Pedro Madruga-Cristóbal Colón / De Galicia al Nuevo Mundo

Cuatro partes:

      1.- Las rutas del mar

      2.-Las raíces de la tierra,

      3.-La corona del rey

      4.-En busca del horizonte.

invitacion

 

En ellas se relatan las vicisitudes de Pedro Alvarez de Sotomayor-Cristóbal Colón, desde su nacimiento en Porto Santo-Poyo, su ingreso en el seminario de Tuy, su contacto con la teología y los principios cosmológicos y científicos de la época, así como su abandono a los 14 años, embarcándose con Guillaume Casenove-Coullón, por intercesión de su hermano Álvaro iniciando una peripecia vital en la que desarrollará sus conocimientos náuticos, geográficos y vitales.

Conocerá a Toscanelli en Génova a través de la familia Centurione, colaborando con los portugueses en el inicio del tráfico de esclavos africanos y participando en la guerra catalano-aragonesa al lado de Renato de Anjou, contra el tráfico marítimo aragonés en el mediterráneo. Periodo que corresponde al espacio de tiempo en el que todos los historiadores concuerdan necesariamente para sustentar la contrastada experiencia marinera de Colón.

Esta primera parte, Las Rutas del Mar, narra este proceso, sin dejar de lado al mismo tiempo los cambios sociales y la situación política en Galicia, que motivaran más adelante su regreso para hacerse cargo de la Casa Sotomayor y enfrentar la rebelión irmandiña, asunto que se relata en la segunda parte: Las Raíces de la Tierra. En ella se suceden los episodios propios de este periodo desde la toma de la Rocha Forte en Santiago, hasta el  asedio de Tuy, que termina con la muerte de Álvaro y la entrega de la ciudad a la Hermandad y el exilio de Pedro Alvarez de Sotomayor ( ya llamado así, y ya convertido en jefe de la Casa Sotomayor ) en Lisboa donde conocerá personalmente al rey portugués y contraerá matrimonio con Teresa de Távora.

CartelDeGalicia

Luego llegará el contraataque nobiliario junto al arzobispo Fonseca y el conde de Lemos con la batalla de Balmalige en Santiago y el progresivo control de Galicia por los nobles coaligados. Se sucederán los hechos históricos conocidos donde se forjará el mito de Pedro Madruga, hasta desembocar en el conflicto sucesorio por la corona de Castilla y la Guerra de Sucesión, tratada en la tercera parte: La Corona del Rey, donde Pedro apoyará al rey portugués y a su sobrina Juana, intentando siempre acercarse a Portugal en contra de los intereses de Aragón, circunstancia que más adelante propiciará su mala relación con Fernando el Católico. La batalla de Toro y la posterior escalada de rebeldía ante el poder triunfante constituido en Castilla preparará la, en definitiva, principal trascendencia histórica de estos hechos, como es la necesidad de reinvención del personaje tras su exilio forzoso en Portugal, su nueva boda con Filipa de Perestrello y su estancia en Porto Santo en Madeira, donde encontrará entre las pertenencias y documentos de su finado suegro Bartolomeu Perestrello hallazgos decisivos para concretar la idea del Descubrimiento.

Estos hechos son descritos en la cuarta parte: En Busca del Horizonte. En ella la incursión nocturna de su hermano Bartolomé  en la Cámara de los Mapas lisboeta (donde trabajaba como copista), y la sustracción de documentos y mapas de alto secreto que allí reposan permitirá la concreción definitiva de la idea descubridora. La posterior entrevista con los reyes católicos y las condiciones impuestas por estos para mantener el secreto de su origen forman el elemento sustantivo y final de la obra.

      La obra adopta el formato narrativo, dando vida a los personajes históricos, obligándolos a una interrelación sujeta a la realidad conocida y sometiéndose a los hechos en tiempo y lugar. De esta forma la Teoría Coloniana gallega queda explicada de forma, amena y estructurada, facilitando su comprensión al tiempo que obligando a una reflexión que puede generar posteriores aportaciones y desde luego expandir la teoría en sí.

Es al mismo tiempo, una novela de aventuras, una estricta sucesión de acontecimientos históricos del siglo XV gallego, castellano y portugués y una interpretación de la teoría del Colón Gallego asumiendo los elementos clásicos que la componen.

Sobre la extraña firma del descubridor, Colón ¿era judio? por Simón Wiesenthal

colon judio wiesenthal
Publicado en 1978 en la revista Historia y Vida

Algunos estudiosos han notado que Colón proclama contra viento y marea sus «convic­ciones» religiosas. Se condujo a ese respecto como los conversos de aquel período, que debían estar siempre atentos a hacer gala de cristianismo. Igualmente notable es su senti­do de la familia: se desveló por asegurar medios económicos y cargos honoríficos no sólo a sus hijos, sino a todas las generaciones sucesivas de su descendencia. Actitud en la que muchos han visto un rasgo italiano, pero que es también típica de los hebreos.

LAS PREDICCIONES DE ISAIAS, IMPULSORAS DEL DESCUBRIMIENTO

De los escritos de Colón se desprende que los primeros impulsos para el descubrimiento de nuevas tierras no se formaron a base de cálculos científicos, sino de la interpretación de las predicciones de Isaías, su gran guía espiritual. La mayor parte de los pasajes del Libro de los Profetas que Colón transcribió de propio puño son de Isaías. En sus cartas le cita una y otra vez, particularmente estos dos versículos:

«Sí, se reúnen las naves para mí, con los navios de Tarsis a la cabeza, para traer de lejos a tus hijos con su oro y su plata, para el nombre de Vavé, tu Dios; para el Santo de Israel, que te glorifica.»

«Porque he aquí que voy a crear unos cielos nuevos y una tierra nueva, y ya no se recordará lo pasado ni vendrá más a la men­te.»

Después verá en el feliz éxito de su empre­sa una confirmación de las profecías de Isaías.

Consta, por otra parte, que Colón leyó diversas obras de autores hebreos. Entre otras, la de Flavio Josefo sobre la caída del antiguo Estado judío, y De Nativitatibus, de Abraham ibn Esras.’También una sobre el Mesías escrita por el renegado Samuel ibn Abbas, de Marruecos, ex rabino, de la que transcribió algunos capítulos. Uno se pregun­ta por qué le interesaron los argumentos de ese apóstata judío. Era por aquel entonces insólito que un cristiano leyera libros hebrai­cos. Por otra parte, lo que le interesaba a

!*) El texto es un fragmento de la obra de Simón Wle- senthal «Operación Nuevo Mundo. La misión secreta de Cristóbal Colón», que ha sido publicado, en su edición castellana, por Aymá, S.A., de Barcelona. Simón Wle- senthal es el famoso director del centro de documenta­ción sobre judíos perseguidos por el nazismo que posi­bilitó la detención de Adolf Eichmann y de otros nazis implicados en el exterminio de judíos.

Colón eran los viajes marítimos y la ciencia náutica.

 

¿COLON, JUDIO CONVERSO?

Otro punto que valdría la pena investigara fondo es cómo se comportó el descubridor de América en cuanto cristiano. De ser un con­verso, es decir, un judío convertido auténtica­mente al cristianismo y no un marrano, su actitud religiosa resulta más comprensible. No cabe duda de que conocía a la perfección el Antiguo Testamento, y que las doctrinas del mismo impregnaron su modo de pensar. Recordemos la carta al preceptor del príncipe Juan en que se decía orgulloso de servir al Dios de la casa de David. Pugnó tenazmente para que los Reyes Católicos le autorizaran a ostentar el título de «don». Algunos estudio­sos lo atribuyen al hecho de que los judíos no podían llevarlo, por decreto de Juan II de Castilla, promulgado en Valladolid el 2 de enero de 1412.

Cuando Colón, en mayo de 1493, fue ennoblecido, recibió un escudo de armas con una torre y un león: un gran honor, según Salvador de Madariaga, por cuanto eran las mismas figuras del de los reyes de Castilla y León.

Los conocimientos de Colón sobre el judaismo, sus acotaciones al Libro de los Pro­fetas, que estudió con ahínco, sus frecuentes citas de Isaías, y también del Libro de Esdras…, no fueron tan sólo parte integrante de su cultura, sino primariamente de su fe. Para muchos conversos sinceros, Cristo había sido el renovador de la religión hebrai­ca, de modo que la «fe verdadera», el cristia­nismo, constituía, a la vez que una transfor­mación, una continuación de aquélla. Un camino directo llevaba del monte Sinaí a la fe cristiana. Tal actitud observamos en Colón. Se manifiesta, por ejemplo, en su afán por liberar a Jerusalén de los musulmanes, idea que le preocupó después de sus viajes y poco antes de su muerte.

 

UN SIGNO ENIGMATICO

signo enigmáticoViene aquí al caso hablar de cierto signo que llamó la atención, en los años trtsinta, a un estudioso hebreo de los Estados Unidos, MaurTcé David. Lo interpretó como una abre­viatura de la bendición hebraica «Baruch Haschem» (Alabado sea el Señor)’ mediante las iniciales de las dos palabras, bet y hai.

Maurice David halló ese signo en una car­ta’ de Colón a su hijo Diego, de fecha 29 de diciembre de 1504. Como Diego había nacido del matrimonio con Felipa Moniz, proba­blemente de origen marrano, consideró que se trataba de una alusión a tal descendencia.

Yo lo he encontrado en otras doce cartas de Colón, a saber, las del 21 de noviembre de 1504, 28 de noviembre de 1504, 3 de diciembre de 1504, 21 de diciembre de 1504, 24 de diciembre de 1 504, 5 de febrero de 1505, 18 de febrero de 1505, 24 de febrero de 1 505, y dos más de fecha ilegible.

Algunos estudiosos lo han interpretado como una marca del archivero de los Vera­gua. Fritz Streicher, en cambio, que goza de gran prestigio entre los especialistas espa­ñoles y que ha estudiado la escritura de Colón y ha examinado escrupulosamente cada punto, cada coma y cada rasgo de pluma, comenta: «En todas las cartas a Diego, desde la del 21 de noviembre de 1504, se observa en el ángulo superior izquierdo un rasgo trazado por la mano de Colón; puesto que sólo aparece en las cartas a Diego, pue­de interpretarse como un signo afectuoso de identificación paterna» (Spanische Forschun- gen, i, 1928). Streicher, aplicado como tan­tos otros estudiosos a leer el origen de Colón en las peculiaridades de su castellano —él habla de catalanismos—, rechaza rotunda­mente la posibilidad de que procediese de judíos, pero también Madariaga se ha interesado por el hallazgo de Maurice David. Pese a tener al descubridor de América por descendiente de conversos, cree que no se trata de un signo hebraico porque en las mismas cartas hay una cruz.

La cruz, sin embargo, aparece en toda la correspondencia de la época. Significaba «en nombre de Dios», y el español que no la ponía en sus cartas se hacía automáticamente sos­pechoso. Tengamos en cuenta la actitud típi­ca de los marranos: mostrarse en público cien por cien —uno diría ciento cincuenta por cien— cristianos y, a la vez, dar testimonio de su apego a la antigua religión en el seno de reducidos círculos familiares. Acostumbraban casarse entre sí para evitar que se debilitaran los vínculos que les unían aún al judaismo. Nunca dejaban de ir a misa los domingos; en la intimidad de la familia observaban escru­pulosamente los preceptos judaicos, por más riesgo que ello entrañara. El uso simultáneo de ambos signos en escritos dirigidos a per­sonas de confianza sería, pues, muy confor­me a ese «doble juego» de los marranos.

tipos de judíosSi Colón era converso o marrano, le impor­taba defenderse de aquel mundo de inquisi­dores y autos be fe poniéndoles ante las nari­ces el signo de la cruz, por si acaso las metían allí donde no debían; por otra parte, para sí mismo y para su hijo, decía en cifra y en la lengua de sus mayores: «Alabado sea el Señor».

Madariaga no está, en realidad, muy lejos de esa interpretación cuando aventura la hipótesis de que el enigmático signo repre­senta una advertencia de padre a hijo o una tradición familiar.

Por mi parte, al examinar en el Archivo de Indias de Sevilla uno de los originales de dichas cartas, el primero que me mostraron —se trataba de la carta del 5 de febrero de 1505—, me pareció al punto que Maurice David tenía razón. Mientras el texto está escrito en caracteres latinos y de izquierda a derecha, el rasgo interpretado por aquél como bet-hai va de derecha a izquierda, al modo semítico. Además, se encuentra sobre la primera palabra del texto, como en las car­tas de los judíos devotos. Sino que, tanto la primera palabra como el signo sobrepuesto se hallan, no a la derecha de la línea, sino a la izquierda, por estar escrita la carta al modo latino.

Si se tratara de un signo cualquiera conve­nido entre padre e hijo, como supone Strei­cher, lo lógico hubiera sido, para un cristiano de pura cepa que siempre escribía de izquier­da a derecha, trazarlo en la misma dirección que las líneas del texto, y no en sentido opuesto.

LAS CARTAS DE COLON A DIEGO, SU HIJO

En todas las cartas a Diego de los últimos años de vida de Colón hallamos el mismo sig­no, trazado de la misma manera y situado en el mismo lugar. Pero la que más impresionó fue la del 25 de febrero de 1505. La letra del texto no es la de Colón. Debió dictarlo. No olvidemos que estuvo a menudo enfermo y que padecía de gota, de modo que’ los dolores le impedían a veces escribir. Ahora bien, la firma sí es autógrafa, y arriba figura también el enigmático signo, y está escrito claramente por la misma mano: no puede, pues, deberse a la pluma de un archivero o de un copista.

firma de colonExaminé esos documentos Junto con el profesor Peña. El hombre, poco dispuesto en principio a aceptar mis teorías, no hizo gran caso de la carta del 5 de febrero. Mas, al estudiar la del 25 de febrero, su escepticismo pareció disminuir, particularmente cuando yo le dibujé todas las formas posibles de Baruch Haschem. Me objetó entonces, siguiendo a Madariaga, la presencia de una cruz. Yo le expuse las conclusiones a que ya había llega­do: si nos hallamos de verdad ante un bet-hai, se trata sin duda de un signo de la tradición marrana, de un testimonio a su hijo Diego: «…no olvides de dónde vienes; la cruz es un tributo a la religión oficial, pero en el seno de la familia debemos perseverar en las creencias de nuestros mayores». Claro está, Colón no trazó el signo tan distintamente

como para que cualquiera pudiese enten­derlo. Ello habría ido contra la cautela típica de los marranos, siempre atentos a no poner de manifiesto su intimidad. El bet-hai debía ser irreconocible para un extraño; de ahí que aparezca a primera vista como un simple garabato. Tales argumentos impresionaron muchísimo al profesor Peña, aunque no hasta el punto de convencerle plenamente. Verdad es que, según advertí, los estudiosos espa­ñoles no tenían por entonces la menor noticia de la hipótesis de Maurice David; para ellos sólo contaba la de Fritz Streicher.

Las cartas a Diego encabezadas por tan enigmático signo, abreviatura quizá de la bendición hebrea Baruch Haschem, presen­tan al pie, además, una extraña firma en’for­ma de triángulo. Ha sido también objeto de muchos dimes y diretes entre los estudiosos, áin que hasta ahora haya llegado ninguno a una interpretación segura o a gusto de todos. Encima de la línea que contiene el nombre, hay las siguientes letras, así dispuestas:

colon-judio-2

La firma misma «: Xpo Ferens», forma la base del triángulo. Los dos puntos que apare­cen delante de la palabra «Xpo», en castella­no se llama colon, y los estudiosos convienen en que sustituyen al apellido del descubridor. «Xpo» es la abreviatura de Cristo. En cuanto al vocablo «Ferens», reina gran diversidad de pareceres; unos lo explican a partir del latín, otros del hebreo, involucrándose, a veces en el asunto, el hecho de que Colón evitaba escribir completo su nombre de pila cristiano, Cristóbal o Christophorus. Mas entrar en esas especulaciones, todas poco convincentes, nos llevaría demasiado lejos.

«XPO FERENS»

«: Xpo Ferens» sólo figura en las cartas con el signo bet-hai. En las cartas a Diego donde éste no aparece, encontramos el mismo triángulo, pero su base es distinta: están fir­madas «El Almirante». No tienen un carácter tan íntimo, y Diego debía poder mostrarlas a otras personas.

Algunos estudiosos hebreos apuntan que la disposición de la firma en triángulo recuer­da las inscripciones sepulcrales de antiguos cementerios judíos de España y del sur de Francia. Es imposible, sin embargo, demos­trar que Colón la eligiera justamente por ese motivo.

Claro está, hay aún quien la tiene más por un adorno que por un monograma. Pero en el acta por la que Colón constituyó un mayoraz­go, que también puede considerarse su testa­mento, con fecha del 22 de febrero de 1498, se lee: «D. Diego, mi hijo, o cualquier otro que heredare este mayorazgo, después de haber heredado y estado en posesión de ello, firme de mi firma, la cual agora acostumbro, que es una X con una S encima y una M con una A romana con una S encima, con sus rayas y vírgulas, como yo agora fago y se parecerá por mis firmas, de las cuales enci­ma, y encima de ella una S y después una V griega se hallarán muchas y por esta pare­cerá». Es interesante subrayar que no indica siglas de arriba abajo, sino de abajo arriba.

No cabe duda de que la interpretación de tal firma seguirá ocupando todavía a los estu­diosos largo tiempo, quizá por siempre jamás: uno de tantos enigmas que presenta el caso de Colón.

 

¿COLÓN ITALIANO? ¿COLÓN ESPAÑOL? 1923

revista razón y fe 1923Publicado en el año 1923 en la revista Razón y Fe

Esta pregunta holgaba hace siglos y aun años; hasta los muchachos de la escuela daban razón del genovés. Hoy en cambio enzarza las opi­niones y atarea las Academias y trastorna las cabezas. Disputóse te­nazmente sobre el lugar concreto de su nacimiento; pero las disputas- eran domésticas; todo quedaba en casa, en Italia. Ahora, sin apaciguarse esas luchas, vienen otras de fuera; y se discuten, no partidas de familia, sino intereses nacionales, y los ánimos se enardecen, quiénes por retener lo que aseguraba la Historia con sus fallos seculares, quié­nes por socavar los títulos de la prescripción y volver al legítimo escudo los timbres que inconsideradamente se grabaron en ajenos cuarteles.

Rimeros de libros y folletos, de discursos y artículos abogan por ambas partes contendientes; muchos van ya salidos, y aun saldrán mu­chos más, porque la causa lo merece. Pero es el caso que por la suti­leza de las razones traídas, harto fáciles de enmarañarse y quebrar, a la calle no llega más que el ruido de la disputa, no el peso de los ra­ciocinios.

Y oímos decir que se dice que Colón no es italiano, que es espa­ñol, extremeño o gallego; unos, halagado el amor patrio, lo abra­zan empeñadamente; otros califican el rumor de pueril antojo; y pocos alcanzan el porqué de tales afirmaciones y el crédito que deba dárse­les. Digo pocos, excluidos los que a tales estudios se dedican; pocos en España y menos en el extranjero.

Me imagino, pues, que más de cuatro lectores no llevarán a mal un resumen de la cuestión, tal como ahora se encuentra. Si todo tra­bajo de historia es esencialmente caduco, porque nadie sin presunción se alabará de haber calado hasta el fondo de la mina de los documen­tos, mucho más en puntos como el presente, donde la crítica anda aún en los primeros tanteos; a lo menos respecto del nuevo filón orien­tado hacia España. Es, pues, de esperar que el tiempo afiance o disipe los temores y esperanzas ahora suscitados.

Al decir más arriba que hasta hace poco Italia estaba en pacífica posesión de la cuna del famoso navegante, no pretendí negar algunas arremetidas pasajeras y de escaso susto; para Córcega reclamaron a Colón, y para Portugal y para Grecia. A esto último dieron pie ciertos autores, que con deseo de entroncar al afortunado aventurero con ma­rinos ilustres, lo emparentaron con Colón el Mozo, el terrorífico pirata a las órdenes del rey Renato; el cual ahora resulta que no se llamaba Colón, sino Jorge Bissipat, ni era genovés, sino griego huido de Constantinopla cuando la conquista de los turcos. Quédense para quien gustare esas disquisiciones; y quédense también las que abogan por las distintas ciudades italianas; al presente sólo nos interesa la cuestión previa: si Colón nació en España, ipso fado quedan en paz los pueblos ligures.

Para los que creyeron (no sé si quedará alguno) en la virtud heroi­ca hasta la santidad de Cristóbal Colón; para los que solicitaron se lo elevara a los altares, la duda es absurda. Colón no podía mentir, y bien claro y bien repetidas veces declaró que en España era extranje­ro, y más determinadamente «que siendo yo nacido en Génova les vine a servir (a sus Altezas) aquí en Castilla, y les descubrí al ponien­te de Tierra Firme las Indias»; y encarga a su hijo D. Diego y a sus sucesores mayorazgos pongan casa de asiento en la ciudad de los Do­rias, «pues que de ella salí y en ella nací»; y por eso siempre procuren la honra y acrecentamiento de Génova.

Son frases de su testamento; a las cuales, si la necesitasen, dan fuerza otros papeles suyos, unos oficiales y otros privados. A los pri­meros pertenece el Codicilo militar, firmado en Valladolid el 4 de mayo de 1506, pocos días antes de su muerte; la carta al Oficio del Banco de San Jorge, en que comunica la encomienda hecha a su hijo de que destine la décima parte de sus rentas en beneficio de la ciudad, para abaratar el trigo, el vino, etc. Entre los papeles privados se cuen­ta la llamada apoteosis de Colón, dibujada por mano del Almirante, en cuyo centro campea, como figura más principal, el escudo de Génova.

Mas tales documentos no pasan ya sin tropezones; el Codicilo, por­que su forma militar, de excepción para casos apurados de tiempo y de notario, no encaja con la tranquilidad y calma que rodeaban al tes­tador en Valladolid, y por otros motivos de índole interna; el papel al Banco tiene en su favor que ciertamente por los días de su fecha, primeros de abril, hizo Colón un Memorial de encargos y mandas, que su hijo incluyó en el acta notarial de las últimas voluntades de su pa­dre; y en efecto, una de las mandas es la décima parte de sus rentas para los pobres; pero no precisamente para los de Génova, a la cual ciudad no alude una sola palabra, siendo así que allí se despide de to­das las personas y cosas queridas; añádase que jamás la república re­clamó la tal manda ni se acordó de ella. La apoteosis merece menos respetos aún a la crítica.

Demos, pues, de lado a estos documentos, que se bambolean, y guardemos únicamente las declaraciones concretas y terminantes de Colón, de que nació en Génova.

Y oigamos lo que nos dicen los contemporáneos, los que conocie­ron al desvalido aventurero y al afortunado descubridor.

Los cuales, todos sin excepción, concuerdan en su origen italiano.

Comencemos por Fernández de Oviedo, el cual escribe en lo que al descubrimiento de las Indias se refiere: «Assí que no hablo de oydas… sino de vista, aunque las escriba desde aquí, o mejor dicien­do, ocurriendo a mis memoriales, desde el mismo tiempo escriptas en ellos.» Y bien pudo escribirlas, porque mozo de cámara del Príncipe era en la corte, cuando el maltraído genovés se presentó en ella con la oferta medio visionaria de su ruta al Catay. Su testimonio es como si­gue: «Digo que Chripstóbal Colom, según yo he sabido de hombres de su nasgión, fué natural de la provingia de Liguria, que es en Italia, en la qual cae la cibdad e señoría de Génova; unos digen que de Saona, e otros que de un pequeño lugar o villaje dicho Nervi, que es a la parte del levante y en la costa de la mar, a dos leguas de la mis- jna cibdad de Génova; y por más cierto se tiene que fué de un lugar dicho Cugureo, gerca de la misma cibdad de Génova… El origen de sus predegessores es de la cibdad de Plagencia en la Lombardía, 1 k qual está en la ribera del río Po, del antiguo y noble linaje de Pelestrel» (i).

Bernáldez, el famoso cura de Los Palacios, que también andaba en la corte por los días de los conciertos, y después hospedó a Colón y manejó sus papeles, escribe: «En el nombre de Dios Todo-poderoso, ovo un hombre de tierra de Génova, mercader de libros de estampa, que trataba en esta tierra de Andalucía, que llamaban Christóbal Co­lón, hombre de muy alto ingenio, sin saber muchas letras, muy dies­tro en el arte de la Cosmographía e del repartir del mundo» (2).

(1)       Historia general y natural de Indias, 1. II, cap. 2.

(2)      Crónica de los Reyes Católicos, cap. 118.


Las Casas, gran admirador del Almirante, archivero suyo, por de­cirlo así, testifica que: «Fué, pues, este varón escogido de nación geno- vés, de algún lugar de la provincia de Génova; cuál fuese dónde nació o qué nombre tuvo el tal lugar, no consta la verdad de ello, mas de que se solía llamar, antes que llegase al estado que llegó, Cristóbal Colum- bo de Terra-rubia, y lo mismo su hermano Bartolomé Colón» (i).

Pedro Mártir de Anglería, que en la vega de Granada ejercitaba su curiosa afición de gacetillero y su relamido estilo de humanista para contar a sus amigos de Italia cuanto veía, consignó el providencial hallazgo de las Indias en su carta a Juan Borromeo, y en sus Décadas: de él asegura Las Casas «que se le debe más crédito que a otro nin­guno de los que escribieron en latín, porque se halló en Castilla por aquellos tiempos, y hablaba con todos, y todos se holgaban de le dar cuenta de lo que vían y hallaban, como a hombre de autoridad, y él que tenía cuidado de preguntárselo, pues trataba de escribir» (2). Poca importancia otorgó al punto que ahora buscamos; de paso llama a Colón dos veces vir ligur, natural de Liguria; nada más.

Galíndez Carvajal, de la Cámara y Consejo del Rey Católico y su •cronista, en los Anales Breves anota: «Este año (1492) tomaron los reyes asiento con Cristóbal Colón, ginovés, natural de Saona, sobre el descubrimiento de las Indias del mar occéano, de que tanta honra y provecho se ha seguido a estos reinos.»

No hay para qué amontonar citas: de estas fuentes bebieron los demás historiadores, y agua más pura en ninguno la hallaríamos.

¿Pueden recusarse sin temeridad testimonios tan concordes y tan autorizados? Quizás sí; es muy posible lo que dice el Sr. Calzada, que «se limitaban a referirse a lo dicho por él (Colón), sin preocuparse para nada de si ese dicho era verosímil o dejaba de serlo». De que hablaban de oídas es buena prueba la desavenencia y vaguedad en se­ñalar el lugar donde nació dentro de Italia. Por italiano se daba él; no •recelaron el engaño, porque no veían por qué había de engañar, y es­cribieron lo qué oían.

A esta explicación, obligatoria para los que niegan la naturaleza genovesa, se oponen dos reparos: que Fernández de Oviedo afirma sa­ber sus noticias de hombres de su nación, y que Las Casas, al hablar del tercer viaje de Colón, escribe: «Aquí en esta isla de la Gomera, determinó el Almirante enviar los tres navios derechos a esta isla Es­pañola… El tercero (capitán) para el otro navio fué Juan Antonio Ca­lumbo, ginovés, deudo del Almirante, hombre capaz y prudente y de autoridad, con quien yo tuve frecuente conversación» (i). De modo que no estriban sólo en el dicho del Almirante, sino en el de paisanos y deudos suyos, que lo conocerían y tratarían en su patria.

(1)       Historia de las Indias, 1. I, cap. 2.

(2)      Ibidem, 1. I, cap. 140.

 

¿Que también éstos, por la cuenta que les traía, alargaban la farsa: los genoveses por los frutos de honra y provecho que les podían caer del árbol maravilloso, nativo o trasplantado, que de la noche a la ma­ñana apareció en su tierra; y el deudo porque no se trasluciese la hila­za de la trama? Es posible; pero el salto de la posibilidad a la afirma­ción no debe darse sin motivos serios. ¿Los hay?

Nos lo dirán los alegatos de la parte contraria, los fundamentos de la opinión española.

Los cuales son de dos clases: negativos y positivos; unos que dan por el pie a los testimonios contrarios, otros que asientan sus dere­chos. Y como entre los testimonios el principal, el que arrastra con su peso a los otros, es el dicho del propio descubridor, a él enderezan, los primeros hachazos.

Colón, dicen, tuvo empeño en ocultar su origen, y fingió lo de Gé­nova, y lo desmintió con otros sus dichos y hechos. A los que se es­candalicen de que se lo crea fingidor en este punto, basta recordarles cien otros casos en que mintió, no sólo engañado, corno en sus profe­cías y revelaciones, según la opinión más benigna, sino a ciencia y conciencia; v. gr., sus ardides en atraerse de grado o por fuerza a los indios, sus falsos derroteros durante el primer viaje, la famosa escena del eclipse de luna, las relaciones fantásticas enviadas a los Reyes, etc. De manera que por ese lado no hay escrúpulo.

Y aposteriori consta que fingió cuando se dijo genovés; porque ni sus más íntimos quiso jamás que supieran el lugar de su nacimientos no lo sabía la familia de su legítima mujer portuguesa; pues, tratándo­se precisamente de averiguarlo en juicio, ni la menor alusión hacen a Génova: no lo sabía tampoco la familia de su amiga la Beatriz Enríquez; pues el hermano de ésta y leal servidor del Almirante, Pedro de Arana, confiesa ingenuamente que «oyó decir que era genovés, pero no sabe de dónde es natural». ¿Es creíble que ni en la confianza doméstica descorriera el velo, sin el firme propósito de irse al sepulcro envuelto en el misterio? Nótese que la voz pública, de que era genovés, no pudo menos de llegar a los oídos de sus allegados; luego si dudaron, fué porque no les faltaban razones para sospechar que la voz era echadiza.

(i) Historia de las Indias, lib. I, cap. 130.

 

Su mismo hijo Fernando, en la Vida del Almirante, capítulos I y 2, si bien unas veces lo llama genovés, ya nos advierte en otros sitios el va­lor que deba darse a estas afirmaciones suyas y aun a las de su padre. «De modo que cuanto fué su persona a propósito y adornada de todo aquello que convenía para tan gran hecho, tanto menos conocido y cierto quiso que fuesen su origen y patria; y así algunos, que de cier­ta manera quieren oscurecer su fama, dicen que fué de Nervi, otros de Cugureo, otros de Bugiasco; otros, que quieren exaltarle, dicen que era de Saona, y otros genovés, y algunos, saltando más sobre el viento, le hacen natural de Placencia.» Y él, su hijo, deja al aire la duda ¡Y atri­buye a providencial designio de Dios estas confusiones No es preciso subir tan alto para explicarlas.

A las mismas nieblas que Colón sembró alrededor de su cuna contribuye el cambio de nombre de Colombo en Colón; Fernando dice que su padre limó el vocablo y volvió a renovar en España el apellido de familia. Luego el Colombo no fué el primitivo, sino Colón, y de los Colones, así en esta forma, no habla documento alguno en Italia. Suele afirmarse que el Colombo se trocó en Colón para acomo­darlo a las orejas castellanas; pero hay varias cosas que objetar: prime­ra, las palabras de Fernando y la renovación del apellido; segunda, que desde que llegó a Castilla, unas veces se dijo Colomo, otras Colom, otras Colón, nunca en documentos oficiales Colombo (1); tercera, que el nombre en latín, donde no había para qué buscar acomodaciones, debe traducirse Colonus, según Pedro Mártir y Fernando; cuarta, que la forma Colombo es española en los lugares de Santa Colomba de Galicia y León, y, por tanto, holgaba el trueque. Se viene la sospecha de que el cambio se hizo fuera de España, y que aquí se renovó el que siempre tuvo.

Además, si su familia era ilustre, si no era el primer almirante de su linaje, como él asegura, ¿por qué no probarlo con la exhibición de su ejecutoria? ¿Qué recelos se lo impidieron?

(1) Beltrán y Rózpide: «Colón y la Fiesta de la Raza.» Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo 73, pág. 202.

 

Dábanse explicaciones a estas dudas, que no son de ayer, más o menos satisfactorias; pero como, admitido su origen genovés, alguna había que darse, pasábase por ellas: eran de interés secundario. Mas apenas vinieron por otro lado las sospechas, y se vislumbró que acaso encubrieran trastiendas y enredos de mayor cuantía, los ojos curiosos se cebaron en desmenuzarlas, en estrujar todo el jugo, que quizás re­sulte acibarado para los tradicionalistas genoveses.

Vengamos ya a los argumentos positivos pro Colón español: los que restan en favor de Italia irán saliendo entreverados.

Y    para que nada se quede en el tintero, comencemos por Colón extremeño.

Es idea que en años gana a la de Colón gallego: no que el descu­bridor nació en Extremadura, pero sí que de ella trajo su origen inme­diato. Indícalo el Diccionario de Madoz, verbo Plasencia: «Con moti­vo de estos trastornos (los de 1440) se fueron de esta ciudad los pa­dres del inmortal Cristóbal Colón, nacido por esta razón en Génova.» La noticia tan estupenda y nueva, dada sin apoyo alguno, es de rece­lar se funde en la confusión de Plasencia de Extremadura con Placen- cia de Lombardía, donde, según algunos, tuvo su solar la casa de los Colones.

Sin embargo de ello, D. Vicente Paredes publicó en 1903, en la Revista de Extremadura, números de enero y febrero, un informe de­fendiendo la noticia de Madoz; prueba de lo que puede una mala cau­sa contra un buen abogado. Asienta como base de su teoría el ori­gen judío de Colón, y su empeño, callado pero tenaz, de ufanarse con el parentesco o raza de la Santísima Virgen. La armazón de su racio­cinio es la siguiente: Hacia 1440, el Obispo de Plasencia era D. Gon­zalo de Santa María, de familia conversa; una su hermana casó con al­gún noble, que por las revueltas del tiempo de Juan II hubo de expa­triarse; su mujer lo siguió, y se encaminó a Basilea, donde andaba en el Concilio otro hermano suyo; al pasar por Génova llególe su hora, y allí nació Cristóbal Colón y allí se crió, por asentar en la ciudad su madre.

Para demostrar que Colón quiso conservar su apellido materno, Santa María, expone una interpretación de las jeroglíficas letras que Colón empleaba como rúbrica y que mandó empleasen sus herederos:

que leídas de izquierda a derecha, y adobadas ingeniosamente, y su­pliendo lo que sea preciso, y volviendo a leer de abajo arriba, vienen a significar xpoferens ex elisabet soror matris sanctae mariae.

Pero de todo ello, fuera del sabor judaico del Almirante, que otros han apuntado, no hay nada que no sea absolutamente nuevo, nada que se pueda apoyar en un solo documento.

Pocos adeptos ha conquistado D. Vicente Paredes.

Quien levantó la caza de Colón gallego y enderezó por nuevos cauces las investigaciones fué D. Celso García de la Riega; bullíanle en la cabeza por los años 1892 las dudas, traídas y llevadas entonces con motivo del centenario del descubrimiento de América, cuando en un libro titulado El río Lérez tropezó con una escritura de aforamiento hecha por el Monasterio de Pueyo a Juan de Colón y a su mujer Constanza de Colón  a los principios del siglo xvi. Hirióle la coincidencia de apellido, que no ‘ es común y que hasta en el de convenían, porque el descubridor, en la institución de su mayorazgo, asegura ser su familia de los de Colón, aunque suprime la de en sus firmas. Con la sospecha nació el deseo de huronear por los archivos; y el resultado de sus diligencias lo expuso ante la Sociedad Geográfica el 20 de diciembre de 1898. Helo aquí:

En distintos cartularios y minutarios notariales de Pontevedra apa­recen Colones desde 1525? en orden retrospectivo, hasta 1428, y entre ellos un Domingo de Colón (en 1434), llamado el Viejo., señal de que había otro más mozo; una Blanca Colón, difunta en 1434; un Bartolo­mé de Colón, en 1428, y una heredad llamada de Cristobo o Cristóbal de Colón en 1496. Ni faltan dos mujeres: Elvira y Catalina Columba, apellido que, puestos a conjeturar, se puede tomar por la forma fe­menina de Colombo.

Pues si tenemos en cuenta que en la familia tradicional de Colombo se mencionan los nombres de Domingo, de Blanca, de Bartolomé y de Cristóbal, tenemos dos familias Colón en Génova y en Pontevedra a la vez, y en ambas los mismos nombres…

La madre del Colón genovés se decía Susana Fonterosa o Fontanarubea, que es lo mismo puesto en italiano, hija de Jaime o Jacobo o Jacob. Y da también la casualidad que en Pontevedra existía la familia Fonterosa, a la que pertenecieron un Benjamín y un Jacob hacia 1436. Estos nombres suenan a judío, y también huele a ello el nombre de la genovesa Susana, hija de Jacobo… Otra vez dos familias sospechosas de judaismo con los mismos nombres en Génova y en Pontevedra!

Son muchas coincidencias, tanto en la línea paterna como en la ma­terna, para ser casuales.

Hasta aquí el descubrimiento del Sr. García de la Riega, divulgado en su libro Colón español; algunos indicios más apuntó; pero los pon­dremos, por ser de la misma especie, con los del campeón que salió tras él a romper lanzas en pro de la nacionalidad española.

El cual fué D. Rafael Calzada, ex director de El Diario Español, de Buenos Aires, que, primero en una conferencia pronunciada en la Asunción del Paraguay y después en un libro, añadió no escaso peso a las razones anteriores. Tan insinuante es su lectura que, acabada, si no se vota al Colón gallego, a lo menos se abstiene uno de votar al italiano; no hay, es cierto, argumento que apodícticamente concluya; pero las conjeturas, los indicios, las explicaciones probables, las únicas probables, dice él, se amontonan, y con su mole hacen tal fuerza que cuesta trabajo no ceder.

Si Colón no era gallego de Pontevedra, ¿qué razón hay para su no­ticia y afición de las cosas gallegas y más concretamente de la tierra y ría de Pontevedra, que jamás habría visto? Porque la primera nave en que cruzó el mar tenebroso fué La Gallega, rebautizada con el nom­bre de Santa María. La Gallega apellidó a otra nao suya en su segun­do viaje, y La Gallega o El Gallego es otro de los carabelones del cuarto y último. San Salvador fué la primera isla descubierta, y nota el Sr. Calzada que de los doscientos y pico pueblos que en España tienen ese nombre, descontados los posteriores a Colón, sólo uno se encuentra fuera de Galicia o Asturias; porque añadir el San al Salvador es casi privativo del Noroeste. Otro tanto se diga del río San Salva­dor, descubierto pocos días después de la isla. Ya es insistencia, que se entiende con sólo recordar la heredad aquella de Cristobo Colón, radicada en la aldea de San Salvador, junto a la ría de Pontevedra, donde también existía y existe la bahía de Porto Santo; y Porto Santo apellidó el descubridor una bahía de la isla Juana, cuya descripción hace con cariñosa morosidad. A otra de las islas que le salieron al paso deno­minó asimismo La Gallega; a un promontorio de La Trinidad, La Galea, y Galea se llamaba un cabo del islote de Ons en la salida de la mencio­nada ría, y eirado da Galea un trozo de playa allí mismo, lindante con la casa que fué de Domingo Colón; Punta Lanzada a una punta al N. E. de la isla de la Tortuga, y Punta Lanzada es una punta precisamente en el mismo rumbo a la salida de la ría de Pontevedra, y sólo conocida por los pescadores de allí, pues no figura en las cartas de marear.

¿No es extraordinario que no se le ocurriera buscar nombres para sus descubrimientos ni en las demás regiones de España ni en Italia, y se le vinieran a las mientes tantos nombres gallegos?

Una sola excepción hay: la isla denominada Saona; pero ni consta que se lo llamara el Almirante, que enfermo interrumpió en aquel punto su Diario, ni, aunque constara, sería más que una excepción, buscada acaso para colorear su pregonado origen genovés.

Otras consideraciones trae el Sr. Calzada de coincidencias geográ­ficas, fisiológicas y morales, que, en su sentir, retratan al gallego en el navegante, entre ellas el carácter receloso, litigante y prevenido de Colón, los embrollos en que envolvió su nombre, que escribió por lo menos de cinco maneras: de Colón, Colón, Colom, Colomo y Colombo pero todas entran como peones de ayuda más que como piezas de ataque, y en gracia de la brevedad las omito.

No puede hacerse lo mismo de su otro argumento para derrocar el italianismo de Colón; y es que éste no sabía la lengua del Petrarca.

En efecto, sus escritos, aun los más íntimos, como las cuentas de gastos; aun los de uso personal suyo, como las acotaciones puestas al margen de los libros (de que se conservan algunas en la Colombina), todos están o en castellano o en latín. Es más: escribiendo a Italia y a quien no sabía castellano, lo hace en romance, y encarga a su amigo Nicolao Oderigo sirva de intérprete: «El suplimiento del viaje en esta letra para que le deis a Micer Juan Luis con la otra del aviso, al cual escribo que seréis el lector y intérprete de ella.» ¿Podrá nadie persua­dirse que se buscaba aposta, pudiéndoselos ahorrar, esos menesteres de intérprete, y que pudiendo llevar a Micer Juan por el camino liso y llano de su lengua materna tuviera el humor de meterlo en los tro­pezones de una traducción? ¿O es que había olvidado la lengua que mamó con la leche y ejercitó hasta la virilidad?

Don Simón de la Rosa y López, bibliotecario de la Colombina, des­cubrió en 1891 un autógrafo italiano de Colón; es como sigue: «Del ambra es cierto nascere in india soto tierra, he yo ne ho fato cauare in molto monti in la isola de feiti bel de ofir bel de cipango, a la quale habió posto nome spagnola, y ne o trouato piega grande como el capo, ma no tota chiara, saluo de chiaro, y parda y otra negra, y vene asay.»

Son sesenta y una palabras: de ellas—dice el Sr. Calzada—caste­llanas veintidós, tres castellanas e italianas y dos latinas; en las italianas hay tales disparates de concordia y ortografía que ningún italiano me­dianamente culto los amontonaría. Lo de la ortografía no tiene mucha fuerza; era muy mala por entonces en Italia y en España; y para juz­gar del lenguaje sería preciso conocer el que entonces se estilaba en Génova por la gente de mar. Dejo, pues, al Sr. Calzada la responsabi- lidad de sus aserciones.

En cambio su pluma, la de Colón, corre por el castellano con lim­pieza y soltura, que en ocasiones se acerca mucho a la elegancia artís­tica, cuando su alma se siente empapada por la emoción, como en la pintura de ciertos paisajes y en los arrebatos de sus profecías; su voca­bulario es rico y muy ajustado; las incorrecciones en que tropieza ni son- mayores ni más abundantes que en cualquier otro escritor no literato.

Y     pregunta el Sr. Calzada: «¿Cuándo pudo Colón asimilarse el cas­tellano de esta manera? ¿Mientras cardó lana y atendió a su taberna ere Génova? ¿Mientras residió en Lisboa, donde no se sabe que haya tra­tado a ningún español? ¿A bordo de los barcos italianos en que fué corsario? Imposible, imposible, imposible. Quien así escribía aprendió el castellano en España, y no viejo ya, porque en edad madura no se aprende ningún idioma con perfección, y menos con la necesaria para poder versificar en él. He aquí, como prueba, la última estrofa de su. trova, glosando el Memorare novissima tua:

In aeternum gozarán los que lo bueno abrazaron, y así mismo llorarán, porque continuo arderán los que la malicia amaron; y pues siempre se agradaron del mundo y de sus cudicias de las eternas divicias para siempre se privaron.»

Ni cabe admitir la explicación del argentino Dr, Carbia, que Colón- redactaba sólo las minutas o borradores, que un amanuense sacaba des­pués en limpio papel y limpio estilo. Hay pruebas de sobra para demos­trar que muchos de sus escritos salieron directamente de su mano (i); y lo confirma Las Casas en el capítulo 151 de su Historia, al trans­cribir un retazo de una carta a los Reyes: «Estas son sus palabras, puesto que defectuosas cuanto a nuestro lenguaje castellano, el cual no sabía bien». Esta última afirmación no se desprende cierta­mente del trozo copiado: de fijo que la mayor parte de los nacidos y criados en Castilla de entonces no lo redactaba ni mejor ni tan bien.

(1)      «A Diego Méndez da mis encomiendas, y que vea ésta. Mi mal no con­siente que escriba salvo de noche, porque de día me priva de la fuerza de las manos… Dile que no le escribo particularmente por la gran pena que llevo ert la péndula…, etc.» Son palabras de Colón.

Reciente está aún el tercer libro España, Patria de Colón, por don Prudencio Otero y Sánchez (1922), resumen y confirmación de los an­teriores, con nuevos documentos extraídos de los archivos de Ponteve­dra, en los que aparecen los Colones desde 1490 a 1775i debían ser acomodados y píos, pues levantaron a principios del siglo xvi una ca­pilla en la iglesia de Santa María de Pontevedra y el crucero de la pa­rroquia de San Salvador de Poyo, en la aldea de Porto Santo, enfrente de la casa en que, según la tradición, nació el rapaz que descubrió las islas.

Si se admiten las teorías y sus consecuencias en estos autores des­arrolladas; si Colón no era genovés ni italiano, sino gallego, de un so­plo se desvanece la cerrazón que enturbia los primeros años del Almi­rante; se da con el hilo que guíe en el laberinto por él propio fabri­cado en derredor de su cuna; hay razón de ser en las contradicciones de sus testimonios, que de otra manera semejan dichos adrede para desorientar a los historiadores. Colón sabía el castellano porque lo aprendió de muchacho, y con derecho lo pudo llamar nuestro romance. Colón repitió en las tierras, que del mar surgían a su vista, los nombres de la ría en cuyas playas ensayó sus aficiones marinas. Colón se dijo, cuando aún no se le había ocurrido la farsa de Génova, al presentarse a fray Juan Pérez, en la Rábida, natural de estos reinos, en los cuales ja­más se naturalizó, como hicieron otros extranjeros, Magallanes, Vespucio. Colón no sabía del italiano sino la algarabía que se aprende a bordo en la edad madura, etc.

Pues, ¿por qué, si el ser español más parecía favorecerle en sus pro­yectos, se pregonó extranjero y genovés?

Porque tenía graves motivos para despistar del rastro que llevase a su origen; esos motivos, enigmáticos para los italianistas, son tras­parentes con los documentos gallegos delante. Si Colón, por su madre era Fonterosa, y los Fonterosas se llamaban Abrahán, Jacob, Benja­mín…, el aventurero llevaba sangre hebrea, y esa sangre manchaba cualquier estirpe y oscurecía cualquier empresa. Aun no se había de­cretado la expulsión de la raza; pero ya se cernía sobre ella la nube, y bien negra, cuando Colón, pobre y desvalido, apareció en la corte. Y

 

aunque no fuera judío, le bastaba ser gallego para recelar acogida me­nos favorable, por la oposición que aquel país hizo al entronamiento de Isabel. Si con la falsa carta de naturaleza en la mano, escogida de la ciudad cuyos marinos gozaban de más renombre, golpeó en vano tan­tas puertas, ¿cómo se le iban abrir las de los Reyes Católicos ante la verdadera?

Así se entiende por qué no quiso legitimar a su hijo natural, como ni sus hermanos a los suyos respectivos, para ahorrar averiguaciones enojosas; así se entiende que su familia de Génova no diera señales de vida, ni él tuviera trato con ella, y eso que dicen vivía aún su padre; ni le nacieron parientes pobres, séquito forzoso de los encumbrados de golpe, porque la tal familia no existió sino en los papeles. Hernando Colón dice que buscó rastro de ella en la Liguria, y sólo dos viejos cen­tenarios decían ser deudos; a fines del siglo xvi vinieron a reclamar derechos; mas era tarde, y no pudieron probarlos; ni se les hubiera ocurrido el parentesco sin los dichos de Colón. Así se entiende tam­bién que la República de Génova no tuviera un recuerdo ni una pala­bra para aquel su hijo ilustre, ni reclamara su legado, ni se acordara de él más que de un labriego perdido en los llanos de la Mancha.

He procurado resumir los argumentos de más novedad y fuerza en los alegatos pro Colón gallego, no todos ni aquilatados, porque sería el cuento de nunca acabar. Que la tienen, es indudable; y que no se podrá prescindir de ellos cuando de la patria de Colón se trate, tam­bién. Ahora, que esa fuerza sea arrolladora es harina de otro costal.

Recias disputas y espesa polvareda se han levantado alrededor de la bandera gallega, aclamándola unos como legítima, denostándola otros como revolucionaria. Los nombres de los principales galleguistas pueden verse en la obra del Sr. Calzada; casi todos son españoles o americanos; de los extranjeros, los más dignos de mención son el eru­ditísimo portugués Teófilo Braga, y la Hispanic Society of America. Pero también allí pueden verse los impugnadores, y son legión tam­bién en los mismos países; las naciones de Europa apenas han tomado en cuenta el hallazgo, con evidente injusticia, pues sea o no verdad, no se presenta tan desprovisto de razones que merezca se le dé con el pie; hipótesis más endebles se han discutido.

Tienen los documentos de Pontevedra en contra suya una tacha, siempre, pero más en estas materias, vialignantis naturae, que pone en guardia a la suspicacia: ciertos toques y señales de raspaduras, los retoques obra inconsiderada del Sr. de la Riega, para avivar los trazos de letras desvaídas y facilitar su reproducción fotográfica, como él lealmente lo confiesa; también se nota que una mano distinta de la que redactó el documento añadió nombres propios. De probarse las en­miendas o añadiduras sustanciales, mal año para el descubrimiento; no se han probado definitivamente, porque no se han examinado de visu los originales por autoridad oficialmente reconocida.

Los impugnadores que más recios golpes han descargado contra la opinión gallega son los Sres. Serrano y Sanz y Altolaguirre, ambos competentísimos en achaque de investigaciones históricas: el primero se funda en las sospechas de falsificación (i); el segundo, en la autori­dad, para él incontrovertible, de los documentos italianos de la Raccolta, publicada por la Real Comisión Colombina en el cuarto Cente­nario del descubrimiento de América. De su autenticidad no caben dudas, porque son actas notariales, y datan por lo menos de 1429. De manera que si los documentos de Pontevedra fueran verdaderos, no habría más remedio que admitir la coexistencia de las dos familias, y con los mismos nombres en los dos países; la casualidad, pues, nada probaría, y si por desecharla se desecha alguna de las dos familias, no puede ser la genovesa, porque de que ésta existía allí mucho antes de que naciera Colón no se puede dudar… Y concluye ad hominern: «¿Admiten los partidarios de las teorías del Sr. García de la Riega que el Almirante fué hijo de Domingo Colombo y de su mujer Susana Fontanarubea (la Fonterosa gallega), que figuran en las actas notariales de Italia? Pues entonces tenemos que renunciar a establecer parentesco alguno entre el gran navegante y los Colones de Pontevedra, porque las actas notariales demuestran, de una manera que aleja toda duda, que aquella familia estuvo desde antes de 1429 establecida en Italia, sin faltar de allí tiempo digno de mención. ¿No admiten que el Almirante perteneció a esta familia, y sí a los Colones de Pontevedra? Pues en­tonces huelga en la obra del Sr. García de la Riega cuanto dice refe­rente a los Fonterosas en Galicia, pues una vez recusadas las actas ita­lianas, ningún dato tenemos de quién fué y cómo se apellidó la madre de D. Cristóbal Colón» (2).

El argumento no tiene vuelta dé hoja contra el Sr. de la Riega, o mejor dicho contra sus conclusiones trabadas; pero deja una escapato­ria para los que se asen a parte de ellas, a las principales; y desamparando la posición de la línea materna, se encastillan en la de los Colo­nes, y de las mismas actas notariales genovesas hacen armas.

 

(1)       Revista de Bibl., Arch. y Mus., marzo-abril de 1914.

(2)      Ibídem, tomo 72, págs. 200-224 y 522-551.

 

Se las ha dado, y muy templadas, el Sr. Beltrán y Rózpide en su folleto Cristóbal Colón y Cristóforo Colombo, del que van ya dos edicio­nes; en él demuestra, ateniéndose a las fechas de los documentos de la Raccolta, que estos dos personajes, el lanero de Génova y el atrevi­do navegante, no pueden ser la misma persona, y por consecuencia que el origen del Almirante debe buscarse en otra parte, no en la repú­blica ligur, o a lo menos no en las famosas actas notariales.

Su raciocinio se compendia en pocas palabras: Cristóforo Colom­bo, hijo de Domingo, en 31 de octubre de 1470 tenía más de diez y nueve años, como lo reza una escritura en que se declara deudor de cierta cantidad por una partida de vino; luego había nacido antes de I45I- Cristóbal Colón, el descubridor, escribió al Príncipe D. Juan en 1500: «Siete años se pasaron en la plática (solicitando el concierto con los Reyes Católicos) y nueve ejecutando- cosas muy señaladas y dignas de memoria»; o sea que entre los preliminares y los descubri­mientos llevaba diez y seis años largos sirviendo a España, o como él propio dice, «ya son diez y siete años que vine a servir a estos prínci­pes en la empresa de las Indias». Ahora bien: las capitulaciones con los Reyes se firmaron en abril de 1492; descontados los siete años de tanteos, se saca que vino a Castilla hacia 1485, meses más o menos. Por otro lado, nos dice él propio que vino de veintiocho años. Luego legítima es la conclusión de que nació hacia 1457- Luego en 1470 ten­dría trece años. Luego no puede ser el otro Cristóforo de quien enton­ces certificaba el notario tener más de diez y nueve. Aunque suponga­mos un par de años a un lado o a otro de las fechas dadas por el Co­lón descubridor, por descuido en el precisar, la diferencia es tan grande que no consiente establecer la identidad de las personas.

 

Ni se debe omitir que las actas de Génova siempre nos hablan de un Colombo pelaire o tabernero; y es inexplicable que ése mismo, ape­nas aparece en España, esté convertido en un navegante tan práctico y tan versado en las ciencias marinas como fué el que, se atrevió, y con fortuna, a lanzarse al mare tenebrosuvi y arrancarle sus secretos seculares. Encajan muy bien aquí las palabras de su hijo Fernando, aunque dichas a otro propósito: «La misma razón manifestaba que un hombre que desde que nació estaba trabajando en algún Arte manual u Oficio mecánico, había de envejecer en él para saberle perfectamen­te, i no andando en su mocedad por tantas tierras como anduvo, ni podría aprender las Letras ni tanta Ciencia como el Almirante tuvo, como están publicando sus obras, especialmente en las quatro Ciencias principales, que se aprenden para hacer lo que él hizo, que son Astrologia, Cosmographía, Geometría y Navegación» (i).

Los partidarios de la opinión gallega deben estar agradecidos al señor Beltrán y Rózpide que tan oportunamente devolvió la piedra contra ellos lanzada.

Claro está que ha habido réplicas y contrarréplicas, y explicacio­nes por ambos bandos a las dificultades e incongruencias que aquejan a las dos teorías: desmenuzarlas y aquilatarlas y dar sentencia exige demasiado tiempo y más páginas de las que caben en un artículo. Lo esencial de todas, que he procurado exponer con fidelidad e imparcia­lidad, viene a parar en lo dicho.

Un compendio acabado y sesudo de la cuestión acaba de publicar el erudito D. Abelardo Merino en su folleto El problema de la patria de Colón, Madrid, 1922, que me ha servido sobremanera para hilvanar estas páginas. El Sr. Merino es partidario de Colón italiano, porque no ve manera de soltar las dificultades que ofrecen los documentos de Génova, y porque no se fía de los hallados en Galicia.

El examen crítico de éstos en los originales puede rematar por uno u otro lado la contienda. Los galleguistas han pedido a las Reales Aca­demia de la Historia y Sociedad Geográfica que designaran una Comi­sión para ello; ambas Corporaciones, por motivos muy atendibles, se niegan a ir, y desean se los envíen a Madrid para el examen, a lo que también se han negado los de allá.

C. Bavle.

(i) Vida del Almirante, cap. II.

Cristóbal Colón y Cristoforo Columbo por Ricardo Beltrán y Rózpide – 1921

CRISTÓBAL COLÓN

Y

CRISTÓFORO COLUMBU

 

ESTUDIO CRÍTICO DOCUMENTAL

POR

Ricardo Beltrán y Rózpide

De la Real Academia de la HletorIa Secretario general de La Real Sociedad Geográfica.

———————-

SEGUNDA EDICIÓN

CON NUEVAS NOTAS Y UN APÉNDICE

La mayor parte de los modernos autores que tratan de la vida de Colón consideran los docu­mentos italianos referentes á Cristóforo Columbo y su familia como la regla de criterio á que hay que ajustar los documentos españoles, aun los de mayor autoridad, que son las cartas escritas por el mismo D. Cristóbal Colón. Si hay divergencia entre unos y otros, se resuelve en último término la cuestión afirmando que aquél faltó á la verdad ó la ocultó por estas ó las otras razones. Los docu­mentos italianos son así poco menos que artículos de fe.

Pero cabe adoptar—y es, ciertamente, más ra­zonable— el procedimiento inverso: tomar como norma crítica y como si fuera artículo de fe lo que D. Cristóbal Colón dijo de sí mismo y ajustar á ello lo que digan los documentos italianos, acep­tando éstos si se hallan de acuerdo con los documentos españoles, desechándolos si resulta evidente la contradicción o el anacronismo.

 

Entre las escrituras ó actas notariales encon­tradas en Genova y en Savona, referentes á una de las familias apellidadas Columbo que por en­tonces vivían en aquellas y otras localidades del Norte de Italia, hay algunas en que aparece perso­nándose como otorgante ó como testigo un Cristóforo Columbo ó Colombo, hijo de Dominico de Co­lumbo y de Susana de Fontanarubea (1).

(1) Hay reproducción impresa de estos documentos y otros anteriores y posteriores relativos á actos y contratos de la citada familia en la liaccolta di documenti e studi pubblicati dalla B. Commissione colombiana peí quarto centenario dalla scoperta dell’America; 1892-94.—Vol. I de la Parte II.—Además, entre los arios trabajos en que previo estudio y crítica de estos ú otros documentos se identifica al Cristóbal Colón, descubridor de América, oon el Cristóforo Columbo, lanero de Genova, merecen citarse preferentemente los siguientes:

Christophe Colomb: son origine, sa vie, ses voyages, sa famille et ses descendants, d’aprés des documents inédits tirés des archives de Genes, de Savone, de Sé- viUe et de Madrid: études critiques par Henby Habbisse.—París, 1884.—2 volúmenes.

Études critiques sur la vie de Colomb avant ses dé- cowvertes: les origines de sa famiUe: les deux Colombo, tes prétendus parents; la vraie date de sa naissance; les études et les premieres campagnes qu’il aurait faites; son arrivée en Portugal et le combat naval det 1476; son voyage au Nord; son établissement en Portugal; son mariage; sa famiUe portugaise.—Par Henby Vig- naud_—París, 1905.—1 volumen.

La Patria de D. Cristóbal Colón, según las actas no­tariales de Italia, por D. Angel de Altolaguieke.—En el Boletín de la Real Academia de la Historia, Marzo de 1918, Ó sea tomo VXXII, páginas 200-224.

No faltan autores que han sostenido lo contrario; esto es, que Colón no perteneció á la familia de Dominioo de Columbo, entre ellos los que, como Ambiveri, Corbani, Peretti y Franceschi en Italia, y García de la Riega en España, creen que el descubridor de América no fué genovés.

Este último, en su obra titulada Colón, español: su origen y patria, Madrid, 1914, no da la prueba evidente de que el descubridor de América perteneciese á la fami­lia de los Colones, de Pontevedra; pero hace muy razo­nada crítica de las escrituras notariales de Genova y Savona, y las deja bastante mal paradas.

Refuerza, bajo todos conceptos, la argumentación de García de la Riega, especialmente en cuanto á lo que pudiera servir de prueba de indicios, el Sr. D. Rafael Calzada en; su obra La patria de Colón, publicada en 1920, en Buenos Aires.

En la misma Italia y en nuestros mismos días no hay conformidad respecto á la cuna de Colón. En 1919 se publicó el folleto titulado La Trinitá e la patria di Cristoforo Colombo, cuyo autor, «il cav. uff. Tortarolo Lorenzo, Ingegnere Capo del Genio Civile», sostiene que Cristóforo Colombo nació en Albisola, opinión! cierta­mente, que no es una  novedad. Véase la obra de Giuseppe Garbarini Cenni storici intorno al borgo di Al­bisola- Marina, patria di Cristoforo Colombo; Génova, 1886.

Según escritura de 22 de Septiembre de 1470, otorgada en Genova, Dominico d© Columbo y su hijo Cristóforo se comprometen á aceptar la deci­sión de ün árbitro en pleito ó cuestión que tenían con un acreedor. Seis días después, el 28, dicta fallo el árbitro condenando al padre y al hijo á pagar determinada cantidad. •

En 31 de Octubre del mismo año, Cristóforo de Colombo, hijo de Dominico y mayor de diez y nueve años, en presencia y con autorización, con­sejo y consentimiento del padre, declara que debe determinada cantidad por una partida de vino que había comprado.

En 1472 están en Savona el padre y el hijo. El 20 de Marzo Cristóforo de Columbo, lanero de Génova, es testigo en un testamento otorgado en aquella ciudad. Los demás testigos, cuyo oficio tam­bién se indica, son tres sastres, un tundidor y un zapatero.

El 26 de Agosto de 1472 Dominico, lanero, y su hijo Cristóforo se reconocen deudores de un tal Juan Signorio, á quien habían comprado siete quintales de lana.

Al año siguiente, el 7 de Agosto de 1473, Su­sana, hija de Jacobo de Fontanarubea (1) y esposa de Dominico de Colombo, ratifica, ante notario de Savona, la venta que de una casa había hecho su marido, con el consentimiento y la presencia en el acto de Cristóforo y Juan Pelegrino, hijos de Do­minico y Susana.

(1) Este apellido, traducido del latín al italiano en Fóntanarossa, era el segundo, ó sea el materno del pe­laire Cristóforo Columbo. El descubridor de América, Cristóbal Colón, jamás usó ni aludió á su apellido ma­terno.

Esta familia de Columbos ó Colombos parece ser la misma á que se refirió, á principios del si­glo xvi, el notario- Antonio Gallo, Canciller del Banco de San Jorge, en Genova, diciendo que el descubridor de las nuevas tierras occidentales era un sobrino de Antonio Colombo, el hermano de Do- minioo, con quien Gallo estaba en relaciones, pues hubo entre ellos préstamos ó cesiones de crédito.

En los documentos citados y en otros se men­ciona á Dominico y sus hijos y parientes como cardadores de lana, tejedores de paño, tenderos, hor- meros y sastres (un hijo del Antonio Columbo apa­rece como aprendiz de sastre). Fueron, pues, estos Columbos gentes de oficio manual, y además, de escasos recursos ó algo manirrotos, á juzgar por las deudas que contraían. Dominico y Cristóforo tenían bastantes acreedores, y algunos de éstos, creyendo que el afortunado descubridor de países en que abundaba el oro era el Cristóforo Columbo, su deudor, se pusieron en movimiento para hacer efectivo el crédito. Tal es el caso de los hermanos Juan, Mateo y Amigeto de Columbo, los que—se­gún consta en una de esas innumerables actas no­tariales que nos van dando cuenta de todo lo que hacía la documentada familia—se comprometieron, en 11 de Octubre de 1496, á costear el viaje que uno de ellos, Juan (el antiguo aprendiz de sastre), debía hacer á España en busca del pariente rioo y personaje, para exigirle el pago de la deuda. Este compromiso no tuvo resonancia más allá del protocolo del notario; no hay noticia de que el viaje se efectuara ni se sabe que el Almirante ni nadie en España se diera por enterado de la ges­tión de los Columbos.

‘Después de Gallo y en el primer tercio del si­glo xvi, Seranega y Giustiniani copian en sus obras lo  que aquél dijo, con algún otro detalle que hacía resaltar la humilde posición social de los Colum­bos, y la escasa instrucción ó cultura intelectual que tenía el Cristóforo. Aun vivían Fernando Co­lón, el hijo del Almirante, y Bartolomé de las Ca­sas, y uno y otro negaron el parentesco de Cristó­bal Colón con semejante familia.

Resulta, pues, que, según los documentos y ci­tas mencionados, Cristóforo Columbo fué un la­nero ó tejedor, como su padre, y que con éste se dedicaba á la compra de lana y de vino; que el medio social é intelectual en que vivió era el pro­pio de artesanos ó gentes de oficio; que erminguna de las escrituras en que aparecen Cristóforo y los Columbos hay la menor alusión á viajes que aquél hiciera por mar ni á su profesión de marino; que en los años 1470 á 1473 estuvo en Genova y en Sa­vona; que en el día 31 de Octubre de 1470 tenía diez y nueve años cumplidos, y que, por consi­guiente, había nacido en 1450 ó en 1451.

Este fué Cristóforo Columbo.

II

¿Quién fué Cristóbal Colón?

El primer documento que debe mencionarse, como punto de partida de las breves consideracio­nes que voy á hacer, es la llamada Carta rarísima, que Colón dirigió á los Reyes Católicos, fechada en «las Indias, en la isla de lamaica, a siete de Iulio de mil i quinientos y tres años».

En ella se lee el siguiente párrafo:

«Yo vine a servir de veinte i ocho años, i agora no tenga cavello, en mi persona, que no sea cano, i’ el cuerpo enfermo, i gastado quanto me quedo de aquellos, i me fue tomado y hendido, i a mis her­manos fasta el saio, sin ser oido, ni visto con gran­des honor mió» (1).

(1) la Copia de la Carta que escriuio Don Cristoval

Sabiendo cuándo y á quién vino á servir Colón, con veinte y ocho años de edad, tendremos base para fijar la época de su nacimiento.

Del párrafo transcrito se han dado varias in­terpretaciones.

  1. a Tenía veintiocho años cuando vino á servir á los Reyes Católicos. Y ¿en qué época fué esto? Es opinión general que vino Colón á España á fines de 1484 ó principios de 1485.

Colon, Virrey y Almirante de las Indias, a los Cristianissimos i mui poderosos Rei y Reina de España nues­tros señores, en que les notifica quanto le ha aconteoido en su viaje; i las tierras, Provincias, Ciudades, Ríos y otras cosas maravillosas, y donde ai minas de Oro en mucha cantidad, i otras cosas de gran riqueza y valor».— Existente en la Biblioteca particular de S. M. y copiada á su vez-en 1898 por el Excmo. Sr. D. Julio Betancourt, E. E. y Ministro Plenipotenciario de Colombia, autori­zado para ello en virtud de orden expediría por la In­tendencia general de la Real Casa y Patrimonio, fecha 21 de J unió del citado año. Difiere algo de la que pu­blicó Navarrete en 1825 (cotejada en 1807), porque aquél respetó la ortografía del manuscrito existente en la Bi­blioteca de S. M., y éste, Navarrete, la modernizó, corrigió palabras y escribió en letra todos los guarismos. Pero en una y otra están en letra y muy claro los veinte i ocho años. El Sr. Betancourt hizo é imprimió la copia con motivo del pleito de límites entre Costa Rica y Co­lombia, y también se tradujo al francés y se imprimió en París el 12 de Octubre de 1899, con el siguiente título: *Lettera Iíarissima» de Christophe Colomb sur la dé- couverte de la Terre-ferme, accompagnée de Ultinéraire de Diego de Porras et d’une partie» de la Relation de Diego Mendez.—Folleto en folio de 40 páginas.

Poco más ó menos, con la relativa exactitud que cabe cuando el que escribe no se propone precisar fecha, porque trata de otro asunto ó incidental­mente habla de tiempos que pasaron, Colón, al alu­dir en sus cartas á la época en que vino á España y entró al servicio d© los Reyes, se refiere siempre á un período comprendido entre 1483 y 1486.

En la misma carta de 1503, en párrafo anterior al transcrito, quejándose del mal pago que en Cas­tilla se había dado á sus servicios, decía: «poco me án aprovechado veinte años de servicio que yo he servido con tantos trabaxos, i peligros».

Si en Julio de 1503 contaba veinte años de ser­vicios, es que había venido á servir á mediados ó fines de 1483.

En otro pasaje de la citada carta escribe: «(Siete años estuve io en su Real Corte, que a cuantos se fablo de esta empresa, todos aúna dixeron que era burla; agora fasta los sastres suplican por descubrir». Resulta, pues, que de los ocho años que mediaron poco más ó menos entre su llegada á España y su salida hacia lo desconocido, siete los pasó en la Real Corte.

En la carta que hacia fines de 1500 escribió al ama (que había sido) del Príncipe D. Juan, lla­mada Doña Juana de la Torre, decía Colón: «Siete años se pasaron en la plática y nueve ejecutando cosas muy señaladas y dignas de memoria (1).

Es decir, diez y seis años, antes de fin de 1500, ó sea desde 1484. A fin de este año, 6 meses antes (puesto que las pláticas no pudieron empezar en el día en que Colón puso el pie en España) llegó á territorio español. Lo confirma la «hoja suelta en papel de mano del Almirante escrita al parecer (fines de 1500) cuando le trajeron preso», y que empieza así:

((Señores: Ya son diez y siete años que yo vine á servir estos Príncipes con la impresa de las Indias: los ocho fui traído en disputas, y en fin se dio mi aviso por cosa de burla» (2). Según este do­cumento, son diez y siete los años anteriores á fin de 1500; podemos, pues, llegar á 1483, y como hubo ocho años de disputa, y las Capitulaciones de Granada son de Abril de 1492, la disputa ó las pláticas pudieron empezar á principios de 1484.

También hay datos sobre el particular en el Diario del primer viaje de Colón (3). En las ano­taciones del lunes 14 de Enero de 1493, se lee: ((y han seido causa que la Corona Real de vuestras Altezas no tenga cien cuentos de renta más de la que tiene después que yo vine á les servir, que son siete años agora á veinte días de Enero este mismo mes» (1). Como se vé, aquí precisa mucho Colón, pues fija hasta ei día en que empezó á servir. Debe referirse á alguna disposición de los Reyes en di­cha época, favorable á sus pretensiones, probable­mente la de que, acabada la guerra de Granada, resolverían sobre aquéllas, y entre tanto le admi­tían en la Corte á su servicio, mandando que se le diera para ayuda de costa algunos miles de mara­vedís, como se hizo, cuando ya llevaba tiempo en Andalucía padeciendo necesidad y pobreza, agota­dos ó muy escasos los recursos que le proporciona­ban algunas personas á quienes vino recomendado ó los que obtenía como «mercader de libros de es­tampas».

(1)   Colección de los viages y descubrimientos que hi­cieron por mar los españoles desde fines del siglo xv, por D. Martín Fernández de Navarrete.—Tomo I, pá­gina 266.

(2/ Colección de los Viages, eto., de Fernández de Navarrete.—Tomo II, página 254.

(3)   «Este es el primer viage, y las derrotas, y cami­nos que hizo el Almirante D. Cristóbal Colón cuando descubrió las Indias: en la Colección de los Viages, eto., por Fernández de Navarrete.—Tomo I, páginas 1-166.

Aun habla Colón en la historia del tercer via­je de los «seis ó siete años de grave pena» que pasó antes de que los Reyes determinaran «questo se pusiese en obra» (2) ; y otra vez aparecen los siete años y las disputas en una carta que escribió al Rey y la Reina, y cuyo borrador está en el Libro de las Profecías (1), carta que no tiene fecha, mas por citas y notas que hay en este libro se deduce que corresponde al año 1501. «Siete años, dice, pasé aquí en su lleal Corte disputando el caso con tantas personas de tanta autoridad y sabios en to­das artes, y en fin concluyeron que todo era vano, y se desistieron con esto dello: después paró en lo que Jesucristo Nuestro Redentor dijo». Como se vé, aquí los siete años concluyen con la negativa de los Reyes á favorecer los proyectos de Colón.

 

(1)   Colección de los Viages, eto., por Fernández de Navarrete.—Tomo I, página 137.

(2)   «La historia del viage quel A’miranto D. Cristó­bal Colon hizo la tercera vez que vino á las Indias cuando descubrió la tierra firme, como lo envió á loe Reyes desde la Isla Española».—Colección de los Viages, etc.t por Fernández de Navarrete.—Tomo I, página 242.

En suma, resulta que hubo siete ú ocho años de pláticas antes de 1492, y contando alguna que otra ausencia de la Corte y el tiempo transcurri­do desde que vino Colón á España hasta que entró al servicio de los Reyes, llegaremos á los ocho ó nueve años anteriores al 1492, ó sea á 1483-1484.

(1)   Corresponde esta carta al folio IV del Libro, se­gún la descripción que de él hizo D. Juan Bautista Mtí* ñoz. Hállase dicho libro en la Biblioteca Colombina, y la carta figura impresa en la Colección de los Viages, etcétera, de Fernández de Navarrete, tomo II, pági­na 262. Más datos hay en el Discurso que sobre el tema Libros y autógrafos de D. Cristóbal Colón leyó en 1891 el Dr. D. Simón de la Rosa ante la Real Academia Se­villana de Buenos Aires.

Pero mi objeto en este estudio no es precisar el año en que vino Colón á España ó en que empezó á servir á los Reyes; es fijar los límites extremos del período en que pudo hacerlo y demostrar que sea cual fuere el año en que esto sucedió, Cristóbal Colón no podía tener la edad que un acta notarial atribuye á Cristóforo Columbo.

Colón vino á Castilla, ó vino á servir ó empezó á servir á los Beyes Católicos, ó empezaron las pláti­cas 6 la disputa, etc., etc., entre 1483 y 1486. Por entonces, en uno de estos años, Colón tenía vein­tiocho. No podía ser mayor de diez y nueva años el SI de Octubre de 1^70, que es la edad que según acta notarial tenía Columbo en dicho día.

  1. a Colón no dice que tenía veintiocho años cuando vino á servir á lo3 Reyes Católicos, sino cuando vino á servir, sin expresar dónde ni á quién. Pudo referirse á la época en que empezó á servir á otros, como á René ó Renato de Anjou, el’ enemigo de la Casa de Aragón, ó al llamado Coulon ó Coullon por los franceses, Cullan por los portugueses, Colón por los españoles y Colombo ó Colomb por los italianos y demás autores extran­jeros, el mayor de los corsarios que en aquellos tiempos había y en cuya compañía estuvo y anduvo mucho tiempo Cristóbal Colón, según escribie­ron el hijo de éste, D. Fernando, y el P. Las Casas, aunque refiriéndose á Colón el Mozo, que acom­pañaba á Colón el Viejo en las últimas corre­rías (1).

Lo mismo Fernando Colón que Las Casas trans­criben parte de una carta en que Colón, en Enero de 1495, decía á los Reyes- «A mí acaeció que el Rey Reynel (Rene ó Renato), que Dios tiene, me envió á Túnez para prender la galeaza Fernandina, etc.» (2). >Esto, según erudito y razonado estu­dio que hace años publicó D, Angel de Altolaguirre, debió ocurrir en 1472 (3).

En cuanto á las campañas que Cristóbal Colón pudo hacer, á las órdenes ó al servicio dél corsario francés—á quien en los últimos tiempos, como se ha dicho, acompañaba otro corsario llamado Colombo Júnior, Colón el Joven ó Colón’ el < Mozo, «hombre muy señalado de su apellido y familia»

(1)   Historia de las Indias escrita por Fray Bartolimét de las Gasas, obispo de Chiapa, ahora por primera vez dada á luz, por el marqués de lá Fuensanta del Vallé y D. José Sancho Rayón.—Madrid, 1875.—Libro I, capítulo IV, en el tomo I, página 51.

(2)   Historia de las Indias, etc., por Las Casas: li­bro I, capítulo III, en el tomo I, página 48.—Historia del Almirante D. Cristóbal Colón, por Fernando Colón.— Capítulo IV.

(3) Llegada de Cristóbal Colón á Portugal, en el Boletín de la Jleal Academia de la Historia, tomo XXI, página 481.

(1), es decir, del apellido y familia de Cristó­bal Colón—preciso es referirlas también á esta época, entre 1472 y 1477, puesto que parece que Co­lón se estableció en Portugal después del combate naval del Cabo de San Vicente, librado en Agosto de 1476 entre los citados corsarios y los portugue­ses por una parto y naves genovesas por otra.

En este punto no cabe llegar á deducciones au­torizadas por escritos de nuestro Almirante, que tal vez no quiso aludir nunca ai período de su vida en que sirvió al que «espantaban con su nombre hasta los niños en la cuna» (2), al orgulloso, al insolente, al perverso Colón de que nos habla Alonso de Palencia, al «crudelísimo pirata Columbo» citado en las Cartas del Senado veneciano (3), aquel «Ca­pitán de la Armada del Rey de Francia», según frase de Zurita (4), que pirateó á favor de éste.

(1)   Según frase de D. Fernando Colón. Conviene ad­vertir que los columbistas han puesto resuelto empeño en negar, que D. Cristóbal Colón fuera de esta familia, para que sobresalga el error ó la mentira de D. Fernando y sea más fácil identificar al descubridor de América con el lanero de Génova.

(2)   Frase de D. Fernando Colón, refiriéndose á Colón el Mozo, en el capítulo V de la Historia del Almirante.

(3)   Coleccionadas con otras muchas por el Sr. Sal- vagnini en el volumen III de la parte II de la Raccolta. tomo IV, folio 262 recto y vuelto: «De la venida del Capitán Colon con la Armada del Rey de Francia á la costa de Vizcaya».

(4)   Libro XIX de los Anales de la Corona de Ara­gón, compuestos por Geronymo Qurita.—Año MDCX y dél Rey de Portugal contra Aragón y Castilla y que atacó ó intentó acometidas contra puertos de Vizcaya y de Galicia en 1474 y 1476. Hay que atenerse á pasajes de Fernando Colón y del Pa­dre Las Casas y á estudios de modernos investiga­dores y críticos, y dar por muy probable que á con­secuencia del combate antes citado Cristóbal Co­lón, que iba con los corsarios, fijó su residencia en Portugal (1).

(1) Sin duda, estos antecedentes son los que induje­ron al angloamericano Aaron Goodrich á decir que Co­lón ni fue hijo de Dominico, ni genovés, ni siquiera Cris­tóbal Colón. Cree que era un tal Giovanni ó Zorzi, com­pañero de Colón el Joven (cuyo nombre tampoco era éste, sino Nicolo Griego) que tomó el sobrenombre de Colón ó Colombo y se distinguió como pirata y negrero. Con el nombre usurpado de Colón, se casó con la portuguesa Felipa Muñú de Percstrello y domiciliado en la isla de Madera se apoderó de los mapas y documentos del náu­frago Alonso Sánchez de Huelva, marino á qu^en una tempestad había arrojado á las costas de América.— A History of the Character and Achievements of the so-called Christopher Columbus, with numerous IUustra- tions and an Appendix.—New-York, 1874.—Un vol. en 8.° de 403 páginas, con grabados.

Otros autores, Brown, Salvagnini, Harrisse, Vignaud, etcétera, hablan de Zorzi, Jorge, Juan y Nicolo el Grie­go. Sus eruditos trabajos son muy apreciables; pero no acaban de aponer bien en claro la personalidad del lia- de los tripulantes se arrojaron al agua. Uno de ellos fue Cristóbal Colón, que a nado y con ayuda de un remo ó tabla ú otro medio salvador pudo lle­gar á la costa del Algarve. A esto, sin duda, se mado Colón el Joven, en relación con la de Cristóbal Colón.

Respecto á Goodrich, conviene tener muy en cuenta que es uno de los escritores extranjeros de quienes dijo el Sr. Asensio, en su discurso de recepción en la Acade­mia de la Historia, que «han venido á discutir las glorias de los descubridores para ofender las de España, y han desnaturalizado el carácter de Cristóbal Colón y sus re­laciones con los Reyes Católicos». En efecto, es Goodrich el mayor detractor de Colón, y de ello dan perfecta idea las siguientes lineas que traducimos de la página 359 de su obra: «Cuando Europa, Asia y Africa pregunten á América hasta cuándo continuará honrando al que robó á un muerto, se hizo pasar por descubridor y redujo á escla­vitud á sus compañeros ¿qué podrá contestar América?»

