El entorno hispánico de Cristóbal Colón

El entorno hispánico de Cristóbal Colón1

Miguel Ángel Ladero Quesada

Los itinerarios españoles de Cristóbal Colón fueron varios, desde que llegó a Castilla a mediados de 1485 hasta que murió en Valladolid, en mayo de 1506, pero el escenario habitual de sus trabajos y sus triunfos fue la España del Sur, Andalucía, en especial los reinos de Sevilla y Córdoba. Allí vivió los «años decisivos» (1485-1492) en que su proyecto acabó transformándose en realidad, y allí regresó para organizar sus siguientes viajes al Nuevo Mundo2. En Andalucía encontró los medios materiales y técnicos necesarios para su empresa, los marinos y los mercaderes, los amigos y los protectores, el consejo de los frailes franciscanos, el amor de una cordobesa y el apoyo, tras larga espera, de los reyes.

La vida de Colón ha sido analizada e investigada con tanta minuciosidad y desde tantos puntos de vista que, al parecer, casi nada nuevo podría averiguarse ya3. Pero cada hombre ha de ser biografiado y conocido en sus circunstancias, y la circunstancia andaluza de Colón aparece a menudo como un fondo borroso al que se presta poco interés. Mi intención es hacer que pase, por unos minutos, a la nitidez del primer plano, y eso no por un afán de exaltación nacionalista, que estaría fuera de lugar y sería anacrónico en la historiografía de nuestro tiempo, sino simplemente porque, a fin de cuentas, Andalucía fue la tierra de Colón durante los últimos veinte años de su existencia, los años de madurez, de las realizaciones y de los triunfos.

Entre las muchas cuestiones que podría haber abordado la lección inaugural del XVII Congreso Internacional de Ciencias Históricas, nos ha parecido que ésta podía ser oportuna, por su proximidad a los intereses del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, que requiere inevitablemente la atención de muchos historiadores.

Pero, más allá de esta circunstancia coyuntural, la cuestión tiene su importancia, porque la exploración, conquista y colonización de las indias se hizo desde Andalucía, y entre la tercera parte y la mitad de los españoles que pasaron a América en el siglo XVI fueron andaluces, muchos de ellos de Sevilla y su reino, de modo que en la configuración que tomaba el Nuevo Mundo tuvieron un peso muy grande las estructuras sociales, económicas e institucionales, las formas de vida, las costumbres y los valores de la sociedad andaluza, tal como se habían ido elaborando en los últimos siglos medievales4. Aunque no me referiré a todos los aspectos, confío en que podré exponer a su atención los que tuvieron una influencia más directa sobre la empresa de Colón.

Andalucía ofrecía en el siglo XV la imagen de una tierra en la que la nueva fase de crecimiento económico había comenzado de manera precoz, varios decenios antes que en otras partes del Occidente europeo, e incluso de la Península Ibérica, dicho en términos generales. Llama la atención el creciente peso poblacional y económico de la región: en el plano tributario, por ejemplo, pasa de proporcionar el 20 por 100 de los ingresos ordinarios de la Corona hacia 1420, al 35 por 100 a fines de siglo5. El progreso del sector agrario, que incluye nuevos fenómenos de repoblación, y el auge de las ciudades son evidentes, y, hasta cierto punto, mensurables.

Se alcanza entonces, también, la plenitud del sistema de relaciones sociales y de poder organizado en torno a las aristocracias. La monarquía, consciente de ello, respeta este predominio y contribuye a su consolidación, aunque limitándolo, después de la restauración del poder regio en 1480 y, de nuevo, en 1508. Por entonces, casi la mitad de la Andalucía bética era tierra de señoríos, en sus zonas rurales y marítimas.

Pero hay, también, otros sucesos del siglo XV que dejaron profunda huella en Andalucía: así, el problema de los judeoconversos y las actuaciones de la Inquisición desde 1481, que son hechos en buena medida andaluces. Y la apertura del «Atlántico medio» (Chaunu), que se suma al auge mercantil de la Baja Andalucía en la segunda mitad del siglo, de modo que la región pasa a ser centro de una amplia red de relaciones marítimas y comerciales en vísperas del descubrimiento de América. Y, sobre todo, la conquista y rápida repoblación de Granada, que supuso el fin de la frontera medieval y el logro de la plenitud territorial de Andalucía, aunque sobrevivieran diferencias, porque los moriscos granadinos formaron una comunidad importante hasta 1571.

Las dimensiones

La Andalucía bética o del Guadalquivir, incorporada a la Corona de Castilla y León en la primera mitad del siglo XIII, se extendía sobre unos 60.000 Km2, de los que la mitad correspondían al reino de Sevilla (sobre las actuales provincias de Sevilla, Huelva y Cádiz), y la otra mitad se repartía en partes casi iguales entre los reinos de Córdoba y Jaén. Entre Sierra Morena al N., las costas atlánticas al S. y S.O., y la frontera con el reino musulmán de Granada al S. y S.E., esta Andalucía medieval tenía una personalidad regional cada vez mejor perfilada, a consecuencia de la plena repoblación llevada a cabo por los castellanos en el siglo XIII, y de las circunstancias de todo tipo que fueron ocurriendo en la Baja Edad Media.

Posiblemente, aquella Andalucía tocó el fondo de la depresión demográfica del siglo XIV entre 1383 y 1393. Se estima que, en ese momento, no tendría más de 350.000 pobladores. Un siglo después tenía en torno a 750.000, de los que unos 400.000 en el reino de Sevilla. No faltan los indicadores del crecimiento de población, en forma de padrones para Sevilla y los 12.000 Km2 de la tierra que dependía jurisdiccionalmente de ella, de noticias sobre nuevas poblaciones -más de 30 en aquel siglo-, de testimonios sobre aparición y crecimiento de arrabales urbanos, aumento de tierras cultivadas y, en fin, de rápida colonización de la antigua frontera con Granada y de las principales plazas de este reino después de su conquista.

En este panorama, el crecimiento de la población urbana merece atención especial, puesto que el auge y triunfo de las ciudades proporcionó respuesta a la crisis y motor a la expansión que vino a sucederla. Hubo un crecimiento de la población urbanizada a lo largo del siglo XV, hasta situarse por encima del 20 por 100 del total, lo que es mucho en términos de aquella época.

Ahora bien, en Andalucía se daban las mayores aglomeraciones urbanas, pero también la máxima concentración del poblamiento rural, de modo que, en núcleos de menos de 5.000 h. lo agrario suele desplazar a lo específicamente urbano. Sevilla era la gran metrópoli, y pasa de 2.600 vecinos en 1384 a 7.000 hacia 1485 y 9.000 hacia 1515-1530, es decir, de unas 15.000 a unas 50.000 personas, más población flotante: era la mayor ciudad de la Corona de Castilla. Córdoba era una ciudad de primer orden, seguramente con unos 25.000 h., y había otras cinco importantes situadas entre los 11.000 y los 18.000 (Jaén, Úbeda y Baeza, Écija, Jerez de la Frontera). Por debajo de los 10.000 se situaba una decena de ciudades de tipo intermedio (Carmona y Marchena, por ejemplo), y por debajo de los 5.000 la mayoría de los puertos de mar importantes (Huelva, Lepe, Sanlúcar de Barrameda, Puerto de Santa María, Cádiz…).

Retengamos, en conclusión, la imagen de un país donde las ciudades formaban una red densa y suficiente, con la población y la fuerza necesarias para dirigir el conjunto de la actividad económica en los comienzos del primer capitalismo mercantil6.

