Espacio y tiempo – Salvador Freixedo

 

A las puertas del V Centenario del descubrimiento de América, Salvador Freixedo defiende en este documentado y polémico artículo el origen gallego del Descubridor. Y lo hace con una serie de argumentos convincentes, más irrefutables que los que proponen otros orígenes. Según las pruebas que ha reunido Freixedo, Colón fue un judío gallego, natural de la ría de Pontevedra; y en Galicia están su patria, su casa y su herencia.

Una razón profunda y poderosa movió al Almirante a ocultar su cuna y sus raíces: el conocido encono y la persistente hostilidad que siempre demostraron los Reyes Católicos y la Iglesia contra Galicia y contra los judíos.

 

Estamos entrando en el 1992, cuando se cum­plen 500 años del des­cubrimiento, o redescu­brimiento, de América, y por ello es muy natural que vuelva a ponerse sobre el tapete el tema de la cuna del Almirante de la mar océana. La literatura en torno a ello es muy abun­dante y para escribir este artí­culo he manejado no menos de veinte libros, aparte de los viajes que he hecho a la que, según creo, es la cuna del Descubridor.

No desconozco, por tanto, las tesis de los que defienden que Colón era mallorquín, ibicenco, castellano, por­tugués, catalán o corso, y, por supuesto, tenemos en cuenta la tesis oficial del Colón genovés.

Pero si algo sabemos hoy con segu­ridad es que Colón no era italiano, por la sencilla razón de que nadie puede olvidar su lengua materna, cuando la ha hablado hasta los 23 años, tal como nos dicen los docu­mentos italianos de la Raccolta. Posteriormente, cuando hablemos del lenguaje de Colón, haremos hin­capié en lo extraño que resulta ver a alguien que escribiendo a una per­sona importante de su propia tierra, y más para pedirle un favor, lo haga en otro idioma diferente al de ambos. Por ello tenemos derecho a sospechar que no sabía escribir italiano ni genovés; y llegamos al pleno convencimiento de lo mismo, cuando vemos que las pocas líneas que Colón escribió, o intentó escribir, en italiano son un completo disparate; algo que parece proceder de una mente desquiciada, tal como comenta Madariaga.

 

Si algo sabemos hoy con seguridad es que Colón no era italiano.

 

La tesis genovesa se cae además debido a las fechas que los mismos documentos italianos nos dan. Si Colón nació cuando ellos dicen, no tuvo tiempo de aprender las artes del mar – y menos aún de una manera tan eminente como él las sabía – para la época en que nos lo presen­tan como un marinero ya consuma­do, y hasta como capitán de barco.

En la actualidad hay veintiuna ciuda­des o lugares italianos que se dispu­tan el honor de haber sido la cuna de Colón: Albisola, Bogiasco, Calvi, Cogoleto, Cossería, Cúcaro, Cugureo,- Finale, Fontanabuona, Chiavari, Módena, Nervi, Oneglia, Palestrello, Pradello, Piacenza, Quinto, Terrarosa y Casale Montferrato, además de Génova y Savona. Frondosa imagina­ción italiana. Veintiún lugares son demasiados y no hay más remedio que aplicar el dicho escolástico: “quod nimis probat, nihil probat” (lo que prueba demasiado, no prueba nada). El resumen de toda la cues­tión lo da el académico Ricardo Beltrán y Rózpide en su trabajo Cristóbal Colón y Cristóforo Colombo: “El Colón de los documentos españoles no es el Colombo de los documentos italianos” y “el Colombo de los documentos italianos no pue­de ser el Colón que descubrió el Nuevo Mundo”.

 

Últimamente ha hecho una incursión, en la palestra en la que se discute la cuna del Almirante, un documento aparecido en los forros de un libro del siglo XVI de un bibliófilo italiano. Es un bre­ve texto llamado “Borro- meo”, por haberlo escrito un tal Juan Borromeo, de una muy ilustre familia italiana.

En él, el mencionado Juan Bor/omeo afirma que no quiere irse a la tumba con el cargo de conciencia de no haber dicho la verdad sobre el origen de Colón. Y esta verdad consiste -según su confesión- en que “Colonus Christoforens era de Ma­llorca y no de la Liguria”.

Dejemos al buen Belarmino con sus escrúpulos de con­ciencia, que bien pudo haberlos hecho públicos en vida o a la hora de morirse, en vez de dejarlos escondi­dos en los forros de un libro para que los encontrase Dios sabe quién y cuándo. El “documento”, en vez de solucionar el problema, lo embrolla aún más.

