probanza sobre los servicios de los Niño habla como persona que les conoció a todos. Claro está que confunde el primero con el segundo viaje; la isla Deseada es tan claramente de 1493 como Martín Alonso es de 1492; pero es imposible precisar cuáles sean los equivocados entre sus dichos inconsistentes111. Lo que nos parece a nosotros más probable es que todo el episodio sea sencillamente cosa del segundo viaje, y, además, que Juan de Xeres haya hablado de ver la tierra, y no de saltar en ella. No solamente parece mucho más natural que las albricias se den por ver y «cantar» tierra, es decir, por una primacía que no turbe nada a la disciplina, y no para que nadie salte en tierra fuera de su turno, sino que también vemos que en este caso sería verdaderamente la isla Deseada de la que se tratara, mientras que no fué en ella sino en la Marigalante donde saltaron en tierra y tomaron posesión.

Poco juicio tendría un crítico que se fiara ciegamente de un testigo que, además de hablar después de más de cuarenta años y de oídas, señale la calidad de su testimonio por llevar a Martín Alonso Pinzón a la isla Deseada; pero no obstante, los detalles ridículos impugnan a veces la memoria, y no la veracidad, y los rasgos grandes pueden destacarse en claro de entre nubes de detalles absurdos. En nuestra opinión particular, el testigo vale para establecer la ida de este tripulante en 1492 y para que le imputemos, en alguna fecha, una demanda a Colón por albricias; siendo así, tendrían que ser las albricias o del primero o del segundo viaje, y la   —778→   presencia de Juan de Xeres en la nao a la cual asigna Chanca la vista de tierra en 1493 nos inclina a esta segunda fecha. Las palabras de Chanca son:

A tres días de Noviembre, cerca del alba, dijo un piloto de la nao capitana: ¡Albricias! que tenemos tierra.

 

Ahora Juan de Xeres iba en la capitana (la Marigalante), y si hubiese sido piloto a la sazón no habríamos dudado sobre el incidente mal contado por Roldán cuarenta y dos años después. Pero como en 1493 no era todavía piloto, tendremos en eso que desmentir al doctor Chanca, cosa bastante más atrevida, a nuestro parecer, que desmentir a Juan Roldán.

Bastante complicadas son las albricias de 1492 sin que se introduzca otro pretendiente para ellas, y seguramente Juan de Xeres no puede ser el «marinero de Lepe» quien pasó a Africa y renegó de la fe; ni creemos nada probable que sea el marinero, por cierto también un Juan, «de Molinos, tierra de Sevilla». Pero si alguien quiere sostener que «Rodrigo de Triana» tenga aquí todavía otro alias, he aquí la evidencia, valga lo que valga.

En cuanto a pormenores sobre Juan de Xeres en otros años, gran parte de lo que sabemos se deduce de su propio testimonio, y algo ya se ha referido, cuando hablábamos de las oportunidades que habían tenido los otros cinco testigos de tratarle112. Vuelto del primer viaje, se alistó en el segundo como marinero de la nao Marigalante, desde la cual pasó a la Cardera, en donde figura el 12 de junio de 1494, cuando el famoso auto sobre la insularidad de Cuba. Quedó en las Indias hasta que volvió con Colón en 1496. Además de estos viajes con Colón, fué otras varias veces a las Indias antes de la muerte del Almirante, porque fué por piloto con Vicente Yáñez en 1499-1500, y fué también en la flota de Ovando en 1502, volviendo con Bastidas y Cosa para salir otra vez en 1503 con las carabelas de Juan Sánchez de la   —779→   Tesorería113. Se hallaba en la española cuando en 1504 Colón llegó desde Jamaica con los sobrevivientes de su cuarto viaje, y ya hemos visto que con él volvió a Castilla nuestro Juan de Xeres. Podemos señalar tres viajes después de la muerte del Almirante114; pero seguramente, hizo bastante más de tres, porque seguía ejerciendo su oficio de piloto de las Indias por muchos arios, y cuando testifica en 1513 se encuentra en Santo Domingo, pero es vecino de Moguer115. Tomó muy en serio su oficio de piloto, como se ve por las muchas veces que habla de cartas de marear116. Incidentalmente nos da testimonio de lo más interesante acerca de una carta hecha por Cosa en su viaje con Ojeda, carta   —780→   precursora del famoso mapamundi. Por el énfasis que pone sobre lo que ha visto en las cartas de marear, nos sorprende mucho que no supiera firmar117.

Por lo que dice sobre presenciar las salidas y vueltas de otras expediciones en alas cuales no iba, sacamos algo sobre sus propias estancias en Sevilla, Cádiz o Moguer. De sí mismo dice en síntesis que quedó en España cuando salió Colón para Paria -suena algo como si hubiese estado con él y le hubiese visto salir-; que sabía de la partida, y que vió la llegada de Ojeda y Cosa; que vió partir a Diego de Lepe un poco antes de la salida de Pinzón, con quien iba el testigo por piloto, y que (vuelto ya de este viaje con Pinzón) vió a Niño y Guerra en Sevilla con sus perlas. (Mientras tanto, había ido Alonso Vélez con Luis Guerra, unos cuatro o cinco meses después de Pinzón.) Vió el testigo a Bastidas con Corsa cuando partieron de Sevilla, y los vió naufragados en la Española (adonde él había pasado con Ovando)118, volviéndose con ellos a España (sería en octubre de 1502).

Cuando le interrogaban sobre viajes de otros descubridores contestó que había conocido a todos los nombrados, sin escoger ni hacer excepción ninguna, y resulta ser uno de los testigos que ayudan en el arreglo y cronología de los muchos viajes simultáneos o sucesivos de los años 1499-1504. Pero nos llama mucho la atención el hecho de que varios detalles de su testimonio contradicen a fechas conocidas, o por lo menos admitidas. Señalaremos algunos de estos detalles, dejando al lector que procure explicárselos119. No vemos que   —781→   hubiese motivo para mentir, y no apodemos dar más explicación   —782→   que la reflexión general de que muchas veces nuestras   —783→   dificultades estriban en el hecho de que somos hoy más escrupulosos al cotejar los testimonios que los de aquel entonces al deponerlos. A nuestro parecer, los marineros burdos e ignorantes hablaban entonces como tal gente habla hoy: despreciando las exactitudes (si llegasen a comprenderlas), contestando a preguntas anteriores cuando ya se trataba de otra cosa, casi sin darse cuenta de los detalles de lo que decían, con tal que no fuesen detalles que para ellos mismos tuvieran importancia; y todo eso sin intención de falsificar. Así es que confunden los varios viajes de un solo descubridor y los varios descubridores de una sola costa; y hubo muchos viajes de Ojeda, de Cosa, de Guerra y de Niño. Los letrados de aquel entonces podrían desenredar los dichos por los hechos conocidos; pero nosotros arreglamos los hechos por los dichos, tarea bastante más difícil120.

No nos hemos atrevido a señalar la carabela, pero pensamos en la capitana, a pesar de su procedencia, porque su presencia allí explicaría quizás su no inserción en el Rol121. No obstante, hay varios Juanes con pago en el Rol de los cuales no se sabe nada más y no debemos decir fijamente que no habrá seguido su carrera con otro sobrenombre122. Pero   —784→   no hay absolutamente ningún testimonio para sospechar una identidad con Juan de Xeres sino la ausencia del nombre de éste, y nos parece menos extremado suponer que se alistase después, o que estaba ya alistado en la Santa María. Cuando ésta se fletó es posible que toda la tripulación no se conformase con un viaje tan fuera de lo corriente, y que hubiese de llenarla con otros, naturales de la comarca. Así sabemos, por ejemplo, que el «marinero de Lepe» iba a bordo de la capitana, y ha podido haber otros alistados en fecha posterior al Rol.

También es posible, y tan posible, que ya tuviera Cosa entre sus tripulantes varios que no fueran del Norte; eran «todos o los más» de su tierra, en la frase muy conocida del Almirante123.

El libro de los Viajes anotado por Cristóbal Colón

El libro de los Viajes anotado por Cristóbal Colón

Marco Polo


Edición del año 1.485

Prólogo

En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo y verdadero amén. Comienza el prólogo al libro de micer Marco Polo de Venecia sobre las costumbres y cualidades de las regiones de Oriente, traducido del vulgar al latín por fray Francisco de Pepuris de Bolonia.

Yo, fray Francisco de Pepuris de Bolonia, de los frailes predicadores, me veo forzado por muchos padres y señores míos a trasladar de lengua vulgar al latín en verídica y fiel traducción el libro del prudente, honorable y muy fiel micer Marco Polo de Venecia sobre las costumbres y cualidades de las regiones de Oriente, publicado y escrito por él en nuestro vulgar, a fin de que tanto los que gustan más del latín que del romance como los que no pueden entender en absoluto o difícilmente la propiedad de otra lengua, por la total diferencia del idioma o por la diversidad de giros, lo lean ahora con mayor deleite o lo comprendan con más presteza. Además, los que me obligaron a tomar este trabajo no podían hacerlo del todo por sí mismos, ya que, entregados a más alta contemplación y prefiriendo lo sublime a lo ínfimo, rehusaban tanto entender como escribir de cosas terrenas. En consecuencia, por acatar sus mandados, vertí el contenido de esa obra fiel e íntegramente en un latín llano y paladino, pues ese estilo requería la materia del presente libro. Y para que no parezca tal labor huera e inútil, pensé que de la lectura de este volumen los hombres fieles podrían obtener de Dios el merecimiento de muchas gracias, ya que, al contemplar las obras del Señor, maravillosas por la variedad, hermosura y grandeza de sus criaturas, admirarán con devoción su poder y su sabiduría; o al ver a los pueblos gentiles envueltos en tan densas sombras de ceguera y en tan grandes indecencias darán gracias a Dios, que, alumbrando a sus fieles con el resplandor de la verdad, se dignó llamarlos de tan peligrosas tinieblas a su admirable luz; o condoliéndose de su ignorancia rogarán al Señor por la iluminación de sus corazones; o se confundirá la desidia de los cristianos no devotos, ya que los pueblos infieles están más dispuestos a venerar a sus ídolos que muchos de los que han sido sellados con el hierro de Cristo a honrar el verdadero culto de Dios; también podrán ser incitados los corazones de algunos religiosos al acrecentamiento de la fe cristiana, y llevarán con la ayuda propicia de Dios el nombre de nuestro Señor Jesucristo, entregado al olvido en tan grande multitud de pueblos, a las naciones ciegas de los infieles, donde la mies es mucha y pocos los obreros. Por otra parte, para que muchas cosas nunca oídas e insólitas Para nosotros, que se cuentan en este libro en multitud de pasajes, no parezcan increíbles a un lector poco avisado, han de saber cuantos lo leyeren que micer Marco, el que las relata, es un hombre discreto, fiel y devoto y adornado de honestas costumbres y que goza de buen crédito ante todos sus amigos, de modo que su relación, por el refrendo de tantas virtudes, es digna de fe. Su padre, micer Nicolás, varón de prudencia suma, refería igualmente punto por punto las mismas cosas; también su tío micer Mateo, del que hace mención este libro, hombre maduro, devoto y sabio, hallándose en trance de muerte aseguró con firmeza constante a su confesor, en una conversación íntima, que este libro contenía en todo la verdad. Por esta razón tomé el trabajo de traducirlo con la conciencia más tranquila, para consuelo de los que lo lean y loor de nuestro Señor Jesucristo, creador de todas las cosas visibles e invisibles.

Libro primero

Capítulo primero

En el tiempo en que el príncipe Balduino tenía el cetro del imperio de Constantinopla, en el año de la encarnación del Señor de mccl, dos nobles y prudentes hermanos, vecinos de la ínclita ciudad de Venecia, se embarcaron de común acuerdo y concierto en el puerto de Venecia en su propia nave, cargada de diversas riquezas y mercancías, y pusieron rumbo a Constantinopla al soplo de un viento favorable bajo la guía de Dios. El mayor de edad se llamaba Nicolás, el otro Mateo, y su estirpe se decía de la casa de Polo. Después de despachar sus asuntos pronta y felizmente en la ciudad de Constantinopla, zarparon de allí en busca de mayor ganancia y arribaron al puerto de una ciudad de Armenia que se llama Soldada, de donde, hecho acopio de joyas preciosas, se dirigieron por consejo que les fue dado a la corte de un rey de los tártaros, de nombre Barka, a quien ofrecieron todos los regalos que llevaban; y el les dispensó por su parte una benigna acogida, pues, en compensación, les dio ricos y más valiosos presentes. Cuando llevaban ya un año de estancia en su reino y querían tornar a Venecia, de pronto estalló una nueva y gran contienda entre el susodicho monarca y otro rey de los tártaros, llamado Man. Al trabar combate entre sí los ejércitos de uno y otro, resultó vencedor Man y la hueste del rey Barka sufrió un no pequeño descalabro. Por esta razón, tras ponderar los peligros, les quedó cortado el camino de volver a su patria por la vía anterior, y después de deliberar sobre la mejor manera de regresar a Constantinopla, les fue forzoso rodear el reino de Barka por la ruta opuesta. Así llegaron a la ciudad llamada Onchata, y saliendo de ella cruzaron el río Tigris, que es uno de los cuatro ríos del Paraíso, y atravesaron un desierto sin encontrar durante xvii jornadas ni ciudad ni aldea, hasta que llegaron a una ciudad muy buena que se llama Bochaya en la región de Persia, en la que gobernaba un rey por nombre Barach. Allí residieron tres años.


Capítulo segundo

De cómo fueron a la corte del gran rey de los tártaros

En aquel tiempo llegó a Bochara un varón de suma prudencia enviado por el susodicho monarca al gran rey de los tártaros, y al encontrar allí a unos hombres ya del todo versados en la lengua tártara, se alegró sobremanera, porque nunca había visto otros hombres latinos, a los que sin embargo ansiaba ver de todo corazón. Una vez que tuvo durante muchos días conversaciones y trato con ellos y comprobó sus agradables maneras, los invitó a que fuesen con él ante el gran rey de los tártaros, prometiéndoles que obtendrían muy grandes honores y muy pingües beneficios. Ellos, viendo que no podrían volver durante largo tiempo a su patria sin peligro, emprendieron con él el viaje encomendándose a la protección de Dios y llevando como compañeros a unos criados cristianos que habían traído consigo de Venecia. Al cabo de un año llegaron ante el gran rey de todos los tártaros, que se llamaba Cublay, que en su lengua se decía Gran Kan, que significa en la nuestra «gran rey de reyes». El motivo de tan gran tardanza en el viaje fue que les resultó preciso esperar en el camino, a causa de las nevadas y las crecidas de los ríos y de los torrentes, a que se deshelase la nieve que había caído en demasía y menguasen las aguas que se habían desbordado. Su camino durante aquel año fue siguiendo el viento aquilón, que los venecianos llaman en su lengua «tramontana». Todo lo que vieron en su curso será descrito por orden en este libro.


Capítulo tercero

De cómo hallaron gracia ante el susodicho rey

Cuando fueron introducidos en presencia del Gran Kan, el rey, que era afable en extremo, los acogió con alegría, y les preguntó muchas veces sobre las cualidades de las regiones de Occidente, sobre el Emperador de romanos, sobre los reyes y los príncipes cristianos, sobre cómo se guardaba la justicia en sus reinos y de qué manera hacían la guerra. Les inquirió también con insistencia sobre las costumbres de los latinos, y ante todo les interrogó con más ahínco todavía acerca del Papa de los cristianos y el culto de la fe cristiana. Aquéllos, a fuer de hombres prudentes, dieron sabia respuesta a cada cuestión, por lo que el soberano ordenaba que fueran llevados a menudo a su presencia, y hallaron gracia ante sus ojos.

Capítulo cuarto

De cómo el rey los envió al Romano Pontífice

Un día el Gran Kan, tras celebrar consejo con sus barones, rogó a los hombres susodichos que, por afecto hacia él, regresasen al Papa con uno de sus barones, que se llamaba Cogatal, para pedir de su parte al Sumo Pontífice de los cristianos que le enviase a cien letrados cristianos, que le supiesen enseñar con su doctrina de manera razonada y discreta si era verdad que la fe de los cristianos era la mejor de todas, que los dioses de los tártaros eran demonios, y que ellos y los demás orientales estaban engañados en el culto gentílico; pues deseaba escuchar de manera fundada qué fe se había de guardar con mayor motivo. Como se postraron humildemente ante él, diciendo que estaban prestos a cumplir su entera voluntad, el rey ordenó escribir una carta al Romano Pontífice en lengua de los tártaros, que les confió para que fuesen portadores de ella. También mandó que se les entregara una chapa de oro en testimonio de fe, que estaba grabada y sellada con el sello del rey, según la costumbre de su cancillería; el que la lleva debe ser acompañado con toda su comitiva sano y salvo de un lugar a otro por todos los gobernadores de las ciudades sometidas a su imperio, y se debe atender totalmente a sus gastos y necesidades todo el tiempo que quiera permanecer en una ciudad o en una villa. Además les encargó el rey que, a su vuelta, le trajesen aceite de la lámpara que pende ante el Sepulcro de Nuestro Señor Jesús en Jerusalén, pues creía que Cristo se encontraba en el número de los dioses buenos. Después de haber sido despachados con honores en la corte del rey y recibido su permiso, emprendieron el camino llevando la carta y la chapa de oro. Al fin de cabalgar durante xx jornadas, el barón Cogatal, que iba en su compañía, cayó gravemente enfermo, de forma que por la voluntad de él mismo y el consejo de muchos continuaron su ruta abandonándolo; pero en todas partes fueron recibidos con reverencia a causa de la chapa de oro que tenían. Les fue preciso retrasar el viaje por haber encontrado los ríos desbordados en muchos parajes, pues estuvieron tres años de camino antes de poder llegar al puerto de la ciudad de Armenia que se llama Glasa. Partiendo de Glasa llegaron por mar a Acon en el mes de abril del año de mcclxxii.

 

Capítulo quinto

De cómo esperaron en Venecia la elección del Sumo Pontífice

Cuando entraron en Acon se enteraron de que el señor Papa Clemente cuarto acababa de morir, noticia que los llenó de grandísima pesadumbre. Estaba entonces en la ciudad de Acon un legado de la sede apostólica, el señor Teobaldo, de los Visconti de Placencia, al que narraron todas las cosas por las que habían sido enviados por el Gran Kan. Su consejo fue que aguardasen la designación de Sumo Pontífice. Así marcharon a Venecia a ver a los suyos, para esperar allí a que se crease nuevo Papa. Cuando llegaron a Venecia, halló micer Nicolás que su mujer, que estaba embarazada a su partida, había muerto, y se encontró con un hijo llamado Marco, que tenía ya xv años de edad, que había nacido de su mujer después de su marcha de Venecia. Este Marco es el que compuso este libro; cómo supo todas estas cosas se aclarará más abajo. Mientras tanto, se prolongó tanto la elección del Sumo Pontífice que permanecieron en Venecia dos años esperando todos los días su proclamación.


Capítulo sexto

De cómo regresaron al rey de los tártaros

A cabo de dos años, temiendo los mensajeros del susodicho rey que el monarca se enojase por su excesiva tardanza y pensara que no querían volver más a su presencia, tornaron a Acon, llevado consigo al susodicho Marco. Al visitar el Sepulcro el Señor, recibieron con permiso del legado apostólico aceite de la lámpara del Sepulcro, como había pedido el rey. Y llevando una carta del legado para el soberano, en la cual testificaba que habían cumplido fielmente su misión y que todavía no se había proveído a la Iglesia Romana de pastor, fueron a Glaza. Nada más salir ellos de Acon, el legado susodicho recibió emisarios de los cardenales para anunciarle que había sido él el elegido como Sumo Pontífice, y se puso por nombre Gregorio; y despachando inmediatamente mensajeros en pos suyo los hizo llamar y a su vuelta los acogió con júbilo, y les entregó otra carta para el rey de los tártaros y desde Acon envió con ellos a dos frailes de la Orden de los predicadores, hombres letrados y virtuosos, uno de los cuales se llamaba fray Nicolás de Vincencia, el otro Guillermo de Trípoli. Cuando llegaron a Glaza, el Sultán de Babilonia atacó con su ejército a los armenios. Así, los frailes, terniendo no poder llegar al rey de los tártaros por los peligros de la guerra y los azares de los caminos, se quedaron en Armenia con el Maestre del Temple, ya que muchas veces estuvieron en trance de morir. Por su parte, los enviados del rey, exponiéndose a todos los peligros, llegaron tras múltiples penalidades ante el monarca, al que encontraron en la ciudad que se llama Cleuenfu. Desde el puerto de Glaza hasta Cleuenfu estuvieron de camino tres años y medio, pues bien poco podía prosperar su viaje en invierno a causa de las nieves y las aguas torrenciales y los fríos intensísimos. El rey Cublay, al oír de lejos su retorno, envió mensajeros a su encuentro a xi jornadas de distancia, que hicieron por mandato especial del Kan que se los proveyese durante el camino de todo lo necesario con largueza suma.


Capítulo séptimo

De cómo fueron recibidos por el rey

Cuando llegaron a la corte del rey, entraron a su presencia y se postraron ante él con gran acatamiento. El, acogiéndolos con alegría., les mandó ponerse en pie y narrar cómo les había ido en el viaje y qué habían tratado con el Sumo Pontífice. Al contarle y referirle todo y presentarle la carta del Papa Gregorio, el monarca recibió la misiva del Sumo Pontífice con júbilo y encomió su leal diligencia; tomó el aceite de la lámpara de nuestro Señor Jesucristo con devoción y mandó que se guardara con gran honra, y preguntó acerca de Marco quién era. Al oír que era hijo de micer Nicolás lo saludó con semblante complacido y contó a los tres entre sus privados, por lo que todos los cortesanos los trataban con gran deferencia.

Capítulo octavo

De cómo Marco, hijo de micer Nicolás, creció en gracia del rey

Marco aprendió en poco tiempo las costumbres de los tártaros y también cuatro varias y diferentes lenguas, de suerte que sabía leer y escribir en cualquiera de ellas. Después, queriendo poner a prueba su prudencia, el soberano lo envió por un asunto del reino a una región lejana, a la que se tardaba en llegar seis meses. El se comportó con tal cordura en todo, que el rey recibió con general complacencia cuanto había realizado. Y como el monarca gustaba de preguntar las novedades de maneras y costumbres de los hombres y las cualidades de las tierras, Marco, por donde pasaba, procuraba informarse de tales novedades, para poder satisfacer la voluntad del soberano. Por este motivo, durante los xvii años que fue privado suyo, fue tenido en tanto aprecio por el rey, que lo despachaba de continuo a importantes negocios del reino. Así, pues, ésta es la razón por la que el susodicho micer Marco aprendió las novedades de las partes de Oriente, que serán descritas con mayor detenimiento más abajo.

 

Capítulo noveno

De cómo después de muchos años obtuvieron del rey licencia para volver a su patria

Después los susodichos señores, deseando regresar a Venecia, pidieron muchas veces licencia al rey, que mal podía acceder a concederla por el gran afecto que les profesaba. Mientras tanto, llegaron a la corte del gran Kan Cublay los barones de un rey de la India llamado Argón, uno de los cuales se llamaba Oulatoy, otro Alpusta y el tercero Coila, pidiendo de parte de su señor que le entregara una mujer de su estirpe, ya que había muerto recientemente su esposa, la reina Volglana. El rey Cublay los recibió con grandes honores y les ofreció una doncella de su linaje de xvii años, llamada Cogatim. Ellos, tomándola en nombre de su señor con gran agradecimiento, y sabedores de que los miceres Nicolás, Mateo y Marco anhelaban volver a su patria, suplicaron por merced al soberano que, en honor del rey de Argón, los enviase a ellos tres con la reina y que, si querían regresar de allí a su casa, les concediese permiso al efecto. El rey, vencido por el insistente ruego de los nobles, no pudo negarse a sus deseos, pero dio un triste consentimiento a su petición.


Capítulo décimo

De cómo volvieron a Venecia

Cuando llegó la hora de emprender el viaje, el rey hizo aprestar xiv naves con todo lo necesario y mantenimientos para dos años. Cada una de ellas tenía cuatro mástiles con cuatro velas. Y con ellos se despidieron del rey, que recibió gran pesar de su partida y les entregó dos chapas de oro, para que se atendiera a su protección y a sus gastos en todas las provincias sometidas a su señorío. Les encomendó además una embajada para el Sumo Pontífice y algunos reyes de los cristianos. Después de navegar tres meses arribaron a la isla llamada Jana. A continuación, tras surcar el mar Indico durante un año y medio, llegaron a la corte del rey Argón, al que hallaron muerto. La doncella que llevaban para el rey Argón la tomó como esposa su hijo. Allí, haciendo balance de los compañeros que habían muerto en el camino, encontraron que, salvando a los tripulantes, había habido en su comitiva ochenta y dos bajas; en total eran sin contar los marineros seiscientos hombres. Al partir de allí adelante recibieron cuatro chapas de oro del príncipe, llamado Achatu, que regía el reino en nombre del niño, que todavía no estaba en condiciones de gobernar, para que en todo su imperio fueran honrados y acompañados sin sobresaltos. Así se hizo muy bien. Al cabo de largo tiempo y de muchas fatigas, llegaron bajo la guía de Dios a Constantinopla. De allí tornaron sanos y salvos a Venecia con muchas riquezas y un gran séquito en el año del Señor de mccxcv, dando gracias a Dios que los había librado de tantos trabajos y peligros. Se ha escrito todo esto en el libro primero para que el que lea esta obra sepa cómo y de qué manera pudo conocer micer Marco Polo de Venecia lo que se refiere después. Estuvo el susodicho Marco en las partes de Oriente xxvi años, calculado todo este tiempo con exactitud por él mismo.


Capítulo undécimo

Descripción de las regiones de Oriente, y primero de Armenia la Chica

Hecha la relación de nuestros viajes, pasaré a contar lo que vimos. Primero describiré brevemente Armenia la Chica. Hay dos Armenias, la Grande y la Chica. El reino de Armenia la Chica es tributario de los tártaros. Allí encontramos a un rey que guardaba justicia. Ese reino tiene muchas ciudades y villas. Es una región fértil y placentera. Hay caza abundante de animales y de aves. El aire es muy sano. Los habitantes de esta Armenia fueron en la Antigüedad guerreros arrojados; ahora se han convertido en borrachos y cobardes. Hay allí a la ribera del mar una ciudad que se llama Glaza, que tiene puerto de mar, a la que acuden numerosos mercaderes de Venecia, de Génova y de otras muchas regiones. También se llevan a ella desde el interior muchas mercancías de especias de diversas clases y otros preciosos tesoros. Asimismo van a Glaza los que quieren entrar en las tierras de Oriente.

 

 

Capítulo duodécimo

De la provincia de Turquía

Turquía alberga una multitud abigarrada de gentes varias: griegos, armenios y turcos. Los turcos tienen su propia lengua y adoran la ley del abominable Mahoma. Son hombres zafios y rudos; habitan en las montañas y colinas donde puedan encontrar mejor pasto. Poseen grandes rebaños de jumentos y de ovejas. Alcanzan allí gran precio los caballos y los mulos. Los armenios y griegos que pueblan la región residen en las ciudades y villas. Tejen de manera admirable la seda. Tienen muchas ciudades, entre las cuales las principales son Garno, Cassene y Sebasta. Allí recibió martirio por Cristo San Blas. Están sometidos a uno de los reyes de los tártaros.


Capítulo décimo tercero

De Armenia la Grande

Armenia la Grande, tributaria de los tártaros, es una inmensa comarca que tiene muchas ciudades y villas. La ciudad metropolitana se llama Acinga, donde se confecciona un bocarán excelente. Sale allí a borbotones agua hirviendo, con la que hacen muy excelentes baños. Las dos ciudades principales son Argiron y Argiri. Durante el verano moran allí muchos tártaros con sus rebaños y ganados, ya que hay pastos muy pingües; en el invierno bajan de la montaña, a causa de las grandes nevadas. En las sierras de esta Armenia está el arca de Noé. La región limita al oriente con la provincia de Mosul; al aquilón hay una gran fuente de la que fluye un líquido semejante al aceite, que no sirve para la comida, pero que es excelente para ungüentos y lámparas. Todos los pueblos comarcanos usan este líquido para unciones y candiles, pues de esta fuente mana en tan gran abundancia, que se cargan de él al tiempo cien naves.


Capítulo décimo cuarto

De la provincia de Zorzania

La provincia de Zorzania es tributaria del rey de los tártaros. Se cuenta que los monarcas de los zorzanos nacían antaño con la señal de un águila sobre el hombro. Los zorzanos son hombres hermosos y muy diestros flecheros; son cristianos y guardan el rito de los griegos. Llevan el pelo corto como los clérigos. Se refiere que Alejandro Magno, al pretender pasar a los zorzanos, ya que es preciso que los que quieren entrar por la parte de oriente franqueen un camino estrecho de cuatro leguas de longitud, que por un lado cierra el mar y por otro las montañas, de suerte que un puñado de hombres impide el paso de grandes ejércitos, Alejandro, digo, al no poder pasar a su tierra quiso prohibirles la entrada en la suya, y al comienzo del camino levantó una torre fortísima que llamó «Puerta de hierro». En esta provincia hay muchas ciudades y aldeas que abundan en seda, y se hacen allí muy bellos paños de seda y de oro. Los azores son excelentes. La tierra es fértil. Los hombres de la región son mercaderes y artesanos. Está allí el cenobio de monjes de San Leonardo de oriente, junto al cual se extiende un gran lago; en él, desde el primer día de Cuaresma hasta el Sábado Santo, se pescan peces en gran abundancia, mientras que en el restante tiempo del año es imposible de todo punto encontrar pescado. Aquel lago se llama mar de Geluchelam y tiene ccvi millas de circunferencia, y dista de todos los mares xii jornadas. En estos lagos entra el río Eufrates, uno de los cuatro ríos del Paraíso, y otros muchos ríos, de todos los cuales se forman lagos, que están cercados por doquier de montañas. En esta región se da la seda que se llama en romance «ghella».


Capítulo décimo quinto

Del reino de Mosul

El reino de Mosul se encuentra al oriente en la frontera de Armenia la Grande. En él habitan árabes que adoran a Mahoma; hay también allí muchos cristianos nestorianos y jacobitas, a los que preside el gran patriarca, que se denomina «iacolich». Se hacen paños muy galanos de oro y de seda. En las montañas de este reino moran unos hombres que se llaman Cardy, de los cuales unos son nestorianos, otros jacobitas y otros guardan la ley de Mahoma; todos ellos son redomados bandoleros.


Capítulo décimo sexto

De la ciudad de Baldach

En aquella región se encuentra la ciudad de Baldach que en las Escrituras se nombra Susis, donde habita el mayor prelado de los sarracenos, que dicen «califa». Se hacen allí paños muy bellos de oro de diversas maneras, e igualmente de seda, asimismo de diversas maneras, a saber, nassit, nac y carmesí. Baldach es la ciudad más noble de aquella región. En el año de la encarnación del Señor de mccl el gran rey de los tártaros Alau la sitió y la tomó por la fuerza, aunque en el interior había más de cien mil jinetes; pero el ejército del Kan era también numeroso a maravilla. El califa que señoreaba en ella tenía una torre repleta de oro, plata, piedras preciosas y otras maravillas de inmenso valor; pero como era un avaro y no supo aprestar un ejército suficiente ni dio galardones a los soldados que mandaba, por ello sufrió el desastre, ya que el rey Alau tomó la ciudad y prendió al califa, al que ordenó encerrar en la torre de aquel tesoro inestimable privado de bebida y alimento. Y le dijo: «De no haber guardado estas riquezas con avaricia y avidez, hubieses podido salvarte a ti mismo y librar la ciudad. ¡Que ahora te socorra ese tesoro tuyo que amaste con tanta codicia!». Al cuarto día murió de hambre. A través de la ciudad de Baldach corre un río enorme, por el que se va hasta el mar Indico, que dista de Baldach dieciocho jornadas; navegan por él mercaderes sin cuento; acaba en la ciudad de Chisi. En medio de Baldach y Chisi se halla la ciudad de Basera, que está rodeada de palmares, en los que hay grandísima abundancia de dátiles afamados.


Capítulo décimo séptimo

De la ciudad de Thaurisio

En aquella región está Taurisio, ciudad famosísima donde se hacen tratos innumerables. Hay también allí abundancia de gemas y de toda suerte de piedras preciosas. Se hacen paños de oro y de seda de valor sin ponderación. La ciudad goza de un emplazamiento inmejorable, por lo que acuden allí los mayores mercaderes de todas partes, a saber, de la India, de Baldach, de Mosul y de Cremosar, y también de tierras de los latinos y de regiones infinitas, y en ella se enriquecen muchos comerciantes. Un pueblo numerosísimo habita el país * * *. Hay también ciudadanos persas. Los vecinos de Taurisio adoran a Mahoma. La ciudad está cercada de huertos hermosísimos, que dan frutos abundantes y excelentes.


Capítulo décimo octavo

Del milagro de la traslación de un monte

En aquellas sierras, es decir, entre Taurisio y Baldach, hay un monte que fue trasladado antaño de un lugar a otro por el poder de Dios. Querían los sarracenos mostrar que el evangelio de Dios era vano, porque el Señor dice: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza y dijerais a este monte; ‘Vete allí’, irá y nada será imposible para vosotros»; por tanto, dijeron a los cristianos que habitaban bajo su dominio que trasladasen en el nombre de Cristo ese monte o se convirtiesen todos a Mahoma; si no, perecerían todos por la espada. Entonces un hombre devoto, confortando a los cristianos, profirió con fe una oración al señor Jesucristo y trasladó al lugar señalado el monte aquel, ante la vista de multitud de pueblos. Por esta causa muchos sarracenos se convirtieron a Cristo.


Capítulo décimo nono

De la región de los persas

Persia es una inmensa provincia que antaño fue famosísima, y ahora está muy asolada por los tártaros. En una región de Persia se adora como dios el fuego. La provincia tiene ocho reinos; el primero se llama Casium, el segundo Turdistam, el tercero Locer, el cuarto Ciesltam, el quinto Istauiths, el sexto Zeirizi, el séptimo Sontara y el octavo, que está en la frontera, se llama Thimochaim, donde se crían corceles grandes, hermosos y de gran precio, pues el precio de un caballo, asciende al valor de doscientas libras torneses. Los tratantes los llevan a las ciudades de Chisi y Curmose, que están en la costa del mar Indico, y de ellas los transportan a la India. Los asnos son allí igualmente hermosísimos, y por su bella estampa se venden al precio de treinta marcos de plata y más. Van al paso con prestancia y galopan muy bien. En estas regiones los hombres son grandísimos bellacos, amigos de peleas, bandoleros y homicidas. Muchos mercaderes han perecido a manos de los salteadores, por lo que es preciso que vayan armados y viajen juntos en grandes caravanas. Guardan la ley del miserable Mahoma. En las ciudades hay artesanos excelentes que trabajan de modo admirable en oro, en seda y en muchos tejidos. Hay en ellas abundancia de algodón, de trigo, de cebada, de mijo, de panizo, de grano, de vino y de todos los frutos.


Capítulo vigésimo

De la ciudad de Yassi

Yassi es una ciudad grande en aquella región, de gran trato de mercaderías. Allí trabajan de manera primorosa los artesanos en seda. También en ella se adora a Mahoma. Pasada Yassi, durante siete jornadas en el camino a Crerman no hay poblados. En las llanuras se encuentran bosques en los que se puede * * * cabalgar a placer, donde hay mucha caza; hay asnos salvajes y codornices en gran abundancia. Después se llega a Crerman.

 

Capítulo vigésimo primero

De la ciudad de Crerman

Crerman es una ciudad donde se encuentran en abundancia turquesas en los montes. Tienen también gran cantidad de acero y de andánico. Hay asimismo halcones muy reputados que vuelan raudos a maravilla; son menores que los halcones peregrinos. En Crerman hay artesanos que labran frenos, espuelas, sillas, espadas, arcos, carcajes y otros tipos y géneros de armas a la usanza de la región. Las mujeres de la ciudad trabajan también con gran primor en el tejido de cojines y hacen colchas bellísimas y almohadas de gran precio. Desde Crerman se va durante siete jornadas por una llanura, cuya tierra es pacífica. Hay allí ciudades y aldeas y se hallan perdices en suma abundancia. Después de las siete jornadas comienza una pendiente tan grande, que durante dos jornadas se marcha siempre cuesta abajo, en la que crecen numerosos árboles de mucho fruto; sin embargo, no hay ningún poblado salvo de pastores, y hace allí en invierno un frío intolerable.


Capítulo vigésimo segundo

De la ciudad de Camandu

Después se llega a una gran llanura donde se alza la ciudad de Camandu, que antaño fue muy floreciente y ahora está destruida por los tártaros. La región se llama Rotbarle. Hay allí dátiles, pistachos y manzanas del Paraíso en grandísima abundancia; crecen también muchos otros frutos que no se dan entre nosotros. Hay aves que se llaman francolíes de color mezclado, es decir, blanco y negro, aunque tienen las patas y el pico de color rojo. Hay bueyes muy grandes que tienen el pelo blanquísimo, corto y liso; sus cuernos, pequeños y gruesos, carecen de punta; sobre el lomo tienen córcova como los camellos; son fortísimos y soportan grandes pesos; a la hora de ser cargados se arrodillan como los camellos, y una vez que han recibido la carga se levantan, como les han enseñado los hombres. Hay allí carneros grandes como asnos que tienen una cola grandísima, larga, gruesa y de muchas libras de peso; son gordos y muy bellos y excelentes para comer. Pueblan esta llanura muchas ciudades y villas que tienen muros de adobe muy gruesos y fuertes, ya que en aquella región hay multitud de bandidos que se llaman caroanas y obedecen a un rey. Son hechiceros, y cuando quieren saquear una región hacen con arte diabólica que se entenebrezca el aire de día en una extensión tan gran de que nadie los pueda ver, y en algunas ocasiones mantienen esta oscuridad siete días; entonces salen al campo aquellos bandidos, a veces en número de diez mil, y se despliegan en largas haces, uno junto a otro, en prolongado espacio. Así rara vez acontece que pase alguien sin caer en sus manos. Hacen prisioneros a los hombres y las acémilas, venden a los jóvenes y matan a los viejos. Yo, Marco, al transitar una vez por allí, caí en una de aquellas tinieblas; pero como me encontraba cerca del castillo llamado Canosalim, me refugié en él, si bien muchos de mis acompañantes tropezaron con ellos, de los cuales unos fueron vendidos y otros degollados.


Capítulo vigésimo tercero

De la campiña y la ciudad famosa de Karmos

La llanura susodicha se extiende al mediodía; a las cinco jornadas se llega por fin a un camino en pendiente por el que se desciende sin cesar durante xv millas; la senda es pésima y muy peligrosa por los bandidos. Después se entra en una campiña bellísima de dos jornadas de longitud y se llama aquel lugar Formosa, donde hay ríos y muchas aguas y palmeras; abundan allí francolíes, papagayos y otras aves de diversas especies que no existen aquende el mar. Después se llega al mar Océano, en cuyo litoral está la ciudad de Carmosa, a cuyo puerto acuden los comerciantes de la India portadores de especias, perlas, piedras preciosas y paños de oro y seda, colmillos de elefante y otros tesoros. Esta ciudad es sede regia y tiene bajo su jurisdicción otras ciudades y aldeas. La región es caliente y malsana. Si muere en ella algún mercader extranjero, el rey de la tierra se incauta de todos sus bienes. Se hace allí un vino de dátiles y otras especias que es muy bueno; si alguien que no está hecho a él lo bebe, sufre flujo de vientre; después aprovecha y hace engordar a los hombres. Los habitantes del lugar no toman pan de trigo ni carne, ya que no podrían vivir si comieran semejantes alimentos; se nutren de pescado salado, dátiles y cebollas para mantener su salud; muchos se sustentan de atún. Tienen naves peligrosas, ya que no las fijan con clavos de hierro, sino que clavan las tablas con tarugos de madera y las amarran con hebras hechas de corteza de nueces de la India; en efecto, curten la corteza como cuero, y las hojas de corteza se solidifican a modo de crin de caballo. Aquellas hebras aguantan bien el embate de las olas del mar y duran largo tiempo; pero es mejor con mucho la clavazón de hierro. La nave sólo tiene un mástil, una vela, un único timón y sólo tiene una cubierta. No brean con pez los navíos, sino sólo con aceite de pescado. Una vez colocado el cargamento en la nave, la recubren de cueros sobre los que ponen los caballos que llevan a la India. Muchos de estos bajeles naufragan, porque el mar es allí muy tempestuoso y las naves no están clavadas con hierro. Los habitantes de aquella región son negros y adoran a Mahoma. En el tiempo del estío a causa del calor sofocante no residen en las ciudades, sino que tienen quintas y vergeles en los arrabales y llevan el agua por caños y acequias a sus respectivos jardines; en ellos moran durante el verano. De la parte de un desierto, donde no hay sino arena, sopla a menudo un viento muy recio, que mataría a los hombres si no huyeran; en efecto, cuando sienten su primera bocanada, corren todos al punto al agua, y metiéndose en ella permanecen a remojo hasta que cesa. A causa del gran calor siembran el grano en noviembre y lo siegan en marzo, mes en el que maduran también todos sus frutos * * *; después de marzo todas las hojas y las hierbas quedan tan mustias, que no se puede encontrar ni una hoja. En esta región, cuando fallece un hombre casado, la mujer llora la muerte del marido una vez al día todos los días durante cuatro años; también acuden al hogar del difunto los deudos y vecinos y hacen amargo duelo y en su llanto profieren muy duras quejas contra la muerte.


Capítulo vigésimo cuarto

De la región medianera entre la ciudad de Curmosa y la ciudad de Crermam

Ahora, a punto de hablar de otras regiones, volveré primero a Crermam para seguir desde allí a las regiones de las que quiero escribir; en otro lugar de este libro se describirá la India. Al volver desde Curmosa a la ciudad de Crermam por otro camino, se encuentra una hermosa y gran llanura, donde hay abundancia de víveres. Tienen trigo en cantidad, pero el pan de aquella región resulta incomestible a los que no están acostumbrados a él durante largo tiempo, ya que a causa de la acidez del agua es amargo. Hay allí perdices y dátiles y otros frutos en gran abundancia.. Hay baños calientes muy buenos, que valen para curar la sarna y otras muchas enfermedades.


Capítulo vigésimo quinto

De la región que media entre Crermam. y la ciudad de Cobina

Los que van de Crermam a Cobina topan con un camino pésimo que tiene vii jornadas de longitud, durante las cuales no se puede conseguir agua en absoluto sino en determinados sitios y en escasa cantidad; además es salobre, amarga y de color verduzco, así que antes parece jugo de hierbas que agua, por lo que nadie puede beber de ella. Quien toma un sorbo, de inmediato sufre flujo de vientre y casi por cada trago se ve obligado a hacer diez deposiciones; lo mismo le ocurre al que come una pizca de la sal que se obtiene de ella. Por esta razón es preciso que los viandantes lleven consigo agua potable; los jumentos beben muy contra su voluntad aquel agua amarguísima, y cuando por el apremio de la sed se ven forzados a hacerlo, sufren igualmente flujo de vientre. No se encuentra en el desierto ningún lugar poblado ni de hombres ni de animales, salvo de asnos salvajes, por la falta de agua y de alimento.

Capítulo vigésimo sexto

De la ciudad de Cobina

Cobina es una ciudad grande, donde hay abundancia de hierro. Se hacen en ella bellos y muy grandes espejos de acero. Se elabora allí la atutía con la que curan los ojos y el espodio. Se obtiene de la manera siguiente; cuando descubren una vena de tierra indicada para ello, la ponen en un horno cubierto de una parrilla de hierro: el vapor que sube de la tierra incandescente y se adhiere a la parrilla es la atutía, mientras que la materia más densa que queda en el fuego se llama espodio. Los habitantes observan la ley del abominable Mahoma.


Capítulo vigésimo séptimo

Del reino de Thimochaim y del árbol del sol, que se llama en romance «árbol seco»

A la salida de Cobina se encuentra un desierto que tiene ocho jornadas de longitud, donde la aridez es extrema, pues carece de árboles y de frutos; sus aguas son amargas, y las acémilas las beben muy reacias. Es preciso, en consecuencia, que los viandantes lleven consigo el agua. Después se llega al reino de Thimochaim, donde hay muchas ciudades y aldeas; la región se halla en los últimos confines de Persia al aquilón. Hay allí una gran llanura en la cual se encuentra el árbol del sol, que en romance llaman los latinos «árbol seco». Es un árbol grande y muy copudo, que tiene hojas blancas por un lado y verdes por otro; no produce frutos, pero da bayas como castañas, en cuyo interior no hay fruto ninguno; la madera de este árbol es fuerte y resistente, y de color amarillo como el boj. De un costado de este árbol en un compás de diez millas no crece otro árbol; de los otros lados del mismo no hay árbol en absoluto en cien millas a la redonda. Allí se cuenta que se libró la batalla entre Alejandro y Darío. Toda la tierra del reino de Thimochaim es habitable, fértil y abundosa; goza de un aire templado. Tiene hombres hermosos y mujeres hermosas; no obstante, todos adoran a Mahoma.

Capítulo vigésimo octavo

Del tirano que se llamaba el Viejo de las Montañas y sus asesinos

Mullete es una región en la que señoreaba un príncipe malvadísimo, que se llamaba el Viejo de las Montañas, del que yo, Marco, voy a contar lo que oí de boca de muchos en aquella región. Aquel príncipe con todo el pueblo a quien gobernaba era seguidor de Mahoma. Imaginó una perfidia inaudita: convertir a sus hombres en audaces sicarios y homicidas, que comúnmente son llamados «asesinos», para poder matar con su temeridad a quien quisiese y ser temido por todos. Hizo, en efecto, en un valle amenísimo, rodeado por doquier de altísimas montañas, un inmenso y hermosísimo vergel, donde había copia de todas las hierbas, flores y frutos deleitosos. Había allí palacios espléndidos, pintados y decorados con maravillosa variedad; allí corrían varios y diversos regatos de agua, vino, miel y leche; allí se guardaban mujeres jóvenes sobremanera bellas, diestras en danzar, tocar el laúd y cantar en todas las maneras de los músicos, que tenían vestidos distintos y preciosos y que estaban adornadas con maravillosa galanura, cuyo menester era criar en todos los halagos y placeres a los jóvenes que estaban en él; allí había multitud de vestiduras, lechos, viandas y todo lo deseable del mundo. No se hacía allí mención de cosa triste; no estaba permitido sino entregarse regaladamente al solaz y a la lujuria. A la entrada del vergel se alzaba un castillo fortísimo, que era custodiado con sumo cuidado, pues por otro camino no había ni entrada ni salida. El Viejo aquel -así se llamaba en nuestra lengua, pero su nombre era Eleodim- tenía en su palacio, fuera de aquel lugar, a muchos mancebos que veía dispuestos y arrojados, y los hacía adoctrinar en la ley abominable de Mahoma; pues el muy miserable de Mahoma promete a los seguidores de su ley que tendrán en la otra vida muchos goces semejantes a los dichos. Por tanto, cuando quería convertir en audacísimo asesino a alguno de aquellos jóvenes, hacía que se le diera un bebedizo; al tomarlo, caía al punto presa de pesado sopor; entonces era llevado al vergel, y al cabo de un breve intervalo, cuando despertaba y se veía inmerso en tantos placeres, pensaba que estaba disfrutando de los deleites del Paraíso, según la promesa del abominable Mahoma. Después de algunos días ordenaba sacar fuera a los que quería con un brebaje semejante. Ellos, al salir del sopor, se entristecían muy mucho, viéndose despojados de tanta consolación. El Viejo, que se proclamaba profeta de Dios, les aseguraba que, si morían por obedecerle, inmediatamente volverían allí, por lo cual estaban deseosos de dar su vida por acatarlo. Entonces les ordenaba que matasen a éste o a aquél y que no temiesen arrostrar la muerte, pues al punto serían transportados a la gloria. Los jóvenes, exponiéndose a todos los peligros, se alborozaban si por obedecerle merecían la muerte, y así trataban de cumplir lo que mandaba tocante a matar a los hombres * * *. Con esta maña y engaño se burló durante largo tiempo de aquella región. Por esta razón los poderosos y los grandes, temiendo afrontar la muerte, se convirtieron en sus tributarios y vasallos.


Capítulo vigésimo noveno

De su muerte y la destrucción de aquel lugar

En el año del Señor de mcclxii Alau, rey de los tártaros, asedió aquel lugar, queriendo extirpar de sus tierras semejante peligro. Al cabo de tres años capturó al Viejo, Aloadin * *, con todos sus asesinos, y el lugar aquel fue desmantelado por completo.


Capítulo trigésimo

De la ciudad de Sepurga y sus tierras

Al partir de aquel lugar se entra en una región hermosa, que tiene oteros y llanuras y pastos excelentes y muchos frutos y que produce todo tipo de alimento, salvo que en algunos lugares no se encuentra agua durante l o lx millas, por lo que conviene que la lleven consigo los viandantes; los caballos y las demás acémilas sufren mucho por la escasez de agua, de suerte que es necesario cruzar a toda prisa por aquel yermo o llevar agua para los animales. La longitud de aquella región es de seis jornadas. Además de los lugares desprovistos de agua la comarca tiene muchas ciudades y villas; todos adoran a Mahoma. Después se llega a la ciudad de Sepurga, donde hay abundancia de toda suerte de vituallas y cantidad de pepinos llamados en romance «melones», que cortan al través en tiras o correas o corno se hace con las calabazas; cuando se han secado, los llevan a vender a las tierras aledañas en gran número; son muy apreciados entre el pueblo como comida, ya que tienen un dulzor como de miel. En aquella región hay mucha caza de animales y de aves.


Capítulo trigésimo primero

De la ciudad de Baldach

Al partir de allí se encuentra la ciudad de Baldach, que antaño fue famosa y enorme, y tenía muchos palacios de mármol; ahora está arrasada por los tártaros. Relatan que en esta ciudad Alejandro tomó por esposa a la hija del rey Darío. En ella se adora al abominable Mahoma. Aquí acaba por el aquilón la provincia de Persia; después se camina entre el aquilón y el oriente durante dos jornadas y no se encuentra ningún poblado, ya que los habitantes del lugar huyeron a las montañas por los ladrones y bandidos. Hay allí mucha agua y abundantísima caza de animales. Hay también caza de leones. Es preciso que los viandantes lleven consigo vituallas durante dos jornadas.


Capítulo trigésimo segundo

Del castillo de Tartam

Al término de las dos jornadas susodichas se encuentra el castillo de Tartam, donde hay gran cantidad de grano. La región aquella es muy hermosa. Al mediodía tiene montes de sal buenísima, muy altos y grandes que, según se dice, abastecerían de sal con holgura a todo el mundo; su dureza es tan grande que no se puede coger ni un grano si no es con martillos de hierro. Después se anda a lo largo de tres jornadas entre el aquilón y el oriente y se llega a la ciudad de Scassem; por el camino se encuentran no obstante muchas villas, donde hay gran cantidad de vino, grano y trigo. Los habitantes adoran a Mahoma, pero beben sin embargo vino y son grandísimos borrachos, pues se entregan a la bebida durante el día entero; tienen un vino cocido excelente. Los hombres son muy felones, aunque buenísimos cazadores y apresan muchas alimañas salvajes. En la cabeza no se tocan con más que con una cinta de diez palmos de longitud, que lían enderredor de la frente. Curten las pieles de los animales que capturan y con su cuero se visten y se calzan; y no tienen otros trajes ni botas.


Capítulo trigésimo tercero

De la ciudad de Scassem

La ciudad de Scassem está en el llano y tiene muchos castillos en las montañas; un gran río pasa por medio de ella. En aquella región hay muchos puercoespines. Cuando los cazadores los acosan con perros, los puercoespines, juntados en uno, se menean con gran saña y arrojan las púas que tienen en el dorso y sus costados contra los perros y los hombres, y a menudo hieren a muchos. Esta gente tiene su propia lengua. Los pastores de la comarca residen en las montañas, donde hacen sus moradas en cavernas. Después se avanza durante otras tres jornadas hasta la provincia de Balascia; en ese viaje de tres días no hay poblado alguno, ni se puede obtener en el camino comida o agua. Por eso los viandantes llevan consigo agua y comida.


Capítulo trigésimo cuarto

De la provincia de Balascia

Balascia es una provincia que tiene lengua propia. Tiene reyes de una dinastía que se suceden por derecho hereditario. Se cuenta que todos descienden de la estirpe de Alejandro. Allí se adora a Mahoma. En los montes de esta región se encuentran piedras preciosas finas y de gran belleza, que se llaman balajes por el nombre de la tierra. Si alguien excava o saca fuera del reino alguna piedra de éstas sin licencia del rey, en cualquier caso perdería la vida y se confiscarían sus bienes, pues todas las piedras pertenecen al soberano, que envía las que quiere a los reyes y príncipes como presente o en pago de un tributo, y trueca también muchas por oro y plata. Hay tan gran abundancia de estas piedras que, si el monarca permitiera que se excavasen o exportasen libremente, bajaría de tal modo su valor que sería nula o muy escasa la ganancia. En otro monte de esta provincia se encuentra lapislázuli, del que se hace el mejor azul que existe en el mundo. Se halla en minas, como el hierro * *. Hay allí muchos caballos excelentes, veloces y grandes y provistos de cascos tan fuertes, duros y resistentes que no es preciso herrarlos, pues andan y trotan por montes y roquedas y no se dañan sus pezuñas. Hay también herodii o halcones excelentes, que entre nosotros se llaman sacres, y también laneros. Hay caza maravillosa de animales y de aves. La provincia de Balascia produce también trigo muy bueno en grandísima cantidad. Abunda en cebada y asimismo en mijo y panizo. Carece de aceite, pero se hace aceite de nueces y de ajonjolí * **. A los hombres de otros reinos y de los comarcanos no les abrigan ningún miedo, ya que las entradas a la provincia por la sierra son angostas y fragosas, de modo que no las pueden forzar ni atravesar los enemigos, y sus ciudades y sus castillos en las montañas son fortísimos. Son flecheros y extremados cazadores. Se visten de cuero, pues no pueden tener vestidos de lana y de lino, que son muy caros. Las mujeres nobles de aquella región se ponen zaragüelles de lino o de algodón; cada una trae en sus muslos cintas de paño de cien, ochenta o cuarenta brazas, y es reputada la más galana de todas la que de cintura para abajo muestra mayor grosor.

 

 

Capítulo trigésimo quinto

De la provincia de Bascia

Bascia es una provincia que dista diez jornadas de la provincia de Balascia. Es una región muy caliente, y la pueblan hombres negros, astutos y malvados; tienen su propia lengua y llevan en las orejas zarcillos de oro y de plata con perlas y piedras preciosas. Se alimentan de carne y de arroz. Son idólatras y se entregan a los encantamientos de los demonios.


Capítulo trigésimo sexto

De la provincia de Chesimur

Chesimur es una provincia que dista de Bascia siete jornadas. Los habitantes tienen su propia lengua y son idólatras. Consultan a los ídolos y reciben respuesta de ellos por treta del diablo. Hacen por arte del demonio que se oscurezca el aire. Son morenos, es decir, no del todo negros, pues la región es templada. Se alimentan de carne y arroz; sin embargo, son muy flacos. Hay allí numerosas ciudades y muchas y grandes villas. Tienen un rey que no es tributario de ninguno. No sienten miedo a nadie, ya que al estar rodeados en todo su entorno de desiertos llevan las de ganar, y el acceso a su tierra es difícil por todas partes. En esta provincia hay unos hombres que sirven a los ídolos en monasterios y celdas y hacen gran ayuno de comida y de bebida en honor de sus dioses. Se cuidan muy mucho de no ofender a los dioses a los que adoran transgrediendo sus leyes sacrílegas. El pueblo de la región muestra gran reverencia a semejantes ermitaños.


Capítulo trigésimo séptimo

De la provincia de Nocham y de sus montañas altísimas

De querer avanzar en línea recta, sería menester proseguir a la India; pero como de ella se hablará en el libro tercero, haremos, pues, diferente itinerario, partiendo de nuevo desde otro confín de la provincia de Balascia. A la salida de la provincia de Balascia se va entre oriente y aquilón durante dos jornadas a la vera de un río, donde gobierna el hermano del rey de Balascia; allí se encuentran muchas aldeas y villas, y los lugareños son buenos y esforzados con las armas; adoran a Mahoma. Al cabo de las dos jornadas se halla la provincia de Nocham, que tiene su propia lengua y está sometida al rey de Balascia * * *. También guarda la ley malvadísima de Mahoma. Los hombres del lugar son valientes guerreros. Hay allí mucha caza, porque la región tiene animales salvajes sin cuento. Finalmente, a la salida de la comarca susodicha se camina durante tres jornadas al oriente, subiendo siempre por los montes, hasta que se llega a una montaña inmensa, que se dice que es la más alta del mundo; se abre entre dos sierras una amena llanura, por la que discurre un río muy hermoso, y que tiene pastos excelentes en grado sumo. Si se pone allí a pastar un caballo o un buey escuálido u otra res cualquiera, en x días engorda. Hay en ella muchos animales salvajes. Se encuentran también bueyes salvajes, que tienen cuernos muy grandes de cuatro o seis palmos, con los que se hacen escudillas y otros vasos; los pastores, incluso, cierran sus chozas con cuernos. Se extiende esa llanura a lo largo de xii jornadas y se llama Pamer, pero conforme avanza el camino está desierta y no hay allí poblado ni se encuentra hierba alguna, de suerte que conviene que los viandantes que van de paso lleven consigo las vituallas. Tampoco se topa con animal alguno por el gran frío y la mucha altura, ya que no podrían hallar alimento. Aunque allí se prende fuego, a causa de la grandísima frialdad de la tierra no brilla como luce en los demás lugares ni tiene tanta fuerza que valga para cocer. Después es preciso que los viajeros avancen entre oriente y aquilón diez jornadas a través de los montes, oteros y valles; allí corren muchos ríos. La región se llama Bellor. En aquel camino de xl jornadas no hay poblado ni crece hierba alguna, por lo que conviene que los viandantes lleven consigo las vituallas; pero en las montañas altísimas hay muchos poblados de hombres idólatras crueles y muy pérfidos, que viven de la caza y se visten de cuero.


Capítulo trigésimo octavo

De la provincia de Cascar

Después se llega a la provincia de Cascar, que es tributaria del Gran Kan, donde hay muchas viñas muy hermosas y numerosos jardines y huertos de frutales. Abundan en algodón. Los hombres de aquella comarca tienen su propia lengua. Son comerciantes y artesanos. Emprenden muchos viajes por sus negocios; son tacaños, y por su gran avaricia llevan vida mezquina. Observan la ley del miserable Mahoma. Con todo, viven allí algunos cristianos nestorianos, que tienen sus propias iglesias. Toda la región se extiende durante cinco jornadas.

 

 

 

Capítulo trigésimo noveno

De la ciudad de Samarcham y del milagro de la columna acaecido en la iglesia de San Juan Bautista

Samarcham es ciudad famosa y grande en aquella región, que es tributaria de un sobrino del Gran Kan. Habitan en ella juntamente los cristianos y los que adoran a Mahoma, que se denominan sarracenos. En esta ciudad ha acontecido en nuestro tiempo por el poder de Cristo un milagro. Un hermano del Gran Kan, llamado Cogatay, que gobernaba en ella, convertido y adoctrinado por los cristianos recibió el bautismo. Entonces los cristianos, contando con el favor del príncipe, edificaron una gran basílica en la ciudad de Samarcham en honor de San Juan Bautista, que fue construida y fabricada por los arquitectos con el artificio de que toda la bóveda de la basílica se erguía y se sustentaba sobre una columna de mármol, que se hallaba en el centro. Cuando se hacía la obra, quitaron una piedra a los sarracenos, con la que calzaron la base de la columna susodicha. Los sarracenos, que detestaban a los cristianos, se dolieron del hurto de la piedra, pero por temor al príncipe Cogatay no se atrevieron a contradecirle. Acaeció que murió el príncipe, a quien sucedió su hijo en el trono, pero no en la fe. Los sarracenos consiguieron de él que los cristianos se viesen obligados a devolverles su piedra. Al ofrecerles los cristianos a los sarracenos una gran suma de dinero por ella, éstos se negaron, con el propósito de que, al quitar la piedra, se derrumbase la iglesia privada de columna. Como los cristianos no encontraron ningún remedio al apuro, comenzaron a invocar a San Juan Bautista con súplicas llorosas. Así, pues, al llegar el día en que se había de retirar la piedra de debajo de la columna, esperaban los sarracenos que por la inmediata ruina de todo el techo se desplomase la basílica; pero por la voluntad divina se separó la columna de su base hasta sustentarse en el aire por espacio de tres palmos; y así perdura hasta hoy sin apoyo de ningún sostén humano.


Capítulo cuadragésimo

De la provincia de Carthan

Avanzando desde allí encontramos la provincia de Carthan, que tiene de largo cinco jornadas de camino, y que adora también la ley de Mahoma. Está sometida al dominio de un sobrino del Gran Kan, y tiene muchas ciudades y villas. La ciudad principal se llama Cotim. La región se extiende a lo largo de ocho jornadas; hay algodón y vituallas en abundancia, y muchas y muy buenas villas. Los hombres son allí apocados y cobardes, pero son artesanos y comerciantes, y observan la muy indecorosa ley de Mahoma.


Capítulo cuadragésimo primero.

De la provincia de Coram

La provincia de Coram se encuentra después de Carthan entre el oriente y el aquilón. Está sometida al dominio del Gran Kan y tiene multitud de ciudades y villas. La ciudad principal es Coram. Se extiende la provincia a lo largo de ocho jornadas; tiene abundancia de algodón y de toda suerte de vituallas. Hay allí muchas y muy buenas viñas. Los hombres no son guerreros, pero son artesanos y comerciantes y guardan la ley indecente de Mahoma.


Capítulo cuadragésimo segundo

De la provincia de Pein

Avanzando por la misma región sale al paso la provincia de Pein, que tiene cinco jornadas de longitud; está igualmente sometida al Gran Kan y adora a Mahoma. Tiene muchas ciudades y aldeas. La ciudad más famosa se llama Pein, a la que baña un río en el cual se encuentran piedras preciosas, a saber, jaspes y calcedonias. Los hombres de esta tierra son comerciantes y artesanos. Abundan en algodón y en alimentos. Existe en esta provincia la costumbre de que, si algún hombre casado se marcha por algún motivo a otra parte y se ausenta más de xx días, le está permitido a la mujer después de su partida abandonar a su marido y casarse con otro; y también el varón que se fue puede contraer nuevo matrimonio, conforme a los malos usos de aquella tierra.


Capítulo cuadragésimo tercero

De la provincia de Carchia

Despúes se llega a la provincia de Carchia, que está bajo el dominio del Gran Kan, donde hay muchas ciudades y aldeas. Su ciudad principal se llama Carchia. Hay allí ríos en los cuales se cogen en abundancia piedras preciosas, a saber, jaspes y calcedonias de gran valor, que transportan los mercaderes a la provincia de Cathay. Esta región de Carchia es toda ella arenosa y tiene muchas aguas amargas, aunque en algunas partes el agua sea buena. Igualmente entre Cathay y Pein toda la tierra es arenosa y estéril. Cuando algún ejército atraviesa aquella provincia de Carchia, los hombres de la tierra con sus mujeres e hijos y todo el ganado se trasladan durante dos o tres días a otra región donde encuentren pastos y agua, y allí moran hasta que haya pasado la tropa; y el viento borra de tal modo las huellas que han dejado en la arena, que el ejército a su llegada no puede seguir su rastro. A la partida de la hueste tornan a sus hogares. Si pasan ejércitos de los tártaros a los que están sometidos, no huyen los hombres, pero trasladan todos los animales a otro lugar, porque los soldados tártaros no quieren pagar dinero por los alimentos que reciben de los habitantes por donde pasan. A la salida de la provincia de Carchia se anda durante tres jornadas por arena, y el agua es pésima y amarga; sin embargo, en algunos parajes dentro de aquel término se encuentra de la buena. Así se llega a la ciudad llamada Lop. Todas las provincias de Cascar, Cartham, Coram, Pein, Carchia hasta la ciudad de Lop están comprendidas en las tierras del Gran Turco.


Capítulo cuadragésimo cuarto

Sobre la ciudad de Lop y el gran desierto

Lop es una gran ciudad a la entrada del gran desierto que está entre el oriente y el aquilón. Todos sus vecinos observan la ley del miserable Mahoma. En ella se prepara cuanto han menester los comerciantes que desean atravesar el desierto; allí descansan muchos días los mercaderes antes de ponerse en marcha; allí cargan asnos resistentes y camellos de vituallas y de mercancías. Así emprenden el camino a través del yermo. Cuando han vaciado a los asnos y camellos de su carga de comida, los matan y los dejan en el desierto, ya que no los pueden proveer de víveres hasta el término del viaje, y se llevan consigo los cueros, si quieren; con todo, conservan preferentemente los camellos, ya que son de poco comer y transportan gran peso. En el desierto se encuentra agua amarga; en tres lugares y en unas xxviii millas se halla agua dulce; no obstante, entre uno y otro pozo media por lo general un día de distancia y el agua no basta para todos: unas veces da para cinco hombres, otras para cincuenta, en ocasiones para cien. En xxx días se llega al término del desierto, atravesándolo a lo ancho. En cuanto a su longitud, refieren los de la región que apenas se puede llegar en un año desde su comienzo hasta su fin. Es aquel desierto montuoso por lo general, y su llanura arenosa; todo él está completamente pelado y no hay animales en absoluto por la falta de alimento. Se ven y se oyen allí de día y de noche muchos embelecos; por tanto, es preciso que los que lo cruzan se cuiden muy mucho de no separarse de sus camaradas y de que nadie duerma en el camino sin compañía, ya que, si dejan atrás a un compañero de suerte que no los pueda ver a causa de los montes y los oteros, es difícil que el que ha quedado muy a la zaga les dé alcance, pues se escuchan allí voces de los demonios que los llaman por sus nombres e imitan las voces de los hombres que van delante, y al seguirlas los conducen al camino errado. De resultas de este engaño han perecido muchos en aquel paso, ya que no acertaron a reunirse con sus compañeros. Alguna vez se oyen en el aire sonidos o se escucha el son de instrumentos músicos, pero sobre todo de tambores. De esta suerte su tránsito es muy laborioso y aventurado.

Capítulo cuadragésimo quinto

De la ciudad de Sachion y la costumbre de los paganos en la incineración de los cadáveres

Terminada la travesía del desierto susodicho se llega a la ciudad de Sachion, que está a la entrada de la gran provincia de Tanguth donde viven pocos cristianos nestorianos; otros habitantes guardan la ley del miserable Mahoma, y los restantes son idólatras. Los vecinos gentiles tienen su propia lengua. Todos los moradores de esta ciudad no se aplican a la contratación, sino que viven sólo de los frutos de la tierra. En Sachion hay muchos monasterios dedicados a diversos ídolos, a los que se hacen grandes sacrificios y a los que el pueblo muestra grandísima devoción. Cuando a un hombre le nace un hijo, inmediatamente lo consagra a algún ídolo, en cuyo honor tiene un camero en su casa aquel año; cumplido el año desde el nacimiento de su hijo, en la primera fiesta de ese dios que se celebra después del curso del año, ofrece al ídolo el hijo y el camero con suma devoción. Después cuece la carne del carnero y la ofrenda al ídolo, y la deja en su presencia hasta que terminan las oraciones que se profieren ante él según la costumbre de la ciudad. El padre le ruega suplicante que se digne conservar la vida de su hijo, y creen que entre tanto el dios come el caldo de la carne * * * y conservan sus huesos con unción en un hermoso recipiente. Cuando muere alguien, aquéllos a cuyo cargo están los cuerpos de los muertos lo hacen quemar. En la incineración se sigue el siguiente ritual: * * * debe ser ofrecido a la pira su cadáver; aquéllos les preguntan el mes, el día y la hora de su nacimiento, y una vez averiguada la constelación de su horóscopo indican el día en que se ha de quemar. Algunas veces hacen que se retenga el cadáver por siete días, otras por un mes, en ocasiones por seis meses; mientras tanto lo guardan en casa de la siguiente manera: tienen un ataúd de tablas muy gruesas y acopladas con tal maña que no puede exhalar hedor alguno, antes bien, está pintado por fuera primorosamente. Allí colocan el cadáver embalsamado con muchas especias y cubren el sarcófago con un hermoso paño. Todos los días, mientras permanece el cuerpo en casa, preparan a la hora de yantar una mesa junto a la caja con vino y delicados manjares, que queda puesta el tiempo que podría tardar un hombre vivo en comerlos, pues dicen que el alma del difunto prueba las viandas que están servidas en su nombre. También se consulta a los astrólogos susodichos por qué puerta se ha de sacar de casa el cuerpo del difunto, pues dicen que algunas veces esta o aquella puerta careció en su construcción de buenas obras, por lo cual no la consideran adecuada para sacar por ella los restos mortales, y así mandan que se lleve el cadáver a la pira por otra puerta o abriendo un nuevo orificio en la pared. Cuando es llevado a quemar fuera de la ciudad o de la villa, erigen por el camino cabañas de madera en muchos lugares, cubiertas de paños de seda y oro; cuando llegan ante una de ellas, depositan la caja con el cadáver ante la choza y esparcen en tierra ante el ataúd vino y finos manjares, diciendo que aquel muerto va a ser recibido en la otra vida con tal festín. A la hora de las exequias preceden al sarcófago todos los instrumentos de los músicos de la ciudad, cuyo sonido produce gran deleite. Al llegar al lugar de la pira, tienen cortadas en hojas de papel figuras de hombres, mujeres, caballos, camellos y muchos dineros, todo lo cual arde juntamente con el cadáver, pues dicen que va a tener en la otra vida tantos siervos y criadas, animales y dineros como imágenes se quemaron con él, y que así vivirá con riquezas y honra. Esta superstición la observa por doquier en las partes de oriente la ceguera de los gentiles a la hora de incinerar los cadáveres humanos.
Capítulo cuadragésimo sexto

De la provincia de Camul y de una muy mala costumbre de ella

Camul es un a gran tierra en la provincia de Tanguth, que está sometida al Gran Kan, poblada de ciudades y muchas villas. Está situada Camul entre dos desiertos, a saber, el gran desierto antedicho y otro.,que tiene de longitud tres jornadas. Hay en esta comarca alimentos en abundancia, tanto para sus habitantes como para todos los viajeros. Los hombres de aquella región tienen su propia lengua y son muy regocijados, pues parece que no hacen otra cosa sino divertirse y solazarse. Son idólatras, y están tan trastornados desde antiguo por sus ídolos que, cuando un viajero de paso por allí se hospeda en casa de alguien de Camul, éste lo recibe con júbilo y ordena a su mujer y a toda su familia que le obedezcan sin rechistar todo el tiempo que quiera alojarse en su mansión. Dicho lo cual, se va el señor de la casa para no volver mientras el huésped quiera morar en su domicilio, y la desdichada esposa de aquel hombre debe acatarlo en todo como a su marido. Las mujeres de aquella comarca son hermosas en extremo, pero todos sus maridos están cegados por sus dioses con la locura de considerar un honor y un provecho que sus cónyuges se prostituyan a los viandantes. En el tiempo en que reinó Monghu, el Gran Kan universal de todos los tártaros, al oír tan gran desvarío de los hombres de Camul, les ordenó que en adelante no se atreviesen a consentir cosa tan detestable, sino que velasen más bien por el honor de sus mujeres y proveyesen a todos los viandantes de posadas públicas, para que en el futuro el pueblo de aquella región no quedase mancillado por tamaña deshonra. Los hombres de la provincia de Camul, enterados del mandato del monarca, se entristecieron sobremanera y le enviaron embajadores de nota con dineros, pidiéndole acuciantemente que revocase ese edicto tan grave, ya que habían recibido de sus antepasados la tradición de que, mientras dispensasen semejantes mercedes a sus huéspedes, obtendrían el favor de sus dioses y la tierra produciría siempre abundosos frutos. El rey Monghu, cediendo a su insistencia, revocó la orden diciendo: «Procuré mandaros lo que me cumple; pero desde el momento que tan vitando y execrable oprobio lo recibís como un honor, quedaos con esa deshonra que deseáis». Los enviados, al regresar con la carta de revocación, devolvieron la alegría a todo el pueblo, que se había sumido en la tristeza. Así, pues, guardan hasta el día de hoy esa costumbre detestable.

Capítulo cuadragésimo séptimo

De la provincia de Chinchinculas

Después de la región de Camul se encuentra la provincia que se llama Chinchinculas, que confina con el desierto al aquilón. Tiene dieciséis jornadas de longitud y está bajo el dominio del Gran Kan. Hay allí muchas ciudades y aldeas. Viven también en ella cristianos nestorianos y algunos que adoran a Mahoma; el resto del pueblo de la región venera los ídolos. En esta comarca se eleva un monte donde hay minas de acero, de andánico y de salamandra, de la que se hace un paño, si se arroja al fuego, no sufre combustión. Se hace el paño de la tierra, según aprendí de un companero mio turco, un hombre muy sabio que se llamaba Turficar, que por mandato del Gran Kan dirigió en aquella provincia el laboreo de las minas; contaba, en efecto, que en aquel monte había una vena de tierra que tenía hilos semejantes a la lana; esos hilos se secan al sol, después se maceran en un mortero de bronce y a continuación se lavan con agua y se separan de la tierra gruesa; la tierra se desecha y se hilan los hilos de lana, de los cuales después se confeccionan los paños. Estos paños no los sacan blancos del telar, sino que los arrojan al fuego y los dejan durante una hora en la llama: entonces se tornan blancos como la nieve y no se chamuscan por el fuego. Otro tanto se hace asimismo a la hora de limpiarlos, pues no se les da otro lavado para quitarles las manchas. Sobre la serpiente salamandra no oí nada en las partes de Oriente, pero he escrito fielmente cuanto escuché al respecto. Se cuenta que hay en Roma un paño de salamandra en el que está envuelto el sudario del Señor, que mandó al Sumo Pontífice un rey de los tártaros.

Capítulo cuadragésimo octavo

De la provincia de Succuir

Dejando la provincia de Chinchinculas al oriente, no se encuentra durante diez jornadas seguidas ningún poblado salvo en pocos lugares; al cabo de ellas se halla la provincia de Succuir, que tiene muchas ciudades y villas, la mayor de las cuales se llama Succuir. En esta región hay algunos cristianos; los demás habitantes son idólatras y están sometidos al Gran Kan. No son comerciantes, sino que viven de los frutos de la tierra. En todos los montes de esta provincia se encuentra ruibarbo en grandísima abundancia, y de allí es transportado por los mercaderes a todas las partes del mundo.


Capítulo cuadragésimo noveno

De la ciudad de Campion

Campion es una ciudad muy grande y famosa que es la principal en la región de Tanguth, donde moran algunos cristianos y otros que observan la ley de Mahoma; los demás vecinos son idólatras. Hay en esta ciudad muchos monasterios en los cuales se adora multitud de ídolos, de los cuales unos son de piedra, otros de madera y otros de barro, pero todos sobredorados; algunos de ellos miden diez pasos y parecen yacer en tierra, y en torno suyo están puestos otros ídolos pequeños que semeja que le hacen reverencia. Hay también algunos religiosos gentiles, que viven con mayor virtud que los demás paganos; algunos de ellos guardan castidad, y se cuidan muy mucho de no trasgredir la ley de sus dioses. Computan todo el curso del año por lunaciones, y no existen entre ellos otros meses ni semanas. En algunas lunaciones celebran cinco días seguidos en los que no matan ave ni bestia ni comen carne mortecina en ese plazo; se comportan también durante cinco días con más decencia que durante el resto del año. En esta ciudad un idólatra puede tener xxx mujeres o más, si se lo permite su hacienda; sin embargo, la primera esposa es tenida por más honrada y legítima. El marido no recibe dote de la esposa, sino que él se la ajusta en animales, esclavos o dinero, según su estado, sus posibilidades y su conveniencia. Si la mujer resulta enojosa al marido, a éste le está permitido dejarla según le plazca. Los hombres toman como esposas a parientes de segundo grado, e igualmente a sus madrastras. Muchas cosas que entre nosotros son graves pecados ellos las consideran lícitas, pues en muchos aspectos viven como bestias. Mi padre, micer Nicolás, su hermano y yo, Marco, residimos a causa de ciertos negocios en esta ciudad de Campion durante un año.


Capitulo quincuagésimo

De la ciudad de Ecima y de otro gran desierto

Avanzando más allá de la ciudad de Campion se marcha durante xii jornadas y después se encuentra la ciudad llamada Ecima, que linda también al aquilón con un desierto de arena. Hay en ella numerosos camellos y muchos animales de diversas especies; hay allí herodii o halcones laneros muy buenos y también sacres en grandísima cantidad. Los hombres de Ecima son idólatras. No se ocupan del comercio, sino que viven de los frutos de la tierra. En esta ciudad los viandantes y los mercaderes preparan vituallas para xl días, si quieren ir por el desierto que está al aquilón, que se tarda en cruzar x1 días; en efecto, no hay allí poblado sino en las montañas y en determinados valles, donde habitan algunos hombres durante el verano. En aquel desierto rara vez se encuentra hierba, aunque en ciertos lugares hay muchos animales salvajes, sobre todo onagros en gran número; abundan también en aquel desierto los pinos. Todas las provincias y ciudades susodichas, es decir, la ciudad de Sachion, la provincia de Camul, la provincia de Chinchinculas, la provincia de Succuir, la ciudad de Campion y la ciudad de Ecima pertenecen a la gran provincia de Tanguth.


Capítulo quincuagésimo primero

De la ciudad de Carocoran y del comienzo del dominio de los tártaros

Acabada la travesía del desierto susodicho se llega a la ciudad de Carocoran, que está al aquilón, donde tuvo comienzo el señorío de los tártaros, pues antes habitaban en las grandes llanuras de aquella región, en las que no había ciudades ni aldeas, sino sólo pastos y grandes ríos, ni tenían rey de su pueblo, sino que eran tributarios del gran rey de nombre Onchan, que los latinos llaman Preste Juan, del cual habla todo el mundo. Una vez que creció el pueblo de los tártaros y se multiplicó, receló aquel monarca, que tamaña multitud le pudiera hacer daño si quisiese alzarse en rebeldía. Por tanto, pensó dividirlos en partes y deportarlos a diversas regiones, para mermar su poderío. Ellos, negándose a separarse unos de otros, cruzaron todos juntos el desierto al aquilón y llegaron a un lugar donde no podían temer ya al rey susodicho, al que rehusaron en adelante pagar tributo.