El crecimiento económico

 

1. Las producciones

En un sistema económico basado en el sector primario hay que aludir primero, aunque sea lo menos conocido, a la evolución y crecimiento de las producciones agrícolas y ganaderas.

Los análisis del diezmo eclesiástico de trigo y cebada, cultivados en la proporción teórica de dos a uno o, como entonces se decía, «pan terciado», nos permiten afirmar que hubo un notable aumento de la producción global en la segunda mitad del siglo XV: los datos de los tres primeros decenios indican un promedio de producción anual en el arzobispado sevillano de en torno a 700.000 fanegas (una fanega = 55,5 litros), los del segundo tercio en torno a 1,2-1,5 millones y los del tercio final oscilan entre 1,6 y dos millones. A finales de siglo, la producción cerealista de Andalucía oscilaba entre 1,5 y 1,65 millones de Qm., de los que algo más de la mitad correspondían al reino de Sevilla7.

La presión para aumentar la producción de cereal no provenía sólo del incremento del consumo interior, sino también de los intereses que muchos cosecheros tenían en la exportación: desde el año 1320 los de la Baja Andalucía podían exportar libremente un tercio de las cosechas, una vez garantizado el consumo interno. Y, sin duda, esta posibilidad era un estímulo, pero produjo peligros de desabastecimiento.

Hubo también un crecimiento de la producción vitícola, como lo demuestra el auge tanto de los mercados urbanos de consumo como de las cargazones o exportaciones por vía marítima. Lo sabemos a través de noticias cada vez más abundantes y precisas a medida que avanza el siglo, por ejemplo las que nos ilustran sobre el interés de los grandes aristócratas andaluces por fomentar la plantación de viñedos en sus plazas de Lepe y Ayamonte, Gibraleón, Huelva, Niebla, Rota, Chipiona, El Puerto de Santa María, además de ser muchas de estas localidades señoriales los puntos principales de concentración y embarque de vinos, rumbo al Cantábrico castellano, a Flandes y a Inglaterra.

De todas maneras, el mercado interior absorbería la mayor parte de la producción, estimada entre los 200.000 y los 280.000 Hl/año en el arzobispado de Sevilla a finales de siglo. Así lo demuestra el mismo reparto geográfico de las áreas vitícolas, porque junto a algunas predominantemente exportadoras como eran las del condado de Niebla y Jerez de la Frontera, que producían un 50 por 100, había un «cinturón vitícola» en la Campiña, en torno a Sevilla, que producía el 25 por 100 del total del arzobispado, y otro tanto procedía de las sierras del N., de las que hoy ha desaparecido prácticamente la vid8.

La única gran zona olivarera en la Andalucía bajomedieval fue el Aljarafe sevillano. Los olivares eran extremadamente rentables, su propiedad estaba en manos de la aristocracia y las instituciones eclesiásticas de Sevilla, y era frecuente la gestión directa por el propietario, mientras que en otros tipos de cultivo predominaban las cesiones de usufructo en arrendamiento o censo enfitéutico. También era normal que miembros del patriciado urbano hispalense intervinieran en el almacenamiento y comercialización del aceite, tanto para el mercado interior como para la exportación, controlada a menudo por mercaderes genoveses, hacia los centros textiles de Flandes o Inglaterra, hacia Génova misma o hacia la isla de Chíos, donde los genoveses poseían grandes fábricas de jabón, aunque también las había en la misma Sevilla.

Pues bien, los datos de producción indican que, en los años 1429 a 1448, el promedio era de 20.000 quintales en los «años llenos (en torno a 25.000 Hl.), mientras que en el último cuarto de siglo se ha pasado a 55.000. La consecuencia parece clara: de nuevo existe un fenómeno de crecimiento estimulado por el auge del consumo, de la actividad mercantil, y por la inversión de capitales en aquel tipo de cultivo.

Apenas es posible extender a otros campos estos breves comentarios sobre las estructuras del sector primario y el crecimiento de su producto en el siglo XV. Hay que recordar, no obstante, la importancia en aumento de la ganadería en una región donde las zonas incultas dedicadas a pastizal eran abundantísimas. Así, la exportación de cueros era un gran negocio en todo el reino de Sevilla, y la capital concentraba también los procedentes del resto de Andalucía y de la cuenca del Guadiana, e incluso del N. de África, de modo que hay noticias sobre los «cueros de Sevilla» en todos los mercados europeos de la época, desde Génova y Marsella hasta Amberes.

La producción de lana en las zonas serranas norteñas era elevada, y alimentaba una manufactura textil de calidad y en evidente crecimiento, tanto en Córdoba como en Baeza. Además, Córdoba y Sevilla eran centros de contratación de la lana merina extremeña y andaluza, comprada anticipadamente por mercaderes italianos y, en el último tercio del siglo XV, por los burgaleses, cada vez más numerosos. Se exportaba por medio de carretas y barcazas fluviales hasta Sevilla, y desde allí por vía marítima.

Si los negocios de la lana y los cueros interesaron a muchos aristócratas y mercaderes de Sevilla y Córdoba, el de la carne para consumo urbano parece que afectó sobre todo, igual que el de la venta de paños al por menor, a sectores acomodados de las clases medias urbanas, que encontraron en ellos un medio de promoción en aquella época de crecimiento poblacional.

Y, por último, antes de abandonar la descripción de estos elementos productivos, hay que aludir a un tipo de pesquería costera muy especializado y rentable. Se trata de las almadrabas del atún, efectuadas en muchos puntos de la costa atlántica andaluza durante los meses de mayo y junio, incluyendo el troceado, salazón y envase de los atunes en las mismas playas. Era un negocio en manos de la alta aristocracia dueña de los puertos costeros -Guzmán, Ponce de León, La Cerda-, que solía concertar anticipadamente la venta a mercaderes extranjeros, en especial italianos. El mantenimiento de esta lucrativa actividad estaba asegurado, casi sin más límite que el propio agotamiento de los atunes, y es un ejemplo singular de vinculación con los mercados exteriores9.

2. Los intercambios

El incremento de las producciones agrarias, la revalorización de la tierra -cuyo precio sube sin cesar en el siglo XV-, la inversión en su compra por los poderosos, con el consiguiente aumento de la gran propiedad, son fenómenos que están en relación con el auge de la actividad comercial, tanto en los mercados internos regionales, peor conocidos, como hacia los mercados exteriores, en un proceso controlado por gentes que residían en las ciudades andaluzas o contaban en ellas con sus factores y corresponsales10.

La apertura al Atlántico y, a través de sus rutas, el gran comercio europeo fue uno de los mayores legados del medievo andaluz a la identidad de la región, y pesó mucho en la que ya entonces adquirió. La utilización habitual de la ruta marítima entre Italia y Flandes coincidió con la organización de la Andalucía castellana y produjo el nacimiento de un importante centro de actividad mercantil en Sevilla desde los últimos decenios del siglo XIII. Vino a añadirse, desde el segundo tercio del XIV, otro acicate promovido por la exploración del Atlántico medio, la conquista de las Canarias y el desarrollo de las pesquerías de altura, ya en el XV. Y, durante toda la Baja Edad Media, tuvieron también un peso apreciable las relaciones comerciales con Berbería (el Magreb occidental).

Aquellos estímulos impulsaron al desarrollo de una marina autóctona y la relación con otras peninsulares (hay una presencia frecuente de marinos catalanes y baleares, valencianos más adelante, portugueses y, sobre todo, gallegos, cántabros y vascos) y europeas que dio lugar a asentamientos de nuevos vecinos en las plazas costeras y en Sevilla, en especial entre los que procedían de la costa N. de la propia Corona de Castilla. En Sevilla estableció Alfonso X las atarazanas reales y el Almirantazgo desde 1254, pero a la larga fue más importante el desarrollo de la marina mercante y pesquera, privada, que no aquel establecimiento de la marina regia11.