Documentos directos en los que se muestre la existencia de una familia apellidada Colón o de Colón, tal como firmaba y afirmaba el Almirante, y no Colom, o Columbus, o Coullon, o Coulomp, como quieren otros, sólo los tienen los defensores de la tesis gallega.

En cuanto a que su apellido fuese en realidad Columbus o Colombo, y que él lo cambiase al llegar a España por Colón, es algo que no tiene sentido y que, además, va con­tra la tesis genovesa. Si él quiso que creyesen que era genovés, es absurdo que teniendo un nombre auténticamente genovés lo abando­nase por uno que no lo era. No es extraño, pues, que, años más tarde, su hijo Fernando confesase que después de haber buscado entre los Colombo de la Liguria no encontró nada en concreto.

EL ORIGEN JUDÍO DEL ALMIRANTE

¿Qué poderosas razones tenía Colón para ocultar con tanto em­brollo el lugar de su naci­miento? A nuestro parecer eran dos: el ser judío de origen y el ser gallego.

Hoy día apenas hay dudas acerca de lo primero. Colón pertenecía al grupo de judíos conversos que vivían en el barrio de la Moureira de Pontevedra, adonde habían llegado huyendo de las persecu­ciones, y que, al parecer, estaban emparentados con los Colom baleares y catalanes y con los Co­lombo genoveses. Abona en favor de esta tesis la abundancia de nombres judíos que hay en la fami­lia de Colón.

No quiero repetir ahora los argumentos en que se ba­san Madariaga, Wasserman y otros autores para defender la “judeidad” de Colón, porque sería dema­siado prolijo. Únicamente fundamentaré un poco más su tesis dejando ver la inclinación de Colón a bautizar lugares del Nuevo Mundo con nombres relativos a la cultura judaica: David, una pequeña bahía en Jamaica; San David, un cabo y una ensenada en la isla de Granada y una ensenada en la isla Dominica; Isaac, una punta de la isla de Santa María la Antigua; Salomón, un cabo de la isla de Guadalupe; Sinaí, un monte de la isla de Granada.

Frente a esta realidad está el hondo rechazo – debido a su fanatismo reli­gioso – que la soberana sentía por los judíos, y, por otro lado, el com­plejo que ambos reyes tenían al verse rodeados – y, en cierta manera, económicamente dominados – por una gran cantidad de judíos o cripto – judíos, que tenían una gran influen­cia no sólo en el pueblo, sino en la propia corte. La drástica medida de la expulsión de los judíos fue como una explosión de este hondo com­plejo, que era mitad resentimiento y mitad miedo. Un Colón abiertamente judío oídos de palacio más cerrados de lo que los encontró.

Examinemos ahora la otra causa que el futuro Almirante tenía para ocultar su origen: su condición de gallego. Para ello será conveniente que conozcamos cuales eran los sentimientos de los Reyes Católicos hacia el reino de Galicia, y en ver­dad hay que decir que no se distin­guieron precisamente por su amor a esta tierra; aunque también habrá que reconocer que los nobles galle­gos tampoco tenían demasiado afecto a los reyes de Castilla.

GALICIA Y LOS REYES CATÓLICOS

Unos pocos años antes del descu­brimiento, cuando Colón andaba por tierras lusitanas pidiendo ayudas para sus sueños, don Fernando y doña Isabel recorrían las tierras gallegas derribando castillos y forta­lezas (alrededor de 50), arrebatando tierras y privilegios a los levantiscos nobles y quitándoles a algunos has­ta la cabeza, como al mariscal Pardo de Cela y, como dice el cro­nista aragonés Jerónimo Zurita, dedicados a la “doma y castración del pueblo gallego”.

 

Este rencor hacia los gallegos tenía su razón, que resume así un histo­riador: “Debido a que en Galicia se oponían a que Isabel sucediese en el trono a su hermano Enrique IV, abogando y hasta luchando fiera­mente en favor de la “excelente Señora” doña Juana la Beltraneja, hija de aquél y de Juana de Portugal, nunca Isabel pudo perdo­nar a los gallegos por tan enconado apoyo a su sobrina”.

