Fray Martín Sarmiento, por Filgueira Valverde

Fray Martín SarmientoEste año se conmemora el segundo centenario de la muerte de Fray Martín Sarmiento (1695-1772), fi­gura universal de la “Ilustración” que, con Feijoo, señala, en los más distintos campos del saber y del fomento, el tránsito a decisivas etapas en la vida española y que supo presentir rumbos para el resurgimiento de Galicia.

En esta jornada recordamos ese doble trascen­der de la obra, tan vasta como desconocida, del último de los Cronistas de Indias y del primero de los pontevedreses de un tiempo nuevo.

PONTEVEDRA, 1702. Todos han abandonado la villa. Los hombres que pueden empuñar un arma salieron por el Camino Nuevo, hacia Redondela, porque se teme el desembarco del “Inglés”, que acaba de forzar el estrecho de Rande, donde está hundiéndose “la flota española”, “la escua­dra de la plata”. Las mujeres y los niños huyeron a Caldas, a la tierra de Montes… No sabemos por qué este pequeñín de siete años y medio se encuentra solo, sin rumbo, en las horas inciertas de un trágico amanecer. Su casa abre un viejo soportal al lado del palacio de los Marqueses de Aranda, a la sombra de la viejísima torre de Crú, muy cerca de las aulas de la Compañía, donde dice misa “o crego Xacinto” y cursa el feísimo Juan de Acuña, por mal nombre “A Morte Supitaña” porque de un golpe le quedó la boca desdentada (“sanouno a Morte”, se diría, pasados los años, cuando Acuña era médico famoso).

Desde un balcón, el niño ha visto pasar los gigantones del Corpus, hace cuatro años largos. Es éste el primer recuerdo de su vida.

Pero ahora la emoción es muy otra. No resuenan las notas inolvidables de las marchas procesionales. Hay un frío silen­cio en el pueblo desierto. La casa está situada entre la “gru- ma” del campamento romano, cuyos cuarteles siguen configu­rando, al cabo de los siglos, la estructura urbana, y la puerta abierta al final del “decumanus”. El pequeño busca esta sa­lida, hacia donde quiebra el albor, por Santa Clara. Queda allí un buen trecho de la calzada antigua, con losas enormes, como rocas que, pasado el Convento, forman a modo de pa- sales, sobre el fangal de “La Seca”. Por allá marcha jadeante… “Al llegar al arroyo de la Aceña, nos dice, poco antes de Santa Margarita, y caminando solo, sin saber a dónde iba, me alcanzaron… dos monjas viejas y enfermas”. Pasados los años, el fugitivo analiza sus recuerdos: “…cogiéronme enme- dio, para consuelo mío y de las dos monjas, por la regla ge­neral de que una mujer, con un niño inocente de compañía, tiene más valor y camina más ufana, o porque, aunque niño, representaba hombre”.

Subieron los tres, por el Camino Real, a pie, hasta Te­norio. El chico recordará luego los Puentes de Bora y la Por­talada del Monasterio, que avistarán siendo las dos de la tarde. Allí salieron el P. Abad y los monjes a recibir a la Abadesa de Santa Clara que era la más vieja de las dos “freirás”. El chico no parecía estar muy cansado de aquella caminata de ocho horas, y se fue corriendo al soto monacal a coger cas­tañas, y las llevaba a la cocina, para que se las asasen. Un lego que conocía a sus padres se encargó de cuidar de él. Vio como improvisaban una clausura para las clarisas, con reja y todo, en el claustrillo. Las oyó rezar en el coro. Asistió

a un entierro en el cementerio de la abadía y a un bautizo en la iglesia. El recién nacido sería quizás hijo de algún ma­trimonio pontevedrés fugitivo. Sabemos que hubo un cortés discreteo entre el Abad de Tenorio y la Abadesa de Santa Clara sobre el nombre que había de llevar. Terminaron la “retesía” conviniendo que se llamaría “Plácido” por parte de los benedictinos y “Buenaventura” por parte de las francis­canas. Y, aún más, que el bautizado vino a ser, pasados los años, el P. González, dominico profeso del convento de León…

En el rapaz fugitivo habréis sabido adivinar al “gran ga­llego”, Fr. Martín Sarmiento, en quien quizá se despertó en­tonces la doble vocación monacal y erudita. En su autobio­grafía supo condensar el episodio con una regocijada frase:

—“1702. Eché mi primera firma en una plana de a cuatro, y, a mediados de octubre, quemó el Inglés la flota de Vigo, en Redondela, y las cuarenta monjas de Santa Clara de Pon­tevedra huyeron a Tenorio y yo con ellas.”

