Cristóbal colón ¿Español? – Conferencia

CONFERENCIA por CELSO GARCÍA DE LA RIEGA  en sesión pública celebrada por la Sociedad Geográfica de Madrid en la noche del 20 de diciembre de 1898

 

colonEspanolHonrosa é inapreciable distinción ha sido, señores, para mí que la ilustre Sociedad Geográfica, á propuesta de su digno individuo el docto historiador y geógrafo D. Ricardo Beltrán y Rózpide, me haya invitado á presentaros en pública sesión el modesto trabajo de que voy á daros cuenta. Reclama de mi pecho este favor una gratitud tanto más profunda y duradera, cuanto menos proporcionadas son mis facultades á la sabidu­ría de la Corporación y á la importancia de sus tareas; pero también requiero de vuestra parte otra señalada merced, sin la cual quedaría incompleta la primera; y consiste en otor­garme, desde ahora, una benevolencia todavía superior ala que siempre concedéis en estos actos. Mi estudio versa sobre la patria y origen de Cristóbal Colón; y hablar de tan eminente figura histórica en circunstancias como las que ahora sufrimos, es difícil empresa. En los momentos en que, á impulsos de ilimitada codicia y de violencia sin diques, sus venerandas cenizas regresan del mundo que descubrió, de ese mundo en que imaginó gozar perdurable reposo y entusiasta adoración; cuando la gloriosa bandera que tremoló al descubrirle, no vencida, no obligada por las armas del valor y de la lealtad, abandona aquella ingratísima tierra; cuando á la inmóvil faz de las naciones que han establecido la actual civilización, se despoja de su terri­torio y de sus caudales á la que supo, con inimitable perse­verancia y preclaras virtudes, recobrar su existencia en épica lucha de siete siglos y fecundar luego, con la sangre de tantas generaciones de héroes, casi todas las regiones de ese nuevo continente en que fué siempre madre cristiana y generosa, nunca madrastra egoísta y exterminadora; cuando tamaña iniquidad se ejecuta al finalizar el maravilloso siglo del vapor y de la electricidad, sarcástica ofrenda que el pueblo fundado por el integérrimo Washington rinde ante la colosal estatua de la Libertad iluminando al mundo; cuando esta enorme conculcación de la moral obedece á los apetitos del mercanti­lismo. que quiere ajustar á su grosero paladar la vida y las aspiraciones de los hombres y de las sociedades, parece que todo ideal, temeroso del ridículo ó del desdén con que le ame­nazan la frivolidad y el positivismo, debe desmayar, humi­llarse y desaparecer: intentar, en fin, cuando tan inmerecidas desgracias nos agobian, reivindicar para España la gloria íntegra del inmortal navegante, es, en efecto, temeraria aventura.
Alentado, no obstante, por el acendrado culto que os inspi­ran esos ideales, según habéis demostrado en anteriores sesio­nes al glorificar la memoria de los insignes Coello y Jiménez de la Espada, y según lo demostráis siempre dedicando cons­tantes esfuerzos al bien de la patria y á los nobles fines de la ciencia, no he dudado en someter á vuestro ilustradísimo exa­men y á vuestro recto juicio un trabajo cuya importancia estriba en el objeto en que se ocupa, no, por cierto, en otra condición alguna. Escudándome, pues, en vuestro saber y en vuestra indulgencia, permitidme que pase desde luego á comu­nicaros el resultado de las investigaciones impuestas por la exis­tencia en España y en la primera mitad del siglo xv, de los apellidos paterno y materno del descubridor del Nuevo Mundo. Los documentos en que se ba. revelado y las mencionadas investigaciones serán materia de un libro al que justificarán las ilustraciones y facsímiles correspondientes; hoy me limi­taré, deseoso de no fatigar vuestra atención, á exponer en extracto varios puntos esenciales de mi estudio. Considero conveniente hacer, en primer lugar, rápido exa­men del carácter y condiciones que presentan los antecedentes más culminantes que existen acerca de la patria y del origen de Cristóbal Colón. Sabéis que no ha terminado todavía, ni tiene trazas de terminar, la discusión relativa á esta materia, á pesar de que el primer Almirante de Indias declaró en solemne documento haber nacido en la ciudad de Genova. ¿A qué se debe, pues, la existencia de la controversia? ¿Por qué no ha alcanzado cumplida fe el que mejor podía resolver todas las dudas? No es razonable atribuir únicamente semejante situación de cosas al afán inmoderado, aunque disculpable, de los diversos pueblos que se disputan la apetecida gloria de ser cuna del Almirante. Muy poco valdrían sus pretensiones si la vida de Colón anterior á su aparición en España no estuviera rodeada del misterio, si todos los datos históricos que se utilizan pre­sentaran el carácter de congruencia y de unidad que exige la demostración informativa cuando faltan pruebas positivas á favor de una proposición determinada. Colón, en la escritura de fundación del mayorazgo, afirmó haber nacido en Genova; y no se vacilaría en establecer como definitiva esta afirmación, si se pudiera abrigar un concepto adecuado acerca de su personalidad, esto es, si se supiera cabalmente que fue ajeno á todos los defectos y á todas las debilidades del hombre, si se demostrara que jamás faltó, ni quiso faltar, ni era posible que faltase á la verdad. Alarmados injustiflcadameute, notabilísimos escritores y críticos, excla­man: ¡Cómo! ¡Llamar á Colón falsario y embustero! Sin embargo, nadie ha pretendido atribuirle tan odiosos defectos. Lo primero se dice del que comete delito de falsedad en grave menoscabo de la honra ó de la hacienda ajenas; lo segundo, del que miente con frecuencia por cálculo, por hábito ó por carácter. El respeto que os debo me impide hacer ahora disquisiciones sobre la moralidad ó la inmoralidad de la men­tira; pero es preciso confesar que los hombres más escrupu­losos la usan ó la disculpan cuando lo exige un fin moral, útil ó conveniente y cuando, á la vez, no perjudica á nadie. ¿Qué tendría de bochornoso, ni de vituperable, que Colón se decidiera á emplear una mentira que pudo juzgar lícita, puesto que no perjudicaba la fama ni los intereses ajenos y, por el contrario, favorecía los propios en la medida que im­periosamente le exigían las preocupaciones de la época? Si su origen era humilde, humildísimo, ó su familia tenía alguna condición que fuese obstáculo ó, por lo menos, entorpeci­miento para la realización de su grandioso proyecto, ó que le rebajase ante la altiva nobleza española ¿por qué habremos de censurar que ocultase tales condiciones y usase para ello inexactitud tan excusable, señalando cuna distinta y aun opuesta á la verdadera, á fin de hacer infructuosas las inda­gaciones de la curiosidad? Y, por ventura, el hecho de aceptar y de sostener esta interpretación ¿es razón para atribuir á los que la defienden el mal pensamiento de conceptuar falsario y embustero al insigne nauta? En mi opinión, el Almirante pudo tener, además del expre­sado fundamento, otros dos muy eficaces para decidirse á señalar por cuna la poderosa ciudad de Genova: primero, el pensamiento de que todos los elementos de la fundación del vínculo guardasen la debida proporción con la magnitud del suceso que le había elevado á la cumbre de la sociedad; segundo, la absoluta precisión de ser consecuente en sostener la calidad de genovés con que se había presentado en España. El éxito que Colón obtuvo por el descubrimiento de las tie­rras que salieron á su encuentro en el imaginado camino occi­dental de la India, así como la adquisición de altos títulos y de provechos positivos, justificaba la adopción de las precauciones legales con que á la sazón se procuraba perpetuar la familia noble; á más de esto, su persona habría de ser tronco de una estirpe esclarecida. La fundación de un vínculo como «raíz y pié de su linaje y memoria de sus servicios», fué en la mente del Almirante idea lógica y necesaria; y tan justamente eleva­do era el concepto que había formado de sí mismo, de su haza­ña y de la fundación del mayorazgo, que en la escritura nota­rial, aparte del estilo grandilocuente que se esforzó en em­plear, encomienda nada menos que al Santo Padre, á los Reyes, al príncipe D. Juan y á sus sucesores, no á la eficacia y al amparo do las leyes, vigilancia especial sobre el cumpli­miento de las cláusulas del vínculo. Pensó que en tan solemne é importante documento no era proporcionado al objeto que le guiaba el hecho de que constase como raiz y pié de su ilustre descendencia un pueblecillo cualquiera; ya que se había pre­sentado en Castilla como genovés, escogió por cuna la más famosa población del territorio ligúreo: Genova. Que esta preocupación dominaba en aquellos tiempos, lo demuestra don Fernando Colón al decir, en la Arida del Almirante, que «sue­len ser más estimados los hombres sabios que proceden de grandes ciudades», y al añadir poco después cMwalgunos que de cierta manera quisieron obscurecer la fama de su padre, afirman que nació en lugares insignificantes de la ribera geno- vesa; otros, que se propusieron exaltarle más, que en Saona, Genova ó Placencia». De modo que el nacimiento en pueblo de menor ó mayor importancia, era entonces causa suficiente para obscureceré exaltar la fama de una persona. En dicha escritura, Colón añadió, con respecto á Genova, estas palabras: «depila salí y en ella nací», frase que, salvo más autorizado juicio, parece acusar cierta vacilación, porque espontáneamente, esto es, de primera intención, el Descubri­dor empleó el verbo salir, y sin duda rectificó á seguida tal espontaneidad con el de nacer. La idea que le impulsó en este caso, ¿fue quizás la de haber salido de Genova á la vida de la inteligencia, á la vida del navegante, es decir, á una vida de eterna fama, y no á la material? Preocupado por la idea de que la fundación tuviera gran­diosa base,’Colón citó á Génova en el lugar menos adecuado de la escritura del mayorazgo. Designa en ella, como herede­ros, correlativamente, primero á sus hijos D. Diego y D. Fer­nando, después á sus hermanos D. Bartolomé y D. Diego. En 1498, fecha del documento, aquellos eran todavía muy jó­venes-, D. Bartolomé ya alcanzaba respetable edad, y el segundo de los hermanos del Almirante, D. Diego, quería pertene­cer á la Iglesia, según declara Colón en la misma escritura del vínculo. De manera que, no teniendo á la vista nietos ni sobri­nos, el fundador debió temer indudables peligros para la exis­tencia futura del mayorazgo, y, previéndolos, llama á la suce­sión, para el caso de morir sin herederos sus hijos y sus dos hermanos citados, ¿á quién, señores? Al pariente más cercano que estuviera en cualquiera parte del inundo. Trabajóles daba al Santo Padre, á los Reyes y á los Tribunales, no designando, como era indispensable y lo es en [toda institución de sucesio­nes, una ó dos líneas do parientes paternos ó maternos, en que hubiera de hallarse, eu su oportunidad, ese pariente más cer­cano; tal, y no otra, era la ocasión de mencionar la patria, los padres, los parientes. TOihora bien; ¿no se apercibe una verda­dera y deliberada nebulosidad en la cláusula que acabo de examinar? Ochenta años después de la fecha de esta escritura queda extinguida la línea masculina dW Almirante, y acuden al pleito, con aventurera temeridad, dos Colombo italianos, uno de Cúccaro, otro de Cugureo; ninguno de ellos demostró siquiera el parentesco, ¿se hubieran lanzado á semejante em­presa si temieran la concurrencia á la sucesión por los Colom­bo genoveses, á quienes sin duda conocían? ¿Y 110 es, por ven­tura, significativa la indiferencia de éstos ante una herencia tan pingüe? ¿Cómo explicar, pues, la disposición del Almiran­te llamando á obtener el mayorazgo al pariente más cercano que estuviera en cualquiera parte del mundo, y no señalando, desde luego, la línea de sucesión, que era lo más elemental para evitar pleitos y para asegurar la realización de los fines que inspiraban la fundación del vínculo?
La cláusula relativa á que su hijo D. Diego, joven entonces de veintidós años, ponga en Genova persona de su linaje, fué indudablementeparaColónmeraexhornación del vínculo, pues­to que en primer lugar nada le impedía que él mismo, con cabal conocimiento, designara esa persona, y además porque nunca volvió á hablar do ello, ni siquiera ¡en [el expresivo memorial que dejó á su heredero cuando verificó el cuarto viaje, ni aun en el codicilo que firmó el día anterior al de su fallecimiento.