 

“Cuando mayores fueron los sufri­mientos de Galicia fue desde su unión con Castilla, cuyos Reyes Católicos nos castigaron de una manera inmisericorde, impropia de cristianos”. Para “domar aquella tie­rra de Galicia” y someter a “la gen­te de aquella nación” no bastaba imponer la ley del “palo y tente tie­so”, por medio de las armas y de una Audiencia montada con jueces castellanos, sino que aún hubo que acudir a una cédula de los tales reyes en que se ordenaba que, “para gobernar y administrar a los fieros gallegos”, había que proce­der “sumariamente, de plano, sin escritura o figura de juicio”. Tampoco bastaba con privar a Galicia de representación en las Cortes durante varios años, para “no escuchar sus justas quejas”, ni con ajusticiar al mariscal Pardo de Cela y a otros hidalgos, sólo porque “los gallegos, por ser gente feroz, todavía no sosegaban”.

 

Y  para que esta “doma” fuese efi­caz llegaron a la increíble crueldad de dictaminar “pena de muerte para todo funcionario público que dictase sentencia en idioma gallego”. Es decir, que pretendieron castellani­zar a los gallegos en su lengua, destruyendo su manera de comuni­carse.

Esto en cuanto a la reina. Por lo que hace al rey Fernando todos los historiadores están de acuerdo en decir que simpatizaba aún menos con Colón y su aventura, aunque probablemente por otras razones. Y en cuanto a financiar el viaje se lavó las manos y lo dejó todo bajo la responsabilidad de su esposa, como no queriendo saber nada del asunto. El soberano de Aragón se inhibió ante la empresa y algo de esto podemos ver en el lema que más tarde se hizo popular: “Por Castilla y por León, nuevo mundo halló Colón”.

Otro de los focos de poder en Galicia era la Iglesia, que, salvo el obispo Fonseca, tampoco mostraba simpatía por los afanes centralistas de los reyes, y por eso éstos la sometieron a los dictámenes de Valladolid al igual que la administra­ción de la justicia.

“Fue preciso para los Reyes Católicos el convertir a Galicia en nación proletaria, apagándole todas las luces de su elevada cultura. La enseñanza de los conventos domi­nicos de Galicia existió desde su fundación con Estudios Generales, desde el año 1250, hasta que la infausta reforma en tiempo de los Reyes Católicos vino a cortarla de raíz”.

Algo por el estilo se puede decir de los monasterios benedictinos y del Cister, de los que en toda la Galicia medieval hubo una gran cantidad. En general, pasaron a depender de otros de Castilla; y así han estado las cosas casi hasta nuestros días. En mis años de jesuíta pude com­probar todavía un resto de esta mentalidad viendo có­mo el su­perior de todos los jesuítas gallegos residía nada menos que en Palencia, que era donde radi­caba la Curia Provincial.

Conociendo todos estos ante­cedentes, pense­mos en cuál hubiese sido la suerte de Colón si se hubiera presentado ante los Reyes Católicos a cara descubier­ta, es decir, confesando su origen judío y gallego. ¿Qué le hubiese esperado, sino un rechazo tajante? De hecho, a pesar del barniz genovés con el que se presentó, eso fue lo que obtuvo durante varios años, y sólo su tozudez y su fe inquebranta­ble en la posibilidad de la gesta fue­ron las que lograron vencer el obstá­culo.

Vayamos ahora a las pruebas de nuestra tesis. Las podemos dividir en seis apartados:

1.- Documentos, 2.- Idioma de Colón, 3.- Venta de unos terrenos, 4.- Negativa de Colón a recalar en Galicia, 5.- Tradición viva en Porto Santo, 6.- Toponimia del Nuevo Mundo.

DOCUMENTOS

He aquí lo que Enrique de Gandía escribe en su Historia de Cristóbal Colón: “Celso García de la Riega creyó ciegamente en un Colón gallego, porque en los archivos de Pontevedra tropezó con unos documen­tos en los que figuraban, a fines del siglo XV, nada menos que un Domingo Colón, El Viejo, un Cristóbal Colón, un Bartolomé Colón, un Juan Colón, un Diego Colón, una Blanca Colón, una Constanza Colón – en fin, todos los parientes y antepasados del descubridor  y personas apellidadas Fonterosa como la madre del Almirante…”

Tras el entusiasmo inicial “cayó un descrédito enorme sobre De la Riega, pues se le acusó de falsificar los documentos. Paleógrafos impar­ciales estudiaron los documentos acusados de adulte­raciones y comproba­ron que, en efecto, el nombre de Colón esta­ba retoca­do; pero no para trans­formar en Colón un

apellido diferente, sino para hacer resaltar las letras desteñidas por el tiempo. De la Riega había avivado las tintas ingenuamente para que la lectura resultase más fácil. No pensó que esa acción iba a traerle tan serias consecuencias. Hoy se ha comprobado la buena fe del erudito y no hay duda de que ciertos documentos, en Pontevedra, contienen real­mente los apellidos Colón y Fonterosa. Pero son muchos los publicistas que aún se refieren con injusticia a los documentos gallegos como piezas burdamente falsifica­das. Repetimos que los retoques descubiertos no disminuyen en nada el valor de tales documentos”.