Pero sigamos escuchándolo:

—’“Como yo no había oído más campanas que las de mi lugar, así que oí el sonido de la campana de Tenorio, hizo tal impresión en mi oído que cuarenta y tres años después me acordé del sonido mismo. Digo esto conforme a lo que dexo observado cuánto importaría que a los niños se les pon­ga en paraje de que vean y oigan objetos espectables e in­sólitos, para cimentar la memoria.”

Al correr de los años, el benedictino volverá a Tenorio varias veces: En 1725, en 1745, en 1755… Hará que el P. Abad le muestre los libros, el de Sacristía, el de Mayordomía, el de Caja y Gastos, del año 1702, en busca de alguna memoria de aquel extraordinario suceso. Ni una palabra. Apenas una par­tida reveladora, entre las cuentas: “Item, veinte reales que

gastó nuestro Padre Abad, cuando llevó las monjas a Ponte­vedra”. “¿Qué Edipo en el futuro —exclama—, entenderá esta cláusula?” Y se pone, él mismo, a hacer anotaciones margi­nales en los libros.

Cuando en 1762 el P. Sarmiento hilvana, en la más volu­minosa de sus obras, unas sugerencias sobre el cultivo de la Historia, el episodio de su huida de Pontevedra y de su es­tancia en Tenorio, los días del combate de Rande, va a servirle como glosa anecdótica para un alegato sobre el “culpable des­cuido” de los que habiendo vivido los hechos no los escriben.

Al leer estas frases, en uno de los manuscritos que Fer­nández López donó al Museo de Pontevedra, pensamos en la necesidad de las “Memorias”, pero también en las claves que puedan darnos para el conocimiento de una personalidad. En este breve relato están las fuentes de su vocación monástica y de su actividad literaria; aquí está ya el sentido del “cami­no” y del viaje como ensueño liberador, y la soledad, esa soledad de niño fugitivo, que le acompañará de por vida: “Yo nací solo, y siempre he vivido solo…”.

 

LA HORA PONTEVEDRESA DE SARMIENTO

SOLO. En voluntario y terco aislamiento. Lejos de lo que más ama. Vivamos una hora ponte- vedresa del año 1757. No la miden todavía ni el reloj de la Peregrina, cuya obra no se ha iniciado, ni el del Concejo, que no sueña siquiera en tener un Palacio Consistorial y que se aloja al amparo de la antigua Bastida. No la miden tampoco ni el reloj acólito de las monjas de Santa Clara, con su quebradiza so­nería, ni el gran reloj inglés que irá un día a decorar el des­pacho de Sampedro. Es ésta una hora gallega que suena fuera de Galicia, en el ámbito ilustre del Monasterio de San Mar­tin, de Madrid, porque Galicia no es solamente este confín geográfico, no la forman los gallegos que viven el paisaje nativo, sino que es todo ese otro pueblo viajero, que recorre los caminos del mundo, con monjes y auditores, obispos y ministros, lectores de diversas artes, oficiales, aprendices y peones, y también colonos, pues hace más de treinta años los

emigrantes han comenzado a atravesar los mares en los pa­taches de Alzaibar y están ya trabajando, en grupos familia­res, en los primeros asentamientos del Plata.

Resuena esta hora en la corte, midiendo el tiempo y los afanes de un monje gallego. Su eco vibra entre un enciclopé­dico desorden de trebejos eruditos. El monje tiene siete mil libros propios y formó una suerte de jardín botánico en sus habitaciones. Hay carpetas y carpetas escritas de su mano, herbarios, frascos, pergaminos, arqueologías, curiosidades… Hoy la hora turba el silencio, pero otros días no es dueña de los ruidos de la celda o de los tránsitos. A veces, un fá­mulo, que aspira a ser sangrador y cirujano, estudia en voz alta un libro lleno de recónditas noticias y aturde el claustro reiterando una y otra vez: “¿Qué es venda? Venda es una tira de lienzo. Venda es una tira de lienzo…” Entonces el reloj mide unos instantes de turbación. El monje sale indignado a reprender al pobre clínico; desde aquel momento el aspirante a sangrador se apodará “Venda”, y Fr. Martín contará entre sus obras una nueva soflama pedagógica contra el memorismo.