 

‘ El Almirante huyó, pues, de mencionar pariente alguno pa­terno ó materno, no sólo en la escritura del mayorazgo, sinó también en los demás documentos; hecho verdaderamente sig­nificativo y que, unido á otros no menos singulares y elocuen­tes, como el de que durante el apogeo de Colón rio se haya revelado en Italia la existencia de parientes suyos, corrobora la afirmación de D. Fernando, el historiador, de que su padre quiso hacer desconocidos é inciertos su origen y patria.

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Vióse obligado Colón, por conveniencia propia y por conse­cuencia de carácter, á sostener la calidad degenovés que osten­taba ante la corte de España; y al entrar en el estudio de tan interesante punto, se me ocurre la siguiente pregunta: ¿era italiano? Muchos y, por cierto, muy graves, doctos y respetables, son los críticos que han negado al insigne Almirante la nacionali­dad italiana, ya suponiéndole griego, ya haciéndole natural de Córcega, perteneciente entonces á la corona de Aragón. Hecho muy digno de tenerse en cuenta es, en efecto, el de que nin­guno de los documentos escritos de su mano que han llegado á nuestros tiempos, esté redactado en lengua italiana: memo­riales, instrucciones, cartas y papeles íntimos, notas margina­les en sus libros de estudio, todos se hallan escritos en caste­llano ó en latín. Para explicar de alguna manera semejante singularidad, se dice que la educación de Colón en su infan­cia fué muy superficial, y además que abandonó á su patiia en la niñez; explicación sobradamente deleznable, porque apar­te de las altas cualidades de inteligencia y de aplicación que se le han reconocido, para los estudios elementales que verificó antes de los catorce años, en que empezó á navegar, debió em­plear forzosamente la lengua italiana; y puesto que navegó veintitrés años, «sin estar fuera de la mar tiempo que se haya de contar» en barcos genoveses, ya en el comercio, ya al ser­vicio de los Anjou; puesto que sostuvo continuas relaciones de amistad y trato frecuente con mercaderes y personajes Italianos, no es posible admitir que hubiese olvidado la lengua ita­liana hasta el punto de no poder escribir en este idioma la carta que dirigió á la Señoría de Gónova. ¿Quiéu, que se halle expatriado, aunque lleve residiendo largo tiempo en el extran­jero, al dirigirse por escrito á las autoridades de su pueblo, no lo hace en el idioma patrio? ¿Quién llega á olvidar hasta ese grado el lenguaje que aprendió en el regazo materno? ¿Es po­sible, dadas las condiciones morales de Colón, que no hubiera sentido por la lengua italiana, si esta hubiera sido la suya, el instintivo afecto que todos los hombres, de todos los países y de todas las épocas, dedicamos al idioma nativo? No fué olvido, ciertamente, la causa de este hecho. ¿Lo habrá sido el desdén, la indiferencia? ¿Es que, en efecto, ese idioma no era el suyo? En el preámbulo de su Diario de navegación , al exponer á los Reyes Católicos el objetivo de su empresa, el inmortal Des­cubridor dice que en el Catay domina un príncipe llamado el Gran Kan, que en nuestro romance significa rey de los reyes. Es, sin duda, sumamente violento creer que, á los ocho años de residir en país extranjero, haya quien llame lengua suya á la de ese país, sobre todo, cuando no existe precisión de estam­par semejante expresiva frase, cuya inexactitud saltaría á la vista de Colón en el momento de escribirla, á 110 ser que se olvidase de que era genovés ó do que se hacía pasar por geno- vK. ¿Sucedió acaso que Colón, sin darse cuenta de ello, alzó en las tres palabras de en nuestro romance un extremo del velo con que se propuso ocultar patria y origen? No hay autor dra­mático, ni novelista, ni criminal, ni farsante, ni hombre cau­teloso ó reservado, que no deje algún cabo suelto, que no des­cuide algún detallo por donde flaquee la fábula ó se sospeche y descubra lo que se quiso ocultar. ¿Obedeció Colón á esta imperfección humana al llamar suya á la lengua española? Cuando el Descubridor, perdida toda esperanza y desahu­ciado en sus pretensiones, volvió á la Rábida, pensando en que se vería obligado á dirigirse al Gobierno de otra nación, los ruegos de Fr. Juan Pérez le decidieron á intentar nuevas gestiones ante los Reyes Católicos. Accedió á ellos, porque su mayor deseo era que «España lograse la empresa que proponía, teniéndose por natural de estos reinos», así lo dice su hijo don ‘ Fernando. Acaso en la vehemencia de sus lamentaciones, des­lizó alguna frase que entonces debió interpretarse en un sen­tido figurado, pero que expresaba una verdad instintivamente manifestada. ¿Qué fuerza íntima le impulsaba á tales demos­traciones de afecto hacia España? En 1474, Colón se decide á someter su proyecto al sabio italiano Pablo Toscanelli y á solicitar sus consejos; pues bien, Toscanelli, en una de sus cartas, le considera portugués, hecho notable que merece particular examen. Para el estable­cimiento de relaciones entre uno y otro medió Lorenzo Gi- raldo, italiano, residente en Lisboa. ¿Omitió Giraldo, al dirigirse al célebre cosmógrafo, la circunstancia de haber na­cido Colón en Italia, á pesar de lo natural y de lo oportuno de esta noticia? Pues así lo hizo, debe presumirse que desconocía la nacionalidad del recomendado, y si la conocía, era lógico que no la mencionara ni la ostentase como título á la conside­ración que tal calidad pudiera inspirar, puesto que para nada interesaría á Toscanelli que Colón fuese griego, portugués ó español. Pero admitiendo que Giraldo no hubiese querido participarle que Colón era italiano, ó se hubiese olvidado de ello ¿puedo aceptarse que el propio interesado hubiese incu­rrido en igual omisión y que, en los momentos en que bus­caba con el mayor afán la aprobación del eminente sabio para sus grandiosos planes de surcar el temido mar de Occidente, no procurase, en primer término, captarse sus simpatías ha­ciéndosele agradable bajo el título de compatriota? Es evidente, por lo tanto, que sólo con posterioridad á dicha fecha, Colón conoció la conveniencia de utilizar el díctalo de genovés. Aún no se había apercibido entonces de las graves dificultades que se opondrían á la realización de sus planes y no se le ocurrió fingir ó exhibir semejante calidad, de verda­dera importancia en aquella época, en que genoveses y vene­cianos, por una parte eran auxiliares poderosos en las guerras marítimas y, por otra, monopolizaban el comercio del Asia y del Mediterráneo, haciendo tributaria de él á toda Europa. Sabéis que los genoveses gozaban en España, desde siglos antes, gran nombradla en los asuntos navales y mucho acogi­miento y benevolencia cerca de los reyes de Castilla. ¿Se pro­puso Colón aprovechar esta circunstancia para el buen éxito de sus gestiones y para ocultar á la vez su modesto origen, de cuya manera evitaría dos escollos amenazadores? En este caso, los hechos tendrían plausible explicación.

