EL CATALÁN, LENGUA DE COLÓN

De sorprendente puede calificarse el hecho de que Cristoforo Colombo,  nacido en la Liguria italiana en 1451, escribiera en castellano al Banco de San Giorgio de Génova, al igual que mantuviera una extensa correspondencia en esta misma lengua con  Nicolás Oderigo, embajador genovés en Castilla, y con su gran amigo y protector, también italiano, fray Gaspar Gorricio. A sus hermanos Bartolomé y Diego, supuestamente  genoveses, les escribía en castellano y hasta en caracteres desconocidos. ¿Cómo puede explicarse que   Cristoforo Colombo o el Colón ligur [expresión utilizada por Pietro Martire  d’Anghiera], que hasta los 22 o 25 años residió casi permanentemente en Génova y Savona ya utilizara el castellano en Portugal, tres años antes de llegar a Castilla?

Y también queda probado lo dicho por una extensa nota marginal, en lengua castellana,    escrita por Colón en un libro de su propiedad,  Historia rerum ubique gestarum de Eneas Silvio Picolomini, en la que el genial navegante explica sus cálculos sobre    la era del mundo. ¿Será que el Cristoforo Colombo genovés, nacido en 1451, no era Cristóbal Colón? Nadie puede negar que el Almirante   tenía conocimientos de la lengua italiana  porque  en  Historia di Plinio,  escrita en dicha lengua y conservado en la Biblioteca Colombina de Sevilla, hay la siguiente nota marginal escrita por Colón:  << Del ambra  es çierto nascere in India soto tierra, he yo no ha fato   caure in molti monti in la isola  de Feyti uel de Ofir uel de Cipango, a la cuale habio  posto  nome Spagnola, y ne o trouato pieça grande como el capo, ma no tota chiara, saluo de chiaro y parda, y otra negra; y ve n’e asay>>. Significado en castellano: <<Es cierto que el ámbar nace en la India bajo tierra y yo hice excavar en muchos montes de la isla de Feyti (Haití) o el Ofir o el Cipango, a la cual había puesto el nombre de Española y allí encontré una pieza grande como la cabeza, pero no toda clara, siendo entre clara y oscura y otra negra, y hay bastante>.

Palabras no italianas son  del, es cierto, tierra, yo, pieça, como, el, y, pardo, otra, negra, pero la redacción no puede atribuirse a una persona que tuviera el italiano como lengua materna. Salvador de Madariaga [Vida del Muy Magnífico Señor Don Cristóbal Colón, Buenos Aires, 1958, p. 73] califica el texto <<como una jerga indescriptiblemente cómica en la que  las palabras italianas o pseudoitalianas ni siquiera son mayoría en un contexto italiano-castellano-portugués>>, para añadir que <<es tan disparatado, que, de no ser apócrifo, sólo puede explicarse por un momento de aberración mental>>.

Por otra parte, entre las numerosas notas y apostillas de Colón en sus libros de lectura, todas en castellano y latín, hay otra corta en italiano, en el Libro de Profecías [Biblioteca Colombina de Sevilla]: <<Doppo el pecato delli primi parenti cadendo   l´homo de male en pegio perdete la simigliança de Dio et, como dice el psalmista, prese similitudine de bestia>>. En castellano quiere decir: <<Después del pecado de los primeros padres cayendo el hombre de mal en peor perdió la semejanza de Dios y, como dice el salmista, tomó la semejanza de bestia>>. En este caso, el, en, como, de  tampoco son palabras italianas. Así que el supuesto «genovés» Colón solamente nos ha dejado dos notas escritas en  «italiano», nada en portugués  ni tampoco, que se sepa, en dialecto genovés y, a excepción de los caracteres cifrados, el resto de la  numerosa correspondencia, bien sean documentos autógrafos o de copistas, están escritos en castellano. Y si no hay suficiente con el problema de que el Colonus ligur   no tuviera el italiano como lengua propia, veamos lo que dice fray Bartolomé de las Casas:

–         –         <<Todas estas son sus palabras formales, algunas dellas no de perfecto romance castellano, como no fuese su lengua materna del Almirante>>.

–         –         <En este paso  hace mención el Almirante  de muchos puntos  de tierra e islas e nombres que les había puesto, pero no parece cuando, y en esto y en otras cosas que hay en sus itinerarios, parece ser natural de otra lengua, porque no penetra del todo la significación de los vocablos de la lengua castellana, ni del modo de hablar della>>.

–         –         <<Estas son sus palabras, y no muy polidas en nuestro romance, pero, cierto,  no por eso dignas de desechar>>.

–         –         <<Todas estas son  palabras del Almirante, con su humilde y falto de la propiedad de vocablos estilo, como quien en Castilla no había nacido>>

–         –         <<Estas son sus palabras, puesto que defectuosas cuanto a nuestro lenguaje castellano, el cual no sabía bien, pero más insensiblemente dignas>>

Hay otro testimonio importante relacionado con la lengua que hablaba  Colón  al llegar a La Rábida (Huelva),  y es el de García Hernández, físico (médico) de Palos, que en ocasión de los pleitos colombinos declaró: <<E que estando ally ende este testigo un frayle que se llamaba fray juan peres q’es ya defunto quiso hablar con el dho don crystobal colon e viendo le desposysion de otra tierra e reyno ageno a su  lengua le preguntó…>>.

(Cristóbal Colón, catalanoparlante, Editorial Mediterrània-Eivissa, Nito Verdera, Ibiza, 1994 pp. 27,  28, 312, 313 y 314)

CARACTERES CIFRADOS 

A finales de agosto del año 1500 llegó a Santo Domingo un nuevo gobernador, Diego Bobadilla, que detuvo a los hermanos Colón y los envió a Castilla cargados de cadenas. El hecho fue recogido en las Décades de Pietro Martire D’Anghiera y cuenta que <<Aquel nuevo gobernador se dice que envió a los Reyes cartas escritas por la diestra del Prefecto (Almirante)  en caracteres cifrados, en las que exhortaba y aconsejaba a su hermano el Adelantado (Bartolomé), ausente a la sazón, que acudiera a toda prisa con una tropa armada   para protegerse de una injuria, si el nuevo gobernador se disponía a cometer con ellos algún atropello>>.

Para el historiador Juan Gil, escribir en caracteres cifrados  <<era una costumbre generalizada en aquel tiempo>>. Podía serlo, no voy  a discutirlo, pero, en cualquier caso, debía estar reservada a las personas cultas, pienso yo. Salvador de Madariaga, en cambio, lo analiza desde otra óptica y se pregunta qué caracteres son éstos y señala que ni Cristóbal Colón ni su hermano Bartolomé sabían lengua alguna que no fuese latina. <<Es muy probable -añade- que se hubiesen constituido una cifra de uso personal. Más natural parece suponer que conociesen  por tradición familiar alguna forma cursiva del alfabeto hebreo>>.

Hay dos apostillas singulares en Historia rerum ubique gestarum,  de Eneas Silvio Picolomini , la B54 y la B59, escritas parcialmente en clave, que hasta hoy, al parecer, nadie ha sido capaz de descifrar. La B54  dice <<Nota de Seres multa nobis spectantibus pro T76 y 78/= 849Y8/>>, que puede traducirse por <Fíjate en los Seres, muchas cosas, que nos esperan para…>>.

En cuanto a  la B59  dice <<Miram dicunt aeris dementiam ministrare.adeo quod sit ultima .4m. clima 7=3y8=9P547>6=7P…>>. Su significado es: <<Dicen que les otorga una maravillosa locura del aire. Tanto que sería el más remoto 4º clima…>>.   [x1]  [x1]

Por lo que respecta a la B54, Juan Pérez de Tudela [Cristóbal Colón. Una nueva Historia del Descubrimiento, Rembrandt Editions, Alicante, 1989] señala que la primera palabra cifrada significa lignis (troncos, canoas) y la segunda Esdras. En cuanto a la apostilla B59, apunta Juan Pérez de Tudela que la primera palabra cifrada significa Uidigueipolis= a Dominica (la isla), Guaytucabo en lengua de los aborígenes. La segunda significaría Iemaserpolis= a Yamaye, nombre indígena de Jamaica.

Como es sabido,  el doctor Juan Pérez de Tudela y Bueso, miembro de la Real Academia de la Historia de España, es autor de una teoría sobre el descubrimiento de América según la cual Cristóbal Colón -antes de 1492 y en pleno Océano Atlántico- encontró una canoa con indígenas vivos, que le habrían informado de la existencia de

islas en el Mar Caribe. Ciertamente, aquí y ahora no se trata de valorar la citada teoría ni el resultado  de los trabajos llevados a cabo para intentar descifrar las palabras en clave, pero sí se debe agradecer al ilustre historiador español el empeño mostrado para aclarar el significado de las dos apostillas colombinas.

Respecto a la apostilla B54, Gerard Garrigue [Christophe Colomb le catalan, Confluences, Barcelona, 1992, p. 157] también da su versión  sobre su significado El autor, a quien conocí personalmente en Barcelona en 1993,  ha sido marino profesional y  ha navegado por el Océano Indico y por el Mar de China, y recuerda que los Seres, para los europeos eruditos del siglo XV, eran los hombres de raza amarilla que vivían en Extremo Oriente. Gerard Garrigue supone que la palabra cifrada indica una posición y que 7 es la longitud al oeste de su meridiano 0, que pasa por la isla de Hierro, a 19 grados de Greenwich y en latitud 78 norte según los cálculos de Cristóbal Colón, que correspondería al sur de Islandia y está equivocada en 11 grados por exceso. Entonces, Garrigue llega a la conclusión siguiente:

Longitud 19+7= 26 grados oeste

Latitud 78-11= 67 grados norte

Esta sería, según Gerard Garrigue,  la situación de un punto de la cadena de montañas de la costa oriental de Groenlandia, con altitud de 3.700 metros, que Colón habría observado durante algunas horas del invierno boreal. <<De hecho -concluye Garrigue- él había visto América>>. Es decir, la apostilla de Colón vendría a confirmar que hubo un predescubrimiento, como se dice en las Capitulaciones de Santa Fe, hecho que viene reforzado después de haber estudiado lo que he venido en denominar «Conexión noruega».

(En la obra citada Cristóbal Colón, catalanoparlante, Nito Verdera,  pp.313 y 314)

COLÓN Y EL ALFABETO HEBREO

La teoría de Salvador de Madariaga, respecto a que los hermanos Colón podrían haber utilizado  alguna forma cursiva y cifrada de la lengua hebrea, encaja perfectamente con las doce rúbricas utilizadas por el Almirante en otras tantas cartas autógrafas dirigidas a su hijo Diego, en las que en el ángulo superior izquierdo aparecen ligados los caracteres hebreos bet y hai, abreviaturas de Baruch Haschem (Alabado sea el Señor). La investigación que he llevado a cabo  [Cristóbal Colón, originario de Ibiza y criptojudío,  editado y publicado por el  Consell Insular d’Eivissa i Formentera, 1999, ISBN: 88018 – 42 – 8, pp. 137-179] sobre este signo, escrito de derecha  a izquierda al modo semítico y en la que he contado con la valiosa colaboración del Archivo General de Indias, expertos del Gabinete Central de Identificación de la Dirección General de Policía Judicial española y del Instituto de Manuscritos Hebreos Microfilmados de Jerusalén, permite afirmar, de manera científica, que Colón conocía la lengua hebrea. Por añadidura, el filólogo alemán Fritz Streicher [Die Kolumbus Originale, Spanische Forschungen I, Görresgesellschaft, Munster i.W., 1928] afirma de manera categórica que la rúbrica está escrita por la mano de Colón, lo cual invalida las voces que se han alzado durante años, el sentido que el famoso lazo o rúbrica sería obra de algún archivero de la Casa de Veragua.

(Cristóbal Colón, catalanoparlante, Nito Verdera, Ibiza, 1994, 28, 29, 30)

LÉXICO COLOQUIAL COLOMBINO

En  Cristóbal Colón, catalanoparlante (pp. 97- 150) he analizado 63 palabras o expresiones usadas por el Almirante, no escogidas al azar, sino por sus singularidades,

por no estar de acuerdo con la interpretación que se había dado de ellas por parte de historiadores y filólogos  -especialmente Consuelo Varela, Juan Gil y Ramón Menéndez Pidal-, y otras por entender que solamente se explican desde la lengua catalana. El resultado es que 61 de ellas (96,8%) se encuentran en catalán; 31 son únicamente catalanas (42,9%); 22 son usuales en castellano y catalán (34,9%); cuatro son comunes al catalán, castellano y portugués (6,4%). Hay una palabra común al catalán y portugués y otra en árabe; a otra la considero un híbrido del catalán, portugués e italiano; otra es también común al catalán, portugués e italiano; y hasta hay una no clasificada en ningún idioma. Hay otro  grupo de seis palabras al que denomino especial, que supone el 9,5% del total analizado, que son las siguientes:

Mozada (mordisco, bocado) :  común al catalán y al gallego-portugués.

Burcam  (volcán): genuina del árabe.

Faxones/faxoes (judías):  híbrido portugués, catalán e italiano.

Luxengero (adulador): es un préstamo del antiguo occitano al catalán, castellano, portugués e italiano.

Per forza (por fuerza): es común al catalán, portugués e italiano.

Porsimolum  (¿perejil?, ¿hinojo?):  es difícil de adscribir a una lengua determinada.

De los 31 vocablos genuinos de la lengua catalana destaco bil.la (significa rasgón,  arrapiezo y venda, y se usa sólo en Ibiza), abalumado (agobiado), barjaca (bolsa),   almucadas (capuchas), fexes (haces), launes (láminas), manadas (manojos), manillas (aros, pulseras), redusir a memoria [hacer recordar], pusad (en el sentido de ser muy exigente), quisto (recaudador), setcentas islas de nombre (setecientas islas de número), terrado (azotea), cans (perros), encomportable (insoportable), ian face (hay delante), el mundo es poco (el mundo es pequeño), ençengir (rodear), arreo (sin excepción, sucesivamente), arriscada (atrevida), çeçiones (acceso de fiebre), aver o tener lengua (obtener información por vía secreta), pardales (gorriones), pellas (bandejas), resurtir (retroceder, retirarse).

(Cristóbal Colón, catalanoparlante, Nito Verdera, Ibiza, 1994, pp, 295, 296)

LÉXICO NÁUTICO Y TOPONÍMICO UTILIZADO POR COLÓN

De los 79 términos analizados, 69 son muy usuales en catalán (87,3%); 37 son únicamente usados en catalán (46,8%); 26 son castellanos (32,9%), pero muy usuales en catalán y hasta algún que otro en gallego-portugués y francés. Solamente un vocablo es usual en italiano y genovés; 16 también se encuentran en gallego-portugués (20,2%) y uno en gascón. Otra palabra es genuina del gallego-partugués, dos son italianas, tres del francés y el resto son normales en castellano y catalán.

Por otra parte, 11 términos estudiados son franceses (13,9%), pero usuales en castellano y catalán y, de todos ellos, solamente uno es genuino del francés; otro es provenzal, veneciano y  genovés, y otro usual en italiano  El resultado del análisis de 10 palabras señala que una es usual en dialectos suizos, del norte de Italia y de Baleares; y las restantes palabras son usuales en catalán, castellano, portugués y occitano. En consecuencia, de 79 vocablos náuticos analizados 10 no son  de la lengua catalana, pero los encontramos en castellano, gallego-portugués y francés.

Las 37 palabras o expresiones genuinas del catalán son las siguientes: ampolleta (reloj de arena), angla (ensenada), agrezuela (en forma de crisol), basa (fondo marino arenoso), bojar (navegar o medir el circuito de una isla), boltejar (por voltear, navegar ciñendo dando bordos alternativos y sucesivos), boneta (vela supletoria), bruma (molusco acéfalo que se introduce en las maderas bañadas por las aguas de mar y las destruye), camarí (variedad del tiburón y topónimo existente en la isla de Formentera), estar o ponerse a la corda (disponer las velas de una embarcación de modo que ande poco o nada), cheranero (socaire), derrota (rumbo, camino), jamás se desabarcan (jamás se alejan), despalmar (limpiar, dar sebo y calafatear los fondos de una embarcación), enfundió (echó a pique),  farallón (peñasco abrupto que  sobresale en el mar), tener farol o hacer farol (hacer señales), fisga (arpón de varios dientes), gabia (vela), margalida (Margarita, isla de Venezuela e islote situado en la costa NW de Ibiza), martinet (en castellano es Martinete, el ‘martín pescador’,  y topónimo situado ala entrada del puerto de Ibiza), poner navío a monte (varar la embarcación en seco para

carenarla o pintar sus fondos , papahigo (vela mayor, sin bonetas), portada (pacotilla), reguardo (distancia prudencial que por precaución toma la nave para al pasar cerca de la costa o de un punto peligroso), estar al reparo (navegar sin poner en peligro la embarcación), retreta (refugio), revesos (del catalán ‘revesa’ -dura y díficil-, peces que en la barriga tienen una aspereza, con la cual, donde quiera que se pegan, primero que los despegan los hacen pedazos) ), saona (de sazonar, y nombre de una cala de Formentera) soldar (echar el escandallo al agua para averiguar la profundidad y la calidad del fondo) sorgir (fondear), sotil (pequeño), surto (fondeado), temporejar (mantenerse con poca vela, como haciendo tiempo), será tant avant (habrá llegado), terral (viento de tierra)  y treo (vela mayor sin bonetas).

Otras 32 palabras son muy usuales catalán y prestadas a las otras lenguas hispánicas; es decir, que de las 79 palabras analizadas, resulta que 69 de ellas (87,3%) se  documentan en lengua catalana: balcos (rachas de viento de poca intensidad), sirga (maroma para tirar de una embarcación desde tierra), batel (embarcación que llevaban los navíos), blandear (aflojar, amainar),  encabalgar (montar, doblar),  gabia, , pozo (fondeadero),  tonina (atún),  trabucar (volcar, zozobrar),  xarcia (aparejos y cabos de una nave), bolina (ir de bolina es navegar ciñendo el viento, de manera que dirección de la quilla forme con la del viento el ángulo menor posible),  resaca (movimiento en retroceso de las olas después que han llegado a la orilla),  vento abal (viento que sopla entre el Este y el Sur),  nacaras (madreperlas),  jusente (bajamar),  cala (ensenada pequeña), estar a la colla (esperar condiciones favorables para navegar),   conventos/comentos (unión de dos tablas),  cor<r>i (en el sentido de llegar  por arribada forzosa),  naveta (nave pequeña),  resegundava (se repetía),  tramontana (Norte), turbiada (turbión, turbonada),  amainar (arriar las velas de una embarcación),  ataraçana (arsenal de navíos) ensolvia (diluía),  entena (verga inclinada de las velas latinas),  escombrado (desembarazado, limpio),  passada (paso),   puntero (viento que viene por la proa) y  sotavento (costado opuesto a aquel de donde viene el viento).  Pero resulta que hasta 20 palabras de los textos de Colón se documentan por primera vez en castellano. Correspondientes a 1492 tenemos barlovento (la parte de donde viene el viento, no documentada anteriormente en ninguna lengua), bojar, estar a la corda, hacer farol, fisga,  poner navíos a monte, naveta, papahigo, estar al reparo, sorgir,  temporejar, terral y treo. Portada (pacotilla) es una verdadera perla, que  aparece en castellano en 1495 y se documenta en Llibre del Consolat de Mar, del siglo XIV. Puntero (viento que viene por la proa) apareció en castellano en el cuarto viaje de 1503. Despalmar en 1502, estar a la relinga en 1493 y procede del francés; resaca entra al castellano en 1492 y es francesa y catalanismo; restinga también aparece en 1492 y es gallego y portugués; Curiosamente, 17 de las palabras y expresiones citadas son de la lengua catalana  (21,5%).

En cuanto a  barlovento (la parte de donde viene el viento) resulta que no es palabra catalana ni castellana ni italiana ni portuguesa. En lengua catalana es sobrevent y  barlovent se considera como un barbarismo, un castellanismo. Sin embargo, resulta que el ‘extraño’ vocablo viene del catalán per lo vent, que también significa ‘la parte de donde viene el viento’, que con la arabización de la «p» inicial se convierte en «b», hecho que solamente se explica desde el catalán hablado en Ibiza.

Por otra parte, cheranero (socaire) no significa ni Carenero ni Quersoneso como pretenden algunos historiadores, sino que se explica desde el antiguo verbo catalán (siglo XIII) serenar, xerenar (calmar). Entonces,  al  xeraner (el que da socaire) lo castellaniza el Almirante en cheranero y se acaba el «misterio» de la palabra usada por

Colón el día 6 de diciembre de 1492 en Haití. La cosa está muy clara, pero hay que

saber que en catalán no existe la «ch», función reservada a la «x». Además,  el  catalán hablado en Ibiza presenta una tendencia a la palatización inicial: xindria  (sandía), xamarra (pelliza), xinglot (hipo), en lugar de sindria, samarra, singlot. Así que, sin lugar a dudas,  la filología explica una vez más  explica el polémico cheranero de Colón y cual era su lengua materna.