En cuanto al viaje de Sánchez de Huelva, ee ha con­trovertido mucho acerca de su verosimilitud, y hay opi­niones muy varias, desde la del citado Asensio que lo considera como una fábula que patrocinó y acrecentó el Inca Garcilaso en sus Comentarios Reales, hasta la de Fernández Duro que terminaba uno de sus magistrales informes ante la Academia de la Historia, con el si­guiente párrafo: «Quien supiese quo la ciudad de Bos­ton en los Estados Unidos de América ha erigido estatua, inaugurada con magníficas fiestas, al northman Leif Erik- sen porque se presume que en el siglo xi, al igual del perdonavida de Cervantes, llegó allí, fuese y no hubo nada, discurrirá que con más razón pudiera levantarla Huelva al piloto humilde que honra, al mismo tiempo que’su nombre, el de la Marina española».—(«La tradi­ción de Alonso Sánchez de Huelva, descubridor de tierras incógnitas» : Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo XXI, páginas 33-53).

Se refiere en una de sus cartas, que ha conservado lias Casas, y que empieza’ así:

«Muy alto Rey, Dios,, nuestro Señor, milagro­samente me envió acá porque yo sirviese á Vues­tra Alteza; dije milagrosam nte, porque fui á aportar á Portugal, á donde el Rey de allí enten­día en el descubrir más que otro, él le atajó la vis­ta, oído y todos los sentidos, que en catorce años no le pude hacer entender lo que yo dije. También dije milagrosamente, porque hobe cartas de ruego de tres Príncipes que la Reina, que Dios haya, vi do y se las leyó el doctor V Halón» (1).

Transcribo íntegro este párrafo porque sirve para confirmar lo que se lia indicado respecto á la época de llegada de Colón á Portugal. En efecto, quiere aquél decir que en ó dentro de un período de catorce años hubo negociaciones ó tratos, que pudieron durar ó interrumpirse más ó menos, para convencer al portugués, sin poderlo conseguir, de la existencia de tierras al Oeste de Europa. Se han contado los catorce años antes de la venida de Colón á España, es decir, inmediatamente antes de 1483-1485; mas conviene tener en cuenta que las gestiones con Portugal se prosiguieron después de la- venida de Colón á España. Consta que en Marzo de 1488 había correspondencia entre Colón y el monarca portugués, y que éste le daba segu­ridades para que pudiese volver á su Reino (1). En el mismo párrafo transcrito se lee que la Reina vió cartas de tres Príncipes dirigidas á Colón; quié­nes eran esos Príncipes nos lo dice éste en otro escrito suyo, la hoja suelta ya mencionada, en los siguientes términos: «y en fin se dio mi aviso por cosa de burla. Yo con amor proseguí en ello, y res­pondí á Francia y á Inglaterra y á Portogal, que para el Rey y la Reyna, mis Señores, eran esas tie­rras y Señoríos. Las promesas no eran pocas ni vanas» (2).

(1)   Carta sin fecha; pero del texto de Las Casas se deduce que debió escribirse en Mayo ó Junio de 1505. Historia de las Indias, etc., por Fray Bartolomé de las Casas: Ubro II, capítulo XXXVII, en el tomo III, pá­gina 187.

(1)   Carta del rey de Portugal á Cristóbal Colón. Original en el Archivo del Duque de Veragua y publi­cada por Fernández Navarrete en su Colección de los Viages, etc., tomo II, página 5.

(2)   Bien se vé la conformidad entro los varios escritos de Colón. Por esto, con unas cartas se explica y corrobora lo que dice en otras.

De modo que cuando aquí en España se acogía el proyecto de Colón como cosa de burla y éste pro­seguía en su pretensión cerca de los Reyes, ha­cíanle ruegos y valiosas promesas Francia, Ingla­terra y Portugal. Aunque Colón exagerase y diera mayor importancia de la que tenía á esos ruegos y promesas, lo cierto es que hay motivos suficientes para creer en la continuación de las negociaciones pendientes con Portugal hasta 1490 ó 1491, es decir, mientras Colón no tuvo seguridad de que los Reyes de España iban á facilitarle los medios de acome­ter la empresa. Por consiguiente, si de 1490 á 1491 restamos los catorce años mencionados, estaremos en 1476 ó 1477, época generalmente admitida, se­gún se ha dicho, como la de llegada de Colón á Portugal. Con ella, con la época en que fué á apor­tar á Portugal, relaciona Colón los catorce años, según se deduce del párrafo antes transcrito (1).

(1) Aportó Colón á Portugal catorce años antes de dar por terminadas las negociaciones con Juan II para ir á descubrir. Según escribió D. Fernando en su citada Historia, estando Colón en Portugal «empezó á conjetu­rar que del mismo modo que los portugueses navegaron tan lejos al Mediodía, podría navegarse la vuelta de Occidente y hallar tierra en aquel viaje». Después, en el capítulo X de la misma obra, añade que cuando su padre trató «de correr el Océano buscando las tierras referidas», propuso la empresa al rey D. Juan. Este, como príncipe, y aún con el título de Rey (llegó á coro­narse como tal el 11 de Noviembre de 1477) gobernaba en Portugal desde 1476, ó sea cuando Colón llegó á este país, y después también durante las prolongadas ausen­cia de su padre Alfonso Y.

Es muy probable que de esta época, ó sea del tiempo en que vivió en Portugal, daten las relaciones que tuvo con mercaderes y banqueros genoveses, á quienes debió ayuda ó favores. Los legados que hizo en su codicilio de 1506 fueron casi todos para ginoveses, á quienes man­dó dar tales ó cuales cantidades expresadas en reales por­tugueses ó reís, ó en ducados (á ra ón de 375 reis el du- oado). Se trata, pues, de obligaciones ó amistades qus contrajo en Portugal, sin ;que la similitud de algunos nombres autorice para relacionar estos legados con deu­das que el pelaire Columbo contrajo treinta y seis años antes en Génova, en libras y en cantidad distinta de las que legó D. Cristóbal.

De todo lo dicho resulta como conclusión, en cuanto al problema capital aquí planteado, que Cristóbal Colón sirvió á Renato de Anjou y á los Colones corsarios entre 1471 y 1476 (1). Si en cual­quiera de estos años tenía veintiocho de edad, ha­bía nacido entre 1443 y 1448. No podía tener diez y nueve años en Octubre de 1490.

La rotunda afirmación que hace el Almi­rante d© qu© tenía veintiocho años cuando vino á servir á los Reyes de España, no se aviene con las varias opiniones según las que Colón murió entre los sesenta y los setenta años de edad. Por esto se ha indicado la posibilidad de un error de copista, que escribió veinte y ocho en lugar de treinta y ocho ó cuarenta y ocho. Admitida tal suposición, resultaría que nació Colón entre 1445 y 1448, ó en­tre 1435 y 1438, y si nos atenemos»a servicio hecho á los otros, entre 1433-1438, ó éntre 1423-1428. Elí­jase el año que se quiera, no podít tener diez y nueve años en Octubre de llflO (1).

(1) Para los hechos de este período puede leerse, ade­más de las partes correspondientes de la Raccolta y del citado estudio del Sr. Altolaguirre, el del Sr. Paz y Melia, que se titula «Más datos para la vida de Cris­tóbal Colón», y fué publicado en la revista El Cente­nario, 1892, números 23 y 24.

Además de la diferencia de edad entre Colum­bo, lanero, y Colón, marino, hay manifiesta in­compatibilidad entre uno y otro desde el punto de vista de la habitual residencia y por láTclase social á que pertenecían.

(1) Para poner de acuerdo la edad de Columbo con la edad de Colón se ha dicho que acaso entonces, en Ge­nova, bastaría tener diez y nueve años para determinados actos ó contratos, y que el notario, con la frase major annis decemnovem quiso decir que Cristóforo Columbo era mayor de diez y nueve años, aunque menor de veinti­cinco, por lo cual podía tener hasta veinticuatro años. Así, en el supuesto de los treinta y ocho años cuando Colón vino á servir á los Reyes Católicos, pudo Colombo haber nacido en el mismo año que aquél, en 1446, por ejemplo, tener veinticuatro años en 1470 y ser por consi­guiente mayor de diez y nueve. Aparte otras considera­ciones, eruditos estudios acerca de la legislación vigente sobre el particular en aquella época, han demostrado que no hay fundamento para tal interpretación. (Véas? Vig- naud, obra citada, páginas 222-229 y 254 267).

Por I03 documentos italianos sabemos dónde es­taba y qué hacía Columbo en carias épocas del pe­ríodo 1470-1473. Residía en Génova y en Sayona, oompraba vino y lana, era de profesión lanero y vivía entre gentes de su clase, modestos menestra­les, zapateros, tundidores, hormeroa, fruteros, ten­deros y sastres (que de todo hay en las actas nota­riales de Italia), oficio este de algún individuo de la familia Columbo y del que tan pobre idea tenía Colón, pues ya hemos visto cuán despectivamente habla de los sastres en la carta de 1503.

Entre tanto, Colón navegaba, pues había en­trado en la mar desde su más pequeña edad, y se nacía el marino atrevido, inteligente y experimen­tado que él marino nos retrata en sus escritos (1) y confirma con sus hecho3. Navegando, y no car­dando lana ó tejiendo paño, pudo adquirir los co­nocimientos y la práctica del mar que le pusieron en disposición acometer y realizar el descubri­miento de las Indias.

En 21 de Diciembre de 1492 decía Colón: «Yo he andado veinte y tres años en la mar, sin salir della tiempo que se haya de contar, y vi todo el Levante y Poniente, que dice por ir al camino de Septentrión, que es Inglaterra, y he andado la Guinea» (1).

(1) Entre otros puedo verse la Carta á los Reyes de 6 de Febrero de 1502, en .que expone observaciones sobre el arte de navegar: Cartas de Indias, página, 7.

Si los veintitrés años s© cuentan desde el día en que escribe, estaba en la mar desde principios de 1470. Si por haber salido del mar durante el tiempo—que valía la pena de contarlo— en que es­tuvo en España, debe hacerse el cálculo de los vein­titrés años antes de venir á nuestra patria, llega­remos á 1460 ó 1461. En tal caso, es evidente que hacia 1470-73, cuando Columbo compraba vino y lana, y actuaba de testigo en testamentos y com­parecía en otros actos notariales, Colón era y te­nía que ser bien conocido como hombre de mar en localidad en que hubiese nacido y donde resi­diera su familia. Si él hubiera sido el Columbo que se obliga y testifica en Genova y en Savona, no es verosímil que en las correspondientes escri­turas, en que se hace constar el oficio de los que Otorgan ó comparecen, se omitiese su profesión de marino para adjudicarle un oficio que no ejercía.

Hay otro documento que aun más declara la profesión á que se dedicó Colón durante toda su vida. Es la carta antes citada quo se conserva con el Libro de Las Profecías en la Biblioteca Colombina.

(1) «Derrotas y caminos que hizo el Almirante, etc.» : en la Colección de los Viages, etc., de Fernández de Na­varrete, tomo I, página 101.

En el principio d© la carta decía Colón: «Muy al­tos Reyes: De muy pequeña edad entre en la mar navegando, e lo he continuado fasta hoy. La mesma arte inclina á quien le prosigue á desear de saber los secretos deste mundo. Ya pasan de cua­renta años que yo voy en este uso. Todo lo que fasta hoy s© navega, todo lo he andado». Como se vé, resulta de esta carta lo mismo que d© la cita del Diario del viaje, correspondiente al 21 de Di­ciembre de 1492, ó sea la de los veintitrés años andados en la mar antes de 1483-1484. En 1501 Colón nos dice que ya pasaba de los cuarenta años el tiempo durante el cual venía navegando; por tánto navegaba—sin descontar aquí salidas del mar—desde 1460 ó 1461.

IV

Volvamos á la carta del 7 de Julio de 1503, la más importante d© todas las que escribió Colón. Es el único documento en que nos habla de su edad. Clara y terminantemente dice que tenía veintiocho años cuando vino á servir.

Hay que aceptar la primera de las interpretacio­nes á que antes m© h© referido: Colón vino á ser­vir á los Beyes Católicos á los veintiocho añoa de edad, y no cabe referir ]a frase á otros servicios.

Tal ó cual pasaje dudoso de cualquier docu­mento debe interpretarse ante todo en relación con el texto del mismo. La carta de 1503 está dirigida á los Reyes Católicos; á ellos viene siempre refi­riéndose Colón, y la frase «io vine a seruir de veinte y ocho años» está inmediatamente á continuación de otras en que aquél, habla de las tierras que obedecen al rey y reina de España   de las tie­rras que hulo puesto bajo su Real y alto Seño­río. , de que él fué preso y echado con dos her­manos en un navio que nadie podría creer que iba á alzarse contra sus Reyes…….. sin causa ni sin abrazo de otro Príncipe……. y teniendo todos sus hi­jos en la Real Corte. La duda acerca de si s© trata ó no de servicios á los Reyes de España sólo cabe en quien no haya leído la carta.

Y   leyendo más, lo que sigue á veinte y ocho años y antes he transcrito—«i agora no tengo ca- uello, en mi persona, que no sea cano, i el cuerpo enfermo»—, se comprenderá por qué Colón alude á’ la ©dad que tenía cuando vino á servir á los Re­yes Católicos. Se vé bien claro que Colón lamenta su prematura vejez. Poco más ó menos viene á de­cir esto que hubiera dicho en castellano más mo­derno :

«Era yo muy joven cuando vine á servir á Vues­tras Altezas; 110 tenía más que veintiocho años, y tanto he trabajado y tanto he sufrido que ahora, en 1503, á los cuarenta y ocho años, estoy hecho un viejo, completamente canoso, enfermo y abatido».

Otro documento hay que plenamente confirma esta conclusión relativa á la juventud del Almi­rante. Es la hoja suelta antes mencionada, de fines de 1500, ó sea el papel escrito de propia mano del Almirante, que original se conserva en el Archivo del Duque de Veragua y que según D. Martín Fer­nández de Navarrete es una minuta ó borrador de la carta que escribiría, cuando le trajeron preso, á algunas de las personas que le favorecían en la Corte, interesándolos en su desgracia.

Empieza Colón hablando de los años que trans­currieron y disputas que hubo antes de poder aco­meter la empresa de las Indias, y continúa: «Allá he puesto so su Señorío (el de los Reyes) mas tie­rra que non es Africa y Europa, y mas de mil y sietecientas islas, allende la Española que boja mas que toda España. En ellas se cree que flore­cerá la Santa Iglesia grandemente.—Del temporal se puede esperar lo que va diz el vulgo.—En siete años hice yo esta conquista por voluntad Divina. Al tiempo que yo pensé de haber mercedes y des­canso, de improviso fui preso y traído cargado de fierros, con rancho^ deshonor mío, y poco servicio de SS. AA.—La causa fue formada en malicia. La fe de ello fue de personas civiles, y los cuales se habían alzado, y se quisieron aseñorear de la tie­rra. La fe y este que fue á esto, levaba cargo de quedar por Gobernador si la pesquisa fuese grave. ¿Quién ni adonde se juzgará esto por cosa justa? Yo he perdido en esto mi juventud, y la parte que me pertenece de estas cosas y la honra dello». Co­lón, pues, el mismo Colón, y de su propio puño y letra, nos deja escrito que había perdido su ju­ventud en los siete años (1493-1500) en que hizo la conquista de las Indias. Esta «juventud perdida es la dél hombre que vino á servir á los Reyes de Es­paña cuando tenía veintiocho años de edad, y los sirvió, conquistando todas aquellas tierras ó islas, entre los treinta y siete y los cuarenta y cuatro 6 cuarenta y cinco años. Al llegar á esta edad, ya nos dice que había perdido su juventud, ya se conside­raba viejo. Escribe, pues, á fin de 1500 lo mismo que había de escribir á mediados de 1503.

Si como se ha supuesto, murió Colón (1506) en­tre los sesenta y los setenta años, ¿qué juventud’ era esa que había perdido en los siete años de con­quista? ¿La juventud de los cuarenta y siete á los cincuenta y cuatro años? ¿La juventud de los cin­cuenta y siete á los sesenta y cuatro años?

No parece que Colón ni nadie pueda llamar  juventud á estos períodos de la vida del hombre. Sin embargo, dada la confusión que suele haber entre los conceptos de juventud y virilidad, cabe sospechar que al hablar de aquélla quiso referirse Colón á la edad viril, la comprendida entre los treinta y cincuenta años poco más ó menos, esa edad en que vulgarmente se dice que aún se es jo­ven  porque no se ha llegado á viejo. Esta pudo ser la relativa juventud perdida por Colón entro 1493 y 1500. En tal caso, podría admitirse el error del copista que escribió veintiocho en lugar de treinta y ocho, resultando así que en 1483-85 Co­lón tenía treinta y ocho años, que por consiguiente había nacido hacia 1446, que había perdido el vi­gor propio de la edad viril, es decir, lo que él lla­maba juventud, entre los cuarenta y siete y los cincuenta y cuatro años, y que cuando lamentaba su prematura vejez, tres años antes de morir, te­nía cincuenta y siete ó cincuenta y ocho, edad en que por regla general sólo presentan el aspecto de la senectud los hombres que han sufrido y traba­jado mucho.

Pero de todos modos, con más ó menos años, aunque siempre dentro del límite de esa juventud relativa que una y otra vez 6e atribuye, Colón ha­bía estado en la mar desde 1^61, 6 sea veintitrés años antes de 1484, y estaba navegando desde 1^61 ó 1^60, o sea cuarenta años largos antes do 1501. Y admitido el error del copista, aun estará también de acuerdo con las anteriores afirmaciones la que hizo D. Fernando Colón con referencia á otro escrito de sn padre (1), á saber: que había empezado á navegar á los catorce años de edad, es decir, en 1460.

En resumen, Colón nació cuando él lo dice, vein­tiocho años antes de su venida á España, ó treinta y ocho años antes, si así lo dijo, pero hubo error de copia en el documento tantas veces citado.

Colón fué marino y empezó su vida de hombre de mar cuando él lo dice, desde muy pequeña edad; veintitrés años antes de su venida á España, ó sea hacia 1460 ó 1461; cuarenta años ya cumplidos an­tes d© 1501, es decir, hacia 1460 ó 1461, cuando muy pequeño, niño aún, si nació hacia 1456, ó. ya entrado en la adolescencia, si nació hacia .1446* debía acompañar en sus navegaciones ó en otras faenas del mar á los mayores de la desconocida fa­milia á que perteneció. „

Colón aportó á Portugal cuando él lo dice, hacia 1476, ó sea catorce años antes de dar por ter­minadas sus gestiones para convencer al monarca lusitano.

 

(1) En el capítulo IV de la Historia del Almirante, etcétera.

Colón vino á España para entrar al servicio de sus Reyes cuando él lo dice; esto es, en 1483-1485.

Colón murió cuando tenía cincuenta y uno ó sesenta y un años de edad, achacoso, envejecido, con todo el aspecto del hombre que ha llegado á los setenta años. Por esto, los contemporáneos que ha­blan de la edad de Colón le suponen más viejo de lo que era.

Cristóbal Colón, por último, el hombre que es­cribió la carta de 7 de Julio de 1503 y las demás que de él se conocen, no puede ser el Cristóforo Columbo, lanero j humilde menestral de Gónova. Entre todos los escritos de Colón hay siempre rela­tiva conformidad, aun admitiendo distintas inter­pretaciones. No la hay de ningún modo, tómense los documentos que se tomen, háganse las interpre­taciones que se hagan, entre los escritos de don Cristóbal Colón y las citas y escrituras de Génova y Savona referentes á Cristóforo Columbo,

El Colón de los documentos españoles no es el Columbo de los documentos italianos.

Para que Cristóbal Colón, el navegante desde la más pequeña edad por todos los mares conocidos *n 6u tiempo, pudiera ser el sedentario artesano é industrial de la familia Columbo – Fontanarubea de Génova, habría que rasgar todos los papeles escri­tos por el primer Almirante de las Indias, y supo­ner en éste, con el propósito de ocultar su origen, tal previsión de lo porvenir, que se pasó la vida calculando qué era lo que debía consignar acerca dé sus primeros años para anticiparse á desmentir’ lo que resultase de documentos que siglo tras siglo fueran apareciendo en los protocolos notariales de Génova y Savona.

APÉNDICE

Como se ha visto, en el estudio que precede nada se afirma, de modo concreto y preciso, res­pecto á la cuna ó patria de D. Cristóbal Colón. Mi propósito ha sido demostrar que, según todos los escritos que de aquél conocemos, no pudo ser el Cristóforo Columbo con quien se le viene identi­ficando.

Mas aun no siéndolo, pudo pertenecer á familia genovesa, haber nacido en la Ciudad de Génova y haber salido de ella, como se lee en la institución de mayorazgo y mandatos que hizo á su hijo don Diego ó á la persona que heredase el mayorazgo. Todo ello, repito, pudo ser ó suceder. P; ro ¿fue?

So  pena de afirmar que D. Cristóbal mintió ó que es apócrifo el documento citado, la rotunda declaración que aquél hizo parece que obliga á re­conocer que fue genovés. Pero genovés nacido en la ciudad de Génova. No cabe, pues, hablar de Saona, de Cogoleto, de Albisola ó de cualquier otro lugar, dependiente ó no de Génova, como cuna del descubridor de América. Si hubo alguien ó algunos que oyeron decir que era de Saona ó de cualquier otro punto, oyeron mal, ó si oyeron bien, aquel á quien oyeron faltó á la verdad. El mismo Colón lo desmiente.

En el documento á que me refiero, se añade : «y de familia cuyo apellido era y había sido siempre de Colón, y que el heredero del mayorazgo ((había de ser hombre de mi linaje verdadero que se hubiese llamado y llamaran él y sus antecesores de Colón.

Luego ante la afirmación, muy rotunda tam­bién, que hace D. Cristóbal de tener él y su familia y todos los de su linaje verdadero el apellido Co­lón, preciso es reconocer que el descubridor de América, nacido en la ciudad de Génova, se llamó en ésta como se habían llamado sus antecesores, Colón y no Columbo ó Colombo, á no ser que S3 admita, como se hace generalmente, la identidad entre las voces Colón y Colombo.

Si se admite, como el Colombo ó Columbo de las actas notariales de Génova y Saona no puede ser, según se ha demostrado, el descubridor de América, hay que dar con otros Colombos que puedan conside­rarse como los antecesores del primer Almirante de las Indias. Y ciertamente, habría donde elegirle parientes y linajes; sólo del siglo xv cita Harrise 124 individuos de ese apellido en el Genovesado, algunos nautas y aun algún pirata, Vicenzo Co­lombo, á quien ahorcaron en Génova el 18 de Di­ciembre de 1492. (Harrise, tomo II, Apéndice F.: en la lista de Colombos aparecen 12 Bartolomés y 6 Giácomos ó Diegos). Pero bien sabido es que na­die ha podido probar el parentesco de nuestro Co­lón con ninguno de los numerosos Colombos que vi­vían en Italia en el siglo xvi.

Si no se admite la tal identidad, hay que buscar el verdadero linaje de los que siempre se habían llamado, de apellido, Colón. No hay ó no se han encontrado Colones en Italia.

De modo, pues, que no han existido ó no son conocidos en Génova linajes ó familias de Colones 6 Colombos á que hubiera podido pertenecer el que en España se llamó Cristóbal Colón.

De aquí—aparte otras razones—las dudas que ha habido y hay acerca del origen del gran navegante.

Reflejo de estas dudas son los párrafos de otro escrito mío (Cristóbal Colón y la Fiesta de la Ra­za; Junio de 1918). En ellos, al hablar de la magna empresa que realizaron navegantes españoles, dirígidos por Cristóbal Colón y los Pinzones, recor­daba yo que todo en aquélla fué español, pues hasta el mismo Colón que como extranjero se había pre­sentado en Castilla, como natural de estos Reinos se consideraba, hasta tal punto que, aparte el latín que empleó en algunas ocasiones, en castellano ha­bló y escribió siempre. Con razón un ilustre ora­dor colombiano, Antonio Gómez Restrepo, decía en la Fiesta de la Raza, en 1917, en Bogotá, que el castellano fué el idioma que usó Colón «aun en aquellos escritos d© tal manera íntimos y persona­les que sólo se redactan en la lengua que se ha aprendido á hablar desde la cuna. Fn castellano consignó los incidentes de sus portentosos viajes, en forma de diario; en castellano están sus cartas; en castellano fué escrito el libro extraño de las Profecía-s, que nos revela hasta dónde alcanzaba la exaltación de su espíritu de iluminado en aquel hom­bre de sentido tan práctico y tan positivo. No em­pleó Colón en los momentos decisivos de su existen­cia el idioma del Dante, que ya por entonces había llegado á su perfección clásica, sino la lengua vi­gorosa, enérgica, ruda todavía, pero próxima á los esplendores de la Edad de oro, de la cual había de decir Carlos V, poco después, que era el idioma más apropiado para hablar con Dios».

Se ha dicho que D. Cristóbal Colón escribía mal el castellano, aduciendo esta circunstancia como una prueba de que era lo que él decía ser, extranjero. Lo escribía, sin embargo, mucho mejor que gran número de castellanos contemporáneos suyos y posteriores, que nada tenían de extranje­ros. Léanse, por ejemplo, algunas Memorias de nuestros Virreyes en América y multitud de docu­mentos oficiales y cartas particulares, y crónicas y descripciones geográficas de los siglos xvi y xvii.

Pero no hay dificultad en admitir que las inco­rrecciones de lenguaje que ¡en los funcionarios pú­blicos y otros escritores de la época se debían á su es­casa cultura literaria, en Colón procedían de esto mismo y de haber hablado antes otros idiomas: el portugués en los años inmediatamente anterio­res á la época en que vino á Castilla; en su juventud ó en su infancia, el italiano, ó acaso la jerga que solían hablar los marinos del Mediterráneo en el siglo xv. Navegó, como él dijo, ((desde muy pe­queña edad», viviendo, pues, entre gente de mar, tosca, y de humilde condición, y habló el idioma que hablasen y como lo hablasen las personas con quie­nes navegaba.

Si  nació en Genova y con italianos convivió en sus primeros años, dialecto italiano debió hablar. Sin embargo, á juzgar por algunas notas margina­les escritas en códices que poseía y han llegado hasta nosotros, y en las que se leen palabras y fra­ses de dicha lengua, debió haber hablado en ella muy poco y muy mal. Conocía este idioma mucho menos que el portugués y el castellano, idiomas de países en los que, como sabemos, pasó casi toda su vida, cuando no estaba en el mar.

En los textos latinos de Colón adviértese con toda, claridad la influencia del castellano y el por­tugués, circunstancia que hizo notar el Sr. César de Lollis (1), uno de los autores de la Raccolta Co­lombiana. Claro es que ni Lollis ni los demás crí­ticos italianos deducen de aquí que Colón hubiera sido español ó portugués; pero sí que aprendió el latín en Portugal ó en Castilla, es decir, cuando ya hablaba corrientemente los idiomas de estos Rei nos. No puede decirse lo mismo del idioma italia­no. Lo desconocía ó lo había olvidado, hasta tal punto que no lo empleó ni en cartas dirigidas al Papa y á la Señoría de Génova (1).

(1)   «On peut meme ajouter que le latin de Colomb sent de trop prés l’influence de l’espagnol (on du porlu- gaia) pour ne pas donner lieu au soupgon que ce fut dans la peninsule ibérique qu’il aborda pour la premiére fois le langue de Cicerón: ainsi, par exeraple, au nominatif pluriel des substantifs il donne pres que toujours la dési- nonco espagnole as ou os». («¿Qui a découvert rAmóri- que?—Christophe Colomb et Paolo Toscanelli».—Revue des Itevues, 15 Enero 1898, páginas 146-159).

Una vez más se demuestra, pues, que si Colón salió de Génova, debió salir, como él dijo, en muy pequeña edad. No era el pelaire de Génova que des­pués de los diez y nueve años estaba en dicha ciu­dad y hablaba y declaraba en italiano (2).

*

* *

La cuestión de los apellidos Colón y Colombo merece algunas consideraciones. En España se ha dicho siempre Colón. Fuera de España se dice Colombo y Colomb. Aun entre nosotros, al latinizar, se ha optado por la forma Columbus, y también hemos admitido los adjetivos Colombino y Colom­biano.

(1)   El mismo Lollis, en el artículo antes citado, ad­vierto como circunstancia muy digna de interés, que Cris­tóbal Colón volvió á su lengua nativa, el italiano, en los últimos años de su vida, cuando empezaba ya á dudar de la gratitud española. Pero tiene que reconocer y declarar que todo el italiano de los últimos años de Colón queda reducido á dos breves notas, una intercalada en el Libro de las Profecías, y otra marginal puesta en el ejemplar de una edición de Plinio. Se trata do las notas que estu­dió D. Simón de la Rosa, entre ellas la que, como so dice en la nota siguiente, ha servido al Sr. Calzada para demostrar que Colón no sabía escribir en italiano.

(2)   D. Rafael Calzada en su reciente obra La, Patria de Colón examina, critica y reproduce en facsímil un c autógrafo de Colón demostrativo de que éste no era italiano». Se trata del autógrafo que D. Simón de la Rosa consideró como uno de los más indubitados del Al­mirante y que empieza : « del ambra es cierto nascere», mezcla de palabras castellanas, italianas y latinas que según el Sr. Calzada usó Colón para dar color de verdad á su simulación de extranjería.

Se ha supuesto que el Colombo italiano, pa­sando por las formas Colomo y Colom, llegó á ser Colón en Castilla y en toda España; donde, sin embargo, á fines del siglo xv y antes había ya Colones que nada tenían de italianos y que se citan en documentos de Castilla, de Aragón, de Galicia, etcétera.

Ya sabemos que, según D. Cristóbal, el apellido verdadero suyo y de su linaje y familia y de sus antecesores era Colón. Dada la identidad que se ha venido admitiendo entre Colón y Colombo, se supone que el fundador del mayorazgo debió creer que aunque escribiese Colón, todo el mundo enten­dería Colombo, y que entre los Colombos oriundos de Génova se buscaría al individuo cuyo verdadero apellido fuese Colón!

La cosa es tan rara, es tan peregrina esta ma­nera de discurrir, que hace dudar si tienen <5 no razón los que sospechan que mintió el Almirante cuando dijo que era de Génova. Acaso por no sa­ber que había en esta ciudad individuos apellida­dos Colombo ó por no haberle asaltado el temor de que los Colombos pudieran convertirse en Colones y en parientes suyos, se hizo pasar por genovés. Lo que sí parece evidente es que Colón no tenía la me­nor noticia de la existencia de los Colombos-Fontanarubea de Génova. En efecto, si se propuso ocul­tar su origen, resulta «bien extraño que el único do­cumento en que dijo que era de Génova sea la Ins­titución de .Mayorazgo, precisamente la institu­ción que sirve para perpetuar la nobleza, por él adquirida, en sus hijos y sucesores. Admitido aquel propósito, ¿es lógico que Colón abra camino para investigar su humilde origen, dando el nombre de la ciudad donde nació y de donde salió y, por con­siguiente, si los Colones eran los Colombos laneros, dando facilidades para descubrir á su familia, de modo que pudiera saberse que los Colones, los Al­mirantes de las Indias, los Duques de Veragua, descendían de pelaires, sastres, hormeros, etc., et­cétera? Lo lógico sería suponer que Colón nació en cualquier parte del mundo, menos en Génova. El ideal de Colón debió ser que nadie pudiera pa­sar en la historia de su familia más allá del fun­dador del Mayorazgo, es decir, de él mismo. Y, ciertamente, lo ha conseguido. Kan transcurrido más de cuatro siglos, y aun se sigue discutiendo acerca de su patria y familia.

Mas dejando aparte suposiciones, el hecho in­dudable es que nunca en documentos oficiales, en Reales Cédulas, provisiones, títulos, asientos, me­moriales y cartas relativos al Almirante D. Cristó­bal Colón (1), aparece el apellido Colombo, ni se alude en ningún escrito del Almirante á la familia que dieron como suya los analistas ó historiadores genoveses.

Según hic© notar en el artículo antes citado, Colón se presentó en ‘Andalucía como extranjero que había pasado casi toda su vida en el mar desde muy temprana edad, sin referirse nunca á su pa­tria y familia; era un desconocido que no ss decía español, pero que usaba un apellido bastante co­mún en España. Colomo, Colom y Colón se apelli­daba cuando pidió y obtuvo, de 1487 á 1492, los auxilios pecuniarios que de orden de los Reyes le entregaban los tesoreros ó contadores, y Colom y Colón se le apellidaba en el finiquito de las Cuen­tas de Santángel y Pinelo; Colomo escribe el Du­que de Medinaceli en carta de 19 de Marzo de 1493 dirigida al Gran Cardenal de España; Colón le llama en su carta el Rey de Portugal; Colón se le llama en las Capitulaciones de Granada, que re­frendó un español casi de su mismo apellidos Juan de Coloma,, y aun este apellido, Coloma, es el que le da Aníbal Januarius al noticiar la llegada, á Lis­boa de «uno que ha descubierto ciertas islas»; Co­lón se apellida él mismo en el preámbulo del Diario de á bordo; Colom se lee al pie de la postdata de las cartas que escribió á Luis de Santángel y á Rafael Sánchez al regresar d© su primer viaje; Colón y no Colombo es el dilecto hijo de que habla Alejandro VI en su Bula de 1493 ; por último, Co­lón so apellidaban los de su linaje, según declara en la institución de mayorazgo, en ese documento que debió escribir con la vista puesta en el país de los Colimbos, en la República de Génova, su «amantísima patria» según el codicilo militar apócrifo de 1506, én la ciudad de Génova, ((de donde salió y en donde nació» según la citada institución de ma­yorazgo. Y sin embargo, tan españolizado ó caste­llanizado estaba el Almirante que, suponiendo que fuera de la familia ¿e aquellos Colombos, no recor­daba ó no tuvo en cuenta, aun tratándose de acto en que tanta trascendencia tiene el apellido, que en Génova los d© su linaje se llamaban Colombos y no Colones.

(1) Bibliografía colombina: enumeración de libros y documentos concernientes á Cristóbal Colón y sus viajes. Obra que publicó la Real Academia de la Historia por encargo de la Junta Directiva del IV Centenario del Descubrimiento de América.—Madrid* 1892.

¿Que Colombo, por una parte, y Colón, Colom ó Colomo, por otra, son un mismo apellido? ¿Que los Colombos italianos se llamaban Colones en Es­paña y los Colones ó Colomos españoles eran Co­lombos en Italia?

Puede ser ó no ser. Pero lo indudable es que Cristóbal Colón s:empre, hasta el último momento de su vida, quiso llamarse Colón, á la española, y no Colombo, á la italiana. Siempre desdeñó á Ita­lia. Ni un solo nombre de lugar de este país, ni • uno solo que recordara á personas ó cosas de Co­lombos de Génova, aparecen en las tierras que des­cubrió (1). Todo es hispano (castellano, portugués, gallego)’.

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(1) Hay un nombre entre esas tierras que parece ita­liano. Es la Saona, isleta situada cerca de la extremidad S.E. de la isla Española. Se ha pretendido que se le dió tal nombre en memoria de la Savona de Italia; pero no hay fundamento para tal pretensión. Sin aludir á aquélla, habla Colón, en una nota del libro de las Pro­fecías, de la isla Saona: «el año de 1494, estando yo en la ysla saona que es al cabo oriental de la isla española, obo eclipsis de la luna a 14 de setiembre y se falló que había diferencia de allí al cabo de S. Vicente en Portu­gal cinco oras y más de media». La mención de este eclipse la repite Colón en la carta que escribió á S. S. en Febrero de 1502, aunque sin nombrar á Saona. Esta voz parece ser indígena; por aquella parte de la isla Espa­ñola los indios llamaban al oro caona, que con cedilla suena caona, saona. «Caona llamaban al oro en la ma­yor parte de la isla Española». (Fernández de Nava­rrete, tomo I, página 134).

 

Las consideraciones que preceden pudieran su­gerir la idea de que Cristóbal Colón fue español u oriundo de tierras hispanas. Para creerlo así hay, en efecto, muchos indicios; pero no bastan. Hacen falta pruebas muy fehacientes para negar la cua­lidad d© extranjero á quien como tal se calificaba él mismo hasta en sus últimos años, en aquella Carta rarísima de 1503…….. «quien creerá que un pobre estrangero se oviese de alzar en tal lugar contra V. A » (1).

Pero repito que siempre procedió como español, y como si fuera natural de España lo consideraban los Reyes que, en Abril de 1497, al darle fa­cultad para fundar uno ó más mayorazgos, razonaban la merced, entre otros motivos, en que es propia cosa de Reyes y Príncipes «honrar e subli­mar á sus súbditos y naturales».

(1) Si, como algunos han supuesto, fué portugués, pudo, sin faltar á la verdad, calificarse de extranjero en los Reinos de Castilla y Aragón.

El Castillo del Marqués de Mos en Sotomayor. Por la Marquesa de Ayerbe

EL CASTILLO

DEL

MARQUES DE MOS

EN SOTOMAYOR

 

No son estas páginas las primeras que se escriben soblre la fortaleza de Sotomayor y la ilustre familia de ese nombre. Pedro Jerónimo y Vasco de Aponte, Argote de Molina, el Doctor Pallaés y Gayoso en su libro Argos divina Sancta María de los ojos grandes (r), se ocupan de su genealogía y de las hazañas» de sus principales personajes. En 1550 el licenciado Molina, en una reseña de la nobleza gallega y de las casas fuertes existentes en Galicia (r), coloca a la de Sotomayor en el lugar que le corresponde en el orden alfabético empleado por el autor para no ofender a ninguno de los poseedores por cuestión de precedencia.

En los tiempos modernos D. Fernando Fulgosio, que tanto se ocupó del feudalismo en Galicia; la Sociedad .Arqueológica de Ponte­vedra; López Otero en su obra sobre dicha provincia, y numerosos periódicos y revistas ■se han ocupado, unos del linaje, otros del Castillo de Sotomayor.

Pero si los genealogistas han tratado del linaje, y los autores modernos, deslumbrados por la maravillosa situación de la fortaleza y del soberbio paisaje en que.se halla enclava­da, no han descrito más que su belleza artís­tica, nadie ha atendido á la eterna pregunta de cuantos la visitan: ¿Porqué el Castillo de Sotomayor se llama hoy Castillo de Mos?

(i) Descripción del Reino de Galicia y de Jas cosas notables del, con las Armas y Blasones de los Linages de Galicia, de dor.dj proceden señaladas casas en Castilla.—Dirigido al Mui Ilustre señor Ma- rischal de Navarra.—Compuesto por el Licenciado Molina, natural de Málaga, 135’^- Con privilegio Real.

Nacida en el Castillo mismo, habiendo cre­cido bajo los frondosos castaños de su parque, bautizada y casada en su capilla, y amante, como gallega de mi terrina, me he interesa­do siempre muchísimo por todo cuanto á aque­llos vetustos muros se refiere, y más de una vez acudió á mi mente la idea de dedicar los ocios del verano, que paso siempre en Sotomayor, á recopilar documentos y restablecer la ignorada historia de la fortaleza que sigue dominando al valle, si no ya por la fuerza del poder feudal, por la posición singularmente extraordinaria que sus creadores dieron á esta señorial mansión.

Pero aquí de mi apuro: los documentos fal­taban en absoluto. Cuando la invasión fran­cesa, el ejército del general Soult, al incen­diar el palacio de Santa Eulalia de Mos, des­truyó el archivo; y aunque los documentos publicados por la Sociedad Arqueológica de Pontevedra me daban cierta luz sobre algu­nos señores de Sotomayor, quedaban puntos importantísimos que esclarecer y, sobre todo, que justificar.’

Dice Taine en su curiosísima obra Los Pi­rineos, que cuando Froissart quería distraer al Conde de Foix, montaba á caballo y lo diri­gía por el monte, hasta que la casualidad ó su buena estrella le hacían encontrar algún sol­dado que regresaba á sus hogares. El cami­nante era inmediatamente interrogado, y su relato más ó menos fantástico, después de ha­ber servido de solaz al buen Gastón, pasaba á enriquecer las notas que sirvieron á Froissart para escribir la crónica de aquella época. Sin pensar, ni mucho menos, en compararme con el ilustre cronista, puedo decir que no me hu­bieran faltado medios de documentarme en forma semejante. Bastaba con bajar al valle: no hay choza, por miserable que sea, en que la historia de los señores de Sotomayor no sirva de terna obligado en todas las veladas; trasmitida de padres á hijos, todos saben la historia de D. Pedro, llamado d Bueno, en quien se extinguió la rama legítima; pero el preferido es, sin duda alguna, Madruga, y las viejas hilanderas, reunidas en tomo del hogar durante las largas veladas del invierno, siguen, como hace doscientos años, refiriendo á hijos y nietos cómo Madruga fue rey de Galicia (?), sus contiendas con el Obispo de Tuy, el Con­de de Ribadavia, y el Arzobispo de Santiago, las virtudes que adornaban á su hijo Alvaro y el horrible parricidio de su nieto.

■      Pero siempre he desconfiado de la leyenda que falsea y compromete la historia; así es que recordando el litigio que tantos años sos­tuvo la casa de Mos con la ducal de Solomayor, se me ocurrió que sus representantes ac­tuales podrían facilitar mi tarea. En efecto, á la amabilidad y galantería del Duque de la Roca debo la mayor parte de ¡os documentos que son á modo de norma de esta reseña; ellos me han permitido, sirviéndome de guía,  consultar á Aponte y Argote de Molina. He procurado en todo ajustarme á la verdad, y si los hechos de que trato son á veces de ín­dole poco lisonjera para la historia de la fa­milia, á la época en que vivieron sus perso­najes , á la rudeza de sus costumbres, hay que achacar, la culpa de sucesos que !a mo­derna civilización ha hecho desaparecer casi por completo de las clases elevadas de la sociedad.

 

CAPITULO I ‘ m,

Desdf. el ok.ige:í de la casa HASTA PAYO DE SO TOMA ‘/OR

Origen de la casa.—ios Saavedras.

El Obispo StfZ’anáo.—Pairo Segiüno.— i;

Lo que dice Aponte.—Lo que dice Argotc ^ de Molina.—Estado de ia. Península.— i La Historia de España escrita por -moros ¡J y judíos.—Rcnacimien io.—Payo So toma – i yor.—Suero Gómez, el Mariscal.— Las j¡ ruinas de Santo Do;;tingo en Pontevedra.

La casa de Sotomayorfundadora de ilus­tres familias en España y Portugal.


Prescindiendo de un entronque fabuloso con el Emperador Calígula, la cuna de la familia de Solomayor parece basarse en este hecho que refie­ren todas las crónicas y genealogías con ligeras variantes.

Sorred Fernández, hijo de Ferrán Saavedra, hallándose de caza con Léxica, hijo de Favila, Duque de Cantabria, tuvo la desgracia de herirlo mortalmente, y temiendo el casti­go del triste, aunque involuntario suceso, se presentó al rey godo Witiza, y declarando este desdichado acontecimiento le entregó su espada, suplicando le dieran con ella la muer­te. El Rey le otorgó su perdón, y reconocida su inocencia, de acuerdo con él padre de la víctima io casaron con Teresa, hermana de éste, ordenándole que en memoria de tan san­griento suceso obteníase luto eterno en sus armas. Eran éstas las mismas de los reyes suevos, de quien descendía Arias Saavedra, y consistían en jaquelado de oro y rojo sobre campo de plata, llevando’ en medio unas fajas ó bandas doradas, que aun hoy día llevan los Saavedras, y que trocó Sorred Ferrández en negro, como se ve en el escudo de la casa de Sotomavor. Así refiere el origen de la casa, Servando, Obispo de Orense, confesor que fué del rey D. Rodrigo, con quien se halló en la batalla de Guadalete (r); más adelante los cronistas confunden á Favila, Duque de Can­tabria y padre de Pelayo, con Favila, Rey de Asturias (ó de Galicia, como dicen los gallegos); pero es ele suponer que el que estuvie­ra en lo firme fuera el obispo Servando, que trata de Sorred Ferrández y de su hijo San­cho. Habiendo visto Servando los reinados de Witiza, Rodrigo y Pélayo, relata ios sucesos con la veracidad de un contemporáneo, y no parece que pudiera ya narrar lo que ocurría en tiempo de Favila, Rey, nieto del Duque del mismo nombre. Aunque Pellicer tiene por apócrifos á los Duques de Cantabria, así los llama Servando y su traductor y comentador Pedro Seguino, y nos atendremos á lo que dice este autor, que es, si no el más autoriza­do, por lo menos el más antiguo de ios que tratan de este asunto.

Si en vez de una monoíjraiía me ocupara en un trabajo histórico de mayor importancia, sería más extensa sobre el empeño de los au­tores gallegos de llamar reyes de Galicia á los sucesores de Pelayo (i), así como de procla-

(i) En eí Con:pendió de los Anales de Galicia. (V asco de Aponte, R. Academia de la Historia), capí­tulo X, año de 73/: ‘¿Tránsito del Santo Rey de Ga­licia D. Pelayo, primer restaurador de España ó conservador de la antigua nación españolas. Capítu-

 

mar que Pélayo era gallego, sin que se pueda probar acerca de esto más que el haber pasa­do ocho años de su vida en la ciudad de Tu}r.

En ios Anales de Galicia figuran Peíayo y sus sucesores como soberanos de este Reino, y de su antigüedad da fe, el llamarlos San Pe- layo y San Alonso, pues es sabido que hasta el siglo xiii no se usó el tratamiento de Dom,

o                                                                                           *

derivado de Don: i ñus, como Sa?i era derivado de Sanctus, quedando desde esta época el tí­tulo de Dom para los personajes y el de San para los santos. Pero el traductor no debía es­tar al corriente de esta particularidad, y al tra­ducir los Anales conviene Sanctus en Santísi­mo y le añade á Peíayo el Dom que jamás tuvo.

Pedro Seguino, traductor de Servando y también obispo de Orense, confesor de Fer­nando II de León, continúa la obra de su an-

lo XI. Año de 739. «Elección del Catholico Rey Don Alonso y es el primero de este nombre el Rey de Galicia. Y se declara que en Galicia no entraron á gobernar Rey ni Señor alg° ni Gente de Asturias ni de Cantabria, sino que la Nación Gallega se conserbó por sí con sus Reyes sin ayuda de otra Nación y que por sí mismos alcanzaron las Victorias que se irán refiriendo, y es ignorancia buigar decir otra cosa.} tecesor, siendo copiada y comentada al mar­gen la de ambos por Vasco de Aponte.

Pedro Jerónimo de Aponte (i) refuta esta levenda de las fajas negras, fundándose en que el primero que usó el apellido de Sotomayor fué Pax Méndez Sorrede, que pobló su Soto llamándole el Mayor, y que viviendo este ca­ballero en tiempo de los reyes D. Alonso VII y D. Fernando II de León/no tuvieron éstos ningún hijo á quien aconteciese tal suceso, atribuyendo las tres fajas de sabré á que, se­gún las reglas de la heráldica, no puede haber metal sobre metal, .razón por la cual pusieron las fajas negras.

Lo mismo supone Argote de Molina, y am­bos sostienen que no hay crónica que tal de­clare, prescindiendo, por lo visto, de la del obispo Servando ó suponiéndola apócrifa Ar­gote de Molina cita, sin embargo, los versos populares aun hoy día en Galicia, que dicen así (2):

(i) Libro ¿i hs Linajes de Espciüx, tomo x:cc:v, folio 412. A. de la I-I.

(-) Argote de Molina (Gonzalo): Noblíza: ds An- daluc’.a, fot, 137 vto., libro ti, cap. iv.

 

«Veremos dos casas que están ermanadas,

Que son Saavedra con Sotomayor;

Ouel uno, a! infante del Reyno el menor,

Por grande desastre dio fin á sus hadas;

Mas luego sus culpas le son perdonadas Por hecho animoso y en partes astuto,

Por donde sus vandas se tornan en luto, Quedando al erma.no las otras doradas.»

pero demuestra la misma desconfianza que Aponte en cuanto á este suceso se refiera.

Lo que se deduce, y parece que puede ser verdad, es que Pax Méndez Sorrede fué el fundador de la fortaleza, por más que la torre de homenaje y la muralla interior, son quizás anteriores, por su forma grosera y tosca y los sillares que, como en otras fábricas de cons­trucción céltica, no están unidos por ningún cemento y parecen acusar la más remota an­tigüedad.

Respecto á io que dicen. Argote de Molina y Aponte, de que los viróles ó fajas negras se pusieron en vez de las doradas, por no poder haber metal sobre metal según Tas re­glas de heráldica, diré que.no tengo gran con­fianza de como andaba la heráldica en aque-

’ CAPÍTULO I        33

líos tiempos en Europa, y menos en España.

La única casa soberana qué observaba con toda escrupulosidad sus reglas era la de Bor- gona: v lo que decía Toiso/i dor, su rey de armas, acatado como artículo de fe. Felipe ¿l Hermoso y Carlos V le conocían admirable­mente, y al venir la casa de Austria y Borgo- ña á ocupar eí solio de España, se reformó la heráldica y se refrenaron los abusos.

Que nada se sepa de los Saavedra y Soto- mayor desde el legendario suceso de su ori­gen hasta Pax Méndez Sorrede, que según el cronista se halló en el cerco y conquista de Sevilla, nada tiene de particular. Hasta el si­glo xii son los moros los que escriben la His­toria de España, y la escriben á su mcdo, de­jándose llevar por su fantasía y trocando los nombres según su pronunciación y las letras de que se compone su alfabeto. Y ¿qué tiene de extraño que los moros escriban la Histo­ria, cuando en tiempo de D. Pedro es un ju­dío, Rabí Pom Sem Tob (i), quien escribe la

(i)        Ver lo que dice sobre este particular Ama­dor de los Ríos en su libro Ensayo sobre los judíos

Doctrina cristiana? Y de la ignorancia de ios cristianos es prueba patente el llevar el Santí­simo rey Fernando, el conquistador de Cór­doba y Sevilla-, bordados en sus ropajes ver­sículos del Corán (i).

Los artistas, los cirujanos y los médicos, son árabes ó judíos, como si solo los pueblos de origen oriental pudieran ejercer la benéfica influencia de una civilización importada de Oriente. Su cultura» es inmensa, y por su cul­tura se imponen á los cristianos” que en las épocas de paz Sos atraen para servirse de su sabiduría y aprovechar sus enseñanzas. ¡Y qué sabiduría la de aquel pueblo! La numeración decimal, !a -Medicina, el Algebra, y, como dice Macias Picavea (2), hasta el confort doméstico y la buena educación..

en España, y Lafuente en su                             del reinado de

D. Pedro I de Castilla.

(L) En el Museo de Cluny hay unos ropajes per­tenecientes á un obispo de Bayona, con caracteres arábigos á guisa de ornamentos, y en la capilla de Bcrberana se halla también enterrado un obispo de Pamplona, cuyas vestiduras ostentan máximas del Corán,

(2)       Macias Picavea: El problema nacional.


Entretanto los caballeros cristianos, vesti­dos con groseros sayales, viven toscamente en sus villorrios y castillos (i); y así como los trancos y germanos, impulsados por las santas predicaciones de monjes y ermitaños, que de este modo alejan de sus conventos las hor­das indisciplinadas y sedientas de ricos despo­jos, tienen que atravesar tierras y mares para combatir al Islam en una tierra ingrata, los nuestros tenían al enemigo en casa; y cuando las contiendas intestinas, las eternas cuestio-

(l) cEn ce temps-li dit la chronique g-énérale de l’Espagne, Íes rois, comtes, nobles, et tous Ies cheva- liers, afin d’étre préts á. toiite heure, tenaient leurs chevaux dans Ja salle oii iís coucbaient avec íeurs remmesa. Le vicornte dans la tour qui défend l’en- trée de la vallée ou le passagedu gué, le marquís jeté en enfant perdu sor ía frontiere – brúlée, sommeille la main sur son arme, comme le lieutenant améri- cain dans un bloc hoiíse du Far West, au milieu des Sioux. Sa maison n’est qu’un camp et un refuge; on a mis de la paille et des tas de feuilles sur le pavé de Ja grande salle, c’esi li qu’il couche avec ses cava- liers quand il a la chance de dormir. Les meurtriéres laissent á peiné entrer le jour, c’est qu’il s’agit avant tout de ne pas recevoir des fleches.:»

Taine: Les Origines de la Franee tontanporaiue, L’anden reghr.e. La siructure de la Sacié te.

nes de límites y las guerras entre príncipes cristianos dejaban un instante de reposo, era éste inmediatar.’ ,:te aprovechado para hosti­gar al musulmán. Aun en ocasiones en que los Reyes de Castilla y de León tenían pactada tregua con los infieles, cualquier caballero inactivo ó hambriento, enamorado de una mo­ra, ó codicioso de los palacios encantados ador­nados por cristalinas fuentes y poblados por hermosas cautivas, que aún embellecía más la leyenda, provocaba continuas reyertas, que eran miradas con indiferencia por los sobe­ranos ó bastaban para ocasionar el rompi­miento ardientemente deseado por ellos.

Pero volviendo á Pax- Méndez Sorrede, diré que dejó fama de noble y esforzado ca­ballero; que tuvo de su matrimonio con Her- misenda Maldonado vari35 hijos, entre ellos Alvar Pcrez de Sotomayor, que casó con Tere­sa Pérez Ruideron (rj y Sancho, que murió en una batalla. Los más célebres entre sus su­cesores son: Alvar Pérez Sotomayor, Payo

(i)         Paez de Rodero, según Argote de Molina, Ra- deiro sesfún los autores ^alleíos.

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Sorrede de Sotomayor, que murió en las gue­rras contratos moros, D. Juan, Obispo de Tuy, y Hernán Añes de Sotomayor. Este último, según consta en ¡a crónica del Rey Alonso XI, asisrió á la coronación de este monarca, acom­pañándole y distinguiéndose en las guerras contra los moros. Durante el reinado de Don Pedro I de Castilla, fué uno de los cien caba­lleros que se juntaron para conseguir dei Rey que hiciera vida marital con Doña Blanca.

En el reinado de Enrique III, cuando á fuer­za del continuo roce con ¡os moros empiezan á florecer las ciencias y las letras; cuando hay un cronista como Avala, y Se adelanta España con su cultura, teniendo su Renacimiento dos siglos antes que el de Italia; cuando da prue­ba de», progreso en que se halla, ocupándose de política exterior, aparece la noble figura de Payo de Soivmaysr, Embajador del Rey de Castilla á Timur-Lenk, más conocido por el nombre de Tamorlán. Payo Gómez de So­tomayor y Hernán Sánchez Paiazuelos, envia­dos por Enrique de Castilla, asisten ¿ la bata­lla que Tamorlán ganó sobre los turcos, «ba­talla en que pelearon de una parte y de otra

 

■dos. millones de hombres, y en que Bayaceto quedó vencido y prisionero, teniendo que su­frir mil escarnios y ultrajes encerrado en una jaula por el vencedor. Ei gran Tamorlán aga­sajó á los embajadores de Castilla con ricos presentes, y entre los que envió al rey Don Enrique fueron dos bellas cautivas que dicen eran de la casa de los reyes de Hungría, las cuales casaron después con los dos embaja­dores y fueron tronco de dos ilustres familias de Castilla (i).» Si Lafuente pone en duda que las dos cautivas fueran de sangre real, no eran tan escépticos sus contemporáneos, pues aún existe en las ruinas del convento de San­to Domingo, en Pontevedra, el sepulcro de D. Payo y de su esposa, en cuya inscripción figura ésta como Doña Juana, infanta de Hun­gría Í2), hallándose los escudos de la casa de Sotomayor unidos al de la Casa Real de Hun­gría repetidos varias veces en esta capilla. Di­cho sepulcro se halla en la capilla de Santo

(1)         Lafuente, parte 2.a, l;b. iti-

(2)          Aponte (Pedro Jerónimo) no habla de seme­jante enlace, y lo da por esposo de D.a Mayor de Mendoza.

.Tomás, posteriormente de San Andrés, fun­dada por el Mariscal D. Diego Aívarez de So- tomavor, y en ella se hallan también sus res­tos y los de su esposa.

Payo de Sotomayor fue Padre de Suero Gómez de Sotomayor, que según las crónicas’ sirvió al rey D. Juan de Castilla, alcanzando el título de Mariscal. Según el libro do Con­cello de Pontevedra, tomó á su cargo la de­fensa de esta villa ; 14.4.5) contra toda clase de enemigos.

Está también .sepultado en las ruinas de! convento de Santo Domingo, destacándose sobre su sepultura una hermosa estatua ya­cente, cuya armadura está maravillosamente labrada en la piedra, y se ve en ella un frag­mento de inscripción en hermosos caracteres de Tortis, que dice así:

«AQUÍ YACE EL MARISCAL SUEIRQ GOMEZ DE SOLITO MAIOR QUE FALLE3CEU…»

Estas ruinas del convento de Santo Domin­go están materialmente pobladas por recuer-

dos de la familia Sotomayor, que fundó la ca­pilla mayor, y después varios individuos de ella dejaron mandas para el sostenimiento del culto.

He prescindido de muchos Sotomavores que se distinguieron en los reinados de Alon­so XI, Pedro de Castilla y D. Dionís de Por­tugal. De uno de ellos, Garci Méndez, hablan los Anales de Aragón, pero fueron fundadores y troncos de nobles familias andaluzas, caste­llanas y portuguesas, y el tratar de ellos me apartaría completamente del objeto de esta obra (i).

(:) Ejemplo. Argote de Molina: NobLzadc Anda­lucía. Sucesión de D. ¿ancho Martínez de Xodar, Adelantado mayor de la frontera, Señor de las vi­llas de Xodar y Bedmar y el Carpió y relación del linaje y armas de Sotomayor.

Aponte: Casa de los Marqueses del Carpió y otros varios.

 

CAPÍTULO II

v X* S,‘ >.,l: ¡

 

 

 

 

 

 

 

 

Extinción dk la rama legítima.

Fernán Ydñez de Sotomayor.—Su i es­tamento otorgado en Vallado lid en 144.0. Doña Mayor de Sozsmayor.—Per Alva­res de Sotomayor, ei Bueno.—Sus disen­siones con el Conde Je Ribadavia.—Mue­re sin sucesión D. Alvaro.— Vuelven sus bienes á su tía Doña Mayor de Sotoma- yor.—Rasgo y testamenta de esta última. El bastardo D. Pedro es legitimado por los Reyes de Castilla y Portugal.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

dos de Sotomayor y de otras varias tierras, lu­gares, señoríos, mayorazgos y fortalezas, Her­nán Yáñez de Sotomayor, esposo de Doña Leonor Mexía.

Hallándose el Rey en Valladolid y Hernán Yáñez en esta misma villa, se sintió atacado de cierta dolencia grave, y creyendo ser próxima su muerte otorgó en ella ante Diego Alfonso de Jaén, notario apostólico y numerosos testi-

 

gos, un testamento por el cual instituyó por su único y universal heredero á D. Alvaro, su hijo legítimo habido en su mujer Doña Leonor Me- jía, que quedó por tutora durante la menor edad de su hijo y mientras 710 se casara y guar­dare castidad. Si este su hijo viniera á fallecer sin sucesión, manda Hernán Yáñez que vuel­van sus tierras á su hermana Doña Mayor, mujer de Ruy Sánchez de Moscoso, y caso de que este falleciese también sin sucesión legiti­ma, que pasase á ser heredero de dichos bie­nes su primo Lope Sánchez de Ulloa, con la condición de tomar el apellido y armas de So­tomayor.

En este mismo testamento, y además de nu­merosísimas mandas á sus pajes y .escuderos, declara tener un hijo natural llamado Pedro, y ordena se le dé cuanto necesite para criar­se y educarse, dedicándole á la carrera ecle­siástica. Del espíritu caballeroso de Hernán Yáñez da idea la forma en que se expresa con respecto á este hijo.

eltem mando á Pedro de Sotomayor mi fixo bastardo que lo obe de una muger que sabe bien su nombre, y quien ella es, A l/on García Dar dan


mi Escudero, y ci dicho Rodrigo de Deza, mi So­brino, que le den ni dicho mi fixo vas tardo todas las cosas qu¿ menester cbiera para se criar y con ,,u¿ deprenda en esladio porque es mi voluntad que sea fecho y se faga d bien y vista de Fray Es­teban de Soutelo maestro en Santa Teolosia y del dicho Alfon García Dardan.—Item mando q:ie den á la madre de dicho Pedro mifixo vas tardo por el cargo que di ella tengo doscientos florines de oro y de la dicha Ley y Cuño de Aragón.-,

De cómo se cumplió el testamento de Her­nán Yáñez y de lo que acaeció con su hijo bastardo, daré cuenta en e! lugar que corres­ponda.

Se ignora cuándo murió Hernán Yáñez, y de su vida se sabe que teniendo pendiente una cuestión de intereses con el Obispo de Orense, Pedro Díaz de Cadorna (i), se lo llevó preso á la fortaleza de Sotomayor, donde lo tuvo detenido corto tiempo. Como todos los Sotomayor, que según un cronista eran vüiy ofzdos, tuvo innumerables pendencias, pero dejó fama de ser muy buen caballero y de

(i) Cadórm’ga ó Cardona.

jS                             el castillo I•>K MOS

que en dichos y en hechos no era meaos que aquellos de quien descendía. Pasaba por te­ner casa de treinta de á caballo y unos mil hombres á su servicio entre vasallos y behe­trías (r). Falleció de viejo y sin ser nunc.a pre­so ni vencido.

De su hijo legítimo Alvaro Páez se dice que en su tiempo aumentó la casa de Sviaina- yor en prestigio y poderío, llegando á sobre­pujar á casi todas las demás del obispado de ■Tuy, sin que para sostener su lustre y esplen­dor dispusiese de mayores caudales que su pa­dre; aunque, como tenía en su poder la ciu­dad de Tuy, como también la tuvo aquel, to­maba parte de la renta del Obispo para sus­tentar á sus vasailos. Era muy querido Al­varo Páez, y todos los señores fronterizos le ayudaban á mantener el esplendor de su casa en competencia con la del Conde de Ribada- via, que era Adelantado de Galicia. Tuvo con este Conde una pendencia que relata Aponte en esta manera:

(i)         Vasco de Aponte: Casa de Sotomayor, fo­lio 163 vuelto.

«Este Alvaro Paez sobre puntos de mella­ría v el conde de Ribadavia y Santa Marta que tenia otras muchas tierras en Galicia y Casti­lla, levantaren question: decia el de Ribadavia que descendía de los Sarmientos que fueron grandes señores, y su muger la condesa (muy endiablada) que despues la mataron los sus vasallos a lanzadas por muchos males que ella les hacia; era muy presunriosa porque dicen que era de los Zuñiga. y por estas razones el conde de Ribadavia quería apremiar al Alvaro Paez, el qual también presumiendo que era de Sotomayor, casa muy antigua en este Rei­no de Galicia cuyos señores assi como eran antiguos casaban con mugeres de alta sangre que en aquel tiemoo no se oíaba casarse los caballeros con hijas de Prelados, ni de hom­bres ricos por mucho que ellos tuvieran, ni menos con linaje de Judios, y de las partes de dohde descendían, por las madres, tenían escrituras por donde se sabia la verdad dello. Poníase Alvaro Paez con el decir adecir y hacer con prisiones, y muertes de hombres, y palabras muy graves, y por estas cosas se re­crecían muy grandes males. Assi que Alvaro 4o             el castillo de :,ios

Paez ayuntó su gente y entró en la villa de Rívadavia y sacó al Conde de dentro de su Palacio, y a todos los suyos, y prendido por la Barba y llevolo preso dentro á Sotomayor y, túvolo preso mientras fue su voluntad y al soltar que lo soltó, sacóle todos los partidos que quiso, y todo se lo guardó y tomole á Salvatierra por toda la mitad de la fuerza.»

Falleció este Alvaro Páez sin sucesión, y es fama que mientras vivió no hubo un pobre en todos sus Estados: en Galicia le llamaban el Cúndc Bueno, aunque no consta que tuviese nunca tal título, pues el primero de la casa que fue Conde de Camiña y Vizconde de Tuy fué su hermano bastardo Pedro de Sotoma­yor, el mismo que menciona Hernán Yáñez en su testamento; que supo captarse de tal modo la voluntad de su hermano, que éste le prohijó antes de morir, por cuyo motivo se llamó Per Alvarez, quedando por heredero de ia casa de Sotomayor, y siendo este prohija­miento confirmado por Real Cédula del Rey Enrique IV*, fechada en 6 de Agosto de 1468.

De esta_ suerte se cumplía la voluntad de Alvaro Páez, pero quedaba fallida la de Her­

 

nán Yáñez y sensiblemente perjudicada su hermana Doña Mayor. Pero á ésta conquistó también Per Alvarez, y de tal suerte, que á pesar de haber protestado del testamento de D. Alvaro fí), en eí cual le ruega que si fallece sin sucesión, nombre su heredero á su hermano bastardo, que á ¿1 le consta ser hijo de su mismo padre, concluyó esta señora por cumplir la volinsd de su. sobrino otor­gando primero un poder para que Per Al­vares regentase sus Estados, é instituyén­dolo por último por su universal heredero en unión de su esposa Doña Teresa de Tá- vora (2).

Las crónicas difieren sobre quién fué la ma­dre de D. Pedro, atribuyendo algunos este hijo á una parienta de la Condesa de Ribadavia,

(1)         Testa  otorgado en Santiago en 14ÓS.

(2)        Testamento otorgado en 1472. Aunque al margen de este testamento consta que esta señora otorgó otres des más adelante, no debió de haber en ellos sensible variación, pass lo que se deduce de la historia de ¡a familia cstí de acuerdo con las volun­tades expresadas en este documento; y el testamen­to presentado en el pleito y fechado en Vigo en 1482 fué declarado apócrifo por los Tribunales de Justicia-

 

la que fue muerta á lanzadas (r) por sus vasa­llos, y otros á una señora de la casa de Alrami- ra. Aunque éstos son los menos, hay en su abono la generosidad conque se condujo Doña Mayor, viuda de un Moscoso (2) con su sobrino.

Lo único que exige Doña Mayor es, que el que herede estos bienes lleve siempre las ar­mas y apellido de  Al fallecer esta señora había ya dado mucho que hablar el tal D. Pedro, habiendo conseguido tener gran in­fluencia con la Corte de Portugal, aunque los acontecimientos le trajeron á no ser tan. bien mirado en la de Castilla.

De toda mi tarea, es la empresa más ardua ocuparme de este personaje, que» es el héroe de todas cuantas patrañas se cuentan y han contado en la comarca, que abarca desde San­tiago hasta el obispado de Orense.

(1)          Colección Salasar, I:b. 26, título sDe como se levantaron los caballeros é señores en el Rcyno de Galicia c de los fechos que contra ellos flcieron, é de las fortalezas que dcr. Varón.->-Fol. 195.

(2)         Doña Constanza d-i Zúñiga fué, según las ge­nealogías, la madre de D. Pedro. Vasco de Aponte es el único que supone esta otra versión.

 

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||      ta y legitima de la casa, Enri-

que IV en Costilla, y Alonso V en Portugal, no vacilaron un momento en reco­nocer por legítimo sucesor del apellido, bie­nes y señorío de Sotomayor, al bastardo D. Pe­dro, y aun e! Rey de Portugal le hizo merced del Condado de Camiña (i).

(i) Conds de Camiña ís ilaman todos los histo­riadores y cronistas, si bien en el Tumbo de Portu­gal no con~ía semejante donación.

 

Casó con Doña Teresa de Távora, hija del Señor de Mugador, de noble familia lusitana. Protegido por los reyes de Portugal y de ■ Castilla, casado con una rica hembra, investi­do por D. Enrique IV con su representación y amplios poderes para contener ia arrogan­cia del Arzobispo de Santiago, como consta en la Instrucción autógrafa dada por S. M. á Ferrández Sardina (ij, pudo D. Pedro Ma­druga ser uno de los primeros personajes de su época y desempeñar altos y elevados cargos.

Pero D. Pedro, como el Mariscal Pedro Pardo de Cela, son la genuina representación de aquella nobleza altiva y revoltosa, verda­deros lobos feudales, aves de rapiña, viviendo al día, ora poderosos, ora ocultos y fugitivos, indomables y fieros, no reconociendo ley ni rey, ni freno alguno que los detuviera en el ímpetu de sus pasiones y en sus desencade­nadas correrías. Perpetuamente rebelados y

(i) Instrucción autógrafa dada pur S. M. á Fe­rrández Sardina para lo que en el Reino de Galicia ha de mandar hacer á Pedro Alvarez de Sotomayor y otros en contra del Arzobispo de Sar.riago. (Véase el Apéndice.)

 

dcstrozándose entre sí, cuando no resistían con [as armas en la mano á cualquiera, medida Lo­mada por la Corona que no fuese de su agra­do, ¡o mismo Pedro Madruga que Pedro Par­do de Cela justifican, si necesario fuese, la forma enérgica con que procedieron los Re­yes Católicos contra la nobleza feudal.

Cuando un poder se siente atacado por su base y empieza á debilitarse acude siempre á la crueldad y al abuso para mantenerse, ase­gurando en tal manera y cada vez más su pro­pia ruina. Algo de eso ocurría á fines del si­glo xv con los señores feudales. El pueblo har­to de sufrir, cansado de los vejámenes y cruel­dades á que los sometía el régimen, empezaba á levantar la cabeza; el mismo.espíritu de re­belión. la misma fuerza desconocida hasta en­tonces que hacía dueños á los villanos de. Fuente Ovejuna, de la fortaleza del Comen­dador, arrojando á éste desde los muros de su propio castillo, animó ai pueblo gallego en [_u5S para alzarse contra la tiranía, y po­niendo á su frente á Alonso de Lanzos le en­viaron al rey D. Enrique IV para recabar la autorización de formar una hermandad «-ansí de labradores como de fij’os-datgo, contra todos ¿os caballeros, c Señores de Galicia-> ([).

Formada la hermandad arremetieron con­tra los castillos y plazas fuertes, siendo pocos los que quedaron en píe. pues no les bastaba apoderarse de ellos, sino que los derruían para destruir hasta el símbolo mismo de !a tiranía. Pero en esta ocasión, como en muchas otras, el pueblo iuc víctima de los que le dirigían, y la hermandad, despuús de humillar la sober­bia de los caballeros y prelados, pasó á ser­vir las rencillas personales de sus capitanes.

Convertida, pues, la que fue hermandad, en una cuadrilla de bandoleros, los señores re­unidos en torno de! Arzobispo de Santiago lla­maron en su ayuda á Pedro Alvarez de Soto- mayor, que durante estos disturbios se había acogido á Portugal, contrayendo allí matrimo­nio, y que ayudado por sus deudos portugue­ses y el favor del soberano había recobrado parte de sus fortalezas. Era el tal D. Pedro, según un cronista, hambre muy -mañoso ¿ muy so-

(l)         Colección Salazar, lio. 24, ib!. 193 vuelto. Real Academia de la Historia.

 

¡jl ¿ muy sabio en cosas de guerra (i). Aceptó, pues, la misión que se le había ofrecido, y re­uniendo sus huestes en Portugal derrotó á ios villanos en el primer encuentro. Intentaron és­tos cortarle el paso junto á Pontevedra para que no se reuniera con ios del Arzobispo, pero ól vadeó el Lerez aprovechando ¡a ma­rea baja, y porque iba muy feroz nadie se ponía delante (2).

Unido á D. Juan Pimentel, hermano del Conde de Venavente, venció á los de la her­mandad en varios encuentros, obligándoles á reconstruir las fortalezas que habían derriba­do, prestando él mismo su auxilio y el de sus propios vasallos. Pero como estaba escrito que los «jaHeiros no podían estar en oaz, una vez

o        o                JT                                 j. J

repuestos los señores en sus castillos y tran­quilo el Arzobispo en su Sede de Santiago, co­menzó á hostigarlos y á dividirlos, y los que se habían unido ante ei peligro común no tar­daron en resucitar las continuas discordias, sin fas cuales parearan no poder subsistir.

(1)        Vasco do Aponte: Casa de Sotomayor.

(2)        Idem, IcL

 

El colmo de la irritación contra D. Alonso de Fonscca fue cuando este prelado puso cer­co á la fortaleza de Altamira, de Lope Sancho de Moscoso. Levantáronse entonces sus deu­dos y amigos, pero no se resolvían á atacar al Arzobispo mientras no se ¡es uniera Pedro de Sotomayor; cuando ya desesperaban de que llegase amaneció éste con oran refuerzo di-

O                                 *                     o

ciendo: – Patentes c amigas á tales bodas cuino aquestas no era razón que se hicieran sin mi, ra­yamos d ellas y sea presto.3

Sufrieron las tropas de! Prelado una ver­gonzosa derrota, así en este encuentro como en otros varios, pues su carácter belicoso se avenía mal á soportar reveses, y buscaba un desquite que no pudo jamás hallar mientras las huestes enemigas fueron capitaneadas por D. Pedro, y vieron tremolar la bandera que ostentaba el escudo de Sotomayor.

Por esta época, poco más ó menos, fue cuando el rey de Portugal otorgó á D. Pedro, que era ya Vizconde de Tuy, el Condado de Camina, haciéndole merced del Don que usó siempre desde entonces.

Motivos tenía D. Alonso V para querer

 

congraciarse la buena voluntad de la nobleza qallcga. pues i la muerte de D. Enrique ele Castilla casi todos se declararon por él como prometido esposo de Doña Juana, llamada la Bcltrancfa.

A la cabeza de este movimiento estaba D. Pedro, á quien comenzaban á llamar Ma­druga. va porque amanecía en un punto cuan­do había pernoctado en otro, ya porque ma­drugaba iniiC’iO cuando facía sus cabalgadas (1).

(i) Es maular la leyenda según !a cual futí ei Conde de Ribadavia el autor do este apodo. Tenien­do pendiente arabos señores, eí de Ribadn, i a y el de Sotomayor, una cuestión da limites, resolvieron zan­jarla saliendo á caballo desde sus respectivos casti­llos, y que. marchando el uno y el otro hasta toparse, el lucrar del encuentro fuese el destinado como lí-

O                                                                                           C3

mite de sus estados respectivos.

4

La hora marcada para salir fué la del primer can­to del gallo, y tomándolo D. ? ::lro ai pie de la letra salió de su castillo de Sotomayor al cantar el gallo á media noche, llegando á las puertas de Ribadavia cuando, al rayar el alba, 3; disponía el Conde á em­prender su cabalgata. Muy líyvro debía ser ei corcel

ü                       – o

•de D. Pedro y la noche una de ¡as más largas del in­vierno, y aun así no me explico cómo pudo recorrer este trayecto.

Suponen que, al verle llegar el Conde, exclamó con

A los íavores 1 y.ie debía al monarca portu­gués había que sumar la particular amistad que le profesó siempre D. Alonso, y de la que eí procer gallego era digno bajo todos concep­tos, mostrándose ‘muy leal á este príncipe, dán-

muclm sarna: -madrugas, Pedro, madrugas;’, trans­formándose usté dicho en e! apodo porque aún se le conoce en la comarca.

También, es posihk- que le llamaran Madruga por­que, fiel y leal con sus amigos, procuraba suprimirá cuantos le estorbaban madrugando, para deshacerse de ellos en el concepto que emplea Lope de Vega en La Reina Juana de Xipiles (Acto tercero):

Si te quisiera matar algún enemigo íI-to madruga y mata primero.

.’Oyes?

Sí.

Pues madrugar.

Tal ve¿ ocasión, se ofrece que es virtud ser homicida, que defendiendo la vida el que mata antes merece.

V así, si te ha di; matar algún enemigo ñero, madruga y mata primero.

¿Oyes?

Sí.

Pues madrugar.

 

, [ole excelentes consejos y llamando repetidas veces su atención sobre la doblez y perfidia de muchos de los que le prestaban su apoyó, ó parecían favorecer su causa.

Más de una vez, y ni ver la traición de al­guno de ios que creía más adictos, recordó el Rev los. prudentes razonamientos del de Soto- mayor; pero los príncipes son así, no suelen acordarse de ios consejos más que cuando ya no los han menester.

Aprovechando los nuevos disturbios que ocasionaba ¡a guerra con Portugal, D. Pedro se apoderó .de ía ciudad de Tuy, poniendo en ella guarnición y reuniendo en torno suyo cuanto Galicia poseía de notable. D. Alonso le prestó dos mil peones y seser.:a lanzas, y cuando el armamento de que disponía era insuficiente, llamaba en su ayuda uno de los mil ardides que acostumbraba para salir de aouros, no exis­tiendo para él dificulta! que no venciese.

De la forma que tenía para procurarse lo ne­cesario, da idea un fragmento de crónica en­contrado en e¡ Archivo de la casa: -la causa por donde su lebantó fue que ha venido portar á la ria de Sigo cierca -i: su casa una ñaue de unos

 

Germanos que traillan ciento y ochenta mosquetes ó arcabuces y el pidió se ¿os vendiesen y e¿¿os no quisieron y usó de un disfraz para hurtárselos que es el siguiente: Mandó en ¿a playa de Bigo hacer unas fiestas en que con dantas de espadas desnudas y curriendo P::::s salieron los Gemía­nos a ver la dicha fiesta ■; después que fueron e?i . tierra todos con barcos que tenia disilada mandó con capitán suyo que llamaban Pedro Veloso na­tural de Bayona y cogió las dichas anuas y con ellas hizo grandes locuras- |’i).

Lo que el autor de esta crónica llama bené­volamente locuras fué cosa ligera. En menos de dos años se apoderó de la plaza fuerte de Bayona, que pertenecía á ia corona de Casti­lla, con el monte del Buey (hoy Monte Real). Al Arzobispo le tomó Pontevedra, Padrón, Re- dondela, Vigo y Caldos, amén de numerosos palacios y castillos que sería ocioso nombrar.

Tomó !a fortaleza de Sabroso á García Sar­miento, enemigo declarado de su familia, y po­niendo buena guarnición en todas las villas que estaban en su poder, suponen algunos que se hizo llamar rey de Galicia, aunque no me pa­rece esto muy en armonía con la manera de ser de Madruga., que demostraba gran sensa­tez aun en aquellos actos que á nosotros pue­den parecemos desatinados, pero que estaban de acuerdo con 1a situación de anarquía en qite se hallaba el reino de Galicia.

Este estado de cosas decidió á los Reyes Católicos á mandar á la Coruña, plaza de que habían hecho merced al Conde de Venavente, una flota á las órdenes de D. Ladrón de Gue­vara. Ya por habilidad, ya por promesas, ya porque la situación era insostenible, muchos caballeros reconocieron á Femando é Isabel, abandonando á D. Pedro de Sotomayor con un número escaso de partidarios.

Entre los que se declararon por la Corona estaban muchos de aquellos á quien éste había ayudado á recobrar sus fortalezas, sostenién­dolos en todas sus contiendas: pero ya no ne­cesitaban de Jíadrugz, y el astro de los Reyes Católicos, la paz y prosperidad que prometía, la evolución que lentamente se operaba en los espíritus que preveían los nuevos horizontes de

el castillo de .mos

*ia civilización moderna, fue arrebatando á Don Pedro la adhesión de amigos y deudos; mas ninguna decepción le füé tan sensible y doloro- sa como la del Conde de Altamira, -Lope Sán­chez de – Hoscoso, su hermano de armas, á quien más de una vez salvó de la muerte y á quien ayudó siempre en todas.sus querellas.

Mucho debió sufrir D. Pedro} pero su espí­ritu varonil y aventurero triunfó de todas las debilidades humanas. Dos años mantuvo todas sus plazas fuertes, teniéndolas bien guarnecidas y suficientemente provistas de víveres. Por su paite, encerrado en Pontevedra, resistió los si­tios,, haciendo frecuentes salidas para abaste­cer la plaza y llevando consigo el terror y la desolación. Infinitas bajas causaban en el cam­po contrario estas incursiones, y dos veces tuvieron los sitiadores que levantar el cerco, sacando, según sus contemporáneos, –poca honra d¿ iodo cscoi. Entonces resolvieron des­hacerse, por traición, de enemigo tan irreduc­tible, pero sus ardides eran la infancia del arte comparados con los que D. Pedro conocía; así es que no consiguieron ni asesinarle ni menos apoderarse de su persona.

 

capítulo ui                                                                         57

Los caballeros adictos á los Reyes Católicos, si bien no seguían ya la bandera de D. Pedro, no eran tan maleables como suponían el con­de de Yenavente y D. Ladrón de Guevara; así es que en los períodos de tregua estaban en in­teligencia con Jfadruga; esto íué !o que le per­dió, pues yendo á visitar á Lope Sánchez de Moscoso fué preso por el conde de Yenavente, que «O admitió ni los rehenes ni el dinero que ofreció por su rescate.