Desde que se presentó en la Rábida á los generosos frailes franciscanos, el dictado de genovés empezó á circular en noti­cias, cartas, recomendaciones y gestiones de toda clase. La corte, la nobleza, el clero, los funcionarios y el pueblo en general, fueron recibiendo, aceptando y propagando sin reparo alguno, pues no había razón para ello, aquel dictado; celebróse la memorable estipulación de Santa Fe sin que á los Reyes ni á sus secretarios se les ocurriera exigir de Colón, antes de con­cederle elevadísimos títulos y cargos, demostración alguna de las condiciones personales y de familia que la administración de aquella época requería para el desempeño de empleos in­significantes: ni siquiera se le reclamó la naturalización en España que se impuso á Amérigo Yespucci como requisito preparatorio para obtener, juntamente con Vicente Yañez Pin­zón, el mando de una flota de descubrimientos y después el cargo de piloto mayor. Quedó, pues, sencillamente establecido el dictado de genovés, sin otro fundamento que la aseveración del primer Almirante de Indias, á la que no podía menos de concederse completo crédito. Ninguno de los escritores de la época nos suministra luz alguna acerca de la vida de Colón anterior á su presentación en España; ninguno de ellos le conoció en su infancia ni en su juventud; todos se vieron obligados á consignar lo que afirmaba la opinión general con respecto á su nacionalidad, y os ruego me perdonéis la molestia que voy á ocasionaros recordando la calidad y condiciones de dichos escritores. Pedro Mártir de Anglerla, italiano, que escribió sus epís­tolas á raíz de los sucesos del descubrimiento, amigo íntimo, de Colón desde antes de la toma de Granada, conocedor de todo lo que pasaba en la corte, maestro de los pajes, en gran­des relaciones con la nobleza, con el clero y con los funciona­rios, no pasa de llamar á Colón vir ligur, el de la Liguria. No puede atribuirse á Pedro Mártir sobriedad de estilo, porque en sus escritos consigna numerosos detalles relativos, tanto á su­cesos de importancia como á verdaderas menudencias, demos­trando gran espíritu de observación, de perseverancia y de curiosidad; en nuestros tiempos hubiera sido un periodista noticiero de primera fuerza. Tratándose de un compatriota, es singular que no haya apuntado dato alguno acerca del naci­miento, de la vida y de la familia del Descubridor del Nuevo Mundo. El bachiller Andrés Bernaldez, cura de los Palacios, amigo también de Colón, que fué depositario de sus papeles y hues- ped suyo en 149G, se limita á decir que era mercader de estampas: esta es toda la noticia que nos da acerca de la vida anterior del Almirante. Se le tiene y cita como testimonio favorable á Génova, con evidente error, por cierto, porque si bien en el primero de los capítulos que en su Crónica de los Reyes Católicos dedica á Colón, le llama «hombre de Génova», al dar cuenta de su fallecimiento en Valladolid, afirma que era de la provincia de Milán. Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista oficial de Indias, que conoció y trató á Colón y á casi todos los que intervinie­ron en los acontecimientos, por él también presenciados, que desempeñó altos cargos en la administración de Ultramar, sólo pudo enterarse de que «unos dicen que Colón nació en Nervi, otros en Saona, y otros en Cugureo, lo que más cierto se tiene.-» Esta frase demuestra que Oviedo realizó ind;igacio- nés y consultó diversos pareceres, sin resultado positivo, y sin obtener dato alguno en cuanto á Génova, puesto que no la nombra. El P. Las Casas nada más nos dice que haber sido el Almi­rante de nacionalidad genovesa, cualquiera que fuese el pue­blo perteneciente á la señoría donde vió la luz primera. La ignorancia ó la reserva del P. Las Casas acerca de este punto es muy expresiva, puesto que, aparte de su intimidad cou el Almirante, él rnismo afirma haber tenido eu sus manos más papeles de Colón que otro alguno.

Citados quedan los cuatro escritores contemporáneos y ami­gos del Almirante que, juntamente con su hijo D. Fernando, sirven de fundamento para su historia. Singular es que hayan coincidido en no puntualizar el pueblo que fué cuna del Des­cubridor, pues no debe admitirse que ninguno de ellos dejara de interrogarle acerca del lugar de su nacimiento y acerca de otros particulares, como familia, vida anterior, viajes, estu­dios, etc. Esta curiosidad hubiera sido tan legítima, que no creo necesario enumerar las diversas razones que la hubieran justificado. ¿A qué ha obedecido, pues, ese tan unánime silen­cio? En mi concepto, nada más que á la reserva guardada por Colón y por sus hermanos. Galíndez de Carvajal, que uos ha dejado noticias precisas sobre la estancia ó residencia de los Reyes Católicos en dis­tintas localidades, demostrando así el cuidado con que reunió los datos correspondientes, afirma que Colón era de Saona. Medina Nuncibay, del cual se encontró una crónica en la colección Vargas Ponce, escritor que examinó los papeles de Colón depositados en la Cartuja de Sevilla, dice que el Almi­rante era natural de los confines del Genovesado y Lombardía, en los estados de Milán, y añade que se escribieron algunos tratadillos adando prisa á llamarle genovés.» En el Archivo de Indias vió Navarrete dos documentos oficia­les escritos á principios del siglo xvi; en uno de ellos se dice que Colón nació en Cugureo; en el otro que en Cugureo ó en Nervi. De manera que ninguna de las referencias que podemos lla­mar coetáneas designa la ciudad de Génova como patria del Descubridor; circunstancia que resulta más notable al analizar la información realizada ante el Tribunal de las Órdenes mili­tares con respecto á D. Diego Colón, nieto de aquél, agraciado con el hábito de Santiago. Imprudente sería desconocer la importancia histórica de di­cho documento, sacado á la luz pública por el respetable y erudito ministro del mencionado Tribunal, Sr. Rodríguez de Uhagón, académico de la Historia. No demuestra que Colón nació en Saotia; pero, á mi juicio, desvanece toda inclinación favorable á Genova. Tres son los datos interesantes que contiene acerca de la cuestión: 1.° En la genealogía que figura á la cabeza de la información, que los pretendientes al noble hábito presentaban in voce y juraban, se hace constar á D. Cristóbal Colón como nacido en Saona.

  1. ° En ninguna de las diligencias se menciona la declaración del Almirante, incluida en la escritura del mayorazgo, de haber nacido en Génova. Y Pedro de Arana, de Córdoba, her­mano de Doña Beatriz Enríquez, ignoraba cuál era la patria de Colón.