El gran comercio tuvo incidencia en muchos otros aspectos de la realidad histórica de la baja Andalucía. La presencia de colonias de mercaderes extranjeros, en especial la genovesa, generó unos vínculos exteriores que enriquecieron especialmente a Sevilla. Los andaluces se habituaron a una relación frecuente con el exterior, en especial con Italia, Inglaterra y Flandes, que se intensificó en el siglo XV12.

Por entonces Sevilla era ya una plaza financiera importante -la mayor de Castilla junto con Burgos- y un mercado muy activo de metales preciosos. No tenemos noticia sobre el establecimiento de grandes casas de banca hasta el primer decenio del siglo XVI pero, en cambio, la ceca o casa de moneda de la Corona en Sevilla era la más activa e importante de las castellanas en el siglo XV13.

El gran comercio contribuyó, ya lo he indicado, a potenciar la economía y las producciones agrarias andaluzas y por eso, indirectamente, a consolidar las estructuras sociales de tipo aristocrático-señorial, en lugar de fomentar un cambio social «burgués» que es todavía ajeno y extraño a la época, aunque es cierto que crecieron las clases medias urbanas y comenzó a haber modelos de comportamiento burgués -«versus» aristocracia- entre algunos mercaderes.

Los aspectos cualitativos de aquellos tráficos son bastante bien conocidos. Se refieren a la exportación de productos agrarios y materias primas, «bizcocho» y cerámica contra importaciones de paños, manufacturas, sedas y tintes, hierro y madera, azúcar y productos agrarios del N. de África. Al aprovechamiento de una situación excepcional en la ruta Italia-Flandes y en la cabecera de las rutas hacia África. A la relación con plazas mercantiles que se escalonan desde Flandes, Inglaterra, Normandía y Bretaña hasta Berbería, el Mediterráneo occidental y las ciudades italianas. A los tipos de mercaderes: genoveses, sobre todo, pero también otros italianos, burgaleses y también andaluces, aunque sujetos éstos a un control exterior de los grandes capitales mercantiles y de las directrices del comercio. A los transportistas por vía marítima: barcos andaluces de pequeño calado en abundancia, en especial carabelas, naos y otros buques de la costa cantábrica, además de las galeras, naos y carracas de mercaderes extranjeros, siempre presentes a pesar de las «actas de navegación» dictadas por los reyes de Castilla en 1398 y, de nuevo, en 1500.

Se ha escrito a veces sobre el carácter «colonial» de aquellos tráficos, pero conviene hacer una reflexión elemental a este respecto: los términos de relación entre dueños de la tierra y sus productos y dueños de los negocios y manufacturas son radicalmente distintos en una economía agraria tradicional y en una economía industrial capitalista. Se puede afirmar, incluso, que las situaciones de predominio se producen a favor de los primeros entonces, y no de los segundos, y que, por lo tanto, la posición mercantil de Andalucía -como de casi toda Castilla- en el siglo XV, no implicaba subdesarrollo, periferización o sujeción colonial, a mi modo de ver.

Se trataba, por el contrario, de una opción, tal vez la más fructífera en aquel momento -sin duda, la más conservadora desde el punto de vista social-, entre las que ofrecían aquellos regímenes de economía agraria y sociedad aristocrática o «feudal» bien desarrollados. Y, desde luego, era la opción más segura: los grupos sociales dirigentes, cuya renta se basaba en la tierra y en sus productos convenientemente comercializados, estaban mucho menos sujetos a las consecuencias de crisis coyunturales o bélicas que no aquellos otros cuya potencia se basaba en el control de rutas y capitales mercantiles. Por ejemplo, una guerra civil, entre 1462 y 1472, pudo arruinar el comercio catalán, pero quince años de disturbios, entre 1464 y 1479, apenas modificaron las condiciones del castellano y andaluz.

Es cosa distinta afirmar que la evolución futura alteraría aquel estado de cosas, con el desarrollo del capitalismo mercantil atlántico, o, más adelante, con las revoluciones industriales. Pero esto no era así en el siglo XV, ni todavía en la primera mitad del XVI, y sería imposible comprender el auge demográfico, la prosperidad económica, el crecimiento urbano o los mismos fenómenos de consolidación de toda una estructura social en Andalucía, si se aplicaran anacrónicamente criterios de interpretación socioeconómica actuales sin matizarlos y contrastarlos ante una realidad histórica muy diferente, como era la de Andalucía hacia 1492, después de varios decenios de crecimiento económico, con Sevilla como centro cosmopolita de un comercio importantísimo, en la vanguardia de las nuevas tendencias y corrientes mercantiles que nacían en el Atlántico medio.

3. La apertura al Atlántico

Sevilla era siempre el centro organizador de los tráficos mercantiles y del régimen aduanero anejo o almojarifazgo mayor, pero a menudo, desde finales del siglo XIV, los barcos no llegaron a ella sino que se detenían en los puertos costeros, que actuaban como lugares de depósito de mercancías y reparación de navíos. La consecuencia fue que algunos alcanzaron cierta independencia fiscal, en especial Sanlúcar de Barrameda, que tenía almojarifazgo propio, y Cádiz, que obtuvo el monopolio de la «contratación» con Berbería en 1493, después de regresar a la jurisdicción realenga14.

Precisamente, este comercio con las costas africanas y el desarrollo de la navegación en el Atlántico medio han de retener nuestra atención, porque fueron uno de los escenarios inmediatos que Cristóbal Colón conoció, y del que tomaría colaboradores y experiencia15.

En los tráficos con Berbería interesaba, ante todo, el «fabuloso comercio del oro», muy difícil de cuantificar, aunque las cifras que se conocen son impresionantes (¿54.000 liras de oro genovesas, sólo a esta república, en 1377? ¿40.000 ducados a Florencia en 1466? ¿El equivalente a 200.000 ducados importados por vía de Cádiz en 1518?). Los esclavos guineos del África negra y azanegas saharianos constituían otro renglón fundamental, y se adquirían en los puertos del Marruecos atlántico, sin contar con los que proporcionaban las «cabalgadas» que los andaluces dirigían contra los emiratos de Fez y Tremecén16.

El tráfico, en uno u otro sentido de cereales, y el intercambio de productos agrarios y materias primas africanas por manufacturas redistribuidas por los puertos andaluces -en especial pañería- no nos ha de entretener ahora, salvo para señalar su relación con un fenómeno muy importante: el progresivo conocimiento que los marinos andaluces tuvieron de las rutas del Atlántico medio, y el desarrollo paralelo de las pesquerías de altura.

Según A. Rumeu de Armas, los caladeros africanos frecuentados por los pescadores llegaron a estar muy al S. del cabo Bojador, hasta Senegal, Gambia y Guinea ya en la segunda mitad del siglo XV, pero los andaluces pescaban sobre todo entre los cabos Aguer y Bojador y hasta Río de Oro, y siguieron haciéndolo a pesar de las limitaciones establecidas por los tratados luso-castellanos de Alcaçovas (1480), Tordesillas (1494) y Sintra (1509), que coincidían en afirmar el monopolio portugués. En 1509, el tratado de Sintra reconocía el derecho castellano «a pescar y saltear y contrastar en tierra de moros por dicha costa… de la manera que hasta aquí lo podían y acostumbraban hacer» 17.