 

Capítulo quincuagésimo segundo

Del primer rey de los tártaros y de la rencilla con su rey

Al cabo de pocos años todos, de común acuerdo, eligieron rey a un varón de los suyos esforzado y prudente, que se llamaba Chinchis; ello sucedió en el año del Señor de mclxxxvii. Tras su coronación, todos los tártaros, que andaban dispersos en otras regiones, acudieron a él y se sometieron de buena gana a su dominio. El gobernó a sus súbditos con gran sabiduría y en breve tiempo ganó ocho provincias. Cuando capturaba una ciudad o una aldea por la fuerza, después de la victoria no permitía que sufriese saqueo quien quería plegarse de grado a su mandato e ir con él a asaltar otras ciudades, por lo que todos lo amaban a maravilla. Al verse enaltecido a tanta gloria, envió mensajeros a su rey, solicitando a su hija por esposa. Ocurrió esto en el año del Señor de mcc. El recibió su petición como una gravísima afrenta y respondió con dureza, pues dijo que antes arrojaría a su hija al fuego que entregarla como mujer a un esclavo suyo, y expulsó de su vista de manera ultrajante a los enviados de Chinchis, diciéndoles: «Decid a vuesto señor que, ya que se ha atrevido a alzarse a tanta soberbia como para pedir en matrimonio a la hija de su amo, le haré morir muerte amarga».


Capítulo quincuagésimo tercero

De la batalla de los tártaros con aquel rey y su victoria

Al oír esto, Chinchis reventó de cólera y reuniendo un gran ejército se dirigió a las tierras del rey Onchan, que es nombrado Preste Juan, y acampando en una planicie inmensa llamada Canduth, envió a decir al rey que se aprestase a defenderse. Este descendió con un gran ejército al llano, a xx millas de la hueste de los tártaros. Entonces el rey de los tártaros Chinchis ordenó a los magos y astrólogos que le predijesen qué resultado tendría la futura batalla. Los astrólogos, hendiendo en dos a lo largo una caña, pusieron en tierra las dos partes, y a una la llamaron de Chinchis y a la otra de Onchan, y dijeron al rey: «Cuando nosotros profiramos los ensalmos, por voluntad de los dioses lucharán entre sí las dos partes de la caña. Obtendrá la victoria en el combate aquel rey cuya parte monte sobre la del otro». Apiñada la muchedumbre para el espectáculo, los astrólogos leyeron en su libro de encantamientos y las dos partes de la caña se movieron y parecía que se alzaba una sobre otra; por fin la parte de Chinchis quedó por encima de la parte de Onchan. Los tártaros, con esta visión, recibieron gran aliento, seguros ya de su futura victoria. Por último, al tercer día se entabló combate y cayeron muchos del ejército de uno y otro bando. Chinchis, no obstante, resultó vencedor y el rey Onchan fue muerto, y los tártaros sojuzgaron por completo su tierra. Después de la muerte de Onchan reinó Chinchis seis años, en los cuales conquistó muchas provincias. Al cabo de los seis años, al sitiar los suyos un castillo, se acercó en persona a pelear ante la plaza y fue herido en la rodilla con una saeta, herida de la cual falleció a los pocos días. Fue enterrado en la gran montaña de Alchay, donde desde entonces reciben sepultura todos los supremos monarcas del reino de los tártaros que descienden de su estirpe; y si el Gran Kan muriera a cien jornadas de distancia del monte de Alchay, sería llevado allí a sepultar su cuerpo.


Capítulo quincuagésimo cuarto

Del catálogo de los reyes de los tártaros y de cómo son enterrados sus cuerpos

Por tanto, el primer rey de los tártaros fue Chinchis; el segundo, Eni; el tercero, Bacni; el cuarto, Esu; el quinto, Monghu; el sexto, Cublay, que reina todavía, cuyo poderío es mayor que el de los cinco predecesores susodichos. Es mayor el imperio de él solo que todos los reinos y señoríos juntos de cristianos y sarracenos, como se demostrará de manera paladina en su lugar en este volumen. Cuando se lleva el cadáver del Gran Kan a enterrar al monte, la comitiva que lo acompaña al sepulcro pasa a cuchillo a todos los hombres con los que topa en el camino diciendo: «Id y servid al rey vuestro señor en la otra vida». Están, en efecto, ofuscados por tan gran extravío, que creen que los muertos en aquella ocasión se consagrarán a su servicio en el más allá. Igualmente degüellan todos los caballos que encuentran y corceles elegidos del rey difunto, para que él los reciba vivos en el otro mundo. Cuando se llevó el cuerpo de Monghu Kan al monte, los soldados que escoltaban su cadáver mataron por el motivo antedicho más de xx mil hombres.

 

Capítulo quincuagésimo quinto

De las costumbres comunes de los tártaros

Los tártaros por lo general crían rebaños de bueyes, acémilas y ovejas, por lo que residen con la manada en los pastizales. Durante el verano habitan en las montañas y en los lugares fríos, donde hay pasto y leña, y durante el invierno trashuman a las regiones calientes, donde puedan encontrar alimento para el ganado. Tienen cabañas al modo de tiendas, muy bien tapadas con fieltro, que llevan consigo a donde vayan; están compuestas con tal arte, que las pueden doblar y extender, alzar y posar y transportar con facilidad. Su puerta, cuando montan la cabaña, la orientan al mediodía. Tienen también carromatos arrastrados por camellos y que están forrados de fieltro con tanta industria que, aunque llueva todo el día sobre ellos, es imposible que se moje nada en el interior. Transportan en ellos a sus mujeres e hijos y todos los enseres necesarios. Las esposas de los tártaros son muy fieles a sus maridos; entre ellos se mira mucho que nadie se atreva a cortejar a la mujer de su prójimo, y se cuidan sobremanera de no hacerse o inferirse agravio al respecto. Cada uno de ellos puede tener, según su costumbre, tantas mujeres como pueda alimentar; sin embargo, la primera es considerada más principal y más noble que las demás; excepto las hermanas, toman como esposas a todas la mujeres consanguíneas por línea transversal. Al fallecer el padre, el hijo puede casarse con su madrastra, y un hermano, a la muerte de otro, con su cuñada, y celebran bodas solemnes cuando las toman por mujeres. Los hombres no reciben dote, sino que, por el contrario, ellos se la dan a su esposa y a su madre. Debido a la multitud de esposas tienen hijos sin cuento. Las mujeres de los tártaros resultan poco gravosas en gastos a sus maridos, porque ganan mucho con sus labores. Son prudentes en el gobierno de la familia, solícitas en la preparación de la comida, cumplen con diligencia todas las tareas del hogar y compran y venden muy bien cuanto hay que vender y comprar. Los maridos, dejando en sus manos los cuidados domésticos, se entregan a la caza, a la cetrería y al ejercicio de armas y batallas.


Capítulo quincuagésimo sexto

De sus armas y vestidos

La armadura que se ponen los tártaros es de fuerte y resistente cuero cocido de búfalo o de otro animal que tenga piel dura. Llevan mazas y espadas, pero se sirven preferentemente de arcos y flechas. Son excelentes arqueros, enseñados y entrenados a este ejercicio desde niños. * * * usan trajes recamados en oro y sobre los vestidos llevan pieles finas de raposas, veros y también de armiños; asimismo se cubren de pieles de los animales llamados cibelinas, que son muy finas y apreciadas.


Capítulo quincuagésimo séptimo

De la comida común de los tártaros

El mantenimiento ordinario de los tártaros es carne y leche, y aquélla de animales puros e impuros, pues comen carne de caballo y perro, y asimismo de algunos reptiles denominados en romance «ratas del Faraón», que se encuentran en suma abundancia en las llanuras. Beben leche de yegua, que saben preparar de modo que parece vino blanco, que es también muy sabrosa y se llama en su lengua chemius.

Capítulo quincuagésimo octavo

De su idolatría y plegarias

Los tártaros veneran a un dios que se llama Nacigoy, que consideran señor de la tierra y que vela por ellos, los frutos de la tierra, sus hijos y sus ganados. A este falso dios lo adoran con muy honda devoción. En sus casas tienen una imagen suya de fieltro o de otro paño, y la colocan en el lugar de honor. Creen que tiene mujer e hijos, a los que hacen tambien fetiches de fieltro; el ídolo de la mujer de Nacigay lo ponen a la izquierda, el de su hijo ante él. Profesan reverencia suma a estos ídolos; cuando van a comer o a cenar, untan antes la boca de los dioses con grasa de la carne cocida; una parte del caldo, es decir, del agua en la que se ha cocido la carne, la derraman fuera de la casa, para que los dioses susodichos reciban su parte. Acabado este ritual se sientan a la mesa. Si fallece soltero el hijo de un tártaro y muere doncella la hija de otro, el padre del mozo difunto pide para su hijo muerto la mano de la muchacha muerta, y cuando el padre de la doncella da su consentimiento, hacen que se extienda un contrato por escrito y dibujan en papel al joven y a la doncella, así como vestidos, dineros, multitud de enseres y ajuar diverso; después prenden fuego al documento y las pinturas y creen, engañados por ceguera diabólica, que aquellos muertos contraen matrimonio entre sí en la otra vida cuando el humo de los papeles quemados sube por el aire. Y con tal motivo celebran solemnes banquetes nupciales, de los que esparcen trozos acá y acullá, para que el novio y la novia tengan su porción del festín de bodas. Desde entonces los padres y la familia de los difuntos se consideran tan emparentados como si aquel matrimonio fantasmagórico se hubiera efectuado de verdad.


Capítulo quincuagésimo noveno

Del valor, la industria y la fortaleza de los tártaros

Son los tártaros arrojados en las armas y victoriosos en las lides, pues no son hombres de melindres, sino de mucho brío; cuando lo exige una guerra o alguna necesidad del ejército, son más duros y dispuestos a soportar penalidades que los demás pueblos del mundo; durante un mes entero, si fuere necesario, no comen otra cosa que leche de las acémilas y carne de los animales que cazan; también sus caballos se contentan sólo con la hierba que hallan en las praderas y no es preciso que se les prepare grano u otro pienso. En ocasiones los tártaros aguantan toda la noche armados sobre sus monturas, y sus caballos entretanto pacen donde encuentran alguna hierba. Son hombres de muchísimo esfuerzo y se conforman con poco; saben mejor que nadie tomar fortalezas y ciudades. Cuando a causa de una campaña es necesario que emprendan largos viajes, de sus cosas no llevan consigo nada salvo las armas, así como una cabaña pequeña en la que se cobijan cuando llueve; cada cual va con dos botas de cuero, en las que guarda la leche que bebe, y una olla pequeña para cocer la carne, que llamamos en nuestro romance «pinguatella». Si alguna vez urge llegar con presteza a un lugar remoto, se abstienen durante diez días de todo alimento cocido, si resulta que por la cocción de la comida se retrasa la marcha. Traen leche consigo a modo de pasta sólida, que ponen en agua en una vasija, y la agitan con un palo hasta que se disuelve, y después se la beben. A menudo en lugar de vino o a falta de vino o de agua cortan una vena a sus caballos y chupan su sangre.


Capitulo sexagésimo

De la disciplina de su ejército y su astucia para pelear

La disciplina de su ejército y su manera de luchar es la siguiente. Cuando un general recibe el mando de un ejército de c mil soldados, elige a los que quiere como camaradas, y a los tribunos, que mandan a mil jinetes, y a los centuriones y a los decuriones, de suerte que todo su ejército se ordena por mil, cien y diez hombres. Igualmente hay uno que manda a diez mil. Los tribunos son consejeros del capitán de diez mil, los centuriones son consejeros del tribuno y los decuriones son consejeros del centurión, y así sucesivamente, de suerte que ningún oficial tiene más de diez consejeros. Se observa esta norma en un ejército grande y pequeño. Cuando el que manda a cien mil hombres quiere enviar tropas a algún lugar, ordena al que capitanea a diez mil que elija a mil de los suyos; él a su vez manda al tribuno que elija cien, y éste a su vez al centurión que elija diez, y el decurión elige uno: así se escogen mil de diez mil soldados. Cumplen esto con tanta disciplina que todos se relevan por turno, y cada uno sabe cuándo le toca su vez. Todos, cuando son elegidos, obedecen al instante, pues no se encuentra en el mundo entero hombres de tanto acatamiento a sus señores como lo son los tártaros. Cuando avanza la hueste de un lugar a otro, siempre guardan los cuatro flancos doscientos o más centinelas apostados a distancia oportuna, para que no puedan atacar los enemigos de improviso. Cuando luchan en batalla campal con el adversario, a menudo simulan la huida con engaño sin dejar de lanzar flechas, hasta que atraen a sus perseguidores a donde quieren; entonces a una vuelven grupas y obtienen con gran frecuencia la victoria sobre el enemigo, que sufre un descalabro cuando piensa haber vencido. Sus caballos están tan adiestrados, que a voluntad de sus jinetes se revuelven con gran facilidad acá o acullá.


Capítulo sexagésimo primero

De los jueces y su justicia

En los malhechores hacen justicia de la siguiente manera. Si alguien ha hurtado una cosa de poco valor y precio, por la que no merece la muerte, es azotado con una vara siete veces, o diecisiete, o xxvii, o xxxvii o xlvii, pues a la magnitud del delito corresponde el número de azotes, que llegan hasta cien, añadiendo siempre diez; no obstante, hay quien perece de la zurra. Si alguien roba un caballo u otra cosa por la que merezca la pena capital, es desbarrigado a filo de la espada y muere. Si el ladrón es descubierto y quiere pagar nueve veces el valor de lo robado, se libra de la muerte. Los que poseen caballos, bueyes y camellos marcan su hierro en la piel y después los sueltan a pastar sin guardianes. Cuando vuelven, si entre los suyos encuentra un animal de otro, se apresura a buscar a su amo para devolverle en el acto lo que es suyo. El ganado menor se confía al cuidado de pastores, pues tienen rebaños hermosos sobremanera. Estas son todas las costumbres comunes de los tártaros; pero como ahora están mezclados entre diversos pueblos, en muchas comarcas pierden muchas de sus costumbres y se acoplan a la manera de vivir de otros.


Capítulo sexagésimo segundo

De las campiñas de Bargi y las últimas islas del aquilón

Habiendo expuesto en parte las costumbres de los tártaros, pasaré ahora a describir otras regiones. Después de salir de la ciudad de Carocoram y del monte Alchay, se avanza al aquilón a través de la campiña de Bargi, que tiene longitud xl jornadas. Los habitantes del lugar se llaman «metrich», están sometidos al Gran Kan y siguen las costumbres de los tártaros; son hombres salvajes y se sustentan de la carne de los animales que apresan en la caza, y sobre todo de ciervos, de los que tienen gran cantidad, y que también domestican y en los que cabalgan una vez amaestrados. Carecen de grano y vino. En el verano tienen mucha caza de aves y de fieras salvajes; durante el invierno todos los animales y los pájaros emigran de allí por el frío rigurosísimo de aquella región. Al cabo de aquellas xl jornadas se llega al mar Océano, junto al cual se yerguen unos montes donde anidan herodii o halcones peregrinos que son llevados de allí a la corte del Gran Kan. En aquellas sierras no se encuentran más pájaros que los susodichos halcones y otra especie de aves que se dicen bardelach, de las que se alimentan los herodii; esas aves son grandes como perdices y tienen las patas como papagayos y la cola de golondrina; son largas y de raudo vuelo. En las islas de aquel mar nacen gerifaltes en gran número, que son llevados al Gran Kan; los gerifaltes que se traen a los tártaros desde tierras de cristianos no se ofrecen al Gran Kan, porque tiene muchísimos, sino que se llevan a otros tártaros que confinan con los armenios y los comanos. En aquellas islas que están situadas tan al aquilón la estrella polar ártica, que se dice en romance «tramontana», queda al mediodía.


Capítulo sexagésimo tercero

Del reino de Ergimul y de la ciudad de Singuy

Es preciso que retornemos de nuevo a la ciudad de Campion, de la que se hizo mención más arriba, para describir otras provincias comarcanas. Después de salir de la ciudad de Campion se marcha al oriente durante cinco jornadas; en aquel camino se oyen de noche muchas voces de demonios. Después de esas cinco jornadas, se encuentra el reino de Ergimul, que está en la gran provincia de Tanguth, reino que está sometido al Gran Kan. Viven allí cristianos nestorianos, idólatras y otros que guardan la ley de Mahoma. Hay en él muchas ciudades y aldeas. Al siroco entre oriente y mediodía se va a la provincia de Talchay, pero antes se da con la ciudad de Singuay, tributaria del Gran Kan, donde moran igualmente cristianos nestorianos, idólatras y secuaces de la ley de Mahoma. Hay allí bueyes salvajes hermosísimos, grandes como elefantes; cubre por todas partes su cuerpo un pelaje blanco, salvo en el dorso, y allí, esto es, en el lomo, les nacen pelos negros de tres palmos de longitud. Muchos de estos bueyes son mansos y están domados y acostumbrados a llevar grandes cargas; otros se uncen al arado y por su maravillosa fortaleza llevan a cabo en breve tiempo mucha faena en la labranza. En esta tierra existe el mejor almizcle que hay en el mundo, que se extrae de un animal que es hermoso en extremo y tiene el tamaño de un gato, pelos gruesos como un ciervo y patas como un gato; cuenta con cuatro dientes, a saber, dos arriba y dos abajo, de tres dedos de longitud; junto al ombligo tiene, entre la carne y la piel, una vejiga llena de sangre, y aquella sangre es el almizcle, que exhala tanto aroma; y de estos bichos hay allí cantidad infinita. Los habitantes de la región son idólatras y rijosos, observantes de la ley de Mahoma y tienen cabello negro. Los hombres son barbilampiños y sólo les crece pelo en las comisuras de los labios; su nariz es pequeña y su cabello negro. Las mujeres son hermosas y muy blancas; los hombres buscan esposas antes bellas que nobles, pues un varón linajudo y poderoso se casa con una mujer pobre si es agraciada, y le da dote a la madre. Viven allí muchos comerciantes y numerosos artesanos. Tiene esta provincia xxv jornadas de longitud, y es muy fértil. Hay allí faisanes el doble de grandes que en Italia, y tienen la cola de diez o nueve palmos de longitud y, como mínimo, de ocho o siete; hay también faisanes que se asemejan en tamaño a los nuestros, y otras muchas aves bellísimas de diversas especies, con plumas hermosas y adornadas de diversos y muy hermosos colores.


Capítulo sexagésimo cuarto

Sobre la provincia de Egrigaya

Después de andar ocho jornadas mas allá de la provincia de Ergimul al oriente se avista la provincia de Egrigaya, en la cual hay muchas ciudades y aldeas. Es tierra de la gran provincia de Tanguth, cuya ciudad más principal es Colatia. Sus habitantes son idólatras, salvo algunos cristianos nestorianos, que tienen allí tres basílicas. Están sometidos al Gran Kan. En la ciudad de Colatia se tejen paños que se llaman chamelotes de lana blanca y de pelo de camello, los más hermosos que se hacen en el mundo, que los mercaderes llevan a las demás provincias.

 

Capítulo sexagésimo quinto

De la provincia de Tenduch y Gog y Magog y de Ciagomor

Tras abandonar la provincia de Egrigaya se llega al oriente a la provincia de Tenduch, donde hay ciudades y muchas aldeas, en la que solía residir aquel gran rey de gran nombradía en todo el mundo que llamaban los latinos Preste Juan. Aquella provincia es tributarla del Gran Kan, aunque todavía reina allí uno de la estirpe de aquel monarca que aún se titula Preste Juan, cuyo nombre es Jorge. Todos los Grandes Kanes, después de la muerte de aquel rey que mató Chinchis en combate, han entregado sus hijas como esposas a aquellos soberanos. Aunque haya allí algunos idólatras y otros que viven según la ley del miserable Mahoma, con todo la mayor parte del pueblo de la provincia observa la fe cristiana y se llaman cristianos y señorean en toda la región; entre ellos hay sin embargo un pueblo que tiene los hombres más bellos y más sagaces en los negocios que pueda haber en toda la comarca. En aquellas partes están las regiones que se llaman Gog y Magog; a Gog lo denominan en su lengua Ung, a Magog Mungul. En estos lugares hay parajes en los que se encuentra lapislázuli, del que se hace azul finísimo. En esta provincia se hacen paños de oro y de seda de diversas maneras hermosos en extremo. Hay allí una ciudad donde se fabrican armas de todo tipo, finísimas y muy buenas para las necesidades del ejército. En las montañas de esta comarca hay grandes minas de plata. Abunda allí también la caza por la multitud de fieras salvajes; la región de la sierra se llama Edidisti. A tres jornadas de esta ciudad se halla la ciudad de Ciangomor, en la cual se alza un enorme palacio donde habita el Gran Kan cuando visita la ciudad, pues va a menudo allí porque en los lagos vecinos se encuentran cisnes, grullas, faisanes, perdices y pajarería infinita. El rey, en efecto, recibe gran placer en la captura de las aves con sus gerifaltes y sus herodii o halcones. Las grullas son allí de cinco clases. La primera especie de grullas tiene las alas grandes y son negras por completo, como cuervos; la segunda tiene las alas mayores que las demás, y hermosas; las plumas de sus alas están llenas de ojos redondos de color y resplandor dorado, tal como son entre nosotros las colas del pavo real; tienen los ojos de colores diversos, a saber, blanco, negro y azul. La tercera especie la forman grullas semejantes a las nuestras de Italia. La cuarta se compone de grullas pequeñas, provistas de plumas largas y bellísimas, entreveradas de rojo y negro. La quinta especie corresponde a grullas de color gris, que tienen los ojos rojos y negros, y son muy grandes. junto a esta ciudad está un valle en el cual se guardan en diversas cabañas perdices en grandísimo número, que vigilan hombres dedicados a este menester, para que el rey disponga de caza abundante cuando llegue a la ciudad susodicha.


Capítulo sexagésimo sexto

De la ciudad de Ciandu y del bosque del rey que está junto a ella y de las fiestas de los tártaros

A tres jornadas de la ciudad de Ciagamor se encuentra al aquilón la ciudad de Ciandu, que edificó el Gran Kan Cublay, en la cual hay un palacio de mármol muy grande y hermoso, cuyas salas y habitaciones están adornadas de oro y pintadas con gran variedad. junto al palacio se extiende el bosque del rey, cercado en derredor de muros de mármol que tienen xv millas de perímetro. En ese bosque hay fuentes y ríos y muchas praderas; está poblado de ciervos, gamos y cabras, para que sirvan de alimento a los gerifaltes y los halcones del rey cuando los guardan en su muda. A veces hay al tiempo en una muda doscientos y más gerifaltes, y el monarca los visita en persona todas las semanas. A menudo caza allí el soberano, y lleva a la grupa del caballo que monta un leopardo domesticado, que azuza contra un cervatillo o un gamo; y cuando el leopardo le ha traído la presa, la entrega a los gerifaltes; de esta suerte se deleita a menudo en este pasatiempo. En medio del bosque tiene el rey una casa bellísima hecha de cañas y dorada totalmente por fuera y por dentro y adornada con pinturas diversas, que están cubiertas de barniz con tal esmero que no puede borrarlas la lluvia. Toda la casa está compuesta con tanto refinamiento del arte, que se puede levantar y posar, montar y deshacer sin que sufra menoscabo. Cuando se monta y se dispone a manera de tienda, se sustenta sobre doscientas y más cuerdas tensas. Las cañas con las que se fabrica la casa tienen xv pasos de longitud y más de tres palmos de grosor; con ellas se hacen las columnas, las viguetas y el cierre. También por encima está cubierta toda la casa de estas cañas; parten las cañas por los nudos, y ese pedazo se divide por la mitad, y de cada parte se hacen dos tejas, que dispuestas sobre la casa la protegen de la lluvia y desaguan el agua por debajo. El Gran Kan habita en aquel lugar durante tres, meses al año, a saber, junio, julio y agosto, ya que tiene allí gran templanza el aire y el verano carece de calores; durante esos meses permanece alzada la casa, que en los restantes se guarda desmontada y plegada. El día xxviii de agosto parte el Gran Kan de la ciudad de Ciandu y se dirige a un lugar para ofrecer a los dioses un solemne sacrificio, pensando que, gracias a él, tanto él como sus mujeres y todos los animales que posee se conservarán sanos y salvos. Cuenta el rey, en efecto, con grandes manadas de caballos blancos, en las que hay más de diez mil yeguas blancas. En el día de la fiesta se prepara leche de yeguas en gran abundancia en vasos muy preciados, y el propio monarca con sus manos vierte mucha leche aquí y allá en honor de sus dioses; y dicen los magos que los dioses beben la leche derramada y que conservan y acrecientan por tal sacrificio cuanto le pertenece al rey. Después del sacrificio diabólico bebe el soberano leche de las yeguas blancas; y no se permite a ningún otro beber en aquel día sino a los que son de su estirpe y a un pueblo de esta región que se llama Oriath, a quien le concedió Chinchis Kan tal privilegio en honor de una gran victoria que consiguió aquel pueblo. En honor de Chinchis se celebra por tanto esta fiesta para siempre jamás en el día xxviii de agosto. Los caballos y las yeguas blancas son tenidos en tanta reverencia por el pueblo, que ningún viandante, cuando cruza la llanura donde están sus pastos, se atreve a transitar hasta que haya pasado todo el ganado. En esta provincia comen la carne de los hombres que han sido ejecutados por la justicia pública, pero rehúsan comer la carne de los fallecidos por enfermedad. Tiene el Gran Kan magos que con maña diabólica hacen que el aire se cubra de tinieblas, mientras que sobre el palacio del rey brilla la luz hacen también a menudo, cuando el rey se sienta a yantar, que los vasos de oro se eleven por arte del demonio de la mesa situada en medio de la sala y se posen sin la menor ayuda humana ante el monarca en su mesa; dicen que pueden hacer esto por virtud de su santidad. Cuando estos magos celebran fiestas a sus ídolos, reciben del rey carneros que tienen la testuz negra, lináloe e incienso, para ofrecer a sus dioses un sacrificio bien oliente; y ofrendan su carne cocida a los ídolos con cánticos y gran algazara y vierten ante ellos el caldo de la carne, y sostienen que así mueven a clemencia a sus dioses para que se dignen dar fertilidad a las tierras.

Capítulo sexagésimo séptimo

De algunos monjes idólatras

En aquella región hay muchos monjes consagrados al culto de los ídolos. Existe allí un gran monasterio, que por su tamaño parece una ciudad pequeña, en el cual viven cerca de dos mil monjes que sirven a los ídolos. Contra la costumbre de los seglares, se pelan la cabeza y las barbas y se ponen atuendos más a tono con la religión. Estos entonan grandes cánticos en las festividades de sus dioses y encienden en su templo abominable gran cantidad de candelas. Además de éstos, hay en otros parajes de aquella región muchos y diversos monjes gentiles, de los cuales unos tienen muchas mujeres, otros por el contrario guardan castidad en honor de sus dioses y llevan una vida muy estricta y no comen sino espelta mezclada con agua; se visten de paño muy grosero y áspero de color negro y duermen sobre jergones muy duros. Hay también otros monjes paganos que observan una regla más relajada. Los que viven de forma tan austera a estos otros monjes los tildan de herejes, diciendo que no veneran a sus dioses como es debido.

Libro segundo

Capítulo primero

Del poder de Cublay, el muy gran rey de los tártaros

En el contenido de este libro segundo trataré de mostrar la grandeza de Cublay, el muy gran rey de los tártaros, que consta que vive hasta el tiempo de redactarse este libro. Su pujanza en riquezas, en dominio de tierras y en señorío de multitud de pueblos es evidente que excede a lo que se pueda contar de cualquier otro rey o príncipe de todo el tiempo pasado, como se verá de manera paladina en los capítulos siguientes. Desciende este Cublay Kan, es decir, «señor de señores», del linaje del rey Chinchis, y es el sexto Kan, como se desprende de lo dicho arriba. Comenzó a reinar en el año de nuestro Señor Jesucristo de mcclvi y alcanzó el reino por su sabiduría y valor, pues algunos de sus hermanos y parientes trataron de impedir que reinara, aunque por derecho le correspondía el trono. Es varón esforzado en las armas, robusto en virtud, aventajado en consejo y avisado y prudente en el gobierno del ejército y del pueblo. Antes de recibir la corona del reino salía a menudo a la guerra y en todo se portaba como bueno; sin embargo, desde que la ciñó, no ha marchado sino una vez en campaña, pero envía a la lucha a sus hijos y barones.


Capítulo segundo

De cómo Nayam se atrevió a alzarse contra Cublay

La causa por la que salió sólo una vez a combate desde su coronación es ésta. En el año del Señor de mcclxxvi un tío paterno suyo, de nombre Nayam, de treinta anos de edad, que gobernaba muchas regiones y pueblos, pensó, trastornado por su mocedad, en levantarse de repente contra Cublay con un gran ejército. Para ello requirió a un rey llamado Caidú, que era sobrino de Cublay, pero que le tenía gran aborrecimiento; éste, dando su consentimiento a la rebelión, prometió que marcharía en persona con él al frente de cien mil soldados. Acordaron reunirse con sus ejércitos en una llanura para invadir después a una y de improviso las tierras del Kan. Nayam, congregados cuatrocientos mil soldados, llegó al lugar convenido, donde esperó la llegada del rey Caidú.
Capítulo tercero

De cómo el rey Cublay se preparó para hacerles frente

Entretanto, el rey Cublay se enteró de cuanto habían tramado, y, sin dejarse intimidar en lo más mínimo por semejante conspiración, juró que nunca más llevaría la corona si no se vengaba de aquella traición y felonía. En veintidós días reunió ccclx mil jinetes y cien mil peones de las tropas próximas a la ciudad de Cambalú. La razón por la que no juntó un mayor ejército fue que quiso atacar de repente por sorpresa, pues si se hubiese detenido más tiempo en alistar un ejército más numeroso, hubiese llegado la nueva a Nayam, y quizá por ello hubiesen retrocedido o hubiesen trasladado su campo a un lugar más seguro. Por este motivo no quiso avisar a los ejércitos que había enviado a conquistar diversas ciudades y provincias, ya que hubiese podido congregar en pocos meses tan gran muchedumbre de jinetes y de infantes que, por el pasmo que produciría esa hueste innumerable, parecería cosa increíble. Mientras, el rey ordenó que se tomasen todos los caminos con toda diligencia, de suerte que Nayam no pudiese saber de antemano sus preparativos y su llegada; así, pues, los que iban y venían eran retenidos por los centinelas del rey, por lo que Nayam no pudo enterarse previamente de su ataque. Consultó el rey Cublay a los astrólogos sobre el resultado de su expedición, y ellos a una le respondieron que triunfaría con honra sobre sus enemigos.


Capítulo cuarto

De cómo trabaron combate y fue vencido Nayam

Reunido su ejército, Cublay levantó el campo y en veinte días llegó a la llanura donde Nayam esperaba los ejércitos del rey Caidú. Durante la noche descansó su hueste junto a un alcor; en cambio, los soldados de Nayam andaban esparcidos por la planicie, desarmados, entregados a los placeres y sin precaverse del peligro. Al despuntar el alba el rey Cublay subió al otero y ordenó a todos los soldados de su ejército en xii haces, de suerte que cada haz se componía de treinta mil hombres. Colocó a los peones junto a los jinetes de manera que en todas las haces a cada jinete lo flanquearan dos infantes con lanzas, hasta completar el número de peones. El rey iba en un maravilloso pabellón de madera que arrastraban cuatro elefantes, donde se encontraba el estandarte real. El ejército de Nayam, al ver las enseñas y la hueste de Cublay, cayó presa de un gran pánico, pues aún no había venido el ejército de Caidú. Nayam, por su parte, dormía en su tienda con una barragana que había traído consigo; despertado por los suyos desmayó un momento. No obstante, mientras descendía el enemigo, ordenó él sus haces lo más aprisa que pudo. Cublay dispuso los cuerpos de su ejército en círculo. Es costumbre de todos los tártaros tocar primero las trompetas y tañer todos los instrumentos y dar alaridos, y después iniciar el combate al son de los atabales del príncipe. Así, al fin de los cánticos de uno y otro ejército, redoblaron los tambores del rey Cublay y entonces, al precipitarse a la lucha una y otra parte, se llenó el aire de una tan innumerable cantidad de saetas que antes parecía lluvia que rociada de flechas. Descargados los carcajes, comenzaron a luchar con espadas, lanzas y mazas. Era Nayam cristiano de religión, pero no seguidor de las obras de la fe; en su pendón principal llevaba la señal de la Cruz, y traía consigo a muchos cristianos. Se combatió desde la mañana hasta el mediodía y cayeron muchos de uno y otro bando. Por fin, al desfallecer y volver la espalda la gente de Nayam, quedó vencedor Cublay. En la propia huida se dio muerte a una asombrosa multitud de hombres; a su vez, Nayam fue hecho prisionero y entregado al rey.

Capítulo quinto

De la muerte de Nayam

El rey Cublay ordenó que se ajusticiase inmediatamente a Nayam, por traidor a su señor y rebelde. Pero como era de su linaje, no quiso que se derramase sangre de estirpe real, para que la tierra no bebiese sangre regla ni el sol o el aire viesen la muerte de alguien de prosapia de reyes; hizo, pues, que se le envolviera en una alfombra y que se le atara una vez envuelto y que, después de atado, fuera zarandeado de acá para allá y sacudido una y otra vez hasta morir sofocado. A la muerte de Nayam, todos sus barones, capitanes y soldados que pudieron escapar con vida, entre los cuales se encontraban muchos cristianos, se entregaron sin condiciones al dominio del rey Cublay, Por tanto, el rey Cublay conquistó entonces cuatro provincias, cuyos nombres son los siguientes, a saber, Futorcia, Cauli, Rascol y Sinchintra.


Capítulo sexto

De cómo el rey Cublay impuso silencio a los sarracenos y judíos que se atrevieron a insultar la señal de la Cruz de salvación

Los judíos y los sarracenos que habían formado parte del ejército de Cublay comenzaron a insultar a los cristianos que habían venido con Nayam, porque su Cristo, cuya Cruz Nayam enarbolaba en su bandera, no le había podido socorrer ni a él ni a los suyos; y así, sin temor a escarnecer todos los días el poder de Cristo, inferían agravio a los cristianos. Los cristianos que habían dado obediencia al rey le presentaron queja acerca de esta afrenta. Este, convocando a los judíos y a los sarracenos junto con los cristianos, dijo lo siguiente a los cristianos: «No os sonrojéis si vuestro Dios y su Cruz no quiso prestar ayuda a Nayam, ya que un Dios bueno no debe patrocinar la injusticia y la iniquidad. Nayam, que fue traidor a su señor y rebelde contra la justicia, imploraba la ayuda de vuestro Dios en su maldad, pero vuestro dios, que es bueno, no quiso favorecer sus crímenes. Por tanto, ordeno a todos los judíos y sarracenos que ninguno de ellos por esta razón se atreva a blasfemar de la Cruz del Señor y vuestro Dios». Así fue como aquéllos cesaron de insultarlo en adelante. El rey Cublay, victorioso, regresó a su ciudad de Cambalú, y no ha salido más con su ejército contra los enemigos, sino que envía a sus hijos y barones al frente de sus tropas adonde sea necesario.


Capítulo séptimo

De cómo el Kan, gran rey, recompensa a sus caballeros cuando obtiene una victoria

A los capitanes de sus ejércitos, cuando logran la victoria en la guerra, los honra de la manera siguiente: al que manda a cien soldados lo pone al frente de mil, y así correlativamente asciende a los demás y les hace regalos de copas de oro y de plata y diplomas de privilegios y mercedes de oro y plata, que contienen en la inscripción grabada en la chapa el galardón conferido; por una cara el letrero es de este tenor: «Por el poder del gran dios y por la gran gracia que ha conferido a nuestro emperador, loado sea el nombre del Gran Kan»; por la otra cara está esculpida la imagen de un león con el sol y la luna o la imagen de un gerifalte o de otros animales. Cuando sale en público el que tiene en la chapa la imagen del león con el sol y la luna, se lleva sobre él un quitasol en señal de gran autoridad; el que tiene la imagen de un gerifalte, puede llevar consigo como comitiva de un lugar a otro la caballería hasta de un príncipe; y así está muy bien dispuesto todo en lo que se debe obedecer a los que tengan las chapas. Quien no presta cumplida obediencia a satifacción del poseedor, tal y como requiere su autoridad, será condenado a muerte por rebelde al Gran Kan.


Capítulo octavo

Del aspecto del rey Cublay y de sus mujeres, hijos y criadas.

El gran rey Cublay es muy apuesto, de estatura mediana, ni muy grueso ni muy flaco; tiene la cara redonda y blanca, los ojos negros, la nariz muy hermosa, y en toda la complexión de su cuerpo está muy bien proporcionado. Tiene cuatro mujeres a las que da el nombre de legítimas. El primogénito de la primera le debe suceder en el trono. Cada una de estas cuatro dispone para sí de una corte real en su propio palacio, pues posee trescientas doncellas escogidas y muchos criados eunucos y otros servidores sin cuento, de suerte que el séquito de cada una de ellas se compone de cerca de diez mil hombres y mujeres. Además tiene el rey muchas concubinas; en efecto, hay un pueblo entre los tártaros que se llama Unctas, en el que nacen mujeres bellísimas y adornadas de excelentes costumbres; de éstas tiene en palacio un número de cien, que están a cargo de nobles matronas, las cuales ponen en su custodia diligente celo y es preciso que vean si las afea alguna enfermedad o defecto; las que carecen de toda mácula corporal se reservan para el rey. Seis de ellas tienen durante tres días y tres noches el cuidado de la cámara regia, y cuando el monarca entra a descansar y cuando se levanta le asisten y duermen en su aposento; el cuarto día otras seis relevan a las primeras y durante tres días y tres noches se ocupan del mismo menester; así, por turno, cada día reemplazan otras seis a las precedentes, y de esta manera se suceden unas a otras hasta que se llega al número de cien. De las cuatro esposas susodichas tiene el rey xxii hijos. El primogénito de la primera mujer se llamaba Chinchis y hubiese debido sucederle en el trono; pero como ha muerto antes que su padre, la sucesión recae en su hijo Themur, porque es el hijo del primogénito. Thernur es hombre valiente y esforzado y muy prudente, y ya ha conseguido muchas victorias. De las criadas tiene el rey Cublay xxv hijos muy valerosos, que todos son grandes señores.


Capítulo noveno

Del palacio maravilloso que hay en Cambalú y de la asombrosa hermosura de aquel

lugar

Durante tres meses, a saber, diciembre, enero y febrero, el rey Cublay reside sin interrupción en la ciudad regia, en la cual se alza el palacio real, que es de esta traza. En primer lugar su circunferencia abarca cuatro millas, de suerte que cada uno de sus cuatro lados mide una milla. La muralla del palacio es de gran grosor, y de diez pasos de altura; su fachada exterior está pintada por todas partes de blanco y rojo. En cada esquina de la muralla se levanta un palacio grande y hermoso; igualmente hay otro palacio en el centro de cada fachada de las murallas principales, de manera que hay en todo el contorno ocho palacios. En éstos se guarda el aparato y las armas de guerra, a saber, arcos, flechas, aljabas, espuelas, sillas, frenos, cuerdas de arco y demás pertrechos pertinentes al combate; en cada palacio se conservan sólo armas de una clase. La fachada del palacio que mira al mediodía tiene cinco puertas, de las cuales la central es mayor que las demás y no se abre jamás, salvo para la entrada o la salida del soberano, pues nadie puede cruzar por ella excepto el rey; pero tiene dos puertas menores laterales por las que pasan los que acompañan al monarca. Las tres restantes fachadas están provistas de una única puerta en su centro, por la que puede entrar libremente quienquiera. Detrás de los palacios susodichos situados en la fachada, corre a la distancia oportuna otro muro a la manera del anterior que contiene igualmente ocho palacios, en los que se guardan otros aprestos y enseres preciosos y joyas del gran rey. En el centro del espacio interior se encuentra el palacio real; carece de terraza, pero su pavimento sobresale diez palmos del suelo del exterior. Su techo es muy alto y está primorosamente pintado. Las paredes de las salas y de las habitaciones están todas recubiertas de oro y de plata y en ellas se encuentran hermosas pinturas y cuadros con historias de batallas. Gracias a estos adornos y pinturas el palacio resplandece sobremanera. En la sala mayor se sientan a la mesa al mismo tiempo alrededor de seis mil hombres. Detrás de las murallas susodichas y entre los mencionados palacios se extienden amenos jardines, cubiertos de praderas y arbustos silvestres de sabrosísimos frutos. Pueblan los vergeles muchos animales salvajes, a saber, ciervos blancos, los bichos en los que se encuentra el almizcle, de los cuales se ha hablado en el libro primero, cabras, gamos, veros y otros muchos animales a maravilla. En la parte de la sala que da al aquilón se extiende junto al palacio un estanque en el que se crían muchos y exquisitos peces, que se llevan allí de otras partes; de éstos puede elegir el rey según le plazca. Al estanque lo atraviesa un río, a cuya entrada y salida están puestas rejas de hierro, para que los peces no puedan escapar. Fuera del palacio y a una legua se eleva un montecillo de cien pasos de altura y de una milla de circunferencia, sembrado de árboles cuya hoja siempre verdea. Dondequiera que sepa el rey que hay un árbol hermoso, hace que se le traslade allí con sus raíces a lomo de elefantes, incluso desde regiones remotas, y ordena que se plante en el jardín; por tanto, crecen en él árboles hermosos sobremanera. Todo el monte es ameno y cubierto de hierba verde; y como todas las cosas son allí verdes, por eso se llama Monte Verde. Remata su cumbre un palacio pintado de verde. En ese montecillo se recrea a menudo el Gran Kan en sus ratos de holganza. junto al palacio susodicho construyó el rey Cublay otro palacio semejante a él en todo, en el que habita Themur, el que ha de reinar a su muerte, que dispone de una corte regia muy magnífica; y tiene bulas imperiales y sello imperial, pero no con tanta plenitud de poderes como el Gran Kan.
Capítulo décimo

Descripción de la ciudad de Cambalú

La ciudad de Cambalú se encuentra a la orilla de un gran río en la provincia de Cathay, y antaño fue famosa y sede regia: en efecto, Cambalú quiere decir en nuestra lengua «ciudad del señor». El Gran Kan la trasladó a la otra banda del río, ya que se había enterado por los astrólogos que en el futuro sería rebelde a su imperio. La ciudad es cuadrada y se extiende por xx millas. La fachada de cada lado tiene muros de adobe de seis millas de longitud, enjalbegados por fuera, de veinte pasos de altura y de anchura, por la parte inferior, de diez pasos; conforme se elevan se van adelgazando, de modo que su cima sólo mide tres pasos de anchura. Tiene también xii puertas principales, a saber, tres a cada lado, y sobre cada puerta se eleva un palacio. En todas las esquinas de los muros hay igualmente palacios que contienen gran número de cámaras, donde se guardan las armas de la guarnición de la ciudad. Cruzan además el recinto calles anchas y tiradas a cordel con tal precisión que desde una puerta, a causa de la rectitud de la vía, se ve en derechura la puerta de enfrente. En su interior hay muchos y muy hermosos palacios. En el centro se alza un palacio muy grande donde hay una campana enorme, con la que se dan cada tarde tres toques, después de los cuales no le está permitido a nadie salir de casa salvo por enfermedad o a causa de un parto. Es preciso que cuantos circulan de noche por las calles lleven una antorcha. Cada una de las puertas de la ciudad es vigilada todas las noches por mil hombres, y no por temor a los enemigos, sino a los bandidos, ya que el rey procura con sumo celo tener a raya a los ladrones.

Capítulo undécimo

De las muy grandes mercaderías de la ciudad de Cambalú

Fuera de la ciudad de Cambalú hay xii inmensos arrabales delante de cada puerta, en los que se hospedan los mercaderes y los viandantes, pues afluye continuamente a la ciudad un gran gentío por la corte del rey y las mercaderías sin cuento que allí se llevan. En aquellos arrabales habita grandísima multitud de hombres, y hay en ellos palacios tan bellos y grandes como los de dentro, a excepción del palacio real. En la ciudad no se da sepultura a ningún muerto, pues todos los que son idólatras son incinerados a la salida de los arrabales; también los cuerpos de los que no han de ser quemados reciben sepultura en las afueras. Debido al sinfín de extranjeros que acuden a la ciudad viven allí alrededor de veinte mil meretrices, que moran extramuros, ya que a ninguna de ellas le está permitido residir dentro del recinto amurallado. A Cambalú son traídas tantas y tan grandes mercaderías, que supera en volumen de contratación a cualquier ciudad del mundo entero: se llevan allí piedras preciosas, perlas, seda y especias preciosas en abundancia incalculable desde la India, Mangi, Cathay y otras regiones infinitas. Está situada en un emplazamiento óptimo y desde las regiones comarcanas se puede ir a ella con facilidad, pues se encuentra en el centro de muchas provincias: según el cuidadoso cálculo hecho por los comerciantes de la tierra, en efecto, no pasa día en todo el año en que no lleven allí los mercaderes extranjeros más de mil carretas de seda, ya que se hacen en ella infinitos trabajos en oro y seda.

 

Capítulo duodécimo

De cómo se custodia la persona del Gran Kan

El Gran Kan tiene en su corte xii mil jinetes mercenarios que se llaman quesatanos, es decir, «fieles caballeros del señor». A estos jinetes los mandan cuatro capitanes, cada uno de los cuales está al frente de tres mil hombres. Su misión estriba en custodiar la persona del Gran Kan de día y de noche, y reciben su salario de la corte del rey. Establecen su guardia de la siguiente manera: un capitán con sus tres mil hombres permanece durante tres días y tres noches en el interior del palacio para velar por el monarca, mientras los demás descansan; pasados los tres días hacen otros el relevo, tomando su puesto y manteniéndolo, y así sucesivamente lo custodian durante todo el año. Se monta esta guardia por honra de la majestad real, no porque el monarca tenga miedo a nadie.


Capítulo décimo tercero

De la solemnidad de sus banquetes

El protocolo que se guarda en los banquetes del rey es el siguiente. Cuando el soberano por una fiesta u otra causa quiere celebrar un festín en la gran sala, la corte se sienta a la mesa así: en primer lugar, se pone la mesa del rey más elevada que las demás, de manera que el monarca, sentado en la parte septentrional del salón, mire al mediodía; a su izquierda, es decir, junto a él, se sienta la reina mayor, esto es, su primera mujer; a su derecha toman asiento sus hijos y sobrinos y los que descienden de estirpe imperial, pero sus mesas están puestas tan por debajo de la mesa real que sus cabezas sólo llegan a los pies del gran rey; los restantes barones y caballeros son colocados igualmente en mesas todavía más bajas. Según el mismo orden se acomodan a la izquierda las demás reinas y las esposas de los grandes barones; en efecto, el rango que tiene el príncipe o el barón lo poseen también sus mujeres. Todos los nobles que comen en la corte en las fiestas del rey llevan a sus esposas al banquete. Las mesas están dispuestas de suerte que el Gran Kan, desde su sitio, contemple a todos los comensales, pues en tales convites se congrega siempre una gran muchedumbre. Fuera de la sala del trono hay otras cámaras laterales, en las que comen en las fiestas del monarca a veces xl mil hombres, sin contar los que pertenecen a la corte del rey, pues, en estos festejos acuden a la corte muchos feudatarios de tierras y juglares sin cuento y también los que traen joyas y varias y diversas novedades. En mitad de la sala se pone un recipiente de oro lleno de vino o de alguna bebida exquisita, que tiene la capacidad de un tonel o dolium, a uno y otro lado del cual hay cuatro grandes picheles de oro purísimo, un poco más pequeños que aquel recipiente, en las cuales fluye el vino del recipiente mayor; de esos picheles se escancia el vino en unas jarras de oro que se ponen entre cada dos comensales en las mesas de los invitados al banquete real; cada una de ellas es de tal tamaño, que contiene vino para ocho o diez hombres. Todos beben en grandes copas provistas de pie y de asa de oro, que son todas de valor imponderable. Hay también otra cantidad de copas de oro y de plata tan infinita e inapreciable, todas ellas en la corte del rey, que cuantos lo ven quedan pasmados y el que no lo ha visto apenas puede dar crédito a quienes se lo cuentan. Los servidores que atienden al monarca mientras come son grandes barones; sin excepción llevan su boca tapada con un finísimo cendal de seda, para que el aliento del que le sirve no pueda rozar su comida o su bebida. Cuando el rey toma la copa o bebe, todos los que tienen instrumentos musicales, situados ante él, tocan cada uno el suyo y cuantos barones y criados sirven en el salón se hincan de rodillas. Excusado es referir los manjares que se llevan a la mesa, ya que cada cual puede imaginar por sí mismo que, a tenor de tan fastuosa corte, se prepara una comida opípara y exquisita. Al terminar el banquete se levantan todos los tañedores de laúd y entonan dulces rnelodías, y los juglares, los histriones y los nigromantes hacen grandes juegos y solaces en presencia del rey y los demás que comen en su corte.


Capítulo décimo cuarto

De la gran fiesta de cumpleaños del rey y sobre la magnificencia de vestimentos de los caballeros de su corte

Es costumbre de todos los tártaros celebrar solemnemente el día del nacimiento del rey. El cumpleaños del Gran Kan cae en el xxviii del mes de setiembre, día en el que hace mayor fiesta que en cualquier otro del año, exceptuando la festividad de las calendas de febrero, que veneran como comienzo del año, pues febrero es entre ellos el primero de los meses del año. Así, pues, en la fiesta de su cumpleaños el rey Gran Kan se pone un indumento precioso de oro, que es de valor infinito. Tiene en su corte a barones y caballeros en número de xii mil, que se llaman «los fieles del rey más allegados». A todos estos los viste consigo siempre que celebra una fiesta, que son trece al año, y les da también en todas las fiestas susodichas cinturones de oro de gran valor y calzados de camocán recamados en plata de manera muy primorosa, de modo que cada uno de ellos, revestidos de este atuendo regio, semeja un gran rey. Aunque el ropaje del Kan sea el más rico, los trajes de los demás caballeros valen tanto, que muchos de ellos sobrepasan la estima de diez mil besantes de oro. Así, pues, da todos los años a sus barones y caballeros sin excepción vestidos preciosos adornados de oro, perlas y otras piedras preciosas además de los cinturones y los calzados susodichos por un total de clvi mil. Las vestiduras de los caballeros son del mismo color que el ropaje del Gran Kan. En la fiesta del cumpleaños del Gran Kan todos los reyes, príncipes y barones sometidos a su señorío envían presentes a su soberano y cuantos quieren solicitar mercedes o cargos entregan sus peticiones a xii barones que se ocupan de este menester, por los cuales se da respuesta a todo. Es preciso también que todos los pueblos, sea cual fuere su religión, cristianos, judíos, sarracenos y los demás paganos invoquen a sus dioses con solemnes plegarias por la vida, la salud y la prosperidad del Gran Kan.


Capítulo décimo quinto

De otra gran fiesta que se celebra en las calendas de febrero

En el día primero de febrero, es decir, en las calendas, a saber, el primero del año según el cómputo de los tártaros, el Gran Kan y todos los tártaros, dondequiera que estén, celebran una muy gran fiesta. El rey, los barones, los caballeros y el resto del pueblo, hombres y mujeres, se visten si pueden en esa fecha de blanco y llaman a la fiesta de aquel día «la fiesta blanca» y dicen que el vestido blanco trae buena ventura y que por ello van a tener buena suerte en aquel año. En este día todos los señores de las tierras y los gobernadores que tienen capitanías del rey le ofrecen presentes de oro y de plata, perlas, gemas, paños muy bellos de color blanco y caballos blancos muy hermosos; alguna vez se le han ofrecido al rey cien mil corceles. Igualmente en esa jornada se cruzan los demás tártaros regalos entre sí y hacen grandes regocijos unos con otros, para así vivir felices el resto del año. Con tal ocasión se traen a la corte todos los elefantes del rey, que alcanzan un número de cinco mil, y van revestidos de gualdrapas muy vistosas y de diversos colores, en las que están bordadas en paño historias de fieras y de aves. Cada elefante carga dos arcas enormes y espléndidas, que contienen las copas de oro y de plata del rey y otros muchos aparejos necesarios para la fiesta blanca; también son conducidos allí muchos camellos cubiertos de paños, que llevan multitud de enseres precisos para la fiesta. Todos los animales desfilan en presencia del monarca, pues contemplar este espectáculo causa maravilla y deleite. Al alba, es decir, en el día de la fiesta blanca, antes de estar puestas las mesas, todos los reyes, generales, barones, caballeros, médicos, astrólogos, capitanes y oficiales acuden a la sala del Gran Kan, y los que no tienen acomodo en ella a causa del gentío son instalados en las salas laterales, donde puedan ser muy bien vistos por su soberano que está sentado en su trono. Cada uno ocupa el lugar que le corresponde según el rango de su grado y oficio. Entonces se levanta uno en el medio que exclama a voz en cuello: «Inclinaos y adorad». Al oír este grito se levantan todos muy presto y se ponen de hinojos e inclinando la frente en tierra adoran al rey como a un dios; y hacen esto cuatro veces. Terminada la adoración se encaminan todos por orden al altar que está colocado en la sala, encima del cual se alza una tabla pintada de rojo que lleva escrito el nombre del Gran Kan; y toman un bellísimo incensario allí dispuesto, en el que hay inciensos bien olientes, y en honor del Gran Kan inciensan la tabla y vuelven a su sitio. Acabado este maldito sahumerio, cada uno en presencia del rey ofrece presentes, de los que se ha hablado antes. Después se preparan las mesas y se celebra un banquete de gran gala con gran alborozo. Tras el festín los juglares hacen grandes solaces. En semejantes fiestas se lleva ante el monarca un león domesticado, que yace manso a sus pies como un cachorro, ya que lo reconoce como señor.

Capítulo décimo sexto

De los animales salvajes que en determinadas épocas del año envían los cazadores a la corte

Durante los tres meses que reside el Gran Kan en Cambalú, es decir, diciembre, enero y febrero, los cazadores de los lugares, por orden del rey, deben dedicarse a la caza en un compás de lx jornadas en torno a la provincia de Cathay, y presentar a sus amos todos los venados, esto es, ciervos, osos, cabras, jabalíes, gamos y otros tales animales; éstos están obligados, si viven a treinta jornadas o menos de la corte del rey, a enviar las piezas al Gran Kan limpias de entrañas en carretas o en barcos; si distan más de xxx jornadas de la corte, a mandar sólo los cueros curtidos que son menester para las armas.


Capítulo décimo séptimo

De los leones, leopardos, onzas y águilas acostumbradas a cazar con los hombres

Tiene el Gran Kan para su recreo muchos leopardos domesticados que están acostumbrados a cazar con hombres y despuntan en este tipo de cacería y apresan muchas alimañas. También tiene onzas enseñadas a cazar. Tiene asimismo leones excelentes y muy hermosos, mayores que los que hay en Babilonia, rayados en el pelaje de su piel con listas alargadas de diverso color, a saber, negro, blanco y rojo, que están también adiestrados a cazar con hombres y a capturar con los cazadores jabalíes, osos, ciervos, cabras, asnos y bueyes salvajes; cuando los cazadores del rey quieren llevar consigo a una montería leones, transportan dos de ellos en una carreta, cada uno de los cuales tiene por compañero un perrillo pequeño. Asimismo tiene el rey muchas águilas amaestradas, de tanta fortaleza que cazan fiebres, cabras, gamos y zorras; muchas de ellas son de tal audacia, que con gran ímpetu se abalanzan sobre los lobos, y éstos no pueden librarse de su ataque sin caer en sus garras.


Capítulo décimo octavo

De la magnífica cacería del Gran Kan

Dos barones del Gran Kan que son hermanos, uno de los cuales se llama Bayan y el otro Mugan, dirigen la cacería del rey de la manera siguiente. Cada uno de ellos está al frente de diez mil hombres, que crían grandes perros que llamamos «mastines», por lo que se dicen en lengua tártara cimei, es decir, «encargados de perros grandes». Cuando el Gran Kan quiere recrearse con gran aparato en una cacería, los dos barones susodichos llevan consigo a xx mil cazadores con una jauría que suma un total de v mil perros. Una vez llegados a la campiña donde se va a celebrar la montería, el gran rey se coloca en el centro con sus barones; uno de los capitanes marcha a la derecha del soberano con sus x mil hombres, el otro con sus otros x mil a la izquierda. Los cazadores se distinguen todos entre sí porque diez mil van vestidos de rojo y los otros diez mil de color del cielo, que en romance decimos «celeste». Forman un haz larga, situándose uno junto a otro a lo largo del campo, y abarcan de uno a otro cabo un compás de tierra que mide casi una jornada; y cada uno va con sus perros. Cuando están desplegados en el lugar susodicho y avanzan ojeando, sueltan los canes que llevan contra las fieras salvajes, de las que hay allí grandísima abundancia. Por tanto, pocas bestias pueden escapar de sus manos debido al número de la jauría y a la diligencia de los cazadores. Resulta un espectáculo muy placentero de ver a los que gustan de semejantes monterías.


Capítulo décimo noveno

De su cetrería

En el mes de marzo el Gran Kan, partiendo de la ciudad de Cambalú, avanza por la campiña hasta el mar Océano con sus halconeros. Se sigue tal protocolo en semejante cetrería. Salen con él halconeros en número de xx mil, llevando un sinfín de halcones peregrinos y sacres, muchos azores y alrededor de quinientos gerifaltes. Todos ellos se derraman acá y acullá por el campo, y cuando ven aves, que se crían allí en gran abundancia, sueltan los gerifaltes, azores y halcones para su captura; las piezas cobradas se llevan en su mayor parte al rey. A su vez, el monarca en persona va con ellos, sentado en un bellísimo pabellón muy bien construido de madera, que va armado con mucho artificio sobre cuatro elefantes; por fuera está recubierto de pieles de león, y por dentro se halla totalmente decorado y dorado; en él tiene para su recreo a algunos barones y xii gerifaltes escogidos; el pabellón está forrado de paños de oro y seda. Junto a los elefantes que cargan el pabellón cabalgan muchos barones y caballeros, que no se separan del rey y que, cuando ven pasar faisanes, grullas u otras especies, se lo indican a los halconeros que acompañan al monarca, los cuales a su vez lo notifican inmediatamente al rey. Este, haciendo abrir el pabellón, ordena soltar los gerifaltes que le place, y así, sentado en su sitial, contempla el juego de las aves. Tiene además consigo diez mil hombres que en esta cacería se esparcen de dos en dos por el campo, cuyo cometido es atender a los halcones, azores y gerifaltes en vuelo y, si fuere necesario, prestarles socorro; son llamados en lengua tártara restaor, es decir, «guardianes». Cada uno de ellos tiene su reclamo y capirote para poder llamar y sujetar las aves de presa; y no es menester que el que ha soltado el ave la siga, ya que éstos están atentos y cuidadosos a que las rapaces no sufran daño ni se pierdan; en efecto, los que se encuentran más cerca están obligados, si fuere preciso, a socorrerlas. Toda ave, sea de quien fuere, tiene una tablilla diminuta en sus patas con la marca de su dueño o del halconero, para que, una vez suelta, pueda ser devuelta a su amo. Cuando no se reconoce la señal, entonces se lleva a un barón que está a cargo de este menester, que se llama lingargue, esto es, «guardián de las cosas perdidas», el cual conserva fielmente las aves que le traen hasta que las reclame su propietario. Lo mismo se hace con los caballos. Por tanto, quien ha perdido un ave en esta cacería acude a este barón, así que no se puede extraviar allí nada. Mientras aquél tiene algo bajo su custodia, hace que se le preste cuidado exquisito. El que no restituye en el acto la cosa entregada a su dueño o al oficial susodicho es considerado como un ladrón. El guardián elige para colocarse el lugar más elevado y clava su estandarte en alto, para que lo encuentren con más facilidad los que quieren entregar o pedir una cosa hallada o perdida.


Capítulo vigésimo

De sus maravillosas tiendas

Después, yendo solazándose así con las aves, llegan a la gran llanura de Ciamordium, donde están montadas las tiendas del rey y de la corte, que son más de x mil y muy hermosas. Las tiendas del Gran Kan son de la siguiente traza. En primer lugar hay una tienda grande, en la que pueden caber alrededor de mil caballeros, provista de una puerta que se abre al mediodía, donde residen los caballeros y los barones. Cabe ella, al occidente, se alza otra tienda en la que se encuentra la gran sala del rey, donde celebra un consistorio cuando quiere hablar con alguien. A esta sala está unida una habitación por el otro lado, donde duerme, y a éstas se hallan contiguas otras salas y estancias. Las dos salas susodichas, es decir, la sala de los caballeros y el consistorio real, así como su cámara, son del siguiente porte. Cada una de las tres se asienta sobre tres columnas de madera aromática, que están esculpidas con bellísimos relieves muy bien labrados. Por fuera las cubren por todas partes pieles de león de diversos colores, blanco, negro y rojo, que son colores naturales, pues hay en aquella región muchos leones así coloreados; a las tiendas, por estar revestidas de un cuero tan resistente, no les puede causar daño ni el viento ni la lluvia. Por dentro, el escaño de las salas y de la habitación está forrado de pieles de armiño y de cibelinas, que son las pieles más nobles; y hay tan gran cantidad de pieles de cibelinas que bastarían para confeccionar un vestido completo a un caballero; y monta dos mil besantes de oro un vestido hecho de piel fina, y si es de piel común, vale mil besantes. Los animales de los que se obtienen estas pieles se llaman rondes, y son del tamaño de una garduña. Aquellas pieles están colocadas con tal arte y dispuestas con tal orden, que es cosa maravillosa y deleitable de ver. Las cuerdas que sujetan estas tres tiendas son de seda. Junto a ellas se alzan las tiendas de las mujeres, los hijos y las criadas del rey, también muy hermosas * * *. Y es tan grande la multitud de pabellones que semeja una enorme ciudad, pues a este recreo concurre de todas partes muchedumbre sin cuento. Los médicos del rey, sus astrólogos, halconeros y demás oficiales están allí dispuestos, colocados y ordenados como en la gran ciudad de Cambalú. En esta llanura reside el rey todo el mes de marzo, entregándose a las diversiones mencionadas. En tales cacerías se apresan numerosos animales y aves infinitas, ya que por orden del rey en cuantas provincias lindan con Cathay ningún mercader o artesano, morador de la ciudad o del campo, tiene licencia para poseer perros de caza y aves de presa en veinte jornadas a la redonda. Además, a nadie, grande o pequeño, le está permitido cazar desde principio de marzo hasta el mes de octubre, ni le es lícito capturar de alguna manera o con trampa cabras, gamos, ciervos, liebres u otros animales salvajes. Quien osa hacer lo contrario sufre castigo, por lo que a menudo las liebres, gamos y otros animales semejantes pasan a la vera de los hombres y nadie se atreve a cogerlos. Después retorna el rey con todo su séquito a la ciudad de Cambalú por el mismo camino por el que había ido a la llanura, cazando aves y animales. Cuando llega a la ciudad, celebra una corte muy grande y jubilosa en el palacio real. A continuación, regresan a sus hogares los que habían sido llamados a este efecto.


Capítulo vigésimo primero

De la moneda del Gran Kan y su incontable abundacia de tesoros

La moneda del Gran Kan se hace así: de la corteza de morera extraen la pulpa y la trituran y apelmazan como hojas de papel. Después la cortan en pedazos grandes y pequeños a modo de dineros y marcan en ellos diversas señales, según lo que ha de valer tal moneda. El dinero más bajo vale un tornés pequeño; el segundo en precio vale un medio grueso veneciano; el tercero monta dos gruesos venecianos, el siguiente cinco, el otro diez * * *. De este dinero ordena el rey que se haga gran cantidad en la ciudad de Cambalú; a nadie, bajo pena de muerte, le está permitido acuñar o pagar con otra moneda o rehusar ésta en casi todos los reinos sometidos a su señorío, y ninguno, aunque sea de otros dominios, puede servirse de otra moneda dentro de las tierras del Gran Kan, y sólo los oficiales del rey la fabrican por orden del monarca. Muy a menudo sucede que los mercaderes que vienen a Cambalú de diversas partes traigan oro, plata, perlas y piedras preciosas, y todo ello lo hace comprar el rey por medio de sus oficiales y ordena que el pago se efectúe en su dinero. Si los mercaderes son de tierras extrañas, donde no tiene curso aquel dinero, lo truecan a toda prisa por otras mercancías que llevan a su patria, de suerte que nadie lo rechaza. Además, el propio Kan manda a menudo en Cambalú que el que tenga oro, plata y piedras preciosas lo presente sin más tardar a sus oficiales, y se le cambia según la tasación justa en dinero; el libramiento se realiza al momento, sin perjuicio para el propietario, y así se vela por su seguridad y el rey puede allegar por este medio tesoros infinitos y maravillosos. Con este dinero paga el sueldo de sus oficiales y se compra todo lo necesario para la corte. En consecuencia, considera en nada infinita moneda. Así se prueba de manera paladina que el Gran Kan puede superar a todos los príncipes del mundo en gastos, riquezas y tesoros, pues es preciso que todos cornpren dinero de su corte, dinero que se fabrica de manera tan continua, que llega sin falta en abundancia suma a cuantos quieren adquirirlo.

Capítulo vigésimo segundo

De los xii gobernadores de las provincias, de su deber y de su palacio

Tiene el Gran Kan xii barones que gobiernan a xxiv provincias, a cuyo cargo está la elección de los señores gobernadores y oficiales en las provincias susodichas y en sus ciudades. Tiene también reyes que, proveyendo a los ejércitos de los cuarteles en donde han de acampar todo el año, deben dar cuenta al Kan de cuanto disponen, y éste ratifica con su autoridad sus decisiones. Se llaman seicug, es decir «oficiales de la corte mayor». Estos pueden dispensar muchas mercedes y multitud de favores, por lo que el pueblo les rinde grandes honores. Su morada se encuentra en la ciudad de Cambalú en un gran palacio consagrado a este menester, donde hay para ellos, sus oficiales y sus servidores las salas, habitaciones y demás cosas que requieren su comodidad y su cargo. Tienen también asesores, jueces y escribanos, que con sus consejos y escrituras los ayudan en sus mandados y oficio.


Capítulo vigésimo tercero

De los correos del Gran Kan y de la multitud y el orden de las posadas que los hospedan

A la salida de la ciudad de Cambalú parten muchos caminos por los que se va a las provincias comarcanas. En todos los caminos reales a cada xxv millas se encuentra una posada provista de muchas estancias, donde se alojan los correos del Gran Kan a su pasa por allí; estos mesones se llaman laubi, esto es, «cuadras de caballos». Tales hospederías cuentan con lechos y todo lo preciso para recibir a un viajero; hay también en ellas trescientos o cuatrocientos caballos del monarca, preparados para los mensajeros regios. Lo mismo sucede en todos los caminos reales hasta los últimos confines de las provincias colindantes, así que en total hay alrededor de x mil estancias y hospederías semejantes, y más de cc mil caballos dedicados a la posta. Incluso muchos lugares salvajes, donde no existe poblado de hombres, disponen de tales mesones, que están a distancia de xxxv o cuarenta millas el uno del otro, con todos los caballos y guardianes consagrados a este menester. Su manutención y todos sus gastos corren por completo a cuenta de las ciudades y aldeas en cuyo distrito se encuentran; la corte real provee al mantenimiento de los que habitan en las posadas de un despoblado. Así, pues, los correos que van a caballo por orden del rey a llevar algún mensaje cubren al día doscientas o trescientas millas de la siguiente manera. Cabalgan al tiempo dos jinetes que se ciñen muy prieto el vientre y la cabeza, y prolongan su carrera cuanto pueden aguantar sus monturas. Cuando llegan a una de las posadas susodichas, reciben otras cabalgaduras y dejan las suyas agotadas; y al punto galopan velozmente con caballos de repuesto; y mudando así de corcel en cada posta continúan su carrera durante todo el día. De esta suerte llegan las nuevas de partes muy remotas al Gran Kan con suma prontitud, y sus órdenes son llevadas con gran rapidez a comarcas recónditas. Entre los mesones predichos hay otros puestos que distan entre sí un espacio de tres millas, donde hay unas cuantas casas en las que descansan los correos de a pie; cada uno de ellos lleva un cinturón lleno de gruesas bullae, es decir, cascabeles, que suenan mucho; a las bullae, en efecto, las llamamos cascabeles. Por tanto, cuando quiere enviar una carta por medio de corredores, entrega la misiva a uno de éstos, que emprende veloz carrera hasta la primera posada, donde están listos otros corredores. Al oír los que están en el puesto próximo el ruido del que viene, sin tardanza se prepara uno de ellos y, recibiendo la carta de manos del que llega y un sello de fe en el sobre por parte del escribano del lugar, corre como el anterior hasta la segunda posada; y así se relevan los corredores en cada parada hasta llegar a donde hay que llevar la carta del rey. De esta manera en breve tiempo se salva gran trecho de camino. Algunas veces el rey recibe en el plazo de un día y una noche nuevas y frutos frescos de un lugar situado a diez días de distancia. Todos los correos susodichos están exentos por el rey del pago de cualquier tributo y encima reciben de la corte real un excelente salario.


Capítulo vigésimo cuarto

De la previsión del rey para remediar los tiempos de esterilidad y carestía y de su piedad para con sus súbditos pobres

Todos los años el Kan despacha mensajeros a las provincias que le están sometidas para indagar si alguna región perdió su cosecha aquel año a causa de la langosta, las orugas, alguna sequía o una peste. Cuando el rey tiene noticia de que alguna comarca o ciudad ha sufrido semejante catástrofe, le condona los tributos de aquel año y hace que se le lleve grano de sus trojes en cantidad suficiente para la comida y la sementera. En los tiempos de gran abundancia compra el rey grano sin tasa, que se conserva en sus silos durante tres o cuatro años con cuidado de que no se pudra. Y se provee al abastecimiento de todo el grano con tal diligencia, que siempre están llenos los alholíes reales, de modo que se pueda subvenir a los menesterosos en las épocas de indigencia. Cuando en tal contingencia se vende el grano del monarca, el comprador paga por cuatro cahíces el mismo precio que pide otro vendedor por un cahíz. Igualmente, cuando hay una epidemia de animales, condona a los que sufren esta plaga el tributo del año, más o menos, según la cuantía de la pérdida, y hace que se les venda algunos de sus rebaños y ganados. En las vías principales de la provincia de Cathay y de las comarcas adyacentes hace el rey plantar árboles a poca distancia unos de otros, para evitar que los viandantes se descarríen del camino recto, pues los guían estos mojones. Hace también otra cosa digna de no pequeña alabanza: manda registrar en la ciudad de Cambalú el número de las familias y los nombres de los que no cosechan grano ni pueden comprarlo, que son muchos, y ordena que, de sus silos, se les dé anualmente a todos ellos el grano necesario para todo el año. A nadie que lo solicite se le niega el pan en su corte, y no pasa día en todo el año en que no acudan a mendigar más de xxx mil pedigüeños entre hombres y mujeres: y como a ningún menesteroso se le niega el pan, el Gran Kan es honrado por los pobres como un dios.

Capítulo vigésimo quinto

De la bebida que se hace en la provincia de Cathay en lugar de vino

En la provincia de Cathay en lugar de vino se elabora una bebida de arroz y de diversas especias, que es muy clara y supera en suavidad al vino, y hace que los que beben de ella se embriaguen con más facilidad.

Capítulo vigésimo sexto

De las piedras que arden como leña

En toda la provincia de Cathay se encuentran unas piedras negras que se cavan en las sierras; puestas en la lumbre arden como leña y conservan el fuego largo tiempo, una vez que han prendido; si se encienden al atardecer, guardan la llama toda la noche; y aunque en esa provincia hay mucha madera, muchos sin embargo se sirven de las piedras, porque la leña es más cara.


Capítulo vigésimo séptimo

Del gran río Pulchanchimet y de un puente muy hermoso

Terminado lo que por el momento decidí contar acerca de la provincia de Cathay, la ciudad de Cambalú y la magnificencia del Gran Kan, pasaré ahora a describir brevemente las regiones limítrofes. Una vez el gran rey Kan me despachó a mí, Marco, a comarcas remotas para un negocio de su imperio, y yo, partiendo de la ciudad de Cambalú, estuve varios meses de viaje. Así, pues, referiré todo lo que encontré al ir y volver por aquel camino. Al salir de Cambalú se encuentra a diez millas un gran río que se llama Pulsanchimeth, que desemboca en el mar Océano. Por su curso bajan muchas naves con muy grandes mercaderías. Hay allí un puente de mármol muy hermoso de ccc pasos de largo y de gran anchura, que permite que puedan ir al tiempo diez jinetes a la par. El puente tiene xxiii arcos y otras tantas pilastras de mármol en el agua. El pretil, es decir, su muro costanero, es de la traza siguiente. Al comienzo del puente se alza a cada lado una columna de mármol que tiene por base un león de mármol; después de esa columna, a un paso de distancia, hay otra columna que se asienta asimismo sobre dos leones marmóreos como la primera; entre las dos corre una baranda de mármol de color gris que continúa por los dos lados desde su comienzo hasta su fin, de suerte que se cuentan allí en total mil doscientos leones de mármol, por lo que este puente es bello y suntuoso sobremanera.


Capítulo vigésimo octavo

Descripción de parte de la provincia de Cathay

Avanzando desde el puente en xxx millas se encuentran sin cesar muchos bellos palacios y otras bonitas casas y fértiles campos. Al cabo de las xxx millas se da vista a la ciudad de Gin, grande y hermosa; hay allí muchos monasterios de ídolos. Se hacen también paños muy finos de oro y de seda y excelentes lienzos. Tiene asimismo muchas hospederías públicas para los viandantes. Los ciudadanos son por lo general artesanos y mercaderes. A una milla después de pasar esta ciudad se bifurca el camino: un ramal atraviesa la provincia de Cathay; otro, torciendo al cierzo, conduce al mar por la región de Mangu. Por la provincia de Cathay se va en otra dirección durante diez jornadas, y se encuentra a cada paso ciudades y aldeas. Hay allí muchos campos muy feraces y huertas hermosas sobremanera; hay numerosos mercaderes y artesanos. Los hombres de esta región son muy amistosos

y afables.

Capítulo vigésimo noveno

Del reino de Canfu

A diez jornadas de camino de la ciudad de Gin se encuentra el reino de Canfu, grande y hermoso, en el que hay muchas viñas. En toda la provincia de Cathay no se da el vino, sino que se lleva de esta región. Crecen allí muchas moreras a causa de la seda, de la que hay grandísima abundancia. Se hacen múltiples tratos de mercaderías. Hay numerosos artesanos, y se fabrican muchas armas para los ejércitos del Gran Kan. Al avanzar desde allí al occidente, se atraviesa de forma ininterrumpida durante siete jornadas una hermosa región, muchas aldeas y muy bellas ciudades. Se hacen en ellas muchos tratos de mercaderías. Pasadas las siete jornadas susodichas se avista la ciudad de Pianfu, inmensa y colmada de riquezas, donde hay gran abundancia de seda.

 

 

Capítulo trigésimo

Del castillo de Caicuy y de cómo su rey fue hecho prisionero traicioneramente y entregado a un enemigo suyo que se llamaba Preste Juan

A dos jornadas de la ciudad de Pianfu se alza el hermosísimo castillo de Caicuy, que edificó un tal Darío, que fue enemigo de un gran rey que se llamaba Preste Juan. Por la fortaleza del lugar aquel rey Darío no podía recibir gran daño de este monarca, así que el Preste Juan sentía muy amarga tristeza de no poder vencerlo por la fuerza. Sin embargo, hubo en su corte siete jóvenes que de mancomún se obligaron a traerle prisionero al rey Darío susodicho; él les prometió una gran recompensa si llevaban a efecto su palabra. Los jóvenes, saliendo de su reino con una excusa fingida, se presentaron en la corte de Darío para ofrecerse a su servicio. Darío, sin recelar su perfidia, los recibió en su corte. Durante dos años no pudieron realizar su maldad. Cuando el rey ya se fiaba de ellos, un día, tomándolos a ellos con otros pocos, cabalgó fuera del castillo una milla para distraerse. Los traidores, viendo que había llegado la hora de perpetrar la felonía que habían urdido, desenvainando la espada lo prendieron y lo llevaron cautivo al Preste Juan, como le habían prometido con palabra aleve. Este se alegró sobremanera y en prueba de su magnanimidad hizo que se le encomendara la guardia del ganado y que se le sometiera a estrecha vigilancia. Después de dos años de andar entre pastores, el rey mandó que fuera conducido a su presencia con todo el boato regio y le dijo: «Ahora has podido aprender en propia carne que tu poder no es nada, ya que te hice prender en tu reino y durante dos años te he relegado a los rebaños; y podría matarte, si quisiera, y ningún mortal podría librarte de mis manos». El confesó que era verdad todo aquello. Entonces prosiguió el rey Juan: «Dado que confiesas que, en comparación conmigo, no eres nada, quiero ahora tenerte como amigo, y me basta como victoria el hecho de haber podido matarte». Y le entregó caballos y escolta que lo condujo con honor a su castillo. Aquél, mientras tuvo vida, rindió pleito homenaje al Preste Juan y le obedeció en todo cuanto quiso.


Capítulo trigésimo primero

Del gran río de Caromoram

Caminando más allá del castillo de Caicuy se encuentra a xx millas el río de Caromoram, sobre el cual no se tiende ningún puente a causa de su gran anchura; es también muy profundo y llega hasta el mar Océano. A orilla de este río se levantan numerosas ciudades y aldeas, en las que se hace mucho trato de mercaderías. En la región limítrofe al río crece por doquier jengibre en gran cantidad. Se encuentra allí seda en suma abundancia. Hay también tal multitud de aves, que es cosa muy de maravillar: en efecto, se venden tres faisanes por una moneda de plata, que vale un veneciano. A dos jornadas del río se encuentra la ciudad noble de Cianfu, donde hay seda en grandísima abundancia. Allí se hacen paños de oro y seda. Todos los habitantes del lugar y de la provincia de Cathay son idólatras.


Capítulo trigésimo segundo

De la ciudad de Quingianfu

De allí en ocho jornadas se pasa por ciudades, villas, campos muy hermosos, multitud de jardines y, a causa de la seda, moreras infinitas. Los hombres son idólatras. Hay allí mucha caza de bestias y de aves. Después de las ocho jornadas se llega a la gran ciudad de Quingianfu, que es la capital del reino de Quingianfu, en otro tiempo opulento y famoso. Su monarca es un hijo del Gran Kan llamado Mangla. Hay en ella grandísima abundancia de seda y de cuanto es menester para la vida del hombre y se hacen muchos tratos de mercaderías. El pueblo de la tierra es idólatra. Fuera de la ciudad, en la llanura, está el palacio real de Mangla, que tiene en cerco largas murallas: su circunferencia alcanza las cinco millas. Dentro de la muralla aquella corren ríos, estanques y fuentes. En la plaza del centro de la ciudad se alza un palacio muy hermoso, todo dorado por dentro. En torno de la muralla acampa el ejército del rey, que se distrae en aquella región con monterías y cacerías de aves.


