Las cofradías de mareantes

LAS COFRADIAS DE MAREANTES

Las luchas de las hermandades dieron un quehacer bélico a los señores de Galicia y motivaron la decadencia de la burguesía. Con ellas coincide el auge de los pescadores. Todas las villas del litoral tenían sus barrios ma­rineros: los más importantes la Pescadería coruñesa y la Moureira de Pon­tevedra; arrabales aislados del núcleo principal del burgo y donde se pro­hibió el establecimiento de lonjas y tiendas de mercaderes. Las ciudades y villas del señorío arzobispal vieron, por las exenciones que su misma si­tuación entrañaba y por hábiles privilegios de los prelados, un apogeo de estos barrios de humilde origen. La exclusión de toda otra profesión que no fuese la del mar permitió en ellos que el gremio o la cofradía, conti­nuando antiguas agrupaciones sodalicias, coincidiera con la entidad pa­rroquial y jurisdiccional. Estos gremios adoptaron diversas advocaciones: San Pedro en Cabanela y Portillón de Ribadeo, San Andrés y la Vera Cruz (Paz y Misericordia) en La Coruña…, pero desde el siglo XIV se generali­za la extraña advocación del «Corpo Santo», que debe identificarse con el del santo dominico, confesor de San Femando. Fray Pedro González, muerto en Tuy en 1246, y que, por ser invocado al aparecer en la tempes­tad las luces que los antiguos atribuyeron a los Cabiros y a Helena, y que los navegantes mediterráneos llamaban fuego de San Erasmo (Sant Elm), recibió en el siglo XV el cognomen de «Telmo: San Pedro González Tel- mo» (50).

Detengámonos un momento en las características de la más potente de estas agrupaciones: la de Pontevedra (51). Constitúyenla unos dos mil ma­rineros, agregándose a los del arrabal de la Moureira los de algunos puer­tos de la ría sometidos a su jurisdicción. Gobernábanla tres «Vigairos» elegidos directamente por los mismos mareantes el lunes de Quasimodo en la iglesia de Santa María, por ellos suntuosamente levantada (52). Eran representantes del gremio, ejecutores de sus sabias ordenanzas, como jue­ces y alcaldes, en el territorio del Arrabal y —allá donde llegaba, con sus barcos, la discutida posesión del mar—agentes de las autoridades su­periores. Representaban el aspecto religioso y económico de la cofradía —manifestación piadosa del gremio— y en las cosas comunes, con su do­ble calidad electiva y de mandadto arzobispal, ejercían los derechos de vi­sita y prenda. Alguna vez, alzando su pendón en mitad de la ría, gritaron que eran los reyes del mar, y que para ellos no había Justicia en la tierra (53).

El Arrabal y sus gentes se subagrupaban en cercos. El cerco o arma- ció n real es el nombre de una amplísima red que llegaba a coger, en un solo lance, dos millones de sardinas. Cada cerco estaba constituido, me­diante escritura, por unos ochenta pescadores que aportaban cada uno, durante tres años, un trincado o nave principal, unas dos lanchas (bar­cos), siete pinazas de bajo bordo y cinco pirlos o botes, sus correspon­dientes aparejos, o meramente su trabajo. Elegían un jefe o atalieiro y un escribano propio del cerco. Toda una compleja jerarquía, que iba de aquel gobernante, de nombre árabe, hasta los últimos muchachos de mar, esta­blecía la responsabilidad en los distintos cometidos encomendados a maes­tros, proeles y compañeiros. En la distribución de las ganancias entraban —separado el diezmo de los Arzobispos de Santiago y de Pisa—, median­te uno o varios quiñones, cuantos trabajaban en la empresa común (54).

Este modo de pesca, decaído en el XVII, y que en vano tratará de re­novar en el XVIII Don Francisco Xavier García Sarmiento (55), asesora­do históricamente por su hermano el insigne benedictino, dio bienestar y estabilidad social a las clases marineras y fomentó la exportacaión de es­cabeches y salazones hasta el Mediterráneo oriental. Pero, en cambio, por este bienestar, desvió la actividad marinera de las costas gallegas, casi aje­nas —fuerza es confesarlo— a la ruta de las Indias.