En poco estavo que e! conde de Aítamira y el de Andrn’ÍJ no pagasen también con su liber­tad las gestiones que hicieron para reparar tal suceso; pues aunque militaban en distintos par­tidos, no se olvidan tan presto !os socorros que mutuamente se habían prestado ni la amistad que los uniera en los albores de la vida.

No obstante los temores de Yenavente’ que previniendo una traición que libertara á Aía- druga se concertó con sus mortales enemi­gos para trasladarlo á Orense, nadie, fuera del de Aítamira, intentó facilitar su fuga, pues ni los propios deudos de D. Pedro quisieron ayudarle.

s-En z-crdad, dice Vasco de Aponte, en ver­dad lo juro, que si el cond¿ de Camina estuviera, suelto y viera ir preso d cualquiera de los seño­res que habiu en Galicia por la tierra que lo lle­garon d ¿1 preso, que lo librare y tomara aunque el conde de Venavmte lo llevara con dos tanto de gente.:>

Un amigo muy leal y muy poderoso que­daba, sin embargo, al Conde de Camiña. Era éste el Rey de Portugal, que teniendo en su poder á dos caballeros muy principales de Cas­tilla, ofreció su libertad á cambio de la de Don Pedro.

Después de un año de cautiverio salió éste de su prisión, hallando al Arzobispo dueño de Vigo y Pontevedra, á D. Ladrón de Guevara apoderado de Bayona, que había tomado por mar, y no contando por suyas más que las fortalezas de Salvatierra, Sotomayor y Forne- los. En una montaña frenes á Sotomayor ha­bía edificado D. Alonso de Fonseca un fuer­te que dominaba el Castillo (r), y dos torres

capítulo tir                           59

guardaban la entrada del puente de Sampa}’0.

Las represalias que ejerció D. Pedro fueron- terribles: el incendio y la devastación marca­ban las huellas de su paso, y ¡triste de aquel que caía entre sus manos!

Ora vencedor, ora oculto ó viviendo disfra­zado entre sus enemigos cuando éstos lo creían más distante, los senderos de la montaña, las asperezas de aquel quebrado suelo servían maravillosamente sus planes. Recobró varias plazas, y prendiendo á García Sarmiento puso nuevamente cerco á ia fortaleza de Sabroso, que jamás se rindió, originando esta singular resistencia de una plaza, cuyo señor padecía es­trecho cautiverio, innumerables fábulas y leyen­das (i). Interrogado por algunos sobre cuál

de las Nieves. La ermita está, rodeada por un espa­cio amurallado con dos puertas practicadas en el es­pesor del muro, que bien puede ser resto de las for­tificaciones que construyó el Arzobispo.

(i). Defendía el castillo, según Aponte, Lope de Avalle, cuñado de García Sarmiento, por su esposa Doña Catalina.

Eli Conde de Camiña extendió un repostero á las puertas de ía fortaleza; puso sobre él á García Sar­miento: c_-Veis d vuestro Solar?», les decía; ¡tst no me

 

era su objeto a! destruir tanca fortaleza y dejar sin amparo á mas de una noble familia, solía contestar con arrogancia: -E?i Galicia, con mi casa de Sotomayor queda bastardo fi).

Necesitando subsidios v haciendo ya largo

–                          ^           o

tiempo que nada cobraba por la ciudad de Tuy, resolvió Madruga apoderarse de su pre­lado D. Diego de Muros, y aprovechando la coyuntura de haberse éste trasladado á Bayo­na por motivos de salud, lo hizo prender por su capitán Pedro ó Payo Veloso, el mismo que tan útil le había sido para desposeer á los ger­manos de su cargamento de mosquetes ó ar­cabuces.

dais la casa, cortarle he la cabezas. cA/r Fidalgos, exclamaba García Sarmiento, dade esa casa j no moriré>.

Esta operación se repitió varias veces, y el tozuelo detensor del castillo respondía siempre con fiereza: ¿Bien lo podéis matar, pero aquí no entraréis >.

Sin embargo, el Conde cíe Camina no llevó á cabo su amenaza.

Según Zurita, que relata también el cerco de So­braso, por esta época el Conde de Camiña disponía de 300 lanzas y 5.000 peones.

(ij González Zúniga: Historia de Pontevedra.

La indignación del Cabildo de Tuy se tra­duce- por un documento en e! cual dicho cabil­do acuerda -.que nunca ningún descendiente de Pavo Ve ¿oíd capitan del Conde de Camina pu­diese tener bienes cu la dicha iglesia, y sobre esto hicieron todos juramento presidido las manos sobre el pecho.:

Entretanto D. Pedro no soltaba al Obis­po, llevando!-.; en su retaguardia y tratándolo muy mal de palabra y de obra. Esta vida de fatigas v sobresaltos curó al buen D. Die’ro de

O                                                            -Jf

1a dolencia cae sin duda había engendrado la

w                                              o

vida sedentaria.

Los escasos amibos de Madruga no cesaban

o        o

de aconsejarle que se deshiciese del Prelado (i), metiéndolo en aína mazmorra, ó que le res-

(I) Mis d-ramente se expresaba aún Suero Gó­mez, que dec.3. á Madruga: .’Señor Primo, haced de­dos una, ú tomad á este obispo y ponedle á ia Sen ó Iglesia de Tur tan honradamente como nunca truje- ron obispo y despedid de ‘.’tro serv icio quantos le prendieron ó tomadlo y echadlo en un pozo, porque los mortos non saben talar e este obispo es muy fal­sa besta.—1 asco de Aponte: Casa de Sotomayor, toÜo iSS vuelto.

tab’.eciese en su Sede con toda clase de hono­res, puss .se trataba de un personaje de mucho, influencia, cuya venganza podía contarle muy cara-.

Xo escuchó á nadie Madrtiga, y no ¿vitó d D. Diego de Muros, hasta que éste se resolvió á ceder pechándole algo. Setec: -ntos mil ma­ravedises costó al Obispo su rescate, lo cual ocasionó el dicho que se atribuye al Comen­dador Sal daña refiriéndose á la curación del Prelado, ~.qnc lo mismo daba haber pagado por ella, d Don Pedro de Soiomzyor que d un físico cualquiera. >

Habiendo los Reyes Católicos ordenado que se persiguiese á los malhechores que asolaban el reino de Galicia, D. Pecho hizo correr la voz de que él defendería á cuantos se acogie­sen á su persona ó tomaran su servicio. Pero como por lo visto no fué el único que los pro­tegió, abierta ó encubiertamente, enviaron los Reyes á D. Fernando de Acuña, nombrán­dole irrey y ordenándole que pacificase el reino, usando del mayor rigor para acabar de una vez con los desórdenes de aquel rincón de España.

 

La primera persona con quien tuvo que ha­bérselas e! «irrey fué con D. Alcr.30 de Fonse- ca (1) que, acostumbrado á tomarse la justicia por su mano, quiso impedirle que entrase en Santiago. D. Pedro, al ver el giro que adqui­rían las cosas, sobre todo desde la prisión del Obispo de Tuy, había mandado su mujer Doña Teresa á la corte, para que tratara de sincerarle cerca de los Reves y explicase las extravagancias de su conducta.

Muerto ei Conde de Lerrtos, que siempre ie había protegido, no quedando definitivamente por suyas mas fortalezas que Salvatierra. So- tomávor y Fornelos, sitiado en esta última cor

*       J                      1                                                  L

varios señores, entre los que se hallaban Lope

x                                       –

de Avalle y su hermano, García Sarmiento y Lope de Montenegro todos encarnirudos

(ij Arzobispo de Santiago.

(A) En e! convento de Santo Domingo de Ponte­vedra hay m. ¿^pulcro con esta inscripción:

-•ACÓ ESTA SEPULT.VDO EL XOBLE CA- EALLERO TRIS FAX DE MOXTEXEGRO, HIJO DE ALVARO LOPEZ DE MOXTEXEGRO Y DE TERESA SAKCHEZ DE REIXO. MURIO DE L’XA E5PIXGARDADA CLAXDO SE TOMO

 

“r.emi»0.í íuyos, viendo el ejemplo de la suerte cabida al Mariscal Pedro Pardo de Cela frj, resolvió D. Pedro trasladarse en persona á Sa­lamanca, pues ¡as gestiones de Doña Teresa de Távora no habían dado el resultado ape­tecido.

Esta señora, considerando perdida la causa de su marido, pidió á los Reyes que dejaran disfrutar de los bienes de la casa á su hijo Don Alvaro: lo cual le fue concedido sin duda, por­que D. Alvaro, aún mozo, no había tomado parte en ¡as conspiraciones y revueltas que trastornaban á la nobleza yalle^a. salvando de

O     O 1

ese modo los estados de Sotomayor de una confiscación que parecía inevitable.

Requirió D, Alvaro á su padre para que ¡e diera posesión de las fortalezas, y D. Pe-

ESTA VILLA AL COXDE DE CAMENA DON PEDRO DE SOTOMAYOR, AXO DE 140*4. >

Esta inscripción, muy posterior á la muerte de D. Iristan, está equivocada por lo menos en la fe­cha, pues no s¿ tomó la villa de Pontevedra al con­de de Camiña hasta ei ano 14”.

(i) D. Pedro Pardo de Cela pagó en el cadalso en Surcos las turbulencias do su vida pasada.

di’o recibió á la gente de curia amenazándoles con romperles mi palo cu la cabeza fr).

Entonces D. Alvaro, siguiendo las secre­tas instrucciones de su madre, que veía a su marido perdido, y quería por lo menos salvar la legítima de sus hijos, usó de un ardid para penetrar disfrazado en la fortaleza de Soto- mayor, plaza que creía inexpugnable, y una vez en ella se dió d conocer á sus criados, des­cubriéndoles el gran favor recibido de los Reyes.

Obedecieron ¿síes, unos por su grado y otros á la fuerza, y encolerizado Madruga fue á pedir socorro al Conde de Altamira. Prome-

(.n E-0 SEÑOR CONDE RESPONDEL’ OUE- LLE DESEN COME RESPOSTA A CUAL LOGO 0 DITO SEÑOR CONDE DEL’ E DÍSSO OUE ELLE TÍÑA EM SEL PODER HA MANDA OLE A DÍTA DONA MAYOR PECERA E QUE NON LLA QUERÍA DAR E QUE SE TÍRASE OÍAN­TE DÉLLE SÍNON OLE LLE QUEBRARÍA UN PAL EM A CALEZA. ¡ProEesca que hace el Conde D. Alvaro, «‘.árido d.; Doña ír.L-s EnsÍTucz de Mon- roy, contra su padre Pedro Alvarez de Sotomayor, sobre que le dejase libres y se desaooderase de los bienes de la casa.) Archivo del Duque de la Roca: Casa <i¿ Sotomayor, legajo, I, núm. id.

 

tióle éste cuanto quino, pero recibió de !a cor­te orden de estarse quedo y de dejar que los acontecimientos siguieran el curso que habían tomado.

Antes de trasladarse á Salamanca, el Conde de Camina hizo un testamento (de fecha 10 de Enero de 14SS), en el cual deshereda á D. Alvaro y ~¿e mandil que se contente con cinco reales, por haber sido desebedicnte, haberse levan­tado contra él’ haberle lomado la fortaleza y casa de Sotomayor, ser cansa del desfallecimiento de sus estados, apocamiento de sil vida y causa de su 71 tuerte.’.

Los parientes que Madruga tenia en la Corte veían mal remedio á estos sucesos, y aunque el Duque de Alba habló en favor suyo á los Reyes, no pudo conseguir nada de ellos. Estas y otras causas motivaron que abatido por la adversidad, abandonado por aquellos á quienes tanto favoreciera, soportando mal des­denes, v no midiéndose resolver á humillar la cabeza para suplicar, él, qu2 acostumbraba á imponer sus voluntades manteniéndolas con la fuerza de las armas, anciano, achacoso y en­fermo, falleció D. Pedro Alvarez de Soto- mayor en el monasterio en que se hospedaba, lejos de su país natal, de aquellas montañas ¿e Gaiicia cuyas asperezas.se amoldaban mejor á la noble altivez de su carácter. Muchos han querido atribuir esta muerte á la justicia de los Reyes Católicos que, según algunos cronistas, le mandaron dar garrete en el propio monas­terio que le servia de asilo; pero no es admi­sible esta versión, pues no faltaban otros me­dios menos rastreros para deshacerse del Conde de Camina, y es más de suponer que el caudillo audaz, el águila salvaje, rotas las alas y cortadas las garras, no pudiera sobre­vivir al rb-or de su desgracia.

o                            O

 

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aÉ CAPÍTULO IV

HW;

iC-‘/’ D. Alvaro II, Lo¡:d¿ d¿ Canana.—

~ |j Doña Inés Enriques de Mourcy.—Don ■/■i Pedro de Sotomayor.—García Sarmien­to.—Disensiones entre madre I hijo.— Pomelos. — El parricidio. — Sentencia dictada por el Licenciado Ronquillo.— Confiscación de bienes.—A mudamiento por D- Vasco de 0 cor es.—Los hijos de Madraza.—El Comendador.—Enlace de | zifí Doña liaría con Alonso B. de Qnirós.— ‘

I ¡í Creación d¿i -incalo.—-Máspleitos.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

gos, pues su propio hijo necesitó usar de un ardid para penetrar en ella cuando los Reyes Católicos se la otorgaron por singular merced, no fué testigo de ios tristísimos acontecimien­tos que se desarrollaron entre los sucesores del Conde de Camiña. Su hilo mayor, D, Al­varo, parecía perseguido por la fatalidad, y aunque Aponte le llama Jvfrére de gran enten­dimiento y virtz.no parece demostrar con los

 

principales hechos ■ !e su vida ni lo uno ni lo otro.

¡Maldecido y desheredado por su padre, amenazado de un pleito por s~ madre y her­manos, apoderado injustamente de la casa de Sotomayor, y viendo disminuir su caudal, que en tiempos de su tío y aun en medio de los disturbios que desasosegaron la vida de su pa­dre llegara á su apogeo, resolvió trasladarse á Portugal, para alcanzar del rey D. Juan II la misma protección que Alonso V dispensara al primer Conde de Camiña.

Hospedábase D. Alvaro en la capital de! reino lusitano, en casa de un antiguo servi­dor de su familia; el cual, ambicioso de ho­nores v deseando ganarse la buena volun-

<*                     O

tad del soberano, urdió contra ¿u huésped la. más negra trama, fingiendo una conspiración á cuya cabeza debía -aliarse el de Sotoma­yor, y que tuviera por objeto asesinar al Rey de Portugal. Obrando muv de libero, Don

O                                       J               o         »

Juan II man-» prender á D. Alvaro y ponerlo en el tormento, del cual salió medio tullido, no debiendo la vida mas que á la influencia de los numerosos deudos que poseía en el vecino rei-

 

no. Reclamado por la reina ísabei ae Castiíla, descubierta la infame conducta de su calum­niador, pasó á ‘/aliado i id, donde recabó de la Reina la autorización, verbal de usar el conda­do de Camina, que disfrutaba su difunto pa­dre. Su mala estrella le persiguió también en la corte de España, pues habiéndose suscitado en las calles de Valladolid una pendencia, de las que eran tan frecuentes en aquella época, pendencia á la que era completamente ajeno, recibió en ella una herida mortal, sin que se sepa quién lo mató, y no habiendo disfrutado de sus estados más que nueve años.

Quedó su viuda, Doña Inés Enríquez. con. varios hijos menores de edad, teniendo que hacer frente á las reclamaciones de su caña­do el Comendador, de quien más adelante nos ocuparemos. Casó al único varón con Doña Urraca de AIoscoso, y á la mayor de sus hijas, Doña Teresa, con Gutierre Bernaldo de Oui- rós ír). Las dos menores, Doña Ana y Doña

 

Francisca, fueron esposas de Lope de Monte­negro y de García Sarmiento. Al casar á sus hijas menores con dos enemigos mortales de la casa de Sotomuyor, atropellando todas las tradiciones de familia, conseguía por lo me­nos Doña Inés resolver el pleito que se sos­tenía con García Sarmíeruo sobre la fortaleza de Salvatierra. Pero la predilección cíe’ Doña Inés por su hija menor, la funesta influencia que sobre ella ejercía su yerno (G. Sarmien­to), el deseo de éste de aniquilar cuanto á la casa de Soiomayor se refería, debían acarrear grandes desgracias. Además Doña Inés no per­tenecía á esa clase de mujeres, bastante fre­cuentes en su época, que todo lo sacrificaban al esplendor de sus Estados y mayor gloria de! nombre de sus hijos. Avara y codiciosa, vien­do á C-arcia Sarmiento ya dueño de Salvatie­rra, reclamar los. Estados de Pomelos como garantía de un antiguo débito, Doña Inés pi­dió los de Sotomayor en pago de la: ‘ «ras es­tipuladas en sus capitulaciones matrimoniales. En esta forma quedaban dueños Doña Fran­cisca y García Sarmiento de todo el caudal de Sotomayor y hundida para siempre esta noble

 

familia. Indignados los demás yernos de las preferencias de que eran ohjeto Doña. Fran­cisca y su esposo, instigaron á D. Pedro para que no consintiera tales injusticias. Andaba ya por esta época el tal D. Pedro complicado en una cuestión de escrituras falsas, v sacó á re­lucir un testamento de la famosa Doña Mayor, fechado en Vigo (el mismo que después se de­claró apócrifo), que «ruñaba los anteriores, y por el cual los bienes de que disfrutaron su abuelo y su padre eran declarados de mayo­razgo. Nada importaba, por lo visto, á D. Pe­dro que sa tío el Comendador reclamara por otra parte estos bienes, y viendo que Doña Inés se negaba á entregarlos, hizo correr 1a voz’ de qur su madre quería envenenarlo, y des­pués de amotinar á los vasallos de Fornelos intentó cortar el paso á dicha señora, que ai ver el cariz de los acontecimientos había re­suelto trasladarse á Salvatierra ó Sotomayor. No se puede probar que D. Pedro estuviese presente ni que tomara parte en la lucha tra­bada entre los vasallos de Fornelos y los ser­vidores de Doña Inés, pero sí consta que en­tre los amotinados figuraba su escudero y un criado de toda su confianza. Se entabló una lucha reñidísima por ambas partes, en ia cual resultó herida la propia Doña Inés Enríquez; acogida á una choza, recostada en un misera­ble camastro, aún procuraba animar á los su­yos, pero fué muerta á puñaladas por los ser­vidores de su hijo

Entretanto D. Pedro, con gente armada, tomaba la fortaleza de Pomelos, apoderándose de cuanto en ella había, pasándolo todo á Por­tugal, donde se refugió. Esta es la versión de Vasco de Aponte y la más popular; pero la cierta debe ser !a mencionada en la sentencia que se dió contra D. Pedro, según la cual dos de sus criados, Juan Martínez y Pedro Froyte- ro, dieron muerte alevosa á la Condesa, con ciertas circunstancias que sería enojoso narrar.

Doña Francisca de Sotomayor, mujer de García Sarmiento, vengó la muerte de su ma­dre. anee el Uebre alcalde Ronquillo, Juez de Comisión dado por SS. M-.f. especialmente para este caso. Instado el correspondiente proceso criminal, consta que aquel alcalde, en r.° de Junio de 1513, pronunció sentencia

 

en rebeldía contra D. Pedro, en la cual, decla­rándole por reo de los delitos en ella expre­sados, le condena á r;.qu¿ pudicndo ser habida fuese arrasira-h y encubado, y después de vinería hecho quatro qttariús que se pusics&i c?i las quatro pierias fiiihlk&s de la ciudad, villa c logar don­de fuese pres mas, a la restitución de bienes ro­bados a s:¡ madre: y ulti’mámente, en la conñsca- ciorí de todas nzs tierras, fortalezas. vasallos, jh- risdiciones y otros bienes ie cualquier calidad que fuesen, como traidor y aícv-zs (i).

Si el parricidio de D. Pedro privó ásu ma­dre de la vida é hizo caer sobre la casa de So- tomayor un borrón que todas las glorias de tan ilustre familia no son bastantes á borrar, coar-

fl) A petición de ia Duquesa de Sotomayor se libro Real cédala de S. ¿vi. er>. 3 de Octubre de IJ/ó, para qua D. Manuel de Avala y Rosales, Archivero de la Real de Simancas, sacase copia í la letra de di­cha sentencia, y en su pin:»-amiento lo ejecutó. (Me­morial ajustado del pleito que pende en la Cnanci­llería de VoLadolid entre- D. Benito Fernando Co­rrea de Sotomayor, etc.. etc., Marqués de Moa, con Doña Ana Masones de Lima, etc., etc., Duquesa de Sotomayor, sobre la sucesión de la casa y fortaleza de Sotomavor con sus tierras.) tó por un lado las pretensiones, de García Sarmiento, acarreando por otro muchísimos males, pues de aquí nacieron porción de inci­dentes que embarazaron por muchos años el reintegro decretado en justicia. Todos estos sucesos eran mirados fríamente por el tercer hijo de J[adruga, el Comendador D. Diego, que, astuto y sagaz cual ninguno, proseguía su camino, sirviéndose y ayudándose de los mismos escollos que debían embarazar su plan.

En efecto, ya hemos dicho que los hijos y la viuda del primer Conde de Camina consi­deraban los bienes de la familia usurpados por D. Alvaro: ante el temv¿‘ de una con­fiscación (i), todos le ayudaron á apoderar­se de ellos, pero con la intención de habér­selas luego entre sí. En esta ocasión siguió el Comendador la misma línea de conducta. Hizo arrendar los bienes ai fisco por Vasco de Ozores, pariente y protegido suyo, que luego se los subarrendó á él mismo, evi­

 

tando de esa manera toda intervención ex­traña (i).

En seguida, deponiendo todo resentimien­to, unió sus ruegos á los de Doña Urraca de ¡VIoscoso, y haciendo valer cierto señalado ser­vicio prestado por él á la Corona obtuvo que por Real cédula expedida en 27 de Agosto de 1525 fuesen devueltos los bienes confisca­dos á la familia del parricida. En esta forma no tenía ya D. Diego que luchar con la Corona, sino con su familia misma, y despreciando los pleitos é incidentes de condnuo promovidos entre Doña Urraca y sus cuñadas y el testa­mento apócrifo de Doña Mayor, que ésta blan­día como argumento universal, se ocupó un casar á :a menor de las hijas de D. Pedro con e¡ hijo mayor de su sobrina preferida, Alon­so Bernaldo de Qüírós {-).

Tanto D. Die^’O como su hermano D. Fer-

So                                           el castillo de mos

‘nando, muerto sin sucesión, veían con sumo disgusto el caudal de Socomavor desmoronar-

O                                                         <*

se en manos de sus sobrinos. Estaba probado que éstos lo disfrutaban injustamente, pero, como ya he dicho, los hijos de Madruga no querían hacer valer sus pretensiones más que cuando el caudal, libre de confiscaciones, no tuviera que disputarse más que entre la fami­lia misma. D. Fernando murió á poco de fa­llecer el primer Conde de Camina, y en su testamento suplica á su hermano D. Diego que vele «por que esta Casa ?¡o se perdiese, e mi­rase mucho por aquellos sus sobrinos, que es (a era la mejor obra que les podía facera (i). .

Sus demás hermanos, D. Cristóbal y Don Alonso, Doña Constanza y Doña Mayor, re­nunciaron en él todos sus derechos, á fin de que los estados se tornasen uno é indivisible, y para que pudiera crear el vínculo; á cuyos bienes había que añadir aquellos que pertene­cían á Doña Teresa de Távora como pago de

 

su dote, arras y bienes parafernales [derechos, como se ve, bien anteriores á los que querían hacer valer Doña Inés Enriques y Doña Urra­ca de Moscoso), los cuales dejó como mejora á su hijo el Comendador. Este último los com­pletó con aquellos que había adquirido duran­te su vida, entre los cuales se hallaba el coto de Nos, que menciono, porque sobre él titula­ron los sucesores de Doña María y de Gutie­rre Bernaldo de Güiros. Hallándose, pues, el Comendador en la villa de Velaicázar, y ha­biendo casado, según su voluntad expresa, á la menor de las hijas de D. Pedro y de Doña Urraca, Doña María, con el hijo de la mayor de sus sobrinas Doña Teresa (i), hizo á la dicha Doña María una donación en -virtud de la cual se formó el vínculo de la casa de Sotomayor. En este documento, que es un modelo de mo­deración y justicia, y en el cual se retratan las hermosas cualidades que adornaban á D. Die­go, dice: «-Ov.c considerando la aniimedad de la dicha cassa de Saimnayor la cual solía tener mas renta y vasallos en tiempos antiguos y por

 

lutucr sido visites par tibias é diuisibles adre here­deros ha venido á disminución y por esta causa cada dia podría, venir d átenos é faltar la pose­sión de la dicha cassa é solar en la sucesión y le­gitimidad del linage de Sotomayor ¿ queriendo conservarla como soy obligado J por no tener ¡tifos legítimos en quien lo hacer por el mucho amor que yo tengo y ser la Señora Doña María de Soto- mayor mi sobrina, ¡tifa legitima y natural del señor D.. Pedro de Sotoníayor mi sobrino é de Dona Urraca de Mosco so su muger nieta de los dichos señores Per Alvarez etc. etc… Quiero y es mi voluntad de dejarla todo lo susodicho é por la presente en la mejor forma y manera que de dere­cho puedo y dé no siendo cierto del derecho y acción que tengo d la dicha cassa é solar ele Sotomayor c villas c fortalezas, tierras llanas feligre­sías etc. etc. hago donad en pitra perfecta é ykre- bocaele que es la dicha, entre vivos para aora é para siempre famas de todo ello d vos la dicha Señora Doña JA;ría de Sotomayor según A ■mi­me perí ene ce e putae Peri^necer por ¿os dichos títu­los y (i) por otros qualesquier vía é manera ate

 

pertenezcan y puedan pcricnccer a la dicha cassa de Sotomavor villas y lugares dclla de susodichos con sus cotos c jurisdicioti civil e criminal alta y vaja mero misto Imperio ¿presentaciones de bene­ficios juros é rentas pechos e derechas ¿ las otras cosas mavores e pertenecientes a los dichos bienes en el reino de Galicia asi en el Arzobispado de 7uv como cu el de Santiago de lo q:ial todo y de cada ‘una cosa ¿ parte ¿¿¿lo ¿ de lo d el anejo : perteneciente hago la dicha do nación d bos la di­cha Dona .1-furia de Sotomayor mi sobrina para que sea vuestro ¿ lo tengils é poseáis según lo tubo ¿posevó ¿ goco de lio mi padre vuestro bisabuelo é d mi me pertenece poseer é gocar por las dichas razones (1) ¿causas susodichasa (2).

En esta forma quería evitar el noble Co- ‘ mendador la dispersión de los bienes de su fa-

{[) La renuncia hecha por sus hermanos.

(2)        Donación de D- Diego de Sotomayor, Co­mendador de Almorchón y Cabeza de Buey, en favor de Doña María de Sotomayor, otorgada en 25 de Ju­nio de 1543. En virtud de esta donación se formó ei vínculo de la casa de Sotomayor. Velalcázar, 25 de junio de 1543- (Archivo del Duque de la Roca: Cusa- de Sütom.iyar, ¡e^- 2, núm. 4.)

1 ■ Í3 [1]                            1 t

 

milia. Al derecho que incontestablemente te­nía sobre ellos, hay que añadir el que habien­do efectuado ventas la curia para resarcirse de los gastos del proceso contra D. Pedro, los. bienes vendidos habían sido adquiridos por D. Diego (i), que velaba constantemente por ellos y que comprendía que por muchos que

(í) En 14 de Mayo de dicho año de 151S (ane­en que fueron confiscabas fos bienes) se líbrú Rtal cédula á D. Diego de Sotomayor para que el alcal­de Ronquillo, qu’e entendía en lo de la muerte de la Condesa, todos los bienes que hubiese de vender para sus salarios y costas, y otras cosas de D. Pedro, se las hiciere dar y entregar á dicho D. Diego, y no á otrq persoga algunn, dando éste por ellos primera­mente los maravedises que otras personas diesen por elíos en almoneda; represento D. Diego se temía que dicho Alcalde quería vender algunos bienes que fue­ron de dicho D. Pedro su sobrino, para la paga de sus salarios, gente que con ¿1 estaba, y de las costas que en la ejecución de ello se hubiesen de hacer y que él pretendía tener derecho & ios dichos bienes, y aun encaso que se hubiesen y pudiesen vender, como pariente más cercano de dicho D. Pedro, los podía sacar, pidiendo por merced que. ..ando él por los di­chos bienes que así vendiese ios precios que otras personas diesen por ellos en almoneda, mandase que recibiese de él ios dichos precios y se le hiciese en­trega de los dichos bienes. 1

 

fuesen sus derechos, siempre saldría perdien­do en la lucha contra ía justicia: En dos cosas se equivocó el Comendador: en la índole de! marido escogido para Doña María, y en creer que por ser la dsnatzría hija suya, no seguiría Doña Urraca sus absurdas reclamaciones. En efecto, los pleitos promovidos entre los her­manos y los hijos del parricida siguieron ade­lante, y D. Alonso ce Quirós, aterrado por e! fárrago de demandas y emplazamientos, fir­mó por sí, ó autorizando á su mujer, cuantas transacciones y renuncias le propusieron.

Trataba :a familia del parricida de probar que los bienes eran de Mayorazgo, desde ab initzo, sin considerar que en ese caso no hu­bieran podido ser confiscados ni embargados; alegaban que la Corona los había devuelto á su viuda é hijo, pero sin mencionar que SS. MM. tuvieron buen cuidado de prevenir <&que su real intención era no trasladar en los agraciados más dcrsc/sos que los que habían per­tenecido ú podido pertenecer á D. Pedro en los bienes confiscados.? Esta medida era tanto más prudente cízanco que la Corona no se había limitado á confiscar los bienes de Don

 

Pedro, sino todo cuanto á !a casa de Soto- mayor se refería, como lo prueba una carta del Papa León X, escrita en forma de breve y dirigida á ¡os oidores de la Audiencia de Ga- licia y al Licenciado Ronquillo, con motivo de haberse confiscado los bienes á D. Pedro de Sotomayor, clérigo del obispado de Tuy, residente en Roma (i).

No tenía D. Alonso de Ouirós derecho á firmar ninguna clase de renuncia, pues ade­más del carácter irrevocable de la donación, el documento mencionaba á su hijo mayor y sus sucesores, además de su esposa. Además, esta renuncia, en lo que perjudicaba á su es­posa é hijo, se hizo sin autorización de la Co­rona, causa que fue considerada suficiente para autorizar á D. Gabriel de Quirós y Soto- mayor á que apelara de ella aun en vida de sus padres, renuncia más que nula, por cuanto ni D. Alonso, ni su esposa, pudieron hacerla, pues ya se consideren las personas juntas, ya

(i) Archivo del Duque de la Roca: Casa. de So­tomayor, leg-. I, núm. 54. (Roma, 2S de Noviembre de ijlS.)

 

separadas, de cualquier modo tenían, que ser incapaces. La de Doña Marta, porque, como mujer casada, no podía firmar sin autorización de su marido, y la de D. Alonso, porque no la podía autorizar en su propio daño. Así, aun prescindiendo de^ la calidad del Mayorazgo, ya cierta, ya dudosa, sale por consecuencia necesaria qce ninguna de dichas personas pu­dieron transigir separadas ni juntas; resultan­do de la historia de este negocio que en ¿1 hubo lesión y fraude manifiestos.

No .cansaremos al lector con el relato de todos los documentos autorizados por D. Alon­so en que llama á su cuñada Doña Teresa (1) Señora del Mayorazgo de Sotomayor y Porfíelos; solo sí mencionaremos, por lo absurdo, que entre los efectos que se dicen dados y entre­gados á Doña liaría y su marido por precio de esta transacción, uno de ellos es el coto de Mas, el cual no podía disfrutar Doña Teresa sin haberlo usurpado; porque se sabe que e5 Comendador le había adquirido juntamente

(i) Hija mayor de Doña Urraca y D. Pedro de Mascoso. (V er el árbol genealógico.)

 

con otros y tomado posesión de él, en virtud de una transacción hecha con García Sar­miento, según consta por ejecutoria fechada en 1505.

¿Qué motivos tenía D. Alonso para favore­cer los planes de su cuñada? ¿Porqué su hijo, que se consideraba lesionado, como lo de­muestra apelando de estas renuncias, no hizo valer sus derechos: Esa es una incógnita que no he podido despejar, pues durante más de un siglo se dejó dormir este asunto, y no hay más documentos relativos al Castillo que aque­llos por los cuales tos Duques de Sotomayor, sucesores de Doña Teresa y D. Fernando de Andrade, manifestaban su dominio.-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO V

 

 

 

 

Los sucesores de Doña -María de Soto- mayor reclaman sus derechos a¿ •tinado creado por D. Diego.— Pleito entre el Marqués di Mos y la Duquesa -ie Soto- mayor.—Descripción del Casrdlo de So­tomayor hecha si siglo XVI.—El pozo de la Hora.—El Castillo en JJjj.—El Mar­qués de Mos toma posesión de la fortaleza. Restauración por el Marqués ¿¿ la Vega de Armifo y (le Mos.—Estado actual.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

debían los duques de Sotoma- >’or> sucescres de Doña Teresa, disfrutar siempre de los bienes que’ habían usurpado, pues muchos años des­pués de la tentativa hecha por D. Gabriel de Ouirós y Sotomayor, su descendiente que era á la sazón f r) D. Pelayo Antonio Correa Soto- mayor, Marqués de 3Tos, bisabuelo del actual, se presentó en ia Cnancillería de Yalladolid, no . instaurando aquel mismo proceso, dei que se-

(t) E4 Mayo de 1773.

 

g6                                           el castillo de mos

  • guramente no tenía noticia, sino poniendo á la Duquesa de Sotomayor una nueva deman­da, pidiendo que se le declarase por sucesor del mayorazgo instituido por el Comendador D. Diego.

Resucitaron con este motivo todas las anti­guas querellas, volviéndose á hablar en este nuevo proceso de Doña Mayor y Fernán Yá- ñez, de Madruga y del parricida. Surgieron infinidad de incidentes, y todas las pruebas presentadas por la Duquesa no condujeron más que á ratificar, el incontestable derecho que á dichos bienes tenía el Marqués de Mos.

De lo que sería este nuevo pleito da idea el encontrarse en los Archivos de ambas ca­sas, así como en la Biblioteca Nacional, un memorial impreso sobre dicho pleito que ocu­pa dos tontos.

Mientras duró el pleito los Duques de So­tomayor, aunque alejados de Galicia, no cesa­ron de velar por la conservación de la fortale­za. Continuamente, y además de los adminis­tradores y encargados que en Galicia tenían, se hacían dar cuenta del estado en que se hallaba, hacían proyectos para su restauración y á veces enviaban encargados especiales que les informaban de lo que allí acontecía. Así se halla un documento, del cual ya me he ocu­pado en el capítulo que dedico á Pedro J/a- druga, que por su carácter de letra debe per­tenecer al siglo xvi ó xvrr, si bien, como cita á Aponte y á Argote de Molina, es seguro que no es anterior á 1600. Por otra parte, en este documento, hablando de Pedro Madruga, dice: –cu esta casa de Soioviayor vino á suceder hovera cosa de denlo y ochenta años un ia¿ Pe­dro ibes de SühmaytyrComo Madruga fué de­clarado sucesor legítimo reinando Enrique IV en Castilla en el año 146S, esto prueba que no andaba yo desacertada en la fecha que le adjudicaba al tal escrito, interesantísimo para mí, pues que describe el Castillo en una forma casi semejante al estado en que actualmente se halla. Como desde esa fecha se encuentran muchos proyectos de obras, pero no consta que ninguna se llevara á cabo, como no fuera la contención dei ángulo Sur-Oeste de la To- ire del Homenaje, que amenazaba ruina, cuya reparación se efectuó siendo administrador de los Duques, Méndez Núñez, padre del célebre

gs                                             el castillo de mos

marino honra de Galicia,.vuelvo á’insistir so­bre *a importancia de esta reseña, que purga­da del empachoso y ampuloso exordio propio de la época, dice en esta forma:

»La casa de Sotomayor, el solar principa! cdella está en el obispado de Tui cita un:- * • ■:fleguesia aquc llaman San Saluador de Sotomayor. >

cDicen los muradorc-s de dicha fleguesia ■>que allí se empegaua antigamente la dicha :>casa y que esto lo han ohido siempre á sus

»padres .y abuelos…………………………..

:>…………………………………………………………………………………………………………………………………..

■>…….. Son dos torres de escadria de treze

;>palmos de ancho las paredes de grandissima ;>altura y de una á otra se camina y anda por »otra muralla de la misma anchura de los tre- ■>ze palmos luego la cierca una muralla de Ja :> misma grossura dexando en medio una plassa ~’de armas grande en rjjue cabe mucha «ente

O                                    i                                                         o

lluego la torna a cercar otra muralla de la misma anchura !a qual no dexa plassa mas ■¿que cosa de veynte palmos en basio por don-

 

>de camina la gente. Este fundamento es el s verdadero solar hayera cosa de quinientos saños vino á suceder esta casa un cauallero >que se llamo Alvaro Paya de Sotomayor este ,>hizo otra muralla por fuera,desta con su ca­á-rea y mudó, la Portada de la dicha fortaleza r.-y p.ara entrar en ella se entra por un puente esto lo desda;Fernán Aues de Sotomayor Se- 3ñor de la misma casa que la hauia anssí ohido -.a sus padres y abuelos ja dicha fortaleza no »tiene fuente dentro mas tiene unos escalones i viejos por donde antigamente se iua baxando ipor ellos y sacaban la agua, y salian fuera ->a ver lo que pasa.ua esto se está oy viendo.»

La descripción no puede ser más clara. Cita los dos recintos y la puerta tapiada que .existe en la muralla interior, y que es indudable­mente :a que daba ingreso á la plaza y fué tapiada al hacerse la entrada del recinto exte­rior y el pucite levadizo, que son muy poste­riores. Como esta puerta, cuyo, arco .se ve cla­ramente á pesar de los sillares con que la han rellenado, está en la parte más tosca de la muralla y viene á quedar enfrente de la en­trada del castillo, no cabe duda de que era la

 

•puerta principal cuando no había más que un recinto, y me ratifica en ío que he sostenido siempre, que la fortaleza se ha ido constru­yendo por trozos á medida de que los tiem­pos iban siendo mejores y también necesita­ban perfeccionarse las fortificaciones. Esta mu­ralla interior es. ó mucho me equivoco, con­temporánea de la Torre del Homenaje, cuyo estilo románico parece pertenecer á época muy’remota, puesto que las construcciones gó­ticas no son anteriores á los siglos xii y xiri. Debió, pues, construirse reinando D. Alfonso el Emperador, y en los orígenes de la casa de Sotomayor, allá por el siglo xr.

Los escalones viejos por donde se bajaba á sacar el agua es lo que hoy llaman el Pozo de la Mora. Es un pozo que se halla entre las murallas, en la Plaza de Armas, y se baja á él por una escalera tallada en la roca misma, que se compone de un tramo recto que des­pués da vuelta á la caña de! pozo, en la cual están abiertas dos ó tres ventanas que permi­ten ver lo bien construido que está, revestido de sillares de granito. Termina la tal escalera en^un espacio de un metro de ancho por me­tro v medio de largo, á nivel del agua, bien abovedado y no presentando más particulari­dad que. una abertura en terina de arco y un escalón que levanta un palmo sobre el nivel del agua. Imposible averiguar el objeto de la tal bajada. El escriio á que me refiero supone que por estos escalones viejos, además de ba­jar á sacar agua, salían afuera á ver ¿o que pa­saba fsin duda en zieiv.jo de sitloj., y esto mis­mo suponía yo; pero no hay el menor vesti­gio de puerta ni de salida alguna. Las pare­des son roca ó sendos sillares de granito; ni una señal, ni una desigualdad; nada, absolu­tamente nada. En cuanto á la leyenda que

corría ñor la aldea cuando se restauró el cas- i

tillo, es sencillamente absurda, pues suponía que en el pozo se hallaba una mora encanta­da guardando un tesoro, y para impedir que saliera de su prisión á consumar toda clase de maleficios y conjuros, la habían rellenado cui­dadosamente de piedras, e;u3 fué preciso ex­traer para limpiar el nozo, que se conserva como curiosidad y por el especial cuidado con que se ha hecho la restauración, pues aun­que su agua es excelente sobran en el parque manantiales, y sobre todo se ha traído por medio de cañerías el agua hasta el interior del castillo.

También existe otro documento, que inclu­yo íntegro, pues trata soto del castillo y sus dependencias; las construcciones que rodean la plaza de los Castaños, y que son hoy día cocheras, teatro, pabellón para huéspedes, se han edificado, aprovechando los cimientos de las que aquí se describen. Se conoce que des­confiando la casa de Sjfámayor de su apode­rado envió á una persona de su confianza para hacer investigaciones, y es curioso ver cómo se las compuso para no inspirar sospechas. El documento en cuestión no está fechado, pero en !a carpeta que lo cubre en el Archivo de la casa de Sotomayor hay una nota en ¡a cual presumen que fuese escrito en 1733, sin duda por saberse en la casa que en esa fecha ■se mandó investigar eí estado de dicha admi­nistración.

El escrito, que reproduzco íntegro, dice así:

 

Informe w breve kesumen* SíestíSbico de r.. Casa ce Sotomayor con sus eíejitenenclvsí No consta quién le DIÚ NI CON QUit FECHA, AUNQUE ES DE PRESUMIR

nuE lo ta’ESE em 1/35- Es impostante esta reseSa-

jfTESUS ivIar’a Joseph.

«Para verdadera insr eccicn del informe que Vuestra Reverencia me ha pedido, me fué preciso tomar algún -tiempo para poder con más seguridad formarle y dar razón individual de lo que se me pregirnta, valiéndome de va­rias personas y pretextos para disfrazar mi designio, el que lué adelantando con alguna lentitud para evitar conjeturas á la curiosidad; de todo saque en Hmco lo siguiente:

A                                                               ¿                                                  o

Lo primero me parece ociosidad hablar de la Casa y Estirpe de sn Excelencia quando es tan pública su Nobleza, como admirada su an­tigüedad. La grandeza en que oy se mantie­ne fue ganada y defendida en justicia por el Excelentísimo Señor Don Fernando Yañez de Sotomayor primer Duque. Está esta Patro-

 

ntmica y Casa Solar, en la Villa de Sotoma- yor a donde llega un Brazo de -Jir de la Ría de Yigo.

Fué su antigua formación de Fortaleza, y – Castillo, con Muralla, fosso, y antemuralla, que existen de bastante grueso, y altura, y en ella se mantienen oy seis piezas de Bronzc. que se asegura ser las primeras que se han visto en este Reyno, y lo que era entonces obra inte­rior del Cantillo, está reducido á Casa muy abitable y equipada de lo necesario en dispo­sición moderna y capaz de mucha familia.

Tiene á la salida una espaciosa Plaza con Casería alrededor que sirue para el seruicio de ella, y de la Caualleriza, que también se pueden acomodar en ella, einquenta Cavallos. Tiene en este mismo sirio su Capiüa con la advocación de San Antonio de Padua, bien fa­bricada y adornada, en que se celebra Missa diaria, por Capellan que pone Su Excelencia.

Inmediato esrá la Huerta de buen terreno, y tamaño, donde ay mucha abundancia de di­versas frutas, Naranjas de China, dulze y agria Limón y Hortaliza, con dos fuentes perennes de buena Arquitectura, y e; Agua de una no-

table virtud experimentada para el mal de piedra.

Tiene á un lado á vista de la Casa, un Bos­que muy bien poblado, donde se cria mucha caza de Conejos y Perdizes, y á otra parte una Pradería que abunda de Berde la Caua- lienza».

Ganado e! pleico por D. Benito Correa So- tomavor, Harones de Mjs, arrancó éste el escu-

-r 7                                                    Jt                                                                        i

do de los Buques, que se hallaba s*.b;’e el arco que da ingreso a la fortaleza en el primer re­cinto, hov entrada principal, á la que defiende el puente levadizo, sustituyéndolo por un escu­do de armas maravillosamente labrado en pie­dra de sillería,’idéntico al que. se ve en la facha­da de! Palacio de Santa Eulalia de Mos. Cuya labor , por su primor y estilo, correspondien­tes al siglo xvin, contrasta con los toscos si­llares de granito en que se halla enclavado..

El Castillo se hallaba, pues, en un estado semejante al de las descripciones que prece­den y sin que los Marqueses de Mos hicieren en él más obra que cambiar eí escudo, como queda dicho, y arrendarlo por la módica suma de quinientos reales, para servir de escuela

‘ ele niños y niñas. El encontrarse alejado de todo camino real lo preservó de los destrozos cometidos por los invasores durante la guerra de la Independencia, y el modesto dómine que habitaba tan señorial mansión evitó, cam- ‘ biando una viga ó tapando una gotera, que se consumare la ruina total del edificio.

Esto en cuanto al. Palacio se refiere, pues las fortificaciones se hallaban, y se hallan aún hoy día, en condiciones de desafiar la acción demoledora de los siidos.

O

En iS/O, buscando los Marqueses de la Vega de Armijo y de Moa un lugar en que po­der fijar su residencia de verano, visitaron el Castillo de Sotomayor. Verlo y decidirse á restaurarlo fué todo uno, sin que les arredrara la necesidad de hacer caminos, lo gigantesco de la obra emprendida, la creación de los jar­dines que han sustituido á los campos de maíz, ia construcción de cañerías, conductos de agua, etcétera, etc,, y sin que interviniera en la obra ningún arquitecto que a! querer perfeccionar la restauración pudiera, con inhábiles reformas, destruir el sello de antigüedad y de grandeza anejo á la tosquedad de algunas construcciones.

 

Trazado con brevedad incomparable el pri- nicr camino de ceche que ha conducido á Sotomayor y que empalmaba á ¡os tres kiló­metros del recorrido con la carretera de Viso, al año de empezar la restauración se pudo -ya habitar en el Castillo.

Una de laa obras más importantes que hubo que hacer íué la restauración de ¡a Torre del Homenaje; ésta se hallaba en buen estado, pero cubierta de hiedra y desmantelada. Se suponía entonces, de acuerdo con algunas tradiciones, que cuando la rebelión de rfruga, los Reyes Católicos le impusieron como castigo el rebajar diez hileras de piedras de su Torre de! Homenaje, y que negándose á efectuarlo el Conde de Camina, las tropas rea­les penetraron en la fortaleza y desmantelaron la torre. Pero no es admisible esta versión, pues está demostrado que jamás se pudo to­mar esta plaza al Conde de Caniiña, que la usurpó traidora y arteramente su hijo D. Alva­ro, y siendo éste adicto á Fernando é Isabel era inútil imponerle tal humillación; así es que nos atendremos a lo que parece más lógico, y es que éste fuera uno de los castigos im-.

puestos al parricida y que se llevó á cabo durante el corto tiempo en que los bienes confiscados se hallaron en poder de la Justicia. Al volver á levantar las hileras de piedras (para lo cual se emplearon los mismos materiales que aí derruirse habían caído en ia parte inte­rior) se prescindió del espesor del muro, que en el resto de la torre es de unos tres metros y medio, y dejando el espesor natural se cons­truyeron habitaciones que hoy sirven de vi­vienda. El centro de la torre io ocupa la sala de armas, situada sobre e! almacén de víve­res y e! calabozo. Es:>j último, bien abovedado, no tenía más entrada que una abertura circu­lar, por donde desde la sala de armas se arrojaban los prisioneros, ni más ventilación que una estrecha ventana atravesada por grue­sas barras de hierro. Al quitar los escombros apareció esta abertura, y calculando que el calabozo debía de estar al lado del almacén de víveres, se abrió en el muro una puerteci- 11a, por la cual se puede entrar á visitarlo.

La Torre del Homenaje no tenía puerta alguna en su parte exterior, y se penetraba en ella por un puente levadizo que la ponía en

 

comunicación con eí palacio ó vivienda, cu­yos estribos se ven aún sobre ia puerta de entrada.

Hoy día, el viajero que visita el Castillo deja el ferrocarril en !a estación de Arcade, a orillas de la ría de Vígo, emprende su camino por la carretera que conduce á Puente Arcas por Sotomayor (1), y dejando á su derecha la montaña de Peneda con la blanca ermita que ha sustituido al áierte de Castrícán, y á su izquierda al río l erdugo, de cristalinas aguas, descubre el precioso panorama que ofrece eí valle de Sotomayor. A media ladera, en el fondo del valle á que domina, ennegre­cido por los siglos, rodeado de seculares cas­taños, álzase el Castillo de Mos. Si se halla en él su dueño, se ve ¡remolar en la torre la ban­dera jaquelada de amarillo y rojo, con la taja negra que ha dado lugar á la leyenda. A los cinco kilómetros de marcha se abandona la carretera y se entra en la verja que da in-

(l) Esta carretera está aún en construcción en su segunda parte, y pondrá í Sos habitantes de aque­llos valles en contacta con las aguas de MondarLz.

 

•greso al bosque, poblado en este lugar por hermosos eucaliptus. Al terminar la subida, el camino bifurca con la -antigua carretera, cons­truida cuando se restauró la fortaleza, que ve­nía por el Viso faldeando los montes del Es- pinho y atravesando en más de un kilómetro los pinares que son hoy día bosque del Castillo.

Ambos caminos terminan en una hermosa plaza rodeada de plátanos, donde se halla una segunda verja, dos pabellones de construcción moderna, pasando los cuales la avenida, bor­deada por gigantescas plantas de hortensias azules que crecen á la sombra de los ya-men­cionados castaños, famosos en toda Galicia per su antigüedad, describe una elegante cur­va que conduce á una rampa empedrada, con pretiles á derecha é izquierda. Esta rampa está separada de la puerta del primer recinto por el puente levadizo, pendiente de gruesas cade­nas de hierro. Franqueada la puerta, sobre la cual se halla el escudo de los Marqueses de Mos, un espacio triangular, la Torre del Ho­menaje, una segunda muralla, la plaza de ar­mas y la entrada del Castillo que defiende un torreón con su matacán. Esta puerta da ingre-

so al palacio ó vivienda. A la derecha lo que debió de ser Cuerpo de guardia; al frente la . escalera; en el primer descanso la Capilla.

Las puertas de !a Capilla son de nogal; mag­níficas tallas que representan á San Pedro y San Pablo. La Capilla es gótica; tiene su coro y su tribuna. En el altar mayor un lienzo de Plasencia, copia de un San Antonio de Muri- Ilo; á la derecha de! altar mayor una lápida dedicada á la memoria del Comendador de Almorchón y Cabeza de Buey; debajo de la Capilla la cripta. [Allí descansa, en el seno de la obra á cuya restauración había coope- ‘ rado con tanto ahinco, la última Marquesa de Mos!

En el piso superior del Palacio un recibi­miento y el salón; cuando el Castillo estaba arrendado para escuela, este aposento, dividi­do por tabiques de madera, servia de vivien­da á los maestros, y su chimenea de granito sema de hogar y de cocina; sin embargo, el estar habitado evitó la ruina deí artesanado; hoy día es la habitación que con la sala de armas tiene más carácter;, las demás, que se hallaban en un estado deplorable, ha sido pre­

 

ciso amoldarlas á las necesidades de la vida moderna. Lo que hoy es sala de billar- era la escuela; esta sala tenía por piso la roca misma sobre la que está cimentado el castillo, en la cual descansa hoy el pavimento de madera. La galería de arcos ojivales que ¡a rodea se hallaba muy maltrecha, con algunas columnas sustituidas por estacas; todo ello pintado de rojo y preparado para colocar cristales; fué preciso picarlo y reemplazar las estacas con nuevas columnas de piedra.

La muralla que rodea la plaza de armas es más antigua que el .recinto exterior; tiene dos metros de ancho v su altura varía, se^ún los

–                                     •      O

desniveles del terreno; para subir á ella hay dos escaleras sin pasamanos; empieza en la Torre del Homenaje y termina en la parte Sur Oeste del castillo, en la cual las rocas forman una defensa natural, superior á ningún ba­luarte. En esta muralla se hallan tres (r) pie-

(!) Había seis cañones, pero dos se fundieron en tiempo del penúltimo Marqués de Y.os, para hacer una campana, y otru fué regalado por el mismo al Mu­seo de Artillería.

 

zas de bronco contemporáneas del Conde de Camina que, como es sabido, tiene ¡a fama de haber introducido en Galicia el uso de las armas de luego (r):

El recinto exterior tiene, además del puente levadizo de que queda hecha mención, otra entrada defendida por una torre hoy día des­tinada á biblioteca.

El parque que rodea á la fortaleza es mag­nífico; allí se da iodo: e! cedro del Líbano crece al ¡ado del eucaliptus; el abeto de! Norte junto á la palmera y el naranjo. Las plantas de camelia son árboles en vez de arbustos, y los magnolias alcanzan la misma altura que las coniferas. Eí césped alfombra el suelo como en los paisaje.s ingleses y las rosas tienen el fra­gor de los climas meridionales.

En el parque hay dos manantiales: uno, que alimenta un estanque; otro, al que se atri­buyen virtudes medicinales y que surge de una fuente, que copia en su remate las al­menas de la fortaleza: En la plaza de los

(i) López Ferreiro: Galicia en el último Urdo del siglo XÍr.


castaños está el teatro, el pabellón para hues­pedes, más allá las cocheras y demás depen­dencias.

En el pinar una ermita, dedicada á San Ca­yetano, congrega el día 7 de Agosto á todos los fieles de los contornos á su romería anua!, y la fama-de Ls milagros del Santo se extien­de por toda la comarca.

El Castillo es hoy día muy visitado por todos los viajeros que frecuentan la provincia más pintoresca de España. El Rey D. Alfonso XH lo honró tres veces con su presencia, siendo acompañado las dos últimas por la Reina Doña María Cristina; la exquisita afabilidad del Mo­narca le sugería mil elogios y alabanzas dedi­cados á encomiar la grandiosa fortaleza y el frondoso parque que la rodea. Los eucaliptus llamaban sobre todo su atención, pues según sus textuales palabraspa.rccia.71 tpicrcr ag-rcrcar las nubes.

Mucho más se podría decir sobre el Castillo; sus bellezas merecían otra pluma para descri­birlas, y sobre todo pira hacerlo de una mane­ra adecuada, me faltaba haber nacido en otra época. Admiro como artista la mole granítica

 

que se destaca sobre los castaños, adornada con guirnaldas de hiedra; como gallega, pro­feso sin igual cariño por el rincón en que he nacido; he procurado desentrañar concienzu­damente la historia de la fortaleza y de sus señores de la penumbra del olvido, pero no he sabido adornarla; me .falta la fantasía.

En los albores del siglo xx, con las distan­cias suprimidas ó acortadas por ferrocarriles y automóviles; con el teléfono, el fonógrafo, el telégrafo sin hilos y ia luz eléctrica; ro­deados del confort de que se disfruta hasta en las posiciones más modestas; aspirando al progreso en la ciencia y en la civiliza­ción; no concibiendo la guerra más que para imponer la civilización misma, ¡no podemos comprender la sublime epopeya de la Edad Media!

Aquellos cerebros exaltados hasta ei más sublime misticismo que retratan en los esbel­tos arcos góticos de sus catedrales, que pare­cen querer elevarse hasta el cielo en una ple­garia, mientras que sus viviendas, toscas y soberbias, semejan guaridas de lobos ó nido;, de águilas; porque el caballero de la Edad

 

‘Media es ante todo un ave de rapiña, mezcla del condotticri y de! bandido, feroz, bárbaro, ingenuo, exaltado y místico; extremoso en todo, en la virtud y en el vicio; defendiendo con el mismo ahinco !a santa causa de su reli­gión y [asmas injustas querellas. ¡Producto de la Europa feudal del período que, cual larga pesadilla intelectual, constituye la Edad Media! Naturalezas infantiles, dice Taine, que Ioi mis­mo lloran y ríen, que se abrazan ó se destro­zan; incomprensibles para nuestros cerebros modernos, pues el que ha querido ponerse á su dianasón ha desentonado, produciendo la

X                                                                                                                                                     / JL

serie de novelas caballerescas que marcaron la decadencia del romanticismo. Nuestra na­turaleza necesita exaltarse para comprender­los; y si á veces contemplando la gigantesca sombra del Castillo, sus baluartes, sus torres y sus troneras, los delicados arcos de la gale­ría tenuemente iluminados por la luna, hemos evocado en fantástico tropel, damas y caballe­ros, trovadores y doncellas, con su legendario acompañamiento de grifos y endriagos, gigan­tes y gnomos, semejantes á los que concibie­ron y veían con su febril imaginación nuestros

antepasados; si seducidos por el mágico en­canto que se desprende de su leyenda dorada hemos intentado describirlo–, nos detuvo, lan­za en ristre, la descarnada figura del Hidalgo de la Mancha.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

u

O

 

T

 

A LOS PRELIMINARES

Ce.icripcion del Rey no de Galicia, y de las cijas notables del con las armas j Blafones de las Liuages de Galicia, de donde proceden fe Haladas cafas cu Capilla.

Dirigido al Mui Ifafire Ceñir jlarifcluil de Xatiarra. Compuesta por el Licenciado Molina, natural de Málaga.

Ij!j o.

Con privilegio Real.

DE LAS FORTALEZAS

Las ¡oríalejas, queriendo contnllas,

Xa puede hacerte con facilidad.

Ay muchas, y fuertes y de antigüedad.

Y ouiera. caftillos de buenas murallas, También otras torres con tus antiguallas.

Mas muchos de aqueftos, en tiempos pallados, Han fido por junta de gente afielados,

Por mas que cim’les y viles bataUas.

 

[22                                       el’ castillo de mos

• Ay en efte Reyno muy famosas fortalezas, y de- gentiles tucrgas, y edificios, y ouiera muchas mas, fi a manos no ouicran fido dcrriuadas y las que alean- ge .í faber, que eftan en pié, parné aquí por fu abe­cedario por quitar prioridad:

H

L

Aitamíra.

Lantaaor.

Ribadauia.
Lobera. Ribades.
Amlrade. Lugo. Rodero.

3

ÍI

S

Earriem. Mexia. Saluatierra.
Do! i o.. Mtíus. Sacde.
3jron.

Mceche.

Santa Marta.

G

MilmarH

Sarria.
Caitrofioro.

Mon:’.ine.

Sobro!©.
Ca::romonte. llontercy. Sotomayor.
C>!:r<) de Rey.

M

Caftrouerde.

T

C.i! ‘ ’ Ñrtrio. Teuia.
Cir:.. ■ líauia. Torres.
Corcubion, Nobais.
C-.-ruña.

Y

Cxirce.

P

Vatdiorres.
Chantada. Pambre. Vayona.
Parga. Viana.

P

Peñarlor.

Villanueva de los.

Forceas. Poroja. Infantes.

G

Pórtela en Lirr.ia. V:».alua.
Grouas.Grouc. Pucte¿ Denme.

 

 

Otras muchas cafas y torres fuertes au¡a, que dexo de poner por feguír mi brcuedad, puefto 4 feré reprehendido de los dueños, por ao hazcr ra en­rió dellas; pero por no fer tá culpado, quiero toda­vía cofelfar, que queda por oluido.

 

AL CAPÍTULO I

DE LOS SA-U’EDRAS V SOTOMAYORE3.

Veremos dos cafas que están ermanadas,

Que sen Saavedra con Sotomayor;

Ouei uno, al infante del Reyno el menor,

Por grande desastre dio fin a fus hadas, ilas luego fus culpas le son perdonadas,

Por hecho animo ib, y en partes nftuto:

Por donde sus «andas se tornan en luto, Quedando al ermano las otras doradas.

Esios dos linages vienen’ en Galicia de dos herma­nos, los quales riman con un Rey defte Rey no: al uno deftos le acaefció una gran desgracia: que ci­tando un día en una huerta holgando en cotas de placer, con un Infame hijo de fu Rey. atrauesó efte Infante, oor donde uno deftos dos hermanos citaba tirando, y acertandoie, mató luego allí al fu Infante; de lo qual, fmtiendo mas la muerte, el viuo fe va para el Rey, y tomando de la punta una efparía fe hinca, de rodillas ante ei Rey, y poniendofela en la mano le dixo el gran defafire T-o ie era acaefcido, fin. tener en ello intención, y que p,jes él era el ma­tador, que le fuplicaua que con aquella efpada le cortaffc la cabega, pues auia muerto a su Señor. El Rey, tomando aquel hecho como fabio, y ef’tando fatisfecho que en aquel Caual’ero no auia de auer ánimo ni intención para matar al Infante, ío perdo­nó, y ansi de oy en adelante fe llamó Sotomayor: por aquel foto de efto acaeció, üamandofe Saavedra, como’el otro hermano. Tratan eftos dos hermanos por armas ciertas vanderas doradas, y agora los que vienen de aquel Sotomayor !as traen negras por aquel cierto calo de défdicha.

(Descripción del reina di Galicia, etc., por el Lic. Moli­na. 1.550.)

 

AL CAPÍTULO IV

En esta noía-se dice que la Duquesa de Sotoma­yor presentó en el pleito la Sentencia del Licenciado Ronquillo contra D. Veciro el Parricida. Dicha sen­tencia fué sacada del Archivo de Simancas y la fa­cilitó su Arcniverc D. Manuel Avala y Rodales, sien­do previamente legalizada. Xo cabe, pues, duda al­guna en cuanto á su autenticidad se refiere.

Deseando, por la escrupulosidad observada res­pecto á todos los documentos mencionados en esta reseña, procurarme r.-ieva copia dei documento ex­presado, hube de pedido á Simancas, de donde mti enviaron ur.a Ejecutoria contra un D. Pedro de So­tomayor, cuya fecha no coincidía con la que men­cionaba en esta obra, como su contenido no tenía tampoco relación alguna con el asunto que me inte­resa. El citado documento tiene fecha de 15– y trata de cielitos políticos, sin duda relacionados con los Comuneros de Castilla.

Siguiendo raáü adelante mi investigación, para

 

r2S                                            el cotillo de mos

averiguar qué podía haber sido de un documento’ que existía en Simar..35 en [«ó, y cuya autentici­dad es indiscutible por las razones expresadas, ave­rigüé que. ruando en iSco se apoderaron ¡os fran­ceses de ¡a fortaleza de Simancas, ocupándola mili­tarmente y haciendo de ella el punto más resistente de operaciones en Castilla, .-«mpieron las estante­rías, inutilizando gran número de legajos, que sirvie­ron para formar camas d ¿os caballos.

En iSíl, y siempre á consr-cuencia de la misma guerra, se llevaron á Francia 7,861 legajos de ios más ricos é interesantes de! Archivo; y aunque en 1.8lo, y por orden del Ministro francés, Príncipe de Yaileyrand, se devolvieron ~~53 legajos, se Que­daron 6 extraviaron 103, correspondientes á los si­glos xiv, xv, xvi, xvn y principios del xvm. En el estado lamentable que quedó el Archivo, justo era buscar su reparación, encargándose de su arreglo D. Tomás González, Canónigo de Plasencia y Comi­sario Regio, quien logró reur.ir dichos papelt-s, dán­doles la debida clasificación.

Nada tiene, pues, de particu’zr que se extraviase la Sentencia á que me refiero, siendo la Ejecutoria, que en su lugar me remitieron, a¡ena á este asun­to, y casi me atrevo ú. asegurar que ajena á esta familia.

Los datos que preceden los he extraído del Anuario del Cuerpo de Archiveros, tomo 1, año de íSSr.

Lrn;o — Ni’meHo 24.

Instrucción autógrafa dada por 5.51. á Ferrán= des Sardina para lo que en el Reino da Gali­cia ha de mandar hacer á Pedro aivnrez, 31- varo da Sotomayor y otros; en contra del Hrzobispo de Santiago.

Eí Rey.

Lo que vos Ferrand Sardina avedes de fazer e de­sir de mi parte en el Regno da Galicia, es lo se­guiente:

Primeramente.—Diredes á Diirnalciar.es. m: «sa­llo, ciue su soruicjio e placer me desea tacer luego se conforme e confedere con Alvaro de Suto’mayor, pos- ponyendó toda question e debate que entre eiío sea. e ansí confederados se apoderen de ¡a cibdad e vi­llas de todo e! Arcobispado de Santiago e lo entre­guen a Pero Alvarez de Sotomavor e le avaden con sus gentes a cobrar la pesesion e fortalesns déi, por­que mi voluntad determinada es quel sea Arzobispo de Santiago, e que Jo ansi fagan non enbargaren quiiesquier mis casas que yo aya dado ó diere ai Are obispo de Sevilla u a Fernando de Fonseca o a otra qualquier persona.. las quales desde agora de­claro de non proceder de mi voluntad, e por tales las revoco. Dyredes al dicho Bernaid Janes que en

 

ninguna manera                                    (tj a jran reca’cdo

e non suelte ni Arzobispo (pie. fue de Santiago, que tiene paso, avoque sobre ello le muestren qualesquier mis cartas escripias de mí mar.o o en otra manera, fasta que yo lo enbie la señal, que con vos le enbio, que entregue el dicho Arzobispo a Alvaro de Soto- mayor.

E que si easo fuere que Fernsndcí deFuenscca (2) o otro, contra esta voluntad mía fuere al dicho Ar­zobispado, los prenda o tome lo que licuaren.

Lo qual el faciendo le certifico por mí se facer que las mercedes que por el dicho por Aluares llamada de mi parte le serán prouadas las                                                                                                e le

mandando ¡as provisiones necesarias.

E ansí mismo, si algund cauallero de Galicia o otra persona ayudare al dicho Arcobispo o Fernando de Fonseca, los fagan guerra e prendan e tomen sus byenes.

Diredes a Don Fernando de Castro que luego sal­ga de la cibdad Santiago e el ruii otro Cauallero non entre en ella, saluo ios qu •’ dicho Pero Aluares en­tendiere.

Diredes al dicho Don Femando e Lope Peres de Mendtíca, e Suero Gomes de Sotomayor, e Sancho de Vlloa, e Gomes Peres de las Merinas, e Ferr.and

(1) L.i} palabras que debían ocupar el lugar cíe estoa y otros dpacioi en blanco, no son legibles.

(-j Por Per Al bares.

 

Peres de An-drada, que- luego se junten con el dicho IJero Aluares, e Bernaid Janes, e Alu-iro de Sotoma- yor, e Aluaro P?res de Casero, e con sus gentes le ayuden a tomar la pos^sion d<M dicho Arzobispado, cercando e combatycndo las Villas e fortaíesas que no le obedecieron, e que por ello los fare mercedes, e de lo contrario avra enojo, e que !o asi faga non enbargaren Otras mis cartas     o secretasque

le sean mostradas.

Dire-.ies a ¡a cibdad de Santiago e a las Villas de Nova, e ?durüs, e Padrón, e Pontebedra, que non acojan a Fernando de Fonseca ni a otra persona nin cauaüero de parte riel dicho Arzobispo, ni en su fauor, saluo a las dichos Pero Aluares, e Berna! ja­nes, e Aluaro de Sotomayor o a quien eilos manda­ren; o si otros en. la dicha cibdad o villas hay con mano armada a los de común ‘Y) se junte, e los pren­dan e se los entreguen al dicho Pero Aluares presos, así eclesiásticos como seglares, o los bote fuera de la tierra.

Diredes a ios dichos Concejos que luego se junten con los dichos Pero .Muarés e Bernald Janes é Alua­ro de Sotomayor e conbatan la iglesia de la cibdad de Santiago e torre de la placa fasta que se entregue al dicho Pero Aluares, e que en ello me taran servi­cio, e les prometo las mercedes que vos el dicho Ferr.and Sardina de su parte me aveis suplicado, e que de lo contrario avra grand enojo c procedería contra ellos y contra sus bienes.

 

1^2                          el castillo ‘de mos.

Diredes a Johan García, provisor, que le ruego r mando que luego      entre dicho

en el dicho Arzobispado, puesto sin poner enllu otra

E si no lo quiere luego facer de^id de mi parte al dicho Congojo que luego lo presaban e lo entreguen preso al dicho Pero Aluares para aue rae lo enbie. para que yo mande castigar a los que semejantes al­haracas (sic) e que mis testigos ponen.

En todo vos a vos muy diligente, porque esto aya efecto, porqué cumple mucho ?. mi servicio e pajiñ- cagion de mis Rcynos. Lo <:r.¡aí faciéndose prometo por mi fe Real de vos facer mercedes e complir lo que de mi parte aseguraredes.='»d el Rú.v.=:Rubri- cado,=Por mandado del ReJ, ‘jihan García, ó Gon- záks.=R ábr iea.

SOBES EL COMENDADOR

Archivo Histórico Na,cion&L—Ordenes Militares. Pruebas de Caballeros.

Legajo del Apéndice,—Expei.í-.rc num. ig.

Don Diego de Sotomayor,=En Madrid ,1 lo de- Diciembre de 1510 años.=Juan C-.V^o, vecino de la cibdad de Tuy, testigo presentado por el dicho

a p i ce al cAi’irri.’j iv                                133

Don Diego tic SotGmayor, jurado en l’orma de dere­cho. r’tc.

L.1 A la primera pregunta dixo canosce al dicho Don Diego de Sotomayor, <; que a su padre no lo conosció solo por oydas, c que conoscio a su madre, que se Ilamava Doña Theresa, Condesa de Camina. Preguntado que apellido o de que linage hera, dixo que no !o sabe.=Pregunta<io cómo la conosció, dixo que por vista c trato e conversación que con ln di­cha Condesa 2 con el dicho Dm Diego tubo, = Pre­guntado si cbr.osció á los ahuelus del dicho Don Diego, dixo c.ue no los conosció.

2.1        A la secunda pregunta diso que la sabe como en olla se cor. .i-’n?.—Preguntado con: 1 U sabe, dixo que porque Jo cenia por señor de Sotomayor c For- nelos e Salvatierra, <: que sabe que por tales hijos­dalgo eran ávidos e tenidos en toda aquella tierra, e que nunca oyó desir ¡o contrario.

  1. a               A la tercera pregunta dixo que es de hedad de quarenta a.los.
  2. ^              A ía quarta pregunta dixo que por tal hijo legitimo, avidj de legitimo marrimoniu, es ávido e tenido en toda aquella tierra.
  3. a               A la quinta pregunta dixo que no le co- nosce enfermedad alguna, antes le tiene por om- bre sano c jugador e recio para el exercicio de las armas.
  4. a               A la sexta pregunta dixo que no sabe que aya bibido coa ningún señor, saluo al Rey nuestro ij.j             el Castillo i~ ;¡os

señor, e que no ha tenido ningún oficio de los con­tenidos en la dicha pregunta.

  1. a A la sétima e octava preguntas dixo quistas no sabe ni sab*3 mas deste caso, so cargo de jura­mento que hizo, = Firmado de su nombre, Cj.t7j‘J.=R.ubricado.

.je * ‘t*

Juan de Estrada, vecino de Villa-Real, de Portu­gal. testigo presentado por c-1 dicho Don Diego, ju­rado en forma, etc.:

I.1          A la primera pregunta di::o que coroscc al dicho Don Diego de Sotomayor e que (también 1 a su padre c madre; e que su padre se llama el Conde Don Pero Alvares de Sotomayor e su madre Doña Theresa de Tabora, e que a sus abuelos no los co- nosciü, e que a los susodichos conosciú porque fue criado del dicho Conde, que los sirvió por espacio de treynta años.

.V la segunda pregunta dixo que ¡a sabe como en ella se contiene.=Pregur.tado cómo lo sabe, diso que porque sabe que las casas de los susodichos son avidas e tenidas, asi en Portugal como en Galicia, por de ombres hijosdalgo e cavalleros, syn tener merced de las contenidas en la dicha pregunta.

3.a A la tercera pregunta dixo que sabe que puede aver treynta e tres años.= Preguntado cómo

 

lo sabe, dixo que porque esto testigo ¡o crió todo este dicho tiemoo.

4.1        A ía quarta pregunta dixo que ¡a sabe como en ella se contiene.=FregQntado como lo sabe, dixo que pnrque por taJ hijo legitimo es sabido e tenido e por tai subcedió a sus padres en sus bienes.

5.3 A la quinta pregunta diso que Je tiene por ombre sano e abil para la caualleria.

  1. a A la sesta’ pregunta dixo que no sabe que aya bibHo con ningún Señor, saluo con e¡ Principe Don Juan e con el Rey nuestro Señor, e que no ha tenido nir.gun oñcio de los contenidos en la pre- gur::a.

~y ■:.* .V la sétima e ocrara pr?gunca dixo questas no sabe, c nue esro sabe so cargo de! jura­mento que bázo.= ¥u3n Dcsir¿iii<z.-= Rubrica.

Iiay otro testigo, ó sea el tercero, cuya declara­ción no ciñere en nada de ias copiadas; no así el cuarto y úklrao, que en la primera pregunta de su declaración dice así:

■tt.11 A la primera pregunta diso que conosce a Don Diego de Sotomayor e que conosció a su padre g madre, e quel dicho su padre se llama Don Pero Alvares de Sotomayor e su madre Doña Teresa ce Tabora.=Preguntado como ios conosció, dixo que porque fue oage del alcafar del dicho su padre, ocho añes; e que conosció á la huela de parte de su pa­dre, que se llamava Doña Costancia de Quñiga, que her’a ermana de Juan do Quñiga el bermejo de Va- Iladolid, e que sabe que es ni.-to de Aluar Perca’de Touara.s

Las preguntas restantes, por ¡o común iguales contestaciones que las dadas por los testigos ante­riores.

Rorna, 23 de Noviembre 151S. — ji’iim. 5 5. Legaju t.

Copia de zulo carta del Papa Leo-i décimo dirigida d los Oidores de la Audiencia de Galicia y al Licen­ciado Ronquillo, coa motivo de ’mbersc Confiscado los bienes d Don Pedro de Sote mayor, clérigo del Obispado de Tuy, residente en Rama.—La carta está escrita en jonna de Breve.

Copia de vna carta del Papn en forma de Brebe escrita a dos íuezes Oydores de Galicia en fabor de Don Pedro de Sotomayor, Clérigo ¿jI Obispado de Tuid:

EL Papa León décimo a los amados hijos del Con­sejo del Charissimo en Christo nuestros hijo Carlos catholico Rey de las Espanas.

Querido hijo, salud y appostolica bendición os ymbiamos, etc.=Heraos sentido mucho el auer en­tendido que los amados hijos el Licenciado de Biluiesca, Oydor del Reino de Galigia, y otro Licen- a°~;;dice al capítulo iv                    r37

■ciado Ronquillo, in conhscado de hecho, y embar­gado los bien^-s del amado hijo Pedro de sotomayor, Clérigo del Obispado de Tuyd, que al presente assis- te en la Corte Romana, siendo asbi i ¡tic los Legos no tienen jurisdicción en las personas ni bienes de los clérigos, y en auerlo hecho, no menos han ofFendído la reputaron de nuestro Rey Catbolico, que an me­noscabado Nuestra Authoriáad y la Libertad eccíe- siastica, según de la carca que escriuimos al mismo Rey podreys entender, y lo que 03 estara mejor.= Por !o cuai amonestamos en el Señor nuestra deuo- cion, y a caca vno de vosotros, que considerando con maduro cornejo y atención lo que esta ordenado en los Sagrados Cañones en defensa del priuiiegio Clerical y lo -ue condenen. :as carcas que ymbiamos al dicho Rey, que de aqui adelante, por c! respeto que nos debeys y a la Santa Sede Appostolica, vues­tra prudencia y la obseruanria de la Justicia, os afas- tengays de semejantes casos, y lo hagays de suerte que en el presente el dicho Pedro de Sotomayor sea enteramente restituydo en sus bienes como a vues­tro ofñcio incumbe, y si lo hizieredes, según debeys y esperamos, sera muy conforme a la justicia, que ante todas cosas los que juzgan deben siempre tener delante les ojos, y de mucho contento para nosotros que estamos obligados (en lo que de nuestra parte fuere y Dios nos ayudare) por la dignidad de la San­ta Sede Appostolica y nuestro Pastoral Ofñcio a de­fender los Clérigos de toda ynjuria y agrauio.

 

Dada en Roma en el Palacio de Sant Pedro, sella­da con el Altillo del Pescador á veinte y ocho d’_- Nouiembre de mi} quinientos diez y ocho, en el sé:í- to año de nuestro Pontificado Euaneetista.

vVr-’ÍMi ^ í

 

Primera hoja de principios………………………………… I

Anteportada…………………………………………..                     3

Portada………………………………………………..           3

Dedicatoria………………………………………………….. 7

Preliminares………………………………………………… o

Capítulo ¡:

Dtísns el optett” de la casa hasta PAYO DE SOTOMAYOR: Origen de !a casa.—

Los S’r.vedras.—El Ob’ópo Servando.—Pe- tlro Seguí¡10.—Lo que dice Aponte.—Lo que dice Argnte de Molina.— Estado de ía Peníu- sula.—La Historia de España escrita por mo­ros y judí’js.—Renacimiento.— Payo SoLo- mayor. — Suero Gómez, el Mariscal.—Las minas de Saato Domingo en Pontevedra.—

La casa de Sotomayor fuedadonv de ilustres familias en España y Portugal.                            J

Capítulo u:

Exrt:;ciÓN de la k.lma r.iicÍTiM: Fernir. Yá- ñez de Sotomayor.—Su tesía—ento otorga­do en Yallacoiid en 1440.—Doña Mayor de Sotomayor-—Per Alvnrez de Sotomayor, el Bueno.—Sus disensiones con eí Conde de RibacLivia.—Muere sin sucesión D. Alvaro.

Vuelven sus hieres á su tía Di.na Mayor tlq Sotomayor. — Rasgo y trelaftíínto de esti última,—El bastardo D. Pedro es legitima- (!o por los Reyes tic Castilla y Portugal. … .33

Capítulo nt: MADRUGA……………………….. 43

Capítulo :v:

D. Alvaro II, Conde ctó Camina. — Di .ña Inü^ Enrique? de _’onroy. —D. Pedro (íc Sotoma­yor.—García Sarmiento.—Disensiones uniré madre é hijo. —Fornelos. —El parricidio.— Sentencia dictada por el Licenciado Ron- quiüo.—Confiscación de bieces. —Arrenda­miento por D. Vajeo de Ozores.—Lus Hijos de Madruga.—El Cnmeodadíir.— Enlace de Doña María con Alonso Ii.de 0;¡irós.—Crea­ción del vínculo.—Mis pleitos…………………………………………………………. fio

Arjsol f;ESEAL(ii:ici>………………………….              S9

Capítulo v:

Los sucesores de Dona María de Sotomayor reclaman sus derechos al vínculo creado por D. Diego. — Pleito entre el Marques de Mos y la Duquesa, de Sotomayor.—Descrip­ción del Cantillo de Sotomayor hecha el si­glo xv:.—El pozo de la ?’Iora, —El Castillo en 1733-—El Marqués de Mos toma posesión

de la fortaleza.—Restauración por el Mar­qués de la Vega de Armijo y de Mos.—Es­

tado actual                                                                    Qj

Apéndices:

A los Preludiares………………. . ……………………..     121

Al Capítulo t…………………………    125

Al Capítulo iv………………………………………..     1-7

Indice………………………………………………….

Colofón………………………………………………………………….. ■  143

 

Impreso en si

Esí.ib ¿¿cimiento tipográfico de

ForiamL,

Libertad, og, Madrid,

er. Agoste ce

I9° 4 nj


il-colon c

 

(i) Archivo del Duque de ia Roca: Casa de So- to mayor, legajo 10, núra. 41.

(i) Este fuerte, llamado de Castricán ó Cas- trizan, debió serediñeado en e! monte de laPeneda, parroquia de Santa María del Viso. Hoy día se halla en su cumbre una ermita dedicada á Nuc.Lra Señora

(i) De quien descienden directamente los Mar­queses de Mos, coso se puede ver por el fragmento de árbol genealógico.

&            Cí

(i)       Confiscación que era de temer por la adhe­sión de Madruga á la causa de la Beitraneja.

(1)     Escritura ¿2 arrenimiento á favor de Brisco de ores de los bienes pon oseados ¿i D. Pedro de Sotomayor, etc., etc. (Archivo del Duque de la Roca: Casa lie Sotúrnayor, leg. r.fl, aúrq. 53.)

(2)         Hijo de Teresa, hermana del parricida. (Ver el árbol genealógico.)

(i) Testamento de D. Fernando de Sotomayor, núm. lo, otorgado en la ciudad de Santiago en 24 de Febrero de 1449.

(i) Ver el árbol genealógico.


[1]        La renuncia que en él hicieron sus hermanos.