Capítulo trigésimo tercero

De la provincia de Chim

Saliendo de allí, es decir, del palacio, se marcha durante tres días por una llanura muy hermosa, donde hay numerosas ciudades, aldeas y muchos tratos. Tienen seda en muchísima abundancia. Al cabo de los tres días susodichos se entra en una región montuosa; entre las cordilleras se abren grandes valles, en los que se alzan muchas ciudades y aldeas, así como también en la sierra hay ciudades y aldeas, que pertenecen a la provincia llamada Chim. Los hombres de aquella tierra son idólatras y, agricultores; son también diestros cazadores, porque en la región menudean los animales salvajes, a saber, leones, osos, ciervos, gamos, cabras y otras diversas clases de alimañas. Se extiende la comarca susodicha unas xx jornadas, y los viandantes cruzan montes, valles y bosques; se encuentran muchas ciudades y poblaciones y muy buenas hospederías.


Capítulo trigésimo cuarto

De la provincia de Achalech Mangii

Después de las xx jornadas susodichas se avista la ciudad de Achalech Mangii * * *, que es limítrofe de la provincia de Mangii. En las tres primeras jornadas el terreno se presenta llano; al término de las mismas se atraviesan grandes montañas y valles inmensos y muchos bosques. Se extiende la región unas xx jornadas, y tiene multitud de ciudades y villas. Sus habitantes son idólatras y comerciantes, artesanos, labradores y muy avezados cazadores; en efecto, hay allí leones, osos, ciervos, gamos, cabras, onzas y las alimañas de las que se obtiene el almizcle, como se ha dicho arriba * * *. En esta provincia se da en suma abundancia el trigo. También hay arroz en grandísima cantidad.


Capítulo trigésimo quinto

De la provincia de Sindifu

Al cabo de las xx jornadas susodichas de camino se extiende en una llanura la provincia de Sindifu, que está también en la frontera de Mangii; su capital se llama Sindifu. Esta ciudad fue antaño grande y opulentísima; su circunferencia abarcaba xx millas; gobernó en ella un monarca poderoso y riquísimo, que tenía tres hijos, los cuales, al suceder a su padre, partieron el reino en tres, y tras dividir asimismo la ciudad en tres partes cercaron cada una de ellas con una muralla, que corría por dentro de la anterior. No obstante, el Gran Kan conquistó la ciudad y el reino. Por medio de esta ciudad pasa el río Quinanfu, que tiene de ancho como media milla; es también muy profundo y se pescan en él muchos peces. A sus márgenes se elevan muchas ciudades y villas, pues fluye hasta el mar Océano a lo largo de xxx jornadas. Discurre por él cantidad innumerable de naves y mercaderías, de suerte que apenas se puede dar crédito a quien lo narra a no ser que se haya visto con los propios ojos. En la ciudad de Sindifu cruza el río un puente de piedra, cuya longitud es de media milla y su anchura de ocho pasos. Está todo él cubierto de una techumbre de madera muy primorosamente pintada, que se sostiene sobre columnas de mármol. Sobre el puente hay muchas casetas o tiendas de madera para los maestros de las diferentes artes, que se montan por la mañana y a la tarde se quitan o se desarman; hay también otra casa mayor donde se instalan los oficiales del rey que cobran el peaje y los tributos impuestos por el monarca, que ascienden todos los días, según se dice, a la suma de mil besantes de oro. Los hombres de esta región son idólatras. Prosiguiendo el camino durante cinco jornadas a través de una llanura se encuentran fortalezas y muchos caseríos, donde hay lienzos en grandísima abundancia. Hay también allí multitud de animales salvajes.
Capítulo trigésimo sexto

De la provincia de Thebeth

Pasadas las cinco jornadas susodichas se entra en la provincia de Thebeth, que devastó el Gran Kan al combatirla y conquistarla. En efecto, muchas ciudades fueron allí destruidas y aldeas asoladas. La provincia se extiende en longitud durante xx jornadas, y como está convertida en un desierto, es preciso que durante las xx jornadas los viajeros lleven consigo todas las vituallas. Además, al carecer de habitantes, se han multiplicado en ella sobremanera las fieras salvajes, por lo que es muy peligroso pasar por allí y sobre todo de noche. Sin embargo, los mercaderes y los viandantes recurren a esta argucia. Aquella región tiene muchas cañas, cuya longitud suele ser de cinco pasos y su grosor de tres palmos de circunferencia; entre cada nudo de la caña hay una distancia de tres palmos. Por lo tanto, cuando los viandantes quieren acampar al caer el sol, hacen grandes manojos de cañas verdes, a las que prenden fuego para que ardan durante toda la noche; cuando se han calentado un poco, saltan con gran fuerza acá y acullá y se hienden y crepitan con tanto estruendo, que se escucha su fragor y estrépito a muchas millas a la redonda. Cuando las fieras salvajes oyen aquel ruido terrible, se espantan con tal sobresalto y pavor, que sin más se dan a la fuga hasta llegar a un lugar donde deje de escucharse aquel estruendo horrísono. De esta manera, pues, se libran de noche los mercaderes de las alimañas, ya que, de no precaverse con tal añagaza, no podría escapar ninguno con vida por la multitud de fieras salvajes. También los hombres, cuando oyen este estrépito, experimentan gran susto; a su vez, antes de que los caballos y los animales de los viajeros se acostumbren a él, sienten tal pánico, que al punto emprenden la huida, y de esta manera muchos mercaderes poco avisados han perdido ya muchos animales. Por tanto, es preciso que antes se aten con lazos las patas de los caballos una por una con suma diligencia, y a veces rompen las ligaduras y escapan al escuchar el crujir de las cañas si previamente no están trabados con gran cuidado.

Capítulo trigésimo séptimo

De otra región de la provincia de Thebeth y de una costumbre vergonzosa

Al cabo de las xx jornadas de la provincia de Thebeth se encuentran muchas aldeas y caseríos, en los que se observa una absurda y muy detestable perversión causada por la ceguera de la idolatría. En efecto, en aquella región no quiere ningún hombre recibir una muchacha virgen en matrimonio, sino que todos exigen de la que pretenden por esposa que haya sido conocida antes por muchos hombres, de otra suerte dicen que la mujer no está madura para el matrimonio. Por tanto, cuando los mercaderes u otros cualesquier viandantes, al pasar por aquella región, arman su tienda al lado de las villas o caseríos susodichos, las mujeres que tienen hijas casaderas las conducen en grupos de xx o xxx o xl, según que el número de comerciantes sea mayor o menor, rogándoles que cada uno de ellos escoja a una de sus hijas y la tenga como compañera mientras vaya a permanecer en su tierra. Ellos eligen para sí las que quieren y las retienen consigo el tiempo que residen allí. Cuando se marchan, no dejan a ninguna partir en su compañía, sino que es forzoso que las devuelvan a sus padres. Cada uno de ellos está obligado a dar a la muchacha que tuvo una joya, para que la joven, gracias a estas alhajas, posea una prueba evidente de haber complacido a muchos hombres, y así pueda casarse con mayor facilidad y tener mejor partido. Cuando las zagalas antedichas quieren presentarse con todas sus galas y arreos, se ponen al cuello todos los aderezos que les han dado los viandantes y muestran que les han servido con aceptación; y las que llevan más preseas semejantes al cuello son las más preciadas y se casan con mayor facilidad. Una vez que han contraído matrimonio son muy amadas por sus esposos, y no les está permitido volver a cohabitar con extranjeros o lugareños, y se cuidan muy mucho los hombres de esta región de no ofenderse unos a otros por este motivo. Los habitantes de la comarca son idólatras y no consideran pecaminoso ni saquear ni dedicarse a la rapiña. Viven de los frutos del campo y de las mercaderías. En esta tierra menudean los animales que producen almizcle, llamados gudderi. Los moradores de la región tienen muchos perros de caza que los capturan, por lo que abundan en almizcle. Se visten de cuero y de pieles de animales o de bocarán o cañamazo basto. Tienen tanto lengua como moneda propia. Pertenecen a la provincia de Thebeth y lindan con la gran región de Mangi, pues la provincia de Thebeth es anchurosísima y se divide en ocho reinos. Cuenta con muchas ciudades y villas; es muy montuosa y tiene lagos y ríos en los que se encuentra el oro que se llama «de payollo». Hay allí coral, que usan como moneda, que se compra a subidos precios, porque todas las mujeres de aquella región llevan coral al cuello y cuelgan igualmente coral al cuello de sus ídolos, pues esto lo tienen a mucha gloria. En la región de Thebeth hay perros grandes como asnos, que cazan las fieras salvajes; poseen también otros perros de caza de diversas clases. Hay allí muchos y excelentes halcones laneros o herodii. Hay asimismo en esta provincia canela, áloe y otras especias aromáticas en abundancia, que no se traen a nosotros ni se han visto en nuestra tierra. Se hacen muchos chamelotes y otros paños de oro y seda. Toda esta provincia está sometida al Gran Kan.


Capítulo trigésimo octavo

De la provincia de Caindu

Después de atravesar la provincia de Thebeth se encuentra al occidente la provincia de Caindu, que tiene rey y está sometida al Gran Kan. Hay allí muchas ciudades y aldeas. Hay una laguna en la que se encuentran perlas en tanta cantidad que, si el Gran Kan permitiese su libre pesca y exportación, su precio bajaría muchísimo por su gran abundancia; pero el Gran Kan no tolera que sean cogidas a placer, y si alguien se atreviese a hacer pesquería de perlas sin licencia del rey, sería ajusticiado. En esta provincia hay gran número de gudderi, de los que se obtiene el almizcle. Hay también peces sin cuento en el lago donde se encuentran las perlas. Hay asimismo muchos leones, osos, ciervos, gamos, onzas y cabras en infinita abundancia, así como un sinfín de aves de muchas especies. Allí no se da el vino ni crecen las viñas, pero hacen un vino excelente de trigo, arroz y diversas especias. Hay clavo en abundancia extraordinaria, que cogen de unos pequeños arbustos que tienen ramitas chicas; dan una flor blanca y menuda, como es el grano de clavo. Hay también jengibre en gran cantidad, y abunda mucho asimismo la canela y otras muchas especias aromáticas que se importan a nuestras tierras. En los montes de esta región se encuentran en grandísima abundancia piedras muy hermosas llamadas turquesas, que no está permitido excavar a nadie sin licencia del Gran Kan. Los habitantes de esta comarca son idólatras. Los hombres tienen el seso tan completamente trastornado por sus ídolos, que creen que se propician su favor si entregan sus propias mujeres e hijas a los viandantes. En efecto, cuando un viajero pasa por sus tierras y se hospeda en la morada de uno de ellos, al punto el dueño de la casa convoca a su esposa, sus hijas y a las demás mujeres que tiene en el hogar y les manda que obedezcan en todo al huésped y a sus acompañantes: tras dar esta orden se va y deja al extranjero con su séquito en su casa como señor de la misma y no se atreve a regresar mientras quiera aquél permanecer en ella. A su vez, el extranjero cuelga su sombrero u otra señal en la puerta de la mansión; cuando el dueño de la casa decide retornar, pensando que quizá aquél haya partido, si ve la señal en la puerta retrocede de inmediato, por lo que el forastero puede quedarse allí dos o tres días. Esta ciega y detestable perversión la guardan todos en la provincia de Caindu y nadie la considera un vituperio, ya que obran así en honor de sus dioses, y creen que por el buen trato que dispensan a los viandantes merecen que sus dioses les otorguen abundancia de frutos terrenales. Tienen moneda de esta suerte. Hacen barritas de oro de un determinado peso que emplean como dinero, y según el peso de la barrita varía su valor; ésta es la moneda mayor. La menor es la siguiente: cuecen sal en un caldero que después vierten en moldes, donde se cuaja, y se sirven de esa moneda; en efecto, ochenta de estos dineros tienen el valor de una barrita de oro. Después se avanza diez jornadas y se encuentran en el camino muchas aldeas y caseríos, que siguen las mismas costumbres que la provincia de Caindu * * *. En este río se halla gran abundancia de oro que se dice «de payolo». A su orilla crece canela en cantidad infinita; desemboca en el mar Océano.


Capítulo trigésimo noveno

De la provincia de Carayam

Después de franquear el río susodicho se penetra inmediatamente en la provincia de Carayam, que comprende siete reinos. Está sometida al dominio del Gran Kan. Reina en ella un hijo de Cublay llamado Esencenir, hombre prudente y esforzado, poderoso y riquísimo que guarda justicia en su reino de manera excelente. Los habitantes de la región son idólatras. Avanzando más allá del río se encuentran en cinco jornadas muchas ciudades y aldeas. En esa región nacen caballos muy buenos. Allí se habla lengua propia, pesada y muy difícil. Después de las cinco jornadas susodichas se avista la ciudad principal del reino llamada Xacii, noble y grande, donde se hacen grandes y muchísimos tratos. Viven en ella cristianos nestorianos, pero pocos; son muchos, en cambio, los que adoran a Mahoma. Se da allí en gran abundancia trigo y arroz, pero no comen pan de trigo porque no es saludable; el pan lo hacen de arroz. Elaboran también de diversas especias una bebida que emborracha con más facilidad que el vino. En lugar de moneda usan porcelanas blancas que encuentran. Se dan ochenta de ellas por un sagio de plata, que tiene el valor de dos venecianos, y ocho sagios de plata equivalen a un sagio de oro. En esta ciudad se obtiene de agua de pozo sal en grandísima cantidad, de la que el rey saca pingües ganancias * * *. En la comarca hay un lago que tiene cien millas de circunferencia en la que se pescan grandes y sabrosísimos peces, que los hombres de la región comen de la siguiente manera: en primer lugar, los desmenuzan, después los ponen muy bien adobados en un condimento de muchos ajos y buenísimas especias y acto seguido los comen como se come entre nosotros la carne cocida.

Capítulo cuadragésimo

De una región de Carayam en la que hay serpientes

Después de salir de la ciudad de Xacii se avanza durante x jornadas hasta la provincia de Carayam * * *, donde reina Cogatuy, hijo del rey Cublay. Allí se encuentra mucho oro llamado «de payolo», que se extrae de los ríos, pero en otras lagunas y montañas se encuentra oro más grueso que el «de payolo»; se trueca un sagio de este oro por seis de plata. Usan como moneda porcelana, sobre la que se ha dicho arriba, que se trae de la India. Los hombres de la región son idólatras. En esta tierra se encuentran grandísimas serpientes: muchas de ellas tienen diez pasos de longitud y xiv palmos de grosor en cerco. Cada una de estas grandes serpientes tiene junto a la cabeza dos piernas carentes de pies, pero en su lugar tiene una garra a modo de león. Su cabeza es enorme y sus ojos grandísimos, como hogazas. Su boca es de tal tamaño que puede engullir con facilidad a un hombre. Tiene colmillos larguísimos. Y como la serpiente es tan espantable que no hay persona que no tenga miedo de acercarse a ella e incluso la temen los animales salvajes, la manera en que la cazan los cazadores es la siguiente. La serpiente susodicha se guarece de día en cavernas subterráneas a causa del calor, y sale de noche y va buscando en torno animales que devorar; se dirige a las madrigueras donde hacen su cubil leones, osos o animales semejantes, y se come a adultos y crías, ya que ninguna bestia puede aguantar su ataque y su fuerza. Después de haber comido vuelve a su gruta. Hay allí un paso arenoso. Y cuando la serpiente va a reptar por la arena se lanza con gran fuerza en ella; y como es tan pesada y tan gruesa, deja un surco tan grande y tan ancho con su pecho y vientre, que parece que se han arrastrado por el arenal grandes toneles llenos de vino. Los cazadores durante el día hincan aquí y allá debalo de la arena muchas y fuertes estacas, en cuyo extremo están clavadas espadas de acero muy puntiagudas que recubren después de arena para que no las pueda ver la serpiente. Así, cuando pasa de noche, el ofidio se arroja según su costumbre sobre el arenal y, al clavarse en su ímpetu el hierro oculto y agudo, muere en el acto o recibe una herida gravísima. Entonces sobrevienen los cazadores y la rematan, si es que vive todavía; en primer lugar extraen su hiel, que venden a subido precio por su gran valor medicinal, ya que el que sufre la mordedura de un perro rabioso y bebe de ella el precio de un dinero pequeño sana por completo; asimismo, la mujer que se encuentra en los dolores del parto y toma un poco de ella queda fuera de peligro, y el que padece un apostema, si unta el lugar enfermo con ella, se cura perfectamente en pocos días. También se vende la carne de la serpiente, que es de gusto muy sabroso y la comen los hombres con sumo placer. En esta región se crían asimismo muchos y excelentes caballos, que los comerciantes llevan a la India. A todos les quitan dos o tres nudos del hueso de la cola, para que al correr no azoten al jinete con su cola, que menean al galopar de acá para allá, pues esto en un caballo se considera feísimo. Los jinetes de esta tierra usan estribos largos para la silla, como acostumbran entre nosotros los franceses. En la guerra se sirven de corazas de cuero de búfalo; utilizan también escudos, lanzas y ballestas y untan de ponzoña las saetas que disparan. Antes de que Cublay Kan conquistase la provincia, los habitantes de la región cometían esta detestable fechoría; cuando atravesaba sus tierras un hombre extranjero de porte honorable y de buenas costumbres, que les pareciese discreto por su trato y conversación, si se hospedaba en su morada lo mataban de noche, pensando que su prudencia, sus costumbres, su apostura y su alma quedaban en adelante en aquella casa. Por esta razón muchos recibieron allí la muerte; mas el Gran Kan, cuando sometió a su señorío aquel reino y lo domeñó, extirpó de raíz esta impiedad y locura de la tierra.


Capítulo cuadragésimo primero

De la provincia de Ardandam

Cuando se avanza desde la provincia de Carayam cinco ornadas, se topa con la provincia de Ardandam, que esta sometida al Gran Kan. Su ciudad principal se llama Ursian. En esta comarca se da oro al peso; en efecto, una onza o sagio de oro se trueca por cinco onzas o sagios de plata, pues en aquella región no se encuentra plata en un compás de muchas jornadas; por esta razón acuden allí los comerciantes, que cambian con ellos oro por plata y obtienen grandes ganancias; también pagan con porcelana, que se trae de la India. Se nutren, por lo general, de arroz y de carne. Hacen una bebida excelente de arroz y de especias finas. Los hombres y las mujeres de la región llevan los dientes recubiertos de laminillas de oro finísimas, dispuestas de manera que encajen a la perfección en la dentadura. Todos los hombres son guerreros, dedicándose únicamente a las armas, a la milicia y a la caza de animales y aves, mientras que las mujeres se cuidan por completo de la hacienda y tienen siervos comprados que están a sus órdenes. En esta región existe la costumbre de que, cuando pare la mujer, se levante cuanto antes de la cama y se haga cargo de la administración de la casa, mientras que su marido pasa xl días en el lecho y vela por el recién nacido, a la madre no le resta otra preocupación por el niño que la de darle de mamar; entre tanto, los amigos y parientes visitan al varón en la cama. Dicen que obran así porque la mujer ha sufrido largo tiempo y ha tenido harto trabajo durante el embarazo y el parto, por lo que juzgan conveniente que se desentienda durante xl días del cuidado del hijo; sin embargo, ella le lleva a su marido la comida a la cama. En esta comarca no hay ídolos, sino que cada familia adora a su progenitor ancestral, del que proceden los demás miembros de la familia. Habitan en lugares muy salvajes, donde se alzan enormes montañas y selvas muy grandes. A aquellos montes no se acercan hombres de otras regiones, porque los forasteros no pueden aproximarse allí por la extrema corrupción del aire. Carecen de escritura, pero hacen sustratos con dos pedazos partidos de madera, de los que uno conserva una mitad y el otro la otra; después, cuando se juntan, coinciden en las muescas. En esta provincia y en las otras susodichas, es decir, Caindu y Carayam, no hay médicos, sino que, cuando alguien enferma, llaman a los magos que sirven a los ídolos; los pacientes les exponen sus dolencias y entonces los hechiceros danzan en corro y tocan sus instrumentos y entonan grandes cánticos en honor de sus dioses. Prosigue todo ello hasta que uno de los que bailan cae presa de un demonio. Cesando entonces el baile preguntan al endemoniado, que yace en el suelo, por qué causa está aquél enfermo y qué hay que hacer para su salvación. El diablo responde por boca del poseso diciendo que adoleció porque ofendió a tal o a cual dios. Los magos suplican entonces al dios que, si se apiada, le ofrecerá un sacrificio * * * de su propia sangre. Si el demonio juzga por los síntomas de la enfermedad que la curación es imposible, replica: «Fulano ha cometido tan grave afrenta contra el dios, que ningún sacrificio puede apaciguarlo». Si, por el contrario, considera que puede escapar, dice: «Es preciso que ofrezca tantos carneros de testuz negra a tal dios, y que haga tales rogativas, y que convoque a tantos hechiceros y hechiceras, para que ofrezcan por sus manos el sacrificio y aplaquen así al dios». Entonces los parientes del enfermo cumplen todo lo que el demonio ordenó que se hiciera, inmolan carneros y lanzan al cielo su sangre. A su vez los magos, juntándose con las brujas, encienden grandes fuegos e inciensan toda la casa y hacen sahumerios de lináloe y derraman el caldo de la carne cocida y una parte también de las bebidas hechas con especias. Y de nuevo danzan en corro y cantan en honor de aquel ídolo. Después preguntan otra vez al endemoniado si con todo esto ha quedado satisfecho el dios. Si el diablo ordena que se haga otra cosa, se acata sin dilación su orden. Cuando los ensalmadores saben que le han satisfecho, se sientan a la mesa y comen la carne inmolada con gran regocijo y beben los brebajes consagrados al ídolo en la ceremonia. Acabada la comida tornan a su casa. Si acontece por la providencia divina que sane el doliente, atribuyen su curación al diablo al que han ofrecido los sacrificios. De esta suerte los demonios se mofan de su ceguera.


Capítulo cuadragésimo segundo

De un gran combate que hubo entre los tártaros y un rey de Mien

A causa del susodicho reino de Carayam y del reino de Uncian hubo un gran combate en la región que acabamos de mencionar. En el año del Señor de mcclxii el Gran Kan envió a uno de sus príncipes, llamado Noscardin, que era un varón prudente y arrojado; con él iban buenos soldados y fortísimos guerreros. Pero los reyes de Mien y de Bengala, al oír su llegada, se aterrorizaron, recelando que había venido a invadir sus tierras, por lo que, juntando sus fuerzas, reunieron alrededor de lx mil jinetes y peones y unos dos mil elefantes con torretas, en cada una de las cuales iban xii, xv o xvi hombres. El rey de Mien con este ejército llegó cerca de la ciudad de Unciam, donde se encontraba la susodicha hueste de los tártaros, y acampó en la llanura a tres jornadas de Unciam. Nastardin, al recibir esta nueva, sintió temor porque llevaba una pequeña mesnada, pero simuló sin embargo no albergar ningún miedo, ya que tenia consigo a hombres fuertes y esforzados guerreros, y fue a su encuentro a la llanura de Buciam, y allí plantó su real junto a un gran bosque donde crecían árboles enormes, porque sabía que los elefantes no podían entrar de ninguna manera en la foresta. Así, pues, el rey de Mien vino a atacar su ejército, pero los tártaros le salieron audazmente al paso. Cuando los caballos de los tártaros vieron los elefantes con torretas, colocados en primera fila, se espantaron con tal pánico, que sus jinetes no pudieron lograr que se les aproximaran ni con fuerza ni con maña. Entonces desmontaron todos, ataron los corceles a los árboles y tornaron como peones a combatir a los elefantes, y comenzaron a arrojar flechas sin pausa contra ellos. Los hombres que estaban en la llanura con los elefantes peleaban contra ellos, pero los tártaros eran más valientes y aguerridos; por consiguiente, causaron con sus saetas muy crueles heridas a multitud de elefantes, los cuales, por miedo a las flechas, emprendieron la huida y todos, en veloz carrera, se internaron en el bosque próximo, ya que sus conductores no pudieron evitar la entrada. En el bosque se desperdigaron acá y acullá y las ramas quebraron todos los castillos de madera, pues la arboleda era grande y espesa. Percatándose de ello, los tártaros corrieron a los caballos, y montando en ellos y dispersos los elefantes, cargaron contra el ejército del rey, en el que había cundido no pequeño temor al ver deshecha el haz de elefantes. Con todo, el combate fue encarnizado en extremo. Cuando uno y otro ejército agotó las flechas que tenía, todos echaron mano a las espadas, con las que lucharon muy denodadamente, cayendo muchos por ambas partes. Por fin el rey de Mien se dio a la fuga con los suyos; los tártaros, lanzándose en su persecución, mataron a muchos de los que huían. Habiendo dado muerte o puesto en fuga a sus adversarios, regresaron al bosque para capturar los elefantes; pero no hubiesen podido apresar ninguno, de no haberles prestado ayuda unos cautivos de los enemigos, con cuyo concurso cogieron cerca de cc. Desde esta batalla en adelante empezó el Gran Kan a tener elefantes para su ejército, con los que antes no contaban para la guerra. A continuación conquistó el Gran Kan las tierras del rey de Mien y las sometió a su señorío.


Capítulo cuadragésimo tercero

De una región salvaje de la provincia de Mien

Al salir de la provincia de Carayam se encuentra un desierto inmenso, por el que se desciende sin parar durante dos jornadas y media. No hay allí poblado ninguno, sino una vasta y anchurosa llanura a la que tres días por semana bajan a ferias y mercados muchos habitantes de las grandes cordilleras de aquella región; llevan oro que truecan por plata y dan una onza de oro por cinco onzas de plata; así, pues, muchos mercaderes de aquellas partes acuden con plata. A aquellas montañas asperísimas donde viven ellos por su seguridad no se acerca ningun extranjero, porque son parajes muy fragosos, y por eso los forasteros no saben dónde está su poblado. Después se encuentra la provincia de Mien, que confina con la India al mediodía, a través de la cual se va durante xv jornadas por lugares salvajes y boscosos donde abundan los elefantes, unicornios y otras fieras salvajes sin cuento; y no hay allí ningún poblado.


Capítulo cuadragésimo cuarto

De la ciudad de Mien y el muy hermoso sepulcro de su rey

Al cabo de aquellas xv jornadas se halla la ciudad que se llama Mien, grande y famosa, que es la capital del reino y está sometida al Gran Kan. Sus habitantes tienen lengua propia y son idólatras. En esta ciudad hubo un rey riquísimo que, al morir, mandó que se le hiciera un sepulcro de esta guisa. En todas las esquinas del monumento ordenó que se levantase una torre de mármol de diez pasos de altura, cuyo grosor tenía la proporción que requería la altura, y que en su chapitel era redonda. Una de estas torres estaba recubierta de oro; el grosor del oro medía un dedo de anchura. Sobre la cúspide de la torre había muchas campanas pequeñas de oro que, al soplar el viento, tañían. Otra torre estaba cubierta en la misma manera y forma de plata, también provista de campanillas de plata. Mandó el soberano que se labrase este sepulcro en honor de su alma y para que no pereciese su memoria. Un día se reunieron en la corte del Gran Kan juglares en gran número. El monarca, llamándolos a su presencia, les dijo: «Id con el general que os daré y con el ejército que juntaré a vosotros y conquistad la provincia de Mien». Ellos, ofreciéndose de grado a cumplir la orden del rey, marcharon como les mandó y venciendo la provincia de Mien la sometieron a su dominio. Cuando llegaron al sepulcro de mármol no se atrevieron a derrocarlo sin haber antes requerido el consentimiento del gran rey. Este, al oír que el soberano lo había construidoen honor de su alma, ordenó que de ningún modo se violase la tumba; en efecto, es costumbre de los tártaros no saquear lo que pertenece a los difuntos. En esta comarca hay muchos elefantes y también grandes y hermosos bueyes salvajes, ciervos y gamos y animales salvajes de otras y diversas especies en grandísimo número.


Capítulo cuadragésimo quinto

De la provincia de Bangala

Bangala se encuentra al mediodía en la frontera de la India y no la había sojuzgado todavía el Gran Kan cuando yo, Marco, estuve en su corte, si bien había enviado sus ejércitos a conquistarla. Tienen rey por sí y hablan lengua propia. Todos los habitantes de esta región son idólatras. Se alimentan de carne, arroz y leche. Hay allí grandísima abundancia de algodón, del que hacen muchos tratos. Abunda también en espique, galanga, jengibre, azúcar y otras muchas especias aromáticas. Los bueyes igualan en tamaño a los elefantes. En esta provincia se venden a mercaderes muchos esclavos, la mayoría de los cuales se convierten en eunucos, que después son llevados a los barones por diversas provincias.


Capítulo cuadragésimo sexto

De la provincia de Canziga

Después se halla Canziga al oriente, que tiene igualmente rey propio. El pueblo es idólatra. En esta comarca se encuentra oro en grandísima abundancia y muchas especias, pero se hace de ellas poco trato porque la región está muy apartada del mar. Hay allí muchos elefantes y muy abundante caza de alimañas. Los habitantes de la tierra se sustentan de carne, leche y arroz. Carecen de vides, pero preparan bebidas con arroz, aromas y especias finas. Hombres y mujeres se punzan con agujas la cara, cuello, manos, vientre y piernas, y dibujan allí figuras de leones, dragones y aves de manera muy habilidosa, que se fijan en la piel de suerte que nunca desaparecen. Quien tiene más pinturas es considerado más hermoso.


Capítulo cuadragésimo séptimo

De la provincia de Amu

La provincia de Amu se encuentra al oriente; está sometida al Gran Kan. Sus hombres son idólatras. Tienen lengua propia y grandes rebaños de animales y abundancia de alimentos. Poseen muchos y excelentes caballos, que los mercaderes llevan a la India. Hay allí muchos búfalos y bueyes y vacas en gran cantidad. Los hombres y las mujeres llevan en sus brazos collares o ajorcas de oro y de plata de gran valor.


Capítulo cuadragésimo octavo

De la provincia de Tholoman

Después de Amu se encuentra a ocho jornadas al oriente la provincia de Tholoman, que está sometida al dominio del Gran Kan. Los habitantes tienen su propia lengua y adoran ídolos. Son allí hermosos los hombres y las mujeres, pero de color moreno. Tiene numerosas ciudades y muchas aldeas, y grandes y ásperas montañas. Sus habitantes son aguerridos en las armas y valerosos. Queman los cadáveres de sus muertos y colocan sus huesos en una caja de madera y los esconden en las cavernas de los montes, para que no los puedan tocar ni hombres ni alimañas. Hay allí oro en gran abundancia, y pagan en vez de moneda con porcelana de la India, de la que se ha dicho más arriba.

Capítulo cuadragésimo nono

De la provincia de Cinguy

Después de salir de la provincia de Tholoman se encuentra la provincia de Cinguy al oriente, y se camina a la vera de un río durante xii jornadas. Hay allí ciudades y muchas aldeas. Después se encuentra la grande y noble ciudad de Sinulgu. Esta región está sometida al Gran Kan. Sus habitantes son idólatras. En esta comarca se hacen muy bellos paños de corteza de árbol, con los que se visten en verano. Son hombres muy arrojados y aguerridos. En esta región hay tan gran número de leones que nadie se atreve a dormir de noche fuera de casa, porque los leones comen a todos con los que topan; hasta las naves que van por el río no atracan en la orilla por miedo a los felinos, sino que lo hacen en la mitad de la corriente, ya que los leones se introducen de noche en los barcos fondeados en la ribera y devoran a cuantos encuentran. Aunque los leones de esta región son muy grandes y feroces, sin embargo, los perros son allí tan valientes y tan fuertes que se atreven a atacar a los felinos, pero es menester que vayan dos perros junto con un hombre; en efecto, cuando un varón arrojado atraviesa a caballo la llanura, suele dar muerte a un león si lleva consigo un par de mastines. Cuando la fiera se acerca, inmediatamente los perros con grandes ladridos corren en su alcance, si el hombre los sigue a caballo. Los perros muerden al león en sus cuartos traseros o en la cola, El felino se revuelve al punto contra ellos, pero los perros saben apartarse de él, de modo que no les puede causar daño. Entonces el león reanuda su camino, y de nuevo los perros lo acosan ladrando y mordiéndolo. El ladrido de los canes hace temer al león que acudan otros perros y más hombres, y por ello vaga sin rumbo; y cuando ve un árbol grueso, apoya sus cuartos traseros en el tronco, para que no lo muerdan los perros, y les planta cara. El hombre que va a caballo no cesa de disparar flechas con su arco, de suerte que a menudo sucede que la fiera recibe graves heridas; en efecto, presta tanta atención a los perros que el hombre puede asaetearlo a placer. De esta suerte es posible dar muerte al león. Esta provincia abunda en seda y por el río susodicho se transportan muy grandes mercaderías.


Capítulo quincuagésimo

De las ciudades de Cantafu, Cianglu y Cianoli

Después de salir de la provincia de Cinguy se encuentran en cuatro jornadas bastantes ciudades y muchas aldeas. Tras esas cuatro jornadas está la ciudad de Cantafu, que pertenece a la provincia de Cathay y se encuentra al mediodía; abunda en seda y se hacen allí muchos paños de oro y de seda y lienzos en grandísima abundancia. Desde esta ciudad se marcha al mediodía durante tres jornadas y se da con la ciudad de Cianglu, muy grande, que también forma parte de la provincia de Cathay, donde se hace sal en cantidad infinita; en efecto, la tierra es allí muy salina, y de ella hacen rimeros sobre los cuales arrojan agua; después recogen el agua que escurre al pie del montículo y, poniéndola en un gran caldero, la hacen hervir al fuego largo tiempo; después cuaja en sal bella y blanca. Más allá de la ciudad de Cianglu se encuentra a cinco jornadas la ciudad de Cianoli, por medio de la cual pasa un gran río por el que bajan numerosas naves con muchas mercaderías.


Capítulo quincuagésimo primero

De la ciudad de Candifu y Singuimatu

Más allá de la ciudad de Cianglu se encuentra a seis jornadas al mediodía la gran ciudad de Candifu, que solía tener rey hasta que fue sometida al Gran Kan. Tiene bajo su dominio xii ciudades, en todas las cuales hay huertos y abundan los frutos y la seda. Marchando de nuevo al mediodía está a tres jornadas la noble ciudad de Singuimatu, a la que baña al mediodía un gran río que han partido los habitantes en dos brazos, uno de los cuales se dirige al oriente hacia Mangi, otro al occidente hacia Cathay; por estos ríos pasan naves medianas sin cuento con mercancías infinitas. Avanzando desde Singuimatu al mediodía se encuentran en xvi jornadas ciudades y villas, en las que se hace grandísimo trato de mercaderías. Todoslos habitantes de la región son idólatras y la tierra entera está bajo el poder del Gran Kan.


Capítulo quincuagésimo segundo

Del gran río de Caromoran y de las ciudades de Coiganguy y Cianguy

Al cabo de las xvi jornadas susodichas se topa con el gran río de Caromoran, que fluye de las tierras del llamado Preste Juan. Tiene de anchura un espacio de una milla; su profundidad es tan grande que pasan por él sin tropiezo naves gruesas con su cargazón. Se pescan allí peces en suma abundancia. En este río junto al mar Océano están fondeadas a una jornada xv mil naves, que tiene el Gran Kan aprestadas para llevar, si fuere preciso, sus ejércitos a las islas del mar. Son tan grandes que cada una de ellas transporta xv caballos a una región remota con sus jinetes y los mantenimientos necesarios para los jinetes, sus monturas y la tripulación, que en cualquier nave es de xx hombres. Donde atracan las naves se levantan dos ciudades, una de las cuales, la que es grande, está situada a este lado del río; la otra se halla en la orilla de enfrente. Una se llama Coiganguy, la otra Caiguy. Nada más pasar el río susodicho se abre la entrada a la nobilísima provincia de Mangi; su maravillosa magnificencia será descrita en los capítulos siguientes.

 

 

Capítulo quincuagésimo tercero

De la nobilísima provincia de Mangi, y en primer lugar de la piedad y justicia de su rey

En la gran provincia de Mangi hubo un rey llamado Facfur, muy poderoso y rico; y no se encontraba en su tiempo otro príncipe mayor que él salvo el Gran Kan. Su reino era fortísimo y se consideraba inexpugnable, y nadie osaba atacarlo; en consecuencia, el monarca y su pueblo no hacía ejercicio de armas ni de guerra. Todas las ciudades estaban cercadas de profundas cárcavas llenas de agua, que tenían de anchura cuanto podía alcanzar un tiro de arco. Carecían de caballos, porque no sentían miedo de nadie. Por tanto, el monarca no se dedicaba a más que a vivir placenteramente. En su corte tenía cerca de mil pajes y doncellas. Vivía con honra y amaba la paz, la justicia y la misericordia. En todos sus dominios reinaba maravillosa paz, y nadie se atrevía a ofender a su prójimo, porque el soberano guardaba justicia para todos. A menudo las tiendas de los artesanos quedaban abiertas por la noche, y no había quien osara entrar en ellas ni inferirles daño alguno. Los viandantes iban de noche y de día por todo el reino libremente, sin angustias ni sobresaltos. El rey era piadoso y misericorde con los pobres y cuantos sufrían necesidad y penuria. Todos los años hacía que se recogiesen los niños abandonados por sus madres, obra de xx mil, que mandaba criar de la mejor manera a su costa, pues en aquella región las mujeres pobres dejan a sus propios hijos para que los cojan otros, si no los pueden criar ellas mismas. Los niños que el rey hacía recoger los repartía entre los hombres ricos del reino que carecían de descendencia, para que los adoptasen, y cuando habían crecido, los casaba con doncellas recogidas y proveía a sus necesidades con holgura.


Capítulo quincuagésimo cuarto

De cómo Bayan, príncipe del ejército del Gran Kan Cublay, venció la provincia de Mangi y la sometió a su dominio

En el año del Señor de mcclxviii el Gran Kan Cublay subyugó a su poder la provincia de Mangi de la siguiente manera. Envió allí a uno de sus príncipes, llamado Bayan Chinsan, que quiere decir en nuestra lengua «el que tiene cien ojos», porque es lo mismo Bayan que «cien ojos». A éste le confió un gran ejército de jinetes y peones y multitud de naves, para conquistar la provincia de Mangi. Bayan, al llegar a la región susodicha, conminó antes que nada a los habitantes de la primera ciudad, llamada Coyanguy, a obedecer a su rey. Al rechazar éstos su requerimiento, no realizó ningún ataque, sino que avanzó hasta la segunda ciudad, que igualmente rehusó someterse. Entonces se dirigió a la tercera, después a la cuarta y luego a la quinta, recibiendo de todas ellas una respuesta similar; y no temía dejar atrás las ciudades enemigas y continuar su camino hasta otras, ya que su hueste era numerosa y muy aguerrida, tenía consigo a hombres que eran soldados muy arrojados, y el Gran Kan enviaba en pos suyo otro ejército grande y poderoso. A la sexta ciudad la atacó con gran denuedo y la rindió por la fuerza; prosiguiendo así su avance tomó en breve por asalto xii ciudades. Entonces se estremecieron los corazones de los hombres de Mangi, y Bayan se acercó a la inmensa ciudad real de Quinsay y desplegó su ejército ante ella. El rey de Mangi, al oír las proezas y la valentía de los tártaros, quedó muy espantado, y embarcando en un bajel con una gran comitiva se trasladó a una isla inexpugnable, llevando consigo unas mil naves, y dejó la guardia de la ciudad de Quinsay a la reina con una gran hueste. La soberana, comportándose en todo con prudencia, atendía cuidadosamente a la defensa de la tierra con sus barones. Pero cuando se enteró de que el príncipe del ejército de los tártaros se llamaba Bayan Sinsay, es decir, «cien ojos», desfalleció del todo su valor, pues había oído decir a sus astrólogos que la ciudad de Quinsay no podría ser tomada por nadie sino por quien tuviera cien ojos; como parecía imposible que alguien tuviera cien ojos, no temía a ningún príncipe. Así, pues, la reina, conocido el significado de su sobrenombre, entregó la ciudad y su reino sin condiciones al tártaro Bayan. Al oír esta nueva, todas las ciudades acataron las órdenes del Gran Kan salvo la ciudad de Sanfu, que se negó a rendirse durante tres años. La soberana se dirigió a la corte del Gran Kan, que la recibió con máximos honores. El rey Facfur, que había huido a las islas, no quiso partir de allí en toda su vida y en ellas acabó sus días.


Capítulo quincuagésimo quinto

De la ciudad de Coigarguy

La primera ciudad con la que topan los que entran en la provincia se llama Coigarguy, que es grande, noble y de muchas riquezas. Hay allí un sinfín de naves, pues se encuentra a la orilla del río Caromora. Se hace allí sal en tan gran cantidad que abastece a xl ciudades; de ella el Gran Kan percibe grandes ganancias, así como de las mercancías de la ciudad y del puerto. Todos los habitantes de la provincia y de esta ciudad de Mangi son idólatras, y queman los cadáveres de los muertos.

Capítulo quincuagésimo sexto

De las ciudades de Panthi y Cain

Al término de una jornada al siroco más allá de la ciudad de Coigarguy se encuentra la grande y noble ciudad de Panthi. Allí se hace muchísimo trato de mercaderías y hay abundancia suma de seda y vituallas. En toda aquella región se paga en moneda de la corte del Gran Kan. El camino que conduce de la ciudad de Coigarguy a esta ciudad está todo él empedrado de hermosas losas, y a su derecha e izquierda hay mucha agua. No existe otra vía de entrada o acceso a la provincia de Mangi salvo esta calzada. Al término de otra jornada está la noble ciudad de Cain, donde hay pescado en gran cantidad. Hay allí también mucha caza de animales y aves. Abundan los faisanes de tal manera, que por el peso de la plata que tiene un veneciano se venden tres faisanes excelentes.


Capítulo quincuagésimo séptimo

De las ciudades de Tinguy y Yanguy

Después se marcha durante una jornada y por el camino se encuentran caseríos y muy buenas labranzas de la tierra; al final de la jornada está la ciudad de Tinguy, que no es grande, pero tiene suma abundancia de vituallas. Hay allí también muy muchas naves: asimismo se encuentra cerca del mar Océano, a tres jornadas, y en aquel trecho hay muchas salinas. En ese territorio de salinas hay una gran ciudad que se llama Tinguy. Después de salir de la ciudad de Tinguy al cierzo se camina durante una jornada por una región bellísima; al cabo de la jornada se encuentra la noble ciudad de Yanguy, bajo cuya jurisdicción se encuentran xxvii ciudades de grandes mercaderías. Yo, Marco, por orden del Gran Kan tuve durante tres años en aquella ciudad el cargo de gobernador.


Capítulo quincuagésimo octavo

De cómo se tomó con máquinas de guerra la ciudad de Sianfu

Al occidente se encuentra en la provincia de Mangi una región que se llama Nainguy, muy opulenta y hermosa. Allí se hacen muchos paños de oro y seda. Hay también abundancia de grano y de toda suerte de vituallas. Allí se encuentra la ciudad de Sianfu, que tiene bajo su jurisdicción xii ciudades. Esta ciudad se mantuvo tres años en rebeldía, y durante ese término no pudo ser tomada por las tropas de los tártaros cuando conquistaron la provincia de Mangi. El ejército, en efecto, no podía colocarse sino en la parte del aquilón, pues por todos los demás flancos se extendían lagos profundos por los que podían entrar y salir naves en la ciudad, de modo que no podía padecer falta de alimentos. Al oír esta nueva se enojó sobremanera el rey Kan; y aconteció que entonces estaba en su corte micer Nicolás, mi padre, micer Mateo, su hermano, y Yo, Marco, con ellos. Presentándonos, pues, todos a una ante el rey nos ofrecimos a construir máquinas muy buenas con las que tomaría sin remisión la ciudad, ya que no se usaban máquinas en aquellas regiones. Teníamos con nosotros a carpinteros cristianos, que fabricaron tres catapultas excelentes, cada una de las cuales lanzaba piedras de ccc libras; el rey, cargándolas en naves, las envió a su ejército. Cuando fueron asentadas delante de la ciudad de Sianfu, la primera piedra que arrojó la máquina sobre la plaza cayó sobre una casa y destrozó gran partede la misma. Los tártaros que estaban en el ejército, al verlo, quedaron estupefactos, y los sitiados fueron presa de gran pánico; temerosos de ver destruida tan gran ciudad por las máquinas y de morir ellos mismos a manos de los tártaros o perecer bajo los derrumbamientos de las casas, rindieron de inmediato pleitesía al Gran Kan.


Capítulo quincuagésimo noveno

De la ciudad de Cinguy, no muy grande, y del gran río de Quian

Después de salir de la ciudad de Sianfu se encuentra a xv millas al siroco la ciudad de Singuy, no muy grande, aunque cuenta con un sinfín de naves, pues está situada a la orilla del río mayor que existe en el mundo, que se llama Quian, que tiene de anchura unas veces diez millas, otras, ocho, otras seis, y más de cien jornadas de longitud. En este río hay más naves que en todo el mar y en todos los ríos aquende el mar, y bajan por él más mercaderías que por todas las tierras en todos los lugares aquende el mar. Yo, Marco, vi en el puerto de esta ciudad de Cinguy alrededor de cinco mil, que navegaban por el curso del río. Las naves gruesas de aquella región están cubiertas de un sobrado y no tienen sino un mástil para el velamen. La carga de cada una asciende por lo general al número y peso de cuatro mil cántaras; algunas, no obstante, transportan xii mil cántaras, entendiendo cántaras a la manera de las naves de Venecia. Por tanto, la carga de las naves oscila entre las cuatro y las xii mil cántaras, subiendo o bajando de estas cantidades según el calado. No se sirven de maromas de cáñamo salvo para el mástil de la nave y la vela, pero fabrican cuerdas con las grandes cañas de que se ha hecho mención arriba, que tienen xv pasos de longitud, con las que traen a veces la nave a la sirga por el río. En efecto, parten las cañas y, atando unos con otros los cabos cortados, hacen sogas muy largas, pues algunas alcanzan ccc pasos de longitud, y son más fuertes que las maromas de cáñamo.


Capítulo sexagésimo

De la ciudad de Tanguy

Tanguy es una pequeña ciudad a la orilla del mencionado río al cierzo. Todos los años se recoge allí una inmensa cosecha de grano y de arroz, que después es llevada a la corte del Gran Kan a la ciudad de Cambalú; la trasladan desde ese lugar a Cathay por ríos y lagos. El Gran Kan ha mandado hacer muchos y grandes canales en buen número de parajes, para que las naves puedan pasar de un río a otro y llegar a la provincia de Cathay. También puede irse por tierra desde Mangi a Cathay. La corte del Gran Kan se abastece de trigo gracias sobre todo al que se almacena en el puerto de esta ciudad de Calguy. Frontera a la ciudad de Calguy hay una isla en medio del río; se alza allí un monasterio de monjes gentílicos que tiene muchos ídolos. Residen en él cc o más monjes idólatras; es cabeza y regla de numerosos conventos que sirven a ídolos.


Capítulo sexagésimo primero

De la ciudad de Cigianfu

Cigianfu es una ciudad en Mangi donde se hacen muchos trabajos en oro y en seda. Hay allí dos iglesias de cristianos nestorianos, que construyó el nestoriano Masarchis, que obtuvo del Gran Kan el obispado de esa ciudad el año del Señor de mcclxviii.


Capítulo sexagésimo segundo

De la ciudad de Thinghinguy y de cómo sus moradores fueron matados por haber dado muerte a un ejército de tártaros

Saliendo de la ciudad se va durante tres jornadas al siroco y durante el camino se encuentran ciudades y villas de grandes mercaderías y oficios mecánicos. Más allá, a tres jornadas, se halla la ciudad de Thinginguy, muy gran de y famosa. Hay allí gran abundancia de toda suerte de alimentos. Cuando Bayan, príncipe del ejército del Gran Kan, envió sus huestes a conquistar y sojuzgar las ciudades de Mangi, mandó contra Thinginguy a muchos cristianos que se llaman alanos. Como éstos atacaron con enorme coraje la ciudad, los cercados, vencidos por la valentía de los sitiadores, les abrieron sin condiciones sus puertas. Así, pues, todo el ejército entró pacíficamente en el recinto, sin hacer daño a nadie desde el punto y hora en que decidieron someterse a los mandatos del Gran Kan. Los susodichos alanos que habían conquistado la plaza encontraron en ella vino excelente en abundancia, del que bebieron en tanta cantidad que todos se embeodaron. A la noche, apesantados por el vino, cayeron en tan gran modorra que se durmieron todos hasta el último y no hicieron ninguna vela. Los ciudadanos que los habían recibido de paz, al ver esto, los atacaron mientras dormían y los mataron a todos, de manera que no escapó ninguno. Bayan, al recibir la nueva, envió contra ellos un gran ejército y, después de tomar la ciudad por la fuerza, ordenó que todos sus habitantes fueran pasados a cuchillo en castigo de tamaña traición y perfidia. Y se hizo tal como mandó.


Capítulo sexagésimo tercero

De la ciudad de Singuy

Singuy es una ciudad noble, cuya circunferencia abarca lx millas. La habita una muchedumbre sin cuento. La provincia de Mangi es tan populosa que, si el pueblo de la tierra fuera aguerrido en las armas, hubiese debido conquistar y vencer todo el resto del mundo; pero viven allí muchos mercaderes y artesanos y entre ellos muchos médicos y filósofos. En esta ciudad hay vi mil puentes de piedra de tan gran altura, que bajo todos ellos puede pasar con holgura una galera, y bajo muchos pueden pasar al tiempo dos galeras. En los montes de aquella ciudad crece ruibarbo y también jengibre en tanta cantidad, que por un veneciano de plata se pueden comprar ochenta libras de jengibre fresco y buenísimo. Esta ciudad tiene bajo su jurisdicción xvi ciudades de grandes mercaderías y muchos oficios mecánicos, y se hacen por tanto allí muchos paños de seda. Se llama Singuy, es decir «ciudad de la tierra», y otra gran ciudad se llama Quinsay, es decir, «ciudad del cielo». Recibieron este nombre aquellas ciudades porque son las más famosas en las partes de Oriente.


Capítulo sexagésimo cuarto

De la ciudad nobilísima de Quinsay

Saliendo de la ciudad de Singuy se marcha durante cinco jornadas y se encuentran en el camino muchas ciudades importantes, donde se hacen muy grandes contrataciones. Después se llega a la nobilísima ciudad de Quinsay, que en nuestra lengua quiere decir «ciudad del cielo», que es la ciudad mayor del mundo y la principal en la provincia de Mangi. Yo, Marco, estuve en ella y observé con atención sus cualidades, que referiré de manera sucinta y breve tal y como las vi. Su perímetro abarca en cerco cien millas más o menos. Tiene xii mil puentes de piedra de tanta altura, que las naves por lo general pueden pasar por debajo de ellos. La ciudad está en una laguna, como Venecia, y si careciese de puentes, no habría paso por tierra de un barrio a otro; por esta razón se requiere que haya tantos millares de puentes. Existen en ella xii principales oficios mecánicos, y cada uno cuenta con xii mil tiendas, en las que trabajan los artesanos correspondientes. Cada tienda alberga entre aprendices y maestros a x, xv o xx artesanos, y algunas veces llegan a xl. Es tan grande el número de artesanos y mercaderías, que parece cosa increíble a quien no lo haya visto. Los vecinos de la ciudad llevan una vida muy regalada, * * * y ni ellos ni sus esposas trabajan con sus manos, sino que hacen trabajar a otros criados. En efecto, por una constitución antigua es allí costumbre que cada uno tenga en su propia casa la tienda y el oficio que tuvo su padre; y si es rico, no está obligado al trabajo manual. Las de Quinsay son mujeres muy bellas, criadas por lo general en suma molicie. Al mediodía de la ciudad se extiende un gran lago que ciudad mayor del mundo abarca en cerco xx millas. A las orillas del lago en todo su entorno se levantan numerosos palacios y muchas grandes mansiones de los nobles, de maravillosa factura tanto en su interior como en su fachada. Se encuentran también allí iglesias de ídolos. En el centro del lago hay dos islotes, en cada uno de los cuales se eleva un palacio noble y hermoso en extremo, donde se encuentran los aprestos y la vajilla necesaria para las bodas y los banquetes de gala. Si alguien quiere celebrar un festín en un lugar solemne, se dirige allí, donde puede festejar con boato una comida o una boda. Tiene Quinsay muchas y bellísimas casas. Cuenta asimismo cada barrio con pequeñas torres de piedra construidas para el uso comunal, a fin de que, cuando se produce un incendio fortuito, los convecinos puedan llevar allí sus enseres para que no ardan; en efecto, como muchas casas son de madera, con frecuencia prende el fuego en la ciudad. Sus habitantes adoran ídolos, comen carne de caballo, perro y cualquier animal y pagan en moneda del Gran Kan. En Quinsay se monta mucha guardia por orden del Gran Kan, tanto para que sus moradores no se atrevan a rebelarse como para que no tengan lugar robos y homicidios; en cada puente de la ciudad vigilan diez centinelas noche y día. En su recinto hay un monte sobre el que se eleva una torre; sobre la torre hay tablas de madera; así, cuando se declara un fuego en la ciudad, si alcanzan a verlo los guardianes de la torre, golpean las tablas con porras de palo, para que se oiga de lejos el son a la redonda y acudan todos a prestar auxilio; lo mismo se hace si por alguna razón estalla en la ciudad una reyerta o un disturbio. Todas las calles son calzadas de piedra. Hay en Quinsay alrededor de tres mil tinas muy grandes y bellas en las que se bañan con frecuencia los vecinos, que se cuidan muy mucho del aseo corporal. A xxv millas al oriente mas allá de Quinsay está el mar Océano, y a la vera del mar la ciudad de Ganfu, donde hay un puerto excelente al que afluyen naves sin cuento desde la India y otras regiones. Desde la ciudad hasta el mar corre un río por el que llegan a ella las naves, río que atraviesa también muchas otras comarcas. Esta provincia la dividió el Gran Kan en nueve reinos, dando rey propio a cada uno según le plugo. Todos estos soberanos son muy poderosos y están sometidos al Gran Kan; es preciso que cada año rindan cuenta a los oficiales del Gran Kan de todos los ingresos y gastos de su reino, así como de su gobierno. Uno de aquellos monarcas reside continuamente en la ciudad de Quinsay, y tiene bajo su señorío cx1 ciudades. La provincia de Mangi tiene en total mccc ciudades, y en cada una de ellas está puesta una guarnición del Gran Kan, para que no se atrevan a rebelarse, El número de guardianes es maravilloso e incontable; sin embargo, no son todos tártaros, sino que son de tropas diversas y mercenarios del Gran Kan. En Quinsay y en toda la provincia de Mangi existe la costumbre de que, cuando nace un niño, inmediatamente sus padres hacen anotar el día y la hora de su nacimiento y bajo qué planeta ha nacido, pues en todos sus viajes y sus acciones se guían por el juicio de los astrólogos; por eso precisan saber el día y la hora de su nacimiento. Cuando alguien fallece, sus parientes se visten de jerga de cáñamo y queman con grandes cánticos el cadáver del muerto, así como imágenes de sus servidores y criadas y caballos y dineros, todo lo cual se hace de papel; y creen que el difunto alcanzará en la otra vida tantas cosas como han ardido en imagen. Después tañen con gran regocijo música en sus laúdes, diciendo que los dioses lo reciben con la misma pompa con la que incineran su cuerpo. En Quinsay hay un palacio maravilloso, en el que Facfur, otrora rey de Mangi, tenía su corte; es un gran espacio cercado en cuadro por un muro de gran altura, que abarca en su ámbito x millas. Dentro de esos muros hay vergeles muy hermosos con frutos finos y también fuentes y estanques en los que se crían muchos y sabrosísimos peces. En el centro del recinto se alza un palacio hermosísimo y el mayor que existe en el mundo, pues tiene xx salas todas del mismo tamaño, en cada una de las cuales podrían comer al tiempo diez mil hombres, estando colocados todos los comensales con todo desahogo y como manda el protocolo. Hay también salas pintadas y decoradas con trabajo exquisito, así como alrededor de mil aposentos. En Quinsay hay cc «hogares», por usar la expresión italiana vulgar, es decir, tantas familias, que montan clx romani en un cálculo somero; cada romani comprende x mil hombres. Por tanto, hay tantas familias en total que su número alcanza la suma de un millón y lx mil. En toda la ciudad hay muchos y muy hermosos palacios, pero sólo hay una iglesia de cristianos nestorianos. En Quinsay y en todo su distrito es preciso que cada cabeza de familia escriba sobre la puesta de la casa su nombre, el de su mujer y los de todos los miembros de su casa y su servidumbre, incluso el número de sus caballos. Cuando muere alguien de la familia o cambia de domicilio, es menester que se borre el nombre del difunto o del que se ha ido, y que asimismo se anote el nombre del recién nacido o de quien se ha añadido a la familia. De esta manera se puede saber fácilmente el número de habitantes que tiene la ciudad. También los mesoneros y los que reciben huéspedes registran en sus cuadernos los nombres de todos los viajeros que se acogen en sus hostales y en qué mes y en qué día han entrado en su posada.


Capítulo sexagésimo quinto.

De las rentas que recibe el Gran Kan en Quinsay y en la provincia de Mangi

Voy a hablar ahora de los ingresos y rentas que percibe el Gran Kan de la ciudad de Quinsay y de toda la provincia de Mangi. Anualmente ingresa el Gran Kan de la sal que se hace en Quinsay y en sus tierras lxxx romanos de oro; cada romano vale ochenta mil sagios de oro, y cada sagio de oro tiene más peso que el florín. De las otras cosas y mercaderías fuera de la sal recibe tributos inmensos e incalculables. En esta provincia hay más azúcar que en las restantes regiones de todo el mundo. Hay también grandísima abundancia de droguería y especia semejantes, y de cada droga recibe el Gran Kan el tres y medio por ciento. Percibe bien grandes ingresos del vino que se hace de arroz y diversas especias, así como de la carne. De los xii oficios que se realizan en Quinsay y en su distrito obtiene grandes rentas. De la seda, de la que hay en Mangi inmensa abundancia, recibe el diez por ciento cuando se vende; también se le da el diez por ciento en otros muchos géneros. Yo, Marco, oí contar las rentas que percibe el Gran Kan del reino de Quinsay, que es la novena parte de la provincia de Mangi, y montaban anualmente las rentas, sin incluir la sal, quince millones y seiscientos mil sagios de oro.


Capítulo sexagésimo sexto

De la ciudad de Tampiguy y otras muchas ciudades

Avanzando más allá de la ciudad de Quinsay al siroco se encuentran sin cesar durante una jornada muchos huertos y excelentes labrantíos. Después de esa jornada se avista la ciudad de Tampiguy, que es grande, noble y muy hermosa. Más allá de la ciudad de Tampiguy se halla a tres jornadas la ciudad de Ungi. Durante dos jornadas al siroco se pasa por ciudades y aldeas que están tan próximas y contiguas, que le parece al viajero atravesar una única ciudad. Hay allí infinita abundancia de todos los alimentos, y asimismo cañas mas gruesas que en todo el resto de la región, pues tienen cuatro palmos de anchura y xv pasos de longitud. A dos jornadas de allí está la ciudad de Ghenghuy, grande y bella. Después se camina durante dos jornadas al siroco y se hallan a cada paso ciudades y aldeas. En esta región hay muchos leones feroces y enormes. Esta comarca, así como las demás de Mangi, carece de carneros, pero tiene bueyes, cabras, machos cabríos y cerdos en suma cantidad. Después de otras cuatro jornadas está la ciudad de Ciangian, muy grande, que está emplazada en un monte que parte un río en dos brazos, que después corren en direcciones opuestas. A continuación se camina durante tres jornadas y se encuentra la ciudad de Cinguy, que es la última en el señorío de Quinsay.


Capítulo sexagésimo séptimo

Del reino de Suguy

Al salir de la ciudad de Tinguy se entra inmediatamente en el reino de Suguy, y sigue el camino al siroco durante seis jornadas por montes y valles, en el que se encuentran ciudades y castIllos; hay allí plenitud de víveres, así como muchísima caza de animales y aves; hay gran número de leones. Crece el jengibre en abundancia infinita, pues por el valor de un grueso veneciano se dan lxxx libras de jengibre. Hay también una flor que se asemeja al azafrán; sin embargo, es de otra especie, pero de igual valor que el azafrán. Los habitantes de esta región comen muy gustosos carne humana, con tal que los hombres no hayan fallecido de muerte natural, y piensan que ésta es la mejor carne. Cuando marchan a la guerra, todos se marcan en la frente una señal con hierro al rojo. Ninguno de ellos va a caballo salvo el jefe del ejército. Se sirven de lanzas y espadas. Son hombres cruelísimos sobremanera. Cuando matan en combate a un enemigo, beben su sangre y comen su carne.


Capítulo sexagésimo octavo

De las ciudades de Quelinfu y Unquen

En el medio de las seis jornadas susodichas está la ciudad de Quelinfu, muy grande y noble; tiene sobre el río tres puentes de piedra adornados en el pretil con columnas de mármol. Miden los puentes ocho pasos de anchura y una milla de longitud. Hay allí seda, jengibre y galanga en grandísima abundancia. Los hombres y las mujeres son muy hermosos. Hay gallinas que carecen de alas, pero tienen pelo como los gatos y son todas de color negro; ponen huevos excelentes, parecidos a los de nuestras gallinas. Por la multitud de leones es peligroso en extremo pasar por allí. Transcurridas las seis jornadas susodichas está a xv millas la ciudad de Unquen. Hay en ella azúcar en cantidad infinita y se lleva de allí a la ciudad de Cambalú.


Capítulo sexagésimo noveno

De la ciudad de Fuguy

Avanzando por el camino se encuentra a xv millas la ciudad de Fuguy, que es la capital del reino de Conchay, uno de los nueve reinos de Mangi. En esta ciudad acampa el ejército del Gran Kan para custodia de la región, listo a acudir inmediatamente a la ciudad que se atreva a rebelarse. Por medio de la ciudad pasa un río que tiene una milla de anchura. En ella se construyen muchas naves que navegan por el río. Hay allí jengibre en abundancia extraordinaria. Se hacen también tratos grandísimos de perlas y de piedras preciosas, que se traen de la India, pues está cercana al mar Océano. Tiene asimismo abundancia de vituallas.


Capítulo septuagésimo

De la ciudad de Zaizen y su famosísimo puerto y de la ciudad de Tinguy

Después de franquear el río susodicho se va durante cinco jornadas al siroco y se encuentran en el camino buenísimas ciudades y muchas aldeas y caseríos y bosques, en los que se hallan muchos árboles de los que se extrae el alcanfor. Al cabo de esas c inco jornadas se encuentra la ciudad de Zaizen, que es inmensa y tiene un puerto famosísimo al que acuden en cantidad infinita las naves de la India con sus mercancías, pues por una que vaya con pimienta a Alejandría para llevarla de allí a tierra de los cristianos, vienen cien navíos a este puerto. En efecto, es uno de los mayores y mejores del mundo por la cantidad y el volumen de las mercancías que entran en él. El Gran Kan obtiene enormes rentas de este puerto, pues cada nave le paga de todas sus mercancías el diez por ciento. La nave recibe de los mercaderes el xxx por ciento por el flete de las mercancías finas; por el de las demás mercancías bastas, lináloe y sándalo recibe el xl por ciento, de suerte que los mercaderes pagan en total, contando el tributo real y el flete, la mitad de todas las mercancías que llevan al puerto susodicho. En la ciudad hay gran abundancia de víveres. En esta región está la ciudad de Tinguy, donde se hacen bellísimas escudillas de una tierra que se llama porcelana, en una comarca que es una de las nueve regiones de Mangi; tienen éstos lengua propia. De este reino obtiene el Gran Kan tan grandes o mayores rentas que del reino de Quinsay. Dejo de escribir de los otros reinos de Mangi por mor de brevedad; en caso de describir cada uno, sería excesiva la prolijidad de este libro. Es preciso que pase a la India, donde yo, Marco, residí largo tiempo, y de la que hay que contar grandes e innumerables cosas.

Libro tercero

Capítulo primero

El primer capítulo contiene la descripción de las naves

La parte tercera de nuestro libro contiene la descripción de la India; pero comencemos al principio por sus naves. Las naves con las que se surca el mar de la India son del siguiente porte: por lo general, son de pino, y tienen un sobrado, que entre nosotros se llama «cubierta», sobre el que se asientan camarotes o celdas en número de xl, cada una de las cuales aloja cómodamente a un mercader; tiene también la nave un amplustre o gobernalle único, que en lengua vulgar se llama «timón»; asimismo está provista de cuatro mástiles y cuatro velas, pero dos de los mástiles susodichos están dispuestos de manera que se puedan poner y quitar sin dificultad. Por otra parte, las tablas están clavadas y fijas dos a dos, y así, al ajustarse una tabla sobre otra, se dobla el forro del barco en todos sus costados. La nave se sujeta con clavos de hierro; también las tablas de la nave están clavadas por dentro y por fuera según la común usanza de nuestros marineros. Sin embargo, no están calafateadas con pez porque en aquellas regiones carecen de ella; en cambio pican y desmenuzan el cáñamo y lo mezclan con aceite de los árboles y con cal, y con este engrudo brean los navíos; es esta untura muy tenaz y excelente para este uso. Cualquier nao gruesa precisa de doscientos marineros poco más o menos, pero transporta por lo general seis mil sacos de pimienta. Tiene grandes remos y muchas veces va a boga; cualquiera de los remos necesita a su vez cuatro marineros. Tiene además la nave dos barcas grandes; unas son mayores que otras, pero cualquiera de ellas transporta mil sacos de pimienta y para su manejo y gobernación se requieren xl marineros, con lo que a menudo va la nave a remolque de las barcas, que avanzan a vela o a remo según la ocasión. Asimismo cuenta la nao con diez barcas pequeñas que llamamos bateles para la pesca, el anclaje y otros muchos menesteres náuticos. Todas estas barcas van atadas a los costados de la nave y se echan al agua cuando es preciso. A su vez, las barcas tienen igualmente bateles. Cuando la nao gruesa realiza un largo viaje por mar o navega durante un año completo necesita reparación, y sobre cada tabla de la nave primitiva se pone una tercera tabla por doquier, y se brea como se hizo al principio. Y esta operación se repite también otras veces hasta que, al final, cubren la nave seis hiladas de tablas.


Capítulo segundo

De la isla de Ciampagu

Pasemos ahora a describir las regiones de la India; empezaremos por la isla de Ciampagu, que es una isla al oriente en alta mar, que dista de la costa de Mangi mil cuatrocientas millas. Es grande en extremo y sus habitantes, blancos y de linda figura, son idólatras y tienen rey, pero no son tributarios de nadie más. Allí hay oro en grandísima abundancia, pero el monarca no permite fácilmente que se saque fuera de la isla, por lo que pocos mercaderes van allí y rara vez arriban a sus puertos naves de otras regiones. El rey de la isla tiene un gran palacio techado de oro muy fino, como entre nosotros se recubren de plomo las iglesias. Las ventanas de ese palacio están todas guarnecidas de oro, y el pavimento de las salas y de muchos aposentos está cubierto de planchas de oro, las cuales tienen dos dedos de grosor. Allí hay perlas en extrema abundancia, redondas y gruesas y de color rojo, que en precio y valor sobrepujan al aljófar blanco. También hay muchas piedras preciosas, por lo que la isla de Ciampagu es rica a maravilla.


Capítulo tercero

De cómo el Gran Kan envió su ejército a conquistar la isla de Ciampagu

El Gran Kan Cublay, prestando oídos a los mercaderes que le narraban las riquezas de Clampagu, envió allí a dos de sus barones con un imponente ejército para someter la isla a su dominio. Uno de ellos se llamaba Anatar, el otro Santhim. Zarpando del puerto de Quinsay con muchas naves y gran copia de jinetes y peones arribaron allí, y descendiendo en tierra infirieron grandes daos a las villas y aldeas que se encontraban en la llanura. Sin embargo, surgió entre ellos desavenencia, porque el uno se negaba a plegarse a la voluntad del otro. Por esta razón no los acompañó el éxito como esperaban, pues no conquistaron ninguna ciudad a excepción de una sola aldea en una refriega pequeña. Como los que se encontraban en la aldea no quisieron rendirse, fueron todos descabezados por orden de los barones, salvo ocho hombres que había entre ellos, cada uno de los cuales tenía cosido en el brazo, entre la carne y la piel, una piedra preciosa en la que nadie hubiese podido reparar; esta piedra está embrujada con diabólicos ensalmos a este efecto, a saber, que nadie que la lleve sobre sí pueda recibir herida o muerte por el hierro. Así, pues, cuando eran golpeados con la espada no podían sufrir ningún daño. Al conocerse la causa, ordenaron que se les diese muerte con un garrote de madera. Y así murieron de inmediato y los barones cogieron las piedras susodichas.


Capítulo cuarto

De cómo naufragaron las naves del ejército de los tártaros y cómo muchos del ejército escaparon

Acaeció un día que se levantó en el mar una borrasca y las naves de los tártaros fueron batidas por la fuerza del viento sobre la costa. Al aconsejar los marinos que se alejasen los navíos de tierra, se embarcó todo el ejército. Sin embargo, como la tempestad arreció, naufragaron muchas naos, y los que iban en ellas llegaron a otra isla situada a unas cuatro millas de Ciampagu asiéndose a tablas de madera o nadando; a su vez, el grueso del ejército, que pudo escapar en las naves, retornó a su patria. Los que arribaron a la isla eran al pie de treinta mil; pero como habían perdido las naves y multitud de compañeros y estaban cerca de la isla de Ciampagu, se juzgaban próximos a la muerte por estar desprovistos de ayuda humana; en la isla a la que habían llegado no había poblado alguno.


Capítulo quinto

De cómo los tártaros regresaron astutamente y tomaron la ciudad principal

Al amainar la tempestad del mar, los hombres de la gran isla de Ciampagu marcharon contra ellos con muchas naves y un gran ejército con intención de matarlos, ya que los veían privados de armas y de ayuda. Cuando abandonando las naves descendieron en tierra, los tártaros, entonces, los alejaron hábilmente del litoral y desviándose por otro camino volvieron de repente a la costa y se embarcaron todos en las naos, dejando al adversario en tierra sin barcos. Así fueron a la isla de Ciampagu y, tomando las banderas enemigas que encontraron en las naves, se dirigieron a la ciudad que era más principal en la isla. Los que habían quedado en ella, cuando vieron las enseñas de su pueblo, salieron a su encuentro pensando que los suyos tornaban victoriosos. Ellos entraron inmediatamente en la plaza y, reteniendo a las mujeres, expulsaron a los demás que habían quedado en la ciudad.

Capítulo sexto

De cómo los tártaros fueron cercados y devolvieron la ciudad que habían tomado

Al oír esta nueva el rey de Ciampagu, aprestando naves de otros lugares de la isla, navegó * * * hacia Ciampagu con su ejército, y sitió la ciudad que habían conquistado los tártaros; y con tan gran diligencia hizo guardar todas sus entradas y salidas, que nadie podía entrar en ella desde el exterior ni salir del interior fuera del recinto. Así fueron asediados y cercados durante siete meses por un gran ejército, de suerte que no pudieron dar aviso al Gran Kan por algún mensajero. viendo, en consecuencia, que no podían obtener ayuda de los suyos, entregaron sin condiciones la ciudad a aquel rey de Ciampagu a trueque de sus vidas, y después regresaron a su patria. Esto ocurrió en el año del Señor milésimo ducentésimo sexagésimo nono.


Capítulo séptimo

De la idolatría y la crueldad de sus hombres

En esta isla de Ciampagu y en aquellas regiones hay muchos ídolos que tienen unos cabeza de buey, otros de cerdo y otros de carnero, perro u otros diversos animales. También hay algunos ídolos que tienen cuatro caras en una sola cabeza; asimismo hay otros que tienen tres cabezas, una sobre el cuello y otras dos a cada lado de los hombros; algunos, en fin, tienen cuatro manos, otros diez, otros cien: el ídolo que más manos tiene se considera que posee más poder. Cuando se les pregunta a los habitantes de Ciampagu la razón de todo ello, por lo general no saben dar otra respuesta sino que así lo creyeron sus mayores y tal fe han recibido de ellos, y que quieren practicar y creer lo que siguieron sus antepasados. Cuando los habitantes de la isla de Ciampagu apresan a un extranjero, si el cautivo puede lograr su redención por dineros, lo dejan ir a cambio de un rescate; mas si carece de bienes para alcanzar su libertad, lo matan y se lo comen cocido e invitan a semejante banquete a sus parientes y amigos, ya que comen con gran gula aquella carne, afirmando que la carne humana es mejor que ninguna otra.


Capítulo octavo

De la multitud de las islas de aquella región y sus frutos

El mar donde está la isla de Ciampagu es Océano y se llama mar de Cim, es decir, «mar de Mangi», ya que la provincia de Mangi está en su costa. En el mar donde está Ciampagu hay otras muchísimas islas, que contadas con cuidado por los marineros y pilotos de aquella región se ha hallado que son siete mil ccclxxviii, la mayor parte de las cuales está poblada por hombres. En todas las islas susodichas los árboles son de especias, pues allí no crece ningún arbusto que no sea muy aromático y provechoso. Allí hay especias infinitas; hay pimienta blanquísima como la nieve; también hay suma abundancia de la negra. Con todo, los mercaderes de otras partes rara vez aportan por allí, pues pasan un año completo en el mar, ya que van en invierno y vuelven en verano. Sólo dos vientos reinan en aquel mar, uno en invierno y otro en verano. También está esta región muy distante de las costas de la India. Sobre esta comarca, como no estuve allí, concluyo mi narración. Volvamos, pues, al puerto de Zaizen, para seguir con las demás tierras.


Capítulo noveno

De la provincia de Ziamba

Después de partir del puerto de Zaizen y navegando al garbino mil quinientas millas se llega a la provincia de Ziamba, que es grande en extremo y de muchas riquezas. Esta región tiene su propia lengua y su propio rey y sigue la idolatría. En el año del Señor de mcclxviii el Gran Kan Cublay envió a uno de sus príncipes, llamado Sagata, con un gran ejército, para someter a su dominio aquella comarca; pero encontró ciudades tan fuertes y castillos tan guarnecidos que no pudo tomar ni ciudades ni castillos. No obstante, como talaba las mieses de la tierra, el rey de Ziamba prometió pagar un tributo anual al Gran Kan si se avenía a dejarlo en paz. Alcanzado un acuerdo, se retiró el ejército, y aquel monarca envía todos los años xx elefantes muy hermosos al Gran Kan. Yo, Marco, estuve en esta provincia, en la que encontré a un rey anciano con un sinfín de mujeres, de las que tenía cccxxxvi hijos varones y hembras; de ellos l ya podían llevar armas. En esta región hay muchos elefantes y lináloe en grandísima abundancia; hay también bosques de madera de ébano.


Capítulo décimo

De la isla de Jana la Grande

Dejando atrás la provincia de Ziamba se navega entre el mediodía y el siroco d millas y se llega a Jana la Grande, que tiene de circunferencia tres mil millas. En esta isla hay un rey que no es tributarlo de nadie. Allí hay extraordinaria abundancia de pimienta, nuez moscada, espique, galanga, cubeba, clavo y otras especias. Acuden a ella muchos mercaderes, ya que obtienen grandes ganancias. Todos los habitantes de la isla son idólatras. El Gran Kan no ha podido todavía sojuzgarla.


Capítulo undécimo

Sobre la provincia de Laach

Dejando atrás la isla de Jana se navega entre el mediodía y el garbino siete millas y se arriba a dos islas, que se llaman Sandur y Candur. dc millas más allá se encuentra la provincia de Laach, que es grande y rica a maravilla. Tiene rey propio y lengua propia, sin pagar tributo a nadie salvo a su soberano, ya que es muy áspera y no puede ser invadida por nadie. Los habitantes de la región son idólatras. En esta comarca crecen brasiles domésticos y grandes como limones, que son muy buenos. También hay muchos elefantes. Asimismo hay porcelana que se utiliza como moneda, de la cual se ha dicho arriba. A esta provincia acuden pocos de otras partes, porque la región dista de ser pacífica.


Capítulo duodécimo

De la isla de Pentain

Después de partir de Laach se navega quinientas millas al mediodía, y se encuentra la isla de Pentain, que es también una región muy salvaje; hay allí bosques de árboles de gran aroma y mucho provecho. Entre la provincia de Laach y Pentain en un compás de xl millas no se encuentra más profundidad en el mar que cuatro pasos, por lo que es preciso que los navegantes alcen el gobernalle o timón. Después se llega al reino de Malciur, donde hay muchas especias en grandísima abundancia. Hay allí también lengua propia.


Capítulo décimo tercero

De la isla que se llama Jana la Chica

A cien millas al siroco más allá de Pentain se encuentra la isla que se llama Jana la Chica, que tiene de boj dos mil millas. Hay allí ocho reinos, cada uno con su rey, y también tienen lengua propia. Todos los habitantes de esta isla son idólatras. Asimismo hay abundancia de toda suerte de especias, de las que nunca se ha visto su par aquende el mar. Esta región está situada tan al mediodía, que no se puede divisar desde ella la estrella polar, es decir, la que se llama en romance «tramontana». Yo, Marco, estuve en seis reinos de esta isla, a saber, en el reino de Ferlech, Bosman, Samara, Dragoyam, Lambri y Farfut, pero no estuve en los otros dos. Por tanto, hablaré en primer lugar del reino de Ferlech.


Capítulo décimo cuarto

Del reino de Ferlech

A causa de los mercaderes sarracenos, de los que acude gran muchedumbre al reino de Ferlech, los habitantes de aquel reino que pueblan la región costera han recibido la ley del miserable Mahoma; en cambio, los que moran en las montanas no tienen ley, sino que viven como bestias y consideran como dios y adoran la primera cosa con la que tropiezan al levantarse por la mañana. Comen la carne de todos los animales, puros e impuros, y también la carne humana.