Otras veces este reloj, que quizá sea también gallego, he­cho por Del Río, según el “Arte de reloxes”, que ya está impri­miendo en Santiago la Oficina de Aguayo y Aldemunde; este reloj, que ya es un amigo nuestro, mide horas alegres. El monje, que tiene fama de arisco, que está dispuesto a renun­ciar a honores y mitras y que elige sus amistades con fino cedazo, que es capaz de espetarle al personaje más encope­tado las más agrias verdades, el monje que tiene su “porque sí” y su “porque no” muy explicados, se siente satisfecho, baja de un estante una viola y se pone a cantar cantigas de su tierra. El sabe (nadie volverá a saberlo hasta cerca de cien años) los secretos de la vieja lírica que encierran esas notas. Por eso encuentra digno de su gravedad de benedictino rom­per la calma de la Real Abadía con los giros cálidos de los “alalás” y de las “regueifas” y también con aquellos pimpan­tes “pasarrúas” del Corpus en su Pontevedra bienamada. Aquel día será un día de fiesta y el reloj, después de intentar en vano ceñir el ritmo de su péndulo a la marcha libre de las melodías ingenuas, medirá, con su voz de clave, largas horas de trabajo en las páginas de las “Memorias para la historia de la poesía y poetas españoles”. Al terminar su jomada, fray Martín escribirá una carta a su hermano don Francisco Javier García Sarmiento, hablándole de los caminos, de los plantíos, del mar o de los hombres de Pontevedra.

Otras veces, raras veces, ruidosas charlas ahogan la sonería de los cuartos de hora, de la media hora, de las horas, per­didas en la mutua evocación de recuerdos. Sus paisanos han venido a conversar con el P. Sarmiento. La soledad se quie­bra. Un regidor de la “boa vila”, algún fraile gallego, algún compañero de su hermano, gente oscura y ejemplar, muchas veces gente aldeana. Quizás hoy mismo haya estado aquí An­tonio González, un cantero de la Almuiña, hermano de Alberto González, nieto de Jacinto Rodríguez, “bellísimo hombre”, que asistía como fiel de repeso en la Carnicería y pasó del siglo. El fraile le buscará colocación en las obras reales y, en cam­bio, recibirá noticias de un miliario, o el nombre de un ‘Ve­getable”, o una leyenda, o la renovación de un viejo recuerdo infantil: aquellos gigantes del Corpus, que fueron lo primero que se le grabó en la memoria y que también añora Antonio González.

El monje es como un cónsul de sus paisanos en Madrid, y tiene en Galicia un corresponsal en cada conocido. Muchos días, devuelve sin abrir la correspondencia: oficiosidades de pelucas, golillas, corbatas, espadas, bonetes y capillas; imper­tinencias de eruditos odiosos, prejuicios de peligrosos médicos;

sueños de italianos arbitristas, presunciones de pedantes en­noblecidos aprisa… Pero, en cambio, contesta siempre a estas cartas de Pedro el de tal sitio, o de Catuxa de tal otro, y tra­baja sus asuntos más que los de las gentes de su propio linaje.

El reloj mide sorpresas y su voz debiera amortiguarse, queda y reverente: entra en la celda el empaque de un gran señor o la gloria en sedas de un obispo. Tampoco el monje altera su tono, sabio y abundante: se escuchan entonces con­sejos llenos de humor y de ciencia, secretos de Estado, noti­cias de enredos que nadie más que este abad sin súbditos puede desatar. Gente apresurada, que trae contados minutos para resolver un asunto apremiante y que espía de reojo el avanzar de las agujas, cortando las digresiones de Fray Mar­tín, temibles y amenas. Otros, que quisieran permanecer en esta celda tiempo y tiempo, que dan deliberadamente la es­palda al encargado de medirlo: Quer, con quien entra en ella todo el gozo tropical del nuevo Jardín Botánico; los hijos del embajador de Suecia, descendientes de los Hilde- brandos de Toscana, que hablan con el monje, como hombres hechos, sobre minerales o historias; el duque de Medina Si- donia, que muchas veces se queda a cenar aquí. Entonces, al tomar el caldo, le habla Fray Martín del “caldiño” de su tierra; con el escabeche vienen las alabanzas de la ría y la idea de nuevas industrias; con las aguas de frutas heladas, según la repostería de Juan de Mata, se alaban los pomares de La Ruibal y de Mourente y se evoca la nieve traída a Madrid desde las entrañas de los dólmenes de Acibeiro, re­movidas por los buscadores de tesoros. Acabada la comida, cuando el benedictino haya logrado que llegue hasta el Rey alguna idea suya sobre el fomento en Galicia, mostrará al convidado su jardín botánico, sus tiestos con plantas gallegas. Y cuando el duque, o los chicos del embajador, o Quer sepan que las plantas están. sembradas en tierra pontevedresa, traída a Madrid en barriles, a todo costo, el reloj medirá unos mo­mentos de asombro, mientras el vozarrón del monje tararea la marcha de pífanos de la Virgen Blanca, Patrona de sus te­midos escribanos.