Cristóbal Colón ¿EConferencia por Celso García de la Riega 1498

CONFERENCIA

POR

CELSO GARCÍA DE LA RIEGA EN SESION PÜBLICA CELEBRADA

POR LA

SOCIEDAD GEOGRÁFICA DE MADRID

EN LA NOCHE DEL 20 DE DICIEMBRE DE I898

 

Honrosa é inapreciable distinción ha sido3 señores, para mí que la ilustre Sociedad Geográfica, á propuesta de su digno individuo el docto historiador y geógrafo D. Ricardo Beltrán y Rózpide, me haya invitado á presentaros en pública sesión el modesto trabajo de que voy á daros cuenta. Reclama de mi pecho este favor una gratitud tanto más profunda y duradera, cuanto menos proporcionadas son mis facultades á la sabidu­ría de la Corporación y á la importancia de sus tareas; pero también requiere de vuestra parte otra señalada merced, sin la cual quedaría incompleta la primera; y consiste en otor­garme, desde ahora, una benevolencia todavía superior á la que siempre concedéis en estos actos.

Mi estudio versa sobre la patria y origen de Cristóbal Colón; y hablar de tan eminente figura histórica en circuns­tancias como las que ahora sufrimos, es difícil empresa. En los momentos en que, á impulsos de ilimitada codicia y de violencia sin diques, sus venerandas cenizas regresan del mundo que descubrió, de ese mundo en que imaginó gozar perdurable reposo y entusiasta adoración; cuando la gloriosa bandera que tremoló al descubrirle, no vencida, no obligada por las armas del valor y de la lealtad, abandona aquella ingratísima tierra; cuando á la inmóvil faz de las naciones que han establecido la actual civilización > se despoja de su terri­torio y de sus caudales á la que supo, con inimitable perse­verancia y preclaras virtudes, recobrar su existencia en épica lucha de siete siglos y fecundar luego, con la sangre de tantas

generaciones de héroes, casi todas las regiones de ese nuevo continente en que fué siempre madre cristiana y generosa, nunca madrastra egoísta y exterminadora; cuando tamaña iniquidad se ejecuta al finalizar el maravilloso siglo del vapor y de la electricidad, sarcástica ofreuda que el pueblo fundado por el integérritno Washington rinde ante la colosal estatua de la Libertad iluminando al mundo; cuando esta enorme conculcación de ía moral obedece á los apetitos del mercanti­lismo, que quiero ajustar á su grosero paladar la vida y las aspiraciones de los hombres y de las sociedades, parece que todo ideal, temeroso del ridículo ó del desdén con que le ame­nazan la frivolidad y el positivismo, debe desmayar, humi­llarse y desaparecer: intentar, en fin, cuando tan inmerecidas desgracias nos agobian, reivindicar para España la gloria íntegra del inmortal navegante, es, en efecto, temeraria aventura.

Alentado, no obstante, por el acendrado culto que os inspi­ran esos ideales, según habéis demostrado en anteriores sesio­nes al glorificar la memoria de los insignes Coello y Jiménez de la Espada, y según lo demostráis siempre dedicando cons­tantes esfuerzos al bien de la patria y á los nobles fines de la ciencia, no he dudado en someter A vuestro ilustradísimo exa­men y á. vuestro recto juicio un trabajo cuya importancia estriba en el objeto en que se ocupa, no¡ por cierto, en otra condición alguna. Escudándome, pues, en vuestro saber y en vuestra indulgencia, permitidme que pase desde luego á comu­nicaros el resultado delasinvestigaciones impuestas por la exis­tencia en España y en la primera mitad del siglo xv, de los apellidos paterno y materno del descubridor del Nuevo Mundo. Los documentos en que se ha revelado y las mencionadas investigaciones serán materia de un libro al que justificarán las ilustraciones y facsímiles correspondientes; hoy me limi­taré, deseoso de no fatigar vuestra atención, á exponer en extracto varios puntos esenciales de mi estudio.

Considero conveniente hacer, en primer lugar, rápido exa­men del carácter y condiciones que presentan los antecedentes más culminantes que existen acerca de la patria y del origen de Cristóbal Colón. Sabéis que no ha terminado todavía, ni tiene trazas de terminar, la discusión relativa á esta materia, á pesar de que el primer Almirante de Indias declaró en solemne documento haber nacido en la ciudad de Génova. ¿A qué se debe, pues, la1 existencia de la controversia? ¿Por qué no ha alcanzado cumplida fe el que mejor podía resolver todas las dudas?

No es razonable atribuir únicamente semejante situación de cosas al afán inmoderado, aunque disculpable, de los diversos pueblos que se disputan la apetecida gloria de ser cuna del Almirante. Muy poco valdrían sus pretensiones si la vida de Colón anterior á su aparición en España no estuviera rodeada del misterio, si todos los datos históricos que se utilizan pre­sentaran el carácter de congruencia y de unidad que exige la demostración informativa cuando faltan pruebas positivas á favor de una proposición determinada.

Colón, en la escritura de fundación del mayorazgo, afirmó haber nacido en Génova; y no se vacilaría en establecer como * definitiva esta afirmación, si se pudiera abrigar un concepto adecuado acerca de su personalidad, esto es, si se supiera cabalmente que fué ajeno á todos los defectos y á todas las debilidades del hombre, si se demostrara que jamás faltó, ni quiso fallar, ni era posible que faltase á la verdad. Alarmados injustificadaraeute, notabilísimos escritores y críticos, excla­man: ¡Cómo! ¡Llamar á Colón falsario y embustero!

Sin embargo, nadie ha pretendido atribuirle tan odiosos defectos. Lo primero se dice del que comete delito de falsedad ou grave menoscabo de la honra ó de la hacienda ajenas; lo segundo, del quemientecon frecuencia por cálculo, por hábito ó por carácter. El respeto que os debo me impide hacer ahora disquisiciones sobre la moralidad ó la inmoralidad de la men­tira; pero es preciso confesar que los hombres más escrupu­losos la usan ó la disculpan cuando lo exige un fin moral, útil ó conveniente y cuando, á la vez, no perjudica á nadie.

¿Qué tendría de bochornoso, ni de vituperable, que Cotón se decidiera á emplear una mentira que pudo juzgar lícita, puesto que no perjudicaba la fama ni los intereses ajenos y, por el contrario, favorecía los propios en la medida que im­periosamente le exigían las preocupaciones de la época? Si su origen era humilde, humildísimo, ó su familia tenía alguna condición que fuese obstáculo ó, por lo menos, entorpeci­miento para la realización de su grandioso proyecto, ó que le rebajase ante la altiva nobleza española ¿por qué habremos de censurar que ocultase tales condiciones y usase para ello inexactitud tan excusable, señalando cuna distinta y aun opuesta á la verdadera, á fin de hacer infructuosas las inda­gaciones de la curiosidad? Y, por ventura, el hecho de aceptar y de sostener esta interpretación ¿es razón para atribuir á los que la defienden el mal pensamiento de conceptuar falsario y embustero al insigne nauta?

En mi opinión, el Almirante pudo tener, además del expre­sado fundamento, otros dos muy eficaces para decidirse á señalar por cuna la poderosa ciudad de Genova: primero, el pensamiento de que todos los elementos de la fundación del vínculo guardasen la debida proporción con la magnitud del suceso que le había elevado á la cumbre de la sociedad; segundo, la absoluta precisión de ser consecuente en sostener la calidad de genovés con que se había presentado en España.

El éxito que Colón obtuvo por el descubrimiento de las tie­rras que salieron á su encuentro en el imaginado camino occi­dental de la India, así como la adquisición de altos títulos y de provechos x>osilivos, justificaba la adopción de las precauciones legales con que á la sazón se procuraba perpetuar la familia noble; á más de esto, su persona habría de ser tronco de una estirpe esclarecida. La fundación de un vínculo como «raíz y pié de su linaje y memoria de sus servicios», fué en la mente del Almirante idea lógica y necesaria; y tan justamente eleva­do era el concepto que había formado de sí mismo, de su haza­ña y de la fundación del mayorazgo, que en la escritura nota­rial, aparte del estilo grandilocuente que se esforzó en em­plear, encomienda cada menos que al Santo Padre, á los Reyes, al príncipe D. Juan y á sus sucesores, no á la eficacia y al amparo de las leyes, vigilancia especial sobre el cumpli­miento de las cláusulas del vínculo. Pensó que en tan solemne é importante documento no era proporcionado al objeto que le guiaba el hecho de que constase como raíz y pié de su ilustre descendencia un pueblecillo cualquiera; ya que se había pre­sentado en Castilla como genovés, escogió por cuna la más famosa población del territorio ligúreo: Génova. Que esta preocupación dominaba en aquellos tiempos, lo demuestra don Fernando Colón al decir, en la Vida del Almirante, que «sue­len ser más estimados los hombres sabios que proceden de grandes ciudades», y al añadir poco después que «algunos que de cierta manera quisieron obscurecer la fama de su padre, afirman que nació en lugares insignificantes do la ribera geno- vesa; otros, que se propusieron exaltarle más, que en Saona, Génova ó Placencia». De modo que el nacimiento en pueblo de menor ó mayor importancia, era entonces causa suficiente para obscurecer ó exaltar la fama de una persona.

En dicha escritura, Colón añadió, con respecto á Génova, eslas palabras: «de ella salí y en ella nací» , frase que, salvo más autorizado juicio, parece acusar cierta vacilación, porque espontáneamente, esto es, de primera intención, el Descubri­dor empleó el verbo salir, y sin duda rectificó á seguida tal espontaneidad con el de nacer. La idea que le impulsó en este caso, ¿fué quizás la de haber salido de Génova á la vida de la inteligencia, á la vida del navegante, es decir, á una vida de eterna fama, y no á la material?

Preocupado por la idea do quo la fundación tuviera gran­diosa base, Colón citó á Genova en el lugar menos adecuado de la escritura del mayorazgo. Designa en ella, como herede­ros, correlativamente, primero á sus hijos D. Diego y D. Fer­nando, después á sus hermanos D. Bartolomé y D. Diego. En 1498, fecha del documento, aquellos eran todavía muy jó­venes; D, Bartolomé ya alcanzaba respetable edad, y el segun­

 

do de los hermanos del Almirante, D. Diego, quería pertene­cer á la Iglesia, según declara Colón en la misma escritura del vínculo. De manera que, 110 teniendo á la vista nietos ni sobri­nos, el fundador debió temer indudables peligros para la exis­tencia futura del mayorazgo, y, previéndolos, llama á la suce­sión, para el caso de morir sin herederos sus hijos y sus dos hermanos citados, ¿á quién, señores? Ai pariente más cercano que estuviera en cualquiera parte del mundo. Trabajóles daba al Santo Padre, á los Reyes y á los Tribunales, no designando, como era indispensable y lo es en [toda institución de sucesio­nes, una ó dos líneas de parientes paternos ó maternos, en que hubiera de hallarse, en su oportunidad, ese pariente más cer­cano; tal, y no otra, era la ocasión de mencionar la patria, los padres, los parienLes. Y ahora bien; ¿no se apercibe una verda­dera y deliberada nebulosidad en la cláusula que acabo de examinar? Ochenta años después de la fecha de esta escritura queda extinguida la línea masculina del Almirante, y acuden aí pleito, con aventurera temeridad, dos Colombo italianos, uno de Cúccaro, otro de Cuguroo; ninguno do ellos demostró siquiera el parentesco, ¿se hubieran lanzado á semejante em­presa si temieran la concurrencia á la sucesión por los Colom- bo genoveses, á. quienes sin duda conocían? ¿Y no es, por ven­tura, significativa la indiferencia de éstos ante una herencia tan pingüe? ¿Cómo explicar, pues, la disposición del Almiran­te llamando ¿í obtener el mayorazgo al pariente rn;ís cercano que estuviera en cualquiera parte del mundo, y 110 señalando, desde luego, la línea de sucesión, que era lo más elemental para evitar pleitos y para asegurar la realización de los fines que inspiraban la fundación del vínculo?

La cláusula relativa á que su hijo D. Diego, joven entonces de veintidós años, ponga en Genova persona de su linaje, fué iiuludablementeparaColón meraexhornación del vínculo, pues­to que en primer lugar nada le impedía que él mismo, con cabal conocimiento, designara esa persona, y además porque nunca volvió á hablar de ello, ni siquiera {en |el expresivo memorial que dejó á su heredero cuando verificó el cuarto viaje, ni aun en el codicilo que firmó el día anterior aí de su fallecimiento.

 

El Almirante huyó, pues, de mencionar pariente alguno pa­terno Ó materno, no sólo en la escritura del mayorazgo, sino también en los demás documentos; hecho verdaderamente sig­nificativo y que, unido á otros no menos singulares y elocuen­tes , como el de que durante el apogeo de Colón no se haya revelado en Italia la existencia de parientes suyos, corrobora la afirmación de D. Fernando, el historiador, de que su padre quiso hacer desconocidos é inciertos su origen y patria.

Vióse obligado Colón, por conveniencia propia y por conse­cuencia de carácter, á sosLener la calidad de geuovés que osten­taba ante la corte de España; y al entrar en el estudio de tan interesante punto, se me ocurre la siguiente pregunta: ¿ora italiano?

Muchos y, por cierto, muy graves, doctos y respetables, sod los críticos que han negado al insigne Almirante la nacionali­dad italiana, ya suponiéndole griego, ya haciéndole natural de Córcega, perteneciente entonces á la corona de Aragón. Hecho muy digno de tenerse en cuenta es, en efecto, el de que nin­guno de los documentos escritos do su mano que han llegado á nuestros tiempos, esté redactado en lengua italiana: memo­riales, instrucciones, cartas y papeles íntimos, notas margina­les en sus libros de estudio, todos se hallan escritos en caste­llano ó en latín. Para explicar de alguna manera semejante singularidad, se dice que la educación de Colón cu su infan­cia fuá muy superficial, y además que abandonó á su patria en la niñez; explicación sobradamente deleznable, porque apar­te de las altas cualidades de inteligencia y de aplicación que se le han reconocido, para los estudios elementales que verificó antes de los catorce años, en que empezó á navegar, debió em­plear forzosamente la lengua italiana; y puesto que navegó veintitrés años, «sin estar fuera do la mar tiempo que se haya de contar» en barcos genoveses, ya en el comercio, ya al ser­vicio de los Anjou; puesto que sostuvo continuas relaciones de amistad y trato frecuente con mercaderes y personajes italia— nos, no es posible admitir que hubiese olvidado la lengua ita­liana hasta el pan Lo de no poder escribir en este idioma la carta que dirigió á la Señoría de Genova. ¿Quiéu, que se halle expatriado, aunque lleve residiendo largo tiempo en el extran­jero, al dirigirse por escrito á las autoridades de su pueblo, no lo hace en el idioma patrio? ¿Quién llega á olvidar hasta ese grado el lenguaje que aprendió en el regazo materno? ¿Es po­sible, dadas las condiciones morales de Colón, que no hubiera sentido por la lengua italiana, si esta hubiera sido la suya, el instintivo afecto que todos los hombres, de todos los países y de todas las épocas, dedicamos al idioma nativo? No fué olvido, ciertamente, la causa de este hecho. ¿Lo habrá sido el desdén, la indiferencia? ¿Es que, en efecto, ese idioma no era el suyo?

En el preámbulo de su Diario de navegación, al exponer á los Reyes Católicos el objetivo de su empresa, el inmortal Des­cubridor dice que en el Catay domina un príncipe llamado el Gran Kan, que en nuestro romance significa rey de los reyes. Es, sin duda, sumamente violento creer que, á los ocho años de residir en país extranjero, haya quien llame lengua suya á la de ese país, sobre todo, cuando no existe precisión de estam­par semejante expresiva frase, cuya inexactitud saltaría á la vista de Colón en el momento de escribirla, á no ser que se olvidase do que era ge noves ó de que se hacía pasar por geno- ves. ¿Sucedió acaso que Colón, sin darse cuenta de ello, alzó en las tres palabras de en nuestro romance un extremo del velo con que se propuso ocultar patria y origen? No hay autor dra­mático, ni novelista, ni criminal, ni farsante, ni hombre cau­teloso ó reservado, que no deje algún cabo suelto, que no des­cuide algún detalle por donde flaquee la fábula ó se sospeche y descubra lo que se quiso ocultar. ¿Obedeció Colón á esta imperfección humana al llamar suya á la lengua española?

Cuando el Descubridor, perdida toda esperanza y desahu­ciado en sus pretensiones, volvió á la Rábida, pensando en que se vería obligado á dirigirse al Gobierno de otra nación, los ruegos do Fr. Juan Pérez le decidieron á intentar nuevas gestiones ante los Reyes Católicos. Accedió á ellos, porque su mayor deseo era que «España lograse la empresa que proponía, teniéndose por natural de estos reinos»; así lo dice su hijo don Fernando. Acaso en la vehemencia de sus lamentaciones, des­lizó alguna frase que entonces debió interpretarse en un sen­tido figurado, pero que espresaba una verdad instintivamente manifestada. ¿Qué fuerza íntima le impulsaba á tales demos­traciones de afecto hacia España?

En 1474, Colón se decide á someter su proyecto al sabio italiano Pablo Toscanelli y ásolicitar sus consejos; pues bien, Toscanelli, en una de sus cartas, le considera portugués, hecho notable que merece particular esamen. Para el estable­cimiento de relaciones entre uno y otro medió Lorenzo Gi­raldo, italiano, residente en Lisboa. ¿Omitió Giraldo, al dirigirse al célebre cosmógrafo, la circunstancia de haber na­cido Colón en Italia, á pesar de lo natural y de lo oportuno de esta noticia? Pues así lo hizo, debe presumirse que desconocía la nacionalidad del recomendado, y si la conocía, era lógico que no la mencionara ni la ostentase como título á la conside­ración que tal calidad pudiera inspirar, puesto que para nada interesaría á Toscanelli que Colón fuese griego, portugués ó español. Pero admitiendo que Giraldo no hubiese querido participarle que Colón era italiano, 6 se hubiese olvidado de ello ¿puede aceptarse que el propio interesado hubiese incu­rrido en igual omisión y que, en los momentos en que bus­caba con el mayor afán la aprobación del eminente sabio para sus grandiosos planes de surcar el temido mar de Occidente, no procurase, en primer término, captarse sus simpatías ha­ciéndosele agradable bajo el titulo de compatriota?

Es evidente, por lo tanto, que sólo con posterioridad á dicha fecha, Colón conoció la conveniencia de utilizar el dictado de genovós. Aún no se había apercibido entonces de las graves dificultades que se opondrían á la realización de sus planes y no se le ocurrió fingir ó exhibir semejante calidad, de verda­dera importancia en aquella época, en que genoveses y vene­cianos, por una parte eran auxiliares poderosos en las guerras marítimas y, por otra, monopolizaban el comercio del Asia y del Mediterráneo, haciendo tributaria de él á toda Europa. Sabéis que los genoveses gozaban en España, desde siglos

 

antes, gran nombradla on los asuntos navales y mucho acogi­miento y benevolencia cerca de los reyes de Castilla. ¿Se pro­puso Colón aprovechar esta circunstancia para el buen éxito de sus gestiones y para ocultar á la vez su modesto origen, de cuya manera evitaría dos escollos amenazadores? En este caso, los hechos tendrían plausible explicación.

Desde que se presentó en la Rábida fi los generosos frailes franciscanos, el dictado de genoves empezó á circular en noti­cias, cartas, recomendaciones y gestiones de toda clase. La corte, la nobleza, el clero, los funcionarios y el pueblo en general, fueron recibiendo, aceptando y propagando sin reparo alguno, pues no había razón para dio, aquel dictado; celebróse la memorable estipulación de Santa Fe sin que á los Reyes ni á sus secretarios se les ocurriera exigir de Colón, antes de con­cederle elevadísimos títulos y cargos, demostración alguna de las condiciones personales y de familia que la administración de aquella época requería para el desempeño de empleos in­significantes: ni siquiera se le reclamó la naturalización en España que se impuso ¡i Amérigo Yespucci como requisito preparatorio para obtener, juntamente con Vicente Yañez Pin­zón, el mando de una flota de descubrimientos y después el cargo de piloto mayor. Quedó, pues, sencillamente establecido el dictado de genovés, sin otro fundamento que la aseveración del primer Almirante de Indias, á la que no podía menos de concederse completo crédito.

Ninguno de los escritores de la época nos suministra luz alguna acerca de la vida de Colón anterior á su presentación en España; ninguno de ellos le conoció en su infancia ni en su juventud; todos se vieron obligados á consignar lo que afirmaba la opinión general con respecto á su nacionalidad, y os ruego me perdonéis la molestia que voy á ocasionaros recordando la calidad y condiciones de dichos escritores.

Pedro MíULir de Anglería, italiano, que escribió sus epís­tolas á raíz de los sucesos del descubrimiento, amigo íntimo de Colón desde antes de la toma de Granada, conocedor de todo lo que pasaba en la corte, maestro de los pajes, en gran­des relaciones con la nobleza, con el clero y con los funciona­rios, no pasa de llamar á Colón vir ligu¡ el de la Liguria. No pnede atribuirse á. Pedro Mártir sobriedad de estilo, porque en sus escritos consigna numerosos detalles relativos, tanto á su­cesos de importancia como á verdaderas menudencias, demos­trando gran espíritu de observación, de perseverancia y de curiosidad; en nuestros tiempos hubiera sido un periodista noticiero de primera fuerza. Tratándose de un compatriota, es singular que no haya apuntado dalo alguno acerca del naci­miento, de la vida y de la familia del Descubridor del Nuevo Mundo.

El bachiller Andrés Bernaldez, cura de los Palacios, amigo también de Colón, que fué depositario de sus papeles y hues- ped suyo en 1-596, se limita á decir que era mercader de estampas: esla es toda ía noticia que nos da acerca de la vida anterior del Almirante. Se le tiene y cita como testimonio favorable á Genova, con evidente error, por cierto, porque si bien en el primero de los capítulos que en su Crónica de los Reyes Católicos dedica á Colón, le llama «hombre de Genova», al dar cuenta de su fallecimiento en Valladolid, afirma que era de la provincia de Milán.

Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista oficial de Indias, que conoció y trató á Colón y á casi todos los que intervinie­ran en los acontecimientos, por él también presenciados, qne desempeñó altos cargos en la administración de Ultramar, sólo pudo enterarse de que «unos dicen que Colón nació en Nervi, otros en Saona, y otros en Cugureo, lo que más cierto se tiene,d Esta frase demuestra que Oviedo realizó indagacio­nes y consultó diversos pareceres, sin resultado positivo,, y sin obtener dalo alguno en cuanto á Génova, puesto que no la nombra.

El P. Las Casas nada más nos dice que haber sido el Almi­rante de nacionalidad genovesa, cualquiera que fuese el pue­blo perteneciente á la señoría donde vió la luz primera. La ignorancia ó la reserva del P. Las Casas acerca de este punto es muy expresiva, puesto que, aparte de su intimidad con el Almirante, él rnismo afirma haber tenido en sus manos más papeles de Colón que otro alguno.

Citados quedan los cuatro escritores contemporáneos y ami­gos del Almirante que, juntamente con su hijo D. Fernando, sirven de fundamento para su historia. Singular es que hayan coincidido en no puntualizar el pueblo que fué cuna del Des­cubridor, pues no debe admitirse que ninguno de ellos dejara de interrogarle acerca del lugar de su nacimiento y acerca de otros particulares, como familia, vida anterior, viajes, estu­dios, etc. Esta curiosidad hubiera sido tan legítima, qué no creo necesario enumerar las diversas razones que la hubieran justificado. ¿A qué ha obedecido, pues, ese tan unánime silen­cio? En mi concepto, nada más que á la reserva guardada por Colón y por sus hermanos.

Galíndez de Carvajal, que nos ha dejado noticias precisas sobre la estancia ó residencia de los Reyes Católicos en dis­tintas localidades, demostrando así el cuidado con que reunió los datos correspondientes, afirma que Colón era de Saona.

Medina Nuncibay, del cual se encontró una crónica en la colección Vargas Ponce, escritor que examinó los papeles de Colón depositados en la Cartuja de Sevilla, dice que el Almi­rante era natural de los confines del Genovesado y Lombardía, en los estados de Milán, y añade que se escribieron algunos tratadillos «dando prisa á llamarle genovés.»

En el Archivo de Indias vió Navarrete dos documentos oficia­les escritos á principios del siglo xvr; en uno de ellos se dice que Colón nació en Cugureo; en el otro que en Cugureo ó en Nervi.

De manera que ninguna de las referencias qne podemos lla­mar coetáneas desigua la ciudad de Genova como patria del Descubridor; circunstancia qne resulta más notable al analizar la información realizada ante el Tribunal de las órdenes mili­tares con respecto á D. Diego Colón, nieto de aquél, agraciado con el hábito de Santiago.

Imprudente sería desconocer la importancia histórica de di­cho documento, saeado á la luz pública por el respetable y erudito ministro del mencionado Tribunal, Sr. Rodríguez de Uhagón, académico de la Historia,

No demuestra que Colóu nació eu Saona; pero, á mi juicio, desvanece toda inclinación favorable á Genova. Tres son los datos interesantes que contiene acerca de la cuestión: i.° En la genealogía que figura á la cabeza de la información, que los pretendientes al noble hábito presentaban in voce y juraban, se hace constar á D. Cristóbal Colón como nacido en Saona.

  1. ° En ninguna de las diligencias se menciona la declaración del Almirante, incluida en la escritura del mayorazgo, de haber nacido en Genova. Y 3/ Pedro de Arana, de Córdoba, her­mano de Doña Beatriz Enríquez, ignoraba cuál era la patria de Colón.

Los dos primeros datos demuestran que la familia legítima del Almirante creía que éste no había nacido en Genova, y, además, contradecía la afirmación contenida en dicha escritura por considerarla inexacta, pues de lo contrario nada le hubiera sido lan fácil y tan natural com® señalar en dicha genealogía á Genova por patria de Colón, confirmándolo con la escritura del vínculo y con los testigos correspondientes. Ni cabe alegar que tales informaciones se verificaban por mera fórmula, pues debiendo prestarse un juramento por familia de tan elevada posición en la sociedad y ante respetable Tribunal, las mismas circunstancias del hecho reclamarían que, fórmula por fór­mula, dicha familia escogiera la que tenía á su favor la aseve­ración del fundador del mayorazgo. El juramento exigía la expresión de la verdad ó de lo que se creía verdad, y por eso la familia legítima de Colón exhibió la declaración relativa á Saona, acompañada de un testimonio de calidad, cual era el de Diego Méndez, á quien no cabe recusar justificadamente. Méndez no fué tan sólo un servidor fiel del Almirante, sinó también un amigo íntimo, invariable y afectuoso. Entre los diversos servicios que le prestó en el épico cuarto viaje, des­cuella el de haber pasado treinta leguas de un piélago proce­loso, embarcado en débil canoa, desde la Jamaica á la Espa­ñola, bajo un cielo abrasador, en demanda de socorro. Acom­pañóle un protegido de Colón, el geuovés Fiesco; en las últimas carTas á su heredero, el ya anciano y doliente Descubridor, menciona varias veces al buen Diego Méndez, ya para pedir que le escriba muy largo, ya para afirmar que «tanto valdr;í su diligencia y verdad, como las mentiras de Jos rebeldes Po­rras.» Este calificado testigo declara en la información que el Almirante «era de la Saona;» y si bien es ciento, como dice un erudito crítico, que el testimonio de Méndez carece de la con­dición esencial de exponer que lo aducía con referencia al pro­pio Colón, más cierto é indudable es todavía que jamás había oído á los dos hermanos, D. Cristóbal y D. Bartolomé, ni al genovés Fiesco, ni al segundo Almirante D. Diego, afirmar que el grande hombre había nacido en Genova, porque en este caso Méndez no hubiera abrigado una opinión tan resuelta acerca de Saona, ni la hubiera expresado tan categóricamente; es lo más probable que hubiese oído á los dos primeros hablar con afecto y frecuentemente de Saona, ya por haber transcurrido parte de la vida de ambos en este pueblo, ya por haber residido y fallecido en él sus padres. De manera que esta circunstancia viene también á demostrar la inexactitud do la escritura del vínculo en cnanto á la cuna de Colón. .

El tercer dato no es menos elocuente. De Pedro de Arana, hermano de Doña Beatriz Enríquez, dice el P. Las Casas que lo conoció muy bien y que era hombre muy honrado y cuerdo.

Sirvió al Almirante con energía y lealtad, especialmente con motivo de la sedición de Roldan en la isla Española. D. Diego Colón, el segundo Almirante, ordenó en su testa­mento el pago á Pedro de Arana de cíen castellanos que en las Indias había prestado á su padre D. Cristóbal; deuda que patentiza la intimidad que había existido entre el Descu­bridor y Arana.

Este testigo, 110 menos calificado, declara en la expresada información que «oyó decir que Colón era genovés, pero que él no sabe de dónde es natural.» No cabe duda de que las palabras «oyó decir que era genovés» se refieren á la voz pública, á la opinión general, así como Jas de «pero no sabe de dónde es natural» expresan un convencimiento existente «n la familia, pues si Doña Beatriz supiera cuáles eran el pue­blo y el país de su amante, lo sabrían también su hermano Pedro de Arana y su hijo D. Fernando Colón, el historiador: 110 es posible desconocer la evidencia de este raciocinio.

El hecho de qne sus amigos y ambas familias, la legíLima y la de Doña Beatriz, coincidan en no estimar, mejor dicho, en desdeñar la afirmación de Colón de haber nacido en Géno- va, hecha en solemnísimo documento, reviste decisiva impor­tancia. ¿De qué otras causas puede derivarse, sinó de la segu­ridad que aquellos abrigaban, contraria á dicha afirmación, y de la reserva sin duda observada tenazmente por el Almirante sobre éste y otros interesantes puntos de su vida? ¿Puede con­cebirse que un hombre como él no hubiera hablado con fre­cuencia de su patria y de sus parientes, ya en las conversacio­nes, ya en sus escritos, á no alimentar el decidido propósito de ocultar patria y origen? Y ¿cómo ha de merecer fe cumplida, en los tiempos actuales y ante la critica moderna, el que 110 la alcanzó de su propia familia, el que ocasionó, en efecto, por su proceder en esta materia, todas las dudas?

¿Cómo extrañar, pues, que el mismo D. Fernando Colón, historiador de su padre, participara de igual incertidumbre? D. Femando, en el capítulo primero de su libro, reconocido como piedra fundamental de la Historia del Nuevo Mando, dice textualmente: <*de modo que cuanto fué su persona á pro­pósito y adornada de todo aquello que convenía para tan gran hecho, tanto menos conocido y cierto quiso que fuese su origen y patria; y así, algunos que de cierta manera quieren obscu­recer su fama, dicen que fué de Nervi, otros de Cugureo, otros de Bugiasco; otros que quieren exaltarle más, dicen era de Saona y otros genovés, y algunos también, saltando más sobre el viento, le hacen natural de Piacencia.»

En primer termino se ve en este párrafo que D. Fernando se excluye del número de aquellos otros que tenían á su padre por nacido en Genova; y es verdaderamente imposible que, designado segundo heredero, desconociera la escritura de fun­dación del mayorazgo. ¿Acaso sabía de labios del propio Almi­rante que su afirmación en dicha escritura constituía un sim- pie adorno cíe la fundación del vínculo? ¿Es que D. Fernando era devotísimo amigo de la verdad histórica? Cualquiera de estas dos razones, ya que no ambas á la vez ¿fué causa de que 110 apreciase la afirmación de su padre? Es de advertir, ade­más, que al empezar el capítulo primevo de su libro manifiesta que una de las principales cosas que pertenecen á la historia de todo hombre sabio, es que se sepa su patria y origen; sin embargo, no pudo cumplir este precepto y el propio D. Fer­nando, contestando á Giustiniani, califica repetidamente de «caso oculto» á tan interesante detalle.

Se ha acudido á ciertos expedientes para descartar las frases de D. Fernando, sin desautorizar su libro. Unos dicen que quiso echar tupido velo sobre el humilde origen de su padre; otros, que D. Luís Colón, duque de Veragua, antes de entre­gar en Venccia el manuscrito de dicho libro al impresor Alfonso Ulloa, introdujo una alteración en el testo á que me refiero, á fin de que pudiera figurar dignamente unido el linaje de los Toledo con el de Colón.

Desde luego se advierte verdadera inconsistencia en ambas interpretaciones, porque si D. Fernando se hubiera propuesto ocultar el humilde origen de su padre, habría empleado con­ceptos adecuados ó se hubiera limitado á repetir la afirmación incluida en la escritura del mayorazgo. Y si D. Luís Colón, dado que dispusiera, como de cosa propia, de un manuscrito perteneciente á la Biblioteca colombina, hubiera atendido á la consideración relativa á los linajes para realizar una adultera­ción en el texto, la habría hecho en términos conducentes á sugerir el convencimiento de que el Descubridor procedía do noble estirpe, no dejando la cuestión en una forma que acusa ese mismo humilde origen, objeto déla supuesta modificación.

En su postrara disposición testamentaria, el insigne Almi- ranie confiesa la existencia de un cargo «que pesa mucho para su ánimas c:n relación á Doña Beatriz Enríquez, añadiendo que «la razón dello non es lícito decilla.» Claro es que seme­jante pessdurr.bre de conciencia se refiere á su conducta perso­nal y no á ¡a de Doña Beatriz: si en esta confesión alude al hecho de no haberse casado con la bella dama cordobesa, es

indudable que la razón, que no le era lícito decir, radicaba en él. ¿Por qué no realizó este matrimonio? ¿Por qué no descargó oportunamente su conciencia de aquel peso a fin de que la muerte 110 le sorprendiese en tal situación? Muchos motivos vulgares, sin conexión con los hechos culminantes de la vida ele Colón, pudieron ser causa de que no celebrara dicho ma­trimonio; pero en el terreno de las hipótesis admisibles y calculando que el Almirante, por la universal notoriedad que había adquirido y por la altivez de su carácter, hubiese juz­gado que, ni aun en el trance de la muerte, debía casarse en secreto ni en condiciones que pudieran menoscabar su fama ó desconceptuarle, ¿cabe presumir que la poderosa dificultad que le impidió aliviar la conciencia fué la necesidad de ocul­tar sus antecedentes? ¿Acaso su hermano D. Bartolomé se vio en situación análoga, pues también falleció sin casarse y dejando un hijo natural? Me permito exponer este raciocinio tan sólo en el concepto de suposición y como materia para discutir.

*

Pero si los escritores españoles de aquella época demuestran absoluta carencia de datos acerca del nacimiento y de la vida de Colón anterior á su presentación en Castilla, los italianos no lo patentizan menos; y así como los primeros se hicieron eco de la voz pública, los segundos no habrían de rechazar tan alta gloria para su país; la aceptaron, pues, y la propagaron, corroborando el derecho á esa gloria con la única y extraña noticia de que los hermanos Cristóbal y Bartolomé Colón habían sido cardadores de lana. Así lo dice Giustiniani, que con Gallo y Foglieta, fueron los historiadores ó cronistas ita­lianos de aquella época. Ninguno de ellos, ni aun Allegretti, que en sus Anales de Siena del año 1493, da cuenta simple­mente de haber llegado á Genova las noticias del descubri­miento del Nuevo Mundo, aportan dato alguno sobre la vida de Colón. Las nuevas de ese maravilloso descubrimiento reali­zado por un genovés, debieron ocasionar eu Genova justificado

orgullo y vivísima curiosidad en las autoridades, en los parientes de Colón, en el clero de la iglesia en que se bautizó, en los amigos, conocidos y vecinos de sus padres, así como en la mayor parte de los ciudadanos. En este caso, hubieran sido esponlaucamente recordados los antecedentes del glorioso hijo <le Génova, su infancia y juventud, su educación, sus estu­dios, sus prendas personales; y de todo este naturalísimo mo­vimiento se hubieran hecho eco los escritores contemporáneos y hubieran pasado á la historia y llegado á nuestros tiempos datos diversos relativos á la vida y á la familia de Colón. No ha sucedido así y semejante indiferencia sólo puede explicarse, á mi juicio, por el hecho de que el inmortal navegante no era hijo de Genova ni tenía eu ella parientes.

De la afirmación de Giustiniani relativa al oficio de carda­dor de lanas, se deriva indudablemente la leyenda de que los dos hermanos adquirieron, en la obscuridad del taller, los variados conocimientos que poseían y la de que Colón apro­vechaba los ocios de su mecánica tarea para aprender en los libros y en las conversaciones con los amigos, dándose á entender con ello, sin duda, que estos amigos de un pobre tejedor eran sabios de la época y que nada más fácil para un obscuro obrero, á mediados del siglo xv, que disfrutar la lee- tura y el estudio de aquellos rarísimos y costosos libros.

Y   todavía se añade más; que en los intervalos de sus via­jes, Colón volvía al trabajo del taller y desde luego volvía también á aquellas provechosas conversaciones y lecturas. ¿Hay quien, conocedor de las condiciones físicas y morales que la vida del mar imprime en el hombre, pueda admitir sencillamente que un marino de profesión se allane á tejer lana en los intervalos de sus viajes? Pues si á esta conside­ración se ‘añaden las prendas, el carácter y los conocimien­tos de Cotón ¿es posible creer que se resignara á practicar oficio tan sedentario y tan impropio de su inteligencia en los espacios que lodos los marinos dedican, sinó al descanso, por lo menos á la preparación de los viajes sucesivos?

Documentos encontrados en los archivos dieron á Colón y á su padre el ascenso á tejedores, á pesar de que en la misma época de esos documentos Giustiniaui les atribuye el de car­dadores, y á pesar también do que el rigor con que se vigilaba en aquellos tiempos el cumplimiento, de las ordenanzas gre^ míales, impedía que al firmar como testigos ó en cualquiera otro acto, los cardadores usurparan el título de tejedores. ¿A. qué atenernos, pues? Por mi parte, y aunque sea verdadero atrevimiento decirlo, creo que Colón no fué cardador ni teje­dor. Empezó á navegar á los 14 años de edad y la de 16 era la que señalaban aquellas ordenanzas para ingresar como apren­diz en el oficio. ¿Cuándo pudo aprenderlo y practicarlo? Es de sospechar, por lo tanto, que los escritores coetáneos italianos, no poseyendo dato alguno ó no habiendo podido obtenerlo acerca de los antecedentes de Colón, aceptaron, repito, la nacionalidad que este se atribuyó, procurando confirmarla siquiera con un hecho tan insignificante como el de existencia en Genova de familias Coloinbo dedicadas á cardar lana y em­parentando con ellas al inmortal Descubridor. Si más hubie­ran podido decir, más hubieran dicho.

En mi humilde juicio, ésta, y no otra alguna, ha sido la raíz de la leyenda admitida provisionalmente en la Historia, á causa de la autoridad que desde luego debió concederse á un personaje tan respetable como Giustiniaui, pero cuyas equivo« cacioues evidenció D. Fernando Colón en La Vida del Almi­rante.

Utilizando otro orden de ideas, viene á obtenerse idéntico resultado; esto es, el de hallarse perfectamente justificadas las dudas existentes acerca de la afirmación de Colón, estampada en la escritura de fundación del vínculo, de haber nacido en Genova. Guárdanse en la casa municipal de dicha ciudad cier­tos documentos, con respecto á los cuales declara Harrisse, en cuatro libros diversos y con verdadero ensañamiento, que se hallan «al lado del violín de Paganini»: esta sarcástica frase del docto é inteligente escritor norteamericano, acaso inmere­cida, resume aquellas dudas. En el número de los menciona­dos documentos figuran; una carta de Colón al magnífico Ofi­cio de San Jorge, la minuta de contestación á esta carta, un dibujo de la apoteosis del inmortal navegante y el llamado codicilo militar, todos destinados á corroborar su nacimiento en la capital de Liguria.

El primero, la carta de Colón al Oficio genovés, ofrece, por cierto, muy raras condiciones. Empieza con la frase siguien­te: «Bien que el cuerpo ande por acá, el corazón está allí de continuo.» Admitamos que el adverbio allí, cuyo significado es diversidad, no oposición de lugar, designe el de la ciudad de Génova.

Colón participa, seguidamente, á los señores del Oficio ge- noves quo manda á su hijo D. Diego destine el diezmo de toda la renta de cada afio’á disminuir el impuesto que satisfacían las vituallas comederas á su entrada en aquella ciudad; es de­cir, al pago de los derechos que hoy denominamos de consu­mos, dadiva de verdadera importancia. La singularidad á que me refiero consiste en que esta curiosa carta no guarda confor­midad con los hechos notoriamente ciertos, pues el Descubri­dor, antes de verificar su cuarto viaje, dejó á su primogénito un memorial de mandatos ó encargos que D. Diego incluyó religiosamente en su testamento: la autenticidad de este docu­mento, descubierto hace muy pocos años, ha sido demostrada elocuentemente por el sabio académico de la Historia, Sr. Fer­nández Duro. 15 ni re aquellos mandatos figura el relativo á utl diezmo de la renta, es verdad; pero no lo destinó Colón al pago de los consumos de las vituallas comederas de Génova, ni á favor de ningún otro pueblo de Italia, sinó al de los pobres; y parece sumamente extraño que siendo dicha instrucción espe­jo de los sentimientos-del Almirante, en que se evidencia su amor á Dios, á la caiiuad, á los Reyes, á Doña Beatriz, y has­ta al orden doméstico, y en que insinúa el recelo que, sin duda, abrigaba, de no regresar con vida de aquel cuarto viaje, no dedicara cu memorial t;m expresivo y minucioso una sola pa­labra á la ciudad de Genova.

A juzgar por la carta que en 4 de Abril de 1502 dirigió á Fray Gaspar Gorricio, Colón escribió el memorial en aquellos días y no se comprende que con fecha 2 de los mismos mes y año haya anunciado á la Señoría genovesa la concesión de una dádiva que no incluyó cu el repetido memorial, ni en ningún otro documento, ni en su última disposición testamentaria. Semejante contradicción es verdaderamente notable, como lo es también la circunstancia de no constar de alguna manera que las autoridades de la favorecida ciudad se hayan preocu­pado poco ni mucho de tan generosa concesión… Lo cierto es que ninguna de las dádivas ni disposiciones de Colón relati­vas á Genova, llegaron jamás al terreno de la realidad; las pri­meras son evidentemente supuestas, y las segundas no pasaron de meros adornos de una ficción.  .

Otra frase de dicha carta es la de que «los reyes me quieren honrar mús que/nunca». La consignó precisamente en los mo­mentos en que se le negaban los títulos de Virrey y Goberna­dor y el ejercicio de estos cargos; en que se le imponía la bochornosa condición de no desembarcar en la isla Española. Semejante frase puede explicarse atribuyendo á Colón un acto de abnegación y de generosidad propio de su magnánimo co­razón; pero se hace lógico desconfiar de ello, dado que en la tnisma carta encomienda sentidamente su hijo D. Diego á la Señoría, humilde recomendación que no cuadra con la men­cionada frase, ni con la altiva enumeración de sus elevados títulos antes de las siglas de su firma.

Es el segundo documento la minuta de la contestación dada por el Oficio genovés á la carta de Colón que acabo de exami­nar. Merece desconfianza el hecho de que hayan padecido ex­travío los diversos papeles que con respecto al glorioso Descu­bridor debió poseer el gobierno ligúreo, y que se haya salvado de dicho extravío el que precisamente consigna á roso v bello- so la palabra patria; pero más extraño es todavía que ese mis­mo gobierno, que en la mencionada minuta llama «clarissime amantissimeqlie coticivis» á Colón, pocos años después haya dado á la comarca de Saona la denominación de «Jurisdiziotie di Colombo», indicio evidente de que á la sazón, y á pesar de dichos documentos, no le consideraba hijo de Genova.

El tercer.papel es un dibujo representando la apoteosis de Colón, atribuido á I;i propia mano del Almirante, opinión completamente equivocada, ya por la mezcla de vocablos cas­tellanos, franceses é italianos que explican las diversas figuras, ya porque seguramente Colón no hubiera prescindido de dar en él un puesto preferente á su protectora laReina Isabel, ya por otras importantes razones que omito en gracia á la brevedad. El dibujo fué trazado por quien no podía sentir estas considera­ciones; ¿por quien tuvo al hacerlo el pensamiento de glorificar al insigne navegante? No: el de estampar en lugar eminente, á la cabeza y en el centro del dibujo, esta palabra: Génova.

Por último, creo que os inferiría uu agravio si me detuviera á examinar el llamado codiciío militar; sabéis que ha sido de­clarado autorizadamente documento apócrifo. Bastará recorda­ros oí absurdo de que una de sus cláusulas disponga que en caso de extinguirse la línea masculina del Almirante, herede sus títulos, cargos y rentas… ¡la república de Génova!

Los partidarios de Génova, comprendiendo que no bastaban todos estos antecedentes para establecer definitivamente, como verdad histórica, la tío haber sido aquella ciudad cuna del Des­cubridor del Nuevo Mundo, han procurado reforzar la demos­tración con otra clase de documentos, que me permito denomi­nar auxiliares, tan curiosos como ineficaces; lo primero, por sus extrañas condiciones; lo segundo, porque no predisponen el ánimo siquiera á esa benevolencia vecina á la persuasión.

Examinaré los principales con la mayor brevedad, á fin de no molestaros.

En el archivo del Monasterio de San Esteban de la Vía Mul- cento, de Genova, se han encontrado varios papeles con los nombres de Dominico Colombo y de Susana Fontarossa ó Fon- tanarossa, y de los hijos de estos, Cristóbal, Bartolomé y Die­go, en el período comprendido entre los años 1456 y 1459. ¿No es, por cierto, singularísimo que aparezca cousignado el nom­bre de Diego en fecha anterior á la de su nacimiento, que de­bió acaecer entre 1463 y 1464?

Milagrosa anticipación por cierto; pero se halla compensada por la injusticia de que esos papeles no contengan el nombre de Juan, segundo ó tercer hermano del Almirante, que en dichos años aun vivía, ni el de su hermana Blanca; se adivinó que estos dos hijos de Domingo Colón no habrían de alcanzar notoriedad histórica, por fallecimiento del primero y por des­aparición de la segunda en la muchedumbre de 3as gentes!

Los comisionados de la Academia genovesa, encargados de informar acerca de la patria de Colón, encontraron un anti­guo manuscrito en cuya margen un notario estampó la noti­cia de que el Descubridor constaba bautizado en la iglesia de Sao Esteban; análoga afirmación hacen los sostenedores de que Calvi, en Córcega, ha sido la cuna de Colón, Ambas pro­posiciones se destruyen mutuamente; pero en cuanto al buen notario ¡con poco se contentó para establecer como indiscuti­ble la gloria de Génova! Y ¿qué diremos de los frailes de San Esteban de la vía Mulcento? ¿Es posible que un suceso tan sorprendente como el del descubrimiento, que vino á con­mover la sociedad, á ser conversación preferente de toda clase de personas, á crear nuevas y ricas fuentes de comercio, á ofrecer vasto campo á la propagación de la Fe católica, pasara inadvertido para aquellos monjes, en cuya iglesia se bautizara el Descubridor lamoso y en una de cuyas casas habría nacido, si fueran exactos los cálculos que se hacen con relación á los Dominicos Colombo que figuran en dichos papeles auxiliares?

Aparece un «Chrisiophorus de Columbo, fllius Dominici, mayor de diez y nueve años.}, en 1470. Se explica, por la pre­visión , lo de hijo de Dominico; pero lo que nadie ha podido explicar todavía es la indicación de ser mayor de 19 años en 1470 (en que ya pasaba de los 33), con tanta más razón, cuanto que en 1472 exhiben otros papeles A «Christophorus Columbus lanerius de Januua lex Letorire egressusu, esto es, mayor de 25. En dos años pasó de mayor de 19 á mayor de 25 y varió, retrocediendo, el apellido de Columbo en Columbus. Todo esto pudiera explicarse con mayor ó menor violencia; pero lo que, en mi humilde concepto, constituye un absurdo es lo de «lanerius» de Génova. En 1472, si Colón no se había casado, estaba ó punto de realizarlo en Portugal. Santo y bueno que en aquel año viajara á Italia para visitar á sus padres; pero que un hombre de sus condiciones y conoci­mientos, próximo á enlazarse á una flama de la nobleza por­tuguesa, marino de profesión, capitán que habíti sido de una galera al servicio del Anjoo pretendiente á la corona de Ñapóles, descendiese á firmar, como tejedor, en documentos notariales, se me figura, repito, verdadero desatino.

Resulta, además, que en aquella región de Italia, pululaban los Dominicos Colombo.

Dominico Colombo, de la noble casa de Cúccaro; Dominico Colombo, dueño do una casa con tienda, jardín y pozo, fuera de la puerta de San Andrés de Genova; Dominico Colombo, inquilino de una casa de los frailes de San Esteban en la vía Mulcento; Dominico Colombo, hijo de Ferrarlo, en Placencia; Dominico Colombo, hijo de Bertolino, en Pradello; Dominico Colombo, hijo de Juan, en Quinto; Dominico Colombo, lane- rio de Genova, habitatori en Saona, sin perjuicio de los que pc supone haber existido en los diversos pueblos que se dis­putan la cuna del insigne descubridor.

Por virtud de la homonimia, varios de esos Dominicos quedan reducidos á uno sólo, padre del Almirante, cómoda, aunque ineficaz manera, á mi juicio, de arreglar las cosas, porque si el apellido Colombo y el nombre Dominico eran cu aquella región de Italia lan comunes como los de López y de Juan en España, nada más natural y sencillo que el hecho de vivir en dicha comarca muchos Dominicos Colombo y en Cas­tilla muchos Juan López.

Los demás documentos á que me refiero exhiben también notables incongruencias en lechas y en conceptos; y siendo carácter eminente de la verdad el de la unidad de los elemen­tos que concurran á formarla, las deformidades de estos con respecto á la cuestión, alejan del ánimo toda propensión al convencimiento de haber sido la ciudad de Genova cuna del Almirante.

Digna de meditación es también la circunstancia de que eu Italia no haya aparecido documento alguno en que Bartolomé Colón conste siquiera como testigo tejedor, ni que ofrezca, en condiciones históricamente apreciahles, el apellido materno del Almirante. La caprichosa suerte les negó una exhibición documental que concedió á un ínclito elegido suyo, gran na­vegante, gran geógrafo, gran cosmógrafo; y á fin de que la posteridad no vacilase con respecto al lugar de su gloriosa cuna, nos reservó la sorpresa ele presentarle, á lo mejor de sus años, en calidad de testigo lanerioL..

Otra cuestión interesante es la relativa á los apellidos Co- lombo y Colón. ¿Cuál de los dos era el verdadero?

Se supone que el Almirante, para distinguir su familia do otras que tenían igual apellido, y para acomodarle á la Iengi:a española, convirtió en Colón el de Colombo. Dícese también que igual conversión se verificó en España gradualmente. Me permito dudar de que ambas explicaciones, aunque desde luego muy razonables, sean exactas.

En primer lugar, existe el hecho de que el Descubridor usó en Portugal el apellido Colón, puesío que la carta del rey don Juan invitándole á volver á Lisboa, contiene dicho apellido, y claro es que los funcionarios portugueses no habrían de em­plearlo por la única razón-de que empezara á vulgarizarse en Castilla, motivo que bastaría para que hicierau lo contrario, sino por la de que así era llamado anteriormente en Portugal el que había solicitado apoyo oficial para su empresa. Deri­vándose multitud de apellidos españoles é italianos de su común origen, la lengua latina, el de Colombo era perfecta­mente apropiado á la castellana, demostrándolo la circunstan­cia de que, á pesar de los siglos transcurridos, existen en los territorios de León y de Galicia, pueblos y parroquias con la denominación de Santa Cofomba. A los Reyes Católicos ser­vía un secretario llamado Juan de Coloma, apellido que tam­poco ha variado; de manera que parece indispensable averi­guar si para ello ha existido alguna otra razón esencial.

A raíz del descubrimiento y en carta de 14 de Mayo de 1493 al Conde Borromeo, Pedro Mártir dice <*Christophorns Colo- ñus;» y puesto que en sus epístolas empleó la lengua latina, lo lógico hubiera sido escribir espontáneamente Colombus y no Colonus, hecho que demuestra que lo esr,rihió persuadido por el evidente razonamiento de que Colón se deriva de Golonus y no de Colombus; y puesto que el P. Las Casas, refiriéndose á los historiadores de los primeros sucesos de Indias, afirma que lo que P. Mártir dijo tocante á los principios del descubri­miento «fue con diligencia del propio Almirante,» es de pre­sumir que el escritor italiano obtuvo de éste noticias precisas acerca de la etimología del apellido, circunstancia que se co­rrobora por el hecho de que D. Fernando Colón, al tratar esta materia en la historia de su padre y al comentar alegóricamente ambos apellidos, asegura que «si queremos reducirle á la pro­nunciación latina, es Christophorus Colonus;» y no sólo insiste en afirmarlo, sino que también añade ía singularísima indica­ción de que el Almirante volvió á renovar el de Colón. Seme­jante idea de renovación de apellido, ¿habrá provenido de al­guna insinuación más ó menos explícita de su padre, aplicán­dola el docto hijo á un simbolismo religioso? ¿Es que, en efecto, esta renovación del apellido Colón fué un regreso, di­gámoslo así, al verdadero?

Si el Almirante, en los tiempos en que navegaba por el Me­diterráneo, seducido por la fama de los Almirantes Colombo el viejo y Colombo el mozo, ó por la moda de usufructuar tal sobrenombre, seguida por diversos marinos más ó menas dis­tinguidos, como Nicolo, Zorzi, Giovanni y otros, lo llevó tam­bién durante algún tiempo, ¿no hubiera sido lógico que al to­mar el de Colón, derivándolo del latino Colonus y no de Co- lombns, expresara que lo renovaba? Es de notar que en las estipulaciones de Santa Fe se estampó el apellido Colón, indu­dablemente con la cabal aquiescencia del gran navegante; de manera que existen motivos racionales para presumir que el apellido Colombo no era el verdadero del Descubridor famoso, y que del uno no se derivó el otro.

Los comentarios que acabo de exponeros se refieren á algunos puntos esenciales de la historia de Colón, y he omitido otros, también interesantes, por no consentirlo el breve espacio en que me es permitido abusar de vuestra bondad. Con dichos comentarios he intentado recordaros el estado actual de la cuestión relativa á la patria y origen del primer Almirante de Indias, y demostraros que existen, en verdad, liases positivas para la discusión pendiente; no en vano un esclarecido crítico ha dicho que habrá de transcurrir mucho tiempo antes de que se escriba la historia definitiva de Cristóbal Colón.

Nuevos elementos vienen ahora á influir en la composición de esa historia, quizás encaminando las investigaciones por inesperado derrotero, y para exhibirlos parece me muy justo que os manifieste las circunstancias que han precedido y acom­pañado á su*aparición, Figura en primer término la publica­ción, en 1892, del notable libro de D. Luis de la Riega titulado El Rio Lérez, El muy cercano parentesco que á tan acreditado escritor me liga, no ha de ser razón para que me abstenga de encomiar sinceramente dicho libro; mis alabanzas, además, son muy posteriores á las que espontáneamente hicieron de él la prensa de Madrid y la de Galicia, pues su condición esencial de hallarse dedicado á ensalzar brillantemente las bellezas de una comarca, no impide que ofrezca verdadero deleite para los aficionados á la buena literatura. En sus páginas he encontrado el primer móvil de mis investigaciones, cual es la cita de una escritura de aforamiento hecho á principios del siglo xvr por el antiguo monasterio de Poyo, en las cercanías de Ponteve­dra, á Juan de Colón y su mujer Constanza de Colón. Esta sin­gularidad me condujo á la lectura de papeles de aquella época, entre los cuales encontré un curioso cartulario en folios de pergamino con instrumentos notariales de aquel siglo y del anterior, en que se halla incluido otro aforamiento por el Con­cejo de Pontevedra, en 1496, de un terreno al que se designa como uno de sus límites la heredad de Cristobo de Colón, nom­bre indudablemente de algún propietario anterior que, según costumbre muy general, conservaba dicha finca. La aparición de tan glorioso apellido en aquella localidad me inspiró el ra­ciocinio lógico de que, puesto que se había revelado en dos documentos, podría repetirse en otros más ó menos anteriores, habiéndome dedicado, por lo tanto, al examen de cuantos pa­peles del siglo xv pudieran existir en los archivos locales y particulares, y de los que lograse obtener por diversas gestio­nes. No he desmayado en la tarea, facilitada, dicho sea en honor de la verdad, por la ilustrada Sociedad Arqueológica de Ponte­vedra, fundada y presidida por el perseverante y doctísimo jurisconsulto y arqueólogo D. Gasto Sampedro. Al notable Museo creado por dicha Sociedad han sido entregados patrió­ticamente numerosos libros, papeles y pergaminos antiguos; los poseen también muy curiosos é importantes el archivo del Ayuntamiento y el del antiquísimo Gremio de mareantes, y obtuve los interesantes datos que forman la base del presente estudio; es probable que aparezcan en lo sucesivo otros más eficaces, por más que ha sido gran forLuna que llegaran á nues­tros tiempos nolicias escritas acerca de personas á la sazón tan modestas. Como veréis, resulta comprobada la existencia de los apellidos Colón y Fonterosa: el segundo aun persiste en la provincia de Pontevedra, constando sin solución alguna en re­gistros parroquiales desde úllimos del siglo xvi hasta el pre­sente: dos de los nuevos documentos lo exhiben en 1525 y 1528, y otros lo presentan en varios años del siglo xv, coexistiendo con el de Colón.

Hechos tan extraordinarios me impulsaron al estudio repe­tido y constante de cuantos autorizados libros tratan de la vida del Descubridor del Nuevo Mundo, adquiriendo el convenci­miento de que, en efccto, el problema que se discute se halla envuelto ei; el misterio, pues cuatro son las poblaciones que han dedicado sendos mármoles á su hijo Cristóbal Colón, dos las que alardean de haber poseído el registro de su bautismo y otras ocho ó diez las que exhiben diversos títulos para con­siderarse patria indudable del famoso navegante.

Semejante disparidad de elementos históricos puede prove­nir de la absoluta falta de verdad en todos ellos, y os ruego me perdonéis el atrevimiento de esta indicación. Preséntase ahora al concurso una población española que por otros con­ceptos es muy digna de consideración ante la historia, y per­mitidme que siquiera os recuerde la importancia marítima que Pontevedra tenía en el mismo siglo xv, ya como puerto de Ga­licia, ya como uno de los principales astilleros de Castilla en aquella época. Patria es de los Almirantes Payo Gómez, Alvar Páez de Sotomayor y Jofre Tenorio en la Edad Media; del ilus­tre marino al servicio de Portugal Juan da Nova, descubridor de las islas de la Concepción y de Santa Elena, en el entonces recién hallado camino de la India por el cabo de Buena Espe­ranza; de Bartolomé y Gonzalo Nodal, descubridor este último del estrecho que injustamente lleva el nombre de Lemaire; de Pedro Sarmiento, á quien publicistas de Inglaterra llaman el primer navegante del siglo xvi; de los Almirantes Matos, que brillaron en el xvir, y de otros distinguidos marinos, entre los cuales descuella en nuestros tiempos el ilustre Méndez Núñez.

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*    *

Hé aquí ahora la relación de los documentos descubiertos:

  1. °    Escritura de carta de pago dada á Inés deMerelespor Constanza Correa, mujer de Esteban de Fonterosa, fecha 22 de Junio de 1528.
  2. »    Escritura de aforamiento por el concejo de Pontevedra, en 6 de Noviembre de 1525, á Bartolomé de Sueiro, el mozo, mercader, y á su mujer María Fonterosa, folio 6 vuelto de un cartulario de 58 hojas en pergamino.
  3. °    Ejecutoria de sentencia del pleito, ante la Audiencia de la Coruña, entre el Monasterio del Poyo y D. Melchor de Fi- gueroa y Cienfuegos, vecino y alcalde de Pontevedra, sobre foro de la heredad de Andurique, en cuyo testo se incluye por copia la escritura de aforamiento de dicha heredad, hecho por el expresado Monasterio á Juan de Colón, mareante de aque­lla villa, y á su mujer Constanza de Colón, en 13 de Octubre de 1519.
  4. °    Escritura de aforamiento por el concejo de Pontevedra, en 14 de Octubre de 1496, á María Alonso, de un terreno cer­cano á la puerta de Santa María, señalando como uno de sus límites la heredad de Cr-istobo (xp.a) de Colón. Folio 20 vuelto de dicho cartulario de 58 hojas en pergamino.
  5. »    Acuerdo del concejo de Pontevedra, año de 1454, sin señalar el día ni el mes, nombrando fieles cogedores de las rentas del mismo año; ‘entre ellos, á Gómez de la Senra y á Jacob Fonterosa para las alcabalas del hierro. Folio 66 del li­bro del concejo que empieza en 1437 y termina en 1463, con 78 hojas en folio.
  6. »    Folio 48 del mismo libro. Acuerdo del concejo, fecha 1.» de Enero de 1444, en que se da cuenta de la carta de fieldades del Arzobispo de Santiago, nombrando fieles cogedores de las rentas de la villa en dicho año; entre ellos, á Lope Muñiz ó Mén­dez y á Benjamín Fonterosa para las alcabalas de las grasas,
  7. °    Minutario notarial de 1440, folio 4 vuelto. Escritura de censo, en 4 de Agosto, por una parte de terreno en la rúa de Don Gonzalo de Pontevedra, á favor de Juan Osorio, picape­drero, y de su mujer María de Colón.
  8. »    En el mencionado libro del concejo, folio 26. Acuerdo de Pedro Falcón, juez, Lorenzo Yáñez, alcalde, y Fernán Pé­rez, jurado, en 29 de Julio de 1437, mandando pagar á Domin­gos de Colón y Benjamín Fonterosa 24 maravedís viejos, por el alquiler de dos acémilas que llevaran con pescado al arzo­bispo de Santiago.
  9. a     Minutario notarial de 1436, Escritura de aforamiento en 21 de Marzo, hecho por Fernán Estévez de Tu y, á Alvaro Afon, de ana viña en la feligresía de Moldes, en Pontevedra, señalando como uno de sus límites otra viña del aforante que labraba Jacob Fonterosa el viejo.
  10. Minutario notarial de 1435. Escritura de 25 de Diciem­bre, en la que Afon Ean Jacob afora la mitad de una viña á Ruy Fernández y a su mujer Elvira Columba.
  11. Minutario notarial que empieza en 28 de Diciembre de 1433 y termina en 20 de Marzo de 14¿15, 97 hojas, folio 85 vuelto. Escritura en 29 de Septiembre de 1434 de compra de casa y terreno hatifa la casa de Domingos de Colón el viejo, por Payo Gómez de Solomayor y su mujer Doña Mayor de Mendoza.
  12. El mismo minutario, folio 80. En 11 de Agosto de 1434, escritura de venta de la mitad de un terreno que fué casa en la rúa de las Ovejas, por María Eans á Juan de Viana el viejo y á su mujer María de Colón, moradores en Pontevedra.

 

‘ 13. Minutario notarial de 1434. Escritura de 20 de Enero, en que Gonzalo Fariña, hijo de Ñuño Mouriño y de Catalina Columba, difunta, hace donación de una casa sita en la rúa de D. Gonzalo dé dicha villa.

  1. Minutario notarial de 1434 y 1435, folios 6 vuelto y 7. Dos escrituras, correlativas, fecha 19 de Enero de 1434. en que el abad del monasterio de Poyo se obliga á pagar respectiva­mente 274 maravedís de moneda vieja á Blanca Soutelo, here­dera de Blanca Colón, difunta, mujer que fué de Alfonso de Soutelo, y 550 maravedís de la misma moneda á Juan García, heredero de dichos Alfonso de Soutelo y su mujer Blanca Colón.
  2. Minutario notarial, cuaderno de 17 hojas, folio 2. En 28 de Noviembre de 1428, escritura de censo hecho por María Gutiérrez, á favor de la cofradía de San Juan de Pontevedra, en presencia de los procuradores y cofrades dé la misma, Bar­tolomé de Colón y Alvaro da Nova.

Lo9 anteriores documentos están redactados en dialecto ga­llego; el siguiente en castellano de la época,

  1. Cédula del arzobispo de Santiago, señor de Pontevedra, mandando al concejo, en 15 de Marzo de 1413, que entregue á maese Nicolao Oderigo de Janvua 15.000 maravedís de moneda vieja blanca en tres dineros.

Estos documentos, por la circunstancia de revelar la exis­tencia en Pontevedra, según ya he dicho, de los apellidos pa­terno y materno del inmortal descubridor en la primera mi­tad del siglo xv, tienen, á mi juicio, grande interés. Carezco de autoridad para pretender que la historia escrita sea recti­ficada desde luego y para exigir que la convicción que pudiera haber formado se establezca como articulo de fe; es probable además que, seducido por el amor á la patria que todos vene­ramos, y ofuscado por tan sorprendente reunión de coinciden­cias, la fantasía me conduzca por extraviado camino; pero me parece indudable que merezco disculpa, porque el hecho de hallarse lo más de la vida de Colón envuelto en tinieblas; el de no poder fijarse el pueblo de su nacimiento; el de aparecer contradicciones é incongruencias entre la mayor parte de los datos que figuran al presente como históricos; el de haberse agotado en Italia, con respecto á su persona, las fuentes de información que subsisten precisas y diáfanas acerca de varo­nes menos ilustres y aun anteriores al gran navegante; y por fin, las deducciones que sin violencia alguna se desprenden de los nuevos documentos, son motivos poderosos, en mi con­cepto, para qne se desvaneECa la cabeza más firme.

En presencia del acuerdo del concejo de Pontevedra, que en 29 de Julio de 1437 manda pagar 24 maravedís viejos á Domin­gos de Colón y á Benjamín Fonterosa, nace espontáneamente la reflexión de que va muy poca distancia de un matrimonio realizado por personas de ambas familias, á la asociación para negocios ó de intereses entre éstas últimas, ó viceversa, de la asociación al matrimonio. Creo que no es desatinado seme­jante raciocinio, y hé aquí un medio sencillo para explicar el hecho de que el Almirante haya tenido por padres á un Colón y á una Fonterosa, por más que este pensamiento parezca á primera vista vulgarísima sentencia. Del mencionado acuerdo resulta que el Domingo de Colón, á quien se refiere, era un alquilador de acémilas; si el Descubridor faé hijo de este mo­desto individuo, no sería absurdo suponer que las preocupa­ciones sociales de aquellos tiempos le obligaron á ocultar ori­gen y patria.

Aparecen Fonterosas, apellido que, como he dicho, subsiste en aquella provincia, con los nombres de Jacob el viejo, otro Jacob y Benjamín; la madre de Colón se llamaba Susana, Si el Almirante pertenecía á esta familia, hebrea sin duda, que así puede deducirse de sus nombres bíblicos, ó por lo menos de cristianos nuevos, ¿no habríamos de disculparle y declarar plenamente justificada su resolución de no revelar tales ante­cedentes, dado el odio á dicha raza que existía á la sazón y dadas las iras que contra ella se desencadenaron en la segunda mitad del siglo xv? ¿No merecería examen en este caso la in­clinación de Colón á las citas del Antiguo Testamento?

La huerta de Andurique, aforada por el monasterio de Poyo á Juan de Colón, y situada á medio kilómetro de Pontevedra, linda con otras heredades de la pequeña ensenada de Porto- santo, lagar de marineros, en Ja parroquia de San Salvador. El descubridor del Nuevo Mundo bautizó á las dos primeras islas que halló en su primer viaje con los nombres de San Sal­vador y la Concepción, actos derivados indudablemente de su piedad religiosa; á las siguientes con los de Isabela, Fernán- dina y Juana, en demostración de su gratitud á la real fami­lia. Pero costeando la última, que conservó su denominación indígena de Cuba, llega á un río, después á una bahía y co­rrelativamente, sin que hubiese padecido en aquellos días borrasca, riesgo ni dificultad de ninguna clase, vuelve á apli­car al primero el nombre de San Salvador, y da á la segunda el de Portosanto. Algunos críticos explican lo de Portosanto por el hecho de que el suegro de Colón había sido gobernador de la isla portuguesa así llamada; esto es, que el inmortal na­vegante, que no se acordó para tales actos de sus hijos, de sus padres, de su mujer, de su amada Doña Beatriz, de Génova ui de Italia, dedicaba tal afecto á un suegro que uo había cono­cido, y le apremiaba tanto el deseo de demostrarlo, que honró su recuerdo á seguida del que dedicó á la religión y á los reyes. Mas si Colón hubiera nacido en Pontevedra, ¿no se jus­tificaría sobradamente que se hubiese acordado de una patria que no podía declarar en momentos tan solemnes, de tanta expansión afectiva como habrán sido para él los del descubri­miento, y repitiese la denominación de San Salvador, apli­cando la de Portosanto, parroquia y lugar donde quizás tuvo su cuna, en la seguridad de que nadie habría de sospechar su íntimo propósito?

En su segundo viaje bautizó á una isla con el nombre de La Gallega, En el primero había denominado La Española á la que actualmente se llama de Santo Domingo: ninguna otra obtuvo de Colón el de La Italiana, el de La Griega, el de La Corsa, ni el de La Portuguesa. Es probable que el de La Ga­llega signifique un recuerdoá la carabela Santa Mana, pues tal era su sobrenombre; pero esta misma circunstancia ¿no podría demostrar la conjunción de dos ideas? Colón prefirió embar­carse en la Santa María, á pesar de sor buque de carga y de ofrecer la Pinta y la ¿Viña mejores condiciones marineras y mayores ventajas para la empresa del descubrimiento. ¿Fué casual esta elección, no bien explicada hasta la fecha? Y como corolario de tal preferencia, quiso unir en el nombre de La Ga­llega los dos recuerdos, el de la nave y el de Galicia, si en ella hubiere nacido, de la misma manera que con el de La Espa­ñola satisfizo á su españolismo, muy acendrado por cierto, se­gún ha demostrado un sapientísimo crítico?

Otro de los nuevos documentos contiene la compra de una casa por Payo Gómez de Sotomayor y su mujer Doña Mayor de Mendoza; ésta, sobrina del Arzobispo de Santiago; aquél, uno de los más nobles ricos-hombres de Galicia, mariscal de Castilla, caballero de la Banda, Embajador á Persia del Rey D. Enrique III. En dicha escritura se menciona, como parte del contrato, el terreno hasta la casa de Domingo de Colón el viejo, con salida al eirado de la puerta de la Galea. Este eirado es una plaza ó espacio irregular entre diversos edificios, tapias y muelle al fondeadero llamado de la Puente: hállase inmedia­to al lugar que ocupaba la puerta y torre de la Galea. En su tercer viaje, en extremo fatigoso por las calmas y por el calor sufrido más allá de las islas de Cabo Verde, dió Colón á la pri­mera tierra que halló el nombre de La Trinidad y, al primer promontorio, el de cabo de la Galea, No es probable que la circunstancia de presentarse á la vista lina roca parecida á un buque, inspirase á Colón, inmediatamente después de un nom­bre de tan alta y sagrada significación como el de la Trinidad, el pensamiento de descender á uno tan trivial como el de la Galea, sin tener para ello alguna otra razón importante. Si Colón hubiera nacido en Pontevedra y jugado eu su. niñez en aquel eirado de la puerta de la Galea, vecino á la casa de un pariente muy cercana, donde los marineros extendían las re* des y aparejos para secarlos y recomponerlos, frente á uno de ios fondeaderos de las naves; ¿sería incorrecto presumir que en el nombre de cabo de la Galea, hubiera incluido una me­moria á su pueblo y á sus primeros años, en forma semejante á las que empleara anteriormente?

De todos modos, ¿no es muy singular qne sus tres primeros viajes, por lo menos, ofrezcan á nuestra meditación tres coin­cidencias tan expresivas?

En la crítica histórica, la homonimia es un factor muy in­cierto, y 110 soy yo, en verdad, el primero A consignarlo así. La homonimia de uno ó de más nombres, no debe ser aprecia­da, á menos que concurran al caso circunstancias especiales y coincidan en apellido poco vulgar: según autorizados escritores, el de Colombo, era en el siglo xv común á muchas familias de Italia, del mediodía de Francia y de algunas regiones de Es­paña, mientras que el de Colón era seguramente único en la comarca de Galicia revelada por los nuevos documentos, sien­do muy extraordinario el hecho de que en la generación ante­rior á la del Almirante y en la coetánea, aparezca en Ponteve­dra ese glorioso apellido unido á nombres propios de casi todas las personas que formaron su familia: Domingo el viejo, otro Domingo, Cristóbal, Bartolomé, Juan, Blanca, esto es, una renovación muy frecuente en todas partes, originada por afec­to, por respetuoso recuerdo á los antepasados ó por padrinazgo de los parientes inmediatos en la piladel bautismo. Esta circuns­tancia, con ser tan elocuente, aun pudiera calificarse como caso de homonimia; pero existir á la sazón y en el mismo pueblo el nadavulgar apellido materno del Descubridor y además constar juntos los dos de Colón y Fonterosa en el mandato de pago re­lativo á servicio especial, constituye, al lado de los demás indi­cios, un suceso de tan sugestiva influencia, que difícilmenle puede, el que lo examina, sustraerse á su eficacia persuasiva.

Consejo de la prudencia sería proceder con calma y caminar con pies de plomo, según suele decirse vulgarmente; pero en mi concepto, uno de los nuevos documentos parece que arroja, no sólo sobre los demás, sino también sobre la vida de Colón, y, por consiguiente, en el obscuro campo de la historia rela­tiva á esa interesante vida, potentes rayos de luz, ante los cua­les no acierta á refrenarse la imaginación ni á defenderse el entendimiento: es la cédula del Arzobispo de Santiago, fecha 15 de Marzo de 1413, dirigida al concejo, juez, alcaldes, jura­dos y hombres buenos de su villa de Pontevedra, ordenándo­les entregar, «cojiáos y recabdados», 15.000 maravedís de mo­neda vieja á maese Nicolao Oderigo de Génova. Recordad que el íntimo amigo del Almirante, el que le mereció la confianza do ser depositario en 1502 de las copias de sus títulos, despa­chos y escrituras, se llamaba también Nicolás Odérigo, legado que había sido del gobierno genovés ante los Reyes Católicos. La distancia de casi un siglo entre ambos hechos, demuestra que el Nicolás Odérigo de 1502 no era el mismo de 1413; pero pudo el uno ser antepasado ó pariente próximo de los antepa­sados del otro. Si aquel fue, por ejemplo, navegante y merca­der de telas de seda y de otros géneros y artículos de la indus­tria italiana, que las naves genovesas llevaban á aquella co­marca de Galicia; si su descendiente desempeñó, por adquisi­ción de nobleza ó por otras elevadas cualidades y prendas, el cargo de embajador, ¿sería acaso un dislate presumir que la estrecha amistad de Cristóbal Colón con dicho legado tenía antigua fecha en su familia y provenía de una protección cuyo origen pudiera haber sido la presencia en Santiago y Ponte­vedra, á principios del siglo xv, del Odérigo á que se refiere la cédula del Prelado compostelano?

Si los padres de Colón fueren individuos de las familias Co­lón y Fonterosa, residentes en Pontevedra, emigrados luego á Italia, puede aceptarse que hubieran utilizado alguna reco­mendación ó relación directa ó indirecta con los Odérigo. ¿De­bió quizás Colón á esta encumbrada familia de Génova los me­dios necesarios para verificar sus estudios y para emprender la carrera de marino? ¿Conocía el embajador Odérigo la verda­dera patria del Almirante, y supo conservar el secreto como pudiera deducirse, tanto del silencio que guardó acerca de la patria y del origen de su amigo, como del hecho de haber rete­nido las copias que le confió y que uo fueron entregadas á las autoridades de Génova hasta muy cerca de dos siglos después por Lorenzo Odérigo?

Estas y otras preguntas é hipótesis análogas, se ofrecen al pensamiento y parecen adquirir fundadamente el aspecto de la verdad, porque no es fácil concebir que por exclusiva virtud de la casualidad pueda llegar á tal extremo el concurso de indi­cios tan numerosos y homogéneos.

Para concluir, me permitiréis, que os recite, en extracto, la leyenda que he imaginado, fundada en los datos y raciocinios que acabo de esponer.

El matrimonio Colón-Fonterosa, residente en Pontevedra, emigró á Italia á consecuencia de las sangrientas perturbacio­nes ocurridas en Galicia durante el siglo xv, ó por otras cau­sas, hacia los años 44 al 50 del mismo, aprovechando, al efec • to, las activas relaciones comerciales y marítimas que enton­ces existíau entre ambos países. Llevó en su compañía á sus dos hijos mayores, criados ya (los demás nacieron posterior­mente), y utilizó, para establecerse en la ciudad de Genova ó su territorio, y probablemente en Saona, recomendaciones al Arzobispo de Pisa, que á la sazón era clérigo sine-cura de la iglesia de Santa María la Grande, de Pontevedra, y cobraba un quiñón de sardina á los mareantes de dicha villa, ó relaciones directas ó indirectas con la familia de Odérigo, á cuyo amparo pudo Cristóbal Colón dedicarse al estudio. Apto á los 14 años de edad, tanto por sus conocimientos, como por su robustez, para la profesión de marino, emprendió la vida del mar, en la cual navegó durante veintitrés años consecutivos, llegando por su destreza y por su valor á ser jefe de un buque al servicio de Renato y de Juan de Anjou, y transformando su apellido Co lón en el de Colombo, á imitación de algunos audaces corsa­rios que usufructuaban este sobrenombre, ó por haber milita­do quizás bajo el mando de Colombo el viejo, ó de Colombo el mozo, célebres marinos que usaban también, sin pertenecerlcs, el mismo apellido.

El brillo que alcanzaba en Portugal la cosmografía y la fama de los descubrimientos que los portugueses, impulsados por la perseverancia del insigne infante D. Enrique, realizaban en África, le decidieron á trasladarse á Lisboa, donde concibió el proyecto de surcar el Atlántico en dirección al O., que ima­ginó la más breve para llegará los fabulosos países del oro y de las especias. Desechado su plan por el gobierno dé Portu­gal, lo presentó al de España, fingiéndose genovés, ya para lograr el favor de la corte, ya para ocultar su humilde origen, ó alguna otra condición de raza de su familia materna, condi­ción que, de ser conocida entonces, se hubiera alzado en su camino cual insuperable barrera. Al verse en el apogeo ‘de la gloria, se esforzó en seguir ocultando patria y origen, conduc­ta secundada esmeradamente por sus hermanos: ni sus propios hijos llegaron á conocer el pueblo en que había nacido.

Y  jquién sabe si aquel hebreo que moraba á la puerta de la judería de Lisboa, para el cual dejó una manda en su testa­mento y cuyo nombre reservó, era pariente materno del eximio navegante! Acaso en alguno de sus viajes á los mares del Nor­te, por haber hecho escala en Pontevedra, tuvo ocasión de cer­ciorarse de que no se conservaba memoria de sus padres y de su familia en aquella población, ni siquiera en algún humildí­simo pariente que pudiera residir en ella ó en sus arrabales ó cercanías, circunstancia- muy favorable para decidirle á una ficción que tanto le convenía; y cuando las noticias del descu­brimiento llegaron á dicha villa, si alguna persona recordó la existencia anterior en la misma del apellido Colón, 110 pasó del simple recuerdo al ver que el éxito alcanzado se debía á un extranjero. En la imposibilidad de declarar sus antecedentes, ni el Almirante ni su hermano, D. Bartolomé, se casaron, aun­que tuvieron ambos un hijo natural de cada una de sus respec* tivas amantes. La historia escrita y la hablada aceptaron y propagaron la nacionalidad genovesa para Colón, á falta de pruebas evidentes con respecto al lugar de su cuna.

 

May difícil sería restablecer la verdad, dado que mi leyenda la reflejara con mayor ó menor aproximación; mas el ca.mino para lograrlo quizás queda emprendido. No desconozco que ese camino ofrece diversos escollos, porque, en verdad, resulta á primera vista tristemente irrisorio el hecho de que la des­aparición de nuestro dominio en las Indias occidentales coin­cida con la revelación de fundamentos para presumir que el ínclito Cristóbal Colón fué español; pero, ¿quién alcanza á co­nocer los propósitos de la Providencia?