(Cristóbal Colón, catalanoparlante, Nito Verdera, Ibiza, 1994, pp. 298, 299, 300)

CRISTÓBAL COLÓN NO PODÍA SER GENOVÉS

Las conclusiones revelan que Colón tenía muy pocos conocimientos del dialecto genovés y del toscano -unido al hecho probado por Las Casas y Ramón Menéndez Pidal de que ni el castellano ni el portugués eran su lengua materna- lo cual nos permite presumir que debía ser catalanoparlante; es decir, natural de alguno de los territorios de la antigua Corona de Aragón. También tenía  el Almirante grandes conocimientos del castellano, pero no los suficientes, según he comprobado en la investigación lingüística, porque cuando desconoce el vocablo adecuado, sin dudarlo, usa el catalán. Es un hecho tan claro, que en varias ocasiones ha de explicar su significado por suponer que los destinatarios de sus escritos  no lo entenderán. Podemos, pues, calificar a Cristóbal Colón, hasta cierto punto,  de ‘creador de la lengua castellana’.

Cristóbal Colón convivió navegó durante 14 años con portugueses y franceses, y así es normal que usara nuevos términos y expresiones. Y una pregunta se impone: dónde está la pretendida influencia del dialecto genovés y del toscano, base del actual italiano, en sus escritos? La respuesta científica   es que no se encuentra, y que la pretendida influencia, ya que es prácticamente inexistente. En suma, gracias a una investigación que me ha llevado muchos años, creo poder aportar una prueba importante, quizá decisiva, para demostrar que el genovés Cristoforo Colombo no podía ser el Cristóbal Colón de los archivos españoles.

(Cristóbal Colón, catalanoparlante, Nito Verdera, Ibiza, 1994, p. 304)

LA LINGUA FRANCA COMO COARTADA

Es evidente que cuando Colón no sabía las palabras adecuadas en castellano las escribía en catalán y, en contadas ocasiones, en portugués y francés. Mi admirada Consuelo Varela (Cristóbal Colón. Retrato de un hombre, Madrid, 1992, p. 68), dice que <<el Almirante era un hombre de mar acostumbrado a chapurrear mil lenguas y que con sus compañeros se entendía a las mil maravillas en la jerga que se llamaba entonces levantisca, es decir del Levante, del Mediterráneo en general […] mientras que la jerga marinera castellana apenas aparece en su léxico. Colón -añade- educado entre italianos y portugueses, pero viviendo en Castilla habla una lengua desconcertante con préstamos de todas ellas>>.

Respecto a la forma de hablar de Colón quisiera  puntualizar que hoy en día nadie puede saber la pronunciación que tenía, hecho que permite señalar casi a ciencia cierta la nacionalidad de una persona, pero sí conocemos su manera de escribir. Debe tenerse en cuenta, además, que Las Casas dice <<que no penetraba del todo la significación de la lengua castellana>>, hecho que excluye a los territorios de Castilla como cuna del Almirante, pero sin que nos dé pistas de dónde podía ser natural.

No pongo en duda que Colón conocía la jerga levantisca, la  lingua franca, hecho que se viene utilizando como coartada para seguir apuntalando al genovés Cristoforo  Colombo como descubridor el Nuevo Mundo, pero veremos que ésta no pudo influir en sus

escritos. En realidad, la  lingua franca (Nueva Enciclopedia Larousse, Barcelona, 1981,

vol. 6, p. 5844) es una serie de voces latinas que designan un sabir, que comprende elementos diferentes de lenguas románicas, del árabe y del turco en uso hasta el siglo XIX en los puertos mediterráneos. La lingua franca sirvió, desde la época de las Cruzadas,  de lengua comercial entre individuos de lengua turca o árabe, por una parte, y francos (cristianos) por otra. En Argel, que también fue lengua de la chusma, empleada entre dueños y esclavos, y entre esclavos de lenguas diferentes. Alguna vez ha desempeñado el papel de lengua diplomática, sobre todo en Túnez.

Para mejor comprensión, puede añadirse que un sabir es una lengua de relación mezclada a sabiendas, voluntariamente rudimentaria  en su vocabulario y en su estructura gramatical, usada con fines particulares entre individuos de lenguas diferentes.  Es importante explicar que los sabires son lenguas especiales limitadas a ciertos dominios: comercial, relaciones con esclavos y comunicaciones de orden profesional; y son verdaderas lenguas mixtas, más o menos artificiales.

Ejemplos de sabir son el rusonorsk, la lengua de pescadores rusos y noruegos;  el  chinook, la lengua híbrida de un pueblo amerindio que habitaba la costa del Pacífico en los actuales estados  de Oregón y Washington;   y los pidgin inglés de China, en vías de desaparición,   y el pidgin melanesio, conocido con el nombre de beach-la-mar, muy usado en la actualidad.

Por otra parte, la profesora Estelle Irizarry, de la Universidad de Georgetown en EE.UU., en un trabajo titulado Cristóbal Colón, escritor, publicado en octubre del año 1992,  llega a las conclusiones siguientes:

1.      1.      Colón inicia el género ensayístico en el Nuevo Mundo en modalidades variadas de ensayo epistolar, testimonial, persuasivo y personal.

2.      2.      Colón logró que su prosa respondiera a variados fines de tipo persuasivo, informativo y descriptivo.

3.      3.      Los historiadores y biógrafos pueden interpretar a su gusto la figura de Colón como descubridor, pero quedan estos textos como testimonio de un escritor hábil y elocuente.

Un informe demoledor, sin duda, para los que siguen defendiendo que la lengua de Colón era la lingua franca, la jerga levantisca.

¿Puede acabar con el enigma de Colón el hecho de que se la haya fijado, clasificado como catalanoparlante? No lo creo. Y soy pesimista porque a los investigadores colombinos de Cataluña  y a los de Mallorca, que tienen  una lengua común: el catalán, les va muy bien mi  investigación lingüística y las conclusiones. Seguiremos con el diálogo de sordos. Cada uno hará la guerra  por su  cuenta, y cabe recordar que en España los hay que quieren un Colón gallego, extremeño, asturiano, valenciano y toledano. Y lo más grave es que todos los investigadores que defienden a capa y espada tan diferentes teorías saben muy bien que Colón no tenía el castellano ni el gallego como lenguas maternas. Pero lo más preocupante es que los investigadores de Cataluña, socios como yo del Centre d’Estudis Colombins, sección del Ómium Cultural de Barcelona, quieren que el navegante descubridor sea miembro de la rama más o menos noble de los Colom de Barcelona y no acaban de aceptar la gran posibilidad de que el Almirante y sus hermanos fueran miembros  de la poderosa  familia judía conversa Colom de Ibiza.

Por añadidura, el hecho de que Cristóbal Colón utilizara muchos topónimos de las costas  de Ibiza y Formentera para bautizar accidentes geográficos del Caribe  dicen que no es significativo ni probatorio de la relación de Colón con Ibiza, cuando ocurre todo lo contrario porque la toponimia es una ciencia auxiliar de la historia. Sinceramente, si

los investigadores colombinos  del  Principado de Cataluña o los de Mallorca  pudieran aportar el dato de que en sus costas hay o hubo los nombres de lugar trasladados al Caribe en el transcurso de los cuatro viajes realizados por el descubridor, el  «Caso Colón», el Colongate ya estaría cerrado.

(Cristóbal Colón, catalanoparlante)

COLÓN, CRISTÓBAL – por Gustavo Vargas Martínez

Cristóbal Colón.
Litografía de J.J. Martínez.
Museo Nacional, Bogotá.
 

 

Navegante y descubridor de América. Casi todo lo relativo a Cristóbal Colón está rodeado de polémica o permanece en el misterio: nombre, lugar y fecha de su nacimiento, educación, viajes, amigos, valores éticos, locura, de todo se ha dudado. El primero en meter desorden fue su propio hijo Fernando, cuando en la Vida del Almirante (1571), aseguró que su padre «quiso que su patria y origen fuesen menos ciertos y conocidos» (capítulo I), y que de sus viajes y navegaciones «no tengo plena noticia puesto que él murió cuando aún no tenía yo ni atrevimiento ni familiaridad bastante por el respeto filial para osar preguntarle tales cosas» (capítulo m). A juzgar por los relatos de sus coetáneos, Colón fue gente de mar desde muy joven, cartógrafo como su hermano Bartolomé y conocía tanto el Mar del Norte como el Mediterráneo. Pero los historiadores desde hace un siglo han puesto en tela de juicio si Colón, como afirman los españoles, y Colombo, como lo identifican los italianos, son o no una misma persona. Ciertamente la familia de Cristóforo Colombo era de operarios manuales-tejedores y laneros unos, vinateros otros- y por esa razón se sostuvo la tesis de que el hijo de Dominico Colombo y Susana Fontanarosa, nacido entre el 28 de agosto y el 31 de octubre de 1451, al parecer en Génova o en alguna ciudad del Genovesado, fue cardador de lana y no tuvo nada que ver con el intrépido navegante «descubridor» del Nuevo Mundo. Que Colón y Colombo eran dos personas distintas lo demostró en 1921 el académico Ricardo Beltrán y Rózpide. Que Colón pudo ser español, judío cuya familia había emigrado a Italia una o dos generaciones atrás, lo argumentó Salvador de Madariaga. Que era catalán, lo afirmó Luis Ulloa. En medio de tan singulares polémicas, la Real Academia de Historia de Madrid concluyó en 1926 «que si bien hasta ahora es cierto que no hay prueba suficiente para declarar que Colón nació en Pontevedra, tampoco la hay de que nació en Génova». En 1953 la prensa internacional dio noticia, al parecer definitiva, de que Colón había nacido en Casale Monferrato. Otros exigieron que se reconociera a Cataluña como patria del Almirante, argumentando que el Documento Borromei, atribuido al protector de Pedro Mártir de Anglería, demostraba que había nacido en Mallorca. Pero los historiadores, escépticos ahora, no han hecho más que tomar nota de las discrepancias. La enigmática firma de Colón sigue siendo, 500 años después, otro misterio sin descifrar. Algunos han visto en ella la estrella de David, disimulada entre las letras; otros, en cambio, la traducen invocación latina de origen cristiano. El hecho de que Colón no haya escrito en italiano, porque no sabía la lengua, sino en español, aunque salpicado de galleguismos, y que impuso muchos nombres españoles a los lugares que visitó, hace aún más sospechoso su lugar de origen. En 1990, un autorizado historiador italiano, Paolo Emilio Taviani, realizó una cuidadosa tarea de divulgación y estudio de las tesis genovesistas respecto a Colón. Sin embargo subsiste la duda sobre la identidad entre el navegante Colón y el lanero Colombo. Es desconcertante que ni retratos auténticos haya de Colón: de una treintena de pinturas, algunas tan populares como el anónimo existente en la Galería Giovio, en Como, o el de Sebastián de Piombo, en el Museo Metropolitano de Nueva York, todas las treinta son apócrifas.

Los años mozos de Colón se desconocen. Los de Colombo están en tela de juicio. De éste se dice que estudió en Pavía, pero ningún documento avala la aserción. Que vivió en Savona en 1473, cuando trabajaba para casas comerciales genovesas, parece cierto, al igual que su radicación en Portugal en 1479. A1 año siguiente se casó con Felipa Moniz, hija de Bartolomé de Perestrello, capitán de Puerto Santo. Es la época en que leyó la Imago Mundi de Pedro d’Ailly y la Historia Rerum Libique Gestarum del papa Eneas Silvio Piccolomini. Entre 1485 y 1486 se estableció en Castilla, ya dedicado totalmente a promover su proyecto del viaje transoceánico. Es, justamente, la época en que conoció, al decir de Juan Manzano y Manzano, el viaje del protonauta Alonso Sánchez de Huelva, y el momento en que se consolidó lo que la historia conoce como «el secreto de Colón». Como se sabe, Colón nunca pudo explicar con suficiencia las razones que tenía para su proyectado viaje «a levante por poniente». Conociendo la existencia de tierra firme al oeste con el nombre de India Oriental como estaba pintado en los mapas de Martellus de 1489, sabiendo que a 750 leguas aproximadamente se extendía el enorme archipiélago antillano, que desde Marco Polo se creía parte de Cipango (Japón), Colón no podía revelar la fuente de su información a los eruditos del reino, por la simple razón de que no convenía a sus planes de obtener prebendas y recompensas: conoció la ruta en la bitácora de Sánchez de Huelva, muerto en su casa de Madera en 1484. Acosado por su conciencia y por las presiones de los sabios que exigían documentos probatorios para avalar su proyecto, le confió su secreto al fraile de La Rábida, Antonio de Marchena. Sin embargo, el desarrollo mismo del primer viaje trasatlántico de 1492 dejó al descubierto suficientes indicios de lo dicho aquí. Veamos algunos:

El texto de las Capitulaciones de Santa Fe, signadas el 17 de abril de ese año, admiten claramente que Colón descubrió islas y tierra firme en los mares occidentales. Literalmente dice que Colón «ha descubierto», así, en pasado y como hecho cumplido.

La seguridad en la ruta trazada este-oeste, casi en línea recta por la latitud 28 norte, desde la Isla Gomera, si bien no llevaba más que confusamente a las islas antillanas, muestra un conocimiento claro de tierras al otro lado del océano. La ruta de regreso siguiendo la corriente del Gulf Stream, suroeste-al-nordeste, es otro acierto y otro misterio no suficientemente aclarado.

El mapa que llevaba Martín Alonso Pinzón, consultado en altamar y conocido durante «los pleitos colombinos», era una copia del Martellus traído de Roma, de la biblioteca del papa Inocencio VIII, fechado en 1489, donde explícitamente aparece el litoral suramericano.

La doble contabilidad llevada durante el primer viaje, demuestra que se tenía una distancia estimada y prevista de unas 750 leguas marinas, calculada porque se tenía conocimiento de las distancias por recorrer, bien por Martellus, Behaim, por Pinzón o por sí mismo.

La carta-credencial para el Gran Can, por triplicado, delata una misión predeterminada y un objetivo político del viaje, no evangelizador, puesto que en el primer viaje no iba ningún cura y sí un intérprete políglota, Luis de Torres, judío que hablaba «hebraico, arábigo y algo de caldeo>. Allí se le ordena dar embajada ante los príncipes de Oriente y referirles la situación de España después de la expulsión de moros y judíos.

En efecto, en el proemio a su Diario de viaje, es patente que Colón sabía a dónde iba y a qué, pues no tendría objeto darle informes al Gran Can de la estrategia antimusulmana y antijudía de los reyes si no era con el propósito de buscar su alianza.

La confirmación de los privilegios otorgados al Almirante el 28 de marzo de 1493, después del primer viaje, se apresura a otorgarle nombramiento de Virrey de las islas y tierra firme, cuando sólo se habían hallado seis islas y apenas habían transcurrido trece días de su regreso.

La insólita bula papal, imprudente y precipitada, qué encomia el viaje «descubridor» de Colón y prepara los tratados de partición del mundo, cuando apenas el almirante pisaba, de retorno, tierra hispana.

Fernando Colón, en la biografía de su padre, dejó testimonio de la manera solapada y de los ardides de que se valió para decir su verdad a medias, ante las juntas de sabios convocadas para examinar el proyectado primer viaje: «Como en aquellos tiempos no había tantos cosmógrafos como hay ahora, los que se reunieron no entendían lo que debían, ni el Almirante se quería dejar entender del todo, por temor a que ocurriese lo mismo que en Portugal y se alzasen con el santo y la limosna>. Pero Marchena sí conoció la verdad de todo, y ese es un nuevo indicio revelador. Gonzalo Fernández de Oviedo afirma que Marchena fue «la persona sola de aquesta vida a quien Colón más comunicó de sus secretos». Pero como tampoco los podía revelar, porque los había conocido bajo el secreto de la confesión, el fraile se las ingenió para decirle a los Reyes Católicos «que era verdad lo que el Almirante decía», y a Martín Alonso Pinzón que «fuese a descubrir las Indias que placería a Dios que habían de hallar tierra». El propio Colón aceptó después, que en los siete o casi ocho años que duró su lucha por obtener apoyo oficial a su plan de viaje, «no halló persona que no los tuviese en burla salvo aquel padre fray Alonso de Marchena». ¿Qué otra cosa pudo revelar Colón a Marchena sino el origen y las pruebas de su ambicioso proyecto? Aún más, información suficiente sobre Sánchez de Huelva, primer español en llegar a tierras americanas (Haití, 1484 ó 1485), consta en muchos escritores antiguos, como Bernardo Aldrete, Roderigo Caro, Juan de Solórzano, Fernando Pizarro, Agustino Torniel, Petrus de-Maliz, Gregorio García, Juan de Torquemada, Juan Bautista Riccioli, Gonzalo Fernández de Oviedo, Francisco López de Gómara, Girolamo Benzoni, y el ilustre autor de los Comentarios Reales, Garcilaso Inca de la Vega.

Los cuatro viajes de Cristóbal Colón tuvieron distintas motivaciones, y aunque existe consenso sobre el segundo y el tercero, que se llevaron a cabo para dar embajada al Gran Can y para atesorar oro y perlas, respectivamente, y sobre el cuarto o «alto viaje», para buscar el estrecho que permitiera llegar a las Molucas, en el Sinus Magnus, no ha sido posible un acuerdo sobre la finalidad del primer viaje colombino. Que se toparía con tierra firme de la India Oriental, donde se entrevistaría con el Gran Can, era previsible, pero no han escaseado las suposiciones casualistas que, desde hace medio milenio, han entorpecido las investigaciones. Las teorías sobre la «casualidad», «encuentro fortuito» o «providencial» de América sólo han servido para encubrir el reparto del continente entre las dos potencias católicas, España y Portugal, para justificar el despojo de tierras de los indios y explicar la subsecuente guerra de exterminio o de conquista, de la que Colón, por cierto, fue ajeno.

A1 amanecer del 3 de agosto de 1492 salió de Palos, a orillas del río Tinto, la pequeña flota compuesta por dos carabelas, La Pinta y La Niña, y una nao, la Marigalante, rebautizada como Santa María. Todo el viaje costaría alrededor de dos millones de maravedís, de los cuales los banqueros genoveses de la Casa Berardi pusieron una cuarta parte prestada a Colón, los Pinzón y los Niño otro tanto, y los Reyes Católicos la otra mitad, representada en las carabelas. El primer viaje, de 32 semanas, se podría dividir en seis etapas. La primera, de Palos a Canarias, entre el 3 y e19 de agosto, cuando llegaron a las Canarias, islas ya castellanas y de las que no se podía sobrepasar al sur por prohibirlo el Tratado de Alcazovas. Colón sabía, empero, que podía navegar hacia el oeste siguiendo los alisios del norte, a lo largo del paralelo 28. La segunda etapa cubre hasta el 12 de octubre, viernes, en que se afirma que vieron tierra los navegantes. Es curioso que, contra lo que se cree, ni un solo documento coetáneo, ni siquiera el Diario de Colón, citado por Bartolomé de las Casas, confirme esa fecha de manera explícita. Colón aseguró haber sido él en persona quien avistara una lucecilla a eso de las dos de la mañana. La superstición fraguada después sirvió para despojar al judío converso Juan Rodríguez Bermej, llamado Rodrigo de Triana, del premio de diez mil maravedís y un jubón de seda a quien primero viera tierra; pero fue este hombre quien gritó desde el palo mayor de La Pinta (no desde la Santa María): «Waana Hen-I» (¡He ahí tierra!), de modo que lo entendieron sólo Colón y Torrés, el judío. La tercera etapa del viaje llega al 16 de enero, cuando Colón se creyó en el archipiélago japonés y próximo al Sinus Magnus. Tan apremiado estaba por entregar las credenciales de embajador al Gran Can, que al pasar por Cuba envió a sus emisarios a buscarlo. Con la misma idea se le adelantó Pinzón, y así llegó a Haití, pensando en Cipango. La cuarta etapa ya es de regreso, Colón llegó entonces a las Azores, el 17 de febrero, por ruta equivocada debido a una tormenta. De las Azores a Lisboa cubre la quinta etapa. Durante el imprevisto encuentro con el rey de Portugal, se le notificó a Colón que las islas al norte y al occidente de las Azores eran lusitanas, en virtud del Tratado de Alcazovas de 1479. Más adelante, Portugal reivindicó Terranova, Labrador y Brasil como posesiones suyas. En fin, la sexta etapa concluye justamente en Palos, el 15 de marzo de 1493. La noticia de su regreso no causó, de momento, mayor interés, excepto en los marineros y sus familiares. Dos meses después, en carta a Juan Borromeo, Pedro Mártir de Anglería contó así el suceso:

«Un tal Chistophorus Colunus retornó de las antípodas occidentales; es un ligur que enviado por mis reyes, con solo tres barcos penetró en aquella provincia reputada por fabulosa, volviendo con pruebas palpables, muchas cosas preciosas y en particular oro, que se produce en aquella naturalmente. Pero pasemos a cosas menos ajenas».