Hoy, en esta tarde del día 17 de junio de 1757, va a sonar una hora de tristeza. En Pontevedra murió la nietecita de don Francisco Javier Sarmiento, ministro de Marina en la provincia y hermano del fraile. Fray Martín está en los 62 años. Pero es ésta, para él, la primavera de las grandes em­presas: el intento del “Onomástico etimológico” y el final del estudio de los “Caminos Reales de España” y de muchos pa­peles curiosos. La esquela que anuncia Ja muerte de la sobrina llega entre las cartas de felicitación del Generalato. El P. Sar­miento no se para a contestarlas. Está escribiendo una que lleve su pesar hasta la lejana “boa vila”. Tres líneas de dolor y de fervor pontevedrés: La niña ha muerto, quizá, por llevar un nombre ajeno. “Hermano Javier: Recibí tu carta y siento la muerte de tu “netiña” Magdalena. Si, como era razón, se llamase Margaritiña, acaso viviría…”.

Sorprendemos al sabio en este momento. Tal como lo co­nocemos por el retrato del Instituto de Pontevedra. Erguida la cabeza, inmensa y deforme, limpia de ceño la amplia frente, hondo, dilatado, el brillo de los ojos, bajo la densa arquivolta de las cejas, contraída la boca en un gesto entre tierno y do­lorido, la pluma en la mano, suspendida la escritura, en un momento de recogimiento… A lo lejos, muy lejos, sobre el paisaje urbano de la Plaza del Campo Verde, cubierta de es­padañas, la melodía de las marchas procesionales de las gaitas, y el Señor que avanza entre dos filas de marineros.

—“Si, como era razón, se llamase Margaritiña…”

 

 

LA HORA HISPÁNICA: EL NUEVO PALACIO

La “hora universal” de este hombre universalísimo llega cuando Felipe V le encarga el “Sis­tema de Adornos” del edificio que sucederá a los viejos Alcázares que el benedictino había visto arder, con sus tesoros de arte, en la No­chebuena de 1734. No se trataba de un proyecto decorativo ni el nuevo Palacio se concebía como lo ven ahora las gentes, para ser una de tantas residencias regias, sino como el sím­bolo monumental de la historia de toda una comunidad entre pueblos, agrupados en la “Monarchía”. “Ningún edificio (dice el Marqués de Lozoya), ni aun el mismo Versalles, da una idea tan exacta del poder monárquico tal como lo concebía el despotismo ilustrado del siglo XVIII”. El “Sistema” se en­comendaba a Sarmiento para que cifrasen esta representación esculturas y pinturas, relieves, inscripciones, biblioteca y hasta depósitos subterráneos legados al futuro. Habría de tener amplísimos horizontes, sería a la vez una visión total de la His­toria Hispánica desde los orígenes y de la expansión ecumé­nica a través del orbe.

Dos escritos de Sarmiento, el de 14 de junio de 1743, que había ordenado Felipe V, y el de 1747, destinado a Fernando VI, recogen la completa síntesis ideada, humanísticamente, por él. Otras muchas cartas, respuestas y quejas, r eñe jan los ava- tares de una obra lenta y complicada, en que sus criterios, acogidos por el Rey, eran a veces contradichos por Ministros y técnicos, contradicciones culminantes en el descenso o su­presión de lo más significativo del colosal edificio, las grandes estatuas; por su excesivo peso, por cambio del gusto artístico hacia la sobriedad neoclásica o por supersticioso temor y cre­dulidad en sueños iatídicos. Sarmiento sufrió grandes contra­riedades al ser desoído entonces. Ahora, en el Centenario de su muerte, comienzan a volver a sus pedestales las estatuas por acertada decisión del Real Patrimonio.

