El resurgimiento del poder naval en Galicia

EL RESURGIMIENTO DEL PODER NAVAL

Pero es necesario que volvamos atrás para conocer el papel que jugó Galicia en el resurgimiento de un poderío naval para cuyos orígenes había sido elegida un día.

Nuestras riberas son de nuevo, desde comienzos del XVI, atalaya de tragedias navales y escenario de desembarcos corsarios o guerreros (67). Las Reales Cédulas de 1521,1530 y 1534 para proteger la pesca de la ba­llena, que venían practicando los gallegos contratados por vizcaínos (68), desencadenaron, como represalia, agresiones de la piratería francesa, que se enlazan con los episodios de la guerra entre Carlos V y Francisco I (69). Bayona es atacada en 1533 por cincuenta y seis navios: Galicia se siente inerme ante la invasión que se anuncia en 1544, cuando el desembarco de Muros y Finisterre no se convierte en conquista gracias a la presencia de las galeras de Don Alvaro de Bazán, que acude con la escuadra de Flandes desde Laredo, y que gana el marquesado de Santa Cruz en la más genial acción marítima que vieron las costas gallegas (70).

La Coruña, puerto de navegaciones regias en el XVI, que despidió, un día de rojos presagios, a Doña Catalina, la hija de Don Fernando y Doña Isabel, a sus desposorios con el Príncipe de Gales (1501), y que vio partir a Felipe II a celebrar sus bodas con María Tudor (1554), presenció con asombro los formidables preparativos de la gran armada contra Isabel de Inglaterra (1588) y recogió, tras su derrota, los despojos de lo que nuestro cronista Amaro González llamó la flor del mundo (71). Nuevos desastres aguardaban a las expediciones de 1597, salida de El Ferrol —que suena así por vez primera en nuestra naval historia— y a la de 1601 contra las costas de Irlanda.

Entre tanto, las nuestras eran asoladas por los ingleses. Drake había desembarcado en 1585 en Bayona y saqueado después el convento de San Simón. Tras el desastre de la Invencible, arriba con ciento cuarenta y dos navios y catorce mil hombres de desembarco a La Coruña y pone asedio a la ciudad; con la represalia sobre una de las bases de la armada española y la ayuda al prior de Ocrato, que participa personalmente en la acción, se adivina la busca de un puerto continental que anule el tráfico con Amé rica. Fracasa el intento por la denodada defensa que dirige el marqués de Cerralbo (72). Aun en 1596 se repetirá la agresión, actuando en la defensa de Bayona el conde de Gondomar, cuyo nombre hemos de ver ligado al resurgimiento de la armada (73). Tras la paz de 1602, en 1624 volverán a padecer desembarcos ingleses los pueblos costeros de Galicia (74).

Pero no fueron sólo las guerras con Inglaterra, y más tarde con Fran­cia —recuérdese el bloqueo de La Corufla por el famoso Arzobispo de Bur­deos, bloqueo forzado por nuestra armada que sale camino del desastre de las Dunas—, sino la amenaza constante de los turcos lo que intranqui­lizó el litoral, que vivía de nuevo las zozobras de la Edad Media.

Achmed I se venga de las victorias del marqués de Santa Cruz asolan­do nuestras costas (75). El 4 de diciembre de 1617 se internan en la ría de Vigo doce de los cien navios de la escuadra que destinó a estas represa­lias. Desembarcan en la costa N. e incendian Domayo y Cangas, lleván­dose muchos cautivos (76). Un grupo de mujeres enloquecidas por el te­rror se entrega a prácticas mágicas: éste es el origen del confuso asunto de las brujas de Cangas (77). Son muchos los nombres de labradores ga­llegos sorprendidos en la costa por los piratas berberiscos y que figuran en los registros de redención. Las gentes viven en continua alarma: aun en sus tiempos, el Padre Tirso Santalla puede contarnos que el auditorio de una misión en Portonovo huye despavorido porque se levantó una voz baja de que venían los moros (78).

