La Patria de Colón de Rafaél Calzada por Pascual Santacruz

La PATRIA DE Colón, por Rafael Calzada.

El destino de los grandes hombres suele ser al par glorioso y aciago. La celebridad se paga harto cara. La Naturaleza, como los usureros, cobra un interés muy crecido por los préstamos que hace, y el vulgo por pu parte odia todo lo sobresaliente, todo lo excelso y raro que pone más de relieve su pequeñez. Así, el hombre superior se asemeja algo a Jesu­cristo, en que es combatido muchas veces antes de ser afirmado, y muere y resucita para volver a ser de nuevo puesto en la cruz y coronado de espinas. Todos los privilegios siembran envidias y cosechan odios y persecuciones. Colón, como Cervantes, como Shakespeare y como otros ha sufrido  triple pena de azotes, escarnio y olvido. Sus flaquezas, porqué Ja» tuvo a fuer de hombre que era, han sido utilizadas por la mal­querencia para hacer sombra al tesón, «el talento y la fe que le dieron renombre imperecedero. Se le ha considerado como un farsante, se re­gatearon sus méritos; abultáronse sus pecados y hasta sus huesos, sus pobres huesos, han bailado una trágica zarabanda de ultratumba. Que Colón fué codicioso y de alma dura; que estaba obsesionado por la idea de la gloría, hasta el punto de sacrificar a ella su propia integridad mo­ral y que carecía de dotes de mando, son cosas que nadie ignora, y que el (propio D. Rafael Calzada, su entusiasta panegirista, reconoce. Mas es­tas humanas miseriucas no disminuyen en un ápice la grandeza del in­signe aventurero. Colón es el genio de la constancia. Alguien ha dicho que si el Nuevo Mundo no hubiera existido, Dios debería de haberlo creado sólo para premiar la intrepidez del navegante. Como no se con­cibe a Homero sin Zoilo, no se explica un Colón sin un Bobadilla.

Menoscabar el brillo y pureza de una perla por el nimio motivo de que se nos presente envuelta en barro, es propio de espíritus liliputien­ses. Siempre será grande Alarcón a pesar de su joroba, y Bacon en me­dio de sus vicios.

Se ha calumniado a Colón y a sus protectores tíos Reyes Católicos, que más dé una vez perdonaron los yerros del almárante en gracia al genio del descubridor. La Historia no es ciencia exacta, aunque debiera serlo, si los que la escriben miraran más al hecho en sí. que a sus propios prejuicios y malas pasiones. Más que una historia severa y objetiva, copia veraz del alma del mundo, conocemos la novela de la historia: novela en la que vienen colaborando el interés o el odio, con más frecuencia que la justicia y el amor. Así pudo decir Maistre “que la historia es una conspiración contra la verdad”, y nuestro egregio Campoamor “que no creía en la historia antigua, al ver cómo escribían la moderna”. De aquí que podemos considerar a la que a ha llamado maestra de la vida, en una crisis continua; en -una revisión perpetua; nueva y desdichada Penélope, tejiendo y destejiendo la trama dé los sucesos que desfiguran a capricho el fanatismo y la traición. Don Ra­faél Calzada, espíritu honrado y culto; investigador sagaz, español en­tusiasta, inicia en este libro (ampliación documentada de una bella con­ferencia, dada (por él en el teatro de Asunción del Paraguay) la vin­dicación del almirante, y aporta datos de valía, al problema, no bien esclarecido de &u origen. Calzada ha escrito un libro al par analítico y cordial. Sus observaciones y las consecuencias que de ellas deduce so­bre la naturaleza gallega de Colón, son muy dignas de tenerse en mienta, pero lo que mis avalora la obra es el ardiente españolismo, el fervor patriótico qne satura «us páginas todas. Si Colón no fuera español, diremos recordando una frase antes citada, merecería serlo, porque en España se le comprendió; .porque España dió vida, a una idea y porque la hipótesis de su probable patria de origen, que ya lo es de adopción.

cuenta con defensores tan briosos y convencidos como D. Rafael Cal­zada.

Este no está sólo en la brecha; a su lado pelean eruditos como el se­ñor García de la Riega, como Ibarra, como Huttiugton.