El “Sistema” permaneció increíblemente inédito hasta que lo publicamos los “Bibliófilos Gallegos”, entre los “Opúsculos” sobre Bellas Artes, anotados por Sánchez Cantón, que decía entonces: “En cualquier país, el manuscrito que se imprime habría estado editado hace mucho tiempo, dada la importancia del monumento que lo motivó; no obstante, apenas se han dado de él noticias sumarias”. En sus páginas pueden hallarse, desde el contenido de la caja enterrada con la primera piedra hasta el último detalle del coronamiento, siempre bajo la idea de perennizar todo lo hispánico, en su inmensa variedad, a tra­vés de los tiempos y del espacio. Para ello consideró al edificio dividido en cuatro partes:

El “lado sagrado”, al Norte, donde está la Capilla, con figu­ras bíblicas, imágenes y símbolos religiosos, pasajes de Histo­ria eclesiástica: evangelización, concilios, santos, santuarios.

Los adornos del “lado científico” (no se olvide el papel de Sarmiento en la organización de la Real Biblioteca), aluden a las Ciencias y a las Artes y a su cultivo por es­pañoles o en España. La amplitud cronológica viene dada por alusiones que se remontan a lo oriental y a lo griego, e inclu­yen, entre los motivos decorativos, cosa insólita, cercanos in­ventos gratos a la “Ilustración”: “el péndulo, telescopio, mi­croscopio, logarithmos, pantómetra y gama newtoniana de co­lores…, el barómetro, la aguja náutica, la máquina neumática y la eléctrica”. En cuanto a los pares de estatuas, señaló las de Séneca y Quintiliano, Higinio y Columela, Lucano y Mar­cial, Averroes y Maimónides, el Tostado y Arias Montano. “Averroes, moro, y R. Moisés, judío (dice también al Rey), fueron españoles, y muy doctos, y los pongo para que haya de todo y de todos los tiempos”.

Para el “lado militar”, que es el de la Plaza de Oriente, ideó las representaciones de las nueve más famosas victorias, las enseñas de Ordenes Militares, las efigies de grandes capi­tanes, incluyendo hazañas ultramarinas, porque “sería muy re­probable, que siendo la América el teatro de nuestras con­quistas, no hiciese papel entre los adornos militares”.

En el “lado político”, al Mediodía: alusiones a los Conse­jos, a promulgaciones de leyes, a productos agrícolas y de la industria, y cinco pares de estatuas de grandes estadistas.

El proyecto del “Sistema” incluye también los símbolos de las provincias y de los reinos, las series de dioses, héroes, vir­tudes y monarcas, los menores adornos de escaleras, puertas… y hasta la seleción de libros que habrían de encerrarse como “Memorias subterráneas”. Es casi seguro que haya dado tam­bién, aunque no se conozcan sus dictámenes, los proyectos de las pinturas de paredes y bóvedas que habrían de realizar Gia- quinto, Mengs, Tiépolo y otros famosos artistas del XVIII.

FRAY MARTÍN SARMIENTO, CRONISTA DE INDIAS

SARMIENTO fue el último Cronista General de Indias. El cargo había sido creado por Carlos V. Aunque el primero que lo ostentó oficial­mente fue Gonzalo Fernández de Oviedo, con anterioridad, Pedro Mártir de Anglería (el que había dado al mundo, periodísticamente, la noticia del descubrimiento), estuvo encargado de redactar los informes del Consejo. Sucedieron a Oviedo, Calvete de Estrella, López de Velasco, el gran Gil González Dávila y Antonio León Pinelo. En Antonio de Solís, el puesto vuelve a hallar una gran figura literaria. Fernando del Pulgar y Herrero de Es- peleta, anteceden a Sarmiento, que fue nombrado por Decreto de 13 de enero de 1750 y que cesó el 12 de agosto de 1755, fecha en que el Consejo “propone que el cargo de Chronista de Indias que tenía Fr. Martín Sarmiento pase a la Academia de la Historia por haber aceptado la Abadía Claustral de Ripoll”.

Ni Barros Arana, “cronista de los cronistas de Indias”, ni Sebastián González García-Paz y Dalmiro de la Válgoma, que removieron documentaciones, pudieron hallar obra de Ser- miento que responda específicamente al ejercicio del cargo.