Vuelve a necesitarse una armada local, como en los días de Gelmírez. De nada habían valido los esfuerzos aislados: la fanfarronería de un Ares Pardo de Donlebún (79), que concierta salir por su cuenta contra el fran­cés y se compromete a entregar a la villa de Ribadeo la artillería que tome reservando el mejor tiro que había de ser para el Conde, su señor (1538), o el sacrificio de las ciudades como La Coruña al armar volantes (80) con­tra los agresores (1561, 1574) o el subvenir a servicios de información (81) que avisen de sus aprestos (1575); ni los armamentos privados en la costa, entre los cuales extraña, por su carácter excepcional en la historia de las Ordenes monásticas el de los bernardos de Oya, los monjes artilleros, que se glorían de sus victorias sobre los turcos, como la obtenida el 20 de Abril de 1624, contada en un curioso impreso de Alcalá.

Los nobles gallegos del XVII retornan a la visión marinera de sus an­tepasados del XIII y del XIV. El gran conde de Lemos, el confesor del Rey, Don Fray Antonio de Sotomayor, y el conde de Gondomar son tres personalidades en quienes hallamos siempre presentes la tierra solar de sus mayores y el mar, sustento y amenaza del pueblo nativo. Gondomar, so­bre todo hombre de muchas almas, amigo de postas, hábil diplomático y gallego en todo. Don Diego Sarmiento de Acufla, por tener —lo ha he­cho observar Sánchez Cantón— desde los dieciséis años cargos en la de­fensa de Galicia y haberse educado, como Gelmírez, en los riesgos del mar, supo como él que el mundo está reducido… a que el señor del mar lo sea de la tierra. Así pudo en su embajada cerca de Jacobo I de Inglaterra co­nocer y combatir la piratería que tantas veces asoló sus estados, y en Gali­cia tratar personalmente con los capitanes García de Nodal de la fortifica­ción de las costas: de su fecunda amistad con ellos habrán partido, segu­ramente, los planes para crear una armada del reino (83).

En 1622 la Junta del Reino de Galicia plantea, conjuntamente, el pro­blema del voto en Cortes y de los navios que han de asistir en las costas de él para su seguridad. Pide el derecho del voto y ofrece cien mil ducados —setenta mil que pagará el estado seglar y treinta mil del eclesiástico— para formar una escuadra de ocho navios. Cuatro se construirán aquí, transformando los viejos astilleros de Ribadeo y Oza. La Junta del Reino encarga a Don Juan Pardo Osorio, castellero de San Antón, de La Coru- ña, que dirija su fábrica, incluso trayendo maestros de Dunquerque. Otros galeones se adquieren en las Cuatro Villas. General, almirante, capitanes de infantería y de mar, y hasta marinería y soldados se escogieron entre naturales del Reino. El Seminario de Muchachos del Mar, que funciona en La Coruña entre 1621 y 1640, es un intento de escuela marítima en re­lación con la flota. Los servicios más notorios de esta armada, de corta historia, fueron los que prestó con la de Don Lope de Hozes en la carrera de Flandes. Fue primer almirante (1633) el propio director de la construc­ción naval. Le sucedieron Don Femando Osorio de Sotomayor (1634) y Don Andrés de Castro y Lemos. Por último, el más famoso, Don Francis­co Feijoo y Sotomayor —tío de Fray Benito Gerónimo, que honró en las letras tan ilustre iinaje—, que fue nombrado en 1639, y que tenía medido con todas sus huellas el mar Océano, muere gloriosasmente en 1642, des­pués de haberse batido.en las Dunas, luego de no haberte quedado de toda su gente más que trece hombres, en frase de Oquendo, a la capitana de Galicia. Aun después de este corto almirantazgo, la dinastía de los Matos —pontevedreses, como los García de Nodal, que tanta parte tuvieron en la iniciativa— prolongan el prestigio del reino en la Marina.