El segundo viaje, del 25 de septiembre de 1493 al 11 de junio de 1496, encaminado a establecer asentamientos coloniales y recuperar la inversión mediante captura de perlas y oro, fue el más numeroso y el más prolongado de los viajes colombinos. Visitó las Antillas menores y la isla de Puerto Rico. A su paso por la isla Tortuga, de Haití, constató la mala suerte que había acompañado a los primeros colonos que se habían instalado en Natividad. A1 parecer, rivalidades internas surgidas entre los habitantes españoles por acopio de oro y mujeres, fueron aprovechadas por los caciques Guacanagarí, Caonabó y Mayreni para castigar a los intrusos. Sin embargo, Colón fundó Isabela (25 de diciembre), organizó una expedición a Civao (Cipango, según creían), recorrió la isla de Jamaica y Cuba por la costa meridional. Convencido de que Cuba era península asiática, hizo jurar a toda la tripulación que habían llegado al punto donde oriente y occidente se juntan. Durante el tercer viaje, cumplido entre el 30 de junio y el 18 de octubre de 1498, bojeó Suramérica sin saberlo, reconoció la embocadura del Orinoco (Mar Dulce), visitó la isla Margarita y terminó el viaje en las Antillas. En el cuarto y último viaje, Colón costeó Centroamérica, desde la isla de Guanaja, en la actual Honduras, y llegó al Darién. La idea geográfica de Colón era por entonces más confusa: cuatro veces había cambiado respecto a la insularidad o continentalidad de Cuba; buscaba el Sinus Magnus, pero, a su vez, no estaba seguro de su ubicación, de manera que cuando los indios le informaron que a sólo nueve jornadas había un gran mar, no les hizo caso; supo de la existencia de México e incluso trabó contacto con una barcaza maya o totonaca que llegó hasta Guanaja, pero no le concedió importancia. Estaba más preocupado por elaborar profecías sobre el fin del mundo. Al fin del viaje, Colón descendió por la costa de Mosquitos hasta Punta Marmórea, que aunque se la ha ubicado en Panamá, algunos autores, como Mauricio Obregón, creen que se trata de Cabo Tiburón, en el Chocó.

Colón murió en 1506 en la ciudad de Valladolid, y allí mismo fue sepultado, pero en 1509 sus restos fueron exhumados para enviarlos a Sevilla, aunque otros querían que se enviaran a Triana. Luego, en 1541, fueron remitidos a Santo Domingo, en la actual, República Dominicana. A1 confundirse con otros restos, se generó tal confusión que hasta el día de hoy no ha sido aclarada por los antropólogos físicos, porque cuando en 1795 Santo Domingo fue cedido a Francia, las autoridades hispanas decidieron llevarse los huesos del Almirante a La Habana y, al parecer, se llevaron equivocadamente otros. De tal suerte, en septiembre de 18T7 se encontraron, otra vez en Santo Domingo, sus restos en urna de plomo bajo la inscripción «Illtro. y Esde Varon Dn Cristoval Colon». Si a todo esto agregamos que entonces se sostuvo que los llevados a Sevilla eran los de su hijo Diego, y que veinte años después, en 1898, los supuestos huesos de Colón se llevaron a Cuba, resulta que ya nadie podrá asegurar, con propiedad, dónde se encuentran las cenizas del hombre que más estatuas tiene en el mundo por lo único que no reconoció haber sido: Descubridor de América [Ver tomo l, Historia, «El descubrimiento de América», pp. 39-62].

Relación del viaje a Cuba y Jamaica

Puerto de Santa Cruz (Española);

Isabela, 26 de febrero de 1495

         Christianísimo y muy altos y muy poderosos prínçipes rey y reina, nuestros señores:

         Yo partí de Cádiz el año pasado de noventa y tres a veinte y seis de septiembre con la armada de naos y gente que V. Al. me mandaron. Y desde las islas de Canarias, donde yo llegué en seis días, llegué a las Yndias en veinte días a las islas de los caníbales, de los cuales tomé y reçiví mugeres en los navíos de otras personas, qu´ellos por fuerça avían allí traído de otras islas con sus maridos, padres y fijos, las cuales no avían comido estos caníbales como a ellos. De las cuales islas hallé gran número, y todas fertelísimas y hermosísimas, y en todas avía muy muchas “canoas”, que ansí llaman a sus fustas, las cuales todas quebré y destruí. Y después bine por derecho camino a la nobelísima isla Ysavela, así como plugo a Nuestro Señor, de las sobredicha de los caníbales a la villa de la Navidad, la cual hallé quemada y nuestros christianos muertos por discordia que entr´ellos ovo, como yo escreví a V. Al. con la sobredicha armada, la cual torné a enviar a Cádiz, después de descargar la gente y cavallos y maestros de hedifiçios y todos los otros pertrechos y ganado y mantenimiento, debajo de la capitanía de Antoño de Torres, hermano del alma del prínçipe mi señor, con mi instruçión como vi que cumplía al serviçio de V. Al.; con el cual tanbién escreví el hedifiçio d´ella, el cual fue por voluntad divina, porque yo lo avía imajinado de fazer en otro cavo y nunca ovo lugar ni tiempo salvo en este asiento, ni porfié poco con los vientos y tiempo para ello, de que después e sido muy alegre; y doy por ello cada día mil cuentos de graçias a la Santísima Trinidad, en cuyas manos siempre con intençión muy sana se debe de encomendar toda cossa. Del cual sitio y buena dispusiçión y fuerte escreví muy largo a V. Al., y como es sobre piedra y a la costa de la mar, al pie de una grandísima vega mayor que la de Granada, y que a çincuenta pasos ay una montaña de cantería mejor que aquella de que hedifican la iglesia de Santa María de Sevilla; junto con ella, no más lejos, una montaña de piedra de cal muy fina, y la una y la otra muy pobladas de árboles. Y por la mitad de la vega pasa un gran río, el cual entra en el mar aquí junto con la çiudad, a la orilla del cual se hizieron las huertas, en las cuales todas las simiente naçieron en tres días y se comió del fruto en quinze salvo los melones y calabazas, que tardaron treinta y seis; mas la bondad d´ellos descargó la tardada. Cañas de açucar se plantaron, y en quinze días tenían el hojo más largo de un pie, ansí como los sarmientos, de las cuales alguna al dicho tiempo pudreçió, raçimo de (***). Trigo no se sembró ni legumes, salvo por primavera, porqu´era ya en fin de henero cuando ovo lugar de entender en ello; y Sávado Sancto, que fue veinte y nueve de março, se truxo un manojo de espigas granadas y maduras y muy grandes, más que las de Castilla, en la iglesia a la santa oferta. (***) o de los garvanços y otros legumes, que todo tenía el grano muy mayor qu´en Castilla. Provado avemos qu´esta tierra da dos vezes al año fruto. Tanbién escreví a V. Al. cómo yo avía enviado a Çibao por dos partes treinta mensajeros, y renunçiaron que en esta probinçia avía oro como en Vizcaya el hierro, y parte d´estos mensajeros enbié a V. Al. porque oyesen todo por palabra, y de los otros que acá quedaron les enbié las cartas que a mí avían escripto del camino, y les enbié el oro que en cada río y en cada cavo avían fallado.

         Después de partida la sobredicha armada, que fue a tres de febrero, di toda la priesa que yo pude en fortalezer la çiudad e aparejar las cosas que para la bivienda d´ella convenía; y fecho, a doze días de março me partí con toda la gente que fue menester de a pie y de a cavallo para ir a Çibao, la cual provinçia es al austro diez y ocho leguas travesando esta mesma vega y río, y pasé un puerto, allende del cual travesé otra vega muy mejor qu´ésta quinze partes, en medio de la cual hallé un río muy mayor que otro que aya en España, no tirando Hebro ni Tejo. En aquel tiempo no avía llovido porque ubiese avenida, como fue después a la buelta, que era tan grande y tan alto y cresçido que por fuerça ni ingenio osava de pasar persona. Y trabesada esta vega fallé otro puerto no más agro y más alto un terçio que aquél de los Figdalgos que yo avía pasado, que era çient pasos y muy más áspero; el cual hize andable ansí como el primero, de los cuales el uno y el otro la desçendida es poca. Y d´este puerto en adelante se cuenta la noble provinçia, por la cual travesé bien çinco leguas, puesto que desd´el comienço en cada arroyo y fuente, de que ay inumerables, fallé oro; cuanto más andava fallava mayores granos, hasta que yo llegué a una ribera grande, adonde yo vi un lugar muy fuerte e idóneo para hazer una fortaleza; y luego lo puse en obra. La cual puesta en buen término, dexé allí alcaide y maestros y gente porque acabasen y que de allí descubriesen toda la tierra d´esta probinçia, la cual es tan grande o mayor qu´es toda la probinçia del Andaluzía, y en todo cavo d´ella ay oro. Después me partí y bine a la ciudad a dar horden a mi despacho para ir a descubrir la tierra firme y correr todas esta mares e islas e poner guarda en todo cavo.

         Çibao es nombre de Yndia; quiere dezir en nuestro bocablo “pedregal”. Es provinçia grandísima y tierra dobladísima, toda montañas y cabezos muy altos, todos o la mayor parte no ásperos y sin árboles, pero no sin yerva por la fertilidad estrema; la cual es como grama y más espesa y más alta que alcaçer en el mejor tiempo del año en una huerta, y en cuarenta días se para alta hasta la silla de los cavallos, y de contino está así verde y espesa, si no es quemada. Debajo de la cual todas estas montañas y cabezos son llenos de guijarros grandes y redondos como en una ribera o en una playa, y todos o la mayor parte son azules. Yo creo que los indios queman mucho a menudo la yerba d´esta tierra, y que a esta causa no aya árboles así como ay en los valles, de que ay infinitos y grandes y llenos de árboles de pinos y palmas y de otras mill maneras.

         Esta provinçia es toda tierra muy firme e defensible. Es temperantísima qu´es maravilla. En ella llueve bien a menudo, por lo cual al pie de cada cabezo ay un arroyo grande o mayor, según es la montaña. El agua es delgada, sabrosa, fría, no cruda como otras aguas que dañan y hazen mal a la persona; ésta es sabrosa y de muy buen gusto y quebranta la piedra, de que an sanado muchas personas. En cada uno déstos arroyos y riberas, pequeñas y grandes, se halla oro y todo en grano, dentro o junto con el agua en lugar donde el agua lo lave. Yo creo y tengo por çierto qu´este oro naçe en sus minas en los cabezos o montañas, y que al tiempo del agua la lluvia lo trae al arroyo; y ansí me lo an dicho muchos indios de allí vezinos.

La fortaleza que hize en Çibao llamé de Santo Tomás, y al tiempo que allí estube vinieron muchos indios con gana de caxcaveles y otras cosillas qu´ellos deseavan, de las cuales no se les dava hasta que traían algún oro; y luego qu´esto se les deçía, corrían a la ribera, y en menos de una ora cada uno benía con una foja o un caracol lleno de granos de oro. Y un biejo que paresçía hombre bien asentado me truxo dos granos de tres u cuatro castellanos, de los cuales tan grandes fasta entonzes no avía visto salvo uno, que me dio en presente Guacanagarí, que enbié a V. Al. con el sobredicho Antoño de Torres, allende de otros menudos que entre todos serían (***) marcos más. D´éstos, que ansí enbié, les escreví que eran fundidos, creyendo a un un hombre que acá está que se dize Formizedo, de Sevilla, el cual me dezía que savía más en minas y en oro que ninguna otra persona; el cual herró es estos granos que ansí enbié, porque eran de naçimiento y no fondidos, como yo supe después los çierto, y d´este Formizedo que, de todo lo qu´él dezía, e savido y provado que no save nada; tanbién me dixo que con unos granos que con ellos iban de oro más bajo que avían sido falsificados con latón, de qu´él tanbién andava herrado, porque e savido que aquello proçedía de la mina adonde naçía, ni es de creer que los indios, aunque supiesen fundir, mesclasen el latón con el oro, pues que lo tienen con çien dobles más en estima qu´el oro. Así que, reçibidos los dos granos d´este viejo, y holgué mucho y le dixe a él que aquéllos heran muy buenos, y le di un caxcavel, que cuando lo reçibió, dio un relaso de descanso con mayor contentamiento que otro creo tenía en reçibir alguna buena villa, y me respondió que eran muy pequeños estos dos granos al respecto de otros que se fallavan en su tierra, que era de allí çinco leguas; y diziendo esto miró al suelo y escojió piedras de çinco o seis maneras, diziendo que granos avía fallado mayores qu´ellas: la más pequeña sería como una nuez y la mayor como una gran naranja. Fuése este viejo, y vinieron otros que dixeron otro tanto, y algunos señalavan al grano por forma que bien pesaría media arroba, y no de contino se hallavan estos pedazos salvo a las vezes, aunque ellos poco se estavan a catallos salvo agora, por aver estos caxcaveles y otras cosillas. En fin, llegué a ver allí grano que pesava ocho castellanos, y Pero, sobrino de Juan de Luxán, que yo enbié con çiertas personas a hazer un viaje, allá le certificará que se avía fallado en aquella ribera granos de oro atán grandes como la cabeza de un hombre.

En Çibao en aquel tiempo, que era mediado de março, hallé uvas madura de muy buen savor. Del oro ni de las otras cosas de espeçería ninguna memoria fazen los indios, salvo de lo que ven que pueden aver alguna cosa de latón de nosotros, y esta condiçia les viene de muy mal ralo por no trabajar, porque son perezosos en grandísima manera, como su ávito lo faze magnifiesto, porque en el inbierno faze muy buen frío, y aunque por aquí no aya lana de ovejas, ay mucho algodón por los montes, que aun para sembrarlo no son buenos, de que se podrían vestir y se defender del frío, y andan así desnudos todos como sus madres los parió, como de todo ya escreví largo a V. Al., cuando yo partí para descubrir, y dexé el amboltorio en la Ysavela, porque, si viniesen caravelas o algún navío de los que se esperavan y se despachasen antes que yo bolviese, porque V. Al. fuese de todo bien informado.

         Después de buelto de Çibao a la çiudad, que fue Sávado Santo, travajé de conçertar el regimiento d´ella cuanto me paresçía que fuese bien y serviçio de Dios y de V. Al., y hordené consejo, y qu´el padre fray Buil y mi hermano fuesen presidentes; y allende del poder de V. Al. que me dieron, al cual traspasé a ellos para en cuanto yo estoviese en el dicho viaje, le limité muchas cosas particulares las cuales heran neçesarias, de las cuales todas y de la instruçión enbié el treslado a V. Al. en el mesmo enboltorio. A veinte e cuatro días de abril partí con tres caravelas de vela redonda con buen tiempo en nombre de Nuestro Señor Jhesuchristo al poniente, y en pocos días llegué al muy aseñalado puerto de San Nicolás, el cual está enfrente d´esta isla al cabo de Alfa e O, que es en la Juana, la cual no es isla salvo tierra firme, fin de las Yndias por oriente y comienço navegando por poniente, distinto d´este sobredicho puerto diez y ocho leguas. Y sin entrar en él travesé el golfo y llegué a buenas oras al sobredicho cavo de Alfa e O, y dexé de seguir la costa de la tierra de la parte de setrentrión, por donde el viaje primero yo avía andado, y navegué al poniente corriendo la otra costa de la parte del austro, las cuales costas van así al poniente, desviándose la una del polo ártico y la otra açecándose a él por la fechura de la tierra, que comiença por angosto y se alarga, navegando, en forma de vela de caravela latina. De la cual costa que ansí iba subiendo al setentrión dexé de seguir porque era inbierno, por el cual themor por ser el primero biaje, buscava yo de fuir del setentrión al austro a la tenperançia, y a esta causa navegué al oriente buscando el fin de la tierra para pasar al austro. Y bien que según mi navegaçión y distnaçia que después yo avía pasado de la espera yo tenía esta tierra por firme, y no isla, yo me dexé creer a la figura de los indios, que la ponían por isla; y según mi albedrío yo estava en la provinçia de Magón, que se comunica con la nobilísima provinçia del Catayo, así como escreví aquel tiempo a V. Al. y fuera yo entonçes d´ellos çierto o agora, cuando cometí el biaje, todavía llevara mi camino a esta probinçia  a la çuidad de Quinsay y ver d´ella y de otras tantas se es tan nobilísima y riquísima como se escribe y si tiene la amistad de christianos que se dize agora. Verdad es que yo partí de la Ysavela con propósito de ir  a esta probinçia, mas por el deseo que yo tenía de la isla de Jamaica, por las nuevas que d´ella avían dado los indios, no he inprendido el viaje; ni fuera yo si no creyera que la Juana hera isla, mas pensé que los indios me avían afigurado verdad y que era isla; mas después conoçí que ellos son gente allí que jamás salen de su lugar y creen que todo el mundo sean islas y no saven qué sea tierra firme ni curan salvo de comer y de mugeres; mas pensé ir por esta parte para ir a Jamaica, y que la Juana sería isla y que yo pasaría por la parte del austro al fin d´ella al poniente y dende navegaría a setentrión y al poniente fasta hallar el Catayo. Y ansí seguí al mesmo viaje y descubrí y fui a la isla de Jamaica en breves días, a Nuestro Señor sena dadas infinitísimas graçias, con muy próspero viento, y dende bolví a la tierra firme y seguí la costa d´ella al poniente LXX días fasta que tomé la buelta por temor de los vientos, porque no mudasen, y por la gravísima navegaçión que yo fallava por el poco fondo con navíos grandes y muy peligroso navegar por tantas canales, adonde se acaeçió  muchas vezes me quedar los navíos todos tres en seco, qu´el uno no podía ayudar al otro, y otras bezes que no faltava más de un cobdo de agua, y por fuerça de cabestrante y anclas pasava adelante por fuerça, y no menos a la ida como a la buelta, porque yo avía determinado con la esperança de Nuestro Señor de andar tanto adelante, que yo estoviese muy cierto que  yo estava en la tierra firme y pasado todas las islas y çertificar que la Juana no es isla. Y a mi bien determiné la buelta, porque se me avía perdido gran parte de los mantenimientos, que se avían bañado del agua del mar cuando los navíos davan en seco, que a las vezes estavan para se abrir del todo; ma yo llevava maestros y todos otros aparejos para los adovar y tornar a fazer de nuevo, si menester fuese, y andava muy bien probeído de todo. De tal manera me bi en tiempo y voluntad que, si yo toviera mantenimiento, yo provara de bolver a España por oriente biniendo a Ganges, dende í al Signo Arábico y después por Etiopía. Abasta que, después de andado trezientas y veinte y dos leguas a cuatro millas cada una, ansí como acostumbramos en el mar, del cabo de Alfa e O, y pasado islas inumerables, de las cuales el fin del viaje avía yo anotado seteçientas de las mayores, me bolví e no por el camino por donde avía andado, como más largo diré abajo; en el cual cabo de Alfa e O puse colunas con cruz en nombre y señal de V. Al, por ser el estremo cabo de oriente de la tierra firme, ansí como tiene en poniente el cavo de Finisterre, qu´es otro cabo estremo de la tierra firme a poniente, en medio de los cuales amos cavos se contiene todo el poblado mundo, sacado la Ysavela con otras islas de los caníbales y otras pocas.