Esto dice Enrique Gandía, a pesar de ser un defensor de la tesis geno- vista y doliéndole mucho, porque en los documentos italianos no aparece ni un solo Colón.

Hoy día, pasados más de 70 años, después de los dictámenes de los “peritos”, y con unas técnicas mucho más desarrolladas, podemos asegu­rar con toda certeza que García de la Riega no adulteró ningún docu­mento, y que en los pocos casos en que se permitió retocar alguno fue para hacerlo más legible. Y hay que advertir que los “peritos” sólo exami­
naron una mínima parte de los docu­mentos y que hay muchos otros en los que De la Riega no hizo retoque alguno-, porque él no fue el que los encontró, y también en ellos apare­cen los apellidos Colón y Fonterosa. Dejemos, pues, de repetir estúpida­mente, como loros, que los documentos de De la Riega son falsificados. Ya los quisie- % ran para sí los defensores de las otras tesis, que, en este ^ particular, tienen que conten­tarse con conjeturas o zanjan radi­calmente la cuestión cambiando a su antojo el apellido de Colón.

Y, si se tratase sólo de dos o tres documentos, podríamos tener dudas, pero lo cierto es que se trata de una veintena de documentos en los que aparecen todos los nombres y apelli­dos de la familia de Colón. Documentos que, además, están res­paldados por hechos que confirman que estos Colón son, precisamente, los parientes inmediatos del Colón que cruzó el Atlántico por primera vez. De esos documentos he selec­cionado cinco para que el lector de E.T. tenga alguna idea de ellos: 1431. Escritura de aforamiento por la que se obliga a pagar al abad del monasterio de San Salvador de Poio 274 maravedises a Blanca de Colón. (Es importante resaltar que Colón tuvo una hermana llamada Blanca y que en este mismo documento apa- rece Bartolomé de Colón “o vello”).

  1. Aforamiento de una viña colin­dante con la de Jacob Fonterosa, El Viejo.
  2. Se manda pagar a Benjamín Fonterosa y Domingo de Colón 24 maravedís por el alquiler de dos acémilas que llevaron con pescado al arzobispo de Santiago. (Domingo era el nombre del padre de Colón).

1444. El Consejo de Pontevedra manda devolver unos maravedises a Diego Colón y Bartolomé Fonterosa. (Aquí tenemos los nombres del hijo y del hermano de Colón).

1496. Aforamiento a María Alonso de un terreno colindante con la heredad de Cristóforo (xpfi) de Colón.

Como hemos dicho, todavía quedan alrededor de quince documentos más en que estos nombres y apelli­dos de la familia de Colón se repiten y se barajan. De ellos se deduce que justamente en los tiempos de Colón había en Pontevedra gentes que se apellidaban Colón, que se dedicaban a navegar y a las faenas de la mar, que tenían precisamente los mismos nombres que conoce­mos de la familia de Colón y que, además (y éste es un detalle impor­tante que está contra los defensores del Colón mallorquín o balear), no sólo se apellidaban Colón a secas, sino que con frecuencia aparecen con el “de” por delante, tal como don Cristóbal dice taxativamente en su testamento y en la Institución del Mayorazgo, si este documento es auténtico: “que nadie que no se lla­me “de Colón” es de su verdadera familia y antepasados”. Por lo tanto, mucho menos Colom o Colombo.

Y por si los papeles o pergaminos no fuesen suficientes, tenemos el apellido de Colón grabado en piedra en dos lugares diferentes de Pontevedra: uno en la Iglesia de Santa María, en una lápida en la que se lee textualmente (ver foto adjunta): OS DO CERCO DE YOAN NETO A YOAN DE COLON FECERON ESTA CAPELA. ¿Falsificaría también el Sr. García de la Riega esta inscripción?