Los dos primeros datos demuestran que la familia legítima del Almirante creía qim éste no había nacido en Génova, y, además, contradecía la afirmación contenida en dicha escritura por considerar];! inexacta, [mes de lo contrario nada le hubiera sido tan fácil y tan natural comn señalar en dicha geiHilogía á Génova por patria de Colón, confirmándolo con la escritura del vínculo y con l»s testigos correspondientes. Ni cabe alegar que t;des informaciones se verificaban por mera fórmula, pues debiendo prestarse 1111 juramento por familia de tan elevada posición en la sociedad y auto respetable Tribunal, las mismas circunstancias del hecho reclamarían que, fórmula por for­mula, dicha familia escogiera la que tenía á su favor la aseve­ración del fundador del mayorazgo. El juramento exigía la expresión de la verdad ó de lo que se creía verdad, y por eso la familia legítima de Colón exhibió) la declaración relativa á Saona, acompañada de 1111 testimonio de calidad, cual era el de Diego Méndez, á quien no cabe recusar justificadamente. Méndez no fué tan sólo un servidor fiel del Almirante, siuó también un amigo íntimo, invariable y afectuoso. Entre los diversos servicios que le prestó en el épico cuarto viaje, des­cuella el de haber pasado treinta leguas de un piélago proce­loso, embarcado en débil canoa, desde la Jamaica á la Espa­ñola, bajo un cielo abrasador, en demanda de socorro. Acom­pañóle un protegido de Colón, el genovés Fiesco; en las últimas cartas á su heredero, el ya anciano y doliente Descubridor, menciona varias veces al buen Diego Méndez, ya para pedir que le escriba muy largo, ya para afirmar que «tanto valdrá su diligencia y verdad, como las mentiras de los rebeldes Po­rras.» Este calificado testigo declara en la información que el Almirante «era de la Saona;» y si bien es cierto, como dice un erudito crítico, que el testimonio de Méndez carece de la con­dición esencial de exponer que lo aducía con referencia al pro­pio Colón, más cierto ó indudable es todavía que jamás había oído á los dos hermanos, D. Cristóbal y D. Bartolomé, ni al genovés Fiesco, ni al segundo Almirante D. Diego, afirmar que el grande hombre había nacido en Genova, porque en este caso Méndez no hubiera abrigado una opinión tan resuelta acerca de Saona, ni la hubiera expresado tan categóricamente; es lo más probable que hubiese oído á los dos primeros hablar con afecto y frecuentemente de Saona, ya por haber transcurrido parle de la vida de ambos en este pueblo, ya por haber residido y fallecido en él sus padres. De manera que esta circunstancia viene también á demostrar la inexactitud de la escritura del vínculo en cuanto á la cuna de Colón. El tercer dato 110 es menos elocuente. De Pedro de Arana, hermano de Doña Beatriz Enríquez, dice el P. Las Casas que lo conoció muy bien y que era hombre muy honrado y cuerdo. Sirvió al Almirante con energía y lealtad, especialmente con motivo de la sedición de Roldan en la isla Española D. Diego Colón, el segundo Almirante, ordenó en su testa­mento el pago á Pedro de Arana de cien castellanos que en las Indias había prestado á su padre D. Cristóbal; deuda que patentiza la intimidad que había existido entre el Descu­bridor y Arana. Este testigo, 110 menos calificado, declara en la expresada información que «oyó decir que Colón era genovés, pero que él no sabe de dónde es natural.» No cabe duda de que las palabras «oyó decir que era genovés» se refieren á la voz pública, á la opinión general, así como las de «pero no sabe de dónde es natural» expresan un convencimiento existente en la familia, pues si Doña Bea triz supiera cuáles eran el pue­blo y el país de su amante, lo sabrían también su hermano Pedro de Arana y su hijo D. Fernando Colón, el historiador: no es posible desconocer la evidencia de este raciocinio. El hecho de que sus amigos y ambas familias, la legítima y la de Doña Beatriz, coincidan en no estimar, mejor dicho, en desdeñar la afirmación de Colón de haber nacido en Géno- va, hecha en solemnísimo documento, reviste decisiva impor­tancia. ¿De qué otras causas puede derivarse, sino de la segu­ridad que aquellos abrigaban, contraria á dicha afirmación, y de la reserva sin duda observada tenazmente por el Almirante sobre éste y otros interesantes puntos de su vida.-1 ¿Puede con­cebirse que un hombre como él 110 hubiera hablado con fre­cuencia de su patria y de sus parientes, ya en las conversacio­nes, ya en sus escritos, á no alimentar el decidido propósito de ocultar patria y origen? Y ¿cómo ha de merecer fe cumplida, en los tiempos actuales y ante la crítica moderna, el que no la alcanzó de su propia familia, el que ocasionó, en efecto, por su proceder en esta materia, todas las dudas? ¿Cómo extrañar, pues, que el mismo D. Fernando Colón, historiador de su padre, participara de igual incertidumbre? D. F érnando, en el capítulo primero de su libro, reconocido como piedra fundamental de la Historia del Nuevo Mundo, dice textualmente: «de modo que cuanto fue su persona á pro­pósito y adornadalfe todo aquello que convenía pava tan gran hecho, tanto menos conocido y cierto quiso que fuese su origen y patria; y así, algunos que de cierta manera quieren obscu­recer su fama, dicen que fué de Nervi, otros de Cugureo, otros de Bugiasco; otros que quieren exaltarle más, dicen era de Saona y otros genovés, y algunos también, saltando más sobre el viento, le hacen natural de Placencia.» En primer término se ve en esto párrafo que D. Fernando se excluye del número de aquellos otros que tenían á su padre por nacido en Génova; y es verdaderamente imposible que, designado segundo heredero, desconociera la escritura de fun­dación del mayorazgo. ¿Acaso sabia de labios del propio Almi­rante que su afirmación en dicha escritura constituía un sim- pie adorno de la fundación del vínculo? ¿Es que D. Fernando era devotísimo amigo de la verdad histórica? Cualquiera de estas dos razones, ya que no ambas á la vez ¿fué causa de que no apreciase la afirmación de su padre? Es de advertir, ade­más, que al empezar el capítulo primero de su libro manifiesta que una de las principales cosas que pertenecen á la historia de todo hombre sabio, es que se sepa su patria y origen; sin embargo, no pudo cumplir este precepto y el propio D. Fer­nando, contestando á Giustiniani, califica repetidamente de «caso oculto» á tan interesante detalle. Se ha acudido á ciertos expedientes para descartar las frases de D. Fernando, sin desautorizar su libro. Unos dicen que quiso echar tupido velo sobre el humilde origen de su padre; otros, que D. Luís Colón, duqire de Veragua, antes de entre­gar en Venecia el manuscrito de dicho libro al impresor Alfonso Ulloa, introdujo una alteración en el texto á que me refiero, á fin de que pudiera figurar dignamente unido el linaje de los Toledo con el de Colón. Desde luego se advierte verdadera inconsistencia en ambas interpretaciones, porque si D. Fernando se hubiera propuesto ocultar el humilde origen de su padre, habría empleado con­ceptos adecuados ó se hubiera limitado á repetir la afirmación incluida en la escritura del mayorazgo. Y si D. Luís Colón, dado que dispusiera, como de cosa propia, de un manuscrito perteneciente á la Biblioteca colombina, hubiera atendido á la consideración relativa á los linajes para realizar una adultera­ción en el texto, la habría hecho en términos conducentes á sugerir el convencimiento de que el Descubridor procedía de noble estirpe, no dejando la cuestión en una forma que acusa ese mismo humilde origen, objeto de la supuesta modificación. En su postrera disposición testamentaria, el insigne Almi­rante confiesa la existencia de un cargo «que pesa mucho para su ánima» con relación á Doña Beatriz Enríquez, añadiendo que «la razón dello non es lícito decilla.» Claro es que seme­jante pesadumbre de conciencia se refiere á su conducta perso­nal y no á la de Doña Beatriz: si en esta confesión alude al hecho de no haberse casado con la bella dama cordobesa, es indudable que la razón, que no le era lícito decir, radicaba en él. ¿Por qué 110 realizó este matrimonio? ¿Por qué no descargó oportunamente su conciencia de aquel peso á fin de que la muerte no le sorprendiese en tal situación? Muchos motivos vulgares, sin conexión con los hechos culminantes de la vida de Colón, pudieron ser cansa de que no celebrara dicho ma­trimonio; pero en el terreno de las hipótesis admisibles y calculando que el Almirante, por la universal notoriedad que había adquirido y por la altivez de su carácter, hubiese juz- Hado que, ni aun en el trance de la muerte, Oslría casarse en secreto ni en condiciones que pudieran menoscabar su [ama ó desconceptuarlo, ¿cabe presumir que la poderosa dificultad que le impidió aliviar la conciencia fue la necesidad de ocul­tar sus antecedente.’? ¿Acaso su hermano ü. Bartolomé se vio en situación análoga, pues también talleció sin casarse y dejando un hijo natural? Me permito exponer este raciocinio tan sólo en el concepto de suposición y como materia para discutir.

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Poro si los escritores españoles de aquella época demuestran absoluta carencia de datos acerca del nacimiento y de la vida de Colón anterior <í su «senLición en Castilla, los italianos no lo patentizan menos; y así como los primeros se hicieron eco de la voz pública, los segundos 110 habrían de rechazar tan alta gloria para su país; la aceptaron, pues, y la propagaron, corroborando el derecho á esa gloria con la única y extraña noticia de que los hermanos Cristóbal y Birtolorné Colón habían sido cardadores do lana. Asi lo dice Giustiniani, que con Gallo y Foglieta, fueron los historiadores ó cronistas ita­lianos de aquella época. Ninglmo de ellos, ni aun Allegretti, que en sus Anules de Siena del año 1493, da cuenta simple­mente do haber llegado á Genova las noticias del descubri­miento del Nuevo Mundo, aportan dato alguno sobre la vida de Colón. Las nuevas de ese maravilloso descubrimiento reali­zado por un genovés, debieron ocasionar en Genova justificado orgullo y vivísima curiosidad en las- autoridades, en los parientes de Colón, en el clero de la iglesia en que se bautizó, en los amigos, conocidos y vecinos de sus padres, así como en la mayor parte de los ciudadanos. En este caso, hubieran sido espontáneamente recordados los antecedentes del glorioso hijo de Génova, su infancia y juventud, su educación, sus estu­dios, sus prendas personales; y de todo este naturah’simo mo­vimiento se hubieran hecho eco los escritores contemporáneos y hubieran pasado á la historia y llegado á nuestros tiempos datos diversos relativos á la vida y á la familia de Colón. No ha sucedido así y semejante indiferencia sólo puede explicarse, á mi juicio, por el hecho de que el inmortal navegante no era hijo de Génova ni tenía en ella parientes. De la afirmación fie Giustiniani relativa al oficio de carda­dor de lanas, se deriva indudablemente la leyenda de que los dos hermanos adquirieron, en la obscuridad del taller, los variados conocimientos que poseían y la de que Colón apro­vechaba los ocios de su mecánica tarea para aprender en los libros y en las conversaciones con los amigos, dándose á entender con ello, sin duda, que estos amigos de un pobre tejedor eran sabios de la época y que nada más fácil para un obscuro obrero, á mediados del siglo xv, que disfrutar la lec­tura y el estudio de aquellos rarísimos y costosos libros. Y todavía se añade más; que en los intervalos de sus via­jes, Colón volvía al trabajo del taller y desde luego volvía también á aquellas provechosas conversaciones y lecturas. ¿Hay quien, conocedor de las condiciones físicas y morales que la vida del mar imprime en el hombre, pueda admitir sencillamente que un marino de profesión se allane á tejer lana en los intervalos de sus viajes? Pues si á esta conside­ración se “añaden las prendas, el Carácter y los conocimien­tos de Colón ¿es posible creer que se resignara á practicar oficio tan sedentario y tan impropio de su inteligencia en los espacios que todos los marinos dedican, sino al descanso, por lo menos á la preparación de los viajes sucesivos? Documentos encontrados en los archivos dieron á Colón y á su padre el ascenso á tejedores, á pesar de que en la misma época de esos documentos Giustiniani les atribuye el de car­dadores, y á pesar también de que el rigor con que se vigilaba en aquellos tiempos el cumplimiento de las ordenanzas gre­miales, impedía que al firmar como testigos ó en cualquiera otro acto, los cardadores usurparan el título de tejedores. ¿A qué atenernos, pues? Por mi parte, y aunque sea verdadero atrevimiento decirlo, creo que Colón no fné cardador ni teje­dor. Empezó á navegar á los 14 años de edad y la de 1G era la que señalaban aquellas ordenanzas para ingresar como apren­diz en el oficio. ¿Cuándo pudo aprenderlo y practicarlo? Es de sospechar, por lo tanto, que los escritores coetáneos italianos, no poseyendo dato alguno ó no habiendo podido obtenerlo acerca de los antecedentes do Colón, aceptaron, repito, la nacionalidad que éste se atribuyó, procurando confirmarla siquiera con un hecho tan insignificante como el de existencia en Génova de familias Colombo dedicadas á cardar lana y em­parentando con ellas al inmortal Descubridor. Si más hubie­ran podido decir, más hubieran dicho. En mi humilde juicio, ésta, y no otra alguna, ha sido la raíz de la leyenda admitida provisionalmente en la Historia, á causa de la autoridad que desde luego debió concederse á un personaje tan respetable como Giustiniani, pero cuyas equivo­caciones evidenció D. Fernando Colón en La Vida del Almi­rante.