         Partí en nombre de Nuestro Redentor jueves, veinte e cuatro de abril, de la Ysavela, y el martes siguiente llegué al cavo de Alfa e O, que son (***) leguas de cuatro millas cada una, y con muy buen tiempo navegué al poniente corriendo la costa de la Juana la cual me queda aún a mano derecha de la parte del setentrión, fasta un singularísimo puerto que yo llamé Grande; la entrada d´él es la avertura de una peña no más que de çincuenta pasos en ancho, y tiene doze brazas de siete palmos cada una de fondo, y dentro d´esta boca ay no más de sesenta pasos; de longura y anchura para estar todas las naos del mundo. Desde el cabo de Alfa e O fasta este puerto es toda la tierra montañosa, no estéril ni despoblada de árboles y yervas, aunque no son tan altas y verdes como en otros cavos que fasta aquí en las Yndias e visto; por ventura aquella sazón del año causava que paresçen se como en noviembre las sierras de Castilla, bien que yo e esperimentado yo esto, que dos vezes en el año los árboles y yervas aquí dan fruto, y allí en este tiempo todos los árboles heran sin fojas, y grande cantidad vi déllos con flores y fruta, de los cuales suvía a la mar un olor suavísimo. En este sobredicho puerto ninguna poblaçión avía, así como en toda la costa, y lugo que yo entré en él vi a mano derecha muchos fuegos junto con el agua y un perro y dos cámaras sin persona alguna. Desçendí en tierra y vi más de cuatro quintales de pezes en asadores al fuego, y conejos y dos serpentes. Y allí muy açerca bi en muchos lugares presas al pie de los árboles muchas serpientes, la más asquerosa cosa que hombres vieron: todas tenían cosidas las bocas salvo algunas, que no tenían dientes; eran todas de color de madera seca y el cuero de todo el cuerpo muy arrugado, en espeçial aquél de la cabeza que le deçendía  sobre los ojos, los cuales tenían benenosos y espantables; todas estavan cubiertas de sus conchas muy fuertes, como un pece de escama, y desde la cabeza fasta la punta de la cola por medio del cuerpo tenían unas conchas altas y feas y agudas como puntas de diamantes. Mandé tomar todo el pescado para refresco de la gente, y después con las barcas de los navíos andube buscando el puerto, y de cavo bi en un cerro mucha gente, todos desnudos, como en estas partidas andan. Hízeles señalar que se allegasen, y a cavo, de buen rato se acercó uno d´ellos aí ençima de una peña; y fablado que ovo con este indio que yo traigo, qu´es Diego Colón, uno de los que fueron a Castilla, el que ya save fablar muy bien nuestra lengua, luego se allegó a las barcas y llamó a todos los otros, que serían setenta, y me dixo que su rey, o caçique a quien ellos llaman, los avía enviado allí a pescar y caçar estas serpientes, porque quería fazer una fiesta. Y fízele yo dar caxcaveles y fízele yo dezir cómo avía mandado tomar todo el pescado y no otra cosa, y por ello le dava aquellos caxcaveles y otras cosas. Holgaron mucho cuando supieron que las serpientes quedavan, y respondieron que todo fuese en buena ora y que en la noche pescarían más. Y el día siguiente antes del sol salido di la bela y seguí mi camino al poniente, siempre prosiguiendo la costa de la tierra, la cual siembre andava mejorando en hermosura y más poblada. El tiempo era, a Dios sean dadas infinitísimas gracias, muy bueno. No quise detener al llamado de nadie, que todos corrína tras nosotros por las playas, llamándome e amostrándome el pan y las calabazas de agua, llamándonos “gente del çielo que fuésemos a sis casas”; y toros en “canoas”, que ansí llaman a sus barcas y fustas, y otros nadando me seguían. Y el viento hera fresco, y yo lograva, porque las cosas de la mar no tienen haz, que muchas vezes por un día se pierde un viaje, y ansí navegué fasta un golfo adonde avía infinitísimas poblaçiones y las tierras heran que todas pareçían huertas, las más hermosas del mundo, y toda tierra alta y montalla de acá adentro. Sorgí allí, y la gente de toda la comarca luego vinieron, y traían pan y agua y pescado, qu´esto es lo que tienen en estima. Y luego en amaneçiendo partí el día siguiente, y andando fasta el cavo de la Espuela determiné de dexar este camino y esta tierra, y navegar en busca de la isla de Jamaica al austro y al sudueste. Y así plugo a Nuestro Señor que, a cavo de dos días y dos noches, con muy próspero tiempo llegué a la dicha isla a dar en medio d´ella, la cual es la más hermosa que ojos vieron. Ella no es montañosa, y llega la tierra que paresçe al çielo, y es muy grande y mayor que Seçilia, que tiene en el çerco ochoçientas millas. Es toda valle ultra modo, que ansí a la lengua de la mar como a la tierra adentro está llena de poblaçiones y muy grandes y no lexos una de otra un cuarto de legua. Tiene canoas más que todos los otros indios que yo aya visto, y las más grandes; y “canoas”, como dixe a V. Al., son sus fustas y sus barcas. D´ellas son muy grandes y d´ellas no tanto; son todas de un trozo de un árbol, y aquí y en todas las Yndias donde e estado cada caçique señaladamente tiene una, de que se preçia como un prínçipe faze de una nao grande, y ansí la trae labrada la popa y la proa y la portada a lazos e fermosura; y en estas grandes van sus personas y en las pequeñas exerçitan la pesquería; d´estas grandes e medido que llegan fasta noventa y seis pies de largo y ocho de ancho.

         Llegué aquí a Jamaica, y luego salieron bien sesenta canoas todas cargadas de gente y vergas una legua en la mar en son y forma de pelear. Y cuando vieron que yo no dava por ellos y seguía todavía el camino de la tierra, ovieron miedo y se bolvieron fuyendo; y yo tube forma de aver una d´ellas con la gente, y yo les di vestidos y otras cosas qu´ellos tienen en gran preçio, y después les di liçençia. Y después fui a çorgir a Santa Goloria, que así le puse nombre a este lugar por la estrema fermosura de la tierra, porque ninguna conparaçión tienen con ella las güertas de Valençia ni de otra parte que buenas sean; y esto no es en un solo valle ni en poca instançia, salvo en toda la isla. Ansí dormí allí, y en amaneçiendo levanté las anclas para ir a buscar puerto çerrado para desplanar y adovar los navíos, en que se avían descubierto grandes aguas. Y andando cuatro leguas al poniente vi uno singularísimo, al cual enbié la barca para ver la entrada, ansí como yo suelo en cada uno, otrosí para ver si avía fondo o si es limpia de baxas. Salieron a ellas dos canoas con mucha gente y le tiraron mucha baras y vergar, mas luego fuyeron después que ovieron resistençia, y no tan presto que no reçibiesen castigo. Y después que yo ove çurgido, vinieron a la playa tantos d´ellos que cubrían la tierra, todos teñidos de mill colores, y la mayor parte hera de prieto, todos desnudos ansí como andavan; traían plumas en las cavezas de diversas maneras, y traían el pecho y el vientre cubierto de fojas de palma, dando la mayor grita del mundo y tirando baras, aunque no nos alcançavan. Yo tenía neçesidad de agua y de leña aliende de adovar los navíos, y tanbién bi que no hera razón de dexarlos con esta osadía, por otras vezes que puede acahezer en otros viajes. Armé toda tres barcas, porque las caravelas no podían llegar adonde éstos estavan por el poc fondo, y primero porque se conoçiesen nuestras armas y (***) saltar con ellos en tierra, porque adonde ay muy pocos entre inumerables (***) . E yo temiendo sería peligro, porque muchas vezes e visto, amostrando una espada a esta gente, la toma por el filo sin pensar que ofende, ansí que tanta muchedumbre, aunque d´ellos se matasen infinitos, sería peligro grande, dispuse primero que cobrasen miedo, y a esta causa, después que yo bi qu´estava bien picados de vallestas, y ellos fuyeron que no espera hombre ni muger en toda la comarca, un perro que yo llevava les hizo gran daño: muy gran guerra haze acá un perro, tanto que se tiene a presçio su compañía como diez hombres, y tenemos d´ellos gran neçesidad. No quise quemar las casas d´esta gente, que allí avía muy muchas. Y el día siguiente, antes del sol salido, bolvieron seis d´ellos a la playa llamando que no me fuese, porque todos aquellos caçiques de la comarca me querían ver y traer pan y pescado y frutas; y ansí lo fizieron de manera que toda la gente refrescó muy bien e estuvieron muy abundosos todo el tiempo que yo allí estuve, y queadron ellos muy contentos con las cosas que yo les di. Navegué treinta y cuatro leguas al poniente fasta el golfo del Buen Tiempo, adonde me tomaron los vientos contrarios para seguir la costa adelante, e yo, por no perder tiempo y conoçiendo ya esta isla y su sustançia y visto que no avía oro ni metal, que toda la tierra por más que oro la tengo, como diré después, fize el viento contrario bueno y bolvía a la Juana tierra firme, con propósito de seguir la costa d´ella que yo avía dexado, hasta ver si era isla o tierra firme. Y fue a demandar una provinçia a que llaman Macaca, qu´es muy hermosa y poblada, y fue a çorgir  a una poblaçión muy grande, el caçique de la cual luego me embió buen refresco e a dezir que ya me conoçía por oídas del primero viaje que yo avía estado de la otra parte del setentrión d´esta tierra, y que conocía al padre de Ximón, aquel indio que tenía el prínçipe mi señor, de que yo me maravillé mcuho. E yo entré en la barca y fui a tierra, y después de le dado muchas cosas que tienen en preçio, le pregunté si esta tierra hera isla; y él con otros muchos viejos que con él allí estavan respondieron que sí, mas que era tierra infinita de que nadie no avía visto el cavo d´ella al poniente. Gente hera ésta muy mansa y desviados de malos pensamientos. Ay diferençia d´ellos a los de todas las islas, y eso mismo en las aves y alimañas, que todas son de mejor conversaçión y más mansas.

         Navegué el siguiente día, que fue quinze de mayo, al setentrión declinando al norueste siguiendo la costa d´esta tierra, y a ora de vísperas vide muy lejos qu´esta costa bolvía al poniente. Yo desde entonzes llevé aquel camino, aunque la tierra no me quedase a mano derecha; y esto fue porque me faltava el fondo. Y otro día al salir del sol miré de ençima del mástel del navío y vi la mar cuajada de islas a todo los cuatro bientos, todas verdes y llenas de árboles, la cosa más fermosa que ojos vieron. Temía de navegar entr´ellas por las baxas y porque an menester mill vezes cada día los vientos todos, porqu´el canal de la una no conforma con aquél de la otra. Quisiera pasar al austro y ver si pudiera navegar al poniente y dexar estas islas a mano derecha, mas yo me acordé y tengo notiçia que toda esta mar es ansí d´ellas hasta el trópico de Capricornio, y entonzes yo estava  açerca de aquél de Cancro; determiné de andar adelante y seguí mi intinçión de no dexar de la vista de la tierra firme. Cuanto más andava, desubría más islas, que día se hizo que anoté çiento y setenta y cuatro. El tiempo para navegar entr´ellas me lo dio Nuestro Señor siempre a pedir por la boca, que corrían los navíos que paresçian que bolavan.

         Llegué a posar día de Pentecoste a la costa de la tierra firme en un lugar despoblado y no por destenperançia del çielo ni esterilidad de la tierra, en un grande palmar de palmas que paresçían llegavan al çielo. Allí a la orilla de la mar en la tierra salían los ojos de agua en el alto con ínpetu más de un pie, cuando la marea era de creçiente, atán fría y sabrosa, la mejor que hombre vieron; y este frior no es salvaje, como otros que dañan el estómago. Descansamos allí en esta yerva con estas fuentes y al holor de las flores, que allí se sentía maravilloso, y a la dulçura del cantar de los paxaricos, tan suave y de tantos, y a la sombra d´estas grandes palmas y fermosísimas. Vi allí señal de gente y ramos de palmas cortados. Y después de aver descansdo un poco entré en las barcas y fui a ver un río que me quedava al levante media legua, y fallé el agua d´él estar tan caliente qu´escasamente se çofría la mano en ella. Andube por él arriba bien dos leguas sin hallar gente ni casas, y siempre en la tierra hera aquella fermosura y los palmares grandes y verdes y en ellos infinitas grúas atán coloradas como escarlata, y en toda parte el holor de los árboles y flores y el cantar de los paxaricos, que era cosa maravillosa; ni menos este holor ni cantar hallé en todas las islas falladas, las cuales no ove lugar de nombrar cada una por su nombre, porque eran infinitas; mas en general las llamé a todas el Jardín de la Reina. El día siguiente, estando yo muy ganoso de aver lengua y saber d´esta tierra, vi una canoa de gente que andava a caça de pezes; caça le llaman ellos y yo, porqu´es ansí la forma, porque tienen estos caçadores çiertos pezes amostrados, los cuales son ansí de fechura de congrio, y los traen atados por la cola con un cordel muy cumplido. Y estos pezes tienen la cabeza larguilla, toda llena de fosas ansí como de pulpo, y es muy osado, qu´él acomete a cualquier otro por grande que sea y se le apega con la cabeza en el lugar más ofensible, y no le despegará d´él antes que mueran. Y ansí los caçadores lo hechan al pez que quieren, y él es muy presto y se le apega adonde yo dixe, y después tiran por el cordel y sacan el uno y el otro hasta la lumbre del agua, adonde la matan y prenden con mayor cuerda. Así que estos caçadores estavan muy desviados de mí, e yo les enbié las barcas armadas y con arte porque no se les fuyesen a tierra; y llegados a ellos, les hablaron estos caçadores de lexos como corderos sin maliçia, diziendo que se detuviesen con las barcas, porque tenían uno d´estos pezes pescando en el fondo a una grande tortuga, hasta que lo oviesen recogido en la canoa; y ansí lo hizieron. Y después tomaron la canoa y ellos con cuatro tortugas, y cada una tenía cuatro cobdos en largo, y los truxeron a los navíos y me dieron nuevas de la tierra y de su caçique, quéstava allí muy çerca, que los avía anbiado a pescar, y me rogaron que fuese allá, porque me faría gran fiesta. Diéronme todas cuatro las tortugas, e yo les di muchas cosas, con que fueron muy contentos. Preguntéles si esta tierra hera muy grande, y me respondieron que no tenía cavo al poniente y era cuajada de islas. Diles liçençia, y ellos me preguntaron cómo yo me llamava, qu´ésta es la costumbre que tienen en cuantos cavos yo boy, y después bolvieron a su exerçiçio, mas primero me dieron el nombre de su caçique sin que yo se lo preguntase, honrándose d´ello, que así lo hazen en todo cavo.

         Partí de aí por de dentro d´estas islas en las canales más nabegables siguiendo el poniente, y siempre no me desviava de la tierra firme, y con buen tiempo, a Dios sena dadas infinitísimas graçias. Y andando muchas leguas hallé una isla más grande y al cavo d´ella una grande poblaçión. Y bien que yo llevase muy buen tiempo, determiné de surgir y fue a tierra, mas no fallé persona alguna, porque todos avían huido. Gente sería que se governava de pescado; infinitas conchas de tortugas tenían muy grandes por aquella playa. Haí fallé todos juntos bien cuarenta perros no grandes y muy feos, como criados a pescado, ni ladravan, y supe que los indios los comen, y aun de nuestros christianos los an porvado y dizen que saven mejor que un cabrito. Muchas garzotas mansas y otras avezillas tenían allí estos indios. Partí yo de a llí sin le tocar en nada, y luego hallé otra isla muy mayor, mas no curé salvo de llevar mi camino a unas montañas altísimas de la tierra firme, qu´estavan de mí catorze leguas; y allí fallé una gran poblaçión y bien tratábiles, y nos dieron mucho refresco de pan y fruta y agua. Preguntéles si esta tierra es mucho adelante al poniente; respondió el caçique, el cual hera hombre de bien, viejo, con otros de su tiempo, qu´esta tierra hera grandísima, que jamás avía oído dezir quién la supiese el fin; más adelante sabría nuevas de la gente de Magón, de la cual provinçia ellos estavan comarcanos.Navegué el siguiente día al poniente, siguiendo siempre la costa d´esta tierra. Y andando muchas leguas, simpre por las islas, más grandes y no tan áspera, llegué a una sierra muy alta y grande, que andava muy mucho por la tierra adentro, atanto que no pude ver el fin d´ella; y d´esta parte de la mar d´ella avía poblaçiones infenitas, de las cuales luego vinieron a los navíos gente infinita con fruta y pan y agua y algodón hilado y conejos y palomas y de otras mill maneras de aves cantando por fiesta, creyendo todavía que yo venía del çielo ansí como en todo otro cavo; y aunqu´este indio que yo traigo les dixese que “de Castilla”, creían y creen qu´es çielo y que V. Al. está en él. Llegué aquí una tarde y, de tanto como yo avía andado en poco agua, allí no pude fallar fondo, y el venteçillo de la tierra me hechava fuera, que yo deseava estar allí un día y ver bien toda esta tierra: Hornofay se llama la provinçia. Estuve a la cuerda allí tada una noche pairando, que no me paresçió un abrir de mano por el suavísimo olor que de la tierra venía y el cantar de los paxaricos y tanbién de aquél de los indios, qu´es muy contentable. Estos me dixeron cómo allí adelante hera Magón, en la cual provinçia toda la gente tenía cola, y que a esta causa yo los hallaría todos vestidos; y no es ansí, mas éstos desnudos hordenaron esto de aquellos que andan cubiertos, burlando de aquéllos que andan bestidos; tanbién me dixeron cómo adelante avía islas inumerables y pocos fondos, y qu´el fin d´esta tierra hera muy lexos, atanto, que en cuarenta lunas no podría llegar al cavo. Y dixeron verdad de la inumerables islas y poco agua; mas yo creo que llegaría a la tierrra en menos tiempo qu´ellos dezían, bien que se deve entender que sobre el andar de sus canoas hazían congetura, y no saber que una caravela andaría en un día con buen tiempo más qu´ellos en siete.

         El día siguiente el veinto hera bueno, y yo cargué las velas, andando muy gran camino siempre por esta mar hasta adonde poder saltar en tierra de los navíos. No fallava fondo: Todo de un golpe entré en una mar blanca como leche y espesa como el agua en que los çurradores adovan los cueros, y luego faltó el agua y quedé en dos brazas de fondo. El viento era muy mucho y yo estava en un canal muy peligroso para bolver atrás ni çorgir con los navíos, porque no podía virar sobr´el ancla la proa al viento ni avía fondo para ellos, porque siempre andava arrastrando la quilla por el suelo. Anduve ansí por esta canal de adentro d´estas islas diez leguas a mi albedrío hasta una isla, adonde yo hallé dos brazas e un cobdo de agua y largura para estar las caravelas. Allí sorgí y estuve con grande pena, pensando me sería de fuerça dexar mi empresa y que no era poco si yo bolviese adonde yo avía venido; mas Nuestro Señor, que siempre me a fecho mill merçedes muy aseñaladas, me dio esfuerço y puso en voluntad que yo seguiese adelante el camino. El día siguiente enbié una caravela pequeña a tentar el fondo de toda aquella mar allí çerca y a ver si hallava agua dulçe en la tierra firme, de que tenían todos los navíos grande neçesidad. Bolvió con la respuesta que, a la orilla de la tierra, avía un lodo muy alto e hasta dentro en la mar grandes piezas la arboleda, tan espesa, que no entraría por ella un gato; y que avía andado por esta costa mucho y que en toda la mar avía hallado canales y el mesmo fondo que yo avía traído e yo avía visto de ençima del mástel del navío: a todos los vientos lamar toda cuajada de islas y todas ansí blancas; y la tierra firme, que a la orilla de la mar hera la arboleda muy espesa en gran manera y durava de ancho como muro de çiudad un cuarto de legua, y que todos estos árboles heran en el agua, y junto con esta arboleda avía tierra alta y llena de palmas y otros árboles muy fermosos, y avía prados y campos: duraría el anchor d´esto cuatro leguas, y en lugar, çinco, siempre ansí al luengo de la costa de la mar; después avía tierra muy alta y muchas montañas en ella, todo muy fermoso y berde; y vio muchas ahumadas y grandes fuegos. Determiné de seguir adelante y navegué ansí entre estas canales entre estas islas, las cuales heran más ásperas que en el Jardín de la Reina, y ansí llenas de árboles verdes y hermosos, y de aves. Y navegué así al nurueste fasta que llegué a una punta muy baja con los navíos en seco; y dentro d´esta punta la tierra boja al oriente, y se descubría al setentrión montañas muy altas lexos d´esta punta veinte leguas, y entremedias limpio de islas, que todas quedavan al austro, e el poniente tenía por viento bueno e ya hallaba tres brazas de fondo. Determiné de tomar el camino d´estas montañas, alas cuales no pude llegar fasta el día siguiente, que fue a çorgir a un palmar muy fermosos y grande, adonde yo hallé fuentes de agua dulze muy buena y señal que allí avía estado gente.