Es cierto que nuestros astilleros —el de Pontevedra, importantísimo— dieron naves a la empresa: no debe negarse en absoluto que la Santa Ma­ría fuese Gallega (56), come fue Gallego une de los navios del último via­je de Colón (57), cuyo apellide se documenta aquí desde fines del XV Bayona de Miñor recibió directamente la buena nueva del descubrimien­to: Martín Alonso Pinzón, separado del almirante por una tempestad, y dándolo por perdido, comunica a los Reyes por medio del corregidor de la villa pontevedresa el fausto mensaje. La respuesta de que no se enten­derían sino con Colón le hace enfermar de enojo, y marchando a Portu­gal, muere a poco —el 15 de Marzo de 1493— (58). Pero ni este con tacto directo con la empresa, al recibir de regreso a parte de la expedición inicial y al facilitar navios, mueve el espíritu de aventura de los gallegos. De los nobles apenas Juan da Nova que, expatriado en Portugal, sirve a Don Manuel el Afortunado mandando la expedición de 1501, en que va Américo Vespucio, a la India (59); o Don Cristóbal de Sotomayor, hijo de Pedro Madruga, conde de Camiña, que marchó a La Española solo y mondo… y no traía de Castilla un cuarto para gastar (60). Pero, si repa­sáis los registros de pasajeros, apenas podréis anotar entre los cinco mil trescientos veinte sentados en Sevilla de 1509 a 1534 más que ciento trein­ta y nueve de oriundez gallega (61). Y en la población de Nueva España, entre 1540 y 1556, de mil trescientos ochenta y cinco españoles, quince tan sólo (62). Utilizando todos los datos publicados del siglo XVI, un 1,80 por 100 de gallegos entre los pobladores españoles de América de proce­dencia conocida.

Don Fernando de Andrade, que sigue en el XVI la política mantenida por su casa desde el tiempo de Pedro I, que logra trasladar de Santiago a La Coruña las Cortes de 1520, alcanza de Carlos V —frente a Sevilla y Cádiz— usando las prolijas razones, en que no falta el argumento reli­gioso santiaguista, la promesa de una «Casa de Contratación». Las expe­diciones a las Molucas, que parten de la ciudad en 1522 y 1525, darían base, con la importación de la especiería, a esta institución. Empeñadas las islas a los portugueses, quiebra la idea, aunque siguen saliendo de aquel puerto nuevas expediciones como la del Río de la Plata (1526), que manda Diego García (63).

Un solo nombre, de extraordinario relieve, incorporamos a los descu­brimientos del XVI, el de Pedro Sarmiento de Gamboa, el más científico de los navegantes del siglo, que descubre las islas Salomón en 1567 y cru­za, por primera vez, el Estrecho con la proa vuelta a nuestro hemisferio (64). Ruta en que se hacen famosos en el siglo siguiente los pontevedreses García de Nodal. Después damos a América: Obispos, ilustres capitanes y letrados, pero la emigración gallega es —contra lo que en general se cree— muy tardía, y parece ligada a la decadencia de las pesquerías y de los gre­mios de mareantes, y, sobre todo, a una profunda transformación social operada en nuestras costas a partir del 1720: la industrialización. Obede­ciendo a orientaciones, en el fondo acertadas, del intendente Avilés de crear una compañía de pesca, acuden elementos forasteros, los catalanes, con sus artes jábegas, bous, boliches— que pugnan, desde entonces con rape- tones, chinchorros y xeitos. Se crea riqueza, pero capitalizada, y, a la lar­ga, se agotan las ya mermadas fuentes próximas de vida marinera (65). Coincidiendo con esta crisis, se inicia la corriente emigratoria, que tiene sus orígenes, perfectamente delimitados, cuando, en 1725, el Consejo de

Indias decide poblar Maldonado y Montevideo con veinticinco familias de Galicia y veinticinco de Canarias. Frustrada entonces la iniciativa, por lo que a los gallegos respecta, aparece por completo organizada y con di­rección a estas mismas regiones del Plata, a Uruguay y a Patagonia, bajo la vigilancia de Don Jorge de Astraudi en 1778 (66).

Por Xosé Filgueira Valverde