La otra inscripción se halla, ¡oh casualidad!, a tres metros escasos de la casa natal de Colón en el barrio de Porto San­to y con la fecha inscrita de 1490. Está en la base de un cru­cero llamado tra- dicionalmente “O cruceiro de Colón” y dice así, textualmen­te: “Joao Colón. Rº. Año 1490″.

Pero dejemos el tema de los documentos, a sabien­das de que se les puede sacar mucho más partido. Pasemos al segundo argumento.

 

EL IDIOMA DE COLÓN

Aquí los genovistas permanecen mudos, porque todo está en contra de ellos. Como dijimos, Colón no sabía italiano. Lo entendía escrito, pero no sabía hablarlo ni escribirlo. Los que sí dicen algo, o intentan decirlo, son los catalanoparlantes. Pero si es cierto que logran encon­trar algún vestigio de catalanismo en los escritos del Almirante, los defen­sores de la tesis gallega les pode­mos enseñar diez galleguismos por cada palabra catalana que ellos nos muestren.

¿Aboga esto algo en favor de la tesis del Colón gallego? Mucho, por­que del idioma dominante que un individuo se puede deducir con cier­ta facilidad su origen y lo cierto es que el idioma de Colón está plagado de galaicismos. El Almirante tiene una cierta aversión a la diptonga­ción, cosa normal en el idioma galle­go. Si tiene que decir puerta no será raro que diga porta; y si tiene que escribir ciego, nuevo, fiesta o salieron es frecuente que se le escapen cegó, novo, festa y saliron.

Conozco muy bien lo que Menéndez Pidal arguye sobre la lengua de Colón y conozco también lo que Romero Lema dice para refu­tarlo. Y estoy totalmente de acuerdo con és­te, cuando afir­ma que las for­mas arcaicas verbales que Menéndez Pidal llama “lusitanis­mos” son autén­ticos galleguis­mos, hoy ya en desuso, pero todavía vivos en tiempos del Almirante.

Don Ramón Menéndez Pidal, a quien considero un gallego ilustre, pero un poco descastado, se equi­voca al decir que la forma “ouve” (tuvo) y algunas más son lusitanis­mos puros, cuando se pueden encontrar en documentos gallegos antiguos, y, en concreto, cuando Colón dice fame (hambre), Menéndez Pidal dice que es lusita­nismo, sin advertir que en portugués se dice fome, y no fame, que es la forma gallega.

Además, es curioso el prejuicio que contra el gallego tiene el ex director de la Academia de la Lengua al no querer ver en el lenguaje de Colón una muestra de cómo hablan aún muchos campesinos gallegos, cuan­do pretenden hablar castellano: poerta, acoerde, esfoerzo, coenta, etc. Lo cierto es que lusitanismos o galleguismos, el lenguaje de Colón está plagado de ellos, y no de cata­lanismos. En ocasiones, frases ente­ras, a pesar de haber sido la inten­ción de Colón escribirlas en castella­no, le han salido en gallego, y no en portugués, como cuando escribe esta apostilla al libro “Historia di Plinio”: “que non synte fame ny sede”; en portugués, como ya diji­mos, se dice tome, y no fame. Sólo le faltó añadir otra n a la palabra ny para que fuese un gallego perfecto.

Y  casi lo mismo se puede decir de esta otra; “Y desque saliron de Egipto”… En portugués se dice sai- ram, mientras que en gallego es más corriente saliron.

Este argumento del idioma de Colón es de gran importancia, si se le quiere sacar toda la fuerza que tiene. Pero dejémoslo aquí y reconozcamos que en lo que atañe a la lengua del Almirante sólo los portugueses pue­den presentar cara a la tesis gallega.

 

VENTA DE UN TERRENO

El argumento es breve, pero contun­dente. Se trata de la venta de un terreno que los duques de Veragua, que como se sabe son los descen­dientes directos de Colón, hicieron en el año 1796. ¿Y qué hay de extra­ño en que los duques de Veragua hayan vendido un terreno? Hay dos cosas extrañas: la primera es que ese terreno es la finca llamada aún hoy “la Puntada”, que colinda preci­samente con el lugar donde la tradi­ción oral sitúa la casa de Colón y que, por otra parte, está a no más de 150 metros de donde se construyó la carabela que Colón pilotó en su pri­mer viaje (la “Santa María” o “Gallega ), y, segunda cosa extraña, el documento de venta dice: “al per- tenecerle por herencia de sus finados padres”. Lógicamente, preguntamos: ¿de dónde puede haberles venido a los descendientes de un genovés una pequeña parcela de terreno en la ría pontevedresa? ¿No se la habrían ganado con sus peces y sus singla­duras los Bartolomeus, Domingos, Joaos y Diegos que vemos en los documentos?