Capítulo décimo quinto

Del reino de Bosman

El reino de Bosman tiene lengua propia. Los hombres son muy bestiales; dicen que están sometidos al Gran Kan, pero no le rinden tributo. Sin embargo, alguna vez le envían joyas de animales salvajes. Hay allí unicornios muy grandes, que son poco menores que elefantes. El unicornio tiene pelo de búfalo, pata parecida a la del elefante y cabeza como el jabalí, que siempre lleva inclinada hacia el suelo; hace su cubil con preferencia en lodazales y es animal muy sucio. En medio de su frente sobresale un único cuerno, muy grueso y negro; tiene la lengua espinosa, erizada de grandes y gruesas púas, con las que causa muchas heridas a hombres y animales. En este reino hay muchos monos de diversas clases: unos son pequeños y tienen la cara parecida a la humana e incluso en el resto de sus miembros se conforman mucho con el hombre. Los cazadores los atrapan y les quitan los pelos, dejando sólo los del mentón y los de otras partes a semejanza humana. Después, los depositan una vez muertos en una pequeña caja y los conservan en especias para que no se pudran; a continuación los secan y los venden a los mercaderes, que los llevan por diversas partes del mundo y hacen creer a muchos que hay hombres así de pequeños. También se hallan en este reino muchos azores negros como cuervos, que cazan las aves a maravilla.


Capítulo décimo sexto

Del reino de Samara

Después del reino de Bosman se encuentra en la misma isla el reino de Samara. En ese reino yo, Marco, residí dos meses con mis companeros, porque no alcanzamos a tener tiempo favorable para la navegación. Así, pues, descendimos en tierra y allí construimos una fortaleza de madera con empalizada, en la que pasábamos la mayor parte del tiempo por temor al pueblo bestial de aquella región, que come con sumo gusto carne humana. En este reino no aparece la estrella polar que se llama en romance «tramontana», ni tampoco se ven las estrellas de la Osa Mayor que el vulgo llama «El Carro». Los habitantes de aquel reino son idólatras y muy bestiales en sus costumbres y muy salvajes. Hay allí peces muy sabrosos en grandísima cantidad. No crece el trigo, sino que hacen el pan de arroz. No tienen viñas, pero hacen vino de la siguiente manera: hay allí muchos árboles pequenos que se asemejan a las palmas, cada uno de los cuales tiene cuatro ramas por lo general; en una determinada época del año hacen una incisión en las ramas y atan a cada corte una orza, en la que recogen el jugo que rezuma el árbol como se destila el aguardiente. Ese líquido fluye con tan gran abundancia, que entre el día y la noche se llena la orza sujeta a la rama. Una vez vaciadas, vuelven a poner las orzas en las ramas, y así se prolonga esta vendimia muchos días. Después riegan con agua el pie del árbol, cuando ya ha dejado de gotear, y a poco vuelve a manar de nuevo el jugo, aunque no es de tanto valor como el primero. De este líquido hacen uso como vino y cosechan gran cantidad; es de sabor muy agradable y tiene color blanco y tinto, igual que el vino. En esta región hay en gran abundancia nueces de la India, que son grandes y buenísimas. Los habitantes de esta región se sirven como comida de todas las carnes sin distinción.

Capítulo décimo séptimo

Del reino de Dragoyam

El reino de Dragoyam, en el que se adoran ídolos, tiene rey propio y también lengua propia. Sus hombres son muy salvajes. Existe en él la costumbre siguiente: cuando alguien enferma de gravedad, sus parientes llevan ante él a magos y encantadores y les preguntan si podrá sanar; aquéllos responden sobre su salvación o su muerte según la contestación que reciban de los demonios. Si dicen que el paciente no puede convalecer, llaman a los que mejor y con más presteza saben matar a los enfermos, y tapan su boca de suerte que pierda la respiración. Una vez muerto, trocean su carne y la cuecen Y, reuniéndose todos sus parientes, la comen con toda su medula. Dicen, en efecto, que si su carne se pudriese y se convirtiese en gusanos, ellos morirían de hambre y el alma del difunto sufriría por esta razón un gravísimo castigo. A los huesos los sepultan en las cavernas de los montes, para que no los puedan tocar ni los hombres ni las bestias. Cuando los habitantes de aquella región capturan a algún extranjero, si no pueden pagar rescate, lo matan y se lo comen.


Capítulo décimo octavo

Del reino de Lambri

Otro reino de la isla susodicha se llama Lambri, en el que hay muchas especias a maravilla. Allí crecen brasiles en grandísima abundancia. Cuando han crecido, los transplantan y por tres años los dejan en tierra, y después los arrancan con las raíces. Estos brasiles, yo, Marco, los llevé conmigo a Venecia y los hice plantar, pero no lograron brotar porque requieren una tierra muy caliente. Los habitantes de este reino son idólatras. En esta región hay una cosa muy de maravillar: existen muchos hombres que tienen cola como los perros, de un palmo de longitud; estos hombres con rabo no habitan en las ciudades, sino en los montes. Hay también muchos unicornios y otros muchos animales a maravilla.


Capítulo décimo noveno

Del reino de Farfur

El sexto reino de aquella isla se llama Farfur, donde nace el mejor alcanfor que se pueda encontrar en parte alguna; se trueca con oro al peso. Hacen pan de arroz y carecen de trigo. Abundan en leche de la que se alimentan por lo general. Tienen vino de los árboles, sobre el que se habló en el reino de Samara. En esta región crecen muchos árboles de gran grosor, que tienen corteza muy, fina; debajo de la corteza hay una harina buenísima en extremo, con la que preparan delicados manjares de los que yo, Marco, comí muchas veces. En los otros dos reinos de la isla no estuve, así que nada diré sobre ellos.

 

Capítulo vigésimo

De la isla de Necuran

Partiendo de la isla de Jana por la parte del reino de Lambri, se avanza por mar ciento cincuenta millas y se da con dos islas, Necuran y Angaman. El pueblo de la isla de Necuran no tiene rey. Viven muy bestialmente. Sus habitantes, hombres y mujeres, van desnudos y no se cubren ninguna parte del cuerpo y son idólatras. Hay allí bosques de árboles de sándalo rojo, de nueces de la India y de clavo, y tienen abundancia de brasiles y de diversas clases de especias.


Capítulo vigésimo primero

De la isla de Angaman

La otra isla se llama Angaman, y es grande. Su pueblo adora ídolos y vive muy bestialmente. Los hombres son salvajes y cruelísimos. Se alimentan de arroz, leche y carne. No hacen ascos a carne alguna, pues comen carne humana. Sus hombres son muy monstruosos, pues hay unos que tienen cabeza de perro y ojos parecidos a los caninos. Allí se encuentra abundancia de todas las especias. Hay también diversos y variados frutos cerca de las partes marítimas, muy disparejos de los nuestros.


Capítulo vigésimo segundo

De la gran isla de Seilán

Partiendo de la de Angaman se encuentra, a mil millas al garbino, la isla de Seilán, que es una de las mejores y mayores islas del mundo, y tiene dos mil cuarenta millas de perímetro. Sin embargo, fue mayor otrora, ya que, como es común fama en aquellas partes, su boj comprendía en tiempos tres mil seiscientas millas. Pero el viento que sopla reciamente desde la tramontana batió la isla a lo largo de muchos años con enorme ímpetu y tanta fuerza que, al derrumbarse buen número de los acantilados costeros, se sumió mucho territorio y el mar comió la mayor parte de la tierra. Esta isla tiene un rey riquísimo, que no es tributario de nadie. Sus habitantes son idólatras y todos van desnudos, hombres y mujeres, aunque cada cual tapa sus vergüenzas con un pañezuelo. No tienen grano alguno salvo arroz. Se alimentan de carne, arroz y leche. Tienen abundancia de semillas de ajonjolí, de las que hacen aceite. Tienen los brasiles mejores del mundo, que crecen allí. También tienen vino de los árboles de los que se dijo arriba en el reino de Samara. En esta isla se encuentran las piedras preciosas que se llaman rubíes, que no se hallan en otras partes. Hay asimismo muchos zafiros, topacios, amatistas y muchas otras piedras preciosas. Su rey posee el más bello rubí que jamás se haya visto en el mundo, pues es de un palmo de longitud y de anchura como el brazo de un hombre; es resplandeciente en extremo y carece de toda impureza, de suerte que semeja fuego ardiente. El Gran Kan Cublay le envió mensajeros pidiéndole que le entregase la piedra susodicha, por la que él estaba dispuesto a darle el precio de una ciudad; él respondió que la piedra era de sus antepasados y que no la daría jamás a ningún hombre. Los habitantes de esta isla no son esforzados, sino muy medrosos. Cuando tienen guerra con alguien, llaman de otras partes a soldados mercenarios y sobre todo a sarracenos.


Capítulo vigésimo tercero

Del reino de Maabar

Más allá de la isla de Seilán se encuentra a xl millas Maabar, que se llama India la Grande. No es isla, sino tierra firme. En esta región hay cinco reyes. Es una comarca nobilísima y rica a maravilla. En la primera parte de esta provincia hay un monarca de nombre Seudeba, en cuyo reino hay perlas en abundancia extraordinaria; en efecto, en el mar de esta región se forma un brazo de mar o ensenada entre tierra firme y una isla, en el que la profundidad del agua no sobrepasa los diez o doce pasos y algunas veces los dos; allí se encuentran las perlas susodichas. Varios mercaderes hacen compañía entre sí y tienen naves grandes y pequeñas y contratan a hombres, que se sumergen en el fondo del agua y cogen los ostiones en los que están las perlas. Cuando estos pescadores no pueden aguantar más, suben a la superficie y otra vez descienden debajo del agua y así continúan todo el día. En aquel golfo hay peces tan grandes que podrían matar a los que bucean en el mar; pero los mercaderes se han precavido de este peligro de la siguiente manera: contratan los negociantes a unos magos llamados abrayanna, que con sus ensalmos y arte diabólica hechizan y aturden aquellos peces de suerte que no pueden dañar a nadie. Como esta pesca se realiza de día y no de noche, aquellos magos pronuncian los conjuros de día y por la tarde los deshacen para la noche; temen, en efecto, que alguien a hurtadillas sin permiso de los mercaderes se zambulla en el mar y coja las perlas. Los ladrones, a su vez, no se atreven a meterse en el agua por miedo, y no se encuentra a nadie más que sepa hacer sortilegios semejantes, salvo aquellos abrayanna que están tomados a sueldo por los negociantes. Esta pesca tiene lugar a lo largo de todo el mes de abril hasta mediados de mayo; para entonces se ha recogido una inmensa cantidad de perlas, que después los mercaderes distribuyen por el mundo. Los negociantes que hacen esta pesca y la arriendan del rey le dan sólo la décima parte de todas las perlas; a los encantadores que embrujan los peces les dan la vigésima parte del total; también se provee de manera muy satisfactoria para los pescadores. Desde la mitad de mayo en adelante no se encuentran más allí, pero en otro lugar que dista de éste ccc millas hay perlas en el mar durante todo el mes de setiembre hasta mediados de octubre. El pueblo de esta provincia va desnudo en cualquier estación; sólo un pañezuelo cubre sus vergüenzas; incluso el rey de este reino anda en cueros como los demás, pero lleva al cuello un collar de oro engastado por doquier en zafiros, esmeraldas, rubíes y otras piedras preciosísimas, collar que es de valor sin ponderación. Igualmente cuelga de su pescuezo un hilo de seda en el cual hay ciento cuatro piedras preciosas, a saber, perlas muy gruesas y rubíes; es preciso, en efecto, que todos los días pronuncie en honor de sus dioses ciento cuatro oraciones por la mañana y otras tantas igualmente por la tarde. Trae también el soberano en cada brazo y en cada pie tres ajorcas que están todas ellas cubiertas de gemas; en los dedos de las manos y de los pies lleva el rey piedras preciosas. Esta pedrería que el soberano luce contínuamente sobre sí vale una ciudad espléndida, pues de las perlas que allí se cogen el monarca elige para sí las mejores y más gruesas. Tiene además el susodicho rey d mujeres, y a uno de sus hermanos le quitó su esposa y aquél, por temor a su ira, disimuló la afrenta.


Capítulo vigésimo cuarto

Del reino de Far y sus costumbres y de la idolatría de sus habitantes

Los habitantes del reino de Far son todos idólatras y muchos de ellos adoran el buey, diciendo que el buey es algo santísimo; y no lo matan ni comen su carne por devoción. Cuando se mueren los bueyes, recogen su manteca y con ella untan sus casas. Entre estos idólatras hay unos de otra secta que se llaman gony, que no matan bueyes; pero si perecen de muerte natural o son matados por otros, entonces comen muy a gusto su carne. Dicen en aquella región que éstos son de la casta de los que mataron a Santo Tomás apóstol, y ninguno de ellos puede entrar en la iglesia donde yace su cuerpo, pues ni diez hombres podrían meter a uno de ellos en aquel santuario. En esta provincia hay muchos magos que entienden de agüeros, ensalmos y adivinaciones. En la comarca existen numerosos monasterios, en los que hay cantidad de ídolos. Muchos hombres ofrecen a sus hijas a los dioses por los que sienten mayor devoción, aunque las doncellas habitan en casa de sus padres. Cuando los monjes quieren celebrar una fiesta solemne, convocan a las muchachas consagradas a los dioses; ellas acuden y ante los ídolos hacen bailes y grandes cánticos. A menudo las susodichas jóvenes llevan consigo manjares y ponen una mesa delante del ídolo y la dejan allí el tiempo que podría tardar en comer con sosiego un gran príncipe; mientras tanto, cantan y danzan en su presencia y creen que entonces el dios degusta el jugo de la carne; después, comen en la mesa preparada con gran devoción. Terminada la ceremonia vuelven todas a sus hogares. Guardan este ritual las doncellas consagradas a los ídolos hasta que se casan. Cuando muere un rey en esta región, ha de ser quemado según la costumbre su cadáver, y los soldados que le servían de continuo y los que cabalgaban con él se lanzan todos en vida a la pira y arden con el cuerpo del monarca, pensando que por ello en el más allá serán sus compañeros y que nunca jamás podrán separarse de su lado. También cuando fallecen otros hombres, muchas mujeres se arrojan de grado a la hoguera para arder con ellos al tiempo que se incineran sus cadáveres, a fin de ser en la otra vida sus esposas; las que obran así reciben grandes alabanzas del pueblo. En esta región existe la siguiente costumbre: cuando, por exigencia de la justicia, debe ejecutarse a alguien por sentencia del rey, le pide el reo como gracia que le deje darse muerte en honor de algún ídolo; obtenida la venia se reúnen ante él todos sus parientes y le ponen al cuello diez o doce puñales puntiagudos, y sentado en una silla lo pasean por toda la ciudad pregonando a gritos: «Este hombre, Fulano, quiere darse muerte a sí mismo en honor de aquel ídolo». Cuando se llega al lugar donde se hace pública justicia, aquél, cogiendo una daga, exclama a voz en cuello: «Yo me mato a mí mismo por amor a tal dios». Dicho esto, se hiere gravemente; y tomando otra gumía se asesta otra cruel puñalada; y así multiplica sus golpes cambiando en cada uno de cuchillo, hasta que muere de resultas de las heridas. Sus parientes queman su cuerpo con gran alborozo. Los hombres de esta comarca no consideran pecado ningún tipo de lujuria.


Capítulo vigésimo quinto

De diversas costumbres de esta región

El rey de esta región y todos los demás, mayores y pequeños, se sientan en el suelo. Y si algún extranjero les pregunta por qué se sientan de esa manera, le responden así: «De la tierra hemos nacido para volver a ella, y por tanto queremos honrar la tierra: nadie la debe despreciar». Con las armas valen poco o nada. Cuando es fuerza marchar a la guerra, no se sirven de armas o corazas, sino que llevan consigo sólo escudos y lanzas. No matan ningún animal. Si alguna vez quieren comer carne, hacen que una persona de otra región mate los animales. Todos los hombres y mujeres lavan su cuerpo dos veces al día. Quien deja de cumplir esta norma es considerado entre ellos como hereje. En este reino se hace mucha justicia de homicidios y hurtos. No se atreven a beber vino, y quien fuere sorprendido bebiendo vino, sería tenido por loco y en un juicio cualquiera sería rechazado como testigo. Tampoco admiten el dicho de los que se confían al mar en navíos, pues afirman que los tales son hombres desesperados.


Capítulo vigésimo sexto

De otras costumbres y novedades de aquella tierra

En este reino no se crían caballos. Por lo tanto, el rey de Var y los otros cuatro soberanos de la provincia de Moabar gastan todos los años gran suma de dineros en caballos, pues los cinco monarcas mencionados compran anualmente más de diez mil corceles. En las regiones de Curmes, Chisi, Dairfar, Ser y Deni hay caballos excelentes, y los mercaderes llevan de allí gran cantidad al reino de Moabar. Se enriquecen con este trato los comerciantes, ya que venden un caballo generalmente por un precio de quinientos sagios de plata, que valen cien marcos de plata. Sin embargo, en el año mueren casi todos los corceles, ya que allí no pueden vivir largo tiempo, por lo que se renuevan cada año. Tienen caballerizos o malos o pocos, y los merchantes, en la medida de lo posible, miran mucho a que no acudan de otras partes, pues los indios por sí solos no saben cuidar los caballos, y el temple del aire es muy contrario al ganado equino. Una buena yegua, montada allí por un buen semental, no pare sin embargo sino un potro pequeño y de ningún valor: todos salen patituertos, de suerte que no pueden ser apropiados en absoluto para la monta. En esta provincia se da a los caballos carne cocida con arroz y se les ponen muchos otros manjares cocidos. No nace grano alguno salvo arroz. Hace allí un calor intensísimo y van, por tanto, desnudos. No tienen lluvia jamás, salvo en los meses de junio, julio y agosto; y si durante esos tres meses susodichos no hubiese lluvia, que refresca el aire, nadie podría vivir por el sofoco del calor. En esta región todas las aves son diferentes con mucho de las nuestras, salvo las codornices, que son parecidas a las de acá. Hay azores negros como cuervos, mayores que los nuestros, que cazan las aves a maravilla, y murciélagos grandes como azores.


Capítulo vigésimo séptimo

De la ciudad donde descansa el cuerpo de Santo Tomás y de los milagros que allí se hacen por sus merecimientos

En la provincia de Moabar en India la Grande yace el cuerpo de Santo Tomás apóstol, que en esta región sufrió martirio por el Señor. Está su cuerpo tierra adentro en una ciudad pequeña, a la que acuden pocos mercaderes porque se encuentra en parale desviado del comercio. Hay allí muchos cristianos y también numerosos sarracenos, que vienen a menudo de aquellas regiones a visitar el santuario y sienten gran veneración por este apóstol, pues dicen que fue un gran profeta, y lo llaman amaria, es decir, «hombre santo». A su vez, los cristianos que visitan el templo del apóstol se llevan consigo con devoción un poco de tierra en la que fue martirizado Santo Tomás, que es roja. En efecto, hacen con ella muchos milagros: los enfermos la beben desleída en agua o en otro líquido y muchos por ello se libran de diversas y graves enfermedades. En el año del Señor de mcclxxxviii un gran príncipe de aquella tierra recogió en el tiempo de la cosecha gran cantidad de arroz, y como no disponía de lugar oportuno donde almacenarlo a su gusto, ocupó todas las casas de Santo Tomás apóstol, guardando en ellas su arroz contra la voluntad de los santeros, que humildemente le rogaban que no ocupase el hostal de los peregrinos que todos los días visitaban el templo del apóstol. Pero por la noche se le apareció Santo Tomás teniendo una horquilla de hierro en la mano, y poniéndosela sobre la garganta del dormido le dijo: «Si no desalojas en el acto mis casas, que ocupó afrentosamente tu temeridad, es obligado que mueras mala muerte». Al despertarse aquél cumplió al punto lo que el apóstol le había ordenado en sueños, y los cristianos dieron gracias a Dios y a Santo Tomás, reconfortados por la aparición del apóstol. Aquél contó en público su visión a todos. Muchos otros milagros suceden allí muy a menudo a invocación del apóstol Santo Tomás en loor de la fe cristiana.


Capítulo vigésimo octavo

De la idolatría de los paganos de aquel reino

En la provincia de Moabar todos los habitantes, hombres y mujeres, son negros. Sin embargo, no nacen así del todo, sino que artificiosamente se añaden una gran negrura por gala; en efecto, untan a los niños tres veces por semana con aceite de ajonjolí y así salen negrísimos en extremo, pues juzgan que es más bello el más negro. Los idólatras que hay entre ellos hacen negrísimas las imágenes de sus dioses, diciendo que los dioses y todos los santos son negros; por el contrario, pintan al diablo de blanco, afirmando que los diablos son blancos. Cuando los que adoran el buey marchan a la guerra, cada uno de ellos lleva consigo un pelo de buey salvaje; los jinetes los atan a la crin de su caballo y los infantes a sus cabellos o a sus piernas. Piensan, en efecto, que el buey salvaje tiene tanto poder y santidad que todo el que tenga sobre sí un pelo suyo, estará a salvo en cualquier peligro. Por esta causa las cerdas del buey salvaje alcanzan entre ellos gran precio.


Capítulo vigésimo nono

Del reino de Murfili y de cómo se encuentran en él diamantes

Yendo más allá del reino de Moabar al viento que se dice «tramontana» se encuentra a mil millas el reino de Murfili, que no es tributarlo de nadie. Sus habitantes se nutren de carne, leche y arroz. Son idólatras. En algunos montes de este reino se encuentran diamantes. En efecto, después de la lluvia van los hombres a las torrenteras por las que baja el agua de las sierras, y cuando el agua se pierde en regatos escarban la arena y hallan muchos diamantes. También en verano durante los mayores calores los consiguen de la siguiente manera: suben a aquellos grandes montes no sin enormes penalidades, a causa del asfixiante calor que allí reina; es también muy peligrosa la ascensión debido a las grandes serpientes, de las que hay en aquel lugar cantidad infinita. Se extienden entre las montañas unos valles circundados por doquier de riscos intransitables, así que los hombres no tienen acceso a ellos. En aquellos valles abundan los diamantes. Asimismo menudean en las montañas las águilas blancas que anidan en las sierras y que se alimentan de las serpientes susodichas. Por tanto, los que quieren cobrar diamantes de aquellos valles arrojan desde los riscos al fondo muchos trozos de carne, que por lo general caen sobre las piedras preciosas. Las águilas, viendo carne en los valles, se posan sobre ella y la picotean allí o la llevan a comer a los picachos. Por su parte, los que vigilan las águilas, si ven que vuelan a los montes, corren allá si el lugar es accesible, y ahuyentando las rapaces cogen las piltrafas, en las que encuentran con frecuencia los diamantes que quedaron adheridos a ellas; si las águilas, por el contrario, comen los despojos en los valles, van los hombres después al lugar donde las aves duermen de noche; y como las águilas al engullir la carroña suelen tragar las piedras pegadas a ella, los buscadores las hallan en sus excrementos; y de este modo encuentran diamantes en aquellos montes en abundancia extraordinaria. En el mundo entero no se pueden encontrar en otra parte. Los reyes y barones de la región aquella compran para sí los mejores y más hermosos, mientras que los demás son distribuidos por el orbe gracias a los mercaderes. En esta región se hace el bocarán más fino y hermoso que haya en el mundo. En esta provincia se crían los carneros mayores de la tierra. De todos los alimentos hay allí grandísima abundancia.


Capítulo trigésimo

Del reino de Lach

Cuando se parte de nuevo de la provincia de Moabar desde el lugar donde yace el cuerpo de Santo Tomás apóstol y se va al occidente, se encuentra la provincia que se llama Lach. Allí habitan los abrayamin, que abominan sobremanera de la mentira; de hecho, por nada del mundo dirían una falsedad. Son también muy castos, pues cada uno de ellos se contenta con su mujer y temen y se guardan de coger o robar lo ajeno. No se sirven de vino ni de carne; no matan ningún animal. Son idólatras y observan los agüeros. Cuando quieren comprar algo, miden primero su propia sombra al sol y según las reglas de su superstición así proceden en el trato. Son muy parcos al comer y hacen grandes ayunos. Son sanos sobremanera, pues usan a menudo como alimento una hierba que los ayuda a maravilla a la digestión. Nunca menguan su sangre con sangrias. Hay entre ellos unos religiosos que observan una vida durísima por devoción a los ídolos. Van totalmente desnudos y no se cubren en parte alguna de su cuerpo, diciendo que no les sonroja ir en cueros porque carecen de todo pecado. Adoran el buey. Cada uno de ellos lleva ceñido a la frente un pequeño buey de cobre, y todos con muchísima reverencia se dan un unto hecho de cenizas de hueso de buey. No usan escudillas ni tajadores al comer, sino que ponen su alimento en hojas secas, que son de los manzanos llamados del Paraíso, o sobre otras grandes hojas secas; no comen sobre hojas verdes ni tampoco se sustentan de frutos verdes o de hierbas verdes o de raíces verdes, ya que todo lo que es verde dicen que está animado, por lo que no quieren comerlo, por temor a cometer un gran sacrilegio al matarlo. Tampoco y por la misma razón se atreven a dar muerte a ningún animal grande o pequeño; de ninguna manera cometen pecados contra su ley; duermen sobre el suelo desnudo y queman los cadáveres de los muertos.


Capítulo trigésimo primero

Del reino de Coilum

Al salir del reino de Moabar por otra región al garbino, se encuentra a d millas el reino de Coilum, donde viven muchos cristianos, judíos e idólatras. Hay allí lengua propia. El rey de Coilum no es tributarlo de nadie. En este reino crecen brasiles grandes como limones, muy buenos. También hay allí pimienta en extrema abundancia, pues los bosques y las campiñas rebosan de pimienta; sin embargo, el arbusto del que nace es doméstico; se coge sólo en junio y julio. Hay allí en gran cantidad índigo, del que se sirven los tintoreros; se hace de una hierba, y esa hierba la hacinan en grandes calderos, la ponen a remojo y la dejan allí así hasta que quede bien marchita; después la secan al sol, que en aquella región calienta con grandes ardores, y a causa de la altísima temperatura hierve la hierba y se cuaja; a continuación parten aquella materia en pedazos pequeños y así es traída a nuestra patria. En aquella región resulta penoso vivir por el excesivo calor que hace: en efecto, si se pone un huevo en el río, al poco tiempo se cuece perfectamente. Acuden por las mercaderías a esta comarca muchos negociantes de diversas naciones, dada la grandísima granjería que allí se obtiene. En esta tierra hay muchos animales diferentes de los de las demás partes. En efecto, los leones son negros por completo, sin otro color. Hay papagayos o epymachi blancos sin mancha como la nieve, aunque tienen rojas las patas y el pico. Hay también papagayos de diversas clases, más hermosos que los que nos traen aquende el mar. Hay gallinas diferentes en todo de las nuestras. Todo lo cría la región aquella diverso de lo que dan las demás regiones, las aves, los animales y las especias, y ello se debe a que es caliente sobremanera. No tienen grano alguno salvo arroz. Hacen vino de azúcar. De los demás alimentos hay abundancia infinita. Hay allí muchos astrólogos y médicos. Andan todos desnudos, hombres y mujeres, y son negros; no obstante, cubren y tapan sus vergüenzas con un hermoso paño. Sin embargo, son por lo general lujuriosos. Toman como esposas a parientes en tercer grado, y esta norma se observa en toda la India.


Capítulo trigésimo segundo

De la provincia de Comari

Coman es una región de la India donde se puede ver la estrella polar, es decir, la llamada tramontana, pues desde la isla de Jana hasta este paraje no se puede divisar en absoluto. Por el contrario, si alguien entra en el mar junto a Comari, a treinta millas de allí verá la polar antedicha, y parece que se alza por encima del horizonte la medida de un codo. Esta región es muy salvaje y tienen muchos animales y muy diferentes de los demás, y en particular simios. Hay allí muchos monos que tienen rostro de hombre. Hay gatos que se llaman paulos, muy distintos de los demás; hay leones, onzas y leopardos sin cuento.


Capítulo trigésimo tercero

Del reino de Beli

Partiendo de Comari a ccc millas al occidente se encuentra el reino de Beli, que tiene rey propio y propia lengua. Los habitantes de aquella región veneran imágenes. El monarca es riquísimo y tiene grandes tesoros, aunque no es poderoso por la multitud o el valor de su pueblo, mas la tierra es tan bravía que no puede ser invadida por el enemigo. En esta región hay gran abundancia de pimienta, jengibre y otras especias nobles. Si alguna nave, al pasar por allí, se desvía a un puerto de esta comarca para capear alguna tempestad o por cualquier otra causa, si aporta a ellos por azar y no de propia voluntad, los hombres de la tierra toman a la fuerza todo lo que encuentran en el navío y dicen: «Vosotros queríais ir a otra región o lugar con vuestras mercaderías, pero nuestro dios y nuestra buena ventura os han traído muy a vuestro pesar a nuestra tierra. Por tanto cogemos de vosotros lo que nuestro dios y nuestra fortuna nos han deparado». Tal bellaquería se comete en toda la comarca. En esta región hay muchos y feroces leones.


Capítulo trigésimo cuarto

Del reino de Melibar

Después se llega al reino de Melibar, que está al occidente de India la Grande. Tiene rey e idioma propio. El monarca no es tributarlo de nadie. El pueblo del reino adora ídolos. En esta tierra se ve la polar, es decir, la tramontana, y parece que se alza como dos brazas sobre el horizonte. En este reino, e igualmente en el de Gozurath, que está al lado, hay muchos piratas. Cada año se hacen a la vela de aquellos reinos más de cien bajeles corsarios, y pillan y saquean todas las naves de los mercaderes que pasan. Llevan a bordo consigo a sus mujeres e hijos, grandes y pequeños, y permanecen embarcados durante todo el verano. Establecen en el mar vigías, para que las naves en tránsito no puedan escapar de las suyas. Las vigías se efectúan de la manera siguiente: a través del mar de aquella región se aposta cada nao pirata a cinco millas una de otra, de modo que veinte navíos abarcan un compás de cien millas. Cuando los corsarios ven pasar un barco, lo anuncian con fuego y humo a sus compañeros de al lado, y aquéllos a su vez lo avisan a sus laterales, y así acuden cuantos son menester y saquean cuanto encuentran en las naves. De esta manera nadie puede escapar de sus manos. A los hombres que aprisionan no les infieren daño en sus personas, pero les quitan sus naves y todos sus bienes y los dejan desnudos en el litoral diciéndoles: «Marchaos y procurad enriqueceros de nuevo. Quizá paséis por nosotros con otras mercancías, y otra vez nos traeréis lo que donde hay muchos piratas hayáis vuelto a ganar». En esta región hay maravillosa abundancia de pimienta, jengibre y calabazas de nueces de la India. Se hace un bocarán excelente y hermoso sobremanera. De las ciudades de estos reinos no escribo, porque nuestro libro se extendería en exceso.


Capítulo trigésimo quinto

Del reino de Gozurath

Otro reino vecino al de Melbar se llama Gozurath. Allí hay rey e idioma propio. Se encuentra al occidente de India la Grande. En este reino se alza la polar sobre el horizonte en altura de seis brazas. Allí se encuentran los mayores piratas que existen en el mundo. Cuando apresan en el mar a mercaderes, les dan de beber tamarindo con agua de mar, de resultas de lo cual los negociantes sufren diarrea de inmediato. Hacen esto porque los mercaderes, viendo venir de lejos a los piratas, acostumbran a tragarse las piedras preciosas y las perlas. De esta manera, pues, los piratas cobran todo y no se les puede ocultar nada en absoluto. En esta región hay abundancia de índigo, pimienta y jengibre. Hay también árboles de los que se coge algodón en gran cantidad. El árbol que produce algodón crece por lo general hasta una altura de seis pasos y da fruto durante xx años, y después de xx años nada. El algodón que da el árbol vale hasta los xii años para tejer; por encima de los xii años sirve para colchones, tabardos y cosas de este jaez. En este reino hay suma abundancia de un cuero buenísimo, que se curte y prepara de manera excelente.


Capítulo trigésimo sexto

De los reinos de Chana, Cambaeth, Semenach y Resmacoron

Después se llega por mar al occidente a Chana, Cambaeth, Semenach y Resmacoron. Los nombres susodichos corresponden a reinos en los que se hacen grandísimos tratos. Cada uno tiene rey y lengua propia. En India la Grande no hay más cosas que considere que haya de describir en mi libro. De ella no referí sino las tierras y reinos comarcanos al mar y algunas islas que se encuentran en aquel mar. * * * Si no, sería muy trabajoso y añadiría gran prolijidad a nuestro libro.


Capítulo trigésimo séptimo

Sobre dos islas, en una de las cuales habitan hombres sin mujeres y en la otra mujeres sin hombres

Más allá del reino de Resmacoron, a cincuenta millas en alta mar, se encuentran al mediodía dos islas, distantes entre sí unas xxx millas. En una moran hombres sin mujeres, y se llama en su lengua la isla Macho; en la otra, por el contrario, habitan mujeres sin hombres, y se denomina aquella isla Hembra. Los que residen en estas islas forman una comunidad y son cristianos. Las mujeres no van nunca a la isla de los hombres, pero los hombres van a la isla de las mujeres y viven con ellas durante tres meses seguidos. Habita cada uno en su casa con su esposa, y después retorna a la isla Macho, donde permanece el resto del año. Las mujeres tienen a sus hijos varones consigo hasta los xiv años, y después los envían a sus padres. Las hembras dan de comer a la prole y tienen cuidado de algunos frutos de la isla, mientras que los hombres se proveen de alimento a sí mismos, a sus hijos y a sus mujeres. Son excelentes pescadores y cogen infinitos peces, que venden frescos y secos a los negociantes; y obtienen grandes ganancias del pescado, y eso que reservan gran cantidad para sí. Se sustentan de leche, carne, pescado y arroz. En este mar hay gran abundancia de ámbar y se pescan en sus aguas muchos y grandes cetáceos. Los hombres de aquella isla no tienen rey, sino que reconocen como señor a su obispo, pues están sometidos al obispo de Scoiram, y tienen idioma propio.


Capítulo trigésimo octavo

De la isla de Scoiran

La isla de Scoiran se encuentra al mediodía, a cincuenta millas de navegación de las dos islas susodichas. Sus habitantes son cristianos y tienen arzobispo. En esta isla hay gran abundancia de ámbar y se confeccionan buenísimos y muy bellos paños de algodón. Se hacen allí muchos tratos y sobre todo de pescado. Se alimentan de carne, pescado, leche y arroz. Sus habitantes no tienen grano salvo arroz. Todos andan desnudos. A esta isla llevan muchos piratas lo que roban en el mar y lo venden todo allí; aquéllos compran de grado el botín, ya que ha sido arrebatado a idólatras y sarracenos y no a cristianos. En este lugar hay muchos encantadores entre los cristianos: si zarpa de la isla de Scoiram alguna nave que quieren hacer volver los nigromantes, aunque navegue a todo trapo y con viento favorable, hacen con su arte diabólica y con sus conjuros que se levante un viento contrario a la nao, de suerte que le es forzoso tornar atrás.

Capítulo trigésimo noveno

De la isla de Madaigaster

Después de partir de Scoiran se encuentra, a mil millas al mediodía, la isla de Madaigaster, que es de las mayores y más ricas islas del mundo. Abarca su circunferencia cuatro mil millas. Sus habitantes son sarracenos y observan la ley del miserable Mahoma. No tienen rey, sino que se ha confiado el gobierno de toda la isla a cuatro ancianos. En ella hay más elefantes que los que se pueda encontrar en cualquier otra región de la tierra; incluso en el mundo entero no hay tanto tráfico de colmillos de elefante como allí y en la isla de Zanzíbar. Sus habitantes no comen carne que no sea de camello, ya que descubrieron que era más sana que las demás; en efecto, hay tan incontable multitud de camellos que parecería increíble por el pasmo que causa su número inaudito al que no lo haya visto con sus propios ojos. Abundan también los bosques de sándalos rojos, de los que crecen allí grandes árboles, con los que se hacen muchas negociaciones. Hay infinita cantidad de ámbar, ya que en el mar se pescan a menudo cachalotes y enormes cetáceos de los que se coge el ámbar. Hay leopardos, onzas y leones corpulentos a maravilla. Hay ciervos, gamos y cabras en gran número, y muchísima caza de animales y aves. Las aves de aquella región son muy diferentes de las nuestras. Hay también pájaros de muchas clases, que no tenemos en absoluto en nuestro país. A este lugar acuden muchas naves por la contratación. En cambio a las otras islas que están más allá, al mediodía, hay poca afluencia de navíos salvo a la isla de Zanzíbar, a causa de la corriente velocísima del agua de mar; en efecto, las naves arriban allí rápidamente, pero vuelven con terrible dificultad; pues el mismo bajel que va en xx días desde el reino de Moabar hasta la isla de Madaigastar apenas puede regresar de Madaigastar a Moabar en tres meses, porque aquella impetuosa corriente del mar siempre corre a mediodía y nunca su flujo se desvía en otra dirección ni en sentido contrario.


Capítulo cuadragésimo

De las aves enormes que se llaman ruch

En las islas aquellas, a las que las naves van muy a pesar suyo, según dije, por la rapidísima corriente de agua, aparece en determinada época del año una especie maravillosa de ave que se llama ruch. Se asemeja al águila en la forma de su cuerpo, pero es de enorme envergadura. Los que la han visto aseguran que las plumas de un ala miden xii pasos de longitud; la anchura de las plumas y de su cuerpo guarda la proporción debida a tan desmesurada longitud. Este ave tiene tanta fortaleza y valor que una de ellas, sin auxilio de otra, apresa un elefante y lo eleva a lo alto del aire, desde donde lo suelta para que se desplome y reviente; después se posa sobre su cadáver y devora su carne. Yo, Marco, cuando oí contar esto por primera vez, pensé que aquellas aves eran grifos, de los que se dice que en parte tienen figura de pájaro y en parte de bestias; pero los que las han visto afirman sin vacilar que en ningún miembro se asemejan a bestia alguna, sino que tienen sólo dos patas como las aves. El Gran Kan Cublay envió mensajeros a aquellas islas para que se pusiera en libertad a un embajador que estaba allí preso; además les encomendó que se informaran, para referírselas a su regreso, de las cualidades y cosas maravillosas de la región. Estos, a su vuelta, trajeron al cautivo que habían ido a buscar y, entre otras cosas que contaron de estas islas, dijeron que había jabalíes del tamaño de búfalos, así como jirafas y asnos salvajes en gran número y otros muchos animales que nosotros no tenemos en nuestra tierra.


Capítulo cuadragésimo primero

De la isla de Zanzíbar

Se encuentra después la isla de Zanzíbar, que abarca en su circunferencia dos mil millas. Allí hay rey y lengua particular. Todos los habitantes de la isla son idólatras. Son también gruesos de talle, pero la altura de su cuerpo no guarda la proporción debida a su gordura; en efecto, si se extendiesen en altura como requeriría su grosor, sin duda parecerían gigantes. No obstante, son muy fuertes, pues uno de ellos lleva tanto peso como puedan cargar cuatro hombres de otra región; también uno de ellos engulle comida por cinco de otra región. Son negros y andan desnudos, pero tapan sus vergüenzas. Su cabello es tan apelmazado y crespo, que apenas puede desrizarse con agua. Tienen boca muy grande, nariz respingona hacia la frente, grandes orejas y ojos espantables. Sus mujeres son igualmente monstruosas: tienen boca grande, nariz chata, ojos saltones y las manos cuatro veces más gruesas que las mujeres de los demás pueblos. Se alimentan de carne, leche, arroz y dátiles. Carecen de viñas, pero

hacen un brebaje excelente como bebida ordinaria de arroz, azúcar, dátiles y otras especias. Se hacen allí muy grandes tratos, sobre todo de ámbar y colmillos de elefante, pues hay muchos elefantes y en el mar de aquella isla se pescan grandes cetáceos. Los hombres de esta tierra son muy fuertes y belicosos y no parece que se recaten de la muerte. No tienen caballos, pero van a la guerra con elefantes y camellos. Sobre los elefantes ponen torretas de madera de tan gran tamaño, que sobre una de estas torretas caben xvi o xx hombres armados; los que van en semejantes castillos pelean con lanzas, espadas y piedras; las torretas aquellas están cubiertas con un entramado de vigas. Así, pues, cuando se disponen a marchar a la guerra, primero dan a los elefantes aquel estupendo brebaje que prepara para sí el pueblo de la tierra, para que con semejante bebida cobren mayor fiereza. En esta isla abundan los leones, que son muy diferentes de los de las demás regiones. También hay leopardos y onzas en gran número. De la misma manera, todas las bestias de este lugar difieren de las bestias que existen en el resto del mundo. Hay carneros blancos que tienen la testuz negra, y así son cuantos se crían en la isla. Hay multitud de jirafas, que tienen el cuello de tres pasos de longitud; sus patas delanteras son largas, las traseras cortas; su cabeza es pequeña y su color manchado de blanco y rojo. * * * Las susodichas son animales mansos y no hacen daño a nadie.


Capítulo cuadragésimo segundo

De la multitud de islas de la India

Aunque he escrito muchas cosas de la India, no me he referido, sin embargo, sino a las islas más principales; aquellas que he pasado por alto están sometidas a las descritas. Es tan grande la multitud de las islas de la India, que ningún hombre viviente podría relatar sus cualidades. Según aseguran los marineros y los pilotos de aquellas regiones y según se sabe por la carta de marcar y la observación de los compases del mar de la India, hay en este mar islas en número de mccclxxviii, contando en total todas las que, según dicen, están habitadas. Descritas, pues, de manera sumaria las islas principales y las regiones de India la Grande, que se extiende desde la provincia de Moabar hasta el reino de Resmacoron, y también de India la Chica, cuyos términos van desde el reino de Cimbal hasta el reino de Murfil.


Capítulo cuadragésimo tercero

Hablaré ahora de las principales regiones de la India o de la India mediana, que por nombre especial llaman Abascia.

Abascia es una región muy grande que se divide en siete reinos, donde gobiernan siete reyes de los cuales, el que se descuella sobre los demás, es cristiano; los otros seis se reparten en dos clases, pues tres de ellos son cristianos y los otros tres sarracenos. Los cristianos de esta provincia tienen en la frente una señal dorada a manera de cruz, que se les hierra cuando se bautizan. Los sarracenos llevan una señal pareja en la frente hasta la mitad de la nariz. Hay en aquella comarca muchos judíos, que están marcados y herrados con hierro rusiente en ambos carrillos. El rey principal habita en el interior de la tierra; los sarracenos viven en los confines de la región, hacia la provincia de Adén. En la provincia de Adén predicó Santo Tomás apóstol, donde convirtió muchos pueblos a Cristo; después pasó al reino de Moabar y tras la conversión de muchos fue coronado por el martirio; allí también descansa su cuerpo santísimo, como se ha dicho arriba. En esta región son buenos soldados, valientes y muy esforzados en las armas, y sostienen guerra continuada con el Sultán de Adén, con los de Nubia y con otros infinitos pueblos asentados en sus confines.


Capítulo cuadragésimo cuarto

De un obispo cristiano, a quien el Sultán de Adén hizo circuncidar en befa de la religión cristiana y del rey de Abascia, y de la terrible venganza de este último

En el año del Señor de mcclxxxviii el rey más principal de esta provincia de Abascia quiso ir a Jerusalén a visitar el Sepulcro de nuestro Señor Jesucristo. Cuando anunció el propósito de su devoción a sus barones, todos le disuadieron de marchar allí él en persona, pues temían que le ocurriera en el camino alguna desgracia, dado que tenía que pasar por tierra de sarracenos infieles. Le aconsejaron, en consecuencia, que enviara a un venerable obispo de su reino al Santo Sepulcro, para llevar por medio de él las ofrendas de su devoción. Este, atendiendo a sus razones, dirigió allí al susodicho obispo con un solemne presente. Cuando a su retorno atravesaba la tierra del rey de Adén, cuyos habitantes son sarracenos y sienten odio exacerbado contra los cristianos, el soberano prendió al obispo, al oír que era cristiano y mensajero del rey de la provincia de Abascia. Al ser llevado el obispo a su presencia, profirió el monarca gravísimas amenazas contra él si no renegaba del nombre de Cristo y abrazaba la ley de Mahoma. El prelado, perseverando con firme ánimo en la fe del Señor, dijo que se ofrecía de grado a la muerte antes que abjurar de la fe y la caridad de Cristo. Entonces el Sultán de Adén ordenó circuncidarlo, en vilipendio de la fe cristiana y del monarca de Abascia, que era cristiano. Puesto en libertad el obispo, una vez retajado, llegó ante el rey de Abascia. Entonces el soberano, al saber cuanto le habían hecho, se hinchó de justa ira, y juntando gran copia de peones, jinetes y elefantes con torretas se dirigió en son de guerra contra las tierras del rey de Adén. El Sultán de Adén, que tenía en su compañía a dos reyes, salió a su encuentro con un gran ejército. Así entablaron combate, y después de morir muchos del ejército del rey de Adén quedó triunfador el monarca de Abascia, que tornó a proseguir su avance hacia el interior del reino de Adén. Los sarracenos, que intentaron en tres lugares cortarle el paso, fueron siempre derrotados por la hueste del rey de Abascia. Después de la victoria, el monarca de Abascia permaneció en las tierras del rey de Adén un mes talando sin pausa la región. Acto seguido volvió con gran honra a su tierra, tras haber tomado cumplida venganza de la cruel fechoría del Sultán de Adén.

Capítulo cuadragésimo quinto

De la diversidad de las bestias de la provincia de Abascia

El pueblo de Abascia se sustenta de carne, leche y arroz y usa aceite de ajonjolí. Hay allí muchas ciudades y villas. Se hacen innumerables tratos. Hay sobre todo bocarán excelente y paños de algodón en grandísima abundancia. Hay muchos elefantes, aunque no nacen allí, sino que los traen de otras regiones de la India. Se crían muchas jirafas, leones, leopardos y otros muchos animales, muy diferentes, sin embargo, de los nuestros. Hay allí asnos salvajes y aves de diversas especies, que no tenemos en nuestras tierras; hay gallinas muy hermosas; hay avestruces grandes como asnos; hay muchos y bellos papagayos o epymachi y monos de diversas maneras: gatos paulos y gatos maimones, que parecen totalmente tener figura humana.


Capítulo cuadragésimo sexto

De la provincia de Adén

La provincia de Adén tiene un rey que llaman Sultán. Los habitantes de esta región son todos sarracenos y abrigan odio extremado contra los cristianos. Hay allí multitud de ciudades y aldeas. Hay un puerto excelente, al que arriban muchas naves de la India trayendo especias, y mercaderes, que compran las especias para llevarlas a Alejandría; durante una semana las transportan por el río; después las cargan en camellos y las llevan durante xxx jornadas en camellos, hasta que llegan al río de Alejandría donde, embarcándolas de nuevo en otras naves, las conducen hasta Alejandría. Este es el camino más fácil y más corto que pueden tomar los mercaderes que traen mercancías y especias desde la India a Alejandría, y por esa ruta los comerciantes llevan caballos a la India. El monarca de Adén lleva tan grandes derechos de las mercaderías que atraviesan su territorio que, a causa de sus rentas innumerables, es uno de los más ricos reyes que haya en el mundo. Cuando el Sultán de Babilonia sitió Achon y la hostigaba en el año del Señor de mcclxx, el Sultán de Adén le envió en su ayuda xxx mil jinetes y cccc mil camellos; y no obró así porque tuviese tamaño afecto al Sultán de Babilonia, sino sólo porque aborrecía con odio vivísimo a los cristianos. A xl millas de pasar el puerto de Adén se encuentra en la misma región una ciudad enorme llamada Escier, que está situada al septentrión del reino, y tiene bajo su poder muchas ciudades y aldeas; está sometida al dominio del rey de Adén. Junto a esta ciudad se halla un puerto excelente. Todos los habitantes de la tierra son sarracenos. Desde este puerto llevan los comerciantes tan innumerable cantidad de caballos a la India, que apenas puede darse crédito a los que la cuentan. En esta comarca hay gran abundancia de incienso blanco y buenísimo, que destilan gota a gota pequeños árboles parecidos a abetos. Los habitantes de esta región hacen en ellos frecuentes cortes, y sajan la corteza del árbol, y de aquellas incisiones se escurren por la corteza gotas de incienso. Incluso sin semejantes cortes se obtiene igualmente mucho líquido de ellos a causa del tremendo calor de la tierra; después se endurece. Hay también muchas palmeras que dan en abundancia excelentes dátiles. No nace allí ningún grano sino arroz, y aun éste crece poco, por lo que es necesario que se traiga grano de otras regiones. Hay peces en gran número y muy sabrosos, que en romance llamamos «toninas». Carecen de viñas, pero hacen un vino buenísimo de dátiles, arroz y azúcar. En esta región se crían carneros de corta estatura que carecen de orejas en absoluto ni muestran forma alguna en su lugar, sino que, donde los demás animales tienen orejas, allí tienen ellos dos cuernos pequeños. Los animales de la región, es decir, los caballos, ovejas, bueyes y camellos están acostumbrados a sustentarse de pescado, y ése es su alimento común y cotidiano; en efecto, como la tierra aquella es árida sobremanera a causa del calor, no germina hierbas ni grano, por lo que dan a los animales pescado como pienso. Durante tres meses se hace maravillosa pesquería: en marzo, abril y mayo, de suerte que causa grandísimo pasmo la captura de ese sinfín de peces, que secan y conservan durante todo el año y los dan a los animales; éstos comen tanto el pescado fresco como el seco, aunque están más habituados al seco. Los habitantes de esta región hacen bizcocho de pescado, pues despiezan los peces grandes y los pedazos menudos los humedecen, mezclan y amasan, tal como se hace con la harina cuando se elabora pan de la pasta del grano; después secan al sol aquella mojama, que se conserva muy bien durante el año.


Capítulo cuadragésimo séptimo

De otra región en la que habitan los tártaros en la zona del aquilón

Terminado cuanto decidí narrar acerca de la India y algunas comarcas de Etiopía, ahora, antes de poner fin a este libro, volvamos a unas regiones excelentes que se extienden en las partes extremas del aquilón, de las que había dejado de hablar en su momento en los libros anteriores por mor de brevedad. En unas tierras situadas en los confines del aquilón, más allá del polo ártico, habitan muchos tártaros sometidos a un soberano que desciende del linaje del Gran Kan. Estos conservan las ceremonias y costumbres de sus antiguos antepasados, que son los verdaderos y auténticos tártaros. Todos son idólatras y adoran a un único dios, que se llama Nezangaim y que piensan que tiene poder sobre la tierra y todas las cosas que nacen en ella; y por eso lo denominan dios de la tierra. A este falso dios le hacen ídolos e imágenes de fieltro, como se ha dicho arriba de los otros tártaros. Este pueblo no habita ni en aldeas ni en villas ni en ciudades, sino en los montes y en las campiñas de la región. De estos tártaros existe una inmensa muchedumbre. No tienen grano en absoluto, sino que se nutren de carne y de leche. Viven en grandísima paz, ya que su rey, a quien todos obedecen, los mantiene en calma. Poseen gran número de camellos, caballos, bueyes, ovejas y otros diversos animales. Hay allí osos blancos y negros por completo, de muy gran longitud, por lo general de xx: palmos. Hay zorras, negras y muy grandes. Hay asnos salvajes en gran cantidad. Hay también animales pequeños de nombre rondes, que tienen una piel suavísima en extremo; estas pieles se llaman cibelinas, sobre las que se ha dicho arriba en el capítulo xx del libro segundo. Hay asimismo veros en grandísima abundancia, cuyas pieles son finas en grado sumo. Hay otros animales muy grandes para su especie que se llaman «ratas del Faraón», que capturan en el tiempo del verano en tan gran cantidad, que apenas se sirven de otra carne como comida en aquella estación. Hay, en fin, gran abundancia de toda suerte de alimañas salvajes, ya que aquella región es sobremanera bravía.


Capítulo cuadragésimo octavo

De otra región a la que es difícil el paso y acceso a causa del barro y la nieve

En las regiones de la tierra susodicha bajo el dominio del rey antes mencionado se extiende otra zona montañosa, habitada por hombres que cazan animales pequeños que tienen pieles muy finas, como los rondes de los que se ha hablado arriba. Hay allí en cantidad innumerable armiños, ardillas, veros, zorras negras y otros animales semejantes, de todos los cuales se ha dicho antes. Los moradores de las susodichas montañas saben cazar los con tanta maña e ingenio, que pocos son los que logran escapar de sus manos. Los caballos, bueyes, asnos y demás animales pesados no pueden ir a esos lugares porque la región tiene en la planicie lagos y fuentes y a causa del enorme frío de la zona los lagos están siempre revestidos de hielo, de suerte que no pueden pasar allí las naves; tampoco ese hielo tiene tanta consistencia como para poder soportar carros pesados o animales de peso. Toda la planicie no cubierta por las lagunas está tan embarrada, a causa del agua que brota de un sinfín de manantiales, que no tienen por allí paso ni los carros ni los animales pesados. Se extiende esta comarca a lo largo de trece jornadas. Como hay en ella tan gran abundancia de pieles preciosas, de las que se obtienen muy pingües ganancias, los hombres de aquella región han encontrado el siguiente medio para que los mercaderes de otras partes puedan tener acceso hasta ellos. En el comienzo de cada una de las xiii jornadas a lo largo de las que, como se ha dicho, se extiende la región, hay una pequeña aldea con varias casas en las que habitan unos hombres que acompañan y acogen a los mercaderes. En cada aldea se guardan perros grandes como asnos en un número de cuarenta. Estos canes están acostumbrados y adiestrados a arrastrar trineos, que en romance se llaman en Italia «tragie». Es el trineo un vehículo sin ruedas del que se sirven entre nosotros los habitantes de las montañas. A un trineo atan seis perros en el orden conveniente. Sobre su superficie se tienden pieles de oso, en las que se sientan los dos en trato, el que va por pieles y el conductor que guía los perros y conoce el camino al dedillo. Como aquel vehículo es de una madera muy liviana y por debajo está plano y pulido y dado que los perros son fuertes y hechos a estos menesteres y que tampoco se cargan grandes pesos en el vehículo, los perros aquellos lo arrastran por el barro con toda facilidad y el trineo no se hunde mucho en el fango durante el trayecto. Cuando se llega a la aldea que está al cabo de la jornada, los mercaderes toman entonces otro conductor para el día siguiente, ya que los perros no podrían aguantar aquel esfuerzo durante xiii jornadas seguidas. Por tanto, el primer guía regresa con su traílla a su morada, mientras que el comerciante cambia en todas las jornadas de perros, de vehículo y de conductor. Así, pues, llega a las montañas para comprar las pieles, y del modo susodicho regresa a su patria a través de la llanura. En aquellas regiones se obtienen muy grandes ganancias de aquellas pieles.


Capítulo cuadragésimo nono

De la región de las Tinieblas

En la tierra limítrofe al reino de los tártaros, del que acabamos de hacer mención, hay otra región en las últimas poblaciones del septentrión, que se llama Oscuridad, ya que, al no brillar allí el sol durante la mayor parte del año, el aire es oscuro a manera de crepúsculo. Los habitantes de aquella región son hermosos, grandes y corpulentos, pero muy pálidos. No tienen ni rey ni príncipe a cuyo dominio estén sometidos, sino que son hombres de costumbres salvajes, que viven bestialmente. Los tártaros comarcanos a ellos a menudo invaden la región y saquean sus animales y sus bienes, infiriéndoles muchos daños. Y ya que, a causa de la lobregura del aire, no sabrían después regresar a su morada, cabalgan en yeguas que tienen potros y hacen que unos yegüerizos retengan los potros a la entrada de la comarca; y cuando, cogido el botín en las tinieblas, quieren volver a la región de la luz, sueltan las riendas a las yeguas y les dejan ir libremente adonde quieran; las yeguas, ansiando ver sus crías, retornan al paraje donde las habían dejado, trayendo de vuelta a sus jinetes al lugar adonde ellos no hubieran sabido regresar. Los habitantes de esta región cazan en gran abundancia armiños, veros, ardillas y otros animales semejantes, que tienen pieles finas, y llevan las pieles a las tierras de la luz limítrofes, donde obtienen con ellas grandes ganancias.


Capítulo quincuagésimo

De la provincia de los Rutenos

La enorme provincia de los Rutenos está situada hacia el polo ártico. Los pueblos de esta tierra son cristianos y observan en los oficios eclesiásticos el rito griego. Todos son blancos y hermosos, con cabellos muy rubios. Son tributarios del rey de los tártaros, con los que lindan al oriente. Hay allí infinita abundancia de pieles de armiño, martas cibelinas, zorras, ardillas y veros. Hay muchas minas de plata, pero la comarca es fría sobremanera; se extiende hasta el mar Océano. En aquel mar hay algunas islas en las que nacen y se capturan gerifaltes y herodii o halcones peregrinos en gran cantidad, que son llevados después a diversas regiones y provincias.

Acaba el libro de micer Marco de Venecia. A Dios gracias.

La guerra civil castellana y el enfrentamiento con Portugal. (1475-1479)

La guerra civil castellana y el enfrentamiento con Portugal. (1475-1479)

Vicente Ángel Álvarez Palenzuela

Universidad Autónoma de Madrid

La guerra civil que aflige al reino de Castilla entre 1475 y 1479 tiene como objetivo único aparente dirimir la sucesión de Enrique IV, fallecido en Madrid el 12 de diciembre de 1474, entre doña Juana, la excelente señora, e Isabel. En realidad, es un conflicto de hondas raíces en torno a la forma en que el Monarca ejercerá el poder: por sí mismo, como verdadero dueño de aquél, o como mero instrumento del Consejo, a su vez simple portavoz de una parte de la nobleza. La última fase de la guerra, aunque era evidente con anterioridad, adquiere el carácter de un enfrentamiento entre Portugal y Castilla en el que se dirime también la delimitación de las áreas exclusivas de navegación de cada una de las potencias.

La decisiva importancia de la primera cuestión, la más visible, no puede ocultar el conflicto de base que viene debatiéndose en Castilla durante todo el reinado de Juan II y, con especial virulencia, en el de Enrique IV, en particular desde el nacimiento de Juana (28 de febrero de 1462); el retorno de los aragoneses, de quien Fernando es el último representante, despertaba en muchos viejos e indeseables recuerdos y parecía la vuelta a la agitación de tiempos anteriores. Ambos problemas se mezclarán hasta hacer imposible distinguirlos. La tercera cuestión se plantea abiertamente cuando, recuperado el orden interno de Castilla casi totalmente, el conflicto adquiere carácter exclusivamente internacional en el que se ponen de relieve viejos problemas no resueltos, que las circunstancias presentes han agravado.

Las raíces del conflicto

La liga nobiliaria castellana tomaría al joven Alfonso, hermanastro de Enrique IV, como bandera de sus proyectos de control de la Monarquía con el pretexto de una cuestión hereditaria; en septiembre de 1464 hacían público un manifiesto en el que decían defender los derechos del joven Alfonso contra la pretensión de Enrique de sostener la herencia de Juana: por primera vez se hacía constar en un documento la afirmación de que ella no era hija del Rey. La reacción de Enrique, dialogante hasta la exasperación, fue negociar con los rebeldes, a pesar de la opinión de quienes deseaban una monarquía fuerte que le aconsejaban una actitud dura.

La solución fue una vía media en la que el Monarca, una vez más, dejaba jirones de la dignidad real: Alfonso era reconocido como heredero, sin explicar las razones por las que se postergaba a Juana, con el compromiso ineludible de casarse con ella. Resuelta la cuestión hereditaria, aparentemente la primordial, la nobleza triunfadora exponía una serie de demandas, todo un programa político que la situaba como interlocutor del Rey al mismo nivel.

Enrique aceptaba la solución dada al problema sucesorio, aunque personalmente era muy humillante; sin embargo, no pudo hacer lo mismo con la cuestión relativa al ejercicio del poder que atentaba a la esencia misma de la Monarquía. Pero, cuando intentó una respuesta de autoridad, uniendo sus fuerzas al monarca portugués, la nobleza descubrió la verdadera naturaleza de sus aspiraciones: en Ávila, el 5 de junio de 1465, con participación de los principales miembros de la Liga nobiliaria, era depuesto Enrique IV en una ceremonia bufa conocida como farsa de Ávila, y su efigie era arrojada del tablado en que se desarrolló la representación. Allí mismo era proclamado rey el príncipe Alfonso, mera coartada de los proyectos nobiliarios.

El nuevo Rey se dirigía al Reino fundamentando su elevación en el hecho de no ser Juana hija del Rey; la nobleza, por boca de Alfonso Carrillo, argumentaba más prudentemente la ilegitimidad de Juana, lo que no negaba necesariamente la paternidad regia, sino acaso la legitimidad del matrimonio de sus padres, y situaba el problema en términos de la máxima ambigüedad. La patológica tendencia de Enrique IV a la negociación dilataba una respuesta de fuerza que le aconsejaban Mendozas y Velascos; cuando se decidió a ella, éstos le reclamaron la entrega la infanta Juana, garantía de que no se arrepentiría de su decisión en, al menos, tres meses: tan reducida era la credibilidad del soberano.

El resultado fue muy positivo: en Olmedo, el 19 de agosto de 1467, la Liga experimentaba una severa derrota. Pero inmediatamente, a pesar de las seguridades otorgadas, Enrique IV decidió abrir negociaciones con los vencidos, lo que indujo a sus más firmes partidarios a abandonar temporalmente el escenario político. La negociación fue encargada a Alfonso de Fonseca, que también reclamó rehenes en garantía, en este caso la reina Juana, que fue depositada en Alaejos bajo la custodia de un sobrino del arzobispo.

La propuesta de paz consistía en el reconocimiento general de Enrique IV y el de Alfonso como heredero, con vuelta a la solución de su matrimonio con Juana. El tejido, aparentemente tan bien trazado, se rompió inesperadamente con el fallecimiento de Alfonso, el 5 de julio de 1468. Si se mantenía la ilegitimidad de Juana, y era imposible volver atrás en esta materia, la herencia recaía en Isabel, lo que hacía imposible la proyectada compensación por vía de matrimonio. Pensar en Fernando, el único varón Trastámara, suponía para muchos rememorar el poder de los aragoneses.

Isabel no lo dudó: a tenor de lo dispuesto en el testamento de su padre, comenzó a titularse heredera, rechazado la propuesta de ser proclamada reina, y ordenó proseguir las negociaciones para el restablecimiento de la paz en el reino: su sentido de la autoridad monárquica le exigía reclamar sus derechos sin destruir el prestigio de una institución que estaba llamada a desempeñar. Pero, para Enrique IV la negociación solo podía conducir ahora a negar llanamente la legitimidad de Juana; por ello, quizá con el deseo de tomar una posición de fuerza, reclamó la presencia de la Reina. Entonces se produjo su desplome moral: doña Juana, que se hallaba en avanzado estado de gestación, se fugaba de Alaejos y buscaba en Cuellar la protección del Beltrán de la Cueva. El honor del rey, ahora de modo patente, había sido pisoteado.

Solo a la luz de estos acontecimientos pueden entenderse plenamente las decisiones tomadas en Guisando, el 19 de septiembre de 1468, bajo la presidencia del legado apostólico, Antonio de Veneris, obispo de León. El legado anuló todos los juramentos prestados, en particular los relativos a Juana como heredera, y Enrique IV ordenó a todos que reconociesen a Isabel como legítima heredera.

Es el colofón de los acuerdos privados firmados el día anterior por Isabel, en Cebreros, y por Enrique IV en Cadalso de los Vidrios, todo ello resultado de minuciosas negociaciones previas. Se había acordado que Isabel sería reconocida heredera y se incorporaría a la Corte, hasta su matrimonio; sería jurada princesa a su llegada a la Corte y recibiría el juramento de los Grandes y de los procuradores en el plazo de cuarenta días; recibiría el Principado de Asturias y una serie de villas y rentas; contraería matrimonio a propuesta del Rey, con el consentimiento de los Grandes, pero de acuerdo con su voluntad; se reconocía la indecorosa conducta de la Reina, en el último año, y se afirmaba que el Rey no había estado legítimamente casado con ella, con lo que se explicaba la ilegitimidad de Juana sin entrar en otras difíciles explicaciones; la Reina, sería devuelta a Portugal y «su hija» llevada a la Corte.

Isabel, incorporada a la Corte, era instalada en Ocaña bajo la vigilante protección del marqués de Villena. La cuestión capital era ahora el matrimonio de la Princesa para el que Villena tenía proyectada la solución portuguesa, ya negociada con anterioridad: Isabel casaría con Alfonso V y Juana lo haría con Juan, hijo del soberano portugués; se unirían ambas Coronas y se rechazaba definitivamente la influencia aragonesa. Isabel rechazó el matrimonio portugués, atribución que se le reconocía en los acuerdos firmados, al tiempo que iniciaba negociaciones para contraer matrimonio con Fernando, solución propuesta por Juan II de Aragón.

Trascurren varias semanas del acuerdo de Guisando y comienzan a hacerse visibles varios incumplimientos por parte de Enrique IV: no se entregan las rentas acordadas, no se produce el juramento por las Cortes, reunidas en Ocaña en abril de 1469; no se hace divorcio de los Reyes ni se devuelve a la reina a Portugal. La decisión de Isabel de contraer matrimonio con Fernando -las capitulaciones se firman el 7 de marzo de 1469- sin acuerdo previo de su hermano y de los Grandes, era también un incumplimiento de los acuerdos establecidos; no era fácil obtener con posterioridad ese acuerdo y resultaba imposible obtener una dispensa papal que había sido otorgada para el matrimonio portugués.

A pesar de todo, Isabel se fugó de Ocaña, instalándose en Valladolid, tras un viaje de verdadera aventura. Pocos días después escribía a su hermano una razonada carta en que explicaba los motivos de su decisión, que suponía la elección del esposo más conveniente para ella y para el reino, y cómo ésta no era una violación de lo pactado. Por su parte Fernando entraba furtivamente en Castilla y, de modo casi novelesco, llegaba a Dueñas. Isabel se lo comunicó inmediatamente a su hermano ofreciéndole absoluta fidelidad y solicitando su consentimiento; no obtuvo respuesta alguna.

Contrajeron matrimonio en Valladolid, el 19 de octubre de 1469; al acta matrimonial se incorporó una antigua dispensa dada a Fernando por Pío II, naturalmente inválida para la ocasión. Por muchas cartas y promesas que hicieran los jóvenes esposos, lo sucedido constituía un incumplimiento de los acuerdos de Guisando, coartada perfecta para deshacer todo lo allí pactado. El marqués de Villena dispuso todo para restablecer la herencia del trono a favor de Juana, reforzar la alianza con Portugal o, en su caso, sustituirla por la de Francia y construir un partido para llevar adelante un proyecto casi imposible porque exigía devolverle a Juana una legitimidad que se le había negado solemnemente con anterioridad.

El 26 de octubre de 1470, en Val de Lozoya, se desheredaba a Isabel, por su continuada desobediencia; la reina y el rey juraban que tenían a Juana por su legítima hija; se la reconocía como heredera y se celebraban sus desposorios con el duque de Guyena. El problema esencial es que la legitimidad de Juana no podía recuperarse por la desobediencia de Isabel; además el esposo francés no hizo el menor gesto por desempeñar el papel que le correspondía.

Los partidarios de Isabel respondieron con un duro manifiesto (21 de marzo de 1471), en el que se hacían públicos los acuerdos previos a Guisando, eliminando algunas de las frases que en ellos hacían más llevadera la posición de Enrique, y se fundamentaban los derechos de Isabel en la ilegitimidad de Juana puesta ya en duda por la mayor parte de los Grandes cuando fue jurada por las Cortes. En cuanto a su huida de Ocaña, fue el medio de escapar a las presiones que pretendían obligarla a contraer matrimonio, en contra de lo pactado. Era el prólogo inmediato de la guerra civil que sin embargo no iba a producirse por ahora.

A pesar de la difícil situación de Isabel y Fernando, su posición se reforzaba paulatinamente, porque eran vistos como una solución de autoridad monárquica que complacía a las ciudades, a la mediana nobleza y también a algunos de los Grandes; al lograr el apoyo del extenso grupo familiar de los Mendoza, para lo que fue decisiva la legación de Rodrigo Borja, su futuro parecía plenamente asegurado: la relación de adhesiones crecería aceleradamente. En el orden internacional su situación era también muy favorable, reconocidos por Inglaterra, Bretaña, Borgoña, Nápoles y, muy especialmente, por haber ganado el apoyo de la Sede Apostólica.

Frente a ellos no se afianzaba la legitimidad de Juana, perjudicada de nuevo por el segundo alumbramiento de otro bastardo por la Reina, ni su posición política, debido a la patente ambición del marqués de Villena. Se forjaba, además, un proyecto de reconciliación de Enrique IV e Isabel, que necesariamente había de suponer el alejamiento de Juana de la herencia, aunque reservándole un puesto en la Grandeza.

Esas razones mueven a un desalentado Enrique IV a recibir a su hermana en Segovia, en diciembre de 1473, con quien da muestras públicas de reconciliación, y, pocos días después, a Fernando. La enfermedad de Enrique, que le aqueja desde los primeros días de enero, impide proseguir las conversaciones, pero la sensación ofrecida es que se ha vuelto a Guisando, a pesar de que no se anulen los actos de Valdelozoya.

Sin que esa rectificación tuviese lugar falleció Enrique IV en Madrid, el 12 de diciembre de 1474, sin dejar testamento ni instrucción alguna sobre la sucesión; dos meses antes había fallecido el marqués de Villena. Sin pérdida de tiempo, Isabel fue proclamada reina en Segovia (13.XII.1474), su residencia durante este último año; recibió paulatinamente adhesiones, de diversas familias y de varias ciudades y no se produjeron actos hostiles en el reino, aunque algunas familias de la nobleza no realizaron la proclamación de los nuevos reyes.

El panorama era, sin embargo, bastante complejo, más de lo que una primera impresión podía significar; no se había resuelto el modo de ejercicio del poder y muchos de los grandes consideraban imprescindible contar con una monarquía controlada por ellos para garantizar sus intereses. Entre los partidarios de primera hora de Isabel se hallaban algunos de los que aspiraban a ese sistema de monarquía dirigida por los nobles, a los que ella había puesto un primer limite cuando se negó a ser proclamada reina en vida de su hermano. Las decisiones tomadas en los meses siguientes habían mostrado su voluntad de no dejarse dirigir, lo que ya había provocado algunas fricciones, por ejemplo con Carrillo. Es perfectamente lógico que algunos de esos grandes constituyan muy pronto el núcleo central del partido de doña Juana, y que quienes se habían mostrado más fieles a Enrique, fuesen los más estrechos colaboradores de Isabel, que ahora encarnaba la legitimidad de la Monarquía; estarán a su servicio desde la primera hora, en los días inmediatamente siguientes a su proclamación en Segovia.

Tampoco había sido aclarada la forma en que ambos esposos ejercerían la prerrogativa regia: no solo se trataba del derecho de las mujeres a ejercer por sí mismas el poder en Castilla, y de los derechos del esposo, sino del hecho de que Fernando era ahora para muchos el representante del bando de los Infantes de Aragón, que habían agitado la vida política castellana en el último medio siglo, y cuyo despojo había incrementado la fortuna de quienes les combatieran: no cabían revisión del pasado ni, menos aún, represalias; en los confusos primeros días del reinado, con Fernando ausente en Aragón, esas circunstancias eran muy propicias para sembrar recelos y para que algunos personajes intentasen tomar posiciones ventajosas.

El espinoso problema, en realidad una confrontación entre dos bandos rivales, fue resuelto mediante una sentencia arbitral, conocida como concordia de Segovia, redactada por el arzobispo Carrillo, que probablemente había decidido ya romper con la nueva situación, y el cardenal Mendoza, fechada en esta ciudad el 15 de enero de 1475: ambos esposos gobernarían conjuntamente y se otorgaban mutuamente plenitud de jurisdicción en los respectivos reinos, ahora en Castilla, en su momento en la Corona de Aragón, cuyos respectivos súbditos serían tratados en asuntos comerciales como naturales del otro reino. Únicas cautelas: el nombramiento de oficios, la concesión de mercedes, la tenencia de fortalezas y la provisión de beneficios eclesiásticos se harían por voluntad y a nombre de la Reina; era la garantía de la concesión de los mismos solo a naturales del propio reino.

La concordia de Segovia constituía para la nobleza la garantía de que sus privilegios no serían destruidos sino incluso ampliados, y de que constituían el apoyo esencial de la Monarquía; pero, al mismo tiempo, ésta se aseguraba el estricto ejercicio de las prerrogativas regias. En estas condiciones se hacía posible abordar la pacificación del reino y la recuperación económica.

El desarrollo de la guerra

La situación parecía plenamente favorable. Todos los grandes linajes parecían ganados a la causa de los nuevos reyes, a excepción de los Estúñiga y los Pacheco con los que, sin embargo, se mantenían negociaciones que parecían discurrir por buen camino. Se trataba de resolver el problema que planteaba la presencia de la reina Juana y de dar una solución airosa al futuro de su hija. Los Reyes, de acuerdo con lo previsto en Guisando, exigían el regreso de la reina a Portugal y ofrecían un matrimonio adecuado para Juana, probablemente con Enrique Fortuna, hijo del infante de Aragón, don Enrique. Acaso Diego López Pacheco sólo mantenía las negociaciones a la espera de que el arzobispo Alfonso Carrillo y Alfonso V de Portugal, los otros dos pivotes esenciales en el apoyo a doña Juana, tomasen partido abiertamente.

Los hechos se precipitan, en efecto, cuando el arzobispo, convencido de su poder como hacedor de reyes y sospechando siempre maniobras para desposeerle, abandonaba la Corte, a mediados de febrero de 1475, y se instalaba en su villa de Alcalá de Henares, en abierta rebeldía; no fue posible atraerle de nuevo al servicio de los Reyes, a pesar de los esfuerzos desarrollados en ese sentido.

Por parte de Alfonso V de Portugal existían proyectos de tomar la defensa de Juana desde el mismo mes de diciembre de 1474, aunque existían sólidas opiniones en su entorno contrarias a una guerra de solución muy incierta. Antes de decidirse a la intervención el monarca portugués quería garantías de contar con apoyos suficientes en el interior de Castilla y también con el compromiso de Luis XI de Francia, enfrentado a Aragón por la cuestión de Rosellón y Cerdaña. Los informes que le remitía Diego López Pacheco sobre las previsibles adhesiones en Castilla y la nueva actitud de Carrillo deciden a Alfonso V, al menos desde el mes de marzo, a tomar en sus manos la defensa de su sobrina, con la que anunciaba, además, el propósito de contraer matrimonio. Luis XI trataría de mover su influencia en Roma para lograr la oportuna dispensa.

En el mes de abril, Alfonso V enviaba una embajada a Valladolid para anunciar sus propósitos y ordenaba la concentración de su ejército en Arronches; era el comienzo de la guerra, aunque las primeras hostilidades se producen en el marquesado de Villena, con el levantamiento de Alcaraz, una de sus villas que deseaban retornar al realengo. Las operaciones en torno a Alcaraz constituyeron la primera victoria de la guerra para los isabelinos.

La guerra que ahora se inicia había de resolver mucho más que el problema sucesorio, con ser éste decisivo y el argumento esencial del enfrentamiento. En juego estaba el desenlace de la vieja pugna entre la nobleza y la monarquía, la delimitación del ámbito castellano y portugués de navegación en el Atlántico meridional, y el diseño de bloques de alianzas de las potencias europeas: la unión de intereses de Castilla y Aragón, vieja aliada de Francia la primera, habitual enemiga la segunda, hacían trascendental esta definición. Portugal había de actuar en la guerra contando con la alianza de Francia, aunque procurando no dañar sus relaciones con Inglaterra; Castilla y Aragón se incorporarían a la alianza antifrancesa de Inglaterra, Borgoña y Nápoles.

El ejército portugués entró en Castilla en los primeros días de mayo de 1475 y avanzó hasta Plasencia donde, el 25 de ese mes, eran proclamados Juana y Alfonso reyes de Castilla; cuatro días después se desposaban, aplazando la celebración de su matrimonio hasta recibir la oportuna dispensa.

El día 30, firmaba Juana un manifiesto dirigido al reino; en lugar de ofrecer un esperanzador proyecto de gobierno, atendía más a fundamentar sus derechos, como hija del legítimo matrimonio de Enrique IV y Juana de Portugal, y a negar los posibles derechos reconocidos a Isabel en Guisando, perdidos por su matrimonio con Fernando en contra de lo allí acordado. Lanzaba además severas e infundadas acusaciones contra los Reyes a los que imputaba el envenenamiento de Enrique IV.

El documento no podía ocultar la debilidad de su argumentación, capaz de negar la legitimidad de Isabel, pero insuficiente para recuperar la legitimidad que a Juana le había sido solemnemente negada, ni el escaso número de partidarios que se había logrado reunir. No ayudaba a dar credibilidad el hecho de que quienes hoy defendían la legitimidad de Juana hubieran sido sus principales y más encarnizados detractores. Uno de los principales testimonios a ese efecto, aunque muy devaluado por la conducta posterior, la reina Juana, se apagaba, en Madrid, el 13 de junio. Por su parte, Isabel y Fernando, en respuesta a la proclama de Juana, se titulaban reyes de Portugal, como herederos de los derechos de aquella Beatriz, segunda esposa de Juan I de Castilla, que había alcanzado el definitivo descanso cuarenta y cinco años atrás en el convento de Sancti Spiritus de Toro, entonces pequeña corte portuguesa y pronto centro neurálgico y resolutivo de la guerra.

El ejército portugués se dirigió a Arévalo, firme posición de los Estúñiga, con intención de dirigirse hacia el norte, enlazar con el castillo de Burgos que, también en manos de los Estúñiga, se había alzado a favor de Juana, aunque la ciudad les era hostil, y establecer comunicación con posibles ayudas francesas que enviase Luis XI. Las disposiciones militares de Fernando y las escasas adhesiones logradas fueron suficientes para estorbar estos proyectos iniciales de Alfonso V, que vaciló ante la idea de una penetración tan profunda en territorio hostil.

Prefirió afrontar riesgos menores y consolidar las posiciones que reconocían a Juana o le ofrecían su fidelidad en ese momento, en particular Toro, que abrió sus puertas al monarca portugués, aunque en su castillo resistía una guarnición fiel a Isabel; se le suman otras importantes villas zamoranas, en particular la propia capital, y vallisoletanas, que, además de constituir un temible foco portugués en el bajo Duero y los montes de Torozos, garantizaban el contacto con Portugal.

Fernando concentró un gran ejército en Tordesillas, donde se hallaban representados los más importantes linajes, aunque el valor militar del conjunto resultaba bastante discutible; el 15 de julio ordenó ponerse en marcha, buscando el encuentro con Alfonso V, avanzando lentamente en medio de las posiciones enemigas. Cuatro días después llegaba ante la formidable posición de Toro, incitando al portugués a aceptar el combate. Su inferioridad numérica le aconsejó, sin embargo, permanecer a cubierto en una posición casi inexpugnable.

