Antonio Rey Soto

Antonio Rey Soto. Sacerdote, poeta, profesor e traductor, estudiou Filosofía e Teoloxía no Seminario de Ourense e ampliou estudios nas universidades de Santiago e Madrid. Compañeiro de Basilio Álvarez, viviu en Cuba e Guatemala e neste país ocupou a cátedra de Literatura Hispánica na Universidade Nacional. Retornado a España, viviu en Madrid e Ourense e pasou os seus últimos anos no mosteiro pontevedrés de Poio. A súa obra lírica en castelán é amplísima. En galego, os seus poemas foron recollidos no volume póstumo Poemas en galego (1974). Traduciu a poesía satírica de Horacio baixo o título Escola de larpeiros (1949). Pero o seu labor está espallado por unha morea de revistas e xornais galegos como Alba (Vigo), O Tío Marcos d’a Portela, La Voz Pública (Ourense, 1915-1918), La Voz de la Verdad (Lugo, 1910-1937), Vida Gallega (Vigo, 1909-1955), El Regionalista (Chantada, 1920- 1924), La Raza (Pontevedra, 1917-1920), Mondariz (Madrid, 1915-1921), Mi tierra (Ourense, 1911), Marín (1913-1915), Acción (Pontevedra, 1928-1930), Alfar (A Coruña, 1923-1927), Aurora (Vilalba, 1918-1919), Gráfica (A Coruña, 1922), Heraldo de Galicia (Ourense, 1930-1936), La Integridad (Tui, 1888-1925), El Eco de Orense (1880-1909), El Eco de Santiago (1896-1938) e Finisterre (A Coruña, 1943-1946); ou da emigración a América como La Alborada (A Habana, 1912), Suevia (A Habana, 1912), Cultura Gallega, Galicia (Montevideo, 1929-1931), A Terra (Córdoba, Arxentina, 1920-1924), Irmandade (Caracas, 1960-1976), Boletín de la unión hispánica pro Valle Miñor (Bos Aires), 1905-1935), Boletín Oficial do Centro Galego de Avellaneda (1903- 1930) e Acción Gallega (Bos Aires, 1919-1925).


Prólogo en el libro del médico Rodriguez(Antonio Rodríguez Martínez)

A quien conozca, siquiera sea de vista, la procer figura del Doctor Rodríguez, no puede sorprenderle que este asunto de la patria de Colón, desde el primer momento, le haya apasionado hasta la médula, y le encendiese la lengua, y le templase la pluma, y le llenase de una nueva y austera majestad, el amplio gesto y la mirada firme y poderosa.

Porque el Doctor Rodríguez que es un cerebro, es, al propio tiempo, un corazón, cosa que no puede decirse hoy de la casi absoluta totalidad de nuestros intelectuales , cuyas producciones se resienten notoriamente de la ausencia de fervor cordial , de calentura de amor, de eso que ha dado en llamarse, con cierto tonillo irónico e impertinente: «aliento romántico».

Basta verle pasear para comprender que, aunque no por los años todavía, es un hombre de otra época por su figura, por su indumentaria, por el modo de andar, de gesticular, de dejarse crecer el pelo y la barba : aquél enmarañado sobre la bóveda craneana , al modo de Daudet , y ésta , fluvial , caudalosa , desbordada y salvaje , tal como las que en otro tiempo bañaron los rudos pechos de los viejos guerreros germánicos. Su frente es alta y espaciosa, a propósito para que en ella se anide el azor -pensamiento, pero también su pecho es amplio y combado, y sus pectorales recios y desarrollados, escudos del corazón grande, siempre en llamas, que los pulmones, como fuelles, empujan mil veces hasta la boca, para que las palabras salgan como chispas y estrellas encendidas. Así imaginamos a Demóstenes y a Cicerón, y así fueron Bossuet, y Mirabeau y Emilio Castelar.

Dolor grande es para mí, gran amigo y admirador profundo de esta naturaleza de elección que Dios donó con mano pródiga al Doctor Rodríguez, no poder aplaudir — porque antes que nada soy sacerdote de Jesucristo — en todo momento las ideas que salen de sus labios, aunque siempre me admire y me deslumbre el fausto de su ropaje y la opulencia y belleza de su forma. Sí; dolor grande es éste para ambos, de tener muchas veces las manos enlazadas , en un fuerte y cordialísimo apretón, en el que quisiéramos fundirnos completamente, pero nuestras caras están vueltas, y nuestros ojos miran a opuestos horizontes… Y entonces nuestros ojos se llenan siempre de lágrimas silenciosas y amargas .

Pero no es ésta ocasión de lamentaciones ni de sombras de reproches, siquiera vayan empapados en fraterna ternura, sino que es hora de júbilo, de exaltación, de entusiasmo y de aplauso caluroso. Y esta hora la ha preparado y hecho sonar el Doctor Rodríguez , con la magnífica conferencia a que estas deslabazadas cuartillas sirven de modestísimo proemio.