Se cita, como enviado por él al Marqués de Valdelirios, hacia 1741, un “Plano para formar una General Descripción de América”, muy anterior al nombramiento y no incluido en ninguna de las colecciones de manuscritos suyos. Quizás fuese una parte de las cuarenta y dos páginas, que se guardan en Silos, de un “Plano de un nuevo y fácil método para re­coger infinitos materiales y ciertas memorias que pueden ser­vir para formar una Descripción Geográfica completa de toda la Península y de toda América” y que, por estar fechadas en 1751, parecen responder a la iniciativa de su trabajo de Cronista. También aparece incluido lo americano en los “Apuntamientos y Planos para una Historia Natural Española” y en el “Aparato y Prontuario de la Historia Universal Ecle­siástica, Civil y Diplomática de España” (F. D. X.*, ambas).

La designación para el codiciado puesto estaba justificada no sólo por la fama de universal sabiduría de nuestro bene­dictino, sino por su interés en la temática americana. Un ligero recorrido de su obra, que sigue desgraciadamente iné­dita en su mayor parte, revela también, la atracción que sentía hacia ella, y su peculiar visión de los problemas que entra­ñaba.

Bastaría citar el tratado, que pone a prueba sus amplísi­mos saberes, escrito en defensa de los criterios de Feijoo, sobre las “Amazonas o mujeres belicosas” y sobre la geogra­fía del Rio Marañón: cuarenta y tres páginas de aguda polémica y apretada erudición. (“Disertación”, I, 373 ss.). O el re­ferente al ingenio de los “Americanos” que, según Feijoo, “ni amanece más presto ni se marchita tan pronto”. (“Disertación”, II, 448 ss.).

En uno y otro ensayo queda de manifiesto no sólo su ap­titud dialéctica, sino su competencia para el cargo de Cro­nista de Indias, porque, sin conocerlas directamente (“Ir a la guerra, navegar y casar no se puede aconsejar”, es el título de uno de sus tratadillos editados), manejaba sobre ellas una información bibliográfica que ninguno de sus inmediatos an­tecesores había poseído, ya que, en publicaciones extranjeras de su tiempo, superaban sus conocimientos a los de cualquier otro escritor.

Otro tema en que hubo de defender los criterios del autor del “Teatro Crítico”, fue el de las “Esmeraldas de Oriente” (“Demostración”, I, 728, ss.), intimamente relacionado con el problema de los primeros “Pobladores de América” (Id. 765 ss.). Sigue a este artículo otro no menos curioso sobre “Filipinas”. No faltan, dispersas, en la misma “Demostración”, noticias so­bre América a que dan pretexto las digresiones que constitu­yen manera peculiar y diserta en el quehacer literario de Sar­miento. Así, al hablar de la “hueste” y la “compaña”, recogerá datos sobre los cucuyos que, al decir de Sandoval, parecen res­plandecientes estrellas que cruzan por el aire (II, 243 ss.); al referirse al pacto médico de curación, aducirá el caso de los indios de Cumaná (II, 224), o aludirá a la radical actitud de los mexicanos castigando el “travestí” cuando glose los usos y prejuicios en la diferenciación del vestir según los sexos (I, 365).

Aunque la defensa del “Teatro Crítico” y de las “Cartas Eruditas” diera motivo a sus más amplias disertaciones sobre cuestiones de Ultramar, son muchas las páginas de otras obras suyas donde las aborda con originalidad y vasta documentación.  Así, Sarmiento, que como hemos visto había incluido América en sus grandes “Planos” de investigación, comenta los envíos que recibe o las referencias de cualquier novedad que venga a ofrecérsele. Un animal, un “vegetable”, una muestra geológica… traídos del Nuevo Mundo, podían darle te­ma para sabias cartas o notas. Véase como ejemplo la que di­rigió al Marqués de Medina Sidonia el 5 de agosto de 1770, acerca de un “cíbolo” mandado desde México.

En 1756 escribe y entrega a Quer un pliego en que anota ciento veinticinco especies vegetales extrañas traídas a España (F. D. XI, 139). Es una de las primeras aportaciones al estu­dio de la presencia de la flora americana en Europa. Breves monografías tratan de la llamada “raíz de Indias”, que su­pone bautizada por los misioneros de Michoacán (F. D. XI, 2.a, 152), del “Bangué”, que había visto por primera vez en Noya en 1754 y que nació espontáneamente en un tiesto de su ventana (Id. 155). Por lo que hace a los minerales, el “Discurso sobre la singularísima Piedra Negra del Ara de Lugo” (F. D. XII, 170), estudia este ejemplar que cree ser lo “que se llama, en Perú, Quiza Macay, en México, Izlli…”.