La escasa disciplina y la falta de recursos para afrontar un cerco prolongado, como sin duda sería el sitio de Toro, aconsejaban el regreso a las bases. Después de breves contactos entre caballerescos y diplomáticos, el ejército volvía a Tordesillas y se disolvía. Mientras, el castillo de Toro se rendía. Era una victoria moral de Alfonso V a quien la situación internacional parecía muy favorable: Luis XI podía imponer un acuerdo a Eduardo IV de Inglaterra (tratado de Picquigny, 29-VIII-1475), que liquidaba los últimos vestigios del largo enfrentamiento franco-inglés, y, en consecuencia, le permitiría en el futuro prestar apoyo al portugués.

Fracasado el ataque sobre Toro, había que afrontar una guerra de larga duración, vigilando los movimientos de Alfonso V y sometiendo los focos de resistencia: el principal, el surgido en el bajo Duero, cuyo crecimiento había que impedir, pero también el castillo de Burgos, que podía ser una fortaleza clave, las fronteras andaluza, extremeña y gallega, y las posiciones del marquesado de Villena y de la Orden de Calatrava. La guerra se extendería también al mar con irrupción en los ámbitos de navegación que, hasta el momento, de modo más o menos tácito, se reconocían como exclusivos de Portugal.

Alfonso V no aprovechó esa ventaja inicial: en lugar de marchar directamente sobre Burgos, se trasladó nuevamente a Arévalo, donde permaneció un tiempo precioso, a la espera de noticias de Luis XI. Mientras, Fernando, que se trasladó personalmente a Burgos, incrementaba las acciones contra el castillo que, a comienzos de septiembre, parecía a punto de capitular. Si Alfonso V no hacía nada para impedirlo, era muy posible que perdiera el apoyo de alguno de los castellanos que le ofrecieran su fidelidad.

Antes de mediar septiembre, Alfonso V se movió de Arévalo a Peñafiel; por su parte Rodrigo Alfonso Pimentel, conde de Benavente, se situó con una pequeña fuerza en Baltanás, lugar muy adecuado para vigilar los previsibles movimientos del enemigo, aunque mal provisto para la defensa. Atacado por los portugueses, el conde de Benavente ofreció una dura resistencia, pero fue derrotado y hecho prisionero: la villa sufrió un duro saqueo.

El éxito portugués en Baltanás (18-IX-1475) allanaba el camino hacia Burgos; sin embargo, Alfonso V se retiró hacia Peñafiel, luego a Arévalo y finalmente a Zamora, decidido a consolidar allí un firme bastión y a eliminar los movimientos contrarios que se registraban. Es que, a pesar de la victoria, resultaba insuficiente la colaboración de la nobleza y el apoyo popular inexistente; la retirada contribuía a desalentar a los partidarios, en particular a los Estúñiga que veían cómo se abandonaba a su suerte a los encerrados en el castillo de Burgos, que quedó firmemente asediado. En los meses siguientes se generaliza la sensación de disolución del partido de doña Juana, cuya causa, en realidad, quedaba en segunda línea de los intereses de Alfonso.

En cambio, el bando isabelino se reforzaba con nuevas adhesiones, despejaba dudas sobre la fidelidad de algunos linajes, en particular Pimentel, e incrementaba el apoyo popular. A finales de noviembre, Rodrigo Alfonso Pimentel, que, con el apoyo de los Reyes, había ganado la libertad entregando tres de sus fortalezas que constituían importantes posiciones para el monarca portugués, fue recibido en Valladolid como un héroe.

Los avances isabelinos fueron decisivos en los meses de otoño e invierno de ese año: cayó Trujillo en manos de sus partidarios y se logró el control de las tierras de la Orden de Alcántara, gran parte de las de Calatrava y del marquesado de Villena. El 4 de diciembre de 1475, una parte de la guarnición de Zamora se rebelaba contra los portugueses; al día siguiente llegaba Fernando que era recibido en la ciudad de la que unas horas antes había huido Alfonso V, refugiándose en Toro. A pesar de que gran parte de la guarnición portuguesa se hizo fuerte en el castillo, la caída de Zamora constituía un éxito prodigioso. Pocos días después, mediante pacto, se rendía el castillo de Burgos (28-I-1476); no hubo represalia sobre los vencidos: los Estúñiga se aproximaban a la reconciliación completa con los Reyes; el defensor del castillo burgalés, Íñigo López de Estúñiga, recibía compensaciones por la pérdida que experimentaba. El ejemplo era demoledor: se producían ahora las primeras fisuras en la familia Pacheco, en particular Juan Téllez Pacheco, conde de Urueña, admitido a reconciliación; todos eran benévolamente recibidos y conservaban sus estados.

A comienzos de febrero, tras superar enormes dificultades para su reclutamiento, entraba en Toro el heredero portugués, don Juan, al frente de un considerable contingente con el que, al paso, había tomado San Felices de los Gallegos y Ledesma, incrementando así las dificultades de Zamora. Alfonso V esperó encerrado en Toro la llegada de ese apoyo, sin atender las incitaciones de Fernando a entrar en combate. Con ellas se reforzaba notablemente la posición de Alfonso V, pero se ponía de relieve, cada vez más nítidamente, que la guerra no era un conflicto dinástico sino un enfrentamiento entre Castilla y Portugal.

A mediados de febrero, Alfonso V salió de Toro y, tras diversos amagos sobre las fortalezas isabelinas próximas, puso cerco a Zamora, donde Fernando quedó encerrado entre la guarnición del castillo y las fuerzas de asedio. A pesar de ello sus posiciones eran sólidas y cómodas, mientras las tropas portuguesas habían de soportar en su campamento la dureza del invierno; además, Fernando estaba a punto de recibir importantes refuerzos. El monarca portugués había de tomar la ciudad, lo que parecía imposible, o retirarse para no quedar encerrado entre la ciudad y las tropas que llegaban; por eso, tras fracasar un intento negociador decidió retirarse hacia Toro lo más rápida y sigilosamente posible (1-III-1476).

Fernando sacó sus tropas de Zamora, en persecución del enemigo, cuya retaguardia fue alcanzada al mediodía, lo que obligó a Alfonso V a detener su marcha y formar su ejército en orden de batalla, a la espera de poder recorrer en la oscuridad de la noche los menos de quince kilómetros que le separaban de Toro. Atardecía cuando comenzó un feroz combate que, tres horas más tarde, hacían imposible la oscuridad y la intensa lluvia.

En medio de un gran desorden, Alfonso V retiró parte de sus tropas a Castronuño mientras una parte del ejército se replegaba sobre Toro. El príncipe Juan permaneció horas sobre el campo ordenando en lo posible el repliegue y al amanecer entraba en Toro, ante cuyas murallas se había vivido durante toda la noche una terrible confusión. Tal es la batalla de Toro; el ejército portugués no había sido propiamente derrotado, pero, sin embargo, la sensación era de total hundimiento de la causa de doña Juana. Tenía sentido que para los castellanos Toro fuera considerado como la divina retribución, la compensación querida por Dios para compensar el terrible desastre de Aljubarrota, vivo aún en la memoria castellana.

Reconciliación interior

Sin duda había concluido la guerra de sucesión. El príncipe Juan volvía a Portugal con la mayor parte de las tropas; bajo su protección salía de Castilla doña Juana; numerosos grupos dispersos volvían también bajo el seguro otorgado por Fernando tras las primeras inevitables violencias. Alfonso V, con apoyos casi exclusivamente portugueses, permanecía en territorio castellano controlando una serie de lugares que, más que posiciones militares, eran sobre todo rehenes, argumentos que utilizar en las negociaciones de paz.

Fernando e Isabel tenían que acometer una enorme tarea de reconstrucción interior que requiere la reconciliación con todos los linajes que han apoyado a Juana, pero también una definición del protagonismo de los grandes en el organigrama de la monarquía. Las negociaciones fueron muy generosas con todos, naturalmente más con los partidarios de la primera hora, pero no por ello se excluyó la exigencia de devolución a la Corona del patrimonio usurpado en los perturbados años pasados. Recuperación del patrimonio regio, pero no destrucción de la nobleza: al contrario, consolidación de su patrimonio que es garantía de prestación de servicios imprescindibles a la Monarquía.

Entre los primeros acuerdos están los firmados con fieles de la primera hora como Pedro Manrique, conde de Treviño, (en marzo de 1476), pero también con otros que se habían mostrado reticentes, como Rodrigo Ponce de León, marqués de Cádiz, a quien se le confirman sus dominios (abril de 1476). También con los que han sido abiertamente partidarios de doña Juana como los Estúñiga, con los que se llega a complejos acuerdos que implican importantes devoluciones patrimoniales, como el castillo de Burgos o el señorío de Arévalo, y reconciliación con otros linajes de la Grandeza, (abril-junio de 1476), los Portocarrero, o los Pacheco-Girón, Juan y Rodrigo Téllez Girón, con los que la reconciliación se logra después de acciones militares, y, más duras aún las operaciones de guerra que hubo que afrontar para lograr la sumisión de Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo, que no regresaría a la corte, y de Diego López Pacheco, marqués de Villena, verdaderas raíces de la guerra que ahora vivía sus últimos acontecimientos.

Alfonso V trató de abrir negociaciones tras la batalla de Toro, seguramente con objeto de obtener compensaciones, pero fracasaron. La actividad bélica se traslada a la frontera extremeña y a la francesa, donde se producen ataques sobre Fuenterrabía (marzo-junio de 1476), sin resultados, y, por decisión de la Reina, a Cantalapiedra, posición portuguesa avanzada cuya caída, debería mostrar la decisión de concluir la guerra y produciría desaliento en el resto de las villas en poder portugués. Estaba próxima a Madrigal, donde se celebraban Cortes que estaban sentando las bases de la recuperación del orden jurídico, cuyo resultado sería el Ordenamiento de Montalvo, del financiero, abordado con la reforma de la Contaduría Mayor, y del orden público, para cuyo logro sería esencial la creación de la Hermandad.

Alfonso V propuso una suspensión de hostilidades con la oferta de intercambio de prisioneros y la entrega de las villas que constituyeran el precio del conde de Benavente: se aceptó su propuesta (11-V-1476). El monarca portugués aprovechó la tregua para marchar a Oporto y, desde allí, embarcar hacia Francia: necesitaba que Luis XI se implicase más a fondo en la guerra. También Fernando necesitaba reordenar los asuntos del señorío de Vizcaya, cuyos fueros juraba en Guernica (30 de julio), reforzar la frontera guipuzcoana, y resolver los problemas planteados en Navarra, donde no cesaba de reforzarse la influencia francesa, con objeto de garantizar la identidad del reino.

Resistían varias posiciones portuguesas en el Duero y proseguían los enfrentamientos en Galicia, Extremadura y Andalucía, al margen de la guerra aunque avivados por ella, pero simple reminiscencia de viejos enfrentamientos que requerían pronta atención. Isabel había decidido intentar la toma de Toro, cuya caída había de tener un decisivo efecto en el desplome del resto de los lugares que resistían. Fracasado un primer asalto (1-VII-1476), se decidió establecer firmes posiciones en poblaciones próximas, que aislaran la villa, y mantener contactos con el interior para provocar un movimiento que propiciara su entrega. Ésta sería tomada en la noche del 19 de septiembre gracias a la utilización de un portillo escasamente vigilado.

Durante las operaciones de Toro, se produjo en Segovia un movimiento urbano (31-VII-1476), contienda entre bandos, que se hizo dueño del alcázar, poniendo en peligro la seguridad de la princesa Isabel, que residía en Segovia durante toda la guerra. Acudió rápidamente Isabel, hizo su entrada en la ciudad y apaciguó el movimiento dando aparente solución a las demandas: en realidad venía a hacer desaparecer los enfrentamientos entre los bandos, secuela de la guerra civil.

A Segovia llegaban las noticias de la caída de Toro y de que parte de la guarnición se había hecho fuerte en la Colegiata, que se rindió pronto, y en el castillo. Acudió la Reina con refuerzos y comenzó el ataque artillero sobre el castillo; sus defensores resistieron pero pronto abrieron negociaciones que condujeron a su entrega, el 19 de octubre. Las condiciones, como estaba siendo habitual, fueron muy generosas. Pocos días después llegaba don Fernando, de vuelta de su viaje por el norte: había que aprovechar la entrega del castillo de Toro para poner cerco a las posiciones portuguesas, cuya caída marcaría el final de la guerra civil.

Pero otros acontecimientos iban a requerir la inmediata atención de los Reyes. En el mes de noviembre moría el maestre de Santiago, don Rodrigo Manrique. La posesión del Maestrazgo otorgaba tal poder que, como mostraba la experiencia de los últimos maestres (Infante don Enrique, Álvaro de Luna, Beltrán de la Cueva, Juan Pacheco), constituía un factor de desequilibrio entre los grandes linajes que, además, ahora, podía complicar más aún el delicado panorama en el marquesado de Villena o en el arzobispado de Toledo. Isabel se trasladó personal y urgentemente a Uclés y comunicó la decisión de que don Fernando tomaba para sí la administración de la Orden por un periodo de seis años, al cabo de los cuales haría entrega del cargo a los electores. La decisión significaba apartar a Alfonso de Cárdenas, uno de los hombres de confianza, al que se requirió que abandonase sus pretensiones al Maestrazgo. Apenas un año después, Fernando devolvía la administración a la propia Orden y sus electores elegían a Alfonso de Cárdenas.

Extremadura era un foco de importantes problemas a causa del endémico enfrentamiento entre linajes y de la querella en torno al maestrazgo de Alcántara; se mantenía la resistencia de Trujillo, que debía haber sido entregada por el marqués de Villena, y todo ello se agravaba por el hecho de que Alfonso V parecía dispuesto a reanudar las operaciones militares en el frente extremeño. Seguía disponiendo de algunas posiciones en el curso del Duero que podían convertirse también en importantes bases de operaciones.

Mientras Fernando se empleaba en la toma de las últimas posiciones portuguesas, Sieteiglesias, Cubillas, Cantalapiedra y Castronuño, y en reordenar la situación en Salamanca, lo que le ocupó hasta el otoño de este año, Isabel se trasladó a Extremadura, donde permaneció entre abril y julio de 1477: logró la entrega del castillo de Trujillo, pacificó los enfrentamientos entre bandos y linajes y forzó a ciudades y villas a ingresar en la Hermandad, para poner fin a la inseguridad en los caminos, exacerbada por la guerra. La acción coordinada de los Reyes cerraba dos importantes brechas, vías de una nueva invasión portuguesa.

Andalucía, en particular Sevilla, era el siguiente objetivo. Entre los problemas a abordar se halla el poder de los banqueros genoveses, cuya fidelidad era preciso obtener, el de los numerosos e influyentes conversos y, muy especialmente la enraizada enemistad entre los Guzmán, duques de Medinasidonia, y los Ponce de León, marqueses de Cádiz, cuyos enfrentamientos se ramificaban a otros linajes y lugares de Andalucía; la fidelidad de la nobleza andaluza, prácticamente neutral en la guerra de sucesión, no ofrecía solidez alguna.

La inestabilidad sevillana influía sobre otro asunto de la máxima importancia: el monopolio portugués de las navegaciones a lo largo de la costa africana, que, a causa de la guerra, era ignorado por los navegantes andaluces con el apoyo de los Reyes; se ofrecía la posibilidad de quebrantar una importante fuente de recursos para Portugal, lo que elevaba al primer rango la ocupación de Canarias. En fin, la proximidad de la frontera granadina provocaba una gran inestabilidad: las guerras internas en Granada generaban desterrados y justificaban las fructíferas incursiones mutuas en territorio enemigo.

Isabel hizo su entrada en Sevilla el 24 de julio, tomando contacto con la compleja realidad y adoptando las primeras decisiones; a mediados de septiembre llegó Fernando. Durante su larga estancia en Sevilla lograron los Reyes la sumisión de los Guzmán (el mismo día de la llegada del Rey) y los Ponce de León (octubre) y la reconciliación de ambos linajes (octubre de 1478); la rendición de focos de resistencia, como Utrera, que se convirtió en una de las principales operaciones de la guerra y una excepción en la dureza de la represión; la consolidación de la fidelidad de los fuertes poderes económicos residentes en la ciudad, y la obtención de los derechos sobre Canarias, base privilegiada para la navegación por la costa africana, aunque las negociaciones de paz con Portugal bloquearán el inicial desarrollo de los viajes andaluces por esta costa. Fórmulas similares de apaciguamiento se aplicaron en otros lugares de Andalucía, aquejada de idénticos problemas, en particular en Córdoba, donde los Reyes estuvieron de finales de octubre hasta final de este año.

En cuanto a Granada, cuya intervención se temió con ocasión del cerco de Utrera, se logró la firma de unas treguas, en enero de 1478, que alejaban un enfrentamiento que ahora sería sumamente improcedente. La estancia sevillana deparaba, además, el nacimiento del esperado varón, Juan, nacido en esta ciudad el 30 de junio de 1478, hecho que permitía abordar la continuidad dinástica desde nuevas perspectivas.

Paz con Portugal

La guerra entre Portugal y Castilla, superado el problema sucesorio que la diera origen, se recrudecía en Galicia, Extremadura y La Mancha, reavivando viejos conflictos, y, muy especialmente en el mar: además de la rivalidad en las nuevas áreas de navegación, daba paso a una durísima actividad pirática, perjudicial para el comercio, que recordaba la situación de los primeros decenios de siglo, a la que se había puesto término con las paces de Almeirim.

La reanudación de la guerra por parte de Alfonso V, frente a una sólida opinión en su reino contraria a la misma, parece obedecer únicamente a la necesidad de disponer de contrapartidas que poner sobre la mesa de negociaciones para dar solución satisfactoria a tres problemas que el curso de la guerra le había planteado: el destino personal de Juana, el coste económico asumido por Portugal y quienes le han apoyado en Castilla, y la delimitación de ámbitos en la navegación. Las propuestas que recibía y la situación de algunos territorios castellanos ofrecían posibilidades de éxito.

El arzobispo Carrillo ofrecía un proyecto para apoderarse de Toledo, si recibía apoyo portugués, pero fue frustrado por Gómez Manrique, corregidor de Toledo. En Galicia se reanudaba la guerra, desde comienzos de 1478, por obra de Pedro Álvarez de Sotomayor, conde de Camiña, que, con tropas portuguesas, se adueñaba de algunas posiciones y reclutaba partidarios, mientras, Pedro de Mendaño, que fuera gobernador de Castronuño, tomaba Tuy. Favorable también la situación en Extremadura: la decepción de Alfonso de Monroy, cuyos servicios a los Reyes no fueron premiados como esperaba con el Maestrazgo de Alcántara, atribuido al joven Juan de Estúñiga, le hizo pasarse al enemigo; se le sumó Beatriz Pacheco, condesa de Medellín, lo que abría a los portugueses una plataforma de operaciones en el sur de esta región. Muy confusa también la situación en el marquesado de Villena, donde estaba resultando muy complejo el proceso de pacificación, en parte por extralimitaciones de los agentes regios.

Era preciso resolver todos aquellos problemas antes de que se produjese una nueva invasión portuguesa. Los Reyes decretaron el secuestro de las rentas de Alfonso Carrillo, el otrora poderoso arzobispo, que, en diciembre de 1478, solicitaba el perdón y se apartaba de la actividad política; decidían la ocupación militar del marquesado de Villena, para sentar la definitiva negociación sobre bases nuevas, lo que inducía a Diego López Pacheco a solicitar un acuerdo que decía haber deseado siempre. Intentaron una difícil negociación con los rebeldes extremeños que habían solicitado apoyo portugués.

La invasión portuguesa se produjo, pero con enorme retraso, en febrero de 1479. Dirigido por García de Meneses, obispo de Évora, el ejército portugués que marchaba en auxilio de Mérida fue sorprendido y derrotado, a orillas del río Albuera, por las fuerzas que mandaba Alfonso de Cárdenas (24 de febrero de 1479). Era el último episodio de la guerra. De parte portuguesa llegaba la propuesta de Beatriz, duquesa de Bragança, de una entrevista personal con la reina Isabel, base de unas posibles negociaciones entre ambos reinos.

Las vistas tuvieron en el castillo de Alcántara entre el 20 y el 22 de marzo de 1479. En ellas se fijaron cuatro ámbitos de negociación: los pretendidos derechos de Juana y su destino personal; la recuperación de las excelentes relaciones entre Castilla y Portugal, hasta el comienzo de las hostilidades; perdón a los partidarios castellanos de Alfonso V; y la regulación de las navegaciones por la costa africana.

Las posiciones de partida se suavizaron después, pero la entrevista concluyó con un retorno parcial a las exigencias iniciales por parte portuguesa. Beatriz de Bragança proponía el matrimonio de Juana con el príncipe Juan y el reconocimiento del título de Princesa; la alianza de Castilla y Portugal, edificada sobre el matrimonio de la primogénita de los reyes castellanos, Isabel, con el primogénito del heredero portugués, Alfonso; indemnización castellana por los gastos de guerra acometidos; perdón a quienes apoyaron a Alfonso V, con restitución de sus bienes; y monopolio portugués en África, como antes de 1474. Isabel comenzó exigiendo el regreso de Juana a Castilla, pero aceptó la negociación de su matrimonio con el Príncipe, aunque sólo después de realizado podría utilizar título de Princesa; se negó, en razón del previo compromiso en Nápoles, al matrimonio de Isabel y Alfonso, aunque la idea le gustó, y rechazó la indemnización de guerra y la reconciliación con los rebeldes.

Siguió un largo silencio portugués, resultado de las encontradas posiciones sobre la negociación, que dio la impresión de que las conversaciones habían constituido un fracaso, mera estrategia bélica; los informes que llegaban de Portugal daban cuenta de la divergencia de opiniones. Mientras, resistían tenazmente las fortalezas rebeldes de Extremadura. Por otra parte, el fallecimiento de Juan II hacía imprescindible la presencia de Fernando en Aragón y, por ello, la paz se hacía más urgente.

Cuando se reanudan las negociaciones, se aprecian las graves dificultades, esencialmente en torno al reconocimiento de los eventuales derechos de Juana y su destino, en particular, su consideración como sujeto de negociación, en opinión portuguesa, frente a la posición castellana para quien era únicamente objeto de dicha negociación. Desde Castilla se exigía que, hasta su matrimonio con el príncipe Juan, Juana permaneciese bajo la custodia de persona de su confianza, en concreto la duquesa de Bragança; en todas las demás cuestiones la posición castellana era enteramente favorable a las propuestas portuguesas, incluido el matrimonio de Isabel y Alfonso, anulado el compromiso napolitano, y la permanencia de Isabel y su prometido bajo custodia de la duquesa de Bragança hasta su celebración.

En mayo de 1479 Juana hacía público su deseo de ingresar en un monasterio; era la única posibilidad de escapar a un destino que le depara un matrimonio necesariamente lejano, el Príncipe castellano no ha cumplido un año, e incierto. Es muy probable que en la decisión pesaran fuertes presiones por parte del heredero portugués, que veía en Juana un obstáculo para la paz y no deseaba confiar personas de tal importancia, durante tantos años, a la casa de Bragança. Isabel sospechó que la decisión ocultaba algún fraude, porque durante el año de noviciado sería imposible mantener control alguno sobre Juana. Además, Alfonso V y su hijo no otorgaron poderes a los negociadores portugueses encargados de hacer la paz hasta el mes de agosto, dando verosimilitud con esa demora a cualquier sospecha.

Finalmente fue posible poner la firma al complejo texto de un tratado firmado en Alcáçovas, el 4 de septiembre de 1479, y en Trujillo, el día 27 de este mismo mes, y confirmado por Isabel y Fernando en Toledo, el 6 de marzo de 1480. El Tratado de Alcáçovas es en realidad un conjunto de cuatro tratados en virtud de los cuales no solamente se ponía fin a la guerra, mediante la solución de las cuestiones que la provocaran, sino que se procedía a un pleno restablecimiento de las relaciones entre ambos reinos en el punto en que las situaran las paces de Medina del Campo-Almeirim de enero de 1432.

El primero de los cuatro tratados, por el que se restablece la paz entre ambos contendientes, se concibe como una renovación de las paces antiguas de Almeirim, cuyo articulado trascribe íntegramente; además incluye nuevas disposiciones para regular los problemas planteados desde entonces, en particular las derivadas de las navegaciones portuguesas por la costa africana y las islas del Mediterráneo atlántico, según moderna y acertada denominación. Portugal tendría todas estas islas y el monopolio de las navegaciones al sur de cabo Bojador; Castilla veía reconocida la propiedad de todas las islas Canarias y el derecho a una pequeña franja de la costa africana, entre los cabos Nun y Bojador, conexión con las caravanas que traen el oro del interior del continente.

El segundo tratado resolvía el destino de Juana, aunque solo sería de aplicación en el caso de que la Excelente señora decidiera abandonar el camino de su profesión religiosa durante el año de noviciado. En ese caso contraería matrimonio con el heredero castellano y ambos habrían de situarse hasta su celebración bajo la custodia de Beatriz de Bragança; en esta tercería deberían situarse también los documentos relacionados con los derechos de Juana al trono, que habían de ser entregados a la reina de Castilla en el momento del matrimonio o de la profesión religiosa.

El tercer tratado regulaba el matrimonio de Alfonso e Isabel, la enorme dote de la novia, más de cien mil doblas, que comprendía en realidad una indemnización de guerra, sus arras, la entrada de los novios en tercería bajo custodia de los Bragança hasta la celebración del matrimonio, y, caso de fallecimiento previo de uno de ellos, el compromiso mutuo de casar con la persona que ocupase el lugar del fallecido en el orden sucesorio. El poder que los acuerdos otorgaban a los Bragança era la preocupación esencial del heredero portugués: asomaba ahí la terrible división de la familia real portuguesa que estallaría dramáticamente en el reinado de Juan II.

El último de los tratados se refiere al perdón de los castellanos implicados en el apoyo a Alfonso V, incluyendo los que aún permanecían en rebeldía, devolución de sus bienes, liberación de prisioneros, sin rescate, restitución de fortalezas tomadas y libertad de comercio y garantías para los mercaderes. Aunque se inició inmediatamente el cumplimiento de estos compromisos, el camino fue largo y erizado de dificultades, honda la desconfianza generada por la guerra, y numerosas las reclamaciones y desacuerdos en la valoración de los bienes devueltos y en la depuración de la justicia del título de propiedad de los mismos.

La aplicación de este último acuerdo fue la más laboriosa, por las dificultades intrínsecas que presentaba pero, sobre todo, por la presencia de Alfonso V para quien la firma del acuerdo era la confesión de su fracaso militar y diplomático. El protagonismo que había permitido a su hijo en la negociación, no excluía su resistencia en la aplicación de los acuerdos en relación con quienes le habían sido fieles, a quienes él consideraba perjudicados: como muestra de su preocupación, en octubre de 1480, otorgaba a la Excelente Señora doña Juana el título de infanta de Portugal.

Por su parte, Fernando e Isabel pusieron la mayor diligencia en el cumplimiento de todos los acuerdos, en particular en lo relativo en la renuncia a las navegaciones en Guinea, a pesar de los fuertes intereses de sus súbditos en esa ruta. No obstante, a pesar de la paz y del cumplimiento exacto de sus estipulaciones, se mantiene durante un tiempo entre ambas cortes una cierta distancia. La profesión religiosa de doña Juana, que tomó el hábito en Santa Clara de Coimbra el 15 de noviembre de 1480, la entrada de Isabel y Alfonso en tercería en Moura bajo custodia de Beatriz de Bragança, el 11 de enero de 1481, y la muerte de Alfonso V, el 28 de agosto de este año, con la que desaparecía el máximo obstáculo para la paz, contribuían a una normalización plena de relaciones.

Resueltos, o en vía de total solución, los problemas planteados entre Portugal y Castilla, no quedaba sino completar la definición de la forma de ejercicio del poder y la plena pacificación interna. La reconstrucción del reino se acometía en las Cortes de Toledo de 1480; la pacificación final tendría en Galicia un último y violento escenario. El perturbado ambiente y los graves enfrentamientos entre linajes motivaron una dura respuesta de los Reyes que enviaron a Fernando de Acuña con rigurosas instrucciones y amplios poderes: hubo destrucción de fortalezas, exilios, y ejecuciones sumarias, entre ellas, la más notable, la del mariscal Pedro Pardo de Cela (17.XII.1481). Pero no es éste el modelo, sino la excepción, de la actuación regia respecto a la nobleza.

Bibliografía

FONSECA, L. Adao da. D. Joao II. Lisboa, Círculo de Leitores, 2005.

SUÁREZ FERNÁNDEZ, L. Los Reyes Católicos. La conquista del trono. Madrid, Rialp, 1989.

—— Isabel I, Reina. Barcelona, Ariel, 2000.

—— Enrique IV de Castilla. Barcelona, Ariel, 2001.

—— Fernando el Católico. Barcelona, Ariel, 2004.

TORRE, A. de la; SUAREZ FERNÁNDEZ, L. Documentos referentes a las relaciones con Portugal durante el reinado de los Reyes Católicos. Valladolid, 1958.

La firma de Cristóbal Colón

La firma de Cristóbal Colón

Manuel Lago y González, Obispo de Túy

  —297→  

Paréceme haber descubierto la verdadera lectura de las siglas que Colón usaba en su firma, y quiero ofrecer las primicias de mi descubrimiento a la Real Academia de la Historia, que hace ya no pocos años se dignó honrarme con el título de Académico Correspondiente.

Omito preámbulos y disquisiciones, que tal vez exponga en ocasión oportuna, y paso a tratar de la lectura de las siglas, la cual ha de ajustarse a estas normas:

  1. Las letras se han de leer en el orden en que Colón quería que se leyeran.
  2. Estas letras son abreviaturas, como se advierte al contemplarlas y se deduce de las mismas palabras del Almirante.
  3. La frase expresada en estas abreviaturas debe acomodarse a la significación del nombre de Colón o a alguna idea predominante en el inmortal descubridor.

Mi interpretación responde a las tres normas.

He aquí la firma, tal como aparece en muchos documentos:

Y he aquí también lo que dice Colón acerca de ella:

«Don Diego, mi hijo, o cualquier otro que heredare este mayorazgo, después de haber heredado y estado en posesión de ello, firme de mi firma, la cual agora acostumbro, que es una X con una S encima, y una M con una A romana encima y encima della una S, y después una Y griega con una S encima, con sus rayas y vírgulas, como yo agora fago, y se parecerá por mis firmas, de la cuales se hallarán muchas…»

 

(Institución del Mayorazgo, 22 de febrero de 1498.)               

 

Las siglas, por tanto, se han de leer de abajo arriba (X con S encima, M con A encima y S encima de la A, y finalmente Y griega con S encima también), es decir, como abreviaturas,   —298→   pues sólo en abreviaturas se usan en los manuscritos las letras superpuestas. Así resultará:

Y teniendo en cuenta que en griego, con ortografía antigua) es la abreviatura de la de y, por tanto, la de , y las dos letras del último grupo, por natural exigencia de la frase, la de la palabra , la lectura de todas las siglas resulta (Cristo, hijo de María).

Indicio suficientemente claro de que la inscripción se ha de leer en griego es el cuidado con que exige el Almirante que la Y del tercer grupo sea griega. Y esta letra es precisamente la que en el transcurso de cuatro siglos ha desconcertado a los intérpretes, que se han empeñado en ver en ella la inicial de «Iesus» o de «Ioseph», sin reparar en que ambas palabras se escribían entonces constantemente con I latina hasta en sus abreviaturas (Ihūs, Ios.) y debía ser rarísima la fórmula Christus, Maria, Ioseph, si acaso se usaba alguna vez.

Colón, que conocía la significación de su nombre de Cristóbal (Christophorus, , el que lleva a Cristo), hasta el punto de traducir al latín la segunda parte de él firmando XPOFERENS, que amaba con fervorosa devoción a la Santísima Virgen y veía en ella la primera , y que creía haber recibido de Dios la misión de llevar a Cristo a las Indias reunió estas ideas en las siglas que eligió para su firma y las enlazó con su nombre, que escribió debajo en forma que a todos les fuese asequible su significado.

Sólo una dificultad podría oponerse a la lectura de las siglas en griego: la de que Colón no conociese esta lengua. Pero ¿quién puede asegurar que el marino que había recorrido todos los mares y visitado los puertos de Grecia y otros del Oriente no conocía lo poco de griego que se necesita para entender y adoptar una frase de tres palabras, de las cuales sólo una es puramente griega, pues las otras dos son hebreas y han pasado al latín y al castellano? ¿No entendía también, como ha demostrado,   —299→   la palabra ? ¿Y no podía haber aprendido esa frase de alguno que supiese griego, si él no lo sabía?

Como esta interpretación satisface cumplidamente a todas las condiciones del problema, creo que debemos leer las siglas de la firma del descubridor del Nuevo Mundo:

«Cristo, hijo de María», dando por resuelta la cuestión que ha preocupado hasta ahora a los investigadores de asuntos históricos.

La ciencia y la técnica en el descubrimiento de América

La ciencia y la técnica en el descubrimiento de América

 

Julio Rey Pastor

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Nota previa

 

En el descubrimiento y colonización de América hay valores esenciales, apenas considerados por los historiadores, que atentos a los aspectos militar y religioso en primer término, y a la organización política después, descuidaron los factores científico y técnico que concurrieron a tan magnos acontecimientos; los cuales, a su vez, influyeron en la evolución general de las ciencias y de sus aplicaciones.

Ciencia y técnica muy rudimentarias sin duda, desde nuestro actual punto de vista, fueron las utilizadas por los descubridores de nuevas rutas y de mundos nuevos, como parecerán rudimentarias a las venideras generaciones las hipótesis físicas que usan nuestros ingenieros para el cálculo de sus estructuras y nuestras actuales ideas sobre el cáncer. Precisamente esta dramática desproporción entre la insignificancia de los medios y la grandiosidad de los resultados hace resaltar con más impresionante relieve el valor de quienes los lograron.

Emprendamos, pues, la nada fácil tarea de historiar brevemente la contribución de la Ciencia y de la Técnica; y muy especialmente en dos órdenes de conocimiento: en la Astronomía y la Náutica, que hicieron posibles en el siglo XV, y aun desde el XIV, las arriesgadas   -10-   exploraciones de África y América; y en la técnica metalúrgica, que permitió la explotación científica de las riquezas mineras del Nuevo Mundo. Una y otra tenían larga tradición ibérica; la Metalurgia databa de la época romana y fue muy perfeccionada por los árabes españoles, sobre todo en las minas de Almadén; la navegación de altura fue posible gracias a la seria tradición astronómica de origen griego, cultivada y perfeccionada por árabes, judíos y cristianos durante la Edad Media, que culminó en las inmortales Tablas alfonsinas.

Ruptura de prejuicios y supersticiones, tránsito de la Astrología a la Astronomía y de la Alquimia a la Química, son las características de este período áureo, que traduce en hechos materiales los gérmenes espirituales del Renacimiento, una de cuyas más poderosas fuerzas propulsoras fue la epopeya escrita por los ibéricos con sus descubrimientos geográficos, que influyó decisivamente en todos los estratos de la cultura.

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Nota a la tercera edición

 

Modificaciones numerosas, y algunas esenciales, han sido introducidas en esta nueva edición. Una de ellas enaltece sobremanera la jerarquía científica del Almirante, por haber atribuido algunos saltos de la aguja a la estrella polar. Los observados en las noches del 13 y del 17 de septiembre en el primer viaje quedan perfectamente explicados con la expresiva frase «la estrella hace movimiento y no las agujas» y nada hay en ella de «especioso». En efecto, Colón sabía de sobra que la polar no coincide con el polo; y el movimiento durante la noche alrededor del polo, explica perfectamente los hechos observados, como demostraremos en lugar adecuado, utilizando los cálculos efectuados a nuestro ruego en el Observatorio de San Fernando, por gentileza de su sabio Director.

Dolorosa ha sido en cambio la rectificación del elogio que en la primera edición dedicábamos al gran Nebrija, a quien suele atribuirse una medición geodésica; según un documentado estudio de Vigil y Ruiz Aizpiri, esta esperanza se desvanece como tantas otras, y el rigor histórico obliga a consignarlo, rectificando una confusión de los entusiastas historiadores de la ciencia española.

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Capítulo I

 

Influencia del descubrimiento de América en las ideas científicas

Influencia general en la ciencia

 

Hablar de la Ciencia como de algo orgánico y bien definido, a fines de la Edad Media, es sin duda prematuro. Los escasos conocimientos científicos del siglo XIII son patrimonio personal de un Leonardo de Pisa, de un Alberto Magno, de un Rogerio Bacon…, y con ellos desaparecen, sin ejercer gran influjo en la cultura de la centuria siguiente. Ciencia basada a veces en relatos dudosos y consejas fantásticas, más que en conocimiento directo y seguro de los hechos; y así, por ejemplo, no nos sorprende que el inmortal Bacon crea a pies juntillas en la existencia de un país afortunado, en el cual «los extranjeros se conservan indefinidamente en la edad que tenían al entrar en él».

Pero este monopolio de conocimientos por unos pocos selectos cesa súbitamente por la milagrosa concurrencia de los hechos históricos que produjeron el Renacimiento, y muy especialmente por los simplicísimos artilugios   -14-   de Coster y Gutenberg, y las audaces exploraciones de Oriente y Occidente.

Constante aspiración de la Ciencia es descubrir el hecho nuevo; y de pronto, gracias a los ibéricos, se nos regala el más rico caudal de hechos nuevos que pudiera soñarse. Ya no son los tiempos de Leif, el hijo de Erico el Rojo; ahora se trata de una empresa organizada muy en serio, en febril competencia, por tres naciones, y ya en el primer cuarto del siglo XVI, al arreglar cuentas España y Portugal, estaba trazado el contorno de todo un nuevo continente, desde la Tierra del Fuego hasta Labrador.

La obra entera de la creación se duplica en el siglo XV para los habitantes de Europa (como observa Humboldt) y suministra a las inteligencias nuevos y poderosos estímulos, que aceleran el progreso de las ciencias. Y llega ese magnífico presente en el momento mismo en que ya puede ser aprovechado por el despertar de las inteligencias y la eficacia de las prensas de Haarlem y Maguncia, que prestan alas al pensamiento, poniendo la cultura al alcance de todas las clases sociales, en las que pronto surgen preclaras inteligencias al servicio de una tarea común.

El beneficioso influjo que tuvo en la Ciencia la magna empresa de los Reyes Católicos comenzó el mismo día en que la diminuta escuadra zarpó del puerto de Palos. El improvisado almirante puede considerarse, en justicia, como hombre de ciencia, dentro del modesto alcance que entonces podía darse a ese término; pues era un curioso del saber, un observador   -15-   atento, a veces agudo, que desde el primer día anotó cuanto hecho físico pudo observar y buscó su explicación, no siempre atinada, como aquella su curiosa teoría sobre la diversidad de color de los indios y los negros africanos, basada en la estructura del globo, que suponía piriforme; pero frecuentemente acertada y siempre de carácter científico, en el sentido moderno, es decir, físico y no metafísico.

Hasta ese error, que tanto nos ha hecho sonreír, de asignar al globo terráqueo la forma de pera, fue un error netamente científico, basado en sus medidas forzosamente inexactas de la altura de la polar. Hoy nos parece tan natural la forma esférica, apenas atenuada, que no concebimos otra, lo que indica nuestra falta de flexibilidad mental; también un aristotélico habría conservado incólume su fe en la forma esférica, por ser ésta la figura geométrica más perfecta, sin dar crédito a los engañosos sentidos, ni a los experimentos sospechosos. Pero Colón es ya un renacentista, aunque todavía trabado por el criterio de autoridad; debe razonar sobre sus observaciones propias, debe explicar las variedades de color racial, con otros fenómenos físicos, y además de todo esto debe encontrar digna ubicación al paraíso terrenal; y entonces forja su ingeniosa cuanto absurda teoría contemporizadora.

Esa lucha patética entre el prejuicio adquirido y el juicio propio; ese afán de cohonestar los hechos observados con la autoridad de los antiguos, compromiso que se traduce en una ciencia trabada e imperfecta, es el símbolo del espíritu atormentado de los más selectos   -16-   hombres en aquel momento crucial de la historia.

El máximo acontecimiento científico en el primer viaje fue el descubrimiento de la declinación magnética, hecho que en verdad era ya conocido por algunos europeos, y además la variación de esa declinación magnética con el lugar. Aunque sólo hubiera hecho el Almirante este hallazgo científico, tendría bien ganado el puesto que ocupa en la historia de la Física, a pesar de que su explicación nada nos satisface hoy; pero lo cierto es que después del gigantesco progreso de esta disciplina seguimos sin saber por qué la aguja se orienta y por qué se desvía de su orientación. «El misterio de la aguja magnética» llama recientemente Gamow a este problema, y tal calificativo constituye un timbre de gloria para el tránsfuga inmortal, cuya agudeza no fue igualada por los otros navegantes, que, a pesar de haber llegado a latitudes extremas, no observaron en la aguja el otro fenómeno de la inclinación, que seguramente no habría escapado a la sagacidad del gran genovés1.

Su destreza en el trazado de cartas le permitió hacerlas de los mares y países descubiertos, ilustrándolas con observaciones astronómicas e hidrográficas, que lo caracterizan, no solamente como el marino más hábil y osado de aquellos tiempos -según dice Navarrete-, sino   -17-   también como un auténtico investigador científico. En capítulo ulterior procuraremos justificar esta afirmación.

La genial equivocación geográfica de Colón, que hizo posible la epopeya del 1492, y sin la cual se habría retrasado el descubrimiento quién sabe cuánto tiempo, y la terquedad con que persistió en su error hasta el fin de sus días, han dado pie a la creencia de que los descubridores y colonizadores obraron inconscientes de la trascendencia eterna de su empresa; creencia falsa en absoluto, pues los más cultos entre ellos se daban buena cuenta de que estaban actuando en un elevado plano histórico.

Pedro Mártir de Angleria, italiano radicado en España al servicio de la corte de Fernando, que siguió muy de cerca la conquista, describe en sus Cartas latinas2 «las maravillas de ese mundo nuevo, de esos antípodas del oeste, que ha descubierto un cierto genovés enviado a aquellos parajes por nuestros soberanos Fernando e Isabel».

Y agrega en una de sus cartas: «No abandonaré de buen grado a España hoy, porque estoy aquí en la fuente de las noticias que nos llegan de los países recién descubiertos, y puedo esperar, constituyéndome en historiador de tan grandes acontecimientos, que mi nombre pase a la posteridad».

Movidos aparentemente los conductores por   -18-   el interés comercial de llegar por vía breve al país de la especiería, e impulsados también los dirigidos por apetencias materiales, pero, en verdad, empujados unos y otros por esa fuerza inconsciente e irresistible que impele a los hombres egregios a desviarse de las manidas rutas de la grey, para descubrir novedades que después aprovecharán al rutinario rebaño, las tierras nuevas plantearon problemas nuevos, y a la larga engendraron nuevas disciplinas científicas.

Los movimientos de los astros ya no interesan para trazar el horóscopo de los mortales, sino para navegar con rumbo cierto hacia las tierras de la canela y la pimienta; pero pronto se despierta la curiosidad desinteresada, y al margen de la resolución de tales problemas técnicos, de aplicación útil y perentoria, las mentes especulativas se plantean cuestiones teóricas de ciencia pura. Tal, por ejemplo, la invención de la loxodromia por el genial Pedro Núñez, con la cual enriquece la geometría esférica.

Es cierto que desde el punto de vista náutico interesa sobremanera distinguir la navegación por loxodrómica, la más sencilla, aunque no la más breve, y la navegación ortodrómica, o sea por el arco de circunferencia máxima, que es el más corto; pero a Núñez le interesa el estudio de la curva en sí, con sus dos ramas espiriformes en torno de los polos, aunque ello carezca de interés práctico, y se preocupa asimismo de otros problemas desinteresados, como el del crepúsculo mínimo.

Por doquiera se despierta la sed de saber y   -19-   conocer, de descifrar el enigma cósmico, de explorar el universo físico en toda su integridad, que anima más tarde a Gilbert y Galileo, culminando en Keplero y Newton, codificadores de los astros.

El problema de la piedra filosofal evoluciona parejamente hacia la explotación de las efectivas riquezas mineras de México y Perú, problema interesado que estimula el nacimiento de la química como ciencia pura; y esta paulatina elevación de miras, desde el esfuerzo remunerador hasta la desinteresada contemplación de la verdad científica, se observa en todas las disciplinas humanas.

Un hálito de optimista entusiasmo inflama las almas antes dormidas; un poderoso aliento vital sublima las existencias más humildes, consagrándolas a ideales de muy diversa alcurnia, pero todos legítimos y aun nobles: el deseo de mejorar la propia vida material, fecundo estímulo del progreso de la humanidad; el ansia de gloria e inmortalidad que impele hacia las grandes acciones sin medir el sacrificio; el místico afán de convertir a todos los hombres a la verdad que se consideraba absoluta, y el esclarecimiento de las pequeñas verdades de la naturaleza accesibles a nuestra inteligencia.

«Es un error creer -dice el comprensivo Humboldt- que los conquistadores fueron guiados únicamente por el amor al oro o por el fanatismo religioso. Los peligros elevan siempre la poesía de la vida; y, además, la época vigorosa, cuya influencia en el desarrollo de la idea del mundo buscamos ahora, prestaba a todas las empresas y a las impresiones de la   -20-   Naturaleza a que dan lugar los viajes lejanos un encanto que empieza a debilitarse en nuestra época erudita, en medio de las facilidades sin número que dan acceso a todas las regiones; es decir: el encanto de la novedad y de la sorpresa.»3

En el escenario grandioso que se ofreció a la plebe hispánica para que mostrara sus cualidades ante la posteridad, «la ambición y la gloria, la cultura y la barbarie, la generosidad y la avaricia, la humanidad y la tiranía, y, en fin, todos los vicios y todas las virtudes, habían de luchar entre sí, para dejar a la posteridad insignes ejemplos de las contradicciones de nuestra condición flaca y miserable».

Así dice Fernández de Navarrete; pero la perspectiva histórica debe situarse a suficiente altura para que la visión de las pequeñeces y miserias humanas no impida la contemplación del panorama en su grandioso conjunto. Quede para los eruditos más miopes la minúscula y complaciente descripción de crueldades, rencillas y traiciones de todo lo pequeño y humano de aquellos semidioses, cuya individualidad desaparece al fundirse en el seno de una idea sublime.

No podemos juzgarlos en justicia, porque el progreso material de estos siglos ha anulado   -21-   nuestra capacidad para el asombro y castrado nuestra imaginación, que ya no es capaz de situarse en aquel momento de rosado optimismo, en que Europa entera nace a una sensibilidad nueva. Aquel vértigo de descubrimientos, aquella insaciable ansia de saber y de poder, aquel fuego de entusiasmo y esperanza, que ya comienza a extinguirse a fines del siglo XVI, revelan un […] la mágica virtud del contagio, en los hombres de más baja alcurnia, sublima sus almas haciéndolos aristócratas de la humanidad: es el sentido de la infinitud y de lo inmortal.
Descubrimiento de América por los normandos. Ruinas de la casa edificada en Groenlandia, por Erico el Rojo hacia el año 982.

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El espíritu de libre examen, germen de la ciencia moderna

 

El ciego respeto a los autores clásicos era la barrera que se oponía al progreso de la ciencia. La zona perusta de Aristóteles, el pulmón marino de Estrabón, al norte de Europa, y el mar tenebroso, al sur del cabo Bojador, cohibían con su terrorífica imagen el natural impulso a sobrepasar los confines del mundo; pero arrojados viajeros y valerosos misioneros habían logrado llegar hasta el Extremo Oriente, y los audaces mallorquines del siglo XIV y los nautas lusitanos de Enrique el Navegante, un siglo después, habían desacreditado con sus gestas la infalibilidad de los antiguos.

Puede disentirse, quizá, la trascendencia científica que asignamos a las exploraciones de los ibéricos, aduciendo que ellas, juntamente con el renacimiento científico, son frutos de una misma causa: el despertar de las conciencias, que se traduce de varias y múltiples maneras; pero ese espíritu de libre examen, esa rebeldía contra la autoridad de los antiguos, no habría pasado de ser una postura intelectual   -23-   de algunos pocos, como ya los hubo en siglos anteriores, sin mayor trascendencia en la marcha de la humanidad, a no ser por el arrojo temerario de los primeros hombres que arriesgaron sus vidas para comprobar el grado de verdad de aquellas terroríficas descripciones de las zonas terrestres y marítimas vedadas a la planta humana.

Después del éxito del primer ataque a la inconmovible fortaleza de la ciencia antigua, y deshecho así el dogma de su infalibilidad, que hoy apenas podemos comprender, fue ya tarea fácil a la docta multitud de estudiosos, que surgió en todos los países cultos, lanzarse por la brecha abierta, para destruir cuanto tenía de deleznable la imponente construcción; pero el coraje de los mallorquines del siglo XIV y el de los primeros lusitanos que acompañaron a Gil Eanes en 1434 por el «mar tenebroso» (heroísmo comparable al de quienes se alistasen hoy en una expedición aérea hacia Marte), el de Colón y Magallanes y el de todos los navegantes portugueses que atravesaron una y otra vez la zona tórrida, hasta descubrir la ruta a la India, demostrando a la par la inconsistencia de los dogmas aristotélicos y la inexistencia del continente austral de Tolomeo4, no solamente hicieron posible la epopeya hispánica, sino también el advenimiento de la ciencia moderna,   -24-   libre de prejuicios de autoridad, que ellos lograron derrocar.

La experiencia, la visión directa de los hechos, es desde entonces el criterio supremo de verdad, que destrona al criterio de autoridad. Contra la sabia opinión de los filósofos, que declaran impenetrable e inhabitable la zona tórrida, los portugueses la cruzan repetidamente; y seis veces la atraviesa la expedición de Magallanes «sin quemarse», como dice López de Gomara5. Este grandioso viaje contribuye como ninguno a arraigar definitivamente en las conciencias la idea de la esfericidad del globo y de su relativa uniformidad.

Suele afirmarse sin razón que las expediciones de Colón y Magallanes derrocaron la concepción del mundo como disco plano, demostrando la esfericidad del planeta. No; la idea de la tierra esférica era en aquel entonces patrimonio de todos los hombres cultos. Ya los griegos habían abandonado esa ingenua idea de los geógrafos jónicos, y la observación de la sombra arrojada sobre nuestro satélite en los eclipses lunares confirmaba visiblemente esta verdad. Ahora bien, una cosa es el globo y otra el ecumene o mundo habitable que en los primeros siglos medioevales de ínfima cultura se suponía disco flotante sobre las aguas; pero a   -25-   fines de la Edad Media se impuso definitivamente la tesis aristotélica, que consideraba la tierra como esfera sólida, cubierta de aguas, excepto en la porción que constituye los continentes.6
La Tierra y los muros que sostienen el firmamento. (Según Cosmas. S. VI.)

Mas todo ello, y las conjeturas de algunos atrevidos cartógrafos, no pasaba de ser hipótesis más o menos plausible y aceptable; y aun los más eruditos discutían sobre la posibilidad de existencia de otros mundos o siquiera islotes habitados. Aunque nos hayamos acostumbrado a la idea de la existencia de antípodas, por haber nacido bajo el signo de la teoría física de una gravitación central y en una época de dominio absoluto de los mares, se comprende bien que, con la idea de una gravitación paralela y con un reducido horizonte terrestre y   -26-   marítimo, fuera tan enorme como razonable la resistencia que encontró durante muchos siglos la concepción de esos desgraciados antípodas «suspendidos cabeza abajo», y se explican las burlas con que fueron escarnecidos los defensores de idea tan monstruosa7; y no podemos contener nuestra admiración hacia el poderoso esfuerzo imaginativo de los pitagóricos, de Aristóteles, y sobre todo de Aristarco, el Copérnico de la edad antigua, que concibió el sistema heliocéntrico. Y más admirables todavía que aquellos espíritus libres y razonadores son los hombres medioevales, que vencieron en lucha individual al doble enemigo: la ignorancia y el prejuicio supersticioso. Alberto el Magno, Rogerio Bacon, Vicente de Beauvais, el Dante, Pedro d’Ailly, aristócratas de la inteligencia y padres de nuestra civilización moderna, admitieron la esfericidad de la tierra, pero pocos de ellos llegaban a creer en los antípodas; y esta inercia de las mentes más excelsas de dos centurias magnifica la figura del obispo Virgilio de Salzburgo, que en pleno siglo VIII, quinientos años antes que ellos, admitió entrambas ideas, siendo perseguido por tal doctrina «perversa y peligrosa».

Si los gigantes intelectuales del siglo XIII, que no tuvieron dignos sucesores en el siguiente, se resistían a admitir plenamente esta doctrina, puede conjeturarse cuál sería la posición mental de los contemporáneos de Colón, pues   -27-   poco se había progresado en un siglo8; y se comprende la emoción de la plebe, y aun de los doctos, cuando Sebastián Elcano, arribó maltrecho con sus diecisiete compañeros, únicos supervivientes de la expedición de los doscientos treinta y nueve que emprendieron la vuelta al mundo.

Al encontrar antípodas aquellos irreverentes aventureros, en contra de todas las autoridades clásicas, ya no fueron condenados a la hoguera como en 1327 lo fuera Cecco d’Ascoli; por el contrario, la Iglesia se rindió ante la realidad, admitiendo un nuevo «don del Cielo, concedido a los cristianos para dar la vuelta a la Tierra».

Perdida ya la fe en la infalibilidad de los filósofos antiguos, el espíritu escudriñador vuela libre de trabas, y todos se disponen a leer por su propia cuenta en el gran libro del mundo.

El espíritu objetivo, irrespetuoso del criterio de autoridad, que ya permitió a los inmortales Pinzón, discutir de igual a igual con el Almirante, se propaga entre las inteligencias despiertas; y a pesar de todas las coacciones del para ellos semidiós, que llegó a la locura de amenazarles con cortar la lengua de quien negara   -28-   sus aseveraciones, Juan de la Cosa se inmortaliza con su réplica gráfica (1500) con la que deshace científicamente el error de Colón.

Como dice el bachiller Fernández de Enciso en su tratado de 1559, no se ha inspirado tanto en Tolomeo, Eratóstenes, Plinio y Estrabón, «como en la experiencia de nuestros tiempos, que es madre de todas las cosas». Y cuando el jesuita Acosta afirma que las tierras más altas son más frías, dando la explicación de este hecho, no lo hace ya basado en los autores, sino después de haber subido hasta el lago Titicaca, a 4.000 metros, y descender hasta el Pacífico. Y lo mismo procede al explicar las mareas, «no tanto por las razones que los filósofos dan en sus libros, como por la experiencia cierta que se ha podido hacer».

Bien justificado está, pues, aquel juicio de Humboldt: «El fundamento de lo que hoy se llama la Física del globo, prescindiendo de las consideraciones matemáticas, se halla contenido en la obra del jesuita José Acosta, titulada: Historia natural y moral de las Indias, así como en la de Gonzalo Hernández de Oviedo, que apareció veinte años después de la muerte de Colón.»

Abandonado ya el criterio de autoridad, no falta quien se permite criticar el complicado sistema de Tolomeo, y, entre otros, el médico Francisco de Villalobos, que en 1515 expone sus «dudas y perplejidades sobre esta invención de los epiciclos» y discute la tesis aristotélica sobre las aguas del mar, rechazando de plano toda explicación teológica de los fenómenos físicos.

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Esta disconformidad con la ciencia de los antiguos, estimulada por el trascendental éxito de las expediciones colombinas, encontraba, mientras tanto, su magnífica expresión en la inmortal obra de Copérnico, concebida y planeada en 1506, año de la muerte del Almirante.
«Demostración» medioeval de la imposibilidad de la forma esférica de la Tierra. Siglo VI.

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Concepción integral y unitaria del universo

 

Suele definirse el Renacimiento como el descubrimiento del hombre por sí mismo; y nada contribuyó a ello como la exploración de los países ignotos. Terminado el largo diálogo místico, el hombre se enfrenta con la naturaleza y con sus semejantes.
Razas humanas, según Münster, 1550.

El hombre medioeval, recluido en el ecumene   -31-   circunmediterráneo, con vagas noticias del norte de su propio continente y del Lejano Oriente, aportadas por intrépidos viajeros, había creado en su fantasía imágenes monstruosas de los seres que poblaban otros mundos. Las representaciones gráficas que nuestros dibujantes de más fértil imaginación suelen hacer de los presuntos marcianos, cada vez que se pone de actualidad ese viejo tema, no son más deformes ni monstruosas respecto del arquetipo humano que las láminas dedicadas en la Cosmografía de Sebastián Münster, nada menos que en 1550, a representar posibles razas humanas, interpretando los hiperbólicos relatos de los primeros exploradores, cargados de prejuicios medioevales e ingenuamente crédulos para las más fantásticas maravillas.

La idea preconcebida que llevaban los descubridores se basaba en la concepción medioeval del mundo, procedente de autores como Solinus, de la decadencia romana:

Animales fantásticos como el basilisco de la India y el bonacus de Frigia; grifos, hormigas como perros, y la famosa ave fénix, que renace de sus cenizas. Amazonas, dragones y sirenas. Hombres cíclopes, con un solo ojo, y otros con cuatro ojos, o descabezados; con los ojos y boca en medio del pecho; hombres cinocéfalos, con cabeza de perro; hombres hipópodos, con pezuñas de caballo; hombres con un solo pie gigantesco; otros con labios enormes, que, replegados, les servían de sombrilla…

Al lado de estas viejas concepciones arraigadas en las mentes del quinientos, resultan casi razonables las descripciones que la imaginación   -32-   sobreexcitada y la crédula fe de los conquistadores, predispuestos a encontrar seres fabulosos, han hecho de ciertos fenómenos que vieron u oyeron relatar a los indígenas: los habitantes del Labrador tenían cola; en las Orcadas las hojas de cierto árbol se convertían en pájaros al caer sobre las aguas de un río; ciertas hojas colocadas sobre un plano horizontal caminaban como orugas…9.

La frase «nuevo mundo» tuvo entonces el mismo significado trascendental que hoy tendría el acceso a otro planeta, poniendo tensos nuestra ciencia y nuestro esfuerzo. Bien se comprende aquel afán de explorar todas las latitudes, surcar todos los mares y remontar todos los ríos; de escalar las más altas cumbres y penetrar en las selvas más intrincadas en busca, no tanto de riquezas, como de emocionantes novedades.

El Ecumene de los griegos era un mundo íntimo, rodeado de una zona infranqueable, llena de terribles peligros y fuerzas naturales desencadenadas; más allá el misterio insondable e infinito donde habría quizá otros mundos, otros seres, otra vida; y ahora se ve, no sin desilusión, tras las primeras exploraciones, que no existen tales mundos nuevos, y que el nuevo continente, pese a sus novedades, no es esencialmente   -33-   diferente del viejo, ni por su estructura física ni por sus habitantes; no existen dragones ni sirenas, no hay razas monstruosas ni hombres sauriformes; y las esperanzas concebidas por los fantásticos relatos oídos de los indígenas y mal traducidos por los sugestionables viajeros de las primeras expediciones, quedan a la postre defraudadas10.
El mundo en la concepción homérica

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Cuando hombres cargados con el prejuicio de tales representaciones monstruosas en todos sus viajes encontraron siempre los semejantes de nuestra misma hechura y condición, se explica que este homeomorfismo los afirmara en su convicción de haber llegado al extremo oriental del viejo continente y no a un mundo nuevo. Al fin se dieron todos cuenta del error; todos menos el Almirante, que murió aferrado a su convicción; y lentamente se fue formando en las conciencias una nueva concepción integral y unitaria del mundo.

Los títulos de las nuevas geografías traducen ya esta idea11, y la evocación del gigante mitológico que sostenía el mundo, adoptada por Mercator para designar su colección de mapas, se hace usual para todas las colecciones sucesivas, que reciben el nombre genérico de Atlas o Atlantes.

Ya no cabe duda de que pueda haber otros continentes análogos; saciada la curiosidad y decepcionada la desmesurada esperanza, ya no hay prisa en completar el mapa del Pacífico, y pasan casi 300 años hasta que se descubre Australia; y muchos más sin explorar las regiones polares.

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Quede a cargo de los especialistas la descripción de las razas americanas; pero destaquemos esta idea señera, que nace y se arraiga al fin en las mentes del siglo XVI: la unidad de la especie humana; el hombre es ya el semejante; el hombre, ente bien definido, con insignificantes diferencias de color y de estatura, como señor del planeta entero, circunnavegado, explorado y explotado en beneficio de la especie humana.

El estudio físico del globo terrestre recibe impulso decisivo y «cuando se estudian seriamente las obras originales de los primeros historiadores de la conquista, sorpréndenos encontrar el germen de tantas verdades importantes en el orden físico, planteando la mayor parte de las graves cuestiones que aun en nuestros días nos preocupan». (Humboldt.)

Aunque la zona mediterránea de Europa ofrece rica variedad de fenómenos físicos, éstos aparecen de pronto en el Nuevo Mundo en proporciones gigantescas y con caracteres singulares: los aluviones del Amazonas, el cañón del Colorado, la costa sudoriental de América del Norte, las costas patagónicas…; finalmente, terminado ya en líneas generales el conocimiento de la superficie, se pone la Geografía a escudriñar la estructura interna del planeta, organizándose más tarde la Geología. También la Oceanografía y la Aerografía son fruto de aquellas grandes expediciones, y solamente tras una larga serie de observaciones de los vientos intercontinentales relacionados con otros   -36-   fenómenos físicos, pudieron nacer más tarde la Meteorología y la Climatología12.
Serpiente de mar, según Gesner, 1598.

Nuestro planeta queda así explorado en todos sus aspectos físicos. Todas las observaciones de los cronistas de Indias, tan elogiosamente comentadas por Humboldt, propendían a este fin, desarrollando el magno programa científico contenido en los escritos del Almirante; y al completar nuestro conocimiento en la medida del precario estado de la ciencia de entonces, descubrieron la armonía y unidad funcional   -37-   del mundo. Las relaciones entre los vientos y las corrientes marinas, la acción recíproca entre las cadenas de volcanes, su influencia en los terremotos, revelaban la armonía física, mientras que la gradación de las especies vegetales y animales, las analogías entre lenguas indígenas de regiones muy distantes13 ponían de manifiesto la unidad biológica del mundo.

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La ley cuantitativa y la scienza nuova

 
Tolomeo mide la altura de los astros con el cuadrante. (Cosmografía de Münster, 1550).

La ciencia aristotélica tenía carácter esencialmente cualitativo, asignando a las sustancias virtudes y cualidades de índole moral: afinidades   -39-   y antipatías que explicaban su comportamiento. Más modesta en sus pretensiones, la ciencia renacentista se limita a descubrir el cómo y no el porqué de los fenómenos, y ese comportamiento de la Naturaleza lo reduce a relaciones cuantitativas precisas, comprobables, numéricas. Nace así el moderno concepto de ley física, meramente fenomenológica, que había de inmortalizar a Galileo y Keplero, cuya esencia enunció más tarde Newton en su famoso apotegma: hypothesis non fingo.

A este tipo de ley, fenomenológica y cuantitativa, pertenece la variación de la declinación magnética descubierta por Colón. La desviación de la aguja es algo más que una misteriosa cualidad: es una magnitud bien determinada y medible en cada lugar del globo; es, en suma, una función de las coordenadas geográficas, función que en 1580 intenta expresa Burroughs por una fórmula matemática; empeño fracasado que todavía espera solución; y en el siglo XVII descubre Gellibrand, que no sólo varía con el lugar, sino también en función del tiempo, y asimismo intenta dar expresión matemática a esta variación secular, con el fin de poder predecir cuál será la dirección de la brújula en todo tiempo y lugar, predicción que es la aspiración máxima de toda ciencia, pero que en este problema sigue tan inaccesible como en aquella remota era14.

Todos los historiadores de la Física anotan en el haber de Colón el descubrimiento de la   -40-   declinación magnética o más bien de la variación de ésta con la longitud; observando además que en cierto lugar pasa esta declinación de uno a otro sentido y descubriendo así la existencia de líneas sin declinación; pero no vemos que le atribuyan con igual justicia la valiosísima observación de las variaciones irregulares, las cuales, desgraciadamente, siguen hoy tan inexplicables y misteriosas como entonces.

La explicación con que el Almirante logró tranquilizar a sus asustados marineros, que ya se veían perdidos por este acceso de locura de su gran instrumento conductor, consistió en inculpar de tales trastornos a la estrella polar -según dicen los historiadores-, siguiendo a Muñoz, Navarrete…, que califican de especiosa tal explicación, forjada «para disipar los temores de su gente». Dan a entender así que la actitud de los subordinados no era muy tranquilizadora como para dejar de darles rápidamente alguna explicación que los apaciguase; y el astuto ligur la encontró pronta y expeditiva.

Pese a esta interpretación admitida generalmente, la verdad es otra15, pues la frase textual de Colón dice «la estrella hace movimiento y no las agujas» y expresa un hecho rigurosamente exacto, pues él sabía distinguir polo y polar, entonces más separados que ahora. La misma plausible explicación repite el día 30 de setiembre: «la estrella hace movimiento como   -41-   las otras estrellas y las agujan piden siempre la verdad».

Justo es reconocer que no todas sus explicaciones teóricas fueron tan satisfactorias como éstas; pero tampoco son definitivas las posteriores a él; y todas las futuras y mejores tendrán vida igualmente precaria, mientras que tienen valor definitivo todas las observaciones y todas las medidas realizadas desde el primer viaje con serenidad admirable ante la inquietud de sus decepcionados y arrepentidos marineros; valiosísima aportación temprana al grandioso cuerpo de doctrina empírica que cien años después habría de llamarse la Scienza Nuova. Precisamente en el año 1592 tomaba posesión Galileo de su cátedra en la Universidad de Padua.

Del mismo tipo son asimismo multitud de observaciones con que Gomara, Oviedo, Acosta y Hernández enriquecieron las ciencias físicas y naturales: distribución del calor en la superficie terrestre y variación de los climas en las laderas de las montañas; límites de las nieves perpetuas en cada latitud, relación entre las áreas de mares y continentes; composición de la atmósfera y condiciones de vida…

Toda ampliación del horizonte intelectual lleva consigo una necesidad de perfeccionamiento de los métodos científicos por las nuevas conexiones que surgen y los nuevos problemas que se plantean. El descubrimiento de América, con la consiguiente necesidad de la navegación de altura, que ya entonces debe organizarse sistemáticamente, sin confiarse en el azar, plantea problemas nuevos que no habían   -42-   exigido las expediciones costeras, aun las más arriesgadas, de los lusitanos. La Náutica impone a la Astronomía un mejor conocimiento del cielo, una más exacta determinación de las coordenadas geográficas, y, por ende, un perfeccionamiento progresivo de los instrumentos de medida que en las hábiles manos de Tico-Brahe produjo el maravilloso material de observaciones que hizo posible el advenimiento de Keplero y de Newton.
Observación del cielo en el siglo XIII.

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En verdad, tales perfeccionamientos logrados antes de la invención del anteojo eran muy modestos en su esencia; pero los instrumentos astronómicos en tierra firme suplían al menos con sus grandes dimensiones la deficiencia de los modestísimos aparatos usados por Colón y Magallanes, que fueron el astrolabio o el cuadrante y la ballestilla. Para valorar la pericia de aquellos navegantes habría que poner en las manos de un marino moderno, abrumado de sabiduría, ese pequeño disco de latón y ese par de toscas varillas de madera, invitándole a dirigir un mísero navío alrededor del mundo y además a trazar su carta náutica. Con la diferencia de que entonces todo era desconocido y misterioso: la carta y el mundo.

Y prosiguiendo esta escala de relatividad, es preciso señalar que la invención de la modestísima ballestilla o bastón de Jacob fue considerada como progreso tan trascendental en la Náutica, por permitir la determinación de la latitud en la navegación de altura, que germanos y latinos se disputan la primacía. Mientras aquéllos atribuyen a Behaim su introducción en Portugal, éstos aseguran que era muy usada por los marinos del Mediterráneo, y que fue quizá inventada por el provenzal Levi ben Gerson16.

Uno de los problemas rebeldes a todos los esfuerzos y de máxima trascendencia, no sólo geográfica, sino políticointernacional, fue la determinación de longitudes, del que dependía   -44-   la línea de demarcación trazada por el Papa en torno del globo, para repartir equitativamente el planeta entre las dos monarquías ibéricas. Este problema candente y otras muchas cuestiones, pero sobre todo el ansia de verdades nuevas que inflama todos los espíritus del siglo de oro, imponen el perfeccionamiento de todos los instrumentos, para ampliar la potencia de nuestros sentidos: el nonius, el telescopio, las lentes combinadas de Fracastoro y de Porta, que preparan la doble invención del anteojo astronómico y del microscopio, en la frontera de los siglos XVI y XVII, dilatan el universo observable, en las dos direcciones de lo infinito y de lo infinitésimo, y juntamente con el cronómetro impulsan vertiginosamente la astronomía y las ciencias físicas y biológicas.

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Tico-Brahe trabaja con el cuadrante mural en su observatorio de Uranienburgo. (Grabado de 1602).

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Capítulo II

 

Las ciencias físico-matemáticas

La geografía

 

Discútese todavía el valor de las aportaciones originales de los pueblos ibéricos a las ciencias positivas; pero hay una disciplina a la cual hicieron progresar en la Edad Moderna mucho más que todos los otros países juntos, y es la Geografía.

Como máximo propulsor de ella debe ponerse el nombre del infante portugués Don Enrique quien durante medio siglo planeó, y en parte realizó, el más vasto plan de exploraciones que registra la Historia desde que existe el mundo; pues no solamente exploró gran parte del África y proyectó la ruta marítima a la India, sino que también parece haber ensayado expediciones a América, mucho antes de que Colón realizara su magna hazaña17.

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Son los descubrimientos lusitanos los que incorporaron el África entera a la Geografía, pero mucho antes los habían precedido otros exploradores valerosos. Es preciso retrotraerse a los comienzos del siglo XIV, conocer las supersticiones que atemorizaban a los navegantes y saber el rudimentario estado de la náutica de entonces, y aun de un siglo después18, para admirar debidamente el coraje de los mallorquines que en el primer tercio de aquella centuria se arriesgaron a llegar al mar tenebroso; expediciones de las que no queda noticia fidedigna, pero sí del fruto de sus descubrimientos, en los primeros portulanos mallorquines. Tal, por ejemplo, el de Dulceti o Dulcert, fechado en Mallorca en 1339, que traza la costa africana en mayor trecho -dicen algunos- que los portulanos italianos, los cuales llegan sólo hasta el cabo Bojador, considerado como límite meridional del mundo.

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Se daba por cierto, como hecho incontrovertible, que las comarcas ecuatoriales eran inhabitables por su sequedad y altísima temperatura, y se suponía la existencia de una zona perusta, de acuerdo con el dogma aristotélico.

Se tenía por verdad sólida que al sur del cabo Bojador (caput fines Africae), situado en la costa africana no lejos de las Canarias, se extendía el temible Mar tenebroso, en el cual la mezcla de las aguas hirvientes del trópico, con las frías procedentes del polo, producía espesa niebla de vapores que mezclada con las arenas del desierto acarreadas por los vientos formaba una masa impenetrable. El finis mundi se había desplazado algo desde la antigüedad, pero no pasó hacia S-O de esa barrera que se suponía infranqueable. Ya no era el precipicio que bordeaba el Ecumene de los griegos, pero significaba algo equivalente al terrorífico pulmón marino, que describe Estrabón en los confines boreales del mundo entonces accesible.

El pavor que inspiraba el cabo Bojador, tenía un fundamento real. Parece ser, en efecto, que más allá del Cabo se extiende una restinga de seis leguas de largo donde las aguas se quiebran, arremolinándose y formando «un hervidero de olas furiosas». Aquella extensión inmensa de espumas blancas -dice De Souza- hacía imaginar que el Océano, de allí adelante, se prolongaba siempre en un bullir continuo por el calor de la zona tórrida, tan ardiente y tan difícil que hacía imposible la vida en aquel lugar. Los mareantes contemplaban pensativos el páramo amenazador   -49-   de espumas blancas, que llenaba la inmensidad con su rumor; después viraban de bordo y retrocedían.

«Por eso mismo -sigue diciendo el historiador portugués- la preocupación constante de don Enrique era doblar el cabo Bojador. En 1433 mandó preparar una carabela cuyo mando dio a Gil Eanes, su escudero, para que traspusiese el Cabo. Gil Eanes siguió la ruta de costumbre, pero no tuvo la audacia suficiente para pasar adelante. Al año siguiente fue preparada otra expedición, y don Enrique hizo la misma recomendación; se realizó otro viaje para el gran paso; Gil Eanes, llegado allí, se decidió al fin a abandonar la costa, marchar al Oeste y seguir al margen de la sabana de espuma. Así llegó a su extremo; hacia el Mediodía tornaban a mostrarse las olas del mar glauco; por la popa, muy lejos, la tierra desaparecía en el horizonte de bruma; el piloto triunfante arrumbó al Sur (1434).»

 

Solamente el arrojo, que él consideraba suicida, del joven Gil Eanes, empeñado, aun a riesgo de perecer en la demanda, en reconquistar el favor del príncipe, con el cual había caído en desgracia, y la genial terquedad de éste, hicieron posible la hazaña que inició el período de los grandes descubrimientos. Pero si esto era grande y heroico en aquella fecha, la admiración sube de punto si se retrocede un siglo y se piensa en los intrépidos mallorquines que en los comienzos del siglo XIV realizaron quizá la misma hazaña (de la cual probablemente ya no había noticia en el siglo XV)   -50-   de internarse en el pavoroso y espumante mar, de aguas en ebullición.

De tales expediciones, muy anteriores al 1400, hay pruebas positivas en lo que se refiere a fechas posteriores al 1300; pues ciertos relatos sobre expediciones más remotas no ofrecen garantía de autenticidad. Tal sería, por ejemplo, cierto documento de fines del siglo XII en que se afirma que los genoveses Vivaldi y Usodimonte llegaron hasta Guinea; pero según el escrupuloso Günther «no parece que ofrezca completa autoridad»19. Son, por el contrario, de indudable valor probatorio los documentos siguientes:

1º El portulano de Dulceti, Dulcert o Dolcet, trazado en Mallorca en 1339, en el cual figura ya un gran trecho de la costa africana.
2º La carta de Viladestes (1413), en la que se atestigua haber partido el 10 de agosto de 1346 una expedición de Jaime Ferrer para ir al Río de Oro20 (¿en Senegambia?), declaración que revela el conocimiento de la costa situada al sur del cabo Bojador, y que está   -51-   confirmada por un manuscrito conservado en Génova.
3º Una carta del Atlas catalán de 1375, en que figura la misma inscripción.
4º Hubo además una expedición de los navegantes franceses de Dieppe, subvencionada por las comerciantes de Rouen, que se supone pasó del cabo Bojador en 1364, llegando hasta Guinea21.

Nada dice de esta expedición francesa el profesor Kretschmer, de la Universidad de Berlín, ni tampoco de las anteriores, en su conocida Historia de la Geografía, y probablemente por documentación incompleta llega a escribir que «en la Edad Media se reconocieron de nuevo las costas occidentales del continente; pero nadie había pasado del cabo Bojador, que por esta causa se designaba como caput fines Africae

En cambio Günther admite viajes anteriores de exploración de las costas africanas, aunque poniendo en duda los anteriores al 1300; y de la expedición francesa dice «que no se ha probado rigurosamente». Finalmente afirma que el famoso cabo Bojador «fue alcanzado hacia 1345 por un monje español, quien también   -52-   tenía conocimientos de las islas de las Cabras o Azores».

Muchos datos ciertos e indicios probables hay, como se ve, en favor del descubrimiento y exploración de la costa africana un siglo antes de las expediciones lusitanas, y materia abundante de discusión para los eruditos de las dos naciones ibéricas, hermanas pero no siempre fraternales; especialmente para los que subordinan el criterio objetivo y desinteresado de la verdad histórica al sentimiento patriótico, sin duda respetable, pero que nada contribuye a la exacta visión de los hechos, tales como han sido. La verdad, como toda luz, propende a refractarse; y nada más refringente que el amor y el odio.

Porque el punto discutido no es una bagatela histórica. Si la expedición de Jaime Ferrer en 1346, documentada en dos portulanos y un manuscrito es, como parece, real, y se dirigió hacia el Sur (¿más allá del mar tenebroso?), aunque no existen noticias del éxito que le cupo, prueba indudable es de exploraciones más antiguas, que parecen corroboradas por el portulano de Dulceti, fechado en 1339; y entonces resultaría que la serie entera de las muchas y penosas exploraciones costeras realizadas en vida de Enrique el Navegante no fue sino repetición de hechos ya realizados hacía un siglo, pero probablemente olvidados y desconocidos cuando este hombre extraordinario concibió, y en parte logró, realizar su grandioso proyecto, que había de elevar al pequeño Portugal a un grado de poderío, extensión y   -53-   riqueza que raya en los límites de lo fabuloso22.

Puesto que aquellas remotas cuanto admirables expediciones de mallorquines, franceses y quizá italianos carecieron de trascendencia histórica, como la obra de tantos precursores en otros órdenes de la cultura, que vivieron en el mismo siglo; y puesto que la superstición medioeval que impedía la expansión marítima perduraba en el siglo XV, a este gran organizador, que con inteligente tenacidad y por el más riguroso método experimental logró demostrar su inconsistencia, corresponde en justicia el título de Padre de la Geografía Moderna23.

Rota ya la superstición, los descubrimientos geográficos se suceden vertiginosamente, y las expediciones enviadas por Don Enrique y después por el Rey Alfonso V avanzan más y más por el contorno de África, penetrando tierra adentro en el Sahara, el Senegal y el Gambia.

Cabo Blanco en 1441, Bahía de Argüin en 1443, Senegambia y Cabo Verde en 1445, Sierra Leona en 1447, y, después de la muerte del príncipe, Golfo de Guinea en 1469-71, el Congo en 1481; culminando la epopeya con la hazaña   -54-   de Bartolomé Díaz, que en 1486 dobló el codo de las Tormentas, bautizado después por él como cabo de Buena Esperanza.

He aquí un nuevo descubrimiento geográfico de la más alta trascendencia. El África no se extendía, pues, hasta el Asia formando un todo conexo por el extremo Sur, sino que tenía un contorno meridional a modo de proa entre el Oriente y el Occidente. La Terra incognita secundum Ptolomeum, que figuraba en los mapas ocupando casi todo el hemisferio austral en forma de inmenso continente, quedó tachada de un plumazo por los nautas portugueses, o al menos empujada hacia el lejano sur del viejo continente, como las expediciones posteriores a Magallanes la alejaron del nuevo, quedando así relegada a la región polar, donde han seguido ocupando su hipotético lugar hasta nuestros días, en que los exploradores del polo han despejado definitivamente la incógnita obsesionante.