Los pueblos, lo mismo que las personas, demuestran su grandeza de ánimo con más eficacia ante las adversidades que en el goce de la prosperidad: sostengamos nuestra fe, trabaje­mos con perseverancia por nuestra unión y procuremos legar á las generaciones inmediatas honrada herencia, no sólo de bienes positivos, sino también y en primer término, de nobles ideales; pues aunque ese nuevo mundo hallado por Colón nos haya causado tantas desgracias y tantas lágrimas, estoy segu­ro de que sería un consuelo para vuestro elevado espíritu po­der repetir, como afirmación indiscutible, el profético verso dirigido al gran Descubridor por el ilustre poeta D. Narciso de Foxá:

«¡Toda tu gloria pertenece á España!»

 

¿Donde nació Colón? por Ernesto Padín y Lorenzo 1956

Publicado en el ABC de Sevilla el 7 de octubre de 1956

 

S25C-1130731093102PARA los que mantienen la teoría genovesa fue Cristóforo Colombo el que descubrió América. El tal Co­lombo según los documentos hallados en Génova, y que sirven de fundamento a esta tesis, era hijo de un tabernero y cardador de lanas, y, como su padre, traficaba en vinos y lanas.

Aun concediendo a dichos documentos la categoría de legítimos y fehacientes, salta a la vista que este Colombo no es ni puede ser el almirante don Cristóbal Co­lón,, que admiró al mundo con su descu­brimiento. Primero por que, además de te­ner nombres distintos, eran de edad muy diferente, ya que Colombo era diez años más joven que el descubridor de América. Segundo, (porque Colombo sigue dedicado a traficar en vinos y lanas más allá de sus veinte años de edad, y por entonces el ver­dadero Cristóbal Colón, que ya tenía trein­ta años, llevaba, por lo menos, dieciocho navegando, pues en sus cartas a los Re­yes Católicos confirma que “desde la edad de catorce años, nunca estuvo en tierra tiempo que pudiera contarse”. Pero hay más: el eminente jurisconsulto y académico de la Historia don Ricardo Beltrán y Rózpide sostiene que no hay tribunal en el mundo capaz de declarar heredero de un “Colombo” a un “Colón”, por razón de su apellido.

Don Rafael Fernández Calzada, en su magnífico libro, demuestra que el almiran­te no sabía italiano, ya que, en media cuar­tilla escrita por Colón, que guarda el Ar- , chivo de las Indias, encontró más de vein­te faltas gramaticales. En cambio, escribía admirablemente el castellano “con una frescura de poeta ingenuo”—dice el gran escritor Blasco Xbáfiez en su obra “En bus­ca del Gran Kan”—, y añade a* este res­pecto: “Yo le admiro como a uno de los escritores más atractivos de aquella época”

Está probado, además, que toda su co­rrespondencia la escribía en español, in­cluso cuando se dirigía a Nicolás Oderigo, embajador de Génova en España, con quien mantuvo durante muchos años muy estrecha amistad. Y si Oderigo, como es obligado entre un embajador y un com­patriota, le escribía en italiano, ¿cómo puede explicarse que Colón no le corres­pondiese en el (mismo Idioma, no sólo por cortesía, paisanaje y hasta por comodidad y por mejor expresión, y usase siempre el español? Sólo puede explicarse de un mo­do: “Colón no dominaba el italiano.” Sa­bía, sin duda, lo bastante (como ocurre a todos los navegantes) para entenderse, y no por escrito, con los distintos países que frecuentemente visitaba, pero no para sos­tener correspondencia, sobre todo en un estilo un poco elevado. Y si asi es, ¿cómo puede sustentarse la genealogía genovesa de un señor que sale de su país después de cumplir veinte años y pocos después ha olvidado su Idioma?

Es tan extraordinario todo esto que la tesis genovesa se pulveriza con el examen más leve.

(En Italia pretenden ser cuna del gran almirante don Cristóbal Colón: Génova, Saona, Cuccaro, Nervi, Pnudello. Oneglia, Finale, Quinto, Pallestrella, Albizoli y Co­cería. Algunas de estas localidades (cua­tro o cinco) mantienen actualmente sen­das placas señalando las casas en que nació el descubridor de América, Es ésta, a nuestro juicio, la prueba más eficaz de que no nació en Italia.

0S1 mismo don Femando, hijó del almi­rante, afirma que su padre no nació en Génova, En la biografía que publicó no aparece claro el origen de Colón; antes bien, contribuye a la duda y confusión. Y como es punto menos que imposible que un hijo ignore dónde nació su padre, exis­ten motivos para deducir que querían man­tenerlo en secreto.

El almirante Jamás se llamó Colombo. Todos sus escritos y documentos públicos o privados los firma “Cristóbal Colón”.

El hecho del descubrimiento pasó des­apercibido en Italia. Era natural que,r si Colón fuese genovés, repercutiese allí, más que en parte alguna, la noticia. En 1493 la llevan y nadie se acuerda de Cristóbal Colón, nadie le conoce, nadie sabe dónde nació el cardador Colombo, hasta que, pa­sados siglos, lo “aclaran” todo unas actas notariales que aparecen en Génova. Pero ni el nombre ni la edad ni el oficio coin­ciden con los del almirante don Cristóbal Colón.

(Guando el Cristóforo Colombo, nacido en Génova, aparece en las repetidas actas nótariales, ejerciendo su oficio de “lana- rius et tabemarius”, ya hacía bastantes años que Cristóbal Colón, navegando por el mundo, adquiría los conocimientos y preparación necesarios para realizar el des­cubrimiento. Sentado este axioma, cabe preguntar ¿cuándo, cómo y dónde pudo el menestral de Génova hacer estudios de cosmógrafo y de marino, estando probado el mito de la Universidad de Pavía?

Ernesto PADÍN y LORENZO

Cristóbal colón ¿Español? – Conferencia

CONFERENCIA por CELSO GARCÍA DE LA RIEGA  en sesión pública celebrada por la Sociedad Geográfica de Madrid en la noche del 20 de diciembre de 1898

 

colonEspanolHonrosa é inapreciable distinción ha sido, señores, para mí que la ilustre Sociedad Geográfica, á propuesta de su digno individuo el docto historiador y geógrafo D. Ricardo Beltrán y Rózpide, me haya invitado á presentaros en pública sesión el modesto trabajo de que voy á daros cuenta. Reclama de mi pecho este favor una gratitud tanto más profunda y duradera, cuanto menos proporcionadas son mis facultades á la sabidu­ría de la Corporación y á la importancia de sus tareas; pero también requiero de vuestra parte otra señalada merced, sin la cual quedaría incompleta la primera; y consiste en otor­garme, desde ahora, una benevolencia todavía superior ala que siempre concedéis en estos actos. Mi estudio versa sobre la patria y origen de Cristóbal Colón; y hablar de tan eminente figura histórica en circunstancias como las que ahora sufrimos, es difícil empresa. En los momentos en que, á impulsos de ilimitada codicia y de violencia sin diques, sus venerandas cenizas regresan del mundo que descubrió, de ese mundo en que imaginó gozar perdurable reposo y entusiasta adoración; cuando la gloriosa bandera que tremoló al descubrirle, no vencida, no obligada por las armas del valor y de la lealtad, abandona aquella ingratísima tierra; cuando á la inmóvil faz de las naciones que han establecido la actual civilización, se despoja de su terri­torio y de sus caudales á la que supo, con inimitable perse­verancia y preclaras virtudes, recobrar su existencia en épica lucha de siete siglos y fecundar luego, con la sangre de tantas generaciones de héroes, casi todas las regiones de ese nuevo continente en que fué siempre madre cristiana y generosa, nunca madrastra egoísta y exterminadora; cuando tamaña iniquidad se ejecuta al finalizar el maravilloso siglo del vapor y de la electricidad, sarcástica ofrenda que el pueblo fundado por el integérrimo Washington rinde ante la colosal estatua de la Libertad iluminando al mundo; cuando esta enorme conculcación de la moral obedece á los apetitos del mercanti­lismo. que quiere ajustar á su grosero paladar la vida y las aspiraciones de los hombres y de las sociedades, parece que todo ideal, temeroso del ridículo ó del desdén con que le ame­nazan la frivolidad y el positivismo, debe desmayar, humi­llarse y desaparecer: intentar, en fin, cuando tan inmerecidas desgracias nos agobian, reivindicar para España la gloria íntegra del inmortal navegante, es, en efecto, temeraria aventura.
Alentado, no obstante, por el acendrado culto que os inspi­ran esos ideales, según habéis demostrado en anteriores sesio­nes al glorificar la memoria de los insignes Coello y Jiménez de la Espada, y según lo demostráis siempre dedicando cons­tantes esfuerzos al bien de la patria y á los nobles fines de la ciencia, no he dudado en someter á vuestro ilustradísimo exa­men y á vuestro recto juicio un trabajo cuya importancia estriba en el objeto en que se ocupa, no, por cierto, en otra condición alguna. Escudándome, pues, en vuestro saber y en vuestra indulgencia, permitidme que pase desde luego á comu­nicaros el resultado de las investigaciones impuestas por la exis­tencia en España y en la primera mitad del siglo xv, de los apellidos paterno y materno del descubridor del Nuevo Mundo. Los documentos en que se ba. revelado y las mencionadas investigaciones serán materia de un libro al que justificarán las ilustraciones y facsímiles correspondientes; hoy me limi­taré, deseoso de no fatigar vuestra atención, á exponer en extracto varios puntos esenciales de mi estudio. Considero conveniente hacer, en primer lugar, rápido exa­men del carácter y condiciones que presentan los antecedentes más culminantes que existen acerca de la patria y del origen de Cristóbal Colón. Sabéis que no ha terminado todavía, ni tiene trazas de terminar, la discusión relativa á esta materia, á pesar de que el primer Almirante de Indias declaró en solemne documento haber nacido en la ciudad de Genova. ¿A qué se debe, pues, la existencia de la controversia? ¿Por qué no ha alcanzado cumplida fe el que mejor podía resolver todas las dudas? No es razonable atribuir únicamente semejante situación de cosas al afán inmoderado, aunque disculpable, de los diversos pueblos que se disputan la apetecida gloria de ser cuna del Almirante. Muy poco valdrían sus pretensiones si la vida de Colón anterior á su aparición en España no estuviera rodeada del misterio, si todos los datos históricos que se utilizan pre­sentaran el carácter de congruencia y de unidad que exige la demostración informativa cuando faltan pruebas positivas á favor de una proposición determinada. Colón, en la escritura de fundación del mayorazgo, afirmó haber nacido en Genova; y no se vacilaría en establecer como definitiva esta afirmación, si se pudiera abrigar un concepto adecuado acerca de su personalidad, esto es, si se supiera cabalmente que fue ajeno á todos los defectos y á todas las debilidades del hombre, si se demostrara que jamás faltó, ni quiso faltar, ni era posible que faltase á la verdad. Alarmados injustiflcadameute, notabilísimos escritores y críticos, excla­man: ¡Cómo! ¡Llamar á Colón falsario y embustero! Sin embargo, nadie ha pretendido atribuirle tan odiosos defectos. Lo primero se dice del que comete delito de falsedad en grave menoscabo de la honra ó de la hacienda ajenas; lo segundo, del que miente con frecuencia por cálculo, por hábito ó por carácter. El respeto que os debo me impide hacer ahora disquisiciones sobre la moralidad ó la inmoralidad de la men­tira; pero es preciso confesar que los hombres más escrupu­losos la usan ó la disculpan cuando lo exige un fin moral, útil ó conveniente y cuando, á la vez, no perjudica á nadie. ¿Qué tendría de bochornoso, ni de vituperable, que Colón se decidiera á emplear una mentira que pudo juzgar lícita, puesto que no perjudicaba la fama ni los intereses ajenos y, por el contrario, favorecía los propios en la medida que im­periosamente le exigían las preocupaciones de la época? Si su origen era humilde, humildísimo, ó su familia tenía alguna condición que fuese obstáculo ó, por lo menos, entorpeci­miento para la realización de su grandioso proyecto, ó que le rebajase ante la altiva nobleza española ¿por qué habremos de censurar que ocultase tales condiciones y usase para ello inexactitud tan excusable, señalando cuna distinta y aun opuesta á la verdadera, á fin de hacer infructuosas las inda­gaciones de la curiosidad? Y, por ventura, el hecho de aceptar y de sostener esta interpretación ¿es razón para atribuir á los que la defienden el mal pensamiento de conceptuar falsario y embustero al insigne nauta? En mi opinión, el Almirante pudo tener, además del expre­sado fundamento, otros dos muy eficaces para decidirse á señalar por cuna la poderosa ciudad de Genova: primero, el pensamiento de que todos los elementos de la fundación del vínculo guardasen la debida proporción con la magnitud del suceso que le había elevado á la cumbre de la sociedad; segundo, la absoluta precisión de ser consecuente en sostener la calidad de genovés con que se había presentado en España. El éxito que Colón obtuvo por el descubrimiento de las tie­rras que salieron á su encuentro en el imaginado camino occi­dental de la India, así como la adquisición de altos títulos y de provechos positivos, justificaba la adopción de las precauciones legales con que á la sazón se procuraba perpetuar la familia noble; á más de esto, su persona habría de ser tronco de una estirpe esclarecida. La fundación de un vínculo como «raíz y pié de su linaje y memoria de sus servicios», fué en la mente del Almirante idea lógica y necesaria; y tan justamente eleva­do era el concepto que había formado de sí mismo, de su haza­ña y de la fundación del mayorazgo, que en la escritura nota­rial, aparte del estilo grandilocuente que se esforzó en em­plear, encomienda nada menos que al Santo Padre, á los Reyes, al príncipe D. Juan y á sus sucesores, no á la eficacia y al amparo do las leyes, vigilancia especial sobre el cumpli­miento de las cláusulas del vínculo. Pensó que en tan solemne é importante documento no era proporcionado al objeto que le guiaba el hecho de que constase como raiz y pié de su ilustre descendencia un pueblecillo cualquiera; ya que se había pre­sentado en Castilla como genovés, escogió por cuna la más famosa población del territorio ligúreo: Genova. Que esta preocupación dominaba en aquellos tiempos, lo demuestra don Fernando Colón al decir, en la Arida del Almirante, que «sue­len ser más estimados los hombres sabios que proceden de grandes ciudades», y al añadir poco después cMwalgunos que de cierta manera quisieron obscurecer la fama de su padre, afirman que nació en lugares insignificantes de la ribera geno- vesa; otros, que se propusieron exaltarle más, que en Saona, Genova ó Placencia». De modo que el nacimiento en pueblo de menor ó mayor importancia, era entonces causa suficiente para obscureceré exaltar la fama de una persona. En dicha escritura, Colón añadió, con respecto á Genova, estas palabras: «depila salí y en ella nací», frase que, salvo más autorizado juicio, parece acusar cierta vacilación, porque espontáneamente, esto es, de primera intención, el Descubri­dor empleó el verbo salir, y sin duda rectificó á seguida tal espontaneidad con el de nacer. La idea que le impulsó en este caso, ¿fue quizás la de haber salido de Genova á la vida de la inteligencia, á la vida del navegante, es decir, á una vida de eterna fama, y no á la material? Preocupado por la idea de que la fundación tuviera gran­diosa base,’Colón citó á Génova en el lugar menos adecuado de la escritura del mayorazgo. Designa en ella, como herede­ros, correlativamente, primero á sus hijos D. Diego y D. Fer­nando, después á sus hermanos D. Bartolomé y D. Diego. En 1498, fecha del documento, aquellos eran todavía muy jó­venes-, D. Bartolomé ya alcanzaba respetable edad, y el segundo de los hermanos del Almirante, D. Diego, quería pertene­cer á la Iglesia, según declara Colón en la misma escritura del vínculo. De manera que, no teniendo á la vista nietos ni sobri­nos, el fundador debió temer indudables peligros para la exis­tencia futura del mayorazgo, y, previéndolos, llama á la suce­sión, para el caso de morir sin herederos sus hijos y sus dos hermanos citados, ¿á quién, señores? Al pariente más cercano que estuviera en cualquiera parte del inundo. Trabajóles daba al Santo Padre, á los Reyes y á los Tribunales, no designando, como era indispensable y lo es en [toda institución de sucesio­nes, una ó dos líneas do parientes paternos ó maternos, en que hubiera de hallarse, eu su oportunidad, ese pariente más cer­cano; tal, y no otra, era la ocasión de mencionar la patria, los padres, los parientes. TOihora bien; ¿no se apercibe una verda­dera y deliberada nebulosidad en la cláusula que acabo de examinar? Ochenta años después de la fecha de esta escritura queda extinguida la línea masculina dW Almirante, y acuden al pleito, con aventurera temeridad, dos Colombo italianos, uno de Cúccaro, otro de Cugureo; ninguno de ellos demostró siquiera el parentesco, ¿se hubieran lanzado á semejante em­presa si temieran la concurrencia á la sucesión por los Colom­bo genoveses, á quienes sin duda conocían? ¿Y 110 es, por ven­tura, significativa la indiferencia de éstos ante una herencia tan pingüe? ¿Cómo explicar, pues, la disposición del Almiran­te llamando á obtener el mayorazgo al pariente más cercano que estuviera en cualquiera parte del mundo, y no señalando, desde luego, la línea de sucesión, que era lo más elemental para evitar pleitos y para asegurar la realización de los fines que inspiraban la fundación del vínculo?
La cláusula relativa á que su hijo D. Diego, joven entonces de veintidós años, ponga en Genova persona de su linaje, fué indudablementeparaColónmeraexhornación del vínculo, pues­to que en primer lugar nada le impedía que él mismo, con cabal conocimiento, designara esa persona, y además porque nunca volvió á hablar do ello, ni siquiera ¡en [el expresivo memorial que dejó á su heredero cuando verificó el cuarto viaje, ni aun en el codicilo que firmó el día anterior al de su fallecimiento.

 

‘ El Almirante huyó, pues, de mencionar pariente alguno pa­terno ó materno, no sólo en la escritura del mayorazgo, sinó también en los demás documentos; hecho verdaderamente sig­nificativo y que, unido á otros no menos singulares y elocuen­tes, como el de que durante el apogeo de Colón rio se haya revelado en Italia la existencia de parientes suyos, corrobora la afirmación de D. Fernando, el historiador, de que su padre quiso hacer desconocidos é inciertos su origen y patria.

*

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Vióse obligado Colón, por conveniencia propia y por conse­cuencia de carácter, á sostener la calidad degenovés que osten­taba ante la corte de España; y al entrar en el estudio de tan interesante punto, se me ocurre la siguiente pregunta: ¿era italiano? Muchos y, por cierto, muy graves, doctos y respetables, son los críticos que han negado al insigne Almirante la nacionali­dad italiana, ya suponiéndole griego, ya haciéndole natural de Córcega, perteneciente entonces á la corona de Aragón. Hecho muy digno de tenerse en cuenta es, en efecto, el de que nin­guno de los documentos escritos de su mano que han llegado á nuestros tiempos, esté redactado en lengua italiana: memo­riales, instrucciones, cartas y papeles íntimos, notas margina­les en sus libros de estudio, todos se hallan escritos en caste­llano ó en latín. Para explicar de alguna manera semejante singularidad, se dice que la educación de Colón en su infan­cia fué muy superficial, y además que abandonó á su patiia en la niñez; explicación sobradamente deleznable, porque apar­te de las altas cualidades de inteligencia y de aplicación que se le han reconocido, para los estudios elementales que verificó antes de los catorce años, en que empezó á navegar, debió em­plear forzosamente la lengua italiana; y puesto que navegó veintitrés años, «sin estar fuera de la mar tiempo que se haya de contar» en barcos genoveses, ya en el comercio, ya al ser­vicio de los Anjou; puesto que sostuvo continuas relaciones de amistad y trato frecuente con mercaderes y personajes Italianos, no es posible admitir que hubiese olvidado la lengua ita­liana hasta el punto de no poder escribir en este idioma la carta que dirigió á la Señoría de Gónova. ¿Quiéu, que se halle expatriado, aunque lleve residiendo largo tiempo en el extran­jero, al dirigirse por escrito á las autoridades de su pueblo, no lo hace en el idioma patrio? ¿Quién llega á olvidar hasta ese grado el lenguaje que aprendió en el regazo materno? ¿Es po­sible, dadas las condiciones morales de Colón, que no hubiera sentido por la lengua italiana, si esta hubiera sido la suya, el instintivo afecto que todos los hombres, de todos los países y de todas las épocas, dedicamos al idioma nativo? No fué olvido, ciertamente, la causa de este hecho. ¿Lo habrá sido el desdén, la indiferencia? ¿Es que, en efecto, ese idioma no era el suyo? En el preámbulo de su Diario de navegación , al exponer á los Reyes Católicos el objetivo de su empresa, el inmortal Des­cubridor dice que en el Catay domina un príncipe llamado el Gran Kan, que en nuestro romance significa rey de los reyes. Es, sin duda, sumamente violento creer que, á los ocho años de residir en país extranjero, haya quien llame lengua suya á la de ese país, sobre todo, cuando no existe precisión de estam­par semejante expresiva frase, cuya inexactitud saltaría á la vista de Colón en el momento de escribirla, á 110 ser que se olvidase de que era genovés ó do que se hacía pasar por geno- vK. ¿Sucedió acaso que Colón, sin darse cuenta de ello, alzó en las tres palabras de en nuestro romance un extremo del velo con que se propuso ocultar patria y origen? No hay autor dra­mático, ni novelista, ni criminal, ni farsante, ni hombre cau­teloso ó reservado, que no deje algún cabo suelto, que no des­cuide algún detallo por donde flaquee la fábula ó se sospeche y descubra lo que se quiso ocultar. ¿Obedeció Colón á esta imperfección humana al llamar suya á la lengua española? Cuando el Descubridor, perdida toda esperanza y desahu­ciado en sus pretensiones, volvió á la Rábida, pensando en que se vería obligado á dirigirse al Gobierno de otra nación, los ruegos de Fr. Juan Pérez le decidieron á intentar nuevas gestiones ante los Reyes Católicos. Accedió á ellos, porque su mayor deseo era que «España lograse la empresa que proponía, teniéndose por natural de estos reinos», así lo dice su hijo don ‘ Fernando. Acaso en la vehemencia de sus lamentaciones, des­lizó alguna frase que entonces debió interpretarse en un sen­tido figurado, pero que expresaba una verdad instintivamente manifestada. ¿Qué fuerza íntima le impulsaba á tales demos­traciones de afecto hacia España? En 1474, Colón se decide á someter su proyecto al sabio italiano Pablo Toscanelli y á solicitar sus consejos; pues bien, Toscanelli, en una de sus cartas, le considera portugués, hecho notable que merece particular examen. Para el estable­cimiento de relaciones entre uno y otro medió Lorenzo Gi- raldo, italiano, residente en Lisboa. ¿Omitió Giraldo, al dirigirse al célebre cosmógrafo, la circunstancia de haber na­cido Colón en Italia, á pesar de lo natural y de lo oportuno de esta noticia? Pues así lo hizo, debe presumirse que desconocía la nacionalidad del recomendado, y si la conocía, era lógico que no la mencionara ni la ostentase como título á la conside­ración que tal calidad pudiera inspirar, puesto que para nada interesaría á Toscanelli que Colón fuese griego, portugués ó español. Pero admitiendo que Giraldo no hubiese querido participarle que Colón era italiano, ó se hubiese olvidado de ello ¿puedo aceptarse que el propio interesado hubiese incu­rrido en igual omisión y que, en los momentos en que bus­caba con el mayor afán la aprobación del eminente sabio para sus grandiosos planes de surcar el temido mar de Occidente, no procurase, en primer término, captarse sus simpatías ha­ciéndosele agradable bajo el título de compatriota? Es evidente, por lo tanto, que sólo con posterioridad á dicha fecha, Colón conoció la conveniencia de utilizar el díctalo de genovés. Aún no se había apercibido entonces de las graves dificultades que se opondrían á la realización de sus planes y no se le ocurrió fingir ó exhibir semejante calidad, de verda­dera importancia en aquella época, en que genoveses y vene­cianos, por una parte eran auxiliares poderosos en las guerras marítimas y, por otra, monopolizaban el comercio del Asia y del Mediterráneo, haciendo tributaria de él á toda Europa. Sabéis que los genoveses gozaban en España, desde siglos antes, gran nombradla en los asuntos navales y mucho acogi­miento y benevolencia cerca de los reyes de Castilla. ¿Se pro­puso Colón aprovechar esta circunstancia para el buen éxito de sus gestiones y para ocultar á la vez su modesto origen, de cuya manera evitaría dos escollos amenazadores? En este caso, los hechos tendrían plausible explicación.

Desde que se presentó en la Rábida á los generosos frailes franciscanos, el dictado de genovés empezó á circular en noti­cias, cartas, recomendaciones y gestiones de toda clase. La corte, la nobleza, el clero, los funcionarios y el pueblo en general, fueron recibiendo, aceptando y propagando sin reparo alguno, pues no había razón para ello, aquel dictado; celebróse la memorable estipulación de Santa Fe sin que á los Reyes ni á sus secretarios se les ocurriera exigir de Colón, antes de con­cederle elevadísimos títulos y cargos, demostración alguna de las condiciones personales y de familia que la administración de aquella época requería para el desempeño de empleos in­significantes: ni siquiera se le reclamó la naturalización en España que se impuso á Amérigo Yespucci como requisito preparatorio para obtener, juntamente con Vicente Yañez Pin­zón, el mando de una flota de descubrimientos y después el cargo de piloto mayor. Quedó, pues, sencillamente establecido el dictado de genovés, sin otro fundamento que la aseveración del primer Almirante de Indias, á la que no podía menos de concederse completo crédito. Ninguno de los escritores de la época nos suministra luz alguna acerca de la vida de Colón anterior á su presentación en España; ninguno de ellos le conoció en su infancia ni en su juventud; todos se vieron obligados á consignar lo que afirmaba la opinión general con respecto á su nacionalidad, y os ruego me perdonéis la molestia que voy á ocasionaros recordando la calidad y condiciones de dichos escritores. Pedro Mártir de Anglerla, italiano, que escribió sus epís­tolas á raíz de los sucesos del descubrimiento, amigo íntimo, de Colón desde antes de la toma de Granada, conocedor de todo lo que pasaba en la corte, maestro de los pajes, en gran­des relaciones con la nobleza, con el clero y con los funciona­rios, no pasa de llamar á Colón vir ligur, el de la Liguria. No puede atribuirse á Pedro Mártir sobriedad de estilo, porque en sus escritos consigna numerosos detalles relativos, tanto á su­cesos de importancia como á verdaderas menudencias, demos­trando gran espíritu de observación, de perseverancia y de curiosidad; en nuestros tiempos hubiera sido un periodista noticiero de primera fuerza. Tratándose de un compatriota, es singular que no haya apuntado dato alguno acerca del naci­miento, de la vida y de la familia del Descubridor del Nuevo Mundo. El bachiller Andrés Bernaldez, cura de los Palacios, amigo también de Colón, que fué depositario de sus papeles y hues- ped suyo en 149G, se limita á decir que era mercader de estampas: esta es toda la noticia que nos da acerca de la vida anterior del Almirante. Se le tiene y cita como testimonio favorable á Génova, con evidente error, por cierto, porque si bien en el primero de los capítulos que en su Crónica de los Reyes Católicos dedica á Colón, le llama «hombre de Génova», al dar cuenta de su fallecimiento en Valladolid, afirma que era de la provincia de Milán. Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista oficial de Indias, que conoció y trató á Colón y á casi todos los que intervinie­ron en los acontecimientos, por él también presenciados, que desempeñó altos cargos en la administración de Ultramar, sólo pudo enterarse de que «unos dicen que Colón nació en Nervi, otros en Saona, y otros en Cugureo, lo que más cierto se tiene.-» Esta frase demuestra que Oviedo realizó ind;igacio- nés y consultó diversos pareceres, sin resultado positivo, y sin obtener dato alguno en cuanto á Génova, puesto que no la nombra. El P. Las Casas nada más nos dice que haber sido el Almi­rante de nacionalidad genovesa, cualquiera que fuese el pue­blo perteneciente á la señoría donde vió la luz primera. La ignorancia ó la reserva del P. Las Casas acerca de este punto es muy expresiva, puesto que, aparte de su intimidad cou el Almirante, él rnismo afirma haber tenido eu sus manos más papeles de Colón que otro alguno.

Citados quedan los cuatro escritores contemporáneos y ami­gos del Almirante que, juntamente con su hijo D. Fernando, sirven de fundamento para su historia. Singular es que hayan coincidido en no puntualizar el pueblo que fué cuna del Des­cubridor, pues no debe admitirse que ninguno de ellos dejara de interrogarle acerca del lugar de su nacimiento y acerca de otros particulares, como familia, vida anterior, viajes, estu­dios, etc. Esta curiosidad hubiera sido tan legítima, que no creo necesario enumerar las diversas razones que la hubieran justificado. ¿A qué ha obedecido, pues, ese tan unánime silen­cio? En mi concepto, nada más que á la reserva guardada por Colón y por sus hermanos. Galíndez de Carvajal, que uos ha dejado noticias precisas sobre la estancia ó residencia de los Reyes Católicos en dis­tintas localidades, demostrando así el cuidado con que reunió los datos correspondientes, afirma que Colón era de Saona. Medina Nuncibay, del cual se encontró una crónica en la colección Vargas Ponce, escritor que examinó los papeles de Colón depositados en la Cartuja de Sevilla, dice que el Almi­rante era natural de los confines del Genovesado y Lombardía, en los estados de Milán, y añade que se escribieron algunos tratadillos adando prisa á llamarle genovés.» En el Archivo de Indias vió Navarrete dos documentos oficia­les escritos á principios del siglo xvi; en uno de ellos se dice que Colón nació en Cugureo; en el otro que en Cugureo ó en Nervi. De manera que ninguna de las referencias que podemos lla­mar coetáneas designa la ciudad de Génova como patria del Descubridor; circunstancia que resulta más notable al analizar la información realizada ante el Tribunal de las Órdenes mili­tares con respecto á D. Diego Colón, nieto de aquél, agraciado con el hábito de Santiago. Imprudente sería desconocer la importancia histórica de di­cho documento, sacado á la luz pública por el respetable y erudito ministro del mencionado Tribunal, Sr. Rodríguez de Uhagón, académico de la Historia. No demuestra que Colón nació en Saotia; pero, á mi juicio, desvanece toda inclinación favorable á Genova. Tres son los datos interesantes que contiene acerca de la cuestión: 1.° En la genealogía que figura á la cabeza de la información, que los pretendientes al noble hábito presentaban in voce y juraban, se hace constar á D. Cristóbal Colón como nacido en Saona.

  1. ° En ninguna de las diligencias se menciona la declaración del Almirante, incluida en la escritura del mayorazgo, de haber nacido en Génova. Y Pedro de Arana, de Córdoba, her­mano de Doña Beatriz Enríquez, ignoraba cuál era la patria de Colón.

Los dos primeros datos demuestran que la familia legítima del Almirante creía qim éste no había nacido en Génova, y, además, contradecía la afirmación contenida en dicha escritura por considerar];! inexacta, [mes de lo contrario nada le hubiera sido tan fácil y tan natural comn señalar en dicha geiHilogía á Génova por patria de Colón, confirmándolo con la escritura del vínculo y con l»s testigos correspondientes. Ni cabe alegar que t;des informaciones se verificaban por mera fórmula, pues debiendo prestarse 1111 juramento por familia de tan elevada posición en la sociedad y auto respetable Tribunal, las mismas circunstancias del hecho reclamarían que, fórmula por for­mula, dicha familia escogiera la que tenía á su favor la aseve­ración del fundador del mayorazgo. El juramento exigía la expresión de la verdad ó de lo que se creía verdad, y por eso la familia legítima de Colón exhibió) la declaración relativa á Saona, acompañada de 1111 testimonio de calidad, cual era el de Diego Méndez, á quien no cabe recusar justificadamente. Méndez no fué tan sólo un servidor fiel del Almirante, siuó también un amigo íntimo, invariable y afectuoso. Entre los diversos servicios que le prestó en el épico cuarto viaje, des­cuella el de haber pasado treinta leguas de un piélago proce­loso, embarcado en débil canoa, desde la Jamaica á la Espa­ñola, bajo un cielo abrasador, en demanda de socorro. Acom­pañóle un protegido de Colón, el genovés Fiesco; en las últimas cartas á su heredero, el ya anciano y doliente Descubridor, menciona varias veces al buen Diego Méndez, ya para pedir que le escriba muy largo, ya para afirmar que «tanto valdrá su diligencia y verdad, como las mentiras de los rebeldes Po­rras.» Este calificado testigo declara en la información que el Almirante «era de la Saona;» y si bien es cierto, como dice un erudito crítico, que el testimonio de Méndez carece de la con­dición esencial de exponer que lo aducía con referencia al pro­pio Colón, más cierto ó indudable es todavía que jamás había oído á los dos hermanos, D. Cristóbal y D. Bartolomé, ni al genovés Fiesco, ni al segundo Almirante D. Diego, afirmar que el grande hombre había nacido en Genova, porque en este caso Méndez no hubiera abrigado una opinión tan resuelta acerca de Saona, ni la hubiera expresado tan categóricamente; es lo más probable que hubiese oído á los dos primeros hablar con afecto y frecuentemente de Saona, ya por haber transcurrido parle de la vida de ambos en este pueblo, ya por haber residido y fallecido en él sus padres. De manera que esta circunstancia viene también á demostrar la inexactitud de la escritura del vínculo en cuanto á la cuna de Colón. El tercer dato 110 es menos elocuente. De Pedro de Arana, hermano de Doña Beatriz Enríquez, dice el P. Las Casas que lo conoció muy bien y que era hombre muy honrado y cuerdo. Sirvió al Almirante con energía y lealtad, especialmente con motivo de la sedición de Roldan en la isla Española D. Diego Colón, el segundo Almirante, ordenó en su testa­mento el pago á Pedro de Arana de cien castellanos que en las Indias había prestado á su padre D. Cristóbal; deuda que patentiza la intimidad que había existido entre el Descu­bridor y Arana. Este testigo, 110 menos calificado, declara en la expresada información que «oyó decir que Colón era genovés, pero que él no sabe de dónde es natural.» No cabe duda de que las palabras «oyó decir que era genovés» se refieren á la voz pública, á la opinión general, así como las de «pero no sabe de dónde es natural» expresan un convencimiento existente en la familia, pues si Doña Bea triz supiera cuáles eran el pue­blo y el país de su amante, lo sabrían también su hermano Pedro de Arana y su hijo D. Fernando Colón, el historiador: no es posible desconocer la evidencia de este raciocinio. El hecho de que sus amigos y ambas familias, la legítima y la de Doña Beatriz, coincidan en no estimar, mejor dicho, en desdeñar la afirmación de Colón de haber nacido en Géno- va, hecha en solemnísimo documento, reviste decisiva impor­tancia. ¿De qué otras causas puede derivarse, sino de la segu­ridad que aquellos abrigaban, contraria á dicha afirmación, y de la reserva sin duda observada tenazmente por el Almirante sobre éste y otros interesantes puntos de su vida.-1 ¿Puede con­cebirse que un hombre como él 110 hubiera hablado con fre­cuencia de su patria y de sus parientes, ya en las conversacio­nes, ya en sus escritos, á no alimentar el decidido propósito de ocultar patria y origen? Y ¿cómo ha de merecer fe cumplida, en los tiempos actuales y ante la crítica moderna, el que no la alcanzó de su propia familia, el que ocasionó, en efecto, por su proceder en esta materia, todas las dudas? ¿Cómo extrañar, pues, que el mismo D. Fernando Colón, historiador de su padre, participara de igual incertidumbre? D. F érnando, en el capítulo primero de su libro, reconocido como piedra fundamental de la Historia del Nuevo Mundo, dice textualmente: «de modo que cuanto fue su persona á pro­pósito y adornadalfe todo aquello que convenía pava tan gran hecho, tanto menos conocido y cierto quiso que fuese su origen y patria; y así, algunos que de cierta manera quieren obscu­recer su fama, dicen que fué de Nervi, otros de Cugureo, otros de Bugiasco; otros que quieren exaltarle más, dicen era de Saona y otros genovés, y algunos también, saltando más sobre el viento, le hacen natural de Placencia.» En primer término se ve en esto párrafo que D. Fernando se excluye del número de aquellos otros que tenían á su padre por nacido en Génova; y es verdaderamente imposible que, designado segundo heredero, desconociera la escritura de fun­dación del mayorazgo. ¿Acaso sabia de labios del propio Almi­rante que su afirmación en dicha escritura constituía un sim- pie adorno de la fundación del vínculo? ¿Es que D. Fernando era devotísimo amigo de la verdad histórica? Cualquiera de estas dos razones, ya que no ambas á la vez ¿fué causa de que no apreciase la afirmación de su padre? Es de advertir, ade­más, que al empezar el capítulo primero de su libro manifiesta que una de las principales cosas que pertenecen á la historia de todo hombre sabio, es que se sepa su patria y origen; sin embargo, no pudo cumplir este precepto y el propio D. Fer­nando, contestando á Giustiniani, califica repetidamente de «caso oculto» á tan interesante detalle. Se ha acudido á ciertos expedientes para descartar las frases de D. Fernando, sin desautorizar su libro. Unos dicen que quiso echar tupido velo sobre el humilde origen de su padre; otros, que D. Luís Colón, duqire de Veragua, antes de entre­gar en Venecia el manuscrito de dicho libro al impresor Alfonso Ulloa, introdujo una alteración en el texto á que me refiero, á fin de que pudiera figurar dignamente unido el linaje de los Toledo con el de Colón. Desde luego se advierte verdadera inconsistencia en ambas interpretaciones, porque si D. Fernando se hubiera propuesto ocultar el humilde origen de su padre, habría empleado con­ceptos adecuados ó se hubiera limitado á repetir la afirmación incluida en la escritura del mayorazgo. Y si D. Luís Colón, dado que dispusiera, como de cosa propia, de un manuscrito perteneciente á la Biblioteca colombina, hubiera atendido á la consideración relativa á los linajes para realizar una adultera­ción en el texto, la habría hecho en términos conducentes á sugerir el convencimiento de que el Descubridor procedía de noble estirpe, no dejando la cuestión en una forma que acusa ese mismo humilde origen, objeto de la supuesta modificación. En su postrera disposición testamentaria, el insigne Almi­rante confiesa la existencia de un cargo «que pesa mucho para su ánima» con relación á Doña Beatriz Enríquez, añadiendo que «la razón dello non es lícito decilla.» Claro es que seme­jante pesadumbre de conciencia se refiere á su conducta perso­nal y no á la de Doña Beatriz: si en esta confesión alude al hecho de no haberse casado con la bella dama cordobesa, es indudable que la razón, que no le era lícito decir, radicaba en él. ¿Por qué 110 realizó este matrimonio? ¿Por qué no descargó oportunamente su conciencia de aquel peso á fin de que la muerte no le sorprendiese en tal situación? Muchos motivos vulgares, sin conexión con los hechos culminantes de la vida de Colón, pudieron ser cansa de que no celebrara dicho ma­trimonio; pero en el terreno de las hipótesis admisibles y calculando que el Almirante, por la universal notoriedad que había adquirido y por la altivez de su carácter, hubiese juz- Hado que, ni aun en el trance de la muerte, Oslría casarse en secreto ni en condiciones que pudieran menoscabar su [ama ó desconceptuarlo, ¿cabe presumir que la poderosa dificultad que le impidió aliviar la conciencia fue la necesidad de ocul­tar sus antecedente.’? ¿Acaso su hermano ü. Bartolomé se vio en situación análoga, pues también talleció sin casarse y dejando un hijo natural? Me permito exponer este raciocinio tan sólo en el concepto de suposición y como materia para discutir.

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Poro si los escritores españoles de aquella época demuestran absoluta carencia de datos acerca del nacimiento y de la vida de Colón anterior <í su «senLición en Castilla, los italianos no lo patentizan menos; y así como los primeros se hicieron eco de la voz pública, los segundos 110 habrían de rechazar tan alta gloria para su país; la aceptaron, pues, y la propagaron, corroborando el derecho á esa gloria con la única y extraña noticia de que los hermanos Cristóbal y Birtolorné Colón habían sido cardadores do lana. Asi lo dice Giustiniani, que con Gallo y Foglieta, fueron los historiadores ó cronistas ita­lianos de aquella época. Ninglmo de ellos, ni aun Allegretti, que en sus Anules de Siena del año 1493, da cuenta simple­mente do haber llegado á Genova las noticias del descubri­miento del Nuevo Mundo, aportan dato alguno sobre la vida de Colón. Las nuevas de ese maravilloso descubrimiento reali­zado por un genovés, debieron ocasionar en Genova justificado orgullo y vivísima curiosidad en las- autoridades, en los parientes de Colón, en el clero de la iglesia en que se bautizó, en los amigos, conocidos y vecinos de sus padres, así como en la mayor parte de los ciudadanos. En este caso, hubieran sido espontáneamente recordados los antecedentes del glorioso hijo de Génova, su infancia y juventud, su educación, sus estu­dios, sus prendas personales; y de todo este naturah’simo mo­vimiento se hubieran hecho eco los escritores contemporáneos y hubieran pasado á la historia y llegado á nuestros tiempos datos diversos relativos á la vida y á la familia de Colón. No ha sucedido así y semejante indiferencia sólo puede explicarse, á mi juicio, por el hecho de que el inmortal navegante no era hijo de Génova ni tenía en ella parientes. De la afirmación fie Giustiniani relativa al oficio de carda­dor de lanas, se deriva indudablemente la leyenda de que los dos hermanos adquirieron, en la obscuridad del taller, los variados conocimientos que poseían y la de que Colón apro­vechaba los ocios de su mecánica tarea para aprender en los libros y en las conversaciones con los amigos, dándose á entender con ello, sin duda, que estos amigos de un pobre tejedor eran sabios de la época y que nada más fácil para un obscuro obrero, á mediados del siglo xv, que disfrutar la lec­tura y el estudio de aquellos rarísimos y costosos libros. Y todavía se añade más; que en los intervalos de sus via­jes, Colón volvía al trabajo del taller y desde luego volvía también á aquellas provechosas conversaciones y lecturas. ¿Hay quien, conocedor de las condiciones físicas y morales que la vida del mar imprime en el hombre, pueda admitir sencillamente que un marino de profesión se allane á tejer lana en los intervalos de sus viajes? Pues si á esta conside­ración se «añaden las prendas, el Carácter y los conocimien­tos de Colón ¿es posible creer que se resignara á practicar oficio tan sedentario y tan impropio de su inteligencia en los espacios que todos los marinos dedican, sino al descanso, por lo menos á la preparación de los viajes sucesivos? Documentos encontrados en los archivos dieron á Colón y á su padre el ascenso á tejedores, á pesar de que en la misma época de esos documentos Giustiniani les atribuye el de car­dadores, y á pesar también de que el rigor con que se vigilaba en aquellos tiempos el cumplimiento de las ordenanzas gre­miales, impedía que al firmar como testigos ó en cualquiera otro acto, los cardadores usurparan el título de tejedores. ¿A qué atenernos, pues? Por mi parte, y aunque sea verdadero atrevimiento decirlo, creo que Colón no fné cardador ni teje­dor. Empezó á navegar á los 14 años de edad y la de 1G era la que señalaban aquellas ordenanzas para ingresar como apren­diz en el oficio. ¿Cuándo pudo aprenderlo y practicarlo? Es de sospechar, por lo tanto, que los escritores coetáneos italianos, no poseyendo dato alguno ó no habiendo podido obtenerlo acerca de los antecedentes do Colón, aceptaron, repito, la nacionalidad que éste se atribuyó, procurando confirmarla siquiera con un hecho tan insignificante como el de existencia en Génova de familias Colombo dedicadas á cardar lana y em­parentando con ellas al inmortal Descubridor. Si más hubie­ran podido decir, más hubieran dicho. En mi humilde juicio, ésta, y no otra alguna, ha sido la raíz de la leyenda admitida provisionalmente en la Historia, á causa de la autoridad que desde luego debió concederse á un personaje tan respetable como Giustiniani, pero cuyas equivo­caciones evidenció D. Fernando Colón en La Vida del Almi­rante.

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Utilizando otro orden de ideas, viene á obtenerse idéntico resultado;-esto es, el de hallarse perfectamente justificadas las dudas existentes acerca de la afirmación de Colón, estampada en la escritura de fundación del vínculo, de haber nacido en. Génova. Guárdanse en la casa municipal de dicha ciudad cier­tos documentos, con respecto á los cuales declara Harrisse, en cuatro libros diversos y con verdadero ensañamiento, que se hallan «al lado del violín de Paganini»: esta sarcástica frase del docto é inteligente escritor norteamericano, acaso inmere­cida, resume aquellas dudas. En el número de los menciona­dos documentos figuran: una carta de Colón al magnífico Ofi­cio de San Jorge, la minuta de contestación á esta carta, un dibujo de la apoteosis jiel inmortal navegante y el llamado codicilo militar, t o i] os destinados á corroborar su nacimiento en la capital de Liguria. E¡ primero, ¡a carta de Colón al Oficio genovés, ofrece, por cierto, muy raras condiciones. Lm pieza con la frase siguien­te: «Bien que el cuerpo ande por acá, el corazón está allí de continuo.» Admitamos que el adverbio tilli, cuyo significado es diversidad, 110 oposición de lugar, designe el de la ciudad de Genova. Colón participa, seguidamente, á los señores del Oficio ge­novés que manda á su hijo D. Diego destine el diezmo de toda la renta de cada año á disminuir el impuesto queBatisfacían las vituallas comederas á su entrada enESella ciudad; es de­cir, al pago de los derechos que hoy denominamos de consu­mos, dádiva de verdadera importancia. La singularidad á que me refiero consiste en que esta curiosa carta no guarda confor­midad con los hechos notoriamente ciertos, pues el Descubri­dor, antes de verificar su cuarto viaje, dejó á su primogénito un memorial de mandatos ó encargos que D. Diego incluyó religiosamente en su testamento: ía auten’ieidad de este docu­mento, descubierto hace muy pocos años, ha sido demostrada elocuentemente por el sabio académico de la Historia, Sr. Fer­nández Duro. Entre aquellos mandatos figura el relativo á un diezmo de la renta, es verdad; pero no lo destinó Colón al pago de los consumos (fe las vituallas comederas de Génova, ni á favor de ningún otro pueblo de Italia, sinó al de los pobres; y parece sumamente extraño que siendo dicha instrucción espe­jo de les sentimientos del Almirante, en que se evidencia su amor á Dios, á la caridad, á los Reyes, á Doña Beatriz, y has­ta al orden doméstico, y en que insinúa el recelo que, sin duda, abrigaba, de 110 regresar con vida de aquel cuarto viaje, no dedicara en-memorial tan expresivo y minucioso una sola pa­labra á la ciudad do Genova.                                                 . A juzgar por la carta que en 4 de Abril de 1502 dirigió á Fray Gaspar Gorricio, Colón escribió el memorial en aquellos días y 110 se comprende que con fecha 2 de los mismos mes y año haya anunciado á la Señoría genovesa la concesión de una dádiva que 110 incluyó en el repetido memorial, ni en ningún otro documento, ni en su última disposición testamentaria. Semejante contradicción es verdaderamente notable, como lo es también la circunstancia de no constar de alguna manera que las autoridades de la favorecida ciudad se hayan preocu­pado poco ni mucho de tan generosa concesión… Lo cierto es que ninguna de las dádivas ni disposiciones de Colón relati­va» i Génova, llegaron jamás al terreno de la realidad; las pri­meras son evidentemente supuestas, y las Sgundas no pasaron de meros adornos de una ficción.

Otra frase de dicha carta es la de que oíos reyes 111 o quieren honrar más que nunca». La consignó precisamente en los mo­mentos en que se le negaban los títulos de Virrey y Goberna­dor y el ejercicio de estos cargos; en que se 3e imponía la bochornosa condición de no desembarcar en la isla Espnmla. Semejante frase puede explicarse atribuyendo á Colón un ario de abnegación y de generosidad propio de su magnánimo co­razón; pero se hace lógico desconfiar de ello, dado que en la misma carta encomienda sentidamente su hijo D. Diego á la Señoría, humilde recomendación que 110 cuadra con la men­cionada frase, ni con la altiva enumeración de sus elevados títulos antes de las siglas de su firma. Es el segundo documento la minuta de la eontosiarión dada por el Oficio genovés á la cai ta de Colón que acabo de exami­na]’. Merece desconfianza el hecho de que hayan padecido ex­travío los diversos papeles que con respecto al glorioso Descu­bridor debió poseer el gobierno ligdreo, y que se haya salvado de dicho extravío el que precisamente consigna á roso y bel lu­so la palabra patria; pero más extraño es todavía que ese mis­mo gobierno, que en la mencionada minuta llama «elarissime amanlissimeque concivis» 3 Colón, pocos años después baya dado á la comarca de Saona la denominación de «Jurisdizione di Colombo», indicio evidente de que á la sfizón, y á pesar de dichos documentos, 110 le consideraba hijo de Génova. El tercer papel es un dibujo representando la apoteosis de Colón, atribuido á la propia mano del Almirante, opinión completamente equivocada, ya por la mezcla de vocablos cas­tellanos, franceses é italianos que explican las diversas figuras, ya porque seguramente Colón no hubiera prescindido de dar en él un puesto preferente;’! su protectora la Reina Isabel, ya por otras importantes razones que omito en gracia á la brevedad. El dibujo fue trazado por quien no podía sentir estas considera­ciones; ¿por quien tuvo al hacerlo el pensamiento de glorificar al insigne navegante? No: el de estampar en lugar eminente, á la cabeza y en el centro del dibujo, esta palabra: Genova. Por úllimo, creo que os inferiría un agravio si me detuviera á examinar el llamado codicilo militar; sabéis que ha sido de­clarado autorizadamente documento apócrifo. Bastará recorda­ros el absurdo de que una de sus cláusulas disponga que en caso de extinguirse la línea masculina del Almirante, herede sus títulos, cargos y rentas… ¡la república de Génova!

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Los partidarios de Génova, comprendiendo que no bastaban todos estos antecedentes para establecer definitivamente, como verdad histórica, la de haber sido aquella ciudad cuna del Des­cubridor del Nuevo Mundo, han procurado reforzar la demos­tración con otra clase de documentos, queme permito denomi­nar auxiliares, tan curiosos como ineficaces; lo primero, por sus extrañas condiciones; lo segundo, porque no predisponen el ánimo siquiera á esa benevolencia vecina á la persuasión. Examinaré los principales con la mayor brevedad, á fin de no molestaros. En el archivo del Monasterio de San Esteban de la Vía Mul- cento, de Génova, se han encontrado varios papeles con los nombres de Dominico Colombo y de Susana Fontarossa ó Fon- tanarossa, y de los hijos de estos, Cristóbal, Bartolomé y Die­go, en el período comprendido entre los años 1456 y 1459. ¿No es, por cierto, singularísimo que aparezca consignado el nom­bro de Diego en fecha anterior á la de su nacimiento, que de­bió acaecer entre 1463 y 1464? Milagrosa anticipación por cierto; pero se halla compensada por la injusticia de que esos papeles no contengan el nombre de Juan, segundo ó tercer hermano del Almirante, que en dichos años aun vivía, ni el de su hermana Blanca: se adivinó que estos dos hijos de Domingo Colón no habrían de alcanzar notoriedad histórica, por fallecimiento del primero y por des­aparición de la segunda en la muchedumbre de las gentes! Los comisionados de la Academia genovesa, encargados de informar acerca de la patria de Colón, encontraron un anti­guo manuscrito en cuya margen un notario estampó la noti­cia de que el Descubridor constaba bautizado en la iglesia de San Esteban; análoga afirmación hacen los sostenedores de que Caí vi, en Córcega, ha sido la cuna de Colón. Ambas pro­posiciones se destruyen mutuamente; pero en cuanto al buen notario ¡con poco se contentó para establecer como indiscuti­ble la gloria de Génova! Y ¿qué diremos de los frailes de San Esteban de la vía Mulcento? ¿lis posible que un suceso tan sorprendente como el del descubrimiento, que vino á con­mover la sociedad, á ser conversación preferente de toda clase de personas, á crear nuevas y ricas fuentes de comercio, á ofrecer vasto campo á la propagación de la Fe católica, pasara inadvertido para aquellos monjes, en cuya iglesia se bautizara el Descubridor famoso y en una de cuyas casas habría nacido, si fueran exactos los cálculos que se hacen con relación á los Dominicos Colombo que figuran en dichos papeles auxiliares? Aparece un «Christophorus de Columbo, filius Dominici, mayor de diez y nueve añosa, en 1470. Se explica, por la pre­visión, lo de hijo de Dominico; pero lo que nadie ha podido explicar todavía es la indicación de ser mayor de 19 años en 1470 (en que ya pasaba de los 33), con tanta más razón, cuanto que en 1472 exhiben otros papeles á «Christophorus Columbus lanerius de Januua lex Letona? egressus», esto es, mayor de 25. En dos años pasó de mayor de 19 á mayor de 25 y varió, retrocediendo, el apellido de Columbo en Columbus. Todo esto pudiera explicarse con mayor ó menor violencia; pero lo que, en mi humilde concepto, constituye un absurdo es lo de «lanerius» de Génova. En 1472, si Colón no se había casado, estaba á punto de realizarlo en Portugal. Santo y bueno que en aquel año viajara á Italia para visitar á sus padres; pero que un hombre de sus condiciones y conoci­mientos, próximo á enlazarse á una dama de la nobleza por­tuguesa, marino de profesión, capitán que había sido de una galera al servicio del Anjou pretendiente á la corona de Nápoles, descendióse á firmar, como tejedor, en documentos notariales, se me figura, repito, verdadero desatino. Resulta, además, que en aquella región de Italia, pululaban los Dominicos Colombo. Dominico Colombo, de la noble casa de Cúccaro; Dominico Colombo, dueño de una casa con tienda, jardín y pozo, fuera de la puerta de San Andrés de Génova; Dominico Colombo, inquilino de una casa de los frailes de San Esteban en la vía Mulcento; Dominico Colombo, hijo de Ferrario, en Placeucia; Dominico Colombo, hijoths Bertoliuo, en Pradello; Dominico Colombo, hijo de Juan, en Quinto; Dominico Colombo, lane- rio de Génova, li’abilatori en Saona, sin perjuicio de los que se supone haber existido en los diversos pueblos que se dis­putan la cuna del insigue descubridor. Por virtud de la homonimia, varios de esos Dominicos quedan reducidos á uno sólo, padre del Almirante, cómoda, aunque ineficaz manera, á mi juicio, de arreglar las cosas, porque si el apellido Colombo y el nombre Dominico eran en aquella región de Italia tan comunes como los de López y de Juan en España, nada más natural y sencillo que el hecho de vivir en dicha comarca muchos Dominicos Colombo y en Cas­tilla muchos Juan López. Los demás documentos á que me refiero exhiben también notables incongruencias en fechas y en conceptos; y siendo carácter eminente de la verdad el de la unidad de los elemen­tos que concurran á formarla, las deformidades de estos con respecto á la cuestión, alejan del ánimo toda propensión al convencimiento de haber sido la ciudad deGénova cuna del Almirante. Digna de meditación es también la circunstancia de que en Italia 110 haya aparecido documento alguno en que Bartolomé Colón conste siquiera como testigo tejedor, ni que ofrezca, en condiciones históricamente apreciables, el apellido materno del Almirante. La caprichosa suerte les negó una exhibición documental que concedió á un ínclito elegido suyo, gran na­vegante, gran geógrafo, gran cosmógrafo; y á fin de que la posteridad no vacilase con respecto al lugar de su gloriosa cuna, nos reservó la sorpresa de presentarle, á lo mejor de sus años, en calidad de testigo lanerio!… *  * Otra cuestión interesante es la relativa á los apellidos Co- lombo y Colón. ¿Cuál de los dos era el verdadero? Se supone que el Almirante, para distinguir su familia de otras que tenían igual apellido, y para acomodarle á la lengua española, convirtió en Colón el de Coloinbo. Dícese también que igual conversión se verificó en España gradualmente. Me permito dudar de que ambas explicaciones, aunque desde luego muy razonables, sean exactas. En primer lugar, exisle el hecho dlljuc el Descubridor iw en Portugul el apellido CSlón , puesto que la carta Wl-l rey don Juan invitándole á volver á Lisboa, contiene dicho apellido, y claro es que los funcionarios portugueses no habría 11 de em­plearlo por la única razón de que empezara á vulgarizarse en Castilla, motivo que bastaría (tara que hicieran lo contrario, sino por la de que así era llamado anteriormenle en Portugal el que había solicitado apoyo oficial para su empresa. Deri­vándose multitud de apellidos españoles ó italianos de su común origen, la lengua latina, el de Colombo era perfecta­mente apropiado á la castellana, demostrándolo la circunstan­cia de que, á pesar de los siglos transcurridos, existen en los territorios de León y de Galicia, pueblos y parroquias con la denominación de Santa Colomba. A los Ileyes Católicos ser­via un secretario llamado Juan de Coloma, apellido que tam­poco ha variado; de manera que parece indispensable averi­guar si para ello ha existido alguna otra razón esencial. A raíz del descubrimiento y en carta de 14 de Mayo de 1493 al Conde Borromeo, Pedro Mártir dice «Christophorus Colonus;» y puesto que en sus epístolas empleó la lengua latina, lo lógico hubiera sido escribir espontáneamente Colombus y no Colonus, hecho que demuestra que lo escribió persuadido por el evidente razonamiento de que Colón se deriva de Colonus y no de Colombus; y puesto que el P. Las Casas, refiriéndose á los historiadores de los primeros sucesos de Indias, afirma que lo que P. Mártir dijo tocante á los principios del descubri­miento afué con diligencia del propio Almirante,» es de pre­sumir que el escritor italiano obtuvo de éste noticias precisas acerca de la etimología del apellido, circunstancia que se co­rrobora por el hecho de que D. Fernando Colón, al tratar esta materia en la hisLoria de su padre y al comentar alegóricamente ambos apellidos, asegura que «si queremos reducirle á la pro­nunciación latina, es Christophorus Colonus;» y no sólo insiste en afirmarlo, siuó que también añade la singularísima indica­ción de que el Almirante volvió á renovar el de Colón. Seme­jante idea de renovación de apellido, ¿habrá provenido de al­guna insinuación más ó menos explícita de su padre, aplicán­dola el docto hijo á un simbolismo religioso? ¿Es que, en efecto, esta renovación del apellido Colón fué un regreso, di­gámoslo así, al verdadero? Si el Almirante, en los tiempos en que navegaba por el Me­diterráneo, seducido por la fama de los Almirantes Colombo el viejo y Colombo el mozo, ó por la moda de usufructuar tal sobrenombre, seguida por diversos marinos más ó menos dis­tinguidos, como Nicolo, Zorzi, Giovanni y otros, lo llevó tam­bién durante algún tiempo, ¿no hubiera sido lógico que al to­mar el de Colón, derivándolo del latino Colonus y no de Co­lombus, expresara que lo renovaba? Es de notar que en las estipulaciones de Santa Fe se estampó el apellido Colón, indu­dablemente con la cabal aquiescencia del gran navegante; de manera que existen motivos racionales para presumir que el apellido Colombo no era el verdadero del Descubridor famoso, y que del uno no se derivó el otro. Los comentarios que acabo de exponeros se refieren á algunos puntos esenciales de la historia de Colón, y he omitido otros, también interesantes, por no consentirlo el breve espacio en que me es permitido abusar de vuestra bondad. Con dichos comentarios he intentado recordaros el estado actual de la cuestión relativa á la patria y origen del primer Almirante de Indias, y demostraros que existen, en verdad, bases positivas para la discusión pendiente; no en vano un esclarecido crítico ha dicho que habrá de transcurrir mucho tiempo antes de que so escriba la historia definitiva de Cristóbal Colón. Nuevos elementos vienen ahora á influir en la composición de esa historia, quizás encaminando las investigaciones por inesperado derrotero, y para exhibirlos paréceme muy justo que os manifiéstelas circunstancias que han precedido y acom­pañado á su aparición. Figura en primer término,la publica­ción, en 1892, del notable libro de D. Luis de la Riega titulado El Rio Lérez. El muy cercano parentesco que á tan acreditado escritor me liga, no ha de ser razón para que me abstenga de encomiar sinceramente dicho libro; mis alabanzas, además, son muy posteriores á las que espontáneamente hicieron de él la prensa de Madrid y la de Galicia, pues su condición esencial de hallarse dedicado á ensalzar brillantemente las bellezas de una comarca, no impide que ofrezca verdadero deleite para los aficionados á la buena literatura. En sus páginas he encontrado el primer móvil de mis investigaciones, cual es la cita de una escritura de aforamiento hecho á principios del siglo xvt por el antiguo monasterio de Poyo, en las cercanías de, Ponteve­dra, á Juan de Colón y su mujer Constanza de Colón. Esta sin­gularidad me condujo á la lectura de papeles de aquella época, entre los cuales encontré un curioso cartulario en folios de pergamino con instrumentos notariales de aquel siglo y del anterior, en que se halla incluido otro aforamiento por el Con­cejo de Pontevedra, en 1496, de un terreno al que se designa como uno de sus límites la heredad deCristobo de Colón, nom­bre indudablemente de algún propietario anterior que, según costumbre muy general, conservaba dicha finca. La aparición de tan glorioso apellido en aquella localidad me inspiró el ra­ciocinio lógico de que, puesto que se había revelado en dos documentos, podría repetirse en otros más ó menos anteriores, habiéndome dedicado, por lo tanto, al examen de cuantos pa­peles del siglo xv pudieran existir en los archivos locales y particulares, y de los que lograse obtener por diversas gestio­nes. Xo he desmayado en la tarea, facilitada, dicho sea en honor de la verdad, por la ilustrada Sociedad Arqueológica de Ponte­vedra, fundada y presidida por el perseverante y doctísimo jurisconsulto y arqueólogo D. Casto Sampedro. Al notable Museo creado por dicha Sociedad han sido entregados patrió­ticamente numerosos libros, papeleSy pergaminos antiguos; los poseen también muy curiosos c importantes el archivo del Ayuntamiento y el del antiquísimo Gremio de mareantes, y obtuve los interesantes datos que forman la base del presente estudio; os probable que aparezcan en lo sucesivo otros más eficaces, por más que ha sido gran fortuna que llegaran á nues­tros tiempos noticias escritas acerca de personas á la sazón tan modestas. Como veréis, resulta comprobada la existencia de los apellidos Colón y Fonterosa: el segundo aún persiste en la provincia de Pontevedra, constando sin solución alguna en re­gistros parroquiales desde últimos del siglo xvi hasta el pre­sente: dos de los nuevos documentos lo exhiben en 1525 y 1528, y otros lo presentan en varios años del siglo xv, coexistiendo con el de Colón. Hechos tan extraordinarios me impulsaron al estudio repe­tido y constante de cuantos autorizados libros tratan de la vida del Descubridor del Nuevo Mundo, adquiriendo el convenci­miento de que, en efecto, el problema que se discute se halla envuelto en el misterio, pues cuatro son las poblaciones que han dedicado sendos mármoles á sji hijó Cristóbal Colón, dos las que alardean do haber poseído el registro de su bautismo y otras ocho ó diez laskue exhiben diversos títulos para con­siderarse patria indudable del famoso navegante. Semejante disparidad de elementos históricos puede prove­nir de la absoluta falta de verdad en todos ellos, y os ruego me perdonéis el atrevimiento de esta indicación. Preséntase ahora al concurso una población española que por otros conceptos es muy digna de consideración ante la historia, y per­mitidme que siquiera os recuerde la importancia marítima que Pontevedra tenia en el mismo siglo xv, ya como puerto de Ga­licia, ya como uno de los principales astilleros de Castilla en aquella época. Patria es de los Almirantes Payo Gómez, Alvar Páez de Sotomayor y Jofre Tenorio en la Edad Media; del ilus­tre marino al servicio de Portugal Juan da Nova, descubridor de las islas de la Concepción y de Santa Elena, en el entonces recién hallado camino de la India por el cabo de Buena Espe­ranza; de Bartolomé y Gonzalo Nodal, descubridor este último del estrecho que injustamente lleva el nombre de Lemaire; de Pedro Sarmiento, á quien publicistas de Inglaterra llaman el primer navegante del siglo xvi; de los Almirantes Matos, que brillaron en el xvii, y de otros distinguidos marinos, entre los cuales descuella en nuestros tiempos el ilustre Méndez Núñez.

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Hé aquí ahora la relación de los documentos descubiertos:

  1. °   Escritura de carta de pago dada á Inés de Mereles por Constanza Correa, mujer de Esteban de Fonterosa, fecha 22 de Junio de 1528.
  2. °   Escritura de aforamiento por el concejo de Pontevedra, en 6 de Noviembre de 1525, á Bartolomé de Sueiro, el mozo, mercader, y á su mujer María Fonterosa, folio G vuelto de un cartulario de 58 hojas en pergamino.
  3. °   Ejecutoria de sentencia del pleito, ante la Audiencia de la Coruña, entre el Monasterio del Poyo y D. Melchor de Fi- gueroa y Cienfuegos, vecino y alcalde de Pontevedra, sobre foro de la heredad de Andurique, en cuyo texto se incluye por copia la escritura de aforamiento de dicha heredad, hecho por el expresado Monasterio á Juan de Colón, mareante de aque­lla villa, y á su mujer Constanza de Colón, en 13 de Octubre de 1519.
  4. ”   Escritura de aforamiento por el concejo de Pontevedra, en 14 de Octubre de 1496, á María Alonso, de un terreno cer­cano á la puerta de Santa María, señalando como uno de sus límites ]a heredad de Cristobo (,xp.») de Colón. Folio 20 vuelto de dicho cartulario de 58 hojas en pergamino.
  1. °    Acuerdo del concejo de Pontevedra, año de 1454, sin señalar el día ni el mes, nombrando fieles cogedores de las rentas del mismo año; entre ellos, á Gómez de la Senra y á Jacob Fonterosa para las alcabalas del hierro. Folio 66 del li­bro del concejo que empieza en 1437 y termina en 1463, con 78 hojas en folio.
  2. °    Folio 48 del mismo libro. Acuerdo del concejo, fecha 1.° de Enero de 1444, en que se da cuenta de la carta de fieldades del Arzobispo de Santiago, nombrando fieles cogedores de las rentas de la villa en dicho año; entre ellos, á Lope Muñiz ó Mén­dez y á Benjamín Fonterosa para las alcabalas de las grasas.
  3. °    Minutario notarial de 1440, folio 4 vuelto. Escritura de censo, en 4 de Agosto, por una parte de terreno en la rua.de Don Gonzalo de Pontevedra, á favor de Juan Osorio, picape­drero, y de su mujer María de Colón.
  4. ”    En el mencionado libro del concejo, folio 26. Acuerdo de Pedro Falcón, juez, Lorenzo Yáñez, alcalde, y Fernán Pé­rez, jurado, en 29 de Julio de 1437, mandando pagar A Domin­gos de Colón y Benjamín Fonterosa 24 maravedís viejos, por el alquiler de dos acémilas que llevaran con pescado al arzo­bispo de Santiago.
  5. °    Minutario notarial de 1436. Escritura de aforamiento en 21 de Marzo, hecho por Fernán Estévez de Tuy, á Alvaro Afon, de una viña en la feligresía de Moldes, en Pontevedra, señalando como uno de sus límites otra viña del aforante que labraba Jacob Fonterosa el viejo.
  6. Minutario notarial de 1435. Escritura de 25 de Diciem­bre, en la que Afon Ean Jacob afora la mitad de una viña á Ruy Fernández y á su mujer Elvira Columba.
  7. Minutario notarial que empieza en 28 de Diciembre de 1433 y termina en 20 de Marzo de 1435, 97 hojas, folio 85 vuelto. Escritura en 29 de Septiembre de 1434 de compra de casa y terreno hasta la casa de Domingos de Colón el viejo, por Payo Gómez de Sotomavor y su mujer Doña Mayor de Mendoza.
  8. El mismo minutario, folio 80. En 11 de Agosto de 1434, escritura de venta de la mitad de un terreno que fué casa en la rúa de las Ovejas, por María Eans á Juan de Yiana el viejo y á su mujer María de Colón, moradores en Pontevedra.
  9. Minutario notarial de 1434. Escritura de 20 de Enero, en que Gonzalo Fariña, hijo de Ñuño Mouriño y de Catalina Columba, difunta, hace donación de una casa sita en la rúa de D. Gonzalo de dicha villa.
  10. Minutario notarial de 1434 y 1435, folios 6 vuelto y 7. Dos escrituras, correlativas, fecha 19 de Enero de 1434. en que el abad del monasterio de Poyo se obliga á pagar respectiva­mente 274 maravedís de moneda vieja á Blanca Soutelo, here­dera de Blanca Colón, difunta, mujer que fué de Alfonso de Soutelo, y 550 maravedís de la misma moneda á Juan García, heredero de dichos Alfonso de Soutelo y su mujer Blanca Colón.
  11. Minutario notarial, cuaderno de 17 hojas, folio 2. En 28 de Noviembre de 1428, escritura de censo hecho por María Gutiérrez, á favor de la cofradía de San Juan de Pontevedra, en presencia de los procuradores y cofrades de la misma, Bar­tolomé de Colón y Alvaro da Nova.

Los anteriores documentos están redactados en dialecto ga­llego; el siguiente en castellano de la época.

  1. Cédula del arzobispo de Santiago, señor de Pontevedra, mandando al concejo, en 15 de Marzo de 1413, que entregue á maese Nicolao Oderigo de Janvua 15.000 maravedís de moneda vieja blanca en tres dineros.

Estos documentos, por la circunstancia de revelar la exis­tencia en Pontevedra, según ya he dicho, de los apellidos pa­terno y materno del inmortal descubridor en la primera mi­tad del siglo xv, tienen, á mi juicio, grande interés. Carezco de autoridad para pretender que la historia escrita sea recti­ficada desde luego y para exigir que la convicción que pudiera haber formado se establezca como artículo de fe; es probable además que, seducido por el amor á la patria que todos vene­ramos, y ofuscado por tan sorprendente reunión de coinciden­cias, la fantasía me conduzca por extraviado camino; pero me parece indudable que merezco disculpa, porque el hecho de hallarse lo más de la vida de Colón envuelto en tinieblas; el de no poder fijarse el pueblo de su nacimiento; el de aparecer contradicciones ó incongruencias entre la mayor parte de los datos que figuran al presente como históricos; el de haberse agotado en Italia, con respecto á su persona, las fuentes de información que subsisten precisas y diáfanas acerca de varo­nes menos ilustres y aun anteriores al gran navegante; y por fin, las deducciones que sin violencia alguna se desprenden de los nuevos documentos, son motivos poderosos, en mi con­cepto, para que se desvanezca la cabeza más firme.

En presencia del acuerdo del concejo de Pontevedra, que en 29 de Julio de 1437 manda pagar 24 maravedís viejos á Domin­gos de Colón y á Benjamín Fonterosa, nace espontáneamente la reflexión de que va muy poca distancia de un matrimonio realizado por personas de ambas familias, á la asociación para negocios ó de intereses entre éstas últimas, ó viceversa, de la asociación al matrimonio. Creo que no es desatinado seme­jante raciocinio, y hé aquí 1111 medio sencillo para explicar el hecho de que el Almirante haya tenido por padres á un Colón y á una Fonterosa, por más que este pensamiento parezca á primera vista vulgarísima sentencia. Del mencionado acuerdo resulta que el Domingo de Colón, á quien se refiere, era un alquilador de acémilas; si el Descubridor fué hijo de este mo­desto individuo, no sería absurdo suponer que las preocupa­ciones sociales de aquellos tiempos le obligaron á ocultar ori­gen y patria. Aparecen Fonterosas, apellido que, como he dicho, subsiste en aquella provincia, con los nombres de Jacob el viejo, otro Jacob y Benjamín; la madre de Colón se llamaba Susana. Si el Almirante pertenecía á esta familia, hebrea sin duda, que así puede deducirse de sus nombres bíblicos, ó por lo menos de cristianos nuevos, ¿no habríamos de disculparle y declarar plenamente justificada su resolución de no revelar tales ante- % cedentes, dado el odio á dicha raza que existía á la sazón y dadas las iras que contra ella se desencadenaron en la segunda mitad del siglo xv? ¿No merecería examen en este caso la in­clinación de Colón á las citas del Antiguo Testamento? La huerta de Andurique, aforada por el monasterio de Poyo á Juan de Colón, y situada d medio kilómetro de Pontevedra, linda con otras heredades de la pequeña ensenada de Porto- santo, lugar de marineros, en la parroquia de San Salvador. El descubridor del Nuevo Mundo bautizó á las dos primeras islas que halló en su primer viaje con los nombres de San Sal­vador y la Concepción, actos derivados indudablemente de su piedad religiosa; á las siguientes con los de Isabela, Fernan- dina y Juana, en demostración de su gratitud á la real fami­lia. Pero costeando la última, que conservó su denominación indígena de Cuba, llega á un río, después á una bahía y co­rrelativamente, sin que hubiese padecido en aquellos días borrasca, riesgo ni dificultad de ninguna clase, vuelve á apli­car al primero el nombre de San Salvador, y da á la segunda el de Portosauto. Algunos críticos explican lo de Portosanto por el hecho de que el suegro de Colón había sido gobernador de la isla portuguesa así llamada; esto es, que el inmortal na­vegante, que no’se acordó para tales actos de sus hijos, de sus padres, de su mujer, de su amada Doña Beatriz, de Génova ni de Italia, dedicaba tal afecto á un suegro que 110 había cono­cido, y le apremiaba tanto el deseo de demostrarlo, que honró su recuerdo á seguida del que dedicó á la religión y á los reyes. Mas si Colón hubiera nacido en Pontevedra, ¿no se jus­tificaría sobradamente que se hubiese acordado de una patria que no podía declarar en momentos tan solemnes, de tanta expansión afectiva como habrán sido para él los del descubri­miento, y repitiese la denominación de San Salvador, apli­cando la de Portosanto, parroquia y lugar donde quizás tuvo su cuna, en la seguridad de que nadie habría de sospechar su íntimo propósito? En su segundo viaje bautizó á una isla con el nombre de La Gallega. En el primero había denominado La Española á la que actualmente se llama de Santo Domingo: ninguna otra obtuvo de Colón el de La Italiana, el de La Griega, el de La Corsa, ni el de La Portuguesa. Es probable que el de La Ga­llega signifique un recuerdoá la carabela Santa María, pues tal era su sobrenombre; pero esta misma circunstancia ¿no podría demostrar la conjunción de dos ideas? Colón prefirió embar­carse en la Santa María, á pesar de ser buque de carga y de ofrecer la Pinta y la Niña mejores condiciones marineras y mayores ventajas para la empresa del descubrimiento. ¿Fue casual esta elección, no bien explicada hasta la fecha? Y como corolario de tal preferencia, quiso unir en el nombre de La Ga­llega los dos recuerdos, el de la nave y el de Galicia, si en ella hubiere nacido, de la misma manera que con el de La Espa­ñola satisfizo á su españolismo, muy acendrado por cierto, se­gún ha demostrado un sapientísimo critico? Otro de los nuevos documentos contiene la compra de una casa por Payo Gómez de Sotoinayor y su mujer Doña Mayor de Mendoza; ésta, sobrina del Arzobispo de Santiago; aquél, uno de los más nobles ricos-hombres de Galicia, mariscal de Castilla, caballero de la Banda, Embajador á Persia del Rey D. Enrique III. En dicha escritura se menciona, como parte del contrato, el terreno hasta la casa de Domingo de Colón el viejo, con salida al eirado de la puerta de la Galea. Este eirado es una plaza ó espacio irregular entre diversos edificios, tapias y muelle al fondeadero llamado de la Puente: hállase inmedia­to al lugar que ocupaba la puerta y torre de la Galea. En su tercer viaje, en extremo fatigoso por las calmas y por el calor sufrido más allá de las islas de Cabo Verde, dió Colón á la pri­mera tierra que halló el nombre de La Trinidad y, al primer promontorio, el de cabo de la Galea. No es probable que la circunstancia de presentarse á la vista una roca parecida á un buque, inspirase á Colón, inmediatamente después de un nom­bre de tan alta y sagrada significación como el de la Trinidad, el pensamiento de descender á uno tan trivial como el de la Galea, sin tener para ello alguna otra razón importante. Si Colón hubiera nacido en Pontevedra y jugado en su niñez en aquel eirado de la puerta de la Galea, vecino á la casa de un pariente muy cercano, donde los marineros extendían las redes y aparejos para secarlos y recomponerlos, frente á uno de los fondeaderos de las naves; ¿seria incorrecto presumir que en el nombre de cabo de la Galea, hubiera incluido una me­moria á su pueblo y á sus primeros años, en forma semejante á las que empleara anteriormente? De todos modos, ¿no es muy singular que sus tres primeros viajes, por lo menos, ofrezcan á nuestra meditación tres coin­cidencias tan expresivas?

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En la crítica histórica, la homouimia es un factor muy in­cierto, y no soy yo, en verdad, el primero ;í consignarlo así. La homonimia de uno ó de más nombres, no debe ser aprecia­da, á menos que concurran al caso circunstancias especiales y coincidan en apellido poco vulgar: según autorizados escritores, el de Colombo, era en el siglo xv común á muchas familias de Italia, del mediodía de Francia y de algunas regiones de Es­paña, mientras que el de Colón era seguramente único en la comarca de Galicia revelada por los nuevos documentos, sien­do muy extraordinario el hecho de que en la generación ante­rior á la del Almirante y en la coetánea, aparezca en Ponteve­dra ese glorioso apellido unido á nombres propios de casi todas Jas personas que formaron su familia: Domingo el viejo, otro Domingo, Cristóbal, Bartolomé, Juan, Blanca, esto es, una renovación muy frecuente en todas partes, originada por afec­to, por respetuoso recuerdo á los antepasados ó por padrinazgo de los parientes inmediatos en la piladel bautismo. Esta circuns­tancia, con ser tan elocuente, aun pudiera calificarse como caso de homonimia; pero existir á la sazón y en el mismo pueblo el nada vulgar apellido materno del Descubridor y además constar juntos los dos de Colón y Fonterosa en el mandato de pago re­lativo á servicio especial, constituye, al lado de los demás indi­cios, un suceso de tan sugestiva influencia, que difícilmente puede, el que lo examina, sustraerse á su eficacia persuasiva. Consejo de la prudencia sería proceder con calma y caminar con pies de plomo, según suele decirse vulgarmente; pero en mi concepto, uno de los nuevos documentos parece que arroja, no sólo sobre los demás, sinó también sobre la vida de Colón, y, por consiguiente, en el obscuro campo de la historia rela­tiva á esa interesante vida, potentes rayos de luz, ante los cua­les no acierta á refrenarse la imaginación ni á defenderse el entendimiento: es la cédula del Arzobispo de Santiago, fecha 15 de Marzo de 1413, dirigida al concejo, juez, alcaldes, jura­dos y hombres buenos de su villa de Pontevedra, ordenándo­les entregar, «cojidos y recabdados», 15.000 maravedís de mo­neda vieja á maese Nicolao Oderigo de Génova. Recordad que el íntimo amigo del Almirante, el que le mereció la confianza do ser depositario en 1502 de las copias de sus títulos, despa­chos y escrituras, se llamaba también Nicolás Odérigo, legado que había sido del gobierno genovés ante los Reyes Católicos. La distancia de casi un siglo entre ambos hechos, demuestra que el Nicolás Odérigo de 1502 no era el mismo de 1413; pero pudo el uno ser antepasado ó pariente próximo de los antepa­sados del otro. Si aquel fué, por ejemplo, navegante y merca­der de telas de seda y de otros géneros y artículos de la indus­tria italiana, que las naves genovesas llevaban á aquella co­marca de Galicia; si su descendiente desempeñó, por adquisi­ción de nobleza ó por otras elevadas cualidades y prendas, el cargo de embajador, ¿sería acaso un dislate presumir que la estrecha amistad de Cristóbal Colón con dicho legado tenía antigua fecha en su familia y provenía de una protección cuyo origen pudiera haber sido la presencia en Santiago y Ponte­vedra, á principios del siglo xv, del Odérigo á que se refiere la cédula del Prelado compostelano?