Así, los pesqueros en El Puerto de Santa María, Palos, Huelva, Moguer, Ayamonte y otras plazas se encontraban en las zonas del cabo Espartel, río Lukus y Sebú, cabos de Aguer y Bojador, e incluso al S. de éste, y así la pesca se convirtió en alimento corriente de los andaluces. Recordemos que las dos carabelas de Palos que participaron en el primer viaje de Colón, lo hicieron para sufragar una pena impuesta por la Corona para infracciones en materia pesquera18.

Por mucha que fuera la importancia del comercio, lo que más llamaba la atención y la conciencia de los contemporáneos era el señuelo de la guerra contra el infiel y los proyectos de conquista en su territorio. También Colón lo incluía como resultado final de su viaje por la ruta de Occidente. Pero en el Magreb atlántico las conquistas estaban reservadas a los portugueses. No obstante, era frecuente en el último tercio del siglo XV y a comienzos del XVI que marinos andaluces atacaran las costas de Berbería, tanto las de Fez como las de Tremecén, mediante «cabalgadas» que reportaban cautivos y botín, y de las que a menudo tenemos noticia por el cobro del «quinto real» sobre su producto o por el testimonio de alguna relación contemporánea19.

Aquellas acciones de «barrajar» en las costas, aduares y poblados del N. de África -replicadas por los musulmanes en la medida de sus fuerzas- eran a la vez «arriesgadas y lucrativas». Junto con el trato comercial o «rescate», crean un hábito que algunos marinos y exploradores andaluces no abandonarán al otro lado del Atlántico, y tienen una consecuencia que también en él sería importante: aumentar el conocimiento detallado de las costas y contar con «adalides» o expertos útiles para la preparación y guía de expediciones en tierras desconocidas u hostiles.

La expansión territorial

Las empresas de conquista y colonización no eran algo lejano en la Andalucía de 1492 porque, sobre la base de las experiencias obtenidas en los siglos XI al XIII, se acababan de realizar dos de singular importancia, que renovaban aquella herencia histórica medieval, y con ello la preparación de los andaluces para aquel tipo de actividades. Por una parte, la conquista del reino musulmán de Granada (1482-1492), que Colón conoció bien porque estuvo en algunos campamentos del ejército cristiano (Málaga, Santa Fe), y, por otra, la de las islas Canarias (1478-1496), algunos de cuyos financiadores lo serían también del descubridor genovés.

En las Islas Canarias tomó la Corona el relevo de una empresa que había comenzado en 1402 por iniciativa señorial, protagonizada por varios linajes del patriciado urbano de Sevilla -Las Casas, Peraza, Martel, Herrera-, ante la necesidad de detener el peligro de intervención portuguesa, que se manifestó todavía durante la guerra con este reino entre 1475 y 1479. En aquel momento había ya cuatro islas bajo dominio señorial -Lanzarote, Fuerteventura, La Gomera, El Hierro- pero las tres islas mayores, Gran Canaria, La Palma y Tenerife, continuaban sin conquistar e integrar en Castilla, y los reyes asumieron la tarea para sí, pero la conquista se realizó por capitanes que capitulaban con los reyes las condiciones de la operación.

Ésta fue discontinua y difícil a veces: Gran Canaria en 1480, La Palma en 1492, Tenerife en 1496. Además, generó un tipo de repoblación y organización del territorio peculiar, pues era preciso combinar los intereses de la Corona con los de los conquistadores y sus socios, y con los de quienes habían contribuido a financiar la empresa, en especial florentinos y genoveses afincados en Sevilla y Cádiz (Juanoto Berardi, Francisco de Riberol, Mateo Viña, Francisco Palmaro o Palomar…). Paralelamente, el sentido misional que había tenido la conquista e intervención castellana en las islas, favorecido por bulas pontificias y por la acción de los franciscanos, imponía algunos límites a la lucha contra la población aborigen, que de otro modo habría sido totalmente esclavizada.

Así sucedió que, en algunos aspectos, las Islas Canarias eran hacia 1492 una prolongación de intereses y proyectos andaluces, y un banco de pruebas o experiencias que a veces sirvieron para las primeras colonizaciones en el Caribe, sobre todo en lo que se refiere a la agricultura para exportación -caña de azúcar- y al movimiento de capital mercantil en las islas, controlado por genoveses. Por el contrario, la colonización de poblamiento fue mucho más rápida y densa, y las instituciones administrativas estuvieron sujetas al Consejo Real y a la Audiencia de Granada, de modo que Canarias fue un reino según el modelo castellano, y la misma cercanía de las Islas facilitó el que fueran ya entonces un finis terrae europeo y no una primera tierra indiana20.

La conquista de Granada fue una empresa en la que la Corona y la sociedad castellanas se emplearon a fondo durante un decenio, poniendo en juego todos sus recursos militares, financieros e institucionales, porque se consideró como la culminación de un proceso secular de reconquista contra los musulmanes, en el que se recuperaba la totalidad del espacio peninsular mediante la desaparición del último poder político islámico. Más acá de esta consideración ideológica, se trataba de acabar con la frontera que durante dos siglos y medio habían mantenido los emires de Granada frente a la Andalucía castellana, de evitar posibles peligros militares en un momento de expansión turca en el Mediterráneo, y, también, de enviar muchos pobladores cristianos: en 1530 la mitad al menos de la población del reino -unos 200.000 h. en total- eran nuevos pobladores o sus inmediatos descendientes.

La administración del reino de Granada se organizó según los modelos empleados en el resto de la Corona de Castilla pero, al igual que en Canarias, sin el lastre de una evolución pasada, lo que permitió acentuar el ejercicio de la autoridad regia. Tanto en Granada como en Canarias la organización eclesiástica se efectuó, desde el principio, en régimen de Patronato Real por concesión pontificia. En estos aspectos político-administrativos, pues, ambos territorios anticiparon la mayor facilidad y pureza con que la Corona implantó en América algunas formas características del «Estado moderno». Pero es de suponer que Colón, cuyos criterios sobre el poder político eran muy distintos, no obtuvo provecho de aquellas experiencias21.

Los ejemplos tan próximos de conquista y colonización sí que estarían presentes, en cambio, en la mente de muchos andaluces, y también las cuestiones tocantes al contacto con los indígenas, a la guerra y a la misión, pero tampoco hay que exagerar el paralelismo: entre la conquista y la población de Granada y las americanas hay grandes diferencias, y bien sabían los conquistadores que los indios en poco se parecían a los musulmanes, a pesar de las invocaciones a Santiago en las batallas, o de llamar a veces «mezquitas» a los templos indígenas.

A decir verdad, los procesos de evangelización fueron muy distintos: el éxito acompañó a los misioneros en Canarias y América, entre unos paganos que veían en la conversión una garantía de supervivencia, y que aceptaron sus consecuencias religiosas y culturales. Por el contrario, los musulmanes de Granada, aunque bautizados entre 1500 y 1502, permanecieron siempre ajenos al mundo religioso y cultural hispano-cristiano, hasta que Felipe II expulsó de aquellas tierras a sus descendientes moriscos en 1571.

El entorno social del descubridor

Hemos de preguntarnos ahora sobre la estructura y las jerarquías sociales andaluzas, en especial aquellos aspectos que más influyeron en la vida de Colón durante sus años andaluces y en su percepción de la realidad hispana.

Los caracteres propios de la sociedad andaluza bajomedieval nacieron en un doble proceso, hoy bien conocido, de éxodo y desaparición casi total de la anterior población musulmana, y de repoblación y nueva organización del territorio en todos los aspectos por los colonos cristianos, entre 1230 y 1280, aproximadamente22.