Descubierta la estructura del continente africano y explorado todo su lado occidental, nuevas expediciones se lanzan por su flanco oriental, llegando hasta entablar relaciones diplomáticas con el Negus de Abisinia, para establecer una especie de protectorado, como diríamos   -55-   hoy, que no llegó a formalizarse con este rey de reyes; el cual, en su calidad de príncipe cristiano, era considerado como la personificación del legendario Preste Juan.

Mientras tanto, Colón maduraba su proyecto de encontrar al fabuloso personaje oriental navegando hacia el Oeste.

No encuadra en este trabajo la reseña de los descubrimientos geográficos bien conocidos24, que a partir de 1492 cambian la faz del orbe; pero no dejaremos de establecer siquiera esta doble escala de valores.

El descubrimiento de América por las naves castellanas, fue hallazgo afortunado que recompensó un esfuerzo dirigido hacia otro fin bien planeado con los insuficientes conocimientos de la ciencia de entonces; pero hay tres descubrimientos en la larga serie de esta era mítica que tienen el más puro carácter de la resolución de un problema científico, tenazmente perseguido y felizmente logrado: la superación del cabo Bojador decidida por Enrique el Navegante, y lograda en 1434; el descubrimiento del mar del Sur, o sea el océano Pacífico, por Vasco Núñez de Balboa en 1513 y el descubrimiento del estrecho de Magallanes en 1520, coronado con la circunnavegación del globo.

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La fabulosa Atlántica en la obra de Kircher (1665).

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La cartografía

 

Materia sobrada daría este epígrafe para uno y aun varios volúmenes, pero debemos limitarnos a escasas y breves noticias.

Los primeros mapas medioevales son circulares, de acuerdo con la forma supuesta para el mundo habitado. Que algunos mapas, como el de Cosmas (S. VI), tengan forma rectangular, no quiere decir, a nuestro entender, sino que así limitaban convencionalmente lo representado, como hacemos hoy en nuestros mapas. Que en el mapa de Cosmas aparezca otro rectángulo a la derecha que representa el Paraíso, unido a aquél por ríos misteriosos, tiene un valor simbólico.

Redondos, ovalados o en forma de corazón, poco progresan en los primeros siglos los mapas medioevales; además de colocar el Paraíso en uno u otro lugar del Oriente, solían estar ilustrados con numerosas figuras de geografía física o política, especialmente con representaciones de hombres y animales monstruosos. Pero en el siglo XIV evolucionan rápidamente, al compás de las exploraciones de mallorquines, catalanes e italianos, y famosos son éstos: el de Visconti, o de Sanudo (1320), el Atlas de los Médici (1351), la carta catalana de 1375.

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Ya en el siglo XIII habíase iniciado, sin embargo, un nuevo tipo de mapa más científico, con menos fantasías y figuras abigarradas, para representar las costas; son los mal llamados portulanos, cartas de compás o loxodrómicas, caracterizados por la encrucijada de líneas que los cruzan, radios de dieciséis rosas náuticas con sus centros dispuestos en circunferencia, mediante los cuales orientaban su rumbo los navegantes; son, en suma, las primeras cartas náuticas no sujetas a método ninguno de proyección, antes de que se inventara el sistema de proyección que, gracias a Mercator, resolvió el problema de trazar el rumbo exactamente entre puntos cualesquiera.

La deformidad que salta a la vista, apareciendo contraídas las dimensiones N. S. (al revés de lo que acontece en las de Mercator) radica, al parecer, en haber utilizado datos españoles o portugueses para las costas del Atlántico, expresados en leguas, que al ser erróneamente reducidas a millas de portulano produjeron esa deformación25.

He aquí la nómina de los portulanos más antiguos conocidos: la carta pisana del Mediterráneo,   -59-   que se supone de fines del siglo XIII (alguien asegura que es de 1270); el atlas de Luxoro en Génova, de la misma época; la de Petrus Vesconte dibujada en Génova en 1311; la de Angelino Dalorto, en 1325; la de Giovanni Carignano, que se supone también de comienzos del siglo XIV; la de Angelino Dulceti, o Dulcert, o Dolcet, dibujada en Mallorca en 1339, cuyo autor parece ser italiano, a pesar de los esfuerzos de algunos eruditos españoles. Entre los italianos del mismo siglo XIV merece citarse Francesco Pizigano (1367-1373); finalmente, el mallorquín Guillermo Soleri (¿Soler?), que trabajó a fines del siglo, del que se conserva en Florencia una carta publicada en 1385 y otra en París.

En el siglo XV surge una pléyade de trazadores de portulanos: el mallorquín Viladestes, que tiene un portulano (algunos escritores españoles llegan a atribuirle la invención de la proyección de Mercator) fechado en 1413; los italianos Jacobo de Giroldis, Pietro delli Versi, Battista Becharius, Andrea Bianco, que trabajaron de 1422 a 1448; el mallorquín Gabriel de Valseca, de quien se conserva un portulano de 1439; Petrus Roselli (1447-65), Bartolomé Pareto (1455), Gratiosus Benicasa (1461-82), Andrea Benicasa (1476-90), Conte Freducci (1497), etcétera,

En el siglo XVI aumenta todavía el número, y entre ellos figuran los hermanos mallorquines Oliva, que trabajaron en Italia26, pero en   -60-   esa hora avanzada de la cultura geográfica y astronómica un nuevo tipo de cartas menos vistosas, pero más eficaces, venía a sustituir a los hermosos portulanos medioevales. De ellas nos ocuparemos después.

Positivo progreso significaron, sin embargo, estos beneméritos portulanos respecto de los mapas geográficos, maravillas de abigarramiento e inexactitud, mientras que en las cartas portulanas figuran solamente las costas conocidas y los mares surcados. La fantasía, que aderezaba las vagas noticias o las simples sospechas, se modera sensiblemente en estas primeras cartas náuticas, y pronto trasciende el ejemplo a los mapas terrestres. La honestidad científica se impone al fin sobre la ficción de conocimientos, y desde mediados del siglo XVI, a partir del gran Mercator, se borra todo lo fantástico y aun lo mal conocido, sin perder por ello aquella severa elegancia que hace de algunos mapas verdaderas joyas del arte gráfico.

Muchos problemas históricos plantea el interesantísimo tipo de carta portulana o de compás, precursora de la moderna carta náutica. Cuál sea el origen de ese nuevo modo de trazado es punto discutido por eruditos italianos y españoles, confundiendo frecuentemente, con el calor del entusiasmo puesto al servicio de una tesis patriótica, las cartas planas con los portulanos.

Otro punto en controversia es la existencia de un supuesto modelo, no se sabe si italiano o mallorquín, del que derivarían los portulanos conocidos, muy semejantes entre sí.

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Tampoco se sabe bien cuándo ni dónde nace ese otro tipo de mapa marino, intermedio entre el portulano y la moderna carta de Mercator, que suele llamarse carta plana, y cuya existencia efímera es consecuencia de su grave imperfección, que en otro capítulo explicaremos.
Carta del Nuevo Mundo en la Cosmografía de Münster, de 1550. Obsérvese cuán cercano de América aparece Zipango (Japón), por la errónea apreciación de longitudes.

Y finalmente se discute, con razones, con hipótesis y hasta con denuestos, la paternidad de las modernas cartas marinas, llamadas esféricas, cuya ingeniosa invención atribuyen algunos ingleses a Wright, y los españoles reivindican   -62-   para Alonso de Santa Cruz y Martín Cortés; pero que en plena justicia lleva bien puesto, como veremos, el nombre del flamenco Gerardo Kremer (Mercator), padre de la cartografía moderna.

No más justificadas que las pretensiones españolas están las portuguesas27. Algún historiador entusiasta, deseoso de acrecer la gloria de Pedro Núñez, que no necesita de tales recursos, deja entrever que, por mediación del inglés Dee, Mercator se inspiró en la idea de las cartas parciales (quarteladas) con que el gran cosmógrafo lusitano pretendió salvar la desigual dilatación sufrida por los paralelos en las cartas cilíndricas, adoptando escala distinta para cada trozo; pero entre esto y la genial idea de Mercator, media un abismo comparable al que señalaremos en el pertinente capítulo. Todos los empeños de españoles y portugueses en este problema no pasaron de ser meritorios esfuerzos malogrados; y son vanas todas las desfiguraciones de la realidad.

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La cosmografía y la náutica

 
Horóscopo hecho por Kepler en 1608 para el señor de Wallenstein.

Durante la Edad Media la Astronomía era cultivada casi exclusivamente como ciencia auxiliar de la Astrología. El trazado de horóscopos así lo exigía, mientras que la navegación costera podía realizarse con muy escasos conocimientos cosmográficos. Digamos breves palabras sobre los problemas que fue planteando la navegación de altura, los cuales produjeron   -64-   considerable avance en la técnica náutica28.

El instrumento astronómico fundamental de los navegantes era el astrolabio plano, disco circular graduado, con alidada giratoria, que permitía tomar alturas y medir azimutes en tierra firme, pero de difícil manejo en el mar. Tan inseguras eran sus determinaciones que el piloto Bartolomé Díaz, que dobló por primera vez el Cabo de Buena Esperanza, se vio obligado a desembarcar en la bahía de Santa Elena, principalmente para asegurarse de la latitud con observaciones más fidedignas29.

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Mientras el astrolabio puede considerarse como el teodolito primitivo, el precursor del sextante es el rudimentario bastón de Jacob, de más fácil manejo y de gran utilidad en manos expertas. Con uno u otro, el error cometido en la medición de alturas y azimutes era del orden del medio grado.
Manejo de la ballestilla hacia adelante y hacia atrás.

El astrolabio mide directamente el ángulo; en cambio la ballestilla o bastón de Jacob lo determina por la tangente de su mitad; en el eje o flecha del aparato va grabada una escala que da la graduación sexagesimal30. A juzgar   -66-   por los dibujos que representan su manejo hacia adelante y hacia atrás, es probable que llevara un pequeño espejo en el extremo de la flecha para ver al sol por reflexión, pues no parece que por la simple sombra lograran determinar la altura. Tendríamos, pues, el primer sextante rudimentario.

Los astrolabios planos terrestres usados por los árabes eran discos metálicos de unos 15 cm de diámetro, pero al aplicarlos a la navegación fue muy aumentado su tamaño y su peso, a fin de darles mayor exactitud y estabilidad31. Tan rudimentario aparato armado sobre un gran trípode es el astrolabio de palo a que se refieren las crónicas de la época.

El astrolabio terrestre llevaba en el reverso una proyección estereográfica de la esfera celeste correspondiente al lugar, de tal suerte que las estrellas principales visibles sobre el horizonte estaban representadas, y la simple lectura en el anverso de la altura de una estrella, enfilada con la alidada móvil, permitía determinar gráficamente la hora en este nomograma grabado en el reverso. Pero este método era inservible en la navegación, y en lugar de la proyección de la esfera celeste figuraba una tabla de declinaciones del sol correspondientes a varias épocas del año. El problema de la latitud quedaba así resuelto en tiempo despejado; de día por la altura del sol a mediodía,   -67-   y de noche por la altura del polo; pero la grave dificultad se presentaba en la determinación de la longitud, magno problema que preocupó a los cosmógrafos de todos los países y que ni siquiera Galileo llegó a resolver de modo práctico, como después veremos.

En 1480 el rey Juan II de Portugal organiza una Junta dos mathematicos para el estudio de los problemas de la navegación, y de Nüremberg viene contratado a Lisboa para incorporarse a ella el maestro Martín Behaim, que parece ser discípulo del Regiomontano y conocido constructor del primer globo terrestre (1492)32.

Algunos historiadores han atribuido al maestro alemán el progreso de la Náutica en Portugal, pero la afirmación es del todo inexacta, según está perfectamente demostrado. Mucho antes había logrado la Junta la colaboración del famoso judío salmantino Abraham Zacuto, profesor de Astronomía en la Universidad de Zaragoza, que influyó decisivamente con sus   -68-   investigaciones en el prodigioso progreso de la Náutica33. Su Almanaque Perpetuo de los tiempos sirvió de base para el cálculo de las efemérides que utilizaron con notorio éxito españoles y portugueses. Los «Regimentos» utilizados por los marinos portugueses, modelos de simplicidad práctica, fueron, según Gomes Teixeira, calculados por el judío José Visinho (Vecino), discípulo de Zacuto y miembro de la Junta de matemáticos antes citada. Las tablas de estos Regimientos de navegación están, en efecto, en desacuerdo con las Efemérides de Regiomontano y también con otras tablas del mismo autor, y en cambio armonizan perfectamente con las tablas del Almanaque de Zacuto. Además, el método para determinar las latitudes, que se dice haber enseñado Behaim a los portugueses, era ciertamente conocido ya en la Península por encontrarse en los Libros del saber del Rey Alfonso34. El mérito más sobresaliente del maestro alemán parece haber sido su destreza en el manejo de la ballestilla para tomar alturas de los astros y su habilidad para trazar mapas.

La conclusión a que llega el eminente matemático portugués es la siguiente: «La Astronomía náutica es ibérica y su origen está en los Regimientos de las navegaciones portuguesas. Resultó de la colaboración de Zacuto con los náuticos de la Junta de Matemáticos de   -69-   Lisboa y en especial con José Visinho, y es una aplicación de las doctrinas de origen grecoarábigo, contenidas en la gran obra de Alfonso X».

En efecto, la tradición científica tenía raíces muy antiguas en los dos países ibéricos, y el estudio de la Náutica no fue, como suele creerse, improvisado por el magno hallazgo del continente americano, aunque evidentemente estimulado en grado sumo.

Baste recordar el decisivo influjo que en el pujante desarrollo de la Náutica balear, de cuyas increíbles proezas ya nos hemos ocupado, ejerció el genial polígrafo Raimundo Lulio, «que mereció por sus tratados de aritmética y geometría, de astronomía y música, de navegación y de milicia, escritos y publicados algunos de ellos en París, un lugar muy señalado en la historia de nuestros conocimientos náuticos. El Arte de navegar, que escribió y mencionan Nicolás Antonio y otros bibliógrafos, no ha llegado a nuestros tiempos; pero es de presumir que a la doctrina que nos dejaron los antiguos reuniese los conocimientos que le sugirió su propia práctica y observación en las repetidas navegaciones y viajes que hizo al Asia, al África y a varios reinos de Europa, y el trato que tuvo con los cruzados, especialmente con las repúblicas de Italia, que tan célebres se hicieron en aquella edad por su poder y pericia en la navegación. Compréndese, en efecto, por la doctrina que vertió en otras de sus obras, cuán sólidos eran los principios en que fundaba la ciencia náutica, la cual derivaba de la geometría y aritmética,   -70-   demostrándolo con variedad de figuras y útiles aplicaciones, entre las que merece atención un astrolabio que trazó, utilísimo para que los navegantes conociesen por él las horas de la noche, y una figura que inventó, constituida en ángulos rectos, obtusos y agudos, en la que, conociendo el rumbo que sigue una nave y su andar según el viento que sopla, deduce, por una operación práctica y sencilla, el punto de llegada o el lugar en que se halla en medio de los mares en un momento o tiempo determinado: invento admirable que acaso fue el origen del cuartier de reducción»35.

Avanzando más en el tiempo, basta recordar que en 1412, es decir, 68 años antes de la llegada de Behaim, el infante Don Enrique había creado la famosa estación naval de Sagres, verdadera Escuela Náutica, que parece ser la primera en la Historia, y llamó a regentarla al famoso cosmógrafo mallorquín Jaime o Jácome de Mallorca, experto en construcción de brújulas y en el trazado de las cartas de mareas. La Junta de matemáticos vino a proseguir esta tradición, y de ella surgieron figuras como Duarte Pacheco Pereira, Juan de Lisboa, Francisco Faleiro36, autores todos de libros de Náutica, constelación que alcanza brillo sin igual al aparecer en el siglo XVI Pedro Núñez, astro   -71-   de primera magnitud y quizás el primer cosmógrafo de su época, de quien son dignos colegas los españoles Pedro Medina y Martín Cortés37.

El rechazar con estas citas de rancio iberismo el exagerado influjo que los historiadores alemanes atribuyen a su cosmógrafo, no implica desconocer el importante papel que Martín Behaim, geógrafo, viajero y navegante, desempeñó en el descubrimiento.

Bastaría citar el diario de Pigafetta38, donde se declara el conocimiento que ya tenía Magallanes del estrecho sudamericano, lo que explicaría su decisión a internarse en él, seguro de su salida al Mar del Sur, a pesar de que «toda la tripulación creía firmemente que el estrecho no tenía salida al oeste»; y este conocimiento lo tenía por una carta de Behaim (de Martín de Bohemia39, dice el relator), que   -72-   había consultado en la Tesorería del Rey de Portugal.

Como muestra curiosa del criterio con que suelen juzgarse estas cuestiones históricas, citaremos dos afirmaciones, tan rotundas como opuestas acerca del significado del discutido cosmógrafo.

El historiador Otto asegura y aún pretende probar en una monografía científica, que no fue Colón quien descubrió América, ni Magallanes quien encontró el estrecho, para llegar a las Indias por occidente; y que el mérito de tales descubrimientos se debe únicamente a Martín Behaim de Nüremberg. Y aduce como principal fundamento una crónica de Nüremberg, de fecha desconocida (y por tanto de dudoso valor), en la cual se lee este párrafo relativo al cosmógrafo alemán: «Descubrió las islas de América antes que Colón, y el estrecho que tomó en seguida el nombre de Magallanes antes que Magallanes mismo»40.

Situado en el polo opuesto de la crítica, Murr, en su Notice sur le chevalier Martín Behaim, célèbe navigateur portugais (sic), asegura que su biografiado no tuvo nunca la menor idea del estrecho de Magallanes, basándose en no haber encontrado rastro de tal documento en el archivo de sus herederos; y además porque en el globo terráqueo que donó a la villa de Nüremberg «puede verse claramente que Martín Behaim no sospechó siquiera la existencia de América».

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Es muy cierto que en 1492, fecha en que ejecutó por encargo de los tres burgomaestres de la ciudad su célebre «manzana terrestre», no sospechaba la existencia del nuevo mundo; pero no puede decirse lo mismo varios años después de los primeros descubrimientos, en que participó directamente; y parece ya bien averiguado que Behaim había indicado, en efecto, la existencia del estrecho a los 40º de latitud sur, con error tan enorme como explicable por las vagas noticias en que podía basarse41.

No solamente el bien documentado cosmógrafo, tanto por su ciencia como por su preeminente posición en la corte portuguesa, pudo sospechar la existencia del estrecho vanamente buscado por Solís en 1514, sino que también figuraba ya en 1515 -según Wieser- en un mapamundi de Leonardo de Vinci, así como en el globo terráqueo de Juan Schoener.

No demuestran tales datos que algún otro navegante hubiera llegado antes que Magallanes al estrecho; prueban simplemente que había ya una creencia, cada vez más arraigada entre los doctos, de la que participaban Magallanes y sus dos pilotos Jorge y Pedro Reinel, cuyo mapa, con el proyecto de viaje de circunnavegación, convenció plenamente a Carlos V. Repugnaba a todos la idea de un continente extendido de polo a polo, y la orientación de las costas del Mar del Sur, de O. a E.,   -74-   ya observada desde que las descubrió Balboa, más la analogía con el viejo continente doblado por Bartolomé Díaz en su punta austral, hacían sospechar que algún brazo del mar habría de separar el nuevo mundo del supuesto continente austral. Lo que no podía sospecharse en aquel entonces es que la Tierra al sur del estrecho descubierto por Magallanes fuera tan menguada e insignificante, como después se averiguó.
Blasón de Sebastián Elcano: Primus Circvmdedistime.

Fue el azar de un vendaval, que empujó el navío de Francisco de Hoces, en 1526, desde la embocadura del estrecho hacia el sur, el que descubrió en lontananza el cabo que un siglo después bautizaron los holandeses con el nombre de su ciudad Hoorn. Cuando Hoces vio que más al sur había mar libre, declaró que   -75-   allí estaba el término de la tierra. El viejo y el nuevo continente quedaban así equiparados, y el enorme cuanto hipotético continente austral fue empujado mucho más hacia el sur, en la concepción geográfica del mundo, aunque el descubrimiento de Francisco de Hoces permaneció largamente ignorado, y la insignificante Tierra del Fuego subsistió por todo el siglo en los mapas, ocupando todo un inmenso casquete antártico.

El descubrimiento del estrecho, no por un azar del destino, como lo fueran las Antillas, sino como fruto maduro de un plan metódico y científico basado en datos e hipótesis, agranda por tales circunstancias, que sólo un juicio superficial podría considerar peyorativas, la figura de quien concibió el «viaje marítimo más grandioso y temerario que nunca se haya emprendido».

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Geodesia y física del globo

 

Procuraremos trazar la línea divisoria más nítida posible entre las aportaciones originales a la Cosmografía, la Geodesia y la Técnica náutica en primer término, reseñando en segundo lugar los trabajos meramente expositivos, tarea nada fácil en verdad, pues los historiadores parecen haber puesto especial empeño en mezclar y confundir las diversas jerarquías de la actividad científica de los colonizadores y navegantes.

Prototipo de sabio humanista es Antonio de Nebrija, «que después de haber estudiado cinco años en Salamanca las ciencias matemáticas con un tal Apolonio, las físicas con Pascual de Aranda, y las éticas con Pedro de Osma, pasó a Roma a los 19 años, se apoderó de las nuevas luces que esparcían los orientales, y perfeccionado en los conocimientos que adquirió en España, acrecentados con el de las lenguas griegas y hebrea, recorrió todo el círculo de la erudición y volvió a ser el restaurador de la lengua latina, de las humanidades y de las ciencias»42.

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No citaríamos, sin embargo, al famoso gramático en este lugar si no fuera por atribuírsele mediciones de un arco de meridiano, para corregir la medición hecha en Francia por Oroncio Fineo43 determinando previamente con exactitud la unidad de medida.

En un documento artículo Luis Vigil y Pedro Ruiz Aizpiri (Rev. mat. hisp. amer., 1944) rechazan esas supuestas mediciones geodésicas, pues aceptan sin discusión la cifra de Posidonio (1º = 500 estadios) y su propósito era más bien la determinación de un patrón para la medida de longitudes44.

Gran incertidumbre existe para juzgar de las mediciones geodésicas realizadas por los griegos, que tanta influencia habían de ejercer en el pensamiento de Colón. He aquí los resultados   -78-   obtenidos como longitud de la circunferencia terrestre:

Eudoxio…………..400.000estadios
Dicearco…………..300.000estadios
Eratóstones…………..252.000estadios
Posidonio…………..180.000estadios

Según cálculos autorizados, la longitud dada por Eratóstenes vendría a equivaler a 39.690 kilómetros, es decir, su error sería muy inferior al 1%, magnífica coincidencia que más bien parece casual. En cambio, la cifra dada por Posidonio, y aceptada por Tolomeo, acusa un error de más de un tercio, y fue este grosero error el que hizo posible el descubrimiento del nuevo mundo, por ser las medidas adoptadas por Tolomeo las únicas que al parecer conocía el florentino Paolo del Pozzo Toscanelli, a quien llama Kretschmer el «descubridor intelectual de América».

En efecto, en su carta de 1474 dirigida al confesor de los reyes portugueses, expone su plan de llegar al «país de las especias», esto es, a la India oriental, navegando hacia el oeste. En el mapa enviado a Colón por Toscanelli hacia 1479, calculaba que la distancia entre las costas occidentales de Europa y las orientales del Asia era de 230º de longitud geográfica, o sea aproximadamente 2/3 de la circunferencia terrestre, y por tanto faltaban solamente 130º, navegando en el sentido opuesto45.

Tal fue la errónea sugestión, basada en erróneos   -79-   datos, que encontró en la formidable energía de Colón el brazo ejecutor. Dada la creciente divulgación de otros clásicos griegos que daban medidas diferentes, no son de extrañar las serias objeciones que tan grandioso cuanto absurdo plan encontró en algunos eruditos, sin contar la natural resistencia debida a prejuicios de toda índole.

Tal es el punto de vista de casi todos los historiadores, que pasa de texto a texto, sin análisis crítico; pero los estudios más recientes presentan las cosas de otro modo. Según Bigourdan, Kretschmer y otros, la cifra dada por Posidonio no fue 180.000, sino 240.000, la cual representaría una excelente aproximación con error inferior a 6%. La explicación residiría simplemente en la existencia y uso de dos estadios diferentes, cuya razón sería ¾ y quedaría así establecido que los griegos tenían una idea muy aproximada de las verdaderas dimensiones del globo. Lo cierto es que al pasar tal cifra de 180.000 estadios a la obra de Tolomeo y al ser mal interpretada por Toscanelli, se produjo la más fecunda confusión que registra la Historia. De haber sido algo más completa la cultura del gran visionario y la de su consejero no habría emprendido el descubrimiento de la más corta vía hacia el Asia46.

Porque el error de Toscanelli fue doble: suponía el viejo continente demasiado grande y el globo terráqueo demasiado pequeño, y al sumarse ambas reducciones del trayecto por recorrer,   -80-   se hacía factible y hasta fácil el imposible proyecto.

Veamos las cifras; según Tolomeo el Ecumene, medido sobre el paralelo de Rodas, medía 72.000 estadios, entre el cabo de San Vicente y Cattigara, extremo punto oriental conocido; pero admitida la longitud de 180.000 estadios para el ecuador, que se reduce a 144.000 en la latitud de dicho paralelo, sólo restaban otros 72.000 estadios para llegar de E a O por dicho paralelo (que pasa por el estrecho de Gibraltar), llegándose así al Extremo Oriente con solo navegar 180º.

Con ser ya considerable este error, fue aumentado todavía. Aun los hombres de ciencia más severos, cuando se apasionan por un problema, procuran inconscientemente modelar la realidad a la medida del deseo; y para acercar más el lejano oriente, el gran cosmógrafo italiano aceptó la medida más extrema entre todas las antiguas: la de Marino de Tiro, que extendía el ecumene hasta 225º, en vez de los ya exagerados 180º de Tolomeo; restarían, pues, 135º, o sea poco más de un tercio de la circunferencia. Y como en los catorce siglos trascurridos desde Marino de Tiro, los viajes de los Polo y de otros exploradores habían descubierto el Cipango (Japón) y otras islas, que acortaban la distancia en más de 40º, resultaba en definitiva un arco de 85º, menos de la cuarta parte de la circunferencia, para realizar el magno descubrimiento.

Reducida así enormemente a menos de la mitad la amplitud del trayecto (que en realidad es de más de 200º, sin contar la imprevista   -81-   muralla del nuevo mundo), resultó el mapa de Toscanelli verdaderamente tentador para quien ya se había propuesto realizar el antiguo proyecto de Orosio y de Séneca47. Acortados todavía esos pocos grados de trayecto marítimo por la errónea longitud asignada a la periferia terrestre, tanto por Toscanelli como por Colón y Behaim (longitud que era aproximadamente ¾ de la verdadera), resultaba en definitiva un trayecto de 1.200 leguas hasta la costa de Asia, aun recorrido sobre círculo máximo; y Colón calculó que en cinco semanas podría navegar fácilmente las 1.000 leguas escasas que según su cuenta distaba el Cipango de las Canarias.

Planeado así el viaje, quiso el azar que fuera justamente ese plazo de cinco semanas el que duró su viaje desde su partida de la isla Gomera (Canarias), el día 6 de septiembre, hasta el memorable 12 de octubre; coincidencia que lo afirmó en la ciega fe que siempre tuvo en sus cálculos.

Sólo quienes ignoraban las sólidas razones en que el genial navegante apoyaba su convicción, así como el merecido prestigio de su asesor y el riguroso método científico con que estudió su plan, podían tener dudas de no haberse alcanzado la meta propuesta. Bien se explica, pues, su terquedad, que no era sino fe en la ciencia de su tiempo, como hoy la tenemos   -82-   en la del nuestro; confianza en el saber de Toscanelli y de Behaim, como hoy la depositamos en los más sabios especialistas.

El rechazo del proyecto colombino por parte de los teólogos está justificado; y también lo está que igualmente procedieran quienes, más documentados en la antigüedad clásica, conocieran las cifras geodésicas y la extensión del ecumene dadas por otros geógrafos griegos. ¿Cuál de ambas posiciones ocupaban los sabios de Salamanca que desecharon su plan? Carecemos de documentos para fundar una contestación, pero algo diremos en el capítulo final sobre el apasionante tema.

Sin salir del campo geodésico es interesante la teoría de Colón sobre la forma de la tierra; pues «aunque Tolomeo y otros aseguraron que el mundo era esférico, comprobándolo con los eclipses de luna, con la elevación del polo del septentrión en austro y con otras demostraciones, él opinaba que no era redonda, como decían, sino en la forma de una pera, cuya parte más elevada estaba debajo de la equinoccial en el nuevo hemisferio, y que por esto, aun pasando la línea o meridiano occidental que demarcaba, iban los navíos alzándose hacia el cielo insensiblemente, gozando de un temperamento más suave, lo que producía la alteración de las agujas…»48.

Esta teoría del Almirante se apoyaba en   -83-   argumentos de varia índole; además de la variación magnética que descubrió en su primer viaje (13 de septiembre de 1492), le afirmó en su tesis el fabuloso caudal del río Orinoco, que le indujo a situar el paraíso terrenal cerca del golfo de Paria en que aquél desemboca, suponiendo que tal región coincidía precisamente con la prominencia que, según su teoría, formaba el globo en el hemisferio Sur, cerca del ecuador, desde la cual descendía tan inmenso caudal, seguramente uno de los cuatro grandes ríos que del paraíso salían para dividir la tierra, según describe el Antiguo Testamento49.

No entraremos a juzgar la valía teorética de esta hipótesis de Colón, pero es oportuno citar la alta opinión que sus conocimientos merecieron a sus contemporáneos50, los elogios que le tributan algunos historiadores por estas teorías, por sus cálculos de la relación entre la superficie de los mares y los continentes, por sus hipótesis sobre la formación de los archipiélagos   -84-   y por su constante preocupación de estudiar en todos sus aspectos las tierras aportadas a la corona española51.

Sin aceptarlos ni rechazarlos, nos parecen de mucho mejor sentido que su teoría geodésica ciertas observaciones que le condujeron a darse cuenta de la magnitud del mundo nuevo. Tal, por ejemplo, cuando, abandonando por el momento su hipótesis del paraíso y de la prominencia del globo de donde descendía el inmenso caudal, dice que río tan grande, el mayor de todos los conocidos, debía provenir de «tierra infinita».

Y digna de encomio es también, como observa Günther, su teoría de que el primitivo istmo que uniera la parte septentrional y meridional del nuevo continente, que él suponía era Asia, se fue deshaciendo parcialmente por la acción de los mares, quedando sobre las aguas una cadena de islas.

También debe destacarse entre sus observaciones el descubrimiento de la gran corriente ecuatorial, y no menos conocida es su teoría de la variación magnéticas de la aguja, que fue observada en su primer viaje, notando no solamente su desviación del meridiano, sino la   -85-   variabilidad en función del lugar. Las investigaciones de Wolkenhauer52 y otros permiten asegurar que la variación magnética era ya conocida; pero siempre debe reconocerse al Almirante el mérito de haber estudiado las alteraciones de esa variación. Es juicio corriente que en su explicación no anduvo muy afortunado, por atribuirlo al movimiento de la estrella polar haciendo intervenir el aire, la temperatura y otros factores; pero la verdad es muy distinta, como en otro lugar demostraremos.

Otra teoría formuló el cosmógrafo Martín Cortés en su «Breve compendio de la sphera y de la arte de navegar», publicado en 1551, y que durante mucho tiempo fue el texto preferido por los ingleses. Explica Cortés que la aguja magnética no se dirige hacia el polo de la tierra, sino a otro polo celeste; y lejos de comulgar en la opinión de otros cosmógrafos de la época que negaban la existencia de la desviación magnética, tales como el propio Núñez, Pedro Medina, Pedro Sarmiento53, y otros famosos cosmógrafos de diversos países, según reconoce Wolkenhauer, advierte a los pilotos que es indispensable tener en cuenta la variación de la aguja y que todas las maniobras   -86-   para corregirla son perjudiciales54, y finalmente enseña cómo se debe hacer girar la rosa náutica para que la aguja señale sobre ella el verdadero rumbo55.

También merece consignarse la honrosa citación que Alejandro Humboldt hizo del cosmógrafo Alonso de Santa Cruz, que en 1530, es decir, medio siglo antes que Halley, emprendió el trazado de una carta de las variaciones magnéticas, aunque, según sus propias explicaciones56, se trataría más bien de una tabla de valores anotada al margen de una carta.

Suponiendo que la declinación variara proporcionalmente con la longitud geográfica, anotó en diversos meridianos la cuantía de su respectiva declinación. Es la misma idea que Sebastián Caboto decía haberle sido inspirada por revelación del cielo, en la cual cifraba grandes esperanzas de poder determinar infaliblemente la longitud geográfica; y es la misma que aparece en el dispositivo mixto de brújula   -87-   y gnomon, presentado por Felipe Guillén en 1525 al rey de Portugal con el mismo objeto de poder determinar la longitud, mediante la declinación.

Como Caboto fue profesor en la Casa de Contratación desde 1518, hay materia abundante de discusión sobre la paternidad de la idea, que cada historiador reivindica para su compatriota; pero a decir verdad no se debe gastar mucha pólvora disparando salvas en honor de uno más que de otro, pues tal idea no pasó de ser un buen deseo de todos ellos y aun de otros muchos, comenzando por el propio Colón (2º viaje, 1496), y siguiendo con Vespucio (1499?).
Construcción de la rosa y su aguja, según Martín Cortés, 1551.

No falta quien atribuye la invención del método   -88-   a Pigafetta, mientras los portugueses la reivindican para Faleiro, el compañero de Magallanes; pero ciertamente fue el gran Juan de Castro quien estudió más a fondo el problema, haciendo larga serie de observaciones hacia 1538, hasta comprobar su ineficacia57.

Por desgracia, la declinación no es función de la longitud, sino de ésta y de la latitud, y las líneas isógonas son muy complicadas y ni remotamente se asemejan a los meridianos; pero es claro que esto se ha sabido después, y justo es, por tanto, asignar a todos ellos un puesto en la historia de los intentos fallidos para resolver el difícil problema. De él nos ocupamos a continuación.

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El problema de las longitudes geográficas

 

El problema de la determinación de longitudes geográficas fue uno de los que más preocuparon a los navegantes ibéricos. La cuestión alcanzó máximo interés cuando el tratado de Tordesillas en 1494 fijó como divisoria de las conquistas españolas y portuguesas el meridiano situado a 370 leguas al O. de las islas de Cabo Verde; y encargado el cosmógrafo catalán Jaime Ferrer de trazar esta línea ideal, hubo de ingeniarse para resolverlo, dando para ello dos métodos prácticos.

El primer método consistía en «que partiendo una nave desde las islas de Cabo Verde con rumbo al O ¼ NO caminase en esta dirección hasta que la elevación del polo boreal fuese de 18º 20′ donde estaría a 74 leguas o 3º 20′ al Norte del paralelo de aquellas islas; desde allí navegando al Sur hasta que el polo del Norte se elevase 15º se hallaría justamente en el paralelo que se buscaba y termino de las 370 leguas. Previene la insuficiencia de la carta de navegar para esta demostración, la necesidad de formar para ella un Mapamundi tal como el que presentaba; y la instrucción que se requería de la aritmética, cosmografía y matemáticas, para entenderla y apreciarla».

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El segundo método que propone como menos seguro consistía en «que partiendo de las islas Cabo Verde en dirección al Oeste una nave con veinte marineros escogidos, diez por cada parte, y llevando cada uno privada y reservadamente su derrota de estima, el primero que llegase al punto de las 370 leguas lo dijese a uno de los dos capitanes, que debían ser hombres de conocimientos y de confianza, para que oyendo a los demás y estando conformes tomasen desde allí la derrota al Sur, y cuanto hallasen a mano izquierda hacia la Guinea sería del Rey de Portugal»58.

El mismo problema preocupó al portugués Francisco Faleiro y al español Andrés de San Martín, que realizó numerosas observaciones astronómicas para rectificar el almanaque. Para dar idea de la imperfección de las tablas astronómicas que estos esforzados navegantes procuraban corregir, baste saber que la diferencia de longitud entre Río de Janeiro y Sevilla calculada por Andrés de San Martín mediante la distancia lunar de Júpiter era de 17 h. 15 m., cerca de 270º al O; de modo tal que la posición de la capital brasileña, calculada   -91-   por método rigurosamente científico mediante las Efemérides más fidedignas y acreditadas59, venía a quedar al sur de la India60.

No fue tan grave el error de los consejeros del Papa Alejandro VI cuando en su famosa bula (1493) fijó la «línea de demarcación» entre las exploraciones portuguesas y las españolas, trazando un meridiano a 100 leguas al O de las islas de Cabo Verde61. De haber sido respetada, el Brasil, que está situado al O de la línea, sería hoy un país de lengua española; pero el tratado de Tordesillas (1494), convenido entre ambos competidores, la desplazó 270   -92-   millas más hacia el Oeste; modo de demarcación difícil de mejorar, pero que superaba los conocimientos cosmográficos del tiempo. Como dice Günther, fue la primera vez que se hizo una partición de la Tierra tomando una línea precisa; la dificultad estaba en determinarla.

Varios son los métodos que enseñan los actuales tratados de Astronomía: 1º Por transporte de relojes, método que suele atribuirse a Alonso de Santa Cruz, pero en verdad pertenece a Fernando Colón (1524); imposible antes de la invención del cronómetro62; 2º Por las distancias lunares a diversos planetas; tal fue el que siguió Andrés de San Martín, con el desconcertante éxito antes señalado de situar Río de Janeiro en un meridiano de la China; tales eran las tablas de los movimientos de la luna y los planetas que conducían a tan   -93-   pintorescos resultados; 3º Por los eclipses de los satélites de Júpiter, los cuales no fueron descubiertos hasta el siglo XVII por Galileo.

Para poder valorar en justicia la obra de los nautas ibéricos, daremos algunos datos sugestivos de tiempos más modernos: el barco que conducía al embajador de Luis XIV se extravió cerca de las Azores por no poder determinar la longitud; y a fines del siglo XVII, en pleno 1680, los mapas de Francia ofrecían una curiosa variedad de meridianos de París, que unos hacían pasar por Valence, situada a 2º 23′ al O.; otros por Montpellier, que está a 1º 33′ al E., y otros por Mirepoix, que sólo difiere en 28′ al O. de París63. Finalmente recordemos que la Academia de Ciencias de París tuvo que rectificar el mapa de Francia, cuya costa Oeste hubo que retirar cerca de 2º de longitud hacia el E., mermando el dominio del Rey Sol en una zona cuya anchura excedía en muchos puntos de 150 km.

Ante estos datos, posteriores en casi dos siglos a la bula de 1494, nos parecen menos empíricos y más meritorios los dos métodos que Ferrer proponía para trazar la línea de demarcación.

Y también merece especial mención el que hubo de inventar Pedro Sarmiento de Gamboa, para determinar la longitud, cuando en marzo de 1580 se extravió en mar tempestuoso, teniendo que idear con la premura del peligro inminente un nuevo tipo de ballestilla y un método de cálculo de longitud, utilizando la luna   -94-   y el sol, únicos astros visibles, logrando con su improvisación salvarse de tan crítica circunstancia64.

Imperdonable sería no citar siquiera el gran concurso abierto en 1598 para premiar la resolución del magno problema náutico del siglo, que muchos consideraban como «límite puesto por Dios a la inteligencia humana». «Seis mil ducados de renta perpetua, dos mil más de vitalicia y mil de ayuda de costa, amén de la gloria, eran cebo suficiente para atraer sabios de todos los países y avivar el ingenio de una caterva de inventores y de arbitristas»65, pero fueron vanas todas las tentativas hasta la invención del péndulo compensado en 172466; que dio simplicísima realización al método propuesto por Don Fernando Colón en la Junta de Badajoz (1524).

Mientras tanto, el propio Galileo se ofreció insistentemente para ir a España con el doble fin de resolver el problema mediante la observación de los satélites de Júpiter y hacer propaganda de sus catalejos67; pero dificultades de   -95-   orden político con el duque Cosme de Médicis (que quiso aprovechar abusivamente el prestigio del gran florentino), y la ineficacia del método astronómico mientras no se dispusiera de tablas adecuadas, impidieron el deseado viaje.
Antiguo zodíaco árabe.

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La injusticia del reproche que Libri, Poggendorff…, hacen a Felipe III salta a la vista con sólo recordar tres hechos: la extorsión ya mencionada68 del gran Duque; el fracaso de la expedición de astrónomos enviada a Italia por la Compañía de Indias Orientales para aprender el método, y el reconocimiento de su ineficacia práctica por Vincenzo Renieri, que prosiguió los trabajos después de la muerte del maestro.

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Las cartas náuticas

 

Capítulo importante es el relativo a las cartas marinas o hidrográficas, que algunos historiadores confunden con las terrestres, haciéndolas datar, por ende, de tiempo excesivamente remoto. Distínguense de ellas en que los meridianos están representados por rectas paralelas; deformando, por tanto, muy considerablemente las distancias de los parajes lejanos del ecuador, deformación que no interesa para pequeñas travesías. La invención de tales cartas, llamadas planas, ha sido atribuida frecuentemente al infante Don Enrique de Portugal69.

Punto es éste que fue ampliamente tratado por Fernández de Navarrete, quien rechazó decididamente tal afirmación, pues es bien sabido que para el trazado de cartas llamó el Infante al maestro Jaime (o Jácome) de Mallorca, que dominaba ese arte, y las cartas que se atribuyen al Infante fueron trazadas   -98-   por el citado maestro mallorquín70. «Pero sobre todo -dice Navarrete- tenemos noticias de otras cartas planas anteriores y coetáneas de varios marinos mallorquines, catalanes o valencianos, que bastan a comprobar que esta invención es anterior al establecimiento de la academia del Infante de Portugal».

A continuación cita las cartas de él conocidas por referencias: la de Viladestes (1413); la del monasterio de San Miguel de los Reyes, de fecha desconocida; la de Valseca (1439), y la encontrada por Borghi en Italia, que parece anterior al año 1430. Desgraciadamente, la incompleta información del concienzudo historiador le impidió, como hubiera deseado, «inferir con seguridad si eran sólo geográficas o marítimas, con los meridianos paralelos, como los tienen las cartas planas; pues esta invención de que hacían uso los navegantes cuando apenas se apartaban de sus derrotas de la vista de la tierra, debió ser propia y aun antigua entre las naciones marítimas del Mediterráneo; y tales serían las cartas que llevaban los pilotos en el siglo XIII, según las prevenciones de Raimundo de Lulio».

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Hoy podemos descifrar el enigma que atormentaba a Navarrete. Las cartas por él citadas, y otras muchas de la misma época y aun anteriores, no eran ni lo uno ni lo otro: ni cartas geográficas, ni cartas planas; eran simples portulanos, con línea de costas minuciosamente trazada por medición de distancias, pero sin determinación de coordenadas geográficas y carentes, por ende, de la red de meridianos y paralelos que caracteriza a las cartas planas. De tales portulanos o cartas de compás nos hemos ocupado ya en capítulo anterior (págs. 57-62), y ahora sólo nos falta plantear el problema capital de la cartografía náutica, que en los comienzos del siglo XVI aparece todavía delineado con imprecisos contornos y en 1569 encuentra al fin satisfactoria solución.

El tránsito del portulano del siglo XIII a la carta plana del XV fue muy lento; la determinación de la latitud por la altura del polo, medida con el astrolabio en alta mar, se fue perfeccionando poco a poco; y aunque el cálculo de las longitudes adoleció por mucho tiempo de graves imperfecciones, fue ya posible ubicar en la carta ciertos puntos capitales, mediante sus coordenadas, refiriendo a ellos los demás y corrigiendo así las enormes deformaciones de los portulanos en que aparecían alineados puntos de latitudes muy distintas.

Surgieron así las primeras cartas planas después de la traducción latina de Tolomeo realizada en 1410; el mapa de Alemania por Nicolás de Cusa, en 1461; y el que hizo Toscanelli en 1474 para sus viajes a la India, pertenecen ya a este tipo. Ya entrado el siglo XVI, la Casa   -100-   de Contratación de Sevilla, verdadera Universidad náutica, impulsó considerablemente el arte de construir cartas71. Los tratados de Medina, Cortés…, merecieron multitud de ediciones en diversos países de Europa y fueron texto corriente durante mucho tiempo.

Pero este tipo de carta plana, con paralelos equidistantes, no resolvía el problema capital de la navegación, a saber: que la trayectoria de un barco navegante con rumbo fijo esté representada en la carta por una línea recta, y que esta recta forme con el meridiano el mismo ángulo que el rumbo. He aquí, pues, dos problemas distintos: ¿qué curva describe sobre el globo terrestre el navío que marcha con rumbo fijo? ¿Cómo trazar la carta de manera que esa curva esté representada por una recta que cumpla la condición arriba impuesta?

El primer problema fue brillantemente resuelto por el máximo cosmógrafo y matemático portugués, y también en el segundo tuvieron atisbos de solución varios prestigiosos cosmógrafos ibéricos.

Creíase que tal curva es una circunferencia máxima, hasta que Pedro Núñez (Nonius) hizo notar el absurdo de tal hipótesis, puesto que navegando siempre hacia NO., por ejemplo, mal se puede llegar al hemisferio meridional. La naturaleza espiriforme de la curva fue estudiada por Núñez, aunque no llegó a descubrir sus propiedades; y el muy adecuado nombre que le puso (rumbo) sigue adoptado por muchos tratadistas alemanes.

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Otras contribuciones de Núñez lo colocan en primera fila entre los cosmógrafos de su época; la resolución del problema del crepúsculo mínimo y la rectificación de errores de Apiano, Ziegler y Oroncio Fineo (a cambio de otros en que él mismo incurrió), sin contar su ingenioso dispositivo para aumentar la precisión de los aparatos de medida, sin dilatar sus dimensiones72, que después fue perfeccionado y simplificado por Vernier, a quien se debe el dispositivo actual.

Faltaba aún resolver el segundo problema cartográfico, mucho más importante que el primero: la modificación de las cartas planas, a fin de hacerlas aptas para la náutica, y en él trabajaron todos los cosmógrafos de la época.

El invento de las cartas llamadas esféricas, en las cuales, por el ingenioso espaciamiento de los paralelos se conservan los ángulos y por tanto aparece como rectilínea la loxodrómica, esto es, la trayectoria de un navío que marcha con rumbo constante, señala en la Historia de la Náutica un momento culminante. Algunos han atribuido a Martín Cortés la idea esencial, que consiste en la separación progresiva de los paralelos, idea que no alcanzó madurez hasta Mercator, quien logró encontrar las distancias convenientes para lograr el fin apetecido en   -102-   1569, ignorándose cómo llegó a determinarlas73.

Santa Cruz, Cortés y Núñez sintieron sin duda la necesidad de modificar la proyección cilíndrica que solía utilizarse para las cartas marinas, pero nos faltan documentos para poder juzgar las afirmaciones de sus panegiristas que les atribuyen el descubrimiento74.

Lo que deducimos de los trabajos de Santa Cruz, explicados por Alejo de Venegas en su obra «Diferencia de libros que hay en el universo»   -103-   (1540), que el gran cosmógrafo sevillano se daba perfecta cuenta de la desigualdad existente entro los arcos de ecuador y de paralelos, comprendidos entre los mismos meridianos; y parece deducirse también que construyó una carta de husos, como solían hacer los constructores de globos. He aquí la explicación de Venegas: «así como van disminuyendo las rebanadas de melón que van agostándose mientras más se allegan a los remates que son la frente y pezón. La disminución de este espacio enseña Tolomeo por números; mas como esto sea muy dificultoso de saber, ora nuevamente Alonso de Santa Cruz, de quien ya dijimos, a petición del Emperador nuestro Señor, ha hecho una carta abierta por los meridianos, desde la equinoccial a los polos, en la cual sacando por el compás la distancia de los blancos que hay de meridiano a meridiano, queda la distancia verdadera de cada grado, reduciendo la distancia que queda a leguas de línea mayor».

La finalidad de Santa Cruz es por tanto la reducción de los arcos de paralelos a arcos de ecuador, sirviéndose de un método gráfico, en sustitución de la tabla numérica dada por Tolomeo. Es evidente que desde este artificio hasta el espaciamiento gradual de los paralelos de modo tal que la loxodromia se transforme en recta, media un abismo.

Son, en verdad, dos problemas completamente diferentes, y no acertamos a comprender tamaña confusión; la carta fusiforme de Santa Cruz no es una carta plana, en el sentido técnico de esta palabra, pues sus meridianos no son rectas paralelas; el lector podrá reconstruirla   -104-   sin dificultad siguiendo las explicaciones de Venegas que hemos transcrito.

Aclarado así el alcance del método, veamos cómo se expresa Navarrete: «De este continuo estudio y prolijas investigaciones resultó también su conocimiento de las imperfecciones de las cartas planas, y de la necesidad de trazar las esféricas, como lo consiguió, con muchos años de antelación a Eduardo Wright o a Gerardo Mercator, a quienes generalmente se atribuye esta invención».

La primera parte de este doble juicio es exacta; no la segunda. Ni lo es siquiera con la salvedad que hace a continuación: «Así es que Santa Cruz no determinó la proporción en que debían aumentarse los grados de latitud en la carta según que eran mayores las alturas y menor la extensión de los paralelos; en suma, no conoció que dicha proporción era la del radio al coseno de la latitud, como se ha fijado después». (Página 192).

Mucho pedir habría sido la resolución completa del problema que poco después logró Mercator, por método desconocido, y que Wright completó más tarde. Habría bastado que apareciera la idea del espaciamiento progresivamente creciente de los paralelos de la carta plana, aunque sin expresarlo cuantitativamente, para que hubiera sido legítimo el título de precursor. También Pedro Medina tuvo algunos atisbos dignos de mención y algo más todavía se acercó Martín Cortés a la idea crucial llamada a resolver el problema. Hay en su Arte de navegar, muy afamado en toda Europa, una frase, quizá truncada en las reseñas de sus entusiastas   -105-   biógrafos, que leída íntegra, y bien interpretada podría quizá justificar la afirmación de Wright, rectificada por Wilson, de que fue suya la idea de los intervalos crecientes para representar los paralelos, aunque ciertamente sin fijar su cuantía75.

En todo caso, los nombres de los cosmógrafos españoles, Enciso, Santa Cruz, Poza y Cortés, juntamente con Núñez, pueden figurar dignamente con algunos otros extranjeros entre los precursores de Mercator y de Wright, por haber sentido la necesidad de modificar las cartas náuticas, aunque no llegaron a la solución del difícil problema.

Hoy es bien sabida la expresión de las distancias a que deben trazarse los paralelos para que la curva loxodrómica o el rumbo, como lo llamó Núñez, su descubridor, se represente por una recta, es decir, para que la representación sea conforme. Con nuestros conocimientos actuales razonaríamos brevemente así: La dilatación que experimentan los paralelos al dibujarlos iguales al ecuador es el recíproco del coseno de la latitud, o sea la secante de ésta; luego para que la representación conserve los ángulos y por tanto la forma de las figuras infinitesimales, la dilatación del meridiano en cada punto debe ser igual a la secante de la   -106-   latitud en ese punto, es decir, la función que expresa la ordenada y en el mapa del punto de latitud debe satisfacer la condición dy: dy = 1: cos

Luego la función buscada es la primitiva o integral de la función secante, y esta integral vale, como es sabido76.

En la práctica sustituyen los dibujantes la integral por una suma, y así resulta este método muy aproximado: se dispone de una tabla de secantes de arcos desde 0º hasta 90º, de minuto en minuto, y se forman las sumas sucesivas de estas secantes; los coeficientes así obtenidos multiplicados por la longitud de 1′ del ecuador de la carta dan las distancias a que deben trazarse los paralelos. Este método práctico fue el dado por Wright, 25 años después que Mercator publicó su carta; y lo plagió Jodocus Hondius; la fórmula logarítmica fue dada más tarde por Bond y Halley; otra demostración dio Lalande.

Tal es la sucinta historia de las modernas cartas náuticas, que gira en torno de una idea, tenazmente perseguida por los más hábiles cosmógrafos del siglo, pero fugitiva de todas sus pesquisas. La calidad de los rivales y la deslumbradora sencillez de la solución hallada,   -107-   no se sabe cómo, por Mercator, magnifican su figura, siendo inútiles los mezquinos esfuerzos para regatearle su legítima gloria.
Sección de una carta de Barentsz (1599).

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Las matemáticas puras

 

De intento hemos dejado para el final la reseña de las ciencias exactas en su más puro sentido, por representar el foco más débil, eclipsado por la constelación de técnicas. No fue nunca la ciencia pura predilecta de los españoles, que prefirieron estudiar las ciencias como medio y no como fin; la técnica antes que la ciencia; y en este sentido sería el pueblo hispánico el más consecuente heredero de la tradición romana.

En otro lugar hemos analizado por extenso, con los textos a la vista, en comparación con las obras contemporáneas de otros países, las producciones de los matemáticos a quienes los entusiastas apologistas de la ciencia española como Navarrete, Menéndez Pelayo, Vallín, etc., adjudicaron más preciados laureles. Y resulta de tal investigación una conclusión singular: los más famosos matemáticos españoles que profesaron en la Sorbona no representan la nueva orientación de la Matemática, codificada en la Summa de Lucas de Burgo, sino que brillan en la ciencia medioeval, y encuadran por tanto perfectamente en el ambiente escolástico de la Universidad de París, que tarda muchos años en reaccionar, para incorporarse al nuevo movimiento.

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Porque las Matemáticas, propiamente tales, la Aritmética y la Geometría de los griegos, petrificadas durante la Edad Media, reciben el tonificante refuerzo del Álgebra hindú en aquella hora juvenil; pero este renacimiento matemático florece solamente en Italia, de donde pasa a Alemania, mientras la Europa occidental permanece indiferente ante la nueva corriente de ideas, a pesar de haber sido España el foco de donde irradió a Italia, y de allí a toda Europa, el Álgebra importada por los árabes desde Oriente, y divulgada en el siglo XII por la escuela de traductores de Toledo.
Abacistas y algorítmicos en la Edad Media. (De la obra de Recorde, 1543).

Este alejamiento de España y Francia de   -110-   la corriente renacentista explica que los matemáticos españoles en los comienzos del siglo XVI profesasen con notable éxito en la Sorbona, donde las disciplinas matemáticas alcanzaban nivel tan bajo como en Salamanca77.

Ciruelo, Siliceo, Lax, Francés…, pertenecen a este grupo; espíritus selectos sin duda, abarcaron tan lejanas disciplinas, que no es de extrañar su falta de originalidad en la Matemática pura. La Astrología, y sobre todo la Teología, ocupan lugar predilecto en su vocación, y algunos tomaron su magisterio matemático como medio de vida para dedicarse de lleno a la Teología.

Hay en cambio otras figuras apenas citadas o desconocidas por los historiadores arriba aludidos, en cuyas obras hemos encontrado ideas al parecer originales que pudieran servir de hilo conductor hacia una nueva historia de las ciencias exactas, si se llegara a descubrir nuevos textos. Tales son Fray Juan Ortega y Álvaro Tomás, cuyas obras hemos estudiado a fondo, sin agotar el tema, que fuerzas jóvenes debieran investigar con cariño, sin plan preconcebido ni tesis previa, que inutilizan todo trabajo histórico. Pocas figuras más quedarían por estudiar; una de ellas es Gonzalo de Frías, autor de una obra inédita en 17 volúmenes, que parece perdida; pero pocas esperanzas hay de cambiar radicalmente las conclusiones, pues   -111-   los Torrella, matemáticos y médicos, así como Pardo, Li, Pérez de Oliva, Oliver…, según afirman sus biógrafos se dedicaron entre otras   -112-   actividades a la Astronomía Náutica, que absorbe con justa razón e irresistible fuerza energías que quizás habrían podido consagrarse a la ciencia pura.
Pitágoras y Boecio, como representantes de los métodos de cálculo que se disputan la supremacía en la Edad Media: el ábaco y las cifras.

Si alguna influencia puede señalarse de la gran epopeya sobre el desarrollo de la Matemática en el Occidente, ésta es marcadamente negativa; porque en aquel siglo de fiebre geográfica la Matemática sólo podía interesar a los pocos doctos en sus disciplinas como instrumento auxiliar de la Cosmografía, y ésta solamente para el servicio de la Náutica.

Por tal causa se da el nombre de matemáticos a los cosmógrafos, artilleros, constructores de cartas y a veces hasta los pilotos, mientras que la Matemática pura se desarrolla brillantemente en Italia y en Alemania, alejadas de la gran empresa, y Francia contempla inactiva entrambas tareas, sin colaborar en una ni en otra.

Signo de los tiempos es la creación en Sevilla de la Casa de Contratación, verdadera universidad marítima, o más bien escuela técnica de mareantes, a la manera de la vieja escuela de Sagres, desde la cual el príncipe Enrique organizó audaces exploraciones; pero la Casa de Contratación estaba concebida más integralmente, pues era a la vez oficina de administración y tribunal de justicia78.

  -113-  

Ocuparse los matemáticos ibéricos de la «Regla de la cosa» o del «Arte Mayor», como se llamaba la nueva Álgebra, ya sistematizada en la Summa de Lucas Pacioli en 1494, en aquel momento crítico, lleno de problemas prácticos urgentes, habría sido imperdonable dilapidación de energías, cuando todas las fuerzas intelectuales, físicas y morales, eran pocas para llevar a feliz término la épica empresa.

Se explica así este hecho, que de otro modo sería bochornoso: el Álgebra conservada por los árabes en la Edad Media, y que de Toledo pasa a Italia por las traducciones de Gerardo de Cremona, queda ignorada de los matemáticos españoles de más alto renombre, nada menos que hasta 1552, en que un maestro de escuela alemán la reimporta con un libro vulgar y atrasado, precedido de un cruel proemio79.

Las culturas son vegetaciones en que prima el factor biológico sobre el geográfico. Sobre un mismo suelo y aun bajo un mismo régimen pueden convivir y prosperar culturas heterogéneas, que hunden sus raíces en estratos diversos, sin estorbarse y aun sin sentirse ni conocerse; mientras que una sola y misma cultura puede prosperar a la vez en remotos países.

La organización política de Pericles se desbarata a mandobles y Atenas pierde la supremacía   -114-   peninsular; pero la semilla de la cultura ática se esparce por doquier y en plena decadencia griega prende y florece por varios siglos en lejanas costas, alcanzando la ciencia griega máximo esplendor en el siglo de Euclides, Arquímedes, Apolonio, Eratóstenes y Aristarco. Sicilianos, asiáticos o africanos, son auténticos sabios helenos, son productos áticos puros, hermanos de los sabios y artistas que en Atenas trabajan bajo la férula macedónica.

Griegos eran los espartanos y los beocios, como los atenienses; tan españoles eran los musulmanes y judíos nacidos durante 700 años en suelo ibérico, como los descendientes de Pelayo; pero confundir deliberadamente entrambas civilizaciones, tan dispares y aun opuestas, barajar los nombres para disimular los mediocres entre los selectos, con el solo fin interesado de apropiarnos de sus lauros intelectuales, como antaño de las riquezas de los expulsados judíos, eso no es caballeresco ni aun honrado.

La cultura oriental intentó domeñar a la europea, y la habría suplantado, sin el empecinamiento castellano, que aniquiló a la media luna con sus malas y sus buenas cualidades; mucho ganamos y no poco perdimos. Ninguna cultura histórica brilló de modo parejo por todas sus facetas, y bastantes para su orgullo tiene la cultura hispanocristiana; inspirada y original en la literatura y en las artes plásticas, hábil en la organización política, honda y espiritual en la mística, competente y a la altura de su tiempo en las técnicas necesarias para la epopeya americana; pero pobre en la ciencia   -115-   pura, e indigente en la Matemática, por ser la más pura de las ciencias.

Fruto granado de civilización, sólo cuaja la ciencia pura después de haber alcanzado frondosidad el follaje vital, que es su órgano respiratorio, y perdura más que él, hasta muy avanzado el otoño de la decadencia; pero el colapso español heló el organismo entero en plena primavera renacentista, antes de que pudieran cuajar las flores de la ciencia nueva; y tras las nuevas floraciones del siglo XVIII y del XX, recios vendavales postergan la esperanza.
Talismán para la curación de enfermedades por la virtud de su cuadrado mágico.

La carta de navegar atribuída a Cristóbal Colón por Mr. de La Roncier, historiador de la Marina francesa

Mapa utilizado por Colón

Ángel de Altolaguire y Duvale

  —439→  

A fines del pasado año circulaba por los centros científicos de Europa una hoja anunciando la próxima publicación de un documento de extraordinaria importancia histórica, una carta de navegar hecha por Cristóbal Colón para explicar a los Reyes Católicos la posibilidad de llevar a la realidad sus proyectos, la que también le sirvió para orientarse en su primer viaje de descubrimiento.

La carta, que es anónima, se halla en la Biblioteca Nacional de París, clasificada por Mr. Jomard como hecha en la segunda mitad del siglo XV; K. Kretsmer, en el Catálogo de la Exposición de 1912, la hace figurar como de la primera mitad del siglo XVI.

Mr. de la Roncière, ilustre historiador de la Marina francesa, tuvo la suerte de fijar en ella su atención y estudiándola detenidamente llegó al convencimiento de que fué hecha por Colón, que la mostró a los Reyes en la villa de Santa Fe, y que la llevó consigo en su primer viaje.

Las razones aducidas por Mr. de la Roncière en apoyo de su tesis no han satisfecho a los técnicos, y persona tan competente como Mr. Albert Isnard, conservador adjunto de la Biblioteca Nacional de París, en un estudio publicado en la   —440→   Revue des Questions Historiques de I de abril último, ha hecho a ellas serias objeciones, de que más adelante nos ocuparemos.

Mr. de la Roncière, para llegar a la conclusión de que la carta responde a los proyectos de Colón, parte del supuesto de que si bien éste creía en la existencia de una ruta más corta para el extremo oriente que el periplo africano y que la de Suez y Mar Rojo, su proyecto secreto, lo que en realidad pretendía descubrir era la isla Antilia o de las Siete ciudades. La carta de la Biblioteca Nacional de París dice: «»Es el reflejo fiel de las concepciones de Colón sobre la isla de las Siete ciudades que él buscara más al Sur por instigaciones de Pinzón», tenemos a nuestra vista, añade, el gráfico de los proyectos de Colón, tal y como él los expuso a los Reyes Católicos en la pequeña villa de Santa Fe «sobre esta carta sin duda se jugó la suerte del mundo»».

Si demostramos que Mr. de la Roncière está equivocado respecto al objetivo que Colón perseguía, que no fué el de ir expresamente a descubrir la Antilia, sino que su pensamiento fijo, expuesto al rey don Juan II de Portugal, al Duque de Medinaceli y a los Reyes Católicos, fué el de que era posible, navegando al Oeste de Africa, llegar a la isla de Cipango y al continente asiático, cuya empresa él se ofrecía a realizar, habremos también demostrado que el mapa de la Biblioteca Nacional no fué hecho por Colón para explicar a los Reyes la viabilidad de sus proyectos, una vez que ni siquiera comprende los mares que había de surcar ni el extremo oriental del continente asiático.

En 1474 el sabio florentino Pablo del Pozzo Toscanelli escribió al canónigo Fernando Martins de Lisboa una extensa epístola, a la que acompañaba una carta de navegar, exponiendo la posibilidad de, navegando directamente al Oeste del Norte de Africa, arribar a la gran isla de Cipango y al extremo oriente del continente asiático, en el que se hallaba la India y los estados del Gran Khan.

Pocos años después se estableció en Portugal Martín de Behaim, cosmógrafo, discípulo del famoso Monte Regio, y allí permaneció durante muchos años, formando con otros sabios lo que podemos llamar un centro de estudios superiores de Astronomía y navegación; Behaim fué con los portugueses a Guinea y conoció sus secretos científicos, entre ellos el proyecto de Toscanelli,   —441→   cuyos conceptos, según demostró Mr. Davezac, llevó a su famoso globo, que terminó en Nuremberg, el año de 1492, antes de que Cristóbal Colón regresase de su primer viaje de descubrimiento.

También conoció Colón el proyecto del sabio florentino; lo prueba que en las guardas de la obra del Papa Pío II, Historia rerum ubique gestarum, que se conserva en la Biblioteca Colombina de Sevilla, está copiada de su letra o de la de su hermano Bartolomé, pues no es fácil distinguir la letra de uno y de otro, la epístola del canónigo Martins, si bien, como ya en otra ocasión hicimos notar1, el copista suprimió de ella los puntos de partida y arribo de la expedición, y pruébalo también el testimonio del padre Las Casas afirmando que el mapa de que Colón se sirvió en su primer viaje fué el del sabio florentino.

No es este lugar para discutir si el proyecto de Toscanelli fué anterior o posterior al de Colón y hasta qué punto influyó en el ánimo de éste para determinarle a ofrecerse a don Juan II para llevarlo a ejecución; lo que es pertinente es hacer notar que el cronista portugués Juan de Barros, hablando de las gestiones de Colón en la corte de Lisboa, dice que el Rey, «porque veía ser Cristóbal Colón hombre hablador y glorioso en mostrar sus habilidades y más fantástico y de imaginaciones con su isla de Cipango que cierto en lo que decía, dábale poco crédito»; sin embargo, hizo que estudiasen su proyecto Diego de Ortiz, obispo de Ceuta, maestro Rodríguez y maestro Josef, a los que sometía estas cosas de cosmografía y descubrimientos, y todos tuvieron por faltas de fundamento sus palabras por estar basadas en imaginaciones y cosas de la isla de Cipango de Marco Polo. Tenemos, pues, la afirmación del cronista portugués de que lo que pretendía Colón era ir al Cipango descrito por Marco Polo, y señalado en la Carta de navegar de Toscanelli, próximo a la costa oriental del continente asiático, donde estaban las Indias y dominios del Gran Khan.

Fracasadas sus gestiones con Portugal, Colón vino a España y fué a negociar con el Duque de Medinaceli, Señor del Puerto de Santa María; el Duque nos da noticia de ello en la carta que el   —442→   19 de marzo de 1493 escribió al gran Cardenal de España. En ella le decía: «Yo tuve en mi casa mucho tiempo a Cristóbal Colon, que se venía de Portugal y se quería ir al Rey de Francia para que emprendiese el ir a las Indias con su favor y ayuda, y yo lo quisiera probar y enviar desde el puerto, que tenía buen aparejo, con tres o cuatro carabelas, que no me demandaba más; pero como vi que era esa empresa para la Reina nuestra Señora, escribilo a Su Alteza desde Rota y respondióme que se lo enviase. Yo se lo envié entonces y supliqué a Su Alteza que me mandase hacer merced y parte de ello y que el cargo y descargo de este negocio fuere en el puerto. Su Alteza lo recibió y le dió encargo a Alonso de Quintanilla, el cual me escribió de su parte que no tenía este negocio por muy cierto, pero si se aceptase me harían merced y daría parte de ello; y después de haberlo bien examinado acordó enviarle a buscar las Indias

Como se ve, el propósito de Colón, lo mismo en Portugal que en Castilla, antes de ver a los Reyes Católicos, fué el mismo que a éstos expuso: el ir a descubrir el Cipango y la costa del continente asiático, a la que la gran isla se encontraba próxima.

Las negociaciones con la Chancillería castellana fueron laboriosas. Colón pretendía cargos y emolumentos que ella no quería aceptar; por fin se impuso, y se firmaron el 17 de abril de 1402 las capitulaciones de Santa Fe. Por ellas obtuvo, entre otros honores y beneficios, el empleo de Almirante en todas aquellas islas y tierras firmes que por su medio e industria se descubriesen y ganaren en los mares océanos «y el de Visorrey y Gobernador en todas las dichas islas y tierras firmes que, como dicho es, él descubriere e ganare en los dichos mares.» El título que, como consecuencia de las capitulaciones, se le expidió el 30 de abril, contiene, como es natural, los mismos conceptos.

Los empleos pedidos y otorgados de Almirante y Visorrey de las islas y tierra firme responden a los propósitos de Colón, expuestos al Rey de Portugal y al Duque de Medinaceli, de ir a descubrir la gran isla de Cipango y la costa oriental del continente asiático; pero si alguna duda quedara de que fué esto lo que propuso, lo aclara de modo que no deja lugar a ella el prólogo con que encabezó el Diario de su primera navegación. Téngase en cuenta que este Diario lo llevó para que los Reyes tuvieran noticia   —443→   detallada de los sucesos del viaje y que se lo entregó a su regreso; no cabe, por tanto, que él les dijera cosa distinta de lo que les había propuesto y fué objeto de las negociaciones. Empieza el prólogo:

«Porque cristianísimos y muy altos y muy excelentes y muy poderosos Príncipes, Rey y Reyna de las Españas… por las informaciones que yo había dado a Vuestras Altezas de las tierras de Indias y de un príncipe que es llamado Gran Can… Vuestras Altezas… pensaron de enviarme a mí Cristóbal Colón a las dichas partidas de India para ver los dichos príncipes y los pueblos y tierras y la disposición de ellas y ordenaron que yo no fuere por tierra al Oriente por donde se acostumbra de andar salvo por el camino de Occidente por donde hasta hoy no sabemos por cierta fe que haya pasado nadie… y me hicieron Almirante mayor de la mar Oceana y Visorrey y Gobernador perpetuo de todas las islas e tierra firme que yo descubriere y ganare…»Yo llevé el camino de las islas Canarias para de allí tomar mi derrota y navegar tanto que yo llegase a las Indias y dar la embajada de Vuestras Altezas a aquellos príncipes y cumplir lo que así me habían mandado.»

 

Esto se lo dice Colón a los Reyes, con quien había debatido sus proyectos. ¿Es falso el documento que nos da a conocer el padre Las Casas? Pues venga la prueba clara, terminante, precisa; no hipótesis sin fundamento. ¿Se le acepta como auténtico? Pues no hay más remedio que rendirse a la evidencia y reconocer que lo que Colón propuso a los Reyes Catódicos, y éstos, aceptando la idea, le dieron medios para llevarlo a efecto, fué el ir al Cipango y a la India del Gran Khan.

Aquí podríamos dar por probada nuestra tesis; pero arroja el Diario de navegación y otros documentos tal número de datos confirmándola, que no resistimos a la tentación de exponerlos para llevar al ánimo de los más reacios el convencimiento de que carece de base sólida la hipótesis de que el objetivo secreto que Colón perseguía no era ir a la India, sino descubrir la isla Antilia o de las Siete Ciudades.

El padre fray Bartolomé de Las Casas tuvo en su poder y se sirvió de ellos para escribir su Historia de las Indias, los documentos del archivo de los Colones; entre estos documentos estaba   —443→   el Diario del primer viaje, del que hizo un extracto, que don Martín Fernández de Navarrete publicó en su famosa Colección de Viajes, pero el padre Las Casas no sólo tuvo presente el extracto que había hecho del Diario sino que, según vamos a ver, se sirvió también del original para ampliar en su historia muchos extremos que el extracto no contenía o que estaban muy compendiados.

Según refiere Las Casas2, la expedición zarpó de la isla de la Gomera el 6 de septiembre de 1492, llevando los capitanes de los buques instrucciones completas, entre las que se hallaba la de que, una vez recorridas 700 leguas, no navegasen pasada media noche, calculando que a esta hora no habrían rebasado el espacio que al oscurecer abarcase la vista.

Siguiendo el Diario, vemos que el 16 de septiembre la aparición de grandes manchas de hierba hizo pensar a las tripulaciones en la proximidad de tierra; el Almirante cree posible hubiese alguna isla, pero no la tierra firme, porque en el Diario escribió: «La tierra firme hago más lejos.» También el 18 nuevas señales de tierra dieron esperanzas a los navegantes; pero de ellas no se curó Colón, al decir de Las Casas, porque le parece que aún no era tiempo o no estaba en el paraje donde él esperaba verla. Como al día siguiente, 19 de septiembre, aparecieran más indicios, Colón, dice el extracto del Diario, no quiso detenerse barloventando para averiguar si habría tierra, porque su voluntad era de seguir adelante hasta las Indias. Hasta este día había navegado 400 leguas, según la cuenta que el Almirante llevaba.

El día 25 de septiembre refiere el Diario que Martín Alonso Pinzón manifestó a Colón su extrañeza de que no pareciesen las islas que se hallaban señaladas en una carta que hacía tres días que le había mandado el Almirante. A éste también le extrañaba no hallarlas, atribuyéndolo a las corrientes que los habían desviado de su ruta. «Esta carta -dice el padre Las Casas- es la que le envió Paulo, físico florentino, LA CUAL YO TENGO EN MI PODER con otras cosas del Almirante mismo que descubrió las Indias; en ella le pintó muchas islas y tierra firme que eran el principio de la India y por allí los reinos del Gran Khan, diciéndole las riquezas   —445→   y felicidad, el oro y perlas y piedras preciosas de aquellos reinos, y según el paraje que en la dicha figura e islas le pintó sin duda, parece que ya estaban en ellas y ansí están todas estas islas cuasi en aquella distancia y por el crédito que Cristóbal Colón dió al dicho Paulo, físico, ofreció a los Reyes descubrir los reinos del Gran Khan y las riquezas, oro y piedras preciosas

Este párrafo del padre Las Casas, merece que fijemos en él la atención. Dice Bernáldez, en su Historia de los Reyes Católicos, que Cristóbal Colón había hecho una carta de navegar que enseñó a los Reyes y que el vió. Esta carta tuvo que ser copia de la de Toscanelli dirigida al canónigo Martins, porque no es creíble que hiciera una carta para no seguirla y la que sigue y le sirve de norma es la del físico florentino, según afirma Las Casas y según se deduce de los hechos. Toscanelli, partiendo del supuesto de que el continente asiático se extendía más hacia Africa de lo que en realidad se extiende y que el grado máximo de la tierra tenía de extensión 62 1/2 millas, reduce considerablemente la distancia entre Europa y Asia; toma como punto de partida las islas de Cabo Verde, sitúa en su paralelo a la isla Antilia, como la sitúa Martín de Behaim, que conoció su proyecto, y da por término del viaje la isla de Cipango y las tierras del Gran Khan.

Cristóbal Colón, que también conoció el proyecto de Toscanelli, según lo muestran la copia de la carta a Martins, inserta en las guardas de la obra de Pío II, y la carta de navegar, según afirma Las Casas, procura comprobar con los juicios de los cosmógrafos y las opiniones de los navegantes las teorías del sabio florentino y una vez convencido de su certeza, las sigue al pie de la letra, como declara el padre Las Casas teniendo a la vista la carta de navegar de Toscanelli y lo escrito por Colón.

La única diferencia que se aprecia entre la teoría de Toscanelli y lo que escribió y llevó a efecto Colón, es que el primero, siguiendo a Ptolomeo, atribuye al grado máximo de la circunferencia terrestre 62 1/2 millas, en tanto que Colón, siguiendo a Alfagrano y sin tener en cuenta que éste se refería a millas árabes, de mayor extensión que las italianas, supuso que cada grado sólo tenía de extensión 56 2/3 millas, acortando así la distancia entre Africa y Asia.

  —446→  

El 1.º de octubre llevaban navegadas, según la cuenta del Almirante, 707 leguas; sospechaba que le quedaban atrás, por los lados, las islas que él tenía pintadas en la carta; pero dice en el Diario que no fuera buen seso barloventar y detenerse, volviendo a un lado o a otro en busca de ellas, pues llevaba próspero tiempo y su principal intento era ir en busca de las Indias por la vía de Occidente, y esto era lo que había ofrecido a los Reyes y los Reyes lo enviaban para este fin. De notar es que no es un comentario del padre Las Casas, porque éste comienza el párrafo «pero dice aquí»: es decir que es copia de lo escrito por el Almirante en el Diario.

Refiere el Diario que el 6 de octubre por la noche dijo Martín Alonso que sería bien navegar a la cuarta del Oueste a la parte del sudoeste, por la isla del Cipango; que llevaba la carta que le mostró Colón, al cual no pareció debían mudar la derrota, porque si la erraban reo pudieran tan pronto tomar tierra y que por esto era más seguro descubrir la tierra firme y después ir a buscar las islas.

Mr. de la Roncière, queriendo demostrar que fué Pinzón el que influyó sobre Colón haciéndole ir en busca del Cipango, dice que «después de un recorrido de 700 leguas al Oeste sin encontrar tierra, las tripulaciones se desmoralizaron, el capitán de la Pinta, consultado (parece que quiere decir por las tripulaciones), hizo gobernar al Sud Oeste tomando la derrota hacia el Cipango. Cinco días después -añade la Roncière- se divisó una de las islas Bahamas.» Tal y como esto está escrito, Pinzón por sí y ante sí cambió de rumbo y gracias a eso se descubrió la tierra cinco días después; como el descubrimiento se efectuó el 12 de octubre, fué el 7 cuando debieron ocurrir los sucesos que narra Mr. de la Ronciére, veamos lo que acerca de ellos dice el Diario de navegación, la Historia de las Indias del padre Las Casas y la que don Fernando Colón escribió del Almirante, su padre.

El 6 de octubre por la noche, según el Diario, dijo Martín Alonso que sería bien navegar a la cuarta del Oueste, a la parte de Suduoeste, y al Almirante pareció que decía esto Martín Alonso por la isla de Cipango (que llevaba pintada en la carta que le mostró Colón, refiere Las Casas en su Historia de las Indias) y el Almirante veía que si la erraban que no pudieran tan pronto   —447→   tomar tierra, y que era mejor una vez ir a la tierra firme y después a las islas.

El día 7, según el Diario, caminó al Oueste, es decir, siguió el mismo rumbo que los días anteriores, «porque pasaban gran multitud de aves de la parte Norte al Sudueste, por lo cual era de creer que se iban a dormir a tierra…; acordó el Almirante dejar el camino del Oueste y poner la proa hacia el Ouesudueste».

Las palabras de don Fernando Colón, como tomadas de la misma fuente, coinciden con las anteriores: «El 7 de octubre vieron grandes bandadas de pájaros de todas suertes, y algunas de pajarillos de tierra, que desde Occidente iban a buscar que comer acia el Sudoeste, por lo cual el Almirante, teniendo por muy cierto que pajarillos tan pequeños no pararían en tierra muy lejana, dejó de seguir la vía del Oeste y echó a la vuelta del Sudoeste, diciendo que si mudaba camino lo hacía porque no era muy distante del suyo principal y seguir la razón y experiencia de los portugueses, que habían descubierto la mayor parte de sus islas por el juicio y vuelo de semejantes pájaros.»

