Wenceslao Fernández-Flórez

WENCESLAO FERNÁNDEZ FLORES

En los años veinte de principio de siglo XX, fueron muchos los que intentaron que no cayera en el olvido las aportaciones de Don Celso García de la Riega, pero se encontraron con todo tipo de impedimentos infranqueables y que en esta web recogemos para hacer justicia, uno de esos impedimentos en pro de la verdad, fué la propia Academía de la Historia.

Encontramos en un artículo del diario ABC de fecha 28 de agosto de 1926, una sátira burlesca sobre este asunto de las manos del gallego Wenceslao Fernández-Flórez, y que nos dá una idea de lo complicado que lo tuvieron los colonianos de prinicipio de siglo.

[Link Hemeroteca ABC]

EL SUEÑO DE UN ACADÉMICO DE LA HISTORIA
El señor académico de la Historia se ha quedado dormido en su gabinete de trabajo. Estudiaba en el Alrededor del Mundo las costumbres en el paleolítico cuando la fatiga cerró piadosamente los ojos del ilusttre personaje. El ilustre personaje produjo un ronquido de tono agudo; lo corrigió, lo perfeccionó, fue bajándolo en ensayos sucesivos, hasta hallar ese tono grave y digno que corresponde al roncar de un académico de la Historia, y ya parecía definitivamente cautivo de su monótono arte al dibujarse delante de él, en la estancia, la silueta de, un hombre de cierta edad, con gorra de terciopelo y amplia chaqueta de cuello de armiño. El hombre dio unos pasos, exagerando ese andar que las novelas achacan a los viejos marinos, y se detuvo para alzar un poco la gorra, de lasque sé escapaba una corta melena.

El aparecido.—:B.uenas tardes, señor. Creo que me conocerá usted sin otras presentaciones.

El académico.—Sí. Le he visto a usted en varias estampas. ¿No es usted una marca de fábrica? Esa traza la he encontrado dibujada en una botella de anís o en una caja de almidón.,. No estoy seguro,

El aparecido.—Pero, eso aparte.-. En fin, yo soy Cristóbal Colón,

El académico—¡ Cristóbal Colón !

El aparecido.—Sí; soy Colón. Aquí traigo el huevo- ”

Bl académico.—No, no es preciso… Ahora caigo en que… Siéntese. ¿Y qué le trae a usted por esta casa?.

Colón.—He sabido que se ocupaban de mí e.n estos días, . . . ”

El A.—En efecto; nos ha dado algo que hacer cierto incidente…; hasta hemos tenido que escribir unas cartas..; yo también he escrito una carta… Nunca creí que el cargo de académico de la Historia diese tanto trabajo… ¿Viene usted a darme gracias?.

C. (dando vueltas a la gorra).—Precisamente a dar gracias, no. Yo. quería aclarar.,. El A.—¡Un momento ¿Ha dicho usted “aclarar”? ¿Aclarar qué? Es muy peligroso eso, amigo mío, muy peligroso. Temo no haber comprendido bien sus intenciones.

C.—Me refiero a algo que me atañe personalmente.

El A.—¡Como personalmente! ¡Esa es buena! Personalmente nada le atañe a usted. Parece mentira que no comprenda lo que es tan sencillo. “Usted, en vida, habrá hecho todo lo que haya tenido por conveniente; pero ahora ha pasado usted a ser propiedad de la Academia de la Historia. Nosotros le administramos, le definimos, le acaparamos. A usted y a todos los personajes fallecidos. Somos sus procuradores. Más aún: somos su padre y su madre.

C.—Pero de mí se ha dicho…

El A.—No le importe a usted lo que se diga. Aquí no hay nadie que pueda hablar o escribir acerca de usted más que nosotros,

C.—SÍ usted me permite.,. Lo que yo deseo es confesarle a usted que, verdaderamente, yo he nacido en Galicia,

El A. (incoporándose)>—¡Es usted un impostor!

C.—Se lo aseguro. Tómese la molestia de examinar las pruebas que le ofrecen. Ahora no tengo motivo alguno para ocultar mí origen. Soy gallego.

El A.—¡Gallego! ¿Está usted loco? Comprenda que éste es un golpe demasiado rudo. Usted no puede ser gallego sin que lo” decretemos nosotros. Usted es un hito en la Historia; la Historia es nuestra pupila. De usted se dijo siempre que era genovés,-. Luego, que no se sabia de dónde,.. Ahora, que nació en Pontevedra… Es demasiado. Le suplico que no se mezcle en nuestros asuntos.

C.—Disculpe usted que insista…

El A.—No puedo consentir… Voy a ser franco. La Historia,… bueno, la Historia sirve para no sé cuántas cosas, pero su mayor utilidad consiste en dar lugar a la Academia de la Historia. Sin Historia, no podía existir esta Academia; y sin esta Academia, yo creo—aquí, entre nosotros— que la Historia valdría un comino. Yo soy académico por mis amistades, por mis cargos políticos, por mi situación social…; y estoy muy contento. Es un título prestigioso. Pero yo no he venido aquí para trabajar a destajo. ¿Comprende usted? Yo no estoy en edad ni en condiciones de trabajar, i Voy ahora a perder mi tiempo y mi dinero en investigaciones? No. Pero tampoco he de consentir que los demás los pobres diablos que no son académicos, den a entender a la gente que aún hay muchas cosas por hacer. ¿Qué es lo que hay por hacer? ¡Tonterías! La Historia está completa hasta el presente. Mis padres y mis abuelos creyeron toda su vida que usted era genovés, y les fue tan ricamente. Lo mejor es no remover este asunto. ¿De acuerdo?

C.—Siento, mucho…

El A.—.¡Caballero; el que diga que Cristóbal Colón nació en Pontevedra nos infiere una ofensa personal! ¿Aún insiste usted?.

C.—Aún insisto.

El A– En ese caso…

El académico abre rápidamente un cajón de su despacho, coge un revólver y dispara un tiro contra Colón. Don Cristóbal cae. El académico esconde el cadáver en un armario, murmurando:

—Era preciso. El infame quería desprestigiarnos ante el extranjero.

W. FERNANDEZ-FLOREZ