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Utilizando otro orden de ideas, viene á obtenerse idéntico resultado;-esto es, el de hallarse perfectamente justificadas las dudas existentes acerca de la afirmación de Colón, estampada en la escritura de fundación del vínculo, de haber nacido en. Génova. Guárdanse en la casa municipal de dicha ciudad cier­tos documentos, con respecto á los cuales declara Harrisse, en cuatro libros diversos y con verdadero ensañamiento, que se hallan «al lado del violín de Paganini»: esta sarcástica frase del docto é inteligente escritor norteamericano, acaso inmere­cida, resume aquellas dudas. En el número de los menciona­dos documentos figuran: una carta de Colón al magnífico Ofi­cio de San Jorge, la minuta de contestación á esta carta, un dibujo de la apoteosis jiel inmortal navegante y el llamado codicilo militar, t o i] os destinados á corroborar su nacimiento en la capital de Liguria. E¡ primero, ¡a carta de Colón al Oficio genovés, ofrece, por cierto, muy raras condiciones. Lm pieza con la frase siguien­te: «Bien que el cuerpo ande por acá, el corazón está allí de continuo.» Admitamos que el adverbio tilli, cuyo significado es diversidad, 110 oposición de lugar, designe el de la ciudad de Genova. Colón participa, seguidamente, á los señores del Oficio ge­novés que manda á su hijo D. Diego destine el diezmo de toda la renta de cada año á disminuir el impuesto queBatisfacían las vituallas comederas á su entrada enESella ciudad; es de­cir, al pago de los derechos que hoy denominamos de consu­mos, dádiva de verdadera importancia. La singularidad á que me refiero consiste en que esta curiosa carta no guarda confor­midad con los hechos notoriamente ciertos, pues el Descubri­dor, antes de verificar su cuarto viaje, dejó á su primogénito un memorial de mandatos ó encargos que D. Diego incluyó religiosamente en su testamento: ía auten’ieidad de este docu­mento, descubierto hace muy pocos años, ha sido demostrada elocuentemente por el sabio académico de la Historia, Sr. Fer­nández Duro. Entre aquellos mandatos figura el relativo á un diezmo de la renta, es verdad; pero no lo destinó Colón al pago de los consumos (fe las vituallas comederas de Génova, ni á favor de ningún otro pueblo de Italia, sinó al de los pobres; y parece sumamente extraño que siendo dicha instrucción espe­jo de les sentimientos del Almirante, en que se evidencia su amor á Dios, á la caridad, á los Reyes, á Doña Beatriz, y has­ta al orden doméstico, y en que insinúa el recelo que, sin duda, abrigaba, de 110 regresar con vida de aquel cuarto viaje, no dedicara en-memorial tan expresivo y minucioso una sola pa­labra á la ciudad do Genova.                                                 . A juzgar por la carta que en 4 de Abril de 1502 dirigió á Fray Gaspar Gorricio, Colón escribió el memorial en aquellos días y 110 se comprende que con fecha 2 de los mismos mes y año haya anunciado á la Señoría genovesa la concesión de una dádiva que 110 incluyó en el repetido memorial, ni en ningún otro documento, ni en su última disposición testamentaria. Semejante contradicción es verdaderamente notable, como lo es también la circunstancia de no constar de alguna manera que las autoridades de la favorecida ciudad se hayan preocu­pado poco ni mucho de tan generosa concesión… Lo cierto es que ninguna de las dádivas ni disposiciones de Colón relati­va» i Génova, llegaron jamás al terreno de la realidad; las pri­meras son evidentemente supuestas, y las Sgundas no pasaron de meros adornos de una ficción.

Otra frase de dicha carta es la de que oíos reyes 111 o quieren honrar más que nunca». La consignó precisamente en los mo­mentos en que se le negaban los títulos de Virrey y Goberna­dor y el ejercicio de estos cargos; en que se 3e imponía la bochornosa condición de no desembarcar en la isla Espnmla. Semejante frase puede explicarse atribuyendo á Colón un ario de abnegación y de generosidad propio de su magnánimo co­razón; pero se hace lógico desconfiar de ello, dado que en la misma carta encomienda sentidamente su hijo D. Diego á la Señoría, humilde recomendación que 110 cuadra con la men­cionada frase, ni con la altiva enumeración de sus elevados títulos antes de las siglas de su firma. Es el segundo documento la minuta de la eontosiarión dada por el Oficio genovés á la cai ta de Colón que acabo de exami­na]’. Merece desconfianza el hecho de que hayan padecido ex­travío los diversos papeles que con respecto al glorioso Descu­bridor debió poseer el gobierno ligdreo, y que se haya salvado de dicho extravío el que precisamente consigna á roso y bel lu­so la palabra patria; pero más extraño es todavía que ese mis­mo gobierno, que en la mencionada minuta llama «elarissime amanlissimeque concivis» 3 Colón, pocos años después baya dado á la comarca de Saona la denominación de «Jurisdizione di Colombo», indicio evidente de que á la sfizón, y á pesar de dichos documentos, 110 le consideraba hijo de Génova. El tercer papel es un dibujo representando la apoteosis de Colón, atribuido á la propia mano del Almirante, opinión completamente equivocada, ya por la mezcla de vocablos cas­tellanos, franceses é italianos que explican las diversas figuras, ya porque seguramente Colón no hubiera prescindido de dar en él un puesto preferente;’! su protectora la Reina Isabel, ya por otras importantes razones que omito en gracia á la brevedad. El dibujo fue trazado por quien no podía sentir estas considera­ciones; ¿por quien tuvo al hacerlo el pensamiento de glorificar al insigne navegante? No: el de estampar en lugar eminente, á la cabeza y en el centro del dibujo, esta palabra: Genova. Por úllimo, creo que os inferiría un agravio si me detuviera á examinar el llamado codicilo militar; sabéis que ha sido de­clarado autorizadamente documento apócrifo. Bastará recorda­ros el absurdo de que una de sus cláusulas disponga que en caso de extinguirse la línea masculina del Almirante, herede sus títulos, cargos y rentas… ¡la república de Génova!