No resulta, pues, que, como afirma Mr. de la Roncière, Martín Alonso Pinzón hiciese gobernar hacia el Sudoeste el 6 de octubre ni que su propuesta de efectuarlo fuese aprobada por Colón, que resolvió que la flotilla continuara su rumbo hacia el Oeste; fueron las bandadas de pajarillos las que al día siguiente determinaron al Almirante a seguir la dirección que llevaban, porque daban indicios de la proximidad de tierra y siguiéndolos habían descubierto algunas islas los portugueses al navegar por la costa de Guinea.

Colón y Pinzón estuvieron de acuerdo durante todo el viaje; ambos se extrañaron, al contrastar sus datos de lo navegado, de no hallar las islas que la carta de Toscanelli señalaba, y cuando Pinzón propone rectificar el rumbo para ir en busca de la isla de Cipango, no se muestra el Almirante contrario a su opinión de que podían encontrarla; pero prefiere seguir directamente al Oeste para asegurar el éxito, porque la isla podían errarla, pero no la tierra firme.

El descubrimiento de las primeras islas confirmó más a Colón en las ideas con que salió de España; el 21 de octubre, estando en la Española, cree que la isla que los indios llamaban   —448→   Cuba debe ser la del Cipango, aunque dice que todavía tenía determinado ir a la tierra firme y a la ciudad de Quisay y dar las cartas de sus Altezas al Gran Can y pedir respuesta y volver con ella. No es éste un comentario sino una copia de lo que en el Diario constaba, al menos así lo afirma el Obispo de Chiapa, y no hay razón para ponerlo en duda.

El 24 de octubre Colón fué a descubrir la isla de Cuba, que creía era el Cipango, añadiendo Las Casas que él continuaba en la idea de que «la relación y pintura que le envió Paulo, físico, concordaban con las noticias que le facilitaban los indios»3.

«Dió tanto crédito -sigue diciendo Las Casas- a la carta mensajera y a la figura o carta de marear pintada que le envió Paulo físico, que no dudó de hallar las tierras que llevaba pintadas, y según la distancia o leguas que había hasta aquí navegado, concordaba a lo justo con el sitio y comarca en que Paulo, físico, había puesto la riquísima y grande isla de Cipango en el circuito, de la cual también pintó y asentó innumerables islas y después la tierra firme, y como viere tales islas primero y le nombraran los indios más de ciento, ciertamente tuvo razón de creer que cualquiera de estas islas fuese la de Cipango, en la que creía hallar grandísima suma de oro, plata, perlas y especiería, y muchas veces en el libro de su primera navegación hace mención del oro y de especiería que creía hallar y cuantos árboles, veía todos ser de especiería juzgaba4

  —449→  

Don Fernando Colón, que escribió la historia del Almirante su padre antes que el padre Las Casas la de las Indias, utilizó también el Diario de la primera navegación, pero exponiendo sólo lo más esencial y suprimiendo comentarios; coincide, sin embargo, con Las Casas en que había dicho el Almirante que no esperaba ver tierra hasta haber navegado 750 leguas hacia el occidente de Canarias, en cuyo término había también dicho que hallaría la isla Española, llamada entonces Cipango, y en la resolución que tenía el 2 de octubre de proseguir el viaje directo a las Indias navegando siempre al Occidente, que era el camino que tenía por más cierto. Están, pues, conformes don Fernando Colón y el padre Las Casas en que el pensamiento del Almirante era el descubrimiento del Cipango y de la India.

Pero no es sólo en documentos que conocemos por Las Casas o don Fernando donde se demuestra que el pensamiento del gran navegante fué siempre el de ir a las Indias, entendiendo por éstas las tierras del Gran Khan; en la carta que al regreso de su primer viaje escribió a Luis de Santángel le decía: «Por ésta sabréis cómo pasé a las Indias con la armada que los ilustrísimos Rey y Reina me dieron… Allé tan grande la isla Juana (Cuba), que pensé que sería tierra firme la provincia del Catayo… » «Y luego que llegué a las Indias», y así sigue en toda la carta demostrando su creencia de que aquellas islas pertenecían a la India, y que próximo estaba la tierra firme y los dominios del Gran Khan.

En la dirigida al tesorero Rafael Sánchez al regresar del primer viaje, también le manifiesta que había llegado a la India. Todavía podríamos alegar más testimonios del propio don Cristóbal, pero con los citados nos parece suficientemente probado que sus gestiones con el Rey de Portugal, con el Duque   —450→   de Medinaceli y con los Reyes de Castilla fueron siempre encaminadas a recabar los medios de ir a descubrir el Cipango y las tierras del Gran Khan, situadas en el extremo oriente de Asia, y que Pinzón estuvo durante toda la navegación de completo acuerdo con el Almirante, sin que en ningún documento aparezca la menor indicación de que tuviese el pensamiento de ir a descubrir la Antilia y sí sólo seguir el proyecto de Toscanelli de arribar al extremo oriente de Asia navegando al oeste del Norte de América, con el cual se había identificado hasta el punto de creer firmemente cuanto decía en la epístola y en la carta de navegar que a ella acompañaba5.

La carta de la Biblioteca Nacional de París, que Mr. de la Roncière cree ser el gráfico de los proyectos de Colón, comprende Europa y el continente africano; pero de Asia no alcanza al extremo oriente, y, por tanto, no figura en ella ni el Catay ni la isla de Cipango, objetivos del proyecto de Colón; por lo que respecta al camino a seguir, partiendo de las Canarias o de Cabo Verde, tampoco se indica en la carta, pues del Océano Atlántico sólo se marcan muy pocos grados de longitud al occidente de las islas de Cabo Verde; la isla Antilia, que en el globo de Behaim figura en el paralelo de Cabo Verde, en la carta de la Biblioteca Nacional está situada a la altura de Irlanda: no responde, pues, esta carta en nada a los proyectos de Colón, y, por tanto, no pudo ser hecha por éste para explicar sus ideas a los Reyes, y menos aún para orientarse en la navegación de unos mares que en la carta no se señalan y dirigirse a unas tierras que en ella no figuran.

El mapamundi es de tan reducidas dimensiones, que no da idea de distancias y no pudo servir para orientarse en una navegación.

Si estudiada la carta en relación con los proyectos de Colón se ve que no puede ser en manera alguna el gráfico de tales ideas, los argumentos aducidos por Mr. Isnard, conservador adjunto, jefe de la sección cartográfica de la Biblioteca Nacional   —551→   de París, rebatiendo las razones que da Mr. de la Roncière en demostración de que la carta fué hecha por Colón, llevan al ánimo del lector el convencimiento de la equivocación padecida por Mr. de la Roncière; prueba Mr. Isnard que en la carta no se encuentra dato alguno de que su autor era genovés, que Colón confundió la Islandia con las islas Feroe, lo cual no hizo el autor de la carta; que las notas puestas por don Cristóbal en las márgenes de la obra, Imago Mundi de Aylly, son posteriores al 29 de septiembre de 1494, fecha en que don Bartolomé Colón, poseedor del libro, se avistó en la Española con su hermano don Cristóbal; de consiguiente, que si la carta refleja las opiniones de Colón, debió ser hecha con posterioridad a 1494, y, por tanto, no fué la que le sirvió para explicar sus proyectos a los Reyes Católicos y para orientarse en su primer viaje.

Por otra parte, en la carta se figura la Península Ibérica y en ella cuatro poblaciones; una tiene el nombre de Almería; las otras no tienen ninguno. Mr. de la Roncière estima que una es Granada, otra Sevilla y la tercera Santa Fe, fundada para alojar al ejército sitiador de Granada después de un incendio que destruyó el campamento cristiano; su planta era la de una cruz de brazos iguales; el centro lo constituía una gran plaza; era la villa tan reducida, que cuando se tomó Granada fué repartida entre sólo doscientas familias para que allí poblasen; en el mapa aparece a una distancia de Granada que no permite fuera el alojamiento del ejército sitiador; la villa está representada por una iglesia de elevada torre, y no es posible que en la época en que Mr. de la Roncière afirma fué hecha la carta, o sea cuando Colón negociaba en Santa Fe, esta pequeña población, que había empezado a construírse hacía dos meses, tuviese una iglesia de las proporciones que en la carta se representa.

En el planisferio aparece emplazado el paraíso terrenal en lo más alto de un macizo montañoso, que el autor sitúa en el extremo oriente de Asia.

Cuando Colón vió en su tercer viaje la desembocadura del río Orinoco, no pudiendo explicarse de dónde procedía tan enorme caudal de agua, modificó su creencia de la forma esférica de la tierra, y discurrió que la mitad es esférica, pero que   —552→   la otra mitad tiene la forma de una pera, y que en el pezón de ella estaba el Paraíso, y que de allí salía tan gran caudal de agua. «Yo no hallo, ni jamás he hallado -expone- escritura de latinos ni de griegos que certificadamente diga el sitio en este mundo del paraíso terrenal ni visto en ningún mapamundi. Yo no creo que el paraíso terrenal sea en forma de montañas, salvo que él sea en el colmo, allí donde dije la figura de la pera.»

Si Colón hubiera sido el autor del planisferio, lo natural es que en alguna forma hubiera manifestado que rectificaba la opinión que hasta entonces tenía y que expresaba al colocar el paraíso en lo alto del macizo montañoso que en el planisferio aparece situado en el extremo oriente de Asia, o al menos que no afirmará, en forma tan rotunda que hasta entonces no había tenido formado concepto del sitio en que se encontraba.

Respecto a la fecha en que la carta se construyó, podemos afirmar que lo fué con posterioridad al 2 de enero de 1492, en que se rindió Granada a los Reyes Católicos, una vez que en los muros de la ciudad pintada en la carta aparece ondeando la bandera de Castilla; lo probable es que sea posterior al regreso, en 1497, de Vasco de Gama, de su primera expedición a la India, y nos fundamos para creerlo así en que Martín de Behaim, que, como hemos expuesto, estuvo en Portugal ocupado en los estudios astronómicos y de descubrimientos que el Rey le encomendaba, que visitó la Guinea y que sostenía relación constante con los marinos lusitanos, sirviéndole las derrotas de sus navegaciones para la construcción de su famoso globo, que terminó en 1492, señala en él el Cabo de Buena Esperanza, pero da al extremo sur de Africa una forma completamente distinta a la que aparece en la carta de la Biblioteca Nacional de París y en las posteriores al regreso de Vasco de Gama, en que ya se figura casi lo mismo que se representa en la actualidad; fué, pues, construída, cuando ya se tenía noticia de la verdadera forma de la parte sur del continente africano.

Podrá argüirse que en el planisferio no figuran las islas descubiertas por Colón, como debían figurar si hubiera sido construído después de 1492; pero ha de tenerse en cuenta que del Atlántico sólo comprende muy pocos grados al Oeste de las Azores, y por el Oriente ni siquiera señala la isla de Cipango.

Síntesis de lo expuesto es que la carta no responde en nada a los proyectos de Colón y debe continuar figurando en la Biblioteca Nacional de París con la etiqueta que tenía, según Mr. de la Roncière : «Carta portuguesa del siglo XVI.»

Isabel la Católica y Cristóbal Colón

Isabel la Católica y Cristóbal Colón

Consuelo Varela

El 1.º de diciembre de 1504 escribía Colón a su hijo Diego, «Muchos correos vienen acá cada día y las nuebas acá son tantas y tales, que se me increspan los cabellos todos de las oír tan al rebés de lo que mi ánima desea. Plega a la Santa Trinidad de dar salud a la Reina, nuestra Señora, porque con ella se asiente lo que ya va lebantado».

Se encontraba el Almirante en Sevilla aquejado de un fuerte ataque de gota y los males de la artritis se le habían acrecentado con los fríos de aquel invierno que hubo de ser más duro de lo habitual. El Guadalquivir se había desbordado, «entró en la ciudad», le decía a Diego en su carta que a duras penas logró terminar por el dolor en las manos que le impedía tomar «la péndula». D. Cristóbal estaba inquieto. Hacía poco que había regresado de su último viaje al Nuevo Mundo que había sido un desastre. Había perdido todos sus barcos. Más de la mitad de su tripulación o bien había muerto o no había querido regresar con él a la Península. No había encontrado el estrecho entre los dos océanos que buscaba tan afanosamente y, para colmo, había sufrido varios motines capitaneados por los hermanos Porras: Francisco que iba por capitán de la nao Santiago y Diego con el cargo de escribano y oficial de la armada.

Colón estaba en Sevilla solo. Sus hijos y sus amigos más íntimos se encontraban en la Corte. Los chicos como pajes de la Reina y los amigos ocupándose de resolver sus negocios. El Almirante estaba seriamente preocupado. No tenía problemas económicos, en un navío que estaba a punto de llegar a Sanlúcar de Barrameda su contador le enviaba una buena remesa de oro y palo de brasil, sus tribulaciones eran de otro tipo. Hacía 5 años que había sido desposeído de la gobernación de las Indias y a toda costa quería regresar. El Almirante, pues aún conservaba este cargo, deseaba volver al Nuevo Mundo no solo para intentar de nuevo encontrar el Estrecho sino también para continuar su misión, para que no se perdiese «lo que ya va lebantado». Colón había visto el mal gobierno de Ovando y sabía que no había gente dispuesta a enrolarse en nuevos viajes. Las Indias, en palabras del genovés, «se perdían».

Para poder regresar con todos los honores necesitaba, o eso creía él, del apoyo de D.ª Isabel y más en aquel momento en el que acababan de llegar a Castilla la pesquisa -que se le había efectuado años atrás- y una carta a los Reyes de los Porras acusándole, sabe Dios de qué delitos. Los Porras, parientes de la amante del poderoso Tesorero de Castilla Alonso de Morales, gozaban por causa de esta relación de un gran predicamento en la recién creada Casa de la Contratación, del que el Almirante carecía.

Hasta el 2 de diciembre de 1504 no supo Colón el fallecimiento de la reina. Es evidente que D. Cristóbal sintió un profundo pesar solo aliviado por la certeza de que estaba en el Cielo, «Su vida siempre fue católica y santa y pronta a todas las cosas de su santo servicio, y por esto se debe creher que está en su santa gloria y fuera del desen d’este áspero y fatigoso mundo» escribía a Diego en una carta del 3 de diciembre. A esta carta siguieron otras en las que el padre no dejaba de preguntarse por su situación, «acá mucho se suena que la reina, que Dios tiene, ha desado que yo sea restituido en la posesión de las Indias», y en recordar al hijo su deber en procurar que el padre fuera repuesto en la gobernación. Mas las noticias no llegaban. Diego escribía menos de lo que el padre deseaba y D. Cristóbal, impaciente, le conminaba a actuar, «As de trabajar de saber si la Reina, que Dios tiene, dexó dicho algo en su testamento de mi».

Nada dejó dicho de Colón D.ª Isabel y el Almirante nunca fue repuesto en sus cargos ni volvió a navegar. Los nuevos reyes, D. Felipe y D.ª Juana, tenían otras preocupaciones más urgentes y D. Fernando, regente de Castilla hasta que estos llegaron a hacerse cargo del reino, tenía otros planes en los que Colón no entraba. Quería el Católico a otros hombres para emprender la ruta a las islas de la Especiería para cuya realización sería llamado, entre otros, Américo Vespucci. Fue el florentino el portador de una de las últimas cartas que Colón escribió a su primogénito desde Sevilla el 5 de febrero de 1505. Se preguntaba Colón para qué había sido llamado Américo a la Corte a la vez que se lamentaba del poco éxito que su amigo había tenido en los negocios. «Ha tenido mala suerte», le dice a Diego, pero es un buen amigo y de seguro intercedería por sus intereses como le había pedido el Almirante que, al parecer, no dejaba de solicitar la ayuda de todos cuantos acudían a ver al monarca.

Ahora sabemos que a Vespucci le encargarían preparar junto con Juan de la Cosa un viaje a la Especiería, que no llegó a realizar, que acabaría su vida como Piloto Mayor de la Casa de la Contratación y que, por un azar del destino, daría su nombre al Nuevo Continente descubierto por Colón.

Entre Colón y los Reyes hubo muchos encuentros y desencuentros. No podía ser de otra forma. Hubo épocas en las que coincidían los intereses y otras en las que discrepaban en la forma y manera de actuar en la colonia.

Hoy en día nadie parece dudar que entre Colón e Isabel existió una cierta complicidad. Una sintonía entre ellos que, incluso, ha llevado a la novela histórica hasta el extremo de presentárnoslos como amantes. Desde luego D. Cristóbal y D.ª Isabel nunca estuvieron enamorados. Hubiera sido imposible: la Católica bebía los vientos por su marido y el Almirante sólo estuvo enamorado de sí mismo.

La cuestión que nos ocupa aquí es tratar de averiguar cuáles fueron las relaciones entre esos dos personajes tan parecidos y tan distintos. Tan parecidos porque ambos eran tesoneros y firmes en sus convicciones y tan distintos porque ambos discreparon casi siempre en el modo en que éstas debían de ser llevadas a cabo.

Varios puntos nos van a ir dando las pautas para analizar la naturaleza de esas relaciones no siempre fáciles entre el Almirante y su reina.

La financiación de viaje y las joyas de la Reina

La historiografía tradicional ha sostenido que la reina fue el principal apoyo con el que contó Colón para poder realizar su proyecto descubridor. Fue el propio Hernando Colón quien en La Historia del Almirante, la biografía que hizo de su padre, lanzó la pintoresca historia en la que aparece la reina católica ofreciendo empeñar sus joyas para financiar el viaje colombino. Una imagen sin duda muy bella que recogió gustoso fray Bartolomé de Las Casas -siempre ávido de adornar con bonitas anécdotas las noticias sobre la vida de Colón- en su Historia General de las Indias.

Todo parece indicar que se trata de una leyenda que contrasta con la visión más generalizada que presentaron los primeros cronistas de la Historia de Colón y el Descubrimiento. En efecto, mientras que los cronistas castellanos López de Gómara y Fernández de Oviedo no dudaron en afirmar que los dos reyes ayudaron a Colón por igual, los círculos catalanes e italianos se decantaron por Fernando. Así, por ejemplo, Zurita no mencionó para nada la intervención de la reina y Gerolamo Benzoni, aun concediendo que la reina Isabel fue quien primero se encandiló con Colón afirmó taxativamente que fue Fernando, una vez convencido por su mujer, quien tomó la iniciativa de ayudar al extranjero. Por su parte Pedro Mártir, que estaba ya en la corte cuando el navegante acudió en ayuda de los monarcas, escribió que Colón, «propuso y persuadió a Fernando e Isabel [y] ante su insistencia se le concedieron de la Hacienda real tres bajeles». Ante estas y parecidas afirmaciones Gómara se encargó de advertir: «sospecho que la reina favoreció más que el rey el descubrimiento de las Indias; y también porque no consentía pasar a ellas sino a castellanos».

Por otro lado, como se ha señalado en repetidas ocasiones, la reina no podía pignorar sus joyas porque hacía tiempo que las tenía empeñadas a los jurados de Valencia como garantía de un préstamo para financiar la guerra de Granada. Y tampoco conviene olvidar que el viaje no supuso un coste importante. En las cuentas del escribano de ración Luis de Santángel y del fiel ejecutor de Sevilla Francisco Pinelo se anotó que habían entregado al obispo de Ávila, Fernando de Talavera, 1.157.100 mrs. «para el despacho del Almirante». El resto se saldó para la Corona sin gastos ya que se aprovechó la sanción a la villa de Palos obligándola a poner a disposición del Almirante dos naves. Colón financió la parte que le correspondía con un préstamo de su amigo y factor el florentino Juanoto Berardi.

Colón debió de congeniar mejor con D.ª Isabel que con D. Fernando y no es difícil imaginar a la reina escuchar asombrada las propuestas del navegante que debía de gozar de gran labia y un indudable atractivo personal. La decisión de llamarle para que se apresurase a regresar a Granada para firmar en el Real de Santa Fe las Capitulaciones, el 17 de febrero de 1492, hubo de haber partido de ambos monarcas. No es concebible que el resultado de una negociación, que había durado nada menos que 7 años, fuera acordada tan solo por la Reina. Otra cosa fue el texto de la Capitulación colombina -cuya elaboración debió de ser sin duda laborioso y costoso de tiempo- que hubo de ser pactado y firmado por fray Juan Pérez, el representante de Colón, y Juan de Coloma, el eficiente secretario aragonés, por parte de los reyes. Desconocemos quiénes intervinieron en la redacción de ese texto, tan favorable a Colón, que consagraba un monopolio entre el Almirante y los Reyes.

En cuanto a la posterior adscripción de las tierras descubiertas a la Corona de Castilla, bien pudo tratarse de un interés personal de D.ª Isabel, ansiosa de convertir infieles, pero no hay que olvidar que en los mismos días que Colón firmaba su capitulación, otros marinos firmaban las suyas para continuar la conquista de las islas Canarias que, entre otras cosas por razones de proximidad geográfica a los lugares de partida de las naves, era la lógica expansión oceánica castellana. Por otro lado, conviene recordar que la tradicional expansión de la Corona de Aragón se proyectaba en el Mediterráneo y ya bastantes problemas tenía D. Fernando con controlar los reinos de Nápoles y Sicilia.

Hasta las Cortes de Valladolid de 1518, cuando fue jurado Carlos I, no se produjo la plena incorporación de las Indias a la Corona de Castilla.

El recibimiento en Barcelona

El regreso triunfante de Colón tras su viaje de Descubrimiento y el posterior encuentro con los Reyes en Barcelona supuso el mejor momento de las relaciones del flamante Almirante con sus monarcas. Todos los cronistas cuentan maravillas. Oviedo incluso da el nombre cristiano que se dio a tres de los seis indios que Colón se trajo consigo: Fernando de Aragón, Juan de Castilla y Diego Colón. Según Gómara los reyes permitieron a D. Cristóbal estar de pie en su presencia «que fue gran favor y amor; ca es antigua costumbre de nuestra España estar siempre en pie los vasallos y criados delante del rey». Fue Hernando, como siempre, quien nos dejó una descripción más amplia y detallada de la visita. Según nos cuenta, en Portugal D. Juan II le mandó cubrirse y le hizo sentar en una silla y en Barcelona los Católicos incluso se levantaron para saludarle y le permitieron sentarse a su lado en el estrado; además, sigue diciendo Hernando, cuando Fernando cabalgaba por Barcelona, Colón le acompañaba siempre a su lado.

Mientras que Colón se ocupó de reseñar en su Diario que, tras su llegada a Portugal, visitó por separado a la reina portuguesa D.ª Leonor y a D. Juan II, para nada recordó una entrevista privada con D.ª Isabel y ninguna mención especial a la reina figura en los textos de nuestros cronistas. Tan solo un autor, el aragonés Zurita, nos sorprende al añadir una noticia sorprenderte: ya antes de que Colón llegara la ciudad Condal, antes de que se recibiera en la corte su carta anunciando el descubrimiento, la noticia era ya conocida por otra carta, remitida desde Galicia, por «alguien» que venía en uno de los barcos que se había separado del convoy, en clara alusión a Martín Alonso. Una vez más los cronistas catalanes dan una versión diferente a la ofrecida por los castellanos.

Sin embargo y, pese a estas descripciones que nos dejaron los cronistas, de ninguna manera hemos de pensar que Colón recibió en Barcelona un recibimiento apoteósico por la sencilla razón de que, de haber sido así, no hubieran dejado de señalarlo los dietarios y los libros de ceremonias barceloneses que callan la estancia de Colón en la ciudad Condal. El encuentro, sin duda emotivo y cordial, hubo de limitarse a un sencillo acto cortesano.

Años más tarde, en la única carta que conservamos de Colón dirigida a la Reina sin firma y sin fecha y que hemos de datar en los meses de agosto o septiembre de 1502, el Almirante recuerda insistentemente a D.ª Isabel aquella entrevista, «las llaves de mi voluntad yo se las di en Barcelona… yo me di en Barcelona a Vuestra Alteza sin desar de mi cosa».

Cuando redactaba D. Cristóbal esta carta, que quizá no llegó nunca a enviar, estaba pasando un mal momento: con su prestigio seriamente dañado aún no había recibido la autorización para realizar el que sería su último viaje al Nuevo Mundo. Deseaba el navegante ser recibido y por ello recurrió a los argumentos habituales: las Indias eran ricas y él era un buen y leal servidor pese a todas las infamias que contra él se habían levantado.

¿Por qué recordar Barcelona y no por ejemplo Santa Fe, tan cerca de la ciudad desde donde escribía y donde había firmado sus Capitulaciones para descubrir y donde en 1492 la reina había nombrado paje del príncipe D. Juan a su hijo Diego? Sin duda porque aquella entrevista fue la más exitosa que mantuvo con sus monarcas.

Colón informante de la Reina Católica

En Barcelona se iniciaron los preparativos del segundo viaje y desde Barcelona se organizó la propaganda que los monarcas necesitaban para conseguir el pleno dominio de las nuevas islas descubiertas.

En primer lugar había que anunciar a los cuatro vientos la buena nueva y así se procedió al ordenar imprimir la Carta que el Almirante les había dirigido anunciándoles su descubrimiento desde Lisboa el 14 de marzo de 1493. El interés de la corona hizo que la carta alcanzara una difusión desmesurada para entonces. Desde abril de 1493 a fines de siglo tuvo catorce ediciones: 2 en castellano, una en catalán, nueve en latín, tres en italiano y una en alemán. Aunque muy similares, el texto, salvo en las ediciones en castellano, se presenta a D. Fernando como el gran impulsor del descubrimiento sin mencionar para nada a la reina. Por lo demás no difieren: Colón fue el artífice único de aquel hecho. Un claro ejemplo de cómo dominaba la propaganda el Católico.

Había que conseguir, además, una bula papal que confirmara la legitimidad de esas islas descubiertas y es muy probable que D. Cristóbal fuera uno de los asesores de los monarcas. Y sin lugar a dudas, antes de partir para su segundo viaje, hubo de dejar algún informe -cuyo texto hoy desconocemos- que manejaron los científicos que se ocuparon de la redacción del Tratado de Tordesillas que en julio de 1494 demarcó el océano Atlántico entre España y Portugal. Así se desprende de la carta que en agosto de 1494 escribió el cosmógrafo catalán Jaume Ferrer de Blanes a los reyes exponiéndoles su parecer sobre el Tratado recién firmado en donde comentaba la consideración profesional que D. Cristóbal le merecía: «y si en esta mi determinación y parecer será visto algún yerro, siempre me referiré a la corrección de los que más de mi saben y comprenden, especialmente del Almirante de las Indias, el cual, tempore existente, en esta materia más que otro sabe; porque es gran teórico y mirablemente plático como sus memorables obras manifiestan».

Se ha discutido mucho acerca de los conocimientos náuticos de D. Cristóbal y no es este el lugar para contribuir a la polémica. Lo que es evidente es que Colón no era un «lego marinero» y que los reyes le consultaban sobre diversas materias no siempre relacionadas con las Indias. Así, por ejemplo, es significativa la carta que D.ª Isabel le dirigió desde Laredo el 18 de agosto de 1496 agradeciéndole los consejos que les había dado referente al viaje que había de hacer doña Juana a Flandes para desposarse con D. Felipe. La reina tomó muy en cuenta las advertencias del marino al que, al menos en esta ocasión, tildó cariñosamente de, «home sabio e que tiene mucha plática e experiencia en las cosas de la mar». A la consulta de otro viaje, el que traía a la infanta Margarita para casar con el príncipe D. Juan, se refiere Colón en una carta a los reyes escrita en Granada el 6 de febrero de 1502. D. Cristóbal, que estaba entonces preparando su cuarto viaje al Nuevo Mundo, les dirigió una misiva curiosa en la que advertía de los peligros de la mar. Como si se tratara de una premonición habla de huracanes y de vientos contrarios y, para darse postín, les recordaba cómo en el año de 1497 había atinado en la fecha de la llegada de la infanta a Laredo y, como tras sus doctas explicaciones, los monarcas cambiaron su itinerario previsto para dirigirse al puerto cántabro justo a tiempo para recibir a su futura nuera. Colón también acertó cuando, meses más tarde, aconsejó al gobernador Ovando que no partiese la flota del puerto de Santo Domingo pues se avecinaba un terrible huracán. Como sabemos, sus consejos no fueron oídos y gran parte de aquella armada naufragó frente a la costa. Se perdieron hombres, barcos, mercancías y los papeles que acusaban a D. Cristóbal del desgobierno de la colonia.

Colón era un hombre muy dado a dar consejos y en sus cartas a los Reyes no dejó de señalar cuanto se le pasaba por la cabeza. Y así le vemos constantemente dar su opinión en toda clase de asuntos tanto de los que correspondían a su cargo de Virrey, como de otros que excedían a sus competencias. Sin duda en muchas ocasiones sus advertencias fueron atendidas pero, también en otras muchas, sus cartas hubieron de ser tiradas a la papelera. Pese a que poseemos muchas cartas y cédulas reales a Colón, desconocemos muchas de las consultas que hubieron de hacerle desde la corte. Así nos consta por cartas de los Reyes que fue consultado cuando se estaban haciendo las negociaciones con Portugal y, ya firmado el Tratado de Tordesillas, los monarcas le urgen a que envíe desde las Indias sus comentarios sobre la raya, «por palabra y por pintura».

Es evidente que hasta bien entrado el año de 1494, cuando empezaron a llegar a la Península otras voces discordantes, fue Colón el principal informante de los Reyes acerca de las tierras descubiertas. A partir de 1495, si bien no se desoyeron del todo sus peticiones, sí se tuvieron en cuenta otras opiniones: el Almirante ya no era intocable. Sus conocimientos sirvieron, sin embargo, para otro tipo de consultas como las que hemos visto más arriba.

Los desacuerdos

Como no podía ser de otra forma, no siempre estuvieron de acuerdo los reyes con su Almirante que, en ocasiones, llegó a indignarles de tal manera que se vieron obligados a cesarle en sus atribuciones como Virrey y Gobernador en 1500. Hasta ese momento varios fueron los motivos que fueron colmando la paciencia de los monarcas. Veamos los más significativos.

1. Carencia de información

Tan pronto como Colón partió de Barcelona para Sevilla para preparar su segundo viaje comenzaron los disgustos. El Almirante no entregaba ni las cuentas ni el Diario ni los mapas que los monarcas le solicitaban constantemente. ¿Quería ocultar la información a otros posibles competidores?, ¿a qué se debía esa política de sigilo? Parece evidente que el Almirante quería guardar un secreto a voces, algo imposible de mantener dada la calidad de los marinos que le habían acompañado en su primer viaje. Tal vez, disgustado por la elección del arcediano Rodríguez de Fonseca como encargado de preparar junto con él mismo la segunda expedición, optó por hacerle el trabajo lo más difícil posible negándole todo tipo de información: sólo él sabía lo qué convenía llevar y el camino a seguir.

Mantuvo Colón esta actitud todo el tiempo que le fue posible y, todavía en agosto de 1494, recibía en la Isabela una carta de los reyes en la que le recordaban, una vez más, que debía de escribirles especificando cuántas islas había hallado, a cuántas había puesto nombre, cómo las denominaban los indios y las distancias entre ellas. Hasta bien entrado el año no especificó cuanto los reyes querían saber: «Todas estas islas que agora se han fallado enbío por pintura con las otras del año pasado… con él… verán V. A. la tierra de España y África y, enfrente d’ellas todas las islas halladas y descubiertas este viaje y el otro». No sabemos cuándo recibieron los reyes esta comunicación del Almirante que quizá no les llegara hasta 1495, un lapso de tiempo excesivamente largo. A partir de esta fecha los reyes no volvieron a reclamarle este tipo de noticias lo que nos permite asegurar que en este sentido la comunicación fue satisfactoria para la Corona.

2. El mal gobierno

Los verdaderos problemas de Colón con la Corona surgieron su mal gobierno en el Nuevo Mundo, tanto en su política esclavista como en su pésima relación con los colonos.

La política esclavista

Colón que no conseguía enviar grandes cantidades de oro ni de especias, pese a los tributos que había impuesto a los indios, optó por enviar indígenas a la Península para que fueran vendidos como esclavos. El Almirante, al menos, cumplía una de sus promesas. La venta de esclavos era un negocio permitido en Castilla y además en auge y a este tráfico se dedicaba, entre otros, su factor y amigo Juanoto Berardi. Nada hacía presagiar el problema que se avecinada cuando, a comienzos de 1495, envío Colón un primer cargamento de 300 indios a Sevilla. Tan pronto como los reyes conocieron la noticia ordenaron a Fonseca que los vendiese en Andalucía, pues era en aquella provincia donde pensaban que podrían tener mejor salida. Mas muy pronto comenzaron los escrúpulos a la real pareja pues apenas 4 días más tarde de esta carta, el 16 de abril, escribían de nuevo al arcediano pidiéndole que reservase el dinero de la venta de los esclavos hasta averiguar si el tráfico era lícito, pues antes de nada querían informarse de «teólogos y canonistas de buena conciencia».

Naturalmente esta orden chocaba con los intereses del Almirante cuyo factor pidió, el 1.º de junio, que se le entregase el tanto por ciento que le correspondía recibir. Los reyes, aún sin saber qué hacer, escribieron a Fonseca ordenándole que, en secreto, dijera a Berardi que el asunto estaba suspenso y que no procediese a la liquidación. Dado que los esclavos habían sido vendidos en su totalidad no convenía alertar a sus propietarios en tanto en cuanto no se hubiera tomado una determinación en firme.

El Almirante, que vio peligrar una parte del negocio, escribió entonces a los reyes una larga carta, fechada el 14 de octubre en la Vega de la Maguana de la isla Española. Tenía que asegurar a los reyes que aquellos indios podían y debían de ser vendidos como esclavos y para ello nada más contundente que asegurarles que los indígenas que había enviado a Castilla no eran cristianos, luego se podía proceder a su venta. Aclarada esta primera e importante premisa, el Almirante creyó conveniente hacer algunas aclaraciones, por si los reyes tenían alguna duda respecto al carácter y a las necesidades de los indios. En primer lugar lo compradores no debían de preocuparse por la diferencia climática: el frío no les iba a sentar mal pues también en su isla las heladas eran frecuentes. Así que podían ser vendidos en cualquier lugar de la Península. En cuanto al trabajo y a su manera de llevarlo a cabo, el Almirante consideraba que las mujeres no parecía que estuvieran bien dotadas para ser esclavas domésticas pero sí, en cambio, para las labores artesanales y en especial para tejer el algodón; en cambio los hombres estaban adornados de tantas habilidades que, incluso, se les podía dedicar a las letras. Y, por último, una advertencia: no convenía darles mucho de comer pues en su isla comían muy poco «y si se hartan, escribe Colón, se enfermarían».

Los reyes no sabían qué actitud tomar como demuestra que en 1498, tres años más tarde de aquel primer cargamento, Colón continuara defendiendo la trata en sus cartas a los monarcas. Acaba de regresar a las Indias, en su tercer viaje, y al pasar por las islas de Cabo Verde había vuelto a comprobar los pingües beneficios de los negreros portugueses. «Me dicen que se podrán vender cuatro mill que, a poco valer, valdrán veinte cuentos». A Colón le salían las cuentas redondas. Frente a los portugueses que por el más ruin pedían 8.000 mrs., ellos podrían venderlos a 5.000 mrs. puestos en la Península y, para abaratar costes, propuso que a los maestres y marineros de los cinco navíos con los que acaba de llegar al Nuevo Mundo se les permitiese regresar con esclavos valorados en 1.500 mrs. De esa forma, los marineros se harían ricos y la Corona se ahorraría pagarles los salarios y el mantenimiento. Es verdad, seguía diciendo el Almirante, que algunos podrían morir en el camino, como pasaba en un principio con los negros y los canarios, mas «así no será siempre d’esta manera», pronto se encontraría la fórmula para organizar el transporte con eficacia.

Las Casas, que copió esta carta de Colón a los Reyes en su Historia, no dudó en glosarla aunque su texto no ofrece lugar a dudas: «Tenía determinado de cargar los navíos que viniesen de Castilla de esclavos y enviarlos a vender a las islas de Canarias y de los Azores y a las de Cabo Verde y adonde quiera que bien se vendiesen y sobre esta mercadería fundaba principalmente los aprovechamientos para suplir los dichos gastos y excusar a los reyes de costa, como en principal granjería».

Desconozco en qué momento se decidieron por fin los monarcas a prohibir el tráfico con los indígenas americanos considerados ya como sus vasallos. Quizá la espoleta que les decidió a actuar fue la decisión del Almirante, justo en los días en los que escribía la carta antes mencionada, de entregar a cada uno de los 300 colonos de la Española un indio como esclavo. El genovés se había excedido en sus atribuciones y la reina, al decir de Las Casas, se indignó profundamente, «¿Qué poder tiene mío el almirante para dar a nadie mis vasallos», parece que exclamó airada cuando supo la noticia.

El descontrol en la colonia era insoportable y los reyes tomaron las medidas oportunas. Se puso en marcha la destitución del Almirante con el nombramiento de Francisco de Bobadilla, nombrado nuevo gobernador con plenos poderes, y se dictaron una serie de cédulas tendentes a reorganizar el tráfico. Fue entonces cuando los reyes mandaron pregonar que todos los indios que había enviado el Almirante a Castilla fueran devueltos en los primeros navíos que tornasen al Nuevo Mundo. Los oficiales reales actuaron con prontitud. Ya en abril se entregaron a Bobadilla los primeros 25 esclavos que habría de llevar consigo cinco meses más tarde y nos cuenta fray Bartolomé que su padre hubo de devolver uno, que le había traído años atrás, al contino de los reyes Pedro de Torres encargado del secuestro y entrega de los indios a Bobadilla.

Nos dice Las Casas que la reina creía, por las informaciones erradas que les enviaba el Almirante, que los esclavos que éste les remitía eran de los tomados en buena guerra que sí podían ser vendidos como esclavos. Si a los capitanes que habían adquirido una capitulación para descubrir, se les permitía hacer esclavos bajo esa condición, ¿cómo no beneficiarse de esa cláusula cuando era el negocio más fructífero y rápido que se podía hacer en breve espacio de tiempo?, ¿qué información llegaba a la Península acerca de la trata? ¿Engañaban los capitanes -y también el Almirante- al declarar indios de guerra a todos cuantos tomaban por la fuerza?

A la reina le interesaba proteger a los indios vasallos, pero también quería que las Indias rentasen. En una situación complicada se eligieron dos vías. Por un lado, se dieron instrucciones a Ovando, nombrado gobernador en 1501, para que los indios de la Española ayudaran a los cristianos en las «labores y granjerías» pagándoseles un salario adecuado y, por otro, ya jurados príncipes herederos D.ª Juana y D. Felipe, no dudó D.ª Isabel en otorgar una carta acordada para que todos los capitanes que fueren a descubrir pudieran cautivar a los caníbales especialmente en las islas de San Bernardo, isla Fuerte, el puerto de Cartajena y las islas de Baru. Como se ve, las cédulas reales parecen contradictorias, aunque en sí no lo sean, y si a Cristóbal Guerra se le obligó en diciembre de 1501 a repatriar a los indígenas que había traído para vender a Castilla, a otros muchos se les autorizó esa venta. Así, puede resultar significativo el caso de un esclavo que trajo a la Península Rodrigo de Bastidas del que, por acuerdo de su capitulación, a él le pertenecían la tercera parte siendo la cuarta para la corona. Reclamó Bastidas el esclavo y los reyes aceptaron gustosos que el sevillano, previo pago, se quedara en entera posesión del infeliz.

En esto de los esclavos Colón no hacía más que seguir las pautas establecidas en su Capitulación en las que «el rescate» ya figuraba en aquel texto. El Almirante no trajo ni un solo esclavo en su primer viaje, los seis indígenas que le acompañaron y que fueron bautizados en Guadalupe no venían con esa condición. Cuando, tras su regreso al Nuevo Mundo, Colón tuvo noticia de la matanza de los cristianos que allí había dejado en el Fuerte de la Navidad, se encontró por primera vez con indios de guerra. Si ya antes había sugerido hacer esclavos a los indios de otras islas, que eran caníbales, ahora lo tenía más fácil, ya que los de la Española se le resistían. Se equivocó al no considerar a los indígenas de la Española como vasallos de los reyes y fue presa de su propio error, ya que él mismo en su carta anunciando el Descubrimiento había dicho a los reyes que allí, en aquella isla, tenían sus mejores y más leales vasallos.

La administración de las Indias

Desde muy pronto se supo en la metrópoli que Colón y sus hermanos eran malos gobernantes. Cada flota que regresaba de las Indias era portadora de un sin fin de cartas con quejas de los colonos. No cobraban su sueldo, pasaban hambre y toda clase de penalidades. Muchos hombres que querían regresar no recibían permiso del Almirante para embarcarse; otros, como el contador Bernal de Pisa, fueron enviados engrillados… y fray Buil, el mínimo que dirigió la primera misión evangelizadora en el Nuevo Mundo, no paró hasta que consiguió volver a Castilla.

El Almirante no imponía su autoridad. Hacía nombramientos irregulares, como hizo cuando dio a su hermano Bartolomé el título de Adelantado que los reyes reconfirmaron. No supo elegir a las personas idóneas para desempeñar los cargos de alcaldes y justicias. Tuvo que soportar una rebelión, la del alcalde Francisco Roldán, que duró más de dos años y terminó con un acuerdo beneficioso para el rebelde. Repartió tierras, indios y caballerías a sus hombres más cercanos olvidando a todos los demás. Para él mismo -y para su hijo Diego- mandó amojonar las mejores tierras de labranza. Impuso unos impuestos en especie a los indios que eran excesivos a todas luces. Poco hábil, impartió justicia sumarísima, al parecer muchas veces sin juicios previos, empleando incluso la pena máxima: varios cadáveres, «aún frescos», vio Bobadilla cuando llegó en septiembre de 1500 para destituirle y otros presos, que estaban en espera de ser ejecutados, se salvaron gracias a la intervención del nuevo gobernador.

Las buenas obras, que también las hizo, quedaban oscurecidas por su mala gestión y los reyes se vieron obligados a destituirle. Nunca más volvería a gobernar las Indias.

Los reyes siempre le fueron «constantes»

La destitución de Colón fue un acto lógico. La crisis en la colonia había alcanzado límites insospechados e insoportables que Bobadilla tampoco fue capaz de controlar y la prueba es que, apenas un año más tarde de su llegada, era nombrado frey Nicolás de Ovando como nuevo gobernador.

Nada más llegar a la Península el Almirante fue puesto en libertad y, una vez oído, se le renovaron la mayoría de sus privilegios: ya no sería Virrey de las Indias pero continuaría siendo el Almirante de la Mar Océano y se le seguirían manteniendo los derechos económicos.

La actitud de los reyes para con Colón fue siempre, incluso en los momentos más duros, de un trato exquisito. Siempre que pudieron estuvieron dispuestos a disculparle. Baste recordar que cuando, allá por 1493, empezaron los desavenencias entre Colón y Fonseca, los reyes no dudaron en escribir el arcediano rogándole que procurara no importunarle y que se aviniera con él. Procuraron tomar su partido en las diversas disputas que el Almirante tuvo con los oficiales encargados del avituallamiento de las flotas y, siempre que pudieron, reconvinieron a los que le ofendieron. Otra cosa es que algunos de ellos fueran más tarde elevados a puestos de confianza, como pasó con los hermanos Porras, que sin duda obtuvieron los cargos no por decisión real, sino por orden de los oficiales de la Casa. Todo cuanto Colón solicitó, ya fuera para él, sus hijos o sus criados fue tratado con delicadeza. Incluso cuando pretendió hacer alguna trampa, como cuando quiso enviar a las Indias mercaderías para vender a precios abusivos, los reyes escribieron a sus oficiales de la Casa de la Contratación pidiéndoles que aclarasen la situación, pero nunca con palabras de crítica para su Almirante. Atendieron los monarcas a los hermanos e hijos del Descubridor en todo cuanto pudieron. Diego y Hernando fueron sus pajes, sus continos y a D. Diego, el hermano del Almirante, cuya actuación en las Indias no había sido ejemplar, otorgaron carta de naturaleza en 1504. Cuando en 1502 Hernando acompañó a su padre en su cuarto viaje, el Almirante solicitó que se le siguiera manteniendo su ración en la Corte y así fue: el muchacho cobró los dos sueldos sin rechistar.

No conocemos ninguna carta de los reyes a Colón que no sea afectuosa y cordial e, incluso, parece que se disculpan del trato que recibió de Bobadilla cuando le escribían: «Y tened por cierto que vuestra prisión nos pesó mucho y bien que lo vistes vos y lo conosçieron todos claramente pues que luego que lo supimos lo mandamos remediar y sabeys el favor con que os avemos mandado tratar siempre y agora estamos mucho más en vos honrar y tratar muy bien y las merçedes que vos tenemos fechas vos serán guardadas enteramente».

Bobadilla había actuado con un rigor excesivo y, por ello, la mayoría de sus actuaciones con respecto a Colón y a su familia fueron revocadas más adelante. Ordenaron los reyes que, tanto a él como a sus hermanos, se les devolvieran los bienes que el comendador les había confiscado y sabemos que les fueron devueltos una vez que los oficiales comprobaron la exactitud de las reclamaciones de los Colón. Hubo, sin embargo, algunos cabos sueltos que fueron subsanados años más tarde. Así, por ejemplo, hasta 1511 no se le abonaron a D. Bartolomé Colón el valor de las 100 ovejas que había llevado en 1494 a las Indias y que le habían sido arrebatadas por Bobadilla que, a su vez, las había vendido.

El 23 de febrero de 1512 escribía D. Fernando una larga carta a D. Diego Colón en respuesta a otras de éste de los días 20, 21 y 22 de diciembre de 1511 que infortunadamente desconocemos y que debían de ser durísimas por el tono de las respuestas del monarca. En uno de los párrafos le recuerda D. Fernando a D. Diego:

«… porque vos sabéis muy bien que cuando la reina, que santa gloria aya, e yo lo enviamos [a Bobadilla] por gobernador a esa isla a causa del mal recaudo que vuestro padre se dio en ese cargo que vos agora teneis, estava toda alçada y perdida y sin ningund provecho y por esto fue necessario darle al comendador mayor el cargo absoluto para remediarla, porque no avía otro remedio ninguno ni avía vaso para que se pudiese dar ningún orden ni concierto desde acá para las causas susodichas; y también porque no tenía yo noticia ni información ninguna de las cosas de esa ysla para poderlas proveer. Ahora, que gracias a Nuestro Señor las cosas desas partes las entiendo… he de mandar proveer las cosas de allá como viere que convengan… y cuando mandé que se os diese la provisión conforme a la del comendador mayor, ya sabéis que entonces fuisteis como fue el comendador mayor y no por virtud de vuestros privilejios… Y pues agora estáis por nuestro visorrey e gobernador por virtud de vuestros privilejios, lo cual yo mandé, aunque avía hartos caminos para escusarlos sin haceros agravio, pero sed çierto que sirviendo vos bien… os haré merçedes y no he de dexar de proveer todo lo que convenga en serviçio de Dios, Nuestro Señor, e nuestro e al bien d’esa tierra».

 

D. Fernando, que no olvida por qué hubo de ser destituido D. Cristóbal, sigue otorgando favores a los Colón después de muerto el Almirante Viejo. Fue él y no otro quien mandó dictar la provisión y, más adelante, los nombramientos de visorrey y gobernador a D. Diego pese a que, como bien señala en la carta, podía haberse negado; e, incluso le promete mercedes si actúa correctamente.

Decía en una ocasión Tarsicio de Azcona que Isabel la Católica nunca dejó a ninguno de sus criados en la estacada y que siempre defendió a machamartillo a los hombres que ella había elegido. Desde luego en el caso de Colón, sus hermanos y sus hijos siempre «estuvo constante», pero también lo estuvo D. Fernando que, cuando ya habían transcurrido unos cuantos años después de la muerte de su mujer, nombró a D. Diego, que no parece que tuviera una disposición idónea para gobernar, Visorrey y Gobernador de las Indias.

Los reyes cuidaron a Cristóbal Colón, lo mimaron y le atendieron en todo cuanto estuvo a su alcance y, cuando las circunstancias les obligaron a destituirle, procuraron causarle los menos daños posibles. Por el aprecio y agradecimiento al marino -que sin lugar a dudas sentían los monarcas- los hijos y hermanos del Descubridor gozaron de múltiples privilegios que, de no haber sido por su filiación, nunca hubieran alcanzado.

Fray Bernal Buyl y Cristóbal Colón. Nueva colección de cartas reales, enriquecida con algunas inéditas

Fray Bernal Buyl y Cristóbal Colón. Nueva colección de cartas reales, enriquecida con algunas inéditas

Fidel Fita Colomé (S. I.)

  —[173]→  

1.

Zaragoza, 22 Septiembre 1492. Introducción de la Orden de San Francisco de Paula en los reinos de la Corona de Aragón.-Morales1 pág. 360.

Don Fernando por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de Aragón, de León, de Sicilia, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jahén, del Algarbe, de Algezira, de Gibraltar y de las Islas de Canarias, Conde de Barcelona, Señor de Vizcaya y de Molina, Duque de Atenas y de Neopatria, Conde de Rosellón y de Cerdania, Marqués de Oristán y de Gociano; á los Illustres spectables, nobles, magníficos y amados conseieros y fieles nuestros los lugarestenientes generales, Virreyes, Gobernadores, é portantes vezes de nuestro General Gobernador, é á todos é qualesquiere otros officiales y personas, assí ecclesiásticas como   —174→   seglares, súbditos nuestros en los dichos nuestros Reynos de la corona de Aragón constituydos y constituydores, é á los lugarestenientes de los dichos officiales, al qual ó á los quales la presente será presentada y á las cosas de yuso scriptas atanyen ó atanyer puedan en qualquier manera y de las cosas infrascriptas serán requeridos, salud y dilección.

Por nuestro muy sancto padre Sixto quarto de buena memoria con sus bullas y rescripto apostólico dado en Roma en el palacio, de Sancto Pedro del año de la Incarnación del Señor de mil quatrocientos setenta quatro, á VI2 de las Kalendas de Junio, el tercero año de su pontificado; é por nuestro muy sancto padre Inocencio octavo de buena recordación con sus bullas dadas en sant Pedro de Roma en el año de la Incarnación del Señor de mil quatrocientos ochenta [y cinco] á XV de las Chalendas de Abril en el año secundo de su pontificado3 fué concedido é otorgado al venerable Fray Francisco de Paula religioso heremitaño podiesse fundar é instituir una nueva orden de observancia ó religión de pobres heremitanyos con ciertas facultades é prehemineccias á honor é servicio de Dios é sancto enxenplo de buena vida, segund que en las prechalendadas bullas é rescriptos apostólicos, á las quales é los quales nos refferimos, estas y otras cosas más extensamente se contienen.

É porque el dicho fray francisco de paula a fecho su vicario general en las spañas y en todos nuestros reynos y señoríos al devoto religioso fray bernal boyl hermitanyo sacerdote para publicar las dichas bullas de la fundación é institución de la dicha orden, é comentar aquella en algunas ciudades, villas é lugares de los dichos nuestros reynos é señoríos, é recibir para la dicha orden algunas casas, oratorios y hermitas que con la devoción de las buenas gentes les serán dadas; é nos queriéndonos conformar con la voluntad y disposición apostólica como es razón: por tanto con tenor de las presentes de nuestra cierta sciencia y delliberada á vosotros y á cada huno de vos, requiriendo empero á los que   —175→   deben ser requeridos, rogando y exortando attentamente dezimos y mandamos expresamente, so incorrimiento de nuestra ira indignación y pena de dos mil florines de oro de los bienes de aquel de vosotros que lo contrario fiziere exhigidores, é á nuestros cofres aplicaderos, que dexeys y permitays liberalmente sin impedimento alguno al dicho fray Bernat boil corrector é vicario general, ó á quien su poder hoviere, que pueda publicar y publique las dichas bullas é orden de hermitaños nuevamente instituyda, y que pueda recibir y reciban en los dichos nuestros Reynos é Señoríos todas las casas oratorios hermitas que les fueren dadas diputadas por quien geles pueda dar y diputar sin prejuizio de tercero; é para que él é los dichos heremitanyos, que ahora son é serán daquí delante, religiosos del dicho orden puedan gozar é gozen é les sean guardadas en los dichos nuestros Reynos todas las gracias libertades é inmunidades é todas las otras cosas contenidas en las dichas bullas apostólicas iuxta forma é tenor dellas, sin les poner ni dar lugar que por vía directa ó indirecta contra tenor de las dichas bullas les sea puesto impedimento alguno, ni les sea fecho mal ni daño en sus personas bienes familiares casas y hermitas, antes bien tratados y favorecidos, por quanto nos los tomamos á ellos é á los que después dellos vernán so nuestro emparo seguro é salvaguardia real. É no fagays ni deys lugar que sea fecho lo contrario, si vosotros ecclesiásticas personas nos desseays complazer ó obedecer, y los officiales nuestros é otras personas nuestra gracia tienen cara é la pena susodicha é otras á nuestro arbitrio reservadas desseays é dessean evitar. Queremos, empero, que á los traslados auténticos de esta nuestra provisión se dé tanta fe como á este su original.

Data en Zaragoza á XXII de Setiembre del año del nacimiento de nuestro Señor mil cuatrocientos noventa y dos.

Yo el Rey.

Dominus Rex mandavit mihi Michaeli Perez Dalmaçan prosecretario, et fuit dupplicata.

2.

Zaragoza, 6 Octubre 1492.-Morales, pág. 303.

Don Fernando é Doña Isabel por la gracia de Dios Rey é Reyna de Castilla, de León, de Aragón, de Sicilia, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdova, de Córcega, de Murcia , de Jaén, de los Algarbes, de Algeziras, de Gibraltar, de las Islas de Canarias, Conde é Condesa de Barcelona, Señores de Vizcaya é de Molina, Duques de Athenas é de Neopatria, Condes de Rosellón é de Cerdania, Marqueses de Oristán é de Gociano, al Reverendíssimo Cardenal de España Arzobispo de Toledo nuestro muy caro é amado primo, é á los otros Arçobispos, Obispos, Prelados, Abades, Deanes, Cabildos, Provisores, Clérigos, Religiosos, Curas, Capellanes de todas las yglesias é monasterios de nuestros Reynos é Señoríos; é á los Duques, Marqueses, Condes, Maestres de las órdenes, Ricos omes, Priores de las órdenes, Comisarios é subcomisarios, Alcaydes de los castillos é casas fuertes é llanas ó á los de nuestro consejo, Presidente é Oydores de la nuestra audiencia, é á los Alcaldes de la nuestra Casa é Corte é Chancillería, é á todos los Concejos, justicias, regidores, veynte y quatro, Caballeros, escuderos, oficiales é omes buenos de todas las ciudades é villas é lugares de los nuestros Reynos ó Señoríos é á otras cualesquier personas de qualquier estado, condición, preheminencia ó dignidad que sean, nuestros súbditos é naturales, é á cada uno é qualquier de vos á quien esta nuestra carta fuere mostrada, ó el traslado de ella signado de escrivano público, salud é gracia.

Sepades que el devoto Religioso hermitaño frey Bernal Buyl, en nombre é como Corrector é Vicario general en las Españas del venerable é devoto padre frey Francisco de Paula Religioso hermitaño, nos fizo relación que el dicho frey Francisco con autoridad de Bulas apostólicas de Xisto quatro é de Inocencio octavo de buena memoria, han fundado ó instituydo una nueva orden de observancia é Religión de pobres hermitaños con ciertas facultades   —177→   é preheminencia á honor é servicio de Dios é sancto exemplo de buena vida; las quales Bullas de la institución é fundación de la dicha horden él querría publicar, é començar la dicha orden en algunas ciudades é villas é lugares de nuestros Reynos, é recibir para la dicha orden algunas casas é oratorios é hermitas que con la devoción de las buenas gentes les serán dadas, é que se teme é recela que por alguno ó algunos de vos le será puesto algund embargo ó impedimento en lo susodicho, diciendo ó alegando que la dicha horden es nueva, é que á la dicha causa ó por otra color alguna á dicho frey Bernal Buyl ó á los hermitaños, que consigo truxere ó con él habitaren en las dichas casas é oratorios é hermitas que assí le son é serán dadas é deputadas para bivir é mantener la dicha horden al servicio de Dios é buen exemplo de los católicos christianos, les será fecho ó consentido fazer alguna fuerza mal é daño é desaguisado alguno en sus personas ó en sus familiares ó bienes, suplicándonos cerca de lo susodicho les mandásemos proveer é remediar é como la nuestra merced fuesse. É por cuanto nos mandamos ver é examinar alguno de nuestro consejo las dichas bulas, é por la devoción que tenemos al dicho frey Francisco por la fama é común opinión de la su santa vida é conversación, é porque la dicha horden parece fundada en mucha pobreza é abstinencia, é otro [sí] por fiel buen concepto que tenemos de dicho frey Bernal Buyl vicario de dicho frey Francisco, tovímoslo por bien é por la presente damos licencia é facultad al dicho frey Bernal Buyl é á quien su poder oviere, para que como vicario é corrector del dicho frey Francisco pueda publicar é publique las dichas bullas é horden de hermitaños nuevamente instituída é puedan rescibir é resciban en nuestros reynos é señoríos todas las casas, oratorios ó hermitas que les fueren dadas é deputadas por quien se las pueda dar sin perjuizio de tercero. É para que los dichos hermitaños que agora son é serán de aquí adelante Religiosos de la dicha horden puedan gozar é gozen é les sean guardadas en nuestros Reynos é Señoríos todas las gracias, libertades é inmunidades é todas las otras cosas contenidas en las dichas bulas, rogamos é encargamos al dicho Cardenal é á todos los otros Arçobispos é Obispos é Prelados é Abades, Deanes é Cabildos é otras qualesquier personas   —178→   Religiosas [é] eclesiásticas, que así los guarden é cumplan é fagan guardar é cumplir, é no consientan ni den lugar que dicho frey Bernal Buyl é hermitaños que con él anduvieren ó estuvieren, así los que agora son como los que fueren de aquí adelante, ni á sus familiares les sea fecho ni consentido fazer en sus personas ni en sus bienes ni en cosa alguna de lo susodicho ningund mal ni daño ni desaguisado alguno, por cuanto nos los tomamos é recibimos so nuestro amparo é seguro é defendimiento Real al dicho Frey Bernal Buyl é á los otros Religiosos de la dicha horden así á los que agora son como los que fueren de aquí adelante. É porque lo susodicho sea mejor guardado ó cumplido mandamos á vos las dichas nuestras justicias é á cada uno de vos en nuestros lugares é jurisdiciones que lo fagades así pregonar; é si fecho el dicho pregón halláredes que algunas personas fueren ó vinieren contra lo en esta nuestra carta mandado é defendido, mandámosvos que procedays contra ellos como contra aquellos que quebrantan amparo é seguro puesto por su Rey é Reyna é Señores naturales; é los unos ni los otros non fagades ni fagan ende al por ninguna manera, so pena de la nuestra merced á la de diez mil maravedís para la nuestra cámara. É de mas mandamos al ome que vos esta nuestra carta mostrare que vos emplaze que parezcades ante nos en la nuestra corte do quier que nos seamos, del dia que vos emplazare fasta quinze días primeros siguientes, so la dicha pena; so lo cual mandamos á cualquier escribano público que para esto fuere llamado que dé ende al que vos la mostrare testimonio signado con su signo, por que nos sepamos en como se cumple nuestro mandado.

Dada en la ciudad de Zaragoza á seys dias del mes de Octubre año del nascimiento de nuestro señor Jesu Christo de mil é quatrocientos é noventa é dos años.

Yo el Rey.-Yo la Reyna.

Yo Joan de la Parra, secretario del Rey é de la Reyna nuestros Señores, la fize escribir por su mandado.

  —179→  

3.

Barcelona, 25 Febrero 1493. Manda el Rey á su tesorero general Miguel Sánchez entregar á Fray Buyl la suma de doscientas libras barcelonesas para la construcción de la ermita de San Ciprián en el lugar de Horta, situado á una legua de Barcelona.-Archivo general de la Corona de Aragón, registro 3.616, folio 150, v.

Fratris Bernardi Boyl.

Don Fernando, etc. Al magnífich y amat Conseller el thesorer general nostre Gabriel sánchez salut y dilectió. Diem y manamvos scientment y expressa que de qualsevol peccunies nostres é de nostra Cort, á mans vostres pervengudes é pervenidores, doneu é pagueu realment é de fet al Religiós é amat nostre frare bernat boyl, hermitá del orde dels hermitans de frare francesch de paula en la hermita de sanct Cibriá de orta, doscentas lliures Barchinoneses; les quals li manam donar graciosament per elmoyna per obrar la dita hermita. É en la paga y solució, que de aquelles li fareu, cobraren dell, ó de son legíttim procurador, ápocha de paga de la present. Per la qual als magnífichs y amats Consellers nostres, los mestres racionals de nostra Cort é á sos lochtinents é altres qualsevols, de vos dit thesorer general compte oydors, y diem y manam scientment y expressa que al temps de la reddició y examinació de vostres comptes, vos posant en data les dites Doscentes lliures Barchinoneses, é restituynt la present ab ápocha de paga, la dita quantitat vos reban y admetan en compte, tot dubte difficultat y contradictió cessants.

Data en la Ciutat de Barchinona á XXV dies del mes de febrer, Any de la Nativitat de nostre Señor Mil CCCC.LXXXXIII.

Yo el Rey.

Dominus Rex mandavit mihi lodovico gonçales.-Visa per b. ferrer pro conservatore generali.

  —180→  

4.

Barcelona, 20 Marzo 1493. Donación regia de la ermita de Santa María de la Victoria en Málaga.-Morales, pág. 366.

Don Fernando é Doña Isabel, por la gracia de Dios, Rey é Reyna de Castilla, de León, de Aragón, de Sicilia, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorcas, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdova, de Murcia, de Jahén, de los Algarves, de Algecira, de Gibraltar é de las Islas de Canarias, Conde y Condesa de Barcelona y Señores de Vizcaya é de Molina, Duques de Athenas y de Neopatria, Condes de Russellón y de Cerdania, Marqueses de Oristán é de Gociano.

Por cuanto vos, frey Bernal Buyl de la horden de los hermitaños de frey Francisco de Paula é su Vicario General en las Españas, nos fecistes Relación que vuestra voluntad é propósito hera y es de edificar é fazer monasterio de la dicha vuestra orden la hermita de sancta María de la Victoria extramuros de la noble ciudad de Málaga, por ser el sitio de ella bien dispuesto para habitar en ella los religiosos de la dicha orden, que en él ovieren de estar; é nos suplicastes é pedistes por merced vos ficiésemos merced é gracia é donación de la dicha hermita é de su sitio é territorio donde pudiéssedes fundar é facer el dicho monasterio;

Por ende, nos acatando lo susodicho ser servicio de Dios nuestro señor, é loor é ensalçamiento de la santa fe católica, é más acrescentamiento de la devoción á los fieles Christianos, tovímoslo por bien; é por la presente vos facemos merced é gracia é donación perfeta, non revocable para agora é en todo tiempo é para siempre jamás, á vos el dicho frey Bernal Buyl é á los otros Religiosos, que después de vos serán en dicha orden, de la dicha hermita de Sancta María de la Victoria con su sitio é territorio é hermita é tierras é viñas é heredades, que han sido ó fueron dadas ó repartidas para ella, según que lo mandamos señalar é limitar por otra, nuestra carta á fray Bartolomé hermitaño lego, que fasta aquí la ha tenido é posseído, para que la podades   —181→   tomar, é tomedes é aprehendedes la possessión Real é actual de la dicha huerta con sus hedificios é sitio é huerta é territorio, é la podades reformar é reformedes á la Regla é observancia de la dicha vuestra orden, é la poblar de los Religiosos della que vos vierdes que cumple, é labrar é edificar en ella é en su yglesia é casas é las otras oficinas della todas las labores é edificios que quisiéredes, é por bien tovierdes, como en casa propia de la dicha orden, segund é en la manera que se contiene en otras nuestras cartas que para ello vos avemos mandado dar, firmadas de nuestros nombres e selladas con nuestro sello.

E por esta nuestra carta mandamos á nuestro Corregidor é Alcalde é otros justicias qualesquier de la dicha ciudad de Málaga, que angora son é serán de aquí adelante, que luego que con ella por vos fueren requeridos vos den é entreguen la possessión de la dicha hermita con todo lo susodicho á ella perteneciente é vos defiendan é amparen en ella é non consientan ni den lugar que por ninguna ni algunas personas de ella seades desapoderados ni vos molesten ni inquieten en la dicha possessión agora ni de aquí adelante en tiempo alguno, sin que primero seades sobre ello llamado é oydo é vencido por derecho ante quien ó como debades, é que esto fagan é cumplan ansí, no embargante qualquier provisión ó provisiones que de nos tenga el dicho frey Bartolomé hermitaño; porque nuestra merced é voluntad es que la dicha hermita se haga casa é se reforme á la dicha orden de frey Francisco de Paula, según dicho es. É los unos ni los otros non faltan ni fagades ende al, por alguna manera; so pena de la nuestra merced é de diez mill maravedís á cada uno que lo contrario ficiese para la nuestra cámara. É demás mandamos al ome que vos esta nuestra carta mostrare que los emplaze que parezcan ante nos en la nuestra corte do quier que nos seamos, del día en que los emplazare á quince días primeros siguientes, so la dicha pena; so la cual mandamos á qualquier escrivano público, que para esto fuere llamado, que dé ende al que gela mostrase testimonio sinado con su sino, por que nos sepamos como se cumple nuestro mandado. Dada en la ciudad de Barcelona á veynte días del mes de Março año del nascimiento de nuestro Señor Jesu Christo de mil é quatro cientos é noventa é tres años.

  —182→  

Yo el Rey.- Yo la Reyna.

Yo Joan de la Parra Secretario del Rey é de la Reyna nuestros Señores la fize escrivir por su mandado. Registrada, Alonso Pérez.

5.

Barcelona (30 de Marzo?) de 1493. Ejecutoria de la provisión anterior.-Morales, pág. 369 y 370; Montoya4, pág. 406.

[El Rey é la Reyna.]

Concejo, Corregidor, Justicia, Regidores, Cavalleros, Escuderos, oficiales é omes buenos de la ciudad de Málaga. Por la mucha devoción que tenemos al venerable é devoto padre frey Francisco de Paula ermitaño, é á su orden nuevamente instituida, é no menos al devoto é onesto Religioso hermitaño fray Bernal Buyl su vicario General en estos nuestros reinos, querríamos que vosotros le diéssedes todo el favor é ayuda que vos pidiere é menester oviere; por manera que esta casa de santa María de la vitoria, que en esta ciudad le mandamos diputar para comienço de su horden, pueda aver efecto, é vaya de bien en mejor. Porque dende será comienço que otras casas de la dicha5 Orden se funden en estos nuestros reinos. En lo cual sed ciertos que nos faréis placer y servicio.

De Barcelona treinta de [Marzo?] de mil y cuatrocientos y noventa y tres6.

  —183→  

6.

Barcelona, 30 Abril, 1493. Documento inédito.-Archivo de la Corona de Aragón, registro 3.685, fol. 18 v.

Cursc.

El Rey é la Reyna. R.dos in xpo padres obispos de cartajena y de badajós7 del nuestro consejo y nuestros procuradores en Corte de Roma. Porque havemos recebido vuestras letras de XVII deste mes de Abril en esta hora, quando ya parte el correo que lieva esta, no vos podemos responder agora á las dichas letras. Por ende supplicareys de nuestra parte a nuestro muy Santo padre plega á su Sant.t no embiar los nuncios que screvís querrá embiar, fasta que hayays recebido nuest ra respuesta sobrello. De Barcelona, á XXX de Abril LXXXXIII años.

Yo el Rey.-Yo la Reyna.

Por mandado del Rey y de la Reyna. Miguel perez dalmaçan.

7.

Barcelona, 25 Mayo, 1493.-Morales, pág. 369; Morales, páginas 404 y 405.

Bachiller Juan Alonso Serrano, nuestro Corregidor de la ciudad de Málaga. Estando frey Buyl para ir á esta ciudad para poner en observación de su orden de hermitaños la hermita de Santa María de la vitoria, de que le fezimos merced, vos avemos escrito que pusiéssedes en ella á frey Fernando Panduro, ermitaño, para que en nombre é por parte del dicho frey Bernal, en tanto que él iva, Recebiese y cogiese las limosnas é labrasse algunas casas que eran necesarias de se labrar; y que si frey Bartolomé,   —184→   ermitaño, que tenía la dicha ermita, quisiese estar junto con él, le dexásedes, teniendo todavía el dicho frey Fernando el cargo de lo susodicho, como procurador de dicho frey Buyl; é agora, porque nos habemos ocupado algunos dias8 al dicho frey Buyl en cosas cumplideras al servicio de Dios é nuestro, en manera que él en persona no puede yr allá, es nuestra voluntad, é assí vos lo mandamos que, si no haveis puesto al dicho frey Fernando Panduro en la dicha hermita, para que por el dicho frey Buyl la tenga, sin dilación alguna le pongais luego, para que faga en ella lo que el dicho frey Buyl le mandare, para que cuando él é los otros flaires de su orden fueren, tenga reparadas é labradas las casas que son menester para estar en ellas los religiosos. É si el dicho frey Bartolorné quisiere allí estar en paz con el dicho frey Fernando, esté; é sino quisiere estar, quede en ella el dicho frey Fernando y los que ordenáre el diclio frey Buyl. E non fagades ende al.

De la ciudad de Barcelona, á XXV dias de Mayo de XCIII.

Yo el Rey.-Yo la Reina.

Por mandado del Rey é de la Reyna. Fernando Álvarez.

8.

Barcelona, 29 Mayo, 1493. Instrucciones dadas á Cristóbal Colón.-Navarrete; Colecc. diplom., XLV.

… Por ende sus Altezas, deseando que nuestra santa Fe Católica sea aumentada é acrescentada, mandan é encargan al dicho Almirante, Visorey é Gobernador, que por todas las vías é maneras que pudiere, procure é trabaje atraer á los moradores de las dichas islas é tierra firme, á que se conviertan á nuestra Santa Fe Católica; y para ayuda á ello, sus Altezas envian allá al devoto P. Fr. Buil juntamente con otros Religiosos, quel dicho Almirante consigo ha de llevar, los cuales, por mano é industria de los indios   —185→   que acá vinieron, procure que sean bien informados de las cosas de nuestra Santa Fe, pues ellos sabrán é entenderán ya mucho de nuestra lengua, é procurando de los instruir en ella lo mejor que se pueda.

9.

Barcelona, 7 Junio, 1493.-Archivo general de la Corona de Aragón, registro 3.685, folios 26-27.

R.dos in christo padres, obispos de Cartagena y de badajós, del nuestro conseio é nuestros procuradores en Corte de Roma. Como quier que por otra carta nuestra vos scrivimos sobre la yda de fray buyl á las yslas que agora se fallaron, con todo havemos acordado poner aquí la suma de lo que se ha de obtener de nuestro muy Santo padre. Vet lo uno y lo otro, y procurat de lo obtener muy cumplidamente. El dicho fray buyl á causa de la presta partida no ha havido tiempo de lo fazer saber a [su] superior ni de obtener licencia dél; y también por ser aquella tierra tal y el camino tan largo podrá ser que por no fallar otra cosa él y los religiosos que consigo levare havrán de comer carne, huevos, queso y leche. Suplicareys de nuestra parte á nuestro muy Santo padre le plega otorgar por su bulla apostólica al dicho fray buyl y á cualesquier persona ó personas eclesiásticas, que nos para ello nombráremos, todas las facultades contenidas en un memorial que aquí va. Ca, vista la tan grande distancia como hay de tierra firme á las dichas yslas, sin duda son muy necesarias para las ánimas de los que se convertirán en las yslas y de los que irán á estar en ellas; e si no se otorgasen es de creer que pocos, é ninguno querría ir allá, porque les sería muy diffícile haver el remedio de cada cosa destas, quando menester la hoviesse: y por esto creemos que su Santidad no lo difficultará por servicio nuestro. Ponet muy grande diligencia en obtener la dicha bulla y breve con todas las cláusulas y firmezas necesarias, y porque conviene que vengan antes que la armada se parta, embiádnoslas lo más presto que se pudiere; que en ello nos servireys mucho.

  —186→  

De Barcelona á VII de Junyo de LXXXX tres años.-Yo el Rey.-Yo la Reyna.-Por mandado del Rey e de la Reyna. Miguel Pérez dalmaçan.

Illustrissimi ac christianissimi Ferdinandus et Helisabet, castelle et legionis, etc. Regnorum Rex et Regina, mittunt fratrem Bernardum Boyl ordinis fratrum minimorum heremitarum fratris francisci de paula, et in Hispaniis dicti fratris francisci vicarium generalem, eundem ordinem expresse professum, in presbiteratus ordine constitutum9 ad nonnullas insulas infidelium, ut eos, auxilio divino sibi assistente, ad fidem christi convertat. Placeat Sanctissimo domino nostro pape dare sibi licenciam et potestatem ut in singulis Civitatibus, castris, villis, terris et locis dictarum Insularum, per se vel personam ab eo deputandam possit, quoad vixerit, verbum dei populo predicare, ac quecumque, ecclesias, capellas el loca pia erigere, construere, ac erigi et construi facere, necnon consacrare, benedicere et, si polluta forent, reconciliare, ac quecunque ecclesiastica sacramenta conferre, necnon, quoscunque seculares vel quorumvis ordinum regulares ad audiendum confessiones quorumvis confiteri volencium ac absolucionem a quibusvis criminibus excessibus et peccatis, eciam si talia forent propter que sedes apostolica esset merito consulenda, tociens quociens impendendum, ac penitenciam salutarem injungendum deputare. Propterea, omnes christi fideles, qui ad dictas insulas pro illas fidei christiane adquirendo, de mandato et voluntate dictorum Regis et Regine se contulerint, possint eligere quemcunque confessorem secularem vel regularem, qui eos a quibusvis excessibus et cetera ut supra, absolvat, ac indulgenciam plenariam semel in vita et in mortis articulo concedas, etc.

  —187→  

10.

Bula de Alejandro VI, 25 Junio 1493. Publicóla en parte y no sin erratas Odorico Raynaldi10. El texto íntegro que acompaño, tomado de los archivos del Vaticano, y legalizado en debida forma, se dignó proporcionármelo el Eminentísimo señor Cardenal D. Juan Simeoni11.

Alexander etc. Dilecto filio Bernardo Boil, fratri Ordinis Min[im]orum, Vicario dicti Ordinis in Hispaniarum Regnis salutem, etc.

Piis fidelium, presertim Catholicorum Regum et Principum, votis, que Religionis propagationem, divinique cultus augumentum, et fidei Catholice exaltationem, acanimarum salutem respiciunt, libenter annuimus; eaque, quantnm cum Deo possumus, favoribus prosequimur oportunis. Cum itaque, sicut Carissimus in Christo filius noster Ferdinandus Rex et Carissima in Christo filia nostra Elisabet Regina Castelle et Legionis Aragonum et Granate Illustres Nobis nuper exponi fecerunt, ipsi fervore devotionis accensi desiderantes quod fides Catholica in terris et insulis per eos de novo versus partes Orientales12 et mare Oceanum repertis, antea aliis incognitis ac aliis imposteram reperiendis floreat et exaltetur, decreverunt te ad partes illas destinare, ut inibi per te et alios Presbiteros seculares vel religiosos ad id ydoneos et per te deputandos verbum Dei predicent et seminent,   —188→   ac incolas et habitatores insularum et terrarum predictarum, qui fidei nunc cognitionem non habent, ad fidem nostram ac religionem christianam reducatis, et in mandatis Domini eos ambulare doceatis et instruatis: Nos sperantes quod ea que tibi duxerimus committenda, fideliter et diligenter exequeris, tibi qui Presbiter es, ad insulas et partes predictas etiam cum aliquibus sociis tui vel alterius Ordinis, per te aut eosdem Regem et Reginam eligendis, Superiorum vestrorum, vel cuiusvis alterius super hoc licencia minime requisita13, accedendi et inibi, quandiu volueris, commorandi, ac per te vel alium, seu alios ad id ydoneos Presbiteros seculares vel religiosos Ordinum quorurmcumque, verbum Dei predicandi et seminandi, dictosque incolas et habitatores ad fidem Caholicam reducendi, eosque baptizandi et in fide nostra instruendi, ac cetera sacramenta, quotiens opus fuerit, ipsis ministrandi, ipsosque et eorum quemcumque14 per te, vel alium, seu alios Presbiterorum15 seculares vel religiosos, in eorum confessioribus, etiam quotiens opus fuerit, audiendi illisque diligenter auditis, pro commissis per eos criminibus, excessibus et delictis, etiam si talia fuerint propter que Sedes Apostolica quovis modo fuerit consulenda, de absolutionis debito providendi, ipsisque penitentiarn salutarem iniungendi, nec non vota quecumque per eos pro tempore emissa, Jerusolimitan., liminum Apostolorum Petri et Pauli, ac sancti Jacobi in Compostella, et religiosos votis duntaxat exceptis, in alia pietatis opera commutandi; ac quecumque16 Ecclesias, Capellas, Monasteria, Domos Ordinum quorumcumque, etiam mendicautium, tam virorum quam mulierum, et loca pia cum campanilibus, campanis, claustris, dormitoriis, refectoriis, ortis ortaliciis et aliis necessariis officinis sino alicuius preiudicio erigendi, construendi et edificandi, ac Ordinum mendicantium professoribus17 domos, quas   —189→   pro eis construxeris et edificaveris, recipiendi et postremo inhabitandi18 licentiam concedendi; dictasque ecclesias benedicendi, et quotiens illas earumque Cimiteria per effusionom sanguinis vel seminis vel alias violari contigerit, aqua19 prius per aliquem Catholicum Antistitem20, ut moris est, benedicta21, reconciliarsdi: et etiam, necessitatis tempore, super quo consciencias vestras oneramus, carnibus et alias cibis tibi et sociis tuis predictis, iuxta regularia dictorum Ordinum instituta exhibitis22, libere et licite vescendi, omniaque alia et singula in premissis et circa ea necessaria, et quomodolibet oportuna faciendi, gerendi23, exequendi et dispensandi, plenam liberam et omnimodam, auctoritate Apostolica et ex cerca scientia tenore presentium, facultatem, licentiam, potestatem et auctoritatem concedimus pariter et elargimur.