Poco quedaba de la institución de la armada galleg y de sus derivacio­nes inmediatas, cuando la Guerra de Sucesión puso de nuevo en peligro estas costas. Un revés naval de trágica resonancia viene a demostrar entonces el fácil acceso del enemigo a nuestras rías tan seguras como desguarnecidas, y da la razón a los planes de la Junta del Reino en el siglo anterior. Retornaba la «flota de Indias» —capitana, almiranta y diecisiete galeones— convoyada por veintitrés navios al mando de Chateau-Renault. A vista de las Azores tiene nuevas del rompimiento de hostilidades con los anglo-holandeses y, para huir de los cabos, se decide la entrada en Vigo, internándose en la ensenada de San Simón, fondeando los buques de guerra en el paso entre Corbeira y Rande —unos tres cuartos de milla solamente— que se cierra con cadena de perchas. Movilización en la cos­ta, rápidas faenas de descarga de la plata de registro, que sale en quinien­tos carros de bueyes hacia Lugo. Falsa nueva de la marcha de la flota anglo- holandcsa, en parte hacia Inglaterra, en parte rumbo a las Indias, y consi­guiente renacer de la tranquilidad. Pronto, pero ya tarde, los pesqueron avistan las ciento cincuenta velas enemigas que fuerzan la ría, desembar­can tropas en Teis y Domayo, toman, a poco más de dos horas, las torres del Estrecho, lanzan dos navios contra la cadena y combaten con los nues­tros a tiro de pistola. Velasco y Chateau-Renault incendian sus buques; la ría es el cementerio de dos armadas. Aún hoy los pescadores llaman a los bajos formados en la ensenada de San Simón con los nombres de los galeones del XVIII, y el de Rande va unido en la historia al hundi­miento de la «flota de Indias».

Años más tarde, en 1719, y partiendo de Galicia, intenta Alberoni co­locar a Jacobo III Estuardo en el trono de Inglaterra. Una borrasca des­barata parte de las naves en Finisterre, y la expedición sólo sirve para he­rir el orgullo inglés. La represalia es una acción de castigo sobre Ribadeo, el desembarco en Vigo y un avance hacia Santiago, por Pontevedra, que se detiene, más que por las escasas fuerzas del marqués de Risbrouck, por la división de los atacantes.

Estos hechos —cuyo significado militar comentaba sagazmente hace poco Vila Suances— obligan a la Corte a volver los ojos a Galicia, donde la fugaz Armada del Reino, aparte su finalidad inmediata de disi­par las amenaza» costeras, habia cumplido una doble misión espiritual y material: la de revivir el inieres de los espíritus cultivados por las cosas del mar y la de poner al servicio de la marina las viejas industrias.

La cultura gallega del XVIII, del Padre Sarmiento al cura de Fruime, •>e caracteriza por su fidelidad al destino marinero: cada ciudad halla, en ¡a época del «Fomento», un reformador neoclásico que busque en el mar las claves del pasado y los rumbos del porvenir. Pontevedra encuentra en Don Francisco Javier García Sarmiento —aleccionado por su hermano— el hombre capaz de soñar la renovación de sus gremios, sus cercos y sus herrerías; en La Coruña aquel firme erudito que se llamó Don José Comide Saavedra, establece, con el Real Consulado, su Montepío de Pes­cadores y su Escuela de Navegación, una triple labor de investigación y estadística, de orientación reformadora y de protección y enseñanza de las gentes de mar; en Ribadeo, Don Antonio Raimundo Ibáñez Llano y Valdés, primer capitán de la industria gallega, multiplica su actividad en las compañías marítimas, la fundición, las construcciones de barcos y la cerámica de Sargadelos.

Esto, en lo espiritual. Recordemos ahora, en lo material, lo que signi­ficó el recobrar la historia de las viejas industria navales:

Molina, comparando las herrerías gallegas con las de Vizcaya, había dicho que aquí había muchas y de sobra. Los falconetes del conde de Camiña, que guarda el Museo de Pontevedra, dan prueba del avance de la artillería gallega del siglo XV, tanto como un curioso testimonio es­crito de la guerra de Hermandades: un cañón tomado en Bayona, que lan­zaba a gran distancia balas de 174 libras, fue llevado por la escuadra de Ladrón de Guevara. Los Reyes Católicos generalizan el uso de armas de’la «Herrería» pontevedresa. Toda la artillería para la armada que se dirigía al Moluco se fundió en La Coruña, y la carta orden del Empera­dor para que se conserven allí moldes y aparejos dio origen a la Casa de Artillería, institución, por cierto, de carácter municipal. Las herre­rías de Ribadeo proveían a la Capitanía General del Reino en el XVII… . En cuanto a los astilleros, hemos aludido ya a la tradición de las rías. En la Edad Media, como hoy, en cualquier rincón de la costa los calafa­tes, entonces agremiados en ricas cofradías, improvisaban sus diques. De la construcción de galeras en Pontevedra, en el siglo XIII, tenemos noti­cia por un curioso pleito del almirante de la mar, Don Payo Gómez Cha- rino, con el Arzobispo compostelano… . Los astilleros de San Cibrán, de Vivero, alcanzan fama en el litoral cantábrico. Los de La Coruña fue­ron ampliados en el XVI para construir la armada de las Molucas. Los de Ribadeo —Porcillón y Vilavella— construyen, en su mayoría, las na­ves de la armada gallega del XVII: Aquí se acostumbró y acostumbra ha­cer todas y cualesquiera embarcaciones, dice ufanamente un documento del 1699. He aquí por qué Patiño al elegir en 1726 la villa de El Ferrol para cabeza del departamento marítimo podía pensar en recoger una tra­dición no extinguida. La base de La Graña responde a la necesidad de hacer permanente lo que a cada coyuntura bélica hubo de improvisarse en Galicia: los astilleros, a consagrar, de asiento y en establecimiento del Estado, lo que venía ya haciéndose particularmente en la construcción na­va!. El primer navio se llamó «Galicia», como recordando la frustrada em presa del XVII. Los planes de Ensenada mejoran el emplazamiento, den­tro de la ría, trasladando la base a Esteiro. En 1749 comienza allí mismo la construcción de un gran astillero —tan capaz que ha servido sin am­pliación casi dos siglos— y que vio poner entonces, simultáneamente, las quillas de doce navios de línea —el Apostolado— de los setenta y cuatro que cincuenta y una fragatas y ciento ochenta y cuatro embarcaciones me­nores constituían el programa gigantesco del ministro de Fernando VI. Quince mil hombres trabajan en lo que antes era reducido lugar de tres­cientos vecinos. Cantaba el cura de Fruime en su Real de Esteiro, exhu­mado hace poco por Cotarelo:

Quiera Dios, gran Marqués, que de esta armada las naves de las playas más remotas, celebrando el favor de la ensenada, vuelvan de honor cargadas y de flotas.

Por desgracia… si es cierto que los astilleros se salvan —saqueada La Graña— de la operación inglesa de 1799, los buques de la escuadra de El Ferrol, con Gravina al frente, heroico y expertísimo, experimentan en el combate de Finisterre (1805) un adelanto de la actitud de Villeneuve en Trafalgar.

Allí había muchos marinos y marineros gallegos. Sólo una villita co­mo Muros tributó a la batalla con trescientos hombres. Allí estaba man­dando el navio Rayo el pontevedrés Enrique Macdonell y de Gondé (102), que había de lograr la presa de la flota de Rosilly en Cádiz en 1808 y que, cuando la Marina moría de hambre, terminaba sus días en un hospital (1823); allí ascendió a Capitán de fragata Don Joaquín Núñez Falcón, que supo contestar cuando le preguntaban:

—¿A cuál de nuestros buques se rinde el Nepomuceno?

—A los tres; a uno, nunca.

¡Don Joaquín Núftez Falcón! Apellidos de la vieja burguesía marinera de Pontevedra, memorias de El Ferrol, de Ensenada, del desembarco de Jovellanos en Muros, de la llegada, hazaña y retirada de ios ingleses en 1a guerra de la Independencia. Recuerdos del «largo maestoso del despo­tismo ilustrado», del «presto» de la revolución y de la guerra, y de la can­sada España fernandina. Anécdotas de los grandes naufragios de la costa, cantigas sobre el bergantín Palomo y la fragata Magdalena (103), y del «Milano de los Mares» que hace crueles rapiñas y entra y sale, a su arbi­trio, en los puertos (104).

Don Joaquín Núñez Falcón es un héroe más en una familia donde lo heroico es sencillo y habitual, generación tras generación. Muere en 1823. En 1824 nace su sobrino Don Casto Méndez Núñez (105), toda la Galicia del romanticismo: el primer vapor, las exposiciones de industrias locales, el gusto por los minerales y las plantas, las campañas por los ferrocarriles de la costa, las luchas de los «xeiteiros», las nuevas escuelas de náutica —¡viejos pilotos de Ribadeo!—, la aspiración de Pontevedra a la Escuela Naval, con los Armero (106), todas las ansias populares y mucho más: una actitud heroica en Pagalugán —La Marina no se retira— y un gesto en el Callao que despierta concienciéis dormidas. Y en los labios, frente a la sutil diplomacia, la cotidiana frase gallega del vivir marinero, cifra de una historia milenaria:

—¿A dónde va?

— Voy… al mar.

Al mar «espello de tódolos camiños e camiño de tódolos pen- samentos».

He dicho.

Por Xosé Filgueira Valverde