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Los partidarios de Génova, comprendiendo que no bastaban todos estos antecedentes para establecer definitivamente, como verdad histórica, la de haber sido aquella ciudad cuna del Des­cubridor del Nuevo Mundo, han procurado reforzar la demos­tración con otra clase de documentos, queme permito denomi­nar auxiliares, tan curiosos como ineficaces; lo primero, por sus extrañas condiciones; lo segundo, porque no predisponen el ánimo siquiera á esa benevolencia vecina á la persuasión. Examinaré los principales con la mayor brevedad, á fin de no molestaros. En el archivo del Monasterio de San Esteban de la Vía Mul- cento, de Génova, se han encontrado varios papeles con los nombres de Dominico Colombo y de Susana Fontarossa ó Fon- tanarossa, y de los hijos de estos, Cristóbal, Bartolomé y Die­go, en el período comprendido entre los años 1456 y 1459. ¿No es, por cierto, singularísimo que aparezca consignado el nom­bro de Diego en fecha anterior á la de su nacimiento, que de­bió acaecer entre 1463 y 1464? Milagrosa anticipación por cierto; pero se halla compensada por la injusticia de que esos papeles no contengan el nombre de Juan, segundo ó tercer hermano del Almirante, que en dichos años aun vivía, ni el de su hermana Blanca: se adivinó que estos dos hijos de Domingo Colón no habrían de alcanzar notoriedad histórica, por fallecimiento del primero y por des­aparición de la segunda en la muchedumbre de las gentes! Los comisionados de la Academia genovesa, encargados de informar acerca de la patria de Colón, encontraron un anti­guo manuscrito en cuya margen un notario estampó la noti­cia de que el Descubridor constaba bautizado en la iglesia de San Esteban; análoga afirmación hacen los sostenedores de que Caí vi, en Córcega, ha sido la cuna de Colón. Ambas pro­posiciones se destruyen mutuamente; pero en cuanto al buen notario ¡con poco se contentó para establecer como indiscuti­ble la gloria de Génova! Y ¿qué diremos de los frailes de San Esteban de la vía Mulcento? ¿lis posible que un suceso tan sorprendente como el del descubrimiento, que vino á con­mover la sociedad, á ser conversación preferente de toda clase de personas, á crear nuevas y ricas fuentes de comercio, á ofrecer vasto campo á la propagación de la Fe católica, pasara inadvertido para aquellos monjes, en cuya iglesia se bautizara el Descubridor famoso y en una de cuyas casas habría nacido, si fueran exactos los cálculos que se hacen con relación á los Dominicos Colombo que figuran en dichos papeles auxiliares? Aparece un «Christophorus de Columbo, filius Dominici, mayor de diez y nueve añosa, en 1470. Se explica, por la pre­visión, lo de hijo de Dominico; pero lo que nadie ha podido explicar todavía es la indicación de ser mayor de 19 años en 1470 (en que ya pasaba de los 33), con tanta más razón, cuanto que en 1472 exhiben otros papeles á «Christophorus Columbus lanerius de Januua lex Letona? egressus», esto es, mayor de 25. En dos años pasó de mayor de 19 á mayor de 25 y varió, retrocediendo, el apellido de Columbo en Columbus. Todo esto pudiera explicarse con mayor ó menor violencia; pero lo que, en mi humilde concepto, constituye un absurdo es lo de «lanerius» de Génova. En 1472, si Colón no se había casado, estaba á punto de realizarlo en Portugal. Santo y bueno que en aquel año viajara á Italia para visitar á sus padres; pero que un hombre de sus condiciones y conoci­mientos, próximo á enlazarse á una dama de la nobleza por­tuguesa, marino de profesión, capitán que había sido de una galera al servicio del Anjou pretendiente á la corona de Nápoles, descendióse á firmar, como tejedor, en documentos notariales, se me figura, repito, verdadero desatino. Resulta, además, que en aquella región de Italia, pululaban los Dominicos Colombo. Dominico Colombo, de la noble casa de Cúccaro; Dominico Colombo, dueño de una casa con tienda, jardín y pozo, fuera de la puerta de San Andrés de Génova; Dominico Colombo, inquilino de una casa de los frailes de San Esteban en la vía Mulcento; Dominico Colombo, hijo de Ferrario, en Placeucia; Dominico Colombo, hijoths Bertoliuo, en Pradello; Dominico Colombo, hijo de Juan, en Quinto; Dominico Colombo, lane- rio de Génova, li’abilatori en Saona, sin perjuicio de los que se supone haber existido en los diversos pueblos que se dis­putan la cuna del insigue descubridor. Por virtud de la homonimia, varios de esos Dominicos quedan reducidos á uno sólo, padre del Almirante, cómoda, aunque ineficaz manera, á mi juicio, de arreglar las cosas, porque si el apellido Colombo y el nombre Dominico eran en aquella región de Italia tan comunes como los de López y de Juan en España, nada más natural y sencillo que el hecho de vivir en dicha comarca muchos Dominicos Colombo y en Cas­tilla muchos Juan López. Los demás documentos á que me refiero exhiben también notables incongruencias en fechas y en conceptos; y siendo carácter eminente de la verdad el de la unidad de los elemen­tos que concurran á formarla, las deformidades de estos con respecto á la cuestión, alejan del ánimo toda propensión al convencimiento de haber sido la ciudad deGénova cuna del Almirante. Digna de meditación es también la circunstancia de que en Italia 110 haya aparecido documento alguno en que Bartolomé Colón conste siquiera como testigo tejedor, ni que ofrezca, en condiciones históricamente apreciables, el apellido materno del Almirante. La caprichosa suerte les negó una exhibición documental que concedió á un ínclito elegido suyo, gran na­vegante, gran geógrafo, gran cosmógrafo; y á fin de que la posteridad no vacilase con respecto al lugar de su gloriosa cuna, nos reservó la sorpresa de presentarle, á lo mejor de sus años, en calidad de testigo lanerio!… *  * Otra cuestión interesante es la relativa á los apellidos Co- lombo y Colón. ¿Cuál de los dos era el verdadero? Se supone que el Almirante, para distinguir su familia de otras que tenían igual apellido, y para acomodarle á la lengua española, convirtió en Colón el de Coloinbo. Dícese también que igual conversión se verificó en España gradualmente. Me permito dudar de que ambas explicaciones, aunque desde luego muy razonables, sean exactas. En primer lugar, exisle el hecho dlljuc el Descubridor iw en Portugul el apellido CSlón , puesto que la carta Wl-l rey don Juan invitándole á volver á Lisboa, contiene dicho apellido, y claro es que los funcionarios portugueses no habría 11 de em­plearlo por la única razón de que empezara á vulgarizarse en Castilla, motivo que bastaría (tara que hicieran lo contrario, sino por la de que así era llamado anteriormenle en Portugal el que había solicitado apoyo oficial para su empresa. Deri­vándose multitud de apellidos españoles ó italianos de su común origen, la lengua latina, el de Colombo era perfecta­mente apropiado á la castellana, demostrándolo la circunstan­cia de que, á pesar de los siglos transcurridos, existen en los territorios de León y de Galicia, pueblos y parroquias con la denominación de Santa Colomba. A los Ileyes Católicos ser­via un secretario llamado Juan de Coloma, apellido que tam­poco ha variado; de manera que parece indispensable averi­guar si para ello ha existido alguna otra razón esencial. A raíz del descubrimiento y en carta de 14 de Mayo de 1493 al Conde Borromeo, Pedro Mártir dice «Christophorus Colonus;» y puesto que en sus epístolas empleó la lengua latina, lo lógico hubiera sido escribir espontáneamente Colombus y no Colonus, hecho que demuestra que lo escribió persuadido por el evidente razonamiento de que Colón se deriva de Colonus y no de Colombus; y puesto que el P. Las Casas, refiriéndose á los historiadores de los primeros sucesos de Indias, afirma que lo que P. Mártir dijo tocante á los principios del descubri­miento afué con diligencia del propio Almirante,» es de pre­sumir que el escritor italiano obtuvo de éste noticias precisas acerca de la etimología del apellido, circunstancia que se co­rrobora por el hecho de que D. Fernando Colón, al tratar esta materia en la hisLoria de su padre y al comentar alegóricamente ambos apellidos, asegura que «si queremos reducirle á la pro­nunciación latina, es Christophorus Colonus;» y no sólo insiste en afirmarlo, siuó que también añade la singularísima indica­ción de que el Almirante volvió á renovar el de Colón. Seme­jante idea de renovación de apellido, ¿habrá provenido de al­guna insinuación más ó menos explícita de su padre, aplicán­dola el docto hijo á un simbolismo religioso? ¿Es que, en efecto, esta renovación del apellido Colón fué un regreso, di­gámoslo así, al verdadero? Si el Almirante, en los tiempos en que navegaba por el Me­diterráneo, seducido por la fama de los Almirantes Colombo el viejo y Colombo el mozo, ó por la moda de usufructuar tal sobrenombre, seguida por diversos marinos más ó menos dis­tinguidos, como Nicolo, Zorzi, Giovanni y otros, lo llevó tam­bién durante algún tiempo, ¿no hubiera sido lógico que al to­mar el de Colón, derivándolo del latino Colonus y no de Co­lombus, expresara que lo renovaba? Es de notar que en las estipulaciones de Santa Fe se estampó el apellido Colón, indu­dablemente con la cabal aquiescencia del gran navegante; de manera que existen motivos racionales para presumir que el apellido Colombo no era el verdadero del Descubridor famoso, y que del uno no se derivó el otro. Los comentarios que acabo de exponeros se refieren á algunos puntos esenciales de la historia de Colón, y he omitido otros, también interesantes, por no consentirlo el breve espacio en que me es permitido abusar de vuestra bondad. Con dichos comentarios he intentado recordaros el estado actual de la cuestión relativa á la patria y origen del primer Almirante de Indias, y demostraros que existen, en verdad, bases positivas para la discusión pendiente; no en vano un esclarecido crítico ha dicho que habrá de transcurrir mucho tiempo antes de que so escriba la historia definitiva de Cristóbal Colón. Nuevos elementos vienen ahora á influir en la composición de esa historia, quizás encaminando las investigaciones por inesperado derrotero, y para exhibirlos paréceme muy justo que os manifiéstelas circunstancias que han precedido y acom­pañado á su aparición. Figura en primer término,la publica­ción, en 1892, del notable libro de D. Luis de la Riega titulado El Rio Lérez. El muy cercano parentesco que á tan acreditado escritor me liga, no ha de ser razón para que me abstenga de encomiar sinceramente dicho libro; mis alabanzas, además, son muy posteriores á las que espontáneamente hicieron de él la prensa de Madrid y la de Galicia, pues su condición esencial de hallarse dedicado á ensalzar brillantemente las bellezas de una comarca, no impide que ofrezca verdadero deleite para los aficionados á la buena literatura. En sus páginas he encontrado el primer móvil de mis investigaciones, cual es la cita de una escritura de aforamiento hecho á principios del siglo xvt por el antiguo monasterio de Poyo, en las cercanías de, Ponteve­dra, á Juan de Colón y su mujer Constanza de Colón. Esta sin­gularidad me condujo á la lectura de papeles de aquella época, entre los cuales encontré un curioso cartulario en folios de pergamino con instrumentos notariales de aquel siglo y del anterior, en que se halla incluido otro aforamiento por el Con­cejo de Pontevedra, en 1496, de un terreno al que se designa como uno de sus límites la heredad deCristobo de Colón, nom­bre indudablemente de algún propietario anterior que, según costumbre muy general, conservaba dicha finca. La aparición de tan glorioso apellido en aquella localidad me inspiró el ra­ciocinio lógico de que, puesto que se había revelado en dos documentos, podría repetirse en otros más ó menos anteriores, habiéndome dedicado, por lo tanto, al examen de cuantos pa­peles del siglo xv pudieran existir en los archivos locales y particulares, y de los que lograse obtener por diversas gestio­nes. Xo he desmayado en la tarea, facilitada, dicho sea en honor de la verdad, por la ilustrada Sociedad Arqueológica de Ponte­vedra, fundada y presidida por el perseverante y doctísimo jurisconsulto y arqueólogo D. Casto Sampedro. Al notable Museo creado por dicha Sociedad han sido entregados patrió­ticamente numerosos libros, papeleSy pergaminos antiguos; los poseen también muy curiosos c importantes el archivo del Ayuntamiento y el del antiquísimo Gremio de mareantes, y obtuve los interesantes datos que forman la base del presente estudio; os probable que aparezcan en lo sucesivo otros más eficaces, por más que ha sido gran fortuna que llegaran á nues­tros tiempos noticias escritas acerca de personas á la sazón tan modestas. Como veréis, resulta comprobada la existencia de los apellidos Colón y Fonterosa: el segundo aún persiste en la provincia de Pontevedra, constando sin solución alguna en re­gistros parroquiales desde últimos del siglo xvi hasta el pre­sente: dos de los nuevos documentos lo exhiben en 1525 y 1528, y otros lo presentan en varios años del siglo xv, coexistiendo con el de Colón. Hechos tan extraordinarios me impulsaron al estudio repe­tido y constante de cuantos autorizados libros tratan de la vida del Descubridor del Nuevo Mundo, adquiriendo el convenci­miento de que, en efecto, el problema que se discute se halla envuelto en el misterio, pues cuatro son las poblaciones que han dedicado sendos mármoles á sji hijó Cristóbal Colón, dos las que alardean do haber poseído el registro de su bautismo y otras ocho ó diez laskue exhiben diversos títulos para con­siderarse patria indudable del famoso navegante. Semejante disparidad de elementos históricos puede prove­nir de la absoluta falta de verdad en todos ellos, y os ruego me perdonéis el atrevimiento de esta indicación. Preséntase ahora al concurso una población española que por otros conceptos es muy digna de consideración ante la historia, y per­mitidme que siquiera os recuerde la importancia marítima que Pontevedra tenia en el mismo siglo xv, ya como puerto de Ga­licia, ya como uno de los principales astilleros de Castilla en aquella época. Patria es de los Almirantes Payo Gómez, Alvar Páez de Sotomayor y Jofre Tenorio en la Edad Media; del ilus­tre marino al servicio de Portugal Juan da Nova, descubridor de las islas de la Concepción y de Santa Elena, en el entonces recién hallado camino de la India por el cabo de Buena Espe­ranza; de Bartolomé y Gonzalo Nodal, descubridor este último del estrecho que injustamente lleva el nombre de Lemaire; de Pedro Sarmiento, á quien publicistas de Inglaterra llaman el primer navegante del siglo xvi; de los Almirantes Matos, que brillaron en el xvii, y de otros distinguidos marinos, entre los cuales descuella en nuestros tiempos el ilustre Méndez Núñez.