Realmente, si Colón fue español nada «nás justo que poner so nombre al continente alumbrado por su esfuerzo. “Res ubicumque sit pro do­mino suo elaimt”. (Lo traduciremos para no imitar a los pedantes, que intercalan en sus libros y artículos sendos períodos en lengua extranjera, como a todos los lectores tuvieran obligación de ser políglotas.) “La cosa donde quiera que esté clama por su dueño.”

El libro de Calzada, y otros similares suyos, rae han hecho rectificar ciertos juicios precipitados que estampé en algún libro de mi primera juventud. Era yo entonces lo que loe franceses llaman un “niño terri­ble”, y los intelectuales de mi generación nombraban, tomándolo del griego, un iconoclasta o rompedor de ídolos. Ya supondrán Jos lectores que yo era incapaz de romper otra cosa que algún que otro vaso y las prendas de uso diario, Mas siempre fué imprudente la juventud y ¡poco respetuosa la ignorancia. Con pocos años y algunas lecturas de carác­ter sectario, habíame formado un concepto del mundo y de España com­pletamente fantásticos. Parecíame toda Europa un paraíso, donde flo­recía una eterna primavera de libertad, progreso y democracia. Sola­mente España era una excepción, fea y deforme entre tanta belleza; algo así como una selva poblada de monstruos, como aquélla en que se ex­travió el Dante.

Nuestros reyes eran la ferocidad hecha carne; nuestro cerebro, a modo de desván lleno de vejeces y rutinas; el clero español, un ejército de inquisidores, y la historia nacional, un tejido de hipérboles y patra­ñas. Colón era para mí un aventurero que se encontró «1 Nuevo Mundo por casualidad, como el que pone el pie sobre una moneda de oro a la vuelta de una esquina; Felipe II, un monstruo sediento de sangre; los Reyes Católicos, los representantes del absolutismo y de la ingratitud con los vasallos más ilustres; la batalla de San Quintín, una escaramuza afortunada, y “El Quijote”, un libro harto menos interesante y ameno que una novela de Eugenio Sue o de Pauil de Kok. El tiempo y la observación directa de los hechos me han enseñado que no hay zonas exclusivas para el bien ni para el mal; que mi patria, como todas las patrias, cuenta con páginas gloriosas y páginas tristes y negras; que el hombre, por serlo, es capaz de lo más sublime y de lo más abyecto, y que hay algo superior a los ridículos orgullos de estirpe, y es la com­prensión de las humanas flaquezas y la conciencia del dolor común.

No pidamos a los hombres del pasado lo que debemos exigir de los del presente. Todas las crueldades reales o supuestas del duque de Alba en Flandes, palidecen ante las horribles matanzas de la pasada guerra, ante las cobardes represalias de las modernas luchas sociales. Los es­pañoles de antaño mataban cara a cara. No se conocía el sindicalismo ni se había «levado el asesinato a la categoría de instrumento de la reforma social.

La historia, por lo demás, es imagen de la vida, y ta vida lucha por la perfección. Esta perfección es hija del esfuerzo y el esfuerzo es pa­dre del dolor. Nada más justo que ensalzar a los hombres en proporción de lo que lucharon y sufrieron.

¡ Cuántas lágrimas internas, cuántas crisis espirituales, que de amar­guras valientemente soportadas, no suponen un libro como “El Quijote” y ¡un hecho como el descubrimiento de América!

Imagináos, si podéis, la angustia del Almirante en la soledad de su cámara, frente a la noche siniestra y el mar embravecido, sintiendo zumbar en los oídos y en el cerebro el insolente murmullo de la descreída tripulación, y sin cantar con otro auxilio que el de su propia fe ni más escudo y defensa que su corazón indomable.

¿Qué valen y qué cuentan las torpezas del colonizador, la inhabilidad del gobernante y las duras represiones del caudillo, al lado de la mag­nífica entereza del nauta, de la denodada actitud del gran vidente. Así, rectificando el error y reparando la injusticia en que incurrimos, reco­bra muestro espíritu la paz. La vida para el hombre honrado es una continuada rectificación de hechos, de ideas y de estados de conciencia. Rectificamos con pena cuando la realidad maltrata nuestros idealismos generosos, y con suprema alegría cuando nos enseña que el hombre es digno alguna vez de los privilegios mentales con que le favoreció el Creador.

Y en plena rectificación nos sorprenderá ia moer! sin que después de un viaje harto más íargo qne el emprendido por Cristóbal Colón, nos haya sido dable levantar un tanto el velo que oculta ese continente mis­terioso que llaman eternidad.

Pascual Santacruz