         Acaesçió qu´estando aquí forneçiendo los navíos de leña y agua, y un ballestero que avía caçado se halló entre muchos indios que, según él dixo, sería bien treinta, y qu´el uno de ellos traía túnica blanca hasta los pies, y que se halló tan de súpito sobre él y sobre desacuerdo, que pensó que era un fraile de la Trinidad que yo traía; después binieron a él otros dos con túnicas blancas que llegavan debajo de la rodilla, los cuales heran tan blanco como nosotros en la color. Entonçes él ubo miedo y dio bozes huyendo a la mar. Vido que los otros se descubrieron y que aquél de la túnica cumplida venía tras él llamándole, y qu´él nunca escuchó, sino fuyendo se tornó a las barcas y me hizo relaçión d´esto. Y enbié luego gente allí adonde él avía visto esto, por ver si podía aver allí fabla con esta gente, porque, según la relaçión d´este vallestero, éstos no venían por fazer mal, salvo por aver fabla con nosotros. No hallaron a nadie aquellos que yo enbié, puesto que fueron muchos por la tierra adentro, de que me pesó harto, porque yo quisiera aver fabla con ellos, que yo ya avía pasado tantas tierras que no avía visto gente ni poblado. Comprehendí qu´éste d´esta túnica hera señor o “caçique” d´ellos, el cual vibiría mucho la tierrra adentro, porque todas estas tierras, como yo dixe, son anegadas y llenas de árboles junto con la mar, e allí adentro son muy fermosas tierras, aunque allí adonde yo estava hera playa y tierra enxuta y lindos palmares e aguas muy buenas, e nos abrían visto venir de la mar en fuera, y se abría açercado a la ribera de la mar por saber de nosotros. El día siguiente, con el deseo que yo tenía de saber nuevas qué tierra era ésta, enbié veinte y çinco hombres bien armados que aduviesen ocho o diez leguas la tierra adentro fasta fallar gente, que creo que a menos de çinco abría poblaçiones, según las ahumadas que yo vía. Y andando un cuarto de legua hallaron una vega que andava de poniente al levante al luengo de la costa, y por no saber el camino quisieron atravesar la vega, y la yerva era tanta y tan alta entretexida, que nunca pudieron andar adelante y se bolvieron acá cansados, como si anduvieran veinte leguas, y me renunçiaron que era inposible andar la tierra adentro por allí, porque no pudieron fallar camino ni bereda. El otro día torné a enbiar a otros al luengo de la playa para ver si topava con alguna bereda que anduviese la tierra adentro; fallaron rastros de vestias grandísimas de çinco uñas, cosa espantable, que juzgavan que fuesen de grifos o de otras vestias, e juzgavan que fuesen leones. Tanbién éstos se volvieron atrás. Aquí falle muchas parras muy grandes y muy fermosas, cargadas de agraz, que cubrían todos aquellos árboles, que era cosa de maravilla. Tomé d´ellas y de la tierra del fondo d´esta mar blanca para enviar a V. Al., y ansí le enbío en una espuerta de agraz e trozos de parras en un barril de la tierra del fondo de la mar blanca. También allí avía muchas frutas aromáticas, como en los otros lugares deonde yo fue, de las cuales no e procurado poco para secar  e enviar a V. Al., mas nunca se a podido fazer, porque no a avilidad en los navíos. También fallaron estos hombres que yo avía enviado grúas mayores dos vezes que aquéllas de Castilla.

         Visto que yo avía dexado la punta del Serafín, donde la tierra boxava al poniente, y avía atravesado a las montañas al setentrión, no quise que me quedase dubda en estas tierras de la punta del Serafín si andaría mucho al levante y faría isla toda la tierra que yo avía pasado. Navegué de aí donde yo estava al oriente por la mesma costa fasta que yo vi que la una costa y la otra se ajuntavan y hazían allí seno. Bolví la mesma costa atrás otra vez al poniente, u aunque yo traía los navíos y la gente muy cansada, propuse de navegar al poniente fasta unas montañas que yo avía visto lejos de mí, de adonde tomé agua, el treinta y çinco leguas. Y andando las nueves fallé en una playa dos casas, y tomé el caçique d´ellas, el cual, como ignorante e persona que no avía salido de allí, me dixo que, allende de aquellas montañas, que paresçía que era la mar muy fonda y boxía al setentrión muy gran número de jornadas. Levanté las áncoras y seguí mi camino muy alegre, pensando que sería ansí como me avía dicho, y andando otras (***) leguas me fallé anbaraçado entre mucha islas e muy poco fondo, de manera que yo no hallava canal que me consintiese andar adelante. Mas a Nuestro Señor le plugo a remediar mi deseo y, al cavo de un día y medio, por un canal muy angosto y bajo por fuerza de anclas y cabestrantes andube pasando los navíos por la tierra en seco casi media braza fasta aver andado dos leguas , adonde yo fallé dos brazas y media de agua, en que navegavan los navíos; y andando más adelante fallé tres brazas. Y allí vinieron muchas canoas, y la gente d´ellas me deçía que, allende de aquellas montañas, reinava un rey que me pareçía qu´ellos dezían por maravilla el modo y forma de su regimiento y de la gente; dezían de su estado y que tenía infinitas provinçias y que se llamava “Sancto”, y traía túnica blanca que le arrastrava por el suelo. Holgué mucho, pensando que yo podría llegar a él, mas según yo comprehendo, estava mucho la tierra adentro. Y ansí llevé el camino siguiendo la costa de la mar, siempre no más de tres brazas de fondo. Y después de navegado cuatro días y pasado las montañas, que me quedavan muy mucho al oriente, y siempre fallando la costa de la mar anegada y arboleda espesa, como dixe, y que hera inposible entrar por ellas, y que yo estava metido en un seno, porque otra bez la tierra, del austro, bojía al oriente, vi unas montañas muy altas allí adonde esta tierra hazía cavo, lejos de mí veinte leguas, pues que la mar no bogía al setentrión ni hera de muy grandísimo fondo, como el caçique avía dicho. Al cual torné a repreguntar por qué me mentía, y él dixo que los avía oído dezir que las costa de la tierra que yo seguía que no iría yo al cavo en çincuenta lunas. Navegué por dentro de muchas islas, y al cavo de dos días con sus noches llegué a las montañas que yo avía visto, y hallé que era un Cheroneço atán grande como aquél de la Aurea o como la isla de Córçega. Çerquéle todo y nunca pude halla entrada para ir en tierra adentro, porque era así la costa llena de lodo y de los árboles espesos como de las otras que arriba dixe, y las ahumadas heran en la tierra adentro muy grandes y muchas. Estube allí por esta costa siete días buscando agua dulze, de que yo tenía neçesidad, de la cual fallé en la tierra de la parte del oriente en unos palmares muy lindos. E allí fallé nácares grandísimos; perlas debe aver allí, si se continuase la pesquería. Después que yo ove tomado el agua y leña, navegué al austro siguiendo la costa de la tierra firme fasta que me llevava al sudueste y paresçía que avía de llevar este camino gran número de jornadas; y al austro vía toda la mar cuajada de islas.

         Ya aquí estavan los navíos muy desconçertados por las muchas bezes que avían dado sobre los bajos y quedado en seco, y tanbién tenía todas las cuerdas y los aparejos muy gastados y la mayor parte de los mantenimientos perdidos, en espeçial el vizcocho, por la mucho agua que fazían los navíos, porque eran muy desmanchados, y toda la gente estava muy cansada y temerosa, aunque d´esto mucha esperança tenía yo en Dios que nos traería a salvamiento. Y visto que yo avía pasado desd´el cavo de Alfa e O justo mill y duzientas y ochenta y ocho millas, que son treçientas y veinte y dos leguas, y avía anotado infinitas islas, acordé de tomar la buelta y no por el camino que yo avía traído, y tornar a Jamayca, a que nombre de Santiago le avía puesto, ya dispuesto de acavar de rodear toda la parte del austro, porque yo avía andado a rodear toda esta isla Ysavela toda la parte del austro, que yo no avía visto, y qu´estando al cavo de la isla del poniente, si pudiese, adovar allí los navíos y correr al oriente todas las islas de los caníbales y descubrir otras. Y allí di la buelta al austro, pensando poder pasar por de dentro de unas islas que allí estavan, en las cuales nunca hallé canal, y me fue por fuerça de bolver atrás por un brazo de mar, por donde yo navegué hasta la punta del Serafín a las islas donde primero avía çorgido en la mar blanca.

         Después que ove pasado las casas del caçique que arriba dixe en una jornada, una mañana antes qu´el sol saliese bi benir de la mar en fuera el camino  de la tierra más de un çiento de cuervos marinos todos juntos; y porque yo otro tanto nunca vi en cuanto aya andado por la mar, lo cuento por maravilla. Y el día siguiente vinieron a los navíos tantas mariposas, que escureçían el aire del çielo, y duraron ansí fasta la noche, que lo estruyó una gran agua y estorbonada que vino. Tanbién cuando yo dexé la tierra donde deçían qu´estava el rey “Santo”, para ir al Cheroneço, a que de Sant Juan Evangelista puse nombre, vien que yo en todas aquellas mares uviese visto infinitísimas turtugas, en estas veinte leguas la mar era muy cuajada d´ellas, grandísimas, atantas que paresçía que los navíos se encallarían en ellas. Tiénenlas los indios en gran preçio y por muy sanas y sabrosas, y nosotros no las tuvimos en menos.

         Después que yo partí del Evangelista, navegué por un brazo de mar Blanca, como es todo lo otro de allí, e muy profundo. En cavo de muchos días llegué a las islas adonde yo avía çorgido en la primera vez en la mar Blanca, que fue más milagro de Nuestro Señor que saber ni ingenio de hombre. Y dende vine fasta la porbinçia de Hornofay con no menos peligro que yo avía pasado, y allí sorgí en un río y forneçí los navíos de agua y leña para navegar al austro y no bolver por donde avía venido y dexar el Jardín de la Reina a mano izquierda, si otras islas no me lo inpidiesen. Y ansí fue, aunque no pude pasar sin comunicar a muchas islas, que hasta entonzes no avía visto. Aquí en esta probinçia es la tierra montañosa, como yo dixe arriba, fertilísima, de gante mansa en grande manera y muy abundosos de fruta e de sus viandas, de que de todo me dieron muy grande parte; e eran suavísimas y aromáticas. Allí nos truxeron tanbién infinitísimas aves y papagayos, y los más eran palomas muy grandes, tan asbrosas como las perdizes de Castilla; fazíalas yo abrir por ver qué tenían en el pao, así como a los pezes que llí en el navío se matavan, y fallava a estas palomas el papo lleno de flores que olína más que si fueran de naranjo. Allí mandé dezir missa y plantar una alta cruz de un gran madero, ansí como yo acostumbrava hazer en todo otro cavo idógeno adonde yo e estado y ando.

         Domingo cuando se dixo la missa y yo desçendí en tierra, adonde primero avía mandado hordenar una iglesia al caçique de aquí, que paresçía hombre muy honrado y señor de mucha gente, cuando yo desçendí de la barca, me vino a tomar por la mano, e un hombre muy biejo, de más de ochenta años, que benía con él al lado, me tomó por la otra mano; traía este viejo un ramal de cuentas de piedra mármol al pescueço, las cuales acá en todo cavo tienen en gran preçio, y un çestillo de mançanas en la mano, el cual luego me dio en presente como desçendí de la barca. El, con todos los otros, ansí desnudos andan como nasçieron, ansí como en todo otro cavo que yo aya hallado. Y después este caçique con este viejo y toda su gente tras nosotros me llevaron así por las manos hasta la iglesia, adonde me dieron lugar que acavase mi oraçión. Y después el viejo propuso su raçonamiento con muy buen paresçer y muy buena osadía. El intento fue cómo él avía savido cómo yo avía corrido todas las islas y tierra firme, la cual hera aquélla en que nosotros estávamos, y que yo no tomase banagloria, puesto que toda la gente oviese miedo, porque yo hera mortal como todos los otros; y de aquí començó con palabras y señas afigurando en su persona cómo nos naçimos y teníamos ánima y mostrando el amor que tenía con el cuerpo, y que del mal de cada miembro ella era la que se dolía, y al tiempo de la muerte al despedimiento d´él sentía gran pena, y qu´esta ánima iba al Rey del çielo o en el avismo de la tierra, según el bien o el mal que avía obrado en el mundo. Y porqu´él conosçió que yo gustava y avía plazer de oílle, (***). Respondíle yo con interçesión d´este indio que yo tengo conmigo, qu´es de aquellos que fueron a Castilla, como yo dixe arriba, el cual entiende muy bien nuestra lengua y la pronunçia y es muy buena persona, que yo no avía fecho mal a nadie salvo a los malos, mas antes fazía bien y honra a todos los buenos, y qu´esto hera lo que V. Al avían mandado. Y él respondió con maravilla a este indio: “¿Cómo? ¿Este almirante a otro señor obedeze?” Y él respondió: “A el rey y a la reina de Castilla, que son lo mayores señores del mundo”. Y por aquí les començó a contar todas las cosas de Castilla, de las çiudades, de las iglesias, de las casas grandes y de la nobleza de la gente, de las fiestas y justas qu´él  avía visto, del correr de los toros, de las cosas de las guerras qu´él avía savido. Todo lo recontó muy bien, en forma que holgó muy mucho el viejo y se determinó de venir a ver a V. Al., mas por la mujer e hijos que lloravan, por piedad dexó la empresa, y no le quise tomar por fuerça como a otro mançevo, el cual tomé mucho sin escándalo de la tierra; el cual con el caçique que tomé en Sava anbío a V. Al., que aunque esta gente sean desnudos y parezca al huir que devan ser salvajes y vestias, yo les çertifico que son agudísimos y huelgan de daver cosas nuevas como nosotros. Ellos, luego que yo llego a alguna poblaçión, vienen a los navíos con sus canoas para reconoçernos como avisados, y la primera fabla es fazernos saber cúyos son y el nombre de su caçique, teniéndolo en gran cuenta e recontando su  grandeza y su estado, y después preguntan por el nombre del caçique de los navíos; y savido, replícanlo el uno con el otro muy muchas vezes, porque no se les olvide, y después preguntan cómo llaman a los navíos y si venimos del çielo; y aunque se les diga que de Castilla, todavía queda asentado en sí qu´este reino es en el çielo, porque no tienen notiçias salvo de gante desnuda salvando a los de Magón, a los cuales ponen por tacha qu´el bestir es porque tienen cola, como dixe arriba. Ya yo dixe cómo estos caçiques no tienen bienes propios y que ansí me lo avían dicho, porque la tierra es tan grande y tan fértil, que sobrara aunque ubiese çien vezes otros tantos. Bien podrá ser que, fuera de la ribera de la mar, que la tierra adentro que abrá otro regimiento, como avemos leído y se deve creer la mayor parte, mas yo no me e querido detener en ningún cavo a enviar a otra tierra salvo correr la costa de la mar cuanto yo puedo, porque, después de savida la mar y la costa d´ella, buscaremos y entraremos en la tierra y partiremos de nuestra casa con tal propósito y adereço, porque abremos visto de la mar el lugar donde nos parezerá de gastar el tiempo. Verdad es que si yo fuera de la parte del setentrión, como yo fue del austro, fazia el Catayo, que trovara provinçias fermosas. Yo gastaré algún tiempo en enbiar gente la tierra adentro, e si en la costa no fallara lo que se escribe en las istorias d´esta probinçia de hedefiçios reales y de fertilidad de la tierra, que yo agora e comprehendido harto, y sobre todo por qué dizen que los anteçesores d´este enperador enbiaron a Roma que les enbiasen doctores que les enseñasen nuestra sancta fee, porque se quería tornar christianos con su gente, y darle la enbaxada de V. Al.

         Partí de la probinçia de Hornofay del río de las Misas y navegué al austro por dexar el Jardín de la Reina a mano izquierda, por el peligro de la navegaçión que yo en él avía pasado, y andando días (***)  no sin pasar islas, de las cuales con las otras que yo vi a la ida, que fueron inumerables (***), bine a tener a la porbinçia de Macaca por causa de los vientos que me resurtieron. Y allí en toda la probinçia  me reçibieron muy bien y me dieron refresco de las cosas que tenían. Después partí con próspero viento y bolví a la isla de Santiago, a que los indios Jamayca dizen, a çurgir en el mesmo lugar de donde yo avía partido cuando yo dexé la isla y vine a la tierra firme, y allí entré en un golfo muy grande, a que yo llamé Buen Tiempo, y de allí navegué al poniente hasta que yo llegué al cavo de la isla, y dende al austro fasta que la tierra boxía al oriente. Y ansí al cavo de (***) días bine al monte Christalino, y de allí a la punta del Farol y a la baía, qu´es más a levante honze leguas de adonde hizo fin la isla sobredicha.

         En este camino ovimos çiertos dias de viento contrario (***) e vemos qu´el común navegar de un día natural sean duzientas millas, que son çincuenta leguas, y un día grande setenta leguas. D´estas jornadas muchas (***) acavado el viaje. Y no parezca maravilla que navegando se pueda albitrar el camino muy çierto, mas ante se prueva por muy verdadero, porque muchas vezes se vuelbe a la isla o tierra de donde la persona partió y no con el mesmo viento ni tiempo, salvo muchas vezes muy contrario y adverso, y aquí consiste el saver del maestre y el remediarse al tiempo de la tormenta, ni tenemos por buen maestre ni piloto aquél que, aunque aya de pasar de una tierra a otra muy lexos sin ver señal de otra tierra alguna, que yerre diez leguas, aunqu´el tránsito sea de mill, salvo si la fuerça de la tormenta no le dexe usar el ingenio. No me alavo ni digo que se me tome por çierto el camino pasado el otro viaje primero que V. Al. Me embiaron a las Yndias, que en la mesma moche que prometí grande dádivas, (***), porque fue milago de Nuestro Señor porque quiso dar todo esto a V. Al., que yo corrí aquella noche con demasiado viento fasta tres leguas y media cada hora, y a las honze de la noche ya pasadas yo fui el primero que vi la lumbre en la tierra de la isla de Sant Salvador, que fue la primera que acá fallásemos, y gané la merçed que V. Al. avía prometido por esto al primero que viese la tierra; y fuera yo agora este viaje que vine con la armada grande la segunda vez la primera persona que vido la isla Dominica en el término de los caníbales, si el camarero no fuesra causa de engaño, el cual, rogado de mi piloto que yo tenía, le amostrava mi carta de marear y cuántas leguas cada día yo apuntava, y dixo que me avía oído dezir a fray Buill que avíamos (***). Ansí qu´el domingo al alva, yo durmiendo por el trabajo de la noche que avía pasado, porque yo continuamente suelo de velar la mayor parte d´ella, miró este piloto como quien andava sobr´el aviso, y la vido y cuando yo despertava para mirar en ello. Hízele piloto mayor en nombre de V. Al., porque sea exemplo a todos los que navegan, y tengan gana de servir bien y ver y mirar y velar, que aquí va el fecho de la marenería, y tanbién le di diez mill maravedíes que yo avía prometido al primero que viese tierra. Después agora, por discordia que ubieron, supe cómo ansí engañosamente me tomó el aviso.

         Torno a mi propósito de la isla de Santiago, a que los indios de Jamaica dizen, y digo que tienen el çerco de dentro grandes millas, que son çien leguas, y qu´es de muy linda fechura así de la mitad de una çidra que se abra del pie de la flor, y es más larga de oriente a oçidente que ancha de setentrión en austro, ansí como todas las islas que acá en la Yndias e hallado. Es mayor que Seçilia y mucho más tierra, porque es altísima y toda muy probechosa y muy mejor en fertilidad. De la temperançia del çielo e de la tierra todas las frutas que nazen en ella que son sin número, de manera que todas me paresçen aromáticas y más sabrosas que acá aya fallado; dexo la noble Ysavela, que a todas las islas del mundo en todo lleva ventaja y no poca. Populatísima es la isla de Santiago ultra modo, abundosos bien de sus viandas. Yo la andube toda a la redonda y no vi sola una legua de tierra estérile, salvo muy fermosa, ansí en agosto como en mayo, que fue la primera bez que fue a ella; en el un tiempo y en el otro siempre me paresçió de una manera en todo cavo poblada de poblaçiones grandísimas, que paresçía cada una como un real muy grande, y todas situadas en alto y no a la ribera de la mar, como en todo otro cavo. Es tierra altísima, que pareze que llega al çielo, como yo dixe ençima. No es montañosa, salvo de la más linda fechura del mundo. Comiença juncto con la mar por bajo; ba cresçiendo en espérico, y se sube al como que paresze que va por llano; verdad es que la parte del austro es la tierra más alta y doblada. Allí ay una montaña altísima, a que yo llamé Christalino, muy más alta que la isla de Tenerife en las Canarias con gran parte, mas ésta es verde fasta en çima; creo que llega afuera d´este aire turbulento: no paresze el colmo d´él salvo a tiempos çiertos, cuando los vientos nos vienen de aquella  parte, que destruye todas la nuves y niebla. Navegando yo a esta parte del austro fui a çurgir una parte en una baía, adonde allí y a la comarca avía muchas poblaçiones. El caçique de una muy grande poblaçion, que allí muy çerca en un alto estava, vino a los navíos y truxo muy buen refresco. Yo le di las cosas que me paresçio que le agradavan.

Quiso él saber de dónde yo benía y cómo me llamava; yo le respondó como hera enviado de V. Al. a honrar mucho a los buenos y destruir a los malos. Holgó mucho y se apartó con el indio que yo traigo, el cual le contó muy largo las grandezas y grande estado de V. Al. y muy mucho por menudo, que, como dixe, ellos son todos gente que muy bien lo interrogan y se huelgan muy mucho de oír cosas nuevas. Ansí qu´estuvo él allí fasta la noche, y el otro día, que yo ya andava a la vela con poco viento, me alcançó él con tres canoas, y benía tan conçertado que no es de dexar de contar la forma del estado que traía.