Las repoblaciones reprodujeron las estructuras sociales e institucionales vigentes en otras regiones de Castilla, aunque simplificándolas y adaptándolas a los intereses y proyectos del poder monárquico, tal como lo concebía Alfonso X (1252-1284). Todos los nuevos pobladores fueron jurídicamente libres, y la cuantía de los bienes raíces rústicos o urbanos que recibieron varió según sus obligaciones militares fueran combatir a pie (peones) o a caballo (caballeros). Entre estos últimos se distinguió especialmente a los que tenían condición noble. Además, se repartieron tierras y otros bienes a grandes oficiales de la Corona, miembros de la alta nobleza castellana y leonesa, iglesias, monasterios y Órdenes Militares, que constituyeron los primeros señoríos en la región, sobre todo cerca de la frontera con la Granada islámica. Se cuidó especialmente la población de los núcleos urbanos, donde hubo grupos a veces importantes de judíos y, en Sevilla, de mercaderes extranjeros: los primeros privilegios a los genoveses datan de 1251.

La situación de la Baja Edad Media, las crisis y cambios económicos, y las luchas políticas, modificaron en muchos aspectos esta situación originaria, aunque respetaron sus rasgos fundamentales. Ante todo, Andalucía vivió durante dos siglos y medio como tierra de frontera, lo que exigió el mantenimiento de un fuerte dispositivo militar, propició la promoción nobiliaria, el aumento del número de señoríos, y la vigencia de aspectos de la mentalidad caballeresca, que apoyan ideológicamente el predominio aristocrático, al explicarlo por medio de justificaciones inmediatas -el papel militar y protector de los aristócratas- y magnificarlo como tema literario, de lo que son buena muestra los romances fronterizos del siglo XV. Por otra parte, las posibilidades de conquista y colonización fomentaban, a veces, alguna flexibilización transitoria de la estructura social y estimulaban la movilidad en su interior.

La crisis del siglo XIV, el hecho de que Andalucía era un país relativamente poco poblado, y la vinculación de las producciones agrarias al comercio favorecieron los procesos de concentración de propiedad de la tierra, en beneficio de familias de la pequeña aristocracia urbana y de linajes de la gran nobleza que se fue formando en la región.

1. El predominio aristocrático

Sin embargo, los fundamentos del predominio y auge de las aristocracias son más variados y complejos. En el crecimiento del poder aristocrático, a la vez económico y social, político y cultural, cabe distinguir dos períodos: el primero hasta 1360-1380, caracterizado aún por la inestabilidad de la clase aristocrática y de sus medios de perpetuación, como lo demuestra la extinción de muchas familias de alta y baja nobleza. El segundo, de 1370-1380 en adelante, presencia el definitivo auge y la consolidación de linajes y patrimonios aristocráticos que perdurarían en los siglos siguientes23.

Por otra parte, es necesario distinguir también entre alta y baja aristocracia, integrante esta última de los diversos «patriciados urbanos», pero advirtiendo que los modelos de organización social y de poder eran propuestos por la alta, y que la baja aristocracia andaluza los aceptó sin presentar nunca alternativas, a diferencia de lo que ocurre en otros ámbitos europeos. Esto contribuye a explicar, también, la facilidad con que los grandes aristócratas dominan el gobierno de las ciudades, o la falta de asimilación de los valores económicos y sociales burgueses propios del capitalismo incipiente, aunque se obtengan beneficios de la actividad mercantil24.

Las formas de participación en el poder político son varias. Ocurrió, ante todo, un aumento del número e importancia de los señoríos en los que diversos linajes de la alta nobleza ejercían su jurisdicción. Los señoríos andaluces, todos en zonas rurales, eran un 27 por 100 del territorio hacia 1300 y un 48 por 100 en época de los Reyes Católicos, pero mientras que los de instituciones eclesiásticas y Órdenes Militares permanecen estables o disminuyen, los de la nobleza seglar pasan de un 3 por 100 en torno a 1300 a un 35,4 por 100 hacia 148025.

Además, los aristócratas dominaban la mayor parte de los órganos de poder en el territorio de realengo, o sea, sujeto directamente a la jurisdicción regia. Los cargos de la administración territorial de la monarquía, o bien son ocupados por aristócratas andaluces, o bien dan lugar a que nobles de otras regiones acaben formando linajes en Andalucía.

Más continuo e importante para el conjunto del grupo aristocrático era el dominio de los municipios de realengo, organizados en régimen de ciudad y tierra, a modo de señorío colectivo. En Sevilla y Córdoba, los puestos de alcaldes mayores y alguacil mayor estaban siempre en manos de grandes nobles, mientras que la asamblea o cabildo de regidores estaba integrada por miembros de los linajes de baja aristocracia urbana. Las «clases medias» urbanas sólo tenían una participación menor y subalterna en aquel tipo de poder municipal, en el que se integraban las relaciones políticas de los diversos niveles de aristocracia mediante lazos de clientela, formación de bandos o parcialidades, y enlaces familiares26.

Aquella polivalencia de medios de poder político y económico permitió a la aristocracia andaluza mantener y aumentar sus niveles de renta, sobre todo en el siglo XV: propiedades agrarias, derechos de la jurisdicción señorial, sueldos, mercedes y participaciones en las rentas de la fiscalidad monárquica, y también de la eclesiástica, intereses en los mercados urbanos y en el gran comercio exterior… éstos son los componentes principales de una renta aristocrática diversificada y modernizada, que tienen poco que ver con los modelos propios de la «edad feudal clásica». A finales del siglo XV, los ingresos brutos de grandes nobles como el duque de Medina Sidonia, el duque de Arcos o el de Medinaceli, alcanzaban los 40.000 ducados anuales27.

En el mantenimiento de aquel modelo aristocrático de dominio social jugó un papel fundamental la organización familiar en linajes, la solidaridad de sangre, los enlaces entre unos y otros. En el interior de aquellos círculos familiares se promovían unos valores culturales bien determinados: puede decirse que en la Andalucía bajomedieval predomina el tipo social del caballero, y es muy escasa, la figura del burgués, más o menos ennoblecido, que no haya buscado conscientemente asimilarse a los valores aristocrático-caballerescos, utilizando para ello los signos externos más relevantes: el empleo de cabalgaduras y armas, las formas adecuadas de vestido, adorno y comida, la adopción de un tren de vida caracterizado por el ocio noble en algunos aspectos, y por la presencia de criados e incluso esclavos para los diversos trabajos de servicio.

Hubo también una religiosidad pro-aristocrática o, al menos, unas formas de religiosidad que, de hecho, beneficiaban el mantenimiento de los intereses del grupo, formas protegidas por la misma aristocracia a través de fundaciones pías que, además de su valor como signo de fe, estaban cargadas de contenido social. Así sucede con los patronatos sobre monasterios y conventos establecidos por los grandes linajes, que fijaban en ellos su enterramiento, o por las capellanías, enterramientos y aniversarios que las familias de la aristocracia urbana dotaban en diversas iglesias y conventos como manera de revalidar «post mortem» las jerarquías y valores sociales y, además, como procedimiento para mostrar la coherencia del linaje en torno a su cabeza o pariente mayor, con motivo de las ceremonias funerarias o recordatorias.

Es muy conocida la influencia de aquellos modelos sociales y culturales andaluces en los procesos de conquista y colonización americana. ¿Hasta qué punto los asimiló o quiso integrarse en ellos Colón, después de haberlos conocido, en su carrera de ascensión política y social tras el Descubrimiento?