Si los padres de Colón fueren individuos de las familias Co­lón y Fonterosa, residentes en Pontevedra, emigrados luego á Italia, puede aceptarse que hubieran utilizado alguna reco­mendación ó relación directa ó indirecta con los Odérigo. ¿De­bió quizás Colón á esta encumbrada familia de Génova los me­dios necesarios para verificar sus estudios y para emprender la carrera de marino? ¿Conocía el embajador Odérigo la verda­dera patria del Almirante, y supo conservar el secreto como pudiera deducirse, tanto del silencio que guardó acerca de la patria y del origen de su amigo, como del hecho de haber rete­nido las copias que le confió y que no fueron entregadas á las autoridades de Génova hasta muy cerca de dos siglos después por Lorenzo Odérigo?

Estas y otras preguntas é hipótesis análogas, se ofrecen al pensamiento y parecen adquirir fundadamente el aspecto de la verdad, porque no es fácil concebir que por exclusiva virtud de la casualidad pueda llegar á tal extremo el concurso de indi­cios tan numerosos y homogéneos.

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Para concluir, me permitiréis que os recite, en extracto, la leyenda que he imaginado, fundada en los datos y raciocinios que acabo de exponer. El matrimonio Colón-Fonterosa, residente en Pontevedra, emigró á Italia á consecuencia de las sangrientas perturbacio­nes ocurridas en Galicia durante el siglo xv, ó por otras cau­sas, hacia los años 44 al 50 del mismo, aprovechando, al efec­to, las activas relaciones comerciales y marítimas que enton­ces existían entre ambos países. Llevó en su compañía á sus dos hijos mayores, criados ya (los demás nacieron posterior­mente), y utilizó, para establecerse en la ciudad de Génova ó su territorio, y probablemente en Saona, recomendaciones al Arzobispo de Pisa, que á la sazón era clérigo sine-cura de la iglesia de Santa María la Grande, de Pontevedra, y cobraba un quiñón de sardina á los mareantes de dicha villa, ó relaciones directas ó indirectas con la familia de Odérigo, á cuyo amparo pudo Cristóbal Colón dedicarse al estudio. Apto á los 14 años de edad, tanto por sus conocimientos, como por su robustez, para la profesión de marino, emprendió la vida del mar, en la cual navegó durante veintitrés años consecutivos, llegando por su destreza y por su valor á ser jefe de un buque al servicio de Renato y de Juan de Anjou, y transformando su apellido Co lón en el de Colombo, á imitación de algunos audaces corsa­rios que usufructuaban este sobrenombre, ó por haber milita­do quizás bajo el mando de Colombo el viejo, ó de Colombo el mozo, célebres marinos que usaban también, sin pertenecerles, el mismo apellido.

Cristóbal Colón y Cristóforo Columbu: Ricardo Beltrán y Rózpide

Cristóbal Colón y Cristóforo Columbu: Ricardo Beltrán y Rózpide

 

Ricardo Beltrán y Rózpide

Miembro de la Real Academía de la Historia y de la Real Sociedad Geográfica.

publicó un folleto en 1921 titulado: Cristóbal Colón y Cristóforo Columbo, y un segundo publicado en 1925 titulado: Critóbal Colón ¿genovés?
Rafael Calzada: el académico, ya recordado, el cual, sin haber manifestado que acepte abiertamente las conclusiones del señor de la Riega, ha hecho publicaciones interesantísimas que con las mismas se relacionan, enter ellas, su último trabajo Cristóbal colñón y Cristóforo Columbo.

No se declara abiertamente partidario de la causa gallega por no herir la susceptibilidad de sus compañeros académicos, pero es quien abre las puertas a Celso Garcia de la Riega para que pueda realizar su conferencia en la sociedad geográfica.

Escribe el libro “Cristobal Colón y Cristóforo Colombo” donde demuestra que el Cristóforo Colombo que hablan en las actas notariales de Génova, no es el Cristóbal Colón firmante de las Capitulaciones de Santa Fé.

 

 

 

 

CRISTÓBAL COLÓN

y

CRISTÓFORO COLUMBU

ESTUDIO CRÍTICO DOCUMENTAL

POR

Ricardo Beltrán y Rózpide

De la Real Academia de la HletorIa Secretario general de La Real Sociedad Geográfica.

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SEGUNDA EDICIÓN

CON NUEVAS NOTAS Y UN APÉNDICE

La mayor parte de los modernos autores que tratan de la vida de Colón consideran los docu­mentos italianos referentes á Cristóforo Columbo y su

familia como la regla de criterio á que hay que ajustar los documentos españoles, aun los de mayor autoridad, que son las cartas escritas por el mismo D. Cristóbal Colón. Si hay divergencia entre unos y otros, se resuelve en último término la cuestión afirmando que aquél faltó á la verdad ó la ocultó por estas ó las otras razones. Los docu­mentos italianos son así poco menos que artículos de fe.

Pero cabe adoptar—y es, ciertamente, más ra­zonable— el procedimiento inverso: tomar como norma crítica y como si fuera artículo de fe lo que D. Cristóbal Colón dijo de sí mismo y ajustar á ello lo que digan los documentos italianos, acep­tando éstos si se hallan de acuerdo con los documentos españoles, desechándolos si resulta evidente la contradicción o el anacronismo.

 

Entre las escrituras ó actas notariales encon­tradas en Genova y en Savona, referentes á una de las familias apellidadas Columbo que por en­tonces vivían en aquellas y otras localidades del Norte de Italia, hay algunas en que aparece perso­nándose como otorgante ó como testigo un Cristóforo Columbo ó Colombo, hijo de Dominico de Co­lumbo y de Susana de Fontanarubea (1).

(1) Hay reproducción impresa de estos documentos y otros anteriores y posteriores relativos á actos y contratos de la citada familia en la liaccolta di documenti e studi pubblicati dalla B. Commissione colombiana peí quarto centenario dalla scoperta dell’America; 1892-94.—Vol. I de la Parte II.—Además, entre los arios trabajos en que previo estudio y crítica de estos ú otros documentos se identifica al Cristóbal Colón, descubridor de América, oon el Cristóforo Columbo, lanero de Genova, merecen citarse preferentemente los siguientes:

Christophe Colomb: son origine, sa vie, ses voyages, sa famille et ses descendants, d’aprés des documents inédits tirés des archives de Genes, de Savone, de Sé- viUe et de Madrid: études critiques par Henby Habbisse.—París, 1884.—2 volúmenes.

Études critiques sur la vie de Colomb avant ses déconvertes: les origines de sa famiUe: les deux Colombo, tes prétendus parents; la vraie date de sa naissance; les études et les premieres campagnes qu’il aurait faites; son arrivée en Portugal et le combat naval det 1476; son voyage au Nord; son établissement en Portugal; son mariage; sa famile portugaise.—Par Henby Vignaud_—París, 1905.—1 volumen.

La Patria de D. Cristóbal Colón, según las actas no­tariales de Italia, por D. Angel de Altolaguieke.—En el Boletín de la Real Academia de la Historia, Marzo de 1918, Ó sea tomo VXXII, páginas 200-224.

No faltan autores que han sostenido lo contrario; esto es, que Colón no perteneció á la familia de Dominioo de Columbo, entre ellos los que, como Ambiveri, Corbani, Peretti y Franceschi en Italia, y García de la Riega en España, creen que el descubridor de América no fué genovés.

Este último, en su obra titulada Colón, español: su origen y patria, Madrid, 1914, no da la prueba evidente de que el descubridor de América perteneciese á la fami­lia de los Colones, de Pontevedra; pero hace muy razo­nada crítica de las escrituras notariales de Genova y Savona, y las deja bastante mal paradas.

Refuerza, bajo todos conceptos, la argumentación de García de la Riega, especialmente en cuanto á lo que pudiera servir de prueba de indicios, el Sr. D. Rafael Calzada en; su obra La patria de Colón, publicada en 1920, en Buenos Aires.

En la misma Italia y en nuestros mismos días no hay conformidad respecto á la cuna de Colón. En 1919 se publicó el folleto titulado La Trinitá e la patria di Cristoforo Colombo, cuyo autor, «il cav. uff. Tortarolo Lorenzo, Ingegnere Capo del Genio Civile», sostiene que Cristóforo Colombo nació en Albisola, opinión! cierta­mente, que no es una  novedad. Véase la obra de Giuseppe Garbarini Cenni storici intorno al borgo di Al­bisola- Marina, patria di Cristoforo Colombo; Génova, 1886.

Según escritura de 22 de Septiembre de 1470, otorgada en Genova, Dominico d© Columbo y su hijo Cristóforo se comprometen á aceptar la deci­sión de ün árbitro en pleito ó cuestión que tenían con un acreedor. Seis días después, el 28, dicta fallo el árbitro condenando al padre y al hijo á pagar determinada cantidad. •

En 31 de Octubre del mismo año, Cristóforo de Colombo, hijo de Dominico y mayor de diez y nueve años, en presencia y con autorización, con­sejo y consentimiento del padre, declara que debe determinada cantidad por una partida de vino que había comprado.

En 1472 están en Savona el padre y el hijo. El 20 de Marzo Cristóforo de Columbo, lanero de Génova, es testigo en un testamento otorgado en aquella ciudad. Los demás testigos, cuyo oficio tam­bién se indica, son tres sastres, un tundidor y un zapatero.

El 26 de Agosto de 1472 Dominico, lanero, y su hijo Cristóforo se reconocen deudores de un tal Juan Signorio, á quien habían comprado siete quintales de lana.

Al año siguiente, el 7 de Agosto de 1473, Su­sana, hija de Jacobo de Fontanarubea (1) y esposa de Dominico de Colombo, ratifica, ante notario de Savona, la venta que de una casa había hecho su marido, con el consentimiento y la presencia en el acto de Cristóforo y Juan Pelegrino, hijos de Do­minico y Susana.

(1) Este apellido, traducido del latín al italiano en Fóntanarossa, era el segundo, ó sea el materno del pe­laire Cristóforo Columbo. El descubridor de América, Cristóbal Colón, jamás usó ni aludió á su apellido ma­terno.

Esta familia de Columbos ó Colombos parece ser la misma á que se refirió, á principios del si­glo xvi, el notario- Antonio Gallo, Canciller del Banco de San Jorge, en Genova, diciendo que el descubridor de las nuevas tierras occidentales era un sobrino de Antonio Colombo, el hermano de Do- minioo, con quien Gallo estaba en relaciones, pues hubo entre ellos préstamos ó cesiones de crédito.

En los documentos citados y en otros se men­ciona á Dominico y sus hijos y parientes como cardadores de lana, tejedores de paño, tenderos, hor- meros y sastres (un hijo del Antonio Columbo apa­rece como aprendiz de sastre). Fueron, pues, estos Columbos gentes de oficio manual, y además, de escasos recursos ó algo manirrotos, á juzgar por las deudas que contraían. Dominico y Cristóforo tenían bastantes acreedores, y algunos de éstos, creyendo que el afortunado descubridor de países en que abundaba el oro era el Cristóforo Columbo, su deudor, se pusieron en movimiento para hacer efectivo el crédito. Tal es el caso de los hermanos Juan, Mateo y Amigeto de Columbo, los que—se­gún consta en una de esas innumerables actas no­tariales que nos van dando cuenta de todo lo que hacía la documentada familia—se comprometieron, en 11 de Octubre de 1496, á costear el viaje que uno de ellos, Juan (el antiguo aprendiz de sastre), debía hacer á España en busca del pariente rioo y personaje, para exigirle el pago de la deuda. Este compromiso no tuvo resonancia más allá del protocolo del notario; no hay noticia de que el viaje se efectuara ni se sabe que el Almirante ni nadie en España se diera por enterado de la ges­tión de los Columbos.

‘Después de Gallo y en el primer tercio del si­glo xvi, Seranega y Giustiniani copian en sus obras lo  que aquél dijo, con algún otro detalle que hacía resaltar la humilde posición social de los Colum­bos, y la escasa instrucción ó cultura intelectual que tenía el Cristóforo. Aun vivían Fernando Co­lón, el hijo del Almirante, y Bartolomé de las Ca­sas, y uno y otro negaron el parentesco de Cristó­bal Colón con semejante familia.

Resulta, pues, que, según los documentos y ci­tas mencionados, Cristóforo Columbo fué un la­nero ó tejedor, como su padre, y que con éste se dedicaba á la compra de lana y de vino; que el medio social é intelectual en que vivió era el pro­pio de artesanos ó gentes de oficio; que erminguna de las escrituras en que aparecen Cristóforo y los Columbos hay la menor alusión á viajes que aquél hiciera por mar ni á su profesión de marino; que en los años 1470 á 1473 estuvo en Genova y en Sa­vona; que en el día 31 de Octubre de 1470 tenía diez y nueve años cumplidos, y que, por consi­guiente, había nacido en 1450 ó en 1451.

Este fué Cristóforo Columbo.

II

¿Quién fué Cristóbal Colón?

El primer documento que debe mencionarse, como punto de partida de las breves consideracio­nes que voy á hacer, es la llamada Carta rarísima, que Colón dirigió á los Reyes Católicos, fechada en «las Indias, en la isla de lamaica, a siete de Iulio de mil i quinientos y tres años».

En ella se lee el siguiente párrafo:

«Yo vine a servir de veinte i ocho años, i agora no tenga cavello, en mi persona, que no sea cano, i’ el cuerpo enfermo, i gastado quanto me quedo de aquellos, i me fue tomado y hendido, i a mis her­manos fasta el saio, sin ser oido, ni visto con gran­des honor mió» (1).

(1) la Copia de la Carta que escriuio Don Cristoval

Sabiendo cuándo y á quién vino á servir Colón, con veinte y ocho años de edad, tendremos base para fijar la época de su nacimiento.

Del párrafo transcrito se han dado varias in­terpretaciones.

  1. a Tenía veintiocho años cuando vino á servir á los Reyes Católicos. Y ¿en qué época fué esto? Es opinión general que vino Colón á España á fines de 1484 ó principios de 1485.

Colon, Virrey y Almirante de las Indias, a los Cristianissimos i mui poderosos Rei y Reina de España nues­tros señores, en que les notifica quanto le ha aconteoido en su viaje; i las tierras, Provincias, Ciudades, Ríos y otras cosas maravillosas, y donde ai minas de Oro en mucha cantidad, i otras cosas de gran riqueza y valor».— Existente en la Biblioteca particular de S. M. y copiada á su vez-en 1898 por el Excmo. Sr. D. Julio Betancourt, E. E. y Ministro Plenipotenciario de Colombia, autori­zado para ello en virtud de orden expediría por la In­tendencia general de la Real Casa y Patrimonio, fecha 21 de J unió del citado año. Difiere algo de la que pu­blicó Navarrete en 1825 (cotejada en 1807), porque aquél respetó la ortografía del manuscrito existente en la Bi­blioteca de S. M., y éste, Navarrete, la modernizó, corrigió palabras y escribió en letra todos los guarismos. Pero en una y otra están en letra y muy claro los veinte i ocho años. El Sr. Betancourt hizo é imprimió la copia con motivo del pleito de límites entre Costa Rica y Co­lombia, y también se tradujo al francés y se imprimió en París el 12 de Octubre de 1899, con el siguiente título: *Lettera Iíarissima» de Christophe Colomb sur la dé- couverte de la Terre-ferme, accompagnée de Ultinéraire de Diego de Porras et d’une partie» de la Relation de Diego Mendez.—Folleto en folio de 40 páginas.

Poco más ó menos, con la relativa exactitud que cabe cuando el que escribe no se propone precisar fecha, porque trata de otro asunto ó incidental­mente habla de tiempos que pasaron, Colón, al alu­dir en sus cartas á la época en que vino á España y entró al servicio d© los Reyes, se refiere siempre á un período comprendido entre 1483 y 1486.

En la misma carta de 1503, en párrafo anterior al transcrito, quejándose del mal pago que en Cas­tilla se había dado á sus servicios, decía: «poco me án aprovechado veinte años de servicio que yo he servido con tantos trabaxos, i peligros».

Si en Julio de 1503 contaba veinte años de ser­vicios, es que había venido á servir á mediados ó fines de 1483.

En otro pasaje de la citada carta escribe: «(Siete años estuve io en su Real Corte, que a cuantos se fablo de esta empresa, todos aúna dixeron que era burla; agora fasta los sastres suplican por descubrir». Resulta, pues, que de los ocho años que mediaron poco más ó menos entre su llegada á España y su salida hacia lo desconocido, siete los pasó en la Real Corte.

En la carta que hacia fines de 1500 escribió al ama (que había sido) del Príncipe D. Juan, lla­mada Doña Juana de la Torre, decía Colón: «Siete años se pasaron en la plática y nueve ejecutando cosas muy señaladas y dignas de memoria (1).

Es decir, diez y seis años, antes de fin de 1500, ó sea desde 1484. A fin de este año, 6 meses antes (puesto que las pláticas no pudieron empezar en el día en que Colón puso el pie en España) llegó á territorio español. Lo confirma la «hoja suelta en papel de mano del Almirante escrita al parecer (fines de 1500) cuando le trajeron preso», y que empieza así:

((Señores: Ya son diez y siete años que yo vine á servir estos Príncipes con la impresa de las Indias: los ocho fui traído en disputas, y en fin se dio mi aviso por cosa de burla» (2). Según este do­cumento, son diez y siete los años anteriores á fin de 1500; podemos, pues, llegar á 1483, y como hubo ocho años de disputa, y las Capitulaciones de Granada son de Abril de 1492, la disputa ó las pláticas pudieron empezar á principios de 1484.

También hay datos sobre el particular en el Diario del primer viaje de Colón (3). En las ano­taciones del lunes 14 de Enero de 1493, se lee: ((y han seido causa que la Corona Real de vuestras Altezas no tenga cien cuentos de renta más de la que tiene después que yo vine á les servir, que son siete años agora á veinte días de Enero este mismo mes» (1). Como se vé, aquí precisa mucho Colón, pues fija hasta ei día en que empezó á servir. Debe referirse á alguna disposición de los Reyes en di­cha época, favorable á sus pretensiones, probable­mente la de que, acabada la guerra de Granada, resolverían sobre aquéllas, y entre tanto le admi­tían en la Corte á su servicio, mandando que se le diera para ayuda de costa algunos miles de mara­vedís, como se hizo, cuando ya llevaba tiempo en Andalucía padeciendo necesidad y pobreza, agota­dos ó muy escasos los recursos que le proporciona­ban algunas personas á quienes vino recomendado ó los que obtenía como «mercader de libros de es­tampas».

(1)   Colección de los viages y descubrimientos que hi­cieron por mar los españoles desde fines del siglo xv, por D. Martín Fernández de Navarrete.—Tomo I, pá­gina 266.

(2/ Colección de los Viages, eto., de Fernández de Navarrete.—Tomo II, página 254.

(3)   «Este es el primer viage, y las derrotas, y cami­nos que hizo el Almirante D. Cristóbal Colón cuando descubrió las Indias: en la Colección de los Viages, eto., por Fernández de Navarrete.—Tomo I, páginas 1-166.

Aun habla Colón en la historia del tercer via­je de los «seis ó siete años de grave pena» que pasó antes de que los Reyes determinaran «questo se pusiese en obra» (2) ; y otra vez aparecen los siete años y las disputas en una carta que escribió al Rey y la Reina, y cuyo borrador está en el Libro de las Profecías (1), carta que no tiene fecha, mas por citas y notas que hay en este libro se deduce que corresponde al año 1501. «Siete años, dice, pasé aquí en su lleal Corte disputando el caso con tantas personas de tanta autoridad y sabios en to­das artes, y en fin concluyeron que todo era vano, y se desistieron con esto dello: después paró en lo que Jesucristo Nuestro Redentor dijo». Como se vé, aquí los siete años concluyen con la negativa de los Reyes á favorecer los proyectos de Colón.

 

(1)   Colección de los Viages, eto., por Fernández de Navarrete.—Tomo I, página 137.

(2)   «La historia del viage quel A’miranto D. Cristó­bal Colon hizo la tercera vez que vino á las Indias cuando descubrió la tierra firme, como lo envió á loe Reyes desde la Isla Española».—Colección de los Viages, etc.t por Fernández de Navarrete.—Tomo I, página 242.

En suma, resulta que hubo siete ú ocho años de pláticas antes de 1492, y contando alguna que otra ausencia de la Corte y el tiempo transcurri­do desde que vino Colón á España hasta que entró al servicio de los Reyes, llegaremos á los ocho ó nueve años anteriores al 1492, ó sea á 1483-1484.

(1)   Corresponde esta carta al folio IV del Libro, se­gún la descripción que de él hizo D. Juan Bautista Mtí* ñoz. Hállase dicho libro en la Biblioteca Colombina, y la carta figura impresa en la Colección de los Viages, etcétera, de Fernández de Navarrete, tomo II, pági­na 262. Más datos hay en el Discurso que sobre el tema Libros y autógrafos de D. Cristóbal Colón leyó en 1891 el Dr. D. Simón de la Rosa ante la Real Academia Se­villana de Buenos Aires.

Pero mi objeto en este estudio no es precisar el año en que vino Colón á España ó en que empezó á servir á los Reyes; es fijar los límites extremos del período en que pudo hacerlo y demostrar que sea cual fuere el año en que esto sucedió, Cristóbal Colón no podía tener la edad que un acta notarial atribuye á Cristóforo Columbo.

Colón vino á Castilla, ó vino á servir ó empezó á servir á los Beyes Católicos, ó empezaron las pláti­cas 6 la disputa, etc., etc., entre 1483 y 1486. Por entonces, en uno de estos años, Colón tenía vein­tiocho. No podía ser mayor de diez y nueva años el SI de Octubre de 1^70, que es la edad que según acta notarial tenía Columbo en dicho día.

  1. a Colón no dice que tenía veintiocho años cuando vino á servir á lo3 Reyes Católicos, sino cuando vino á servir, sin expresar dónde ni á quién. Pudo referirse á la época en que empezó á servir á otros, como á René ó Renato de Anjou, el’ enemigo de la Casa de Aragón, ó al llamado Coulon ó Coullon por los franceses, Cullan por los portugueses, Colón por los españoles y Colombo ó Colomb por los italianos y demás autores extran­jeros, el mayor de los corsarios que en aquellos tiempos había y en cuya compañía estuvo y anduvo mucho tiempo Cristóbal Colón, según escribie­ron el hijo de éste, D. Fernando, y el P. Las Casas, aunque refiriéndose á Colón el Mozo, que acom­pañaba á Colón el Viejo en las últimas corre­rías (1).

Lo mismo Fernando Colón que Las Casas trans­criben parte de una carta en que Colón, en Enero de 1495, decía á los Reyes- «A mí acaeció que el Rey Reynel (Rene ó Renato), que Dios tiene, me envió á Túnez para prender la galeaza Fernandina, etc.» (2). >Esto, según erudito y razonado estu­dio que hace años publicó D, Angel de Altolaguirre, debió ocurrir en 1472 (3).

En cuanto á las campañas que Cristóbal Colón pudo hacer, á las órdenes ó al servicio dél corsario francés—á quien en los últimos tiempos, como se ha dicho, acompañaba otro corsario llamado Colombo Júnior, Colón el Joven ó Colón’ el < Mozo, «hombre muy señalado de su apellido y familia»

(1)   Historia de las Indias escrita por Fray Bartolimét de las Gasas, obispo de Chiapa, ahora por primera vez dada á luz, por el marqués de lá Fuensanta del Vallé y D. José Sancho Rayón.—Madrid, 1875.—Libro I, capítulo IV, en el tomo I, página 51.

(2)   Historia de las Indias, etc., por Las Casas: li­bro I, capítulo III, en el tomo I, página 48.—Historia del Almirante D. Cristóbal Colón, por Fernando Colón.— Capítulo IV.

(3) Llegada de Cristóbal Colón á Portugal, en el Boletín de la Jleal Academia de la Historia, tomo XXI, página 481.

(1), es decir, del apellido y familia de Cristó­bal Colón—preciso es referirlas también á esta época, entre 1472 y 1477, puesto que parece que Co­lón se estableció en Portugal después del combate naval del Cabo de San Vicente, librado en Agosto de 1476 entre los citados corsarios y los portugue­ses por una parto y naves genovesas por otra.

En este punto no cabe llegar á deducciones au­torizadas por escritos de nuestro Almirante, que tal vez no quiso aludir nunca ai período de su vida en que sirvió al que «espantaban con su nombre hasta los niños en la cuna» (2), al orgulloso, al insolente, al perverso Colón de que nos habla Alonso de Palencia, al «crudelísimo pirata Columbo» citado en las Cartas del Senado veneciano (3), aquel «Ca­pitán de la Armada del Rey de Francia», según frase de Zurita (4), que pirateó á favor de éste.

(1)   Según frase de D. Fernando Colón. Conviene ad­vertir que los columbistas han puesto resuelto empeño en negar, que D. Cristóbal Colón fuera de esta familia, para que sobresalga el error ó la mentira de D. Fernando y sea más fácil identificar al descubridor de América con el lanero de Génova.

(2)   Frase de D. Fernando Colón, refiriéndose á Colón el Mozo, en el capítulo V de la Historia del Almirante.

(3)   Coleccionadas con otras muchas por el Sr. Sal- vagnini en el volumen III de la parte II de la Raccolta. tomo IV, folio 262 recto y vuelto: «De la venida del Capitán Colon con la Armada del Rey de Francia á la costa de Vizcaya».

(4)   Libro XIX de los Anales de la Corona de Ara­gón, compuestos por Geronymo Qurita.—Año MDCX y dél Rey de Portugal contra Aragón y Castilla y que atacó ó intentó acometidas contra puertos de Vizcaya y de Galicia en 1474 y 1476. Hay que atenerse á pasajes de Fernando Colón y del Pa­dre Las Casas y á estudios de modernos investiga­dores y críticos, y dar por muy probable que á con­secuencia del combate antes citado Cristóbal Co­lón, que iba con los corsarios, fijó su residencia en Portugal (1).

(1) Sin duda, estos antecedentes son los que induje­ron al angloamericano Aaron Goodrich á decir que Co­lón ni fue hijo de Dominico, ni genovés, ni siquiera Cris­tóbal Colón. Cree que era un tal Giovanni ó Zorzi, com­pañero de Colón el Joven (cuyo nombre tampoco era éste, sino Nicolo Griego) que tomó el sobrenombre de Colón ó Colombo y se distinguió como pirata y negrero. Con el nombre usurpado de Colón, se casó con la portuguesa Felipa Muñú de Percstrello y domiciliado en la isla de Madera se apoderó de los mapas y documentos del náu­frago Alonso Sánchez de Huelva, marino á qu^en una tempestad había arrojado á las costas de América.— A History of the Character and Achievements of the so-called Christopher Columbus, with numerous IUustra- tions and an Appendix.—New-York, 1874.—Un vol. en 8.° de 403 páginas, con grabados.

Otros autores, Brown, Salvagnini, Harrisse, Vignaud, etcétera, hablan de Zorzi, Jorge, Juan y Nicolo el Grie­go. Sus eruditos trabajos son muy apreciables; pero no acaban de aponer bien en claro la personalidad del lia- de los tripulantes se arrojaron al agua. Uno de ellos fue Cristóbal Colón, que a nado y con ayuda de un remo ó tabla ú otro medio salvador pudo lle­gar á la costa del Algarve. A esto, sin duda, se mado Colón el Joven, en relación con la de Cristóbal Colón.

Respecto á Goodrich, conviene tener muy en cuenta que es uno de los escritores extranjeros de quienes dijo el Sr. Asensio, en su discurso de recepción en la Acade­mia de la Historia, que «han venido á discutir las glorias de los descubridores para ofender las de España, y han desnaturalizado el carácter de Cristóbal Colón y sus re­laciones con los Reyes Católicos». En efecto, es Goodrich el mayor detractor de Colón, y de ello dan perfecta idea las siguientes lineas que traducimos de la página 359 de su obra: «Cuando Europa, Asia y Africa pregunten á América hasta cuándo continuará honrando al que robó á un muerto, se hizo pasar por descubridor y redujo á escla­vitud á sus compañeros ¿qué podrá contestar América?»

En cuanto al viaje de Sánchez de Huelva, ee ha con­trovertido mucho acerca de su verosimilitud, y hay opi­niones muy varias, desde la del citado Asensio que lo considera como una fábula que patrocinó y acrecentó el Inca Garcilaso en sus Comentarios Reales, hasta la de Fernández Duro que terminaba uno de sus magistrales informes ante la Academia de la Historia, con el si­guiente párrafo: «Quien supiese quo la ciudad de Bos­ton en los Estados Unidos de América ha erigido estatua, inaugurada con magníficas fiestas, al northman Leif Erik- sen porque se presume que en el siglo xi, al igual del perdonavida de Cervantes, llegó allí, fuese y no hubo nada, discurrirá que con más razón pudiera levantarla Huelva al piloto humilde que honra, al mismo tiempo que’su nombre, el de la Marina española».—(«La tradi­ción de Alonso Sánchez de Huelva, descubridor de tierras incógnitas» : Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo XXI, páginas 33-53).

Se refiere en una de sus cartas, que ha conservado lias Casas, y que empieza’ así:

«Muy alto Rey, Dios,, nuestro Señor, milagro­samente me envió acá porque yo sirviese á Vues­tra Alteza; dije milagrosam nte, porque fui á aportar á Portugal, á donde el Rey de allí enten­día en el descubrir más que otro, él le atajó la vis­ta, oído y todos los sentidos, que en catorce años no le pude hacer entender lo que yo dije. También dije milagrosamente, porque hobe cartas de ruego de tres Príncipes que la Reina, que Dios haya, vi do y se las leyó el doctor V Halón» (1).

Transcribo íntegro este párrafo porque sirve para confirmar lo que se lia indicado respecto á la época de llegada de Colón á Portugal. En efecto, quiere aquél decir que en ó dentro de un período de catorce años hubo negociaciones ó tratos, que pudieron durar ó interrumpirse más ó menos, para convencer al portugués, sin poderlo conseguir, de la existencia de tierras al Oeste de Europa. Se han contado los catorce años antes de la venida de Colón á España, es decir, inmediatamente antes de 1483-1485; mas conviene tener en cuenta que las gestiones con Portugal se prosiguieron después de la- venida de Colón á España. Consta que en Marzo de 1488 había correspondencia entre Colón y el monarca portugués, y que éste le daba segu­ridades para que pudiese volver á su Reino (1). En el mismo párrafo transcrito se lee que la Reina vió cartas de tres Príncipes dirigidas á Colón; quié­nes eran esos Príncipes nos lo dice éste en otro escrito suyo, la hoja suelta ya mencionada, en los siguientes términos: «y en fin se dio mi aviso por cosa de burla. Yo con amor proseguí en ello, y res­pondí á Francia y á Inglaterra y á Portogal, que para el Rey y la Reyna, mis Señores, eran esas tie­rras y Señoríos. Las promesas no eran pocas ni vanas» (2).

(1)   Carta sin fecha; pero del texto de Las Casas se deduce que debió escribirse en Mayo ó Junio de 1505. Historia de las Indias, etc., por Fray Bartolomé de las Casas: Ubro II, capítulo XXXVII, en el tomo III, pá­gina 187.

(1)   Carta del rey de Portugal á Cristóbal Colón. Original en el Archivo del Duque de Veragua y publi­cada por Fernández Navarrete en su Colección de los Viages, etc., tomo II, página 5.

(2)   Bien se vé la conformidad entro los varios escritos de Colón. Por esto, con unas cartas se explica y corrobora lo que dice en otras.

De modo que cuando aquí en España se acogía el proyecto de Colón como cosa de burla y éste pro­seguía en su pretensión cerca de los Reyes, ha­cíanle ruegos y valiosas promesas Francia, Ingla­terra y Portugal. Aunque Colón exagerase y diera mayor importancia de la que tenía á esos ruegos y promesas, lo cierto es que hay motivos suficientes para creer en la continuación de las negociaciones pendientes con Portugal hasta 1490 ó 1491, es decir, mientras Colón no tuvo seguridad de que los Reyes de España iban á facilitarle los medios de acome­ter la empresa. Por consiguiente, si de 1490 á 1491 restamos los catorce años mencionados, estaremos en 1476 ó 1477, época generalmente admitida, se­gún se ha dicho, como la de llegada de Colón á Portugal. Con ella, con la época en que fué á apor­tar á Portugal, relaciona Colón los catorce años, según se deduce del párrafo antes transcrito (1).

(1) Aportó Colón á Portugal catorce años antes de dar por terminadas las negociaciones con Juan II para ir á descubrir. Según escribió D. Fernando en su citada Historia, estando Colón en Portugal «empezó á conjetu­rar que del mismo modo que los portugueses navegaron tan lejos al Mediodía, podría navegarse la vuelta de Occidente y hallar tierra en aquel viaje». Después, en el capítulo X de la misma obra, añade que cuando su padre trató «de correr el Océano buscando las tierras referidas», propuso la empresa al rey D. Juan. Este, como príncipe, y aún con el título de Rey (llegó á coro­narse como tal el 11 de Noviembre de 1477) gobernaba en Portugal desde 1476, ó sea cuando Colón llegó á este país, y después también durante las prolongadas ausen­cia de su padre Alfonso Y.

Es muy probable que de esta época, ó sea del tiempo en que vivió en Portugal, daten las relaciones que tuvo con mercaderes y banqueros genoveses, á quienes debió ayuda ó favores. Los legados que hizo en su codicilio de 1506 fueron casi todos para ginoveses, á quienes man­dó dar tales ó cuales cantidades expresadas en reales por­tugueses ó reís, ó en ducados (á ra ón de 375 reis el du- oado). Se trata, pues, de obligaciones ó amistades qus contrajo en Portugal, sin ;que la similitud de algunos nombres autorice para relacionar estos legados con deu­das que el pelaire Columbo contrajo treinta y seis años antes en Génova, en libras y en cantidad distinta de las que legó D. Cristóbal.

De todo lo dicho resulta como conclusión, en cuanto al problema capital aquí planteado, que Cristóbal Colón sirvió á Renato de Anjou y á los Colones corsarios entre 1471 y 1476 (1). Si en cual­quiera de estos años tenía veintiocho de edad, ha­bía nacido entre 1443 y 1448. No podía tener diez y nueve años en Octubre de 1490.

La rotunda afirmación que hace el Almi­rante d© qu© tenía veintiocho años cuando vino á servir á los Reyes de España, no se aviene con las varias opiniones según las que Colón murió entre los sesenta y los setenta años de edad. Por esto se ha indicado la posibilidad de un error de copista, que escribió veinte y ocho en lugar de treinta y ocho ó cuarenta y ocho. Admitida tal suposición, resultaría que nació Colón entre 1445 y 1448, ó en­tre 1435 y 1438, y si nos atenemos»a servicio hecho á los otros, entre 1433-1438, ó éntre 1423-1428. Elí­jase el año que se quiera, no podít tener diez y nueve años en Octubre de llflO (1).

(1) Para los hechos de este período puede leerse, ade­más de las partes correspondientes de la Raccolta y del citado estudio del Sr. Altolaguirre, el del Sr. Paz y Melia, que se titula «Más datos para la vida de Cris­tóbal Colón», y fué publicado en la revista El Cente­nario, 1892, números 23 y 24.

Además de la diferencia de edad entre Colum­bo, lanero, y Colón, marino, hay manifiesta in­compatibilidad entre uno y otro desde el punto de vista de la habitual residencia y por láTclase social á que pertenecían.

(1) Para poner de acuerdo la edad de Columbo con la edad de Colón se ha dicho que acaso entonces, en Ge­nova, bastaría tener diez y nueve años para determinados actos ó contratos, y que el notario, con la frase major annis decemnovem quiso decir que Cristóforo Columbo era mayor de diez y nueve años, aunque menor de veinti­cinco, por lo cual podía tener hasta veinticuatro años. Así, en el supuesto de los treinta y ocho años cuando Colón vino á servir á los Reyes Católicos, pudo Colombo haber nacido en el mismo año que aquél, en 1446, por ejemplo, tener veinticuatro años en 1470 y ser por consi­guiente mayor de diez y nueve. Aparte otras considera­ciones, eruditos estudios acerca de la legislación vigente sobre el particular en aquella época, han demostrado que no hay fundamento para tal interpretación. (Véas? Vig- naud, obra citada, páginas 222-229 y 254 267).

Por I03 documentos italianos sabemos dónde es­taba y qué hacía Columbo en carias épocas del pe­ríodo 1470-1473. Residía en Génova y en Sayona, oompraba vino y lana, era de profesión lanero y vivía entre gentes de su clase, modestos menestra­les, zapateros, tundidores, hormeroa, fruteros, ten­deros y sastres (que de todo hay en las actas nota­riales de Italia), oficio este de algún individuo de la familia Columbo y del que tan pobre idea tenía Colón, pues ya hemos visto cuán despectivamente habla de los sastres en la carta de 1503.

Entre tanto, Colón navegaba, pues había en­trado en la mar desde su más pequeña edad, y se nacía el marino atrevido, inteligente y experimen­tado que él marino nos retrata en sus escritos (1) y confirma con sus hecho3. Navegando, y no car­dando lana ó tejiendo paño, pudo adquirir los co­nocimientos y la práctica del mar que le pusieron en disposición acometer y realizar el descubri­miento de las Indias.

En 21 de Diciembre de 1492 decía Colón: «Yo he andado veinte y tres años en la mar, sin salir della tiempo que se haya de contar, y vi todo el Levante y Poniente, que dice por ir al camino de Septentrión, que es Inglaterra, y he andado la Guinea» (1).

(1) Entre otros puedo verse la Carta á los Reyes de 6 de Febrero de 1502, en .que expone observaciones sobre el arte de navegar: Cartas de Indias, página, 7.

Si los veintitrés años s© cuentan desde el día en que escribe, estaba en la mar desde principios de 1470. Si por haber salido del mar durante el tiempo—que valía la pena de contarlo— en que es­tuvo en España, debe hacerse el cálculo de los vein­titrés años antes de venir á nuestra patria, llega­remos á 1460 ó 1461. En tal caso, es evidente que hacia 1470-73, cuando Columbo compraba vino y lana, y actuaba de testigo en testamentos y com­parecía en otros actos notariales, Colón era y te­nía que ser bien conocido como hombre de mar en localidad en que hubiese nacido y donde resi­diera su familia. Si él hubiera sido el Columbo que se obliga y testifica en Genova y en Savona, no es verosímil que en las correspondientes escri­turas, en que se hace constar el oficio de los que Otorgan ó comparecen, se omitiese su profesión de marino para adjudicarle un oficio que no ejercía.

Hay otro documento que aun más declara la profesión á que se dedicó Colón durante toda su vida. Es la carta antes citada quo se conserva con el Libro de Las Profecías en la Biblioteca Colombina.

(1) «Derrotas y caminos que hizo el Almirante, etc.» : en la Colección de los Viages, etc., de Fernández de Na­varrete, tomo I, página 101.

En el principio d© la carta decía Colón: «Muy al­tos Reyes: De muy pequeña edad entre en la mar navegando, e lo he continuado fasta hoy. La mesma arte inclina á quien le prosigue á desear de saber los secretos deste mundo. Ya pasan de cua­renta años que yo voy en este uso. Todo lo que fasta hoy s© navega, todo lo he andado». Como se vé, resulta de esta carta lo mismo que d© la cita del Diario del viaje, correspondiente al 21 de Di­ciembre de 1492, ó sea la de los veintitrés años andados en la mar antes de 1483-1484. En 1501 Colón nos dice que ya pasaba de los cuarenta años el tiempo durante el cual venía navegando; por tánto navegaba—sin descontar aquí salidas del mar—desde 1460 ó 1461.

IV

Volvamos á la carta del 7 de Julio de 1503, la más importante d© todas las que escribió Colón. Es el único documento en que nos habla de su edad. Clara y terminantemente dice que tenía veintiocho años cuando vino á servir.

Hay que aceptar la primera de las interpretacio­nes á que antes m© h© referido: Colón vino á ser­vir á los Beyes Católicos á los veintiocho añoa de edad, y no cabe referir ]a frase á otros servicios.

Tal ó cual pasaje dudoso de cualquier docu­mento debe interpretarse ante todo en relación con el texto del mismo. La carta de 1503 está dirigida á los Reyes Católicos; á ellos viene siempre refi­riéndose Colón, y la frase «io vine a seruir de veinte y ocho años» está inmediatamente á continuación de otras en que aquél, habla de las tierras que obedecen al rey y reina de España   de las tie­rras que hulo puesto bajo su Real y alto Seño­río. , de que él fué preso y echado con dos her­manos en un navio que nadie podría creer que iba á alzarse contra sus Reyes…….. sin causa ni sin abrazo de otro Príncipe……. y teniendo todos sus hi­jos en la Real Corte. La duda acerca de si s© trata ó no de servicios á los Reyes de España sólo cabe en quien no haya leído la carta.

Y   leyendo más, lo que sigue á veinte y ocho años y antes he transcrito—«i agora no tengo ca- uello, en mi persona, que no sea cano, i el cuerpo enfermo»—, se comprenderá por qué Colón alude á’ la ©dad que tenía cuando vino á servir á los Re­yes Católicos. Se vé bien claro que Colón lamenta su prematura vejez. Poco más ó menos viene á de­cir esto que hubiera dicho en castellano más mo­derno :

«Era yo muy joven cuando vine á servir á Vues­tras Altezas; 110 tenía más que veintiocho años, y tanto he trabajado y tanto he sufrido que ahora, en 1503, á los cuarenta y ocho años, estoy hecho un viejo, completamente canoso, enfermo y abatido».

Otro documento hay que plenamente confirma esta conclusión relativa á la juventud del Almi­rante. Es la hoja suelta antes mencionada, de fines de 1500, ó sea el papel escrito de propia mano del Almirante, que original se conserva en el Archivo del Duque de Veragua y que según D. Martín Fer­nández de Navarrete es una minuta ó borrador de la carta que escribiría, cuando le trajeron preso, á algunas de las personas que le favorecían en la Corte, interesándolos en su desgracia.

Empieza Colón hablando de los años que trans­currieron y disputas que hubo antes de poder aco­meter la empresa de las Indias, y continúa: «Allá he puesto so su Señorío (el de los Reyes) mas tie­rra que non es Africa y Europa, y mas de mil y sietecientas islas, allende la Española que boja mas que toda España. En ellas se cree que flore­cerá la Santa Iglesia grandemente.—Del temporal se puede esperar lo que va diz el vulgo.—En siete años hice yo esta conquista por voluntad Divina. Al tiempo que yo pensé de haber mercedes y des­canso, de improviso fui preso y traído cargado de fierros, con rancho^ deshonor mío, y poco servicio de SS. AA.—La causa fue formada en malicia. La fe de ello fue de personas civiles, y los cuales se habían alzado, y se quisieron aseñorear de la tie­rra. La fe y este que fue á esto, levaba cargo de quedar por Gobernador si la pesquisa fuese grave. ¿Quién ni adonde se juzgará esto por cosa justa? Yo he perdido en esto mi juventud, y la parte que me pertenece de estas cosas y la honra dello». Co­lón, pues, el mismo Colón, y de su propio puño y letra, nos deja escrito que había perdido su ju­ventud en los siete años (1493-1500) en que hizo la conquista de las Indias. Esta «juventud perdida es la dél hombre que vino á servir á los Reyes de Es­paña cuando tenía veintiocho años de edad, y los sirvió, conquistando todas aquellas tierras ó islas, entre los treinta y siete y los cuarenta y cuatro 6 cuarenta y cinco años. Al llegar á esta edad, ya nos dice que había perdido su juventud, ya se conside­raba viejo. Escribe, pues, á fin de 1500 lo mismo que había de escribir á mediados de 1503.

Si como se ha supuesto, murió Colón (1506) en­tre los sesenta y los setenta años, ¿qué juventud’ era esa que había perdido en los siete años de con­quista? ¿La juventud de los cuarenta y siete á los cincuenta y cuatro años? ¿La juventud de los cin­cuenta y siete á los sesenta y cuatro años?

No parece que Colón ni nadie pueda llamar  juventud á estos períodos de la vida del hombre. Sin embargo, dada la confusión que suele haber entre los conceptos de juventud y virilidad, cabe sospechar que al hablar de aquélla quiso referirse Colón á la edad viril, la comprendida entre los treinta y cincuenta años poco más ó menos, esa edad en que vulgarmente se dice que aún se es jo­ven  porque no se ha llegado á viejo. Esta pudo ser la relativa juventud perdida por Colón entro 1493 y 1500. En tal caso, podría admitirse el error del copista que escribió veintiocho en lugar de treinta y ocho, resultando así que en 1483-85 Co­lón tenía treinta y ocho años, que por consiguiente había nacido hacia 1446, que había perdido el vi­gor propio de la edad viril, es decir, lo que él lla­maba juventud, entre los cuarenta y siete y los cincuenta y cuatro años, y que cuando lamentaba su prematura vejez, tres años antes de morir, te­nía cincuenta y siete ó cincuenta y ocho, edad en que por regla general sólo presentan el aspecto de la senectud los hombres que han sufrido y traba­jado mucho.

Pero de todos modos, con más ó menos años, aunque siempre dentro del límite de esa juventud relativa que una y otra vez 6e atribuye, Colón ha­bía estado en la mar desde 1^61, 6 sea veintitrés años antes de 1484, y estaba navegando desde 1^61 ó 1^60, o sea cuarenta años largos antes do 1501. Y admitido el error del copista, aun estará también de acuerdo con las anteriores afirmaciones la que hizo D. Fernando Colón con referencia á otro escrito de sn padre (1), á saber: que había empezado á navegar á los catorce años de edad, es decir, en 1460.

En resumen, Colón nació cuando él lo dice, vein­tiocho años antes de su venida á España, ó treinta y ocho años antes, si así lo dijo, pero hubo error de copia en el documento tantas veces citado.

Colón fué marino y empezó su vida de hombre de mar cuando él lo dice, desde muy pequeña edad; veintitrés años antes de su venida á España, ó sea hacia 1460 ó 1461; cuarenta años ya cumplidos an­tes d© 1501, es decir, hacia 1460 ó 1461, cuando muy pequeño, niño aún, si nació hacia 1456, ó. ya entrado en la adolescencia, si nació hacia .1446* debía acompañar en sus navegaciones ó en otras faenas del mar á los mayores de la desconocida fa­milia á que perteneció. „

Colón aportó á Portugal cuando él lo dice, hacia 1476, ó sea catorce años antes de dar por ter­minadas sus gestiones para convencer al monarca lusitano.

 

(1) En el capítulo IV de la Historia del Almirante, etcétera.

Colón vino á España para entrar al servicio de sus Reyes cuando él lo dice; esto es, en 1483-1485.

Colón murió cuando tenía cincuenta y uno ó sesenta y un años de edad, achacoso, envejecido, con todo el aspecto del hombre que ha llegado á los setenta años. Por esto, los contemporáneos que ha­blan de la edad de Colón le suponen más viejo de lo que era.

Cristóbal Colón, por último, el hombre que es­cribió la carta de 7 de Julio de 1503 y las demás que de él se conocen, no puede ser el Cristóforo Columbo, lanero j humilde menestral de Gónova. Entre todos los escritos de Colón hay siempre rela­tiva conformidad, aun admitiendo distintas inter­pretaciones. No la hay de ningún modo, tómense los documentos que se tomen, háganse las interpre­taciones que se hagan, entre los escritos de don Cristóbal Colón y las citas y escrituras de Génova y Savona referentes á Cristóforo Columbo,

El Colón de los documentos españoles no es el Columbo de los documentos italianos.

Para que Cristóbal Colón, el navegante desde la más pequeña edad por todos los mares conocidos *n 6u tiempo, pudiera ser el sedentario artesano é industrial de la familia Columbo – Fontanarubea de Génova, habría que rasgar todos los papeles escri­tos por el primer Almirante de las Indias, y supo­ner en éste, con el propósito de ocultar su origen, tal previsión de lo porvenir, que se pasó la vida calculando qué era lo que debía consignar acerca dé sus primeros años para anticiparse á desmentir’ lo que resultase de documentos que siglo tras siglo fueran apareciendo en los protocolos notariales de Génova y Savona.

APÉNDICE

Como se ha visto, en el estudio que precede nada se afirma, de modo concreto y preciso, res­pecto á la cuna ó patria de D. Cristóbal Colón. Mi propósito ha sido demostrar que, según todos los escritos que de aquél conocemos, no pudo ser el Cristóforo Columbo con quien se le viene identi­ficando.

Mas aun no siéndolo, pudo pertenecer á familia genovesa, haber nacido en la Ciudad de Génova y haber salido de ella, como se lee en la institución de mayorazgo y mandatos que hizo á su hijo don Diego ó á la persona que heredase el mayorazgo. Todo ello, repito, pudo ser ó suceder. P; ro ¿fue?

So  pena de afirmar que D. Cristóbal mintió ó que es apócrifo el documento citado, la rotunda declaración que aquél hizo parece que obliga á re­conocer que fue genovés. Pero genovés nacido en la ciudad de Génova. No cabe, pues, hablar de Saona, de Cogoleto, de Albisola ó de cualquier otro lugar, dependiente ó no de Génova, como cuna del descubridor de América. Si hubo alguien ó algunos que oyeron decir que era de Saona ó de cualquier otro punto, oyeron mal, ó si oyeron bien, aquel á quien oyeron faltó á la verdad. El mismo Colón lo desmiente.

En el documento á que me refiero, se añade : «y de familia cuyo apellido era y había sido siempre de Colón, y que el heredero del mayorazgo ((había de ser hombre de mi linaje verdadero que se hubiese llamado y llamaran él y sus antecesores de Colón.

Luego ante la afirmación, muy rotunda tam­bién, que hace D. Cristóbal de tener él y su familia y todos los de su linaje verdadero el apellido Co­lón, preciso es reconocer que el descubridor de América, nacido en la ciudad de Génova, se llamó en ésta como se habían llamado sus antecesores, Colón y no Columbo ó Colombo, á no ser que S3 admita, como se hace generalmente, la identidad entre las voces Colón y Colombo.

Si se admite, como el Colombo ó Columbo de las actas notariales de Génova y Saona no puede ser, según se ha demostrado, el descubridor de América, hay que dar con otros Colombos que puedan conside­rarse como los antecesores del primer Almirante de las Indias. Y ciertamente, habría donde elegirle parientes y linajes; sólo del siglo xv cita Harrise 124 individuos de ese apellido en el Genovesado, algunos nautas y aun algún pirata, Vicenzo Co­lombo, á quien ahorcaron en Génova el 18 de Di­ciembre de 1492. (Harrise, tomo II, Apéndice F.: en la lista de Colombos aparecen 12 Bartolomés y 6 Giácomos ó Diegos). Pero bien sabido es que na­die ha podido probar el parentesco de nuestro Co­lón con ninguno de los numerosos Colombos que vi­vían en Italia en el siglo xvi.

Si no se admite la tal identidad, hay que buscar el verdadero linaje de los que siempre se habían llamado, de apellido, Colón. No hay ó no se han encontrado Colones en Italia.

De modo, pues, que no han existido ó no son conocidos en Génova linajes ó familias de Colones 6 Colombos á que hubiera podido pertenecer el que en España se llamó Cristóbal Colón.

De aquí—aparte otras razones—las dudas que ha habido y hay acerca del origen del gran navegante.

Reflejo de estas dudas son los párrafos de otro escrito mío (Cristóbal Colón y la Fiesta de la Ra­za; Junio de 1918). En ellos, al hablar de la magna empresa que realizaron navegantes españoles, dirígidos por Cristóbal Colón y los Pinzones, recor­daba yo que todo en aquélla fué español, pues hasta el mismo Colón que como extranjero se había pre­sentado en Castilla, como natural de estos Reinos se consideraba, hasta tal punto que, aparte el latín que empleó en algunas ocasiones, en castellano ha­bló y escribió siempre. Con razón un ilustre ora­dor colombiano, Antonio Gómez Restrepo, decía en la Fiesta de la Raza, en 1917, en Bogotá, que el castellano fué el idioma que usó Colón «aun en aquellos escritos d© tal manera íntimos y persona­les que sólo se redactan en la lengua que se ha aprendido á hablar desde la cuna. Fn castellano consignó los incidentes de sus portentosos viajes, en forma de diario; en castellano están sus cartas; en castellano fué escrito el libro extraño de las Profecía-s, que nos revela hasta dónde alcanzaba la exaltación de su espíritu de iluminado en aquel hom­bre de sentido tan práctico y tan positivo. No em­pleó Colón en los momentos decisivos de su existen­cia el idioma del Dante, que ya por entonces había llegado á su perfección clásica, sino la lengua vi­gorosa, enérgica, ruda todavía, pero próxima á los esplendores de la Edad de oro, de la cual había de decir Carlos V, poco después, que era el idioma más apropiado para hablar con Dios».

Se ha dicho que D. Cristóbal Colón escribía mal el castellano, aduciendo esta circunstancia como una prueba de que era lo que él decía ser, extranjero. Lo escribía, sin embargo, mucho mejor que gran número de castellanos contemporáneos suyos y posteriores, que nada tenían de extranje­ros. Léanse, por ejemplo, algunas Memorias de nuestros Virreyes en América y multitud de docu­mentos oficiales y cartas particulares, y crónicas y descripciones geográficas de los siglos xvi y xvii.

Pero no hay dificultad en admitir que las inco­rrecciones de lenguaje que ¡en los funcionarios pú­blicos y otros escritores de la época se debían á su es­casa cultura literaria, en Colón procedían de esto mismo y de haber hablado antes otros idiomas: el portugués en los años inmediatamente anterio­res á la época en que vino á Castilla; en su juventud ó en su infancia, el italiano, ó acaso la jerga que solían hablar los marinos del Mediterráneo en el siglo xv. Navegó, como él dijo, ((desde muy pe­queña edad», viviendo, pues, entre gente de mar, tosca, y de humilde condición, y habló el idioma que hablasen y como lo hablasen las personas con quie­nes navegaba.

Si  nació en Genova y con italianos convivió en sus primeros años, dialecto italiano debió hablar. Sin embargo, á juzgar por algunas notas margina­les escritas en códices que poseía y han llegado hasta nosotros, y en las que se leen palabras y fra­ses de dicha lengua, debió haber hablado en ella muy poco y muy mal. Conocía este idioma mucho menos que el portugués y el castellano, idiomas de países en los que, como sabemos, pasó casi toda su vida, cuando no estaba en el mar.

En los textos latinos de Colón adviértese con toda, claridad la influencia del castellano y el por­tugués, circunstancia que hizo notar el Sr. César de Lollis (1), uno de los autores de la Raccolta Co­lombiana. Claro es que ni Lollis ni los demás crí­ticos italianos deducen de aquí que Colón hubiera sido español ó portugués; pero sí que aprendió el latín en Portugal ó en Castilla, es decir, cuando ya hablaba corrientemente los idiomas de estos Rei nos. No puede decirse lo mismo del idioma italia­no. Lo desconocía ó lo había olvidado, hasta tal punto que no lo empleó ni en cartas dirigidas al Papa y á la Señoría de Génova (1).

(1)   «On peut meme ajouter que le latin de Colomb sent de trop prés l’influence de l’espagnol (on du porlu- gaia) pour ne pas donner lieu au soupgon que ce fut dans la peninsule ibérique qu’il aborda pour la premiére fois le langue de Cicerón: ainsi, par exeraple, au nominatif pluriel des substantifs il donne pres que toujours la dési- nonco espagnole as ou os». («¿Qui a découvert rAmóri- que?—Christophe Colomb et Paolo Toscanelli».—Revue des Itevues, 15 Enero 1898, páginas 146-159).

Una vez más se demuestra, pues, que si Colón salió de Génova, debió salir, como él dijo, en muy pequeña edad. No era el pelaire de Génova que des­pués de los diez y nueve años estaba en dicha ciu­dad y hablaba y declaraba en italiano (2).

*

* *

La cuestión de los apellidos Colón y Colombo merece algunas consideraciones. En España se ha dicho siempre Colón. Fuera de España se dice Colombo y Colomb. Aun entre nosotros, al latinizar, se ha optado por la forma Columbus, y también hemos admitido los adjetivos Colombino y Colom­biano.

(1)   El mismo Lollis, en el artículo antes citado, ad­vierto como circunstancia muy digna de interés, que Cris­tóbal Colón volvió á su lengua nativa, el italiano, en los últimos años de su vida, cuando empezaba ya á dudar de la gratitud española. Pero tiene que reconocer y declarar que todo el italiano de los últimos años de Colón queda reducido á dos breves notas, una intercalada en el Libro de las Profecías, y otra marginal puesta en el ejemplar de una edición de Plinio. Se trata do las notas que estu­dió D. Simón de la Rosa, entre ellas la que, como so dice en la nota siguiente, ha servido al Sr. Calzada para demostrar que Colón no sabía escribir en italiano.

(2)   D. Rafael Calzada en su reciente obra La, Patria de Colón examina, critica y reproduce en facsímil un c autógrafo de Colón demostrativo de que éste no era italiano». Se trata del autógrafo que D. Simón de la Rosa consideró como uno de los más indubitados del Al­mirante y que empieza : « del ambra es cierto nascere», mezcla de palabras castellanas, italianas y latinas que según el Sr. Calzada usó Colón para dar color de verdad á su simulación de extranjería.

Se ha supuesto que el Colombo italiano, pa­sando por las formas Colomo y Colom, llegó á ser Colón en Castilla y en toda España; donde, sin embargo, á fines del siglo xv y antes había ya Colones que nada tenían de italianos y que se citan en documentos de Castilla, de Aragón, de Galicia, etcétera.

Ya sabemos que, según D. Cristóbal, el apellido verdadero suyo y de su linaje y familia y de sus antecesores era Colón. Dada la identidad que se ha venido admitiendo entre Colón y Colombo, se supone que el fundador del mayorazgo debió creer que aunque escribiese Colón, todo el mundo enten­dería Colombo, y que entre los Colombos oriundos de Génova se buscaría al individuo cuyo verdadero apellido fuese Colón!

La cosa es tan rara, es tan peregrina esta ma­nera de discurrir, que hace dudar si tienen <5 no razón los que sospechan que mintió el Almirante cuando dijo que era de Génova. Acaso por no sa­ber que había en esta ciudad individuos apellida­dos Colombo ó por no haberle asaltado el temor de que los Colombos pudieran convertirse en Colones y en parientes suyos, se hizo pasar por genovés. Lo que sí parece evidente es que Colón no tenía la me­nor noticia de la existencia de los Colombos-Fontanarubea de Génova. En efecto, si se propuso ocul­tar su origen, resulta «bien extraño que el único do­cumento en que dijo que era de Génova sea la Ins­titución de .Mayorazgo, precisamente la institu­ción que sirve para perpetuar la nobleza, por él adquirida, en sus hijos y sucesores. Admitido aquel propósito, ¿es lógico que Colón abra camino para investigar su humilde origen, dando el nombre de la ciudad donde nació y de donde salió y, por con­siguiente, si los Colones eran los Colombos laneros, dando facilidades para descubrir á su familia, de modo que pudiera saberse que los Colones, los Al­mirantes de las Indias, los Duques de Veragua, descendían de pelaires, sastres, hormeros, etc., et­cétera? Lo lógico sería suponer que Colón nació en cualquier parte del mundo, menos en Génova. El ideal de Colón debió ser que nadie pudiera pa­sar en la historia de su familia más allá del fun­dador del Mayorazgo, es decir, de él mismo. Y, ciertamente, lo ha conseguido. Kan transcurrido más de cuatro siglos, y aun se sigue discutiendo acerca de su patria y familia.

Mas dejando aparte suposiciones, el hecho in­dudable es que nunca en documentos oficiales, en Reales Cédulas, provisiones, títulos, asientos, me­moriales y cartas relativos al Almirante D. Cristó­bal Colón (1), aparece el apellido Colombo, ni se alude en ningún escrito del Almirante á la familia que dieron como suya los analistas ó historiadores genoveses.

Según hic© notar en el artículo antes citado, Colón se presentó en ‘Andalucía como extranjero que había pasado casi toda su vida en el mar desde muy temprana edad, sin referirse nunca á su pa­tria y familia; era un desconocido que no ss decía español, pero que usaba un apellido bastante co­mún en España. Colomo, Colom y Colón se apelli­daba cuando pidió y obtuvo, de 1487 á 1492, los auxilios pecuniarios que de orden de los Reyes le entregaban los tesoreros ó contadores, y Colom y Colón se le apellidaba en el finiquito de las Cuen­tas de Santángel y Pinelo; Colomo escribe el Du­que de Medinaceli en carta de 19 de Marzo de 1493 dirigida al Gran Cardenal de España; Colón le llama en su carta el Rey de Portugal; Colón se le llama en las Capitulaciones de Granada, que re­frendó un español casi de su mismo apellidos Juan de Coloma,, y aun este apellido, Coloma, es el que le da Aníbal Januarius al noticiar la llegada, á Lis­boa de «uno que ha descubierto ciertas islas»; Co­lón se apellida él mismo en el preámbulo del Diario de á bordo; Colom se lee al pie de la postdata de las cartas que escribió á Luis de Santángel y á Rafael Sánchez al regresar d© su primer viaje; Colón y no Colombo es el dilecto hijo de que habla Alejandro VI en su Bula de 1493 ; por último, Co­lón so apellidaban los de su linaje, según declara en la institución de mayorazgo, en ese documento que debió escribir con la vista puesta en el país de los Colimbos, en la República de Génova, su «amantísima patria» según el codicilo militar apócrifo de 1506, én la ciudad de Génova, ((de donde salió y en donde nació» según la citada institución de ma­yorazgo. Y sin embargo, tan españolizado ó caste­llanizado estaba el Almirante que, suponiendo que fuera de la familia ¿e aquellos Colombos, no recor­daba ó no tuvo en cuenta, aun tratándose de acto en que tanta trascendencia tiene el apellido, que en Génova los d© su linaje se llamaban Colombos y no Colones.

(1) Bibliografía colombina: enumeración de libros y documentos concernientes á Cristóbal Colón y sus viajes. Obra que publicó la Real Academia de la Historia por encargo de la Junta Directiva del IV Centenario del Descubrimiento de América.—Madrid* 1892.

¿Que Colombo, por una parte, y Colón, Colom ó Colomo, por otra, son un mismo apellido? ¿Que los Colombos italianos se llamaban Colones en Es­paña y los Colones ó Colomos españoles eran Co­lombos en Italia?

Puede ser ó no ser. Pero lo indudable es que Cristóbal Colón s:empre, hasta el último momento de su vida, quiso llamarse Colón, á la española, y no Colombo, á la italiana. Siempre desdeñó á Ita­lia. Ni un solo nombre de lugar de este país, ni • uno solo que recordara á personas ó cosas de Co­lombos de Génova, aparecen en las tierras que des­cubrió (1). Todo es hispano (castellano, portugués, gallego)’.

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(1) Hay un nombre entre esas tierras que parece ita­liano. Es la Saona, isleta situada cerca de la extremidad S.E. de la isla Española. Se ha pretendido que se le dió tal nombre en memoria de la Savona de Italia; pero no hay fundamento para tal pretensión. Sin aludir á aquélla, habla Colón, en una nota del libro de las Pro­fecías, de la isla Saona: «el año de 1494, estando yo en la ysla saona que es al cabo oriental de la isla española, obo eclipsis de la luna a 14 de setiembre y se falló que había diferencia de allí al cabo de S. Vicente en Portu­gal cinco oras y más de media». La mención de este eclipse la repite Colón en la carta que escribió á S. S. en Febrero de 1502, aunque sin nombrar á Saona. Esta voz parece ser indígena; por aquella parte de la isla Espa­ñola los indios llamaban al oro caona, que con cedilla suena caona, saona. «Caona llamaban al oro en la ma­yor parte de la isla Española». (Fernández de Nava­rrete, tomo I, página 134).

 

Las consideraciones que preceden pudieran su­gerir la idea de que Cristóbal Colón fue español u oriundo de tierras hispanas. Para creerlo así hay, en efecto, muchos indicios; pero no bastan. Hacen falta pruebas muy fehacientes para negar la cua­lidad d© extranjero á quien como tal se calificaba él mismo hasta en sus últimos años, en aquella Carta rarísima de 1503…….. «quien creerá que un pobre estrangero se oviese de alzar en tal lugar contra V. A » (1).

Pero repito que siempre procedió como español, y como si fuera natural de España lo consideraban los Reyes que, en Abril de 1497, al darle fa­cultad para fundar uno ó más mayorazgos, razonaban la merced, entre otros motivos, en que es propia cosa de Reyes y Príncipes «honrar e subli­mar á sus súbditos y naturales».

(1) Si, como algunos han supuesto, fué portugués, pudo, sin faltar á la verdad, calificarse de extranjero en los Reinos de Castilla y Aragón.

Critóbal colón por Manuel I. Vegas 1920

Publicado en la revista peruana – Mercurio Peruano

Manuel I. Vegas – Capitán de Fragata – 1920

EXAMEN DE ALGUNOS PUNTOS OSCUROS DE SU VIDA

  1. —EL NACIMIENTO

Comienza eí misterio de la vida del Gran Almirante (o por lo menos de la parte de su vida hasta fecha muy poco anterior a la del descubrimiento de América) en su cuna.

A taita de la partida de bautismo, no hay más que conjetu­ras respecto al lugar y fecha de su nacimiento y es curioso ob­servar, si uno se atiene a muchos de los historiadores de Colón, que se encuentran entre las fechas dadas por ellos diferencias de diez y nueve años, como por ejemplo entre Ramusio que la fi ja en 1430 y el marqués de Estaglianó en 1451.

Washington Irving, fundándose en otros autores, cree pro­bable naciera Colón entre 1431 y 1436. El bachiller Bernáldez, cura de los Palacios, secretario del Inquisidor General Fray Die­go de Deza, gran amigo de Colón, depostario de sus papeles y con quien vivió algunas veces, dice que el Almirante murió de sesenta y ocho a setenta años y por consiguiente habría na­cido entre 1436 y 1438. A Bernáldez siguen Navarrete, Hum boldt, y Napione.

Ternero fija el año de 1435, Charlevoix el 1441, Bossi el 1445, Muños el 1446, Spotorno y Robertson el 1447 y Villard el 1449. Fechas diferentes y basadas todas en conjeturas, deduc­ciones, tradiciones orales de los amigos del Almirante, etc.

Por nuestra parte, trataremos también de aproximarnos a la fecha de su nacimiento pero sin poder señalarla como exacta ni aun conjeturarla en determinado año.

En carta a la marquesa de Moya le dice Colón que comen­zó a navegar a los catorce años, y en la que desde Jamaica escri­bió a los Reyes, dice:.. .. “poco me han aprovechado veinte años de servicios” , y como esta carta lleva fecha de siete de Ju­lio de 1503 parece deducirse que sus servicios databan desde el año 1483 lo que no concuerda ccn la afirmación del mismo Al­mirante que señala la fecha del 20 de Enero de 1486 como la de su entrada al servicio de la Corte Castellana, En su diario de Navegación, Día 14 de Enero de 1493 “I han seido causa que la Corona Real de vuestras Altezas no tengan cien cuentos de renta más de la que tiene después que yo vine a les servir, que son siete años agora a 20 días de Enero este mismo mes”… , etc.

Solamente podemos concordar estas fechas suponiendo que Colón contaba como servicios los que habría prestado al duque de Medinaceli en los dos o tres años que pasó con él y como por el codiciio de deudas agregado a su testamento da a entender que hacia 1428 estaba todavía en Lisboa, resulta que entraría en España en 1483, lo que concuerda perfectamente con nuestra deducción.

La fecha del 20 de Enero de 1486, o sea la de su ingreso en la servidumbre de la Reina Isabel, está apoyada por Colon en otra carta a los Reyes en que dice: “Siete años pasé en vuestra Corte Real,” etc.

Las Casas y Fernando Colón tampoco fijan una fecha exac­ta de nacimiento a su íntimo amigo y padre, respectivamente, y se limitan a decir que el Almirante tenía el cabello completa­mente blanco a los treinta años. Esto mismo lo había expresado ya Colón en la carta de Jamaica: “Yo vine a servir de 28 años, y agora no tengo cabello en mi persona que no sea cano”.

¿Cómo podremos relacionar con su edad esta vaga frase? Si Colón, por lo menos en 1483 tenía 28 años, quiere decir que nació en 1455, suponiendo que al decir a los reyes “vine a ser­vir” se refería a sus servicios en España y entonces tendríamos que su hijo Diego, muerto a una edad poco mayor de cincuenta años, en el año 1526, habría nacido entre 1474 y 1476 o sea que Colón caso de edad entre diez y ocho y veintiún años. (1)

 

(1)  Bossi dice que lo de 28 años está equivocado. Sus argumentos no convencen; por lo menos en las “Cartas y testamente de Cristóbal Co­lón” publicadas en 1881 en Madrid; en la “Colección de Cartas» man­dada publicar en ¡892 por la duquesa de Alba y en ‘ Relaciones y Cartas

de Colón” publicado en 1914 se cita la carta de Jamaica del mismo modo.

Carta de fines del año 1500: “Señores: Ya son diez y siete años que yo vine a servir a estos Príncipes con la Impresa de las Indias: los ocho fui traído en disputas, etc.”.

“Libro de las profesías”—12 Setiembre de 1501”…………. Ya pasan de 40 años que yo voy en este uso. De muy pequeña edad entre en la mar navegando

Carta de Mayo de 1505 al Rey:…………. “dije milagrosamente por que fui a aportar a Portugal, donde el Rey de allí entendía en el descubrir más que otro… que en 14 años no le pude hacer entender lo que yo dije…. «

Esto no sería raro; pero lo que sigue sí.

En una carta al rey don Fernando el Católico le cuenta Co­lón cómo el rey de Nápoles, Reinier o René, Conde de Proven- za, le dió un navio con el cual debía expedicionar sobre Túnez para tomar a la galeota “Fernandina” y por dicha carta se dedu­ce que el mando del navio se le dió en Marsella. Aunque no se­ñala la fecha, podemos presumir fundadamente que fué en 1459 cuando el destronado René, ayudado por su hijo Juan de Anjou, quiso recobrar el reino de Nápoles que le habían quitado los aragoneses.

¿Cómo es posible que mandara un buque a los tres años de edad? ¿Cuál de las dos cartas es apócrifa o en cuál de ellas no se dice verdad? De la primera no se puede dudar fuese de Colón, y sólo suponiendo, como han supuesto muchos autores, que aquél tuvo interés en ocultar todo lo referente a su origen puede creer­se que a sabiendas se disminuyó la edad. Sin embargo, nosotros creemos, aunque al hacerlo tengamos que considerar mentirosa la segunda carta de Colón, que ésta es la apócrifa y para ello nos fundamos en el interés que siempre tuvo el Almirante en hacer creer que había tenido mandos de importancia en los pri­meros tiempos de su carrera, que descendía de familia noble etc., y cuyos supuestos, Harrisse con otros escritores consideran fal­sos.

Si nos atenemos a la fecha por Bernáldez, que en otros respetos parece buena, debemos suponer, teniendo en cuenta la importancia del puesto que se le habría dado en el navio pro- venzal, que Colón tendría no menos de 20 años, pues es raro en­contrar ocupando puesto de tánta importancia a jóvenes de esa edad y además de oscuro linaje, como Colón, aunque fuese un ex­celente marino.

De este modo habría tenido a su hijo Diego a los cuarenta o cuarentidós años y aunque no es ésta la edad a que general­mente se casan los hombres, bien pudo acontecer así a Colón por ser marino y pobre.

Como el hijo que tuvo en doña Beatriz Enríquez nació a fi­nes de 1487, según se desprende de la inscripción de su tumba, o a principios de 1488, según algunos historiadores; parece dedu­cirse que conociera a doña Beatriz en 1486 cuando fué por pri­mera vez el futuro Almirante a presentarse en la Corte que se ha­llaba en Córdoba. Sin embargo, Colón dice refiriéndose a su hi­jo Fernando en 1502: “y más por verle de tan nueva edad de 13 años en tánta fatiga”. Habría nacido según esto en 1489.

Este asunto de la edad del Almirante, a primera vista de poca importancia, la tiene y mucha, pues se ha prestado a escri­bir toda una novela sobre su vida anterior a su aparición en Es­paña, que él hasta cierto punto fija en el año de 1483 cuando dice que sirvió 20 años. Como veremos después, el duque de Medinaceli escribió a don Pedro González de Mendoza contándole que Colón había vivido dos años en su casa hasta que lo envió a la Corte bien recomendado.

Parece, pues, deducirse de esa caria, de las declaraciones de Colón que ya han quedado consignadas en estas páginas; que pa­só entre nueve y diez años en España antes de salir a su memo­rable viaje,

Repetimos que todo esto de la edad del Almirante no se basa más que en conjeturas, pues aunque existen las declaracio­nes que hemos visto, estas se contradicen entre sí y con hechos que son tenidos por ciertos. Y también volvemos a repetir que probablemente no se sabrá jamás cosa cierta puesto que el mismo Colón parece tuvo interés en dejar oscurecido todo lo ataña dero al origen de su persona.

  1. —LAS TEORIAS DE COLON Y SUS LIBROS FAVORITOS

Autores mejor documentados que nosotros han estudiado las teorías sustentadas por el Almirante y han seguido hasta donde ha sido posible la evolución del pensamiento del grande hombre a través de sus escritos y tratando de deducir hasta qué punto sufrió la influencia de los autores, que por haber quedado memoria de ello, figuran como favoritos del insigne marino, es­pecialmente en cuanto a la autoridad que pudieron tener para arraigar en su ánimo la convicción de que se podía navegar en dirección completamente opuesta a la que se tomaba en su tiem­po.

Del estudio antedicho se han deducido conclusiones exactas al lado de otras muy bizarras, extravagantes e infundadas.

En relación con estas teorías y los trabajos que Colón pasó en la Corte de Castilla y especialmente en el Consejo de Sala­manca, así como la incredulidad de algunas personas respecto de los argumentos en que el futuro Almirante se basaba para afir­mar que podía ir de viaje a las Indias por el Oeste; se han escri­to también muchas páginas que tienen más de poéticas que de históricas.

Sabemos que entre otros libros era favorito de Colón el “De Concordia Astronomiae veritis et narrationis historiae” obra del Cardenal Pierre d’Ailly, profesor de la Soborna. De este li­bro en que se estudian las teorías hasta entonces conocidas en el terreno de la ciencia geográfica, sacó el futuro Almirante las siguientes conclusiones:

“El Aristotel dice que este mundo es pequeño y es el agua muy poca, y que fácilmente se puede pasar de España a las In­dias, y esto confirma el Averuyz y le alega el cardenal Pedro de Aliaco, autorizando es decir, y aquél de Séneca, el cual confor­ma con estos, diciendo que Aristóteles pudo saber muchos se­cretos del mundo a causa de Alejandro Magno, y Séneca a cau­sa de César Ñero y Plinio por respecto de los romanos   ”

….. Plinio escribe que la mar e la tierra hace todo una es­fera, y pone questa mar Océana sea la mayor cantidad del agua; y está hacia el cielo, y que la tierra sea debajo y que la sostenga, y mezclado es uno con otro como el amago de la nuez con una tela gorda que va abrazado en ello…….. ”

Contaba también Aristóteles cómo ciertos buques salidos de Cádiz, fueron arojados hácia el Oeste por vientos impetuo­sos y llegaron a un lugar de! Océano cubierto de vastos campos de yerbas parecidas a islas hundidas, y entre las que vieron mul­titud de atunes.

Averroes, comentador de Aristóteles, agregaba considera­ciones sobre lo mismo y Pedro Aílaco, fundándose en Plinio, afirmaba también que había muy poca distancia entre España y la India si se iba por el Oeste.

A esto agregaba Colón, para mejor fundamentarse y basán­dose en el “Apocalipsis” de Esdras (judío que vivió en el si­glo primero) y en ciertos escritos del árabe Alfrangano: “….Y el mundo es poco: el enjuto de ello en seis partes, y la séptima solamente cubierta de agua: la experiencia ya está vista, y la escribí por otras letras y con adornamiento de la Sacra Escrip- tura, con el sitio del Paraíso terrenal, que la Santa Iglesia aprue­ba: digo que el mundo no es tan grande como dice el vulgo, y que un grado de la equinoccial está 56 millas y dos tercios: pe­ro esto se tocará con el dedo”

Se refiere también a la tragedia ‘»Medea” de Séneca, en donde dice el Coro: (Traducido por Colon,) “Vernán los tardos años del mundo ciertos tiempos en los cuales el mar Océano aflojará los atamientos de las cosas y se abrirá una grande tierra; y un nuevo marinero, como aquel que fué guía de Jason que hobo nombre Tiphis, descobrirá nuevo mundo; ya entonces no será la isla Tille la postrera de las tierras»,

Por la época en que Colón leía estos libros, y acaso por eso los leyera en busca de mayor fundamento, corrían muchos ru­mores referentes a tierras más al Oeste de las Azores lo que pa­recía confirmar las teorías de Tolomeo y otros sabios de que sien do redonda la tierra, se encontrarían el continente asiático na­vegando desde España hacia el Oeste. El mismo Colón dice que en viaje a Murcia había recibido noticias parecidas de un mari­nero llamada Pedro Velasco y también de un marinero Turto” en Huelva.

La teoría de navegar hacia el Oeste estaba bien fundada y, aunque no era propia de Colón, éste la tenía como artículo de fé. Además, los temores que existían sobre el «Mar Tenebroso’» ya habíanse disipado con el viaje de Gil Eanes, marino portu­gués, que en 1434 dobló el cabo Bojador y descubrió la Guinea.

Tanto en la Corte Castellana como en el Consejo de Sala manca hubieron personas que creían y otras que negaban la po­sibilidad de viajar hacia el continente asiático por el Oeste y en el Consejo, donde no fueron los frailes sino algunos sabios los que se opusieron a Colón, éste y los últimos erraron; pues si bien los opositores no sahían qve entre Asia y Europa existía el continente Americano, Co^n también lo ignoraba con el agre­gado de dar a los mares una dimensión muchísimo menor que la real, aun teniendo cuenta del continente americano. Los opo­sitores, con falsos fundamentos desde luego, decían que era im­posible el viaje, y aun alguien trajo a colación las rancias doc­trinas de Lactancio y San Agustín sobre la forma de la tierra; pero omitiendo ocuparnos de esto último porque no está bien probado, diremos que en aquella época no resultaban falsos los argumentos presentados si recordamos que las teorías de Tolo- meo expuestas en su célebre “Almageste” y las de otros sabios eran tenidas como dogmas y decían entre otras cosas contrarias a la posibilidad del viaje, que sería necesario navegar tres años para ir y volver de la India. Aun podemos agregar que algunos de los primeros y reducidos opositores de Colón se plegaron a su partido después de oír las explicaciones del postulante y de Fray Diego de Deza.

Acerca de este Consejo se han dicho muchas mentiras y ri­diculeces que pasarían inadvertidas si no hubiesen dañado la re­putación de la insigne Universidad donde se verificó. A este res­pecto debemos citar las palabras del parcialísimo Irving: “La su­blime concepción de Colón superaba a los mayores conocimientos y más intrépidas osadías de su tiempo, y más que concepción humana parecía inspiración divina”.

Al ocuparse del famoso Consejo parece que algunos histo­riadores quisieran dejarnos entender que la Universidad de Sala­manca fue una excepción entre las otras entidades europeas que podían ocuparse del asunto. Con justa razón podemos pregun­tarles: “¿Cuáles otras corporaciones o personalidades sabias de Europa, religiosas o seglares, aprobaron y consideraron viables los proyectos de Colón?”

Y   no se diga que sólo se presentó ante el Consejo de Sala­manca. porque antes de ir allí había estado en Portugal y se le había rechazado. ¡ En un país donde existía una Escuela Náu­tica tan famosa como la de Sagres y los hombres más doctos en Cosmografía y Navegación! Sin embargo, los historiadores ape­nas si mencionan el rechazo de Portugal y en cambio se desatan en denuestos e invectivas contra los hombres de Salamanca y de España en general.

Digamos también con don Adolfo Carrasco: “¿Cómo se con­taría ahora la historia del viaje de Colón si hubiese fracasado? La Europa entera habría escarnecido a los amigos y auxiliares del Almirante y a toda España por su simpleza y credulidad”.

Y   no acabamos de comprender, si aceptamos los conceptos de casi todos los historiadores del Consejo, cómo el’ arzobispo de Toledo, primado de España. “Tercer Rey” y todo, no pudo influir en una pronta decisión en favor de los planes del futuro Almirante, cuando, por las explicaciones de éste, estaba íntima- mente convencido de la practicabilidad del proyecto y como tal había abogado en su favor en la Corte.

Por último, no debemos olvidar que el Consejo de Salamanca se interrumpió, nó por que se hubiese agotado la discusión, sino por la salida precipitada de la Corte para Córdova y la campaña de Málaga.