Una de las canoas hera muy grande, atanto como una gran fusta, y muy pintada; allí vanía su persona y la muger y dos hijas: la una hera de hedad de diez y ocho años, femosísisma; desnuda del todo como acostumbran, y onestísima; la otra hera más moça, y dos hijos muchachos, çinco hermanos y diez y ocho criados. Los otros todos devían de ser vasallos. Venía él con muy buena horden; traía en su canoa un hoombre como alférez; éste sólo benía en pie en la proa de la canoa con un sayo de plumas coloradas de la mesma fechura de cota de armas, y en la babeza un gran plumaje que paresçía muy bien, y traía en la mano vandera muy larga y angosta de algodón texida, y hera blanca sin señal alguna. Dos otres hermanos venían con la caras pintadas de colores de una misma guisa, y cada uno traía un gran plumaje de fechura de çelada, y en la frente una tableta tan grande como un plato, pintada así la una como la otra de una mesma obra y color, que no avía diferençia, ansí como en los plumajes y otra lebrea; traíen éstos en las manos dos juguetes con que tañían. Y avía otros dos ansí pintados en otra forma; éstos traían dos trompetas muy labradas a pájaros e otras sotilezas; no eran de metal, salvo de évano negro muy fino; cada uno traía un sombrero muy lindo de plumas verdes y muy espesas y sotil obra y no blancas, como otros seis que venían todos juntos en guarda de las cosas de su cámara. Y él traía al pescuezo una joya de alambre de una isla qu´es aquí en esta comarca, que se llama “guaní”, qu´es muy fino, atanto que pareçe oro de ocho quilates; hera de fechura de una flor de lis y grande como un plato; traíala al pescueço con un sartal de cuentas grandes de piedra mármol, que tanbién tienen en gran preçio, y en la cabeza traía una guirnalda de piedras menudas y coloradas puestas en horden, y entremetidas algunas blancas mayores no sin razón adonde bien paresçía; una joya grande colgava sobre la frente, y a las orejas le colgavan dos grandes tabletas de oro con unas sarticas de cuentas de mármol menudas; y otras sarticas allí traía de cuentas menudas, mas verdes; y traía un çinto que, aunqu´él anduviese desnudo (***) de la mesma obra de la guirnalda y todo el otro del cuerpo descubierto, e ansí la muger salvo un solo miembro, que de una cosilla no mayor que una flor de naranjo, que de algodón para ello fazen (***); traían a los brazos, junto con el sobaco, un bulto de algodón hilado enbuelto, que benía en semejanza de los palaçes de los jubones antiguos de los françeses; no hera este bulto atán grande como el otro que traía debajo de la rodilla en cada pierna. La hija más fermosa toda andava descubierta: un solo cordón de piedras muy negras y menudas solamente traía çeñido, del cual colgava una cosa de fechura de una oja de yedra, de piedras verdes y coloradas y pegadas sobre algodón tejido. La canoa grande venía en medio de las otras, mas como un poco de abentajada delante. Y luego que llegó este caçique al bordo del navío, començó de dar a los marineros y gente a cada uno cosas de su manera. Hera muy de mañana, e yo estava reçando apartado algunas deboçiones que yo hallo que me aprovechan, e no vi tan presto las dádivas ni la determinaçión de la benida d´este hombre; el cual luego entró en la caravela con toda su gente; y cuando yo salía, él ya tenía anbiados los vasallos de bolviesen las canoas a tierra, y ya estavan muy lejos. Y luego qu´él me vido, vino a mí con cara muy alegre, diziendo: “amigo, yo tengo determinado de dexar la patria y irme contigo a Castilla y ver el rey y la reina y al prínçipe su hijo, los mayores señores del mundo, los cuales tienen tanto poder que ayan sojuzgado acá tantas tierras, y que tú le ovedezes y vas por su mandado todo este mundo, como yo e savido d´estos indios que contigo traes; y que en todo cavo están las gentes de ti tan temerosos, y a los caníbales, qu´es gente inumerable y ferozísima, le as destruido las canoas y casas y tomado las mugeres y fijos y muerto d´ellos los que no fuyeron. Yo sé en cuánto en toda esta isla de Jamayca, qu´es mundo donde ay gente sin cuento, como la vista te amuestra, toda temblava cuando te vieron con estos navíos, que no quedó mugeres ni niños ni hazienda en las casas que todo no trasmudasen en las sierras y cuevas. Descansaron cuando te vieron partido, aunque no sanará el dolor tan presto a la gente de Caboni por la muerte de sus parientes y maridos, que torpemente te salieron al opósito sin considerar tu osadía, que viniste del otro mundo a estas partes, que no podía ser salvo con demasiado esfuerço. Refresco después a esta gente el cuidado después que otra vez a esta tierra bolviste, bien que ya toda la gente está contenta, porque tus obras les an criado amor y todos te an dado las voluntades, e yo más que ningún otro. Y por esto me muevo a venir a tu compañía y a la obediençia del rey e de la reina del mundo a Castilla”.

Todo esto dezía así con tan buen conçierto, que yo estava maravillado. Cuando acavó de hablar, el viento, que avía llevado lexos de tierra (***). Aposentélo con toda su casa, y se açertó qu´el viento en aquel tiempo se mudó en tiempo contrario para seguir mi viaje, con el cual porfié gran parte del día y siempre tomé la buelta de la mar, fasta que las hondas cresçieron muy grandes. Travajavan los navíos y la gente e tomé en la buelta de la tierra, porque la razón de la navegaçión ansí lo demandava. Y en este tiempo cobraron estas mugeres tando miedo, que llorando pidieron al marido y padre que se bolviese a su casa fasta que yo bolviese allí a la tierra, e que de aquella bez quedavan en conoçimiento de la mar  y de lo que para ello hera neçesario y lo ternían aparejado para cuando viniese, e que mirase qué gran pena les fazía dezir esto, pues qu´él bien savía que ellas heran las más ganosas de venir a Castilla. Sintió el marido de la muger e hija e más aún de un mochacho de seis o siete años, su postrero fijo, el cual nunca dexava los brazos, y por esto acordó de bolver a su casa, creyendo que de muy breve yo sería allí de buelta. Dióme muchas de aquellas sus cosas que allí traía en señal de cavallería, e yo no le dexé ir descontento: mandéle amostrar cuanto yo traía, y después d´él tomado todo lo que le bien pareçió y quiso, yo le di un presente de todas las cosas que me paresçería que le avían agradado; y a la muger y a las fijas hize otro tanto, e a sus hermanos e a todos los otros suyos di cosas nuevas. Quisiera yo que la fija mayor se bistiera, y la madre dixo que no, porque no lo acostunbravan; ésta, después que entró en el navío, se asentó a las espaldas de su padre y madre, qu´estavan juntos, en un rincón y se encojó toda ençengida con los brazos y cubierto el pecho, y la cara siempre metida sobre las piernas, que no la amostrava sino por maravilla; en todo el día dixo palabra, salvo que siempre estuvo ansí honesta y continente. Mandéles llevar a tierra, como ellos lo demandaron. Llevó el caçique y todos por el consiguiente gran pena por la ida, e yo no quedé sin ella, porque quisiera muchoqu´él biniera a V. Al., porqu´éste hera propio para les fazer saber todos los secretos y cosas de la isla porqu´él hera hombre de buena hedad y buen seso. Cuando él se iba, él llevaba la muger del brazo, y el otro más viejo, su hermano, del otro, y los otro cuatro hermanos, los dos más viejos de la misma guisa llevavan  a la fija, y los dos ant´ella, que çertifico a V. Al. que en forma parezía bien e estado.

Después que los vientos me dieron lugar, bine mi camino al oriente fasta una punta que yo llmé del Farol, qu´es el fin d´esta ista de Santiago de aquella parte del oriente; del cual yo partí en nombre de Nuestro Señor lunes, diez y ocho días de agosto, con razonable tiempo. Y navegando siempre al levante, miércoles a las tres oras después de mediodía, mirando al setentrión descubrí una tierra altísima y grandísima lexos de mí diez y seis leguas, al camino de la cual tomé la buelta. Llegado a ella hallé que hera la isla Ysavela del cavo oçidental d´ella, a que yo llamé de Sant Miguel, el cual avista de la isla de Jamaica al poniente treinta y una legua. Después determiné de navegar al oriente y descubrir toda la parte d´esta isla al austro, que hasta aquí no avía visto. Plugo a Nuestro Señor de me dar tan buen tiempo como yo avía menester, porque todos los navíos me andavan a fondo del agua por los travajos que avía pasado, y toda la gente estava muy cansada, que yo ya era açerca de çinco meses que jamás avía descansado una ora y  llevando muy mala vida por los mantenimientos que avíamos perdido. Y así al cavo de (***) días llegamos al fin de la isla con muy próspero tiempo a pedir por boca, allí en el puerto de Santa Cruz, el cual es muy bueno, remedié los navíos lo mejor que pude u esforzé la gente que fuésemos a correr todas las islas de los caníbales, pues ya estávamos tan çerca, y que en ellas hallaríamos de comer. Y llegados a la isa de San Juan Baptista todo de golpe me derribó una dolençia que me quitó todo el seso y entendimiento, como si fuera pestilençia o modorra. Los maestres y pilotos y toda la gente acordaron de venir luego a más andar para la çiudad para mi remedio, y ansí çesó la mi enpresa de descubrir las otras; de la cual enfermedad hecho culpa a los estremos travajos y peligros d´este viaje, que e sentido más de veinte y siete años pasados que e continuado a la mar. Una pena llevava yo de mí, que no ay tan esforzado que no reçiba la muerte, u después para traer los navíos y la gente toda a salvamento, de la cual pena no sentía menos que de la mía, porque me paresçe que traigo vitoria cuando torno en salvamento. Desveléme mucho de día y de noche, tanto que no podía conçevir un sueño, y en estos treinta días postreros no dormí salvo çinco oras, que en los últisimos ocho días no dormí salvo tres ampolletas de media ora cada una, en tal manera que yo quedé medio ciego, y en alguna oras del día del todo. Espero yo en Nuestro Señor qu´él me librará por su misericordia.

La temperançia del cielo aquí en todas estas islas y tierras es tal y tanta, que no la creerá nadie (***) sino la primavera y el inbierno tiene aquí, mas no grave; comiença cuando en Castilla, con aguas y mesmos tiempos; dura hasta el mes de henero, mas no ay nieves, y cuando después (***) el verano, sin demasiado calor, como cuando el inbierno de frío. Ni por el un tiempo ni po el otro los árvoles dexan la foja; continuamente las yervas y flores tienen fruto, y los paxaricos nidos y güevos y pollos. Todas las simientes de huertas están prósperas en el creçimiento, y aun otras legumes dos vegadas en el año se cogerán si se siembran, e esto yo aseguro a toda otra fruta, doméstica y brava: tanto es el buen espeto del çielo y savor de la tierra. El ganado y aves cosa es de maravilla cómo multiplican y se fazen grandes las gallinas: cada dos meses sacan pollos, y en diez o doce días son comederos. Los puercos, de treze hembras que truxe, ya ay atantos que andan bravos por las montañas. La yerva todo el año está como alcaçel en marco.

Engaño en verdad a V. Al. dixo una gente perdida que acá vinieron y al mundo con quien hablaron. Gastaron a dados y a otros malos vizios mortales aquello que les quedó desde la muerte de sus visabuelos, y agora que no hallavan tierra que les sostenga, cometiron este viaje con juramento y engaño y con pensamiento de cargar luego de oro aquí a bordo de la mar, sin travajo ni pena, y se volver a su exerçiçio. Y esto no fue menos religiosos que seglares: tanto los çegava la mala cobdiçia; ni quisieron creer a mí, que en Castilla les pronunçiava que para toda cosa avía trabajo. Fengido pensavan que yo les dezía: atán metidos estavan en la abariçia. Pudiera ser que se salieran a su intento si se çufrieran laborando, mas su peresça y malas costumbres no les dio lugar a que virtud amostrasen. Los más d´ellos querían dar cuenta de todas las Yndias y en espeçial d´esta isla, que boja más de dos mill y cuatroçientas millas, que son seiçientas leguas; y pruévase acá que los más d´ellos nunca fueron lexos de la çiudad tiro de una lombarda.

Torno a dezir de la temperançia estrema e d´esta isla en espeçial, que, a ser de mano, no podría tener todo más cumplido: espeçería de mill maneras, que nunca se llevó a nuestras partes; algodón y todas otras cosas de simiente naçería y daría fruto que  sería maravilla. Todo lo causa la fertilidad de la tierra, que su (***) lo comen. Guerras no ay entr´ellos salvo por mugeres. Cruelísimos son cuando an vitoria de los enemigos: que mugeres, fasta los niños despiernan. Las aguas son tantas y tan sabrosas que no se ha visto las parejas; ríos infinitos, que yo ya sé cuatro mayores que Hebro ni Texo; montañas altísimas muchas, oro e alambre.

Buelvo a la temperançia y digo qu´esta çiudad dista que su línea equinoçial veinte y çinco grados, y a la parte más austrual  de la isla diez y ocho grados se le faze hazia el polo ártico fuera. Del Ocçiedente de Tolomeo al cavo de Sant Rafael, qu´es fin d´ella y será el oriente, dista por aquel paralelo (***) grados. O  mejor puedo dezir y más aseñala famosa: estando yo en el puerto de Santa Cruz, qu´es allí viente y nueve leguas más al austro, a 14 de setiembre d´este presente año de 1494 años vi eclisar la luna çincuenta y dos minutos de ora después de media noche, ni andava yo por entonçes sobr´el aviso con todos los estrumentos que para la çertificaçión de la ora y punto cumplía. No digo del otro eclise que fue en el mes de março pasado, de qu´estava yo tan ganoso: no se nos amostró por la çerrazón del çielo, que toda aquella noche volvió y fizo gran escurana, y no como agora, que fe muy claro.

D´este cavo al oçidente 700 leguas açerca está el Evangelista Cheroneso, la postrera tierra de la firme qu´este presente año al poniente dexé descubierta, e al oriente es la isla de San Juan Baptista con todas aquellas de los caníbales, en que ay (***) leguas tiene en luengo. Más de diez oras de distançia tenía yo de Cáliz, cuando, en la mar blanca navegando, salía el sol en Sevilla después de dos oras cuando yo sentía noche y la vista del sol me dexava.

Esta carta escreví en el puerto de Santa Cruz, qu´es junto con el cavo de Sant Rafael de la Ysavela de la parte del Oriente, porque creía que podía fallar navíos que bolverían a Castilla; y por vida y por no los detener me aperçeví porque V. Al. fuesen avisados, cuya vida y muy alto estado guarde y prospere la Santa Trinidad a Su sancto serviçio por siempre jamás. Fecha a 26 de hebrero de 95 años.

(***) Indica una laguna o ausencia en el texto original.

Este documento fue encontrado por los Sres. Río, libreros de Tarragona, y posteriormente cedido al Centro del Tesoro Bibliográfico y Documental de España.

Carta a Rodrigo de Escobedo

La Española, 4 de Enero de 1493

A Rodrigo de Escobedo:

A punto de partir os digo a vos, Rodrigo d´Escobedo y vuen amigo, de cómo restáis aquí en oficio de justica en esta isla, e de cómo os doy en segreto la custodia e guarda de las cuatro caxas grandes y las V más chicas, que os entrego y que son de mí mismo, por ser cosas que me dio Guacanaxan como sabedes; e non debéis de mostrar ni dar sino a pedimento mío, confiança que ago a la amistad y a que sois onrado, y no pudréislo ni mostrar ni traspasar ni çedellas, que yo sé cuanto a los Reyes e de dezir. Fundar en cuanto los consejos y la instrucción que a todos dexo por poder de los Reyes, nuestros Señores, y a mi buelta diréis lo que pudiesse pasar y no ayan dicho.

D´esta costa a día cuatro de Henero, año de Cristo de mil cuatrocientos noventa y tres.

A lo que mandardes.

.S.

.S.A.S.

X M Y

Xpo FERENS

Cuarto viaje de Cristóbal Colón a la Indias

Carta que escribió Don Cristóbal Colón, Virrey y Almirante de las Indias, a los Cristianísimos y muy poderosos Rey y Reina de España, Nuestros Señores, en que les notifica cuanto le ha acontecido en su viaje; y las tierras, provincias, ciudades, ríos y otras cosas maravillosas, y donde hay minas de oro en mucha cantidad, y otras cosas de gran riqueza y valor.

Una copia del original se encuentra en la Biblioteca Universitaria de Salamanca. La versión italiana se conoce con el nombre de Lettera Rarissima.

Isla de Jamaica, 7 de julio 1503.

Serenísimos y muy altos y poderosos Príncipes, Rey y Reina, Nuestros Señores: De Cádiz pasé a Canaria en cuatro días, y dende a las Indias en dieciséis días, donde escribí a V. M. que mi inteción era dar prisa a mi viaje, en cuanto yo tenía los navíos buenos, la gente y los bastimentos, y que mi derrota era en la isla de Jamaica; y en la Dominica escribí esto. Hasta allí traje el tiempo a pedir por la boca. Esa noche que allí entré  fue con tormenta grande y me persiguió después siempre.

Cuando llegué sobre La Española envié el envoltorio de cartas y a pedir por merced un navío por mis dineros, porque otro que yo llevaba era innavegable y no sufría velas. Las cartas tomaron, y sabrán si se las dieron. La respuesta para mí fue mandarme de parte de V. M. que yo no pasase ni llegase a la tierra. Cayó el corazón a la gente que iba conmigo, por temor de los llevar yo lejos, diciendo que si algún caso de peligro les viniese, que no serían remediados allí; antes les sería hecha alguna grande afrenta. También a quien plugo, dijo que el Comendador había de proveer las tierras que yo ganase.

La tormenta era terrible, y en aquella noche me desmembró los navíos; a cada uno llevó por su cabo sin esperanzas, salvo de muerte; cada uno de ellos tenía por cierto que los otros eran perdidos. ¿Quién nació, sin quitar a Job, que no muriera desesperado que por mi salvación y de mi hijo, hermano y amigos me fuese en tal tiempo defendida la tierra y puertos que yo, por voluntad de Dios, gané a España sudando sangre?

Y torno a los navíos, que así me hab¡a llevado la tormenta y dejado a mí solo. Deparómelos Nuestro Señor cuando le plugo. El navío sospechoso había echado a la mar, por escapar, hasta la gísola; la Gallega perdió la barca, y todos gran parte de los bastimentos; en el que yo iba, abalumadoa maravilla, Nuestro Señor le salvó que no hubo daño de una paja. En el sospechoso iba mi hermano; y él, después de Dios, fue su remedio. Y con esta tormenta así a gatas me llegué a Jamaica. Allí se mudó de mar alta en calmería y grande corriente, y me llevó hasta el Jardín de la Reina sin ver tierra. De allí, cuando pude, navegué a la tierra firme, adonde me salió el viento y corriente terrible al opósito; combatí con ellos sesenta días, y en fin no lo pude ganar más de setenta leguas.

En todo este tiempo no entré en puerto, ni pude ni me dejó tormenta del cielo, agua y trombones y relámpagos de continuo, que parecía el fin del mundo. Llegué al cabo de Gracias a Dios, y de allí me dio Nuestro Señor próspero el viento y corriente. Esto fue a 12 de septiembre. Ochenta y ocho días había que no me había dejado espantable tormenta, tanto que no vi el sol ni estrellas por mar, que a los navíos tenía yo abiertos, a las velas rotas, y perdidas anclas y jarcia, cables, con las barcas y muchos bastimentos, la gente muy enferma y todos contritos y muchos con promesa de religión y no ninguno sin otros votos y romerías. Muchas veces habían llegado a se confesar los unos a los otros. Otras tormentas se han visto, mas no durar  tanto ni con tanto espanto. Muchos esmorecieron, harto y hartas veces, que teníamos por esforzados. El dolor del hijo que yo tenía allí me arrancaba el ánima, y más por verle de tan nueva edad de trece años en tanta fatiga y durar en ello tanto. Nuestro Señor le dio tal esfuerzo que él avivaba a los otros, y en las obras hacia él como si hubiera navegado ochenta años, y él me consolaba. Yo había adolecido y llegado hartas veces a la muerte. De una camarilla que yo mandé hacer sobre cubierta mandaba la vía. Mi hermano estaba en el peor navío y más peligroso. Gran dolor era el mío, y mayor porque lo traje contra su grado, porque, por mi dicha, poco me han aprovechado veinte años de servicio que yo he servido con tantos trabajos y peligros, que hoy día no tengo en Castilla una teja; si quiero comer o dormir no tengo, salvo el mesón o taberna, y las más de las veces falta para pagar el escote. Otra lástima me arrancaba el corazón por las espaldas, y era Don Diego, mi hijo, que yo dejé en España tan huérfano y desposesionado de mi honra y hacienda; bien que tenía por cierto que allí, como justos y agradecidos Príncipes, le restituirán con acrecentamiento en todo.

