Dctor. Jesús Peynó Piñeiro

El Descubrimiento de América considerado bajo diversos aspectosPor J. Peynó

Las hondas convulsiones internas que agi¬tan a muchos países hispanoamericanos, no ha sido óbice para que este año, como los ante¬riores, se conmemorase con toda esplendidez la gloriosa efemérides del acontecimiento más grande de la Historia de la Humanidad des¬pués del nacimiento del Hijo de Dios. (Pero en Cuba esta efemérides de afirmación de la confraternidad hispanoamericana ha re¬vestido mayores proporcione que otras veces, sellándose con brillantes ac os culturales, re¬ligiosos, sociales y militares, en cuya organi¬zación tomaron parte entusiasta la Sociedad Colombista Pan-Americana, la Orden de los Caballeros de Colón, el Lyceum y el Ejército con asistencia del Cuerpo Diplomático. CULTURA GALLEGA no puede tampoco pasar en silencio el ‘gran suc del Descubri¬miento de América, consider o bajo di¬versos aspectos a cual más interesantes. Pue¬de afirmarse enfáticamente que España pro¬dujo una múltiple evolución, de caracteres tan trascendentales como variados. En la esfera mercantil, el descubrimiento marcó el paso del centro de la actividad de los puertos del Mediterráneo a los del Atlán¬tico. Hizo, más intenso y extenso el intercam¬bio. Imprimió enorme impulso a la navegación. El feudalismo, ya herido por las consecuen¬cias económicas de las cruzadas, experimentó, como resultada del acrecentamiento de los me¬dios de cambio, la depreciación de las rentas territoriales. Surgieron, con mayores bríos, las clases industrial y comercial. En el orden científico, señaló la derrota de quienes negaban la redondez de la tierra. Con¬tribuyó con el andar del tiempo al arraigo de la combatida teoría de Copérnico, demostran¬do el doble movimiento de los planetas sobre sí mismos y alrededor del sol. Más tarde Ga-lileo confirmó las teorías de Copérnico y pro¬clamó que el sol, y no la tierra, era el eje del mundo planetario y que giraba la tierra en torno de aquél como los demás planetas que reflejan la luz, confirmación que a poco le cuesta la vida. Desde el punto de vista patriótico, de un patriotismo sano, grande, elevado, puede Es¬paña enorgullecerse en esta efemérides de ha- ber impulsado todo un continente a la vida de la civilización. Sin olvidar a los valerosos marinos del norte que en 687 encontraron la Islandia y colonizaron en 985 la Groelandia, ni los descubrimientos geográficos hechos por el príncipe portugués Enrique el Navegante y otros intrépidos viajeros medioevales, lo cierto es que a España corresponde el honor, íntegro, de un descubrimiento efectuado en tres pequeñas naves que hoy consideraríamos absurdas para tamaña • empresa: la Santa Ma¬ría (nave capitana de Colón en su primer via¬je, llamada también “La Gallega”), la Pinta y la Niña. De esas tres naves, sólo la capitana estaba completamente cubierta por un puente. Su to¬nelaje ha sido estimado por unos en 280 tone¬ladas; por otros en 200. La Pinta y la Niña, de tipo bajo y ligero, llamadas “carabelas”, se supone que contaban 140 y 100 toneladas, respectivamente. T en esos tres1 remedos de bu¬ques, surcó la expedición hispánica la inmen¬sidad del Océano; y tras mil accidentes se en¬contraron los temerarios navegantes, en la ma¬ñana del 12 de Octubre de 14£ , cerca de la pequeña isla de coral de las Bahamas, llamada por los naturales Ganahaní y a la aual bau¬tizó Colón con el nombre de San Salvador, en recuerdo de la alegre villa de Pontevedra don¬de, según pruebas documentadas de La Rie¬ga, Otero, Gorostola, Rodríguez, Zas, Marcóte y otros muchos autores colonianos, había naci¬do el Almirante. He- ahí una de las imborrables efemérides históricas, uno de los mayores galardones de nuestra España, uno de esos recuerdos peren¬nes que vivirán por toda la eternidad. En esta efemérides, el orbe entero invoca la homérica proeza. Y todas las: naciones americanas que se expresan en el idioma español, conmemoran su advenimiento a la ‘vida universal. Soberanos, independientes, libres — con alguna dolorosa excepción—esos pueblos dirigen su mirada a la madre de todos ellos, hoy desangrada y devastada por feroz lucha fratricida, palpitan¬do al unísono los corazones hispánicos de aquende y allende los mares; y tanto los que hemos nacido en el viejo mundo, como los que han nacido en el continente nuevo, nos abraza¬mos espiritualmente y, con los ojos puestos en la progenitora- común, exclamamos: ¡Salud, hermanos!