Colón tropezó con el continente americano al que creyó la India, Cipango y otras tierras asiáticas, no solamente en el mo- *mento de descubrirlas sino hasta su muerte. A esto alude la ce­remonia que tuvo lugar en 1494 cuando el costeo de la Isla de Cuba: Colón estaba firmemente convencido de que ésta era el continente asiático; llamó a todos los tripulantes y les hizo de­clarar ante escribano lo que pensaba cada uno y para que des­pués no se retractasen impuso las siguientes penas: si era ofi­cial pagaría una multa de diez mil maravedises, si grumete re­cibiría cien azotes y se le cortaría la lengua.

Otra de las teorías sostenidas por Colón era que en un año podría ir y volver del continente asiático. Supongamos que no hubiese tropezado con América y calculemos el estupor que de él se hubiese apoderado al notar que más de la séptima parte del mundo son mares.

Si antes de encontrarse con la isla de Guanahaní tuvo desfa­llecimientos, según se cuenta, y fué Martín Alonzo Pinzón, me­nos instruido pero más atrevido que don Cristóbal, el que le animó repetidas veces, calculemos lo que habría pasado de alar­garse el viaje.

El mismo Colón dice de Pinzón: “Sabio en mucha manera, persona esforzada y de buen ingenio”. (Diario de Navegación del primer viaje) (Las Casas). “Martín Alonso, este gente del navio va murmurando, tiene gana de volverse, y a mí me parece lo mismo, pues que hemos andado tanto tiempo y no hallamos tierra”.)

Cuando su ánimo decaía, le decía Pinzón: “Adelante, ade­lante” y advertido por Colón de que la gente de su buque quería amotinarse le dice Pinzón: “Señor, ahorque vuestra merced me­dio docena de ellas: o écheles a la mar.

Comparando la penosa expedición de Magallanes y Elcano alrededor del mundo, acabada muchos años después del descu­brimiento de América, tocando en tantas partes, con buques me­jores y con mayores conocimientos, se comprende el absurdo que significabH un viaje desde España hasta la India en buque» como los que usó Colón y teniendo cuenta la verdadera ex tensión del Atlántico y el Pacífico y esto sin agregar la anchu­ra del continente americano por donde hubiera pasado el Almi­rante o sea por Centro América. Antes de descubrir América creía que el mundo era redon­do: “Yo siempre leí que el mundo, tierra e agua era esférica e las autoridades y experiencias que Toíomeo, y todos los otros escrebieron de este sitio….

Después del tercer viaje dice: “Agora vi tanta deformidad, como ya dije, y por esto me puse a tener esto del mundo, y fallé que no era redondo en la forma que escriben: salvo que es de la forma de una pera que sea toda muy redonda, salvo allí donde tiene el pezón que allí tiene más alto, o como quien tiene una pe­lota muy redonda, y en lugar della fuese como una teta de mu­jer allí puesta, y que esta parte deste pezón sea la má salta o más propinca al cielo”

Como nunca ha dejado de discutirse debemos recordar tam­bién lo dicho por algunos historiadores de que Colón recibió noticias de tierras más allá de las Azores de un marinero, Alon­so Sánchez de Huelva, que murió en la casa de Colón en Fayal.

Garcilaso de la Vega cuenta este hecho en sus “Coménta­nos Reales”. Colón y Garcilaso fueron grandes amigos de Frai Bartolomé de las Casas y el peruano no dejó de hablar por cierto de esa y otras circunstancias atañaderas al descubrimiento, con el hsitoríador del Almirante. Por otra parte, va hemos dicho que el mismo Colón habló alguna vez de haber recibido noticias de nuevas tierras

Lope de Vega, .antes que Garcilaso, y en la comedia “El Nuevo Mundo descubierto por Cristóbal Colón”, escrita en 1582 (cuando servía en la casa de Alba emparentada con la de Veragua) y publicada el año de 1614, alude también a la historia de Alonso Sánchez.

Por supuesto que en la referida comedia hay muchos erro res tales como la figuración del padre Boil en el primer viaje de descubrimiento, cuando este clérigo sólo fué en el segundo, lo mismo que don Bartolomé Colón que por la época del’ primer viaje estaba en Inglaterra. También figura que Colón recibe el título de duque de Veragua cuando sólo se dió al nieto don Luis de Colón, tercer Almirante y a cambio del cargo de Virrev de las Indias.

De todos modos, la historia de que tratamos es muy vaga y hasta ahora no se ha podido probar y, sobre todo, Colón no ar­gumentó apoyándose en ella ni durante el Consejo de Salamanca ni otra vez.

De paso diremos no sería raro que Colón hubiese guardado gran secreto sobre este asunto, pues bien se sabe cuán reservado y celoso era porque todo lo relacionado con el descubrimiento proviniese de él solamente, como lo prueba, entre otros casos que se verán después, el episodio de la vista de “tierra”, que la vió primero Rodrigo de Triana como consta de este trozo del diario de Navegación del Almirante: “…Y porque la carabela “Pinta” era más velera e iba adelante halló tierra y hizo la se­ñal que el Almirante había mandado. Esta tierra vido primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana”. Y sin embargo ale­gó haberla visto él antes y se adjudicó los treinta escudos de renta ofrecidos.

Si la historia de que tratamos fuera cierta, entonces tendría­mos la clave de la seguridad rayana en iluminación con que el Almirante hablaba de su viaje. Así también quedaría justifica­da la acción del gran marino al poner velas de cruz a la “Niña” que no las tenía y cuyas velas sirven principalmente para navegar en popa, circunstancia que se hace difícil suponer previera Co­lón iba a verificarse en todo el viaje de ida desde las Canarias a América. También hallaríamos la razón por qué el Almirante elijió para la vuelta y tan decididamente como quien está segu­ro de ello, una derrota mucho más al Norte de la que trajo o sea ir ciñendo, al N. hasta encontrar los vientos del Oeste. Derrota que siempre se ha seguido después, (i).

Dicen algunos historiadores,’ entre ellos Washington Ir- ving, que esta historia de Alonso Sánchez se inventó para ami­norar la gloria de Colón. Nosotros no creemos lo mismo. Ante todo, debemos ver de qué gloria se trata, porque si es la del des­cubrimiento de América debemos ir muy despacio. Colón des­cubrió América por pura casualidad, tropezándola en su viaje a la India, el que verificó debido a la fe que tuvo en las teorías de sus libros favoritos y en sus propias observaciones y deduc­ciones. Su gloria sería igual si en lugar de esos libros Alonso Sánchez le hubiera dado la certidumbre de poder navegar hacia el Oeste. Queremos decir con esto que la gloria de Colón se ba­sa pura y simplemente en la constancia inaudita que desplegó tántos años al tratar de verificar su memorable viaje, y en los resultados que tuvo porque, como escribió León XIII en 1892: “Hecho de por sí más grande y maravilloso entre los hechos hu­manos, jamás lo vió edad ninguno; y con quien lo llevó a cabo con grandeza de alma y de ingenio , pocos entre los nacidos pue­den compararse”.

(i)   Oviedo asegura, que “aquella novela con verdad ninguno la podía afirmar, que así corría por el mundo entre 1# gente vulgar, y que ¿1 la tenía por falsa”.

(2)  De la Biblia toma abundantes materiales con los que fantasea acerca de sus descubrimientos:      “porqué en verdad que todo pa­sará y no la palabra de Dios, y se cumplirá todo lo que dijo: el cual tan claro habló de estas tierras por la boca de Isaías en tantos lugares de su Escriptura, afirmando que de España les sería divulgado su Santo nom­bre    “El Abad Joaquín Calabrés dijo que había de salir de España quien había de reedificar la casa del Monte Sión”.

Cree ver en Veragua las minas del Rey Salomón, el Aureo Quin Soneso o Aurea comc el dice y para ello se funda en el judío Josefo en su crónica “Antiquitatibus”.

. . “David en su testamento dejó 3000 quintales de oro de las In­dias a Salomón para ayuda de edificar el templo y según Josefo era el destas mismas tierras”………. Cita también el Paralipómenon y el “libro de los reyes’’.

(3)  Beda, Strabon, Scotto, Nicolás de Lira.

(4)  De donde Faguet saca, probablemente, la curiosa conclusión. “C’est lui qui a donné á Christopher Colomb l’idée de chercher les In- des par Touest”.

 

Y, antes de proseguir, podemos- decir algunas palabras más a propósito de esto. Los autores sajones, que de Colón se han ocupado, son los que más enrostian a los españoles esa historia. Sin embargo, aquéllos tienen casi uniformemente, por indudable que los escandinavos llegaron a América antes que Colón y agre­gan que esto en nada aminora la gloria del Almirante. Así mis­mo, franceses como Gaffarel atribuyen el descubrimiento al francés Jean Cousin acompañado por una de los Pinzones. No­sotros repetimos que aun cuando esto fuera cierto en nada ami­noraría la gloria de Colón lo mismo que si se tratara de Alonso Sánchez; pues todos ellos dejaron perder sus descubrimientos.

Después de los libros que hemos citado, las preferencias de Colon se dividían entre los libios santos y los escritos por ju dios, especialmente hispanos.

En la comparaciones y afirmaciones del gran navegante hay muchas citas sacadas de San Agustín, San Isidoro, celebre sabio español y obispo de Sevilla en la época de los godos, San Am­brosio y San Jerónimo. (2)

También suele referirse a Alfonso el Sabio, a Mandeville (3) y mucho a Marco Polo (4). La preferencia por los libros san tos nos daría la razón de la gran amistad que Colon mantuvo siempre con los frailes, de quienes se sabe recibió eficaz protec­ción.

Es de suponerse que él o por lo menos su familia mantenían viejas relaciones con los arzobispos de Santiago de Campostela, pues un Nicolás Oderigo, cuyo nombre figura después entre los buenos amigos de Colón, lleva el mismo nombre y tiene la misma nacionalidad que otro que aparece en relaciones con el arzobispo de Santiago muchos años antes.

El arzobispo de Pisa, antes clérigo sine-cura de Santa María la Grande de Pontevedra, parece que fue su primer maestro. En Portugal frecuentaba Colón el convento de Todos los Santos en donde conoció a su esposa doña Felipa Muniz de Parestrelo que ahí vivía junto con otras damas portuguesas.

La primera que de Colón se tiene en España (al menos mu­chos autores lo afirman aunque otros como Schwartz dicen que llegó primero al puerto de Santa María en los estados deí pri­mer duque de Medinaceli) es su aparición y estadía en el con­vento de la Rábida y por rara coincidencia uno de los frailes de este convento resulta confesor de la reina Isabel la Católica co­mo si Colón hubiese llegado deliberadamente ahí trayendo re­comendaciones de algunas dignidades eclesiásticas gallegas y portuguesas y nó para solicitar pan con que alimentar a su hijo como quieren ciertos historiadores. Sin embargo, se dice tam­bién que fué a Huelva con el objeto de ver a su cuñado Mulher, Muñiz o Muliarte; pero de todos modos es de suponer fundada­mente que éste, el marinero «turto” de que habla Colon y otros conocimientos le aconsejaron ir a Palor para verse con fray Juan Pérez, sabiendo que éste tenia influencia en la Corte como lo comprobó después recomendando eficazmente a Colón ante la reina de Castilla.

Según se dice, la familia Colón habría tenido relaciones de arrendamientos y otras con los frailes del convento de San Es­teban en la vía Mulcente de Génova en cuyo convento según cuenta erróneamente Bossi, habría sido bautizado el almirante, lo que no consta en documento alguno Lo que si se sabe es que Colón habitaba el convento de San Esteban de los frailes domi­nicos cuando fué a Salamanca con la Corte y se celebró el fa­moso Consejo.

El arzobispo fray Diego de Deza, gallego de Santiego de Compostela o por lo menos de precedencia galiciana, fué tam­bién grande amigo de Colón, como lo fueron el cardenal pri- maro de España don Pedro González de Mendoza, el padre Gaspar Gorricio dei convento de las Cuevas de Sevilla, Geraldini, que después fué obispo de Santo Domingo, el cura de los Pa­lacios bachiller Bernáldez. fray Bartolomé de las Casas y Ovie­do que a su vez, estos tres últimos, escribieron la historia del Almirante.

 

  1. —SOBRE EL JUDAISMO DEL ALMIRANTE

A menos que consideremos a Cristóbal Colón como un gran farsante no se puede decir fuese judío, pues la misma preferen­cia que por los frailes tenía y acabamos de ver; sus citas de au­tores cristianos y su gran fe católica mostrada en su correspon­dencia y demás escritos son pruebas que era católico y tánto co­mo lo fueron los más fanáticos de la Edad Media. Las Casas dice que viéndole orar y practicar otras formas de la religión con tan­ta meticulosidad se hubiera creído fuese profeso de alguna or­den religiosa, y refiriendose a la muerte de Colón dice: “….el cual viéndose muy debilitado, como cristiano (cierto que era) recibió con mucha devoción todos los santos sacramentos”.

Recordemos los encargos que en su Testamento hace a sus descendientes recomendándoles defender a la Iglesia si algún cisma sobreviniese (recomendación que no cumplieron los des­cendientes, pues el cisma entrevisto por el Almirante y verifi­cado algunos años después y que tuvo a España como princi­pal campeón en favor de Roma no fué intervenido por los Colo­nes ni personalmente ni con dinero).

En una carta dirigida a losReyes, Colon dice: “Suplico hu­mildemente a Vuestra Alteza que si a Dios place de me sacar de aquí, que haya por bien mi ida a Roma y otras romerías».

En esta misma carta agrega:…. “y tan apartado de ios Sa­cramentos de la Santa Iglesia, que se olvidará de esta ánima si se parte acá del cuerpo”.

Oviedo y Bernáldez cuentan que Colón se presentó en Bur­gos, al regreso de su segundo viaje, vistiendo el tosco sayal de los franciscanos a quienes profesaba un afecto rayano en vene­ración.

Los nombres que Colón puso a muchos lugares del Nuevo Mundo, si bien recuerdan acaso los de otros donde pasaría su ninez, como lo veremos más adelante, son también nombres sa­grados.

Todos sus viajes desde el primero cuya descripción en for­ma de cuaderno de Eitácora o Diario de Navegación se conser­va todavía, los emprende en el nombre de la Santísima Trinidad y en todas sus cartas ia nombra; dice que su obra es “lumbre del Espíritu Santo» y cuando descubre algún lugar y en cualquiera otra solemnidad entona y hace entonar a su gente el “Salve Re­gina” y otras prosas, (i)

Pero así como lo dicho y más que pudiera agregarse nos muestra que Colón era cristiano, viejo o nuevo, pues esto tampoco se sabe a ciencia cierta, así también no cabe la menor duda de que procedía de familia israelita y aun quizas por las dos ramas: paterna y materna.

Los documentos de Garcí’i Riega han arrojado mucha luz sobre éste y otros puntos: ios nombres de la rama materna son todos hebreos, como Eleazar, Jacob, Benjamín. Susana, Abra- ham, etc., y en unos autos de fé celebrados en 1498 en Tarragona, figuran entre los condenados un Andrés Colón, su mujer y su suegra por haber practicado actos de judaismo.

Además del “Apocalipsis” oe Esdras a quien titula Após­tol, leía Colón el libro de viajes por todas las partes del mundo conocido hasta la China, del célebre rabino español Benjamín ben Jonah de Tudela; “las Antigüedades Judaicas” o “Historia de los Judíos» de Josefo y muchos otros de rabinos españoles a quienes cita. (2)

Uno de los personajes más empeñados en que se verificase el viaje de Colón y de los que más protegioron al insigne nave­gante, fué el judío converso Luis de Santagel, escribano de ra­ción de la Corona aragonesa.

En Córdova tuvo Colón mucha amistad con los judíos Le- ví, médico, y Bocher, comerciante, y en el primer viaje de des­cubrimiento llevó y consideró mucho al judío converso Luis de Torres. Colón vendió una cantidad de oro que trajo a la vuelta de su segundo viaje a los mercaderes bu^galeses valiéndose de Jaime Ferrer de Blanes, célebre joyero conocido por “el lapi­dario de Burgos” que tenía su tienda próxima al castillo, en las estrechas y mezquinas callejas que por la parte de San Esteban quedaban de la antigua judería. ¿Podría preguntarse si este co­nocido de Colón no era judío o por lo menos cristiano nuevo?

(1)  Según Humboldt, el fervor religioso que caracteriza a Colón, no lo adquirió en Italia, país republicano, comerciante, ávido de riquezas don­de el Almirante pasaría su infancia, sino durante su permanencia en Anda­lucía y en sus relaciones íntimas con los monjes del convento de la Rábi­da, sus más queridos y útiles amigos

Según Irving habría vivido, desde su aparición en Lisboa, en un Con­vento en donde conoció a su mujer dona Felipa Moñiz.

(2)  Como el Rabí Samuel de Israel, natural de la ciudad de Fez y Maestre Isaac Rabí de la Sinagoga de Marruecos.

En Lisboa es indudable que tuvo relaciones con Josef, el mé­dico judío de don Juan II, y que era además muy versado en Cosmografía.

Por último, en su testamento manda que entregue el valor de un marco de plata a un judío “que moraba a la puerta de la judería de Lisboa o a quien mandare un sacerdote”. Alguien ha dicho, creo que el señor La Riega, si no sería este judío un pa­riente del Almirante.

El retrato que de éste hicieron sus contemporáneos parece tener todos los rasgos distintivos de la raza judía. Las Casas lo pinta así: Colón era cariluengo, la nariz aguileña, pecoso y algo colorado, de pómulos salientes, de venerable aspecto, y sobrio y moderado en el comer, beber, vestir y calzar”. López de Goma­ra agrega que era “enojadizo, crudo, disimulado y sufrido en los trabajos”. Oviedo le llama “bien hablado, cauto, de grande ingenio y buen latino”, y, aunque no contemporáneos, don Emi­lio Castelar y Humboldt deducen: “Colón era avaro, porfiado, interesado, y pleiteante como un litigante”, etc. Humboldt: “la circunspección y la desconfianza constituían los rasgos más ge- noveses de su carácter” a lo que se puede agregar que esos ras­gos son también distintivos de la raza judía, (i)

Respecto del oro, dice Washington Irving que lo conside­raba como uno de los tesoros místicos y sagrados de la tierra, deseaba introducir entre los españoles la idea supersticiosa que los indios tenían de él y los exhortaba a purificarse para buscar las minas con ayunos, castidad y oraciones. El mismo Colón di­ce en una de sus cartas a la reina Isabel: (2).

(1)   Su estilo es salmódico, tiene una extraordinaria confianza en sí mismo, se cree elegido para la empresa, es tenaz, desconfiado, calcu­lador, intensamente religioso, aficionado a la poesía, odia y ama con energía, especialmente su amor a l,a familia es judío, su fuerza espiri­tual en general es intensísima. Habla como iluminado y si, como parece dudoso, no tuvo noticias relacionadas con el Nuevo Mundo, debe­mos recordar que en los siglos 12, 13 y 14 hubieron muchos imposto­res que se decían príncipes de 1,1 casa de David, destinados a restaurar la gloria de Sión.

(2) Del otro que yo dejo de decir, ya digo por qué me encerré: no digo así, ni que yo me afirme en el tres doble en todo lo que yo haya jamás dicho ni escrito, y que yo esté a la fuente, genoveses, venecianos y toda gente que tenga perlas, piedras preciosas y otras cosas de valor, todos las llevan hasta el cabo del mundo para las trocar, convertir en oro: el oro es excelentísimo: del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al paraíso               Los señores de aquellas tierras de la comarca de Ve­ragua cuando mueren entierran el ero que tienen con el cuerpo, así lo dicen: a Salomón llevaron de un camino 666 quintales de oro, allende lo que llevaron los mercaderes y marineros, y allende lo que se pagó en Arabia”……. “Nuestro señor se aderece, por su piedad, que halle este oro, dijo su mina, que hartos tengo aquí que dicen que la saben”.

(1)  “Este Maestre Bernal se di¿ que fué al comienzo de la traición: fué preso y acusado de otros muchos casos, que por cada una de ellos merecía ser fecho cuartos”…. “Diz que allá mató dos hombres con medicinas por venganza de menos de tres fabás”.

(2)  En la carta escrita al Rey en 1505 dice, refiriéndose al nau­fragio y muerte de Bobadilla: “             Grande tiempo ha que Dios Nues­tro Señor no mostró milagro tan público: que el que lo hizo le puso con todoü los que le fueron en ayuda a este”.

(3)  ‘»Que el dicho Contreras trabaje mucho con él, e tenga manera que Caonaba vaya a hablar con vos, porqué más seguramente se haga su prisión; eporque él anda desnudo e sería malo de detenerle, e si una vez se soltase e se fuyese no se podría así haber a las manos por la dispo­sición de la tierra, estando en vistas con él, hacedle dar una camisa y vestírsela luego, y un capas, y ceñille un cinto, y ponelle una toca, por donde le podéis tener e no se vos suelte. E también debeis prender ,a los hermanos suyos que con él irán         .

(4) “Y porque este camino que yo hice a Cambas acaeció que algún indio hurtó algo, si hallárades que algunos de ellos furten, castigadlos también cortándoles las narices y las orejas, porque son miembros que no podrán esconder     ”

(5)  “Hierusalem y el munte Sión ha de ser reedificado por mano de cristianos quien ha de ser, Dios por boca del Profeta en el décimo cuarto Salmo lo dice. El Abad Joaquín dijo que este había de salir de España. S^n Jerónimo a la Santa mujer le mostró el camino para ello. El emperador de Catayo ha días que mandó sabios que le enseñen en la fé de Cristo ¿Quién será que se ofrezca a esto? Si nuestro Señor me lleva a España, yo me obligo de llevarle con el nombre de Dios, en salivo”

De su carta de 7 de Julio de 1503 son estas frases:…….. “allí dicen que hay infinito oro, y que traen corales en las cabezas, manillas a los pies y a los brazos de ello, y bien gordas.; y dél, si­llas, arcas y mesas las guarnecen y enforran. En esto que yo digo, la gente toda de estos lugares conciertan en ello, y dicen tánto, que yo sería contento con el diezmo”.

“En Cigaure usan tratar en ferias y mercaderías: esta gente así lo cuentan, y me mostraban del modo y forma que tienen en la barata”.

“Yo vine a servir de 28 años, y agora no tengo cabello en mi persona que no sea cano y el cuerpo enfermo, y gastado cuan­to me quedó de aquellos, y me fué tomado y vendido”.

“La restitución de mi honra y daños, y el castigo en quien lo hizo, hará sonar su Real nobleza; y otro tanto en quien me robó las perlas, y de quien ha hecho tanto daño en el Almirantado”.

De su médico, maese Bernal, dice a don Diego Colón, su hi­jo: (1)

Algunos de estos ejemplos y otros que se han citado y cita­rán, muestran además esa dureza que muchas veces manifestó el Almirante y que también es rasgo distintivo de la raza ju­día. (2)

Cuando mandó a España dos naos cargadas de esclavos, re­comendó a su hermano Bartolomé tuviese gran cuidado con la “mercancía” y llevase justa cuenta en lo que correspondiese a cada uno “pues hay que mirar en todo el cargo de la conciencia, porque no hay otro bien, salvo servir a Dios, que todas las cosas de este mundo son- nada y el otro es para siempre”.

Propuso la venta de indios hasta que diesen una renta de cuarenta millones, con qué libertar el Santo Sepulcro. Las Casas, entre otros que tratan de disculpar a Colón, dice: “         y ten­go yo por cierto que aqueste demasiado cuidado por querer servir a los Reyes y con oro y riquezas querer agradalles, y también la mucha ignorancia que tuvo, fué la potísima causa de haber en

todo lo que hizo contra estas gentes errado”………

La Instrucción fechada por el Almirante en 9 de Abril de 1494 y enderezada a aconsejar a Mosen Pedro Margarit del mo­do y orden en que debía acabar la conquista de la isla de Santo Domingo y coger a traición al belicoso indio Caonabo, dice: (3) (4).

En carta a los Reyes Católicos les dice: (5)

Dice Colón en su Diario que al henchirse las aguas del Océa­no el día, 25 de Septiembre de 1492, pareció decreto de la Provi­dencia para acallar el clamor de la gente y lo compara con el que milagrosamente ayudó a Moisés cuando la huida de Egipto acau­dillando al pueblo judío.

Describe así su sueño de Jamaica: “Fatigado y suspirando, caí en un ligero sueño, cuando oí una piadosa voz que me decía ¡Oh estulto y tardo en servir a tu Dios, Dios de todos!…

¿Qué más hizo él por Moisés o por David su siervo? Desque na­ciste siempre él tuvo de tí muy grande cargo. Cuando te vido en edad de que él £ué contento, maravillosamente hizo sonar tu nombre en la tierra….. ¿Qué bizo más por el pueblo de Israel cuando le sacó de Egipto? ¿Ni por David a quien de pastor hizo Rey?…… Tu edad no será impedimento para ninguna grande empresa. Abraham tenía más de cien años cuando engendró a Isaac. ¿Ni era Sara moza?…. Todas estas tribulaciones que yo paso están escritas en piedra marmol y no sin causa”.

En la misma carta dice: ¿Quién nació sin quitar a Job que no muriera desesperado?”, (i)

Dos de las cláusulas de su contrato con los Reyes son tam­bién notables a este respecto:

“3;.‘ Desea tener una ganancia, del diez por ciento, sobre las entradas netas de toda clase de mercadería, ya sean perlas, jo­yas u otra clase de objetos, que puedan hallarse, ganarse, com prarse o exportarse de los países que él pueda descubrir.”

“4? Desea, en su calidad de Almirante, que se le haga único juez de todas las cuestiones mercantiles que pudieran ocasionar disputas en los países que él pueda descubrir”.

Estando próximo a su muerte en la que le asisten, ademas de otras personas, siete criados, dice a su hijo Diego: “Mucho sentimiento tengo del gobernador. Todos me aseguran que tengo ahí mil y ciento o mil y doscientos castellanos y yo no he reci­bido un cuarto. … o se bien que desde mi partida debe él haber recibido más de cinco mil castellanos. Nada recibo yo de la ren­ta que se me debe, vivo de prestado. ’

 

(1) ……. “Yo no quise robar la tierra por no escandalizarla, por­qué la razón quiere que se pueble, y entonces se habrá todo el oro a la

mano sin escándalo…….

Se refiere en esa carta ,a lo que ya había dicho a los Reyes:……………..

“El oro que tiene el Quibian de Veragua y los otros de la Comarca, bien que según información él sea mucho, no me pareció bien ni servicio de vuestras Altezas de se lo tomar por vía de robo: la buen orden evitará el escándalo y mala fama, y hará que todo ello venga al tesoro, que no quede un grano. . .

Se ha dicho que estas cuestiones sobre el oro las tociba Colón a menudo, primero porque de Castilla se le exigía mucho y segundo por- que él quería procurárselo para fines religiosos. Nosotros no tenemos intención ni derecho a negar esto; pero ¿como relacionarlo con las repetidas quejas que sobre pobrera hace el Almirante? ¿No le im portaba ésta?

Y    antes había dicho a los Reyes: “Porque, mi dicha, poco me han aprovechado veinte años de servicio que yo he servido con tantos trabajos y peligros, que hoy día no tengo en Castilla una teja; si quiero comer o dormir no tengo, salvo el mesón o ta­berna, y las más de las vecesfalta para pagar el escote”.

En el temporal no tengo solamente una blanca para la ofer­ta”.

Por lo apuntado se puede ver que Colón tenía mucha afini­dad con los judíos y aun cuando él no lo fué de religión, su fa­milia sí era isrealita y él nc podía sustraerse a esa influencia, tanto en su educación como en ciertas creencias que aparecen en sus escritos como una confusa mezcla de ardiente cristianismo y judaismo a la vez. Especialmente en su tendencia a considerar todo por la parte comercial se puede repetir con Cervantes: “La pluma es lengua del alma”.

Ya hemos de ver cómo esa procedencia de su familia parece haber influido en el ánimo del Almirante para hacerle ocultar el lugar de su nacimiento.

 

  1. —FALSAS INTERPRETACIONES EN QUE HAN INCURRIDO LOS HISTORIADORES DE COLON

En un libro reciente de Julián Juderías se leen las siguien­tes palabras:

‘Los organizadores del Congreso de Psicología que se reu­nió en Gottinga hicieron a costa de los mismos congresistas, que eran profesores de indiscutible mérito, un experimento de gran valor científico, no solamente para la especial disciplina a que iban a consagrarse los trabajos de la asamblea, sino para otras muchas ciencias. Celebrábase a corta distancia del lugar donde se hallaba reunido el Congreso una fiesta popular. De repente, abrióse la puerta del salón de sesiones y entró en él un payaso perseguido por un negro que le amenazaba con un revólver. En medio del’ salón cayó a tierra el payaso y el negro le disparó un tiro. Inmediatamente huyeron el perseguidor y el perseguido. Cuando el docto concurso se repuso del asombro que aquella es­cena le causara, rogó el Presidente a los congresistas que sin pérdida de tiempo redactase cada uno un relato de lo acaecido por si acaso la justicia había menester de esclarecimientos. Cua­renta fueron los relatos que se le entregaron y de ellos diez eran falsos en su totalidad; veinticuatro contenían detalles inventa­dos y sólo seis se ajustaban a la realidad. Ocurrió esto en un Congreso de Psicolojía, y eran autores de los trabajos en que se faltaba tan descaradamente a la verdad, hombres dedicados al es­tudio, de moralidad indudable y que no tenían el menor interés en alterar la verdad de los sucesos de que habían sido testigos”.

“Este hecho es profundamente desconsolador para los afi­cionados a la Historia. En efecto, sur je inmediatamente la pre­gunta: ¿si esto acaeció en un Congreso de Psicología, entre per­sonas de completa buena fe, ¿qué no habrá sucedido con los re­latos de los grandes acontecimientos históricos, de las grandes empresas que tranformaron el mundo y con los retratos de in­signes personajes que han llegado hasta nosotros a través de los documentos más diversos y de los libros más distintos por su tendencia y por el carácter de sus autores? ¿Cuántas serán las falsedades que contengan y los errores de que se hagan eco?

“Van Gennep advierte que los retratos que se hacen de los personajes históricos no responden en modo alguno a lo que de­muestran los documentos fehacientes que se refieren a los mis­mos y que estas deformaciones tienen origen literario. Le Bon, en su Psicología de las Muchedumbres hace notar que en tiempo de los Borbones fué Napoleón algo parecido a un personaje idí­lico. Treinta años después Napoleón fué un déspota sanguinario.

Y   añade que dentro de diez siglos los historiadores, en vista de juicios tan opuestos, dudarán quizá de la existencia real de tan discutido personaje

El gran historiador inglés Froude en su estudio “The di- vorce of Catherine oí Aragón” dice: El manifiesto del príncipe de Orange era un libelo contra Felipe II pero el Felipe II cJe tradición protestante es la personificación del intolerante espí­ritu de la Europa Católica que es improcedente perturbar aho­ra            Y del infame monarca Enrque VIII de Inglaterra dice que la leyenda que le es favorable debe conservarse a todo tran­ce por la razón sencilla de que es protestante”.

Con estas opiniones y hechos entremos a la parte que si gue de nuestro examen.

Comenzaremos aclarando las palabras de Colón referentes al tempo que pasó, como postulante en la Corte de Castilla y las cuales se han interpretado maliciosamente.

“Siete años pasé en vuestra corte Real” dice Colon y en otra carta afirma que entró a servir entre los criados de la reina Isabel en 20 de Enero de 1486.

Según parece, a su salida de Portugal que por lo visto ya, podemos conjeturar fué en 1483, se dirigió a Huelva o estuvo primero en los estados del Duque de Medinaceli.

Agrega Colón en la primera de las cartas antedichas que to­dos negaban practicabilidad a su proyecto de viaje y “decidie­ron que todo era vano, sólo en vuestras Altezas hubo fé y cons­tancia”.

Con sólo esto sería suficiente para destruir las falsas afirma­ciones que se han hecho sobre negativa de los Reyes, hostilidad deí rey Fernando etc., y aún Colón, vago como siempre en sus escritos, queda mal en lo de afirmar que todos decidieron la va nidad de su proyecto.

Prosigamos: Se dirije fray Juan Perez (el primero de los protectores de Colón y quien en esa fecha creía ya en el proyec­to del futuro Almirante) a Córdoba y obtiene audiencia de los reyes para oir a Colón. O bien es el Duque de Medinaceli el que lo envía bien recomendado a su reina; pero sea como fuere, en 20 de Enero de 1486 está Colón en Córdoba. Desde entonces, a costa de los Reyes y otros poderosos amigos y con muy pocas excepciones, acompaña a la Corte.

Esta se trasladó para asistir al sitio de Loja en la primave­ra de 1486. En 12 de Agosto del mismo año estaban sitiando Moclin.

Cuando volvían a Córdoba para celebrar la victoria tuvieron que partir a Galicia para debelar la sublevación del Conde de Le- mos. Durante el invierno de 1487 pasaron a Salamanca en donde ordenaron la celebración del histórico y tántas veces zarandea­do Consejo.

En la primavera del mismo año salió la Corte para Córdo­ba y de ahí a las campañas de Vélez-Málaga y Málaga que se rindió el 18 de Agosto. En 15 de Septiembre del mismo año es­taban todavía en Málaga.

A fines de 1487 y el año de 1488 estuvieron los reyes en Cór­doba de donde tuvieron que salir a causa de la peste. Fueron a Zaragoza y después a tierras moriscas de Murcia para asuntos internos de gran importancia y sólo en el invierno regresaron a Valladolid.

En febrero de 1489 o sea en el invierno todavía, pasaron a Medina del Campo para recibir a los embajadores de Inglaterra y celebrar la alianza con Enrique VII. Vino después el sitio de Baza que duró seis meses y terminó con la rendición en 22 de diciembre. Después sitiaron y tomaron Almería y Guadix.

En febrero de 1490 llegaron los reyes a Sevilla y en el tiem­po transcurrido hasta Abril tuvieron lugar las negociaciones pa­ra el casamiento de la princesa Isabel.

A principios de 1491 salieron los reyes a sitiar definitiva­mente a Granada. El sitio terminó con la caída del gran baluar­te moro el 2 de Enero de 1492 y “en el mismo mes de Enero man­daron Vuestras Altezas a mí que con Armada suficiente me fuese a dichas partidas de India, y para ello me hicieron grandes mer­cedes y me ennoblecieron”     Partí yo de la ciudad de Gra­nada a 12 días del mes de Mayo de 1492, en sábado…. y armé yo tres navios muy aptos para semejante fecho y partí con muy abastecido de muy buenos mantenimientos y de mucha gente de la mar a 3 de Agosto de dicho año”.

Antes de proseguir, recuérdese, en medio de tántas guerras, disturbios internos, cuidados de familia, alianzas, administración de justicia, aplicación de leyes diferentes en cada región, etc., la lentitud cen que por esa época viajaba una Corte Real y más en tierra como la ibérica, montañosa y dura, recién conquistada, al menos Andalucía, a los moros.

¿Por qué, pues, se ha de dudar de la palabra del Almirante y de los hechos que consignamos y escribir una romántica histo­ria que abarca todo el tiempo que Colón llevaba en España y los siete meses transcurridos entre la rendición de Granada y la partida de Palos?

Si es permitido dudar de la palabra de Colón, cuando dicen que dijo en su testamento que había nacido en Génova, por ra­zones que expondremos después; y aun de otras afirmaciones que en el curso de su vida hizo el insigne marino: no se puede dudar en el caso de que tratamos, pues el Almirante no se que­dó corto precisamente ni omitió circunstancia alguna en lo de quejarse, aun injustamente: de tal modo que no es creíble silen­ciara los trabajos que pasó, especialmente en esos siete últimos meses. Además, Colón afirmó lo anterior en su Diario de Nave­gación, documento destinado a los Reyes, y el cual debe suponerse puso todo empeño en escribirlo exacto.

En cuanto al tiempo anterior al sitio de Granada, si Colón pasó o no pasó penurias, si hubieron algunas personas que de él se burlaron, etc., a nadie hay que culpar sino es a la época di­ficilísima en que le cupo llegar a España y aun, repetimos, el Al mirante exagera bastante sus quejas como veremos al tratar de los amigos y enemigos que tuvo y los dineros que recibió junto con toda clase de atenciones.

En lo que a los reyes se refiere, la frase de Colón “sólo en Vuestras Altezas hubo fé y constancia” aunque demasiado res­tringida, pues en otros hubo también, no se compagina con aque­llos supuestos trabajos.

Según los historiadores y según el mismo Colón, en carta al rey Fernando, recibió varias cartas favorables del rey de In­glaterra y una de don Juan de Portugal ¿Por qué no se fué donde ellos? Es claro que por la muy sencilla razón de que nunca se decidió que todo era vano, nunca se le desahució y también porque los Reyes “le habían hecho muchas mercedes y acrecentado” como él mismo dice en su tes­tamento y en cartas a su hijo Diego: aunque más bien por ese tiempo influyeran, acaso, sus amores con la Enriquez.

Ni faltan historiaoores como Lumnis («Exploradores Es­pañoles del siglo XVI”) que tratan a Colón de malagradecido por estar ya en 1488 en negociaciones con Portugal mientras vi­vía en la Corte castellana y era mantenido por ella en condicio­nes, si bien merecidas por sus cualidades morales y particular simpatía, muy superiores a su condición social.

¡Un hombre cuya idea fija y ambición es el viaje a las In­dias por el Oeste, sufre trabajos sin cuento; no halla más que impugnadores de su proyecto, vive en la mayor pobreza y priva­ción y a pesar de las llamadas y proposiciones halagüeñas de los reyes de Portugal e Inglaterra, las rehúsa!

Eso y mucho más dan por cierto algunos historiadores. Ir- ving, que tuvo buenos consultores, consagra, tan sólo a las histo­rietas de los siete meses transcurridos entre la rendición de Gra­nada y la partida de Palos, un gran espacio en su libro Y lo más extraño es que el historiador citado, tan crédulo de la pa­labra del Almirante y teniendo a la mano el Diario de Bitácora de éste y que en largos párrafos cita literalmente, no se fijara en la grandísima contradicción que iba a notarse entre el prólogo de ese Diario y su historieta.

Condensando lo que dicen los historiadores citados, tendre­mos las fechas siguientes: Un mes entre la llegada de Colón a la Rábida y su nueva llamada a la Corte, de cuyo mes empleó fray Juan Perez, catorce días en ir y volver donde los Reyes para ins­tarles a que no abandonasen la empresa ¡ Catorce días caminando en muía desde Palos a Granada, entre duras sierras y por cami­nos recién conquistados a los moros e infestados de gente ma­leante !

El día de la toma de Granada estaba Colón presente otra vez según su propio testimonio. Se rechazan sus demandas. A prin­cipios de Febrero sale otra vez de Granada. Se le llama de nue­vo. El 17 de Abril se firman las capitulaciones. El 30 se ennoble­ce a Colón y el mismo día se expide la Real Orden para el ar­mamento de las carabelas y escriben los Reyes aquella famosa carta al Gran Khan. El 8 de Mayo se hace a don Diego paje del príncipe D. Juan, honor tan sólo concedido a los hijos de los más encumbrados personajes. Entre el 8 y el 12 de Mayo San- tángel entrega 1.140.000 maravedises “cuya suma él dá para pa­gar las carabelas que sus Altezas ordenaron ir en Armada a las Indias, y para pagar a Cristóbal Colón, que va en la dicha Ar­mada”, según reza del libro de cuentas proveniente del obispado de Palencia. El 12 sale Colón para Palos y llega el 23. El 20 de Junio, nuevas órdenes de los Reyes para el armamento de las carabelas y por último el 3 de Agosto sale la Armada con rum­bo a Canarias.

Durante el tiempo transcurrido entre la toma de Granada y su salida para Palos es muy posible que Colón, ya seguro de su viaje, fuese a Córdoba a despedirse de su amante.

En cuanto a los trabajos pasados desde el 23 de Mayo hasta que salió de Palos, o sean en total setenta y tres días, ¿porqué ad­mirarnos que pobres gentes del pueblo no quisiesen acompañar al gran marino, si tántas doctas y no sin fundamento, dados los tiempos, consideraban la empresa como una solemne temeridad, según dicen también los historiadores? ¡Es seguro que el viaje se presentó a la imaginación de esos pobres marineros como si ahora se propusiera a alguien ir a la luna en aereoplano y quién sabe si más!

Llamamos también la atención hacia el número de dificulta­des que se encontraría al hacer los respectivos contratos de suel­dos. alquiler del tercer buque, etc., aunque en lo que respecta a los sueldos eran buenos, pues se daba los mismos que en la ma­rina de Guerra, más cuatro meses adelantados. Por último, diga­mos. para justo orgullo de los marinos andaluces, que debido a Pinzón fué que pudo salir la Armada, pues aparte de la influen­cia que interpuso entre sus compatricios (x) y el haber dado el ejemplo embarcándose con sus dos hermanos, debemos recordar que Colón tan celoso de adquirir títulos, mandos, rentas y ho­nores no tuvo a última hora con qué pagar la octava parte de los gastos que a él’ correspondían además de una de las carabelas y Pinzón dió el dinero y no se sabe seguro si le fué devuelto (2).

(1)  “Amigos les dijo, andad acá, que andáis misereando; idos con no­sotros esta jornada, que según fama debemos de fallar las casas con las te­jas de oro, e todos vendréis ricos e de buena ventura”.

También dice Irving, que los marineros de Palos no tenían confianza en el Almirante porque era extranjero, que no querían ir de viaje y que aun en el curso de éste argumentaban, que pues era extranjero y sin amigos en la Corte no se le oiría cuando fue­se a quejarse por haberle impuesto el regreso. Irving tomó de Oviedo lo que antecede; pero no por eso lo creemos más cierto, pues ¿por qué habrían de argumentar así esos pobres hombres de un poblacho distante de la Corte, ignorantes de la vida pasada por Colón en Ella, que apenas había conocido al reservado ma­rino pocos días antes de emprender el viaje y aun así muy de lejos y por último que veían a ese mismo extranjero, antes po­bre y desconocido y ahora elevado a la dignidad de Almirante, ennoblecido y con una autoridad que le acababa de servir preci­samente para reclutar a muchos de ellos a la fuerza? Ya habla­remos de esto otra vez.

Comparemos también la importancia de aquella extraordi­naria empresa con viajes como los que ahora se hacen y cuyos preparativos, por ejemplo en los de vuelta al mundo, no es raro duren dos meses y más. Citemos el caso del almirante Anson cuando en 1740 expedicionó sobre nuestras costas.

Recordemos que ya por esa época era Inglaterra potencia naval, merced a la afición que sus hijos venían manifestando por las empresas marítimas y que la expedición se verificó dos siglos y medio después que la de Colón.

El 18 de Noviembre de 1739 toma Anson el mando de la Es­cuadra. El 10 de Enero de 1740 se le ordena prepararse para ex- pedicionar sobre las costas americanas del Pacífico. El 28 de Ju­nio recibe de manos del duque de NewcastJ’e las instrucciones de la Corona fechadas el 31 de Enero de 1739 y ese mismo día se le entregan las instrucciones adicionales del ministerio de Justicia.

 

(2) Tampoco queremos decir que Colón se quedara con él; pero desde luego no lo devolvió a Martín Alonso porque éste murió cinco días des­pués de regresar a España

Las Casas dice: ‘‘Cosa es verosímil y cercana de la verdad, que el di­cho Martín Alonso, según yo tengo entendido, prestó sólo al Cristóbal Colón el medio cuento (de maravedís), o él y sus hermanos”.

Y es un hecho también que los hermanos Penjón guardaron silencio sobre este préstamo hasta el año 1508 cuando el pleito de Dn. Diego Colón contra la Corona. Esto deja entender que Colón habría pagado ese dinero

Como faltaran trescientos marineros, fué informado Anson por el primer Lord del Almirantazgo, Sir Carlos Wager. de que esa importante oficina había ordenado que el Almirante Norris le entregara la gente necesaria. Fué a Portsmouth y se encon­tró Anson con que Norris le negaba auxilio alegando que el tam­bién necesitaba gente. Al fin en Julio y cuando el Almirante Bal- chen sucedió en el mando a Norris se le dieron 170 hombres, entre ellos 32 enfermos sacados expresamente del hospital’. El 5 de Agosto recibió a bordo, en lugar de 500 hombres de desem­barco que también había pedido. 259 solamente, pues de esa gen­te, enferma en su totalidad, los que pudieron mover los pies de­sertaron en número de 241.

Por último, el 18 de Septiembre de 17AO recién salió de In­glaterra A esto debemos agregar que, los desastres sufridos en el cabo de Hornos, el conocimiento que de la salida de la expe­dición tuvo anticipadamente el gobierno español y por consi­guiente el casi fracaso de aquélla se debió totalmente a las dila­ciones que hemos reseñado.

Luego, pues, es un tejido de errores o embustes, desmenti­dos algunas veces por el mismo Colón, todo lo dicho acerca de que, después de la rendición de Granada (acto, sucedido el cual y por conducto de fray Fernando de Talavera le habían ofreci­do los Reyes ocuparse de su asunto) se tratase de rechazarle, que los Reves le despidieran o dieran muy pocas esperanzas y por último que en Febrero de 1492 saliera para Córdoba con la in­tención de dirigirse después a Francia Esto último sí lo dice Colón; pero es permitido dudar si tuvo firmemente ese propósi­to porque de las fechas se deduce lo contrario.

Ni es más cierta su segunda salida de Granada v el alcance que se le da en el puente de Vos Pinos a dos leguas de esa ciu­dad poraue ¿cómo conciliar tan contrarias variaciones en ánimo de la reina Isabel, aue unas veces, en nocas semanas y aun en el mismo día niega a Colón todas sus peticiones y otras llega hasta el extremo de darle todas las facilidades, ennoblecerlo, col­mar de favores a su hiio, etc.? ¿Y cuando a lo que debiéramos de­ducir por los continuos rechazos, si fueron ciertos, la Corte no creía en el Descubrimiento y éste, sobre todo no era más que un proyecto?

Más verosímil y coincidente con la palabra empeñada por los Reyes mucho anees del sitio de Granada y con la “£é y cons­tancia” que siempre tuvieron ellos, que, una vez de acuerdo pa­ra el viaje, fuese a Córdoba, como antes dijimos, a despedirse de doña Beatriz Enríquez y de sus hijos, a quienes no veía hacía mucho tiempo.

También es posible que en el momento de tratar de los sub­sidios se presentaran dificultades a una Corte tan empobrecida como la española; pero que ya nada tenían que ver con el pacto hecho y que, después de todo, se resolvieron en una conversación de horas entre la reina Isabel y el tesorero Santángel.

La reina manifestó sin duda mayor entusiasmo que su espo­so en estas negociaciones con el futuro Almirante; pero de esto a lo dicho por los historiadores de que don Fernando se opuso a ellas y que hizo daño a Colon, hay mucha diferencia. Sea con el conocimiento de don Fernando o sin él, es un hecho que los gastos del Descubrimiento en lo que correspondía a la Corona fueron hechos por el remo de Aragón; aunque Irving se encar­ga de decirnos que el rey Fernando se aprovecho de esta cir­cunstancia para cobrar del primer oro traído del Nuevo Mundo la cantidad conque hizo dorai los techos y bóvedas del Real es­trado del alcázar de Zaragoza lo cual no es cierto pues lo que se doró fué el retablo de la Cartuja de Miraflores en Castilla y por disposición de la reina Isabel, (i)

Colón saltó de simple marinero sin blanca a la dignidad de Al­mirante con cuyo grado y preeminencias se igualaba al infante don Fadrique Enríquez, tío del Rey, Las otras capitulaciones no pueden ser más generosas, pues se le ennoblece, se colma de otros favores a él y a sus hijos; concédensele enormes ganancias etc. Irving cita como prueba del desvío de don Fernando el he­cho de que la reina Isabel no permitiera fueran más que castella­nos al Nuevo Mundo en los primeros tiempos. Nosotros no hemos podido comprender si en realidad se expidió tal orden; pe­ro sabemos que muchos de los expedicionarios no fueron caste­llanos y ni siquiera españoles. Hubieron gentes del señorío de Viscaya, gallegos, italianos, un austríaco y mosén Pedro Marga- rit era genuino aragonés. Por lo demás, no es extraño estuvieran en mayoría los castellanos, extremeños, andaluces y levantinos del Sur como que el Descubrimiento se planeó en Castilla y casi todas las expediciones salieron por los puertos meridionales de la Península.

(i)                    Dice Colón en su Relación del 3er. viaje: “Y vuestras Altezas me respondió con aquel corazón que se sabe en todo el mundo que tie­nen, y me dijo que no curase nada de eso, porque su voluntad era de pro­seguir la empresa y sostenerla aunque no fuese sino piedras y peñas, y aquel gasto que en ello se hacía que lo tenía en nada, que en otras cosas no tan grandes gastaba mucho más, y que lo tenían todo por muy bien gasíado lo del pasado y lo que se gastase en adelante, porque creían que nuestra santa fé sería acrecentada y su real señorío ensanchado, y que no eran amigos de su Real Estado aquellos que les maldecían de es­ta empresa:        ”

 

En lo referente a la prisión de Colón, la mayoría de los his­toriadores cargan la pintura en contra de España. En primer lugar esto es una falsedad. No bien llegó el Almirante a Sevilla cuando los Reyes ordenaron ponerle en absoluta libertad, le col­maron de atenciones, le reafirmaron en sus preeminencias y fa­cultades y por último la reina derramó lágrimas al recibir y oír a Colón apesar de que éste declaró que había cometido yerros en el gobierno y colonización de la isla Española. (2)

Que en esto fracasó tristemente no se puede poner en duda y tampoco que un sentimiento distinto de la envidia aun cuando ésta existiese también, movió en contra del Almirante y esto siempre hasta su muerte, a la mayoría de las gentes que cayeron bajo su mando. ¿Dureza ¿Extralimitación de funciones? ¿Anti­patía? No nos atrevemos a decir qué; pero el sentimiento exis­tió.

 

(2)  En la carta e Instrucciones que para el último viaje dirigieron los Reyes a Colón y fechadas en Valencia de la Torre en 14 de Marzo de 1502, hay este pasaje:… y tened por cierto que vuestr.a prisión nos pesó mucho, e bien lo vistes vos é lo conocieron todos claramente, pues que luego que lo supimos lo mandamos remediar, y sabéis el favor con­que os habernos mandado tratar siempre, y agora estamos mucho mas en vos honrar e tratar muy bien.”

 

Lo cierto es que se interpusieron repetidas quejas en su con­tra y al fin los Reyes se decidieron, no sin repugnancia, recuér­dese bien, a nombrar a Bobadilla como Juez e Interventor de los asuntos de La Española. Que el nombrado era persona reco­mendable no puede dudarse puesto que el mismo parcialísimu Las Casas d:ce era persona de “rectitud”, lo mismo que repite Lamar­tine cuya historia de Colón merece más el nombre de novela his­tórica. Llega pues Bobadilla a Isabela y todos los colones acusan al Almirante. ¿Qué hacer? Remitirlo preso a España conforme y nada más que conforme a la dura justicia de su época.

Oue durante la prisión no se le guardaron miramientos, pue­de ser cierto: pero nó cuando navegó hacia la Península, pues consta que Vallejo, hechura de Fonseca, y Martín, capitán de la carabela, le trataron con toda consideración y ouisieron quitar­le los grillos y él no lo consintió, (i)

(i) No debemos olvidar que Colón y su hermano Diego se resis­tieron a reconocer los poderes otorgados por los Reyes a Bobadilla, .ale­gando que los del Almirante eran superiores*.

Las Casas dice que el Almirante, al saber lo que Bobadilla había comenzado a hacer en Sto. Domingo, por sospechar que sus poderes fue­ran otra invención como la de Ojeda, mandó a los Caciques y Señores Indios que tuviesen apercibida gente de gueria para cuando él los lla­mase, porque de los cristianos cuanto a la mayor parte poco conñaba Esto probaría que su administración no era popular entre los co­lonos españoles.

En la carta a doña Juana de la Torra se nota el odio a Bobadilla a quien trata con grandísima dureza, acumulando contra él no sólo acusa­ciones, sino también sosoechas infamantes.

En esa carta dice que todo estaba en paz y sosiego en la Isla cuando llegó el Comendador, pero es cierto que en la semana inmediatamente anterior habían sido ahorcados 7 españoles; 5 más estaban en la fortaleza.

Sto. Domingo esperando el cumplimiento de igual pena y don Bartolomé Colón tenía otros 17 metidos en un pozo destinados a sufrir la misma suerte.

En cuanto a su impopularidad el mismo la confiesa: “porque mi fama es tal, que aunque yo faga iglesias y hospitales, siempre serán dichas espeluncas para ladrones”. (Carta a Dña. Juana de la Torre).

Después de todo, no debemos admirarnos tanto de este inci­dente que no tuvo mayores consecuencias y podemos recordar los insultos, indignos de figurar en un libro, que Augereau diri­gió a Napoleón cuando se encontraron después de la primera abdicación de éste y eso que el mariscal le debía su carrera.

Entiéndase bien que con éste y otros ejemplos y compa­raciones que hacemos, no queremos cohonestar los daños que Colón haya sufrido, sino que recordamos sólo que cosas pare­cidas suceden en todas partes y entre todos los hombres.

Lo que en resolución sucedió con el Almirante fué lo que ha sucedido, como dice Lumnis, con el popular “marino en tie­rra”: no servía para otros oficios y especialmente para el difícil y complejo arte de gobernar a los hombres.

En cuanto al cargo de Virrey, nosotros opinamos con los autores que dicen no puede negarse la gran cautela y diplomacia conque procedió don Fernando al quitárselo, después del ruidoso fracaso de la colonización de La Española. También se tiene en cuenta la enormidad de los territorios que hubiesen caído bajo la autoridad de los Colonos si se hubiesen cumplido Ips capitulacio­nes al respecto. Por lo demás, el Rey se fundó para quitárselo, en la Real Orden expedida en Toledo en 1480, previniendo que ningún oficio que envuelva la administración de justicia se pue­de dar a perpetuidad.

Sin tener en cuenta estas y otras razones, libros hay muy recientes, como el de un autor peruano que dice: “Colón murió asqueado de ver tanta miseria y bajeza”. El monumento que en 1914 se inauguró >?n Rapallo (Italia) lleva una inscripción alu­siva a lo miF-mo y por último léase el notable discurso pronuncia­do en el año de 1917. por el diputado Mr. Hulbert en su cámara en EE. UU. Parece que se leyera a Robertson o a Irving o a La­martine.

Estas manifestaciones no concuerdan con las expresiones de cariño, reverencia y gratitud que el Almirante prodiga al Rey Fernando en carta a don Diego Colón. Del referido rey es está frase de una carta dirigida desde Nápoles a don Diego: “Hame pesado que allá no se lia fecho bien con vos”, (i)

Colón no posej?ó riquezas en la cantidad que ambicionaba, sencillamente porque el Nuevo Mundo no dió ese dinero mien­tras vivió el Almirante, como él mismo lo dice en su testamen­to: “Porque hasta agora no se ha habido renta de las dichas In­dias”. Posteriormente ha podido decir Prescott a este respecto: “El Nuevo Mundo fué una lotería, con premios tan escasos que las probabilidades estaban casi todas en contra del jugador”.

A propósito de esa conocida ambición del Almirante, Ir- ving con otros historiadores repiten con sospechosa frecuencia el estribillo de aue Colón no ambicionaba dinero para sí y que sólo trataba de juntarlo por satisfacer la insaciable sed que de ese metal tenían sus compañeros y la Corte de Castilla. Las Casas dice también algo parecido que va consignamos anterior­mente.

Preguntémonos ¿de qué raza nació o ha nacido el hombre que en final de cuentas no haya ambicionado el dinero? Mas omi­tiendo a Colón, ocupémonos de los españoles. Muchos historia­dores, entre ellos Cesar Cantú dice que los españoles, por su género de vida durante los ocho siglos de lucha con los moros y de contiendas intestinas, conocían la guerra; pero nó el co­mercio eran más aptos e inclinados a las expediciones aventu­reras y a arrostrar peligros que a las pacíficas ocupaciones de la agricultura y de la industria”.

Esto es cierto y como tal puede deducirse que más les gus­taba procurarse el oro por medios violentos que nó por un tra­bajo paciente: pero es cierto también que ningún puebio como el español, en los siglos XV y XVI, fué más generoso ni estuvo más templado que él por una fe religiosa más profunda.

La mayoría de ios españoles, y en esto estamos de acuerdo con Humboldt, Prescott y el mismo Irving, vinieron a América, más que por el oro, por el espíritu sencillamente aventurero pro­pio de nuestra raza y que creció durante la Reconquista. ¡Los bra­zos que habían quedado ociosos después de la pacificación y unidad de la Península, reclamaban nuevas y más grandes empresas en donde a semejanza de la que tan gloriosamente habían rema­tado. hubiesen hombres que convertir a la verdadera fe. peligros que afrontar, tierras que poblar y razas que civilizar!

(i) Y además, apesar de que se habla desposeído a los Colonos en virtud de esa Real Orden, el Rey aceptó pleitear con el hijo del Almi­rante y perdió el pleito porque le^almente tenían derecho al Cargo por las Capitulaciones de 1492. Sólo que los fracasos del Almirante y la enormi­dad de las posesiones que ya se preveía iban a quedar bajo el mando casi absoluto de una sola persona obligaron al Rey a buscar una razón en apariencia legal para desposeerlo del Cargo.

En cambio ¿qué nos cuenta la verdadera historia de otras razas? ¡ Ojalá hubieran vivido Irving, Prescott y otros para presenciar, en su propia Patria, en California y en Australia las innumerables y bochornosas escenas originadas por esa mis­ma sed de oro inseparable del hombre en todas las edades y la­titudes. ¡Hubiesen vivido también para contemplar las horribles matanzas de indios en Norte América y en el Indostán cuando la rebelión de los Cipayos!

Aristóteles dice que eran de oro y plata las anclas, herra­mientas y vasijas de las naves fenicias y cartajinesas y que has­ta de lastre les servían esos metales adquiridos por conquista a España. ¿A qué se debió sino al inhumano trabajo en las minas los levantamientos que culminaron con el sitio de Sagunto en esa época y el de Numancia después?

Recordemos también el famoso Sir Walter Raleigh que co­metió tropelías sin cuento por la ambición del oro: a Drake cu yo nombre se venera con justicia en Inglaterra y de quien se hacen lenguas los historiadores ingleses por los dividendos que sus hechos dieron a la compañía formada en Inglaterra y patro­cinada por “la buena reina Isabel” para saquear, incendiar y ma­tar en las colonias españolas y por último léase la «Vuelta al mundo” escrita por el Almirante Anson con la minuciosa des­cripción del saqueo e incendio de la indefensa Paita Y perdó­nesenos tan larga digresión.

Finalmente, comparemos los supuestos trabajos de Colón con los de un inventor o descubridor moderno como, por ejem­plo, el conde de Zeppelin, que era ya un militar famoso y noble de nacimiento cuando emprendió la resolución del’ problema de los dirigibles. Tenía 52 años de edad. La gente le creía loco. Gastó en ensayos poco menos de dos millones de marcos de su fortuna particular y en 1894 la comisión de peritos nombrada por el emperador para examinar cu nro’-ecto declaró que éste era “inaplicable en la práctica”.

Solo, motejado siempre de loco y arruinado, solicitó del mul­timillonario yanqui Gordon Bennett cien mil dólares prometién­dole ceder la mitad de todos los ingresos que pudiera obtener en el porvenir el inventor. El vanaui contestó: ‘No he tratado todavía en mi vida con inventores locos y pienso proceder así también en adelante”.

Por último, cuando Zeppelin logró volar hasta Suiza en un dirigible de su invención o sea diez años después de verdadera y tremenda lucha contra todos los obstáculos que puede encon­trar el hombre, obtuvo la protección y simpatía del gobierno y pueblo alemanes.

Colón era un oscuro marino que. dada la época, presentó un proyecto tanto o más fantástico que el de Zeppelin y sin embargo pidió derechos exorbitantes y lo más admirable es que los ob­tuvo. Sólo que los historiadores no miran las cosas desde este punto de vista y consideran poco todo lo que se le dió. ¿Fun­dándose en qué? En la curiosa manera de historiar de su tiem­po, unos; otros en su ignorancia, y los más llevándose de conje­turas y opiniones de segunda mano.

Por eao hace poco que un historiador ha podido decir “Co­lón entaba casi desequilibrado y parecía olvidar que sus descu­brimientos eran sólo una esperanza y nó un hecho positivo”. Te­nía, sin duda, valor y perseverancia; pero en aquella ocasión hu­biéramos querido verle más modesto”.

Se me va a perdonar extenderme algo más Colón era de la categoría de los inventores o descubridores que solicitan auxi­lio precisamente para inventar o descubrir y, repetimos, a pesar de esto obtuvo todo el auxilio que pedía, más los honores, títu­los, favores a su familia etc., que ningún hombre antes de descu­brir y muchos aun después no han obtenido.

Veamos qué pasó a unos cuantos inventores, no como Zeppelín que trataba de inventar, sino que ya habían inventado o descubierto.

Harvey, que, según los sajones, descubrió la circulación de la sangre, tuvo en contra de su descubrimiento a todos los mé­dicos de Inglaterra. Así lo dice su historiador Aubrey.

Hargreaves inventor de la máquina de hilar fué considerado como un enemigo por todos los hilanderos de Inglaterra y tuvo que emigrar de uno a otro condado. Arkwringht inventor de la manufactura de telas de algodón por medio de maquinas tuvo que soportar una tremenda lucha contra los manufactureros de Man- chester y nadie quería tampoco trabajar en la fábrica que ins taló Hasta las Cortes de Justicia sentenciaron en su contra.

Cuando Stephenson, después de inventar y usar su locomo­tora para mover los carros en las minas, trató de obtener el re­conocimiento del Parlamento inglés; el público, al saber que era posible que el Parlamento aprobara una ley en favor del nuevo invento, se opuso abiertamente. Se escribieron folletos en contra y las opiniones que aparecieron en los periódicos fueron notables, según ellas: el aire envenenado que echaban las locomotoras ma­taría a los pájaros, las casas se incendiarían con las chispas es capadas de la chimenea, las calderas podrían volar y reducir a átomos a los pasajeros y por último se decía aue felizmente para todos el gran peso de la máquina le impediría moverse.

Murdock introdujo la iluminación por gas en las calles y ca­sas. Sin embargo en Londres se decía: que el nuevo agente era sucio, de mal olor, productor de dolores de cabeza, etc. Los en cendedores de faroles en las calles se declararon en huelga y las autoridades parroquiales depararon su intención de destruir los postes y cañerías que pasaran por las calles de sus respectivas jurisdicciones. Y por último el gran químico Sir Humphrey Da- vy preguntaba sarcásticamente porque no se usaba como depósi­to de gas el domo de la Catedral de San Pablo.

El “Gas Hilarante” descubierto por el mismo Davy en 18×0 y el cual sugirió al célebre químico la idea de usarlo como anes­tésico sólo llegó a aplicarse en 1844.

Jacquard el famoso inventor de la máquina para tejer seda fué perseguido durante mucho tiempo y el prefecto de Lyon le envió preso a París junto con su invento.

Hill el creador del sistema de correos a baio precio fué considerado como un loco. Lord Litchfield, director General de Correos dijo de su sistema en la cámara de los Lores: “De todos los proyectos visionarios y disparatados de aue tengo conoci­miento éste es el más extravagante”.

Morse inventó el telégrafo antes de 1837. En ese año fué re­chazado por el parlamento yanqui y en 1838 por los gobiernos de Europa a donde se había dirigido en busca de ayuda Sólo en 1834 se le protegió.

Goodyear el inventor del procedimiento para fabricai artí­culos de caucho estuvo durante un período de 10 años, preso fre­cuentemente por deudas. Se le consideraba un loco y por último preguntando una vez a un amigo de Goodyear cómo se le podría reconocer, contestó: “Si veis a un hombre con una levita de caucho, unos zapatos de caucho, una gorra de caucho y en su bolsillo una bolsa de caucho sin un céntimo, ese es Goodyear”1 No menos sufrieron las burlas, las persecuciones o por lo me­nos la Indiferencia de bus contemporáneos ci inventor de la má­quina de coser, el del submarino Holland, el del teléfono, inven­to calificado de juguete eléctrico.

Lejos, pues, de censurar a España como lo han hecho parecíales historiadores, envidiosos de las glorias que ganó, o como, por desgracia, lo aceptan todavía muchos españoles y más hispanoamericanos; debamos tener en cuenta la época, escribiendo historia comparada, con lo que nos libraremos de caer en el pe­ligro de agregar por nuestra cuenta lo que la fantasía nos dic­te. Entonces no podremos menos que alabar y poner por las nu­bes a una nación que tuvo reyes y personajes tales como para proteger, animar y por último aceptar a un hombre cuyo pro­yecto, dígase lo que se quiera en su favor, no pasaba de ser un3 fantástica aventura, dados los conocimientos e ideas contempo­ráneos.

Y   ya que después trataremos de algunos errores encontra­dos a Lumnis, plácenos citarlo en lo que acierta: ‘ Un genovés (?) es cierto, fué el descubridor de América; pero vino en ca­lidad de español; vino de España por obra de la fe y del dinero de españoles; en buques españoles y con marineros españoles, y de las tierras descubiertas tomó posesión en nombre de Espa ña”.

Irving, a quien venimos citando especialmente, tuvo a ma­no para escribir su “Historia de Colón” los libros de Navarre- te, Muñoz, Charlevoix, Herrera, Las Casas, Oviedo, Bernáldez, Fernando Colón, Bossi, Spotorne, Giustiniani, Bofri, Bellorov Robertson. Pedro Martire. los papeles del infante don Fran­cisco de Borbón y el archivo del duque de Veragua.

Dice que Colón salió de Isabela para dar la batalla de la Vega Real el 27 de Marzo de 1495 y por tanto que la batalla se libró el 29. Rodolfo Cronau en su libro “América” dice que la batalla se libró el 25 y otros historiadores el 24. Siguiendo a Navarrete da el nombre de Juan Pérez de Marchena al guardián del’ convento de la Rábida ; pero hasta antes de 1802 no estaban acordes las biografías ni sobre el verdadero nombre de ese sa­cerdote ni sobre sus funciones en el convento, hasta que don Jo­sé María Asencio probó, en su libro sobre Colón, que eran dos frailes: Juan Pérez y Antonio de Marrhena. astrólgo este úl­timo.

Dice también Irving y con él muchos otros historiadores, que Colón estudió en la universidad de Pavía, lo cual no está probado y más bien hay razones en contra de ese supuesto. Por rtra parte no hay necesidad de suponer que estudió en Paví# para comprobar porqué era tan instruido. Su familiaridad con autores judíos a quienes cita frecuentemente en sus escritos, no le vino desde luego por estudios en tal o cual universidad y es más natural suponer los leyera y conservara en la memoria por afición de raza; aunque podría decirse a la vez, que Irving ni los autores anteriores a él, tuvieron porqué hacerse esa suposición, desde que ignoraban los estudios posteriores. Teniendo en cuen­ta su mucha afición al estudio y la inclinación que por la Náu­tica manifestó desde niño, podemos deducir que sus conocimien­tos geográficos le provinieron de sus largos viajes, de su intimi­dad y convivencia con hombres como el’ cosmógrafo Martín Be- haim, el médico y geógrafo García Fernández, el astrólogo An­tonio de Marchena, los Pinzones, Toscanelli (si no es apócrifa la correspondencia entre ambos, como se viene diciendo) (i) y, por último, con los miembros marinos de su familia como Pedro Correa y otros. Tuvo también en su poder los papeles de su sue­gro el buen navegante y cosmógrofo Bartolomé Parestrello. Ya dijimos que el mismo Colón habló de sus conversaciones con viejos marinos españoles. También sabemos que no era tan prác­tico como teórico en la Náutica en que le aventajaba el mayor de los Pinzones, según propia confesión del Almirante. (2).

El latín pudo aprenderlo de su frecuente trato con hom­bres doctos entre los que ya hemos dicho contábanse frailes, a quienes hizo frecuentes y largas visitas en sus conventos y de­más residencias. También dicen que se lo enseñó el clérigo sine­cura de Santa María de Pontevedra que fué después arzobispo de Pisa. Ni sería el primer hombre notable que aprendiese así ese idioma, pues el peruano Garcilasso de la Vega lo aprendió en el Cuzco de un maestro fraile que no era profesor de Univer­sidad.

Nada, pues, autoriza a decir que el grande hombre se educó en la de Pavía cuando no hay pruebas al respecto y antes pode­mos agregar que la indigencia de su familia no era parte, por cierto, a poder enviar a Cristóbal  a ese Estudio y a edad muy tierna puerto que éste dijo que empezó a navegar a los cator­ce años.

Por otra, el mismo Irving declara: “Los[1] comentadores de Colón enmarañaron de tal modo los hechos que es imposible des­cubrir en muchos casos la verdad”.

Navarrete, Irving y después el padre Cappa en sus “Estu­dios Críticos acerca de la dominación Española en América”— Tomo I—señalan a Ojeda como defensor del fuerte de Santo Tomás cuando lo sitió el cacique Caonabo con sus diez mil in­dios que Rodolfo Cronau, no sabemos con que fundamento, ele­va a cien mil en su citado libro. Oviedo señala como defensor del fuerte a Pedro Margarit y en esta opinión le siguen Fer­nández Duro y el padre Mir que a su vez atribuye a Irving la opinión de que la defensa fué hecha por Bartolomé Colón, cuan­do en realidad la atribuye a Ojeda y cita la opinión de Oviedo en la página 101 de la edición española de 1854 por Gaspar y Roig. Nosotros creemos más propios del carácter heroico de Ojeda algunos de los episodios que tuvieron lugar durante ese asedio.

Con referencia a los dueños de la “Pinta” trae Irving otro error al señalar a Gómez Rascón y Cristóbal Quinteros, cuando en realidad fueron Cristóbal y Juan Quintero, hermanos.

Exagera Irving en contra de Martín Alonso Pinzón, lleva­do sin duda por su cariño a la figura del Almirante e influido también por el Diario de éste y llega a tratar al célebre marino andaluz .de criminal, falso, infiel, desertor, cobarde, ingrato, en­vidioso y desleal. Y entre los hechos dignos de nota, practica­dos por éste, no incluye, o por lo menos no exalta como se debe, el haber convencido al Almirante para que cambiara de rumbo pues con el que traían hubiesen arribado a las costas de la Amé­rica Setentrional habitadas por tribus muy diferentes a las de las Antillas donde tocaron las carabelas y. entonces hubiesen terminado desastrosamente el viaje, ateniéndose a que los expedi­cionarios no iban preparados ni por su número ni por su arma­mento, a sostener una lucha con aquellas feroces gentes.

En la “Provisión Real” cuyo original se halla en el archivo del duque de Veragua y dada el 30 de Abril de 1492, se mencio­na “pólvora y pertrechos” entre lo que debían llevar los buques y consta también que la “Pinta” hizo disparos con una bombarda para anunciar la vista de “Tierra” y después Colón hizo dispa­rar ia artillería ae uno de los buques y los indios se aterrori­zaron.

El escritor militar don Francisco Barado dice, sin embargo, que la expedición de Colón no tuvo carácter militar, puesto que la gente aventurera, la que podía considerarse como gente de a*– mas o personas de guerra, era muy escasa en número. Esto es cierto y se nota con sólo leer los nombres y profesiones de los ciento veinte hombres que tripularon las carabelas y además por­que la expedición era de descubrimiento de un camino y nó de conquista de tierras y llevaban cartas de amistad para el imagi­nario Gran Khan.

No cabe duda que el ausentarse Pinzón durante unos días cuando estaban en Cuba, fué una falta si vió las señales que Co­lon le hizo; pero, a nuestro modo de ver, no tan grave como quie­re Irving. (i).

La separación de Jos buques durante el temporal que so­portaron a la vuelta y narrada por el Almirante como una nueva desobediencia de Pinzón, no la creemos tal o por lo menos de­ja lugar a duda i porque ya estaban desavenidos y Colón es cribió bajo esa influencia y luego porque en un temporal, con buques de arboladura tan baja, separados considerablemente, 2n la noche y haciéndose señas por medio de los faroles de la épo­ca es muy dudoso viera Pinzón las que su jefe le hizo, aunque Colón, como se verá mas abajo, asegura lo contrario. Y aun asi debe tenerse en cuenta que la “Pinta” estaba en mal estado, con su mesana inutilizado y sin poder largar mucha vela. (2) No sería extraño, pues, que el experto Martín Alonso no creyese conveniente aguantar a la capa el temporal como lo hizo horas después Colón y siendo mucho más atrevido que éste, corrió en popa y llegó primero a España tomando puerto en Bayona de Galicia, bahía colindante con Portugal, en pleno Atlántico y no en el Cantábrico, como también erróneamente dice Irving; o que hubiese arribado junto con él el f?lmir antena Lisboa como dice Schwartz o despues que Colón, como dice Lamartine. (3)

En lo que sí tiene razón y con él muchos otros historiado­res es cuando censura a Pinzón por haber escrito a los Reyes y querer presentarse a ellos para darles cuenta de “Su descubri­miento”, creyendo muerto a Colón Por lo demás, esta falta la pagó con su vida el pundonoroso marino. Y debemos recordar también que ambos se mostraron desconfiados en sus relaciones, con la ventaja para Pinzón de que él dió todo lo que puede dar un hombre al Almirante y éste nada le dió. (4)

Por último, ya que se traía de Irving, consignaremos un hecho significativo con referencia a los documentos García Rie ga: aquel autor dice que Colón tenía una cunada casada con Pedro Correa y en esos documentos figura una Constanza Co­rrea mujer de Esteban Foníerrosa, es decir, que habrían Correas emparentados con )a familia Colon Fonterrosa.

Apesar de los errores expuestos y otros que no es del caso citar, Pablo de Rousiers, en su “Vida en la América del Norte», dice que la obra de Irving sobre el Descubrimiento se recomien­da por la exactitud de los hechos. Puede ser que de las escritas en inglés y aun en francés, sin contar por cierto las de Harrisse y Vignaud, sea la más exacta; porque la de que nos vamos a ocupar así como la de Robertson son tan novelescas como la de Lamartine quien parece hubiera copiado litera’mente a Robert­son en todo lo que se refiere al terror de las tripulaciones, el su­puesto plazo de tres días que Colón daría a éstas, etc. Además Robertson, entre otros errores de nota, trae el de que Colón, si­guiendo el ejemplo de los navegantes portugueses desvió su primtivo rumbo hacia el Sudoeste al notar el vuelo de los pája­ros, cuando Irving lo atribuye, como es cierto y se desprende del Diario del Almirante, a la opinión de Pinzón el Mayor, (i)

“The Life oí Columbus” de Sir. A. Helps es tan parecida a ia de Irving que se diría ser una copia, sin el encanto que la exu­berante fantasía del yankee presta a su libro.

Entre otras bizarrías, nos cuenta Helps que no podían faltar ingleses en una expedición marítima y tan atrevida como la de Colón; peí o consta que tanto el inglés como el irlandés fueron sacados de presidio y embarcados a la fuerza. A no ser que Helps lo supiera y quisiera dejarnos en la certidumbre de que esos hombres fueron voluntarios, manifestando así un espíritu de em­presa que precisamente no habían desarrollado aun los ingleses; pues aunque el señor Barado dice que esos extranjeros junto con Tristán de San Jorge eran bombardeados o artilleros, Don Cesá­reo Fernández Duro, más documentado, no los cita así en su estudio relativo a la tripulación de la nao “Santa María” y de las carabelas “Pinta” y “Nina”.

(3)  “Esperaba muchas veces a la carabela “Pinta”, porque andaba mal de la bolina, porque se ayudaba poco de ia mezana por el mastel no ser bueno”; “Diario de Navegación” día Miércoles 23 de Enero.

Jueves 14 de Febrero.—Crecía mucho la mar y el viento; y viendo el peligro grande, comenzó a correr a popa donde el viento lo llevase, porque no había ctro remedio. Entonces comenzó a correr tam­bién la carabela ‘ Pinta”, en que iba Martín Alonso, y desapareció, aun­que toda la noche hizo faroles el Almirante y el otro le respondía; “hasta que parece que no pudo más por la fuerza de la tormenta, y porque se hallaba muy fuera del camino del Almirante».

(4)  En el diario de Navegación—Lunes 6 de Agosto, dice: “alguna pena perdía con saber que Martín Alonso era persona esforzada y de buen ingenio”.

Trae el libro de Helps algunas conjeturas y fantasías real­mente candorosas sí no fueran las salidas que muchos autores sa­jones acostumbran cuando de su raza se trata Así, por ejemplo, a ese autor no le cabe duda de la muy dudosa noticia que dan ‘Las Sagas” de que ios norsos descubrieron el Nuevo Mundo. (2)

Otro error de Helps y a la vez de Lamartine, es el aserto de que Colón ofreció su proyecto, primero que a España, a Genova y a Venecia, sin que exista ningún testimonio que acredite este supuesto de autores italianos que no saben como apuntalar el úni­co comprobante (testamento) que muestra en cierto modo la na­cionalidad de Colón. Ya se dirá después porqué salió de Portu­gal en donde es probable germinara en su cerebro la idea del fa moso viaje y único país al cual ofreció su empresa antes que a España, y cómo pasó a ésta probablemente huyendo de la justi­cia.

Siguiendo a otros autores, principalmente italianos, Irving, Helps y Lamartine tratan del testamento o Codicilo Militar que se dice escribió Colón en las páginas de un breviario que le re­galó ei papa Alejandro Borgia y cuyo testamento creen esos autores auténtico. La firma de Colón no es igual a la que aparece en ese documento apócrifo, ni la letra del texlo, aunque pudiera ser que el reumatismo a las manos de que padecía el Almirante por esa época fuera parte a impedirle escribir como antes, pues- io que él mismo dice, en carta a su hijo Diego, en 15 de Noviem­bre de 1505: “mi mal no consiente que escriba, saívo de noche, porque ei día me priva la fuerza de las manos.” Nada autoriza a creer, sin embargo, que Colón, viviendo corno vivía en una ciu­dad en donde habían escribanos y testigos, apelase a un proce dimiento semejante y el hecho de decir en ese escrito que tenía bienes en Italia es una razón poderosísima en contra de su au­tenticidad pues en ei verdadero testamento que hizo días des­pués del en que se ñja como fecha del anterior, deja ver clara mente que no existían tales bienes.

(1)   En realidad, los autores citados copiaron de la dudosa historia escrita por don Fernando Colón

(2)  Y esto no es extraño pues la variación de la aguja que fué ob­servada por primera vez por Colón se atribuye a Sebastián Caboí, o Crignon, piloto de Dieppe (Fontenelle y Feijóo) y Furnier la atribuye a Cabot y a Oviedo.

Salvo que sea el que escribió (pero nó en breviario) de- su puño y letra, como lo certifica el escribano. Hinojedo, ante quien otorgo la confirmación y agregados a su anterior Testamento o Institución de Mayorazgo de 19 de Mayo de 1506. Sea como fue­re, el del breviario y el de que acabamos de ocuparnos son dis­tintos en muchos respectos.

Navarrete en su “Colección de viajes y descubrimientos por mar de los Españoles» dice que de la partida dejada en el fuerte de 1a Navidad formaban parte ei irlandés Guillermo Ires y el in­glés Tallarte de Lajes. Helps dice: Guillermo Heries o Rice y Arturo Lake. Barado: Guillermo Ivés, natural de Galvez en Ir­landa en lugar de decir “Galney”. Aunque para un español sea fácil confundir nombres ingleses, esta es una nueva prueba de cómo han cambiado los nomores de personas y lugares los histo­riadores del Descubrimiento. Y se nota mucho más en el libro dudoso de don Fernando Colón que, debido a las traducciones, ha llegado hasta nosotros lleno de errores de esa clase y otros y por lo cual Harrisse lo considera apócrifo.

A Lumnis («Exploradores Españoles del siglo XVI”) tan- poco le cabe duda del descubrimiento de América por los escan­dinavos y afirma con gran soltura que quien duda de esta verdad manifiesta no haber leído “Las Sagas”. Pero de todos rnodos en ‘5Las Sagas” se cuenta los viajes hechos por los escandinavos a tierras que algunos autores suponen que forman parte de Nor­te América. Siendo ciertos o nó aquellos viajes, lo que más bien podríamos preguntarnos es si Colón, que se dice estuvo en Is- landia, recibiría noticias de elle y de ahí sacara ¡a creencia de poder navegar hacia el Oeste. Esto nada tiene de inverosímil.