La referencia de Platón a la Atlántida y sus posibles in­terpretaciones, son objeto de análisis en la “Respuesta” al Tomo I.° de la “España Primitiva” (F. D. VIH, 87).

Otras menciones de lo americano, se hallan cuando trata de los modos de cultivo (F. D. VIII, 69); cuando investiga las causas de la despoblación de España (F. D. VII, 68), o cuando recoge datos inéditos sobre personajes, como el des­conocido franciscano de la Provincia de Los Angeles, de ig­norado nombre, que “escribió mucho de Medicina, Cirugía y Botica” (F. D. II, 27). Precisamente, en el terreno de la Me­dicina, uno de sus más famosos tratados contiene curiosas re­ferencias sobre la propagación del “mal serpentino”, extrac­tadas del libro de Ruy Diez de Isla (F. D. II, 28). Sarmiento dedicó todo un “Discurso” a impugnar la idea, generalizada entonces, de que las enfermedades venéreas procedían de América (F. D. VIII, 96).

Llegado el punto de ofrecer al lector unas páginas de Sar­miento, de tema americano, que cierren este folleto, hemos pensado en dos aspectos reveladores de su personalidad: la acotación de lecturas y la digresión socioeconómica.

Sarmiento anotaba con máxima diligencia los libros que llegaban a sus manos sobre temas relativos a las Indias Orien­tales u Occidentales, exploraciones, viajes, conquistas, histo­ria…, y confesaba sus aspiraciones a llegar a poseerlos o los incluía en las relaciones de volúmenes apetecibles para eru­ditos y estudiosos (F. D., 11). Entre estos apuntamientos, como si viniese preparando su tarea de Cronista, que habría de frustrarse, y pensase en una obra total sobre nuestro imperio ultramarino, son especialmente interesantes los que inicia en 1730 sobre las obras de Tavernier, Gage, los viajes a las Indias Occidentales de los Holandeses, Le Barbinais Le Gentil, y las Antiguas Relaciones de Indias de Renaudot (Col. MS. II.0, Mu­seo de Pontevedra, y F. D. II, 38).

De entre este conjunto de extractos, hemos preferido las notas que tomó de la lectura de Gage, tan pintoresco y des­medido. “The English-American, his travail by sea and land, or a new Survey of the West India’s”, editada en 1648, había sido una obra popularísima en toda Europa, que contribuyó a la formación de una mentalidad opuesta a lo hispánico, sobrevaloradora de los tesoros de América; forjó también el concepto de lo fácil que sería apoderarse de los dominios españoles. Por ello se considera que dio origen a la expedi­ción Venables (1654), de la que Tomás Gage fue capellán y que culminó en la conquista de Jamaica. Nacido en Inglaterra hacia 1597, había profesado en la Orden de los Dominicos, en Valladolid. La estancia en México, que motiva el libro acotado por Sarmiento, se produjo cuando renunció a un viaje a las Filipinas para quedarse en Nueva España. Después de ser Profesor en conventos de Chiapa y de Guatemala, atravesó Nicaragua, para venir a Europa en un buque español, visitar Italia y volver a su Patria, donde abjuró del catolicismo y se hizo pastor luterano, hecho que comenta Sarmiento. Mu­chas de las notas de éste subrayan las preocupaciones religio­sas de Gage y, especialmente, su aversión a la actitud de ciertas Ordenes. “A Duel between a Jesuite and a Dominican” (1651), responde a esta línea ideológica.

El segundo fragmento que seleccionamos nos presenta un aspecto muy distinto de Sarmiento. Quizá lo más importante de cuanto escribió sobre América no sea lo referente a Cien­cias Naturales o Históricas, sino el criterio sostenido en sus divagaciones sobre fomento, moneda, mercaderías, industrias y caudales. En la “Obra de 660 Pliegos”, pueden hallarse agu­das notas sobre estos aspectos. De la propia glosa de “Voces Gallegas”, puede extraerse una “charla de pensado y por es­crito” en que improvisa, intuye, adivina y… yerra su poderosa y enérgica mentalidad.

Por Xosé Filgueira Valverde