Llegué a tierra de Cariay, adonde me detuve a remediar los navíos y bastimentos y dar aliento a la gente, que venía muy enferma. Yo, que, como dije, había llegado muchas veces a la muerte, allí supe de las minas del oro en la provincia de Ciamba, que yo buscaba. Dos indios me llevaron a Ceramburú, adonde la gente anda desnuda y al cuello un espejo de oro, mas no le querían vender ni dar a trueque. Nombráronme muchos lugares en la costa de la mar, adonde decían que había oro y minas; el postrero era Veragua, y lejos de allí obra de veinticinco leguas. Partí con intención de los tentar a todos, y, llegado ya el medio, supe que había minas a dos jornadas de andadura. Acordé de enviarlas a ver. Víspera de San Simón y Judas, que había de ser la partida, en esa noche se levantó tanta mar y viento que fue necesario de correr hacia adonde él quiso; y el indio adalid de las minas siempre conmigo.

En todos estos lugares adonde yo había estado hallé verdad todo lo que yo había oído: esto me certificó que es así de la provincia de Ciguare, que según ellos es descrita a nueve jornadas de andadura por tierra al Poniente: allí dicen que hay infinito oro y que traen corales en las cabezas, manillas a los pies y a los brazos de ello y bien gordas, y de él sillas, arcas y mesas las guarnecen y enforran. También dijeron que las mujeres de allí traían collares colgados de la cabeza a las espaldas. En esto que yo digo, la gente toda de estos lugares concierta en ello, y dicen tanto que yo sería contento con el diezmo. También todos conocieron la pimienta. En Ciguare usan tratar en ferias y mercaderías; esta gente así lo cuenta, y me mostraban el modo y forma que tienen en la barata. Otrosí dicen que las naos traen bombardas, arcos y flechas, espadas y corazas, y andan vestidos, y en la tierra hay caballos, y usan la guerra, y traen ricas vestiduras y tienen buenas cosas. También dicen que la mar boja a Ciguare, y de allí a diez jornadas es el río de Ganges. Parece que estas tierras están con Veragua como Tortosa con Fuenterrabía o Pisa con Venecia. Cuando yo partí de Ceramburú y llegué a esos lugares que dije, hallé la gente en aquel mismo uso, salvo que los espejos del oro quien los tenía los daba por tres cascabeles de gavilán por el uno, bien que pasasen diez o quince ducados de peso. En todos sus usos son como los de La Española; el oro cogen con otras artes; bien que todos son nada con los de los cristianos. Esto que yo he dicho es lo que oigo. Lo que yo sé es que el año de noventa y cuatro navegué en veinticuatro grados al Poniente en término de nueve horas, y no pudo haber yerro porque hubo eclipses: el Sol estaba en Libra y la Luna en Ariete. También esto que yo supe por palabra habíalo yo sabido largo por escrito. Ptolomeo creyó de haber bien remedado a Marino y ahora se halla su escritura bien próxima a lo cierto. Ptolomeo asienta Catigara a doce líneas lejos de su Occidente, que él asentó sobre el cabo de San Vicente en Portugal dos grados y un tercio. Marino en quince líneas constituyó la tierra y términos. Marino en Etiopía escribe al lado de la línea equinoccial más de veinticuatro grados, y ahora que los portugueses la navegan le hallan cierto. Ptolomeo dice que la tierra más austral es el plazo primero y que no baja más de quince grados y un tercio. El mundo es poco; el enjuto de ello es seis partes, la séptima solamente cubierta de agua; la experiencia ya está vista, y la escribí por otras letras y con adornamiento de la Sacra Escritura, con el sitio del Paraíso Terrenal que la Santa Iglesia aprueba. Digo que el mundo no es tan grande como dice el vulgo, y que un grado de la equinoccial esá  cincuenta y seis millas y dos tercios; pero esto se tocará con el dedo. Dejo esto, por cuanto no es mi propósito de hablar en aquella materia, salvo de dar cuenta de mi duro y trabajoso viaje, bien que él sea el más noble y provechoso.

Digo que víspera de San Simón y Judas corrí donde el viento me llevaba, sin poder resistirle. En un puerto excusé diez días de gran fortuna de la mar y del cielo: allí acordé de no volver atrás a las minas, y dejélas ya por ganadas. Partí, por seguir mi viaje, lloviendo; llegué a Puerto de Bastimentos, adonde entré y no de grado. La tormenta y gran corriente me entró allí catorce días, y después partí y no con buen tiempo. Cuando yo hube andado quince leguas forzosamente, me reposó atrás el viento y corriente con furia. Volviendo yo al puerto donde había salido, hallé en el camino al Retrete, adonde me retraje con harto peligro y enojo y bien fatigado yo y los navíos y la gente. Detúveme allí quince días, que así lo quiso el cruel tiempo; y cuando creí de haber acabado, me hallé de comienzo. Allí mudé de sentencia de volver a las minas y hacer algo hasta que me viniese tiempo para mi viaje y marear. Y llegado con cuatro leguas, revino la tormenta y me fatigó tanto a tanto que ya no sabía de mi parte. Allí se me refrescó del mal la llaga; nueve días anduve perdido sin esperanza de vida; ojos nunca vieron la mar tan alta, fea y hecha espuma. El viento no era para ir adelante ni daba lugar para correr hacia algún cabo. Allí me detenía en aquella mar hecha sangre, hirviendo como caldera por gran fuego. El cielo jamás fue visto tan espantoso: un día con la noche ardió como horno; y así echaba la llama con los rayos, que cada vez miraba yo si me había llevado los mástiles y velas. Venían con tanta furia espantables, que todos creíamos que me habían de hundir los navíos. En todo este tiempo jamás cesó agua del cielo, y no para decir que llovía, salvo que resegundaba  otro diluvio. La gente estaba tan molida que deseaba la muerte para salir de tantos martirios. Los navíos habían perdido dos veces las barcas, anclas, cuerdas y estaban abiertos, sin velas.

Cuando plugo a Nuestro Señor, volví a Puerto Gordo, donde reparé lo mejor que pude. Volví otra vez hacia Veragua. Para mi viaje, aunque yo estuviera a ello, todavía eran el viento y corrientes contrarios. Llegué casi adonde antes, y allí me salió otra vez el viento y corrientes al encuentro. Y volv¡íotra vez al puerto, que no osé esperar la oposición de Saturno con mares tan desbaratados en costa brava, porque las más de las veces trae tempestad o fuerte tiempo. Esto fue día de Navidad, en horas de misa. Volví otra vez adonde yo había salido con harta fatiga; y, pasado año nuevo, torné a la porfía, que aunque me hiciera buen tiempo para mi viaje, ya tenía los navíos innavegables y la gente muerta y enferma. Día de la Epifanía llegué a Veragua, ya sin aliento. Allí me deparó Nuestro Señor un río y seguro puerto, bien que la entrada no tenía salvo diez palmos de fondo. Metíme en él con pena, y el día siguiente recordó la fortuna: si me hallara fuera, no pudiera entrar a causa del banco. Llovió sin cesar hasta 14 de febrero, que nunca hubo lugar de entrar en la tierra, ni de remediar en nada; y, estando ya seguro a 24 de enero, de improviso vino el río muy alto y fuerte: quebróme las amarras y proeses, y hubo de llevar los navíos, y cierto los vi en mayor peligro que nunca. Remedió Nuestro Señor, como siempre hizo. No sé si hubo otro con más martirios. A 6 de febrero, lloviendo, envié setenta hombres la tierra adentro, y a las cinco leguas hallaron muchas minas. Los indios que iban con ellos los llevaron a un cerro muy alto, y de allí les mostraron hacia toda parte cuanto los ojos alcanzaban, diciendo que en toda parte había oro, y que hacia el Poniente llegaban las minas veinte jornadas, y nombraban las villas y lugares, y adonde había de ello más o menos. Después supe yo que el Quibián que había dado estos indios les había mandado que fuesen a mostrar las minas lejos y de otro su contrario, y que adentro de su pueblo cogían, cuando él quería, un hombre en diez días una mozada de oro. Los indios sus criados y testigos de esto traigo conmigo. Adonde él tiene el pueblo llegan las barcas. Volvió mi hermano con esta gente, y todos con oro que habían cogido en cuatro horas que fue allá a la estada. La calidad es grande, porque ninguno de éstos jamás había visto minas, y los más eran gente de la mar, y casi todos grumetes. Yo tenía mucho aparejo para edificar y muchos bastimentos. Asenté pueblo, y di muchas dádivas al Quibián, que así llaman al señor de la tierra. Y bien sabía que no había de durar la concordia: ellos muy rústicos y nuestra gente muy importunos, y me aposesionaba en su término. Después que él vio las cosas hechas y el tráfago tan vivo, acordó de las quemar y matarnos a todos. Muy al revés salió su propósito: quedó preso él, mujeres e hijos y criados; bien que su prisión duró poco. El Quibián se huyó a un hombre honrado, a quien se había entregado con guarda de hombres; y los hijos se huyeron a un maestre de navío, a quien se dieron en él a buen recaudo.

En enero se había cerrado la boca del río. En abril los navíos estaban todos comidos de broma y no los podía sostener sobre agua. En este tiempo hizo el río un canal, por donde saqué tres de ellos vacíos con gran pena. Las barcas volvieron adentro por la sal y agua. La mar se puso alta y fea, y no dejó salir afuera: los indios fueron muchos y juntos y las combatieron, y en fin los mataron. Mi hermano y la otra gente toda estaban en un navío que quedó adentro, yo muy solo de fuera en tan brava costa, con fuerte fiebre; en tanta fatiga, la esperanza de escapar era muerta. Subí así trabajando lo más alto, llamando a voz temerosa, llorando y muy aprisa, los maestros de la guerra de Vuestras Altezas, a todos cuatro los vientos, por socorro; mas nunca me respondieron. Cansado, me adormecí gimiendo. Una voz muy piadosa oí, diciendo: «¡Oh estulto y tardo a creer y a servir a tu Dios, Dios de todos! ¿Qué hizo El más por Moisés o por David, su siervo? Desde que naciste, siempre El tuvo de ti muy grande cargo. Cuando te vio en edad de que El fue contento, maravillosamente hizo sonar tu nombre en la tierra. Las Indias, que son parte del mundo tan ricas, te las dio por tuyas; tú las repartiste adonde te plugo y te dio poder para ello. De los atamientos de la Mar Océana, que estaban cerrados con cadenas tan fuertes, te dio las llaves; y fuiste obedecido en tantas tierras y de los cristianos cobraste tan honrada fama. ¿Qué hizo El más al tu pueblo de Israel cuando le sacó de Egipto, ni por David, que de pastor hizo Rey en Judea? Tórnate a El y conoce ya tu yerro: su misericordia es infinita. Tu vejez no impedirá a toda cosa grande. Muchas heredades tiene El grandísimas. Abraham pasaba de cien años cuando engendró a Isaac, ni Sara era moza. Tú llamas por socorro. Incierto, responde, ¿quién te ha afligido tanto y tantas veces, Dios o el mundo? Los privilegios y promesas que da Dios, no las quebranta, ni dice, después de haber recibido el servicio, que su intención no era ésta y que se entiende de otra manera, ni da martirios por dar color a la fuerza. El va al pie de la letra: todo lo que El promete cumple con acrecentamiento. Esto es su uso. Dicho tengo lo que tu Creador ha hecho por ti y hace con todos. Ahora -me dijo- muestra el galardón de estos afanes y peligros que has pasado sirviendo a otros.» Yo, así amortecido, oí todo; mas no tuve respuesta a palabras tan ciertas, salvo llorar por mis yerros. Acabó El de hablar, quienquiera que fuese, diciendo: «No temas, confía: todas estas tribulaciones están escritas en piedra mármol y no sin causa.»

Levantéme cuando pude; y al cabo de nueve días hizo bonanza, mas no para sacar navíos del río. Recogí la gente que estaba en tierra y todo el resto que pude, porque no estaban para quedar y para navegar los navíos. Quedara yo a sostener el pueblo con todos, si Vuestras Altezas supieran de ello. El temor que nunca aportarían allí navíos me determinó a esto, y la cuenta que cuando se haya de proveer de socorro se proveerá de todo. Partí en nombre de la Santísima Trinidad la noche de Pascua, con los navíos podridos, abromados, todos hechos agujeros. Allí en Belén dejé uno y hartas cosas. En Belpuerto hice otro tanto. No me quedaron salvo dos en el estado de los otros, y sin barcas y bastimentos, por haber de pasar siete mil millas de mar y de agua o morir en la vía con hijo y hermano y tanta gente. Respondan ahora los que suelen tachar y reprender, diciendo allí de en salvo: ¿por qué no hiciste esto allí? Los quisiera yo en esta jornada. Yo bien creo,que otra de otro sabor los aguarda, o nuestra fe es ninguna

Llegué a 1 3 de mayo en la provincia de Mango, que parte con aquella de Catayo, y de allí partí para la Española: navegué dos días con buen tiempo, y después fue contrario. El camino que yo llevaba era para desechar tanto número de islas, por no me embarazar en los bajos de ellas. La mar brava me hizo fuerza y hube de volver atrás sin velas. Surgó a una isla adonde de golpe perdí tres anclas, y a la media noche, que parecía que el mundo se disolvía, se rompieron las amarras al otro navío y vino sobre mí, que fue maravilla cómo no nos acabamos de hacer rajas: el ancla, de forma que me quedó, fue ella, después de Nuestro Señor, quien me sostuvo. Al cabo de seis días, que ya era bonanza, volví a mi camino. Así, ya perdido del todo de aparejos y con los navíos horadados de gusanos más que un panal de abejas y la gente tan acobardada y perdida, pasé algo adelante de donde yo había llegado de antes. Allí me tornó a reposar atrás la fortuna. Paré en la misma isla en más seguro puerto. Al cabo de ocho días torné a la vía y llegué a Jamaica en fin de junio, siempre con vientos punteros y los navíos en peor estado: con tres bombas, tinas y calderas no podían, con toda la gente, vencer el agua que entraba en el navío, ni para este mal de broma hay otra cura. Cometí el camino para me acercar a lo más cerca de la Española, que son veintiocho leguas, y no quisiera haber comenzado. El otro navío corrió a buscar puerto casi anegado. Yo porfié la vuelta de la mar con tormenta. El navío se me anegó, que milagrosamente me trajo Nuestro Señor a tierra. ¿Quién creyera lo que yo aquí escribo? Digo que de cien partes no he dicho la una en esta letra. Los que fueron con el Almirante lo atestiguen. Si place a Vuestras Altezas de me hacer merced de socorro un navío que pase de sesenta y cuatro, con doscientos quintales de bizcochos y algún otro bastimento, bastar  para me llevar a mí y a esta gente a España. De La Española en Jamaica ya dije que no hay veintiocho leguas. A La Española no fuera yo, bien que los navíos estuvieran para ello. Ya dije que me fue mandado de parte de Vuestras Altezas que no llegase a ella. Si este mandar ha aprovechado, Dios lo sabe. Esta carta envío por vía y mano de indios: grande maravilla será si allá llega.

De mi viaje digo: que fueron ciento y cincuenta personas conmigo, en que hay hartos suficientes para pilotos y grandes marineros; ninguno puede dar razón cierta por donde fui yo ni vine. La razón es muy presta. Yo partí de sobre el Puerto del Brasil en la Española. No me dejó la tormenta ir al camino que yo quería; fue por fuerza correr adonde el viento quiso. En ese día caí yo muy enfermo; ninguno había navegado hacia aquella parte; cesó el viento y mar dende a ciertos días, y se mudó la tormenta en calmería y grandes corrientes. Fui a aportar a una isla que se dijo de las Bocas, y de allí a tierra firme. Ninguno puede dar cuenta verdadera de esto, porque no hay razón que baste; porque fue ir con corriente sin ver tierra tanto número de días. Seguí la costa de la tierra firme; ésta se asentó con compás y arte. Ninguno hay que diga debajo cuál parte del cielo o cuándo yo partí de ella para venir a la Española. Los pilotos creían venir a parar a la isla de San Juan, y fue en tierra de Mango, cuatrocientas leguas más al Poniente de adonde decían. Respondan, si saben, adónde es el sitio de la Veragua. Digo que no pueden dar otra razón ni cuenta, salvo que fueron a unas tierras adonde hay mucho oro, y certificarle; mas para volver a ella el camino tienen ignoto. Sería necesario para ir a ella descubrirla como de primero. Una cuenta hay y razón de astrología y cierta: quien la entienda esto le basta. A visión profética se asemeja esto. Las naos de las Indias, si no navegan salvo a popa, no es por la mala hechura ni por ser fuertes. Las grandes corrientes que allí vienen, juntamente con el viento, hacen que nadie porfíe con bolina, porque en un día perderían lo que hubiesen ganado en siete; ni saco carabela, aunque sea latina portuguesa. Esta razón hace que no naveguen salvo con colla, y por esperarle se detienen a las veces seis y ocho meses en puerto. Ni es maravilla, pues que en España muchas veces acaece otro tanto.

La gente de que escribe Papa Pío, según el sitio y señas, se ha hallado, mas no los caballos, pretales y frenos de oro; ni es maravilla, porque allí las tierras de la costa de la mar no requieren salvo pescadores, ni yo me detuve, porque andaba a prisa. En Cariay y en esas tierras de su comarca son grandes hechiceros y muy medrosos. Dieran el mundo porque no me detuviera allí una hora. Cuando llegué allí, luego me enviaron dos muchachas muy ataviadas. La más vieja no sería de once años y la otra de siete; ambas con tanta desenvoltura, que no serían más unas putas. Traían polvos de hechizos escondidos. En llegando, las mandé adornar de nuestras cosas y las envié luego a tierra. Allí vi una sepultura en el monte, grande como una casa y labrada, y el cuerpo descubierto y mirrado en ella. De otras artes me dijeron y más excelentes. Animalias menudas y grandes hay hartas y muy diversas de las nuestras. Dos puercos hube yo en presente, y un perro de Irlanda no osaba esperarlos. Un ballestero había herido una animalia, que se parece a un gato paúl, salvo que es mucho más grande, y el rostro de hombre: teníale atravesado con una saeta desde los pechos a la cola, y porque era feroz le hubo de cortar un brazo y una pierna. El puerco, en viéndole, se le encrespó y se fue huyendo. Yo, cuando esto vi, mandé echarle «begare», que así se llama, adonde estaba; en llegando a él, así estando a la muerte y la saeta siempre en el cuerpo, le echó la cola por el hocico y se la amarró muy fuerte, y con la mano que le quedaba la arrebató por el copete como a enemigo. El auto tan nuevo y hermosa montería me hizo escribir esto. De muchas maneras de animalias se hubo, mas todas mueren de barro. Gallinas muy grandes y la pluma como lana vi hartas. Leones, ciervos, corzos y otro tanto y así aves. Cuando yo andaba por aquella mar en fatiga, en algunos se puso herejía que estábamos hechizados, que hoy en día están en ello. Otra gente hallé que comían hombres: la disformidad de su gesto lo dice. Allí dicen que hay grandes mineros de cobre: hachas de ello, otras cosas labradas, fundidas, soldadas hube y fraguas con todo su aparejo de platero y los crisoles. Allí van vestidos; y en aquella provincia vi sábanas grandes de algodón, labradas de muy sutiles labores, otras pintadas muy sutilmente a colores con pinceles. Dicen que en la tierra adentro hacia el Catayo las hay tejidas de oro. De todas estas tierras y de lo que hay en ellas, a falta de lengua no se sabe tan presto. Los pueblos, bien que sean espesos, cada uno tiene diferenciada lengua, y es en tanto que no se entienden los unos con los otros más que nos con los de Arabia. Yo creo que esto sea en esta gente salvaje de la costa de la mar, mas no en la tierra dentro.