Durante los años anteriores, en su búsqueda de protectores que acogieran su proyecto, Colón había acudido a dos altos nobles andaluces, Enrique de Guzmán, duque de Medina Sidonia, y Luis de la Cerda, duque de Medinaceli, por motivos muy comprensibles. Ambos tenían en sus señoríos puertos costeros cuya actividad mercantil y pesquera era de gran importancia: Sanlúcar de Barrameda, Huelva, una parte de Palos y, por vía de una rama colateral, Lepe y Ayamonte, eran del duque de Medina Sidonia, que además se había interesado en la empresa de Canarias y en el comercio y «rescates» en la costa atlántica africana, mientras que El Puerto de Santa María era del duque de Medinaceli quien, en marzo de 1493, recordaba su protección a Colón para intentar, infructuosamente, que los reyes le concedieran parte en el negocio que se preveía con las nuevas tierras, al menos que «el cargo y descargo» de los buques fuera en El Puerto. Pero la voluntad de la monarquía fue siempre que la alta nobleza, a título institucional y señorial, permaneciera al margen de lo que fue ocurriendo en el Nuevo Mundo, aunque el papel que jugaron los marinos y barcos de los lugares costeros de señorío fue tan importante en los años que siguieron a 1492: baste recordar el de los Pinzón, de Palos, o los Niño de Moguer, en el primer viaje colombino28.

2. La sociedad urbana

Colón vivió buena parte de su tiempo entre 1485 y 1492 en Córdoba, o en relación con Sevilla, de modo que su contacto con aquellas sociedades urbanas es otro elemento muy importante a tener en cuenta.

Las «clases medias» mercantiles y artesanas eran bastante fuertes en número de individuos pero más bien débiles en peso social dentro de las ciudades andaluzas, debido a su escasa participación en el poder urbano y a la falta de proyección, sobre el conjunto, de sus ideales de vida productiva y mesurada, puesto que sus elementos más destacados tendían a fundirse con la aristocracia ciudadana, y por debajo sólo tenían un amplio proletariado urbano cuyo horizonte era la simple supervivencia cotidiana. No obstante, algunos elementos de la manera «mesocrática» de concebir el orden social, contrarios a la inutilidad y el carácter depredador que se atribuían al modelo señorial-aristocrático, saldrían a la luz durante la expansión ultramarina en los escritos de autores, como Fr. Bartolomé de Las Casas, que procedían de la zona de contacto entre aristocracia y clases medias urbanas29.

Conocemos de éstas su tipología socio-profesional y, hasta cierto punto, los marcos de organización gremial que maduran a lo largo del siglo XV, pero que nunca produjeron una participación en los gobiernos locales a partir del encuadramiento profesional. Los padrones de vecindario de la ciudad de Sevilla han permitido esclarecer su realidad social desde tres ángulos: el reparto por profesiones, la situación ante el impuesto directo -privilegiados, francos o exentos, pecheros-, y los niveles de riqueza imponible, lo que contribuye a perfilar el concepto de «pobreza fiscal» y a conocer mejor la estratificación económica de la sociedad hispalense: hacia 1480, el 70 por 100 del vecindario era pobre desde el punto de vista fiscal, o sólo disponía de los recursos derivados de su trabajo, otro 25 por 100 vivía en lo que podemos llamar niveles medios, y sólo un 5 por 100 disponía de bienes por una cuantía fiscal de 50.000 maravedís (133 ducados) o más, esto es, la cifra mínima para ingresar en la caballería de cuantía, casas y ajuares aparte30.

Pues bien, estos medianos -así se les llamaba entonces-, a los que se distingue con claridad de los de pequeña manera, tenían algunos medios de participación en el poder, o de hacerse notar ante él, sobre todo si accedían a la caballería de cuantía, a pesar de la degradación que ésta sufrió en Andalucía desde la segunda mitad del siglo XIV31. Otra vía era la elección o el acceso a los cargos de jurado del concejo pero muchos de ellos estaban ya en manos de la aristocracia urbana. Y, en fin, el intento de los Reyes Católicos para implantar unos personeros del común en los concejos castellanos terminó en fracaso. Cerradas aquellas posibilidades, los medianos perdieron también cualquier otra que pudieran tener de modificar o matizar las circunstancias del sistema social.

Además, esta merma de posibilidades se vio acentuada en las sociedades urbanas andaluzas de la segunda mitad del siglo XV por la presencia del problema de los judeoconversos, y por su evolución. Al ser los conversos y sus descendientes, en su mayoría, «clases medias urbanas», la marginación y las persecuciones a que se les sometió y, desde 1481, las actuaciones de la Inquisición, aparte de frustrar muchas promociones individuales, imposibilitó cualquier evolución del sistema social en la que ellos tuvieran protagonismo o, al menos, parte activa, como tal grupo32.

Otra cosa es que algunos conversos pudieran integrarse en las filas del patriciado urbano, o en las del alto y medio clero33. Pero, en definitiva, la condición de su supervivencia o, al menos, de su tranquilidad, pasaba por disolver en el conjunto social lo más posible, si les dejaban, su antigua identidad socio-religiosa. Colón vivió en Andalucía los años más duros de la Inquisición, y siempre es un interrogante a responder cómo incidió en él aquella realidad, y qué contactos tuvo con conversos, aunque nada permite suponer que fueran más intensos o trascendentes que los mantenidos con otros sectores de la sociedad urbana.

3. Los genoveses en Andalucía

La situación de los grupos de mercaderes, financieros y artesanos foráneos en aquellas ciudades era peculiar. Unas veces procedían de otras partes del reino -burgaleses a fines del siglo XV-, pero casi siempre eran extranjeros que residían en Sevilla, Jerez, Puerto de Santa María, Cádiz, e incluso Córdoba. Prestaban todos ellos unos servicios y desarrollaban unas actividades que les convertían en un apoyo valioso del orden social vigente.

Conocemos bastante bien el caso de los genoveses: protagonizan y financian parte del comercio exterior, se benefician de él en sus aspectos lícitos y también en los irregulares –saca de oro y plata-: ¿qué interés o deseo podían tener de influir en un cambio social cuando su «simbiosis» con los poderosos les resultaba tan provechosa? Todo lo contrario, los que llegan a naturalizarse castellanos, o bien se integran en los patriciados urbanos de Jerez, Cádiz o Sevilla, o bien reproducen en las ciudades de Andalucía la condición de artesanos, marinos o pequeños comerciantes, sujetos al poder de una república aristocrática, que ya tenía en su tierra ligur de origen34.

Las relaciones de Colón con sus compatriotas no se dirigen hacia aquéllos ya naturalizados en Sevilla, Jerez o Cádiz, e integrados en las aristocracias urbanas, como los Villavicencio-Zacarías, Bocanegra, Cataño, Adorno o Spínola. Sus interlocutores más próximos son los mercaderes estantes, vinculados a los negocios y la economía andaluza, cuyo número aumentó mucho en la segunda mitad del siglo, y aumentaría más después del Descubrimiento, hasta el punto de escribir el embajador veneciano Marco Dandolo en 1503 que «un tercio de Génova se encontraba entonces en España, donde negociaban más de trescientas compañías mercantiles genovesas».

Pero los mercaderes y financieros más importantes no se interesaron por la empresa indiana hasta que hubo seguridad de beneficios. Antes, en los años difíciles, Colón sólo contó con apoyos procedentes de gentes más modestas, procedentes a menudo de alberghi genoveses de creación relativamente reciente, que ya conocían el negocio colonizador en Canarias, y disponían de medios para participar en la exploración atlántica pero no para protagonizar el gran comercio internacional35.

