COLÓN, PONTEVEDRA, CAMINHA por Rodrigo Cota

Rodrigo_Cota.jpgYa pasa un siglo desde el día en que D. Celso García de la Riega presentó su teoría sobre el origen gallego de Cristóbal Colón, y más de treinta años desde que Alfonso Philippot propuso al legendario Pedro Madruga como verdadera identidad de Colón.

Y  recientes hallazgos de textos y documentos no solamente demuestran que ambos tendrían razón. Ahora sabemos además que ni uno ni otro fueron los primeros en relacionar a Colón con Galicia y con Pedro Madruga, lo que confiere, si cabe, más mérito a sus trabajos.

Cientos de años antes del nacimiento de García de la Riega y Philippot ya había quien sostenía exactamente las mismas teorías sobre el Colón gallego, como demuestran las últimas investigacio­nes presentadas en la obra “Colón, Pontevedra, Caminha”.

Así tenemos, por ejemplo, un párrafo sacado del trabajo “Itinerario por las regiones subequinoc- ciales” que sitúa inequívocamente a Colón en Galicia antes del descubrimiento. Su autor no es otro que Alessandro Geraldini, amigo íntimo del descubridor. También tenemos la “Crónica de Carlos V” de Francesillo de Zúñiga, quien apenas unos años después de la muerte de Colón relaciona directa­mente al personaje con Pedro Madruga.

Basten estos dos ejemplos, de entre los muchos que podríamos citar, para demostrar dos cosas: en primer lugar que situar a Galicia como patria de Colón no es un “invento” de García de la Riega; y en segundo lugar sirvan los textos de Geraldini y Francesillo de Zúñiga para comprobar lo injusta que ha sido la Historia con las tesis gallegas, a las que ha tratado siempre con una desconsidera­ción letal mientras daba alas a otras propuestas que carecían de cualquier soporte documental como las catalanas, mallorquínas, portuguesas o la más extendida e inverosímil de todas, la del Colón genovés.

Ese soporte del que carecen otros nos sobra a los pontevedreses. Tenemos documentos que demuestran que Pontevedra, particularmente el lugar de Porto Santo, en Poio, era el único lugar del mundo en que existía el apellido Colón en el siglo XV. Conocemos también que cerca de cien nombres utilizados por el navegante para bautizar otros tantos lugares descubiertos por él en América pertenecen a la toponimia de las Rías Baixas, ¿le suenan los nombres de San Salvador, Porto Santo, Lanzada, Río Miño, Arenal o Piedras Negras?; ¿alguien que no fuera gallego hubiera utilizado esos nombres? Sabemos además, por textos escritos de puño y letra de Colón, que su castellano estaba plagado de voces gallegas. ¿De dónde puede ser originario quien escribe “debu- xar” en lugar de “dibujar”, “enxerir” por “ingerir” o “perigos” por “peligros”?

Pero es que además, ahora, tenemos ya centenares de textos y documentos que relacionan a Colón con Pedro Álvarez de Sotomayor, o Pedro “Madruga”, conde de Caminha. Hoy sabemos que Colón intercedió personalmente ante los reyes para conseguir un ascenso a Diego de Sotomayor, hijo de Pedro Madruga. Sabemos que otro hijo de Pedro Madruga, llamado igualmente Cristóbal, era amigo personal de los dos hijos de Colón, quienes serían sus hermanos en realidad. Sabemos que este hijo de Pedro Madruga es aún hoy conocido en Puerto Rico como Cristóbal Colón de Sotomayor. Y todo esto que estamos contando no son “ocurrencias” de La Riega o Philippot. Son afirmaciones de autorizados cronistas que conocieron en persona a Colón o a su entorno. O son documentos que se encuentran en los archivos, como uno que nos dice que Diego Colón, hijo del descubridor, quitó cien esclavos a otro castellano para dárselos al hijo de Pedro Madruga.

Ante estos nuevos y determinantes hallazgos tenemos dos opciones: buscar la prueba científica o cruzarnos de brazos durante otros cinco siglos. Yo opto por la primera.

Recientemente se han extraído muestras del ADN de Colón y sus parientes más cercanos. No hay más que compararlas con el ADN de los restos de la familia Sotomayor o con cualquier persona viva que descienda de Pedro Madruga. Ese proceso ya lo han hecho, claro, catalanes, genoveses y mallorquines sin éxito, convirtiendo a la teoría gallega en la única seria que queda por descartar.

Y   la pregunta inevitable es, ¿por qué no hacerlo?; ¿es que acaso perderíamos algo, incluso aunque el resultado fuese adverso? Pero pensemos por una vez en lo que Pontevedra ganaría con un resultado positivo. Pensemos en lo que lograríamos si el dictamen nos dijera: “Colón y el ponte- vedrés Pedro Madruga eran la misma persona”. Pensemos en lo que ganaríamos si pudiésemos situar a Pontevedra en los mapas como el lugar que vio nacer al descubridor de América.

Aunque solamente hubiera una posibilidad entre un millón, y crean que las posibilidades se van acrecentando cada día, ¿por qué no intentarlo? Si unos simples análisis de ADN nos pueden sacar de dudas, ¿por qué no hacerlos?

Todos sabemos que varios reinos de Europa dudaron en enviar a Colón a cruzar un océano, hasta que alguien dijo: “¿por qué no intentarlo?”.

Y  encontró un continente.

Por eso, como buenos gallegos, a la pregunta ¿por qué hacer las pruebas de ADN?, debemos responder con otra pregunta: ¿y por qué no? Quizás entonces los gallegos descubramos un Nuevo Mundo una vez más.

Rodrigo Cota GonzálezC

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