Si a los historiadores de hace un siglo, y en general a los que escribieron antes de 1892, se les puede pasar que confundan en uno solo a ios padres Pérez y Marchena, no sucede lo mismo con Lumnis. que escribió su libro en 1911 o sea diez y nueve años des­pués de ios estudios de Asencio.

Duda Lumnis de la existencia de don Fernando Colón, atri huye la Historia del Almirante al hijo legítimo Diego y dice que de las cartas de Colón se deduce tuvo varios hijos.

Luis Bossi, Sportono, y en general todos los autores italianos, no son más exactos; porque además de que toman sus noticias de ios autores españoles, agregan de su cosecha suposiciones y con­jeturas sin base,

Por ejemplo, ellos son los que suponen que el Almirante estuvo al servicio del rey Luis XI de Francia, en el año 1474. La mayoría de los historiadores suponen a Colón residiendo en Lis­boa desde 1470 y el único que se separa de esta creencia es Harrisse que da la fecha entre 1474 y 75. De todos modos, estaba en Lisboa en la época señalada por los autores italianos. Además, es casi seguro que su hijo mayor nació entre 1474 y 75. Sin em­bargo, pudiera ser que se hubiese ausentado temporalmente de Portugal como en otras ocasiones; pero en resumen nada hay de cierto al respecto.

(1)   Y aun nay autores como Dn. Cesáreo Fernández Duro que de­fienden abiertamente a P’nzón y viüpan al Almirante, pues dice que “siendo de noche resolvió Colon volver al punto de partida por haber refrescido mucho el viento, y lo puso por obra, colocando en los palos faroles que indicaran el cambio de rumbo. En la Pinta que ba delante ra, no se vieron las luces; continuó, por consiguiente, la marcha, y que dó separada de las otras naves. Causante de la dispersión fué el Almi­rante, por aquella decisión repentina adoptada sin aviso previo».

(a) Colón, comentando este hecho, dice: “otras muchas me tiene hecho y dicho”.


[1] En el Congreso Internacional de Ciencias Históricas celebra­do en Roma <*n 1903 el profesor GaUois defend’ó la anten*ic;daH de correspondencia.

(a) “Trato e conversación he tenido con gente sabia eclesiásticos y «eglares, latinos y priegos, judío? y moros, y con otros muchos de otras sectas».

Del «Libro de la* Profecías». C. Colón.

 

 

Antes dijimos que la Historia de Colón por Lamartine me­recía más bien el título de novela histórica. La edición que noso­tros poseemos es la de 1864, hecha en la casa de Hachette de Pa­rís, en francés y con la correspondiente traducción española por don Pascual Hernández.

Se nota, desde luego, la influencia de Robertson e Irving; pe­ro como Lamartine era un gran poeta, es difícil extraer la verdad verdadera de su libro.

Todos los errores de los historiadores citados se encuentran en éste. La historieta del plazo de tres días que se supone dió Colón a sus tripulaciones y, en general, todas las supuestas peri­pecias de viaje tan prosaico como el primero de Colón, sus visi­tas de buque en buque en alta mar, sus discursos y sermones son obra de la fantasía del autor.

Según él: sólo dos Pinzones acompañaron a Colón, Américo Vespucci viajó con el Almirante y después de la conquista de Granada se reunió otro Consejo en Sevilla para deliberar sobre los proyectos del gran marino.

A la reina Isabel le faltó poco para ser la amante de Colón, tales son los secretos, simpatías, ternuras, etc., que Lamartine nos cuenta. Sus juicios sobre la vida del marino inmediatamente des­pués de la rendición de Granada; la actitud de los duques de Me­dina Sidonia y Medinaceli son muy poéticos pero históricamente falsos. Afirma que Pinzón llegó a España después que el Almi­rante y aprovecha esta oportunidad para denostar, como en otras partes de su novela, al generoso andaluz.

(1)  Véase el No. 33 de “Mercurio Peruano”.

 

El negocio de esclavos quiere atibuírlo a los españoles y nó a su fantástico héroe, cuando siempre se supo que éste fué su autor (i).

Por último, atribuye sólo a Ojeda la mala acción de apresar al indio Caonabo, desconociendo que Colón dió las respecti­vas instrucciones escritas a Pedro Margarit, como ya hemos di­cho, para que se cogiera a traición al referido indio y además, se llenó de alegría por la hazaña de Ojeda, que hazaña fué mez­clada con perfidia. (2)

El traductor de la obra de Lamartine tampoco se ciñó a la verdad al traducirla, y citaremos un ejemplo de esto. Lamartine dice: “abusant de la simplicité de ce chef indien” y Hernández abusando, indignamente, de la sencillez del jefe indio”.

Podó (“Motivos de Proteo”) poetiza también sobre las iras de la tripulación de las carabelas.

Otros grandes errores de los historiadores antedichos, como ser los servicios en galeras genovesas, combates, naufragio en la costa de Portugal, etc. ya son cosas pasadas de moda y por con­siguiente ningún historiador moderno los comete. No parece fue­ra de lugar este párrafo de Prescott: “Los primeros años de la vida de los hombres que se hicieron famosos por hechos efectua­dos a edad avanzada se asemejan a los primeros años de la vida de las naciones: proporcionan un fructífero campo a la fantasía de los historiadores”.

 

 

SOBRE LA NACIONALIDAD DE DON CRISTOBAL COLON

Llegamos a la parte más delicada de nuestro examen: la de­batida cuestión de la nacionalidad del primer almirante del Mar Océano y virrey de las Indias. Los documentos descubiertos pjr el polígrafo gallego don Celso García de la Riega, que se pueden leer al final de este estudio, son indudablemente de gran valor pro­batorio, han dado mucha luz en la difícil solución del problema y en ellos descansa, verdaderamente, el fundamento de la probable nacionalidad española de Colón. Si bien, como hemos visto y ve­remos y se desprende de esos documentos parece fuera de toda duda que la familia era hispano-judía; acaso no se llegue a saber nunca el sitio preciso en que nació don Cristóbal, pues sería nece­sario tener la partida de bautismo u otro documento que, sin las dudas que levanta el testamento del Almirante, la reemplaze. To­do lo que en adelante digamos a este respecto no serán más que conjeturas encaminadas, a nuestro modo de ver, hacia la solución de tan difícil problema   ‘

En cuanto a su raza y familia, nos preguntamos cómo, desde ios autores más antiguos y contemporáneos de don Cristóbal, ya figuran Domingo Colón o Colombo y Susana Fonterosa o Fonta- narosa como padres del Almirante? ¿por qué coinciden tan exac­tamente estos nombres con los de García Riega? ¿o son falsos los documentos de éste erudito?

Que en algo se fundaban los historiadores, no cabe duda. ¿Pe­ro de dónde salió la noticia? De Génova o de España? Esto es un misterio; mas, apoyados en los antedichos documentos, pueden hacerse las siguientes conjeturas: Muchos años antes de la apa­rición de Colón en España—nos referimos a la época en que se dice apareció,—se perseguía a los judíos y en Galicia se sucedían desórdenes precursores del gran levantamiento en favor de la “Beltraneja” que tenía gran partido en Galicia y Portugal como que el rey don Alfonso la defendía. Puede, pues, conjeturarse si los Colones no serían también sus partidarios. La familia Co­lón, al menos por la línea materna, era judía y Domingo, deses­perado con esos sucesos, quemó su casa y emigró a Génova con los suyos, porque, además de las relaciones que existían entre los marinos de Galicia y los de esa poderosa república, los Co­lones tenían amistad con el arzobispo de Pisa, clérigo sinecura de la iglesia de Santa María la Grande de Pontevedra, quien re­cibía, como tributo, un quiñón de sardinas de los marcantes de esta villa. Conocían» además, a una familia Oderigo, cuyo miem­bro antepasado, genovés, en relaciones con el arzobispo de San­tiago de Campostela, había recibido diez mil maravedises, paga­dos de rentas propias que dicho arzobispo tenía en Ponteve­dra. Otra perplejidad deja el hecho de que, a pesar de la enorme sensación que causó en Europa la noticia del descubrimiento, na­da se sabe de haberse celebrado en Génova, en donde a la sazón vivía Domenico Colombo, padre del Almirante, según los italia- nistas, y quien habría recibido, sin duda, la noticia, por su pro­pio hijo.

Los documentos La Riega parecen ser verdaderos. Nada ha ce presumir que no lo sean y desde 1898 en que fueron publi­cados, hasta ahora que ya han pasado diez y nueve años, han podido descubrir muy bien su falsedad los numerosos investiga­dores de la vida de Colón. Por el contrario, el papel, los carac­teres, la ortografía y, en general, todos los elementos indispon sables para la autenticidad, concuerdan admirablemente con el estilo de la época. El catedrático, señor Serrano y Sanz, -descu­brió que en los documentos citados habían algunas palabras avi­vadas con tinta y de ahí se han tomado algunos, para dudar de su autenticidad; pero, aparte desque se sabe lo hizo García de la Rie­ga para llamar la atención, den Prudencio Otero y don Casto San Pedro han aportado otras escrituras de tanto valor como las de García de la Riega, y aun se han descubierto más, en Ponte­vedra.

Siendo, pues, verdaderos, sería una extrañísima coinciden­cia el que vinieran unidas tantas razones de familia, de nombres propios, etc.

Como parece muy raro que Domingo Colón y su mujer emi­graran tan pronto como se casaron y siendo Cristóbal el mayor de los hermanos, puede conjeturarse si no habría nacido ya el futuro Descubridor cuando llegaron a Génova sus padres.

Según lo que venimos conjeturando, Colón y sus herma­nos habrían vuelto a Portugal y acaso a Pontevedra—pues, a par­te de que el historiador Almeida dice que don Cristóbal conocía, perfectamente, las rías gallegas y portuguesas, lo cual supone haber navegado mucho por ellas,—nos fundamos, también, en la aparición casi simultánea de todos los hermanos en España, o mejor dicho, en Castilla, de donde suponemos que estaban muy cerca unos de otros.

En cuanto al supuesto cambio de apellido, diremos que el único fundamento lo dá la historia que se atribuye a don Fer­nando Colón y dice que transformó su apellido porque no se confundiesen sus descendientes con los de las ramas colatera­les de la familia.

Esta razón no nos convence. Veamos por qué: el Almirante se llamaba o se llamó “Colón” desde su llegada a España, o sea mucho antes de fundar el Mayorazgo, que es cuando pudo darle el deseo de que no hubiese confusión de familias; antes nó. ¿Qué más le daba al pobre marino que sus descendientes se llamasen de “Colón” o “Colombo”? Además, él que tan celoso era de sus preeminencias, honores, etc., mejor estaba llamándose Colombo que Colón, pues, en su familia (la familia Colombo) ya había existido un Almirante, como lo dijo alguna vez el Descubridor. Sólo que ambos supuestos son falsos. A no ser que lo que quisie­ra ocultar fuera su abolengo judío y nacionalidad gallega.

Muchos escritores, entre ellos el documentado yanqui En­rique Harisse, consideran apócrifa la historia escrita por don Fernando, y por lo menos, si no apócrifa, está muy adulterada; el original castellano se perdió y, supuestamente o nó, traducida al italiano se vertió de nuevo a aquel idioma por Alonso de Ulloa. ¿Qué sucedió en este proceso? Nadie lo sabe a ciencia cierta; pero el hecho de haber tantas contradicciones y puntos oscuros en ese libro, induce a creer una de estas tres cosas: que no lo escribió don Fernando; que lo escribió y lo alteraron los traductores o que don Fernando, bien fuese por desmemoria, por ignorancia o a sabiendas, lo escribió tal como ha llegado hasta nosotros.

De ser cierto el cambio de apellido, resultaría Colón el úni­co italiano al servicio de España, que hubiese españolizado el suyo. Ni Alberoni, ni Spínola, los Dorias, Gravina, Colonna, ni los Geraldini, ni tantos otros italianos lo cambiaron. “Colones” han existido en España, Francia, Inglaterra y aun en Alema­nia. En Italia, nunca, aunque el apellido se deriva del latin Colonus. En Italia, sólo hay Colombos y Colonnas. (3)

Recuérdese, también, que la familia Colón no tenía ascen­dientes, ni descendientes en Génova, pues han fracasado siem­pre las investigaciones que en esa ciudad y en todo el norte de Italia se han hecho para encontrarle parientes. Mientras tanto, en Pontevedra existieron Colones y Fonterrosas, desde el año de 1413, hasta el de 1528 (siempre según los documentos de Gar­cía Riega).

El viaje que don Fernando Colón realizó a la Lombardía, la Liguria y el Piamonte, no tuvo el resultado que esperaba y, como él mismo dice, encontró dos Colombos, de más de cien años de edad, que no supieron darle razón de la familia del Al­mirante. Más adelante veremos, al tratar del testamento, que Colón deja entrever la inexistencia de parientes en Italia.

Baltazar Colombo de Cuccaro, que hizo viaje expreso a Es­paña y pleiteó contra la Corona de Castilla por la herencia de Colón y después por la manda que éste deió m su testamento para los parientes pobres, también fracasó por taita de pruebas.

Dice Colón, en su testamento: “Y si a nuestro Señor plu­guiese que después de haber pasado algún tiempo este Mayoraz­go en uno de los dichos sucesores, viniese a prescribir herederos hombres legítimos, haya el dicho Mayorazgo y le suceda y here­de el pariente más llegado a la persona que heredado lo tenía, en cuyo poder prescribió, siendo hombre legítimo que se llame y se haya llamado siempre de su padre y antecesores, llamados de los “de Colón”. El cual Mayorazgo en ninguna manera lo here­de mujer ninguna, salvo si aquí ni en otro cabo del mundo no se hallase hombre de mi linaje verdadero que se hubiese llamado y llamase él y sus antecesores “de Colón”,

Ahora bien, en los documentos de García Riega, figuran los “de Colón”. Así también lo deja entrever el Almirante en esta parte de su testamento. No señala a Génova ni lugar alguno de Italia donde pudiese haber un “de Colón”. Esto lo sabía él muy bien y se prueba por el’ fracaso que sufrió el hijo Fernando, al buscarlos en Italia, no porque su padre se lo hubiese encargado, sino deduciendo que, pues el Almirante se decía genovés, allá debería tener parientes.

También se puede argumentar así: Colón consideró, desde la institución de su Mayorazgo, cortada toda relación con sus antecesores y, en consecuencia, sólo aceptaba por herederos a los sucesores que de él llevasen el apellido españolizado de “Colón”, como quiere la historia, cierta o nó, de don Fernando Colón En- riquez. O bien, como dice García de la Riega, la familia Colón se habría apellidado a sí misma “Colombo” cuando llegó a la Li­guria y con el objeto de evitar confusiones que nosotros, desde luego, no acabamos de comprender cómo se evitaban, usando un apellido tan común en Italia. Mas bien pudiera ser con el ob­jeto de despistar acerca del orijen de la familia, como ya diji­mos.

Ni don Fernando, ni su hermano mayor Don Diego, igno­raron, ciertamente, el testamento de su padre y sin embargo, no veladamente, sino bien claro, dice don Fernando que su padre tuvo empeño en que fuese menos conocido y cierto su origen y patria a medida que fué creciendo su fama. Reconoce también el genovesismo de su padre, pero bajo la palabra de éste. ¿Cómo dudar de ella? Pero, al mismo tiempo, ¿cómo relacionar ambas afirmaciones? Solamente considerando apócrifo el libro.

Ordena el testamento que el Mayorazgo sirva a la ciudad de Génova, no siendo en deservicio de los reyes de España, ni de la “Santa Madre Iglesia”.

“Que tenga y sostenga siempre en la ciudad de Génova una persona de nuestro linaje que tenga ahí casa y mujer; y le or­dene renta con que pueda vivir ahí honestamente; como persona tan llegada a nuestro linaje; y haga pié y raiz en la dicha ciudad como natural de ella; porque podrá haber en la dicha ciudad ayu­da y favor en las cosas del menester suyo, pues que de ella salí y en ella nací”. (4)

….. “A los más necesitados de mi linaje que estuvieren

aquí o en cualquiera otra parte: y pesquisaran del los haber con mucha diligencia y sobre cargo de sus ánimas”.

“Que siendo yo nacido en Génova les vine a servir aquí en Castilla”.

“Ordeno al dicho heredero que vaya poniendo dinero en el banco de San Jorge en unas compras que llaman “Legos”, los cuales ahora rentan seis por ciento y son dineros muy seguros”..

Otorgó el documento de que tratamos en Sevilla el 22 de Febrero de T498, como dicen algunos autores (5) o en 1502, como

dice Colón, al otorgar su testamente el 19 de Mayo de 1506 (se­gún se desprende de documentos que posee la casa de Veragua). De todos modos, la época en que esto sucedió, fué posterior a la en que el rey Fernando comenzó a preocuparse de los exce­sivos favores dispensados al Almirante y algunos de los cuales envolvían, según aquél’, grandes contradicciones con leyes ex­presas vigentes en su reino.

Estas circunstancias, unidas a la preocupación innegable que Colón tuvo respecto de su linaje, nobleza, preeminencias, rentas, etc., ha servido y sirve para argumentar en contra de su declaración de que era genovés. Sin embargo, parece fuera de duda, por la carta de Pedro Martire, que después veremos, que Colón se decía de Génova o de Liguria en general, desde antes de salir para su primer viaje. Creo que soy el primero que hace notar esto, porque todos los contrarios a la nacionalidad g’rno- vesa de Colón, dicen que sólo en su testamento consignó que era nacido en Génova, lo que puede ser cierto; pero es cierto tam­bién que no encontramos razón a Pedro Martire para decir la na­cionalidad de Colón de quien era tan amigo, a menos que se lo hubiese dicho el interesado.

También en su carta de Jamaica, posterior desde luego a la Institución de Mayorazgo en la que por primera vez señala el lugar de su nacimiento, dice: “¿quién creerá que un pobre ex­tranjero se hubiese de alzar en tal lugar contra V. A. A. sin cau­sa. ni sin brazo de otro Príncipe?”

Ahora bien, si suponemos un ardid del Almirante el hecho de considerarse genovés, podría explicarse que escogiera a Gé­nova y no otra ciudad por el gran cariño que a ella le tuvo la familia como que ahí habrían hallado tranquilidad y medios con que vivir después de los azarosos días pasados en Pontevedra (si este último fuera cierto como parece); también por la fama que tenían entonces los marinos genoveses y por último, porque siendo fuerte la república ligur, quizo tener él y que la tuvieran sus descendientes, una poderosa arma contra los reyes Ca­tólicos, lo cual también deja entrever Colón, en su testamento.

Irving, apoyado en otros autores, hemos dicho ya que cuen­ta cómo tuvo que luchar Colón por no creerse en sus proyectos y teorías y que se le miraba con antipatía, ante todo porque era extranjero. Antes dijimos que lo primero no era cierto y ahora vamos a suponerlo: El hecho de que en Palos se le mirara como extranjero (otros dicen que se le trató de gallego) a nadie que conozca Andalucía puede admirar pues ahora, después de 425 años, se considera a los gallegos casi como extranjeros, tan di­ferente es el carácter de unos y otros. Y aun en Castilla sucede algo de esto y más aun sucedería en una época tan próxima, co­mo aquella, a la pérdida de las libertades gallegas que equivalió a una verdadera conquista de país extranjero. Galicia tenía mu­cha mayor afinidad y relaciones con Portugal que con Castilla y el resto de España, aunque había algún comercio desde las rías gallegas a los puertos andaluces.

Lo de la antipatía no pasa de ser una gran invención (aca­so fundada solamente en las repetidas quejas del’ Almirante, la mayoría injustas, como hemos visto y veremos). Colón encon­tró muchos más amigos que enemigos y de éstos tuvo infinita­mente menos de los que tienen siempre los hombres notables e innovadores

En cuanto a lo del extranjerismo, como causa de ese senti­miento adverso a Colón, no somos nosotros los primeros que decimos haber observado que la calidad de extranjero sirve a ma­ravilla para llevar a cabo infinidad de empresas, cuanto más cuando se quiere ocultar erigen, religión, familia, etc.

 

Ni sería la última razón que pudiéramos conjeturar tuvo el Almirante para ñnjirse extranjero, el hecho de ser gallego. Se ha puesto por ejemplo los casos de Canalejas y de Dato que se dice negaban haber nacido en Galicia y el autor de este examen no tendría más que afirmar estos casos, con otros muchos ob­servados aquí y en España. Que allá, y principalmente si el su­jeto no es persona notable, se hace burla del gallego y se le tie­ne en poco, no cabe duda y esta es la causa por qué el gallego a poco que puede fingir su peculiar acento, finje también su pro­cedencia.

En España se tenía idea sobre la existencia de otras tierras al oeste de las Azores; lo sabemos por las declaraciones de los testigos en el pleito de don Diego Colón contra la Corona Es­pañola y también por el mismo Almirante don Cristóbal que dijo haber recibido interesantes noticias de algunos pilotos es­pañoles (6) y por último es posible, como ya dijimos, que Colón hubiese recibido también noticias parecidas cuando estuvo en Islandia. El camino para ir a las tierras de las Especies era bus­cado también, de modo que no es absurdo presumir que los oyentes de Colón en el convento de la Rábida o en las posesio­nes del duque de Medinaceli, y muy especialmente Ion Pinzones, que eran afamados pilotos y conocían toda Europa, le hicieran comprender la forma en que se tomaban en España proyectos como el suyo y por tanto, le aconsejaban o bien le naciera a él la idea de fingirse extranjero para mejor aderezar sus narracio­nes y teorías, sin el’ temor de que se conociera su humilde procedencia. El rechazo que acababa de sufrir en Portugal sería también otro fundamento a estas conjeturas y no es la menos fundada la que de paso hice antes: Colón procedente de raza ju­día, cuya expulsión estaba tan cerca, y gallego de nacionali­dad, no quiso presentarse como tal ante una reina que había sido combatida por sus paisanos y acaso muy particularmente por los Colones.

De una de las cláusulas del testamento que hemos leído se deduce la inexistencia de parientes del Almirante en Genova y los que debían ir allá, según el item referido, tampoco tenían que ver con esa ciudad pues aconseja se naturalizen en ella y expresamente le ordena con el objeto de dejar a su familia la protección de la poderosa República.

Lo del banco de San Jorge, que es una de las declaracio­nes en que se apoyan los partidarios del supuesto nacimiento de Colón en Génova, se explica por el texto mismo de la manda pues esos “Legos” a que se refiere “rentan ahora el cinco por ciento y son dineros muy seguros” (7) y si no existiesen estas ra­zones, hay otra: los primeros bancos que se fundaron en el mun­do, fueron en las siguientes fechas y ciudades: La Taula di Cam- bi en 1401 en Barcelona, el Banco de San Jorge en 1409 en Gé­nova, el Banco del Rialto en 1587 en Venecia, el Banco de In­glaterra en 1649 en Londres.

De modo que, los dos únicos bancos existentes en vida de Colón, eran los primeros nombrados. La Taula no es posible la conociera el Almirante en los pocos días que estuviera en Bar­celona con la imaginación llena de maravillas que había descu­bierto y de las fiestas dadas en su honor y además nos consta que conoció Barcelona después de hecha su institución de Ma­yorazgo, en donde seguramente fue que puso el item a que nos venimos refiriendo antes de agregarle a su testamento. Queda, pues el banco, de San Jorge, en el cual, a falta de otro, ordenaba Colón se pusiese el dinero.

Ya hemos visto cómo la historia atribuida a don Fernando Colón, niega hasta cierto ¡v..mo por lo   la nacionalidad de su padre, y al mismo tiempo éste afirma haber nacido en Génova.

¿Pueden conciliarse ambas aserciones? Hemos dicho tam­bién que sólo considerando apócrifo aquel libro. Pero si es auténtico, entonces éi sabía cuál era la cuna de su padre, no la decía porque el interés de éste así lo exijía y lo advirtió el Al­mirante a su hijo o bien Colón tuvo a sus hijos en la ignoran­cia más grande a este respecto. Como quiera que sea esto últi­mo, para que no resulte contradictorio debemos conjeturar lo siguiente: Don Cristóbal era Judío o de procedencia judaica, su familia de humilde origen y éi, celoso de su flamante noble­za; Pontevedra o cualquiera de las otras pobres villas donde acaso nació, muy poca cosa era para cuna de hombre como él; los gallegos tenidos muy a menos y al mismo tiempo demasiado débiles y sojuzgados para apoyar en caso necesario unos dere chos que tan difícilmente se le habían concedido y que en su clarovidente cerebro y por signos contemporáneos bien marca­dos, adivinaba le serían negados. A este iespecto diremos que por la época del último viaje del Almirante, aumentaron los rumores de que, despechado por habérsele suspendido del cargo de Virrey, andaba en tratos para entregar las islas des­cubiertas a Génova, y a esto alude Colón en carta a los Reyes y que acabamos de citar.

De Portugal no podía finjirse por la circunstancia de estar muy cerca de España y poderse averiguar el engaño.

Si aceptaramos los argumentos propios y ajenos presenta­dos en el curso de este examen, tendríamos que suponer menti­roso al Almirante. Nosotros nos resistimos a calificarlo de tal y dejamos que cada uno opine como quiera; pero desgraciada­mente muchos escritos y afirmaciones que del grande hombre han quedado justifican el atrevimiento con que a este respecto lo han juzgado muchos escritores notables. Colón fué muy afi­cionado al engaño, a presentar misteriosamente las cosas y«era extremadamente reservado. En estas condiciones es absoluta­mente difícil que el hombre más ecuánime se sustraiga a la men­tira y después de todo no tenemos porque extrañarnos ni temer que disminuya la grandiosidad de la figura del insigne marino cuando desde San Pedro hasta el último hombre hemos menti­do alguna vez en nuestra vida. Y David, de quien tanto gus­taba hablar Colón, dijo ya en uno de sus salmos que todo hom bre es mentiroso.

Al menos así lo dicen todos los historiadores y nosotros no nos atrevemos a negarlo aunque vacilemos por la siguiente car­ta que en 18 de Enero de 1506 escribió Colón a su hijo Diego: …Si el Sr. Obispo de Palencia es venido o viene, dile cuanto me ha placido de su prosperidad y que si yo voy allá, que he de posar con su merced aunque él non quiera, y que habernos de volver al primera amor fraterno, y que non le poderá negar porque mi servicio le fará que sea ansí…….

Quiere decir que Colón y Fonseca habían mantenido “amor fraterno” y que tres meses antes de morir el Almirante quería volver a ese cariño suspendido a causa de la estancia de Fonseca en Flandes. ¿O bien querrá significar que estaban reñidos?

“Siete años pasé en vuestra Corte Real disputando el caso con personas de mucha autoridad y doctas en las artes y al fin decidieron que todo era vano”.

Colón se refiere, en lo anterior, a personas sin citarlas. En el Consejo de Salamanca está probado que los frailes estuvie­ron de su parte, no así algunos sabios que por lo visto antes dis­minuyeron en el curso de las discusiones y al fin nada llegaron a decidir por la interrupción del Consejo. Pero en qué otro lu­gar y qué personas rechazaron a Colón? Debieran citarse sus nombres. Los únicos enemigos que se le señalan son: el fraile Talavera asistente al Consejo antedicho y que dicen negaba au­toridad a Colón. Si Talavera, por otra parte, fué su enemigo, ¿qué interpretación debemos dar a la carta que a ese prelado escribió Pedro Martire de Anghiera desde Barcelona en Sep­tiembre de 1493? Dice así un pasaje de ella: “Escuchad un nuevo descubrimiento. Os acordáis de Colón el Ligurio, nombrado en el campo por nuestros soberanos, para buscar un nuevo he­misferio de tierra en las antípodas occidentales? Deberéis acor­daros, por haber tenido alguna agencia en esta transacción: “ni la empresa, según pienso, se hubiera emprendido sin vuestro consejo.”               ~C

Ctro de los enemigos a quienes se cita frecuentemente es al’ Obispo Fonseca y éste parece fuera de duda que sí lo fué. En la “Relación” de su tercer viaje dice también Colón: “A dos frai­les deben los Reyes Católicos el descubrimiento de las Indias. Todos a una mano lo tenían a burla, salvo dos frailes que siem­pre fueron constantes”. Pero esto nada tiene que ver con la de­claración de Colón que estamos comentando, pues sus relacio­nes fueron posteriores al Descubrimiento y Colón se refiere a los siete años que pasó en la Corte antes de salir para su primer viaje. También se citan otras personas inferiores, hechuras de Fonseca, como Jimeno y a quienes se aplica la consideración anterior. Por último, al rey Fernando de cuya pretendida hos­tilidad ya hemos hablado. Y aun estos y otros enemigos, des­pués del Descubrimiento como Margarit, Boil, Aguado y otros, enemigos no tan gratuitos como quieren los historiadores, pare­ce fueron impotentes contra Colón, puesto que sólo en 1500 se nombró a Bobadilla para examinar los cargos contra el Almiran­te y éste, antes de esa fecha y aun después de ella, era recibido, atendido y premiado por los Reyes como si no se hubiesen en­terado de las acusaciones. Recordemos que, además de las cartas de los reyes que muestran sus deferencias hacia Colón y los asertos de éste mismo; después del primer viaje y en diferen­tes épocas se le hizo Capitán General, Adelantado a su herma­no Bartolomé, se ofreció una dignidad eclesiástica a don Die­go; después de la muerte del’ príncipe heredero se dió el cargo de pajes de la princesa Isabel a los dos hijos del Almirante y por último se le ofreció una gran heredad en España y el tí­tulo de duque o marqués.

,Es verdad que Colón, en una de sus cartas a su hijo Die­go, sólo cita como sus amigos y protectores a los padres Deza y Pérez; mas esto no pasa de ser otra razón que agregar a las omi­siones intencionales o sorprendentes faltas de memoria como quiera ñamárselas (8), con q’ vienen acompañados los escritos q’ del Almirante nos han quedado y además de no ser cierto esto que decimos, resulta una ingratitud decir que sólo esos dos sa­cerdotes fueron los únicos que le alentaron en su época de pos­tulante (9).

Mucho antes de su aparición en Castilla, al menos de su aparición oficial, es evidente que en ella tenía amigos o por lo menos conocidos. Su cuñado o concuñado Muliarte en Huelva; judíos en Córdoba, en donde parece que tenía también relacio­nes su hermano Bartolomé y la facilidad conque se amancebó, tan pronto, con dama tan principal como doña Beatriz Enriquez, son pruebas de esto. Pero podría decirse que ninguna de las an­teriores eran personas capaces de proteger a Colón. Entonces prosigamos contando el número de sus amigos y protectores an­tes del Descubrimiento. Estos fueron: doña Isabel la Católica; la marquesa de Moya, camarera mayor de la reina y dama muy influyente en la Corte; Juan Cabrero, favorito del Rey; Luis de Santangel, tesorero o racionero de la Corona de Aragón; Alonso de Quintamlla, contador Mayor de Castilla; Frai Die­go de Deza, Confesor del Rey y más tarde Inquisidor General; el cardenal don Pedro González de Mendoza, “tercer rey de Es­paña”; los frailes Juan Pérez y Antonio de- Marchena: el pri­mero confesor de la reina y el segundo astrólogo de la Corte; doña Juana de la Torre, ama del príncipe heredero; los duques de Medinaceli y Medinasidonia; los Geraldini, maestro de los príncipes uno y nuncio del Papa ante la Corte de Castilla el otro; Pedro Martire de Anghiera, maestro de los príncipes: el médi­co y cosmógrafo García Fernández; los Pinzones; Micer Nico­lás Oderigo, embajador de Génova, el cura Bernaldez y, por úl­timo, el piloto de Palos, Sebastián Rodríguez, que pur su pro­fesión fué muy oído en la Corte.

t’olón recibió hospitalidad de los amigos citidob es decir alojamiento y mesa y también recibió dinero de cas*. todos ellos.

En carta escrita por don Luis de la Cerda al Cardenal Men­doza, aquel duque de Medinaceli le cuenta, que Colón pasó des años mantenido en su casa y estados; que le gustaba él proyec­to del marino; pero que considerándolo demasiado grande para un vasallo como él, había remitido a Colón a la Corte con reco’ mendaciones especiales y eficaces para los Reyes y personas in­fluyentes. Ahí probablemente conoció Colón a Alonso de Oje- da, que fué criado o familiar del de Medinaceli.

Hemos dicho antes, que Martín Alonso Pinzón sufragó la octava parte de los gastos del primer viaje de Descubrimiento y que desgraciadamente no se sabe si el Almirante, llamado a su­fragarla, se la retribuyese. Sin embargo, Colón ha dicho en una de sus cartas: “y para irlas a descubrir allende de poner el aviso y mi persona Sus Altezas no gastaron ni quisieron gastar para ello, salvo un cuento de maravedís, y a mí me fué necesario de gastar el resto”. También le costeó Pinzón los gastos de viaje cuando fué a su feliz contrato con los Reyes (10).

Existen varias Reales Ordenes en que se manda proveer alojamientos para Colón y su “comitiva”; sus dos hijos tenían buena paga como pajes del príncipe heredero, y las sumas de dinero que se sabe positivamente recibió, sin contar lo que se le dió para armamento de buques, etc., son las siguientes:

. Según cuentas de Francisco González, tesorero de los Re­yes en Sevilla, en 5 de Mayo de 1487 le entregó 3000 maravedi­ses. En el mismo año recibió 8000. En Junio de 1488, 3000, en Marzo de 1492, 20,000 maravedises (11).

La cadena de oro que trajo a la vuelta de su segundo viaje, con muchas otras piezas del mismo metal, valía 881.220 marave­dises y aunque no se sabe tampoco si la cadena fué para los Re­yes, el resto fué para Colón, quien, por intermedio de Jaime Fe- rrer de Blanes, lo vendió a varios mercaderes de Burgos.

En Noviembre de 1500 se le dieron de sus ganancias 786,000 maravedises.

Tenía además, los 10,000 maravedises de pensión anual que se adjudicó por haber visto el primero “tierra” cuando el pri­mer viaje.

También, aunque no está probado, se dice que regaló a Gé­nova una fuerte suma de dinero para rebajar los derechos del trigo-

En una carta a su hijo Diego le habla de 5.000 castellanos de oro que Obando le tiene en la isla Española.

Tampoco se sabe a cuanto ascendió el oro que su hermano Diego trajo a España por cuenta del’ Almirante y que fué dete nido por Fonseca hasta que los Reyes, enterados del caso, orde­naron su devolución.

Dice Irving: “Después que se le libertó los Reyes dispusie­ron que Obando examinase todas sus cuentas, sin pagarlas él mismo. Debía averiguar las pérdidas que había sufrido por su pri­sión, confiscación de bienes e interrupción de funciones. Toda la propiedad confiscada por Bobadilla debía devolvérsele, y si estaba vendida, recompensársela. Si se había empleado en el servicio real, debía quedar Colón indemnizado por el’ Tesoro, si Bobadilla se la había apropiado, debía responder de ella con sus bienes particulares. También se tomaron providencias para indemnizar a sus hermanos, etc.”

“En la primavera de 1497 se le eximió de pagar el octavo del costo de las expediciones, menos de la primera: pero tam­poco debía recibir nada de las ganancias.” En total recibió pues, que sepamos, Lp. 23.6.00 referidas al año de 1829 en que to­do era más barato que ahora. Luego, si Colón no mantuvo a sus hijos durante los 12 o 14 años que fueron pages en la Corte, él fué mantenido muchas veces y por último no estamos ciertos que hubiese recibido más dinero que el,consignado aquí, ¿qué hizo, pues, de esas 236,00 libras si era “sobrio y moderado en el co­mer, beber, vestir y calzar”; teniendo cuenta además, que nun­ca pagó las cuentas que en Lisboa había dejado, pues en su tes­tamento encarga pagarlas y que de los veinte años que pasó al servicio de España, estuvo ocho y medio entre América y el Océano en donde no gastó mucho seguramente?

Aparte de otras consideraciones que ya hemos hecho, Colón sabía los apuros de la Corte en materia de dinero; sabía que pa­ra sufragar los gastos de su tercer viaje de descubrimiento, la reina Isabel tomó fondos de la dote destinada para su hija do­ña Isabel apalabrada con don Manuel de Portugal y a pesar tam­bién de que siempre iba acompañado de varios criados se queja de pobreza. Estas quejas las repite hasta muy cerca de su muer­te y en su testamento, aparecen las firmas de siete criados suyos.

Nuestro insigne paisano, Garcilaso de la Vega, cuenta que “dejó el servicio del ejército tan pobre y lleno de deudas que no le quedaron ganas de presentarse más en la Corte; y se vió obligado a retirarse a una oscura soledad”. Esta fué la ciudad de Córdoba y al morir dejó una fuerte suma para misas en des­cargo de su alma “mostrando, dice Prescott, que sus quejas so­bre pobrezi no se deben tomar literalmente” (12).

Lo mismo creemos nosotros de la pretendida pobreza de Colón, y para no tomar sus afirmaciones a este respecto como una nueva muestra de su insinceridad, diremos que era una po­breza muy relativa. Quiere decir que tenía para todas sus ne­cesidades y mas; pero era insaciable en punto a poseer rique­zas, y a la vez los historiadores han desfigurado, en éste como en otros puntos, la verdad.

….“Y sobre todo esto, me doblaba el dolor la representa­ción de mis dos hijos que había dejado en Córdoba, en el es­tudio, destituidos de socorro en tierra extraña, sin haber sa­bido que’ hubiese hecho servicio por el cual creyese que VV. AA. tuvieran memoria de ellos.”

Este párrafo de una carta escrita por Colón, cuando la tem pestad que le sorprendió a su vuelta del primer viaje de Descu­brimiento, es una nueva muestra de su desagradecimiento y una falta colosal de memoria cuando nó una manifiesta falsedad. Es­cribióla casi un año después que se hizo page del príncipe here­dero a su hijo mayor con renta proporcionada al cargo. Véase cómo no estaba destituido de socorro. Los jóvenes que habían quedado en Córdoba, uno de los cuales era nacido ahí y con ma­dre y parientes al cuidado de él y del otro niño, no estaban en tierra extraña (13).

Dijo Colón alguna vez que él no era el único Almirante de su familia. Si la afirmación no es falsa, por lo menos no está pro­bada, y antes parece lo contrario, a juzgar por los documentos de García de la Riega, en que se vé eran los Co’ones humildes trabajadores y algunos simples mareantes, en todo lo que coin­ciden también los autores Harlsse y Vignaud.

En una de las cartas de Colón a los Reyes cuenta cómo va­riando la “punta de la brújula” engañó a la gente de su buque y así se encontraron en las proximidades de cabo San Antonio cer­ca de Cartagena cuando los marineros creían regresar a Mar­sella.

En su primer viaje de descubrimiento llevó dos diarios de Bitácora para engañar también a gente. Uno de aquellos, ocul­to. en que consignaba el andar verdadero de las carabelas y otro para la gente, en que ioa disminuyendo este andar.

A la vuelta del primer viaje, Vicente Yañez Pinzón y los pilotos Ruiz y Roldan no pudieron convenirse sobre la distan­cia que les faltaba para llegar a España. Entonces Colón los dejó sumirse en sus errores y aun atizó sus disputas para au mentar su incertidumbre, con el objeto de que sólo retuviesen una idea confusa del viaje.

En carta escrita a Colón, el 5 de Noviembre de 1493, se queja la Reina de que el “Libro del Almirante (se refiere al dia­rio de bitácora) deja en blanco los grados en los que se encuen­tran situadas las nuevas tierras y los grados por donde ha pasa­do para llegar a ellas. Le pide “una carta de navegación muy cumplida”, que contenga todos los nombres y añade “ y si vos pareciese que no la debemos mostrar nos lo escribid”.

En 16 de Agosto de 1494 y en carta que contiene, según Humboldt, los más honrosos centimientos de afecto y estima­ción, pide, rwevamente, la Reina al Almirante que le escriba cuántas islas ha descubierto, qué nombres ha dado p. c¿da una de ellas, y i qué distancia se encuentran unas de otras

Pero lo más notable es que, en el mismo diario de bitácora, en el prólogo, dice:

……. “También señores Príncipes, allende describir cada

noche lo que el’ día pasaré, y el día lo que la noche navegare, tengo propósito de hacer carta nueva de navegar, en la cual si­tuaré toda la mar y tierras del mar Océano en sus propios lu­gares debajo sus vientos; y más componer un libro, y poner todo por el semejante por pintura, “por latitud del equinoc­cial; y longitud del Occidente”

Es decir, que además de manifestar esa desconfianza y ce­los que venimos tratando no cumplió con lo prometido al escri­bir el diario de bitácora para sus soberanos. Cuando compara­mos la vida de postulante de Napoleón, que ya era un general famoso en una época mucho más adelantada; sus penurias sin cuento, su hambre que le arrastraba a las peores fondas de Pa­rís y el inmenso favor que parece se le hacía admitiéndole en las tertulias de la cortesana Tallien en donde se encontraban las gentes del más dudoso origen y género de vida y por úki- mo recordamos también que debido a la recomendación de esa cortesana obtuvo el mando del ejército de Italia, base de su por­tentosa carrera: no podemos menos que considerar feliz a Colón, pobre marino, propositor, dada la época, de empresas fantásti­cas a una Corte empobrecida y a la vez que admirar el sublime espíritu de esa Corte nos tienta el deseo de agregar a Colón, al de falso, los calificativos de malagradecido y soberbio que le dan muchos autores.

Lummis dice que era muy orgulloso y que le faltaba, como a Hernán Cortés, aquella modestia que constituye la grandeza verdaderamente grande.

Irving consigna a su vez respecto del dinero y preminen­cias (que son las causas de casi todas las injustas quejas que en­contramos en los escritos de Colón) que su mando y sueldos eran magníficos.

Las razones en que tanto nos hemos extendido y otras que omitimos están en contra del Almirante y permiten dudar de sus escritos. Ningún hombre ha sido perfecto y éste insigne que tantas grandes cualidades tuvo, también adoleció de gra­ves defectos Para proseguí^ nuestro examen, diremos, con Pas­cal: “El hombre no es ángel ni bestia y el que quisiera hacer de él un ángel, lo convertiría en bestia”. Los partidarios de Géno­va, dicen, tambiéh, que el Almirante envió copias de todos sus contratos, privilegios, títulos, etc., al banco de San Jorge de esa ciudad.

Los mismos argumentos, empleados antes, pueden aplicar­se aquí para demostrar que este acto, si se realizó, no implica que el Almirante hubiese nacido en Génova. Pero existen razo nes para creer una superchería lo de estas copias. Colón, en una de sus cartas a Nicolás Oderigo, se queja de que “no le contes­tan de allá”. Se dice que tardaron mucho en contestarle los ma­gistrados de Génova y que la carta de estos estaba encabezado así: “Amantísimos Concivis”.

La historia de esos papeles es muy curiosa: temiendo Co­lón la hostilidad de los Reyes contra él o contra sus descen­dientes, mandó hacer cuatro copias de lo dicho antes y envió dos de ellas por conducto de otros tantos amigos al antiguo em­bajador de Génova en España, Micer Nicolás Oderigo, para que éste entregara una de las que recibiese al banco de San Jorge. Sigue la historia contando que las copias permanecieron desco­nocidas en poder de la familia Oderigo hasta el año de 1670 o sea más de siglo y medio. De lo dicho se deduce que el ex-emba- jador nunca entregó esos papeles a los destinatarios, sino que» se los guardó para él. ¿Con qué objeto? ¿Conocimiento de los em­bustes que esos papeles contenían? No se sabe. Pero prosiga­mos: Lorenza Oderigo los regaló al gobierno genovés. En las luchas intestinas posteriores desapareció una de las cooias y la otra fué llevada a París. En 1816 aparece ésta en la biblioteca del senador genovés, conde Cambiase, La adquirió el rey de Cer- deña y la reintegró a Génova en 1821.

Al decir de los que afirman esta historia. Irving entre ellos, la copia estaría encerrada en una urna que forma parte de un monumento rematado por el busto de Colón.

Toda esta historia—sin importancia mayor, puesto que se refiere a copias que han pasado por tantas viscisitudes, y no a documentos originales—descansa en la autoridad de Juan Bau­tista Spotorno, en su “Memoria Histórica sobre Colón”. Ni es el único error o invención que podemos encontrar en ese libro, pues además de las inverosímiles historietas sobre la* vida de Co­lón, anterior a su ida a España, habla también ese escritor de que el Almirante “tenía un hermano Diego que casó con la hija

de un cacique indio”, confundiendo al hermano con el indio a quien se bautizó con su mismo nombre ,

Dicen, también, que la circunstancia de haberse casado Co­lón con la hija del genovés Bartolomé Parestrello, influyó, aca­so, en su ánimo al escoger su imaginaria nacionalidad.

Referente a ésta, vamos a citar las opiniones de varios au­tores, comenzando por los que fueron amigos del Almirante:

Trivigliano dice: “Según se cree, Cristóbal Colón, geno­vés, etc.” Geraldini, en su obra; “Ytinerario para las regiones subequinocciales” dice: “Cristóbal Colón era italiano según de­cían”. Bernaldez dice: “era de la provincia de Milán, según unos, y de Génova, según otros”.

En las cartas que otro amigo de Colón, el lombardo Pedro Martire de Anghiera, escribió el i? de Mayo de 1493 a Carlos Borromeo; en Septiembre del mismo año al conde de Tendilla, a Fernando de Talavera y a Ascanio Sforza; llama-a Colón “el Ligurio”. Oviedo dice: “Cristóbal Colón, según yo he sabido de hombres de su nación, fué natural de la provincia de Liguria, que es en Italia, en la cual cae la ciudad de Génova; y por más ciertos se tiene que fué natural de un lugar dicho Cugureo, cer­ca de la misma cibdad de Génova”.

González, tesorero de los Reyes Católicos en Sevilla, dice: “En dicho día di a Cristóbal Colón, extranjero, tres mil’ mara­vedises, que está aquí haciendo algunas cosas cumplideras al servicio de Sus Altezas”.

Posteriormente a la época de Colón, don Martín Fernández de Navarrete dice que Colón nació en Cugureo y también en Nerví.

Los italianos como Peragallo, Guistiniani, etc., no hacen más qua copiar lo dicho por los primeros historiadores españo­les y algunos de aquellos tienen a Don Bartolomé Colón por nacido en Portugal. Esto se basa también en que don Bartolo­mé se decía de Terrarubra. Pero falta saber si lo dijo en caste- lano o en latín que usaba y sabía tanto como su hermano Cris­tóbal.

Se cuenta que en la inscripción latina de un mapa que re- jaló al rey Enrique VII de Inglaterra decía que era de Terra­rubra. Don Fernando Colón, sobrino de Bartolomé, dice también que éste era de Terrarubra.

Como el supuesto libro de don Fernando se tradujo al italiano y de esta traducción se sacó la española que nos ha queda­do, faltaría saber si el en original o en la traducción italiana de­cía Terrarubra o Terraresa. Pues, en el primer caso, la palabras latina y también castellana, gallega o portuguesa y en el se­Gundo, italiana. Podemos agregar que en España no hay pueblo al lugar alguno que se llame Terrarubra. Sólo en la provincia de Huelva existe el pueblo de Cabezas Rubias que se llamaba Rubra en tiempo de los romanos. En Italia y precisamente en la provincia de Génova existe el pueblo de Terraresa.

En la información para expediente de pruebas de nobleza de don Diego Colón, Pedro Arana, hermano de doña Beatriz Enriquez, la amante de Colón, dice que éste era de Saona.

Diego Mendez, compañero del Almirante y uno de sus más fieles y queridos amigos, dice también que era de Saona.

Ya sabemos que en la historia atribuida a don Fernando dice: “quiso hacer desconocidos e inciertos su orijen y Patria.” Enrique Vignaud, que ha estudiado durante treinta años la vida de Colón, dice: “el Descubridor de América, no era de fami­lia noble, sino humilde y avergonzado de ello se hacía pasar co­mo descendiente de notables navegantes. No tenía parentesco alguno con los marinos Colombos de Italia y no era genovés.” Enrique Harisse en su obra “Christophe Colomb, son ori­gine, sa vie” dice que Colón no nació en Génova ni en Saona.

Lope de Vega, en su comedia precitada, le llama genovés. El abate Perotti de Casanova, dice que Colón era corso y por consiguiente español, pues Córcega pertenecía a España al’ tiem­po de nacer Colón. A Perotti, sigue con la misma opinión el catedrático de Santander don Juan Llopis Galvez y en contra del primero está Harisse.

El prusiano Von Otto, lo cree portugués y por último, lo más curioso es que, los italianos, sin hacer caso de la declara­ción expresa que Colón hace en su testamento, lo consideran nacido en diez diferentes lugares. En esto vemos nosotros una prueba más de la debilidad de los argumentos presentados poi los partidarios de Génova. .

En cuanto a los que creen que era gallego el Almirante, for­man hoy una numerosa lejión, después de los descubrimientos de don Celso García de la Riega. Y esa lejión no se compone de e;ente cualquiera, sino de hombres sabios también. Podemos ci­tar, entre ellos, a Martín Hume, Hellis, Kelly, Van Sneider y otros historiadores y literatos ingleses. En América, Mr. Hun- tington, el conocido hispanista, y el rector de la universidad de Chile, don Valentín Letelier, y. por último, Teófilo Braga, en Portugal.

Belloro dice que Colón bautizó una isla del Nuevo Munt con el nombre de Saona en honor de su ciudad natal. La isla qu^ se dice así bautizada está cerca de otra que los naturales llama ban “Amona” y Colón “Mona”. Es posible, pues, que Saona fue­se también nombre indio aunque se dice que éstos la llamaban «Adamanci” (14).

Sólo en el tecer viaje de descubrimiento o sea cuando ya había consignado en el documento de Institución de Mayoraz­go, que había nacido en Génova; llevó Colón al genovés Anto­nio Colombo, capitán de una carabela y quien se dice era parien­te suyo (15). En el cuarto viaje llevó también como capitán de carabela a Bartolomé Fieschi, genovés, el mismo que citan al­gunos autores con el nombre de Fiesco y en el testamento del Almirante aparece como Fresco. Por esa época habían en Espa­la y Portugal muchos marinos genoveses y éstos eran muy afa­nados y debemos notar también que a los marinos italianos en general y aun a los levantinos se les llamaba genoveses. Que Colón tuvo muchas relaciones con ellos, se prueba leyendo su testamento de 1505, pues, aparte de un judio, las otras mandas que hace son para genoveses pero residentes en Lisboa. Además, esto no se puede aducir como prueba de la nacionalidad del Al­mirante, puesto que el hecho de estar casado con la hija de un genovés en Lisboa, y, por otra parte, la condición de comercian tes de aquellos a quienes se refieren las mandas, explicaría, per­fectamente. esas relaciones.

Examinemos, ahora, el lado español de la nacionalidad pro­bable de Colón. Fúndase, desde luego, en los documentos de Gre­cia, de la P.iega que, tanto por su descubridor, como por muchos otros, han sido ya examinados y, además, en otras razones que en diferentes partes de este examen he incorporado. Ahora, trataré de algunas deducciones y conjeturas españolistas.

La primera es que Colón jamás recordó a Génova al bauti­zar los lugares que fué descubriendo en América. El Almirante conocía Extremadura, Viscaya, Andalucía, Castilla, La Montaña, Murcia, Valencia y Cataluña, regiones españolas, por donde él mismo consigna que viajó al hacer comparaciones entre lu­gares situados en esas regiones y los que iba descubriendo, o bien porque se sabe ciertanicrü; que estuvo en ellos; pero no existe relación oficial que diga si viajó durante su estadía en España, antes del Descubrimiento, por esa hermosa Galicia de donde tan*formidablcmente ¿e le reclama; aunque se puede de­ducir la conociera, ya que no hubiese nacido ahí, por el hecho de haber bautizado a muchos puntos del Nuevo Mundo, con nom­bres de lugares cerca de Pontevedra, de cofradías de marineros, que existían por la época probable de su nacimiento; de Igle­sias de la jurisdicción eclesiástica de esa ciudad, etc. Y toda­vía no hay pruebas si se quedó en Córdoba o acompañó a la Cor­te como siempre lo hizo y en donde él se encontraba por la épo­ca en que los Reyes fueron a sofocar la rebelión del conde de Lemos.

Por todo lo dicho pudiera creerse que al ir al descubrimien­to y en sus viajes posteriores tuviese más frescos en la memo­ria los lugares de España que los de Italia. Pero no sucede así: la mayoría de las comparaciones que hizo se refieren a España; pero cita muchas veces a lugares de Italia. Dice que Ci- guare con respecto a Veragua tiene la misma posición que Fuen- terrabía con respecto a Tortosa y Pisa con Venecia. Las mon­tañas de Cuba le recuerdan las de Sicilia. Habla también del vol­cán Etna, de la isla de Xió (Chio) Grecia.

Acaso también comparara con lugares españoles porque el Diario de bitácora estaba destinado a los Reyes Católicos que conocían perfectamente toda España y nada de Italia; pero, co­mo decimos antes, recordó también a este país, menos a Génova ni a sus alrededores. Parece pues, que hay algo de sentimiento patriótico en el procedimiento de Colón y aun más, debemos admirarnos del orden en que bautiza las tierras: primero los nombres sagrados; después los de sus soberanos y por último los de España y principalmente de Pontevedra y aun los nom­bres sagrados como San Salvador, San Miguel, Porto Santo, Santa María, etc., recuerdan a la ciudad gallega como se des­prende de los documentos de García de la Riega (16).

En cuanto a nombres italianos o que parecen tales sólo dio los siguientes: Tramontana y Portobello, que pueden ser tam­bién gallegos o portugueses y Savona o Saona de que ya nos ocupamos, y podemos añadir que la ciudad italiana se llama Savona y no Saona que es, sin duda ninguna, nombre indígena de la isla Española pues en una de las tres lenguas que ahí se hablaban hay muchas palabras parecidas y una de ellas Caona que significa oro bien pudiera haber sido la^ausa de confusión. Precisamente en Galicia existe un lugar en los límites de la provincia de Lugo a lo largo de la carretera de Madrid a la Coruña que se llama así.

De lo que no cabe la menor duda, repetimos, es que el’ Al­mirante jamás recordó a Génova ni a sus alrededores. Arguyen algunos que este olvido se debió a que Colón salió de allá a los catorce años. Recordó a Génova, como hemos visto, sólo en el supuesto testamento de 1498 y es muy difícil que un niño de la edad dicha olvide a su tierra natal. Habla Colón, además, de Cerdeña, de Nápoles y de Ancona, de Génova nunca. Pero lo más curioso es que los que quieren cohonestar este olvido dicen, sin embargo, que Colón ofreció su empresa a Génova, que rega­ló dinero a esta ciudad, etc.

Las Casas y Herrera nos cuentan la gran afición a las citas literarias y a los versos que Colón tenía y debe notarse que tam­poco cita autores italianos a pesar de que en su tiempo era ya tan abundante y buena la literatura de ese país. Ya hemos dicho cuales eran sus libros favoritos y llamamos la atención hacia el hecho de que, exeptuando el del cardenal Aliaco, los de San Agustín y San Ambrosio, los demás son de autores hispanos: ju­díos, árabes o godos.

Tampoco existe un solo documento escrito por Colón en Italiano. La mayoría los escribió en castellano y algunos en la­tín; pero con la particularidad de que, siendo genovés como quieren la mayoría de los historiadores, empleó el castellano para dirijirse a sus amigos italianos como Oderigo, Tescanel’li, etc. El mismo argumento empleado para cohonestar el olvido de Génova emplean los genovesistas para decir que olvidó el idio­ma italiano.

Los que afirman la españolidad del Almirante se fundan en todo lo dicho y en el conocimiento que del castellano tenía; sin embargo, Colón pudo nacer de padres españoles en cualquiera otra nación o bien en país de lengua latina y más particularmen­te en Italia o Portugal y al mismo tiempo hablar y sobre todo escribir correctamente el castellano de su tiempo, porque si te­nía o nó acento extranjero nadie lo ha dicho. Suponiéndolo, pues, latino de liabla o bien judío, pero de familia establecida muchos años antes en país latino; ecepcionahnente ilustrado pa­ra su época, habiendo viajado mucho, pudo aprender el castella­no, pues por la última razón que acabamos de decir, se sabe có­mo aprenden fácilmente otros idiomas los marinos que en el intercambio natural de su profesión tienen muchas oportunida­des de tratar con hombres de todas las naciones. El mismo he­cho de andar tan relacionados por esas épocas los marinos ita­lianos y españoles, sería otra razón en favor de’ lo que decimos. Luego, si Colón vivió y sirvió en Portugal por espacio de ca­torce o quince años y estuvo casado con portuguesa, es natural suponer que hubiera aprendido este idioma del cual resulta muy fácil el castellano y sobre todo el del siglo XV. Además, Colón, que sabía perfectamente el latín, estaba capacitado para apren­der prontamente cualquiera de los ’diomas que en él se basan.

Pero existe el poderoso argumento de que Colón llamó su­yo al idioma castellano. En el prólogo de su Diario de Bitácora

dice…… “Y de un príncipe que es llamado el Gran Khan, que

quiere decir en “nuestro romance Rey de Reyes”. Sin embargo, no sería raro que Colón se hubiese referido a las lenguas roma­nas en general, por oposición a la de ese Rey bárbaro. Colón conocía bien el castellano, como se desprende de la lectura de su correspondencia, su libro de “Las Profecías”, su Diario de Bitácora y por último, de las anotaciones a sus libros favori­tos, a más del acertó del padre Las Casas y pues hablamos de este amigo de Colón, diremos que cuenta también que éste co­nocía perfectamente el latín y no menciona el italiano; aunque se puede creer holgaba decirlo desde que señala su nacionali­dad.

No vemos tampoco el fundamento de los galleguistas cuan­do refieren la historia de la frase ,!e mais si” que es genuina- mente gallega desde luego,

Cuentan ellos, porque no aparece en ninguna de las histo­rias sobre Colón, que al mirar de lejos el extremo oriental de Cuba y al cual había puesto en su primer viaje el nombre de «Al­fa y Omega”, un marinero gritó “Tierra” a lo que Colón res­pondió “e mais si”. También dicen que el mayordomo de Colón, Diego Salcedo, fué quien pronunció la frase. En este último ca­so puede ser cierto porque Salcedo era gallego.

Nosotros conjeturamos que la palabra es indígena de Amé­rica y para ello nos fundamos, sin salimos del Diario de Bitá­cora de Colón, en la profusión de nombres indios y especial­mente de lugares, terminados en “i” como si ellos fueran tan comunes como otras palabras en diferentes idiomas, como, por ejemplo: Esquiví, Turei, Maroní, Adamancí, Higueí, Quirivirí, Cariarí, Haití, Guacanagarí, Bayatiquirí, Guanahaní, Camí, etc. Se dice que el nombre que daban los naturales a la punta Maisí era el de Bayatiquirí. Alguien ha dicho que está probado que el nombre Maisí no es indígena; pero nosotros persistimos en nues­tra opinión mientras no conozcamos la prueba. Además, si se si- guiera’el procedimiento de los galleguistas, los italianos podrían argumentar que el río Catiba o Catibe en Costa Rica fué llama­do “Cattive” por el Almirante en recuerdo de la mala impresión que a su vista tuvieron los descubridores. Habría que ver si, en efecto, aquella palabra se usó también en el castellano, porque los gallegos hasta ahora la usan y aun Colón la usa en una de sus cartas, así.. .. “Cativo cor 3 estaba en cama”; pero, a su vez, aunque no tenemos a la mano algo que nos dé seguridad de esta palabra, creemos recordar haberla oído en Galicia, en el mismo sentido que la usa Colón.

Mas bien podría decirse que el nombre de “Santiago” que dió Colón a la isla de Jamaica fuese en recuerdo del gran san tuario gallego y también en honor de arzobispos de esa arquidió- cesis que tuvieron relaciones con la familia de! Almirante, pues aquellos eran señores de Pontevedra y tenían ahí un palacio. Y lo que es más notable todavía en favor de Galicia; el Almirante puso a una isla “La Gallega” como se desprende de esta parte de su carta escrita a les Reyes desde Jamaica el 7 de Junio de

1503: ….. “El navio “Sospechoso” había echado a la mar por

escapar, fasta la isola “La Gallega”; perdió la barca y todos gran parte de los bastimentos”…. etc.

También puso a un promontorio el nombre de “La Galea” o “Galera” que es el de una ensenada en la ría de Pontevedra; aunque varios autores, entre ellos Irving, a quien frecuentemen­te hemos citado, dicen que el nombre lo puso por tener el pro­montorio la forma de una galera. Padecen equivocación, porque,

en la “Relación del 3er. viaje”, dice, claramente, Colón: “…….

y volví hacia la tierra, adonde yo llegué ahora de completas a un cabo a que dije “de la Galea”.

Dicen, también, los galleguistas, que Colón, al describir un día caluroso pasado en el Ecuador, dice: “el sol tenía espeto” y que los autores castellanos, no sabiendo el significado de la palabra, tradujeron diciendo que el sol tenía “ímpetu”. Esto, des­de luego, en cuanto a seguir lo que dicen los galleguistas, pues no todos los castellanos tradujeron “ímpetu”. También hay lo si­guiente, que dice Navarrete: “Espete, en lo anti’guo, es lo mismo que asador. Aquí lo’usa el Almirante, por calor. En eí texto de Volafan, effeto, por efecto. Era el de 1493: “impeto, por ímpetu

En la carta a Luis de Santangel, dice Colón: “En estas is­las fasta aquí, no he hallado hombres instruidos, como muchos pensaban; mas, antes, es toda gente de muy lindo acatamiento, ni son negros como en Guinea, salvo con sus cabellos corren- dios y no se crían adonde hay espeto demasiado de los rayos so- solares     ”

Se puede decir también que empleando la palabra “espeto” podía ser italiano Colón, pues habiendo vivido en Portugal y navegado entre este país y Galicia habría aprendido esta y otras locuciones como sucede frecuentemente a los marinos. Ahora bien, no puede negarse tampoco que empleaba palabras italianas como isola, suavelidad, veloce, Agostin, populatíssima, estábi­les, Lisbona, oscurana, inestimábile y otras cuyo uso, si acep­tamos que no era genovés, sólo puede atribuirse a esta misma condición de marino. Pero a su vez dice: espirenzia, intinzion, Cecili( por Sicilia), Belfpado (nombre dado por él) turbiada (por turbonada), fexoes (por frijoles) etc- También pueden si­estas palabras del castellano mtiguo tan parecido ai gallego.

A la vez debemos recordar que Colón usaba de las millas italianas en sus calculas de navegación, aunque esto fuera apren­dido de los navegantes fenicios tan peritos en aquella épocá.

Lo que podría estudiarse es si la forma de exoresión y un número de palabras mayor que las dos citadas corresponden al dialecto galiciano, como dicen algunos pero sin probarlo, aun­que nos parece que Colón escribió como la generalidad de los hombres de su tiempo en lo que respecta al castellano propia­mente dicho. En algunos de sus escritos es hasta elocuente aun­que en otros su estilo es asmático y bastante confuso. Si bien esto sea distintivo dél carácter salmódico que antes atribuimos a su estilo. Como ejemplo citemos, además de los anteriores, estos trozos de sus cartas: …. .“nueve días anduve perdido sin esperanza de vida: ojos nunca vieron la mar tan alta, fea y he­cha espuma. El viento no era para ir adelante, ni daba lugar para correr hacia algún cabo. Allí me detenía en aquella mar hecha sangre, hirviendo como caldera por gran fuego. El cielo nunca fué visto tan espantoso: un día con la noche ardió como horno;

y así echaba la llama con los rayos, que cada vez miraba yo si me había llevado los mástiles y velas, venían con tanta furia espantables que todos creiamos que me habían de hundir los na­vios. En todo este tiempo jamás cesó agua del cielo, y no para decir que llovía, salvo que resegundaba otro diluvio. La gente estaba ya tan molida que deseaba la muerte para salir de tantos martirios (17).

También se ha dicho que frai Diego Deza sabía, baje secreto., de confesión, que Coleto era gallego. No sabemos con qué fun­damento.

Y como hemos hecho ya muchas conjeturas no importa que hagamos la última y es sino estaría en Pontevedra el Almirante cuando se rebeló esta ciudad en 1479 (o sea muy pocos años an­tes de la aparición oficial de Colón en España) y tuvo que so­portar un largo sitio, defendida tenazmente por el conde Cami- ña contra el Arzobispo de Santiago que al fin la tomó. ¿No ha­bría sido esta la causa de la ida de Colón a Portugal y después a Castilla, aunque Colón da a entender que llegó a Portugal en 1469?

Por último, se ha dicho que Colón, español, quiso dar a su Patria la gloria y los provechos del proyectado viaje y que por esta razón permaneció tanto tiempo en España, a pesar del mal tratamiento que se le habría dado.

Antes que en su españolidad debemos ver el motivo como sigue: ofreció primero su proyecto a ^ortugal debido al auge en que se hallaban las empresas marítimas en ese país; a su asien­to en Lisboa desde que se casó etc. Muerta su mujer, rechazado completamente por el monarca lusitane, y aun viendo que se quería hacer el viaje sin su intervención, ya nada le ligaba a Portugal y por último, perseguido por deudas, es natural se pasara al país’ vecino en donde encontró un segundo amor, ami­gos poderosos y sinceros que jamás le desampararon; la protec­ción de los Reyes o por lo menos la de la Reina, etc.

Como inteligente y observador que era, notó, sin duda, que más bien las causas del retardo en sus negocios se debían a los continuos y árduos cuidados de la Corte, a la pobreza del Era­rio y a sus exajeradas pretensionés. Quedóse, pues, hasta que, vencidas esas dificultades, pudo dar cima a su gran anhelo.

 

(1)     Ya hemos dicho algo de esto, y tahora agregaremos más. En carta a Luis de Santangel le dice Colón, refiriéndose a lo que los Reyes podrían aprovechar de las Indias: “…………………………………….. y esclavos cuan­to mandaren cargar, e serán de los idólatras”.

Y a los Reyes Católicos: “De acá se pueden, con el nombre de la Santísima Trinidad, enviar todos los esclavos que se pudiesen vender, de los cuales, si la información que yo tengo es cierta, me dicen que se podrán vender 4.000, y que, a poco valer, valdrán 20 cuentos”.

……… “Que agora los maestres y marineros van todos ricos y con

intención de volver luego y llevar los esclavos a 1.500 maravedís de pie­za. … y bien que mueran agora, así no será siempre de esta manera….”

(2)    ……… “acá queda otro que llaman Hojeda, criado del Duque de Medinaceli, muy discreto mozo y de muy gran recabdo”…. Memo­rial de 30 de Enero de 1494 (a los Reyes).

(3)          —3e dice también que Colón viene del céltico Calumban—Colum­ba—santus irlandeses que figuraron en el siglo 6? después de J., y noso­tros apuntamos que Galicia fué poblada como la mayor parte de Portugal por raza céltica. (Ga/-icia; Portuga/; Ga/-es; Ga/-ia).

(4)                 —Sepus,  en su estudio; L’Origen de Christophe Colomb”, refuta ta a PeragalJo. cuando este dice que Fernando Colón no estaba obligado a saber, exactamente, en donde había nacido su padre.

Esta declaración no es para Peragallo, sino un “piccolo incidente”.

—Colón  también lo dice; pero hay confusión en esto, a no ser aue otorgara tres testamentos. En cuanto al de 1502, Colón declara que lo dejó al padre Gaspar Torrico de la Cartuja de las Cuevas, en Sevilla, El de 1498 se llama “Institución de Mayorazgo”, pero es casi igual al testamento de Mayo de 1506 y se presentó por primera vez cuando el pleito con la corona.

Se sabe que muchos han afirmado no ser de Colón, entre ellos, Navarrete, que dice no haber encontrado ningún original de letra del Al­mirante o firmado por él, o una copia legalizada en toda forma. En cam­bio, Harrison dice que existe autentico en el archivo de Simancas, lo cual es completamente falso.

El príncipe don Juan murió el 4 de Setiembre de 1497, y sin embargo en aquel documento que tiene fecha de 22 de Febrero de 1498 figura to­davía vivo y se le hacen súplicas y también se hace referencia ja un Almi­rante don Enrique, cuando el almirante de Castilla se llamaba don Fadrique Enriquez.

Por último, ¡“instituye como persona de ánimo y seguridad” a su hijo don Fernando, quien, por aquella fecha no llegaba a los once anos!

(6)  —En la carta a Santangel dice Colón además:       . porque aun­ que de estas tierras hayan poblado otros, todo va por conjeturas sin ale­gar de vista. . . .

(7)       —Y agrega Colón: “Porqué allá en San Jorge está cualquier di­nero muy seguro y Génova es ciudad noble y poderosa por la mar”. .t , 

(8)        —Es  indudable que tenía muy poca memoria A parte de hechos que ya han quedado incorporados en este examen y de los que se deduce eso, podemos citar el caso de la carta que en castellano escribió a San- tangel y en latín a don Rafael Sánchez, tesorero real y cuya carta o cartas fechadas en 15 de Febrero de 1493” dicen: “en la carabela sobre las Islas de Canaria etc.” cuando en realidad estaba sobre las Azores a más de mil millas de las Canarias.

(9)        —En la carta de los Reyes, ya citada, dicen: “A lo que nos su­plicáis que hayamos por bien que lleveís con vos este viaje a don Fer­nando vuestro hijo, y que la ración que se le dá a don Diego vuestro hi^’o, a Nos place dello”.

(10)        —En             22 de Octubre de 1501, el tesorero Alonso de Morales le hizo un préstamo de xoo castellanos de oro que, según recibo de Colón, ce le descontaror de otra suma mayor recibida de los Reyes como ayu­da de costas.

(11)               —Citemos           las palabras de Colón: “Don Fernando llevó de aquí 150 ducados a su albedrío: él habrá de gastar de ellos: lo que él tuviese te los dará. También lleva una- carta de dineros pira esos mercade­res. Ved que es mucho menester de poner buena guardia en ellos que allá habe yo enojo con ese Gobernador, porque todos me decían que yo tenía allí ix ó 1200 <nstellanos y non habe sino cuatro”.

. ,Ya dije la razón que hay para templar el gasto. . . .

…. Si Agostin Italian y Francisco de Grimaldo no te quisieren dar los dineros que hobieredes menester, búsquense allí otros que los den; que yo, en llegando acá tu firma, yo los pagaré todo lo que hobié- redes recibido, á la mesma hora; que acá non hay agoni persona con quien yo te pueda enviar moneda. . . .

…. También te dije que yo he gastado para tnaer esta gente a Castilla 1200 castellanos, los cuales me debe su Alteza la mayor parte de ellos, y por esto le escribí que me mfandase a tomar la cuenta. (Cartas a Don Diego Colón—año de 1505).

(12)          —De Bolívar han repetido los más sesudos historiadores que no dejó camisa con que enterrarlo, mientras que las modernas investigacio­nes fajan probado que dejó lo siguiente: 677 onzas de oro amonedado; tres vajillas de oro macizo, platino y plata, respectivamente, con un total de 333 piezas, un baúl lleno de medallas de oro y plata, de joyas, de espa­das de oro con pedrería y, por ultimo, 16 baúles con ropa y cerca de 20 manteles.

(13)        —“A Beatriz Enriquez haga ella de tí 10.000 maravedís cada año, allende de las otras que tiene en las carnicerías de Córdoba—Carta a D. Diego Colón al emprender el 4V viaje,

(14)       —El señor Rómulo Cuneo Vidal dice que este nombre se puso porque Miguel Cuneo de Saonn, amigo del Almirante, y su compañero en :1 2? viaje, descubrió esa isla cuando al mando de su buque propio reco- aocía al Sur de Cuba. No conocemos el fundamento de esta afirma­ción.

(15)         —Las Casas dice en el ciap. 130 de su Historia de Indias que Juan Antonio Colombo a quien conoció y trató, era deudo del Almi­rante .

(16)         —Sin embargo, en cuanto a San Salvador, dice el Almiran­te: … . “A la primera tierra que yo hallé puse nombre “San Salva­dor”, a conmemoración de Su Alteza Majestad, el cual maravillosamente todo esto ha dado: los indios la llaman Guarna-hani.—(Carta a Luis de Santangel—15 de Febrero de 1493)-

(17)      —Cuando llegué allí luego me enviaron dos muchachas muy ataviadas: la más vieja no sería de once años y la otra de siete; ambas con tanta desenvoltura que no serían más que unas putas: tnaían polvos de hechizos escondidos. . . .” (Carta a los Reyes—Isla de Jamaica).

 

Manuel I. VEGAS.

Capitán de Fragata

Lima. 1920.

APENDICE

DOCUMENTOS DE GARCIA de la RIEGA

Después de 30 años de pacientes investigaciones llevadas a cabo, a raíz del descubrimiento de un manuscrito de familia, y en todos los archivos del antiguo reino de Galicia; presentó, en 1898 y a la Sociedad Geográfica de Madrid, el señor Don Cel­so García de la Riega los siguientes documentos que se ha pro­bado ser auténticos después de estudiarse la clase de papel, el’ carácter de letra, la redacción, la lengua, etc.

Documento N° 1.—Año 1528

Escritura de cartas de pago, dada a Inés de Mereles por Constanza Correa, mujer de Esteban Fonterosa. Fecha 22 de Julio.

Documento N° 2.—Año 1525

Escritura de aforamiento por el Consejo de Pontevedra, en 6 de Noviembre, a Bartolomé Sueiro, el mozo, mercader y a su mujer María Fonterosa, folio 6 vuelto de un cartulario de 58 hojas de pergamino.

Documento AT? j.—Año 1512

Ejecutoria de sentencia de pleito ante la Audiencia de la Coruña, entre el Monasterio de Poyo y don Melchor de Figue- roa y Cienfuegos vecino y Alcalde de Pontevedra, sobre foro de la heredad de Andurique, en cuyo texto se incluye por copia

 

la escritura de aforamiento de dicha heredad, hecho por el ex­presado monasterio a Juan de Colón mareante de aquella villa y a su mujer Constanza de Colón, en 13 de Octubre,

Documento N? 4.—Año 14Q6

Escritura de aforamiento por el Consejo de Pontevedra, en 14 de Octubre, a María Alonso, de un terreno cercano a la puer­ta de Santa María, señalando como uno de sus límites, la here­dad de Cristóbal Colón, folio 20 vuelto de dicho cartulario de 58 hojas en pergamino.

Documento N? 5.—Año 1454

Acuerdo del Consejo de Pontevedra, sin señalar el día ni el mes, nombrando fieles cogedores de las rentas del mismo año, entre ellos, a Gómez de la Senra y a Jacob Fonterosa para las alcabalas de hierro. Folio 66 del libro de Consejo que empieza el 1437 y termina en 1463 con 78 hojas.

Documento iV? 6.—Año 1444

Folio 48 del mismo libro, acuerdo del Consejo fecha 1° de Enero en que se da cuenta de la carta de fieldades del Arzobis­po de Santiago, nombrando fieles cogedores de las rentas de la villa en dicho año, entre ellos a López Muñiz y a Benjamín Fon­terosa, para las alcabalas de las grasas.

Documento N’ 7.—Año 1440

Minutario Notarial, folio 4 vuelto, Escritura de 4 de Agos­to, por una parte del terreno de la Rúa de don Gonzalo de Pon­tevedra, a favor de don Juan Osorio, picapedrero y de su mu­jer María de Colón.

Documento N? 8.—Año 1437

En el mencionado libro del Consejo, folio 26, acuerdo de Pedro Falcón, juez, Lorenzo Yañez, alcalde y Fernán Pérez, jurado, en 29 de Julio, mandando a pagar a Domingo de Colón y Benjamín Fonterosa, 24 maravedises viejos por el’ alquiler de dos acémilas que llevaron con pescado al Arzobispo de San­tiago.

Documento N° g.—Año 1436

Minutario notarial. Escritura de aforamiento en 31 de Mar­zo, hecho por Fernán Estevez de Tuy, Alvaro Alfón, de una vi­ña en la feligresía de Moldes en Pontevedra, señalando como uno de sus límites otra viña del alferante que labra Jacob Fon­terosa el viejo,

N‘ Documento N? 10.—Año 1453

Minutario Notarial. Escritura de 25 de Diciembre, en la que Alfon Ean Jacob, afora la mitad de una viña a Ruy Fernández y a su mujer Elvira Columba.

Documento N° 11.—Año 1434

Minutario Notarial que empieza en 28 de Diciembre de 1433 y termina el 20 de Marzo de 1435, 98 hojas, folio 85, vuelto. Es­critura de 29 de Setiembre de 1434 de compra de casas y terre­no hasta la casa de Domingo Colón, el viejo, por Payo Gómez de Sotomayor y su mujer doña Mayor de Mendoza.

Documento N? 12.—Año 1431

El mismo minutario, folio 80. En 11 de Agosto de 1431, es­critura de venta de la mitad de un terreno que fué casa de la Rúa de las Ovejas por María Ems a Juan de Viana el viejo, y a su mujer María de Colón, moradores de Pontevedra.

Documento N? 13.—Año 1434

Minutario Notarial. Escritura de venta, de Enero, en que González Fariña, hijo de Ñuño Mouriño y de Catalina Columba, difuríta, hace donación de una casa cita en la Rúa de don Gon­zalo de Pontevedra.

Documeríto N? 14.—Años 1434 y 1435

Minutario Notarial, folio 6 vuelta y 7. Dos escrituras corre’ lativas, fecha 19 de Enero de. 1434, en que el Abad del Monas terio de Poyo se obliga a pagar, respectivamente, 274 marave­dises de moneda vieja a Blanca Soutelo, heredera de Blanca Co­lón, difunta mujer que fué de Alfonso Soutelo y 550 maravedi­ses de la misma’moneda a Juan García, heredero de dicho Al fonso Soutelo y su mujer Blanca Colón.

Documento N? 15.—Año 1428

Minutario Notarial, cuaderno de 17 hojas, folio 2, En 2& de Noviembre, escritura de censo hecha por María Gutiérrez, a favor de la Cofradía de “San Juan” de Pontevedra, en pre­sencia de los procuradores de la misma, Bartolomé de Colón y Alvaro de Nova.

Documento N? 16.—Años 1470 a 1480

En un cuaderno de cuentas y visitas de la cofradía de ma­rineros llamada de “San Miguel” en Pontevedra, entre los años 1470 y 1480, figura un Alfonso Colón pagando el impuesto o ar­bitrio de viajes de su buque, de Pontevedra al puerto de Avei- ro en Portugal.

Documento Nv 17.—Año 1489

Pedro González, hijo naturai Ce Bartolomé Colón, gallego, otorga testamento en Córdoba.

Documento N° 18.—Año 1413

Cédula del Arzobispo de Santiago, señor de Pontevedra, mandando al Consejo, en 15 de Marzo, que entregue a maese Nicolás Oderigo de Janua 15,000 maravedises de moneda vieja, blanca en tres dineros.

Documento N? ig.—Año 1454

Entre otras cosas dice textualmente “diant das casas que queimou domingos de colon o mozo” o sea en castellano “de­lante de las casas que quemó Domingo de Colón el Mozo”.

Documento N? 20.—Año 1489

Contrato de fletamento otorgado ante notario o fedatario en 15 de Julio, entre un mercader de Aveiro y un mareante o piloto de Pontevedra, en cuyo contrato aparecen como testigos un tal Foronda y otro señor apellidado García Ruiz. El contra­to se refiere a la nave “Santa María” o la “Gallega” construida en Pontevedra.     

Documento N? 21.

Contrato de arriendo o fletamento de naves en que figuran “Juan Ferrs-agulla e Juan de la Ca, lopo Montenegro mas de Pontevedra e outros”. Este documento, aunque no tan claro co­mo los anteriores, induce a creer que el “Juan de la Ca, sea Juan da la Cosa, que también seguía embarcado en la “Gallega” y era su dueño cuando se armó la expedición de Descubrimiento en Palos en 1492.

Documento N? 22.—Año 1510

1

Existía una heredad a medio kilometro de Pontevedra, pro­piedad de Juan de Colón, que lindaba con la ensenada de Por­to Santo, lugar de marineros en la Parroquia de San Salvador.

Documento N? 23.

Figura un terreno hasta la casa de Domingo Colón, con sa­lida al eirado de la puerta de la Galea.

FIN.

Manuel I. Vegas – Capitán de Fragata – 1920