Ejemplos: los Sopranis, los Riberol, los Pinelli. Francisco Pinelo, afincado en Sevilla, en cuya aristocracia local llegó a integrarse, contribuyó a financiar el primero y el segundo viajes colombinos; su pariente, más poderoso, Martín Centurión, el tercero, en el marco de otros préstamos que hacía a la Corona. Riberol, Francesco Doria, Francesco Castagno y Gaspare Spínola intervienen en la financiación del cuarto viaje. No siempre eran genoveses, sin embargo: entre los apoyos más firmes con que contó Colón en su empresa se cuenta el del florentino Gianotto Berardi, cuyo nombre he mencionado ya en relación con la conquista de La Palma36.

Es probable que también en Córdoba haya mantenido contactos semejantes Colón, pues allí operaban otros Spínola, gestores de la bula de cruzada, y había bastantes artesanos originarios de Génova y de Florencia, ya naturalizados y con nombres castellanos a menudo. Su nivel profesional -son tintoreros, perailes, operarios del textil- y su origen social debían ser en muchos casos semejantes al del futuro descubridor de América37.

Los objetivos políticos de la Monarquía

Las relaciones entre los Reyes Católicos y Colón se comprenden mejor si tenemos presentes el estado político de Andalucía y los objetivos del gobierno monárquico allí y en otras partes de la Corona de Castilla, tal como se realizaban desde 1475.

El reinado conjunto de Isabel y Fernando se caracterizó por un notable y rápido fortalecimiento del poder monárquico, que llevó a su culminación muchos elementos anteriores constitutivos del «Estado moderno» en su versión hispánica. Fue una época de pacificación social en la que se respetaron los privilegios y el predominio aristocrático, pero sujetando bien, al mismo tiempo, sus ámbitos de poder -los señoríos, el control oligárquico de las ciudades- a los intereses y líneas políticas de conjunto trazadas por la Corona. Los reyes pudieron así ejercer como verdaderos protagonistas del poder, recuperar aspectos y parcelas de éste perdidos en tiempos anteriores, llevar a cabo empresas de guerra, conquista y relación diplomática como cabeza de un cuerpo político cuyas instituciones de gobierno, sin cambiar apenas, eran mucho más eficaces. La unión dinástica entre las Coronas de Castilla y Aragón, que ellos efectuaron, potencia muchos de estos aspectos, aunque aquí los refiramos al ámbito andaluz38.

La época inmediatamente anterior, desde 1464, había sido pródiga en guerras internas, debido a la dejación de poder por el rey Enrique IV ante las presiones de la alta nobleza, y a los enfrentamientos entre unos y otros linajes de ésta por el dominio en la Corte, o en ámbitos regionales. En el reino de Sevilla las protagonizaron los Guzmán, duques de Medina Sidonia, y los Ponce de León, condes de Arcos, al frente de sendos bandos, entre 1471 y 1474, y en Córdoba las varias fracciones del linaje Fernández de Córdoba, desde 1465.

El viaje de los reyes Isabel y Fernando a Andalucía en 1477-1478, prácticamente vencedores ya en la guerra de sucesión, modificó totalmente la situación. Los grandes nobles reafirmaron su obediencia, abandonaron sus intervenciones políticas en las ciudades, pero conservaron incólumes su poder señorial, su fuerza económica y su predominio social pues los reyes se limitaron a comprar Palos (1492) y a restablecer la jurisdicción de la Corona en Cádiz (1493) y en Gibraltar (1502), por entender que se habían enajenado indebidamente unos decenios atrás. Las aristocracias urbanas recobraron el protagonismo dentro de la parcela que se les asignaba -la administración de las ciudades de «realengo» y sus «tierras»-, pero bajo el control de los corregidores nombrados por los reyes, que implantaron también la nueva Hermandad, en la que participaban todas las ciudades castellanas, para la persecución de la delincuencia en zonas rurales.

También puede considerarse, en cierto modo, como una medida de restablecimiento de la autoridad política -que estaba entonces basada en la legitimidad religiosa principalmente- el establecimiento de la Inquisición, proyectado en 1478 y en Sevilla, porque puso fin a las revueltas urbanas contra los judeoconversos y encauzó hacia la vía jurisdiccional el problema religioso, pero también político, de la apostasía de algunos de ellos.

En aquella situación de disponibilidad ante el poder monárquico vivió Andalucía la conquista de Granada, y los enormes esfuerzos humanos y económicos que exigió. En ella, no obstante, pudieron los grandes nobles recuperar el papel de primeros colaboradores de la Corona, y alzarse alguno de ellos -el marqués de Cádiz y conde de Arcos, Rodrigo Ponce de León- con un protagonismo caballeresco y militar, que sería la última manifestación de un modo de estar en la vida política y bélica andaluza llamado a desaparecer después de 1492. Para el conjunto de los andaluces, la mayor compensación era la desaparición misma de la frontera, de sus peligros y cautiverios, con la posibilidad de explotar mucho mejor la amplia banda morisca próxima a ella y de enviar colonos al territorio granadino, de modo que la guerra, fue a la vez una apoteosis del poder regio y una empresa bien aceptada y secundada por la sociedad andaluza39.

En tales condiciones de plena autoridad, restaurada y en ejercicio, ¿cómo interpretar las Capitulaciones de Santa Fe -17 de abril de 1492- que parecen en muchos aspectos cesiones exorbitantes de poder a favor de Cristóbal Colón?40.

Las capitulaciones, asientos y conciertos que los reyes hicieron durante la guerra de Granada con los musulmanes vencidos, para poner fin a la contienda, adoptaban la forma de privilegio real. Sólo en algunos aspectos formales son comparables a la colombina, que, según diversos autores, merece «la calificación jurídica de contrato», aunque sobre un negocio a realizar con escaso gasto económico y que muchos «no tenían… por muy çierto», lo que puede contribuir a explicar la mayor largueza de los reyes, no porque pensaran modificarla en el futuro, pero sí por su convicción de que, en caso políticamente necesario, su autoridad y preeminencia regias, que se concebían como soberanas y absolutas, podrían alterar lo capitulado. No obstante, Colón -que era un hombre procedente del mundo urbano y mercantil bajomedieval- no estaría en condiciones de entender tales aspectos de la doctrina política monárquica castellana41.

Por lo demás, los reyes otorgaron a Colón atribuciones delegadas de su propio poder según los usos ya establecidos en Castilla. Como Almirante, recibe las que tenían los Almirantes de Castilla, aunque algo modificadas: el derecho de «despacho», es decir, de cargar un octavo en cualquier barco, pagando el flete -el Almirante de Castilla podía cargar hasta un tercio, en los barcos sujetos a su jurisdicción-. Una participación de un diezmo sobre el botín o «ganancia» obtenido por las expediciones (el almirante castellano llevaba un tercio, más el quinto real). Y capacidad judicial pertinente a su cargo. En definitiva, los derechos del Almirante castellano eran mayores, lo que sucede es que estaban fijados en cantidades equivalentes establecidas desde hacía mucho tiempo, y arrendados, mientras que Colón pretendía hacer efectivos la totalidad de los suyos42.

Como Virrey y Gobernador, recibía las atribuciones que tenían estos cargos en la Castilla del momento. Por ejemplo, los desarrollados por don Pedro Fernández de Velasco en distintos momentos, desde 1478, pero con dos claras ventajas: el cargo sería vitalicio y hereditario. Y, además, Colón podía presentar ternas para que los reyes efectuaran sobre ellas el nombramiento de todos los cargos públicos.