¿POR OllÉ NO LLEGÓ A GALICIA?

Este es un argumento secundario y que, en cierta manera, presupone lo que hay que probar; pero no deja de tener cierta fuerza. Colón se jugó temerariamente la vida y la de toda su gente al enfrentarse al temporal durante toda una semana, cuando lo más cuerdo hubiese sido hacer lo que hizo Martín Alonso Pinzón. ¿Por qué Colón no siguió el mismo rum­bo? Porque hubiese ido a parar, tal como le sucedió al piloto an­daluz, a Galicia.

Colón sa­bía que con el tortísimo viento del sur y del suroeste el único lugar posible de arribada era Ga­licia, pero prefirió jugarse el todo por el todo antes de ser reconoci­do por sus paisanos.

Amainado el temporal y vivos de milagro, se dirigió al este, entrando, destrozadas las velas, “a palo seco” en Lisboa, el 4 de mayo, mientras Pinzón llevaba ya en tierras espa­ñolas desde el 22 de abril. Esta tozudez del Almirante, corriendo el riesgo de que Martín Alonso se le adelantase con las noticias a los Reyes, es muy digna de tenerse en cuenta.

 

TRADICIÓN EN PORTO SANTO

Cuando escribíamos este artículo visitamos de nuevo Porto Santo y, al mismo tiempo que nos encontramos con la desagradable sor­presa de que el “cruceiro de Colón”, a po­cos pasos de la “casa de crus”, había sido derribado por un ca­mión (es­peramos que pronto sea repuesto en donde es­tuvo durante cin­co siglos), tuvimos la satisfacción de encontrar a un nativo del lugar, llamado El “negro” Escudero, buen conocedor de su terruño, que nos aseguró que en su familia siempre se había diqho que

Colón había nacido en Porto Santo. Pero añadió un detalle hasta ahora inédito. Según lo que se decía en su familia, Colón no había nacido en la “casa da crus”, sino en “o Eirado”, una loma un poco más arri­ba, que dista unos escasos cien metros de la “casa da crus”.

Esta variante, lejos de debilitar la tesis de Porto Santo, la fortale­ce. No se trata, como en Italia, de ciudades diferentes; se trata, dentro de un mismo pequeño lugar, de determinar en qué sitio exacto nació, y en esto es natural que haya discrepancias. Es muy posible que la “casa da crus” fuese la casa principal de los Colón, ya que, como hemos visto, eran unas cuantas las familias que llevaban ese nombre.

 

TOPONIMIA

Entramos con esto en otro de los argumentos fuertes, sobre el que se podrían escribir muchas páginas. Trataremos de resumir. En cuanto a bautizar las tierras encontradas, el Almirante era extremadamente ce­loso y en alguna ocasión en que Martín Alonso anduvo separado de Colón y bau­tizó por su cuenta algu­nos lugares, el Almiran­te le dijo ta­jantemen­te que se olvidase de los nom­bres pues­tos, porque allí el único que bautizaba era él.

Nito Verdera, el adalid ibicenco, nos dice que encontró ocho nombres de su isla que Colón usó en el Nuevo Mundo. Nosotros tenemos más de un cente­nar, con el agravante de que no se trata de nombres genéricos, sino, en muchas ocasiones, de nombres pro­pios que no existen en otra parte. Colón utilizó nombres de las rías bajas gallegas y, en concreto, de la ría de Pontevedra en la que él había nacido.

A continuación el lector podrá ver los mapas de J. Mosqueira Manso, y aquí es de justicia reconocer el gran trabajo que sobre esto realizó el Sr. Mosqueira. Por haber sido marino mercante y patrón de barcos de vela, conocía muy bien las costas gallegas y las del Caribe, que había visitado muchas veces debido a su trabajo. Él fue el que cayó en la cuenta de los muchos paralelismos en las nomenclaturas.