La patria del Almirante, su verdadera cuna, fué siempre un misterio. Su hijo Don Fernando, el primer biógrafo del descubridor, no tuvo preocupación más grande que averiguar quiénes eran sus deudos, y jamás pudo desvanecerla. La afirmación que su padre hizo en su testamento atribuyéndose un origen genovés, le llevó a dirigir sus investigaciones por es.te lado, pero su desencanto no tuvo límites al convencerse de que laboraba en el vacío. Y la incógnita, que no logró despejar el hijo, continuó siendo un enigma y una obsesión para los historiadores . Ni Fernández, ni Oviedo, ni Las Casas, ni Cromara, ni Herrera, ni el Inca (Garcilaso se atrevieron con él, entre los españoles, como ni Gallo, ni Giustiniani, ni Foglieta, ni Caffaro, ni Casoni, en Italia, quienes encontraron más cómodo dar por buena la afirmación testamentaria del Almirante, y apropiarse la gloria que de ello les venía. Claro está que los historiadores subsiguientes no hicieron otra cosa más que copiar la especie, para que así se formase la enorme bola de nieve, el inatacable lugar común histórico, que parecen defender como torres inexpugnables tantos nombres ilustres, durante tres siglos, desde Barros a Spotorno, desde Guido Antonio Mala baila hasta Fernández Duro y R. de Uhagón , pasando por Muñoz, Lafuente, Harrise, el P. Denesmondi, Alfonso López y cien y cien más compiladores, investigadores y eruditos de todo linaje.

Así estaban las cosas, cuando nuestro ilustre paisano

Don Celso García de la Riega lanzó a la publicidad su Colón, Español. Y fué como si lanzase un peñón en un estanque de ranas croadoras, en una serena noche de Mayo. Todo el mundo se calló, de pronto, sobrecogido por los formidables documentos aportados por el escritor gallego, documentos que demostraban palmariamente que Colón no sólo había nacido en España, sino que era gallego, pontevedrés, del enxebre barrio de Porto Santo… Después vino… Pero no he de relataros una historia harto conocida. La muerte inmediata del gran García de la Riega acreció las energías de sus impugnadores, y su obra, el sueño de su vida, quizá quedase oscurecido para siempre, si hombres generosos, si espíritus y corazones gemelos, no lo impidiesen con conferencias y discursos y folletos y libros, tales como el tan divulgado del benemérito Dr. Horta y Pardo y ahora éste del Dr. Rodríguez Martínez , en que todo el amor que éste siente por Galicia , como que se enfoca y con centra a través del nombre de Colón , en un solo punto de deslumbradora claridad y de fuerte , irresistible, ardor, que ha de levantar llamas de entusiasmo en cuantos nacieron en esta tierra.

¿Mi opinión ante el problema? Sin dudas, sin vacilaciones, de ferviente colombismo galaico. Y tanto es así, que en el telar queda un drama, cuyo eje gira en torno de ésta para mi evidentísima verdad . Si alguna vez hubiese dudado de ella, bastaría para reavivar mi fe inextinguiblemente esta conferencia tan completa, tan diáfana, tan acabada, tan perfecta de Rodríguez Martínez. Después de leerla, no es posible dejar de convenir en la gloriosa verdad halagadora. Yo que me precio de conocer, acaso todo lo que hasta ahora se ha escrito acerca de esta cuestión tan debatida, declaro (]ue de hoy más ya no hay lugar a la discusión razonada y serena . Sólo faltan por salir a luz esos anunciados documentos avasalladores , últimamente encontrados en los archivos tudenses y pontevedreses por el señor Otero, para que el pleito quede fallado en todas las instancias.

Y esto, en verdad, no ha de sorprender a ningún erudito realmente desapasionado , sabiendo que ya en el tomo XIX de la colección histórica de Onken , salido a luz hace pocos meses, se inserta íntegro el folleto de Beltrán y Rózpide acerca de este punto, y en el que tan definitivamente combate a Colón genovés, y se le da completa beligerencia en una nota aclaratoria a nuestro insigne García de la Riega, al lado de Ambieri, Corbani, Peretti y Franceschi.

Tú, lector, que vas a saborear las páginas lapidarias de Rodríguez Martínez , que han de saberte a poco , formarás también tu criterio y sentirás cómo, si ha}^ dudas en tu espíritu acerca del galleguismo de Colón, estas dudas se disipan, y la luz se hace, y tu fe en la verdad evidentísima, arraiga en tu alma para no morir sino cuando tú mueras.

Como do pocos libros — de poquísimos — puede decirse esto, al despedirme de ti , te ruego que me dos las gracias, pues te he acompañado hasta la puerta de tal morada .

Antonio REY SOTO.

Orense, 8 de Mayo de 1920