Es decir: el Descubridor era elevado a las categorías máximas de la aristocracia castellana y se le confería un fuerte poder político vitalicio y hereditario, pero como representante de los reyes. No hay cesión jurisdiccional ni creación de señorío. En el plano doctrinal no existe, pues, contradicción entre los objetivos políticos de la monarquía y lo capitulado para aquella situación peculiar e irrepetible, cuyos efectos habían de ocurrir en ámbitos muy lejanos al territorio de la Corona de Castilla, lo que era otro motivo para admitir condiciones especiales, como seguramente recordarían a los reyes más de una vez, entre 1485 y 1492, los cortesanos que en uno u otro momento parecen haber apoyado a Colón: el secretario Alonso de Quintanilla, los obispos fr. Hernando de Talavera y fr. Diego de Deza, el franciscano fr. Antonio de Marchena, el escribano de ración Luis de Santángel, etc.

La Rábida como símbolo

El convento de franciscanos observantes de La Rábida, cerca de Huelva, ha sido considerado siempre como un símbolo del Descubrimiento, mudo testigo de la partida de los tres barcos hacia lo desconocido, el 3 de agosto de 1492, y residencia humilde de los frailes que devolvieron la confianza a Colón en los momentos más difíciles de 1491, cuando todo parecía haber fracasado. Allí encontró a fr. Juan Pérez, antiguo confesor de la reina Isabel, que consiguió la reanudación de las conversaciones, y al «frayle astrólogo» con el que departió sobre su proyecto, y muy cerca, en Palos y en Moguer, al «físico» García Hernández, al viejo piloto Pedro Vázquez de la Frontera, a Martín Alonso Pinzón, y a tantos otros que hicieron posible, en torno a Cristóbal Colón, el viaje descubridor43.

Pero el simbolismo de La Rábida nos atrae ahora por otros motivos, porque llama nuestra atención sobre lo que los franciscanos y el franciscanismo significaban tanto para el descubridor como en la Andalucía de su tiempo.

Es bien sabido que Colón y su «mentalidad mesiánica» encajaron perfectamente «en el ambiente franciscanista español»44. Su devoción a San Francisco le llevaría a ser enterrado en hábito de terciario franciscano, y su afecto a la Orden no sufrió merma ni siquiera en sus últimos años, cuando algunos frailes franciscanos contribuyeron, con sus declaraciones sobre la situación en La Española, a mermar su crédito político, aunque es cierto también que desde 1498 su «verdadero padre espiritual» fue Gaspar Gorricio de Novara, fraile cartujo autor de un Carro de las dos vidas, es a saber, de vida activa y vida contemplativa (Sevilla, 1500), y que su sepultura estuvo en la Cartuja de Las Cuevas, sevillana.

Si los cartujos, como los jerónimos, significaban la vida religiosa contemplativa, y de ahí su buena fama y capacidad de atracción social, los franciscanos eran protagonistas de vida activa, exploradora y misionera en aquella época de la historia del cristianismo, precisamente los dos aspectos más próximos al ideal mesiánico colombino45.

Los franciscanos observantes de la custodia de Andalucía estaban presentes en la «misión» o evangelización de Canarias desde principios del siglo XV: en 1403 se erigió la diócesis de Rubicón, en Lanzarote, y en 1414, franciscanos de La Rábida fundaban el convento de San Buenaventura de Betancuria. En 1434, la bula Regimini gregis, de Eugenio IV, proclamaba la libertad de los indígenas, como seres humanos, y la prelación que habían de tener las acciones evangelizadoras. No fue así, a menudo, pero se estaban creando los fundamentos de un nuevo modo de contacto con poblaciones paganas, y los franciscanos andaluces eran protagonistas del fenómeno. Funcionó incluso, entre 1472 y 1480, una nunciatura para Guinea, encomendada por Sixto IV a fr. Alonso de Bolaños, fraile de La Rábida, que amplió durante unos años la acción de los «conventos franciscanos de la misión de Canarias»46.

La experiencia franciscana era de distinto tipo, pero aún más antigua, en los intentos misionales dirigidos hacia el Islam granadino y norteafricano. No tuvieron éxito, pero conviene recordar que un fraile de la Orden solía ser obispo de Marruecos, con residencia en Sevilla47.

La Rábida materializa así un elemento ideal -la misión- que compartía Colón, a la vez descubridor y visionario, con los andaluces de su tiempo, y que es inseparable del afán de negocio o lucro y del deseo de conquista. Del mismo modo, la devoción a María venía a coronar el edificio religioso de aquella época, bajo Dios Padre y Cristo: era Nuestra Señora del Amparo, bajo ésta u otras vocaciones, venerada en diversos santuarios andaluces, a los que acudían los marinos en agradecimiento por haber salvado la vida, y, sobre todo, en Guadalupe: allí viajaría Colón en 1493, después de su recibimiento triunfal en Barcelona y a Guadalupe también enviarían su ofrenda los navegantes portugueses, tras descubrir la ruta del Cabo de Buena Esperanza y llegar a Calicut, pocos años más tarde.

Conclusión

Otros puntos de España recorrió y conoció el Descubridor, casi siempre en pos de la Corte, desde Alcalá de Henares y Salamanca, durante los primeros tiempos de su búsqueda de protección regia, pasando por Barcelona en el regreso triunfal del primer viaje, hasta Segovia y Valladolid, al final de su vida, cuando intentaba en vano recuperar el favor regio y los privilegios y poderes que había perdido. Pero los años andaluces son los que dejan la huella hispánica en su personalidad y en sus afectos porque, además del entorno que acabamos de describir y que tanta influencia ejerció en diversos aspectos, en Córdoba conoció Colón a Beatriz Enríquez de Arana, y con ella tuvo a su hijo Hernando que, andando los años, sería biógrafo de su padre e historiador de sus viajes, de modo que en Andalucía forjó el Descubridor el arma más formidable para perpetuar su fama, si otras hubieran fallado: su primogénito, Diego, heredó los títulos, y los pleitos, pero el hijo cordobés, Hernando, se quedó con la memoria48.

Concluiré con la reflexión de un eminente historiador que, al exponer cómo el proyecto de Colón fue rechazado en Lisboa, y conocido en otras Cortes europeas, añade que el Descubridor habría llegado a Portugal con cincuenta años de retraso, y que pensó en Inglaterra o Francia con medio siglo de anticipación49. Algo de esto hubo, desde luego: llegar en el momento preciso. Espero que mi brevísimo análisis de la realidad de Andalucía haya ayudado a comprenderlo, al margen de cualquier interpretación determinista del pasado.

Había allí el adecuado soporte humano y técnico, el impulso renovador de un sistema económico que se mantenía, sin embargo, en sus términos tradicionales, como cimiento de un predominio social aristocrático compatible con el desarrollo de empresas mercantiles y con los primeros esbozos de acumulación capitalista. El poder político de la Corona era ya fuerte, sin que ello significara el aniquilamiento de otras formas de poder cuyo uso fue indispensable en los primeros tiempos de la exploración americana. Había, en fin, un ímpetu expansivo y colonizador, teñido todavía por los ideales y mitos de la cruzada, y puesto a prueba por aquellos mismos años. La chispa de la iniciativa colombina vino a caer sobre esta mezcla de factores, compleja pero bien estructurada, y así dio comienzo uno de los hechos de descubrimiento y conquista, de contacto y encuentro más destacados y extraordinarios de la Historia, que desde entonces comenzó a ser realmente de toda la Humanidad.