Entre estos nombres tenemos que hacer una triple distinción; en primer lugar están los religiosos, que no son indicativos de nada, como no sea del cerrado fanatismo de aque­llos tiempos; luego, los descriptivos, que muy probablemente no ponía el Almirante acordándose de ningún sitio en particular, sino, simplemen­te, limitándose a describir lo que veía en aquel momento, por ejem­plo, “Punta Alta” o “Isla larga”; y por fin aquellos nombres propios que no significan nada en concreto y que ciertamente son indicativos de que quien los nombra, cuando lo hace, se está acordando de algo o de alguien.

Para que el lector se haga cargo de las abrumadoras semejanzas y rela­ciones que se pueden encontrar entre los topónimos caribeños y los de la costa gallega, pondremos aquí, deshilvanadas, unas cuantas notas;

–  Colón describe con entusiasmo la actual bahía de Baracoa, en Cuba, en una carta a Sus Majestades los Reyes. Pues bien, a esa bahía la llamó “Puerto Santo”, que tanto sig­nificaba para él. Y no se quedó ahí, sino que repitió este nombre dos veces más, en La Española y en Venezuela.

–  Como hemos dicho, su casa natal, según una tradi­ción, es la “Casa da Crus”.

Pues bien, aparte de los varios nombres referentes a la cruz, que dada su religio­sidad no tienen nada de extraño, en la isla Trinidad a un pequeño cabo no lo llamó “de la Cruz” a secas y en castellano, sino que lo llamó “Cabo Casa da Crus”, como por muchos años han lla­mado en Porto Santo a la casa “do que descubreau as ilhas”.

–   El nombre de Santa Catalina lo repitió tres veces. ¿Por qué tres veces? Porque Santa Catalina es la patrona de los mareantes de Pontevedra. Y en ocasiones, como cuando bautiza, en un corto tiempo o espacio, cabos o montes con los nombres de San Miguel, San Juan Bautista, Santa Catalina y San Nicolás, no se trata de unos santos cualesquiera. Son, precisamente, los patrones de los gremios de los mareantes de Pontevedra, que hace siglos desfilan juntos con sus estandartes en la procesión del Corpus.

–   Puso tres veces el nombre de San Salvador, porque tres eran los San Salvador que él recordaba de su infancia: San Salvador de Poio, su parroquia, donde seguramente fue bautizado; San Salvador de Lérez, un pequeño monasterio muy cerca de su casa, donde pro­bablemente aprendió a leer; y San Salvador de Meis, un santuario no lejos de Porto Santo.

–  Bautizó a veces con nombres de lugares que estaban muy próximos entre sí en Galicia otros que también lo estaban en el Nuevo Mundo. Por ejemplo, cuando llamó “Mar de Santo Tomé”, “Punta Dos Her­manas” e “Isla de las ratas” a puntos que están muy cerca unos de otros en la costa norte de Haití y en la ría de Arosa.

Lo mismo sucedió cuando llamó “Punta Santa”, “Islote del Gallo” y “Punta del Arenal” a lugares que están muy próxi­mos entre sí en la isla de Trinidad y que se correspon­den con “Punta Santa” “Punta do Areal” y “Fonte do Galo” en la misma ribera de la ciudad de Vigo, hoy cam­biada por los relle­nos de la ría.

–   Puso tres veces el nombre de Santiago, el patrón grande de Galicia.

–   No llamó “Isla de Todos los Santos”, como hubiese sido lo correcto, a una isla, sino “Los Santos” a secas, refiriéndose a “Los Santos de Mollabao”, frente a su barrio natal, al otro lado del río.

–  De los pocos nombres que aporta Nito Verdera uno es el de “Galera”. Efectivamente, lo puso tres veces. Pero en Galicia no nos quedamos atrás, porque tenemos cuatro “Galeras”: el barrio Galera, frente a Porto Santo, en donde se hacían las galeras para la flota de Castilla; Punta Galera, en la isla de San Martín de las Cíes; Punta Galera, en la isla Onesa, una de las que cierran la ría de Pontevedra; y “Monte Galera”, al oriente de la ensenada de Camota, en la ría de Muros.

Puso tres veces el raro nombre de “Tolete” ¿Tienen algo que comentar acerca de este nombre los catalanis­tas o genovistas? Los gallegos, sí: Tolete fue uno de los dos almirantes salidos del barrio judío de “La Moureira” al que pertenecía Porto Santo. Según la tradición, Tolete fue el almirante que estaba al mando de la nave en la que el rey Urco entró victorioso en Pontevedra. Segu­ramente es a este almirante al que Colón se refería cuando escribió: “no soy el primer almirante de mi familia”.