Cuando yo descubrí las Indias, dije que eran el mayor señorío rico que hay en el mundo. Yo dije del oro, perlas, piedras preciosas, especierías, con los tratos y ferias, y porque no pareció todo tan presto fui escandalizado. Este castigo me hace ahora que no diga salvo lo que yo oigo de los naturales de la tierra. De una oso decir, porque hay tantos testigos, y es que yo vi en esta tierra de Veragua mayor señal de oro en dos días primeros que en la Española en cuatro años, y que las tierras de la comarca no pueden ser más hermosas ni más labradas ni la gente más cobarde, y buen puerto y hermoso río defensible al mundo. Todo esto es seguridad de los cristianos y certeza de señorío, con grande esperanza de la honra y acrecentamiento de la religión cristiana; y el camino allí ser  tan breve como a La Española, porque ha de ser con viento. Tan señores son Vuestras Altezas de esto como de Jerez o Toledo. Sus navíos que fueren allí van a su casa. De allí sacarán oro. En otras tierras, para haber de lo que hay en ellas, conviene que se lo lleven, o se volverán vacíos; y en la tierra es necesario que fíen sus personas de un salvaje. Del otro que yo dejo de decir, ya dije por qué me encerré: no digo así ni que yo afirme en el tres doble en todo lo que yo haya jamás dicho ni escrito, y que yo esté a la fuente. Genoveses, venecianos y toda gente que tenga perlas, piedras preciosas y otras cosas de valor, todos las llevan hasta el cabo del mundo para las trocar, convertir en oro. El oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las  nimas al Paraíso. Los señores de aquellas tierras de la comarca de Veragua cuando mueren entierran el oro que tienen con el cuerpo; así lo dicen. A Salomón llevaron de un camino seiscientos sesenta y seis quintales de oro, allende los que llevaron los mercaderes y marineros, y allende lo que se pagó en Arabia. De este oro hizo doscientas lanzas y trescientos escudos, e hizo el tablado que había de estar arriba, pellas de oro y vasos muchos y muy grandes y ricos de piedras preciosas. Josefo, en su crónica De antiquitatibus, lo escribe. En el Paralipomenon y en el Libro de los Reyes se cuenta de esto. Josefo quiere que este oro se hubiese en la Aurea. Si así fuese, digo que aquellas minas de la Aurea son unas y se contienen con éstas de Veragua, que, como yo dije arriba, se alargan al Poniente veinte jornadas y son en una distancia lejos del polo y de la línea. Salomón compró todo aquello, oro, piedras y plata, y V. A. le pueden mandar a coger si les place. David, en su testamento, dejó tres mil quintales de oro de las Indias a Salomón para ayudar a edificar el templo, y según Josefo era él de estas mismas tierras. Jerusalén y el monte Sión ha de ser reedificado por manos de cristianos. Quién ha de ser, Dios por boca del Profeta en el decimocuarto salmo lo dice. El abad Joaquín dijo que éste había de salir de España. San Jerónimo a la santa mujer le mostró el camino para ello. El Emperador de Catayo ha días que mandó sabios que le enseñasen la fe de Cristo. ¿Quién será que se ofrezca a esto? Si Nuestro Señor me lleva a España, yo me obligo de llevarle, con el nombre de Dios, en salvo.

Esta gente que vino conmigo han pasado increíbles peligros y trabajos. Suplico a V. A., porque son pobres, que les manden pagar luego y les hagan mercedes a cada uno según la calidad de la persona, que les certifico que, a mi creer, les traen las mejores nuevas que nunca fueron a España. El oro que tiene el Quibián de Veragua y los otros de la comarca, bien que según información él sea mucho, no me pareció bien ni servicio de Vuestras Altezas de se le tomar por vía de robo. La buena orden evitar  escándalo y mala fama y hará que todo ello venga al tesoro, que no quede un grano. Con un mes de buen tiempo yo acabara todo mi viaje: por falta de los navíos no porfié a esperarle para tornar a ello, y para toda cosa de su servicio espero en Aquel que me hizo y estar‚ bueno. Yo creo que V. A. se acordará que yo quería mandar hacer los navíos de nueva manera; la brevedad del tiempo no dio lugar a ello, y cierto yo había caído en lo que cumplía.

Yo tengo en más esta negociación y minas con esta escala y señorío, que todo lo otro que está hecho en las Indias. No en éste hijo para dar a criar a madrastra. De la Española, de Paria y de las otras tierras no me acuerdo de ellas que yo no llore. Creía yo que el ejemplo de ellas hubiese de ser por estas otras; al contrario: ellas están boca abajo; bien que no mueran, la enfermedad es incurable o muy larga. Quien las llegó a esto, venga ahora con el remedio si puede o sabe; al descomponer, cada uno es maestro. Las gracias y acrecentamiento siempre fue uso de las dar a quien puso su cuerpo a peligro. No es razón que quien ha sido tan contrario a esta negociación le goce, ni sus hijos. Los que se fueron de las Indias huyendo los trabajos y diciendo mal de ellas y de mí, volvieron con cargos; así se ordenaba ahora en Veragua: malo ejemplo y sin provecho del negocio y para la justicia del mundo. Este temor, con otros casos hartos que yo veía claro, me hizo suplicar a Vuestras Altezas, antes que yo viniese a descubrir estas islas y tierra firme, que me las dejasen gobernar en su real nombre. Plúgoles: fue por privilegio y asiento, y con sello y juramento, y me intitularon de Virrey y Almirante y Gobernador General de todo, y señalaron el término sobre las islas de los Azores cien leguas, y aquellas de Cabo Verde por la línea que pasa de polo a polo, y esto y de todo que más se descubriese, y me dieron poder largo. La escritura a más largamente lo dice.

El otro negocio famosísimo está con los brazos abiertos llamando: extranjero he sido hasta ahora. Siete años estuve yo en su Real Corte, que a cuantos se habló de esta empresa todos a una dijeron que era burla. Ahora hasta los sastres suplican por descubrir. Es de creer que van a sastrear y se les otorga, que cobran con mucho perjuicio de mi honra y tanto daño del negocio. Bueno es de dar a Dios lo suyo y a César lo que le pertenece. Esta es justa sentencia y de justo. Las tierras que acá obedecen a Vuestras Altezas son más que todas las otras de cristianos y ricas. Después que yo, por voluntad divina, las hube puestas debajo de su real y alto señorío y en filo  para haber grandísima renta, de improviso, esperando navíos para venir a su alto conspecto con victoria y grandes nuevas del oro, muy seguro y alegre, fui preso y echado con dos hermanos en un navío, cargado de hierros, desnudo en cuerpo, con muy mal tratamiento, sin ser llamado ni vencido por justicia. ¿Quién creer  que un pobre extranjero se hubiese de alzar en tal lugar contra Vuestras Altezas sin causa ni sin brazo de otro Prncipe y estando solo entre sus vasallos y naturales teniendo todos mis hijos en su Real Corte? Yo vine a servir de veintiocho a¤ños, y ahora no tengo cabello en mi persona que no sea cano y el cuerpo enfermo y gastado cuanto me quedó de aquéllos, y me fue tomado y vendido y a mis hermanos hasta el sayo, sin ser oído ni visto, con gran deshonor mío. Es de creer que esto no se hizo por su real mandado. La restitución de mi honra y daños y el castigo en quien lo hizo hará sonar su real nobleza; y otro tanto en quien me robó las perlas y de quien ha hecho daño en este Almirantado. Grandísima virtud, fama con ejemplo ser  si hacen esto, y quedará a la España gloriosa memoriación de Vuestras Altezas, de agradecidos y justos Príncipes. La intención tan sana que yo siempre tuve al servicio de Vuestras Altezas y la afrenta tan desigual no da lugar al ánima que calle, bien que yo quisiera. Suplico a Vuestras Altezas me perdonen. 

Yo estoy tan perdido como dije. Yo he llorado hasta aquí a otros. Haya misericordia ahora el cielo y llore por mi la tierra. En el temporal no tengo solamente una blanca para la oferta; en el espiritual he parado aquí en las Indias de la forma que está dicho: aislado en esta pena, enfermo, aguardando cada día por la muerte y cercado de un cuento de salvajes y llenos de crueldad y enemigos nuestros, y tan apartado de los Santos Sacramentos de la Santa Iglesia, que se olvidará de esta ánima si se aparta acá del cuerpo. Llore por mí quien tiene caridad, verdad y justicia. Yo no vine a este viaje a navegar por ganar honra ni hacienda: esto es cierto, porque estaba ya la esperanza de todo en ello muerta. Yo vine a Vuestras Altezas con sana intención y buen celo, y no miento. Suplico humildemente a Vuestras Altezas que, si a Dios place de me sacar de aquí, que hayan por bien mi ida a Roma y otras romerías. Cuya vida y alto estado la Santa Trinidad guarde y acreciente.

Hecha en las Indias, en la isla de Jamaica, a 7 de julio de 1503 años.

Colón Vasco

En la villa de Soraluze, partido judicial de Vergara, en la provincia vasca de Gipuzkoa, nació un niño, el día 10 de julio de 1441, que fue bautizado en la iglesia parroquial de Santa Maria la Real de dicha villa, imponiéndosele el nombre de :Kristobal-Cristóbal, que figuraba en el Santoral Vasco ese día. Sus apellidos son: Maiztegi, Larreategi, Laskurain y Salogoen, todos ellos vascos. El sobrenombre de «Colón» no sería su verdadero apellido sino que corresponde etimológicamente al primero: Maiztegi=paraje del COLONO en idioma euskériko. Se dice que el descubridor adoptó el sobrenombre «Colón» al ausentarse de su tierra. Los italianos lo conocen por Cristóforo Colombo, pero al parecer se comenta que Colón no sabía ni latín ni italiano. Su lenguaje estaría hecho a retazos, pues chaspurreaba el euskera, mezclándolo con el portugués y castellano, lenguas ambas que las dominaba. Su madre llevó a Cristóbal y Bartolomé desde la villa natal de Soraluze a la de Elorrio (provincia vasca de Bizkaia), donde estudiaron con el sacerdote alavés don Juan Tabera.

Se dice que antes de enviarlos a Pavía (Italia), a estudiar allí nautica y otras disciplinas, su madre les hizo jurar ante un crucifijo que nunca dirían quien era su madre. Esto da a entender que los cuatro apellidos que llevaban eran de ella, y que eran sus hijos naturales. El padre al parecer era don Carlos, príncipe de Viana. Muy jóvenes, Cristóbal y Bartolomé sirvieron de tripulantes a Guillaume Casenove. Después del combate naval entre la flota franco-portuguesa y una armada genovesa, Colón gano a nado la costa, establecióse en Portugal y a partir de ahí sabemos su historia. Luego, sin embargo, hay pequeños detalles que revelan que Colón era vasco. En una carta dirigida por el Duque de Medinaceli al embajador de Portugal hay un párrafo que dice «..le recomendamos con todo interés al marino vizcaíno:Cristóbal Colón…«. Se entiende que en aquella época a todo vasco se le llamaba vizcaíno. Fundamentos que existen para demostrar que Colón era vasco:

1) El emblema de la empresa, 1492, elegido en el descubrimiento del Nuevo Mundo.

2) En los vocablos vascos contenidos en los itinerarios de sus cuatro viajes a América.

3) En la firma oficial, pública y solemne.

4) Su blasón o escudo, en cuyos cuarteles figuran toda precisión heráldica las armas de su linaje e íntima concordancia con las siglas de su firma oficial.

5) Los nombres vascos o euskérikos que Colón dio a las tierras que el descubrió: Akullu, Amaika, Arana, Amona, Aitona, Buruarri, Burukea, Barruco, Borobil, Caiku, Kai, Zurubi, Cari-arri, Carramarro, Cadagua, Txiki, Guilza, Unian, Iguesi, negu a…….. La nao Mari Galante «Santa María» era propiedad de Juan de Bengoa, mas conocido como Juan de la Cosa, y estaba repleta de marineros vascos: Galarza, Martinez de Azoca, Ruiz de la Peña y Txautxu, Altube y Arrue, Axpe, Etxeberria, Zabaleta, Arana, Bizkarra, Barrena, Arriaga…… Mas detalles, Colón hizo su testamento ante Arteaga, un vasco, y dijo que se hiciera entrega del testamento a doctor Berastegi, otro vasco. Hay muchas pruebas mas de que Colon pudiera ser vasco y realmente son pruebas a tener en cuenta. El Almirante se movió siempre entre vascos, necesitaba tenerlos cerca.

Recorriendo voces, textos y fuentes – por Carlos Penelas

Vamos a recorrer con un poco de humor algunas voces, textos y fuentes. Se sabe que Colón no hablaba italiano a pesar de haber vivido en Génova hasta los 24 años. De hecho las referencias sobre su origen genovés son casi inexistentes. También se dice que tenía modales portugueses, lo que puede significar gallegos

La esfericidad de la Tierra ya estaba en el Corán. Hay versos sumamente elocuentes. Alfraganus, setecientos años antes de la llegada de Colón a América – siglo IX, Jalifato de Al-Mahmún – señaló en su célebre teorema que la medida correcta de la Tierra era de cincuenta millas y dos tercios por grado.


Collón, en gallego es testículo. Para ser didácticos: cada una de las dos glándulas ovoideas que segregan el semen y están contenidas en las dos cavidades del escroto. Según se dice era su verdadero apellido y está anotado en una iglesia de Pontevedra. Tiempo después, alguien tachó una “l” y quedó Colón. También se dijo que era judío converso, catalán, mallorquín, castellano, extremeño, corso…
“¿Qué le pasa, Penelas?”, preguntará el retrógrado del boticario. Pues bien, que vamos a recorrer con un poco de humor algunas voces, textos y fuentes. Recordemos, al pasar, que como dijo Woody Allen, “hay que trabajar ocho horas y dormir ocho horas , pero no las mismas”.
Se sabe que nuestro querido Almirante no hablaba italiano a pesar de haber vivido en Génova hasta los veinticuatro años. De hecho las referencias sobre su origen genovés son casi inexistentes. Se dice que tenía modales portugueses, lo cual puede significar gallegos. No hay que olvidar que una carabela, la Santa María, se la bautizó en principio “La Gallega”. (¿Qué dirá ante estos paupérrimos y conocidos datos mi amigo el historiador? Estará una furia. Le recordaría que “el eco siempre dice la última palabra”.)
Celso García, pontevedrés, pronunció una conferencia en la Sociedad Geográfica de Madrid en 1898, año del nacimiento de mi padre. En ella dio a conocer cierta documentación de los siglos XV y XVI. Causó un gran alboroto al afirmar la galleguidad del genovés. Poco tiempo después se afirmó que los documentos estaban manipulados. Pero en 1964, la profesora Rodríguez Solano estableció que no existió tal falsificación en los documentos de Pontevedra. Y se volvió a la carga. No es casual que Alejo Carpentier haya escrito una novela desopilante sobre la vida de este navegante misterioso. En El arpa y la sombra el mundo mágico-primitivo de universal comunión, el drama social y filosófico del hombre moderno, concebido dentro del ámbito de la mitología americana.
En 1923, en La Habana, Enrique Zas publicó un ensayo: Galicia, patria de Colón. Pone como ejemplo algo que no lo tomará por tal Menéndez Pidal. Zas habla de las muchas palabras en gallego que el almirante escribió en su diario: pardetas, a la corda, pardeles, toniñas, etc. Recordemos a don Ramón Menéndez Pidal, coruñes, que publicó en 1942, La lengua de Colón, libro de consulta en mis años de estudiante en el Profesorado en Letras. Me acuerdo la colección: Austral, de Espasa. Aún está en mi biblioteca. Luego vendrá la polémica de Francisco Romero de Lema en La lengua de Cristóbal Colón, publicado en 1969. Como ves, mi querido e hipócrita amigo, todo es confuso. Pero la ciencia sigue su curso y sabemos a dónde vamos.
Será Alfonso Philippot, vigués, capitán de La Marina Civil quien en 1991 publica La identidad de Cristóbal Colón donde concluye que Colón y Pedro Madruga son la misma persona, hijo natural (¡cuando no!) del conde de Sotomayor. El silencio será una razón de Estado. Siempre las razones de Estado terminan en el silencio.
A la tesis de que Colón era gallego dieron su apoyo la condesa de Pardo Bazán, Suárez Picallo, Eduardo Pondal, Castelao, Ramón Cabanillas, entre otros.
Roland Barthes creía que la efusión sentimental resulta inexpresable. Tal vez la vida de nuestro descubridor sea eso. Se dice que fue avaro, megalómano, sionista. Para algunos historiadores el legendario almirante chino, Zheng He, descubrió América siete décadas antes que Colón. Éste descubrió sus mapas y lo calló. Por eso llegó a nuestras playas. Más allá de todo recomiendo leer sus diarios de navegación.

Escribe: Carlos Penelas

Especial para Nueva Rioja

Colón y Pedro Madruga, la misma persona – por Carlos Fernández (La Voz de Galicia)

En 1942, el historiador Ramón Menéndez Pidal, que era coruñés de nacimiento, escribió La lengua de Colón, publicada en el Boletín Hispánico y luego en la colección Austral de Espasa, en donde se manifestó en contra de las tesis del Colón pontevedrés y atribuyó todas las palabras de origen gallego empleadas por el descubridor a derivaciones del portugués, propias de quien ha permanecido tanto tiempo en dicho país y ha olvidado hasta el idioma propio, el italiano claro.

A Menéndez Pidal le contestó, bastantes años después, Francisco Romero de Lema, con La lengua de Cristobal Colón, publicado en A Coruña por Moret en 1969.

Pero el no va más de las teorías colón–galleguianas tiene por protagonista a Alfonso Philippot, un vigués, capitán de la Marina Civil, que en 1991 editó su obra La identidad de Cristobal Colón, voluminoso texto de 660 páginas, donde aparte insertar numerosa documentación sobre el tema, llega a la sorpredente conclusión de que Cristobal Colón y Pedro Madruga eran la misma persona.

Philippot, que además es de ascendencia italiana, parte del convencimiento de que Cristobal Colón era de una familia noble, por lo que observando los árboles genealógicos de la familia Sotomayor y Colón (la gallega, obviamente) llega a tal conclusión. A mayor abundamiento señala que sale del puerto de Palos porque allí es señor el conde Cifuentes, Juan de Silva y Tenorio, primo de Pedro Madruga; que el rey de Portugal le llama en anterior carta «mi especial amigo»; que Colón al poner cinco anclas en su escudo, dijo que él «no era el primer almirante de su familia» (cada escudo significa un almirante) y la única familia gallega que contaba con cinco marinos de tal graduación en su linaje era la Sotomayor.

Para Philippot, hombre que habla con gran convencimiento, la cuestión no ofrece dudas: Cristobal Colón era Pedro Madruga, hijo natural del conde de Sotomayor y de una Colón que, tras su enfrentamiento con los Reyes Católicos, adopta su identidad primitiva, constituyendo el ocultamiento de su personalidad una razón de Estado.

Las claves de una sospecha – por Carlos Fernández (La Voz de Galicia)

(Carlos Fernández)

En 1961, la Editorial Citania de Buenos Aires publicó La cuna gallega de Cristobal Colón, de José Mosqueira Manso. Nacido en Ponteceso en 1886, capitán de la Marina Civil y de la reserva Naval, oceanógrafo e ictiólogo, de ideas republicanas, se exilió tras la guerra española del 36, trabajando en la República Dominicana y Venezuela como técnico pesquero del Ministerio de Agricultura.

Mosqueira estaba convencido del origen gallego de Colón. Tras citar todos los documentos descubiertos por García de la Riega, hacía numerosas consideraciones, entre ellas:

1 Si Colón fuese genovés resultaría absurdo y hasta contraproducente el ocultar su verdadero nombre Colombo, ya que en aquella época estaban considerados los genoveses como los mejores cartógrafos y oceanógrafos de Europa. En cambio, si dijera que era gallego y judío se le hubiesen cerrado todas las puertas.

2 Según sus biógrafos, Colón nació en Génova en 1451 y hasta los 23 años ayudó a sus padres en su oficio de lanero (o sea, hasta 1474). Sin

embargo, en su Diario, escribe en la bahía de Santo Domingo: «Yo he navegado 23 años en la mar, sin salir de ella tiempo que se haya de contar». Pues bien, si en 1484 entró en España procedente de Portugal y si hasta 1492 no volvió a salir a la mar, entonces esos 23 años «sin salir de ella tiempo que se haya de contar» hay que restárselos a 1484 para conocer la fecha en que empezó a navegar: el 1461. Luego no pudo estar en Génova en el taller de lanero de su padre hasta 1474. Luego tales Colones –deduce Mosqueira– son dos personas distintas o bien no dice la verdad, como tampoco la dice cuando señala en su testamento que nació en Génova.

3 Otra disconformidad de fechas: el almirante declaró en 1505 que había vivido catorce años en Portugal. Si el Colón de los biógrafos genovistas entró por primera vez en Portugal en 1476 «agarrado a un remo» después del combate de cabo San Vicente, abandonando ese país en 1484 para entrar por «primera vez» en España ¿Cuántos años le corresponden de estadía en Portugal? Si las matemáticas no mienten, sólo ocho. Entonces ese Colón genovés no es el Colón gallego que entró en Portugal en 1470.

4 ¿Por qué el almirante no ha bautizado siquiera una sola nave de sus cuatro flotas con los nombres de La genovesa o La savonesa y si ha bautizado a tres de ellas como La gallega, esto es, la de sobrenombre Santa María del primer viaje, otra en el segundo, naufragada en la costa norte de Santo Domingo en 1495; y otra que participó en el cuarto viaje y fue abandonada en Panamá en abril de 1503?

5 ¿Por qué Colón no hizo con La niña lo mismo que hizo Pinzón con La pinta y arribó a Lisboa, puerto de muy dificil acceso en invierno por su barra, en vez de a Bayona? Porque tenía miedo a ser reconocido por sus paisanos pontevedreses.