Et insuper ut Christifideles24 eo libentius devotionis causa ad dictas terras et insulas confluant, quo suarum se speraverint salutem animarum adepturos, omnibus et singulis utriusque sexus Christifidelibus predictis, qui ad predictas terras se personaliter, de mandato tamen et voluntate Regis et Regine predictorum, contulerint ut ipsi et quilibet eorum Confessorem ydoneum, secularem vel regularem, eligere possint, qui eos et eorum quemlibet, modo premisso, ab eorum criminibus patratis et delitos, etiam dicte Sedi reservatis, absolvat, ac eorum vota etiam conmutare25, nec non omnium peccatorum suorum, de quibus corde contriti et ore confessi fuerint, indulgentiam et remissionem ipsis in sinceritate fidei, unitate Sancte Romano Ecclesie, ac obedientia et devotione nostra et successorum nostrorum Romanorum Pontificum canonice intrantium persistentibus, semel in   —190→   vita et semel in mortis articulo, auctoritate prefata concedere valeat; nec non Monasteriis, locis et domibus erigendis et edificandis, ac Monachis et Fratribus in illis pro tempore degentibus, ut omnibus et singulis gratis, privilegiis, libertatibus, exemptionibus, immunitatibus, indulgentiis et indultas aliis Monasteriis, locis, domibus, Monachis et Fratribus Ordinum, quorum illa et illi fuerint, in genere concessis et concedendis imposterum, uta, potiri et gaudere libere et licite valeant, auctoritate prefata de Specialis dono gratie indulgemus, non obstantibus fe. me.26, Bonifacii PP. VIII, predecessoris nostri, ne quivis Ordinum mendicantium fratres, nova loca recipere presumant absque dicte Sedis licentia speciali27, et alias Apostolicis constitutionibus, statutis queque et consaetudinibus dictorum Ordinum, juramento confirmatione Apostolica vel quavis firmitate alia roboratis, quamquam tu de personas in ecclesiastica dignitate constitutis, quibus litere Apostolice dirigi debent, non existas, ceterisque contrarias quibuscumque. Verum, quia difficile foret presentes literas ad singula queque loca, in quibus expediens fuerit, deferre, volumus et dicta auctoritate decernimus, quatenus illarum Transumptis manu pnblici Notarii ande rogati subscriptis, et sigillo alterius persone ecclesiastice munitis ea prorsus fides indubia in indicio etc., ac alias ubilibet adhibeatur, que presentibus adhiberetur, si essent exhibite vel ostense. Nulli etc. nostre concessionis, elargitionis, indulti, voluntatis et decreti infringere etc. Si quis etc. Datum Rome apud sanctum Petrum, Anno etc. MCCCCLXXXXIIIº, septimo Kal. Julii, Pontificatus Nostri Anno Primo.

Gratis de mandato S.mi D. N. Pape, pro Rmo. A. de Munarellis.-Collat. Phy. Pontecurvo, H. de Casanova28.

  —191→  

11.

Barcelona, 12 Julio 1493.-Archivo general de Indias (Sevilla). Libro de Registro del oficio de Hernando Álvarez, secretario de los Reyes Católicos29, fol. 44 vuelto.

El Rey é la Reyna.

Don Juan de Fonseca del nuestro Consejo. Después que de aquí partisteis pensamos en el memorial que quedó que se hiciese acá para las cosas que se an de llevar a las yslas de las Indias de aderesço para decir misa y dar los sacramentos; y parésçenos que donde va frey buyl y estays vos que es demasiado hacer aquí el memorial conveniente; pues acá no se pudieron facer por ser el término tan breve, Acordamos de lo remitir á frey buyl y a vos para que se lleve todo lo que vos paresçiere que se deve llevar; y Juan Aguado nuestro Repostero vos dirán30 lo que acá se fablava. Con ser tan bueno, vedlo; y vaya como á vos y á frey buyl paresciere. Y porque mas presto se aya, vos enviamos una carta del Arçobispo de sevilla31 para su provisor que os faga dar de quales quier yglesia y monesterio desa cibdad todo lo que fuere menester, pagándoles lo que valiere, por ser servicio nuestro que fagais que los monesterios ó yglesias sean muy bien pagados de lo que dieren; que nos escrivimos á francisco pinelo que lo paguen32 como gelo mandardes, y al conde de cifuentes que entienda en ello segund que lo dixiéredes, ó scriviéredes, porque mas presto sea despachado. De barcelona á XII de jullio de XCIII años.

  —192→  

12.

Barcelona, 12 de Julio de 1493.-Registro de Hernando Álvarez, fol. 45.

El Rey é la Reyna.

D. Juan33, etc. Nos vos mandamos que fagais que la persona que lleva cargo de los mantenimientos, que van en la nuestra Armada á las yslas é tierra firme descubiertas é por descobrir en el mar océano Á la parte de las yndias, que dé á frey buyl é á los otros freyles é clérigos, que van con él á las dichas yslas, El mantenimiento que ovieren menester todo el tiempo que allá estovieren; e faceldos asentar en el número de la gente que mandamos yr á las dichas yslas, y Asimismo facedles dar paño para su vestuario, de que nos les facemos merced é limosna. De Barçelona, Á XII de Julio de XCIII años.

13.

9. -Barcelona, 25 de Julio 1493.-Navarrete, LII.

El Rey é la Reyna.

Devoto Fray Buyl. Agora vino de Roma la Bula34 que enviamos á demandar, así para lo que á vos toca, como para lo que es menester allá en las Islas: el traslado de ella autorizado vos enviamos como vereis: la original queda acá por algun peligro que podría haber en el camino: mucho nos ha placido, porque nos paresce que viene como cumple. Facednos saber si es menester otra cosa, por que escribamos luego para ello. De Barcelona á veinte y cinco de Julio de noventa y tres años.

  —193→  

14.

10.-Barcelona, 4 de Agosto de 1493.-Navarrete, LX.

El Rey ó la Reyna.

Devoto Fray Buyl. Vimos vuestra letra, y en servicio vos tenemos facernos saber largamente lo que allá ha pasado: así vos rogamos lo fagais lo que mas hobiere, así antes de la partida como despues en vuestro viaje é en todo el tiempo que allá estobiéredes; y cerca de las cosas que nos escribísteis que allá han pasado mucho enojo hemos habido de ello, porque Nos queremos que el Almirante de las Indias sea mucho honrado y acatado como es razón, y segund el estado que le dimos; y porque Nos escribimos sobre ello al dicho Almirante é al Arcediano de Sevilla35, de tal manera que todo será remediado en adelante, non conviene más aquí decir en ello sino que allá vos enviamos36 con otro mensagero el traslado de la bula que vino de Roma para lo que á vos toca, y vino muy bueno. Nos vos rogamos que en tal manera entendais en todo lo que es á vuestro cargo, que Dios nuestro señor sea servido y nosotros asimismo, y ello esté segund conviene é de vos lo confiamos. De Barcelona cuatro de Agosto de noventa y tres años.

15.

Barcelona, 5 Setiembre 1493. Al P. Fr. Antonio de Marchena.-Registro de Fernando Álvarez, fol. 56.

El Rey é la Reyna.

Devoto religioso. Porque confiamos de vuestra sciencia aprovechará mucho para las cosas que ocurrieren en este viaje, donde va don Xºval Colón nuestro Almirante de las islas é tierra firme   —194→   por nuestro mandato descubiertas é por descubrir en el mar océano, como se vos dirá é escrivirá, querríamos que por servicio de dios é nuestro fuésedes con él este viaje para estar allá por algunos días37; é nos vos rogamos y encargamos que vos dispongais para ello y vais con el dicho nuestro Almirante; que demás de servir en ello á Dios, nosotros Recibiremos de vos señalado servicio; y nos escrivimos al provincial y al custodio desa provincia, qual dellos se fallare ende que vos den licencia para ello; bien crehemos que lo farán; y esto poned en obra, en lo qual mucho servicio nos fareis. De Barcelona á V de Setiembre de XCIII años.

16.

Barcelona, 5 Setiembre 1493.-Registro de Hernando Álvarez, fol. 56.

El Rey é la Reyna.

Devoto padre provincial38. Porque confiamos en39 la sciencia40 … frayle de vuestra orden, aprovechará mucho para muchas cosas en este viaje, que por nuestro mandamiento va el Almirante de las yslas é tierra firme por nuestro mandado descubiertas é por descubrir en el mar océano, como él vos escrivirá, querríamos que fuese allá con él. Nos vos rogamos é encargamos que le deis licencia para ello, y proveais como lo ponga en obra; y allende de servir en ello á dios, nosotros Recibiremos mucho servicio. De barcelona, á V de Setiembre de XCIII años.

  —195→  

17.

Barcelona, 5 Setiembre 1493.-Registro de Hernando Alvarez, fol. 56 vuelto.

El Rey é la Reyna.

Devoto fray Buyl. Porque sabemos el placer que avreys en saber el buen estado en que, á Dios gracias, está esto de la restitucyón de Ruysellón que vos tanto trabajasteis41, acordamos de vos lo facer saber, como vereys por la carta que escrivimos al Almirante don Xºval Colón é á don Juan de Fonseca, Arcediano de Sevilla, la qual vos rogamos que ayais por vuestra. De Barcelona á V de Setiembre de XCIII años.

18.

15. Perpiñán, 13 Setiembre 1493.-Archivo municipal de Barcelona, colección ó tomo de cartas reales (originales) desde el año 1486 hasta el 1498.

El Rey.

Amados y fieles nuestros. Ya haveys oydo dezir los tratos y pendencias que teníamos con el Rey de francia. Él agora, cumpliendo con nos, muy liberalmente y con mucho amor nos ha entregado esta villa y fortaleza de perpinyán, y la ciudad de Enna42, y las otras villas y fortalezas destos nuestros condados   —196→   de Rossellón y Cerdanya; y nos ha scrito el dicho Rey que la causa porque fasta agora no ha fecho la dita entrega ha sido por assentar primero la paz con los Reyes de los romanos y de Inglaterra43, porque se conociesse claramente que no lo faz e por necesidat alguna, salvo por el amor que tiene con nos. Después de la dicha entrega, oy fecha desta havemos entrado en esta dicha Villa, donde nos han recibido con mucha fiesta, y con tanto amor y alegría que se conoce bien el plazer que han havido con nuestra venida. Avemos acordado de vos lo fazer saber por el plazer que sabemos recebireys dello. Del nuestro Castillo de perpinyán, á XIII de Setiembre, Año de Mil CCCCLXXXXIII.-Yo el Rey.-Coloma Sechetarius.

Á los amados é fieles nuestros los Conselleres de la Ciudat de barchelona.

19.

Carta de los Reyes á Fray Buyl. Segovia 16 de Agosto de 1494.-Registro de Hernando Álvarez, fol. 66, vuelto44.

El Rey ó la Reina.

Devoto padre fray buyl. Vimos vuestra letra que con torres45 nos enviastes; y mucho vos gradescemos y tenemos en servicio   —197→   lo que por ella nos escrivistes, y ovimos mucho placer de verlo así largamente como en vuestra carta venía. Nos vos rogamos y encargamos que así lo continuees; porque allende en todo lo que escrivís, sabemos que será cierto, y lo que de lo de allá aveys sabido y conoscido vos lo desís tan bien dicho que nos da, mucho placer. Y quanto á lo que nos escrivistes que pensais que vuestra estada allá no aprovecha tanto como pensábades por falta de la lengua, que no ay para facer yntépretes con los yndios, y que por esto vos querríades venir por servicio nuestro: que esto no se falta por agora en manera alguna. Bien creemos que después que nos escrivistes avrá avido alguna forma de lengua para que comience á dar fruto vuestra estada allá. Y aunque por esto agora no aproveche tanto, sabemos que vuestra estada allá es muy necesaria y provechosa por agora y para muchas cosas. Por ende nos vos mandamos é encargamos, si vuestra salud da logar á ello, que por servicio nuestro en todo esto sobreseays en ello, fasta que nos vos escrivamos; é si vuestra dispusición no diere lugar á ello é oviéredes de venir, dexad allá el R.º qual convenga con vuestro poder, para que en todo lo espiritual de allá pueda proveer. Y en lo que nos scrivistes que se procurase de Roma, nos ternémos cuydado dello, y en todas las otras cosas que truxo torres de allá; porque él va respondiendo á todo ello. No es menester en qué más decir, sino que nos fays mucho servicio en que de contino nos escrivays todo lo que de allá más aveys sabido y supierdes. De Segovia, á XVI de agosto de XCIV años.

20.

17. (Inédito). Segovia 16 Agosto 1494.-Registro de Hernando Álvarez, fol. 68.

Memorial de las cosas que ha de proveer don Juan de fonseca Arcediano de Sevilla para enviar Á fray buyl y á los frayles que con él están en las yndias.

Un vaso de plata para consagrar.

Una tienda para decir misa, porque algunas veces van por la tierra, donde no ay casa donde se pueda dezir.

  —198→  

Açúcar, é pasas é Almendras.

Alpargates para se calçar.

Vidrio, é platos, y escudillas en que coman.

Algunas conservas.

Paño para se vestir todos los Religiosos.

Alguna Ropa en que duerman los frayles.

21.

Segovia, 16 de Agosto de 1494. Postilla regia al Memorial de Cristóbal Colón.-Registro de Hernando Álvarez, fol. 129.

Demás de las cosas susodichas mandan á don Juan de fonseca que provea luego en las cosas siguientes.

Á antonio de torres mandan sus Altezas que le pague don Juan todo lo que le es devido del sueldo Á él y otras personas que vinieron con él, desde que les fué asentado hasta el tiempo de su partida, descontando lo que les han pagado.

Item: Que envie luego á fray buyl en estas caravelas lo que va por un Memorial á parte desto que va señalado de Fernand Álvarez; y asy mismo le envíe todo lo que más que paresciere que avía menester allá fray buyl para él y para sus flayres.

22.

Madrid, 3 de Diciembre de 1494.-Minuta hecha por Muñoz (t. cit., folio 181) sobre el códice que describe así: Registro general, Cámara, Secretario Hernand Álvarez.

«Los Reyes á Juan de Fonseca. Placer por la nueva de ser venidas caravelas de Indias, y venga al punto Frai Buil. El oro, que trujeron, amonédese, y páguese á la gente que vino; y vengan para vellos esos granos de oro.»

  —199→  

23.

Madrid, 16 Febrero 1495. Los Reyes á su embajador en Roma. Fray Buyl por enfermo, no puede regresar á América. Documento inédito.-Archivo general de la Corona de Aragón, registro 3.685, fol. 102 r.

El Rey é la Reyna. Garcilasso de la Vega, nuestro capitán y del nuestro conseio y nuestro embaxador en corte de roma. Nuestro muy santo padre otorgó estos días passados á suplicación nuestra a fray bernat boyl ciertas facultades para en las yslas nuevamente falladas, de las quales se fallará allá el registro. Y porque el dicho fray boyl es venido aquí de las dichas yslas doliente, de manera que no puede volver allá, suplicareys de nuestra parte á su santidad que le plega otorgar por su breve todas las dichas facultades que otorgó al dicho fray buyl46 á la persona que nos nombráremos, lo qual miraremos que sea qual cumple para el servicio de Dios; y embiatnos el dicho breve lo mas presto que ser pudiere. De Madrid, á XVI de febrero de LXXXXV años.

Yo el Rey.-Yo la reyna.

Por mandado del Rey é de la Reyna. Miguel peres dalmaçan.

24.

Madrid, 18 de Febrero de 1495.-Minuta de Muñoz citando el registro sobredicho de Hernand Álvarez.

«Rey y Reina á Juan de Fonseca, Deán de Sevilla y del Consejo. Que con lo que Fray Buil y demás que han venido informan, se ve clara más la gran necesidad de los que están en Indias; y procure, según le estaba ordenado, despachar sin dilación 4 caravelas con bastimentos, etc., para que aquello se sostenga.» Al margen añadió Muñoz: «Buil venido

  —200→  

25.

Madrid, 9 Abril, 1495. Carta de los reyes á D. Juan de Fonseca, sobre que Fray Buyl no vuelve á las Indias.-Registro de Hernando Álvarez, fol. 77; Navarrete LXXXV.

El Rey é la Reyna.

Reverendo en christo Padre Obispo. Por estas letras que aquí vos enviamos, verés lo que vos escrivimos cerca de las quatro caravelas que avés Agora de enviar Á las yndias. Y porque temiendo que Algo ha dios dispuesto del Almirante de las yndias en el camino que fue, pues que ha tanto tiempo que del no sabemos, tenemos Acordado de enviar allá al comendador diego carrillo, ó Á otra persona principal de R.º, para que en absencia del Almirante provea en todo lo de allá, y aun en su presencia remedie en las cosas que convenieren remediarse, segund la información que ovimos de los que de allá vinieron. Y porque este no pudo partir tan presto como es menester que vayan estas caravelas para llevar mantenimientos Á los que allá están, por la necesidad que sabemos que tienen; Acordamos que vayan Agora estas quatro caravelas, y que la persona que enviaremos irá en las otras caravelas que fueron Al fin de mayo ó Al comienço de junio, dios queriendo. Y fasta que estas vayan Nos paresce que no deve de yr ninguno de los onbres que de allá vinieron, que solían tener algunos cargos Allá; porque el que fuere se ynformará en como usavan dellos Por las quexas que unos dan de los otros, y es mejor que estén Acá fasta que vaya el que nosotros enviaremos.

Por ende Nos vos mandamos y encargamos que busqués alguna persona de Rº, que vaya en estas caravelas y lleve en cargo los mantenimientos é otras cosas que en ellas enviáredes, y las dé allá y reparta como se devieren repartir, á vista del almirante sy allá estoviere, ó en su Absengia dél Á vista é parescer de los que allá están; y que se ynforme bien del estado de las cosas de allá, y cómo se govierna lo de allí; y qué Remedio ha menester, y Á   —201→   cuyo cargo es cualquier cosa de falta que en ello ha Avido ó Ay; y también se ynforme de los que acá son venidos como usavan de sus cargos; y encargadle que con esta ynformación se venga Acá para nos facer Relación de todo. Y para esto, en estas cartas que vos enviamos para los que están en las yndias, henchid la persona que enviáredes, y decidle lo que ha de hacer conforme con esto; pero si hallare el Almirante, esté en todo Á su governación; pero Aya la ynformación que aquí decimos y véngase luego.

Asymismo, porque frey buyl no va allá, agora que tenía facultad del papa para los casos episcopales en las yndias, y Allá Ay falta de Algund clérigo, persona de conçiençia é algunas letras; para esto Nos vos mandamos y encargamos que busqués Algund clérigo para esto de buena conçiençia ó de Algunas letras que vaya Allá Agora con estas caravelas, y esté Allá por algund tiempo en tanto que nos preveemos en esto; y aquí nos enviamos poder de frey buyl para la persona que vos nombráredes.

Por servicio nuestro que en todo esto pongais mucho, mucho, Recabdo y diligençia, y trabajés cómo estas caravelas Partan luego; porque, como vos nos escrivistes, creemos que los que Allá están tyenen mucha neçesidad, y es cargo de conçiençia de no proveerlos luego. De madrid, Á IX de abril de XCV Años.

26.

Madrid, 9 Abril 1495. Carta de los Reyes a D. Juan de Fonseca, obispo de Badajoz.- Registro de Hernando Álvarez, fol. 79.

El Rey é la Reyna.

Reverendo yn christo padre Obispo. Á nos es dicho que algunos de los que están en nuestro servicio en las yndias se querrán venir, y porque sería menester proveer de otras personas que allá syrvan, nos vos mandamos que los que pudiéredes encaminar que vayan á las dichas yndias, lo fagays, é que vayan entre ellos algunos frayles é clérigos de misa que celebren los devinos oficios en las dichas yndias: en lo qual señalado servicio nos hareis. De Madrid, Á IX de abril de XCV años.

  —202→  

27.

Carta de los Reyes al obispo de Badajoz. Arévalo 1.º de Junio de 1495. -Registro de Hernando Álvarez, fol. 88 v.-90 v.

El Rey é la Reyna.

Reverendo en christo Padre Obispo. Vimos vuestras letras asy con el correo que nos enviastes, como con antonio de torres; é cerca del concierto que se hizo con Juanoto Berardi para las quatro caravelas que ha de dar para las yndias que desís que querés saber que si las ha de dar con los Aparejos doblados como se fletan los otros que van á las yndias. Ya vistes el scriptura del concierto que con él se hizo, que vos enviamos, como diz que Asy como se fletava las otras caravelas que van á las yndias á tres mill maravedises la tonelada, que así las ha él de dar Á (dos mil) la tonelada; é segund esto, de la forma en que se fletaban las otras caravelas ha de dar él estas; que en otra manera no baxa quel hizo47 sino más costa.

Y quanto á lo que decís que el dicho Juanoto no ha dado las cuatro caravelas que se obligó, aunque es pasado el término del escritura que hizo después que le requeristes y luego no las diere; pues hay tanta necesidad de mantenimientos en las yndias tomad las cuatro que teneys fletadas y enviadlas luego; que si después diere Juanoto estas cuatro caravelas que agora avía de dar, serán para las otras segundas que han de yr; y si luego diere el dicho Juanoto estas cuatro caravelas satisfazed á las otras que teneys fletadas, como mejor pudierdes, pero hazed de manera que las unas ó las otras se partan luego; y que por ninguna cosa se detengan, que aunque luego partan, van harto tarde, segund la necesidad nos dize torres que allá tienen.

Y quanto á la gente que vos enviámos mandar que procurásedes de enviar en esta cuatro caravelas para mudar los que allá   —203→   están, y que dezís que es menester provisión nuestra para seguralles que les dexarán venir conplido el término que asentaren de estar allá; é para seguralles que no les serán tomados los mantenimientos que llevaren, ya vos la enviamos de la forma é manera que la demandasteis. Hacedla publicar para que se aseguren los que dezís que están escandalizados é temerosos de yr allá, y procurad aun en todo caso vayan algunos, para que se remuden los que allá están.

Y quanto á la provisión que dezís que devemos mandar dar para que dexen venir los que quisieren de los que están en las yndias, bien creemos que, si se da asy generalmente, que non quedará allá ninguno; y por esto sería bien que antes fuesen de acá algunos, que mandar dar esta provisión así general; pero asy por esto como por alyviar la costa de la gente; que ay mucha é sin provecho, escrivimos al almirante que asy de la gente que allá tiene como de cualquiera que agora se le enviare, dexe allá hasta en número de quinientas personas, en que aya oficiales de todos los oficios é otras personas de provecho los que fueren menester, y que de los otros dexe venir los que más necesidad tovieren para venir. Con esto nos paresce que está bien proveydo por agora para que se venga la gente que allá está demasiada y tiene más necesidad de venir; y la costa será menos, pues no han de quedar allá más de quinientas personas entre todas.

Y quanto á la forma que vos paresçe que se deve tener en el partir de los mantenimientos allá en la ysla por la mala órden que allá se ha tenido, nos paresce que vos con consejo é paresçer de algunos de los que son venidos de las yndias, deveys tasar lo que razonablemente deven dar á cada persona; y que dello envieys al almirante una relación firmada de vuestro nombre, que le nos escrivimos que haga dar á cada persona lo que por ella ovier de aver por quinze dias juntamente; y así de quinze en quinze dias; y que no je lo puedan quitar, en tanto que allá oviere bastimentos, se no hiziere delito que merezca pena de muerte, é non en otra manera; y asimismo escrivimos al dicho almirante que todos los bastimentos que enviaren de acá á los que allá están sus mugeres, ó parientes, ó amigos, que gelos dexe, y que no les tome dellos cosa alguna, salvo que gozen dellos libremente.

  —204→  

Y quanto á lo de la yda de maestre pablo, trabajad como en todo caso vaya; y si todavía ynsistiere en no yr, hazed cobrar dél las cyen doblas que le dieron, pues á su culpa dexa de yr, é en todo caso procurad que vaya.

Y quanto á lo que dezís de las personas que fueron con el almirante para lavadores é para otros cargos, é que no les dexa venir, ántes tiene adornado de los desterrar por algunos delitos que dize que hizieron, nos le escrivimos que nos envíe acá todas las personas que nos escrevistes; y sy algunos dellos fizieron algunos delitos por donde merezcan pena, nos envíe acá los procesos que contra ellos tienen fechos, por que acá gela mandarmos dar. Enviad con Juan aguado todas estas cosas que escrevimos al almirante.

Y quanto á la parte que vos demanda Juanoto48 de los esclavos que truxeron de las yndias, en nombre del almirante, ya sabeys la duda que nosotros tenemos en si todos deven ser esclavos ó no; y hasta que esto sea visto por algunos letrados á quienes avemos mandado que entiendan en ello, no nos podemos determinar en esto. Paréscenos que pues la venta que hazés de los esclavos se haze por ante persona que es fiable (á) Juanoti, que deveys sobreseer en dar á guanote49 lo que demanda hasta que sea determinado si son esclavos ó no; porque sabido la derminación desto, verémos lo que prometemos al almirante. En lo de barcelona mandamos asentar con él; y aquello mandaremos conplir muy enteramente. Y vos deveys dezir á Juanot muy secretamente, para que Á ninguno lo diga, la causa por qué no respondemos con más determinación en esto que pide de los esclavos, que procurarse ha como muy presto determinen los letrados la justicia desto; luego vos lo haremos saber para que si se pudiere alcanzar allá antes que partan las caravelas, por que hagamos saber al almirante la determinación desto, para que se sepa si podrá enviar más esclavos ó no; pero por esto no se detenga la partida de las caravelas.

  —205→  

Y quanto á la ochava parte que el dicho Juanoto demanda en nombre del Almirante del oro que se truxo de las yndias, asy del oro en ochavo como deste: quanto á lo del oro en ochavo, como torres sabe, mucho más mandamos dar Al almirante en dias de lo que montó aquel ochavo, y por esto no es menester que se lo dedes; y quanto á la ochava parte desto que agora vino, hacédgela dar, que después se hará cuenta de lo que le perteneciere, é se verá lo Recaudado.

Y quanto al diezmo que pertenesçe Al dicho Almirante de lo que de allá A venido, pues dice que en aquéllo no quiere hablar Ágora, quédese para después. Pues como sabés las costas son tantas que si oviese á próroga el Xºm50 de ellas como es obligado, montaría mucho contra en ello.

Y quanto al diesmo que el dicho Juanoto demanda en nombre del almirante de los esclavos por razon de almirante, se responde lo mismo que se contiene en el capítulo de suso que habla de los esclavos; y allende dello vos os deveys ynformar de la forma que se tiene ende por el almirante de Castilla quando semejantes esclavos vienen que son nuestros; é enviadnos la ynformación que sobre ellos ovierdes.

Y quanto á los oficiales de contadores que nombró el almirante en lugar de bernal dias de pisa, nos gelo enviamos mandar que lo fiziese y vos deveys conplir lo que aquellos libraren á los que allá están.

La provisión que nos screvistes que mandemos enmendar para los que han de ir Á descobrir Á las yndias, vos enviamos henmendada de la forma que verés hávil51 de publicar.

Y quanto al memorial que nos enviastes que vos dió diego de Salzedo de cosme torras, por que todo lo contenido en él toca Al obispo de ávila52 é él no está aquí; no se prové de aquello. Quando venga53, que será presto, gelo mandarémos dar, et mandarémos que se provea en aquello como conviene.

  —206→  

Quanto al ardid de allende que diz que tienen los de xerez54 é que nos piden que les fagamos merced de la mitad del que va, pues que dezís que se esperan que será buena cosa aquello, dios queriendo, plásenos dello. Y la otra mitad ser á para nos y para el almirante de castilla.

Qvanto á la plata que han secrestado del ginovés, ved lo que aquello es justicia que se haga é aquello determinad.

En lo de la caravela que truxo diego de salzedo que dezís que la tenés todavía, sy ella gana sueldo no nos paresçe que la devés tener, porque en lo que entendía diego de salzedo nos paresçe cosa de dilación; y la cara que dezís que truxeron en leño del Rey de portogal, hacédsela enviar.

En lo de los navíos, que conviene enviar á descobrir vicente yañes pinçón, vimos el memorial que nos enviastes de lo que demanda y aquel mesmo vos transmitimos Á enviar, glosado en las márgenes. La respuesta de lo que nos paresçe que en ello se deve hazer, aquello devés Asentar.

Y quanto á lo que dezís que el Almirante detyene en las yndias A fray Jorge, nos le screvimos que lo delibre é nos le enbíe. Y Asy es Respondido é proveydo A todo lo contenido en vuestras cartas é memoriales que nos avedes enviado; queda á vos que envieis luego las quatro caravelas que non se detengan una ora si ser pudiere.

De arévalo á primero de Junio de noventa y cinco Años.

El memorial de vicente yañes pinçón non vos enviamos por que no se detoviese este mensajero; quedarse a para con otro.

  —207→  

28.

Carta de los Reyes á Cristóbal Colón. Arévalo 1.º de Junio de 1495.-Registro de Hernando Álvarez, fol. 90 v.; Navarrete, XCVII.

El Rey é la Reyna.

Don christoval colón nuestro Almirante del mar océano. Á nos es fecha Relación que en los dias pasados, especialmente en quando vos estovystes Absente de la ysla española, no se repartieron los mantenimientos á la gente que ha estado y está en ella, como devían, é que por cual quer dellos cometya, se les quitava el mantenimiento, de lo qual muchos dellos peligravan; y porque esto nos paresce ser cargoso é que trahe mucho incoveniente, nos vos mandamos que de aquí adelante hagais Repartir los dichos mantenimientos al Respeto é por la tasa que estava tasado que deve ayer cada persona, que va firmado por mandado nuestro del obispo de badajoz; é que Á cada uno se dé por esta tasa para quinze dias, é Así dende en adelante de XV en XV dias, por que ellos lo tengan en guardas; é Otro sí que non consintays que á ningún se quite ni dexe de dar los dichos mantenimientos, aviéndolos, por delito Alguno que cometan ni por otra cabsa, Salvo si los tales delitos fueren tales por que merezcan pena de muerte, que es ygual el quitar de los mantenimientos. En lo que nos harés servicio. De arévalo primero dia de Junio de XCV Años.

29.

Carta de los Reyes á Cristóbal Colón. Arévalo á 1.º de Junio de 1495.-Registro de Hernando Álvarez, fol. 90 v., 91 r.; Navarrete, XCVI.

El Rey é la Reyna.

Don christoval colón, etc. Por otra letra nuestra vos escrevimos mandándovos que dedes logar á las personas que tienen neçesidad de venir Acá se vengan: debeslo hacer Asy, pero porque nos   —208→   paresce que allá está mucha gente que gana sueldo, y es mucha costa e mucho trabajo de levar de los mantenimientos, paréscenos que bastarán Allá hasta quinientas personas que Aya, Asy de los oficiales como de todos los otros que Allá están. Por eso darés logar que se vengan Acá todos los otros que hay demás de las dichas D55 personas los que tienen más neçesidad para se venir Acá: y porque nos scrivimos al obispo de badajoz que Agora envíe allá algunos oficiales é otras personas en estas caravelas que Agora van, sy algunos enviar(e) haced de manera que con estos é con los que allá dexáredes, no queden Allá más de las dichas D personas, é Á todos los otros dad logar que se vengan; é quando adelante vos enviaren más gente deis lugar Á que se vengan otros tantos de los que ha mas tiempo que stan Allá, de manera que siempre Aya Allá el dicho número de D personas é no más: en lo que nos farés servicio. De arévalo Á primero de Junio de XCV Años.

30.

Carta de los Reyes á Cristóbal Colón. Arévalo á 1.º de Junio de 1495.-Registro de Hernando Álvarez, fol. 91 r.

El Rey é la Reyna.

Don christóval colón, etc. A nos es fecha Relación que allá está don fernando de guevara el B.e salçedo é bernardo veneçiano é miguel mulearáz que tienen mucha neçesidad de venir Acá, y nos ha sido suplicado que los mandemos venir. Por ende nos vos mandamos que con las caravelas que Agora van nos envieis Á los dichos don fernando de guevara é B.e salcedo é bernaldo veneciano é miguel mulearáz; y si Algunos dellos han cometido Algunos delitos por que merezcan ser castigados, nos enbieis la pesquisa ó pesquisas ó procesos que tenés fechos dello é vuestra Relación, por que visto Acá los mandemos dar la pena que meresçieren, é en esto no Aya otra cosa por servicio nuestro. De la villa de arévalo á primero de Junio de XCV Años.

  —209→  

31.

Carta de los Reyes á Cristóbal Colón. Arévalo 1.º de Junio de 1495.-Registro de Hernando Alvarez, fol. 91 r.

El Rey é la Reyna.

Don Christoval Colón, etc. Nos avemos sabido que frey Jorge, que Allá está, tiene neçesidad de se venir Acá y que vos no le days lugar á que venga, de que Recive Agravio. Por ende nos vos mandamos que dexés al dicho frey Jorge venir en estas caravelas que Agora enviamos, y por cosa Alguna no se detenga Allá. De arévalo Á primero de Junio de XCV años.

32.

Carta de la Reina Isabel á D. Pedro Margarit. Laredo 4 de Agosto de 1496.-Minuta de Muñoz (t. cit., fol. 185) sobre el que titula Registro general, Cámara; Secretario, Juan de la Parra, sin citar el folio.

«La Reina á Mosén Margarit; que vió su letra i relación: ofrécele una tenencia ú otra cosa, si quiere asentar en los Reinos de Castilla.»

 

Pedro de Margarit, cuya carta y relación sentimos no poseer, se había distinguido en la guerra de Granada, conforme lo atestiguan dos cédulas reales de D. Fernando, expedidas in nostris felicibus castris sancte fidei contra civitatem granate á 7 de Julio de 1491. Hállanse en el archivo general de la Corona de Aragón, registro 3.648. Copiaré la parte esencial que interesa la Historia.

1.ª Fol. 156 recto-157 vuelto.- «… Volentes itaque erg vos dilectum nostrum Petrum de Margarit militem pro vestris multis et continuis serviciis liberaliter nos habere, presencium tenore et de nostri carta sciencia et consulto, dictum jus, vulgariter dictum lo montalgo, territorri Daroce, sic ut premittitur in manibns nostris renunciatum, cum omnibus juribus et pertinenciis   —210→   suis, sic et prout illud prefatus Joannes lezcano habebat et recipiebat, vobis eidem Petro Margarit ad vite vestre decursum damus et concedimus…

Fol. 180. Volentes benefacere vobis dilecto rostro petro margarit militi, de nobis plurimis serviciis in hoc bello granate et alias prestitis, in eorundem serviciorum aliquam recompensam, presencium tenore et de nostri carta sciencia et consuito dictos quadringentos solidos Jaccenses annuos, sic ut predicitur in posse nostro resignatos, vobis eidem Petro Margarit de vita vestra concedimus et assignamus in et super jure pedatici nostri, quod in Civitate Cesarauguste colligitur, seu emolumentis et preciis arrendacionis ejusdem, habendos et recipiendos per vos annis singulis et in utilitates vestras convertendos, sic et prout habebat et recipiebat illos dictus Joannes lezcano ante dictam renunciacionem, de quibus faciatis omnimodas voluntat es vestras, vita vestra durante…»

D. Pedro Margarit era hijo de D. Luís Margarit, cuya misión diplomática para agenciar el concurso de la ciudad de Barcelona á las Cortes de Tarazona (27 Diciembre 1483) he dado á conocer en la obra Los Reys d’Aragó y la seu de Girona (serie II, página 88, col. 1).

33.

Relación de Fernández de Oviedo: Historia general y natural de Indias, lib. II, cap. XIII.

«Desde á dos meses ó medio pocos mas ó menos días, vino el almirante é los que con él avian ydo á descobrir; é llegado á esta ciudad, envió luego á saber si era vivo Mossén Pedro Margarite, é mandó por su carta que él é todos los que con él oviesse se viuiessen para él é dexassen la fortaleza en poder del capitán Alonso de Hojeda, que fué el segundo alcayde della, é assí lo hiçieron. Y llegados aquí, se repararon todos por la abundancia é fertilidad de la tierra, é cobraron salud.

Despues que todos fueron juntos, como nuestro común adversario nunca se causa ni cessa de ofender é tentar á los fieles, sembrando discordias entre ellos, anduvieron muchas diferençias   —211→   entre el almirante é aquel padre reverendo, fray Buyl. Y aquesto ovo principio, porque el almirante ahorcó á algunos y en especial á un Gaspar Ferriz, aragonés, é á otros açotó; é comenzó á se mostrar severo ó con mas riguridad de la que solía, puesto que aunque fuese ratón de ser acatado, y se le acordarse de aquella grave sentencia del emperador Otto: Pereunte obsequio, imperium quoque intercidit; que dice: Si no hay obediencia no hay señorío; también dice Salomón56: Universa delicta operit charitas. Pues si todos los delictos encubre la caridad, como el Sabio diçe en el proverbio alegado, mal hace quien no se abraça con la misericordia, en especial en estas tierras nuevas, donde por conservar la compañía de los pocos, se han de dissimular muchas veçes las cosas, que en otras partes sería delicto no castigarse. Quanto más debe mirar esto el prudente capitán que otro ninguno, pues está escripto: Constituyéronte por cabdillo; no te quieras ensalçar; mas serás en ellos assí como uno de ellos. Auctores son destas palabras sanctas Salomón57 é Sanct Pablo58. El almirante era culpado de crudo en la opinión de aquel religioso; el qual, como tenía las veces del Papa, ybale á la mano; ó assí como Colom haçía alguna cosa que al frayle no pareciesse justa en las cosas de la justicia criminal, luego ponía entredicho y hacia cessar el oficio divino. I en essa hora el almirante mandaba cessar la ración, y que no se le diesse de comer al fray Buyl ni á los de su casa.

Mossén Pedro Margarite é los otros caballeros enteudían en hacerlos amigos é tornábanlo á ser; pero para pocos dias. Porque assí como el almirante haçía alguna cosa de las que es dicho, aquel padre le yba á la mano é tornaba á poner entredicho é á haçer cessar las horas é oficio divino, y el almirante también tornaba á poner su estanco y entredicho en los bastimentos, é no consentía que le fuessen dados al frayle, ni á los clérigos, ni á los que lo servían. Dice el glorioso Sanct Gregorio59: Nunca la concordia puede ser guardada, sino por sola la paciencia; porque continuamente nasçe en las obras humanas, por donde las ánimas   —212→  

de los hombres sean de su unidad é amor apartadas. Á estas passiones respondían diversas opiniones, aunque no se publicaban; pero cada parte tuvo manera de escribir lo que sentía en ellas á España, por lo qual informados en diferente manera los Reyes Cathólicos de lo que acá pasaba, enviaron á esta isla á Juan Aguado, su criado (que agora vive en Sevilla). E assí se partió con quatro caravelas é vino acá por capitán dellas, como paresce por una cédula que yo he visto de los Reyes Cathólicos, hecha en Madrid á cinco de Mayo, año de mill y quatrocientos é noventa é cinco: é por otra cédula mandaron á los que estaban en las Indias que le diessen fé y creençia, la qual decía assí: «El Rey, la Reyna: caballeros y escuderos y otras personas que por nuestro mandado estais en las Indias, allá vos enviamos á Juan Aguado, nuestro repostero, el qual de nuestra parte os fablará. Nos vos mandamos que le dedes fe y creencia. De Madrid á nueve de Abril de noventa é cinco años.-Yo el Rey.-Yo la Reina;» y de Fernand Álvarez, secretario, refrendada.

Este capitán fizo pregonar en esta Isla Española esta creencia, y por ella todos los españoles se le ofrecieron en todo lo que les dixesse de parte de los Reyes Cathólicos: é assí desde á pocos dias dixo al almirante que se aparejasse para yr á España, lo qual él sintió por cosa muy grave, ó vistióse de pardo, como frayle, y dexóse cresçer la barba.

34.

Fundación del convento de Mínimos en la ciudad de Andújar, provincia de Jaén, á 26 de Marzo de 1495, de Mínimas en la misma ciudad á 11 de Junio. Regresa Fray Buyl á Francia después de haber concluído el trienio de su Vicariato general.-Manuscrito de Fray Melchor Jiménez60, compendiado por Montoya, Crónica general de la Orden de los Mínimos, lib. I, páginas 396 y 397.

«Concluye este original con decir que en el año de noventa y   —213→   cinco… embió orden nuestro padre glorioso61 para que se tomasse Convento en Andúxar, y el padre Vicario general mandó al padre fray German Lionet fuesse á fundar los dos Conventos de frayles y Monjas que oy tiene aquella ciudad, llevó62 oficio de Corrector y en su compañía los padres fray Damián Lesprevier, fray Juan Bosco, fray Fernando Panduro, fray Juan Resmayde, fray Leonardo Barbier, fray Martín del Salto y fray Marcos Español. Recibiólos benignamente Pedro de Lucena y su mujer María. Alfonso; y diéronles el dominio de la ermita de Santa Elena, con públicas escrituras y otros huertos y possessiones para fundar el Convento de frayles; y se recibió la possessión en veinte y seys de Marzo de mil y quatrocientos y noventa y cinco; y en once de Junio, día de San Bernabé del mismo año, el dicho Pedro de Lucena juntamente con su hija Elena de Lucena Olit viuda, y dos niñas que tenía María y Francisca de Lucena, dieron las mismas casas de su habitación para edificar en ellas un Convento de Religiosas Mínimas, dándoles liberalmente mucho de su hazienda, y recibiendo estas señoral nuestro Ábito señalóseles por Vicario y confessor el padre fray Juan Bosco, y fue el primero convento de Religiosas en España.

Tuvo el glorioso padre S. Francisco de Paula presto nuevas destas prosperidades con que su Religión se yva zanjando en España; y dió orden al padre Vicario general, que cumplido un trienio entero se juntasen en Capítulo provincial, y eligiessen en él conforme al tenor de su santa regla un Corrector Provincial. Hízose assi, y eligieron los padres en el Convento de Málaga al bendito padre fray Juan de Abundancia, que verdaderamente la tuvo en santidad y milagros, como veremos. Hecho esto, concluye el padre Ximénez su original, y dice: Dieron á nuestro Señor infinitas gracias por la que usava con la Religión, y dieron la buelta á Francia el padre Vicario general y el padre fray Bernar   —214→   dino Cropulato, dexando las cosas de España entabladas con tan gloriosos principios. Esto es en suma todo lo que dice este original».

 

Hasta este punto había yo llegado, hace algunos años63 en mis investigaciones biográficas acerca del varón insigne, que introdujo en España la Orden de los Mínimos, y el evangelio en el Nuevo Mundo como Legado de la Santa Sede Apostólica. Mas en mi última excursión á Barcelona, con motivo de ultimar los preparativos para la edición de los dos primeros tomos de las Cortes de Cataluña, me ha cabido la suerte de descubrir en los registros reales del Archivo general de la corona de Aragón los siguientes documentos inéditos, que explican y continúan la relación de Fray Melchor Ximénez. Fray Buy1 debió pasar á Francia para conferenciar con San Francisco de Paula, y trasladarse á Roma con el objeto de agenciar el negocio más grave y más vital en favor de la Orden de los Mínimos; y así se hizo64.

35.

Tarazona, 21 Octubre 1495. Exposición del rey D. Fernando al papa Alejandro VI.-Archivo general de la corona de Aragón, registro 3.685, folio 118 recto.

Fratris bernardi boyl ordinis francisci de paula apud regnum francorum vitam ducentis.

Muy Sancto padre. Vuestro muy humil y devoto fijo el hoy de Castilla, de león, daragón, de Sicilia, de granada, etc., beso vuestros pies y sanctas manos, y muy humilmente me encomiendo   —215→   á vuestra Sanctidat; á la qual plega saber quel venerable padre fray francisco de paula, fundador y general de la orden de los flayres mínimos, nuevamente por vuestra S.dat approvada, embia á vuestra S.dat al devoto padre fray boyl de su orden para impetrar daquella algunas cosas que para la fundación y stabilidat de dicha orden son necessarias. Y porque la relación que de la religiosa y sancta vida que del dicho fray francisco tengo y la observancia y strechura de la dicha orden por él instituyda me convida á favorecerle, en lo que á mí tocare, sus peticiones, pues han respecto al acrecentamiento del culto divino, y también por ser el mensajero y levar el cargo de las dichas cosas el dicho fray boyl, al qual por la luenga criança que houo en mi servicio y lo mucho que me sirvió y sirve, tengo mucha voluntat que de las dichas cosas que se le han encomendado truxesse buen recaudo, Sobrello scrivo largamente á garcillasso de la vega mi embaxador en essa corte para que á vuestra S.dat de mi parte supplique las dichas cosas. Por ende muy humilmente supplico á vuestra Sanctidat le quiera dar entera fee y creencia, y en la concessión de las dichas cosas por mi respecto mostrarse propicio y favorable . Lo qual recebiré en cuenta de beneficio singular de vuestra Sanctidat, cuya muy sancta persona nuestro señor guarde y sus dias acreciente al felice regimiento de su universal yglesia. Scripta en taraçona, á XXI de octubre del año Mil CCCC LXXXXV.

De vuestra Sanctidat Muy humil y devoto fijo, que vuestros sanctos pies y manos beso, El Rey de castilla, de aragón y de granada.

Coloma. Pro registrata.

36.

Tarazona, 21 de Octubre 1495.-Arch. gen. de la Cor. de Aragón, reg. 3.685, fol. 118 r., v.

Eiusdem.

Muy R.do in christo padre Cardenal de Sancta cruz65, nuestro muy caro y amado amigo. Nos el rey de castilla, de león, daragón,   —216→   de Sicilia y de granada, etc. vos embiamos mucho á siludar como aquel que mucho amamos y preciamos, y para quien querríamos que dios diesse tanta vida salut y honrra quanta vos mismo desseays. Fazémosvos saber que el venerable padre fray francisco de paula, fundador de la orden de los flayres mínimos, nuevamente por nuestro muy sancto padre approvada, embía á su Sanctidat al devoto padre fray boyl de su orden para impetrar daquella algunas cosas que para la fundación y stabilidat della son. Y porque la relación que de la religiosa y sancta vida [que] del dicho fray francisco tenemos y la observancia y strechura de la dicha religión por él instituyda, nos convida á favorecer sus peticiones en lo que á nos tocare, y también por ser el mensajero y levar el cargo de las dichas cosas el dicho fray boyl [á] el qual por la luenga experiencia que dél tenemos y los buenos servicios que dél havemos recebido tenemos mucha voluntat; y por esso querríamos mucho que de las dichas cosas que su general le ha encomendado truxesse buen recaudo; screvimos sobrello á nuestro muy sancto padre en creencia vuestra, y supplicámosle que por los dichos respectos y por la nuestra intercessión se a de su S.dat oyr benignamente las dichas peticiones y concederlas, como suele las semejantes cosas que al acrecentamiento de la religión christiana y culto divino tienen respecto, y según nos de su S.dat esperamos. Por ende vos mucho rogamos que en el presto y buen despacho de las dichas cosas entendays con vuestra acostumbrada afección y voluntat; y en todo lo que para ello fuere menester tengays specialmente por encomendado al dicho fray boyl; lo qual vos ternemos en mucho agradecimiento. ¡Muy Reverendo in christo padre Cardenal, nuestro muy caro y muy amado amigo, nuestro señor todos tiempos vos haya en su special recomienda. De [etc.].

Yo el Rey.-Por mandado del Rey, Julián ele Coloma.

37.

Tarazona, 21 Octubre 1495. Á Don Juan de Medina obispo de Cartagena.- Arch. gen. de la Cor. de Aragón, reg. 3.685, fol. 118 v., 119 r.

Eiusdem.

El Rey.

R.do in christo padre, obispo de carthagena66, de mi consejo y mi procurador en corte de roma. El venerable padre fray francisco de paula fundador de la orden de los flayres mínimos, por nuestro muy sancto padre nuevamente approvada, embía á su S.dat al devoto padre fray boyl de su orden para impetrar daquella algunas cosas que para la fundación y stabilidat della son necessarias. Y porque la relación, que de la religiosa y sancta vida del dicho fray francisco tengo y la observancia y strechura de la dicha religión por él instituyda nos convida á favorecer sus peticiones en lo que á nos tocare, y también por ser el mensajero y levar el cargo de las dichas cosas el dicho fray boyl, al qual por la luenga experiencia que dél tenemos y los buenos servicios que dél havemos recebido tenemos mucha voluntat; y por esso querría mucho que de las dichas cosas que su general le ha encomendado tuviesse buen recaudo, Scrivo sobrello á nuestro muy Sancto padre en creencia vuestra, y supplícole que por los dichos respectos y por mi intercessión se a de su S.dat oyr benignamente las dichas peticiones y concederlas como suele las semejantes cosas que al acrecentamiento de la religión christiana y culto divino tienen respecto, y según yo de su S.dat spe[ro]. Por ende yo vos ruego y encargo que en la buena y presta expedición de   —218→   las dichas cosas enten[da]ys con su S.dat con la acostumbrada diligencia vuestra; y en todo lo que convenga sobrello tengays specialmente encomendado al dicho fray boyl. En lo qual me servireys mucho. Pecha [etc.].

Yo el Rey.-Por mandado del Rey, Johán de Coloma.

38.

Tarazona, 21 Octubre 1495. Arch. gen. de la Cor. de Aragón, reg. 3.685, fol. 119 r.

Eiusdem.

El Rey.

Garcilasso de la Vega, mi capitán y de mi consejo y mi embaxador en corte de roma. El Venerable padre fray francisco de paula fundador de la orden de los flayres mínimos, nuevamente por nuestro muy sancto padre approvada, embía á su S.dat al devoto padre fray boyl de su orden para impetrar daquella algunas cosas que para la fundación y stabilidat della son necessarias. Y porque la relación que de la religiosa y sancta vida del dicho fray francisco tenemos y la observancia y strechura de la dicha religión por él instituyda nos convida á favorecer sus peticiones en lo que á mí tocare, y también por ser el mensajero y levar el cargo de las dichas cosas el dicho fray boyl, al qual por la luenga experiencia que d él tengo y los buenos servicios que dél he recebido tengo mucha voluntat, y por esso querría mucho que de las dichas cosas, que su general le ha encomendado, truxesse buen recaudo, Scrivo sobrello á nuestro muy sancto padre en creencia vuestra y supplícole que por los dichos respectos y por mi intercessión se a de su S.dat oyr benignamente las dichas peticiones y concederlas como suele las semejantes cosas que al acrecentamiento de la religión christiana y culto divino tienen re specto, y según yo de su S.dat spero. Por ende yo vos ruego y encargo que dedes la dicha mi carta á nuestro muy Sancto padre y con diligencia procureys de su S.dat la buena y presta expedición de las dichas cosas; y en todo lo que convenga sobr ello hayais por specialmente   —219→   encomendado al dicho fray boyl, porque en ello me servireys mucho. Fecha [etc.].

Yo el Rey.-Por mandado del Rey.-Johán de Coloma.

39.

Alcalá de Henares, 8 Diciembre 1597. A D. Bernardino de Carvajal, cardenal de Santa Cruz y obispo de SigüenzaArch. gen. de la Cor. de Aragón, reg. 3.685, fol. 184 v.-185 v.

Curie.

Muy Reverendo in christo padre cardenal de Santa †, nuestro muy Caro e muy amado amigo. Nos el rey de casulla, de león, de aragón, de seçilia, de granada, etc. vos enviamos mucho saludar como aquel que mucho amamos ó preciamos é pera quien querríamos que dios diesse tanta vida salud y honrra quanto vos mesmo desseays. Fazémosvos saber que vimos vuestras letras de V de Julio é de V, VIII, VIIII de agosto, é III de octubre más cerca passados y lo que en ellas venía en cifra. Mucho vos gradecemos vuestra buena voluntad y deseo del acrecentamiento de nuestro estado é honrra. De vos no se ha de creer otra cosa.

Plúgonos que con salvamiento volvistes en essa corte, de la qual vos rogamos no partays, sino que mucho en orabuena continueys en ella vuestra estada, porque para la buena expedición de nuestras cosas ó negocios mucho mas nos plazo que vos halleys siempre presente en ella.

Vuestro mosén sancho de antezana fué bien despachado; é á la ora de agora deve ser ya llegado allá.

De las cosas que acá ocurrieren vos mandaremos sienpre screvir ó que se vos dé parte dellas, porque sabemos vuestra intercessión é favor no puede sino mucho aprovechar segunt el affición que en vos tenemos conoscida, é así vos lo encomendamos caramente.

Lo que haveys fecho en favor de frey buil é de su religión vos agradecemos, y no menos lo que ha respecto á los negocios de nuestro secretario mosén coloma é de sus sobrinos, porque sus   —220→   servicios lo tienen bien merecido. Todavía vos rogamos los mireys como cosa que nos tenemos mucho en voluntad por manera que obtenga buena é presta expedición dellos.

Mucho plazer avríamos que su Sant. no se entremetiese de las provisiones de la religión de San Juan; porque cierto es total destruyción de aquella religión, que tan honrrada es; é dévelo remediar su Sant.t por el daño que podría seguir á toda la christiandad. Mucho vos rogamos favorescays todavía las cosas de la dicha religión, é que sientan los que tienen el cargo della que vos lo havemos scrito.

El apuntamiento que tomastes con su Sant. sobre la refformación de las religiones, en special de los franciscos, está bien, pues no se puede más fazer. Dévese dar forma que se expida por breve la confirmación de lo fecho fasta el dia de San fran.co; que paral delante procederse ha en virtud de las bullas por su Sant. concedidas; y ya havemos enviado refformadores al Reyno de aragón, pero satisfaría que su Sant.t concediesse lo de las obidiencias, según que acerca desto, ó otras cosas, más extensamente scrivimos al obispo de cartagena é á garcilasso, por los quales vos será todo comunicado. Rogámosvos affectuosamente ynterposeys en ello vuestras vezes, de tal manera que se obtenga toda la provisión necessaria para el bien é honrra de las dichas religiones é acresceiltamiento del culto divino.

Lo que se ha fecho en lo de los monasterios de Sant benito de nájara é San millán é eslonça vos agradecemos; fazet que se expida, pero no deveys prometer á su Sant.t por nuestra parte que no pideremos más monesterios de los de san benito para fazerlos triennales, porque á nosotros será forcado pedir lo que viéremos que cumple el servicio de dios, segun el caso se ofreciere. Su Sant.t otorgue lo que viere que cumple al descargo de su conciencia; mas todavía se despache esso que agora a concedido destos monesterios.

Del buen pontificado que dezís que su Sant.t quiere hazer é que será mejor de lo que algunos piensan, havremos grandíssimo plazer; mas no pareze que lieva camino para ello67. Plegue á   —221→   nuestro Señor le dexe siempre fazer cosas que sean á su santo servicio. Quanto en vos fuere lesforçad para que lo prosiga; é de lo que se fiziere nos escrevit, que havremos plazer de lo saber.

Las nuevas todas que nos scrivistes vos agradecemos, é vos rogamos que nos fagays todavía saber de lo que allá ocurriere que vos paresca se nos deve screvir.

Muy reverendo yn christo padre cardenal, nuestro muy Caro é muy amado amigo, la Santíssima Trinidad sea vuestra continua protección.

Dat[a] en alcalá de henares á VIIIº de deziembre de LXXXXVII.

Yo el Rey.-Por mandado del Rey, Joán ruiz de calçena.

Apéndice. Fray Bernardo Boil y el monasterio de Monserrate

40.

Barcelona, 24 Septiembre 1431.-Caresmar68, pág. 2.

Continuaba nuestro Boil en hacer vida eremítica en dicha montaña en el año 1481, en que por ciertos negocios del Monasterio, los Padres del mismo determinaron enviarlo al Rey Don Fernando el Católico, que á la sazón estaba en Barcelona, de quien merecía particular favor y agrado, como supone la misma Real Carta con la que el Rey Católico respondió en lengua catalana á dichos Padres, la que dice así: Lo Rey. Religiosos y amats nostres: Ab Fr. Boil habem rebuda vostra letra ab crehencia en sa persona. La cual vista, y atés lo que aquell por vostra part nos ha volgut explicar, vos responem, es nostra voluntat fer vers aqueixa casa, segons la devoció hi tenim, com havem o fert y promés. Largament   —22→   ho havem dit al dit Fr. Boil; é com ho entenem metre per obra, plaent á nostre Senyor ans de nostra partida de así, nos remetent á sa relació; al qual sobre de asó dareu fe é crehencia com á nostra propria persona. Da da en Barcelona á 24 de Setembre any 1481.-Yo el Rey.-Avinyó Secretari.

 

Esta carta, aunque anda impresa, la copié yo, en el citado Archivo69, de su original.

41.

Madrid, 23 Octubre 1432.-Argaiz, La Perla de Cataluña, pág. 109; Caresmar, Noticias, páginas 4 y 5.

Lo Rey.-Religiosos amats nostres: Vostra lletra rebérem, per la qual nos donau avís de la vinguda en aqueixa Casa é Monestir del illustre infant don Enrich, llochtinent general nostre, é del orde que aquell ha donat per la conservació de la dita Casa; del qual havem pres gran plaher. É plahent á nostre Senyor será per avant procurat ab major compliment lo redreç de la Casa. Pregam é encarregamvos que ab concordia é charitat sian units en lo servey de nostre Senyor, benefici é conservació de la dita Casa; car sempre en acó per nos sereu favorits. E trovara plaher del quens scrivíu que lo religiós é amat nostre Fra Boy1 sie stat tant sollícit é propici en lo ques stat menester per ditas cosas. Dada en Madrid, á 23 dios del mes de Octubre any MCCCCLXXXII.-Yo el Rey.-Arinyo Secretarius.

42.

Varias cartas reales hasta el año 1490.-Caresmar, páginas 3-5.

Qué negocios eran los que se trataban, aunque no los dice, luégo lo veremos; pero no creo fuese el de introducir por entonces en Monserrate la reforma de la Congregación de San Benito   —223→   de Valladolit; pues ésta tardó en ejecutarse más de diez años; y cuando se ejecutó, no tuvieron en ello parte los monjes de Monserrate: todo fué manejo del Rey. Pero admira que el Rey no dirigiese sus cartas al Abad ó superior del Monasterio, que es señal que no lo habría ó que estaría ausente. Pero la verdad es que en efecto tenía su Jefe ó Abad; pero estaba en Roma, y no era Abad regular sino Comendatorio, es á saber, el Cardenal Juliano de la Rovere, que después fué creado Papa con nombre de Julio II; y de éste queda aún en el día la obra de los claustros de piedra de sillería, como se ve por los escudos de sus armas, que están esparcidos por los cuatro ángulos de ellos. Este Abad Comendatorio tenía, por su Vicario general de Monserrate y de su distrito á D. Fr. Gaufredo Sort, Abad del Imperial Monasterio de San Cucufate del Vallés, obispado de Barcelona, como consta por unas letras suyas que despachó en Barcelona á los 15 de Mayo de 1482, y de ellas consta que en este mismo tiempo el P. Fr. Boil era superior inmediato de los ermitaños de Monserrate, y le da facultad para oir las confesiones de todos los peregrinos, y demás que acudan á su ermita, ó al Monasterio, ó á otras capillas, con potestad de absolver de todos los pecados reservados, tanto al Papa, como al Obispo diocesano; según las Bulas Apostólicas concedidas á favor de dicho monasterio, de que habían acostumbrado usar los demás confesores antecedentes. Pongo estas letras á la margen para no embarazar la lisura de la narración70.

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El principal negocio en que entonces el Rey entendia (y era la base para el asiento de todo lo demás), era el inclinar y reducir al Cardenal á que renunciase su abadía, y diese lugar á que se pusiese en Monserrate un Abad regular, que hiciese residencia personal en aquella casa, y procurase el recobro de muchas rentas que estaban sin cobrarse, en gran perjuicio de ella. Para lo primero, el Cardenal se tomó tiempo; para lo segundo, luego dio providencias enviando sus poderes á ciertos procuradores que nombró; en especial á D. Guillén de Peralta, á quien confió la administración de todo lo temporal de aquella casa. Y el Rey en carta dirigida á los monjes desde Barcelona en 13 de Agosto de 1481, les dice: «Encarregám y manam vos, justa la voluntat de dit Rmo. Cardenal, obeiscau, segons tenor de les sues provisions; car axó será lo Benefici de oqueix Monastir, com á servey nostre; y no facats lo contrari per quant nostra gracia habeu cara.»

Luego, de orden del mismo Rey, el Infante D. Enrique, Lugarteniente general de Cataluña, envió á Monserrate los dos Presidentes de la Congregación claustral Tarraconense, que eran los Abades de San Cucufate del Vallés y de San Salvador de Breda, á visitar aquella casa, y hacer una exacta información de sus cosas, y de lo que convenía hacer y providenciar: como consta de su carta dirigida á los mismos monjes de Monserrate, dada en Barcelona en 24 de Julio de 1482. Antes del día 21 de Agosto del mismo año estaba ya concluida por dichos Abades Presidentes la visita de aquel Monasterio y dada su información; pues se halla una carta del dicho Lugar-teniente general, el Infante D. Enrique, dirigida á los dichos monjes de Monserrate, en que les dice: se dará providencia y se cumplirá con todo lo que los visitadores   —225→   habían informado deberse ejecutar. Y no contento con esto, el dicho Infante en persona subió á Monserrate y dió las órdenes convenientes y eficaces para el buce orden y gobierno de aquella casa. De lo que el Rey quedó muy contento y agradecido, como dice en su carta dirigida á los monjes desde Madrid en 14 de Octubre de 1482 en que añade: «Pregant é encarregantvos, que ab concordia y caritat siau sempre units en lo servey de nostre senyor benefici, y conservació de la dita casa; car sempre per nos en assó sereu favorits.»

Y aquí dice cuánto agradece lo mucho que había hecho el P. Fr. Boíl en promover todo cuanto había sido menester.

Por otra carta del Infante D. Enrique, dada en la villa de Agramunt á 4 de Diciembre del mismo año 1482, consta que dicho Infante, por medio del Administrador D. Guillén de Peralta, envió á Monserrate cuanto se necesitaba para pagar todas las deudas, y para cuanto convenía para el bienestar, quietud y sosiego de los monjes, prometiéndoles que á su regreso de Agramunt pasaría á visitarlos.

En fin, logró el Rey del Abad Cornendatario, el Cardenal Juliano, el que resignase su abadía á favor de D. Fr. Juan de Peralta, monje de la misma casa de Monserrate (tal vez hermano ó pariente del Administrador D. Guillén de Peralta) ; pero su resigna fué con el cargo de que el Abad Peralta le pagase cada año una pensión de 200 ducados. Fijó esto por los años 1487.

Luego que el Rey tuvo constituido Abad propio regular en Monserrate, pensó en levantar aquella casa á la celebridad que tuvo en su tiempo y en el de sus sucesores, la que aún hoy conserva. Lo primero que quiso fué, hacer una casa magnífica y capaz para habitación de un gran número de Monjes; huéspedes y peregrinos de toda la Cristiandad acudían allá. Encargó la superintendencia de esta obra al Abad de la casa Fr. Juan de Peralta, y á los Arcedianos mayor y de Santa María del Mar de la Catedral de Barcelona, y á uno de sus canónigos, D. Gaspar Peiró; y junto con ellos á tres ciudadanos, y tres mercaderes de Barcelona que allí nombra. Estos cuidaron de hacer los planos de la obra y enviarlos al Rey; y el Rey escogió el más costoso por más acomodado y suntuoso, y mandó librar para esta empresa   —226→   dos mil y trescientas libras catalanas. Consta de su Real carta dada en Medina del Campo en 14 de Marzo de 1489.

Poca era esta cantidad según nuestros tiempos; pero según aquellos no era pequeña, pues á los Maestros mayores de la obra se les señaló por salario diario dos sueldos y cuatro dineros; á los Maestros subalternos dos sueldos; á los obreros menores y peones, solo quince dineros cada día, esto es, un sueldo y tres dineros cada día. A más de que el Abad de sus rentas se obligó á mantener por un año entero á quince fabricantes, y á otros diez que trabajaban por la parte más alta y escabrosa, se obligó también por un año entero á mantenerlos dándoles comidas, bebida y camas. Esta contrata fué hecha en Barcelona, con intervención del Infante Teniente general, en 7 de Abril de 1489.

Puso la primera piedra, á este edificio el propio Abad del Monasterio D. Juan de Peralta, día 5 de Octubre de dicho año. Pocos días después, teniendo el Rey su Real sobre Baza en el Reino de Granada, en 20 de Octubre del mismo año, escribió á los nueve Comisarios sobremencionados destinados al cuidado de esta obra diciéndoles: «Que si bien tenía noticia por ellos de lo exterior de aquella fábrica, pero nada le decían de la distribución interior de las celdas y oficinas que en ella se habían de contener, y que habían de ser acomodadas al espíritu y vivienda de Religiosos observantes, y que para el mayor acierto en esto llamasen á los Priores de los Monasterios del Ebrón y de la Murtra, de la Órden de San Jerónimo, para que entendiesen en esto y dispusiesen, con el parecer de otros que ellos llamasen.»

Todo esto se ejecutó como el Rey prevenía, como consta de la carta que dichos Comisarios escribieron al Rey en 1.º de Marzo de 1490, la que empieza así: «Molt alt, et molt Excellent Princep, Rey é Senyor: Dues letras havem rebudes de Vostra Altesa en los dias passats, etc.». En Octubre de este mismo año 1490 ya faltaba dinero para continuar la obra. Uno de los caballeros comisionados, Mosén Galcerán Carbó, á sus expensas envió un expreso para que buscase al Rey donde fuese, y le expusiese la necesidad. Pero el Rey tenía tantos otros gastos más urgentes, que no pudo remediar la falta. En 28 de Diciembre del mismo año no se había aún librado dinero alguno; con esto los Maestros y trabajadores   —227→   requirieron á los nueve Comisarios para que les pagasen. Estos respondieron que no se habían obligado á pagar de lo suyo, que harto hacían en aplicar sus diligencias y cuidado para el asiento de la fábrica.

Entonces dirigieron su requerimiento al sobredicho Galcerán Carbó, que era un caballero muy hacendado y muy fervoroso en continuar la nueva obra; pero éste respondió que el requerimiento lo debían dirigir al Abad, que era el primero y principal comisionado, y el más interesado; y que por las Bulas de indulgencias que el Rey había alcanzado del Papa Inocencio VIII se decidía que de las limosnas que se recogiesen, la mitad se hubiese de aplicar para los gastos de la nueva obra. Sin embargo de esto, hasta entonces aún no se había aplicado nada; y así, no él, sino el Abad debía responder. Con todo esto, el buen caballero Carbó prestó algunas cantidades para continuar la fábrica, con las que de hecho se proseguía en el año 1491.

Desde que determinó el Rey hacer en Monserrate la nueva y suntuosa obra, resolvió al mismo tiempo aumentar el número de monjes de aquel Monasterio, y reducirlos á una vida más recogida y austera, como convenía á la devoción y culto que se debía guardar en aquel famoso santuario; y á lo que creo, esta reforma había de ser por la Dirección de la misma Congregación Claustral Tarraconense, ó de sus Presidentes, que eran los que había enviado el mismo Rey para visitar aquella Casa. Pero para la mayor seguridad del acierto, quiso el Rey que viniesen algunos monjes de la Congregación reformada en Valladolid para que juntamente con los nombrados Comisionados entendiesen en la dirección y distribución de las oficinas y celdas, según estilo de ellos, como lo da á entender el mismo Rey en la carta dirigida á los nueve Comisionados sobremencionada; y juntamente para la plantificación de la nueva reforma.

Pero parece que esta intervención y mezcla de monjes extranjeros y sus usos y costumbres no parecieron bien al Abad Peralta, ni á los más de los monjes de Monserrate; como se deduce de lo que sucedió. Pues el Rey, empeñado en poner en Monserrate una Comunidad, de monjes de una vida común de estrecha observancia, quiso quitar de un golpe los embarazos y allanar dificultades,   —227→   sacando de Monserrate con honor al Abad Peralta, haciéndole Obispo de Vich; á Boil71 pasándolo á Indias por Prelado y Jefe de los eclesiásticos que allí se habían de enviar; y acomodando á otros en otros sitios de su Congregación Tarraconense; y al mismo tiempo acudiendo al Papa Alejandro VI porque uniese é incorporase perpetuamente á la Congregación de San Benito de Valladolid el Monasterio de Monserrate.

Todo esto se ejecutó en los años 1492 y 1493; pues el Abad entró en Obispo de Vich año 149272; y en 1493, en las Cortes celebradas en el Monasterio de Santa Ana de Barcelona, fué nombrado Diputado de la Generalidad de Cataluña73; y continuó en gobernar su Obispado hasta que murió, que fué en el año 1505, como afirma Diago (Hist. Prov. arag., folio 77). Y en el año 1492, en 11 de Agosto, fué electo Papa Alejandro VI; y despachó, la bula de la unión de Monserrate á la Congregación de Valladolid, como consta de sus letras dadas en Roma á los 19 de Abril de 1493; año 1.º de su Pontificado. En el mismo año 1492 el Almirante Cristóbal Colón hizo el descubrimiento de las Indias el día 12 de Octubre, y viniendo á dar parte á los Reyes de tan glorioso é importante hallazgo, saliendo de ellas á los 4 de Enero de 1493, llegó á Barcelona, donde estaban sus Majestades, á mediados de Abril del mismo año.

Y en este propio año entró la reforma de Valladolid en Monserrate en el día 2 de Junio, viniendo el Prior general (pues entonces no había entre ellos Abades, pero tardaron poco en tomar este título), que se llamaba Fr. Juan de San Juan, con 14 monjes, en virtud de las Bulas del Papa y poderes del Rey Católico, con asistencia de uno del Quinque-virato y Conselleres que envió allá la ciudad de Barcelona, como patrona que era de aquel santuario; y luego fué electo en primer Prior de aquel Monasterio el padre Fr. García de Cisneros; el cual poco después se llamó Abad, y   —229→   era uno de los que habían venido con el Prior general, y gobernó con acierto aquella casa 17 años y algunos meses en que acabó su vida.

De este pacífico establecimiento de los de Valladolid en Monserrate, el Rey, ya por innata piedad, ya por otros fines políticos, concibió deseos y esperanzas de propagar dicha reforma en otros monasterios de la Congregación Claustral Tarraconense. Primero se procuró introducir en el rico y célebre monasterio de San Cucufate de la Diócesis de Barcelona; y lo procuró su propio Abad, que era D. Gaufredo Sort, el cual había sido Vicario general del Abad Comendatario el Cardenal Juliano, como sobre está dicho; pero fué tan obstinada la resistencia del Prior y Monjes, que no se pudo conseguir. Lo mismo se intentó después con el famoso monasterio de Ripoll; pero fué igual la resistencia de aquellos Monjes en impedirlo. Ni fué temeraria la oposición y contradicción de aquellos, pues la apoyaron y defendieron con razones jurídicas y canónicas, célebres Jurisconsultos de aquellos tiempos.

Desde que se introdujeron los de Valladolid en Monserrate, ya no se hallan en este Monasterio memorias del P. Fr. Boil; solo se halla que el Abad Cisneros hizo renovar un terno que el padre Fr. Boil había mandado hacer para la sacristía de Mons errate; con que renovándose en tiempo de Cisneros, señal es que ya sería viejo, y de mucho antes que llegase Cisneros á Monserrate, ni partiese de allí el P. Fr. Boil.

Ocultáronse al doctísimo P. Caresmar tres cartas reales inéditas, que á continuación acompaño. Están fechadas en Córdoba, á 30 de Junio de 1490. No deciden la cuestión de saber si el benedictino Fr. Bernardo Boil debe, ó no, identificarse con el que á 22 de Septiembre de 1492 hemos visto en Zaragoza74, nombrado por San Francisco de Paula como Vicario general é introductor de su nueva orden religiosa en los reinos de España; pero dilucidan esta contro versia indicando el corto espacio de tiempo en que habrá de fijarse la búsqueda del documento definitivo.

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43.

Córdoba 30 de Junio de 1490. El Rey á Micer Jaime Vernigalí.-Archivo general de la Corona de Aragón, registro 3.666, fol. 9 r.

Beate marie montisserrati.

Lo Rey.

Micer Jacobo. Per la letra comuna, que per mestre Johán, portador daquesta, vos y los altres nos aveu scrit, comprenem la necessitat que diéu teníu aquí75 de diners per á continuar la obra de aqueixa sancta casa, é los inconveni ents é dans ques seguiríen si per deffecte de peccunia havia de cessar; e desplauríans molt que per aqueixa rahó si hagués á sobresseure; Car nos tenim gran voluntat, ab la ajuda de nostre senyor, de continuar é proseguirla fins s íe acabada. E per aquesta causa havem manat reste ací ab nos fra boyl fins hi sia prés algún bon apuntament; lo que será lo que pus prest pugam. En aquest endemig vos pregam, quant mes affectadament podem, que per servey de nostre Senyor deu y nostre, affique dita obra se puga continuar, vullau bestraure en CCCC lliures barch(inonese)s, les quals nos volem prengau á cambi pera Sicilia, pagadores per lo nostre thesorer de aquell regne, al qual y al visrey scrivim de la forma que per la interclusa veureu, affi que tota volta que vos trametreu dit cambi, vos será acceptat y pagat sens dubte algú. Per ço, pus compreneu quant va al servey de nostre Senyor y al beneffrci de aquexa dita obra en que nos haje de cessar, de present vos tornam pregar y encarregar vullau bestraure les dites CCCC lliures; car ultra que noy perdreu res, ans ne guanyareu mérit per la endreça quey donareu, nos ne fareu servey gratíssimo. É del que fet haureu y de la prossecució de la dita obra vos pregam que particularment nos ne aviseu de continuo, perque sabem hi teniu entre los altres molt bona voluntat.

  —231→  

Data en Córdova á XXX de Juny any mil CCCCLXXXX.

Yo el Rey. Coloma Secretarius.

Dirigitur Jacobo vernigali.

44.

Córdoba 30 de Junio de 1490. Arch. de la Cor. de Aragón, registro 3.666, fol. 9 r.

Eiusdem.

El Rey.

Venerable abbat. La devoción y sancto propósito de la observancia que embiastes dezir en salamanca con fray boyl, nos fué tan grato que luego proveymos, como vistes, en la obra que nos embiastes dezir ser necessaria. La qual, plaziendo á dios, proseguiremos, y también procuraremos de vos embiar los monjes de valladolit que entonces demandávades para poner luego la observancia. Los quales pusieron en ello la difricultat que supistes; y se-unt lo que sentimos, agora no la por nán. Por que, vos rogamos y encargamos quanto podemos que por servicio de dios y nuestro y por el benefricio y refformación dessa sancta casa fagays lo que nos offrecistes, siendo contento que luego se ponga la observancia; que faziéndolo assí, set cierto se mirará muy bien lo que á vos toca, segunt que más largo esto vereys por la Carta que por nuestro infrascripto secretario se vos scrive. Quanto á la prossecución de la obra, la voluntat nuestra y de la Sereníssima reyna, nuestra muy cara é muy amada muger, es de consignar alguna cuantidat cadanyo para que la obra se acabe más presto; y por esso havemos mandado quedar aquí á fray boyl para que se dé forma en ello; y en [e]ste medio despachamos á maestre Johán con esta y con otra carta comuna para las personas diputadas á la dicha obra; por la qual vereys lo que por agora proveemos para que por aquella no cesse, en tanto que al dicho fray boyl despachamos; y assi embiat nos luego vuestra respuesta, é sea qual de vos confiamos; porque cosa ninguna no podríades de presente fazer más grata ni acepta á nos, ni á vos más honrrosa y provechosa.

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Data en Córdoba a XXX de Junio anyo de mil CCCCLXXX.

Yo el Rey.-Coloma Secretarius.

Dirigitur abbati populeti76.

45.

Córdoba 30 de Junio de 1490. Arch. de la Cor. de Aragón, registro 3.666, fol. 9 v.

Eiusdem.

El Rey.

Venerables y amados nuestros. Vimos vuestra carta, que con maestre Johán levador desta nos embiastes, y oymos la relación que nos fizo de la obra, lo qual mucho nos plugo saber; y visto lo que nos screvys y él nos dixo sobre la falta de dinero que hay para prosseguirla de presente, havemos proveydo que entretanto que nos damos forma para prosseguir la dicha obra, Micer Jacobo vernegali por servicio de dios y nuestro bistraya para continuar aquella fasta en cccc lls. barch(elonesa)s; las quales él tomándolas á cambio sobre nuestro thesorero de Sicilia, le serán luego pagadas, de manera que no reciba por ello danyo alguno, como verá por las cartas que sobrello le embiamos endrecadas al dicho thesorero y ahun al visorey de aquel reyno, avisando vos que por encaminar las cosas de la dicha obra, affín que aquella sea sin intermissión prosseguida e continuada, havemos mandado quedar aquá á fray boyl. En este medio vos rogamos y encargamos que con mucha diligencia y solicitud, como fastaquí mireis lo que cumple en la distribución de las dichas cccc lls., de forma   —233→   que en lo presente la obra no cesse, ni se empachen paral por venir assí lo de la piedra como lo de los otros aparejos, antes se mire en todo como de vosotros confiamos. É de lo que en ello se fiziere nos avisat de continuo; en lo qual nos fareys muy grato servicio.

Data en Córdoba a XXX de Junio, anyo de mil CCCCLXXXX.

Yo el rey.-Coloma Secretarius.

 

Tratando de la iglesia y del archivo de Monserrate, Villanueva escribió77:

«Los cimientos de la iglesia actual se pusieron en tiempo de Fernando el Católico, de quien he visto una carta original, fecha en Medina del Campo á 14 de Marzo de 1489, en que exhorta al abad y monasterio á la empresa de la obra, que cesó á los diez años por las urgencias del estado; y el rey en carta de 1499 cedió á favor del monasterio todos los enseres de aquella fábrica, destinada solamente para habitación de monges.

Rarísimo es también el libro de las colecciones del abad Issac, traducido al castellano por Fr. Bernardo Boil, monge y ermitaño de Monserrate. Hay en él aquí un ejemplar muy bien conservado, impreso apud. S. Cucufatum vallis Aretanae, XXIX Novembris anno Domini M.CCCC.LCCCIX, en 4.º».

 

Otro ejemplar existe en la Biblioteca Nacional. La postilla final no dice propiamente que se imprimió, sino que se acabó (finitus hic libellus); si bien del prólogo, dirigido á D. Pedro Zapata, arcipreste de Daroca, resulta no mal demostrada la proposición de Villanueva. Sin duda Fray Boil, á 30 de Junio de 1490, les había ofrecido ya ipresa la que llama su obrilla. Sobre este y otros escitos del venerable ermitaño, varón ilustre de la orden benedictina, discurriré en otro artículo.

Barcelona, 31 de Julio de 1891.