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Hé aquí ahora la relación de los documentos descubiertos:

  1. °   Escritura de carta de pago dada á Inés de Mereles por Constanza Correa, mujer de Esteban de Fonterosa, fecha 22 de Junio de 1528.
  2. °   Escritura de aforamiento por el concejo de Pontevedra, en 6 de Noviembre de 1525, á Bartolomé de Sueiro, el mozo, mercader, y á su mujer María Fonterosa, folio G vuelto de un cartulario de 58 hojas en pergamino.
  3. °   Ejecutoria de sentencia del pleito, ante la Audiencia de la Coruña, entre el Monasterio del Poyo y D. Melchor de Fi- gueroa y Cienfuegos, vecino y alcalde de Pontevedra, sobre foro de la heredad de Andurique, en cuyo texto se incluye por copia la escritura de aforamiento de dicha heredad, hecho por el expresado Monasterio á Juan de Colón, mareante de aque­lla villa, y á su mujer Constanza de Colón, en 13 de Octubre de 1519.
  4. ”   Escritura de aforamiento por el concejo de Pontevedra, en 14 de Octubre de 1496, á María Alonso, de un terreno cer­cano á la puerta de Santa María, señalando como uno de sus límites ]a heredad de Cristobo (,xp.”) de Colón. Folio 20 vuelto de dicho cartulario de 58 hojas en pergamino.
  1. °    Acuerdo del concejo de Pontevedra, año de 1454, sin señalar el día ni el mes, nombrando fieles cogedores de las rentas del mismo año; entre ellos, á Gómez de la Senra y á Jacob Fonterosa para las alcabalas del hierro. Folio 66 del li­bro del concejo que empieza en 1437 y termina en 1463, con 78 hojas en folio.
  2. °    Folio 48 del mismo libro. Acuerdo del concejo, fecha 1.° de Enero de 1444, en que se da cuenta de la carta de fieldades del Arzobispo de Santiago, nombrando fieles cogedores de las rentas de la villa en dicho año; entre ellos, á Lope Muñiz ó Mén­dez y á Benjamín Fonterosa para las alcabalas de las grasas.
  3. °    Minutario notarial de 1440, folio 4 vuelto. Escritura de censo, en 4 de Agosto, por una parte de terreno en la rua.de Don Gonzalo de Pontevedra, á favor de Juan Osorio, picape­drero, y de su mujer María de Colón.
  4. ”    En el mencionado libro del concejo, folio 26. Acuerdo de Pedro Falcón, juez, Lorenzo Yáñez, alcalde, y Fernán Pé­rez, jurado, en 29 de Julio de 1437, mandando pagar A Domin­gos de Colón y Benjamín Fonterosa 24 maravedís viejos, por el alquiler de dos acémilas que llevaran con pescado al arzo­bispo de Santiago.
  5. °    Minutario notarial de 1436. Escritura de aforamiento en 21 de Marzo, hecho por Fernán Estévez de Tuy, á Alvaro Afon, de una viña en la feligresía de Moldes, en Pontevedra, señalando como uno de sus límites otra viña del aforante que labraba Jacob Fonterosa el viejo.
  6. Minutario notarial de 1435. Escritura de 25 de Diciem­bre, en la que Afon Ean Jacob afora la mitad de una viña á Ruy Fernández y á su mujer Elvira Columba.
  7. Minutario notarial que empieza en 28 de Diciembre de 1433 y termina en 20 de Marzo de 1435, 97 hojas, folio 85 vuelto. Escritura en 29 de Septiembre de 1434 de compra de casa y terreno hasta la casa de Domingos de Colón el viejo, por Payo Gómez de Sotomavor y su mujer Doña Mayor de Mendoza.
  8. El mismo minutario, folio 80. En 11 de Agosto de 1434, escritura de venta de la mitad de un terreno que fué casa en la rúa de las Ovejas, por María Eans á Juan de Yiana el viejo y á su mujer María de Colón, moradores en Pontevedra.
  9. Minutario notarial de 1434. Escritura de 20 de Enero, en que Gonzalo Fariña, hijo de Ñuño Mouriño y de Catalina Columba, difunta, hace donación de una casa sita en la rúa de D. Gonzalo de dicha villa.
  10. Minutario notarial de 1434 y 1435, folios 6 vuelto y 7. Dos escrituras, correlativas, fecha 19 de Enero de 1434. en que el abad del monasterio de Poyo se obliga á pagar respectiva­mente 274 maravedís de moneda vieja á Blanca Soutelo, here­dera de Blanca Colón, difunta, mujer que fué de Alfonso de Soutelo, y 550 maravedís de la misma moneda á Juan García, heredero de dichos Alfonso de Soutelo y su mujer Blanca Colón.
  11. Minutario notarial, cuaderno de 17 hojas, folio 2. En 28 de Noviembre de 1428, escritura de censo hecho por María Gutiérrez, á favor de la cofradía de San Juan de Pontevedra, en presencia de los procuradores y cofrades de la misma, Bar­tolomé de Colón y Alvaro da Nova.

Los anteriores documentos están redactados en dialecto ga­llego; el siguiente en castellano de la época.

  1. Cédula del arzobispo de Santiago, señor de Pontevedra, mandando al concejo, en 15 de Marzo de 1413, que entregue á maese Nicolao Oderigo de Janvua 15.000 maravedís de moneda vieja blanca en tres dineros.

Estos documentos, por la circunstancia de revelar la exis­tencia en Pontevedra, según ya he dicho, de los apellidos pa­terno y materno del inmortal descubridor en la primera mi­tad del siglo xv, tienen, á mi juicio, grande interés. Carezco de autoridad para pretender que la historia escrita sea recti­ficada desde luego y para exigir que la convicción que pudiera haber formado se establezca como artículo de fe; es probable además que, seducido por el amor á la patria que todos vene­ramos, y ofuscado por tan sorprendente reunión de coinciden­cias, la fantasía me conduzca por extraviado camino; pero me parece indudable que merezco disculpa, porque el hecho de hallarse lo más de la vida de Colón envuelto en tinieblas; el de no poder fijarse el pueblo de su nacimiento; el de aparecer contradicciones ó incongruencias entre la mayor parte de los datos que figuran al presente como históricos; el de haberse agotado en Italia, con respecto á su persona, las fuentes de información que subsisten precisas y diáfanas acerca de varo­nes menos ilustres y aun anteriores al gran navegante; y por fin, las deducciones que sin violencia alguna se desprenden de los nuevos documentos, son motivos poderosos, en mi con­cepto, para que se desvanezca la cabeza más firme.