–    En la isla Margarita llamó “Constanza” a un promontorio. ¿No tendrá que ver este nombre con dos “Constanzas”, probablemente tías de Colón, que aparecen en los docu­mentos? Una se llamaba Constanza Correa, esposa de Fonterosa, y otra, Constanza de Colón, esposa de Joao Colón. ¿O habrán sido también estos nombres falsificados por De la Riega?

–  Transcribo de Mosqueira Manso: “El 18 de diciembre de 1492, festivi­dad de Santa María de la O, patro- na canónica de Pontevedra, esta­ban fondeadas en la costa norte de Haití las carabelas Santa María y la Niña. Al amanecer de ese día Colón determinó celebrar tal festivi­dad, “ordenando empavesar las dos naos y hacer las salvas con las lombardas”. Ha sido ésta la única conmemoración religiosa que realizó el Almirante en sus cuatro viajes.”

–  No hay que olvidar tampoco que Colón llevó en sus cuatro viajes tres naves llamadas “Gallega”. Reco­nozco que esto no es argumento para probar nada, pero es bueno consignarlo como nota curiosa. Sin embargo, sí es muy notable que en el primer viaje, a pesar de ser “La Gallega” (rebautizada “Santa María”) la menos marinera de las tres, Colón la haya escogido como capitana. Es lógico pensar que, si había sido construida al lado de su casa (como consta históricamente), él la conociese muy bien y hasta le tuviese un especial cariño.

–  En cuanto a nombres propios, que ahora recuerde, puedo consignar los siguientes, que son práctica­mente exclusivos de las costas gallegas: Bao, Cotón, Muros, Caxiñas, Lobeira, Punta do Corvo, Mondego.

–  Moa lo repite en tres lugares cer­canos, al igual que en Galicia tene­mos “punta da Moa”, “Cova da Moa” y “Cabezo da Moa”, muy cerca de donde el Almirante nació.

–   Otro de estos nombres propios que nos tienen que hacer pensar es el que puso a un río de Jamaica. No le puso Guadalquivir o Tajo, mucho más conocidos e importantes. Haciendo una excepción, traicionan­do un poco su intención de disimular su origen, y dejando hablar por una vez a su corazón, le llamó Miño, el río grande de Galicia. Admitimos que pudo haber sido una sugerencia de algún marinero gallego, pero no deja de ser curioso.

–  Sin embargo, en esto de la toponi­mia el investigador imparcial no pue­de menos que sospechar mucho, cuando se encuentra con el detalle que enseguida mencionaré, pues nos demuestra sin lugar a dudas el conocimiento detallado que Colón tenía de los accidentes más recóndi­tos de la costa gallega. Aquí ya no se trata de ningún nombre genérico, ni del de ningún patrón o santo que puede referirse a muchos lugares diferentes. Estamos ante un nombre propio y concretísimo, que no puede ser inventado en el momento ni rela­cionado con nada que no sea el lugar original.

Colón llamó a un río que descubrió en la costa sur de Jamaica, río “Xallas” (Yallas o Jallas).

El sabía, porque en su navegación inicial de cabotaje había pasado por allí muchas veces, que en la costa sur de la provincia de La Coruña había un pequeño río que, curiosa­mente, desemboca en el mar for­mando una cascada. Pues bien, cuando en Jamaica se encontró con el mismo fenómeno, no lo dudó un momento. Su memoria le trajo al ins­tante aquel otro pequeño río de su Galicia natal que él había contem­plando tantas veces, y le llamó “Xallas”, que no significa nada ni se puede encontrar en ningún otro lugar.

En la actualidad, Porto Santo y todos los lugares por los que Colón correteó cuando era niño están sufriendo una gran transformación, debido al paso de la autopista de La Coruña a Vigo. Hoy día ya no queda nada de los astilleros que por mucho tiempo allí hubo. Únicamente queda, como mudo testigo de aquella activi­dad, el nombre del puente (de la Barca) y el del barrio colindante (Galera). La gran explanada al lado mismo del puente en donde hasta hace pocos meses se veían barcas de los pescadores o en construc­ción, ha sido aprovechada para que por ella pase la ancha calzada de la autopista. Esperemos que lo poco que queda de la “Casa da Crus” sea conservado en su estado actual y restaurado en lo posible, y el cruce­ro derribado sea restituido a su pedestal y defendido de los odiosos vándalos del siglo XX.