En presencia del acuerdo del concejo de Pontevedra, que en 29 de Julio de 1437 manda pagar 24 maravedís viejos á Domin­gos de Colón y á Benjamín Fonterosa, nace espontáneamente la reflexión de que va muy poca distancia de un matrimonio realizado por personas de ambas familias, á la asociación para negocios ó de intereses entre éstas últimas, ó viceversa, de la asociación al matrimonio. Creo que no es desatinado seme­jante raciocinio, y hé aquí 1111 medio sencillo para explicar el hecho de que el Almirante haya tenido por padres á un Colón y á una Fonterosa, por más que este pensamiento parezca á primera vista vulgarísima sentencia. Del mencionado acuerdo resulta que el Domingo de Colón, á quien se refiere, era un alquilador de acémilas; si el Descubridor fué hijo de este mo­desto individuo, no sería absurdo suponer que las preocupa­ciones sociales de aquellos tiempos le obligaron á ocultar ori­gen y patria. Aparecen Fonterosas, apellido que, como he dicho, subsiste en aquella provincia, con los nombres de Jacob el viejo, otro Jacob y Benjamín; la madre de Colón se llamaba Susana. Si el Almirante pertenecía á esta familia, hebrea sin duda, que así puede deducirse de sus nombres bíblicos, ó por lo menos de cristianos nuevos, ¿no habríamos de disculparle y declarar plenamente justificada su resolución de no revelar tales ante- % cedentes, dado el odio á dicha raza que existía á la sazón y dadas las iras que contra ella se desencadenaron en la segunda mitad del siglo xv? ¿No merecería examen en este caso la in­clinación de Colón á las citas del Antiguo Testamento? La huerta de Andurique, aforada por el monasterio de Poyo á Juan de Colón, y situada d medio kilómetro de Pontevedra, linda con otras heredades de la pequeña ensenada de Porto- santo, lugar de marineros, en la parroquia de San Salvador. El descubridor del Nuevo Mundo bautizó á las dos primeras islas que halló en su primer viaje con los nombres de San Sal­vador y la Concepción, actos derivados indudablemente de su piedad religiosa; á las siguientes con los de Isabela, Fernan- dina y Juana, en demostración de su gratitud á la real fami­lia. Pero costeando la última, que conservó su denominación indígena de Cuba, llega á un río, después á una bahía y co­rrelativamente, sin que hubiese padecido en aquellos días borrasca, riesgo ni dificultad de ninguna clase, vuelve á apli­car al primero el nombre de San Salvador, y da á la segunda el de Portosauto. Algunos críticos explican lo de Portosanto por el hecho de que el suegro de Colón había sido gobernador de la isla portuguesa así llamada; esto es, que el inmortal na­vegante, que no’se acordó para tales actos de sus hijos, de sus padres, de su mujer, de su amada Doña Beatriz, de Génova ni de Italia, dedicaba tal afecto á un suegro que 110 había cono­cido, y le apremiaba tanto el deseo de demostrarlo, que honró su recuerdo á seguida del que dedicó á la religión y á los reyes. Mas si Colón hubiera nacido en Pontevedra, ¿no se jus­tificaría sobradamente que se hubiese acordado de una patria que no podía declarar en momentos tan solemnes, de tanta expansión afectiva como habrán sido para él los del descubri­miento, y repitiese la denominación de San Salvador, apli­cando la de Portosanto, parroquia y lugar donde quizás tuvo su cuna, en la seguridad de que nadie habría de sospechar su íntimo propósito? En su segundo viaje bautizó á una isla con el nombre de La Gallega. En el primero había denominado La Española á la que actualmente se llama de Santo Domingo: ninguna otra obtuvo de Colón el de La Italiana, el de La Griega, el de La Corsa, ni el de La Portuguesa. Es probable que el de La Ga­llega signifique un recuerdoá la carabela Santa María, pues tal era su sobrenombre; pero esta misma circunstancia ¿no podría demostrar la conjunción de dos ideas? Colón prefirió embar­carse en la Santa María, á pesar de ser buque de carga y de ofrecer la Pinta y la Niña mejores condiciones marineras y mayores ventajas para la empresa del descubrimiento. ¿Fue casual esta elección, no bien explicada hasta la fecha? Y como corolario de tal preferencia, quiso unir en el nombre de La Ga­llega los dos recuerdos, el de la nave y el de Galicia, si en ella hubiere nacido, de la misma manera que con el de La Espa­ñola satisfizo á su españolismo, muy acendrado por cierto, se­gún ha demostrado un sapientísimo critico? Otro de los nuevos documentos contiene la compra de una casa por Payo Gómez de Sotoinayor y su mujer Doña Mayor de Mendoza; ésta, sobrina del Arzobispo de Santiago; aquél, uno de los más nobles ricos-hombres de Galicia, mariscal de Castilla, caballero de la Banda, Embajador á Persia del Rey D. Enrique III. En dicha escritura se menciona, como parte del contrato, el terreno hasta la casa de Domingo de Colón el viejo, con salida al eirado de la puerta de la Galea. Este eirado es una plaza ó espacio irregular entre diversos edificios, tapias y muelle al fondeadero llamado de la Puente: hállase inmedia­to al lugar que ocupaba la puerta y torre de la Galea. En su tercer viaje, en extremo fatigoso por las calmas y por el calor sufrido más allá de las islas de Cabo Verde, dió Colón á la pri­mera tierra que halló el nombre de La Trinidad y, al primer promontorio, el de cabo de la Galea. No es probable que la circunstancia de presentarse á la vista una roca parecida á un buque, inspirase á Colón, inmediatamente después de un nom­bre de tan alta y sagrada significación como el de la Trinidad, el pensamiento de descender á uno tan trivial como el de la Galea, sin tener para ello alguna otra razón importante. Si Colón hubiera nacido en Pontevedra y jugado en su niñez en aquel eirado de la puerta de la Galea, vecino á la casa de un pariente muy cercano, donde los marineros extendían las redes y aparejos para secarlos y recomponerlos, frente á uno de los fondeaderos de las naves; ¿seria incorrecto presumir que en el nombre de cabo de la Galea, hubiera incluido una me­moria á su pueblo y á sus primeros años, en forma semejante á las que empleara anteriormente? De todos modos, ¿no es muy singular que sus tres primeros viajes, por lo menos, ofrezcan á nuestra meditación tres coin­cidencias tan expresivas?

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En la crítica histórica, la homouimia es un factor muy in­cierto, y no soy yo, en verdad, el primero ;í consignarlo así. La homonimia de uno ó de más nombres, no debe ser aprecia­da, á menos que concurran al caso circunstancias especiales y coincidan en apellido poco vulgar: según autorizados escritores, el de Colombo, era en el siglo xv común á muchas familias de Italia, del mediodía de Francia y de algunas regiones de Es­paña, mientras que el de Colón era seguramente único en la comarca de Galicia revelada por los nuevos documentos, sien­do muy extraordinario el hecho de que en la generación ante­rior á la del Almirante y en la coetánea, aparezca en Ponteve­dra ese glorioso apellido unido á nombres propios de casi todas Jas personas que formaron su familia: Domingo el viejo, otro Domingo, Cristóbal, Bartolomé, Juan, Blanca, esto es, una renovación muy frecuente en todas partes, originada por afec­to, por respetuoso recuerdo á los antepasados ó por padrinazgo de los parientes inmediatos en la piladel bautismo. Esta circuns­tancia, con ser tan elocuente, aun pudiera calificarse como caso de homonimia; pero existir á la sazón y en el mismo pueblo el nada vulgar apellido materno del Descubridor y además constar juntos los dos de Colón y Fonterosa en el mandato de pago re­lativo á servicio especial, constituye, al lado de los demás indi­cios, un suceso de tan sugestiva influencia, que difícilmente puede, el que lo examina, sustraerse á su eficacia persuasiva. Consejo de la prudencia sería proceder con calma y caminar con pies de plomo, según suele decirse vulgarmente; pero en mi concepto, uno de los nuevos documentos parece que arroja, no sólo sobre los demás, sinó también sobre la vida de Colón, y, por consiguiente, en el obscuro campo de la historia rela­tiva á esa interesante vida, potentes rayos de luz, ante los cua­les no acierta á refrenarse la imaginación ni á defenderse el entendimiento: es la cédula del Arzobispo de Santiago, fecha 15 de Marzo de 1413, dirigida al concejo, juez, alcaldes, jura­dos y hombres buenos de su villa de Pontevedra, ordenándo­les entregar, «cojidos y recabdados», 15.000 maravedís de mo­neda vieja á maese Nicolao Oderigo de Génova. Recordad que el íntimo amigo del Almirante, el que le mereció la confianza do ser depositario en 1502 de las copias de sus títulos, despa­chos y escrituras, se llamaba también Nicolás Odérigo, legado que había sido del gobierno genovés ante los Reyes Católicos. La distancia de casi un siglo entre ambos hechos, demuestra que el Nicolás Odérigo de 1502 no era el mismo de 1413; pero pudo el uno ser antepasado ó pariente próximo de los antepa­sados del otro. Si aquel fué, por ejemplo, navegante y merca­der de telas de seda y de otros géneros y artículos de la indus­tria italiana, que las naves genovesas llevaban á aquella co­marca de Galicia; si su descendiente desempeñó, por adquisi­ción de nobleza ó por otras elevadas cualidades y prendas, el cargo de embajador, ¿sería acaso un dislate presumir que la estrecha amistad de Cristóbal Colón con dicho legado tenía antigua fecha en su familia y provenía de una protección cuyo origen pudiera haber sido la presencia en Santiago y Ponte­vedra, á principios del siglo xv, del Odérigo á que se refiere la cédula del Prelado compostelano?

Si los padres de Colón fueren individuos de las familias Co­lón y Fonterosa, residentes en Pontevedra, emigrados luego á Italia, puede aceptarse que hubieran utilizado alguna reco­mendación ó relación directa ó indirecta con los Odérigo. ¿De­bió quizás Colón á esta encumbrada familia de Génova los me­dios necesarios para verificar sus estudios y para emprender la carrera de marino? ¿Conocía el embajador Odérigo la verda­dera patria del Almirante, y supo conservar el secreto como pudiera deducirse, tanto del silencio que guardó acerca de la patria y del origen de su amigo, como del hecho de haber rete­nido las copias que le confió y que no fueron entregadas á las autoridades de Génova hasta muy cerca de dos siglos después por Lorenzo Odérigo?

Estas y otras preguntas é hipótesis análogas, se ofrecen al pensamiento y parecen adquirir fundadamente el aspecto de la verdad, porque no es fácil concebir que por exclusiva virtud de la casualidad pueda llegar á tal extremo el concurso de indi­cios tan numerosos y homogéneos.

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Para concluir, me permitiréis que os recite, en extracto, la leyenda que he imaginado, fundada en los datos y raciocinios que acabo de exponer. El matrimonio Colón-Fonterosa, residente en Pontevedra, emigró á Italia á consecuencia de las sangrientas perturbacio­nes ocurridas en Galicia durante el siglo xv, ó por otras cau­sas, hacia los años 44 al 50 del mismo, aprovechando, al efec­to, las activas relaciones comerciales y marítimas que enton­ces existían entre ambos países. Llevó en su compañía á sus dos hijos mayores, criados ya (los demás nacieron posterior­mente), y utilizó, para establecerse en la ciudad de Génova ó su territorio, y probablemente en Saona, recomendaciones al Arzobispo de Pisa, que á la sazón era clérigo sine-cura de la iglesia de Santa María la Grande, de Pontevedra, y cobraba un quiñón de sardina á los mareantes de dicha villa, ó relaciones directas ó indirectas con la familia de Odérigo, á cuyo amparo pudo Cristóbal Colón dedicarse al estudio. Apto á los 14 años de edad, tanto por sus conocimientos, como por su robustez, para la profesión de marino, emprendió la vida del mar, en la cual navegó durante veintitrés años consecutivos, llegando por su destreza y por su valor á ser jefe de un buque al servicio de Renato y de Juan de Anjou, y transformando su apellido Co lón en el de Colombo, á imitación de algunos audaces corsa­rios que usufructuaban este sobrenombre, ó por haber milita­do quizás bajo el mando de Colombo el viejo, ó de Colombo el mozo, célebres marinos que usaban también, sin pertenecerles, el mismo apellido.